Friday, March 27, 2015

EL AVIÓN




En "La familia Savage", una película de 2007, dos hermanos de mediana edad son llamados del hospital porque su padre está muy grave. Ya en la habitación, mientras miran al anciano yacente tratando de hacer que los reconozca, los aparatos a los que está conectado emiten de pronto ese pitidito con línea continua que todos conocemos. Un gélido doctor anota la hora del óbito. Los hermanos permanecen ante el hombre que, hace apenas unos segundos, y durante más de ochenta años, ha estado entre los vivos. "Y... ¿ya está?", dice su hija con evidente enojo. Está indignada, no es con los médicos ni con su padre, es con la vida. Esa irritación absurda delata el escándalo de la existencia, la irreversibilidad de la condena que pesa sobre todos nosotros.

Doscientas cincuenta personas mueren en un accidente de avión. Poco importa que el piloto se durmiera o que por algún motivo muy difícil de imaginar decidiera provocar el apocalipsis. Durante los ocho minutos que arrastraron al avión hacia el brutal desenlace, la vida quedó en suspenso. Prefiero no pensar en la insoportable angustia de esos momentos para el pasaje. En cualquier caso la colisión fue letal, es una décima de segundo la que conduce al reino de los muertos a tantas y tantas personas, dejando tras de sí un paisaje endemoniado de fragmentos de cuerpos y fuselaje.

¿Ya está? Sí, ya está. Quienes tenemos la poca delicadeza de creer que todo acaba aquí, en el marco del espacio y del tiempo, y, lo que es peor, de hacerlo público como para querer amargarle el resto de su existencia a los ilusos, sabemos muy bien lo que significa la caducidad. 

¿Por qué ellos y yo no? Esta pregunta es igualmente cándida. Sólo bajo la pretensión de que existe algún tipo de justicia divina podemos creer que nuestros merecimientos están destinados a ser reconocidos. Por eso sé que da lo mismo haber llegado a tiempo para embarcar en ese vuelo fatal que elegir entre dos marcas de yogur para tu bebé en el momento en que un loco hijo de perra hace estallar una bomba en unos grandes almacenes. Siempre he detestado esa hipocresía con la que el presentador de algún programa, preferentemente deportivo o del corazón, pronuncia aquello de "la vida sigue" o "debemos seguir, él lo habría querido así", tras la cara compungida de los minutos en que se dedicaron a glosar la vida y milagros del reciente finado, al cual por cierto todos querían mucho y no encontraban ningún defecto. La vida sigue, sí cabrón, pero para ti, no para él. Y él no lo habría querido así, él lo que quería -cuando aún podía querer algo porque todavía no se había despachurrado- era seguir en la fiesta, como tú, que ahora simulas llorarle. 

Nada está escrito, no hay destino ni un Gran Hombre que haya trazado de antemano las vicisitudes de nuestra biografía. El azar gobierna nuestros avatares en una medida que, si lo pensamos detenidamente, produce mucho desasosiego, aunque acaso debería también arrancarnos una sonrisa irónica, porque, como dijo Sabina, ese destino en el que yo no creo "es un maricón". 

Ya ven, no se me ocurre la manera de proporcionar consuelo a la tragedia que, tan injustamente, se ha abatido sobre doscientos cincuenta infortunados. Así de pequeño soy, así de impotente, más cuando pienso en la ingenuidad de creer que con miles y miles de aviones ahora mismo sobrevolando los cinco continentes no es normal que alguno caiga. No podemos hacer ya nada por los muertos. Pero sí podemos hacer algo con nosotros mismos: recordarlos, honrar su memoria. Como bien saben los gitanos, nuestros muertos no son pesos que nos quitamos de encima y a los que habríamos de olvidar, son en realidad parte del paisaje espiritual que constituye el sentido de nuestra existencia. No podemos recuperarlos, pero podemos hacerlos vivir para siempre en nuestro recuerdo... Hasta nuestra muerte, cuando ellos y nosotros habremos de seguir en la memoria de nuestros hijos.          

Friday, March 20, 2015



DOMINGO. En los años setenta, entre los numerosos grupúsculos revolucionarios, convencido cada uno de ellos de ser los depositarios en exclusiva de la voluntad de Dios Padre, destacaban los maoístas. Recuerdo a un partido cuyos imberbes activistas, unos pelmazos irredentos, parecían haber sido reclutados en sanatorios mentales. Proclamaban insistentemente su hostilidad hacia las potencias en conflicto en la Guerra Fría -yanquis y soviéticos- para entregar su alma nada menos que a los chinos. Décadas después, cuando hasta los comunistas más ortodoxos han entendido que Stalin fue un asesino de masas, recuerdo el desprecio con el que nos miraban aquellos adalides de la causa proletaria a quienes no nos dejábamos seducir por aquel cuento chino de la gloriosa Revolución Cultural. Ellos no lo saben, pero su sueño se ha cumplido. El Partido Comunista gobierna el mundo desde Pekín y todos, día a día, nos vamos haciendo chinos. 


LUNES. Deberíamos desconfiar de quienes abandonan la fe en la política, la ciencia y otras prosas del mundo para buscar refugio entre poetas y artistas, pues las ansiedades que despiertan el talento de estos proceden de una muy baja extracción. Kafka escribió sus mejores relatos porque le tenía pánico a su padre y por qué no soportaba las horas interminables que pasaba gestionando en una lóbrega oficina el ingente papeleo que generaba el imperio austro-húngaro. Baudelaire era un zángano que vivió y se drogó merced a una herencia sobrevenida que se dedicó a malgastar mientras se lamentaba por el hastío de París. Picasso era tan rácano que por no pagar en el bar regalaba al camarero unos garabatos hechos sobre una servilleta, sin pensar que aquel gesto multiplicaba hasta el infinito el precio del café...


MARTES. Los griegos pagan hoy la irresponsabilidad de haber votado a Syriza". Traduzcamos: "Syriza incumplirá sus promesas porque nosotros nos encargaremos de que fracase". Ni una palabra de solidaridad hacia un pueblo que lleva siete años sufriendo por la corrupción de un hatajo de bandidos. "España no es Grecia", ese es el mantra de Rajoy. Yo sí soy griego, cada día lo parezco más. Tiene razón Rosa Díaz, qué pequeño es el Presidente de España. 


MIÉRCOLES. Huyendo de las Fallas me topo con ellas, en cierto modo me topo con su verdad desnuda. En una pequeña localidad marina, barrida por una tempestad que parece no acabar nunca, me dirijo hacia una calle desierta donde asoman un par de ninots. No se ve un alma, no asalta mis tímpanos un solo petardo. A poco empieza a escucharse música de banda. El pueblo entero se está concentrando a las puertas de la iglesia, donde una virgen de los marineros es cubierta de claveles. Algunas falleras secan sus lágrimas con un pañuelo de encaje blanco, hay bebés en brazos vestidos de valencianos. Mis ojos reparan en una anciana que, apoyada en un andador, abandona a duras penas el templo. Una joven fallera se le acerca ceremoniosa sobre sus tacones y la anciana la besa emocionada y orgullosa, probablemente es su nieta. Las pequeñas comunidades son fieles a sus fiestas y siguen escrupulosamente ritos tribales porque presienten, con razón, la amenaza de diluirse en ese caldo viscoso e insípido de la globalización. Antes de ponernos sarcásticos deberíamos preguntarnos por qué tienen tanta fuerza las tradiciones populares. 


JUEVES. La tormenta no para, se diría que con el paso de los días incluso se intensifica. Aparcado junto a un embarcadero donde no se ve un alma mi coche se agita, como avisándome de que nos larguemos antes de que una palmera o una farola se nos vengan encima. De pronto, hacia la oscuridad de un callejón tras el que el mar atrona embravecido, una fallera sale de un patio e intenta que la ventisca no le venza. Siempre es más cómodo y seguro quedarse en casa viendo telecinco, claro.      
  

Friday, March 13, 2015

ÉTICA, MUÉRETE

ÉTICA, MUÉRETE

A partir del próximo curso, y en aplicación de la Ley Wert, la asignatura de Ética desaparecerá de los curricula de Secundaria en tanto que "asignatura normal", es decir, impartida para todos los alumnos de 4º de la ESO y sin régimen de optatividad. Con la nueva normativa, que empieza a aplicarse el próximo curso, los alumnos desde 1º a 4º podrán escoger entre Religión y Valores Éticos. Este planteamiento se asocia al que el gobierno conservador mantuvo desde la llegada al poder de Zapatero respecto a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, obsesión para la jerarquía católica, a la que su brazo político, una vez retornado al gobierno, ha secundado con la tradicional fidelidad.  Ya se sabe que la alianza entre catolicismo y derecha en España es un valor sagrado que sobrevive a los tiempos y las circunstancias.

He escrito en otras ocasiones sobre el asunto de la Ciudadanía. Debería sorprendernos que una materia de una hora semanal, con un temario muy ajustado a la normalidad de los tiempos, fuera objeto de tanto alboroto. Desde los púlpitos se advertía que con aquella asignatura directamente inspirada en las enseñanzas del Maligno los impíos docentes inclinaríamos a los chicos hacia la homosexualidad, el ateísmo y otras perversiones. Esta es una mentira que no se descubre mientras a uno no le da por preguntar a los niños qué están dando en clase o se lee un temario; siempre es más cómodo consultar La Razón y que los avinagrados de turno te indiquen a gritos qué es lo que tienes que pensar. 

En cualquier caso, y en esto los ulemas -perdón, los obispos- tienen razón, en las clases de Ciudadanía debíamos enseñar a los alumnos a respetar cosas como la diversidad de opciones sexuales, lo cual supone tomar activamente partido en contra de quienes consideran una enfermedad la homosexualidad o una peligrosa anomalía las nuevas formas de familia. En suma, que se trataba de enseñar a los chavales a asumir las implicaciones de la democracia, pero es que la democracia se basa en la libertad, y la libertad es indigesta. 

Yo siempre supe que en el fondo las razones contra la Ciudadanía eran las mismas que contra la Ética. Al convertir las dos materias -o Religión o Ética- en optativas excluyentes, salvan ante la opinión pública la panoplia de la libertad de elección, una trampa argumental muy característica del pensamiento reaccionario que debemos desactivar. Libertad de elección no la tengo desde el momento en que estoy obligado a sufragar con mis impuestos la presencia en la escuela de una materia confesional cuyos fundamentos trascendentes ni comparto ni son justificables dentro de un plan de estudios propio de un estado no laico. Si, pese a todo, se tiene que impartir la asignatura, no veo por qué ha de entrar en el horario normal, castigando a los alumnos que no la escogen a pasar dos horas semanales en clase para que los compañeros católicos gocen de la catequesis.


  "Pero es que los demás darán Ética"... Sí, y ¿por qué no Matemáticas o Astronomía? Dicho de otra forma, ¿qué nos hace pensar que la Ética tiene que competir con la Religión? ¿por qué aceptamos sin preguntas que los alumnos que cursan Religión no necesitan cursar Ética? Es muy sencillo. La Iglesia Católica tiene un miedo colosal a que la juventud entienda que el problema de la fundamentación de la moral debe ser primordialmente acometido desde la razón, que es precisamente a lo que nos dedicamos los profesores de Ética.

Como explica con encarnizada precisión el viejo Kant -ese convencido luterano cuya fe religiosa se me antoja infinitamente más honesta que la de tantos y tantos clericales hijos de la Contrarreforma- la razón aspira legítimamente a la trascendencia, pero las figuras de la metafísica no son objeto de conocimiento científico, sólo pueden configurar a modo de ideales el horizonte de la acción moral. En otras palabras, el problema del deber, que es a fin de cuentas el del discernimiento entre el bien y el mal, no escapa a la razón. No es ciencia, pero tampoco es pura irracionalidad. Cuando una comunidad, por muy tecnológicamente avanzada que se sienta, deserta de la cuestión de los fines morales dejándola en exclusiva en mano de los autoproclamados representantes de Dios en la Tierra, lo que está consiguiendo es alejarse de la ilustración, eso de lo que tanto nos gusta acusar a islámicos y otros pueblos no occidentales. 

¿Por qué la derecha va contra la Ética? Porque no soporta la idea de que el sujeto determine sus propios principios, porque la alianza con la jerarquía eclesiástica exige que ésta sea premiada con la exclusiva de decidir sobre el bien moral. Si los creyentes descubren que, pese a todo, es la autonomía de la razón y no la obediencia la que determina el deber, tardarán poco en descubrir lo que los luteranos -que tuvieron el coraje de salir de la Edad Media- siempre han sabido: que la conciencia no requiere intermediarios. 

La Iglesia no entenderá jamás que una clase de Ética no contempla la posibilidad del adoctrinamiento, todo lo contrario que una clase de Religión, cuyo objetivo es evangelizador. No lo entenderán porque para ellos la fuente de la moral es lo irrefutable y el reglamento es la autoridad del texto sagrado y de sus exégetas.  

A fines del XVIII vio Kant llegado el momento de exigir al hombre comportarse como un adulto, dejar de aceptar la sopa boba de los mandarines que habrían de tomarse la molestia de pensar en su lugar. "Sapere aude", atrévete a pensar, dijo el sabio. "Vivan las caenas", gritaba la España que amaba a sus tiranos. Decidan ustedes cuál de las dos consignas le calza mejor al mayor inepto que ha dirigido jamás la educación y la cultura desde que llegó la democracia. 

Friday, March 06, 2015


EL VIENTO

Como tantas otras cosas, la filosofía proviene de Asia. A la orilla oriental del Mediterráneo, en las colonias jonias de Grecia, los pioneros -mal llamados "presocráticos"- buscaban el arché, es decir, el principio original, la materia primigenia a partir de la cual se multiplican las formas y arranca el disparate de las cosas. Con aquel gesto de audacia sin precedentes renunciaban a la tentación de la teogonía, que achacaba a las querellas entre dioses la formación del universo. Tales dijo que el arché había que buscarlo entre las aguas. El también milesio Anaxímenes alzó los ojos y creyó entender que procedemos del viento, de manera que los seres resultaríamos de la cristalización de los sutiles elementos que el aire desplaza desde las borrascas oceánicas hasta el erial de los desiertos. 


Acaso cabría examinar con detenimiento las implicaciones de esta polémica acaecida en Mileto hace dos mil seiscientos años. En días como los que transcurren yo me acuerdo de Anaxímenes. No dejo de escuchar en estos días una frase que un día creí mía: "no me importan el agua o la nieve, lo que no soporto es el viento". El viento ha tomado mala fama. Un allegado contó que en Chicago creyó ver el acecho de la muerte. Un viento glacial y repentino procedente de los grandes lagos, tan inhumano y desmesurado como saben los habitantes de aquellas tierras, se abalanzó sobre él para helarle la sangre y cortar su respiración. Alcanzando a duras penas la protección tras un árbol gigantesco acaso salvó en aquel momento su vida. Yo tuve la sensación en la isla de Lanzarote de que el viento podía no cesar jamás, como si aquel pedazo de tierra volcánica fuera un esquife expuesto para siempre a las tempestades del Atlántico. 


De la ventolera de estos días arranca la inspiración el líder sindical que detecta la amenaza de que Comisiones Obreras sea "barrida por los vientos de la historia". Pero estos amenazan con desarbolar muchas más cosas: el bipartidismo, la casta política, los profesores, la universidad, el Estado del Bienestar, los derechos civiles... La tempestad globalizadora está pulverizando las culturas locales a tal velocidad que me pregunto si, cayendo ahora en coma para despertar en treinta años, podría reconocer la ciudad y el país que para mí tuvo sentido un día, cuando celebrábamos las Fallas como si se tratara de una fiesta doméstica y creíamos que la palabra "nación" significaba algo rotundamente definible.

No sabemos qué va a ser de nosotros. Pero aspirar a que el futuro sea previsible es haberse equivocado de planeta. Quizá tropas famélicas del sur derriben la valla y desembarquen masivamente en nuestras costas para saquear los supermercados y ocupar nuestras cosas. Así fue la invasión de Roma, pero cuando sucedió aquello los bárbaros de alguna forma ya dominaban el imperio. Quizá terminemos trabajando para los billonarios asiáticos, o quizá China colapse intoxicada por el virus de la democracia y el consumo. Quizá Podemos gobierne, o quizá su recorrido concluya como un alboroto tan centelleante como fugaz. 


El viento que agita con violencia las banderitas autonómicas que ya han colocado en nuestras calles los falleros amenaza con llevársenos a todos, convirtiéndonos en espectros cuyos recuerdos se perderán para siempre, como los de Roy en Blade Runner, disolviéndose sin remedio, "como lágrimas en la lluvia". Pero el viento no es un enemigo improvisado: la primavera le necesita, tal y como los bosques pirófitos necesitan el fuego, elemento esencial según otro pionero, Heráclito, quien entendió que su energía devastadora sólo era comparable a su poder de creación. 

Quizá, como en aquella hechicera que recogía sus bártulos para emigrar en cuanto soplaba el viento del norte, el desasosiego del viento no sea la antesala del desastre, sino la advertencia de que debemos mudarnos, prepararnos para virar y convertir la ventisca en la aliada que habrá de transportarnos a nuevas islas donde habremos de aprender a vivir de otra manera. 


Decía Bob Dylan que los tiempos estaban cambiando. Presiento ahora -con una inquietud misteriosamente esperanzada- que aquella sentencia se cumple ahora en un sentido que es el mismo del autor, pero que también es otros muchos que ni él ni sus coetáneos estaban en situación de imaginar. No sabemos que será ni de Comisiones Obreras ni de nosotros. La respuesta está en el viento.  

Friday, February 27, 2015

LOS FINES DE LA POLÍTICA




LOS FINES DE LA POLÍTICA

El vistazo a algún clásico resuelve las primeras dudas: política es la gestión colectiva de lo que afecta a todos. Ese componente autogestionario, indisociable del espíritu fundacional de la polis griega, no niega carácter político a la gestión de un dictador o de algún tipo de oligarquía, pero sí invita a pensar que lo político sólo puede realizarse en su plenitud en un espacio deliberativo y jurídicamente igualitario. La duda ya no es entonces si la democracia es el mejor de los sistemas, sino si en la práctica le llamamos democracia a cualquier cosa, es decir, si hemos consentido un abaratamiento tan grande de la fórmula acuñada por los pioneros atenienses que lo que tenemos es un fraude.  

Esta semana hemos vivido un episodio peculiar de la práctica parlamentaria. Se han dicho tantas cosas acerca del debate sobre el estado de la nación que acaso se nos olvide que el porcentaje de españoles que lo siguió es ridículo. 

Algunas personas se indignan porque mientras ejercía de presidenta la señora Villalobos calmaba sus nervios -o su hastío- jugando al candy crash. Suelo reprender e incluso sancionar a mis alumnos por asuntos de esta índole, me pregunto con qué cara voy a seguir haciéndolo.

A muchos les ha llamado la atención la actitud de cierto diputado andaluz que exhibió en medio de un discurso del presidente del gobierno una bandera de su comunidad autónoma que llegaba a cubrirle todo el cuerpo. Inútil hablar de falta de respeto a unas instituciones sagradas, inútil moralizar: una mamarrachada oportunista sirve a un señor destinado a un merecido anonimato para obtener una mínima atención en los resúmenes... no perdamos ni un segundo más. 

Se habla sobre todo de la agresividad verbal de Rajoy y se discute sobre si el nuevo líder socialista dio la talla. Del primero me preocupan poco sus nervios, sus estados de ánimo o su expresión corporal. Dijo tras el debate Rosa Díez, al que el Presidente cambia sistemáticamente el apellido, que Rajoy es un hombre "muy pequeño".  Yo no voy a calificarle, es demasiado fácil, pero me pregunto para qué tantos años de ambición, rumiando el poder, esperando, a veces entre las lágrimas de su consorte por una derrota, que llegara su gran hora. Qué gris es todo lo que arrastra. Sólo ha incumplido promesas, sólo ha sido capaz de crear un gobierno de hombres sin atributos para complacer a Merkel. En medio de una crisis moral que ha extendido una desafección sin precedentes entre los ciudadanos sólo ha sido capaz de contestar que los demás también son malos. Qué olvidable es todo lo que tiene que ver con Rajoy, qué poco nos acordaremos de él cuando salga de la escena. 

Efectúo este tour de force por el territorio tan ingrato de la rajoídad porque no tengo dudas respecto a la importancia de que la derecha deje de gobernar este país. Es una cuestión de higiene. Han hecho el trabajo que se les encargó desde la troika, ya pueden irse. 

Pero, ¿y la alternativa? Ésta en estos momentos es la única cuestión que me preocupa. Sé lo que es la derecha, sé perfectamente lo que puedo esperar de ella y no voy a vacilar: hay que impedir que continúen, es más, hay que hacer lo posible para que los dos tercios de españoles a los que se han empeñado en empobrecer entiendan que lo mejor es que no vuelvan. Pero esta firme convicción no basta. 
Algunos observan que Pedro Sánchez logró en las sesiones aquello que Rajoy se empeñó en negarle: "usted no ha dado la talla". Pero ésta es una memez casi tan grande como la de "no venga usted aquí a nada", que despertaría en mí el temor a las tentaciones autoritarias de la derecha española de no ser porque sé cuáles son la virtudes oratorias del Presidente del Gobierno. Sí dio la talla, vaya si la dio. Demostró ser perfectamente capaz de plantarle cara al experto rival, toreando tanto los abucheos de la numerosa bancada rival como la falsa flema con la que Rajoy le ninguneaba torpemente. Pero, sobre todo, mostró la entereza y el adecuado sentido estratégico para lanzarse a la yugular sin miramientos, algo que muchos hemos echado de menos en la oposición durante estos tres años, entre otras cosas porque recordamos la profunda deslealtad con la que se comportó el PP con Zapatero y sospechamos que volverán -ellos y sus medios de propaganda- a hacer insoportable la próxima legislatura si la izquierda recupera el poder.

Muy bien, pero, qué quieren, a mí todo esto me deja frío. Quizá haya nacido un buen esgrimista parlamentario, pero no es ni de lejos un motivo para que yo le vote. Mi percepción es que Pedro Sánchez fue tan contundente en el ataque como parco en las propuestas. No sé qué quiere hacer cuando gobierne. Está bien meterse con Podemos, partido al que no pienso votar, pero al menos el señor Iglesias y su gente han adoptado compromisos, han dicho qué piensan hacer cuando gobiernen, se han dotado de economistas con una trayectoria muy definida... Si luego todo es mentira o, como está pasando con Zyriza, los proyectos resultan no ser mucho más que bravuconadas, ya habrá tiempo de gritar que fueron un fraude. Y lo de ahora con Monedero será cosa de broma comparado con lo que se les dirá después. Lo que no se les puede negar es que están teniendo redaños para correr el riesgo. ¿Y Sánchez? Aún no sé lo que pretende, no tengo ni la menor idea de cómo piensa gobernar ni como va a hacer para que su mandato no se parezca al de Rajoy. Por ello se me ocurriría formularle unas cuantas preguntitas sin importancia. 

-¿Cree que puede hacer una política económica genuinamente socialdemócrata, es decir, orientada a recuperar el estado del bienestar y a remediar la brecha social que se ha agrandado tan espectacularmente durante la crisis?
-¿Va a incrementar la presión fiscal sobre las grandes fortunas y, especialmente, sobre los beneficios que en España obtienen las grandes corporaciones? 
-¿Piensa ser beligerante en Europa con los paraísos fiscales?
-¿Va a acabar de una vez con el Concordato con el Vaticano?
-Además de derogar la Ley Wert de Educación, ¿va a hacer otra que mantenga la escuela en la misma indefinición legal de la que no salimos desde hace décadas? 
-¿Va a mantener la escuela concertada?
-¿Va a insistir en la línea federalista para solucionar el tema catalán?   

Se me ocurren muchas más, pero de momento me conformaría con que me contestará a algunas de éstas...

Thursday, February 19, 2015

FARGO





REGRESO A FARGO (Sin spoilers, lo juro)

El vino tiene mucho de imprevisible, un bodeguero puede crear las condiciones adecuadas para que el tiempo lo mejore, pero que el envejecimiento otorgue espíritu y grandeza al caldo o que lo dañe irreversiblemente, eso no hay manera de saberlo con certeza. Aplicada esta verdad a otros órdenes de la vida la conclusión solo puede ser una: a veces el tiempo no te madura, simplemente te hace viejo. 

Cuando se estrena una película o llega una novela nueva puede hacer falta sólo una pizca de originalidad y frescura para que a nuestros ojos asome a muy bajo precio la presunción de la genialidad. Tiempo después la supuesta obra maestra ha perdido su poder de seducción, simplemente le ha pasado el tiempo, se ha marchitado como aquellos que de jóvenes iban de aquí para allá rompiendo corazones pero que, a la primera arruga, empezaron un declinar acelerado que terminó por devastar e incluso precipitar hacia el abismo del olvido su antigua majestad.  

Todo este prolegómeno sirve para explicar mejor lo que a estas alturas ya no me ofrece ninguna duda: Fargo, de los hermanos Coen, es una obra maestra. En esta era en que la teleficción -la norteamericana, es mejor no engañarse en esto-  atraviesa su momento de gloria, los creadores han encontrado un recurso narrativo en películas de los años noventa, y así, tras Fargo, se nos vienen encima ahora la secuelas televisivas de El show de Truman y de Doce monos. No me genera grandes expectativas esta última, seguramente porque nunca he terminado de creerme demasiado a Terry Gillian, cuyos relatos suelen parecerme fallidos y grandilocuentes. La excepción que confirma la regla es, curiosamente, Lost in La Mancha, estupendo documental que narra las desgraciadas vicisitudes de un rodaje inconcluso del Quijote, proyecto que, con nada menos que Jean Rochefort de Don Quijote y Johnnie Depp ¡de Sancho!, confirmó la leyenda de que el inmortal texto cervantino maldice sus versiones cinematográficas. 

Me pasa lo contrario con la de Peter Weir, una peli con enormes virtudes -como otras de su director- que la crítica ninguneó injustamente, creo que por la aureola banal de Gene Carrey y acaso porque Weir suele caerles mal. No entendieron el valor profético de lo que se nos relata con tanta maestría: la amenaza de convertir la privacidad, las emociones, las zozobras personales -eso a lo que en definitiva llamamos "la vida"- en un repugnante espectáculo de reality show donde todo, hasta el dolor, se convierte en merchandising para un público globalizado y enfermo. 

Con Fargo he tenido las mismas reticencias que otros que aman aquel inolvidable film: parece imposible no decepcionar al convertir en una serie de diez horas lo que con tanto talento contaron los Coen en dos y media. Me equivoqué... y no saben cómo me alegro. 

No estamos ante un remake, tampoco es exactamente una secuela ni un spin-off. Lo que se me ocurre decir es que la serie revisita el territorio que ya polinizó el talento de los Coen... Esos parajes helados de Minnesotta donde la nieve se tizna del rojo de la sangre,esas pequeñas localidades desoladas sobre cuyo tediosa paz cae la crueldad de unos criminales despiadados, la mediocridad que vuelve loco al vecino del que nadie espera sino la resignación, los héroes que surgen donde ningún fabulista convencional osaría buscarlos porque parecen cualquier cosa menos héroes. Ese mundo recupera con la serie el hechizo que un día tuvo, un paisaje cruel donde el destino sobrevuela como un cuervo por encima de las tribulaciones de los protagonistas, enviándonos señales misteriosas que nos hacen sospechar que sólo somos sus títeres y que el resquicio por el que creemos poder escapar a su maleficio es sólo la última puerta antes del infierno. 
Lorne Malvo -maravillosamente interpretado por Billy Bob Thornton, un hombre de los Coen, por cierto- es el ángel de la muerte que el Maligno envía a Bemidji para que sepamos que el futuro de nuestras ambiciones es morder el polvo, aunque sea el de la nieve. 
 

Friday, February 13, 2015

EL EXAMEN



Ayer les endosé a mis alumnos un examen, eso que los logsianos amantes de la corrección política llaman "control" para disimular que se trata de una putada cuya intención esencial es torturarles. Durante las dos horas correspondientes me dediqué a "vigilar" la realización de la prueba con las técnicas tradicionales: levantas la vista de vez en cuando para que nadie copie, contestas algunas cuestiones del tipo "¿puedo saltear el orden de las preguntas?" o "voy a pedir un tipex"... la rutina sobradamente conocida. 

Como quiera que olvidé llevar material de lectura resultó que no tenía nada constructivo con lo que aprovechar el tiempo. En todo caso, el contundente proceso gripal que recién dejo atrás tampoco me inclinaba a abstrusas introspecciones metafísicas. Así es que me escampé cómodamente sobre la silla del profesor -que es un poco más grande y mullida que la de los alumnos, aún hay clases- y no tardó en empezar a acosarme Morfeo. Resuelto a no dejarme vencer por tan artero visitante, sobre todo porque mis ronquidos habrían sembrado de oscuras tentaciones las tiernas almas de mis alumnos, me puse a deambular por el aula. 


Desde mi silencio expectante se escuchaba la traza de los bolígrafos sobre el papel. Tras unos minutos me di cuenta de que en un aula se escuchan ruidos que uno no imagina mientras está concentrado en impartir una clase y se esfuerza porque sus alumnos le escuchen y no se despisten. Muebles que se arrastran en el piso superior sin motivo lógico aparente, la rama de un sauce que percute cada poco contra la ventana, el estallido remoto de una risa colectiva cuyo motivo no sabré jamás...

Volví a deambular. Topé con un reloj de pared en el que nunca antes había reparado. Era comprado de los chinos, iba a pilas y funcionaba. Como no tenía cristal me permití ese recreo infantil de aproximar los sentidos a las manecillas. Con los dedos jugué a detener el impulso del segundero, como si el tiempo estuviera en mis manos, pero se resistía, perseverando tenaz en su trayectoria. Le escuchaba pegándole mi oído: tic, tac, tic, tac... A continuación concentré mi mirada sobre el minutero y advertí que su discurrir se hacía perceptible a mis ojos. Lo intenté con la manecilla de las horas, pero ese movimiento que adivinaba constante no llegaba a mi umbral de sensibilidad.  

Un silencio monástico dominaba a aquel grupo de penitentes que analizaban un fragmento del Discurso del método. Me pregunté si eran conscientes de que aquel débil pero irreductible tic tac también sonaba para ellos. Más allá del absurdo cotidiano del curriculum, las programaciones, los exámenes y los partes disciplinarios, lo que respira tras la coraza de la identidad es un ser humano. El tic tac de cada corazón es singular e irrepetible; las emociones ya han sido vividas antes millones de veces, pero en realidad no se han vivido nunca porque cada instante que uno vive es irrepetible. Deberíamos acostumbrarnos a percibirlo como si fuera el último, pues en cierto modo lo es. 

Ese es el drama que da sentido a nuestra existencia. Los dioses no pueden entenderlo. Por eso nos envidian y toman venganza de nosotros enviándonos a fanáticos que queman viva a la gente, maltratadores de mujeres y banqueros que especulan para matar de hambre a millones de inocentes.