Thursday, January 14, 2021

EL BULL DOG



En un capítulo de la primera temporada de la exquisita The crown, se nos revela con todo detalle un episodio churchilliano del que yo había oído hablar vagamente. Corre el año cincuenta y cinco, y el premier británico, visiblemente deteriorado, alcanza la condición de octogenario. Las trampas que le va tendiendo la salud y la presunción de que sus procedimientos y su estilo han quedado definitivamente obsoletos le han convertido en un problema a ojos de los principales poderes de la nación, incluyendo a la joven Reina Isabel y a los próceres de su propio Partido, todos los cuales han crecido a la sombra del Bull Dog, como le apodaba Stalin. Incluso su esposa Clemnie advierte la evidencia que el viejo Winston se niega a reconocer: debe retirarse.

 

Un día aparece en su residencia un pintor muy bien considerado en los círculos artísticos, Graham Sutherland, a quien se le encarga un retrato del héroe precisamente como regalo por el ochenta cumpleaños. Churchill, gran aficionado a la pintura, desconfía desde el principio porque asocia al artista con un mundo que detesta como  el de la pintura de vanguardia o, como él dice, “modernista”. Pese a su célebre mal genio, surge en pocos  días una intensa amistad entre el autor y el retratado. Ésta se romperá violentamente poco después, cuando durante la solemne celebración en Westminster se hará al fin público el retrato. El Churchill que ha retratado Sutherland es un señor decrépito en el que, además de un mal humor sempiterno, apenas se advierten las ruinas del genio y la fortaleza de ánimo de un estadista glorioso pero exhausto.



Hondamente decepcionado con el pintor, al que acusa de haber traicionado su amistad, Churchill ordena a su jardinero quemar el retrato, del cual, desgraciadamente, ya solo quedarán para la historia un par de fotos mal tomadas... pero suficientes para intuir que Sutherland había pintado una obra maestra. Días después el canciller, persuadido al fin gracias al retrato de lo que tanto le habían repetido sus allegados, presentó su dimisión y dejó la residencia de Downing Street para su ahijado político, Anthony Eden. 


No insisto, la peripecia biográfica de Churchill se haría interminable y es rica en anécdotas en las que la realidad y la ficción tienden a confundirse, tal y como suele ocurrir con los personajes legendarios. Me limito al asunto que trata el episodio de The Crown porque nunca, hasta que la pasada noche pude verlo, había tenido tan claro quién fue Winston Churchill. 



Y sí, era un facha...un reaccionario de manual, además de un enfermo de ambición, un ególatra y un manipulador. La serie de actuaciones en su larguísimo historial como estadista que cuestionan la imagen de héroe que tienen de Churchill los británicos es extensísima. Tampoco estoy nada seguro de que la concesión del Nobel de Literatura o los numerosos reconocimientos internacionales como hombre de paz tengan poco de sarcasmo. 


Y sin embargo... y los puntos suspensivos abarcan un gran espacio. 


Lo diré de una vez: respeto a Winston Churchill porque era un estadista en todos los sentidos en que tal concepto puede pronunciarse, porque era lo que yo no soy, es decir, fuerte como un oso, y porque creo sinceramente que era un hombre honesto. 


Soy de izquierda porque no sé ser otra cosa, no estoy seguro de que sea una elección demasiado reflexiva, ni siquiera sé si tengo razón. Pero cuando pienso que los personajes que más han influido en el alma de los reaccionarios españoles en las últimas décadas han sido José María Aznar y Federico Jiménez de los Santos, entonces sé al menos con quién no quiero a estar y a quiénes no quiero parecerme. Y todos los que vienen detrás no parecen ser mucho más que los émulos de semejante cochambre. Pues bien, si hoy se insiste tanto en la mediocridad de los políticos que tenemos creo que es porque se piensa en tipos como Churchill... También en Adenauer, De Gaulle o Eisenhower, sí, pero sobre todo en Churchill.  



Su moral fue profundamente victoriana en un tiempo donde aquel universo moral empezaba a desplomarse, de manera que fue Churchill quien cargó con él sobre sus hombros. Le plantó cara a Hitler con una determinación que, reconozcámoslo, se inoculó a sus compatriotas y terminó siendo decisiva para derrotar al fascismo. Veía el socialismo como una inmensa amenaza y era consciente de lo que todo reaccionario sabe sin hacerlo consciente, que la democracia es la manera de que los plebeyos entiendan que lo mejor para ellos es que las élites les gobiernen.  


Era un cabrón, desde luego. Parece no obstante que siempre le persiguió la nube negra de la depresión, que amó por encima de todas las cosas a su esposa, aunque antes le pidió matrimonio a la actriz Ethel Barrymore, y que el sentimiento de culpa por la muerte de su hija Marigold, a los tres años de edad, lo devoraba por dentro. 


Parece ser que la niña murió de frío por falta de atención y que la sombra negra que persiguió a Winston hasta sus últimos momentos tiene que ver con este asunto. Aunque esto último, como tantas cosas de Churchill, puede que tenga mucho de invención. 

UN SIOUX EN EL CAPITOLIO


Me esfuerzo en entender, pero no estoy seguro de conseguirlo. Cuando vi "Game of cards", tuve a menudo la sensación de que las dotes de manipulador y la toxicidad de Frank Underwood no encontraban límites. El personaje encarnado por Kevin Spacey es un Macbeth contemporáneo que, con ayuda de su esposa Claire, logra apoderarse de la Casa Blanca a golpe de crímenes horrendos. ¿Qué nueva perfidia tramarás esta vez para satisfacer tu ambición, Francis? Y los guionistas encuentran siempre una respuesta aún más depravada de lo que el espectador podía imaginar. 


Sí, pero, verán, incluso en semejante hijo de perra creo encontrar una sombra de sentido institucional. "El juego del poder está hecho  para tipos sin entrañas como yo y no para medianías como tú", explica cuando se dirige a nosotros mirando a la cámara. Es un cerdo repugnante, sí, pero hay algo respetable, algún tipo de solemnidad, en su condición de malhechor. Su ambición le lleva a extremos delirantes, pero no convierte la escena política en un paisaje ubuesco. Odiamos a los Underwood, pero no dan pie a que nos riamos de ellos, tan solo podemos desear destruirlos... o unirnos a ellos. 



Las escenas que presenciamos ayer en Washington, ante el Capitolio, sancta sanctorum de la democracia más longeva del mundo, invitan antes que nada a la irrisión. Son sin duda preocupantes, quién lo duda, pero pero cuando vimos al histrión vestido de sioux encaramado a la mesa presidencial, o al otro botarate con los pies sobre la mesa del despacho de Nancy Pelosi... Qué quieren que les diga, a mí me parecía estar en un capítulo de Los Simpson. 


Tratándose, como es muy evidente, de una turba de frikis, podríamos pretender que su violencia no representa a nadie. Pero no es cierto. Los disturbios del miércoles en Washington son una criatura de la derecha norteamericana que viene desletigimando la democracia desde el surgimiento del Tea Party, y que ha encontrado en Donald Trump a su gran héroe. El todavía Presidente es responsable de esto y, pese a lo atónitos que nos ha dejado el acontecimiento, nos tenía avisados desde que, antes de los comicios, ya dijo que no aceptaría una derrota. 


EEUU vive una guerra cultural que quizá haya estado siempre, pero que desde hace algunos años se presenta particularmente áspera y enconada. Y lo es porque una de las dos partes, obviamente la reaccionaria,  ha optado por embarrar el terreno de juego. Se trata de entrada de impedir que gobiernen los Demócratas, lo cual no deja de ser llamativo teniendo en cuenta el talante moderado de Joe Biden.  Cabe preguntarse hasta donde habría llegado esta gente si el nuevo Presidente, en vez de Biden, hubiera sido Bernie Sanders, al que tildan de comunista y anti-sistema. 



Pero el problema es más profundo. Ya sabemos de lo que va la famosa guerra cultural: aborto, tolerancia sexual, emancipación de la mujer, inmigración, mestizaje, cambio climático, sanidad universal... Donald Trump ha sido muy listo para aprovechar la oportunidad de presentarse como líder de un amplio sector de ciudadanos norteamericanos -no solo, pero mayoritariamente, blancos y varones-,  que culpan de sus problemas a ciertos procesos de modernización de la sociedad que plantan sus raíces en los colosales movimientos sociales de los años sesenta. 


¿Son los inmigrantes, las mujeres independientes o los homosexuales los causantes de un proceso de deterioro de las condiciones de vida y la seguridad de una clase media que vive a medio camino entre el temor y la cólera? No. En todo caso lo que sucede es que para el simio mezquino que somos siempre es reconfortante encontrar culpables entre quienes son todavía más débiles que tú. Al menos, medio siglo atrás, cuando a un Juan Nadie de Arizona le iba mal, no tenía que tropezarse con la altanería de unas minorías raciales que ahora pueden ocupar tu sitio en el autobús, tu mujer no te abandonada cuando te convertías en un borracho y un maltratador  y los maricones no iban por el mundo exhibiéndose como quien está orgulloso de ser un anormal y un paria. Hablando de Los Simpsons, es la basura blanca como Homer la que sostiene a Trump. 


¿Y no tiene razón después de todo los ultras en ir contra los políticos, "esa gentuza de Washington"? Pues, verán, aunque es perfectamente razonable que muchos desconfíen de unos gestores que mienten, a menudo se corrompen y, sobre todo, se muestran incapaces de resolver los problemas de la gente, creo que tampoco es tan sencillo como pretender que el Estado solo existe para reprimir y sacarle los cuartos a la ciudadanía... un criterio por cierto muy extendido entre los norteamericanos desde la fundación misma de las primeras colonias hace casi tres siglos. Si los norteamericanos -como los europeos, como cualquier súbdito de una Estado- tienen un problema con los políticos, es porque en realidad con quien lo tienen es con los verdaderos amos del mundo, que son las élites financieras.  



Lo diré de una vez: Trump solo es un impostor. Su triunfo electoral de 2016 y los setenta millones de votos que aún ha conseguido arrancar esta vez son consecuencia de un engaño monstruoso y, por qué no decirlo, de la inocencia de los sectores más reaccionarios  e ignorantes de la nación más rica del mundo. Y sí, claro que es un facha y que su machismo, su incorrección política y su patrioterismo barato calan en el inconsciente colectivo de muchos que se sienten irritados por un entorno social cada vez más complejo y amenazante. Pero las maneras de Trump son solo el gancho. El verdadero plan que hay detrás de su llegada al poder corresponde a las grandes corporaciones económicas norteamericanas, muy en especial las petroleras, que necesitaban poner en el poder a uno de los suyos para puentearse a los políticos profesionales. ¿Son enemigos para ellos presidentes como Obama o Biden? En ningún modo: el Partido Demócrata depende de la financiación de grandes empresarios tanto como el Republicano. Pero aún así son una molestia... a los políticos profesionales, integrados de lleno el aparato de un partido, hay que presionarles, a veces incluso untarles. Lo que el gran capital norteamericano ha conseguido poniendo a Trump en la Casa Blanca es dejarles claro a los políticos profesionales que o colaboran o serán eliminados. 


No se si ven a donde voy a parar. Con independencia de la catadura moral que atribuyamos a las turbas de Washington, su mayor problema no es su ideología ni su agresividad, su problema es la candidez. No han entendido que fenómenos tan dañinos como la precarización laboral, el desclasamiento, la desprotección institucional, la desunión familiar o la volatilidad de las biografías son resultado de un dispositivo ideado por el capital, es decir, por señores como Donald Trump, para hacer más ricos a los ricos y desclasar y empobrecer a todos los demás. El trumpismo no ha reactivado el sueño americano. Muy al contrario, es su funeral: nunca será más difícil salir de la pobreza, nunca se había colapsado en los USA hasta este punto la movilidad social.   


Va a ser difícil encontrar un Presidente más nefasto. Claro que esto ya lo dije con Bush jr. y ya ven. Hasta él ha dicho que Trump es un impresentable. 



Tuesday, January 05, 2021

LA RAVE


La exigencia moral de indignarse ante la mezquindad humana cede a la tentación del descojone ante el carácter surrealista que toma la escena. Quizá sea una joven desinhibida que cree que no hay que avergonzarse del propio cuerpo, aunque también es posible que no sea consciente de que va enseñando las tetas. Cuando brazos en alto y con una mirada propia de quien sostiene convicciones profundas, se dirige a la policía, uno cree que les exhorta a seguir alguna máxima de Gandhi. Según algún testigo, lo que en realidad les indica es que "¡nos gusta la música electrónica!", lo cual, además de no explicar lo de las tetas, tampoco le soluciona gran cosa a los agentes. 


En los últimos días me he preocupado de leer algo por ahí sobre las raves. No logro que me fascine este fenómeno. Supongo que hay señores que quieren drogarse y danzar como autómatas al son de músicas para lobotomizados sin que les molesten demasiado. Añadamos al poder de movilización que genera internet cierto componente morboso que trae el carácter clandestino y un poco "para iniciados" de estos eventos... y ya tenemos una explicación más o menos plausible. Personalmente me importa un carajo, de igual manera que me importa poco si doscientos gays celebran una orgía en una sauna o si los adolescentes del barrio quedan para pegarse y ponerse hasta el culo de alcohol en un polígono industrial. 



Me sorprende, esto sí debo decirlo, que una fiesta dure cuarenta horas. Solo con que alguien fuera capaz de divertirse al máximo durante la cuarta parte de ese tiempo, ya sería extraño para mis entendederas, pues siempre he pensado que las situaciones de intensa euforia son esporádicas y pasajeras. Que alguien sea capaz de experimentar una intensa felicidad durante mucho tiempo me hace pensar en aquella leyenda que circulaba en mi juventud, según la cual los orgasmos de un puerco podían durar cuarenta minutos. 


En cualquier caso, nada que objetar... excepto alguna cosa -como diría Rajoy-. 


Lo que los jóvenes que la liaron en Llinars reclaman es el derecho a divertirse. Está bien, excepto por un detalle, que no existe tal derecho... y no porque se les olvidara a los redactores de la Constitución, sino porque si alguien lo propusiera estaríamos desnaturalizando el sentido mismo del Derecho, que tiene que ver mucho más con la dignidad de la vida humana que con los deseos más o menos subjetivos y espurios que cada uno albergamos. 



No sé si hará falta decirlo: usted no puede montar una fiesta en estos momentos porque estamos en medio de una pandemia, y las reuniones, y más reuniones como esa, constituyen un peligro público. Tiene su gracia que alguno de los desalojados se posicionara como "negacionista de la pandemia", aunque todavía es mejor lo que dijo otro: "aquí estamos todos sanos, ¿no nos veis?" Y sí, no había más que verlos. Es cierto que la libertad de unos ciudadanos entra en colisión con los derechos de otros, en esto consiste precisamente la convivencia, y es un asunto de debate permanente, al menos mientras queramos seguir viviendo en democracia. Pero hay situaciones en que, más que colisión, lo que hay es abuso. 


Esto parece entenderlo la inmensa mayoría de los ciudadanos, de ahí que lo sorprendente del asunto, además de la tardanza de los Mossos en acabar con la rave, sea que los organizadores hayan sido imputados por resistencia a la autoridad antes que por actuar contra la sanidad pública. Lo que habrían de plantearse muchos de los que exigen mano dura es si resulta razonable ver en plena furia compradora repletos de gente los centros de las grandes ciudades. Y no, ese no es otro debate, o dejará de serlo en próximos días, cuando la tercera ola del covid, directamente provocada por la Navidad, nos estalle en los morros. 


Se me ocurre una reflexión al hilo del asunto de Llinars. Basta escuchar a una enfermera de cualquier hospital público para entender que estamos ante un escenario de extrema gravedad. La presunción de que alguien ha determinado que haya una pandemia y que gobiernos y agentes financieros han diseñado un plan para atemorizarnos y legitimar nuevas formas de control y represión es simplemente ridícula. ¿Aprovecharán la coyuntura algunos gobiernos para incrementar los dispositivos autoritarios? Es posible. ¿Obtendrán beneficios económicos algunos avispados? Seguro, siempre sucede. Pero nada de todo esto rompe con la evidencia de que nadie controla la pandemia porque su amenaza radica precisamente en que está descontrolada. 


Que estemos asustados y que se decida confinarnos no beneficia al capitalismo, le daña muy seriamente porque no consumimos y porque, lejos de recluirnos en el conformismo, lo que hace es multiplicar las tensiones sociales... y temo que lo haga con consecuencias indomeñables. No seamos ingenuos. Si no se han tomado medidas más restrictivas ante la evidencia de que está muriendo mucha gente es simplemente porque los agentes económicos presionan a los gobiernos. Por eso se dice eso de que "había que salvar las Navidades". En breve sabremos cuantas vidas se va a cobrar tan loable propósito. Puedo entender que el Gobierno de España se plantee por muchas razones no colapsar la actividad económica. Pero precisamente por esto es tan sonrojante la presunción de muchos de sus hostiles, para los que la covid es una excusa de Iglesias y compañía para imponer medidas de corte estalinista. Eso se ha dicho, y se ha dicho en forma de manifiesto público liderado por personajes como Aznar y Vargas-Llosa. Es tan ridículo como la especie difundida por algún diario conservador, que tilda a los ravers de Llinars de "antisistema". No, no son anti-sistema. La exigencia de un inexistente derecho a divertirse proviene de la misma degradación de la capacidad crítica de la ciudadanía que advierto en quienes alimentan la conspiranoia de un supuesto "terrorismo pandémico". 


El verdadero cáncer que destruye la democracia no es encuentra en los cenáculos de los supuestos conspiradores, sino en una gran lógica que dura décadas y que cuyo efecto a largo plazo es la individualización de la sociedad. O, si lo prefieren, la desactivación de las redes de cooperación entre ciudadanos.  La "protesta a la carta", que exige imbecilidades como el derecho a divertirse o a poblar las calles en medio de una epidemia brutal, es la misma que demanda financiación pública para las pseudoterapias o exige a los gobiernos que desclasifiquen la información que nos ocultan sobre visitas alienígenas. Triste destino el de la Revolución si sus últimos estertores van a quedarse en semejantes gilipolleces. 


Yo sugeriría a mis conciudadanos volver a Kant y a Voltaire o, si no les gusta la ensayística, a Kafka, a Camus y a Saramago. De otro lado, se me ocurren algunas enseñanzas aprovechables de toda esta desdicha. Por ejemplo, que necesitamos instituciones sólidas y con poder global para proteger a los ciudadanos de las amenazas que les rodean por todas partes. Hace ya casi cuarenta años que Margaret Thatcher, uno de los personajes más tóxicos de la historia contemporánea, dijo que "la sociedad no existe, sólo existen los individuos". Hemos necesitado dos crisis terribles en esta década para entender que el hechizo del neoliberalismo era mentira. En otras palabras, solo la cooperación y el cuidado mutuo pueden salvarnos. 


¿Seguimos haciendo el imbécil o escarmentamos de una vez? 

Wednesday, December 30, 2020

KACZYNSKI


Es oportuno el momento para ver "Manhunt: Unabomber", la serie que produjo en 2017 Netflix sobre el pánico que desató en los Estados Unidos Theodore Kaczynski, autor de numerosos paquetes-bomba entre 1977 y el momento de su detención, en 1995.  Unabomber, que por cierto continúa en una prisión de alta seguridad a la edad de setenta y tres años
, ha encontrado un émulo reciente en un fanático que se dedicó durante unas cuantas semanas a enviar bombas a distintas celebridades que -como Robert de Niro, Obama o los Clinton- se han mostrado críticas hacia Donald Trump, al cual adoraba el personaje en cuestión. Felizmente ya fue detenido y encarcelado. 




Estos días los habitantes de Nashville han vivido uno de estos episodios calificados como de terrorismo no organizado que se dan con cierta frecuencia en los USA. Un tipo que llevaba años intentando desenmascarar a los extraterrestres que dominan secretamente el mundo hizo explotar su auto cargado con abundante material explosivo. Tuvo la deferencia de avisar con un megáfono de lo que iba a suceder, lo que evitó que hubiera más muertes que la suya, pero no una considerable destrucción en tiendas, viviendas y mobiliario urbano, con el consiguiente daño para muchos vecinos de Nashville. Se especula con que no pretendía intimidar a los alienígenas, sino manifestar su desaprobación ante la tecnología 5G. Al parecer el tema le tenía muy preocupado por constituir un proyecto perverso ideado por Bill Gates para monitorizar nuestros movimientos, además de servir para inocularnos el covid... Desconozco si también pensaba destruir en breve a los que comemos carne o vacunamos a nuestros hijos. 


Esto no va a parar, la locura es por definición incontrolable. Y el problema lo diagnosticó con gran sensatez mi madre ya hace mucho: "Locos... he conocido a más de uno con mal fondo; lo que no he visto es a ninguno repartir billetes de mil duros por la calle". 


Kaczynski... A ver. Dado que la teleficción, por cierto artísticamente muy respetable, coincide en lo sustancial con la documentación sobre el Caso Unabomber que podemos rastrear por la Red, no haré mayores distinciones entre la serie y lo realmente ocurrido. Lo que pretendo, más que averiguar la verdad sobre la personalidad de Kaczynski, es propiciar una reflexión sobre la violencia en las sociedades mass-mediáticas. 



Antes de recluirse en una cabaña sin luz ni agua en un bosque de Montana, Kaczynski escribió un manifiesto en el que denunciaba la revolución industrial como el mayor mal de la historia. Apartados de la naturaleza, obligados a contener nuestra energía pulsional para poder integrarnos en el "Sistema", los civilizados contemporáneos hemos tolerado cobardemente la servidumbre al dispositivo tecnoindustrial, destinado a destruirnos al planeta y a nosotros mismos. Así, cultivando lechugas y cazando conejos, 
Theo intentaba demostrar que podemos vivir sin dañar el medio ambiente. El tiempo restante lo dedicaba a fabricar bombas que enviaba a través del sistema postal americano mediante paquetes que, en el momento de abrirse, explotaban en la cara del desdichado destinatario, asesinándole o dejándole terriblemente lisiado. Tres fallecidos y más de veinte heridos son el resultado del original sentido del activismo político que tenía el Unabomber. 


La serie tiene una virtud de la que suelen carecer los relatos convencionales sobre serial killers y asesinos más o menos terroríficos: rastrea biográficamente la raíz de los males que perturban el alma del personaje. 


Kaczynski aparece desde crío como un superdotado en matemáticas. Adelantado en varios cursos a su edad, arrastra algunas experiencias desagradables por su relación con compañeros mayores, a lo que se añade la frustración provocada por la pérdida de un amigo de infancia que, simplemente, prefirió pasar las tardes morreándose con una jovencita. Años después, su admirado profesor Murray le incluyó en un grupo de debate que no era sino una tapadera para un programa lanzado por la CIA en las universidades para desarrollar estrategias de control mental enfocadas a la lucha contra el espionaje soviético. Lo que parecía ser el reconocimiento, al fin, del talento de Kaczynski por un sabio era en realidad una burda manipulación que dañó seriamente la mente del joven. 


"Todos me habéis traicionado", le dice Theo a su hermano, cuyo pecado consiste en haberse sometido al sistema formando una familia, comprando una casa llena de comodidades y manteniendo un empleo estable. No pongo en duda que los episodios vividos por Kaczynski en su juventud fueran crueles y difíciles. Claro que también me malicio que tenía una característica que ya he encontrado en otros supuestos irredentos y antisistema: era tan extraordinariamente sensible para el daño que recibía como poco empático con el que él era capaz de causar a los demás. 




¿Eran poderosos opresores los destinatarios de los artefactos explosivos artesanales que con tanta paciencia diseñaba en su cabaña? No, algunos eran desdichados empleados a los que les tocó abrir el diabólico paquete. ¿Justifica su drama biográfico tanto odio como para lanzarse a aquella carrera infernal durante tanto tiempo? En ningún modo: a mí también me la han jugado unas cuantas veces, los seres humanos me han decepcionado y no me gusta cómo es el mundo, pero no me dedico a vengarme cargándome a inocentes, entre otras cosas porque no creo ser mejor que ellos. En cuanto a la revolución industrial, no sé si es el gran mal de la humanidad, no estoy en condiciones de decirlo, pero lo que sí sé es que no acabaré con ella yéndome a vivir a una cabaña y reventándole la cabeza a bombazos a los ujieres de una compañía telefónica.  



Ya sé que parece fácil denostar a un lunático que se pudre en una pequeña celda hasta el fin de sus días. Los culpables de nuestros males son los capitalistas, los políticos y los líderes mediáticos... Sí, ya lo sabemos, pero a veces me pregunto si de verdad disponemos de criterios sólidos para diferenciar entre el bien y el mal. Alguien dijo que "un enemigo es alguien cuya historia aún no has oído". Oída la de Kaczynsky yo sólo veo a un falso genio obsesionado con un narcisismo tan desmesurado que le llevó a preferir ver arder el mundo antes que resultar insignificante para sus conciudadanos. Por eso, a cambio de la dudosa promesa de detener su "actividad", obligó al Washington Post a publicar su manifiesto, por cierto una colección de vulgaridades, tópicos gruesos y paranoias conspirativas sin ninguna profundidad ni recorrido. 


Dijo Hannah Arendt que el gran problema de la filosofía de posguerra se habría de centrar en la definición del mal. No me preocupa Unabomber, ni siquiera sus posibles émulos. Lo que de verdad me cuestiono es si la ira que emerge en mí, como en cualquiera de ustedes, ante lo inhóspito del mundo, me otorga otro derecho que el de pelear por la justicia con las únicas armas que ésta puede permitirse: la razón y el sentimiento moral.  


Claro que también puede uno ir por ahí poniendo bombas. A Kaczynski siguen mandándole cartas de amor sus admiradores.  



Friday, December 25, 2020

NOSOTROS, LOS "TIERRA-GLOBO"


En vísperas de Inocentes veo un documental sobre el movimiento terraplanista. Cinematográficamente no es gran cosa, pero da igual: el valor del contenido hace recomendable su visionado.

A grandes rasgos, la cosa es más o menos así. En el siglo XIX , un tal Samuel Birley Rowbotham publicó los resultados de sus arduos estudios, en los que concluía que, tal y como la Biblia ya nos hizo saber miles de años atrás: la Tierra es plana. Los seguidores de Rowbotham crearon la Sociedad Zetética -no dirán que no mola el nombre-, que participó en encendidos debates públicos y se vio envuelta en juicios por fraudes y calumnias. También sabemos que, siguiendo los pasos de Rowbotham, se creó una comunidad teocrática llamada Zion, que se instaló cerca de Chicago y sobrevivió hasta mitad del siglo XX, tras una larga sucesión de escándalos por oscuras maniobras financieras y explotación de seres humanos en condiciones de esclavitud. 


En los años posteriores, el programa espacial contó con el escepticismo de un terraplanista llamado Daniel Shenton, quien lanzó la especie de que las fotografías de los primeros astronautas, en las que se evidenciaba la esfericidad del planeta, estaban trucadas y formaban parte de una gigantesca conspiración para engañar a toda la humanidad. Asimismo, se dio por hecho que episodios como el del alunizaje de 1969 correspondían a trucajes cinematográficos manufacturados en Hollywood. 



En los últimos años el terraplanismo se ha reactivado, y es de sus actuales héroes de lo que trata el documental. Gira en torno a la actividad de Mark Sargent, al que mi olfato identifica de inmediato como un perfecto farsante. "Siempre le han encantado las conspiraciones", dice de él su esposa, quien curiosamente ve algunas pegas a la hipótesis terraplanista. Hay una señora, Patricia Steere, muy mona ella, que parece encantada de haberse convertido en musa del movimiento. "Lo que pasa con Patricia es que está muy buena", dicen algunos de sus adeptos, no quedando claro si la siguen por su enorme talento científico o porque sueñan con tirársela. 


En la reunión anual de la nueva religión uno diría que se respira una felicidad similar a la que los cristianos perseguidos por el Imperio Romano sentirían cuando se reunieran en las Catacumbas. En ese momento el hatajo de frikis y lunáticos que se han ido conociendo en los últimos años a través de internet pueden soltar sus majaderías sin que nadie les censure. Allá se venden maquetas de la Tierra Plana, la gente se hace fotos con los líderes, hay incluso un macarra que muestra orgulloso su moto tuneada con emblemas del movimiento. Que los promotores del asunto son en esencia unos cínicos... de eso no me cabe duda. Hasta qué punto es ancha la línea que separa a un manipulador, con la imaginación y la desvergüenza suficientes para lograr algo de fama y dinero con cualquier mamarrachada, de un pobre desdichado capaz de creerse lo que sea con tal de sentirse aceptado en algún sitio... eso no sé contestarlo. 


En pleno festival de conductas esperpénticas uno escucha aseveraciones tan ridículas que desatarían la hilaridad de un niño de primaria. El problema es que son pronunciadas con tal convicción y reciben tantos aplausos que solo hace falta un poquito de fragilidad psicológica y algo del atrevimiento del ignorante para que se den por absolutamente probadas e incuestionables. Empiezo a acordarme de los viejos perturbados que retrató Luis Landero en "Juegos de la edad tardía", donde uno presiente la invencible sombra quijotesca, cuando descubre que dentro del movimiento terraplanista ya han surgido escisiones y herejías, y que hay quien cuestiona el liderazgo de los "oficialistas" y hace sonar los tambores de una inminente contienda para desenmascarar a los traidores. 


En fin... 



Un asunto como éste no requeriría mayores reflexiones de no ser porque creo que -pese a su carácter minoritario y ubuesco, o precisamente por ello- nos puede ayudar a detectar algunos síntomas de la que, posiblemente, sea la peor enfermedad de nuestro tiempo: el descrédito del conocimiento o, si lo prefieren, la incapacidad -peligrosamente extendida- para distinguir la verdad de la opinión... entendiendo como "opinión" cualquier soplapollez que se le ocurra al influencer de turno. 


Hace como medio siglo, Jean Baudrillard, teórico por excelencia de los simulacros y de todo eso a los que ahora llaman "posverdad", ya se hizo eco de este tipo de movimientos cuando empezaron a aparecer en Europa los negacionistas del Holocausto. Curiosamente, los mismos argumentos que sirvieron a Hitler para exterminar millones de inocentes fueron usados por sus defensores de finales de siglo: los judíos conspiran. Y así, de igual manera mas de medio siglo atrás, se hizo valer la artera propensión de los judíos a manipular a la opinión pública para hacernos ver que todo aquello de Auschwitz y demás había sido un invento. "Despertad", se nos decía, "os engañan". El día que se descubrió que decir estupideces podía dar éxito y dinero, siempre que las "verdades" que se enunciaran correspondieran a lo que muchos deseaban oír, se sentaron las bases de la cultura fake que tanta presencia ha tenido en los últimos años. 


No estoy seguro de que la mejor manera de contrarrestar la posverdad, el fake o el negacionismo pase por poner sobre la mesa  argumentos científicos, aunque bueno sería que en la escuela los profesionales les recordemos a nuestros alumnos que la medicina y la meteorología no son lo mismo que el reiki o el tarot. Como explica Baudrillard, la cuestión no es si lo que dicen tiene base, pues obviamente no la tiene... lo llamativo es que tengan éxito y difusión precisamente cuando lo que defienden es infumable y ridículo. El diagnóstico del pensador francés me viene dando que pensar desde hace décadas: lo que se ha difuminado es la autoridad... habiéndose desplomado el prestigio de los agentes creadores del sentido que cohesiona a la comunidad, resulta que cualquier superchería puede tener éxito. Es el grado cero de la promesa ilustrada: en plena era mediática, lo verdadero es lo que a mí me apetece que sea verdadero. 


Me pregunto, siempre siguiendo a Baudrillard, si no hemos entrado en un ciclo en el que la Ciencia y la Historia estén volviéndose, de alguna manera, inconcebibles. ¿Por qué leer los diálogos de Galileo o atender a los descubrimientos de Newton o Darwin si los que ahora mismo bullen de actividad y entusiasmo son los terraplanistas? ¿Por qué documentarse con verdaderos historiógrafos si lo que yo quiero es que aparezca un panoli diciéndome que Franco no era tan malo y que en el bombardeo de Guernica solo murieron dos gatos y del susto?



A fin de cuentas, todo esto no debería extrañarnos tanto. Vivimos en un país donde la mayoría de los periódicos que todavía se imprimen viven a costa de decirles a sus cándidos lectores lo que quieren leer, es decir, que el gobierno está formado por íncubos del demonio, que los catalanes son malvados y que en las escuelas públicas adoctrinamos a los niños para volverlos a todos maricones. 


"Los Tierra-globo", llaman en el documental a los tipos que piensan como yo. Ay, señor: luego nos extrañamos de que un esperpento como Donald Trump haya gobernado la nación más poderosa del planeta durante cuatro años.

Thursday, December 24, 2020

AFORISMOS PARA FASTIDIAR


1. Hace cerca de cuatro décadas, rodeado de convencidos comunistas, realicé una afirmación -no recuerdo exactamente qué dije- en la que hice gala de un mezquino egoísmo. Noté, sin ninguna duda, que generé una profunda decepción. Desde entonces he batido records en la misma dirección. Estoy en ascuas por saber a cuantos me dará todavías tiempo para decepcionar.
 


2. En algunos momentos puntuales siento un profundo odio hacia todos ustedes. ¿Y si son esos momentos los únicos de lucidez?


3. Por influencia materna soy habitualmente simpático y cordial... suelo caer bien. He detectado a través de mi biografía que, pese a todo, siempre hay alguien que me detesta. Son esas personas recalcitrantes las únicas que, sin pretenderlo, cuidan realmente de mí. Su atención a mis errores y contradicciones, el empeño que alguno pone en no dedicarme siquiera los buenos días por la mañana... dudaría en demandar a un amigo tal perseverancia en recordarme que el mundo es un lugar peligroso y que la muerte y el dolor aguardan en todas las esquinas. 


4. Soy insignificante y prosaico, mi vida y mis actividades son un aburrimiento. ¿Por qué entonces sorprendo a esa señora de en frente mirándome con tanta atención cuando descorro las cortinas del balcón por las mañanas? ¿Qué espera ver? ¿A qué actividades infames y perversas cree que me dedico en la intimidad del hogar?


 5. Hacer muchos esfuerzos para que te quieran revela un insoportable mal gusto.


6. No recuerdo haber hecho en mi vida una sola cosa interesante y digna que no haya suscitado críticas o me haya sido ferozmente desaconsejada. Si hubiera hecho caso a mis allegados, a todos los que decían querer protegerme, me habría quedado para siempre en un sofá bajo una manta viendo la tele... Y no me habría suicidado porque sospecho que eso también habría desencadenado toda serie de censuras. 


7. El defensor cristiano de Jerusalem, cuando Sal-a-haddin jura por Alá que perdonará la vida a los defensores, recuerda al líder sarraceno que los cristianos pasaron a cuchillo a los árabes que defendieron la ciudad cuando ellos la conquistaron: "Pero yo no soy esos hombres, yo soy Sal-a-haddin, ¡Sal-a-haddin!" En ese momento, el caballero Balian sabe que su enemigo cumplirá su palabra indefectiblemente. No busquen más, he ahí el retrato literal del héroe del que tanto habló Nietzsche. 


8. No pasa un solo día de mi vida sin que oiga hablar de la importancia del talento. Valiente patraña: nada debilita más que creerse dueño de talento. Solo el esfuerzo nos lleva a alguna parte. Pero no el esfuerzo aprendido de capellanes y gerifaltes, que no es sino la obediencia. Yo me refiero al que nace de la furia, de esa rabia incontenible que nos devora ante la evidencia de que el mundo nos desprecia. Si el talento es algo es justamente esa determinación con la que nos sobreponemos a la condición de siervo y subalterno a la que nuestro entorno nos relega, incluso aunque no tengamos para la batalla más armas que el dolor y la cólera. 


9. Tuve un compañero de clase que insistía en recordarme que era superior a mí... "en deportes, en calificaciones, en ligar con las tías, en amigos, en pelear...". Me lo recordaba tan a menudo que se diría que más que intentarme convencerme a mí de lo evidente, lo que intentaba era convencerse a sí mismo. Si hoy realizara un top cien de los tontos de baba y perfectos fracasados  que he conocido a lo largo de mi vida, creo -sin dejar de reconocer que las medallas estarían reñidas- que aquel majadero subiría a lo alto del pódium. Lo más curioso de todo es que tenía parte de razón: yo no era gran cosa, al menos eso era verdad. La diferencia es que yo lo sabía... y entonces, la palabra "diferencia" alcanza proporciones gigantescas. 


10. Recientemente, y ante la inevitable destroza que la pandemia va a hacer con las fiestas navideñas, una conocida me trasladó, furiosa y plenamente convencida, todos los mantras de los conspiranoicos, según los cuales estamos ante una gran farsa de los oligarcas y lo que quieren es jodernos la vida y que nos recluyamos en el miedo para dominarnos mejor. Añadió que "los que están muriendo son enfermos y ancianos que, de todas formas, van a morir igual". Y concluyó con que a ella nadie podía prohibirle "estar en un bar con mis amigos, que es lo que me gusta". Una vez más, la banalidad del mal de Hannah Arendt: el problema del Mal más monstruoso no es que haya personajes luciferinos como Hitler, el Mal se alimenta de la cotidiana mezquindad de los "muchos" y los "normales". 



Tuesday, December 08, 2020

MANK Y EL NIÑO PRODIGIO


Sería tramposo ponerme a crujir a Carlos Boyero sin reconocer que me divierte tanto como me irrita. Al tiempo que pone "Mank" como una absoluta obra maestra, se complace en arrastrar por el fango "Beginning", la película georgiana que fascinó a los asistentes al Festival de San Sebastián. Con independencia de la autoridad que queramos conferirle a Boyero como analista de cine, siempre me ha llamado la atención la prepotencia con la cual los profesionales de la crítica cultural se cargan una obra de arte en cuya manufactura hay quien se ha dejado la piel y ha puesto inmensas ilusiones. Quizá si Boyero hubiera hecho alguna vez una película sabría de lo que hablo. No obstante, tiene razón en una cosa: el postureo de los snobs es odioso.


Verán. En una ocasión pusieron en la Filmoteca Valenciana una serie de cortos de Wim Wenders. En el primero aparecía el cuerpo cortado por la mitad de un corredor. Durante cinco o seis minutos que a mí me parecieron eternos veías exclusivamente las piernas de un tipo corriendo. El problema no es lo que pagué por ver aquella solemne imbecilidad, sino la cara de fascinación que ponían un grupo de panolis con pretensiones que tenía delante. A veces parece que hace falta un friki con afición al dry martini como Boyero para reírse de quienes, tras aburrirse como ostras en un festival de snobs con una peli vietnamita infumable o la última paja mental de Julio Médem, salen del cine convencidos de haber presenciado una gran genialidad. 



Este argumentario conduce siempre al mismo problema: ¿cómo diferenciamos la obra buena de la mala? Me parece especialmente lúcido el análisis que, con respecto a la novela de masas en el XIX, realiza Umberto Eco a propósito del caso Eugene Sue, uno de los más singulares de la historia de la industria cultural. En su momento "Los misterios de París" enloqueció a los franceses hasta el punto de agrisar la aparición de novelas tan importantes como "Los tres mosqueteros". ¿Cómo se explica un éxito tan colosal, teniendo en cuenta que después la historia ha relegado las obras de Sue, que han quedado como insignificantes al lado de las de Stendhal, Balzac, Dumas o Victor Hugo?


Eco realiza un esfuerzo didáctico encomiable para ayudarnos a diferenciar entre lo que él llama "novela problemática" y la "novela popular". En ésta nos encontramos siempre una lucha entre el bien y el mal que habrá de resolverse en favor de aquél en función de los valores y la ideología dominante. Por el contrario, en aquella la resolución es ambigua porque de lo que se trata es de cuestionar la noción adquirida del bien... y por tanto la del mal. 


"En una palabra, la novela popular tiende a la paz, mientras la novela problemática deja al lector en guerra consigo mismo" (U.Eco, "El superhombre de masas")



Lo que según Eco indica el caso Sue es la profunda interrelación entre la técnica del relato de consumo, la industria cultural y lo que el propio Eco denomina "ideología del consuelo". En "Los misterios de París" se nos invita a condolernos con la miseria social. Los lectores lloraron a mares, pero el planteamiento está enfocado hacia el sentimentalismo, el paternalismo y la utopía. Y por consiguiente también lo están las soluciones. Así, desde su reformismo edulcorado, Sue se presenta ante Eco como un "vendedor de emociones que especula con la miseria humana". Tras asombrar e intrigar al lector, la novela terminará sedándole al recuperar el trono para aquella verdad que aquél ya sabía antes de abrir el libro. El efecto es típicamente kitsch: el tópico literario se impone, todo suena a visto en otros sitios y se nos ofrece en dosis calculadas para que no detectemos a tiempo la impostura. Se trata de satisfacer al lector con soluciones que correspondan a sus deseos pero que no cuestionen sus valores de base. 


No es casualidad que en nuestro tiempo el relato de masas, también obviamente en el cine y en las teleseries, se adecúe al formato Sue. La sucesión aparentemente desbocada de intrigas y golpes de efecto se sujeta, desde su aparente incontinencia, a una plantilla tremendamente simple: el drama entre opresores y oprimidos y la necesidad de un héroe carismático que restaure el orden cuestionado por la maldad de unos pocos que deben ser suprimidos para que el sistema subsista. Así es como la crisis abierta para desencadenar el drama demandará un Deus ex machina, el cual nunca podrá identificarse con las clases populares, pues en ese caso el relato dejaría de ser consolatorio para hacerse inquietante y, finalmente, revolucionario. El héroe surge de la clase dominante y forma parte de una raza de justicieros que, ante la incapacidad general para entender su elevado sentido de la justicia, habrán de actuar en soledad y a menudo contra las leyes y los poderes convencionales. 



Perdonen todo este rollo, pero aparte de que no pienso desperdiciar una ocasión para inocularles el placer de leer a don Umberto, necesitaba tiempo para llegar a lo que verdaderamente me preocupa. 


Muchos de mis alumnos tienen la conexión a Netflix, y eso me proporciona un canal de comunicación con ellos muy útil. Ven allí series buenas y otras muchas manifiestamente mejorables. El tema es que "Mank" es, como hace un año "Roma", una peli de Netflix... La oportunidad es incomparable. "Debéis verla"... pensaba decirles el viernes pasado... Y en esto se me cruzó otra idea aún más perversa: si lo que a fin de cuentas relata "Mank" es la supuesta historia no revelada del primer film dirigido por Orson Welles, ¿no será entonces el momento para que vean "Ciudadano Kane". 


Alguno desde su pupitre me demandará razones. Puedo contestarle que según los críticos es la mejor película de la historia y que Orson fue, como le llamaban entonces en Hollywood, un "niño-prodigio"... y no seré yo quien les desdiga. Pero no será suficiente. De manera que entonces tendré que hacerles uno de esos discursos apasionados como el que cierto profe de Literatura del instituto me hizo hace una eternidad para explicarme por qué había que amar a Shakespeare. Lo estoy ensayando desde hace un rato. A ver qué les parece. 



"Veréis, queridos. Se dice que en Filosofía nos dedicamos a contestar preguntas como aquello de quiénes somos, de donde venimos y a donde vamos. No sé de nada que hayan dicho Platón o Descartes que no esté al respecto mejor explicado en Kane. Quizá sea precisamente porque el arte, como dijo Wittgenstein, no explica... más bien se diría que el arte "muestra". Todas las preguntas que realmente me importan están de alguna manera contestadas en cada instante de este film irrepetible. Nada en él está destinado a consolarnos ni a reforzar nuestras convicciones. Todo lo que creemos saber de lo más profundo del alma humana está retratado por Welles y Mank... Y, sin embargo, las dos imágenes finales, esas letras del trineo que se incinera sin remedio en la gran hoguera de Xanadú, y el letrero "No trespassing" que cierra el paso a los curiosos, nos recuerdan que lo que encontramos en esta extraña criatura que somos es un misterioso vacío. De él, por contradictorio que parezca, emana todo nuestro poder... ese poder con el que somos capaces de dominar y también de destruir el mundo."


... y bla bla bla, bli bla blu... En fin... que sí, que "Mank" está muy bien. Aunque lo diga Boyero.