Thursday, December 27, 2018

MR SCROOGE Y YO

Tengo una costumbre navideña: leer a Dickens. Ahora estoy con Tiempos difíciles, un relato con tanta intensidad emocional como los celebérrimos Oliver Twist o David Copperfield, pero acaso más preciso y descarnado, más indignado, diría yo, en cuanto a la descripción de los desperfectos de la primera revolución industrial. 

El hábito proviene -lo habrán imaginado- de cuando, siendo niño, me enamoró "Canción de Navidad". Publicada en 1843, esta novela corta obtuvo un enorme éxito en un momento en el cual asomaban en Europa tímidos intentos de restaurar las antiguas costumbres conmemorativas asociadas al nacimiento de Cristo. El duro corazón de Mr Scrooge encarna el invierno del nuevo capitalismo industrial instalado en las islas británicas. Tan destinado estaba el nuevo orden a construir grandes fortunas desde los parámetros de la eficiencia productiva como a desencadenar intolerables formas de explotación y provocar colosales desórdenes sociales. Los fantasmas que pueblan las pesadillas de Scrooge en Nochebuena revelarán el auténtico espíritu navideño, recordándonos -una constante en la novelística dickensiana- la necesidad de poner los sentimientos por delante de la prosperidad y el egoísmo. 


Hay algo en Mr Scrooge que siempre me provocó simpatía, y no estoy seguro de que sea su rectificación final, tan astutamente planeada por Dickens, tan improbable... 

¿Me estaré convirtiendo en Mr Scrooge? La pregunta me asalta en las últimas horas, cuando en medio de las aglomeraciones de los centros comerciales y con la saturación delirante de gambas y regalos, me acuerdo de por qué, en años anteriores, terminé aborreciendo las Navidades y deseando que acabaran. 

En vísperas de Nochebuena, y como todos los años, me visita mi amigo más antiguo, José Luis, a quien traslado mi impresión de que, con el envejecimiento, temo estar convirtiéndome en uno de esos cascarrabias al estilo Javier Marías que parecen vivir permanentemente irritados. José Luis me conoce, y sabe que mi cordialidad y mi buen humor puede dejar lugar, cuando el mundo menos se lo espera, a una feroz agitación. "Relájate, tío, no te conviene enervarte, este planeta no tiene arreglo", me indica sabiamente después de referirle algunas peripecias de las que he sido protagonista en los últimos días. 


Verán. Recientemente visitó el instituto donde trabajo el alcalde de la localidad. Vaya por delante que le considero un digno gestor, pero lo que hizo aquella mañana me parece repugnante. Vendido el acto con la excusa de favorecer la "participación ciudadana", en especial la de los jóvenes, hizo que se pararan las clases para colar a los alumnos, que entran en breve en edad de votar, lo que a todas luces era un mitin. El mensaje fundamental consistía en que él era estupendo y su antecesor -por supuesto del partido rival- un incompetente. Lo segundo es verdad, lo primero es más discutible, pero en cualquier caso la escena resultaba fea, muy fea... máxime cuando sus empleados habían convertido el gimnasio en una especie de recinto televisivo destinado a la mayor gloria mediática del mandatario en cuestión. En un momento determinado, cuando una de sus concejalas, con muy buenas palabras, me invitó a que cambiara a mis alumnos de sitio, supongo que para que dieran correctamente ante la cámara, yo le contesté que estaban bien porque preferían quedarse juntos. La señora me espetó entonces, con más contundencia, que los cambiara de lugar sin más discusiones. Sí, tienen ustedes razón, la debí haber enviado a la puta mierda, pero mis padres me han llevado a colegio de pago, de manera que cumplí la instrucción obedientemente. 

El cabreo y la vergüenza por mi ridícula sumisión de aquella mañana me duraron días. Los acontecimientos posteriores -y disculpen que me psicoanalice- se explican por la furia que aquel episodio desató en mí. 

A la mañana siguiente vino el padre de un alumno cuyo boletín estaba repleto de suspensos. Sin levantar la voz, el caballero pasó cerca de media hora repitiendo el argumento de que los culpables de que su hijo no pegara palo al agua somos los profesionales del centro. Traté tímidamente de hacerle ver que el chico también podía poner algo de su parte, que el boli está para escribir, que en una clase repleta uno no puede estar dando clases particulares... Nada, todo fue inútil... Hasta que cambié el tono y fui, al fin, el hombre sincero y honesto que deseé ser el día anterior: "Mire, no tiene usted razón y estoy harto de que me insulte a mí y a sus compañeros. Si no le gusta el Instituto váyase a las monjas". 
El hombre abandonó la sala de visitas visiblemente indignado. 



Unas horas después... Me toca acudir al banco para llevar a cabo la sencilla operación de pagar un recibo. Dispongo de poco tiempo. El cajero no acepta la operación, el recibo necesito el cuño de un empleado de caja. Pido ayuda en la sucursal, me la niegan porque a partir de las diez y media en este país los cajeros humanos no cobran recibos. Empiezo a enervarme. En la tercera sucursal a la que acudo me vuelven a ningunear. Les estoy importunando, no entienden por qué insisto en pedirles una ayuda que no piensan otorgarme... Su hostilidad es directamente proporcional a la afabilidad con la que te acogen cuando quieren colocarte un seguro o un paquete accionarial de riesgo. Cuando entiendo que no voy a solucionar el problema esa mañana dejo a la empleada y a sus estúpidas excusas con la palabra en la boca y me sorprende a mí mismo la violencia con la que enfilo la puerta mientras, mirando a los empleados, les espeto que "sólo sabéis robar". 

No se equivoquen, no estoy orgulloso de ninguna de mis dos agresivas reacciones. Pero dejen que siga... 

Nochebuena, a medio día. Me dirijo con mi vástago a una fiesta para niños en los Viveros. Aparecen dos señores de Vox que me ofrecen propaganda de su Partido. Están convencidos -y no les falta razón- de que van a obtener éxito en toda España después de la triunfal aventura andaluza. Pienso entonces que mi vástago comparte aula y juegos con un niño colombiano, con la hija de dos lesbianas, con la hija de una mujer islámica... Me entra una rabia incontrolable y, tras negarme a coger el panfleto, les indico que "arderéis en el infierno". La señora voxiana me contesta que no me ponga así. 

Es verdad, no debería ponerme así, los arrebatos de cólera no sirven para nada y hacen llorar al Niño Jesús... Lo siento, pero el espíritu de Mr Scrooge se ha apoderado de mi alma. 

Feliz año. 
    

Saturday, December 22, 2018

LAURA

No sé qué decir del asesinato de Laura Luelmo que no se haya dicho ya, no sé qué argumentación puede servirnos para encontrar soluciones... ni siquiera para encontrar consuelos. Siempre he pensado que el horror tiene su lógica interna, algo así como un orden. La sistemática minuciosidad con que se gestionaba la muerte en los campos nazis es el mejor ejemplo. Por eso Auschwitz se ha convertido en una categoría filosófica, por eso Walter Benjamin nos enseñó que cada huella de civilización es también una huella de barbarie. Sin embargo, crímenes como el asesinato de Laura sólo parecen explicarse por la psicopatía y el delirio de una alimaña incontrolada, un monstruo tan lleno de odio y de indiferencia por el dolor ajeno que, ante su crimen, uno siente que no le queda sino el anonadamiento, la pura impotencia.

Me asalta un intenso deseo de permanecer en silencio. Como si las palabras no pudieran situarse a la altura de los sentimientos. La gente se indigna, suenan tambores de venganza. No falta quien aprovecha la ocasión para confirmar la teoría de que la justicia es blanda y que los malos quedan impunes ante la tolerancia de unas instituciones corruptas que dejan a los ciudadanos a la intemperie frente a gangsters y perturbados. A menudo son los mismos que graznan a diario contra lo que llaman la "ideología de género" y tildan de feminazi a cualquiera que se atreva a reivindicar la liberación de la mujer. 

Sí, quizá sea mejor guardar silencio, sobre todo cuando advertimos la mezquindad con la que los partidos políticos convierten el cadáver aún caliente de Laura en arma arrojadiza contra el oponente parlamentario. Es escandaloso el juego de buscar réditos electorales con la tragedia. Pero, cuidado, que no deba ser una cuestión partidocrática no significa que no sea, en alguna medida, una cuestión política. Siempre lo es la lucha contra la violencia, nada es tan político como la gestión de la convivencia y las formas que elegimos para combatir la violencia y la injusticia. 

Pese a todo no me siento en condiciones de emitir aseveraciones contundentes sobre qué hay que hacer. De manera que, si me lo permiten, voy a trasladarles las impresiones que una allegada me ha transmitió tras conocerse el destino fatal de Laura Luelmo. 

"Hay una lógica sombría tras la violencia machista de la que apenas hablan los medios de comunicación, pero que todas sentimos", me dice. "Desde la adolescencia siempre he sentido que tenía que ser protegida por algún varón. Hubo un tiempo en que yo en el pueblo era la filla de Ramón, el ferreter. Después pasé a ser la dona de Vicent, el mestre. Recientemente estuve en Madrid con mi familia. Tenía que recorrer medio kilómetro hasta la estación de metro más cercana para llegar a la estación del AVE. Pese a que nos hallábamos a plena luz del día mi padre se empeñó en acompañarme... yo terminé aceptándolo. Como si deambular por la capital del Estado a mediodía fuera poco menos que un atrevimiento para una mujer sola. Creo que vivimos en medio de una dictadura silenciosa, un clima difuso de terror que nos convierte a las mujeres en víctimas ideales y en personas destinadas a ser protegidas... siempre viviendo bajo amenaza. Esta es la mayor mentira de la democracia... Y la sufre la mitad de los ciudadanos."   
... Bon Nadal, amics. 

Friday, December 14, 2018

A PROPÓSITO DE GÜNTER WALLRAFF (Y II)

La siguiente aventura del "periodista indeseable", como es conocido Wallraff en Alemania, transcurre en un call on, de nombre Call Center, donde se infiltra para trabajar como vendedor telefónico. Frente al tradicional teleoperador "in bound", destinado a encuestas, trámites y similares, ha proliferado en los últimos tiempos el modelo "out bound", dedicado a la venta telefónica a "puerta fría". El éxito de este tipo de empresas es para empezar el resultado de una inquietante evidencia: los datos de los consumidores están a la venta en la era internet. Durante su estancia en Call Center, Wallraff aprende algo esencial: cómo engañar a la gente. ¿Y qué vende? Cualquier cosa: lotería, suscripciones a revistas, pólizas de seguros, comestibles, viajes, fondos de riesgo... todo lo que se puede colocar a un incauto por teléfono es susceptible de formar parte del target de ofertas de un call on. Lo que como empleado debes meterte en la cabeza es que al iniciar una llamada lo que quieres obtener es un número de cuenta... y cualquier estratagema es válida para tal fin. Cada vendedor es entonces un timador en potencia, algo así como un hiptnotizador. Se aconseja en el centro de trabajo mucha risa y mucha energía positiva, el lema es "quien tiene éxito, tiene razón", todo un dogma de fe para el capitalismo contemporáneo. 

En el siguiente episodio nos encontramos a Wallraff empleado en una empresa panificadora subcontratada por Lidl. Define el llamado "sistema Lidl" como una red de empresas proveedoras en las que son habituales prácticas atroces de explotación y no existen los derechos sindicales. Estamos ante una gigantesca máquina de generar beneficios cuyo funcionamiento remite a los tiempos más salvajes del capitalismo. En la panificadora el periodista describe situaciones de una espantosa insalubridad e inseguridad, con empleados que pueden llegar a sobrepasar las 420 horas semanales dentro de una cadena cuyo ritmo es inhumanamente acelerado y no se detiene jamás, por cierto sin atenciones mínimas hacia los considerables riesgos de accidente. La rotación es muy grande porque los empleados duran poco, sea porque se van o porque los echan. Wallraff considera corresponsables de este horror a inspectores laborales y, en general, a los responsables institucionales de inmigración. 

El siguiente informe corresponde a un prestigioso restaurante dedicado a la alta cocina. En los testimonios recogidos por Wallraff se habla de maltrato incluso físico a los aprendices, cuyas jornadas se alargan por encima de cualquier reglamentación hasta ochenta horas semanales. El convenio alemán respecto a aprendices habla de un máximo de 38 horas, pero nos enteramos de que si un chico se empeña en hacerlo cumplir corre el riesgo de pasar sus días pelando patatas en la cocina. Claro que, ya se sabe, "en un local así puedes aprender mucho, es la base para tu futura carrera". ¿El sueldo del aprendiz? Dos euros por hora. 

Nos vamos a Starbucks, uno de los iconos del capitalismo globalizado. Estamos ante un killer de manual, una empresa en racimo ("cluster", creo que así lo llaman) que cuando se lanza estratégicamente sobre un lugar apuesta por arrasar a todas las pequeñas cafeterías y bares locales. Es parte esencial de la filosofía de la empresa extender entre los empleados -a los que llama "socios"- una intensa sensación de pertenencia. "Somos una familia", vienen a decirte. Todo muy mindfullness y budista, pero un detallado estudio del sistema laboral de Starbucks revela que se trata de un empleo precario al estilo del "mac job". Con cierto aire de secta, te indican que "tu tiempo no te pertenece porque para ti trabajar en Starbucks es una pasión". Esa pasión no te saca sin embargo de la condición de working poor, pues si puede ayudar a un estudiante que viva con sus padres, no alcanza para una persona emancipada ni mucho menos para quien tiene una familia. La fluctuación del personal es enorme, nadie aguanta más de un año y las prácticas de intimidación y discriminación de sindicalistas no son infrecuentes. 

Acabo, el último caso es el bufete de abogados de Helmut Naujok, que me llamó la atención por recordarme al estrambótico personaje de la estupenda serie "Better call Saul". Los abogados del terror que trabajan para Naujok están especializados en "despedir a los indespedibles", para lo cual no dudan en someter a los empleados, normalmente miembros sindicados de comités de empresa, a un ejercicio atroz de intimidación psicológica e incluso física, siempre con la idea de que terminen aceptando el despido en condiciones favorables para la corporación que contrata al bufete. La palabra exacta es mobbing laboral. Son sumamente eficaces. Wallraff se hizo pasar por un empresario interesado en despedir a un grupo de empleados irredentos. "Mi misión es solucionar el problema", le dice. "Yo siempre hago todo para salir victorioso, y lo consigo en nueve de cada diez casos.". 

Vivimos en el mejor de los mundos, dicen, pero para los perdedores es un infierno.   

Thursday, December 13, 2018

A PROPÓSITO DE GÜNTER WALLRAFF

Recién concluyo la lectura de "Con los perdedores del mejor de los mundos. Expediciones al interior de Alemania". Su autor, Günter Wallraff, es una leyenda del periodismo europeo. Saltó a la fama con "Cabeza de turco", un trabajo dentro del género denominado de "periodismo infiltrado", en el cual, haciéndose pasar por inmigrante turco en Alemania, describe toda suerte de prácticas de discriminación, odio y racismo. La biografía de Wallraff, que cuenta actualmente setenta y cuatro años, es apasionante. En los años sesenta se infiltró en importantes empresas industriales alemanes. En los setenta se introdujo en la resistencia clandestina al régimen dictatorial de los coroneles en Grecia, y terminó pasando como preso político más de un año en prisión, donde fue objeto de torturas. 

Posteriormente investigó la venta de armas o los psiquiátricos, aunque su trabajo más decisivo lo realizó con el tabloide sensacionalista Bild, desenmascarando la suciedad de los métodos de la prensa amarilla. Fue procesado por suplantación de identidad, resultando inocente ante los jueces por su contribución al derecho a información de los ciudadanos. 

El ensayo que tengo entre manos, editado en España por Anagrama, se publicó en 2011, y relata distintas experiencias de los peores años de la crisis. 


En el primer capítulo, convenientemente maquillado y ataviado, se hace pasar por subsahariano. No les destripo el libro, pero permítanme un par de perlitas. En una ocasión intenta alquilar un piso. Tras dialogar con la dueña y marcharse, aparece una supuesta familia -en realidad miembros secretos del equipo de investigación de Wallraff- con la intención supuestamente idéntica de alquilar el piso. La dueña se disculpa con ellos porque el tipo que acaba de marcharse "la engañó", pues dado su perfecto alemán no pudo advertir que era "más negro que el novio de Heidi Klum". "Yo no alquilaría nunca mi piso a alguien así", les explica avergonzada, por supuesto ignorante de que llevan una grabadora oculta. Dice haber pasado "mucho miedo" durante la visita, e interpreta ciertas actitudes del indeseable visitante como propias de "ese tipo de gente". Se refiere por ejemplo a que el negro le dijo que podía limpiar su propia rellano sin tener que pagar los gastos de limpieza de la comunidad. 

Otra situación llamativa. Günter entra en un pub repleto de seguidores del Stuttgart, caracterizados por su ideología presuntamente izquierdista. Es bien aceptado entre los hooligans, que celebran un triunfo de su equipo, pero cuando se insinúa a una joven blanca a la que invita a una copa, haciendo uso de la misma cortesía que tendría cualquier persona "normal", termina siendo expulsado del local. 


En esta y en otras escenas, incluyendo algunas con personas explícitamente reaccionarias, nunca nadie reconoce que el trato discriminatorio dispensado al personaje es una cuestión de racismo. Todos alegan para excluirlo o negarle cualquier atención que no es por ser negro, es porque "tiene..." -suponen- "...otras costumbres", "porque otras personas no van a ver bien que te admitamos" o "porque ya tuve antes problemas con personas como usted". Curioso. 

En el segundo capítulo nos encontramos a Wallraff convertido en un homeless. Sabiendo como son los inviernos alemanes, podemos imaginar que el tipo de periodismo que lleva a cabo es cualquier cosa menos cómodo. "Los vagabundos...", explica en una afortunada aserción, "... son la magnitud cero de la burocracia amante de los datos estadísticos". La casuística de la indigencia que Wallraff, por supuesto debidamente ataviado como un sin techo,  encuentra en los peores momentos de la Recesión incluye a un ex-peluquero, un ex-empleado de banco, un ex-camionero, un ex-empleado de software... Por supuesto abundan entre los compañeros de esquina u hospicio el alcoholismo y la toxicomanía. En algún momento entendemos que ser pobre es quizá incluso peor en un país tan próspero como Alemania, donde la indigencia es especialmente despreciable y estigmatizada. Lejos de lo que piensan algunos ciudadanos sensibles a los discursos de la ultraderecha, ni siquiera en el país más rico de Europa, los locales de beneficencia son "hoteles". Al contrario, son escasos y están mal dotados... a veces son incluso peligrosos.  

... CONTINUARÁ

Wednesday, December 05, 2018

PERSEVERAR

Adiós a la excepción española. El auge de la ultraderecha en Europa -sin olvidarnos de los casos Trump o Bolsonaro- encuentra unas condiciones de posibilidad que no son sustancialmente diferentes a las que encontramos en nuestro país. Algunas actitudes de los integrantes de Vox o de su electorado más veterano invita a pensar en un rebrote del viejo franquismo, azuzado por el asunto del Valle de los Caídos. Hay además una singularidad española con el asunto de la secesión catalana, que para un significativo porcentaje de españoles es consecuencia de la blandura del Estado con los nacionalistas. Sin embargo, si sólo fuera eso, únicamente los fanáticos habrían buscado una alternativa PP o a Ciudadanos, cuya actitud respecto al problema catalán es cualquier cosa menos titubeante. 

Hay más, mucho más... esta ultraderecha es antes lepenista, trumpista o bolsonarista que franquista. Estamos ante un voto de castigo ante la corrupción, pero, sobre todo, es un voto contra la inmigración. No sé cuál es el perfil socio-económico del votante de Vox... Sé lo que piensa, y lo que piensa es que estamos siendo invadidos por gentes que vienen a quitarnos el trabajo, llevarse a nuestras mujeres, llenar las ciudades de mezquitas y crear bandas de maleantes. En este sentido, el caso andaluz podría asimilarse al francés, con ejemplos paradigmáticos como el marsellés, donde, al socaire del crecimiento del paro estructural y de la inmigración, el antiguo voto obrero y comunista se convirtió en un voto de autóctonos desclasados o precarios contra los extranjeros. 

Por supuesto el PSOE andaluz no es inocente. Desde el principio muchos percibimos el "susanismo" como un producto de la burocracia del partido. El ascenso de Díaz ha sido visto como un factor de continuismo respecto de los encausados Chávez y Griñán antes que de socialismo real. Los miles de enchufados por el Partido que ahora tiemblan, aterrados ante la perspectiva de que se acabe el chollo, dan a pensar en eso a lo que llaman "clientelismo político", que es tan nefasto en la izquierda como en la derecha. No me gusta que gobiernen el PP y Ciudadanos, pero entiendo que haya una voluntad de cambio... a veces es necesario aunque sólo sea por higiene. 

Pero lo preocupante no es que la izquierda haya perdido, lo preocupante es Vox. Está por ver si habrá un acuerdo de gobierno con los ultras, pero hay que recordarle a los próceres del PP que siempre han criticado los pactos "entre perdedores". Y tampoco me olvido de los ataques insistentes a Sánchez por pactar con "anticonstitucionalistas y antisistema". 

Hablando de antisistema, tiene su aquél que la gente de Vox declare representar a los "indignados". Curioso desplazamiento semántico: los "indignados" del 15M reaccionaron contra la evidencia de una estafa llevada a cabo por las élites económico-políticas, la indignación de Vox se dirige contra los inmigrantes, las mujeres o los gays. 

Debemos asumir que ha caído uno de los últimos mitos de la democracia española, el de que no regresaría el fascismo a las instituciones. Quizá en el fondo es el mito del progreso en la educación democrática de los ciudadanos el que se desploma. Por cada paso que damos en la modernización del país -y ciertamente los damos-, hay otro regresivo que nos devuelve a la barbarie y la intolerancia. La conclusión es que debemos quitarnos de encima la confortable pereza que nos inclina a vivir como si la democracia estuviera asentada y firme de una vez por todas, como si estuviera libre de amenazas y no hiciera falta protegerla a cada momento. 

¿Cómo tomarnos este nuevo fenómeno que nos amenaza? Asumiendo que nunca se termina de luchar, es así de sencillo. Sigamos defendiendo la igualdad entre los sexos en las escuelas, protejamos la universalidad de la salud pública, invitemos a los homosexuales a seguir saliendo a la calle para exigir igualdad, protejamos los derechos de autogobierno conquistados por los distintos pueblos del Estado... En realidad, y bien pensado, deberíamos seguir viviendo como si Vox no existiera. Su irrupción sólo debe servir para que perseveremos. 
  

Thursday, November 29, 2018

LUCES DEL YOGA

Durante dos años practiqué tai-chi. Hubiera continuado, pero el grupo se disolvió -la dimensión colectiva es básica en el taichi- de manera que, tras algunas idas y venidas, opté por cambiar de práctica y dedicar unos cuantos días de mi semana al yoga, una especialidad bastante más extendida y en la que resulta fácil encontrar instructores actualmente en España. 

Mi intención siempre es la misma: dado que tengo dificultades para controlar mi sistema nervioso, la disciplina corporal -sobre todo la relativa a la conciencia respiratoria- sobre la que inciden las técnicas orientales de ejercicio y meditación, se convierte para mí en una terapia en el sentido más clínico del término. Soy, como sospecho que muchos de ustedes -aunque quizá no se lo hayan planteado-, un "cartesiano", es decir, un tipo que vive habitualmente sólo en su mente. Ello me condena, al menos mientras no combato enérgicamente el problema, a deambular por la vida peleado con mi cuerpo, a ignorarlo, a vivir como si no existiera, como si fuera poco más que una molestia. Hablamos a menudo del estrés en que se tramitan nuestras vidas, de la neurosis como pandemia... todos esos males, que no son -les aseguro- un invento de cuatro gurús con ganas de sacarnos la pasta, aunque ciertamente hay en el mundillo de las filosofías orientales mucho farsante, por supuesto. 

De momento constato dos diferencias que se podría entender precipitadamente que van a favor del taichi. La primera es su delicada belleza, la segunda, su dimensión colectiva. El yoga, aunque se practique junto a otras personas, es más individualista. Se diría que hay un yoga para cada persona. Esta impresión puede tener que ver con el origen respectivamente chino e indio de las disciplinas. 

Añadiré otro factor. Sería un esquematismo ridículo afirmar que la civilización china es violenta y la india pacífica. Sin embargo, pese a que el taichi es esencialmente rítmico, algo así como una danza ritual, no conviene olvidar que su origen es bélico. Rodeado por pueblos agrestes obsesionados con conquistarla, China ha preparado desde milenios a sus niños para la batalla, cada movimiento de taichi es la ralentización ritualizada de un ejercicio para defenderse o atacar a un feroz enemigo. El yoga es justo lo contrario, no estoy seguro de saber explicar por qué, pero desde que empiezas a practicarlo adviertes que en el yoga la paz es el único camino... Diría que la paz está en las entrañas últimas del yoga porque su sentido primero y último es estar en paz con uno mismo. Lo diré de una vez: no pretendo ser feliz ni adelgazar ni conocer gente nueva ni aprender filosofías asiáticas,  hago yoga porque quiero estar en paz conmigo mismo. 

Todo esto no es nuevo en Occidente, por supuesto. Se ha asentado la asociación entre la revolución pacífica -también llamada "resistencia pasiva"- y la figura del indio Mahatma Gandhi, sin duda un personaje fascinante y con una influencia colosal. Hace ya más de medio siglo que los beatniks de los cincuenta y los hippies de los sesenta empezaron a dar la murga con el karma, los ascetas hindúes, la deidad Krishna, los viajes a Benarés o los placeres del kama-sutra. Hablamos de formas milenarias de sabiduría, por lo que no sorprende la delirante confusión que en una sociedad sobreinformada, consumista e histérica como la nuestra produce la penetración asilvestrada de todos estos conceptos. Que en el Mercadona se vendan una cajitas muy bonitas de "infusión ayurvédica" es un buen síntoma de lo que digo.

En mi caso, la dimensión pacifista del yoga, sobre la que nuestra instructora insiste sin descanso, encuentra alguna traba considerable. Siempre, creo que desde que leí el Mio Cid, empecé a ver películas del Oeste o simplemente entendí que en el patio del cole había que defenderse a guantazos, he sabido de mi predilección por la épica, que es, no lo olvidemos, la forma poetizada del culto a la guerra. No soy un tipo cruel, ni un maltratador, ni un sádico... pero hay algo muy dentro de mí que me predispone a la pelea y que me hace sentir, como afirmó hace dos mil quinientos años Heráclito, que detrás de todo orden habitable está el "polemós", y que siempre hay -aunque seamos tan cándidos que queramos ignorarlo- quien trama destruirnos. 

Pese a todo, tengo ya edad suficiente para entender que la guerra es una puta mierda, un timo repugnante y una colección de mentiras urdidas por algunos muy listos para que los tontos nos matemos entre nosotros en defensa de un trozo de trapo que tan solo oculta los intereses de unos pocos. La épica está bien para ver películas de Kurosawa o para templar un alma lo bastante ardorosa como para enfrentarse a la injusticia. No soy ingenuo, debemos luchar, pero, cuidado, deberíamos exigirnos una desconfianza extrema cada vez que oímos tambores de guerra... Y el caso es que últimamente oímos demasiados. Por todas partes presiento miedo de un tiempo a esta parte, y el miedo vuelve locos -y criminales- a los hombres. Por eso tienen éxito tipos como Trump, Bolsonaro, Maduro o Putin. "Si vis pacem para bellum", dijo Vegecio. Pero es una patraña odiosa propia de un pueblo que construyó un imperio a sangre y fuego. Si queremos la paz no nos queda otra que preparar la paz. Eso implica aliarse indefectiblemente con los derechos humanos, con la deliberación... con el comercio incluso. 


Estoy diciendo muchas obviedades, ya lo sé. Pero permítanme un argumento creo que un poquito más afilado. Durante mi juventud fui un tipo bastante más agresivo, impaciente e intolerante que ahora. Mucha gente me caía mal, creía ver enemigos en todas partes y me sentía bien proclamándolo. Que hay gente odiosa y que el planeta estaría bien sin ciertos tipos, quién lo duda. Pero observo en retrospectiva mi trayecto biográfico desde todo lo que ahora sé... y, qué quieren, cada vez tengo menos ganas de poner a parir a mis vecinos, a mi familia, a los que discrepan de mí... A diario veo a gente que sufre, personas deprimidas por experiencias terribles que sobreviven a la adversidad y salen de la cama cada día para proteger a sus hijos...  Hay quien ha perdido el sentido del humor porque una enfermedad crónica le genera un dolor cotidiano y atroz, o quien ocupa dieciocho horas en cuidar a un viejo con alzheimer, o quien es diariamente humillado por un trabajo indigno y mal pagado... El mundo está lleno de tipos que son mejores que yo y a los que he creído en algún momento poder menospreciar.  

La otra noche salí de clase de yoga pensando que a veces el odio o el desprecio son el resultado de la ignorancia. No sabemos a menudo por lo que ha pasado ese del que decimos con suficiencia que "es un gilipollas". 

Namasté, amigos. 

Tuesday, November 20, 2018

TODOROV Y EL SIGLO TOTALITARIO

Ya hace mucho que dejamos de oír hablar del Gulag, las revueltas checa o húngara, los disidentes, el KGB, las tiendas desabastecidas o los desdichados que intentaban saltar el Muro y eran ametrallados. 

Cuando estuve en Berlín, una ciudad ya "liberada" y de cuyo Muro apenas quedaban restos a modo de atracción turística, observé con curiosidad que prosperaba un mercado de souvenirs de la etapa comunista: fetiches como sombreros militares o carnets del Partido Comunista o la Stasi. 

El bloque del Este se desplomó súbitamente sin apenas hacer ruido... Como dijo Baudrillard con evidente ironía, se diría que "las libertades se han descongelado al microondas". El entusiasmo y la esperanza con que recibimos la Caída del Muro se convirtió en desconfianza y xenofobia cuando empezaron a llegar ciudadanos del antiguo Telón de Acero. Ahora ya no eran refugiados políticos a los que recibíamos como heroicos símbolos de la perversidad marxista, ahora eran migrantes tan viscosos e inquietantes como los que llegaban del sur del mundo. Convendría analizar con detenimiento las circunstancias de cada uno de esos países que en su momento, devastados por la guerra y sin pedirles opinión, cayeron bajo la negra sombra del Camarada Stalin. Ese análisis ha de singularizar de igual manera la evolución que cada una de esas naciones ha experimentado en el último cuarto de siglo, es decir, desde el final del comunismo en Europa, sin olvidar la feroz conversión china al capitalismo. El proceso rumano, el polaco, la tragedia balcánica, la descomposición del imperio soviético y sus inquietantes consecuencias, que siguen amenazando la estabilidad y la paz mundiales... Es un laberinto, sí. 

Me asalta una profunda desazón cuando recaigo en la lectura del indispensable ensayo del disidente búlgaro Tzvetan Todorov, quien debo puntualizar que no se ha mordido la lengua en los últimos tiempos a la hora de criticar el sesgo neoliberal del proceso globalizador. Todorov es inmisericorde en su relato de la experiencia del totalitarismo, que describe como una atroz y sistemática persecución de las libertades y los derechos humanos. El comunismo "real" fracasó porque convirtieron los países del Telón de Acero en gigantescos campos de prisioneros donde la delación y el terror formaban parte sustancial del sistema. La corrupción y la existencia de castas de privilegiados en un régimen basado en la violencia no eran anomalías o desviaciones, ni siquiera patologías del sistema, eran su clave constitutiva. La vida cotidiana de un joven búlgaro consistía en no dar pasos en falso que pudieran hacerte caer en desgracia ante la burocracia del Partido o en someterse a la profunda iniquidad mortal que te podía ayudar a disfrutar de las ventajas de la casta. 

El comunismo empezó a caer antes de que el Muro fuera derribado, antes incluso de Gorbachov, ese "hermoso vencido" de la Historia contemporánea al que con tanta mezquindad parece que nos hemos empeñado en olvidar. El comunismo fue derrotado porque en algún momento empezó a hacerse insostenible la esquizofrenia entre la representación doctrinal y entusiasta del colectivismo difundida por la nomenklatura y la realidad vivida por los millones de ciudadanos que despotricaban en privado. El estalinismo se marchitó y terminó desplomándose, avergonzado de sí mismo, ridículo, patético, porque destruyó la fe en las instituciones públicas tanto como destruyó a los individuos. 

Recupero la lectura de Todorov en las mismas semanas en que leo "Correr", de Jean Echenoz, biografía novelada del mítico fondista checo Emil Zatopek. El relato contiene muchas revelaciones interesantes sobre la vida de quien, sin duda, fue un sincero comunista. En una ocasión, y con motivo de una competición en
París, un periodista de un diario orgánico praguense le hizo una entrevista sobre sus sensaciones respecto a la capital francesa. Zatopek dijo que había sentido "curiosidad" y una mezcla de morbo y desazón ante el colorido de las calles de Pigalle o con la abundancia de tiendas de lujo en las barriadas céntricas. Las opiniones que después publicó el diario ponían en boca del héroe nacional de los checoslovacos la denuncia indignada por el inmoral libertinaje de la prostitución o el vergonzoso consumismo de la burguesía de Occidente. Unos meses después, se le hizo idéntica solicitud a propósito de una competición en Brasil. Ya resabiado y esforzándose en evitar malentendidos, manifestó sin ambages que le parecía un gran país y los brasileños una gente encantadora que le había acogido con formidable simpatía. Dio igual, el periódico en cuestión puso en boca de Zatopek críticas atroces hacia el país, su gobierno y sus ciudadanos. Emil habría pensado que era una situación kafkiana... Si la lectura del novelista judío -por cierto, checo- no la hubiera prohibido el Partido por "reaccionaria", claro. 

El otro incentivo para regresar a Todorov se llama Pavel Pawlikowski, Oscar en 2013 por "Ida". A punto de ordenarse monja y renunciar definitivamente a las vanidades mundanas, la novicia Ida es convocada por su tía, una jueza de pasado antifascista y que ha caído en desgracia ante los altos burócratas del Partido Comunista de Polonia, probablemente por no haber contemplado suficientemente en sus sentencias la pureza doctrinal. Este desgarrado personaje, tras hacerle saber que es judía y que sus padres fueron asesinados por los nazis, acompañará a Ida en busca de los restos y le ayudará a conocer la verdad sobre su trágico final. 


Un lustro después de este film de una delicadeza majestuosa, el ya sobradamente experimentado Pawlikowski estrena otra obra maestra "Cold War", una historia de amor a través de tiempos y paisajes que desafía con una contumacia digna del más honroso romanticismo la gélida prosa de los burócratas, las doctrinas y tantas y tantas trabas como las delirantes construcciones totalitarias del siglo XX han opuesto a la libertad de los seres humanos. La sombría dulzura de este film lo convierten a mis ojos en una joya comparable a "Ida". Su final es uno de los más hermosos que he visto jamás. 

"¿Por qué nos abandonasteis?" Temo que Todorov seguirá con esta pregunta en los labios hasta la muerte. Jamás entendió por qué los Sartre, Montand y tantos otros izquierdistas a los que admiraba despreciaron e incluso persiguieron a los disidentes, a aquellos que, como Todorov y tantos otros, tuvieron el coraje de resistirse a siniestros mandarines empeñados en deshumanizar a medio mundo. 

... Porque de eso se trata, de seres humanos, de individuos con sus contradicciones, sus gestas, sus sufrimientos, su intransferible capacidad para sentir y obrar en libertad. Si no entendemos esto no merece la pena seguir leyendo novelas ni viendo películas... me parece a mí, vamos. 


Thursday, November 15, 2018

MÓNICA SMURF

El pasado sábado por la tarde deambulaba yo por una céntrica calle de Valencia rumbo a un cine donde proyectaban Cold war, de Pavel Pawlikowski, quien ya me deslumbró recientemente cuando al fin me decidí a ver esa joya que es Ida, Oscar a la mejor película extranjera en 2013. Debo decirles que la segunda no desmerece de la primera, estamos hablando de cine de altísimo nivel... pero no es ese el tema de este escrito.

Resulta que, antes de acceder a la proyección, y como disponía de tiempo, resolví hacer un recado en La Casa del Libro, viéndome sorprendido por el vociferante tumulto que rodeaba el local y que me impidió acceder al interior de la tienda. Aunque me hubiera abierto paso entre aquella turba de adolescentes que emitían cada poco un considerable griterío, los guardias de seguridad que custodiaban la puerta me habrían cortado el paso. De manera que opté -ya saben que soy bastante cotilla- por hacer de cool hunter y observar un fenómeno que contenía aspectos ciertamente singulares. Para empezar, si se trataba de un cantante guaperas de esos que desatan histerias colectivas entre las niñas, o en todo caso de una celebritie futbolística tipo Cristiano Ronaldo, no encajaba demasiado citar a las fans en una librería. Así que supuse que podía tratarse de una de esas jóvenes que últimamente escriben, parece que con notable éxito de ventas, novelas fantásticas para crías. 

Dirigiendo mi mirada al interior del local vi que cada vez que la "literata" abrazaba a la joven clienta a la que acababa de firmar y dedicar un ejemplar, para a continuación hacerse -claro- un selfie juntas, la turba estallaba de emoción en el exterior. No resistí más y pregunté.  Resulta que la niña enfundada en una sudadera negra con gorro de lana en la cabeza era nada menos que... Mónica Morant, también conocida como "mónicasmurf", debido al parecer a su predilección por los pitufos. (Seguro que odia a Gargamel, no coincido en eso con ella)

De regreso a casa, y después de ver Cold war, recurrí a internet y descubrí algunas cosas. Mónica Moran es una leonesa de dieciocho años convertida de la noche en la mañana en "influencer" gracias a sus vídeos de youtube y a su triunfo en el concurso de la web Musical-ly, cuyo nutrido ejército de adictos es denominado "musers", de ahí que a su libro la simpar jovencita le haya llamado "Diario de una muser". ¿Canta? ¿Baila? ¿Ofrece ideas y consejos sobre como vivir de acuerdo a los en armonía con el cosmos? Nada de eso, infelices, Mónica se dedica básicamente a hacer play backs, sí, como Milli Vanilli, aquellos negritos tan guapos que no cantaban. Mientras suena la música, por lo general un horroroso reguetón, Smurff mueve los labios, hace mohínes a la cámara, reproduce con gestos el profundo sentido de las canciones... Su virtuosismo en este noble arte, que hace furor entre nuestros adolescentes, le ha convertido en "la reina de las transiciones", que no acabo de saber muy bien qué cojones es, pero parece que no tiene mucho que ver con el postfranquismo.

Una curiosidad, la carrera de Mónica Pitufa es tan meteórica, que ya han aparecido subgéneros en torno suyo en youtube, por ejemplo las que se presentan como sus imitadoras y -sí, señores- las que la critican, léase "haters". 

Con precisión de visionario, Warhol diagnosticó el devenir de las sociedades contemporáneas cuando dijo aquello de los quince minutos de fama. La obsesión por la notoriedad es probablemente el síntoma más evidente del malestar, la ansiedad y la soledad del hombre contemporáneo. Adorno o Benjamin -siguiendo la senda de Nietzsche- nos advirtieron del peligro de que, desde la hegemonía de los medios de masas, la banalidad y la insignificancia ocuparan los antiguos tronos dedicados a los dioses. Yo creo que Warhol fue más astuto, o, si lo prefieren, más posmoderno, y prefirió recurrir a la ironía, sabedor de que el intelectual ya no puede pretender quedar a distancia de los fenómenos masivos, pues, lo quiera o no, está de lleno implicado en un gran lógica que lo abarca absolutamente todo y que nos convierte en criaturas mediáticas, animales amamantados por la televisión de la misma manera que los niños actuales están construyendo su subjetividad a la sombra de internet. 

No me produce envidia Mónica, tampoco inquina. Si fuera mi hija o mi alumna le diría que intentase ganar dinero con el tema y, sobre todo, que no se dejara deslumbrar por el griterío de sus fans, que -me temo- puede ser tan fugaz como ensordecedor. Pienso en el trabajo solitario y silencioso de tantos y tantos que han hecho méritos a lo largo de sus vidas para obtener el aplauso social y de los que no se acuerda nadie. Me gustaría pensar que el chico que ha ganado un juicio a Deliveroo, desenmascarando con ello las prácticas abusivas que las multinacionales llevan a cabo sobre sus jóvenes empleados, es un héroe para las nuevas generaciones... Pero yo sé cómo son las cosas, y no quiero hacer de cascarrabias melancólico ni sermonear a las nuevas generaciones, para ello ya está Javier Marías. 

Eso sí, por las noches leo últimamente a mi hija un libro que se llama "Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes". Cuenta la historia de cien mujeres que hicieron cosas relevantes a lo largo de la historia. Gracias a ese libro sabe que Jane Goddall es la mayor experta mundial en primates, que Marie Curie descubrió la radioactividad, que Hipatia de Alejandría alcanzó avanzados conocimientos sobre astronomía hace más de mil quinientos años... Y tiene noticia también de Rosa Parks, Simone de Beauvoir, Maria Montessori, Anna Polikovstkaya...

Se atribuye a Borges la afirmación de que la fama es el mayor de los malentendidos. De acuerdo, la fama suele estar sobrevalorada, y, probablemente es tóxica incluso cuando es merecida. Sabemos que la vida no es justa y que las muchedumbres son emocionales e irracionales. Pero, demonios, me gustaría pensar que, más allá del malentendido de la notoriedad, nos quedara todavía algún espacio en el alma para admirar la virtud y no la pura futilidad. 

Ustedes verán, a nosotros esta noche nos toca leer sobre Alicia Alonso, bailarina y coreógrafa cubana.   

Saturday, November 10, 2018

BANQUEROS

Pronto hará dos décadas que decidí comprar la casa donde actualmente resido. Por razones que sólo se entienden con un neanderthal como yo, cuando empecé a trabajar me costó un rato asumir que el salario solo se me podría pagar a través de una cuenta bancaria. Decir esto es mi manera de hacerles ver que mi inclinación natural a entrar en un recinto bancario es tan grande como la de pasearme por los peores barrios de Caracas. Si lo hago es porque, de una u otra manera, me he visto obligado.

Nunca olvidaré lo que ocurrió aquella mañana estival de 1999. Entré a "mi" sucursal, en pleno centro de la ciudad. Iba yo muy ufano, con mi pelo más bien largo y mis vaqueros cortados por la pantorrilla. Estaba algo contrariado porque se habían comprometido a finiquitar el procedimiento de concesión de hipoteca por la vivienda que iban a financiarme y no terminaban el papeleo. Pedí ver al director de la sucursal, quien, al observar mi pinta, me miró de arriba abajo con evidente gesto de desprecio. Fumaba un puro, iba en mangas de camisa y era un cerdo repugnante con pinta de acosar a las empleadas. Cuando se dio cuenta de que aquel chico con aire informal tenía considerables ahorros en el banco y estaba a punto de firmar una hipoteca le cambió el gesto drásticamente y se dio cuenta que había metido la pata. Me cogió del hombro -el tío gorrino-  y me habló con cariño, pidiéndome humildes disculpas por su actitud, de la que acusó a sus empleados, que no "me han informado bien de quién es usted".  Su sincero arranque de cortesía no pudo evitar que yo, obviamente indignado, rompiera todo trato y cancelara urgentemente mis cuentas de aquella cueva inmunda. Tampoco pude evitar yo entonces que me robaran por última vez, cobrándome una comisión abusiva y brutal por la cancelación. 

Esa misma mañana, preso de ira, y como seguía queriendo comprar una vivienda, me dirigí justo a la sucursal que estaba al lado de la anterior. Este director, bastante más astuto y menos dispuesto a juzgar al posible cliente por su vestuario, me dijo, cuando yo le pregunté si el préstamos incorporaría muchos gastos: "No olvide nunca que la función de un banco es robarles a ustedes, los ciudadanos". Un crack, el tío, estuve a punto de firmar porque pensé que un cabrón al descubierto es más fiable que un hipócrita.  Terminé haciéndolo con otro banco que estaba justo abajo de la casa que hoy ocupo y que durante los dieciocho años ha estado haciendo lo mismo que hubieran hecho los dos anteriores, es decir, cobrarme unos intereses y aplicando unas comisiones que, según la RAE, cumplen las condiciones de lo que la lengua castellana define como "usura". 

Esta no es "mi" historia, es la de cualquier español que decide pedir un préstamo, especialmente, un préstamo para algo tan básico como es la propiedad de una vivienda. Usted trabaja para financiar un banco y ellos no le dan nada a cambio, simplemente esperan tranquilamente a cada principio de mes para cobrar su cuota. ¿Tres y medio de interés? ¿El euribor por los suelos? ¿Sabe lo que significa eso? Que usted va a terminar pagando por su casa cerca del doble de su valor, lo cual convierte la profesión de prestamista en el negocio mejor planeado de la historia. 

Claro que, esto ya lo sabemos, vivimos en democracia y nadie me puso una pistola en el cuello para querer una casa en propiedad. También se puede alquilar, algo que en España hacen los locos, o vivir bajo un puente, que tampoco es mala opción dado el buen clima del que gozamos. 

Lo han adivinado, supongo. También yo tenía alguna remota esperanza de que el pleito resuelto en estos días por el Tribunal Supremo supusiera que mi banco me devolviera una parte de lo que me obligó a pagarle en contra de toda justicia y, obviamente, de mis deseos. La sentencia, y, sobre todo, el patético procedimiento seguido por el alto tribunal en los últimos días, demuestran que la desconfianza hacia las instituciones es perfectamente legítima. 

Otra cosa es que a unos les dé por vociferar esperando a un Trump y que otros, espero que muchos más, entiendan que lo que necesitamos no es menos sino más democracia, lo cual pasa, entre otras muchas cosas, por acabar con la manipulación partidaria de los tribunales de Estado y denunciar los vínculos con las élites financieras de sus miembros. Creo que tenemos derecho a una justicia independiente y no al esperpento que hemos vivido.

La Gran Recesión, como le llamaron los economistas anglosajones, fue fundamentalmente producto del descontrol de los agentes financieros. Vicente Verdú, recientemente fallecido, se burlaba de quienes, "cándidos", acusaban a los especuladores de haber provocado la crisis por ser "codiciosos". Que el capitalismo persigue el enriquecimiento lo damos por hecho, pero lo que Verdú no quería ver es que lo que denunciábamos, por ejemplo en el 15M, no era la "maldad" de los banqueros, sino la vergonzosa renuncia de los agentes políticos a controlar y regular la especulación financiera. El capitalismo se volvió loco y desencadenó un desastre del que aún luchamos por recuperarnos porque, entre otras cosas, los partidos políticos, financiados por ellos, no quisieron poner coto a un sistema cuyo objetivo era operar con la excusa de la globalización un colosal traslado de riqueza desde las clases asalariadas hacia las élites. El incremento de la desigualdad en países como el nuestro es resultado de ese mecanismo tan siniestro que heredamos del apogeo de la ideología neoliberal, esa que, tras la Caída del Muro, se declaró "pensamiento único", considerándose incontestable.   
No deja de ser curioso que aquel cacareo incesante de las élites económicas y sus voceros de los think tanks liberales, para los cuales el Estado era el problema y había que miniaturizarlo, han corrido después como gallinas a pedir a las instituciones que les rescataran. Sería algo así: "he sido un niño irresponsable y codicioso, pero soy demasiado grande para caer, de manera que si me dejas caer me cargo el sistema... rescátame o nos hundimos todos". Y ya sabemos lo demás, les dimos una enorme cantidad de dinero bajo el supuesto de que luego nos lo prestarían... Ellos no tuvieron ningún inconveniente en desahuciar a todo cristo que no pudiera pagar la cuota hipotecaria, como tampoco lo tuvieron en ponerse unos sueldos y unas indemnizaciones por despido o jubilación astronómicas. No me consta que vayan a devolvernos lo que tan generosamente les regalamos por su incompetencia y su falta de ética.

No sigo, que me estoy calentando mucho y hoy ha salido una mañana muy chula. El ex-Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, dijo recientemente en la comida de despedida de su puesto como registrador de la propiedad en Santa Pola que "siempre he estado del lado de los banqueros, todo el mundo los critica, pero yo no". Esta es la altura moral de quien nos ha gobernado durante unos años decisivos para la suerte de este país, toda una declaración de principios. Después se dedican a prevenirnos contra la tentación del populismo. Todo esto me recuerda a cierto momento de "El relato de la criada". Es un mundo de pesadilla donde se explota y maltrata a la gente con las maneras del fanatismo medieval. Una sargenta repite una y otra vez a las esclavas: "todo lo que ahora no lo parece, terminará pareciendo normal cuando os acostumbréis a ello". Pues debe ser eso: hemos de acostumbrarnos a la idea de que una partida de bandidos llamadas élites financieras gobiernen nuestras vidas. 

Wednesday, October 31, 2018

BOLSONARO

 Analizamos con frialdad el comportamiento de las masas, y concluimos que, después de todo, incluso las decisiones colectivas más esperpénticas y dañinas tienen un sentido o, al menos, una excusa, la cual  suele descargar la responsabilidad sobre los políticos, las élites o los intelectuales... Está muy bien, pero el diagnóstico, por preciso que sea, no puede esquivar la evidencia última: es malo para el mundo que triunfen tipos como Bolsonaro... Y además no son una solución para nada, sólo son una involución, y los efectos de lo que le dejen hacer durante su mandato se pagarán durante mucho tiempo. 

A trazo grueso, la emergencia de líderes populistas de corte reaccionario -aunque no es imposible que ocurra algo así con supuestos izquierdistas- corresponde a un arrebato nacionalista que reacciona contra una globalización incontrolada. Los efectos de ésta se encuentran a años luz del paraíso democrático de tecnología, paz, prosperidad y librecambismo en que, según la doctrina neoliberal, iba a convertirse el planeta. Cuando no se reacciona desde el derecho -sea porque las organizaciones de izquierda han sido cómplices de la desigualdad y la corrupción, sea porque a las multitudes planetarias les falta formación para asumir sutilezas- se reacciona desde la barbarie. En otras palabras: lo que expresa la mayoría que ha votado a Bolsonaro, como la que sustenta a Trump, a Le Pen y a otros tantos que van apareciendo, es la nostalgia del viejo estado social y autoritario. En nuestro país este fenómeno puede muy bien asociarse a las nuevas -y aún minoritarias- fuerzas de ultraderecha, y explica en gran medida la crudeza de la polémica respecto a los restos del dictador. 

Como advertirán, no pienso sólo en Brasil, ni siquiera pienso sólo en Occidente, cuando detecto algunas condiciones de posibilidad comunes al fenómeno. 

Una de ellas, extendida urbi et orbe, supone la asunción generalizada de que la política profesional está invadida por una casta corrupta. No es saludable tal estado de opinión en un mundo donde no ha mucho que -a raíz de los procesos de descolonización y de la Caída del Muro de Berlín- se había hecho hegemónica la imagen de una democracia global, triunfante y sin alternativas. Es una candidez defender la fortaleza de las instituciones de representación si creemos -si sospechamos siquiera- que están gestionadas por grupos de bandidos, aunque vayan trajeados y tramen sus crímenes en elegantes consejos de administración. 

Ahora bien, sin ignorar que ese estado de desconfianza tiene algunas bases razonables, conviene recordar que ningún líder populista reaccionario proviene de una prístina sociedad civil, inocentemente ajena a la toxicidad de la política. Marine Le Pen es hija de un parlamentario y líder político francés, Trump se ha pasado la vida tratando con "la gente esa de Washington" para obtener bulas, indulgencias y privilegios para sus empresas, Jair Bolsonaro, pese a su condición de militar, lleva treinta años en la política profesional... Y, sin embargo, se vota a tales personajes -como aquí algunos votaron en su momento a Ruiz-Mateos o a Gil- como una forma de castigo a la casta política... La inconsecuencia es manifiesta, pero hay momentos en que la gente parece desear que la engañen. 

Ese estado de guerra entre políticos y ciudadanos no es en cualquier caso la causa del problema, más bien es uno más entre otros síntomas. Sucede lo mismo con respecto a un asunto que deberíamos dejar de considerar propio de naciones opulentas: la xenofobia. Antes el chivo expiatorio podían ser los judíos o los comunistas, ahora el elemento "viscoso" es el inmigrante y, muy especialmente, los árabes. Diferentes objetos de odio, la misma barbarie.

Se dice de Bolsonaro que, además de rechazar a los inmigrantes, se pronuncia en términos homófobos y machistas. Si no conociera a la gente de derechas me extrañaría que en su ideario se aleasen tendencias tan heterogéneas como el rechazo a los menesterosos, el clericalismo, el neoliberalismo, el negacionismo ecológico o el machismo y la homofobia. Tan dispares componendas ideológicas van juntas no por razones de coherencia, sino porque unas compensan las insuficiencias de las otras. En última instancia, se advierte en cientos de millones de habitantes del mundo un profundo temor hacia la rápida evolución que en los últimos decenios han venido experimentando los usos culturales y morales. Simplemente la gente tiene miedo porque los antiguos parias van por el mundo queriendo "vivir como nosotros"... Es un planteamiento pueril y propio de simios, pero es que somos bastante simios, y conviene olvidar que, como a todo mamífero, el miedo puede enloquecernos. 

No estamos en cualquier caso ante un simple problema cultural o de formas de conciencia más o menos erráticas. En el viejo continente, por ejemplo, se urdió con enorme esfuerzo tras la posguerra un tejido social, económico y político que ahora parece estar deshilachándose. El precariado parece estar convirtiéndose en la nueva clase proletaria del planeta, y no es previsible en esas condiciones otra cosa que un mundo inhóspito y hobbesiano. Directamente vinculada a la inseguridad económica hallamos la desafiliación social, cuyo efecto destructivo se advierte en la quiebra de las instituciones del bienestar y la protección, pero también en las relaciones personales y familiares, una combinación de deterioros cuyas consecuencias se me antojan pavorosas. 

Añado las cuestiones de la inseguridad y la delincuencia. Afectan especialmente al caso brasileño, y creo que es acaso la razón fundamental del triunfo de Bolsonaro, quien se presenta a sí mismo como macho alfa y azote de forajidos. Pocas veces nos hacemos esta componenda: pensamos que el problema es la pobreza, la búsqueda desesperada de una fuente de subsistencia.  Resulta no obstante que la exposición a la delincuencia es una de las primeras causas de la inmigración hacia Europa, donde todavía nos parece natural e innegociable tomar un café en una terraza en medio de una avenida sin pensar que en cualquier momento van a ponernos una navaja en el cuello. 
  
El fenómeno neofascista -llámemos a las cosas por su nombre- tiene causas, desde luego. Pero, insisto, no hará sino incrementar los problemas que dice poder solucionar. No se engañen, las élites financieras responden bien a cambios como el que acaba de producirse en Brasil. Sospechan que Bolsonaro protegerá sus beneficios, reprimirá con dureza a los que protesten, será obediente con las instrucciones de la OMC, venderá servicios públicos, esquilmará sin piedad los recursos naturales y, en definitiva, fomentará lo que Lula anunció que intentaría corregir: la desigualdad. 

Ante todo ello, y salvo que optemos por la melancolía, sólo cabe seguir luchando por la reinserción social de las capas precarizadas de la sociedad. Esto supone, entre otras cosas, crear empleos dignos para recuperar la seguridad profesional, reforzar las instituciones públicas que Bolsonaro quiere vender al mejor postor, combatir la corrupción, reforzar la cohesión mediante una fiscalidad justa... Se trata en suma de alimentar la esperanza de una vida digna sin pasar por el filtro del odio, el miedo y el autoritarismo, esos factores que han llevado a Bolsonaro al Gobierno de la nación más grande de Hispanoamérica. 



Friday, October 26, 2018

FRENTE AL CINISMO

Ante una atrocidad como la cometida en el consulado saudí de Turquía, siempre queda la opción a la que invitan los sofistas extremos Calicles y Trasímaco en su polémica con Sócrates: el cinismo. Las claves desde las que se sustenta la razón cínica no han cambiado gran cosa en dos mil quinientos años: la ley es lo que conviene a los poderosos, la justicia y la virtud son la excusa de los fracasados, la ciudad feliz es aquella cuyas normas se ajustan a la naturaleza -o sea a los principios del egoísmo y a la ley del más fuerte-, el objetivo de la vida no debe ser otro que la búsqueda del placer, la fortuna y la reputación... 

Podemos tranquilamente abandonarnos a la indigencia moral y declarar que, al final, lo que dicta el comportamiento público de las naciones en este asunto es la pura "realpolitik". Nosotros, quienes no cargamos con la responsabilidad de gobernar, podemos exhibir nuestra indignación e inquirir a Dios con arrogancia, como Job, para que nos explique cómo vivir en un mundo tan inhóspito. Pero, siempre según la visión cínica, los dioses no nos contestarán porque han decidido abandonarnos a nuestra suerte. El pequeño problema de Calicles y Trasímaco es que sus consejos, más allá de aquietar la convulsión de nuestra conciencia, no solucionan absolutamente nada, sólo perpetúan la dominación y legitiman la guerra total, la cual habrá de estallar cada vez que el poderoso no sea capaz de mantener aterrorizados a sus súbditos. 

Soy el primero que pone en duda la calidad moral de las imprecaciones y amenazas lanzadas en los últimos días desde las cancillerías europeas hacia el gobierno saudí. Deprime la insignificancia de España, la desfachatez de Turquía -todo un campeón de los derechos humanos por los que ahora clama el Presidente Erdogan-, la doble moral de Alemania, que desvía sus negocios armamentísticos desde Arabia hacia la también intachable "democracia" de Egipto... Por no hablar de Trump, al que le toca la fastidiosa tarea de anunciar represalias contra un "país amigo" ante la insoportable evidencia de que el hombre brutalmente asesinado resultaba ser empleado del Washington Post (Sí, el del asunto Watergate, hay que ver qué inoportunos son los periodistas) 

Claro que también podrían nuestros gobiernos ignorar el tema y dejarlo correr, lo cual habría sido más fácil si, como sospecho que pasa sistemáticamente con toda suerte de turbios asuntos de Estado, se hubiera silenciado oportunamente el asesinato de Khashogghi. El problema es que no se puede silenciar un acontecimiento tan macabro, tan brutal, un crimen que, de no ser por la poca gracia del asunto, sonaría a Torrente, el brazo tonto de la ley. 

No sé qué hay que hacer, no me veo en condiciones de exigir conductas heroicas a políticos como Sánchez, a los que luego exigimos que sean responsables y que no nos dejen en el paro. Creo que, en esto, como en tantas cosas, no queda otra que encasquetarse el mono de faena y ponerse a cavar trinchera. En otras palabras, la única opción que se me ocurre es pelear palmo a palmo por propiciar el clima que vuelva internacionalmente insoportables ciertas prácticas. Se trata -y apelo a la autoridad de Antonio Gramsci- de conseguir la hegemonía cultural para algunos principios básicos, obviamente aquellos que se refieren a derechos humanos y libertades básicas. Permítanme, a ese respecto, algunas consideraciones que me parecen oportunas en estos momentos en los que seguimos horrorizados por el salvajismo del asesinato de Khashogghi.

1. El gran problema del mundo -no me cansaré de decirlo- es la desigualdad. Arabia Saudí es un horroroso Estado que recibe monstruosas cantidades de dinero por el petróleo, fomenta el enriquecimiento obsceno de una élite de indeseables y mantiene en la esclavitud y la miseria a la inmensa mayoría de la gente. Sólo un tipo con un poder omnímodo es capaz de decir "quiero la cabeza de ese perro" y obtenerla al instante, sin ningún disimulo y por un procedimiento tan bárbaro. En la satrapía del desierto los derechos humanos son una frivolidad de occidentales y la demandas de libertad y derecho de algunos heterodoxos, homosexuales o mujeres solo merecen ser reprimidos por los métodos que dicta la barbarie más ancestral. 

2. El mundo árabe estará condenado a la postración y el fracaso mientras le condenemos entre todos. La actitud de las grandes naciones de Occidente con respecto a fenómenos tan interesantes como la Primavera Árabe da mucho que pensar. Podemos hablar también del negocio armamentístico, de los lobbies del petróleo o de la misteriosa doble moral que se utiliza a la hora de decidir quién es amigo y quién enemigo. Deberíamos preguntarnos qué estaría pasando ahora mismo si todo este turbio asunto hubiera ocurrido en Venezuela. Hay muchos ciudadanos árabes -islámicos muchos de ellos- que quieren vivir en comunidades modernas y democráticas. La desgracia es que son pocos o, mejor, que tienen todavía poca fuerza. Ayudémosles. 

3. El periodismo es una fuerza de la naturaleza y su ejercicio en el mundo -lejos de la mediocridad y el servilismo ideológico al que aquí nos hemos acostumbrado- alcanza a menudo dimensiones heroicas. El hombre que ha muerto de manera tan atroz fue un titán que tuvo el atrevimiento de investigar y dar a conocer la corrupción de una élite de intocables. No es el único. Este planeta, especialmente en sus territorios más inflamables y peligrosos, es recorrido por personas mal pagadas que arriesgan su vida a diario para que los malos, siquiera de vez en cuando, tiemblen en sus asientos. Los matan porque la prensa libre es uno de los pocos hilos desde los que se sostienen la democracia y la justicia. 

... Claro que siempre podemos inclinarnos por el cinismo. Da menos dolor de cabeza.  

  

Thursday, October 18, 2018

REGRESO A JONIA

Hace dos mis seiscientos años, un señor ataviado con una túnica se puso a pensar a orillas del Mediterráneo Oriental. Se llamaba Tales, vivía en la polis de Mileto, en la Jonia. Se preguntaba que demonios era "Esto", es decir, las tierras y los océanos, las tribus y sus leyes, las complejas ambiciones humanas y su relación con el destino, los movimientos de los astros, el coraje de los salmones en su enloquecida determinación de desplazarse río arriba hasta desovar, el dolor de los amantes abandonados, la deriva de los navíos en la tempestad...

Decidió, sin permiso de los dueños del Templo, que explicar la electricidad de los relámpagos por el capricho de los dioses sólo podía mantenernos en la ignorancia. Construyendo la filosofía desde la cuestión esencial que define todas sus búsquedas -"¿por qué el ser y no más bien la nada?"- los primeros maestros pensadores iniciaron la conversión de esa península de Asia llamada Europa en la civilización de la Razón. Con Tales, Heráclito, Parménides o Sócrates no sólo se funda la filosofía, con aquel clan admirable de hombres dispuestos a convertir en razones el asombro irrumpe en el Mediterráneo la Ciencia misma.  Sólo desde ese impulso se hicieron posibles la democracia, el derecho, la lógica o la tragedia, piezas maestras del legado con el cual la legendaria Atenas ha fecundado al conjunto de la civilización. 

Hace unos años derramé lágrimas de rabia. Llevo toda mi vida luchando en defensa de la presencia de la filosofía en la escuela. De la supervivencia del más originario de los saberes depende mi salario, pero no trabajo como profesor de filosofía por casualidad. Hago exactamente lo que hace casi tres décadas decidí que quería hacer, y no me he arrepentido ni por un instante. Ni siquiera lo hice cuando la necedad del ministro que decidió aplicar la solución final a la asignatura de filosofía en las enseñanzas medias me invitó a pensar que habría vivido más tranquilo siendo profesor de inglés o de tecnología. 

El colectivo de profesores de mi especialidad ha luchado a brazo partido durante el último lustro para recuperar la dignidad arrebatada por aquel acto de barbarie que pretendía acabar de un plumazo con una tradición intelectual milenaria. Estas horas son por ello de una enorme felicidad para nosotros. No es momento de rencores, Wert será felizmente olvidado, y lo será incluso para los suyos, que esta semana han tenido el valor de rectificar. Debo agradecer también al Presidente Sánchez que haya sido bajo su gobierno cuando ha empezado a revertirse definitivamente aquella terrible injusticia. Aunque no puedo dejar de referirme al esfuerzo llevado a cabo por Podemos, auténtico factotum de esta noticia que me parece magnífica para el conjunto de la comunidad educativa, empezando por quienes verdaderamente dan sentido a la institución educativa: los alumnos. 

Hoy es un día muy feliz. "Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender", dijo el maestro de la filosofía española contemporánea, José Ortega y Gasset. Enseñar a pensar es enseñar a gestionar el asombro que la existencia misma nos produce. He vivido los últimos años temiendo que mi destino profesional se redujera a cuidar niños, enseñar materias insignificantes o hacer fotocopias. Ahora sé que enseñaré a Platón y a Kant hasta el día de mi jubilación. Permítanme despedir este artículo con otra frase Ortega, una que define de una vez por todas mi manera de entender la enseñanza de la filosofía, la que tengo presente cada mañana cuando entro en un aula:

"Siempre que enseñes, enseña también, a la vez, a dudar de lo que enseñas".