Saturday, February 06, 2016

EL VALENCIA


Yo he visto a Kempes, hace casi cuarenta años, revolverse de manera inverosímil mientras hacía flotar el balón en el aire y sacar, como un chispazo, una volea de derecha que dejó al portero del At. Madrid clavado en la portería de Mestalla, mirando la dirección de aquel -como cantaría Silvio Rodríguez- "disparo de fuego". Ese y otros recuerdos no se perderán, como lágrimas en la lluvia, porque forman parte de una memoria compartida, e incluso quienes nunca lo vieron llegarán a creer haberlo visto, ya nos encargaremos. Cuando te las das de intelectual te rodea el vacío en cuanto tus allegados, que por lo visto sólo ven películas de Bergman, te imaginan en un estadio, aspirando el humo de los puros e insultando a un tipo que no te ha hecho nada. El fútbol, como una mascletá, como los conciertos de rock -cuando el rock es de verdad- desencadena emociones que enraízan en lo más profundo de ese alma de homínido que nos sostiene mucho antes que el retrato civilizado y burgués que nos hemos construido para hacernos presentables en sociedad. 


Sólo es un juego, claro. Además, para serles sincero, ya no estoy tan seguro como en mi juventud de que me guste el fútbol; de hecho ya no suelo ver partidos, ni siquiera los supuestamente interesantes. Creo que lo que me gusta es el Valencia, bueno, más que gustarme, diría que es como cuando te sale un hijo tonto: intento protegerlo pese a que casi nunca me da más que disgustos. Es como si debiera aferrarme obligadamente a un extraño tesoro que me legaron mis ancestros y cuidarlo hasta las últimas consecuencias. A menudo me apetece desprenderme de él, pero algo muy atávico que se instaló en mi corazón hace milenios me dice que si lo abandono a su suerte el mundo se destruirá. Sí, soy imbécil, pero el que no malgaste su vida con cosas que a los demás les parecen insignificantes que lance la primera piedra. 

Hace tres lustros, Paco Roig, que aspiraba a volver a presidir el club que se había encargado de destruir y saquear, afirmó que podía conseguir en derechos televisivos el mismo dinero que el Barça y el Madrid. El periodista lo puso en duda, Roig contestó: "Ah, però ¿és que cree vosté que els valencians son menys que els catalans i els madrilenys?". Roig llegó a la presidencia del Valencia cuando logró convencer a la pueril masa social del club de que el anterior presidente, Arturo Tuzón, era un paleto sin ambiciones que se negaba en redondo a contratar al genial Romario. Su trabajo incansable y su rechazo a toda forma de despilfarro devolvieron al Valencia a la grandeza que se había perdido en los ochenta, cuando, precisamente merced al despilfarro megalómano de sus antecesores, la entidad acabó en quiebra y descendida a la segunda división. 


Roig cumplió su promesa, fichó a Romario, un zángano impresentable, e instaló al club en la senda de la deuda hiperbólica de la que ya nunca hemos salido. Después todos sus desmanes llegaron a parecer poca cosa cuando Joan Soler consumó la devastación del Valencia, al que convirtió en cautivo de la burbuja inmobiliaria y de su absoluta incapacidad para gestionar nada. "Eso no es dinero", contestó cuando alguien aventuró la cifra astronómica que podrían suponer las faraónicas inversiones con las que pretendía convertir el VCF en poco menos que una multinacional del fútbol. Soler quería pasar a la historia del Valencia y que le hicieran una estatua en la Plaça de l´Afició... lo primero lo ha conseguido. Lo que hizo con David Albelda, intentar destruirle simplemente porque le miraba con altivez, debe hacernos pensar con envidia en la manera en que el Barça trató en su despedida a héroes del club como Puyol o Xavi. 


¿Por qué el valencianismo le aguantó todos aquellos dislates a Soler y no le pasó ni una a Tuzón o a Llorente? Creo que por la misma razón por la que se dejó manejar por Amadeo Salvo, uno de los mayores farsantes que he visto en el mundo del fútbol -y he visto infinidad- y el personaje que, mejorando a Roig o Soler, podría pasar a la historia como el que condujo al Valencia a su armagedón. Salvo se empeñó en que el club vendiera el alma a un millonario de Singapur, Peter Lim, que aparece en la lista Forbes. "No había otro remedio", dijeron unos... Los demás -aficionados y medios, con la honrosa excepción de la Cadena Ser- se creyeron que había llegado el Rey Midas y que el Valencia volvería a ser la princesa más guapa de todos los reinos. Pero el problema de vender el alma es que dejas de tenerla, y un club de fútbol sin alma no puede existir, pues aunque esto Lim es incapaz de entenderlo, no es una simple empresa que se puede gobernar como se gobierna una asesoría o una franquicia de hamburguesas. 

Sabemos que la globalización no es mala necesariamente. Cuando se asume como un tsunami que arrasa con todo para imponer esa lógica feroz y simplista con la que los grandes mercaderes caminan como mamuts saltándose las reglas locales, entonces su consecuencia es el estrangulamiento de las identidades locales, es decir, el desastre. Sería interesante hacer una relación de la cantidad -delirante, se lo aseguro- de futbolistas que han pasado por el Valencia en apenas cuatro años, y habría que incorporar a esa lista a infinidad de entrenadores, asesores y empleados de todo tipo... "Fútbol líquido", diría Zymunt Bauman, volatilidad enloquecida que impide que cuaje y permanezca nada que aspire a ser sólido. 


¿Por qué somos del Valencia?, diría mi hijo hipotético si estuviéramos en aquel anuncio tan acertado que hizo hace años el Atlético de Madrid. Yo está pregunta la tengo muy contestada. Soy del Valencia porque mi padre me llevaba al estadio desde los cuatro años... Y yo vivía aquel mundo de adultos que reaccionaban de manera tan extraña como si Mestalla fuera el Teatro de los Sueños. Cada gol de Keita o de Valdez era una emoción tan pura que tengo que pensar en cosas muy grandes de mi vida para encontrarles parangón. Creo que en Valencia tenemos un problema político y sociológico muy serio, y es un problema que sin duda se traslada al fútbol. Queremos creer que somos guapos y grandiosos sin necesitar esfuerzo para ello. Esa megalomanía pueril nos hace extraordinariamente vulnerables a que cualquier embaucador nos venda ilusión para estafarnos. El que una cuadrilla de bandidos nos haya gobernado durante dos décadas sin apenas oposición debería como poco dar lugar a un examen de conciencia. 

Luego perdemos siete a cero en el Nou Camp y nos deprimimos. Gracias, Messi, a ver si aprendemos. 

Saturday, January 30, 2016

LA VIEJA GUARDIA



Quién es Felipe González yo lo he sabido casi desde siempre. No hace mucho Luis Mª Ansón, uno de los reaccionarios más irredentos e influyentes de este país, dijo que España sólo había tenido un gran estadista: "¿Aznar?", le preguntó el periodista con bastante criterio... "No, González", contestó para sorpresa general. Aquel día Ansón dio la clave para entender el misterioso idilio secreto que la derecha española tiene con Felipe: en el fondo le amaron siempre, pero no lo sabían. Con su intervención de los últimos días, aconsejando a Pedro Sánchez que conceda otros cuatro años de gobierno a la derecha, se ha situado a la altura de las expectativas de Ansón: no barre para su casa, no defiende intereses personales ni partidistas, habla en interés de España. Gracias, Felipe. 

Por mi parte tengo tantas ganas de que Sánchez acepte el simpático consejo de su Darth Vader como de alistarme en los marines. Los mismos que el propio Sánchez, supongo, al que las viejas glorias advierten del riesgo de suicidarse si pacta con Iglesias para que se suicide más rápida y eficazmente tomando una decisión que destruirá su imagen y la del partido ante el electorado. Esto parece que no lo han calculado: dado que quienes votan al PSOE prefieren un gobierno de izquierdas, si el voto sirve para reafirmar a la derecha, lo siguiente será entender que la única oposición digna de ese nombre es la de Podemos, que asumirá con todo derecho -por desestimiento del rival- la condición de primera fuerza de izquierdas en este país. 

Mientras tanto, seguimos presenciando la tormenta de improperios y descalificaciones contra la fuerza morada. Lo he dicho muchas veces: no he votado a Podemos, no me cae bien Pablo Iglesias y no me parece nada fiable su sentido de la estrategia. La política de gestos que últimamente el partido ha exacerbado me parece hueca y ridícula, lo del asamblearismo no hay quien se lo trague a estas alturas, están ciertamente obsesionados con relegar al PSOE, afirman taxativamente cosas de las que luego se desdicen sin ningún sonrojo... ¿Sigo?

Muy bien, pero resulta que ahora mismo Podemos y la arrogancia de su televisivo líder son el menor de mis problemas... Lo que no entiendo es por qué a tantas personas les obsesiona tanto. No me vale decir que uno también sabe ser crítico con los demás. Puede uno pensar que el PSOE es víctima de la esclerosis de un partido de izquierdas que ya sólo defiende su supervivencia, que el PP está podrido por la corrupción y que Ciudadanos es un invento del IBEX. Las tres afirmaciones son tan verdaderas como las que denuestan a Podemos, sí, pero da la casualidad que son éstas últimas las que aparecen insistentemente, y lo hacen en la prensa de derechas tanto como en la de izquierdas. 

Claro, es que ahora Podemos se postula para un pacto de gobierno. ¿Y qué? ¿Ha llegado el fin del mundo? "Ahí está Zyriza", nos dicen, sí, y justamente el caso griego es la prueba de que para un gobierno nacional es imposible transformar en profundidad la estructura socioeconómica, de ahí que Tsipras, que tanto miedo daba, ha terminado cediendo prácticamente en todo con la troika. Y ahora quieren hacernos creer que Podemos pretende dar un golpe de estado y crear una república bolivariana... Es evidente que piensan que somos imbéciles. 

Yo no sé si saldría bien el pacto de izquierdas ni qué es lo mejor para el PSOE, sé que prefiero por múltiples razones que la derecha no siga gobernando España. La izquierda disponible no es la que queremos, de acuerdo, pero es la que hay, por más que nos irrite el tipo de la coleta. La intervención de González tiene la virtud de poner sobre la mesa la evidencia que no parecen querer ver quienes día tras día lanzan dentelladas a Podemos desde la izquierda: sin pacto tenemos otros cuatro años de PP. Es lo que tendríamos en Valencia si, pese a lo que complicado que resultó, no se hubieran puesto de acuerdo las fuerzas de izquierda en el Botánico. Camps, Rita, Rus, Fabra, Castedo... parece el museo de los horrores, y resulta que lo hemos aguantado durante más de dos décadas en la comunidad autónoma más desvalijada y gestionada con la mayor irresponsabilidad de toda Europa Occidental. 

Permítanme un par de reflexiones. En el 15M se indicaba a los manifestantes que abandonaran las acampadas y las pancartas y que formaran un partido político. A resultas se formó Podemos; lo aceptemos o no como genuinamente representativo de aquel espíritu admirable, esta formación es la respuesta a aquella demanda... Y ahora, cuando está cerca de gobernar, que es lo que se supone que pretende un partido, resulta que también es ilegítimo. Seguramente no queremos preguntarnos por qué le han votado siete millones de personas, apenas un puñado de votos menos que los recibidos por el PSOE. Les aseguro que esos electores -conozco a algunos- tienen sus razones, deberíamos empezar por respetar su derecho a desear que gobierne el partido al que votan. 

Otra más. Hace unas semanas se decía que en realidad era Podemos quien no quería pactar, que había planteado sus líneas rojas -el célebre referendum catalán- con la intención de hacer imposible el pacto. Ahora, cuando la intención de los morados por alcanzar ese acuerdo no ofrece dudas, resulta que es en los entresijos del PSOE donde se extiende la histeria anti-pacto. 

Vengo advirtiendo esta esquizofrenia desde que se dijo que Podemos era un partido bolchevique y, por tanto, revolucionario y, al día siguiente, otro (o a veces el mismo y en el mismo día) afirmaba que eran tigres de papel y que realizaban promesas fáciles que no pensaban cumplir. ¿En qué quedamos? También recuerdo que en una ocasión Felipe González dijo que "Iglesias me recuerda a Aznar". Es curioso, en la Transición la derecha presentaba a aquel joven andaluz emergente en términos muy parecidos a los que ahora emplean los reaccionarios para hablar de Pablo. El círculo se cierra cuando nos percatamos de que ese Aznar al que González ha odiado tanto realiza exactamente el mismo diagnóstico que él respecto a la situación española: debe seguir gobernando la derecha. Ansón tenía razón.   

Friday, January 22, 2016

HACE DIEZ MIL AÑOS

En la Facultad de Filosofía, creo que en tercer o cuarto curso, existía una asignatura que se llamaba Teodicea. Su objetivo era estudiar "el problema del mal en el mundo", lo cual, teniendo en cuenta el origen teológico de aquella disciplina académica, alude directamente a Dios, a quien inevitablemente dirigen los fieles la gran pregunta: si eres bueno y nos quieres, ¿por qué permites tantas calamidades?

Aprobé la asignatura, pero no avancé gran cosa en el asunto de la justificación del Mal, creo que porque el problema no es Dios, sino esa cosa tan laberíntica que llamamos el alma humana. En estos días se han descubierto los restos de una cruel batalla entre cazadores y recolectores de hace nada menos que diez mil años en Kenya. Con ello parece que se desmoronan mitos como el del "buen salvaje", al que, desde Jean-Jacques Rousseau, tendemos a considerar como ajeno a los mecanismos de la codicia, el odio o el racismo que explican la génesis de las guerras, asociadas por el ginebrino al nacimiento de las grandes sociedades civiles, verdaderas cunas de todos los vicios que degradan nuestra naturaleza. 

Rousseau reaccionaba en el setecientos contra la caracterización hobbesiana de lo humano. Para el padre del Leviatán, "el hombre es un lobo para el hombre", es decir, somos un mono insufrible espoleado por un egoísmo cerril que desata la guerra contra todo el que se le acerca, de manera que sólo unas instituciones autoritarias y con un gran poder de intimidación pueden instaurar la paz. 

Algunas escenas que presenciamos últimamente en el "horror show" informativo habrían de inclinarnos a acompañar a Thomas Hobbes en su pesimismo. ¿Qué hemos de pensar de los dos jóvenes que hace unas cuantas noches mataron a docenas de lechones en una granja, lanzándose sobre ellos para "gastar una broma" cuyas imágenes colgaron después en internet? ¿Qué dirá la teodicea respecto a las almas de semejantes escoria humana? 

No soy sin embargo partidario de escarbar demasiado en la naturaleza humana, algo a lo que se dedicaron los sabios clásicos seguramente porque guardaban la esperanza de poder determinar de una vez por todas lo esencial de nuestra condición. No me alejo de Hobbes por su cinismo ni de Rousseau por su candidez, el error que comparten es el creer que existe una propensión natural de conducta en nosotros, el error es ignorar que, más allá de las claves genéticas propias de un mamífero, somos por encima de todo lo que los valores que hemos aprendido nos inclinan a ser. 

No sé qué hay en los entresijos del alma de dos tipos que matan así a unos indefensos lechones, sé lo que hay en mi alma cuando se manifiestan el odio, el rencor, el resentimiento o la violencia que llevo dentro. No sé si formo parte de la turba feroz de cazadores que aniquilaron en Kenya hace diez mil años a un grupo de labriegos; soy los principios que he adquirido durante mi vida, las decisiones que he tomado, los actos bellísimos o atroces que he llevado a cabo. Como nos enseñó Kant, es la libre voluntad, gobernada con plena autonomía por la Razón, lo que determina si soy un digno de mi condición. 

En realidad, el descubrimiento de Kenya no demuestra gran cosa, no hay un destino irreversible inscrito a priori en la raza del homo sapiens. Haremos con nuestras vidas y con este planeta lo que la fortaleza de nuestra voluntad nos permitan hacer. Ello supone tener el coraje de pelear por un mundo más justo y habitable, lo cual es antes producto de una decisión ética que de algún misterioso designio genético ineluctable. 

Claro que también podemos concluir en que no tenemos remedio y esperar sentados a que la siguiente matanza no nos toque a nosotros. 

Friday, January 15, 2016

NAOMI KLEIN Y LOS HÉROES DEL CAMBIO CLIMÁTICO




Compro los domingos con moderada fidelidad la edición semanal de El País. Este tipo de publicaciones -y en concreto a la de El País hay quien con cierta ironía la denomina "La Biblia"- son ridículamente arrogantes, pues nos indican qué es lo que tenemos que pensar, qué asuntos deberían ser objeto de nuestra preocupación, qué nos conviene comer, cómo vestirnos para las ocasiones, qué es aceptable que hagamos o nos dejemos hacer en la cama y cómo, en definitiva, debemos actuar en nuestra vida pública y privada para ser cool y dejar de parecer un peñazo, que es lo que probablemente somos. 

Leo no obstante EPS porque creo que tiene en nómina articulistas ocurrentes, ha publicado a menudo trabajos de investigación muy apreciables o cuenta después de tantos años con un arsenal fotográfico impagable. Detecto sin embargo un problema que acaso sea más previsible en otros dominicales pero que lleva algún tiempo haciéndose muy patente en EPS: la tendencia a trivializar. No me refiero a las páginas de cocina o moda, no, me refiero a trabajos de páginas centrales que, ocupándose de un tema que requiere circunspección y rigor, nos presentan una galería de fotos impactantes apostilladas con frases políticamente correctas, tras lo cual uno ya puede pasar tranquilamente a mirar qué color es el más trendy para reformarse la cocina. 

La pasada semana tuvimos una de éstas que, me temo, debe haber pasado bastante desapercibida. A colación de la Cumbre de París para el Cambio Climático, nos encontramos varias páginas llenas de bonitos retratos que representan a los que, según el articulista, debemos considerar héroes contra el calentamiento global. A primera vista me escandaliza que no aparezca en la terna Naomi Klein, autora de "Esto lo cambia todo", un extenso, valiente y documentadísimo tratado sobre el cambio climático que se publicó el año pasado y que ha tenido tanta repercusión como los anteriores libros de la canadiense, fuertemente críticos hacia el capitalismo globalizado, "No logo" y "La doctrina del shock". 

Toda exclusión de una lista de adalides de buenas causas es, supongo, tan discutible como toda inclusión. Lo que me llama la atención es que la lista esté básicamente compuesta por grandes oligarcas de la economía o la política, personas que no dudo que estén preocupadas por el cambio climático y que desempeñan varias de ellas cargos supuestamente trascendentes en la ONU para afrontar el problema. No obstante me viene a la memoria cierta frase del ex-alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, cuyo retrato aparece en lugar de honor en la revista: "Hay que liderar desde arriba, nadie va a empezar nada desde la base". 

Es justamente lo contrario de lo que defienden Naomi Klein y la mayoría de los activistas del clima que conocen de verdad el desafío al que nos enfrentamos: o los ciudadanos empezamos por cambiar nuestros hábitos y obligamos a los gobernantes a seguirnos, o de ninguna manera podremos evitar la catástrofe que supone un aumento de la temperatura media del planeta cercana a los cuatro grados centígrados. Por cierto, la lista es convenientemente aliñada por celebridades como la modelo Giselle Bundchen o cierto actor que hace de vampiro sexy en películas para adolescentes y que, por supuesto, dice andar  también muy preocupado con el asunto climático. 

He investigado las alusiones que en "Esto lo cambia todo" realiza Naomi Klein a dos de los héroes del clima retratados por EPS, el citado Michael Bloomberg y Richard Branson.Veamos.

El millonario y ex-alcalde de Nueva York lideró el pasado año junto a otros oligarcas la agencia Risky Business, destinada a avisar a la nación y especialmente a sus empresas de los costes económicos que pueden resultar del cambio climático. No se habla demasiado de sus inversiones en petróleo o gas natural, o de que es un firme partidario de la técnica del fracking, que él considera muy útil para luchar contra el cambio climático y a la que, sin embargo, y siempre según Klein, se le han descubierto fuertes costes en cuanto a liberación de gases nocivos a la atmósfera. Klein lanza sus sospechas hacia la cruzada ecofilantrópica de Bloomberg en favor del gas natural, que él presenta como alternativa pro-climática al carbón. Intereses económicos muy bien estudiados podrían haber estimulado el activismo ecologista del personaje.

Richard Branson, británico y estrambótico multimillonario, es el fundador de Virgin Group, nacida como discográfica y que en la actualidad vende todo tipo de cosas, pero que destaca sobre todo por sus colosales inversiones en aerolíneas. Branson ha bautizado su concepción del mundo como "Capitalismo Gaia", algo así como una versión New Age del neoliberalismo. Reconoce haber experimentado su caída del caballo con una visita a su casa de Al Gore, personaje clave en la historia de la difusión del concepto de cambio climático. Desde aquella epifanía, Branson ha invertido grandes cantidades en proyectos como el invento de un combustible bajo en carbono. Su frase más célebre, "Si el Estado no puede, tendrán que hacerlo las empresas privadas", resume su autoproclamación como mesías de un futuro verde. Eso sí, siempre parte del principio de que "podemos seguir viviendo como hasta ahora". 

Según Klein, Branson ha decaído mucho en sus impulsos iniciales, de manera que su obsesión ecológica actual se centra en hacer más "verde" la vida en las dos islas que posee en el Caribe. El haber puesto freno a otras inversiones pro-climáticas tiene que ver, según ha explicado el empresario, con las pérdidas que a Virgin le ha supuesto la fuerte recesión económica. Debe ser eso lo que le ha inclinado a aumentar espectacularmente su flotilla de aviones, que sueltan volúmenes brutales de carbono al aire, hasta el punto de que Klein calcula en un cuarenta por ciento el incremento de las emisiones de gases con efecto invernadero de Virgin desde que descubrió la luz gracias a Gore. El excéntrico personaje también creó una escudería de Fórmula 1, sin olvidarnos de la agencia Virgin Galactic, que prevé en un futuro cercano lanzar vuelos comerciales al espacio. 

Según Klein, detrás de todos estos fuegos artificiales se encuentra la pueril adicción humana a la ideología del milagro tecnológico: la noción -muy hollywoodiense- de que la ciencia nos salvará gracias a algún genio sufragado por un magnate con corazón, un eficaz sedante que acaso no haga sino acelerar el rumbo hacia la catástrofe medioambiental. 

Ningún multimillonario supuestamente concienciado nos va a salvar. Debemos asumir la necesidad de transformar nuestras conductas y asumir que no son los esfuerzos filantrópicos de los ricos los que cambiarán las cosas, sería más apropiado crear el tejido jurídico necesario para sancionar a las empresas sucias, obligarles a limpiar y subirles los impuestos. De esto EPS no habla mucho este domingo. Se ve que no es muy cool.  

Wednesday, January 06, 2016

RAFA BENÍTEZ, UNA DESTITUCIÓN POSMODERNA

Con la ruidina del cambio de siglo, los atentados del World Trade Center y la euforia de ver cómo el mundo culé rabiaba por la marcha de Figo al eterno rival, no se advirtió hace casi quince años la trascendencia de la consigna que Florentino Pérez convirtió en característica del mandato que entonces iniciaba: "Conmigo el Madrid entrará en la posmodernidad". 

Vicente Verdú lo entendió muy bien: el Madrid ya era una "lovemark", como la Disney. Se trataba pues de explotarla, de multiplicar el número de sus adeptos por todo el globo terráqueo y hacerles pagar por el cariño que "el mejor club del mundo" les devolvía en forma de fichajes galácticos. Eso y algunas dudosas operaciones inmobiliarias en las que la presión política fue determinante volvieron al Madrid más rico que nunca. Todo estaba perfectamente preparado para que el club de Chamartín agigantara su historial, que, conviene no olvidarlo, está basado en el éxito, en la excelencia, en la adicción a la victoria. Salvo por un pequeño detalle difícil de asumir para quienes todavía viven en la lógica clásica, que aquello de jugar bien y ganar pasaba ahora a ser una cuestión menor. Marcar goles y pelear en el barro era cosa de medianías sin glamour como Pirri o Juanito, entrenados por el atorrante de Molowny. Si se fichó a Beckam, toda una marca de estilo -incluso cuando a su mujer le dio por volver a Londres porque España le olía a ajo- no fue por su talento, que por cierto era bastante discutible, sino porque el rubio centrocampista daba estupendamente en las fotos promocionales.  

Como explica Verdú, el Madrid dejó de ser deudor de su leyenda, se quitó de encima la carga de tener que ganar siempre para que su presente no hubiera de avergonzarse ante la luminosidad de un pasado glorioso, y se convirtió en su deudor. Así, el Madrid de Florentino ya no tenía que ganar, le bastaba con gestionar astutamente su leyenda. 

Desde entonces, el florentinato ha vivido sin enemigos naturales. No se le han opuesto ni la prensa, vergonzosamente inclinada a jalear una política deportiva delirante, ni la hinchada, cautivada puerilmente por la golosina de los fichajes millonarios... ni siquiera los políticos, sabedores de lo que en alguna ocasión se les hizo saber desde el entorno del Gran Hombre, que nadie puede alcanzar el gobierno de la nación en contra del Real Madrid. Me viene a la memoria aquella asquerosa imagen de servilismo con la que un supuesto ídolo del Bernabeu y ahora pelota mayor del reino, Butragueño, celebró el regreso de su jefe a la poltrona madridista: "yo creo que es un ser superior".

Pero al Ser Superior se le atragantó una única cosa: el fútbol. La cantidad de éxitos obtenidos por el Madrid en el siglo XXI dejan una imagen discreta de su gestión si consideramos en bruto el historial del club, pero llegan a sonrojar cuando pensamos en la barbaridad de millones invertidos. Reinventando a Zygmunt Bauman, diría que el Madrid del florentinismo se ha convertido en un "equipo líquido", una corriente de futbolistas luminosos que vienen y se marchan sin que acabe de cuajar jamás una idea de conjunto, como si algo tan indispensable para el éxito como es un proyecto deportivo sólido fuera en realidad cosa despreciable, tarea para labriegos, indigna de quienes presumen de hidalguía. 

La destitución de Rafa Benítez encaja perfectamente dentro de esta lógica. Les aseguro, por si no les gusta el fútbol, que no hay muchos entrenadores con tanta capacidad como él. Se quiere ver en sus decisiones la clave del mal rendimiento del equipo, pero los errores de Benítez han arrancado de la necesidad -que por lo visto va en el sueldo cuando entrenas al Madrid- de quedar bien con todo el mundo: presidente, prensa, vestuario, hinchada... Él sabe muy bien que de haber respondido a sus propios criterios sin remilgos se habría ventilado tras unos meses a media plantilla, con lo que las estrellitas se le habrían puesto en contra mucho antes y él habría durado todavía menos. Es cierto que a Benítez no le han pasado ni una mientras que a Mourinho le daban patente de corso para maltratar a la prensa, hacer jugar fatal a su equipo, dilapidar futbolistas, agredir a los entrenadores contrarios e incluso manifestar públicamente su desprecio al país en el que estaba trabajando... Pero Mourinho es una estrella... Y Benítez no, esa es la diferencia. Además Benítez está gordo, algo que dicen preocupaba mucho al entorno de Florentino desde el primer momento, de ahí, que -siempre según el rumor- le habrían aconsejado que adelgazase y no deteriorara la chulísima fotogenia del club. El problema de Benítez es que es un entrenador de fútbol, y no es eso lo que quiere el madridismo, suponiendo que sepa lo que quiere. Con Zidane seguirán perdiendo, pero al menos a éste si le para bien el traje. 

...Es lo que tiene ser una lovemark.

Thursday, December 31, 2015

EL PROBLEMA NO ES PODEMOS

En realidad no lo ha sido nunca, no al menos "el gran problema". Si nos referimos exclusivamente a la cuestión urgente de la gobernabilidad suscitada por el complejo resultado electoral, entonces sí, Podemos y el otro partido emergente, Ciudadanos, han llegado para montar un lío considerable. Pero si lo que nos preocupa de verdad es el bienestar de la gente, entonces me niego a aceptar la especie, lanzada al espacio insistentemente por sus hostiles -sobre todo los afines al PSOE-, de que encontrarnos ahora con sesenta congresistas del partido de Pablo Iglesias es un desastre.

Yo no sé qué tiene que hacer el PSOE en las próximas semanas. Decidan lo que decidan -y hay que reconocerle a Pedro Sánchez que el fuego amigo, es decir, sus enemistades internas, se lo está poniendo muy difícil-, mi pronóstico es rotundo: harán lo que crean que va a lesionar menos la futura supervivencia del partido, y lo presentarán como un acto de reponsabilidad patriótica.

Miren, a mí no me gusta Podemos, hablo relajadamente y sin horror de ellos porque, pese a que comparto algunos de sus planteamientos, no les he votado ni creo que llegue a hacerlo. Me interesa Podemos como fenómeno sociológico, y creo que en el futuro investigar las circunstancias que han rodeado su fundación y su relampagueante ascenso ayudará a entender lo que estaba pasando en la España de la segunda década del siglo XXI.

En cualquier caso me genera una fuerte desconfianza. Sus fundadores arrastran una herencia "escolar" leninista que me inquieta, se diría que dominan con maestría el arte de decidir entre bastidores todo lo que se debe hacer a cada momento en un cenáculo exclusivo para presentarlo después como el resultado de la voluntad popular. Son a menudo ocurrentes y vacuos, se lanzan audazmente a la piscina de prometer transformaciones profundas sin que terminen de explicar si saben cómo hacerlo. No me parece desacertada la crítica de que crecen porque le dicen a la gente lo que ésta quiere escuchar, lo cual, en tiempos como el actual en los que mucha gente en España se siente humillada, alimenta el peligro del populismo. Hay en ellos un componente de insolencia que no me molestaría de no ser porque en situaciones como la de estos días, donde lo recomendable es la prudencia y se debe ser casi quirúrgico a la hora de hablar y de actuar, los podemistas ponen pecho palomo para proclamar sus "líneas rojas", desmintiendo después que sean tal cosa y poniéndole otro nombre, con la misma hipocresía de los partidos del stablishment contra el que se rebelan y tratándonos igualmente como si fuéramos idiotas. Y sí, yo también creo que Pablo Iglesias es un héroe de la tele, y ya sabemos que la telegenia no lo es todo. (¿O sí lo es?)

Podría seguir marcando distancias con Podemos, pero no es objetivo de esta artículo, en parte porque este partido es atacado por tierra, mar y aire sin descanso en estos días, pero sobre todo porque debo insistir en lo que el título de este escrito enuncia: Podemos no es el problema. ¿Y cuál es ese problema? Ahora mismo, sin duda, el proyecto secesionista catalán y la intención de sus actores de que el Estado se debilite al máximo para facilitar la "desconexión". Y ese problema lo es para todos los que pretenden construir legítimamente un gobierno estable, empezando por el propio Podemos, que explosionó electoralmente en las capitales del Principado entre otras cosas por aliarse con la demanda de un referéndum, y que ahora se encuentra ante la imposibilidad de pactar un gobierno con el PSOE, cuyas posiciones respecto al tema catalán son extraordinariamente precarias e imprecisas.

Llega el momento de decirlo: la gente ha votado a Podemos porque esta harta de que le mientan, de que le hagan promesas que no se cumplen, de que le transmitan siempre el mismo mensaje larvado de que en realidad, la política es hoy impotente ante el capital y que lo único que se puede hacer ante un mundo donde cada vez hay más pobres y los ricos son más ricos es resignarse. "Sí se puede", este slogan es una obra maestra del marketing político porque ataca a los rincones más profundos del corazón de ciudadanos que se sienten humillados ante la sensación de que la democracia es hoy una mentira. ¿Significa esto que el partido de Pablo Iglesias "sí va a poder"? No, probablemente no, quizá sea un bluff, pero cinco millones de personas han decidido aferrarse a esa posibilidad por razones que creo que no estamos sabiendo analizar. Son apenas unos pocos menos que los obtenidos por una fuerza histórica tan relevante como el PSOE. ¿Nos conformamos con pensar que esos cinco millones son imbéciles o asumimos de una vez que el 15M y la colosal crisis han abierto un ciclo nuevo en las sociedad española? El problema no es Podemos, el problema es que el dinero está triturando el modelo de representación, en otras palabras, que las instituciones se están descomponiendo ante nuestros ojos y que todo apunta a que o la ciudadanía reacciona o seremos más pobres y estaremos más desprotegidos... Nosotros y nuestros hijos.   

Friday, December 18, 2015

Decía Jean Baudrillard que en las sociedades desarrolladas la política había desaparecido de la escena, dejando sólo su fantasma, todo ese juego delirante de sondeos, debates televisivos y opiniones de tertulianos, como si nos encontráremos ante la final de la liga de fútbol, este año a lo que se ve con más candidatos al título de lo que estábamos acostumbrados. La función de este gigantesco simulacro, consistente en no parar ni un instante de ofrecer señales de vida y mantenernos sobreinformados, es precisamente fingir que todavía existe la representación, ese principio crucial desde el que se identifica la política desde que Rousseau lo enunció en el XVIII. 

El escepticismo de Baudrillard es razonable, pero el autor no llega nunca a dar pistas concretas respecto a cómo salir del bucle, consistente en que nosotros ponemos a los políticos en el poder y ellos nos divierten con el espectáculo de que aún es posible gobernar las comunidades globalizadas, de que las ideologías aún pueden determinar programas de actuación, de que es en definitiva la voluntad general y no el capital el que aún rige nuestros destinos. 

Podría en consecuencia predicar la abstención, pero es que yo -llámenme iluso- no alcanzo las simas de escepticismo a los que llegó el autor de "El intercambio simbólico y la muerte". Tenemos sin duda un problema muy serio con la supervivencia del espacio público, con la política entendida como partidocracia y ejercida por tanto a partir de una maquinaria burocrática destinada a autorreproducirse y no a defender a las personas. Estamos ante una crisis sistémica de proporciones gigantescas, y estoy dispuesto a aliarme con aquellos que sean simplemente capaces de situarse ante esa crisis, asumiéndola como un desafío para bloquear el camino que parece conducir nuestras sociedades hacia el populismo, el fascismo o, lo que acaso sea aún peor,  la dictadura de la indiferencia. 

No sé quién ganó el debate de la otra noche, no sé si Podemos es tan nefasto como predican muchos y me gustaría pensar que la marcha del país cambiaría sustancialmente si en vez de la derecha gobernara el socialismo. Poco puedo decirles al respecto de cuestiones tan urgentes, pero, al modo del mensaje en una botella que el náugrafo arroja al mar, se me ocurren algunas cosillas que he aprendido a medida que me he ido haciendo mayor. Otras son meras pinceladas respecto a la actualidad. No ayudarán a acertar con el voto, pero es que, por más que se autoafirman los candidatos con eso de "vótame y alcancemos juntos el nirvana", no creo que nadie esté en condiciones de hacerlo. Ahí van. 

1. Los paraísos fiscales son el sumidero de la prosperidad; si no actuamos pronto contra ellos sucumbiremos. Las razones por las que no se actúa son sencillas; todo, política y economía, forma parte de la misma red corrupta. Somos los ciudadanos los que, como siempre ha sucedido, habremos de obligar a los gobernantes a acabar con este cáncer devastador. 

2. La Unión Europea fracasa porque está mal hecha de origen. Es ridículo creer que puede haber una moneda única con diecinueve políticas presupuestarias diferentes, diecinueve modelos fiscales, diecinueve modelos de tratamiento de la deuda... O entendemos que Europa se debe comportar ya como una nación o nos devorarán los tigres de Asia y América.   

3. Digámoslo ya de una vez, la mitad de los españoles odia a Catalunya. Como no comparto este sentimiento se me hace difícil entenderlo, pero es una realidad que vengo percibiendo desde pequeñito y que nos empeñamos absurdamente en disimular. ¿Y qué es odiar a Catalunya? Sencillo: actuar exactamente como se está actuando ante el proceso de autodeterminación, es decir, hacer como si fuera un delirio de cuatro locos o, lo que es lo mismo, no hacer nada y esperar a que escampe. 

4. El proceso de "desconexión" es ilegítimo no sólo por ilegal, sino, sobre todo, porque se está pasando por el forro la voluntad de más de la mitad de los catalanes. Un no secesionista podría convencerse de que es aceptable la celebración de un referéndum de autodeterminación, pero no en esta tesitura. Catalunya será un Estado o no lo será, pero jamás lo merecerá de esta manera. 

5. La corrupción es consustancial a esta democracia de baja intensidad a la que el mundo se está acostumbrando. Mientras haya partidocracia habrá corrupción, es muy sencillo establecer la relación causa-efecto. No caigamos en la tentación de hacer caso a quienes, desde estructuras de partido podridas, se defienden de las acusaciones aludiendo a la maldad de unos cuantos sujetos mal controlados. Ahora bien, mientras hacemos ese razonamiento, pensemos en las corruptelas cotidianas a las que se suele decir que los españoles somos muy aficionados. Eso quizá nos ayude a entender que los políticos, pese a todo, están hechos de la misma pasta que cualquiera de nosotros. 

6. El sistema educativo es un fraude colosal. La gente miente cuando dice que los problemas del país se arreglarían mejorando la educación; los políticos mienten cuando pontifican sobre el tema porque saben que los frutos venenosos de sus nefastas decisiones se los comerán otros. No habrá consenso educativo, el Gran Pacto será como el de los yanquis con los indios, es decir, un respiro para legalizar el exterminio. Estoy perdiendo la esperanza. Por favor, señores candidatos, limitense a cargarse la Ley Wert y no hagan nada más, pasen de nosotros, olvidennos. Nosotros nos las arreglaremos en las aulas sin ustedes.