Wednesday, June 12, 2019

AFORISMOS PARA FASTIDIAR




1. Sólo consigues que te importe un rábano lo que los demás piensen de ti cuando eres anciano y ya es demasiado tarde para todo. Si haces que ocurra antes dominarás el mundo. 

2. Nadie me quiere por aquello por lo cual "merezco" ser querido. 

3. En una aldea de la meseta castellana donde hice la vendimia me topé con un hombre que arrastraba sin remedio la condición de excluido social. Me dijo, sin que yo le diera motivo para entablar conversación, que jamás había podido soportar que la gente hiciera sufrir a los perros. Le seguí con la mirada en la noche de una carretera por la que desapareció como quien no va a ninguna parte. Esa imagen habita para siempre el centro de mi memoria, de ahí que me asalte casi a diario. Por razones que no acierto a explicar, intuyo que en ella están todas las respuestas a las preguntas de mi vida. Lo demás son puntos suspensivos...


4. El amor, esa ficción devastadora. 

5. "Si fuera rico me hincharía a comer hígado encebollado", dice un mendigo en Los Simpson. Este chiste genial abre una fisura endemoniada en la lógica de la civilización. Se supone que nos movemos por codicia, pero si escarbamos un poco descubriremos que no sabemos el porqué. 

6. El romanticismo, esa estupidez de quienes como yo, todavía creen que sólo se puede amar sin condiciones. 

7. Sin los escrúpulos morales ya nos habríamos extinguido. Y saber que, pese a ello, son perfectamente capaces de destruirnos. 

8. "Senténcienme, sigamos cada cuál con nuestras vidas y no me hagan perder más el tiempo", dice un personaje de Coetzee que está a punto de ser expulsado de la Universidad. Si yo hubiera tenido el coraje de pronunciar esa frase tantas veces como lo he deseado...

9. A lo largo de la historia nada ha sido tan admirable como ser judío. Los guetos iluminaron y dinamizaron los núcleos urbanos que, sin los hijos de la diáspora, se habrían esclerotizado en un tedio insufrible. Si siempre los han perseguido fanáticos y sátrapas es porque su presencia invitaba a la gnosis, al intercambio, al viaje de descubrimiento, al intercambio, al mestizaje...La fundación de Israel es por ello una desdicha. Como afirman los anarquistas, "No le deseo un Estado a nadie". 

10. Los reaccionarios españoles son aficionados a la Historia por la misma razón por la que un hooligan ve una y otra vez repetidos los partidos que sabe que su equipo terminó ganando. España es como Rusia, pero con menos invierno, un desierto donde los heterodoxos y los librepensadores han sido sistemáticamente aplastados por los inquisidores y los mandarines.  

Tuesday, June 04, 2019

ESTOY UN POQUITO HARTO, SÍ.

Algunos allegados comenzaron ya en los noventa a desconfiar de la izquierda, cuando tanto hacía el felipismo por convencernos de que no debíamos ilusionarnos demasiado con la política. Eran los tiempos en que El Muro caía con todo su peso simbólico sobre las esperanzas de los cándidos que aún creían en el "comunismo real", el maoísmo era un fantasma del pasado y la revolución latinoamericana se había vuelto confusa. El paisaje invitaba a creer que el neoliberalismo no tenía alternativa y que lo mejor que uno podía hacer era adaptarse y abandonar horizontes utópicos. Como decía la canción de Gabinete Caligari, "¿A qué tranvía esperas tú? No hay nada que esperar/ porque ha salido ya/ el último tranvía." Ningún reproche. Uno construye su biografía como puede... Y bastante tienes con sobrevivir y, si eres lo bastante imprudente, crear una familia y darle comida y techo, que no es poca aventura. 

Yo también sucumbí durante un tiempo a aquella inercia plastosa que se llamó "fin de las ideologías" y "pensamiento único". Ya conocen la siniestra consigna thatcheriana "There is not alternative" (TINA). Ciertas peripecias personales que no voy a detallar aquí me enfrentaron a sindicatos y administración socialista. Ello me permitió descubrir en carne propia que la intolerancia y el más mezquino sectarismo pueden encontrar un hábitat confortable en la izquierda con la misma facilidad que en la derecha, donde yo siempre supe que los indeseables abundaban. 

Décadas después, la vida me ha llevado por derroteros que me han convencido de que las cuestiones que vuelven inhóspito el mundo son las mismas que me preocupaban en mi juventud, cuando creía que militar en la izquierda era poco menos que una exigencia ética. No sé si soy de izquierdas, en cierto modo creo que soy bastante conservador, pero al menos me he ganado algún derecho. Por ejemplo el de pensar que aquella "pax hispana" que pasó del felipismo a la aznaridad era un ídolo de barro, y que -como reivindicaba el 15M- el régimen democrático se estaba deslegitimando a sí mismo y la Recesión era en realidad una estafa gigantesca. 

Leo incansablemente en los últimos años sobre posibles soluciones a los problemas del mundo que vamos a legar a nuestros hijos. No soy optimista, pero creo que puedo llegar a distinguir las líneas esperanzadoras de aquellas que sólo están destinadas a introducir más miseria, más violencia y más contaminación en el planeta. No pretendo iluminar a nadie, pero al menos concédanme la venia de poner la coraza frente a ciertas balas que me pasan cerca. Trato con ello de contestar a aquellos que, a fuerza de culpar de todo a los "progres" o a Podemos, consiguen sacar de quicio los grandes debates de nuestro tiempo. Lo peor -al menos para ellos- es que cada día se parecen más a esos tipos gordos con aire de Pantunflo Zapatilla o Manolo Fraga a los que tanto detestábamos cuando éramos jóvenes. Lo siento por ellos.

Ofrezco a continuación un pequeño pliego de aclaraciones respecto a ciertas opiniones que leo y escucho a menudo. No pretendo convencer a quienes ya decidieron hace mucho que sus ídolos eran Paco Marhuenda, Federico o Arcadi -estos ya no tienen remedio, pobres-. Trato más bien de suministrar armas defensivas a quienes siguen pensando que la primera exigencia ética con la que cargamos es la de ponernos del lado de los débiles, incluso cuando, como decía Cioran, "uno sabe que están hechos de la misma pasta que sus opresores". 

1. La palabra "progre", que acaso tuviera algún sentido hace cuarenta años, con el tardofranquismo y la Transición, no designa nada en la actualidad. Se es verdaderamente de izquierdas o se es un hipócrita. Lo que no tiene sentido es que un día te llamen "izquierda feng shui" para al día siguiente recordarte los crímenes del estalinismo, como si tú tuvieras la culpa. Yo no sé si hay votantes de izquierda que creen que llevar a sus hijos a guarderías de pedagogía alternativa o cultivar en el balcón té orgánico les hace ser mejores que los adocenados obreros que llevan a sus hijos a MacDonald´s. Lo qué sé es que se está produciendo un traslado intensivo de riqueza desde las clases bajas y medias hacia las élites, que la precariedad laboral se ha vuelto sistémica, que no estamos construyendo un futuro digno para nuestros jóvenes y que lo del cambio climático va completamente en serio. (Ahora llámame progre en la cara y yo te diré lo que pienso de ti) 


2. Empiezo a hartarme de ver a Podemos como perejil de todas las salsas envenenadas. No me gustan nada ni Iglesias ni Montero, y aún menos el ínclito Monedero. Dicho lo cual, el propósito de escorar hacia la izquierda las políticas del PSOE en distintos espacios de gestión, empezando por el gobierno central, me parece perfectamente razonable. Teniendo en cuenta el hundimiento progresivo que han experimentado en toda Europa los viejos partidos comunistas -aquí Izquierda Unida- es comprensible que mucha gente se ilusionara con un partido político surgido de una experiencia colectiva tan relevante como fue el 15M. Si son malos por ser de izquierdas, entonces, estoy con los malos; si son malos por no ser verdadera izquierda, entonces sólo cabe lamentarse y trabajar para que se reactiven o esperar a que surja cuanto antes algo mejor. Dejen de dar la murga: puede que Podemos sea malo, pero no es el problema de este país. 

3. Los "peros" con los que la izquierda seria contesta a las afirmaciones maximalistas son un signo de madurez y responsabilidad, subrayan la inclinación a formar parte de las soluciones y no de los problemas. Son otros los que se acomodan a planteamientos simplistas porque cautivan a los sectores sociales menos preparados. Uno puede no simpatizar con el chavismo, pero ello no supone ignorar que el caso Venezuela está imbricado en una trama geoestratégica que sonroja cuando vemos las lágrimas de cocodrilo que los hipócritas sueltan por la desdicha del pueblo venezolano. Uno puede no desear la secesión de Catalunya, pero ello no le exime de entender que el conflicto no se soluciona haciendo como que no existe o negando a unos conciudadanos la legitimidad para sentir que no quieren ser españoles. Uno puede creer que Amancio Ortega hace muy bien en donar el dinero para tecnología clínica que podría gastarse en sugus de limón, pero ello no nos exime de pensar que en España hay un problema muy serio de justicia fiscal y que las grandes fortunas lo son en gran parte porque se escaquean de sus obligaciones, cosa que otros muchos, aún siendo infinitamente más pobres, no hacemos...

No sigo, creo que se me entiende.   

Tuesday, May 28, 2019

POR QUÉ NO AMO JUEGO DE TRONOS

No perderé ni un instante en cuestionar la evidencia: "Game of thrones" es una gran serie, o mejor, es un magnífico producto televisivo. Su manufactura es impecable, hay cine de alto nivel hasta en sus episodios más anodinos... No es extraño que algunas de sus consignas más célebres -como la ya mítica "winter is coming"- se hayan convertido en mantras del Occidente globalizado. 

Pese a la extensa literatura analítica que ya ha desencadenado, y la que está por venir, no deja de parecerme un divertimento ligero. No tengo nada contra los divertimentos ligeros, sobre todo cuando, como creo que es el caso, son auténticamente divertidos. Para que te atrape con más intensidad de lo que me ha atrapado a mí, que me ha entretenido sin llegar a conmoverme, hace falta, supongo, ser admirador del universo Tolkien o haberse criado con "Dragones y mazmorras"... Quizá incluso con "Star Wars", que huele a Medioevo trasladado a las galaxias. Yo soy hijo del Capitán Trueno y los personajes de Charlton Heston,  y mi Edad Media es la de Harold Foster o la de Umberto Eco, qué vamos a hacerle, son cuestiones generacionales. 


De entre las muchas tramas esparcidas a lo ancho de Westeros desde la indudable competencia narrativa de George R.R.Martin, alcanza el máximo vigor la construcción de un doble héroe, Jon Snow y Arya Stark, que desde mi perspectiva vienen a ser uno sólo. Jon es un bastardo y su destino no es regio pero, como sucede en todo relato inteligente con los bastardos, son ellos quienes en realidad guardan lo más noble de la esencia del linaje... En ello consiste su tragedia. En cuanto a Arya, su condición femenina y el hecho de empezar la serie siendo una niña le convierte en el gran tapado del relato, que consiste en gran medida en una larga venganza por parte de la familia Stark. A Arya le toca hacer el trabajo sucio... 

El contrapunto de Jon-Arya es la reina Targaryan, Daenerys de la Tormenta. Su historia de amor con Snow está condenada porque, tras superar toda serie de adversidades, llegará a un punto sin retorno en el cual interiorizará la especie de que el poder lo justifica todo, lo cual le terminará convirtiendo en una loca y despiadada genocida... eso que tanto a enfurecido a los fans y que a mí me parece perfectamente lógico dada la trayectoria biográfica del personaje. Está en toda la historia de la literatura desde los relatos bíblicos: la inestabilidad que desencadena el drama sólo será superada con el sacrificio de un hermano enloquecido. 


Entiendo que molestase a muchos la muerte de la Madre de Dragones, pero estaban avisados desde la primera temporada, cuando Ned Stark es asesinado por el niñato Rey Joffrey. El juego no perdona -"ganar o morir"-... y a fin de cuentas nunca he dicho que Game of Thrones fuera Disney. Ahora bien, no por alejarse de la hipócrita beatería de Disney se arrima uno a Shakespeare, como pretenden los acérrimos de la saga. No cuestiono la brillantez de algunos diálogos, pero no fastidiemos: yo veo a Dickens y a Kafka en "The Wire", veo a Conan Doyle en "House", a Shakespeare en "Breaking bad" y a toda la mejor literatura en que queramos pensar en "Los Soprano", en la primera entrega de "True Detective" y  en "Mad Men"... En Juego de Tronos, lo siento, lo que veo es a Tolkien. 

Les diré de una vez por qué no amo la serie. Por más que Poniente sea un reino inventado, lo cual es por cierto muy tramposo, el escenario que dibuja es inequívocamente medieval. Las espadas, el vasallaje y los códigos de honor no faltan, pero hay algo imprescindible que nos es escamoteado: la religión. ¿Dónde está el Dios omnipotente sin el cual es imposible entender el alma medieval? No hay sombra de los templos, no encontramos la cultura del monacato. Ni siquiera presentimos el temor de Dios que otorga al Medioevo esa oscuridad que con tanta maestría lo penetraba todo en "El nombre de la rosa", de Umberto Eco, o en los mejores textos de Amin Maloouf. No me puedo creer la Edad Media sin Dios... Sin apologetas de lo sagrado ni Santos ni profetas apocalípticos ni procesiones penitentes la presencia de lo mágico se vuelve arbitraria y pueril. No hay un gran criterio con pretensión universal que distinga el Bien y el Mal, la virtud del pecado... No hay fundamento moral en Poniente, por eso a veces los buenos se vuelven malos y viceversa sin que subsistan más motivos dramáticos que la ambición y la venganza. 


Esa falta de un aire espiritualmente denso arrastra todas las demás debilidades del relato. Khalessi se hace poderosa como criadora de dragones, pero, ¿por qué dragones? ¿y por qué escupen fuego como quien lanza bombas atómicas? ¿Puede legitimarse en el Trono de Hierro una señora cuyo poder se basa en que a la voz de "Dakarys" nos puede chamuscar a todos? Me pasa lo mismo que con los zombis, Caminantes Blancos o como demonios se llamen. En una de esas ocurrencias de sobreinterpretación que están tan de moda se nos indica que son una metáfora del cambio climático. Seguro que hay una explicación intrínseca a la narración misma, pero, qué quieren, a mí me parecen un deus ex machina como una catedral. Tan ridículo como que el tipo ese tan feo, el Rey de la Noche, que los va a congelar a todos y que levanta a los muertos termina en nada -derretido, como toda su hueste infernal- porque Arya le apuñala con acero valyrio. Venga, hombre, vamos a ser serios. 


Un par de últimos detalles, y no pienso bromear con lo que viene a continuación ni quiero ponerme mojigato. Puestos a hablar de divertimentos ligeros me gustan más "Vikingos" o "Walking dead", pero, de igual manera que he criticado la propensión al sadismo de estas teleficciones, debo decir que no me seduce nada la banalización de la violencia que se impone en Thrones. El espectáculo de la sangre y las secuencias interminables de torturas y violaciones termina echándome atrás. Si por algo me molestó la masacre perpetrada por Daenerys en el penúltimo capítulo fue por esto: cientos de miles de personas inocentes son destruidas por una loca enfurecida. Qué barata es a veces la muerte. La violencia y la guerra forman parte de la vida, no soy ingenuo, pero cuando el derramamiento de sangre se vuelve incontinente, como si las vidas inocentes no valieran nada, no me acuerdo de Shakespeare, más bien me entran ganas de apagar la tele.   

... Debe ser que me hago viejo. 

Wednesday, May 22, 2019

FINAL

Tenía la intención de escribir hoy sobre "Juego de tronos", básicamente para vituperarla y fastidiar así un poco a su multitudinaria legión de adeptos, pero lo dejo para próximas fechas. Ha surgido en los últimos días un asunto que desata mi curiosidad: a estas horas debe acercarse ya al millón el número de firmantes de la petición recogida por change.org para obligar a HBO a rehacer el final de la serie. Por lo visto es toda la temporada séptima -última de la serie- la que los indignados consideran que debe invalidarse. Sospecho que si habláramos de Telecinco no se lo pensarían, sería un negociazo... Tratándose de HBO, que no se ha ganado el prestigio en una tómbola, supongo que la petición está abocada al fracaso. Será como cuando un crío le dice a su madre que las chuches que le ha comprado no le gustan y que quiere otras, a lo que la madre contesta, muy razonablemente, con un rotundo "¡No!"

Tengo entendido que en el ámbito procesal existe la figura del "error judicial", que en situaciones excepcionales puede obligar a repetir un juicio. En territorio menos serio, el fútbol, sabemos de partidos que hubieron de repetirse por distintas causas. Incluso la Iglesia Católica es capaz, si uno tiene paciencia y bastante pasta, de anular un matrimonio. Ahora bien, en series televisivas, una propuesta de capítulo o temporada invalidada, con la consiguiente exigencia de repetición... joder, esto sí es novedoso. 

En el Londres del siglo XVII el público recibió con gran pesar la muerte de John Falstaff en "Enrique V". Era tal la atracción por aquel personaje, que hacía llorar de risa a las masas agolpadas en el Teatro del Globo, que Shakespeare se vio prácticamente obligado a resucitarlo, convirtiéndole en protagonista de una comedia posterior y satisfaciendo con ello a sus desconsolados fans. Lo que no creo es que nadie se atreviera a decirle al de Stratford que se había equivocado con el desenlace de la obra; simplemente añoraban a Sir John y le suplicaron que le volviese a dar vida. Sin salir de la literatura, es notorio que la historia de la novela está repleta de finales discutibles. No puede ser de otra manera, porque el final de un relato es como la entrada a matar de un torero, puede arruinar una faena formidable. 

En la crónica del horror a los finales amargos cobra especial significación el caso del cine clásico americano. El célebre Código Hays, que vigiló la "corrección moral" de las películas durante tres décadas, obligaba indirectamente a los autores a encaminar la peripecia hacia el "happy ending". Tratándose de un medio de masas tan influyente, la derrota de "los buenos" podía esparcir el desaliento y la disolución de las costumbres. Hasta qué punto aquellas restricciones perjudicaron al cine de la época es debatible; lo que hay que entender es que se trataba de una imposición autoritaria surgida de unas instituciones que, con la Depresión y los totalitarismos, velaban por la unidad de una nación cuya supervivencia veían seriamente amenazada.

Lo de ahora, obviamente, es otra cosa. Se ha vuelto tan frecuente que teleficciones "maelstrom" desencadenen oleadas de quejas que lo difícil es encontrar una gran serie que haya dejado satisfechos a sus seguidores con el desenlace. Acuérdense del final de "Perdidos" -que a algunos en España comparan con el esperpéntico cierre de  "Los Serrano"-, del abrupto fundido en negro final de "Los Soprano" o de la muerte fingida del protagonista en "House". 

Ya saben que me gusta llevar la contraria. Para empezar, me pregunto por qué en vez de pasar el tiempo enfadándonos por finales que nos disgustan no nos dedicamos a elogiar pequeñas maravillas como el sublime cierre de "A dos metros bajo tierra" o el igualmente magistral último instante de "Mad Men"... lo digo por aquello del vaso medio lleno. Además, qué quieren, ni me pareció mal acabada "Los Soprano" ni era ya posible otro cierre para "Perdidos". En cuanto a "Juego de tronos"... pues ya ven, yo creo que han hecho lo que tocaba. 

En cualquier caso no es el final de Poniente lo que me trae aquí, es más bien el fenómeno sociológico tan fascinante que ha desencadenado en estos siete años y que alcanza ahora el paroxismo con las reacciones a la clausura de la serie.

Sabemos desde McLuhan que un medio es siempre algo más que un medio. Internet no hace más rápido o mejor lo que ya hacíamos, internet hace otra cosa. La repercusión que obtienen iniciativas tan ridículas como la de change.org no se entendería sin la Red... es más no sería siquiera posible sin ella. Y lo inquietante es el estado de ánimo que revela. 

¿Entendemos lo que significa democracia? Hay series que ya han tratado abiertamente de construir finales a la medida de los gustos de los telespectadores. Por aquello de la confusión entre la realidad y la ficción, que es lo que caracteriza a los esquizofrénicos, podríamos también exigir que nuestras historias de amor terminaran bien, que la oposición a Cátedras en la que participo se resolviera en mi favor o que mi abuelo hubiera superado la enfermedad que le llevó a la tumba. Ya puestos, y como me temo que el Valencia va a perder la final del sábado contra Leo Messi, podríamos exigir a la Federación que sólo contemplara un final posible, es decir, el que a mí me molaría. El pequeño problema es que mi felicidad supone a menudo la desdicha de otros, lo cual, además de poco cristiano, parece poco democrático. Además, si todo hubiera de salir tal y como queremos, la vida sería un infierno de aburrimiento y creo que no tardaríamos en suicidarnos. 

Podemos considerar que el final de "Juego de tronos" es equivocado, y de igual manera los acérrimos de la serie deberían aceptar que algunos la consideremos un producto sobrevalorado. Lo que no cabe es decirle a los guionistas del relato qué deben escribir, pues en ese caso lo que yo sugeriría a los firmantes de la petición es que se dedicarán al noble oficio de guionista televisivo. Además, no estoy nada seguro de que el cabreo sobrevenga porque sea un mal final, sino porque ese final destruye a algún favorito del público. Vamos, que lo se reclama es un happy ending. Pero, ya ven, y sin entrar en spoilers, es la coherencia del relato lo que deben proteger los autores, no las preferencias de los admiradores de tal o cual personaje. 


... ¿Por qué sigo con esta sensación de que el Valencia pierde el sábado la final de la Copa? Por favor, Arya Stark, acaba con Messi.   

Saturday, May 18, 2019

ASSANGE Y LA VERDAD

De aquello hará como un cuarto de siglo. Por inimaginable que ahora nos resulte, Internet aún no estaba entre nosotros. Un grupo de universitarios discutíamos sobre la apasionante incertidumbre de aquel tiempo, cuando, con la difusión masiva de la informática de consumo, se adivinaban transformaciones de alcance revolucionario. El más osado de entre nosotros, mientras sostenía una pipa de hachís y el fondo musical era Police, prometía una "Arcadia cibernética". Sostenía la posibilidad de que la ciudadanía aprovechara el nuevo potencial tecnológico para democratizar la difusión y el acceso a la información hasta niveles dignos de una eufórica utopía. Otro, más escéptico, le apuntaba que, pese a todo, vivimos entre relaciones de poder, y que corporaciones feudalizadas secuestrarían la información. Por más que la tecnología cibernética creara ciclópeas autopistas comunicativas, decía, habría élites que controlarían el saber, y por tanto la riqueza, en una sociedad del conocimiento como es la tardoindustrial. 

El caso de Daniel Assange me recuerda aquella controversia de mi juventud. Les confieso una inquietud: ¿por qué no ha desatado mi indignación? Si yo fuera un adulto insider y con sentido de la responsabilidad, me limitaría a afirmar que Assange en un hacker peligroso y que los Estados hacen bien en poner a salvo sus secretos de semejante incontrolado, entre otras cosas porque la vulnerabilidad de ciertas informaciones afecta a la seguridad de todos. Queda uno mejor si adopta la postura crítica de tipos como Zizek, quien presenta la persecución al creador de wikileaks como un ejemplo del despotismo liberticida de los amos del mundo. El Caso Assange sería, para quienes así piensan, una versión actual, y por tanto adaptada a la Galaxia Internet, de otros como el Watergate o los Papeles del Pentágono, en los cuales colisionaron directamente el establishment político y la prensa libre, convertida entonces en genuina defensora de los valores democráticos. 

Toca entonar el mea culpa y reconocer con Zizek que nuestro silencio en torno a lo ocurrido en la embajada donde se refugió durante años Daniel Assange es bochornoso. 

¿Seguro? 

... A ver. Yo no tengo ninguna duda que el asunto de wikileaks y sus filtraciones, y todo lo ocurrido posteriormente con su creador pone en cuestión la calidad democrática de los gestores de las grandes naciones, empezando por los norteamericanos. Es cierto que las filtraciones han sacado a la luz documentos y conversaciones secretas que evidencian comportamientos indecorosos, corruptos e incluso criminales por parte de Estados con un enorme peso en el orden mundial. Habrá quien me recuerde las sombras de Assange, su condición de supuesto abusador sexual, la irresponsabilidad de muchas de sus revelaciones -que le definen antes como un hacker y un gamberro que como un defensor de las libertades-... Me recordarán también el papel que jugó en las elecciones norteamericanas, con las revelaciones de los mails que arruinaron la campaña a Hillary Clinton...

No estoy nada seguro que las revelaciones sean tan escandalosas, salvo que pensemos que los Estados y las megacorporaciones están siempre del lado de la legalidad, lo que nos delataría como deficientes mentales. Muchas de ellas podrían acabar con gobiernos y enviar a prisión a significados mandarines. En un primer nivel de análisis uno se ve tentado a converger con Zizek: la democracia está en peligro porque las élites nos manipulan, nos mienten y nos vigilan... Assange es nuestro héroe, el francotirador que, junto a otros partisanos y outsiders, nos está defendiendo mientras consentimos que lo saquen a rastras de la embajada para encarcelarlo, silenciarlo y, si lo permitimos, asesinarlo. 

¿Por qué no termino de creerme lo que digo? O mejor, ¿no será que el de la información y la transparencia es el último gran mito? Yo no estoy nada seguro de que acceder a ciertos secretos, como pretenden quienes han convertido a Assange en héroe de la contestación global, sea lo que necesitamos para derrocar a los malos. No estimula demasiado mi confianza que Putin y en algún momento Trump -no ahora, obviamente- hayan expresado sus simpatías por el personaje. 

¿Recuerdan "La carta robada", aquel inolvidable relato de Poe? Un espía ha robado una carta a un ministro. La policía localiza la casa donde vive el espía y se le ordena que encuentre la carta, de lo cual depende la seguridad del Estado. Tras una investigación sofisticada y minuciosa hasta el delirio la carta no aparece, a pesar de que todo indica que se halla en la casa. El detective Dupin termina encontrándola. Simplemente no estaba escondida, era un papel con pinta de insignificante que se hallaba a la vista de todos... Nadie en la procelosa investigación había reparado en él, nadie pensó que tan avezado espía lo hubiera puesto tan fácil... pero ese fue su acierto. 

¿Ven dónde voy a parar? ¿De verdad necesitamos a Assange? A mí todo este asunto me suena muy a Ferreras y Pastor, muy a Club Bildenberg, muy a reality show... La información convertida en espectáculo de sí misma, los media más agresivos convenciéndonos, mientras tomamos el café en el sofá, de que gracias a ellos lo vamos a saber todo, especialmente aquello que nos quieren ocultar. Hollywood va a hacer pelis superdivertidas con este asunto, no me cabe duda... Y acuérdense de darle un papel a Tom Hanks y otro a Meryl Streep.

Nos gusta pensar que nos mienten, y sin duda lo hacen. Pero, verán, yo he visto en un diario tan stablishment como El País informes sobre cosas que suceden en África que resultan estremecedores. No hace falta wikileaks para saber que en regiones ricas en coltán y otros materiales estratégicos las naciones más poderosas fomentan guerras terribles, sin olvidar de las armas que les vendemos, por ejemplo, desde empresas españolas. Yo no necesito a Assange para saber que la precarización laboral está recuperando condiciones laborales propias del siglo XIX, que los gobiernos impiden a las ONG luchar para que no se ahoguen miles de inmigrantes en el Mediterráneo, que no hemos cumplido lo pactado sobre los refugiados de Siria, que Guantánamo es el sumidero por el que se desliza la legitimidad de la democracia, que el caso palestino o el saharahui nos desacreditan a todos o que el asunto climático va totalmente en serio. 


Dijo Cristo que "la verdad os hará libres". Se equivocaba. En una sociedad ultraindividualizada como la nuestra, la verdadera dictadura no es la de los secretos, sino la de la indiferencia, y su consecuencia es la impotencia política ciudadana. Ya había suficiente verdad antes de Assange. No es él quien va a venir a salvarnos.   

Thursday, May 09, 2019

TOMÁNDONOS A ZIZEK EN SERIO (II)

.Y ahora sí me pongo serio, entre otras cosas porque gracia, lo que se dice gracia, el asunto tiene poca. Sin ambages, Zizek califica al ISIS como "islamofascista" y califica sus actos como monstruosos. Pero el análisis debe ser profundo y mostrar capacidad de sospecha: las grandes potencias mundiales fingen combatir al ISIS cuando en realidad forma parte de una partida de ajedrez de dimensiones geoestratégicas. En otras palabras, se usa al ISIS para dañar al rival. 
..

Otra cuestión que debemos plantearnos es la de nuestra supuesta exposición al terrorismo. Esporádicamente la población occidental es atacada y ello genera pánico, pero olvidamos que en otros muchos lugares el terror y toda suerte de abusos forman parte de la vida cotidiana, a veces por cierto con complicidad occidental. 

No hallamos en este análisis elogio oculto alguno a los fanáticos. Para empezar Zizek nos previene contra el miedo a la acusación de "islamofobia" que sobreviene, sobretodo en la izquierda, cuando se pronuncian condenas morales inequívocas. En el islamofascismo, dice, no hay sino impotencia y resentimiento que se transforman en furia destructiva. En esa línea, y hablando de la izquierda, es aconsejable también mantener cierta cautela respecto a la presunción de que la inmigración podría convertirse en algo así como el nuevo proletariado o clase revolucionaria, pues quienes tal cosa afirman entusiastas parecen no considerar que nadie asume la ideología hegemónica de la globalización capitalista y consumista tan fervientemente como quienes sueñan con vivir en Alemania o EEUU. 

Este razonamiento nos lleva a la disyunción ideológica en medio de la cual nos hallamos nosotros: la izquierda grita que es inmoral dejar morir a los inmigrantes en el Mediterráneo, la derecha demanda que acoracemos nuestro modo de vida y que en el sur se las apañen solos. 

No sabemos si es mejor pensar que las dos posturas son desechables o que ambas tienen una parte de razón. Zizek propone salir del bucle asumiendo que el verdadero mal está en la lógica que ha impuesto el capitalismo globalizado y que ha destruido mucha más riqueza y ha generado infinitamente más desperfectos que la inmigración. Podemos creer que el incremento de la pobreza o la proliferación de nuevas formas de esclavitud son accidentales o transitorias, pero para Zizek son estructurales, el capitalismo las genera necesariamente. Las élites necesitan libertad para mover el capital financiero sin barreras y "libertad" de movimientos para las masas de mano de obra que usarán. Ahí se acaban las libertades y los derechos; lo demás que piden, curiosamente, es un Estado policial y autoritario. En el momento en que grandes multitudes interiorizan  ese discurso tenemos a Trump...

La pregunta surge de inmediato: ¿hay alternativa al capitalismo?  La afirmación de que "hay que reiventar el comunismo" es clave para atisbar los derroteros por los que nos conduce la obra de Zizek. Se trata, y el título del ensayo lo dice todo, de sostener la primacía del más determinante de los conceptos marxianos, la lucha de clases, que exige ser redefinido en un tiempo tan complejo como el nuestro, donde se cruzan antagonismos de tantos tipos, que pretender que todos terminen yendo a parar a la misma clave interpretativa que en la revolución industrial hizo valer Karl Marx resulta cuanto menos arriesgado. 

Llegados a ese punto, todos hacemos la misma pregunta al esloveno: ¿nos sentamos a esperar que la dialéctica de las clases madure en el tiempo para producir una resultante revolucionaria de características impredecibles? Zizek contesta que necesitamos un proyecto universal y que nuestra obligación es luchar por él. Debemos entender que las luchas parciales, desde la ecológica hasta el feminismo, pasando por wikileaks, los palestinos o Charlie Hebdo, forman parte de la misma batalla. 

¿Es esto el "comunismo" hoy en día? Una de las ideas más interesantes y habitualmente oídas de Zizek es la de que "comunista" no significa cargar con cierto mecanicismo histórico que haría desembocar la lucha de clases en el socialismo, sino entender que nuestro verdadero gran problema es qué hacemos respecto a lo que es "común" entre nosotros en un tiempo donde la tendencia es privatizarlo absolutamente todo. De ese proceso al que algunos llaman neoliberalismo se deriva la progresiva proletarización de la inmensa mayoría de nosotros. Por suerte o por desgracia ya no hay un final de la historia paradisiaco o acaso infernal, no olvidemos al camarada Stalin- esperándonos al final de la batalla. Sólo sabemos que desde la solidaridad con los excluidos y sin más sostén que nuestra propia voluntad tenemos alguna posibilidad de evitar la catástrofe hacia el que la deriva brutal del capitalismo nos lleva en estas primeras décadas del siglo XXI. 

... Quizá en esto consista la nueva utopía: creer que nada está escrito y que todo depende de si estamos dispuestos de verdad a transformar un mundo que amenaza con hacérsenos pedazos.   

TOMÁNDONOS A ZIZEK EN SERIO

Les hablo de Slavoj Zizek porque, puesto a hablar de un filósofo actual, si les hablara de Jurgen Habermas no entenderían nada, y si les hablara de Michel Onfray sería para decirles que me parece un listillo, y si les hablara de Beachot... ay... Beuchot -Mauricio Hardie de bautismo-, me gustaría tanto presentarles un análisis completo sobre su extensa e influyente obra, pero la verdad es que no tengo ni idea de quién cojones es. Sólo sé, por si les sirve para sentirse disuadidos, que en cierta web lo presentan como el primero de los grandes filósofos actuales y que "propone la hermenéutica analógica como una estructura intermedia entre la univocidad y la equivocidad"... Luego dicen que los filósofos no tenemos nada útil que aportar a la sociedad. 

¿Y Zizek? Bueno, hay que reconocer que es divertido, aunque el ensayo de tinte lacaniano que le hizo célebre -"El sublime objeto de la ideología"- es más bien abstruso. Sus entrevistas, sus conferencias -encontrarán sin dificultad algunas subtituladas en youtube- y otros muchos de sus escritos, por ejemplo "Bienvenidos a tiempos interesantes", alcanzan una simpática brillantez. Como todo aquel que tiene éxito, Zizek cuenta con numerosos "haters"... He llegado a encontrar una página en la Red donde se suplica a los editores que no publiquen más libros del pájaro. Si la cuestión es que el mundo académico te tome en serio, no es buena política hablar de Batman en la misma página donde has explicado a Hegel. Tampoco lo es que se te haya llegado a considerar el "filósofo de los hipsters", una fórmula que hizo fortuna hace unos años y que aún no he logrado explicarme. Ahora bien, si se trata de que te ocurra lo que no nos ocurre nunca a los filósofos, es decir, que la gente nos haga algo de caso, entonces el esloveno es un crack. Además, reconozcámoslo, el tío, además de poseer un bagaje intelectual arrollador, es listo como un zorro y cordial en las distancias cortas. Para colmo, parecer un energúmeno feo y lleno de tics, por lo anómalo que resulta en el gremio, termina de alejarle de la indiferencia. 

A mí me gusta, me lo paso bien con él, otra cosa es que me convenza. En este sentido comparto las críticas formuladas en "La razón populista" por Ernesto Laclau, quien le acusa -con una ironía muy zizekiana- de que tras leerle uno habría de quedarse "esperando a los extraterrestres". La idea es que Zizek está peligrosamente obsesionado por preservar el viejo concepto marxiano de la lucha de clases como el trasfondo de todos los conflictos que agitan nuestro tiempo. Cuando el propio Zizek admite que el marco productivo tardoindustrial es laberíntico, frente a la sencillez de la dialéctica burgués-proletario que conocieron Marx y Engels en el ochocientos, el resultado es una absoluta incapacidad para definir al actual sujeto revolucionario. Entre Lacan y Hegel, dos autores para Laclau incompatibles, la retórica de Zizek deambula entre el chiste y una impostada radicalidad que lleva a un callejón sin salida... Se diría, después de leer a Zizek, que no hay nada que podamos hacer, que la voluntad de transformar el mundo es completamente estéril y que quienes se manifiestan contra el machismo, el deterioro ecológico o cualquier otro foco parcial de conflicto no hacen sino reforzar las pautas ocultas de un sistema capitalista en el que, en el fondo, nos sentimos menos a disgusto de lo que queremos pensar. 

Duro ataque el de Laclau, ¿verdad? Y, sin embargo, hay momentos en que me sigue interesando leer a Zizek. Me ha pasado con el breve ensayo titulado "La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror", publicado en español hace un par de años por Anagrama. Voy siempre algo prevenido con Zizek, pero suelo volver a él a menudo. Y en este caso, al menos, ha conseguido que me lo tome en serio. 

El escrito es en realidad un "a propósito" de los atentados del Bataclán, en París, donde murieron ochenta y nueve personas, a los que se unieron otras víctimas en distintos ataques del Isis por la capital francesa en la misma noche.     

Wednesday, May 01, 2019

POR QUÉ LE CREEMOS

Digo "creemos", presuponiendo un nosotros del que participo, sin que ello suponga necesariamente que yo le haya votado. Voto sin entusiasmo porque, más por cautela que por anarquismo, he aprendido a no esperar gran cosa de la política. También porque, al contrario que algunos de mis allegados, jamás me he vinculado ni de hecho ni emocionalmente a ningún partido. Voto aquello que creo que es más conveniente para mí y para la mayoría, y si gobiernan aquellos a los que he apoyado me preparo para que me decepcionen unas cuantas veces por semana sin que ello me empozoñe el alma ni me convierta en cínico. Sé que la misión del gobernante es, al menos en parte, tomar decisiones impopulares, y que sólo quien se atreve a tomar el timón del barco en que todos vamos carga sobre sus espaldas con la responsabilidad del error. 

Mi razonamiento es muy sencillo: si en las listas electorales hay hombres buenos, debemos ayudarles; si son bandidos o miserables, como tantas veces hemos visto, no debemos dejar en sus manos la posibilidad de decidir lo que va a ser de nosotros. 

¿Es el que ha ganado las elecciones el hombre que necesitamos? Es poco probable. No soy ingenuo, el poder está hoy muy lejos de los órganos de representación, lo cual explica en términos muy sencillos la crisis de legitimidad democrática que define actualmente la situación de gran parte del planeta. "Sí se puede" es una bonita consigna, pero pretender que dependen del gobierno -y más del de una nación no central como la nuestra- factores como la precariedad, el paro, la presión migratoria o la especulación financiera, viene muy si lo que queremos es buscar culpables y vivir permanentemente enfadados, pero no estaremos entendiendo nada. 


Aún así hemos creído en él. Pedro tiene un relato, y eso hoy en día es tener mucho. Le hemos creído porque -ríanse si quieren- es un superhéroe... en el sentido más marveliano de la palabra. Como Batman, es un aristócrata que descendió a los infiernos porque los malos, empezando por los envejecidos mandarines de su partido, decidieron hacerle desaparecer. Cuando regresó de entre los muertos ya era tarde. Ante la general sorpresa, resultó imparable. ¿Talento? ¿Carisma? ¿Fortuna? No entendemos nada, no es el propio Pedro quien se ha vestido de murciélago, es la gente, empezando por las bases del mismo PSOE la que le ha llevado al trono. 

Cebrián, González, Guerra, Díaz, Zapatero... Si hay algo más dañino que los proyectiles del otro bando es el "fuego amigo". Hagan memoria: las bochornosas portadas de El País, las declaraciones de un Felipe cada vez más desenmascarado, las manos que se frotaban en el IBEX a la espera de ver caer de maduro al caballero del "no es no, señor Rajoy"... El PSOE se hacía pedazos, condenado a la irrelevancia, y sus viejos próceres asistían a la quema mientras salvaban sus culos. Sánchez saltó por encima de toda esa mugre porque la gente quiso que lo hiciera. 

Y ese relato no envejece, Vox le ha hecho esta vez el trabajo. Más allá de lo que Sánchez representa, creo entender que emergen -muy poco a poco, a duras penas- ciertas tendencias esperanzadoras entre la ciudadanía, al menos en el sur de Europa... Son corrientes que se solapan o directamente colisionan contra otras que provienen de lo más oscuro y mezquino del alma y que solamente son capaces de enrabietarse ante la evidencia de que el mundo está cambiando y que ya nada va a ser como fue en aspectos tan básicos para nuestras tramas vitales como las relaciones entre los sexos o las identidades nacionales. ¿Izquierda y derecha? Quizá sea así como se expresa cuando hay urnas, pero yo prefiero pensar en términos de la vieja disyunción excluyente: ilustración o barbarie. 


Me gusta pensar, y me asalta más la convicción desde el 15M, que la mayoría de la gente es cada vez más sabia, está más informada, viaja más y confía menos en los salvapatrias. Claro que acaso me ciega el optimismo que me produce ver que a los malos no les ha salido bien esta vez. Dijo el independentista Tardà, después de unas elecciones generales: "Ya lo veis, España no tiene remedio". 

A lo mejor sí lo tiene. Veremos. 


Friday, April 26, 2019

EL CALIFATO

1. "Venecia es una mierda, Mallorca es una mierda... Todo el mundo es ya hoy una mierda." Recuerdo haber escuchado este comentario a un allegado que afirmaba estar convencido que la plaga del turismo masivo había destruido la mística del viaje como experiencia singular, como empresa de descubrimiento, como reconocimiento de la diversidad y el extrañamiento. La falsedad empieza ya en la ultravelocidad de los nuevos trenes, que sustituyen el antiguo misterio del desplazamiento por el vértigo de los espacios procesados por la vibración del microondas. Aquel hombre había decidido dejar de viajar, aunque no recuerdo que antes de convencerse de la iniquidad del turismo hubiera salido a menudo de su casa.

Es verdad que el tráfago infernal de las multitudes, movilizadas por un low cost insostenible, lo arrasa todo, convirtiendo la vida de las ciudades en mercancía. Con ello se descubre la paradoja sobre la que se asienta el turismo: persigue una "verdad" -la de las comunidades auténticas, su historia, su particularidad y sus obras- que él mismo se encarga de destruir, convirtiéndolas en espectáculo, es decir, en simulacro. ¿Dejamos de viajar entonces?
Podemos soñar con una edad de oro del viaje, cuando podías esperar no ser acompañado por legiones hipnotizadas con los mismos fetiches con los que tú te extasiabas... Pero temo que eso nunca existió. No hay otro remedio que aceptar que la democratización del viaje, eso que hace que ya no haya que ser un rico o un paria para desplazarse, arrastra esa miseria. 

Insisto: ¿renunciamos al viaje? Llegado a la mezquita, contemplando una belleza que -aún en medio del hormiguero de visitantes- continúa arrancándome lágrimas, sólo se me ocurre recordar aquella frase de Baudrillard: "la imagen es hermosa, pero no hay que decirlo". 

2. Ya no se vive en las grandes ciudades. Esta es una certidumbre a la que, felizmente, aún escapan las pequeñas ciudades provincianas. Una mujer entra con un carrito de la compra en un bar junto al Ayuntamiento de Córdoba. Algunos varones de cierta edad intercambian impresiones sobre la barra ante el café del desayuno. Los cordobeses todavía "reciben" el turismo, aún piensan en lo que pueden obtener del turismo. En la capital donde vivo el turismo ya es más bien un efecto de la globalización, al cual los lugareños asistimos impávidos, impotentes... Sin autoridad moral para exigir la recuperación de la vida en los barrios ni la habitabilidad de los espacios ciudadanos, nos recluimos en la escafandra de la tablet, tan víctimas de la desespacialización de la vida comunitaria como quienes, sin saber muy bien por qué, acuden en masa a visitarnos. 

3. Que sea la ultraderecha quien recupera la farsa de la Reconquista y la pureza de sangre da idea de lo que hoy supone seguir aferrándose a lo ibérico como esencia de la Cruzada y guardiana espiritual de Occidente. La esencia patria habría sufrido una interrupción, el "yugo musulmán", de la que habría que desembarazarse para recuperar la identidad eterna vendida a los adoradores de Mahoma por el traidor Don Julián. Los Reyes Católicos cumplieron esa misión, sin olvidarse de completar la tarea expulsando a los judíos. Cuando alguien tiene la ocurrencia de escarbar en el lado semítico de la raíz de las Españas, aparece entonces de inmediato el historiógrafo que nos advierte que tan mítico es el paisaje de la Reconquista como el de un islam andalusí tolerante, avanzado y pacífico. No conozco a ningún intelectual serio que imagine la España islamizada como un paraíso. Lo que sí continúa por no asumirse con todas las consecuencias es la singularidad de lo español entre los pueblos de Occidente. Es esa ambigüedad, torpemente disfrazada, la magia que ha atraído durante siglos a viajeros europeos hasta los rincones pre-africanos de Europa. 

No creo poder nombrar una ciudad española más hermosa que Córdoba. Deberíamos enorgullecernos de la grandeza del Califato en vez de seguir peleando con fanáticos.    

Thursday, April 18, 2019

LA DÉCADA IMBÉCIL

Ustedes no se lo esperan porque no me estiman en lo que valgo y, además, secretamente desean que me vaya mal, pero estoy a punto de convertirme en una celebridad... sí, de esas que luego entrevistan en Telecinco. Si por mí fuera, me placen más las glorias futbolísticas, pero dado que Luis Enrique prefiere a Sergio Ramos -debe ser por los tatuajes- voy a probar en la Sociología. El plan es sencillo: acuño un concepto de mucha enjundia para definir la condición contemporánea -por ejemplo "postmodernidad", "sociedad tardoindustrial" o "tiempos líquidos"-, los tertulianos te citan... y, hala, a vivir. Yo ya tengo el mío. Sirve para calificar el decenio que se arrima a su conclusión: "la Década Imbécil". ¿Qué? ¿A que mola? Había pensado en "Década Gilipollas", pero lo deseché cuando mi agente me sugirió que no funcionaría en el mercado anglosajón. 

Los Diez prometían mucho en sus inicios, al contrario que los Cero, que empezaron amenazando con aviones que se estampaban contra nuestros morros, de manera que al final, entre los fanáticos y la crisis, casi agradecimos que el decenio no nos exterminara. Los primeros compases de nuestra década registraron un renacimiento de impulsos democráticos tal que uno llegaba a creerse aquella consigna genial de Juanjo Millàs: "Esto sólo lo arreglamos entre todos". Tengo dudas respecto a la contundencia con la cual se dan por sofocadas y fracasadas insurgencias como el 15M, Occupy Wall Street o la Primavera Árabe, por referirme sólo a los que obtuvieron presencia resonante en los media. No obstante, por lo que ha ido viniendo después, es evidente que los derroteros que tomó la década han ido hundiéndonos más y más en los abismos, esos en cuyas profundidades más cenagosas nos topamos con la pestilencia de Trump, Bolsonaro, el Brexit o Vox. 


Joaquín Estefanía insiste en que el recrudecimiento del autoritarismo siempre es la consecuencia de una revolución fracasada. Y, sin embargo, uno arrastra todavía el ilusorio prejuicio de que el mundo tiende a mejorar, que la sucesión de generaciones crea memoria y sabiduría y que, de alguna forma, el conocimiento tiende a acumularse. Seguramente es un simple relato, tan de ficción como cualquier otro, pero se me ocurre que la revolución iberoamericana merecía antes algo como el Subcomandante Marcos, Sandino o Lula que no como Maduro o Bolsonaro... O que después de Obama los yanquis no se buscarían un zote aún mas tóxico e impresentable que Bush jr... O que los británicos entenderían que aquello del Imperio ya queda algo lejos y que desgarrar Europa es precisamente lo que nuestros hostiles más desean,,,

Pero, verán, no es del neoautoritarismo global de lo que venía a hablarles. Bien pensado, si vivimos en la Década Imbécil no es sólo por nuestras decisiones políticas. 


En los últimos días, y por cuestiones familiares, he vuelto a pasar largas horas en uno de nuestros hospitales públicos. El paciente al que he acompañado, mi padre, para más señas, es octogenario y, como tantos ancianos, ingiere cerca de diez pastillas diarias por distintos conceptos. De no ser por todas y cada una de ellas probablemente estaría muerto. Lleva ya una cantidad considerable de intervenciones quirúrgicas por distintas patologías y su cuerpo contiene numerosas y alargadas cicatrices. Su calidad de vida no es la más deseable, pero no será tan mala cuando el caballero en cuestión parece muy convencido de querer prolongarla, incluso aunque ello le suponga duros y penosos pasos por el taller... y no precisamente para pequeños arreglos de chapa y pintura. 

Miren, estoy harto. Cada vez que diserto sobre lo que la medicina -y en general la ciencia moderna- ha hecho por mejorar la vida de la gente, resuenan las voces de la superstición con una contundencia que me hace imaginar la desfachatez con la cual el líder de una secta te invita a tirarte por un acantilado para que tu alma vuele en paz y escapes a las cadenas del materialismo. Soy el primero en proyectar sospechas sobre las maniobras de las corporaciones farmacéuticas, soy el primero que cree necesario cuestionar y vigilar la praxis clínica y exigir diagnósticos y tratamientos responsables, soy el primero que sabe que, a veces, las enfermedades surgen del hospital mismo o del exceso medicamentoso... y todo ello por no hablar del apresuramiento salvaje con que se dirimen las consultas, de lo cual por cierto los médicos se quejan a menudo. 


Hace trescientos años un hatajo de doctrinarios obtusos mortificaron largamente a Galileo para que abandonara sus investigaciones y se dedicara, como todo buen siervo de Dios, a rezar para que lloviera y para que las pústulas de los enfermos desaparecieran solas. Ha costado mucho obtener sociedades habitables, instituciones capaces de proveer las necesidades básicas de la gente y no dejarles a la intemperie al primer contratiempo -como pasó durante milenios-, pero ha merecido la pena porque resulta que hoy los niños no se mueren antes de cumplir los dos meses. Los Trump de turno sonríen cuando cuatro descerebrados afirman que hay que acabar con las vacunas, que las estatinas con las que se baja el colesterol nos van a matar más que el colesterol mismo, que los antidepresivos son un invento para volvernos drogadictos, o que si a uno le implanta las manos algún hechicero no le va a hacer falta la quimioterapia... sonríen porque tales majaderías les proporcionan la excusa que buscan para dejar a la gente indefensa y cargarse, para empezar, los seguros sociales.


No si ven dónde quiero ir a parar y por qué hablo de la "década imbécil". Todo este rollo tan feng-shui y tan gilipollicas no solo enriquece a los desaprensivos que te lo venden con la misma desfachatez con la que los buhoneros del far west vendían crecepelos. Lo peor es que despolitiza, lo peor es que distrae a la ciudadanía respecto de la vigilancia y el cuidado de aquellos bienes institucionalizados que le permiten vivir dignamente... que le permiten, incluso, pasar mucho tiempo pensando en capulladas. Por cierto, ¿nos hemos dado cuenta ya todos del timo de que la homeopatía es una puta estafa? 

Felices procesiones. 

Wednesday, April 10, 2019

HOTELES SIN NIÑOS

Uno sabe que cualquier opinión que emita va a encontrar discrepantes, pero parece razonable esperar que, si es sensata y está medianamente bien argumentada, las afinidades superen al rechazo. En la cuestión que les planteo suelo sentirme sólo, me cuesta barbaridades toparme con apoyos... Creo que en la mayoría de casos -seguramente porque no me explico bien- ni siquiera se entiende mi posicionamiento. Veamos. 


En los últimos años, a rebufo de otros países con tradición hostelera, han empezado a aparecer entre nosotros "hoteles para adultos". Es obvio lo que esto implica: en estos establecimientos no se admiten niños. Como legalmente todavía no es posible discriminar a seres humanos por razón de edad, los hoteles interesados, además de colgar el cartel "adults only", recurren a maniobras publicitarias y a otros subterfugios bastante tramposos para evitar que familias con niños puedan contratar sus servicios. De esta forma, salvo que a uno le dé por hacerlo a posta para fastidiar, sólo los despistados irán al hotel en cuestión con sus niños, no tardando más que unas horas en abandonarlo cuando se den cuenta de que no es el sitio adecuado y de que no son bienvenidos. 

Insisto, no encuentro amigos que comprendan mi malestar ante estas prácticas. Es más, cuando explico que convertir este tipo de maniobras en legalidad instituida -como pretenden los hosteleros- abre puertas peligrosísimas, el vacío a mi alrededor se hace abismal. Y entonces llegan los comentarios habituales: "Es que a mí no me gusta estar tranquilamente en un restaurante y que unos niños horribles griten y corran por todas partes mientras los padres -que son los culpables- pasen de todo". 


La fobia se extiende a muchos otros espacios. Hay quien cree tener derecho a playas sin niños, piscinas sin niños e incluso bloques de viviendas sin niños. A menudo los infantes generan molestias... Yo, por ejemplo, no soy fanático de los menores, especialmente de los menores insoportables, muchos de los cuales tienen padres a los que convendría ver algunos episodios de Supernanny. El problema es que, frente a quienes convierten a los niños en fuente de todas sus desdichas, yo a lo largo de mi vida me he sentido muchas más veces molestado por adultos. Podría hablarles de los ciclistas y patinistas que me intentan echar de las aceras, de los dueños de perros que llenan de mierda las aceras por las que transito, de los botellones y los disturbios que crean los noctámbulos, de la tiranía de ruido y barbarie de los falleros de la ciudad en que vivo, del salvajismo de los automovilistas... Igualmente, y si creyera en eso del "derecho a todo", podría vetar la entrada de subsaharianos en los autobuses, pues hablan demasiado alto por el móvil, de gitanos en mi bloque, pues son ruidosos, de musulmanes, que se ponen muy irritables durante el Ramadán porque no comen en muchas horas, o de parejas jóvenes porque hacen mucho ruido cuando copulan. 


No se puede vetar la entrada de niños en un hotel o en un restaurante porque la ley máxima española, que se basa en la Declaración de Derechos Humanos, no tolera la segregación de seres humanos por razones de religión, raza, ideología o, por supuesto, de edad. "Libertad de elegir", dirán algunos. "Yo puedo optar por hoteles sin niños y usted por otros en los que sí se les admita". No sé si vemos el riesgo de aceptar esta argumentación, que por cierto me recuerda al típico planteamiento liberal, según el cual la mercadotecnia convierte en pura formalidad el derecho, pues siempre hay quien resulta discriminado cuando la ley del beneficio económico es la única medida. En España no ha sido difícil entender, por ejemplo con la ley del tabaco, que si se deja al albur de cada establecimiento si se fuma o no, la expectativa del espacio público sin humos quedaría reducida a la excepción, pues la inmensa mayoría de empresarios habrían mantenido la situación tal y como estaba, de manera que la ley no habría servido en la práctica más que para mantener la tiranía de los fumadores. Si se pudiera prohibir tranquilamente el acceso a niños a los hoteles quienes tenemos niños encontraríamos muchos problemas para encontrar establecimientos donde alojarnos. Es lo que ya ocurre con quienes tienen perros, pero es que los perros no son seres humanos. 


Que yo sepa en los hoteles hay reglas de convivencia que, sin contravenir derechos esenciales, permiten a la dirección expulsar a aquellos clientes que las incumplen. Me he alojado con mi vástago en hoteles, jamás hemos molestado a nadie. Los niños son niños, educarlos y vigilar su conducta requiere grandes esfuerzos. Nos gusta pensar que los niños de hoy en día lo tienen todo porque les colmamos de regalos y les compramos ropa cara. Yo les podría hablar de los casos de pobreza, exclusión social, abusos, malos tratos o abandono que he conocido... Pero, claro, yo trabajo en una escuela pública, que es donde suele concentrarse la gente con problemas. Se me ocurre pensar en si estamos construyendo un mundo adecuado para todos esos niños a los que nos gusta considerar unos consentidos y unos caprichosos. Es esa generación que pronto sabrá que tendrá trabajos precarios, que sus estudios les servirán para bien poco o que vivirán en un entorno ecológico y climático que sus mayores habremos destruido previamente, lo cual no nos abochornara cuando, ya ancianos, les exijamos que paguen nuestras pensiones y nos cuiden. 


No lo tendrán fácil, porque -mientras exigimos que se les expulse de los hoteles sólo por ser niños, aunque no hayan molestado a nadie- resulta que vivimos en una pirámide demográfica absolutamente insostenible. No puede haber, amigos, un gran problema con los niños porque simplemente no hay niños. Tenerlos hoy en día en una sociedad como la nuestra es una imprudencia temeraria por muchas razones. No ayuda mucho la insolidaridad de muchos de nuestros conciudadanos, los cuales, han olvidado lo que decían los antiguos sabios: "Educa toda la tribu". Soy padre, no pienso ignorar mis obligaciones, pero si no me ayudan un poquito lo pagaremos todos en el futuro... lo pagaremos muy caro.

Saturday, April 06, 2019

ALMODOVAR

Regreso al cine de Pedro Almodovar porque los dos nos hemos hecho mayores. Huí de él hace ya años, cuando empezó a parecerme demasiado in sider, cuando entendí que la necesidad de sostener su matrimonio con el éxito y la celebridad había abotargado su talento. Por casualidad asistí, con evidente desconfianza a su penúltimo film, "Julieta", y percibí que algo había cambiado: no me entusiasmaba, seguramente nunca lo había hecho, pero había vuelto a interesarme. 

En la mejor novela de Javier Cercas, "La velocidad de la luz", un personaje que identificamos con el propio novelista contesta, cuando le preguntan en EEUU por el español más afamado, que su cine le parece "una mariconada". El controvertido crítico Carlos Boyero ha hecho siempre gala de una especial animadversión por las películas de Almodóvar, que en el mejor de los casos le parecen soporíferas y en el peor irritantes y odiosas. Estas posturas se me antojan facilonas. Uno puede opinar lo que le apetezca, pero el cine de Almodóvar no es relevante sólo por la sobrevaloración que le otorgan las multitudes adocenadas, como cree Boyero, ni es un pastiche estridente por el que se agitan personajes ridículamente hiperbólicos en medio de tramas estrambóticas y saineteras, como parece creer Cercas. No soy fanático de Almodovar, pero creo que es más útil preguntarnos que es capaz de decir sobre nosotros este cronista dotado de unas prodigiosas antenas de detección.

Mi padre me dijo una vez que la vida no debe tomarse demasiado en broma ni demasiado en serio. La gracia de Pedro es que ha sabido fluctuar entre uno y otro extremo sin detenerse jamás en el término medio. Antes muerto que sencillo, todo es chillón y excesivo en sus argumentos y en sus personajes. Puede agotar, desde luego, pero eso ocurre porque detesta la planicie, lo gris, lo único que no es capaz de traducir a su lenguaje es la frialdad. Por eso su verdadero gran tema es el amor, o mejor, los desperfectos que el amor causa. Ahora, cerca de la ancianidad, Pedro ya sabe que el tiempo es la única verdad, un tiempo que nos devasta. "Dolor y gloria", su último film, no deja lugar a dudas al respecto: todos envejecemos obscenamente, sin delicadeza, a trancas y barrancas. 

Buscamos a menudo los defectos de su cine donde no los hay. No me creo la etiqueta del "profeta de la posmodernidad", entendida ésta como la banalización de todas las causas trascendentes, la celebración acrítica e irresponsable del agotamiento de la política y el compromiso. Quizá haya algo de eso en su filmografía, pero me temo que lo hay mucho más en la realidad, y la realidad, incluso para un aprendiz del surrealismo como Almodovar es irrenunciable. El mayor problema que sigue arrastrando su cine, desde mi punto de vista, es su bulimia. En cada uno de sus relatos, y en éste especialmente, hay un exceso de temas casi hemorrágico, incontinente... Se siente en la necesidad de tocar demasiados palos y eso desdibuja y debilita sus guiones. 

Insisto: ¿qué dice el cine de Pedro sobre nosotros? Se me ocurren varias cosas. Somos un país exterior, una península extrema de Europa. Procedemos de un éxodo rural gigantesco pero tardío, una revolución burguesa precaria y una democracia frágil y mal digerida. 

Sigo. Somos un país imprevisible. El 15M no se lo esperaba nadie. Al contrario que otras viejas naciones, nosotros no hemos tenido tiempo para cansarnos de la democracia ni para aburrirnos de la Unión Europea, a la que mirábamos desde siempre con ojos admirados y mendicantes. Y, sin embargo, tampoco hemos alcanzado la despersonalización con la que se nos amenazaba: nada es más hispánico que los personajes de Almodóvar. No se trata de toros y flamenco, Pedro, como Berlanga, como Buñuel, habla de aquellos que conoce desde niño, no hay trampa aquí. 

Hemos sido malos hijos, como su madre le dice a Salvador en un momento crucial de la película. Y tiene razón, somos un hatajo de maricones, nos hemos indisciplinado y hemos construido una sociedad en pleno desorden. Pedro nos perdona por ello porque se siente tan culpable como cualquiera de nosotros. Sufrimos con él el dolor de envejecer, pero no queda otra que seguir su consejo: supera tu bloqueo y resiste. 

He vuelto a Almodovar. Lo prefiero así, pues además me cae bien, siempre me cayó bien.