Saturday, February 18, 2017

EN LO QUE TIENE RAZÓN JAVIER MARÍAS

Son ya muchos años los que lleva Javier Marías ocupando con su espacio La zona fantasma la última página de El País Semanal. Leo puntualmente su artículo cada domingo. A veces empatizo con sus sensaciones sobre la deriva del mundo, a veces me admiro de su clarividencia y su enorme bagaje cultural, y casi siempre consigue atraerme con una prosa intransferible. Otras veces su indignación, que puedo llegar a compartir en muchos aspectos, me hastía y termina por abotargarme porque me suena a la cerrazón de un viejo cascarrabias, el que yo me siento tentado a ser a medida que envejezco y me esfuerzo por no serlo. Marías ha renunciado a ese esfuerzo, ha convertido su enfado permanente en una seña de identidad, un rasgo de estilo, una manera de estar en el mundo en la cual se siente cómodo. Recuerdo haberme irritado en más de una ocasión leyéndole, pero, seamos justos, le sigo leyendo, y eso porque la mayoría de las veces sus enojos me parecen fundados. 

En contra de lo que se deduce de la lectura de La desfachatez intelectual, donde Ignacio Sánchez-Cuenca coloca al Marías articulista al lado de otros "figurones", "machos discursivos" o "energúmenos" de la Celtiberia como Jon Juaristi, Arturo Pérez-Reverte, Gustavo Bueno, Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa, Fernando Savater o Antonio Muñoz Molina -así los denomina, en mi opinión con desigual precisión-, yo estimo que Marías es un excelente articulista. 

Acepto que a menudo es demasiado pródigo en calificativos y en ocasiones la eficacia de sus críticas se pierde en el fulgor de ciertas generalizaciones poco precisas. Si nos limitamos arteramente, como Sánchez-Cuenca, a extrapolar ciertos pasajes supuestamente enrabietados y poco rigurosos, podemos enviar al cesto de los papeles a Marías y considerarlo uno más de esa oligarquía de amiguetes -sigo citando el ensayo de ISC- que protagonizan el tóxico "opinionismo" nacional. Pero el caso es que yo he leído demasiadas veces La zona fantasma para conformarme con un reduccionismo tan tramposo. 

Miren, yo creo que hace falta un Javier Marías que fustigue ciertos vicios de la época que amenazan con castrar el pensamiento y que muy pocos opinadores se atreven a denunciar desde la prensa no reaccionaria, seguramente porque temen ser asimilados a lo reaccionario y lo carpetovetónico, cuando no directamente al fascismo. Aquellos vicios que nos intoxican se resumen en un concepto: la corrección política. 

Vivimos en una sociedad peligrosamente tendente a la sobreactuación y a la histeria. Cualquier cosa que diga contra tal o cual colectivo un ponente público corre el riesgo de hacer estallar la susceptibilidad de minorías de todo tipo. Sánchez-Cuenca dirá, supongo, que la culpa es de quienes, como Marías, practican el energumenismo con afirmaciones gruesas y sin fundamento. Yo más bien creo que lo que tenemos es la piel muy fina. Mi vida es a menudo lastimada por algunos amos de perros, algunos ciclistas, algunos alumnos, algunas feministas, algunos políticos supuestamente progresistas o algunos castellonenses sin que, por criticarlos en público, tenga que pedir perdón a continuación a todos los amos de perros, ciclistas, alumnos, feministas, políticos progresistas o castellonenses. No me preocupa demasiado si Marías es a veces poco cuidadoso, ya se apañará él y ya dejaré de leerlo yo si descubro que no es más que un pelmazo, pero es esa susceptibilidad a flor de piel tan generalizada lo que debería preocuparnos, porque creo que obedece a un mal social mucho más nocivo. 

La pasada semana Marías publicó un artículo en defensa propia después de haber sido atacado por uno anterior en el que criticaba con dureza ciertas versiones de obras shakespeareanas, las cuales, según el escritor, destrozan, prostituyen, pervierten o ridiculizan los textos del maestro de Stratford. Lo ejemplificaba citando esa costumbre, muy común respecto a las obras del inglés, de incluir a actrices desempeñando papeles masculinos. Argumentaba su disgusto ante ese tipo de operaciones incidiendo en lo poco creíble que le resultaba el príncipe Hamlet interpretado por una fémina... No afirmaba que hubiera que prohibir esas prácticas, simplemente no le gustan, no pensaba acudir a una representación así. 

Tras leer el artículo pensé que Marías tenía una parte de razón, pero que en general su argumentación era feble y fácilmente rebatible. Lo que no se me ocurrió es que estuviéramos ante un caso de execrable machismo. Pues bien, este tipo de rifi-rafes son una constante, cada escrito de Marías provoca una cola semanal de ofendidos... qué quieren que les diga, a mí toda esa gente que se pasa el día pensando cómo arreglárselas para aparecer como víctima me parece bastante más atorrante que el propio escritor, por contumaz que el tipo se ponga. 

Creo que mañana también voy a leer el artículo de Javier Marías en la última página de EPS. Probablemente discrepe de él y hasta me irrite un poco... Y tan amigos. 


Saturday, February 11, 2017

A VUELTAS CON "LA DESFACHATEZ INTELECTUAL", DE SÁNCHEZ-CUENCA

Leo con mucho interés el ensayo que publicó el pasado año Ignacio Sánchez-Cuenca, La desfachatez intelectual, sobre el cual Justo Serna escribió un artículo que ahora recupero y que a su vez fue contestado por el autor. Conviene leerlos ambos, como creo que también es aconsejable leer el libro, aunque parece que un año después haya cesado ya el rebombori que creó en su momento y que, sospecho, hizo que Sánchez-Cuenca se ganara múltiples enemigos entre la casta de los intelectuales. Me viene ahora a la memoria aquello que decía Woody Allen de que los intelectuales son como los mafiosos, sólo se matan entre ellos. 

Siempre he creído en la necesidad imperiosa de la crítica cultural, entendida como denuncia de los excesos y las imposturas, de los abusos de la razón y de la sinrazón, de la pretenciosidad de los consagrados y la autocomplacencia de los "todólogos", esos que creen poder opinar sobre cualquier cosa sin más aval que el de su supuesto prestigio. Hay matonismo entre los intelectuales españoles más célebres, los cuales son retribuidos generosísimamente por despotricar contra la pérdida de los tradicionales valores ciudadanos, la devastación de la patria, la venalidad de los políticos o el deterioro de la educación. 

La tesis que sostiene el ensayo cuestiona de raíz los supuestos que determinan el crédito intelectual. Nación atrasada -él no lo dice, pero lo deduzco yo de sus argumentaciones-, España jalea el modelo escritural "holístico" y desprecia el "analítico". En otras palabras, los celtíberos dejamos que nuestras creencias sean gobernadas por impostores provenientes en su mayoría de la profesión novelística, falsos sabios que firman semanalmente columnas o tribunas en las que, sin fundamento ni documentación ni mínimo rigor pontifican sobre cualquier cosa, desde el referéndum catalán hasta la subida del precio de la luz, los juicios de la Gurtel o la ordinariez de las masas que llenan los estadios, ven reality-shows en la tele o cantan canciones de Shakira en el karaoke.

Bien. Sigo leyendo el ensayo. Me va asaltando cierta incomodidad y no acabo de saber por qué. Advierto que Sánchez-Cuenca nos tira de las orejas, refunfuña, nos invoca a recuperar el oremus porque hemos prestado ojos y oídos a fulanos a los que -por más que lo niegue una y otra vez- dibuja como auténticos impresentables. 

No creo que mi engorro se deba a que el libro achaca toda suerte de añagazas y supercherías a escritores a los que atiendo e incluso deparo afecto, como son Javier Cercas o Antonio Muñoz Molina. A fin de cuentas cualquiera dice alguna inconveniencia de vez en cuando, y si Sánchez-Cuenca hace una selección concienzuda y descontextualizada de sus artículos, seguro que aparecen pasajes algo arbitrarios o escasamente valiosos. La cosa se compensa cuando me hace reír al poner a parir a los capitostes del "machismo discursivo", Arturo Pérez Reverte, Félix de Azúa o Juan Manuel de Prada. No se olvida de Fernando Savater y tiene el buen gusto de desenmascarar la solemne pobreza de los artículos políticos de Mario Vargas-Llosa, contra cuyas pavadas reaccionarias no se atreven a meterse -esto siempre me ha sorprendido- ni los más conspicuos influencers  de la izquierda española. 

En cualquier caso, y trato de ser honesto, da igual que se meta con los que a mí me caen bien o con los que me fastidian... sigo incomodado mientras avanzo en la lectura de La desfachatez intelectual. 

Yo no soy criticado en el libro porque a mí sólo me leen mis amigos. Pero a efectos morales da lo mismo: ¿debería limitarme a hablar sólo de Kant o Descartes, dado que soy doctor en Filosofía? Tuve un amigo en la Facultad al que envié a pastar cuando me harté de que se irritara hasta las trancas cada vez que un compañero emitía una opinión sobre cualquier cosa. Ante su continuo fastidio no quedaba sino escuchar a los clásicos y a los expertos, guardando un silencio monacal, claro. ¿Y soy yo experto en algo? ¿Estoy según aquel amargado o según Sánchez-Cuenca para hablar de algo o debo sencillamente refugiarme en el silencio? Sería lo más cómodo, desde luego. ¿Puedo escribir sobre la paternidad, sobre el perro que no para de ladrar en el piso de arriba, sobre mis alumnos más pelmas, sobre el ruido de las Fallas, sobre la dicha de leer a Poe, sobre la privatización de los servicios hospitalarios? Y, por otra parte, ¿debo dejar de leer a autores cuyos artículos me interesan, me aportan cosas que no sabía, me divierten, me emocionan?

Yo creo que el libro de Sánchez-Cuenca tiene valor como lenitivo, es casi un acto de higiene leerlo, y la higiene es siempre un comportamiento de seres civilizados, no de energúmenos. Comparto la especie de que debemos recurrir al análisis riguroso de quienes realmente conocen el terreno para saber qué ocurre en determinados ámbitos especializados. Yo, por ejemplo, no leería a Savater hablando sobre las causas del incendio de una fábrica de Paterna, pongamos por caso. Ahora bien, que por ser novelista ya haya que desconfiar de la opinión política de un articulista me parece un consejo poco constructivo. Los lectores son adultos y deben entregar su crédito a quien lo merezca. Yo no leo nunca a Pérez Reverte, no le creo. Sí leo a Muñoz-Molina porque, pese a que a menudo discrepo de él, no me parece un impostor, y creo que a sus casi sesenta años está capacitado para hacer diagnósticos sobre los males del país. 

Y, por cierto, Todo lo que era sólido es un libro que conviene leer. Yo lo hice con enorme placer, discrepo de él en algunos puntos, no en otros... Diría que contiene algunos errores considerables, lo que no creo es que su autor no esté cualificado para hablar sobre la corrupción, la herencia del 92, la especulación inmobiliaria o la pervivencia de la anomalía religiosa del país.

Seguiré leyendo a Muñoz-Molina, seguiré leyendo incluso a Sánchez-Cuenca. 

Saturday, February 04, 2017

BORGEN Y LA PANTOJA

No conozco mejor inductor al sueño vespertino que Telecinco: uno sabe que no van a poner nada que reclame su atención. Tras la cabezadita -con la sesera aún entumecida- mis ojos entreabiertos se topan con una hiena que despotrica contra Isabel Pantoja. La telebasura es el refugio que los impotentes y los resentidos encuentran para vengarse de quienes sí han tenido las agallas de hacer algo en la vida, dicho sea sin olvidar que, antes que de la tonadillera, fui siempre incondicional de Paquirrín. 

Unos minutos antes la cadena de los italianos había hecho lo mismo que -no me engaño- habían hecho las demás, incluyendo la simpar cadena de Milikito, es decir sopesarle las gónadas a Florentino Pérez anunciando a los fans de Cristiano Ronaldo la noticia de que ha decidido hacerse un tatuaje en el fistro. 

Todo esto en realidad no estaría tan mal si tuviéramos clara la diferencia entre la información seria y la amarilla, entre la información y el reality show, entre la crítica y el espectáculo, entre el cerebro y las vísceras, entre el diálogo y el alboroto. Podría bastar con apagar la tele -sólo hay que darle a un botoncito-, pero no estoy seguro de que en los demás medios no nos topemos con la misma confusión... Estamos ante una crisis periodística, y ésta no es a su vez sino un síntoma más de una crisis en el régimen de verdad.  

Me asaltan estos días por las mañanas las peripecias de Donald Trump y, por las noches, las de Birgitte Nyborg. Ambos son políticos, la diferencia está en que aquél es de verdad, mientras que ésta, protagonista de la estupenda serie sueca Borgen, es de ficción. Curiosamente me asalta a menudo la impresión de que Donald es un personaje de comedia barata, incluso un chiste de culos y pis, mientras que en Borgen las esencias ocultas del mundo se revelan con admirable pulcritud ante nuestros ojos. 

No teman, el spoiler no va a ser gran cosa. Birgitte Nyborg se convierte en Primera Ministra de Dinamarca por el Partido de los Moderados de forma completamente imprevista y casi casual. Desde ese momento, y durante treinta capítulos correspondientes a tres temporadas, sabremos de la dificultad de compatibilizar la vida privada y la vida pública para una mujer demasiado dotada de talento como para renunciar al enorme poder que su carisma promete otorgarle. También advertimos la tensión, a veces insoportable, en que se dirimen cotidianamente las relaciones entre la política, el dinero y la prensa. La serie es muchas más cosas, pero creo poder expresarlo en una fórmula sencilla: Borgen trata sobre lo embarazoso que resulta tener que tomar decisiones... En otras palabras, con Nyborg aprendemos que la política, con todas sus miserias, consiste en saber que cualquier medida que toma un representante político, por virtuosa que sea, trae desperfectos y desdichas a muchas personas. 

¿Y la prensa? Es la segunda gran columna sobre la que se sustenta el relato que constituye Borgen. Les cuento algo. El director de los informativos de TV1, Torben Friis, es un periodista político acreditado por la seriedad de los informativos que dirige y lo certero de sus análisis y opiniones. Un día, a consecuencia de un bajón de share, la cadena pone por encima de Torben a un joven yuppie llamado Alex que le insiste hasta el aburrimiento en la necesidad de hacer lo que sea para "incrementar la audiencia". Ni él ni su equipo asumen que haya que sacrificar la credibilidad en favor del sensacionalismo y la horterada. Al llegar elecciones, Alex ordena a Torben crear un ridículo y chillón escenario con azafatas sexy y aires de festival de Eurovisión para celebrar el debate entre los candidatos. 


Sé lo que haría un obediente empleado de Telecinco en ese caso, pero... ¿quieren saber lo que hace Torben Friis? Se fastidian, vean Borgen.  

Sunday, January 29, 2017

TRUMP Y LAS MULTITUDES

Mi padre dijo recientemente algo que tiene mucha miga -aunque sea una miga algo negra-: "debería morirme ya, ¿verdad?, a cada momento ya sé lo que va a pasar". Siguiendo el razonamiento a mí deberían quedarme muchos cortes de pelo, ya que tengo la impresión de que mis pronósticos erran a menudo y que el mundo nunca deja de sorprenderme. Sin embargo, que no atesore la sabiduría octogenaria del señor Montesinos no significa que a estas alturas me escandalice cualquier cosa. Soy de natural candoroso -mi viejo me lo ha dicho muchas veces-, pero ya he estado en algunos sitios de por ahí y las cosas no me entran por los ojos y me salen por el cogote. 

Miren, Trump no es un fenómeno nuevo, por más que nos obcequemos en asociarlo a la posverdad, los simulacros mediáticos o las nuevas formas oligárquicas del posfordismo, la posmodernidad y la globalización. Trump es un facha de manual, uno de tantos majaderos a los que la gente hace caso cuando tiene miedo, un trilero con ínfulas de macho alfa al que jalean los débiles de espíritu porque les dice que tienen derecho a detestar a los negros, irse de putas, tirar la colilla al bosque o zurrarle a la esposa simplemente porque son yanquis y un yanqui pone los pies sobre la mesa si le sale de los bollocks. 

¿Es malo Trump? Desde luego que sí, es nefasto, es tan malo como Bush, como Thatcher, como Kissinger, como Nixon, como Sarkozy, como Putin, como Aznar, como Blair, como May... ¿Estoy diciendo que los malvados dirigen el mundo? Contestaré con otra pregunta: ¿y cuándo no fue así? Trump va a hacer sufrir a mucha gente inocente con decretos delirantes, será lo que profetizó Woody Allen hace décadas, un excelente actor y un horroroso presidente. No sólo perjudicará a las minorías étnicas, hará lo posible para dañar también a las clases medias empobrecidas que le han votado y buscará después la manera de culpar a los inmigrantes, los musulmanes, la prensa o los burócratas de Washington. 

Yo no voy a perder el tiempo en odiarle, ni siquiera en temerle. Trump en realidad es un fantasma, uno de los últimos rescoldos luminosos de un orden que está muriendo, el de las viejas naciones, el del colonialismo patriótico a la vieja usanza, el de las identidades colectivas asociadas a un territorio, el de las comunidades sedentarias...

Lo que pretende el "trumpism" es una fantasía ridícula e irrealizable, no se le pueden poner puertas al campo. La valla de México es un truco de prestidigitador, dinero de los impuestos que no servirá más que para incomodar a los más desdichados. Hay ya cincuenta millones de hispanos en los USA, y la mayoría no entraron por la frontera sur. Habrá más, es irremediable. La globalización es celebrada por la oligarquía de las grandes corporaciones porque permite encontrar siempre nuevos mercados y  mano de obra más y más barata -hasta los límites de la esclavitud-. Pero la globalización implica también movimientos de masas e intercambios culturales cuyos efectos de ninguna manera pueden quedar bajo el control del capital. 

Decimos que divisas y mercancías circulan mientras la gente paga las consecuencias de la desigualdad creciente y sufre, pero, además del capital, los ejecutivos y las mercancías, también circula a toda velocidad la información, al igual que las multitudes en busca de una vida mejor. Trump puede prometer a América regresar al siglo XIX, pero no es posible impedir que el mestizaje y un incalculable intercambio de mensajes sean la auténtica lógica silenciosa e incontenible de los tiempos. El relato de la América WASP de Trump, que siempre fue falso, ya sólo es un vampiro, son las multitudes en permanente movimiento las que están protagonizando la colosal transformación histórica que vivimos. La gente trabaja, produce, aprende, viaja, intercambia ideas, formas de vida y destrezas... 

Es razonable sentir cierto vértigo, pero no podemos limitarnos a expresar espanto y escepticismo ante los procesos de hibridación acelerados a los que asistimos y de los que, queramos o no, formamos parte. La gente lo pasa mal, no hay duda, y padece las continuas violaciones de derechos que las nuevas -y las viejas- formas de dominación producen incesantemente, pero esa misma gente también goza del inmenso placer de vivir y amar entre fiestas de cumpleaños, canciones de rap o bromas en la fábrica. La vida fluye sin que -como nos enseñó Nietzsche- el impulso enfermizo y descendente de los vampiros pueda congelarlo. 

No hay una revolución conservadora y nacionalista, como quieren hacernos creer los Trump, Putin, May o Le Pen, hay una revolución de las multitudes -en realidad siempre la hubo-... el asunto es si sabemos advertirlo.   

Friday, January 20, 2017

LA POSVERDAD

La "posverdad" ha sido designada palabra del año.

 No sé qué recorrido futuro puede tener, desconozco si se instalará entre nosotros o, como las hombreras, tendrá un recorrido tan fulgurante como efímero. No importa, la posverdad puede ser sólo un nombre vacío, pero sospecho que nada dice tanto sobre nuestra condición contemporánea como los nombres vacíos. 

"¿Por qué lo llaman posverdad cuando quieren decir mentira?", pregunta uno de los que, acaso por falta de buen humor, siempre se irritan con cualquier novedad. Pero es una mala pregunta, porque la mentira y la posverdad no son la misma cosa. Muy al contrario, sólo se habla de mentira en la medida en que podemos determinar qué es lo verdadero. Y eso es justamente lo que el espíritu del tiempo ha puesto en situación de incertidumbre; no sabemos dónde se ha metido lo verdadero, o mejor, no estamos seguros de disponer de los elementos para distinguirla. La verdad ha perdido su prestigio, ha dejado de ser operativa. Esto no significa que haya desaparecido, significa que tenemos vía libre para desembarazarnos de ella cuando nos venga bien. Y significa también que se puede aspirar al éxito sin vivir bajo su otrora marco protector. 

Se asocia la posverdad con el inicio de la Era Trump. Ciertamente, Trump ha llegado al poder a partir de la mentira. El problema es que, al contrario que en el caso de Nixon -al que defenestraron por mentiroso antes que por espiar a los demócratas- la gente vota a Trump aún a sabiendas de que probablemente miente. Este fenómeno se ha dado también entre nosotros con Podemos. Muchos que manifestaban en las encuestas la intención de voto a favor del partido morado reconocían no creer en las posibilidades de realización de sus promesas. En suma no se vota a ciertas opciones porque sean "verdaderas", en cierto modo se les vota porque son ficción, y les pedimos que lo sean, que se atrevan a serlo e incluso a parecerlo. 

Hay, claro, otra manera de verlo; "voto a Trump porque se atreve a decir la verdad que todos pensamos pero nadie más se atreve a decir." Pero incluso el palurdo que dice esto intuye, en el fondo, que no es la verdad de la razón, sino la emocional, la que los demagogos como Trump capturan de entre las vísceras para hacerse querer. Y el problema de la verdad del bajo vientre es que nunca es verdadera salvo entre las hordas de bárbaros, no cuando se trata de gestionar con justicia la vida en común entre seres civilizados. 

No, la posverdad, o si prefieren, la posmodernidad, de la que sólo es uno más de sus síntomas, es sólo un síntoma más de la condición contemporánea, cuyo destino es vivir en la incertidumbre y la desorientación. No podemos establecer un criterio de verdad porque todo va demasiado rápido para que nos dé tiempo a reflexionar y obtenerlo. Y si lo obtenemos, debemos saber que es precario y cambiará de inmediato. 

"Sociedad líquida", dije la semana pasada refiriéndome a Bauman. Debemos acostumbrarnos a la idea de que el estado sólido ya no corresponde a los referentes que nos sostuvieron. Eso es malo porque el trabajo se hace precario, la incomunicación se extiende secretamente entre las múltiples vías de contacto virtual, y las instituciones que protegen a los débiles se ven más y más amenazadas, empezando por la democracia misma, que se abarata tanto que ya cualquier república bananera se autodenomina democrática. Pero también es bueno, porque hace saltar en pedazos relatos que han avanzado sólo a costa de millones de muertos, como el de la superioridad de Occidente, la autoridad de los dueños del Templo, la legitimidad de las oligarquías, el patriarcado, el matrimonio convencional...

Los apologetas de la Verdad, esos de los que tanto se burló Nietzsche, gimen melancólicos en las exequias de su Dios... Pero ignoran que, como nos enseñó hace más de un siglo el autor de Zaratustra, la verdadero es una construcción humana o, como él diría, "sobrehumana". Zizek nos dio recientemente la "bienvenida a tiempos interesantes". Los tiempos interesantes son inquietantes, porque en ellos se navega a la deriva, sin saber bien a dónde dirigirnos o, para que se me entienda, sin elementos para juzgar cómo dirigir una biografía. 

No sé si me estoy explicando. La posverdad -aunque mañana la llamen de otra manera- no es el triunfo de los mentirosos, aunque ahora mismo lo parezca, es más bien el momento en que advertimos que tenemos que construir un relato que sostenga nuestra determinación de continuar adelante. Bienvenidos pues a tiempos interesantes. Y no lo olviden, hoy es nuestro primer día contra Trump.

Sunday, January 15, 2017

EN LA MUERTE DE ZYGMUNT BAUMAN

Llevo varios días pensando en qué puedo decir sobre Zygmunt Bauman, autor al que me he referido en innumerables ocasiones. Esperaba su muerte, era nonagenario, por más que su actividad editorial seguía siendo pasmosamente frenética. Creo que lo que me tiene algo atorado es la insistencia, algo obsesiva en estos días de exequias, en hablar de Bauman como un intelectual de masas, un "pensador viral", he leído. 

Es curioso que incluso he localizado algún trabajo periodístico en que pensadores tan reputados como Xavier Gomà o Adela Cortina son interrogados, no ya por el valor y la trascendencia de sus ensayos, sino por los motivos de su celebridad. Es decir, más que de un sociólogo, estaríamos hablando de un fenómeno sociológico... Qué ironía, el propio Bauman se habría debido analizar a sí mismo, o mejor, a su avatar en el mundo de la fama si tuviera la soberbia de Zizek u otras celebrities por el estilo. 

Empecé a leer a Bauman en los noventa, cuando cuando se hizo conocido a raíz de "Modernidad y Holocausto" y, después, cuando hizo fortuna con su fórmula "modernidad líquida", con la que definía la condición de las comunidades contemporáneas. Fue una lectura placentera y constructiva. Asistí después algo perplejo a ese proceso que le convirtió supuestamente en un autor de masas, desarrollando una voracidad editorial inaudita en la literatura filosófica y que sorprende especialmente en un hombre de edad tan avanzada. 

Hay quien, como es el caso de Enrique Gil Calvo, no pueden evitar que los árboles les impidan ver el bosque y caen en la tentación de hablar de Bauman como un bluff, un autor disperso e inconsistente y un producto del negocio editorial. Personalmente creo que Bauman ha publicado demasiados libros en los últimos veinte años y que la insistencia en titularlos con el rótulo de "lo líquido" no ayuda a desactivar críticas como las de Gil Calvo. 

En estas horas, cuando ya sé que no tendré más a Bauman, debo exigirme más altura de miras que quienes simulan desprecio ante la fama que en el fondo codician. Miro a la estantería, cuento once libros de Zygmunt Bauman, no está mal, pienso, son más de los que tengo de Nietzsche o de Kafka. Los he leído todos con suma atención, están abundantemente subrayados y anotados... A mí Bauman me ha dado mucho; bien pensado no me ha sobrado ni una sola de sus lecturas. 

Creo saber el porqué. Aparte de la evidencia de que es un maravilloso prosista, capaz de resultar pedagógico en sus argumentos y a la vez emocionar, Bauman ha sido capaz de diagnosticar los fenómenos de la cultura contemporánea con una precisión quirúrgica.

 Lo de la liquidez se ha repetido en exceso, pero, reconozcámoslo, designa con enorme inspiración la lógica en la que nos movemos. "Todo lo sólido se desvanece en el aire", dijo Marx. Los escritos de Bauman desarrollan esa idea en todas sus consecuencias tal y como hoy se nos presenta, es decir, como clave de todo lo que nos afecta. Los vínculos laborales ya no son los del fordismo, de ahí la extensión del precariado; las relaciones entre personas se hacen irresponsables y efímeras; las asociaciones entre ciudadanos son sustituidas por comunidades internáuticas de afinidades... Todo pasa por delante de nosotros, pero nada parece llegar a cuajar, a tomar la consistencia necesaria para venir y quedarse. Podemos hacer valer el término "posmodernidad" si sabemos aplicarlo: encontramos en el mundo más o menos las mismas cosas que antes, las mismas necesidades, similares angustias... pero ahora todo pasa demasiado rápido, nada se detiene el tiempo suficiente para que lo entendamos, no hay tiempo para reflexionar, no hay posibilidad de proyectar una biografía sostenible. Los elementos son los de siempre, pero como todo discurre sin detenerse, el escenario toma un aspecto completamente distinto. Estamos condenados a la ansiedad y, en cierto modo, a la esquizofrenia. 

Zygmunt Bauman me enseñó a entender que el filósofo debe aprender a vislumbrar la especificidad de los nuevos paisajes del dominio, la exclusión y la miseria, pero sin negarse a abandonar la tradición crítica. Al contrario que otros profetas de la posmodernidad, como Lyotard, Vattimo o Baudrillard, Bauman se nos reclama no abandonar a Kant, Marx, Adorno o Arend. Hemos ingresado en lugares donde nunca estuvimos antes, esto es completamente cierto, pero somos los mismos, luchamos por los mismos derechos y necesitamos saber cómo son las nuevas tierras sin volvernos locos. 

Lean a Bauman y, si me aceptan un consejo, dejen de atender a polémicas idiotas.        

Saturday, January 07, 2017

CAÑIZARES Y LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Comparto en todos sus términos la instrucción sobre identidad de género que prepara el gobierno valenciano, lo cual no significa que considere dicho plan incuestionable. Estamos ante una materia que es objeto de controversia en el seno de la sociedad porque recoge reivindicaciones muy serias y que afectan seriamente a la sensibilidad de millones de personas. La ley es buena, pero ha de explicarse, y las instituciones deben aprovechar la oportunidad para efectuar una labor que tiene implicaciones pedagógicas. 

Veamos. La ley de género que se aprobó el año pasado a nivel autonómico madrileño es un progreso, pero resulta insuficiente para asumir la demanda del colectivo LGTB. Lo que pretende el gobierno valenciano es despatologizar la transexualidad, es decir, que si yo decido cambiar de sexo, no necesito un documento que indique que padezco "disforia de género" para exigir que se me trate como mujer y se me faciliten los medios médicos para ejercer mi voluntad de dejar de ser un varón. De igual manera la comunidad es obligada a no ejercer sobre mí ninguna forma de discriminación, exactamente lo mismo que ya ocurre por ejemplo con los homosexuales. 

Entiendo que susciten dudas las piezas de la ley que se refieren a los menores, por eso es bueno que el Consell se explique, ya que de lo contrario la interpretación del texto sufrirá tergiversaciones que pueden dañar la legitimidad de unas reivindicaciones perfectamente justas. No me extiendo más sobre el particular, mi consejo es que la gente lea la ley. 

Pero ya que estamos, sigamos siendo pedagógicos, porque el inefable Cardenal Cañizares ha hecho algo más que discrepar de una ley. Habla de "adoctrinamiento" y de "colonización de las mentes" por parte de la "ideología de género". Se debe contestar a esta acusación, pero sería un error por parte del Consell aducir que con una ley como ésta se limitan a responder a una demanda social. Lo que está haciendo es llevar a la práctica política unos principios éticos. No sé si el género es una ideología, lo que sí sé es que instaurar leyes contra la discriminación de los transexuales implica tener el coraje de hacer valer unos ideales de justicia. Y eso ocurre aún a sabiendas de que muchísima gente va a estar en contra y de que tales medidas acaso no sean electoralmente rentables. Hay que posicionarse para lanzar esta ley, hay que pelearla como ya se hizo con el divorcio, el aborto o el matrimonio homosexual... No basta con promulgarla, hay que crear el espacio de convivencia adecuado para que sea aplicada con todas sus consecuencias. 


Me aplico el cuento. Cuando Cañizares acusa a los profesores de la enseñanza pública de intentar formar éticamente a nuestros alumnos está dando en el clavo. Yo tengo lesbianas, gays y transexuales en clase... ¿creen ustedes que en mi labor docente soy neutral hacia sus reivindicaciones? Yo no obligo a mis alumnos a compartir mis criterios -menudo aburrimiento sería eso-, pero debemos asumir sin complejos que actuamos ideológicamente cuando animamos a dos chicas lesbianas a hacer explícito su afecto mutuo,  y lo somos igualmente cuando -como todavía hacen algunos profesores en contra de mi criterio- se censura a una niña por llevar un hombro al aire. De igual manera, propagamos valores cuando exigimos que se respete un turno de palabra en el aula o cuando sancionamos a un alumno porque ha llamado "marimacho" a una compañera de clase. 


Otra cosa es que trabajar dentro de una escala de valores implique "adoctrinar". Yo soy profesor de filosofía con todas las consecuencias: lo discuto todo, lo cuestiono todo, acepto cualquier discrepancia y, si procede, trato de desactivar prejuicios que lesionan la convivencia. Es la gente como Cañizares la que adoctrina, y son sus profesores de Religión los que transmiten dogmas, es decir, supuestas verdades incuestionables. 

"Colonizar las mentes"... Hay que tener la cara muy dura, diantre.