Thursday, December 31, 2015

EL PROBLEMA NO ES PODEMOS

En realidad no lo ha sido nunca, no al menos "el gran problema". Si nos referimos exclusivamente a la cuestión urgente de la gobernabilidad suscitada por el complejo resultado electoral, entonces sí, Podemos y el otro partido emergente, Ciudadanos, han llegado para montar un lío considerable. Pero si lo que nos preocupa de verdad es el bienestar de la gente, entonces me niego a aceptar la especie, lanzada al espacio insistentemente por sus hostiles -sobre todo los afines al PSOE-, de que encontrarnos ahora con sesenta congresistas del partido de Pablo Iglesias es un desastre.

Yo no sé qué tiene que hacer el PSOE en las próximas semanas. Decidan lo que decidan -y hay que reconocerle a Pedro Sánchez que el fuego amigo, es decir, sus enemistades internas, se lo está poniendo muy difícil-, mi pronóstico es rotundo: harán lo que crean que va a lesionar menos la futura supervivencia del partido, y lo presentarán como un acto de reponsabilidad patriótica.

Miren, a mí no me gusta Podemos, hablo relajadamente y sin horror de ellos porque, pese a que comparto algunos de sus planteamientos, no les he votado ni creo que llegue a hacerlo. Me interesa Podemos como fenómeno sociológico, y creo que en el futuro investigar las circunstancias que han rodeado su fundación y su relampagueante ascenso ayudará a entender lo que estaba pasando en la España de la segunda década del siglo XXI.

En cualquier caso me genera una fuerte desconfianza. Sus fundadores arrastran una herencia "escolar" leninista que me inquieta, se diría que dominan con maestría el arte de decidir entre bastidores todo lo que se debe hacer a cada momento en un cenáculo exclusivo para presentarlo después como el resultado de la voluntad popular. Son a menudo ocurrentes y vacuos, se lanzan audazmente a la piscina de prometer transformaciones profundas sin que terminen de explicar si saben cómo hacerlo. No me parece desacertada la crítica de que crecen porque le dicen a la gente lo que ésta quiere escuchar, lo cual, en tiempos como el actual en los que mucha gente en España se siente humillada, alimenta el peligro del populismo. Hay en ellos un componente de insolencia que no me molestaría de no ser porque en situaciones como la de estos días, donde lo recomendable es la prudencia y se debe ser casi quirúrgico a la hora de hablar y de actuar, los podemistas ponen pecho palomo para proclamar sus "líneas rojas", desmintiendo después que sean tal cosa y poniéndole otro nombre, con la misma hipocresía de los partidos del stablishment contra el que se rebelan y tratándonos igualmente como si fuéramos idiotas. Y sí, yo también creo que Pablo Iglesias es un héroe de la tele, y ya sabemos que la telegenia no lo es todo. (¿O sí lo es?)

Podría seguir marcando distancias con Podemos, pero no es objetivo de esta artículo, en parte porque este partido es atacado por tierra, mar y aire sin descanso en estos días, pero sobre todo porque debo insistir en lo que el título de este escrito enuncia: Podemos no es el problema. ¿Y cuál es ese problema? Ahora mismo, sin duda, el proyecto secesionista catalán y la intención de sus actores de que el Estado se debilite al máximo para facilitar la "desconexión". Y ese problema lo es para todos los que pretenden construir legítimamente un gobierno estable, empezando por el propio Podemos, que explosionó electoralmente en las capitales del Principado entre otras cosas por aliarse con la demanda de un referéndum, y que ahora se encuentra ante la imposibilidad de pactar un gobierno con el PSOE, cuyas posiciones respecto al tema catalán son extraordinariamente precarias e imprecisas.

Llega el momento de decirlo: la gente ha votado a Podemos porque esta harta de que le mientan, de que le hagan promesas que no se cumplen, de que le transmitan siempre el mismo mensaje larvado de que en realidad, la política es hoy impotente ante el capital y que lo único que se puede hacer ante un mundo donde cada vez hay más pobres y los ricos son más ricos es resignarse. "Sí se puede", este slogan es una obra maestra del marketing político porque ataca a los rincones más profundos del corazón de ciudadanos que se sienten humillados ante la sensación de que la democracia es hoy una mentira. ¿Significa esto que el partido de Pablo Iglesias "sí va a poder"? No, probablemente no, quizá sea un bluff, pero cinco millones de personas han decidido aferrarse a esa posibilidad por razones que creo que no estamos sabiendo analizar. Son apenas unos pocos menos que los obtenidos por una fuerza histórica tan relevante como el PSOE. ¿Nos conformamos con pensar que esos cinco millones son imbéciles o asumimos de una vez que el 15M y la colosal crisis han abierto un ciclo nuevo en las sociedad española? El problema no es Podemos, el problema es que el dinero está triturando el modelo de representación, en otras palabras, que las instituciones se están descomponiendo ante nuestros ojos y que todo apunta a que o la ciudadanía reacciona o seremos más pobres y estaremos más desprotegidos... Nosotros y nuestros hijos.   

Friday, December 18, 2015

Decía Jean Baudrillard que en las sociedades desarrolladas la política había desaparecido de la escena, dejando sólo su fantasma, todo ese juego delirante de sondeos, debates televisivos y opiniones de tertulianos, como si nos encontráremos ante la final de la liga de fútbol, este año a lo que se ve con más candidatos al título de lo que estábamos acostumbrados. La función de este gigantesco simulacro, consistente en no parar ni un instante de ofrecer señales de vida y mantenernos sobreinformados, es precisamente fingir que todavía existe la representación, ese principio crucial desde el que se identifica la política desde que Rousseau lo enunció en el XVIII. 

El escepticismo de Baudrillard es razonable, pero el autor no llega nunca a dar pistas concretas respecto a cómo salir del bucle, consistente en que nosotros ponemos a los políticos en el poder y ellos nos divierten con el espectáculo de que aún es posible gobernar las comunidades globalizadas, de que las ideologías aún pueden determinar programas de actuación, de que es en definitiva la voluntad general y no el capital el que aún rige nuestros destinos. 

Podría en consecuencia predicar la abstención, pero es que yo -llámenme iluso- no alcanzo las simas de escepticismo a los que llegó el autor de "El intercambio simbólico y la muerte". Tenemos sin duda un problema muy serio con la supervivencia del espacio público, con la política entendida como partidocracia y ejercida por tanto a partir de una maquinaria burocrática destinada a autorreproducirse y no a defender a las personas. Estamos ante una crisis sistémica de proporciones gigantescas, y estoy dispuesto a aliarme con aquellos que sean simplemente capaces de situarse ante esa crisis, asumiéndola como un desafío para bloquear el camino que parece conducir nuestras sociedades hacia el populismo, el fascismo o, lo que acaso sea aún peor,  la dictadura de la indiferencia. 

No sé quién ganó el debate de la otra noche, no sé si Podemos es tan nefasto como predican muchos y me gustaría pensar que la marcha del país cambiaría sustancialmente si en vez de la derecha gobernara el socialismo. Poco puedo decirles al respecto de cuestiones tan urgentes, pero, al modo del mensaje en una botella que el náugrafo arroja al mar, se me ocurren algunas cosillas que he aprendido a medida que me he ido haciendo mayor. Otras son meras pinceladas respecto a la actualidad. No ayudarán a acertar con el voto, pero es que, por más que se autoafirman los candidatos con eso de "vótame y alcancemos juntos el nirvana", no creo que nadie esté en condiciones de hacerlo. Ahí van. 

1. Los paraísos fiscales son el sumidero de la prosperidad; si no actuamos pronto contra ellos sucumbiremos. Las razones por las que no se actúa son sencillas; todo, política y economía, forma parte de la misma red corrupta. Somos los ciudadanos los que, como siempre ha sucedido, habremos de obligar a los gobernantes a acabar con este cáncer devastador. 

2. La Unión Europea fracasa porque está mal hecha de origen. Es ridículo creer que puede haber una moneda única con diecinueve políticas presupuestarias diferentes, diecinueve modelos fiscales, diecinueve modelos de tratamiento de la deuda... O entendemos que Europa se debe comportar ya como una nación o nos devorarán los tigres de Asia y América.   

3. Digámoslo ya de una vez, la mitad de los españoles odia a Catalunya. Como no comparto este sentimiento se me hace difícil entenderlo, pero es una realidad que vengo percibiendo desde pequeñito y que nos empeñamos absurdamente en disimular. ¿Y qué es odiar a Catalunya? Sencillo: actuar exactamente como se está actuando ante el proceso de autodeterminación, es decir, hacer como si fuera un delirio de cuatro locos o, lo que es lo mismo, no hacer nada y esperar a que escampe. 

4. El proceso de "desconexión" es ilegítimo no sólo por ilegal, sino, sobre todo, porque se está pasando por el forro la voluntad de más de la mitad de los catalanes. Un no secesionista podría convencerse de que es aceptable la celebración de un referéndum de autodeterminación, pero no en esta tesitura. Catalunya será un Estado o no lo será, pero jamás lo merecerá de esta manera. 

5. La corrupción es consustancial a esta democracia de baja intensidad a la que el mundo se está acostumbrando. Mientras haya partidocracia habrá corrupción, es muy sencillo establecer la relación causa-efecto. No caigamos en la tentación de hacer caso a quienes, desde estructuras de partido podridas, se defienden de las acusaciones aludiendo a la maldad de unos cuantos sujetos mal controlados. Ahora bien, mientras hacemos ese razonamiento, pensemos en las corruptelas cotidianas a las que se suele decir que los españoles somos muy aficionados. Eso quizá nos ayude a entender que los políticos, pese a todo, están hechos de la misma pasta que cualquiera de nosotros. 

6. El sistema educativo es un fraude colosal. La gente miente cuando dice que los problemas del país se arreglarían mejorando la educación; los políticos mienten cuando pontifican sobre el tema porque saben que los frutos venenosos de sus nefastas decisiones se los comerán otros. No habrá consenso educativo, el Gran Pacto será como el de los yanquis con los indios, es decir, un respiro para legalizar el exterminio. Estoy perdiendo la esperanza. Por favor, señores candidatos, limitense a cargarse la Ley Wert y no hagan nada más, pasen de nosotros, olvidennos. Nosotros nos las arreglaremos en las aulas sin ustedes. 

Friday, December 04, 2015


EUROPA NO SERÁ BLANCA

No creo que a estas alturas caigamos en el pecado del spoiler si platicamos sobre el final de "Gran Torino", acaso la última película de la era dorada de Clint Eastwood. Un anciano llamado Walt Kowalsky, en el que  reconocemos de inmediato un endemoniado carácter y una ideología reaccionaria, vive sólo y sin apenas relación con sus hijos. Un buen día topa con Thao, hijo de la familia de extremo orientales que habita la casa de al lado. El viejo, combatió en Corea, muestra una hostilidad propia de Mr Scrooge hacia estos vecinos y hacia el mundo en general, que a sus ojos ha entrado en una espiral de corrupción de valores irrefrenable. 

A medida que avanza el relato va surgiendo entre el joven y el anciano un misterioso afecto, lo que empuja a éste a intervenir al estilo de un marine cuando aquél empieza a tener serios problemas con una banda del barrio, la cual se dedica a maltratar insistentemente al chico por su empeño en no unirse a ellos y tratar de vivir honradamente. Sabedor de que padece una enfermedad terminal, Kowalski opta por sacrificarse por Thao, provocando su propio asesinato para que los chicos de la banda vayan a la cárcel y éste pueda seguir su camino libre de tales indeseables. El viejo es un héroe, sin duda, pero a su manera el chico también lo es, pues tiene el coraje de vivir con arreglo a los principios morales que le han legado sus padres cuando lo fácil es caer bajo la protección de los grupos de delincuentes. 

Desconozco si el propio Eastwood es consciente de lo que este final propone: los Estados Unidos de América ya  no designan la identidad de un WASP (blanco, anglosajón, protestante), la nación ya es hoy tan de Thao como de Kowalski (apellido por cierto de inmigrantes polacos). Quizá sea en mayor medida de Thao, pues el viejo muere, y debe morir porque su última misión muchos años después de matar "amarillos" en Corea es salvar a la nación dejando que sean los nuevos americanos los que la hereden. 

En estos días hemos sabido que, por primera vez en la historia, España ha bajado del crecimiento cero al que nos habíamos acostumbrado, es decir, están empezando a morir más personas de las que nacen. No hacen falta grandes conocimientos en geografía humana, demografía, economía y otras ciencias por el estilo para sospechar la terrible amenaza que a medio y largo plazo supone un fenómeno similar para un país. No se me ocurren muchas soluciones. Supongo que a algún preboste cardenalicio verá en la ocasión la oportunidad para recordarnos a todos que el condón es un invento del diablo y que debemos fomentar la familia como si criar niños fuera la misión sacrosanta a la que debiéramos entregar nuestras vidas, especialmente si a uno le toca ser mujer. Siempre me sorprende la vehemencia con la que la derecha nacional católica insiste en las loas a la institución familiar -siempre y cuando hablemos de una familia "como Dios manda"- y lo poco interesada que se muestra en fomentar leyes que protejan la conciliación laboral y otras que animen a la gente a plantearse la maternidad. 

No nos calentemos la cabeza. España -y en general Europa- está condenada. Lo está al menos mientras no asumamos que el sueño ese de la "Europa blanca", que a veces pinta algún neonazi descerebrado en las paredes, es un rescoldo de un pasado que ya no volverá. 

Miren, desde hace una década yo tengo en clase alumnos palestinos, senegaleses, guineanos, chinos, finlandeses, australianos, pakistaníes, hispanoamericanos... la lista es interminable. He aprendido cosas. Por ejemplo que hay muy diversas maneras de asumir la condición de musulmán; que los venezolanos no son necesariamente indolentes ni los colombianos pandilleros; que los africanos sufren muchísimo cuando se sienten víctimas de algún tipo de discriminación, cosa que les pasa con frecuencia.

Sí, lo sé, lo extraño y lo exótico generan siempre cierta incertidumbre, ese temor a lo distinto que a veces puede degenerar en hostilidad y xenofobia. Tampoco es mi intención defender esas panoplias del multiculturalismo que tan poco han hecho por integrar a los recién llegados a un gran proyecto civilizador a la europea. Tras la tragedia atroz de París no es popular ahora mismo defender la inmigración. 

Muy bien, pero temo que cuando algunas asquerosas consignas como aquella de García Albiol de "limpiar" su pueblo, se nos olvida que tenemos un problema brutal con el envejecimiento del país, y que si en vez de estigmatizar al extranjero no nos planteamos seriamente la necesidad de una política razonable de asimilación de la extranjería, corremos el grave riesgo de que la nación colapse antes de lo que nos pensamos. Y lo haremos por culpa de quienes más se llenan la boca dándole vivas a España y clamando por la unidad nacional. Lo siento, amigos de la pureza de sangre, España será mestiza o no será. 

Hagan como Kowalski, cuiden de Thao.

Friday, November 27, 2015



MADRUGADA


Últimamente, y como consecuencia de mi incapacidad para gestionar el estrés, suelo despertarme a esas horas matinales que, sobre todo en invierno, se hacen especialmente inhóspitas. Como estoy viviendo temporalmente junto a un gran nudo de entrada y salida de esa inmensa colmena que es una gran ciudad, con una densidad de vehículos digna de una pesadilla, puedo percibir nítidamente ese in crescendo del ruido de motores que va intensificándose hasta alcanzar su cénit hacia las siete y media u ocho de la mañana. Subo la persiana  y aún entre las últimas sombras nocturnas diviso un horizonte de faros de coches que se desplazan como legiones de hormigas, a un lado y otro del bypass, incorporándose desde la avenida de cuatro carriles a los ramales de aceleración que conectan con las grandes arterias. 

... Llegan los primeros atascos de la mañana. Desde el sopor insomne de la ventana de mi habitación prestada se diría que todo el mundo parece tener muy claro a dónde va y qué pretende hacer con su vida. 

Nos hemos acostumbrado a la idea de que lo normal es que la gran maquinaria funcione sin mayores contratiempos. Entramados de dimensiones colosales -una urbe, un Estado, una comunidad de Estados-, monstruos que parecen funcionar sólos, como si fueran sistemas perfectamente automáticos y no decisiones de personas los que les hacen sobrevivir y agigantarse. El problema es que cuanto más complejo y sofisticado es un organismo, más delicado y vulnerable resulta. Antes, y cuando digo antes me refiero a menos de medio siglo, éramos una carreta de caballos a los que arreábamos cuando remoloneaban en un pedregal, ahora somos un tren de alta velocidad al que un pequeño sabotaje en la vía puede hacer descarrilar. 

No sabemos cómo reaccionar a los atentados de París. Nos parece insoportable la idea de un imprevisto que haga colapsar todo el sistema. El estado de excepción en el que vive estos días Bruselas es un síntoma de lo que un acto terrorista puede hacer con nuestra normalidad. Hay algo en lo que los fanáticos nos ganan: conocen perfectamente la lógica del odio y la venganza, habitan ese lenguaje y son completamente incapaces de salir de él. Tienen el poder de sacrificarse por unas verdades que repiten histéricamente no fuera que se les olvidaran un sólo instante. No podemos entenderlo. Decimos que son el Mal, y sin duda lo son, pero no sabemos cómo traducir a nuestros códigos la cultura del sacrificio, la venganza y la cólera de los dioses. Es como si nos hablaran unos iluminados llegados directamente desde el Medioevo. 

Y como en aquellos tiempos tenebrosos, vuelven los santones y los místicos, las sectas de iluminados, las procesiones penitentes, las imprecaciones de arrepentimiento, las piras para los infieles, el fin del mundo visto como una promesa de liberación. Es tan erróneo afirmar que Occidente está en guerra con el Islam como creer que es posible entrar en algún tipo de diálogo con alguien que es capaz de hacerse volar en pedazos y destruir de una tacada cientos de vidas inocentes. 

Podemos sucumbir a la tentación de pedir sangre por sangre. Son situaciones en las que las soflamas de los machotes parecen más seductoras que nunca. Si los cuatreros o los pieles rojas amenazan con destruirnos, llamemos a los rangers de Texas para que nos salven, pues llegados a este punto no hay otro camino que el de las pistolas.

Ya, el problema es que hacemos entre tanto quienes no volteamos los revólveres. Miren, si analizan detenidamente la naturaleza de los atentados de París quizá detecten el inmenso resentimiento de quienes confunden con perversidad y corrupción moral lo que en realidad es su propio sentimiento de fracaso, la profunda frustración que les produce su incapacidad para entender que las mujeres ya no nos obedecen, que los jóvenes no van a bailar y escuchar rock porque le han vendido el alma al diablo, que la gente intenta pasárselo bien porque incluso sin terroristas ya hay bastante sufrimiento en esta vida para ir por ahí avinagrándose, que ir a un estadio de fútbol de vez en cuando es incluso saludable... Y si sólo fuéramos los infieles, pero resulta que son cada vez más los jóvenes árabes que no desean vivir en el siglo XVII. 

No tengo recetas contra los atentados suicidas, pero sí sé algo: voy a seguir ejerciendo mi libertad sexual como me dé la gana, beberé vino y disfrutaré con él impúdicamente, seguiré leyendo a Conrad y a Nietzsche, dibujaré los rostros de mis seres queridos, cogeré el metro, escribiré poemas en los aeropuertos, seguiré intentando enseñar a mis alumnos a convertirse en librepensadores...

Matennos a todos, nos lo vamos a seguir mereciéndono.  

Friday, November 20, 2015

LUNES. Cuando un acontecimiento de gran impacto concita todas las atenciones nos sentimos impelidos a adoptar algún tipo de actitud más o menos visible. Más allá de las voces de indignación, más allá de los clamores de venganza, tan arraigados en lo profundo del alma de la comunidad desde sus mismos orígenes, las redes sociales propician un moralismo soft (“ética indolora”, lo llamaría Lipovetsky), que pasa por convertir las sonrisas y postureos, habituales hasta el hastío en los fines de semana, en selfies con banderas francesas de trasfondo para exhibir sentimientos de solidaridad con las víctimas. Esta es la manera posmoderna de asumir el deber de la participación ciudadana, enfrentándose con ello a las acusaciones de indiferencia e idiotismo que a menudo lanzan las élites intelectuales. Mi posición ha sido en estos días la del silencio, ese silencio lúcido y en ningún caso hueco al que invita en ocasiones la lectura del Tractatus de Wittgenstein. Sólo desde la distancia, lejos del fragor de los cuchillos largos se hace posible la reflexión, que es precisamente de lo que intentan privarnos los fanáticos. Tengamos el valor de callar durante algunos días, alarguemos el minuto de silencio.

MARTES. Está muy explicado en “El agente secreto” por Joseph Conrad, donde empezamos a descifrar en sus orígenes la naturaleza de un fenómeno tan contemporáneo como el terrorismo: en una sociedad racionalizada como la que habitamos nos gusta creer que todo está bajo control y que la inseguridad es lo anómalo, casi lo escandaloso. Cuando descubrimos con horror que Lucifer armado con Kalaschnikov puede convertir sin despeinarse un discoteca o un café en un infierno la realidad se nos cae encima: no vivimos en la pax romana... Tras las fronteras, a poco que uno aguce el oído, se presiente el estrépito de cientos de batallas. Necesitamos que se definan ante nuestros ojos algunas de las consecuencias de la guerra, por ejemplo los refugiados sirios, para que nos estremezcamos.

MIÉRCOLES. “Yo soy francés”. Si supiéramos asumir en todas sus consecuencias el sentido de esta aserción creo que la venderíamos menos barata. La Francia que amamos es volteriana, también es de Monet, Piaff, Sartre o Truffaut... No es en ningún caso lepeniana, porque para Le Pen no hacen falta siglos gloriosos, cualquier país de cabreros puede permitirse semejante mamarracho. Sin embargo la Francia actual es también lo segundo, una Francia tan ridículamente chauvinista, provinciana y glotona como la que encontramos en Asterix, una nación que después de tanta revolución burguesa y tanta gauche divine resulta albergar los mismos miedos y salta con los mismos resortes asociados al rural y atrasado vecino del sur, ése que tanto sufrió la incomprensión francesa ante el terrorismo local en tiempos aún cercanos. Nada es más admirable que los valores de la Republique, y no tengo duda de que son esos valores los que los bárbaros intentan destruir, pues encarnan justo lo contrario del paraíso que ellos se prometen a sí mismos. La pregunta es si el país sigue de verdad creyendo en ellos.

JUEVES. Deberíamos ser más indulgentes con la inconsecuencia de la gente que llora su solidaridad hacia el vecino “al que siempre hemos admirado tanto”. Es como cuando han entrado a robar en nuestro bloque de viviendas, uno hace entonces piña con los vecinos -incluso con los que odia- porque se ve expuesto a que le pase lo mismo. Y sí, lo sé, es conveniente documentarse mejor, entender que los muertos de París no valen más que los de Beirut o Alepo, recelar de la hipocresía de las élites, descifrar los intereses de quienes arman hasta los dientes a los fanáticos y después se lamentan cuando silban las balas...Pero nos equivocamos cuando culpamos a Occidente. Los asesinos del viernes no creían en lo que gritaban mientras accionaban rabiosos el gatillo: "Esto es por lo que hacéis en Siria". Una cosa es que la política de las potencias de Europa o Norteamérica en Oriente Medio sea sumamente criticable, y otra es creer que la prosperidad y las libertades es culpable por definición y merece ser castigada. Eso es justamente lo que los fanáticos quieren que pensemos.

VIERNES. Las portadas no paran de insistir en que estamos en guerra. Quizá, pero creo que es sano cuestionarse si no estamos abusando de un concepto con el que difícilmente podemos capturar el sentido de una lógica que no tiene nada que ver con la que dio lugar a la idea de lo bélico. Antes de bombardear y declarar la conflagración -y no digo que tales cosas no hayan de hacerse- habríamos de preguntarnos qué es lo que más teme el enemigo. ¿Por qué nos odian? ¿Qué es lo que tanto les irrita de nuestra conducta? Y sobre todo, ¿qué es lo que temen que imiten sus correligionarios?

Thursday, November 12, 2015

JOSÉ ANTONIO MARINA Y EL PP




José Antonio Marina es un profesor de filosofía con muchos años de experiencia en enseñanza secundaria. En esto no se diferencia de mí, pero a él se le reconoce como autoridad intelectual por los ensayos que ha publicado con notable éxito de ventas y por sus frecuentes apariciones en los medios. Nunca logró interesarme demasiado, no vi en qué medida podían ser algo más que un catálogo de trivialidades sus investigaciones sobre la inteligencia, sus descripciones de la posmodernidad o sus diagnósticos sobre los males de la educación en España. Presentí cierto tufo reaccionario en lo que se presentaba ante el entrevistador de turno como un tipo reflexivo y mesurado... ese toque acartonado de los "hombres de orden", esos que formaron su mapa moral a golpe de sacristía y desfile de flechas y pelayos. 

Esta introducción no es en verdad más que la exposición de mis irrelevantes manías, pero al menos me sirve para explicar por qué a mí me ha sorprendido menos que a otros ver a Marina convertido en asesor educativo del PP en los trascendentales momentos previos a las elecciones que podrían otorgar a Rajoy el segundo mandato consecutivo. "Mejor un intelectual de prestigio que un matarife como Wert", me dirá alguno... "mejor un profesor de instituto que un tecnócrata", podría añadir...

Veamos. Lo primero que debemos preguntarnos es por qué el PP aparenta estar preocupado por un departamento al que hasta ahora se ha dedicado a machacar sin piedad. La respuesta es obvia: vienen elecciones. Si las ganan insistirán en su ideario neoliberal, es decir, partiendo del principio de que la educación es antes una mercancía que un servicio social reforzarán los resortes que tienden a estrangular la escuela pública, propiciando asimismo el despegue de la privada, que seguirá siendo financiada tan generosamente como hasta ahora. Con ello mantendrán satisfecho a su gran aliado clerical, líder en nuestro país entre el empresariado educativo gracias a los conciertos que pagamos todos... más satisfecho aún por el delirante tratamiento que los nuevos currículum deparan a la asignatura de Religión. Si el resultado de este planteamiento es que la escuela, lejos del rol de compensadora de desigualdades, va a servir para el agrandamiento de la brecha socioeconómica, quedando así los establecimientos públicos destinados a la pura beneficencia, eso es algo que sólo sorprenderá a aquellos electores de la derecha que ignoren cómo definió aquel presidente oligofrénico de los USA, Ronald Reagan, el ideario conservador: "los ricos no son suficientemente ricos ni los pobres suficientemente pobres". 

¿Qué pinta Marina en todo esto? Se trata de maquillar en las postrimerías de la legislatura -"minutos de la basura", los ha llamado alguien- un marcador rotundamente negativo: el trabajo del ministerio en los años Wert ha logrado lo imposible, poner de acuerdo a tirios y troyanos en que para la educación ha sido un "destroyer". 

Ahora bien, ese maquillaje toma tonos muy sombríos, conviene observarlos con atención, pues no comparto la especie escuchada en los últimos días de que estamos ante simples bombas de humo, propuestas sin ningún recorrido futuro. Yo creo que tras algunas de esas propuestas se prefigura un modelo de actuación que, si no lo impedimos, puede marcar el futuro. Y resulta muy inquietante, la verdad. 

Seré conciso, voy a referirme a cuatro malentendidos que han generado las últimas intervenciones del profesor Marina y que, a mi entender, responden a un intento perverso de manipular a una opinión pública que, me temo, anda especialmente despistada en estos días. 

En primer lugar debemos resistirnos a la panoplia de que al fin, y en cumplimiento de una vieja reivindicación del gremio respecto a la manufactura de las leyes educativas, un gobierno ha decidido que sean los profesores los que decidan qué normas quieren. José Antonio Marina no representa a nadie más que a sí mismo, no ha sido elegido por ningún colectivo profesional y que haya abierto una web para que los profesores efectúen sugerencias no implica nada. Esto no es consultar a los profesores, esto es sentar en las cocinas del poder a un profesional docente ideológicamente afín. Si el Ministro Méndez de Vigo supiera lo que en estos momentos se dice en los claustros de las propuestas de su nuevo asesor los oídos le estallarían. 

Segunda cuestión. A estas alturas que alguien con poder diga que que el problema de la gestión educativa es la ideología, y que hay que "desideologizarla" me da mucha risa. Como si existiera una gestión neutra, como si fuera posible administrar la institución sin principios ni valores que determinen qué queremos conseguir cuando entramos en un aula. Nada es más ideológico que negar que uno actúa ideológicamente, y es por cierto una inclinación muy acentuada en el pensamiento liberal, al cual me parece que se adscribe el grueso de las propuestas que ha emitido Marina.

Tercera. En sus últimas declaraciones Marina ha sido aparentemente crítico con la labor del ministro Wert. Lo que no entiendo es por qué no empieza entonces por proponer la derogación de su ley, la cual ya han anunciado los distintos partidos que suprimirán urgentemente en cuanto lleguen al poder. Dice Marina cosas muy confusas supuestamente en favor del laicismo, pero no ha cuestionado la nueva situación de la asignatura de Religión. Tampoco le hemos oído decir nada sobre los privilegios de la escuela concertada, ni sobre las abusivas ratios de alumnos por aula que padecemos, ni sobre el incremento de las horas de docencia directa que no hacen sino dificultar la capacidad de atención al alumnado... Sólo vaguedades, la Ley Wert está a buen recaudo con Marina, quien hace piruetas dialécticas para hacer ver que no le gusta y al tiempo no mover un dedo en contra de su aplicación. Qué cosas. 

Cuarta y última. El tema del salario diferenciado. "¿Por qué han de cobrar lo mismo los buenos y los malos profesores?", pregunta Marina. En primer lugar no es cierto que cobremos lo mismo, lo novedoso es que ahora se pueda determinar el salario en función del "éxito académico" y otros factores como la influencia benéfica de la docencia en los alumnos o su obtención del éxito profesional. Los riesgos de medir el éxito académico se han comentado sobradamente en estos días. Pero les diré algo: nunca me siento más eficaz y realizado en mi trabajo que cuando tengo "malos alumnos", sí, de esos que luego no obtienen brillantes calificaciones pero son capaces de remontar sus circunstancias desfavorables y superar sus limitaciones. Tenemos una materia prima, y su diversidad es enorme, ¿cómo piensa Marina mensurar cuestiones tan complejas a la hora de establecer diferenciaciones salariales? Y eso en cuanto al factor de las calificaciones, el más "aritmético", porque no quiero ni pensar cómo valorará Marina factores tan abstractos como los que antes he referido. 

Miren, yo creo que todo esto del salario es una falacia que encubre algo mucho peor que la intención de premiar a quienes trabajan bien. Sospecho que la derecha planea otorgar un enorme poder a los directores de los centros para que sean ellos quienes seleccionen a las plantillas con las que quieren trabajar. Pronto les explicó por qué tal posibilidad, que por cierto ya ha empezado a aplicarse en Catalunya, nos aboca a riesgos colosales, riesgos incluso contra el más esencial de los principios de la democracia en educación, la libertad de cátedra. Pronto se lo explico, pero perdónenme una maldad. Dice Marina que los profesores deberíamos de alguna forma denunciar a los malos compañeros. Joder, compañero Marina, ahora promueves la delación. ¿Ya eras un acusica en el cole? 



Friday, November 06, 2015

LUNES

La procesión de los refugiados sirios, extendidos como una serpiente a lo largo de una carretera. Unos pocos policías motorizados conducen la triste comitiva que no sabe a dónde va. Me recuerdan a los zombis que deambulan sin rumbo en The walking dead, ejército desarrapado que se arrastra a duras penas buscando alguna esperanza a la que aferrarse. Alguien me dijo que se negaba a ver esa serie televisiva: "Se parece demasiado a la realidad, prefiero la ficción". Entretanto, y mientras se acerca el invierno, siguen errabundos por el interior de Europa. Estamos presenciando escenas propias de la Segunda Guerra Mundial, pero las vemos en color, en la tontuna del telediario mientras esperamos el resumen del reality o las últimas majaderías de Halloween... Todas las imágenes parecen formar parte del mismo engrudo, la misma hipnosis que, extrañamente, nos hace presentir que nada es auténticamente real, que todo de alguna forma es parte de un guión.

MARTES

 Asisto al estreno de "Truman". Compruebo que presenciar la interpretación que Ricardo Darín hace de un moribundo con un misterioso sentido del humor es darse un homenaje como el que uno se da en un restaurante de lujo. Se diría que la lágrima que en algún momento asoma en los ojos de Javier Cámara, magnífico acompañante del maestro, transmiten la emoción de trabajar con semejante genio antes que la simple ejecución del papel del viejo amigo que acude a despedirse.

"Qué rápido se han pasado estos cuatro días", dice éste, cuando sus ocupaciones en Canadá le obligan a coger el avión y despedirse, ahora ya sí, definitivamente. Parece un chiste: "la vida son cuatro días", nos dijeron. Cuán estúpidos se nos antojan tras ver "Truman" los remilgos con que algunos se siguen negando a aceptar el concepto de la muerte digna.

Y se me ocurre otra cosa. Hace algunos años, tras una sesión de estreno del film de Alex de la Iglesia "Balada triste de trompeta", un joven particularmente ruidoso  expresó a voz en grito su opinión sobre el mismo, aseverando que jamás volvería a ver una película española. No seré yo quien trate de convencer a semejante cantamañanas de que hay abundante cine español que merece muchísimo la pena... Bien pensado es mejor que se quede en otra sala viendo películas de Steven Segal.

MIÉRCOLES

La secesión es un simulacro, que es algo distinto a una mentira. Se ha lanzado con una fuerza mareante hasta para los catalanes que simpatizan con la idea porque tiene una utilidad esencial para las fuerzas políticas: hacer creer a la ciudadanía -y creérselo ellos mismos- que todavía es posible la gobernanza. El objetivo inmediato de los partidos que con mayor asertividad reclaman que España es una unidad de destino en lo universal es el mismo a corto plazo que el de los más irredentos secesionistas: ganar las próximas elecciones...y probablemente lo consigan. Pero hay algo más: el miedo a la quiebra de la nación otorga a quienes se apoderan del discurso tanto poder como seducción ejercen quienes ilusionan a sus paisanos con la utopía de una patria libre al fin de sus viejos opresores. Así, la ciudadanía olvida durante algún tiempo que las riendas de la socioeconomía están completamente fuera de alcance de los profesionales de la política, que Merkel transmite instrucciones directas a Moncloa y que nadie sabe que hacer para resolver los problemas cotidianos de la gente. 

JUEVES

Halloween es una gigantesca gilipollez con la que Norteamérica nos ha colonizado a través del simplismo de las teleseries y el cine de masas... esto en realidad lo sabemos todos.  Y, sin embargo, viendo a mi vástago tan feliz disfrazado de brujita, me viene a la cabeza lo que mi madre me contaba como rutina anual del día de Todos los Santos. Mi abuela se vestía de negro y la acompañaba hasta el cementerio del pueblo. Era una mujer con una aprensión patológica hacia gérmenes, microbios y miasmas de todo tipo, de manera que a unos doscientos metros del lugar se detenía. Tras dar una larga serie de instrucciones a mi madre sobre lo que tenía que hacer con las flores, esperaba a que ésta regresara. Una vez en casa le obligaba a cambiarse los zapatos y a explicarle lo que había hecho con las flores y la lápida para asegurarse de que había cumplido estrictamente sus disposiciones. Mi abuela era una fanática religiosa, y -como casi todos los fanáticos, por paradójico que parezca- estaba obsesionada por que los demás supieran lo devota que era, de ahí su insistencia en que el lugar donde reposaban sus muertos estuviera en perfectas condiciones y nadie le criticara por dejada y poco observante.

Creo que prefiero la idiotez de los niños maquillados de zombis pidiendo caramelos.

VIERNES

Este domingo se celebra en el circuito de Cheste uno de esos acontecimientos deportivos que supuestamente pasan a la historia. A la emoción por la disputa de un campeonato del mundo de motociclismo se añade la hemorragia emocional que se ha desencadenado con el derribo del que Marc Márquez fue objeto por Valentino Rossi en el último Gran Premio.

Me la sopla quien gane, la verdad, pero sé una cosa. El lugar donde actualmente vivo es especialmente propicio para que algunos moteros desaprensivos hagan ostentación de lo larga que la tienen, haciendo rugir sus tubos de escape para impresionar a las chatis -que las debe haber muy tontas- y para que, desde mi ventana, yo les desee todos los tormentos del infierno. Además, como son un colectivo bastante mimético, es posible que imiten la agresividad que últimamente exhiben sus ídolos y les dé por comportarse con peor educación y más agresividad de lo habitual. Ya lo verán, será un espectáculo muy edificante el que montarán en las afueras del circuito... A lo mejor no ganan los nuestros, pero lo que sí es seguro es que ganará la barbarie. 


Friday, October 30, 2015

LA CASTA

En el hábil y sugerente reportaje de "Salvados" sobre los antiguos alumnos de El Pilar, Juan Luis Cebrián reconoce formar parte de "eso a lo que podríamos llamar la Casta", pero no pierde oportunidad de, mirando a Jordi Évole a la cara, hacerle ver que él también ha pasado a formar parte de La Casta, categorización que hace extensiva, por supuesto, a Pablo Iglesias. A Évole le toca ser Casta por preguntar y porque la gente ve su programa de los domingos en la Sexta, al líder de Podemos por ser el inventor y difusor del apelativo. 

Entendemos que, según esta consideración, "casta" es cualquiera que tenga poder, lo cual, además de a los miembros del stablishment financiero o mediático, puede aplicarse a un político que ha conseguido sin apenas respaldo económico considerables adhesiones ciudadanas o un periodista cuyo espacio televisivo genera una amplia expectación. 

Pero Cebrián -como buen oligarca, y más si ese oligarca lleva medio siglo instalado cómodamente entre los cuadros de mando de una gran comunidad como es España- manipula cínicamente, pues él sabe perfectamente que lo que dice, al menos en el caso de su interlocutor, es falso. A Cebrián se le entrevista porque hace toda la vida que forma parte de un cenáculo de elegidos, su poder es enorme, un "poder fáctico", de esos a los que hay que saltarse o camelarse según convenga cuando alguien trata de moverse con éxito entre los bastidores de la fortuna. Évole, por contra, sólo es un periodista ocurrente y simpático que ha conseguido elaborar un programa televisivo brillante. Cebrián salió de El Pilar donde, inmediatamente después de Luis María Ansón, ya dirigió la revista del colegio hace cincuenta años, un colegio del que, como demostró el reportaje, han salido muchos, muchísimos de los actuales líderes del país; Évole estudió en una escuela pública de Cornellà, no compartió pupitre ni patio con Garrigues Walker, Aznar, Rupérez, Rubalcaba, Solana, Wert, Marchesi...

Con esa autoindulgencia con la que los poderosos asienten cuando se les recuerda lo afortunado de las cartas que les deparó el destino, los entrevistados reconocen haber crecido rodeados de los futuros miembros de la élite, pero la mayoría al final suelen no encontrar razones sólidas para tanta coincidencia. Incluso cuestionan la especie de que El Pilar fuera sumiso con el Régimen. La hipótesis que alguno formula tiene su gracia: "en El Pilar se criaba la élite, leíamos y decíamos lo que nos apetecía, es en Vallecas donde resultaba peligroso que la gente pudiera leer a Baroja". Repite una y otra vez un ex ministro que todo es una especulación sin fundamento... "azar, puro azar", dice respecto a la misteriosa coincidencia cuya repercusión en la historia reciente de este país es tan colosal. Y hablando de cosas graciosas, no se lo pierdan: El Pilar es actualmente un centro concertado, es decir, lo pagamos todos. Debe ser por la gran obra social que lleva a cabo preparando a los dirigentes que tendremos.

Volviendo a la Casta, ahora que Podemos parece un soufflé a punto de desmoronarse, no viene mal otorgarle cuanto menos el mérito de haber popularizado el uso de un término que, a mi entender, dice mucho si es adecuadamente aplicado, respecto a la salud de nuestra democracia. Seamos precisos: no hay casta porque haya dirigentes. Toda sociedad crea estructuras jerárquicas. Cuando esas estructuras cristalizan en tramas donde el acceso al poder queda estrangulado de tal manera que los cuadros de mando se reparten de forma recurrente entre allegados, entonces empezamos a tener una casta. 

Pero vivimos en democracia... Claro, pero en la medida en que el sistema vive sometido a los designios de una minoría privilegiada, en la medida en que la verticalidad del sistema de transmisión de instrucciones no se contrapesa adecuadamente con mecanismos de acción ciudadana, lo que tenemos
es una oligarquía. 





 
Claro que a lo mejor mi problema es que yo también soy casta, no sé si Pablo Iglesias me consideraría tal cosa, pero Cebrián seguro que sí.     

SOBRE EL RECHAZO


Toda autobiografía posible se halla atravesada por los múltiples rechazos que hemos sufrido.  Y digo bien, "los que hemos sufrido", pues no contabilizamos aquellos que nosotros infringimos... otros los sufrieron, pudimos permitirnos el lujo de restarles trascendencia. En cualquier caso, y por más motivos que busquemos, por más que terminemos hallando justificaciones razonables, jamás podremos perdonar el rechazo. 

No soy una víctima, no comparto el placer que muchos otros experimentan por serlo; lo que digo es que las exclusiones que hemos padecido dejan una traza tan profunda en el centro del alma que, a poco que uno cargue más de la cuenta el café de la mañana, sus cicatrices tirarán de la piel para que no olvidemos el daño que ya hicieron en el pasado. 

A este respecto advierte Cioran que la única manera de no sucumbir a la rabia consiste en renunciar a escarbar en la memoria. Tiene razón, pero el pensamiento de Cioran es por definición suicida, y sabe que es inútil esforzarse en olvidar, pues la memoria tiene vida propia y regresa siempre que le place para cobrarnos sus facturas, más onerosas a menudo de lo que hubiéramos podido imaginar. Y hace bien: como mamíferos, sólo sabemos quiénes somos en la medida en que recordamos cuántas veces nos vimos obligados a huir, cuántas hubimos de comernos el orgullo y asumir que no nos querían, no al menos aquellos por los que más deseábamos ser queridos. En realidad no somos otra cosa: el poder para sobrevivir a los rechazos sufridos. 

Los periodistas que hablan de mobbing escolar saben poco en realidad del dolor que experimenta un niño ante el rechazo de sus compañeros. Los críos son naturales, y eso les hace fascinantes, pero también son depredadores y hasta obscenos en su crueldad. Debemos perseguir el acoso pero, en última instancia, el acosado sabe muy bien que los golpes son sólo la última estación de un proceso muy largo que empezó el día en que alguien se percató de que aquel niño, por alguna razón, tenía algo que lo hacía diferente y, en consecuencia, sospechoso. 

Si supiera hacer ver a ese niño que el rechazo no hace sino fortalecerle yo sería el mejor maestro del mundo, pero esa verdad, acaso la única importante, no puede transmitirse. El niño acosado sólo siente dolor porque, equivocadamente, presiente en el desprecio ajeno el estigma del fracaso propio.  Nosotros, adultos, no hemos dejado con el tiempo de ser vulnerables, pero ya no lo somos de la misma manera, a la intemperie, y hemos aprendido a intuir que tras cada nuevo rechazo sólo existe el plan oculto del destino para hacernos más grandes y más fuertes. 

Cada vez que a lo largo de mi vida he abandonado, un contexto donde sospechaba que no estaba mi lugar, he experimentado en el trasfondo de la frustración un misterioso placer que asocio al vértigo del vacío de hogar característico del nomadismo. No nos quieren, prefirieron escoger a otro o simplemente dejamos de gustarles. Me tienta decir aquello de "ellos se lo pierden", pero no, prefiero pensar que soy yo el que sale ganando al poder escapar de un lugar donde no se me aceptaba o, en todo caso, sólo si accedía a vender barata mi dignidad. Quizá después de todo acertaron al despedirnos, fue lo mejor para todos. 


Se me ocurre pensar que tienen razón los pueblos que, como los judíos o los gitanos -acaso más estos últimos, puesto que nunca cayeron en la tentación de soñar con una patria perdida- se sienten elegidos por los dioses. Nadie como ellos ha construido su historia desde el sentimiento de haber sido excluidos, nadie como quienes han sido expulsados de todas partes puede saberse miembro de una casta con ínfulas aristocráticas. 

Friday, October 16, 2015

IMBECILARIO

1. No voy a sorprenderme a estas alturas por declaraciones como las que esta semana ha realizado Monseñor Cañizares, actual arzobispo de Valencia. Su perfil ideológico es extremista y su intención cuando opina públicamente, antes que adoctrinar a sus fieles, es hacer sentir al Partido Popular que a la Iglesia la va a tener siempre de su lado. Cañizares insiste obsesivamente en la perversidad moral del aborto, le viene bien para esquivar cualquier pregunta sobre los casos de pederastia en la organización de la que forma parte o sobre la corrupción del partido político al que con tanta lealtad apoya. Monseñor avergüenza tanto cuando opina como cuando aparece con el traje de cola kilométrica sujeto por monaguillos, produce en ambos casos la misma sensación de extemporaneidad. 

El viento de la historia borrará a majaderos de este calibre, de acuerdo, es cuestión de tiempo que la sala de máquinas de la institución jubile a un tipo cuyas intervenciones sólo suman desprestigio para ella cuando el trono de Pedro es ocupado por un moderado  como Bergoglio. Pero, cuidado, no nos dejemos engañar por la cosmética. Afirmar hoy que muchos refugiados "no son trigo limpio", que no hay tanta pobreza en España como se dice o que el mal no son la peredastia o la corrupción sino el aborto pone a Cañizares a la altura de los peores líderes populistas de Europa y, lo que es peor, a años luz de cualquier cosa que recuerde al mensaje evangélico... De acuerdo, pero Cañizares no es simplemente una presencia más o menos incómoda y a duras penas tolerada, Monseñor es desde hace mucho un líder de la institución sacra porque su conducta encarna los valores que han sostenido a la misma desde hace muchísimo. 

Digámoslo de una vez, la Iglesia Católica española, o para ser más exacto, quienes la dirigen, ha estado siempre del lado de la oligarquía del país. Que el mensaje evangélico sea incompatible con la ideología de derechas conduciría a la contradicción sólo si la misión de la organización fuera esencialmente ética, pero es que no lo es: lo que persigue la Iglesia es el poder, así de fácil. Esto Cañizares lo ha entendido siempre a la perfección, por eso es tan fuerte. No tengo ningún interés en que le jubilen o en que ahora simulen otros jerarcas católicos -como ya están haciendo- no compartir sus teorías, lo que toca es convencernos de una vez por todas de que debemos  acabar con el Concordato del estado español con el Vaticano y suprimir los antidemocráticos privilegios con los que cuenta la Iglesia Católica, esa cuyos máximos prebostes acusarían a Cristo de no ser "trigo limpio" si se lo toparan entre los refugiados que llegan de Siria. Bien pensado me da igual lo que diga un pobre hombre decrépito, lo intolerable -y lo profundamente antidemocrático- es que yo sufrague la maquinaria que lidera.

2. Dice el President del Parlament de Catalunya que "España debería pedir perdón por el asesinato de Companys". Aquello fue una atrocidad más de tantas como cometió el franquismo, especialmente en los años inmediatamente posteriores a la Guerra, en los cuales se perpetró una operación de exterminio de todas las formas de disensión frente al Régimen, incluyendo obviamente a quienes cuestionaban la sacrosanta "Unidad Nacional". Lo que sonroja es el simplismo desde el que Ernest Benach presenta su comprensión del asunto como consecuencia de la guerra de España contra Catalunya. Pues mire, no. El franquismo, por fortuna, no es España; por más que el nacionalismo catalán ande muy interesado en que lo parezca, el integrismo de Franco y sus actuales herederos sólo es una forma de entender la realidad del Estado -o habría que decir del Imperio, supongo-. ¿Forma triunfante? Desde luego, y aquí es donde cada quien habría de hacer memoria y preguntarse cuál fue el papel de sus correligionarios en la lucha contra el fascismo. Yo pienso mucho en el esfuerzo del anarcosindicalismo catalán que protagonizó la Semana Trágica y defendió después a la República o el heroísmo de los brigadistas internacionales que defendieron la libertad de Catalunya durante la Guerra... No eran "secesionistas", claro, debe ser ese el problema.

3. Un allegado, ante la lacrimógena escena dispuesta ante el Tribunal Superior de Catalunya para alentar a la supuesta reencarnación de Lluís Companys, dice algo que me interesa: "Todo esos tipos tienen un buen trabajo, viven en buenos barrios y tienen casas mejores que la mía... Míralos, se abrazan y lloriquean como si Mas fuera Jesucristo y Catalunya fuera Palestina. Qué bonito es sentirse así, como parte de un colectivo-víctima, qué bonito poder identificar al opresor, causante de todas las desdichas." 

Llevar a Mas a los tribunales me parece una estupidez que no hará sino agravar el problema... Pero, qué quieren que les diga, no me creo el martirologio. Entre tanto, sigo sin saber qué pretende hacer el actual gobierno catalán para solucionar los problemas de la gente. Eso sí, ellos se sienten jóvenes y eufóricos, como estudiantes universitarios en reuniones clandestinas y a punto de correr siempre delante de los Grises. 

4. Una mujer llega moribunda al hospital y es milagrosamente resucitada en la UCI tras un valiente tratamiento de choque. Los médicos reaccionan de forma fulminante pese a que la paciente se halla mucho peor de lo que les habían dicho. Le anuncian que el proceso de recuperación será duro, pero que llevará al éxito si tiene el mismo coraje que sus médicos. 

Importa poco que el spot electoral del PP sea una burda copia de uno idéntico que se hizo años atrás para unas elecciones en algún país hispanoamericano, es lo que tiene contratar a enchufados, que hacen chapuzas y además te engañan. Se trata de un relato, es el modus operandi característico del marketing: presentar la realidad en forma narrativa, encajar astutamente una serie de piezas para generar una comprensión global favorable. 

¿Nos creemos el relato que hace el PP de sus cuatro años de poder? Yo podría integrar otras piezas, recuperar documentos de personas desahuciadas, conversaciones telefónicas repugnantes entre corruptos, testimonios de cientos de miles de personas que han atravesado el umbral de la pobreza, trabajadores sociales que conocen bien la realidad de la exclusión... Podríamos hablar de paraísos fiscales, de la obsesión por la represión policial, del comadreo con los privilegios de la Iglesia, de la miseria moral de la Ley Wert o de las privatizaciones de hospitales en favor de los amigachos. 

Hace poco oí a una vecina decir que estábamos "siendo gobernados por bandidos". Quizá sea exagerado e injusto, pero todos podemos construir un relato...   

Saturday, October 10, 2015

GRITOS

1. ¿Por qué grita? Y, sobre todo, ¿por quién pretende ser oído? Hace una eternidad, siendo yo adolescente, me encontré por primera vez con esta enigmática pintura y tuve un presentimiento: "él grita, pero nadie le oye". Hemos sabido muchas cosas sobre el cuadro más célebre de Edvard Munch, cuya obra se expone ahora en el Reina Sofía. El autor dice haber retratado a su singular manera un episodio aparentemente banal pero que él experimentó como terrorífico. De pronto, tras cruzar el puente en un atardecer, el mundo entero pareció incendiarse con el rojo del cielo. Paralizado por un pavor incontrolable, llamó a sus acompañantes para que le sacaran de aquel lugar que tan súbitamente se había vuelto inhóspito. 

Se ha comparado la imagen del rostro con una momia peruana expuesta en un museo de París; se ha hablado de las huellas que en el alma torturada del artista dejaron las lecturas de Dostoievski o Schopenhauer. Dijo Hegel que un filósofo es su tiempo en conceptos, por lo que no parece forzado pensar que Munch puso su tiempo en imágenes. Se me antoja que "El grito" remite a la más extendida de las pesadillas contemporáneas, la de no ser escuchados. Nadie nos impide gritar, en realidad no hacemos otra cosa, pero una atmósfera incendiada y venenosa ahoga nuestra llamada a otros seres humanos. 

Más de un siglo después de que Munch retratara aquel espanto, se me ocurre que nunca nos hemos comunicado tanto como ahora y nunca fue tan difícil que se nos escuchara.    

2. Pocas escenas cinematográficas me han impactado tanto como ésta. La cara en primer plano de Kevin Bacon mira fijamente al padre de la joven violada y asesinada cuyo cadáver acaba de identificar en una zanja. Éste, Sean Penn, le lanza gritos desgarradores mientras su cuerpo parece descoyuntarse sujeto ferreamente por media docena de agentes de policía: "¿Está mi hija ahí?", repite una y otra vez ante el inspector, cuyo silencio lo dice todo. De críos eran amigos, jugaban juntos en el barrio con otro chaval... Un infortunado día se toparon con el mal en estado puro, el tercero de ellos, Tim Robbins, fue secuestrado y su alma quedó dañada para siempre. 

Hay una densidad especial en ese trágico cruce de miradas. Es la misma atmósfera hechizada que lo envuelve todo en las mejores películas de Clint Eastwood... Es un paisaje viril y a a la vez sensible en el que presentimos la necesidad ineluctable de la venganza, la cual, como en el mejor John Ford, sólo arrastrará a sus personajes hacia la barbarie y el delirio. 



Friday, October 02, 2015

CONFUSIÓN

Segunda temporada de la serie Perdidos. John Locke, empeñado en su delirio de rastreo de la isla, cree que el agujero excavado en la tierra que se abre tras una misteriosa escotilla le ha de conducir a su destino. Allá encuentra una sofisticada edificación, un búnker habitado por un hombre llamado Desmond, el cual parece haber enloquecido tras pasar años entregado a una misión que le ha sido encomendada por la Iniciativa Dharma a través de una grabación preparada para cualquiera que llegue al búnker. Cada ciento ocho minutos, Desmond debe escribir una serie de números en un ordenador y teclear la tecla "ejecutar". La entrada de Locke y de otros náufragos del vuelo 815 ha provocado una avería en el ordenador, lo cual aterroriza a Desmond que, al convencerse de que el trasto no tiene arreglo, sale corriendo como un poseso del búnker, seguro de que todo va a estallar. El motivo es que durante todos esos años ha creído que de su esfuerzo depende que no llegue el fin del mundo, el cual sobrevendrá cuando deje de teclear la dichosa serie numérica cada ciento ocho minutos. 

El debate entre los náufragos del avión de la Ocean Airlines que quedan en el búnker arranca del absurdo que supone hacer caso a las amenazas de Desmond. Nada tiene por qué pasar si los números dejan de ser tecleados, el infortunado que acaba de huir ha sido la herramienta y la víctima de una mentira ridícula... Pero, ¿y si tuviera razón? "Es una cuestión de fe", dice el iluminado de Locke, quien, una vez arreglado el ordenador, consigue convencer al reticente Jack para que en el último instante acepte pulsar la tecla de "execute" y recomience la cuenta atrás de ciento ocho minutos. "Yo haré la primera guardia", dice Locke. Desmond ha sido sustituido en su neurosis y puede al fin escapar de la pesadilla, el ciclo no se interrumpe. 

A veces me siento como los protagonistas de Lost. A cada momento aparecen aquí y allá las piezas de un rompecabezas cuyas dimensiones se antojan colosales. Como en las novelas de Kafka, profeta supremo de la condición contemporánea, la Razón avanza con su lógica implacable, pero lo hace dentro del escenario surreal de la pesadilla. Creo saber como Desmond que, si me duermo, si dejo de vigilar el reloj y no aprieto la tecla a tiempo, el mundo se destruirá y, lo que es peor, me echarán a mí las culpas. Pero cuando lo pienso detenidamente me asalta la tentación de salir huyendo y dejar que pase lo que tenga que pasar. 

La diferencia es que en mi vida no hay una Iniciativa Dharma. Es a menudo grato suponer que los hilos de la escena son manejados por los dueños de la isla, es decir, del planeta, pero sospecho que ellos apenas conocen algunos trocitos más que yo del rompecabezas. En la isla hay un sentido, es laberíntico el camino que lleva hasta él, pero existe; de alguna manera aún hay Dios, pues no otra cosa es el Sentido. En mi vida no lo hay, el rompecabezas no tiene límites. 

Dijo Ortega que "lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa". Yo creo que en realidad ninguna época ha sabido lo que le pasaba, pero hay algunas en que la percepción de la incertidumbre se extiende hasta lo insoportable. Sospecho que lo que nos pasa es que nos están pasando demasiadas cosas, o mejor, que sabemos que alrededor nuestro pasan demasiadas cosas y nuestro estómago no está preparado para digerir tanta información. De ahí nuestra actual esquizofrenia. 

Verán. No me considero una persona inculta, pero a menudo me asalta un sentimiento próximo al anonadamiento. Si usted descubre que su hijo de cuatro años tiene caries, cometerá el error de preguntar a distintos expertos -o supuestos expertos- y descubrirá que la cantidad de explicaciones y posibles terapias son sumamente diversas, desde el exceso de azúcar hasta la calidad del PH, llegando incluso a la hipótesis de la alergia a la lactosa. Por suerte sólo son dientes, pero la decisión que usted tome para solventar el problema será como la de apretar la tecla aquella del botón nuclear que de vez en cuando le toca apretar a Homer Simpson. 

Le pasará lo mismo si cae en la imprudencia de leer cualquier cosa sobre alimentación. Sabrá que todo lo que come es cancerígeno excepto un par de cosas que resulta que también son nocivas porque le producirán hemorroides. 

Hágase profesor, se romperá los cuernos durante siglos para encontrar el método adecuado para hacer que sus alumnos le entiendan... Y el día que crea haberlo averiguado saldrá en El País un gordo imbécil diciendo que la escuela está obsoleta y que los juegos de ordenador que él ha diseñado van a revolucionar la enseñanza y a acabar con la dictadura de los maestros.

Consulte las noticias, otra imprudencia. Sabrá que los catalanes son un pueblo y que desean ejercer su libertad de marcharse, y entonces se mirará en el espejo del ascensor cuando salga para ir al curro y se preguntará si usted también es "pueblo" y se le quedará cara de tonto. Descubrirá también que han descubierto agua en Marte y que se inicia un proyecto de colonización del planeta rojo que ríase del programa espacial de tiempos del Apolo. Los habitantes de las ciudades marcianas vivirán sin llevar escafandra, pues las centrales nucleares que se instalarán podrán convertir el agua en oxígeno, creando unas condiciones similares a las de la Tierra. Usted seguirá preguntándose cómo demonios seguimos sin saber qué hacer con la guerra de Siria y los refugiados o el hambre y las plagas en el mundo, pero siempre podrá pensar que al final, cuando aquí ya no haya quien pueda vivir, siempre podremos pedir asilo político en Marte, que para entonces seguro que ya se ha declarado estado independiente de la Tierra. 

Sólo se me ocurre decirme una cosa: no te pongas nervioso, David.  

Friday, September 25, 2015

LA DESCONEXIÓN

Observo con una curiosidad casi de entomólogo la pasión, la fervorosa determinación con la que algunos proclaman su fe en la unidad irrompible de la nación más antigua de Europa, equiparable en su intensidad a la que exhiben quienes desde el catalanismo entregan todas las esperanzas de una vida mejor al proceso de secesión...  no puedo por menos que sentirme en outside. No experimento envidia: de igual manera que, como dijo Amin Maloouf, hay "identidades asesinas", yo creo que hay amores que matan. 

Un viejo amigo nacido a orillas del Xúquer, el Vicent, ha sido nacionalista y partidario acérrimo dels Països Catalans toda la vida. Se burlaba de mí cuando yo me declaraba "ciudadano del mundo" -que ciertamente es una cursilada- y me miraba con cierta lástima por mi incapacidad para sentirme espiritualmente vinculado a algún tipo de identidad patria. Se hubiera sentido cómodo en nuestras controversias si yo hubiera afirmado de forma inequívoca y con lágrimas de fervor mi condición de "español". 

Yo no me presté al juego, en parte porque por entonces sólo andaban por ahí gritando su españolidad irredenta los franquistas, que exhibían la rojigualda como para arrojártela a la cara a poco que parecieras sospechoso de comunista, masón, judío o maricón. Hay otra razón: yo era incapaz de proponer un sentimiento equiparable en ardor al del Vicent. De ahí él deducía que yo era así para todo, es decir, un tipo de baja intensidad, un hombre desorientado que deambulaba por los desiertos de la apatridad, vulnerable en el fondo a que cualquier secta capturara mi voluntad y me anulara para siempre. No es raro que pensara de esta forma, pues, además de nacionalista, era -y me consta que sigue siendo- un católico de misa dominical y rigurosa penitencia cuaresmal. 

Lo siento, pido perdón, no he sabido ser un hombre como Dios manda, la mayoría de mis convicciones son febles, no me veo en condiciones de arrastrar a ninguna multitud a casi nada... los tipos como yo son una plasta y no hacen más que estorbar, sobre todo cuando, como este domingo en las elecciones catalanas, llega un "choque de trenes" y lo que toca, al parecer, es eliminar a los que dudan. Creo que mi amigo el nacionalista nunca entendió que si yo no me afirmaba patriota irredento no era por carecer de la suerte que él tenía de sentirse partícipe de una identidad colectiva gloriosa, sino porque simplemente yo no la necesitaba. Él sí, necesitaba tanto sentirse parte de una comunidad nacional como de otra religiosa. Por cierto, sus padres eran inmigrantes andaluces que llegaron muchos años antes a Valencia en busca de trabajo y una vida mejor. Vaya por Dios.

Yo no quiero que haya secesión en Catalunya. Sin embargo me produce una enorme inquietud este enconamiento por el cual un hatajo de pirómanos insisten en decirle a los catalanes que sólo hay una manera de estar en España y que es justamente la que ellos imponen, es decir, precisamente la contraria a la que la inmensa mayoría de catalanes estaría dispuesta a aceptar. Es posible que esta actitud tan resuelta y carente de ambigüedades otorgue muchos votos a la derecha en noviembre, pero por el camino, habremos perdido Catalunya. Quizá sea ese el problema, que si es falso que nos juguemos el domingo la permanencia de este viejo matrimonio es porque posiblemente a los catalanes los hayamos perdido ya. Podemos insistir en lanzar amenazas -reales seguramente muchas de ellas- para que se asusten y el proceso se detenga, pero si no les hacemos ver que es mejor para ellos que sigamos juntos será como en esas parejas en las que no hay amor, que estarán tan mal juntas que el divorcio de facto terminará siendo lo más deseable. 

Me cuesta entender que tantos ciudadanos de una comunidad libre y próspera como Catalunya concentren sus expectativas de una vida mejor en separarse de quienes les han acompañado durante tanto tiempo, los cuales, por lo visto, sólo somos una rémora y no hacemos sino ralentizarles el paso. Creo que se equivocan. Creo que, en un tiempo de profunda desorientación para todos, están abrazando eso a lo que Josep Ramoneda llama la "utopía disponible". ¿Creen de verdad que en la Catalunya independiente quedarán los gobernantes libres de corrupción, las brechas socioeconómicas se suturarán y se detendrá la sangría del estado del bienestar? Teniendo en cuenta lo astutamente que quienes lideran el proceso se sirven de "la desconexión" para ocultar la absoluta sumisión de su gestión a las élites económicas, me sorprende mucho esta inflamación de optimismo. 

Claro que yo entiendo poco de patrias, me falta fervor, lo siento. 

Friday, September 18, 2015

1. No llego nunca al final de las entrevistas de Ana Pastor. Sus protagonistas se convierten en bonsais, presionados y recortados hasta la histeria. Parece no haber otra consigna que la de "no le dejes respirar ni un segundo". No me gusta Artur Mas, pero eso no importa. Si pide que se le deje explicar las ventajas de la independencia y la entrevistadora le corta -ella corta siempre- arguyendo que "eso sería permitirle hacer propaganda", a mí no me queda otra que apagar la tele, pues incluso para poder estar contra el entrevistado necesito saber cuáles son sus argumentos. Tampoco estaría mal que Pastor me dejara decidir a mí qué es y qué no es propaganda, cosa que sólo es posible si deja explicarse al personaje.

En cada entrevista pasa lo mismo, yo acabo harto y furioso después de haber gritado a la genial periodista -nunca me oye- aquello de "¡calla ya la puta boca y déjale hablar!"...Y ella sale ufana y reforzada, sin mínima sombra de vacilación, segura de que "a mí no me torea ni Cristo" mientras sus fans le jalean. Ana Pastor cree ser crítica, pero nada va más a favor de la corriente hegemónica en la época que su aceleración y su pressing... Donde sólo hay prisa no surgen ni el debate ni la reflexión, donde sólo hay sospechas y mala fe hacia el entrevistado sólo se encuentra la neurosis defensiva, lo cual no tiene nada que ver con el díalogo. Algún día Tele Cinco la intentará contratar para hacer entrevistas tipo "Sálvame", ya lo verán. 

2. Concluyo "The Pacific", una miniserie de diez capítulos que, con el precedente magnífico de "Salvar al soldado Ryan" en la memoria, produjeron su director, Steven Spielberg, y su actor principal, Tom Hanks, para la HBO. Es una obra excelente, no hay duda, lo que no sé es si realmente hace falta la inversión en tantos millones de dolares para un relato que tampoco añade demasiado a su original, más allá de la singularidad, trascendental para el público norteamericano, de que aquella transcurre en Normandía y ésta lo hace en el frente asiático.

El escenario al que nos remite The Pacific es el infierno de la guerra, cuyo horror se nos muestra con un virtuosismo que, desde una crudeza espeluznante, alcanza una sofisticación técnica donde todo está rigurosamente medido y preparado, lo cual incluye fotogramas de una plasticidad aplastante, empezando por el opening con el que se inicia cada capítulo, tan brillante como es común en las teleficciones de la ya mítica HBO.

De las guerras quedan siempre memorias fragmentarias, como advertimos en The Pacífic, un conjunto de retales de experiencias de soldados que realmente existieron. No hay piedad para el espectador que tiene la osadía de exigir que le cuenten la verdad, sin concesiones y sin ridiculeces patrioteras... Las cabezas revientan tras una bomba de mortero, los cuerpos son despedazados en cada desembarco, en cada ofensiva ordenada por el alto mando. Bajo el delirio sangriento de las más terribles ofensivas en Guadalcanal, Iwo Jima u Okinawa, uno adivina la sonrisa de Lucifer, enseñoreado de tierras que uno diría que quedaron baldías y malditas para siempre, barro enrojecido por la sangre y cubierto de cadáveres amontonados y medio descompuestos. 

Los que salen vivos de las peores refriegas del frente del Pacífico -ante las que el célebre ataque de Pearl Harbour queda como una tímida escaramuza- no regresaron sin daños, terriblemente heridos y lisiados muchos de ellos, con una pavorosa neurosis de guerra todos. En este sentido el relato no engaña, no hay indulgencia con esa guerra de la que nada saben los niños que disfrutan hoy matando virtualmente en sofisticados videojuegos. Las trincheras huelen a mierda, a infección, a miembros gangrenados... un dolor insufrible entre el insomnio y la locura provocada por el miedo y los gritos de los compañeros que se desangran tras reventar una granada o la carnicería de las ametralladoras japonesas en el último ataque. 



Acaso echo en falta en la serie algo más de acidez respecto a las elegantes estancias donde los únicos verdaderos amantes de la guerra, los que la planean pero no la sufren, deciden enviar a la muerte a "nuestros chicos", esos que, al regreso, se encontraron en muchos casos desamparados, deseosos de recuperar la paz y la normalidad que perdieron para siempre cuando el infierno de Okinawa o Guadalcanal les arrancó de cuajo su condición de seres humanos. Desde esa lógica luciferina, la monstruosidad de Hiroshima y Nagasaki podría ser el epílogo que corresponde a aquella gigantesca carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial.

"Han lanzado una nueva bomba que destruye ciudades enteras, han muerto de una un montón de japos", le dicen al soldado Sledge, que acaba de matar a los últimos soldados enemigos que defendían la honra del Emperador en una isla remota y devastada. A fin de cuentas es a lo que fueron al Pacífico, a "matar japos". El armisticio se firmó unos días después. Habían muerto alrededor de sesenta millones de personas entre los frentes del Pacífico, Europa y África.