Friday, April 28, 2017

LA FELICIDAD EN DINAMARCA



He viajado a Dinamarca por dos razones. La primera es la serie "Borgen", un feliz e inesperado hallazgo televisivo que me recomendó con buen criterio Justo Serna. La segunda es la felicidad. Dinamarca aparece en las listas sobre los países más felices del mundo en el primer lugar, algo así como Messi en fútbol y Bill Gates en fortuna, pero mejor. Los filósofos, dedicados al empeño metafísico de buscar el Ser y las raíces de la Verdad, se olvidan a menudo de que si desde tiempos remotos se les consideró necesarios en la polis es porque investigaban los caminos para la obtención de la felicidad. Me hospedé durante días en Copenhague con la intención de alimentar esa investigación que me tiene ocupado desde hace décadas. 

Meik Wiking, director del Instituto de Copenhague para la Felicidad, publicó el año pasado el ensayo "Hygge. La felicidad de las pequeñas cosas". No sé si los daneses son realmente felices, no tuve tiempo como para comprobar tan improbable aseveración... Me tomo por tanto la felicidad a la danesa como una propuesta, como una forma decidida de vivir para ser feliz, para intentarlo al menos. Hygge es el término que define esa propuesta. Resulta intraducible, pero podemos entenderlo como una mezcla de placer mesurado y bienestar... un estilo sereno e inteligente de hedonismo. 

Debemos ser precavidos. Dinamarca es un país rico, sus niveles de paro, pobreza y conflictividad social son muy inferiores a los de España, y ridículos si los comparamos con los de, por ejemplo, un país hispanoamericano o subsahariano. "Ah, claro", dirá algún cínico, "hay que tener pasta, así cualquiera". Vale, la prosperidad es una condición, pero aquí el asunto tiene que ver con la redistribución de la riqueza, y eso sí parece admirable. En Dinamarca se pagan unos impuestos bestiales, los niveles de corrupción son mínimos y el Estado del Bienestar es tan sólido que ha resistido casi incólume el acoso de la Gran Recesión. Ha crecido la xenofobia, es cierto, y algún partido aficionado a levantar sospechas sobre la inmigración ha engordado su expectativa electoral. Nadie es perfecto, pero no debemos engañarnos, el perfil ideológico del ciudadano danés es progresista, y sus creencias en materias como libertad sexual o ecología son envidiables. 

A ver. Cuando llegas a cualquier ciudad danesa lo primero que te sorprende es el silencio y la falta de agresividad. Las bicicletas proliferan hasta el punto de convertir el tráfico no motorizado en el auténtico rey de las ciudades. Los daneses se educan en la bici desde niños. Esto se asocia a los impuestos tremebundos que se pagan por comprar un automóvil y a lo caro que resulta transitar en coche por una calle de Copenhague, pero eso no demuestra que los daneses vayan en bici a la fuerza, sino que para conseguir urbes humanizadas es necesario tomar medidas concretas y no quedarse, como aquí, en intenciones y celebraciones del día sin coches. 

Bien, todo esto es política o, si lo prefieren, la Razón en su mejor acepción, la destinada a procurar una convivencia democrática bajo el imperio de la ley. Lo demás es más difícil de traducir y, por tanto, de imitar... lo demás es hygge.

No estoy seguro de qué es exactamente eso. Alguno podría entenderlo como una forma de resignación propia de un pueblo acostumbrado a vivir en pedazos de tierra insular azotados por vientos árticos y que rara vez gozan de la luz solar. Mirar la lluvia desde la ventana, tomar café bajo una manta viendo una película, preparar galletas de mantequilla... Esto lo puede hacer cualquiera, pero asumir que la felicidad disponible consiste en esa suerte de pequeñas cosas cotidianas, creo que hygge es algo de esto.

El concepto mediterráneo es mucho más expansivo, asociamos la felicidad a reír a carcajadas, tomar el sol y saludar con danzas de fuego a la permanente primavera en que vivimos. No sé si somos más felices que la gente del Norte o si sólo creemos serlo... me parece una inútil controversia. 

Pero permítanme una sugerencia, o mejor dos. No podremos ni acercarnos a la felicidad mientras no entendamos que las ciudades no están hechas para los automóviles -esas fábricas de contaminación, ruido, estrés y violencia- y no para las personas, sean ciclistas o peatones. No imaginamos, háganme caso, lo feliz que sería una urbe como ésta en la que vivo si nos libráramos de la tiranía de los coches. Vuelvo de Dinamarca mucho más convencido al respecto de lo que ya estaba. 

La segunda: denunciemos de una vez por todas el éxito creciente de la descortesía y la hosquedad. Si algo envidio de algunos países a los que he viajado, no sólo Dinamarca, es que la gente parece apreciar todavía la importancia que para el bienestar colectivo tiene el cuidado de las formas más elementales de la cortesía. Estoy harto, lo confieso, de compañeros de trabajo y vecinos que no se toman ni siquiera la molestia de responder a mis "buenos días" o que contestan con cara de perro a la sonrisa cordial con la que en casa me enseñaron a dirigirme a la gente. 

No sé si esto es muy hygge, yo lo llamo buena educación. La convivencia es un jardín frágil que conviene cuidar con esmero. Más allá sólo está Trump.  

Saturday, April 15, 2017

MALA MUERTE

La "desnaturalización" de un fenómeno biológico como la muerte es pieza maestra de la trama de intercambios simbólicos, lo cual abre desde tiempos inmemoriales el camino para abandonar la selva. Enterramos a los finados con toda suerte de honores y liturgias porque sólo en la medida en que respetamos a la muerte podemos entablar con ella una relación no crispada por el pánico. 

Es imposible entender a quienes piden el derecho a una muerte digna para quien sigue atrapado en la cobarde convicción de que sólo Dios Padre puede administrarla. 

Debe ser ese derecho a un fin honroso el que hace que se me revuelvan las tripas cuando alguien que ha cumplido con su deber día tras día es despedido de una patada sin honor ni gratitud ni reconocimiento. Puede perdonar que ya no me quieran y que me sustituyan, quizá en eso tengan razón, pero sí me he comportado dignamente exijo morir con los honores que me correspondan. Sólo los pobres de espíritu desconocen la lógica de ese juego simbólico que convierte a los muertos en talismanes de la tribu, cuya identidad colectiva se alimenta precisamente de su respeto a la memoria de los que ya no están. 

Es común entre los pueblos primitivos que estallen conflictos como consecuencia de unas exequias insuficientemente rigoristas. El protagonista de una mala muerte, convertido en alma penante, persigue entonces a sus familiares, de tal manera que acaban reclamando las artes de un chamán capaz de "quitarles el muerto de encima". 

No debería extrañarnos que los monstruos contemporáneos sean los no-muertos. El vampiro encarna el espíritu de la distinción aristocrática que se resiste a desaparecer, infiltrándose en los intersticios más oscuros de la moralina burguesa. Los zombis se pudren asquerosamente ante nuestra mirada porque la mediocridad de la sociedad consumista les prohíbe la dignidad de una inhumación definitiva. La criatura de Frankenstein regresa de entre los muertos para recordarnos con su brutalidad del peligro de querer jugar a dioses. Las momias reviven para enviar antiguas plagas sobre los sacrílegos ladrones de tesoros... Tememos a los "undead" porque nuestro inconsciente advierte que no podemos coexistir con la muerte haciendo como que no la vemos. Los gitanos, tribu primitiva y nómada milagrosamente sobrevivida a la modernidad, como los judíos, se enfurecen cuando nos cagamos en sus muertos porque sólo desde su recuerdo vigilante se protege al clan de una extinción que siempre está a la vuelta de la esquina. 

Hay algo de todo esto en la Semana Santa, cuyas procesiones más valiosas y emocionantes son aquellas en las que se representa el dolor por la muerte. Abandono el espectáculo sistemáticamente cuando pasa el Sábado Santo y se celebra una experiencia para mí tan inconcebible como la de la resurrección, esa creencia delirante y pueril que confirma aquel dicho nietzschano de que "el cristianismo es platonismo para el pueblo". No se puede y, lo que es más importante, no se debe vivir por los siglos de los siglos. Es la irreversibilidad del fin lo que hace posible la verdadera dicha de vivir, aquella por la cual gozamos de cada momento porque sabemos que puede ser el último. 

"Ya no están en la choza", dicen en África de los padres y hermanos muertos, "... pero sigo habitándola porque están en mi memoria". Honremos a los muertos, vigilemos la memoria de los héroes que cayeron. De alguna manera inexplicable siento que esa presencia nos protege. A nosotros y a nuestros hijos.  

Saturday, April 08, 2017

ADOLFO EL PELMAZO



Pasen por delante de un kiosco cualquiera... Apuesto a que entre las portadas de tipas macizas llenas de tatuajes, moteros amacarrados y señoras que hacen tartas veganas encontrarán una o dos imágenes de portada de Adolf Hitler. Si escrutan un poco más observarán que en tal o cual revista para historiadores amateurs o aficionados a temas esotéricos aparecerán reportajes sobre el vegetarianismo del Fuhrer, las pelis porno que rodaba con su amante cierto alto mando de las SS, los indicios de que la mujer de Goebbels estaba como una puta cabra o los supuestos vínculos entre Goehring y una secta vampírica. Da lo mismo, tú pones la carota del tipo del bigote y ya sabes que el producto se vende. Hitler ha dado ya de comer a tanta gente que de no ser por sus abundantes fechorías podríamos considerarlo casi un filántropo. 

Sí, señores, Hitler era malo, más malo que la quina, pero no acabo de entender por qué despierta tanta fascinación. Ya lo sé, consiguió que millones de alemanes jalearan entusiastas las barbaridades que tan teatralmente exponía en sus apasionados discursos. Pero, qué quieren, a mí me parece un majadero. A fin de cuentas también hoy encontramos multitudes que adoran a psicópatas.

Hay que estar muy loco para montar un infierno en la Tierra como Auschwitz, no hay duda. Pero deberíamos no olvidar aquello de que la historia la escriben los ganadores. Así se explica que atrocidades como el bombardeo de la aviación aliada en Dresden o la atrocidad de Hiroshima y Nagasaki pasen por acciones legítimas de guerra. En cualquier caso no hace falta que retrocedamos tanto en el tiempo para encontrar el mal en su estado más puro. La Guerra de los Balcanes, la Guerra de Iraq, la brutalidad del régimen sirio, el escándalo de los millones que mueren cada año por hambre o enfermedades perfectamente curables en un tiempo en que podemos producir alimentos y medicinas para todos... No merece la pena seguir.

No me interesa Hitler como referente del mal porque creo, como nos enseñó Hannah Arendt, que el mal que envenena el mundo es cotidiano, doméstico y, en cierto modo, banal. 

Les contaré algo. Recientemente, en una clase de Ética planteé la pregunta siguiente: ¿qué deben hacer las sociedades con los débiles? Me pidieron que definiera el concepto, y contesté que "débiles" eran los niños, los ancianos, los disminuidos psíquicos, los minusválidos, los enfermos... Varios alumnos -más de los que yo podía imaginar- declararon su convicción de que las personas "improductivas" que constituyen un gasto "inútil" para la sociedad deberían ser eliminadas o, cuanto menos, las instituciones no debían financiar su supervivencia, su salud y su bienestar. Como en esa clase hay dos niños con gravísimas enfermedades degenerativas que les obligan a desplazarse en silla de ruedas, apelé precisamente al caso de las minusvalías físicas para hacerles ver lo atroz de las creencias que manifestaban. No valió de nada, insistieron en dichas creencias, ante mi asombro y la sonrisa no sé si irónica o aterrada de alguno de los alumnos enfermos en cuestión. 

Creo presentir en aquella sarta de infamias el eco de airadas voces paternas que manifiestan que -empezando por los odiosos inmigrantes- sus impuestos no tienen por qué emplearse en cuidar de vagos, inútiles, maleantes o extraños. 

El mal no tiene para mí la cara de Adolfo. El fascismo está por todas partes y se exhibe con toda desfachatez en la banalidad de lo cotidiano. Quizá los nazis -como los vampiros, los asesinos de masas, los terroristas o los malos de las películas de Hollywood- nos dan a pensar que nosotros estamos del lado de los buenos. Pero miremos bien alrededor, puede que nos sorprendamos.     

Saturday, April 01, 2017

SOCIALISMO POSIBLE: AXEL HONNETH EN VALENCIA



Pospongo citas y obligaciones para asistir a la conferencia de Axel Honneth en la Beneficencia, propiciada por la Institución Alfons el Magnànim. La traducción simultánea se ofrece en valenciano, doble felicitación pues para los organizadores. 

Axel Honneth no es un cualquiera, ni mucho menos. Se le reconoce como figura clave de la que empieza a ser conocida como "tercera generación de la Escuela de Francfurt". Estamos por tanto ante el heredero más célebre de Jurgen Habermas, y más lejos en el tiempo, pero no con menos trascendencia, de Adorno, Horkheimer, Arendt o Benjamin... Mi formación le debe demasiado a la Teoría Crítica, en especial a Adorno, como para no sentir alguna conmoción -tolerenme esta debilidad- al encontrarme el jueves a unos metros de Honneth, escuchando una argumentación sugerente y cargada de sensatez, algo no demasiado habitual en tiempos donde parece que uno sólo concita atenciones si se pone radical y un tanto apocalíptico. Me alegró ver allí a mi viejo maestro, Sergio Sevilla, el más brillante adorniano que conozco.

Vivimos un tiempo oscuro para el socialismo, reconoce Honneth: ¿le dejamos morir sin más? Eso querrían sus enemigos, claro. Lo curioso es que un conservador del XIX jamás habría creído que el debate abierto en las sociedades industriales por el socialismo hubiera tenido un recorrido tan corto. Es el mejor momento para aclararse: ¿qué intentamos decir cuando decimos ser socialistas?

El marco teórico del socialismo ha vivido atravesado por tres errores que han estado cerca de colapsarlo. El primero es el economicismo. Y es un error profundo: el marxismo despreció desde el principio instancias no económicas como el derecho civil porque le costó mucho entender que de lo que tratan las teorías -empezando por las revolucionarias- es de personas. 

El segundo es el prejuicio de definir al proletariado como clase revolucionaria, como si tal cualidad fuera una esencia platónica y eterna. La clase obrera fue un sujeto histórico revolucionario y anticapitalista hasta que dejó de serlo, el socialismo ya no expresa las creencias de la clase obrera porque el capitalismo la asumió desde el final de la Segunda Guerra Mundial. 

El tercero es el determinismo o, si se prefiere, la teleología fetichista. Necesariamente la "economía social", la sociedad sin clases y dictadura del proletariado esperaban a que cayera el capitalismo para ganar el mundo. Los cambios sociales no son científicamente determinables, no hay una inevitable sucesión comunista del capitalismo. Esto nos aboca a la incertidumbre: bienvenidos. No sabemos cómo será el final, no sabemos a dónde vamos exactamente, pero es mejor dejar de soñar con paraísos porque nos perjudica.

Es duro asumir estas evidencias, pero también es muy cómodo negarse a aceptarlas. Frente a un impracticable dogmatismo, Honneth se inclina por el "experimentalismo". Su propuesta es trabajar por el incremento de la "libertad social". ¿Reformismo?Nada es más inútil que seguir en la senda -tan dañina en la historia oficial del socialismo- de quienes distinguen entre buenos y malos, entre revolucionarios y reformistas. 

¿Cómo experimentamos? Debemos empezar por no pretender destrozar aquellos pactos institucionales que han servido para incrementar la libertad de la mayoría. Mientras no sabemos cómo mejorar algo es mejor que no lo destruyamos. Por eso hemos de hacernos a la idea de experimentar con economías mixtas, formas de propiedad privada, iniciativas empresariales, mercados, economías cooperativas...Necesitamos abrir la mente, no cerrarla. 

Son elementos de sobra para el debate. ¿No?

Thursday, March 23, 2017

ALGUNAS NOTAS

1.En la cola de un estanco, rodeado de dos prostitutas, un inmigrante árabe y una anciana airada descubro la lamentable evidencia: fumar es hoy cosa de marginados. Qué lejos queda aquel tiempo en que el tabaco creaba estilo y las vampiresas desplegaban tras el humo su poder de seducción. Ahora enciendes un pitillo como pidiendo perdón, sabedor de que los demás te ven como un tipo con problemas. 

2. El psicoanálisis sólo tiene a mis ojos un problema, pero ese problema lo intoxica todo: me aburre espantosamente hablar de mí mismo, mis contradicciones son un coñazo que difícilmente podrían interesar a nadie puesto que ni siquiera a mí me interesan. 

3. La sexualidad femenina continúa siendo inquietante para el orden establecido -también en el mundo desarrollado- porque una mujer libre desata temores que habitan en lo más profundo de la fibra moral que fundó las civilizaciones. 

4. Nos asaltan las televisiones con imágenes de reyertas de papás en partidos de fútbol infantiles. Comparto el sentimiento reprobatorio, pero ¿soy el único que se percata de que lo convertimos todo en espectáculo? 

5. Un profesor es agredido en el Centro donde trabajo por un alumno disconforme con su nota. Lo que debería ser un escándalo mayúsculo se silencia de forma vergonzante. Entiendo a las mujeres maltratadas que se sienten abandonadas y llegan incluso a sentirse culpables por algo de lo que sólo son víctimas. Un perturbado nos pega un puñetazo y de inmediato se desatan las presiones para que lo olvidemos. Después nos quejamos de que la sociedad no nos respeta. 

5. "¿A qué olía Hitler?", reza el titular. Y en el subtítulo se indica que "empezó a oler muy mal desde Stalingrado". Lo publica El País, diario que durante décadas consideré modélico. "¿Por qué no investigan si tenía la polla grande o pequeña?", proclamo a voz en grito. "Ya lo han hecho", contesta un compañero historiógrafo. Vaya por Dios. 

6. Llega a España la selección de Israel y proliferan las críticas. Ciertamente los jugadores no tienen ninguna culpa de la situación de Palestina. Pero me hastía esa moralina empeñada en que no mezclemos fútbol y política. Hasta hace un cuarto de siglo Sudáfrica no competía en mundiales y olimpiadas por el Apartheid. Conviene no olvidarlo.

7. Dos chicas lesbianas se besan sin temores en el hall del Instituto donde trabajo. Curiosamente es la única pareja que lo hace. Cuando yo estudiaba eran comunes las demostraciones de afecto entre enamorados. ¿Es que ya sólo se aman los homosexuales?  

8. Un tipo que ni siquiera estaba vinculado a células terroristas asesina a cuatro personas en el puente de Westminster. Se ha vuelto frecuente este fenómeno: un bárbaro que dice actuar en nombre de Alá se suicida llevándose por delante a unos cuantos infortunados y el Estado Islámico reivindica el atentado. No veo gran diferencia con esos lunáticos que sacan una recortada en una ciudad de EEUU y disparan contra la multitud hasta que son abatidos por la policía. No hay manera de defendernos contra eso. Sólo podemos empecinarnos en que el miedo no nos paralice. Pero no soy optimista, todo esto trae más Le Pen, más xenofobia, más Trump, más inocentes acosados, más chantaje de la seguridad, más Brexit, menos democracia... 

9. Se habla de un "terrorismo de franquicia". Yo hablaría más bien de "terrorismo por metástasis". Las franquicias controlan a sus franquiciados y les suministran la lógica y el utillaje productivo. Esto es otra cosa, son reacciones diseminadas e imprevisibles que imitan la mecánica del tumor original. 

10. El empeño de Artur Mas en presentarse ante el mundo como un Nelson Mandela me genera una indefinible mezcla de irritación y compasión. 


Sunday, March 19, 2017

EN FALLAS

Todos los años, cuando llega marzo, hay algo dentro de mí que me anima a decir que "este año sí, que he de recuperar al niño que tengo escondido en las mazmorras del alma y disfrutar de la fiesta". Unos días después, en cuanto el Ayuntamiento de Valencia abre la veda de la barbarie, termino acordándome de cuanta razón tenía en los años anteriores, cuando a poco de empezar Fallas yo ya cogía el coche para largarme de Valencia. 

No estoy cerca de esa sector la izquierda, muy divina ella, que en el País Valenciano renunció hace décadas a la más multitudinaria e influyente fiesta local en nombre de un catalanismo melancólico y desde una mirada en el fondo muy burguesa e intelectualmente elitista. El resultado son unas Fallas demasiado atravesadas por el mal gusto, la zafiedad artística, la ideología reaccionaria y, muy especialmente, el salvajismo. Por fortuna, nunca es tarde, y el hecho de que personajes tan relevantes de la actualidad política como Mónica Oltra o Joan Ribó, vecinos de barrios muy castizos de la ciudad, hayan cogido este toro por los cuernos, abre la expectativa de unas Fallas no necesariamente incívicas. 

No hay demasiados que entren en diálogo conmigo sobre este asunto. Los falleros más recalcitrantes no son aficionados al debate, prefieren el ruido y a veces la furia, mientras que las personas de mi círculo decidieron ya por el lejano siglo XX que la batalla estaba perdida y que la única solución con las Fallas era largarse tres o cuatro días esperando a que escampara. 

Yo creo que el problema de estos últimos es que no les gustan las Fallas, en eso debo ser una anomalía: a mí sí me gustan. No les daré la tabarra con misticismos de lo colectivo, de esos que históricamente han engendrado espantosas tempestades. Pero tampoco me parece insano referirse los démones que se convocan con ese formidable acontecimiento que es la mascletà, o las hogueras, tan singularmente características de las noches mediterráneas. Llevo siglos soñando con que las multitudes recuperen las calles que les han arrebatado los vehículos o los centros comerciales, ¿por qué lamentar entonces que las cohortes de las falleras mayores y las bandas de música se apoderen de la ciudad? Lo he dicho muchas veces, la globalización amenaza con uniformizar el mundo, despoblar los espacios públicos y convertirnos a todos en pasivos consumidores y precarios asalariados. La diversidad, esa que simulan amar los publicistas de Benetton y otros farsantes, emerge de verdad, con toda su poesía y toda su prosa, en acontecimientos como las Fallas de Valencia. Podría hablar en similares términos de Alicante en Fogueres, la Pamplona sanferminera o el Cádiz de los Carnavales.  

Permítanme dos propuestas. Proceden de una reflexión de muchos años, porque ni siquiera la trascendencia de la fiesta puede sobreponerse a la necesidad de convivir y al democrático respeto a los derechos ciudadanos: prohibir la venta de masclets al público y prohibir la "despertà". Con los masclets se da vía libre a una forma de barbarie intimidatoria y que casi todo el mundo detesta, por lo general en silencio. Con la despertà -así es en la plaza donde vivo- un caballero borracho que ha pasado la noche dando la lata te saca haciendo el simio del sueño que has empezado a conciliar y que necesitas porque a lo mejor tú sí trabajas. Esas dos pequeñas reformas, y una llamada a recordar que los monumentos de cartón piedra son más interesantes cuando los hacen los vecinos y no un artista fallero destinado a ganar un banal concurso, bastan a mi entender para que marcharse de la ciudad en Fallas no fuera necesario. Al menos para mí.  

Saturday, March 11, 2017

EL MATÓN DE LA COLETA


A riesgo de despertar la ira de Ignacio Sánchez-Cuenca, voy a tener la desfachatez de opinar de política. Es poco el daño que puedo hacer porque no son muchos los que tienen la paciencia de leerme. 

Alguien me dijo que no creía en las conspiraciones, "pero haberlas, haylas." Si leemos todo lo que se ha escrito en los últimos días sobre la acusación de la Asociación de Periodistas a Podemos por amenazas e injurias a algunos periodistas podemos llegar a sonrojarnos. Lo que a mí me parezca Victoria Prego, su ilustre Presidenta, es poco relevante. Pero me llama la atención que esta señora tan venerable acuse sin más prueba que su supuesto crédito personal. Yo puedo sospechar que cuatro majaderos que dicen ser de Podemos han escrito tuits amenazantes contra periodistas que les han criticado. Este es uno de los grandes males de la Red, todos lo sabemos. En cualquier caso no sé cómo los trolls en cuestión han decidido por donde empezar, porque si algo abunda en la Celtiberia son tipos que rajan de Podemos. 

También se habla de situaciones de coacción en vivo de las que no hay más prueba que lo que han contado a la Asociación los periodistas afectados. No sé si el Coletas les ha lanzado mal de ojo o si Monedero les ha amenazado con cantarles por soleares cuando los pille solos. Sí, dan mucho miedo los de Podemos; sospecho que si encuestáramos a los miles de periodistas de infantería que hacen su trabajo en condiciones bastante precarias nos contarían que temen más a los morados que a sus jefes de redacción o las empresas que financian los medios en los que trabajan. Eso será. 

Yo también creo que conspiraciones haberlas, haylas... No hace falta que se reúnan unos cuantos oligarcas con una cabeza de ciervo y vestidos de templarios, entonen un himno sacro y terminen sacrificando un lechón... Basta con que los partidos en el poder interrumpan sus peleas entre sí para acordar que a estos tíos hay que machacarlos. Quizá dentro de veinte años aparezca Ansón -estará ya muy calvo- diciendo que "sí, que nos reunimos para decidir acabar con Iglesias y su gente". A mí, que también estaré muy calvo para entonces, no me hará falta. 

Péguenle una miradita a los titulares que el diario El País ha dedicado últimamente al asunto, hagan el favor. Son del tipo "Así amedrenta Podemos a la prensa". Lean después el contenido y descubrirán lo velozmente que el periódico de Darth Vader, es decir, Cebrián, consigue ir pareciéndose a El Mundo o La Razón en materia de respeto a la deontología periodística.

El mismo amigo que me dijo lo de las conspiraciones acostumbra a hacer un chiste cada vez que se rompe la cisterna del water o pierde el Levante: "la culpa es de Podemos".  Curiosamente ni él ni yo simpatizamos con los líderes de la organización morada. Pero parece que algunos se han empeñado en que terminen pareciéndonos unos perfectos caballeros. 

Saturday, March 04, 2017

LA AVENTURA ILUSTRADA

Han pasado veinte años desde que la Academia Francesa de Cinematografía premio con el César a la mejor película del año a Ridicule, de Patrice Leconte. (Joder, cómo pasa el tiempo... Parezco mi madre, pero es que tiene razón)

El caballero de Malavoy, un noble sin fortuna y angustiado por las fiebres que diezman a la población de Les Dombes, decide viajar a la Corte con el fin de obtener financiación para desecar los pantanos, lo que los convertiría en tierra fértil y atajaría las epidemias. Una vez en Versalles queda bajo la protección del Marqués de Bellegarde (Jean Rochefort), un cortesano especialmente fascinado por el "ingenio", es decir, la refinada elocuencia que deslumbra al Monarca Luis XVI. 

Malevoy busca desesperadamente una audiencia con el Rey y sólo hay un camino: destacar en las suntuosas fiestas de Madame de Blayac por el preciosismo de su retórica. Tras lograr al fin ser atendido en su demanda, la traición de alguna serpiente criada en el aire tóxico de Versalles le deja en "ridículo" en un baile, lo que desbarata definitivamente su plan de obtener de la Hacienda Real el capital necesario para salvar a las gentes de Les Dombes. "Mi error fue intentar obtener frutos de un árbol prohibido", concluye Malevoy. 

En los últimos instantes del film se nos informa de que las Landas de Le Dombes fueron finalmente desecadas con un proyecto de la Convención, apenas unos años después del estallido revolucionario de 1789. En otras palabras, la República hizo lo que no se dignaron intentar ni la iglesia local -dedicada a rezar por las almas de los contagiados- ni mucho menos la Corona -ceñida por un majadero con la cara empolvada cuyo trasero no cabía en el trono-.

Con toda su ferocidad y sus atropellos, la Revolución Francesa es el destino de siglos de agitación contra la servidumbre y la ignorancia. La Ilustración es la estación crucial de la mayor aventura iniciada jamás por la humanidad, la de la luces de la Razón contra la oscuridad de la Caverna. Pues bien, ¿es la Ilustración un proyecto inacabado? No podemos eludir esa pregunta, cuya respuesta retrata a un filósofo de temperamento desde Nietzsche hasta nuestros días.

Si las fuerzas de la intransigencia y el dogmatismo hubieran sido definitivamente vencidas, la pregunta habría quedado obsoleta, pero son numerosos los indicios de que el campo de batalla sigue activo y, por desgracia, sigue cobrándose cadáveres. En estos días hemos visto como un fanático polaco insultaba impunemente a todas las mujeres del mundo en una sesión del Parlamento Europeo. Parecía una parodia, pero era real. Tan real como las payasadas con las que Trump nos ameniza el café de la mañana; tan real como Marine Le Pen amenazando con obtener el favor mayoritario de una ciudadanía francesa que parece una sombra de aquella que marcó el rumbo espiritual de todo Occidente...

Y sí, pienso también en el autobús de la vergüenza, el de los niños que son niños y las niñas que son niñas. No me sorprende que almas simples y poco dadas a la complejidad del mundo contemporáneo jaleen a cualquiera que les diga que sólo hay una forma "correcta" de residir en la Tierra. Vamos, que sigue habiendo muchos a los que no sólo disgustan los maricas, las bolleras y los trans (horreur!), sino que, sobre todo, no soportan que vayan por ahí como si nada, mostrándose orgullosos y exigiendo que se les trate como "personas normales". Antes que prohibir la llegada del autobús a mi ciudad, me entran ganas de hablar con ellos, de hacerles ver lo absurdo de lo que proponen... Me da por preguntarles por qué les ofende tanto el derecho a la diferencia que otros reclaman. Pero temo que con ello sólo iría a sacar frutos de un árbol podrido... podrido por la intolerancia y la barbarie.

Me temo que sí, que la aventura de aquellos pensadores del setecientos está por concluir.  

Saturday, February 25, 2017

LA TIERRA ES PLANA

1. El base de los Cleveland Cavalliers, Kirye Irving, manifestó en vísperas del All Star que la Tierra es plana. Por lo visto, otros jugadores de su equipo están de acuerdo con su capitán y se muestran dispuestos a apoyarle incondicionalmente en su cruzada contra lo que Irving define como una conspiración de los poderosos del mundo para mantenernos engañados. Mi abuelo paterno, por ejemplo, afirmaba que el cielo era un manto tras el cual resplandecía la luminosidad del paraíso. De éste tenemos noticia durante la noche por las estrellas, que en realidad son pequeños descosidos abiertos en el manto. No es porque sea mi abuelo, pero la teoría mola bastante, sin embargo no se le deparó nunca gran atención mediática, de hecho creó que sólo la comunicó a sus más allegados. Irving y los demás jugadores de los Cavs son, obviamente, un hatajo de majaderos que ni siquiera tienen gracia, pero no me parece baladí la cuestión de por qué hoy los medios se hacen eco de cualquier soplapollez que se le ocurra soltar a una celebritie.

Pensemos por ejemplo en el daño que pueden estar haciendo quienes niegan el cambio climático, personas en muchos casos poderosas y con un sospechoso interés en proyectar sombras de incertidumbre sobre un asunto que puede destruirnos en cuestión de cien años. Supongo que esas sombras tienen para algunos débiles de espíritu el gancho de la vieja falacia ad baculum: "prefiero no creerlo porque es demasiado doloroso para aceptarlo." Un negacionista climático acaba de ser elegido Presidente de los USA: es cuestión de semanas que caigan también el evolucionismo, la gravitación universal y, por descontado, la esfericidad de la Tierra.

2. Pongo "Rebelde sin causa" en una clase de 3º de ESO. "Es aburrida", me dicen al cabo de un rato. Les persigue la sensación de estar viendo una antigualla, algo que de ninguna manera tiene que ver con ellos. Les insisto en que los protagonistas son chicos jóvenes como ellos, chavales de instituto que no saben muy bien qué hacer con su tiempo y que experimentan un vacío espantoso cuando intentan entender el mundo que van a heredar de sus padres. Me siento como el profe del Literatura que les hace leer la Odisea: yo sé que en cada frase, en cada gesto, en cada suceso se expresa nuestro origen: somos hijos de Bud y Jim, de Platón y de Judy, al menos en igual medida que lo somos de Odiseo... ¿Cómo hacérselo entender? ¿Como explicarles que están ahí las respuestas que buscamos? Cuando aprobé la oposición parecía todo fácil, pero no lo es, no lo es en absoluto.

3. Melania Trump está evidentemente secuestrada. Sus gestos son los de una joven presa del pánico que nos suplica socorro. Pero no es su esposo quien la mantiene cautiva, no exactamente. Educada para ser un florero, casada a conciencia con un hombre rico al que jamás amó, Melania aceptó ser un figurante más dentro de una escena en la que todos los espejos reflejan al Gran Hombre, tal y como le sucedía a Charles Foster Kane en Xanadú. Kane decidió que obligaría al mundo a vitorear los graznidos de su esposa en la ópera; de igual manera, Trump ha decidido fabricarse una Primera Dama a la medida. Ella no lo entiende, no sabe qué debe hacer ni cómo ha de pensar. Hoy a una First Lady se le exige tener criterios propios, emprender, influir... Melania está bloqueada porque no ha hecho otra cosa en la vida que mostrarse como adorno. Socorro.

Saturday, February 18, 2017

EN LO QUE TIENE RAZÓN JAVIER MARÍAS

Son ya muchos años los que lleva Javier Marías ocupando con su espacio La zona fantasma la última página de El País Semanal. Leo puntualmente su artículo cada domingo. A veces empatizo con sus sensaciones sobre la deriva del mundo, a veces me admiro de su clarividencia y su enorme bagaje cultural, y casi siempre consigue atraerme con una prosa intransferible. Otras veces su indignación, que puedo llegar a compartir en muchos aspectos, me hastía y termina por abotargarme porque me suena a la cerrazón de un viejo cascarrabias, el que yo me siento tentado a ser a medida que envejezco y me esfuerzo por no serlo. Marías ha renunciado a ese esfuerzo, ha convertido su enfado permanente en una seña de identidad, un rasgo de estilo, una manera de estar en el mundo en la cual se siente cómodo. Recuerdo haberme irritado en más de una ocasión leyéndole, pero, seamos justos, le sigo leyendo, y eso porque la mayoría de las veces sus enojos me parecen fundados. 

En contra de lo que se deduce de la lectura de La desfachatez intelectual, donde Ignacio Sánchez-Cuenca coloca al Marías articulista al lado de otros "figurones", "machos discursivos" o "energúmenos" de la Celtiberia como Jon Juaristi, Arturo Pérez-Reverte, Gustavo Bueno, Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa, Fernando Savater o Antonio Muñoz Molina -así los denomina, en mi opinión con desigual precisión-, yo estimo que Marías es un excelente articulista. 

Acepto que a menudo es demasiado pródigo en calificativos y en ocasiones la eficacia de sus críticas se pierde en el fulgor de ciertas generalizaciones poco precisas. Si nos limitamos arteramente, como Sánchez-Cuenca, a extrapolar ciertos pasajes supuestamente enrabietados y poco rigurosos, podemos enviar al cesto de los papeles a Marías y considerarlo uno más de esa oligarquía de amiguetes -sigo citando el ensayo de ISC- que protagonizan el tóxico "opinionismo" nacional. Pero el caso es que yo he leído demasiadas veces La zona fantasma para conformarme con un reduccionismo tan tramposo. 

Miren, yo creo que hace falta un Javier Marías que fustigue ciertos vicios de la época que amenazan con castrar el pensamiento y que muy pocos opinadores se atreven a denunciar desde la prensa no reaccionaria, seguramente porque temen ser asimilados a lo reaccionario y lo carpetovetónico, cuando no directamente al fascismo. Aquellos vicios que nos intoxican se resumen en un concepto: la corrección política. 

Vivimos en una sociedad peligrosamente tendente a la sobreactuación y a la histeria. Cualquier cosa que diga contra tal o cual colectivo un ponente público corre el riesgo de hacer estallar la susceptibilidad de minorías de todo tipo. Sánchez-Cuenca dirá, supongo, que la culpa es de quienes, como Marías, practican el energumenismo con afirmaciones gruesas y sin fundamento. Yo más bien creo que lo que tenemos es la piel muy fina. Mi vida es a menudo lastimada por algunos amos de perros, algunos ciclistas, algunos alumnos, algunas feministas, algunos políticos supuestamente progresistas o algunos castellonenses sin que, por criticarlos en público, tenga que pedir perdón a continuación a todos los amos de perros, ciclistas, alumnos, feministas, políticos progresistas o castellonenses. No me preocupa demasiado si Marías es a veces poco cuidadoso, ya se apañará él y ya dejaré de leerlo yo si descubro que no es más que un pelmazo, pero es esa susceptibilidad a flor de piel tan generalizada lo que debería preocuparnos, porque creo que obedece a un mal social mucho más nocivo. 

La pasada semana Marías publicó un artículo en defensa propia después de haber sido atacado por uno anterior en el que criticaba con dureza ciertas versiones de obras shakespeareanas, las cuales, según el escritor, destrozan, prostituyen, pervierten o ridiculizan los textos del maestro de Stratford. Lo ejemplificaba citando esa costumbre, muy común respecto a las obras del inglés, de incluir a actrices desempeñando papeles masculinos. Argumentaba su disgusto ante ese tipo de operaciones incidiendo en lo poco creíble que le resultaba el príncipe Hamlet interpretado por una fémina... No afirmaba que hubiera que prohibir esas prácticas, simplemente no le gustan, no pensaba acudir a una representación así. 

Tras leer el artículo pensé que Marías tenía una parte de razón, pero que en general su argumentación era feble y fácilmente rebatible. Lo que no se me ocurrió es que estuviéramos ante un caso de execrable machismo. Pues bien, este tipo de rifi-rafes son una constante, cada escrito de Marías provoca una cola semanal de ofendidos... qué quieren que les diga, a mí toda esa gente que se pasa el día pensando cómo arreglárselas para aparecer como víctima me parece bastante más atorrante que el propio escritor, por contumaz que el tipo se ponga. 

Creo que mañana también voy a leer el artículo de Javier Marías en la última página de EPS. Probablemente discrepe de él y hasta me irrite un poco... Y tan amigos. 


Saturday, February 11, 2017

A VUELTAS CON "LA DESFACHATEZ INTELECTUAL", DE SÁNCHEZ-CUENCA

Leo con mucho interés el ensayo que publicó el pasado año Ignacio Sánchez-Cuenca, La desfachatez intelectual, sobre el cual Justo Serna escribió un artículo que ahora recupero y que a su vez fue contestado por el autor. Conviene leerlos ambos, como creo que también es aconsejable leer el libro, aunque parece que un año después haya cesado ya el rebombori que creó en su momento y que, sospecho, hizo que Sánchez-Cuenca se ganara múltiples enemigos entre la casta de los intelectuales. Me viene ahora a la memoria aquello que decía Woody Allen de que los intelectuales son como los mafiosos, sólo se matan entre ellos. 

Siempre he creído en la necesidad imperiosa de la crítica cultural, entendida como denuncia de los excesos y las imposturas, de los abusos de la razón y de la sinrazón, de la pretenciosidad de los consagrados y la autocomplacencia de los "todólogos", esos que creen poder opinar sobre cualquier cosa sin más aval que el de su supuesto prestigio. Hay matonismo entre los intelectuales españoles más célebres, los cuales son retribuidos generosísimamente por despotricar contra la pérdida de los tradicionales valores ciudadanos, la devastación de la patria, la venalidad de los políticos o el deterioro de la educación. 

La tesis que sostiene el ensayo cuestiona de raíz los supuestos que determinan el crédito intelectual. Nación atrasada -él no lo dice, pero lo deduzco yo de sus argumentaciones-, España jalea el modelo escritural "holístico" y desprecia el "analítico". En otras palabras, los celtíberos dejamos que nuestras creencias sean gobernadas por impostores provenientes en su mayoría de la profesión novelística, falsos sabios que firman semanalmente columnas o tribunas en las que, sin fundamento ni documentación ni mínimo rigor pontifican sobre cualquier cosa, desde el referéndum catalán hasta la subida del precio de la luz, los juicios de la Gurtel o la ordinariez de las masas que llenan los estadios, ven reality-shows en la tele o cantan canciones de Shakira en el karaoke.

Bien. Sigo leyendo el ensayo. Me va asaltando cierta incomodidad y no acabo de saber por qué. Advierto que Sánchez-Cuenca nos tira de las orejas, refunfuña, nos invoca a recuperar el oremus porque hemos prestado ojos y oídos a fulanos a los que -por más que lo niegue una y otra vez- dibuja como auténticos impresentables. 

No creo que mi engorro se deba a que el libro achaca toda suerte de añagazas y supercherías a escritores a los que atiendo e incluso deparo afecto, como son Javier Cercas o Antonio Muñoz Molina. A fin de cuentas cualquiera dice alguna inconveniencia de vez en cuando, y si Sánchez-Cuenca hace una selección concienzuda y descontextualizada de sus artículos, seguro que aparecen pasajes algo arbitrarios o escasamente valiosos. La cosa se compensa cuando me hace reír al poner a parir a los capitostes del "machismo discursivo", Arturo Pérez Reverte, Félix de Azúa o Juan Manuel de Prada. No se olvida de Fernando Savater y tiene el buen gusto de desenmascarar la solemne pobreza de los artículos políticos de Mario Vargas-Llosa, contra cuyas pavadas reaccionarias no se atreven a meterse -esto siempre me ha sorprendido- ni los más conspicuos influencers  de la izquierda española. 

En cualquier caso, y trato de ser honesto, da igual que se meta con los que a mí me caen bien o con los que me fastidian... sigo incomodado mientras avanzo en la lectura de La desfachatez intelectual. 

Yo no soy criticado en el libro porque a mí sólo me leen mis amigos. Pero a efectos morales da lo mismo: ¿debería limitarme a hablar sólo de Kant o Descartes, dado que soy doctor en Filosofía? Tuve un amigo en la Facultad al que envié a pastar cuando me harté de que se irritara hasta las trancas cada vez que un compañero emitía una opinión sobre cualquier cosa. Ante su continuo fastidio no quedaba sino escuchar a los clásicos y a los expertos, guardando un silencio monacal, claro. ¿Y soy yo experto en algo? ¿Estoy según aquel amargado o según Sánchez-Cuenca para hablar de algo o debo sencillamente refugiarme en el silencio? Sería lo más cómodo, desde luego. ¿Puedo escribir sobre la paternidad, sobre el perro que no para de ladrar en el piso de arriba, sobre mis alumnos más pelmas, sobre el ruido de las Fallas, sobre la dicha de leer a Poe, sobre la privatización de los servicios hospitalarios? Y, por otra parte, ¿debo dejar de leer a autores cuyos artículos me interesan, me aportan cosas que no sabía, me divierten, me emocionan?

Yo creo que el libro de Sánchez-Cuenca tiene valor como lenitivo, es casi un acto de higiene leerlo, y la higiene es siempre un comportamiento de seres civilizados, no de energúmenos. Comparto la especie de que debemos recurrir al análisis riguroso de quienes realmente conocen el terreno para saber qué ocurre en determinados ámbitos especializados. Yo, por ejemplo, no leería a Savater hablando sobre las causas del incendio de una fábrica de Paterna, pongamos por caso. Ahora bien, que por ser novelista ya haya que desconfiar de la opinión política de un articulista me parece un consejo poco constructivo. Los lectores son adultos y deben entregar su crédito a quien lo merezca. Yo no leo nunca a Pérez Reverte, no le creo. Sí leo a Muñoz-Molina porque, pese a que a menudo discrepo de él, no me parece un impostor, y creo que a sus casi sesenta años está capacitado para hacer diagnósticos sobre los males del país. 

Y, por cierto, Todo lo que era sólido es un libro que conviene leer. Yo lo hice con enorme placer, discrepo de él en algunos puntos, no en otros... Diría que contiene algunos errores considerables, lo que no creo es que su autor no esté cualificado para hablar sobre la corrupción, la herencia del 92, la especulación inmobiliaria o la pervivencia de la anomalía religiosa del país.

Seguiré leyendo a Muñoz-Molina, seguiré leyendo incluso a Sánchez-Cuenca. 

Saturday, February 04, 2017

BORGEN Y LA PANTOJA

No conozco mejor inductor al sueño vespertino que Telecinco: uno sabe que no van a poner nada que reclame su atención. Tras la cabezadita -con la sesera aún entumecida- mis ojos entreabiertos se topan con una hiena que despotrica contra Isabel Pantoja. La telebasura es el refugio que los impotentes y los resentidos encuentran para vengarse de quienes sí han tenido las agallas de hacer algo en la vida, dicho sea sin olvidar que, antes que de la tonadillera, fui siempre incondicional de Paquirrín. 

Unos minutos antes la cadena de los italianos había hecho lo mismo que -no me engaño- habían hecho las demás, incluyendo la simpar cadena de Milikito, es decir sopesarle las gónadas a Florentino Pérez anunciando a los fans de Cristiano Ronaldo la noticia de que ha decidido hacerse un tatuaje en el fistro. 

Todo esto en realidad no estaría tan mal si tuviéramos clara la diferencia entre la información seria y la amarilla, entre la información y el reality show, entre la crítica y el espectáculo, entre el cerebro y las vísceras, entre el diálogo y el alboroto. Podría bastar con apagar la tele -sólo hay que darle a un botoncito-, pero no estoy seguro de que en los demás medios no nos topemos con la misma confusión... Estamos ante una crisis periodística, y ésta no es a su vez sino un síntoma más de una crisis en el régimen de verdad.  

Me asaltan estos días por las mañanas las peripecias de Donald Trump y, por las noches, las de Birgitte Nyborg. Ambos son políticos, la diferencia está en que aquél es de verdad, mientras que ésta, protagonista de la estupenda serie sueca Borgen, es de ficción. Curiosamente me asalta a menudo la impresión de que Donald es un personaje de comedia barata, incluso un chiste de culos y pis, mientras que en Borgen las esencias ocultas del mundo se revelan con admirable pulcritud ante nuestros ojos. 

No teman, el spoiler no va a ser gran cosa. Birgitte Nyborg se convierte en Primera Ministra de Dinamarca por el Partido de los Moderados de forma completamente imprevista y casi casual. Desde ese momento, y durante treinta capítulos correspondientes a tres temporadas, sabremos de la dificultad de compatibilizar la vida privada y la vida pública para una mujer demasiado dotada de talento como para renunciar al enorme poder que su carisma promete otorgarle. También advertimos la tensión, a veces insoportable, en que se dirimen cotidianamente las relaciones entre la política, el dinero y la prensa. La serie es muchas más cosas, pero creo poder expresarlo en una fórmula sencilla: Borgen trata sobre lo embarazoso que resulta tener que tomar decisiones... En otras palabras, con Nyborg aprendemos que la política, con todas sus miserias, consiste en saber que cualquier medida que toma un representante político, por virtuosa que sea, trae desperfectos y desdichas a muchas personas. 

¿Y la prensa? Es la segunda gran columna sobre la que se sustenta el relato que constituye Borgen. Les cuento algo. El director de los informativos de TV1, Torben Friis, es un periodista político acreditado por la seriedad de los informativos que dirige y lo certero de sus análisis y opiniones. Un día, a consecuencia de un bajón de share, la cadena pone por encima de Torben a un joven yuppie llamado Alex que le insiste hasta el aburrimiento en la necesidad de hacer lo que sea para "incrementar la audiencia". Ni él ni su equipo asumen que haya que sacrificar la credibilidad en favor del sensacionalismo y la horterada. Al llegar elecciones, Alex ordena a Torben crear un ridículo y chillón escenario con azafatas sexy y aires de festival de Eurovisión para celebrar el debate entre los candidatos. 


Sé lo que haría un obediente empleado de Telecinco en ese caso, pero... ¿quieren saber lo que hace Torben Friis? Se fastidian, vean Borgen.  

Sunday, January 29, 2017

TRUMP Y LAS MULTITUDES

Mi padre dijo recientemente algo que tiene mucha miga -aunque sea una miga algo negra-: "debería morirme ya, ¿verdad?, a cada momento ya sé lo que va a pasar". Siguiendo el razonamiento a mí deberían quedarme muchos cortes de pelo, ya que tengo la impresión de que mis pronósticos erran a menudo y que el mundo nunca deja de sorprenderme. Sin embargo, que no atesore la sabiduría octogenaria del señor Montesinos no significa que a estas alturas me escandalice cualquier cosa. Soy de natural candoroso -mi viejo me lo ha dicho muchas veces-, pero ya he estado en algunos sitios de por ahí y las cosas no me entran por los ojos y me salen por el cogote. 

Miren, Trump no es un fenómeno nuevo, por más que nos obcequemos en asociarlo a la posverdad, los simulacros mediáticos o las nuevas formas oligárquicas del posfordismo, la posmodernidad y la globalización. Trump es un facha de manual, uno de tantos majaderos a los que la gente hace caso cuando tiene miedo, un trilero con ínfulas de macho alfa al que jalean los débiles de espíritu porque les dice que tienen derecho a detestar a los negros, irse de putas, tirar la colilla al bosque o zurrarle a la esposa simplemente porque son yanquis y un yanqui pone los pies sobre la mesa si le sale de los bollocks. 

¿Es malo Trump? Desde luego que sí, es nefasto, es tan malo como Bush, como Thatcher, como Kissinger, como Nixon, como Sarkozy, como Putin, como Aznar, como Blair, como May... ¿Estoy diciendo que los malvados dirigen el mundo? Contestaré con otra pregunta: ¿y cuándo no fue así? Trump va a hacer sufrir a mucha gente inocente con decretos delirantes, será lo que profetizó Woody Allen hace décadas, un excelente actor y un horroroso presidente. No sólo perjudicará a las minorías étnicas, hará lo posible para dañar también a las clases medias empobrecidas que le han votado y buscará después la manera de culpar a los inmigrantes, los musulmanes, la prensa o los burócratas de Washington. 

Yo no voy a perder el tiempo en odiarle, ni siquiera en temerle. Trump en realidad es un fantasma, uno de los últimos rescoldos luminosos de un orden que está muriendo, el de las viejas naciones, el del colonialismo patriótico a la vieja usanza, el de las identidades colectivas asociadas a un territorio, el de las comunidades sedentarias...

Lo que pretende el "trumpism" es una fantasía ridícula e irrealizable, no se le pueden poner puertas al campo. La valla de México es un truco de prestidigitador, dinero de los impuestos que no servirá más que para incomodar a los más desdichados. Hay ya cincuenta millones de hispanos en los USA, y la mayoría no entraron por la frontera sur. Habrá más, es irremediable. La globalización es celebrada por la oligarquía de las grandes corporaciones porque permite encontrar siempre nuevos mercados y  mano de obra más y más barata -hasta los límites de la esclavitud-. Pero la globalización implica también movimientos de masas e intercambios culturales cuyos efectos de ninguna manera pueden quedar bajo el control del capital. 

Decimos que divisas y mercancías circulan mientras la gente paga las consecuencias de la desigualdad creciente y sufre, pero, además del capital, los ejecutivos y las mercancías, también circula a toda velocidad la información, al igual que las multitudes en busca de una vida mejor. Trump puede prometer a América regresar al siglo XIX, pero no es posible impedir que el mestizaje y un incalculable intercambio de mensajes sean la auténtica lógica silenciosa e incontenible de los tiempos. El relato de la América WASP de Trump, que siempre fue falso, ya sólo es un vampiro, son las multitudes en permanente movimiento las que están protagonizando la colosal transformación histórica que vivimos. La gente trabaja, produce, aprende, viaja, intercambia ideas, formas de vida y destrezas... 

Es razonable sentir cierto vértigo, pero no podemos limitarnos a expresar espanto y escepticismo ante los procesos de hibridación acelerados a los que asistimos y de los que, queramos o no, formamos parte. La gente lo pasa mal, no hay duda, y padece las continuas violaciones de derechos que las nuevas -y las viejas- formas de dominación producen incesantemente, pero esa misma gente también goza del inmenso placer de vivir y amar entre fiestas de cumpleaños, canciones de rap o bromas en la fábrica. La vida fluye sin que -como nos enseñó Nietzsche- el impulso enfermizo y descendente de los vampiros pueda congelarlo. 

No hay una revolución conservadora y nacionalista, como quieren hacernos creer los Trump, Putin, May o Le Pen, hay una revolución de las multitudes -en realidad siempre la hubo-... el asunto es si sabemos advertirlo.   

Friday, January 20, 2017

LA POSVERDAD

La "posverdad" ha sido designada palabra del año.

 No sé qué recorrido futuro puede tener, desconozco si se instalará entre nosotros o, como las hombreras, tendrá un recorrido tan fulgurante como efímero. No importa, la posverdad puede ser sólo un nombre vacío, pero sospecho que nada dice tanto sobre nuestra condición contemporánea como los nombres vacíos. 

"¿Por qué lo llaman posverdad cuando quieren decir mentira?", pregunta uno de los que, acaso por falta de buen humor, siempre se irritan con cualquier novedad. Pero es una mala pregunta, porque la mentira y la posverdad no son la misma cosa. Muy al contrario, sólo se habla de mentira en la medida en que podemos determinar qué es lo verdadero. Y eso es justamente lo que el espíritu del tiempo ha puesto en situación de incertidumbre; no sabemos dónde se ha metido lo verdadero, o mejor, no estamos seguros de disponer de los elementos para distinguirla. La verdad ha perdido su prestigio, ha dejado de ser operativa. Esto no significa que haya desaparecido, significa que tenemos vía libre para desembarazarnos de ella cuando nos venga bien. Y significa también que se puede aspirar al éxito sin vivir bajo su otrora marco protector. 

Se asocia la posverdad con el inicio de la Era Trump. Ciertamente, Trump ha llegado al poder a partir de la mentira. El problema es que, al contrario que en el caso de Nixon -al que defenestraron por mentiroso antes que por espiar a los demócratas- la gente vota a Trump aún a sabiendas de que probablemente miente. Este fenómeno se ha dado también entre nosotros con Podemos. Muchos que manifestaban en las encuestas la intención de voto a favor del partido morado reconocían no creer en las posibilidades de realización de sus promesas. En suma no se vota a ciertas opciones porque sean "verdaderas", en cierto modo se les vota porque son ficción, y les pedimos que lo sean, que se atrevan a serlo e incluso a parecerlo. 

Hay, claro, otra manera de verlo; "voto a Trump porque se atreve a decir la verdad que todos pensamos pero nadie más se atreve a decir." Pero incluso el palurdo que dice esto intuye, en el fondo, que no es la verdad de la razón, sino la emocional, la que los demagogos como Trump capturan de entre las vísceras para hacerse querer. Y el problema de la verdad del bajo vientre es que nunca es verdadera salvo entre las hordas de bárbaros, no cuando se trata de gestionar con justicia la vida en común entre seres civilizados. 

No, la posverdad, o si prefieren, la posmodernidad, de la que sólo es uno más de sus síntomas, es sólo un síntoma más de la condición contemporánea, cuyo destino es vivir en la incertidumbre y la desorientación. No podemos establecer un criterio de verdad porque todo va demasiado rápido para que nos dé tiempo a reflexionar y obtenerlo. Y si lo obtenemos, debemos saber que es precario y cambiará de inmediato. 

"Sociedad líquida", dije la semana pasada refiriéndome a Bauman. Debemos acostumbrarnos a la idea de que el estado sólido ya no corresponde a los referentes que nos sostuvieron. Eso es malo porque el trabajo se hace precario, la incomunicación se extiende secretamente entre las múltiples vías de contacto virtual, y las instituciones que protegen a los débiles se ven más y más amenazadas, empezando por la democracia misma, que se abarata tanto que ya cualquier república bananera se autodenomina democrática. Pero también es bueno, porque hace saltar en pedazos relatos que han avanzado sólo a costa de millones de muertos, como el de la superioridad de Occidente, la autoridad de los dueños del Templo, la legitimidad de las oligarquías, el patriarcado, el matrimonio convencional...

Los apologetas de la Verdad, esos de los que tanto se burló Nietzsche, gimen melancólicos en las exequias de su Dios... Pero ignoran que, como nos enseñó hace más de un siglo el autor de Zaratustra, la verdadero es una construcción humana o, como él diría, "sobrehumana". Zizek nos dio recientemente la "bienvenida a tiempos interesantes". Los tiempos interesantes son inquietantes, porque en ellos se navega a la deriva, sin saber bien a dónde dirigirnos o, para que se me entienda, sin elementos para juzgar cómo dirigir una biografía. 

No sé si me estoy explicando. La posverdad -aunque mañana la llamen de otra manera- no es el triunfo de los mentirosos, aunque ahora mismo lo parezca, es más bien el momento en que advertimos que tenemos que construir un relato que sostenga nuestra determinación de continuar adelante. Bienvenidos pues a tiempos interesantes. Y no lo olviden, hoy es nuestro primer día contra Trump.