Saturday, May 20, 2017

RAJOY Y LA FILOSOFÍA

El Gobierno dice estar arrepentido del tratamiento que su ley de educación dio a las asignaturas de Filosofía. No seré mezquino, rectificar -aunque sea tarde- es de sabios; pero tampoco seré ingenuo, es la presión de mucha gente comprometida la que empuja al Gobierno popular a revisar sus decisiones. No conviene olvidar en cualquier caso que la negligencia exige atribución de responsabilidades. El ex-ministro Wert, ahora felizmente instalado en una hermosa mansión de París junto a su novia a costa de todos nosotros, perpetró una ley de educación delirante con tres intenciones: beneficiar a la escuela privada en detrimento de la pública, satisfacer las ambiciones más regresivas y antidemocráticas de la Iglesia Católica y fastidiar a los nacionalistas. 
Cuidado: Wert no fue un error de Rajoy. Le entregaron el Ministerio para que les hiciera la vida imposible a los sectores críticos -por ejemplo el cine o la Universidad pública- y cumplió como un sicario fiel con la encomienda. Por eso Rajoy le premió con el cargo parisino. 


En cuanto a la Filosofía, evitaré la paranoia. Mola pensar que las élites persiguen desde hace milenios a los discípulos de Sócrates porque perfilamos para el pueblo la cara de sus opresores. Pero me temo que la explicación es más prosaica: los mandarines no odian a la Filosofía porque les incomode, sino porque creen que es inútil. Bastan un par de informes PISA para que les entre el nervio por reforzar las materias "instrumentales" y crear asignaturas como "Emprendimiento"... Y, claro, por la ley del más fuerte son materias  recesivas y anticuadas como el Latín y el Griego, el Francés o la Filosofía las que pagan el pato. Los filósofos enseñan a la gente a detenerse a reflexionar , eso es suficiente para que no le caigamos bien a quienes dominan la Ciudad, pero sospecho que ni a Rajoy ni a Wert les llega para entender que desde la duda metódica cartesiana o el escepticismo de Montaigne se cuestionan los fundamentos que legitiman la verdad, el bien o el poder.  

Ahora que algunos compañeros del Instituto me felicitan por la rehabilitación del Departamento que dirijo -ya veremos en qué se traduce la dichosa contrición- aprovecho el momento de euforia en mi gremio para hacer tres observaciones. El objetivo es desactivar algunos prejuicios bastante extendidos y que inclinaron al peor ministro de la historia democrática española a aplicar la "Solución Final" sobre la madre de las ciencias. 

1. La idea de que los saberes escolares han de ser "útiles", "rentables" o "aplicados", aparte de su falaz simplismo, giran en torno a la misma ideología tecnocrática que trabaja para obtener seres dóciles y no personas, y menos personas librepensadoras. 


2. La recuperación del viejo binomio optativo Religión/Ética responde a una maniobra de la Iglesia, lo cual, además de una regresión pre-democrática, incorpora una falsedad. La Religión se funda en la fe, es por tanto irracional en esencia, lo cual no la vuelve mala, pero le debe en buena lógica impedir convertirse en alternativa académica a la Ética, que se fundamenta en la razón. Con la LOMCE, si un niño elige de principio a fin de su trayecto académico Religión en vez de Valores Éticos, no llegará nunca a plantearse la legitimidad racional del deber o la virtud. Para aceptar semejante aberración hay que pensar como un clérigo, es decir, creer que más allá de la obediencia suscitada por la fe sólo existe el vacío moral. 

3. La ideología tecnocrática sostiene que la evolución de la cultura se define en tres fases. En la primera -"teológica"- creemos en los dioses; en la segunda -"metafísica"- se construyen la reflexión, la disensión y la crítica desde los grandes sistemas racionales; finalmente, en la tercera -"positiva"- la ciencia impone definitivamente su modelo, desligándose de los prejuicios trascendentalistas y llevando el conocimiento a la pura objetividad de los hechos y la fabricación tecnológica. Yo no me creo esta argumentación, pero sí se la creen -a lo mejor sin saberlo- los tipos como Wert. El pequeño problema es que España no ha pasado la segunda fase. Vivimos hasta hace cuatro días en la primera fase, a machamartillo y con quema de herejes y conversos incluida. Los intentos reiterados de pasar a la fase ilustrada ha sido sistemáticamente abortados por la violencia, el vasallaje y el fanatismo. Podemos, como un mono a las teclas de un ordenador, querer entrar en la fase tecnológica sin pasar por la segunda, que es a fin de cuentas lo que están haciendo muchas naciones. Yo creo que será más prudente no echar a la basura lo que todavía pueda quedarnos de la fase intermedia, la de la debate libre y el intercambio de ideas. 

Claro que también podemos hacer lo de siempre: molernos a palos. Es lo menos filosófico que conozco, pero es muy hispánico, ya lo creo.
  

Saturday, May 13, 2017

PRIMARIAS



Me pregunto por qué las primarias del PSOE sólo consiguen provocarme hastío. 

Desde hace casi dos años, que a mí se me han hecho larguísimos, los medios vienen ofreciéndonos el Partido del Siglo de forma casi ininterrumpida. A quienes como Ferreras -periodista estelar de La Sexta- viven de hacernos creer que "nos la jugamos" en estos trances ya no creo que les cuele, sobre todo si tenemos en cuenta que ya vendieron la misma burra con las elecciones generales de hace un año y medio, con su repetición navideña y, más recientemente, con la disputa fratricida entre pablistas y errejonistas en Podemos. Ahora resulta que, como Pedro Sánchez y sus seguidores no se han resignado a desaparecer, tenemos nuevas raciones de "campaña crispada", que es lo que da más audiencia televisiva, como cuando empiezan las patadas en el fútbol y todo el mundo mira, a ver si corre la sangre y terminan apareciendo incluso en "Sálvame de Lux".

La actual controversia en el PSOE se presenta como un conflicto ideológico. Hay un ala pactista y con sentido de Estado que se abstuvo por realismo para dejar gobernar a Rajoy, y un ala izquierda que se habría negado en todos los supuestos a ese apaño y, supuestamente, estaría dispuesto a un pacto con Podemos. 

¿Ustedes se lo creen? No dudo que hay personas honestas en las bases del laborismo español para las cuales el viejo partido tiene una función social que cumplir, de manera que si queda varado en su actual situación crítica, los derechos ciudadanos y la democracia misma corren un serio riesgo. 

Yo no termino de verlo. Claro que quiero que la izquierda vuelva a poder, pero se me hace cuesta arriba creer que el PSOE es capaz de de desarrollar una política de redistribución de derechos y protección frente al gran capital, ya que vive tan cautivo como el PP del único gobierno real del país, el IBEX, auténtico vencedor de todas las elecciones desde hace mucho. 

Lo siento, Pedro Sánchez me parece un hombre desesperado que es capaz de decir a su ex-novia cualquier cosa con tal de hacerla regresar, mientras a que a Susana Díaz la veo como una khalessi con mala hostia pero sin gracia y con un tufo insoportable a aparatchik, realpolitik y vulgaridad. Mientras algunos ciudadanos se preocupan por lo que nos pase a todos, el PSOE se desangra ante el horror de muchos por la posibilidad de quedarse sin trabajo, que no digo que sea poca cosa, pero que no justifica tantos telediarios.

Les cuento algo. Ayer estuve en un ambulatorio por una vacuna. Tengo una cierta idea de cómo funciona la atención hospitalaria en muchos lugares del mundo, incluyendo naciones tan presuntuosas como el Reino Unido. Pensé en la buena organización del Centro, en lo rápida y eficazmente que fuimos atendidos, en el buen aspecto que ofrece el ambulatorio instalado en una barriada obrera. 

Hay mucho de qué quejarse, claro, pero parece que sólo juzguemos el estado de las cosas cuando va mal, como si una gestión responsable y medianamente eficaz de los servicios públicos fuera lo fácil y no tuviera ningún mérito. 

Muchos creen que el Partido Socialista modernizo en su momento un país esclerotizado y lleno de vicios atávicos para convertirnos en una nación europea moderna y, en muchas cosas, envidiable. Yo prefiero pensar -acaso sólo sea eso, una inclinación personal- que han sido las multitudes las que han sorteado la pestilente ciénaga 
del franquismo para hacer de éste un lugar habitable y del que, por qué no, habríamos de sentirnos moderadamente orgullosos. Ayer vi padres esforzándose por sus hijos, inmigrantes que luchan por abrirse camino en un país donde se sienten más seguros que en los de origen, médicos que tienen el coraje de sanar a pacientes poco rentables, el conductor del metro que te lleva, los ancianos que esperan su turno, el técnico químico que preparó la vacuna... Son las multitudes las que con su esfuerzo diario obligan a los mandarines a levantar hospitales y otros bienes que hacen más dignas las vidas de todos. 

Prefiero que el PSOE salga de ésta, pero si no lo hace habremos de arreglárnoslas sin él. Y sobreviviremos, no tengo ninguna duda. 

Friday, May 05, 2017

POR QUÉ LOS CENTROS CONCERTADOS NO TIENEN RAZÓN


En los últimos días hemos visto en el País Valenciano que diversos Centros de educación concertada se han unido para protestar contra la política de la Conselleria d´Educació, la cual ha endurecido las condiciones para obtener la financiación para la enseñanza no obligatoria, es decir, los Bachilleres, y ha suprimido ya una pequeña cantidad de unidades en distintos Centros. La izquierda lleva apenas un par de años en el poder autonómico. Hemos pasado más de veinte años de un gobierno conservador cuya ideología en materia educativa se inspira en la protección de la enseñanza privada y la reconversión de la pública en una pura beneficencia para pobres e infortunados de toda ralea. No es extraño, aunque sí muy mezquino, que ahora los grandes beneficiados de esa época nefasta se indignen por un pequeño mordisco a sus intereses, teniendo en cuenta que en la pública nos hemos pasado todo este tiempo viendo como la escuela de todos se iba deteriorando sin remedio.  

Una primera consideración. Entre estos indignados colegios, nos topamos con el Guadalaviar, ubicado en una de las zonas opulentas de la ciudad de Valencia, perteneciente al Opus Dei y orgulloso practicante de la "educación diferenciada", eufemismo tras el que ustedes, queridos conciudadanos, deben saber que se oculta el hecho delirante de que estamos sufragando entre todos un colegio de señoritas, es decir, practicante de un principio tan anticonstitucional como es el de la discriminación sexual. Suena a sarcasmo entrar en la web de este colegio y saber que desarrollan un programa de "empoderamiento para la mujer", que defienden firmemente la igualdad y que en su proyecto educativo no dicen en ningún momento que su colegio es femenino y que sólo hay profesoras... honestidad ante todo. 

Veamos. Definimos enseñanza privada como aquella que se es administrada con las cuotas que pagan sus clientes, y pública como aquella que financia y gestiona enteramente la Administración . La educación concertada presenta la singularidad de ser financiada, como cualquier CP o IES, con capital de todos, pero aplica métodos de gestión privados y cobra cuotas a sus clientes. Se da otra peculiaridad en el caso español, donde el peso de la concertada es inmenso si lo comparamos con los grandes países europeos, que su titularidad corresponde a la Iglesia Católica en más de un noventa por ciento. La presencia de la enseñanza concertada no religiosa o de la enseñanza auténticamente privada, es decir, no subvencionada, es residual. 

La red concertada fue creada en su momento por el PSOE con dos objetivos: racionalizar la política de subvenciones a la escuela privada y, por otra parte, proteger el derecho de los españoles a obtener una plaza escolar en espacios donde, por la razón que fuere, aún no había llegado la red pública. 

La perversión de este sistema, de la que el PP ha sido artífice y el PSOE cómplice, llega cuando lo transitorio se hace permanente, el privilegio se convierte en derecho y lo anómalo y residual se hace sistémico. El concepto de "libertad de elección", en el que se insiste una y otra vez a voz en grito -como si una mentira por el hecho de repetirse una y mil veces terminara siendo verdadera-, contiene una mezquina impostura: si el erario público no accede a financiar los colegios católicos entonces es que el Estado prohíbe decidir a los padres. Esto equivale a insinuar que si la ley me permite deambular libremente, entonces debe pagarme el vehículo, y si admite la libre información, entonces debe pagarme el periódico que adquiero en el kiosko. 

Lo peor es que, en la práctica, el resultado es liberticida, o sea, justamente lo contrario de lo que se anuncia, pues sólo pueden acceder a dichos colegios quienes pueden pagar las cuotas que, de forma ilegal en muchos casos, imponen los Centros, y aquellos que, por distintos motivos, no son rechazados por el propio Centro. Supuestamente los coles concertados no tienen más posibilidad para el rechazo que los públicos, pero esto es falso porque la LOE, ley del Gobierno Zapatero que preveía un cierto control administrativo sobre procedimientos de admisión, nunca fue aplicada en serio. A la hora de la verdad, todos lo sabemos, un chaval conflictivo, con problemas mentales, físicos o del tipo que sea, un inmigrante o un chaval cualquiera que simplemente no presente un perfil grato para el colegio en cuestión es rechazado con la excusa de que "la matrícula está llena". 

Las consecuencias recaen sobre la pública, estoy harto de verlo en el IES donde trabajo y en los colegios públicos de mi zona. Ayer mismo llegaron dos chavales kazajos que, obviamente, no hablan ni papa de español, lo cual supone que habrá que encontrar recursos para ayudarles a integrarse y terminar siguiendo el ritmo de las clases. He tenido alumnos con problemas motóricos muy graves, con enfermedades degenerativas, multitud con necesidades educativas especiales que acuden a la pública porque saben que en ella serán convenientemente atendidos, obligación de la que normalmente la concertada se escaquea... Y, por supuesto, he tenido aulas repletas de alumnos inmigrantes. ¿Ven ustedes salir muchos magrebíes, chinos o negros en colegios de élite que pagamos entre todos? Dejémonos de hipocresías, los centros concertados ofrecen a sus clientes la posibilidad de no juntar a sus hijos con "gentuza", su target de negocio se basa en eso, todo muy evangélico, claro.  

Hablemos claro, la educación privada es un negocio. Está o no bien que lo sea, lo que no se entiende es que quienes se dicen liberales y suelen despotricar contra quienes viven de subvenciones practiquen un modelo segregacionista de un derecho básico como es la educación, fomenten el clasismo desde la escuela y, para colmo, nos quieran hacer creer que lo democrático es que se lo paguemos los demás. 

A menudo he escuchado la frase aquella de que el que consume educación privada "paga dos veces", pues queremos que sufrague el total de los estudios de sus hijos y además que pague los mismos impuestos que quienes acudimos a la privada. Este argumento es parcial. Si usted quiere un guarda de seguridad para el garaje donde guarda su coche debe pagarla por su cuenta, pero además ha de pagar por la policía pública porque los impuestos sirven para garantizar el derecho de todos a la seguridad. En cualquier caso, y siguiendo ese argumento, quien ahora paga dos veces es quien con sus impuestos financia la escuela pública de sus hijos y, encima, la privada que tan generosamente el Estado financia. 

En Finlandia, país de referencia en cuestión educativa, la presencia de la enseñanza privada es residual. Empleemos el dinero y los recursos que hoy se desvían a la concertada en crear una gran escuela pública para todos. Quizá entonces nos acerquemos a Finlandia. De momento seguiremos siendo España, es decir, un país trabado en su progreso por el escandaloso poder del lobby eclesiástico, cuyo mayor interés es fomentar y proteger los privilegios de las élites.   

Friday, April 28, 2017

LA FELICIDAD EN DINAMARCA



He viajado a Dinamarca por dos razones. La primera es la serie "Borgen", un feliz e inesperado hallazgo televisivo que me recomendó con buen criterio Justo Serna. La segunda es la felicidad. Dinamarca aparece en las listas sobre los países más felices del mundo en el primer lugar, algo así como Messi en fútbol y Bill Gates en fortuna, pero mejor. Los filósofos, dedicados al empeño metafísico de buscar el Ser y las raíces de la Verdad, se olvidan a menudo de que si desde tiempos remotos se les consideró necesarios en la polis es porque investigaban los caminos para la obtención de la felicidad. Me hospedé durante días en Copenhague con la intención de alimentar esa investigación que me tiene ocupado desde hace décadas. 

Meik Wiking, director del Instituto de Copenhague para la Felicidad, publicó el año pasado el ensayo "Hygge. La felicidad de las pequeñas cosas". No sé si los daneses son realmente felices, no tuve tiempo como para comprobar tan improbable aseveración... Me tomo por tanto la felicidad a la danesa como una propuesta, como una forma decidida de vivir para ser feliz, para intentarlo al menos. Hygge es el término que define esa propuesta. Resulta intraducible, pero podemos entenderlo como una mezcla de placer mesurado y bienestar... un estilo sereno e inteligente de hedonismo. 

Debemos ser precavidos. Dinamarca es un país rico, sus niveles de paro, pobreza y conflictividad social son muy inferiores a los de España, y ridículos si los comparamos con los de, por ejemplo, un país hispanoamericano o subsahariano. "Ah, claro", dirá algún cínico, "hay que tener pasta, así cualquiera". Vale, la prosperidad es una condición, pero aquí el asunto tiene que ver con la redistribución de la riqueza, y eso sí parece admirable. En Dinamarca se pagan unos impuestos bestiales, los niveles de corrupción son mínimos y el Estado del Bienestar es tan sólido que ha resistido casi incólume el acoso de la Gran Recesión. Ha crecido la xenofobia, es cierto, y algún partido aficionado a levantar sospechas sobre la inmigración ha engordado su expectativa electoral. Nadie es perfecto, pero no debemos engañarnos, el perfil ideológico del ciudadano danés es progresista, y sus creencias en materias como libertad sexual o ecología son envidiables. 

A ver. Cuando llegas a cualquier ciudad danesa lo primero que te sorprende es el silencio y la falta de agresividad. Las bicicletas proliferan hasta el punto de convertir el tráfico no motorizado en el auténtico rey de las ciudades. Los daneses se educan en la bici desde niños. Esto se asocia a los impuestos tremebundos que se pagan por comprar un automóvil y a lo caro que resulta transitar en coche por una calle de Copenhague, pero eso no demuestra que los daneses vayan en bici a la fuerza, sino que para conseguir urbes humanizadas es necesario tomar medidas concretas y no quedarse, como aquí, en intenciones y celebraciones del día sin coches. 

Bien, todo esto es política o, si lo prefieren, la Razón en su mejor acepción, la destinada a procurar una convivencia democrática bajo el imperio de la ley. Lo demás es más difícil de traducir y, por tanto, de imitar... lo demás es hygge.

No estoy seguro de qué es exactamente eso. Alguno podría entenderlo como una forma de resignación propia de un pueblo acostumbrado a vivir en pedazos de tierra insular azotados por vientos árticos y que rara vez gozan de la luz solar. Mirar la lluvia desde la ventana, tomar café bajo una manta viendo una película, preparar galletas de mantequilla... Esto lo puede hacer cualquiera, pero asumir que la felicidad disponible consiste en esa suerte de pequeñas cosas cotidianas, creo que hygge es algo de esto.

El concepto mediterráneo es mucho más expansivo, asociamos la felicidad a reír a carcajadas, tomar el sol y saludar con danzas de fuego a la permanente primavera en que vivimos. No sé si somos más felices que la gente del Norte o si sólo creemos serlo... me parece una inútil controversia. 

Pero permítanme una sugerencia, o mejor dos. No podremos ni acercarnos a la felicidad mientras no entendamos que las ciudades no están hechas para los automóviles -esas fábricas de contaminación, ruido, estrés y violencia- y no para las personas, sean ciclistas o peatones. No imaginamos, háganme caso, lo feliz que sería una urbe como ésta en la que vivo si nos libráramos de la tiranía de los coches. Vuelvo de Dinamarca mucho más convencido al respecto de lo que ya estaba. 

La segunda: denunciemos de una vez por todas el éxito creciente de la descortesía y la hosquedad. Si algo envidio de algunos países a los que he viajado, no sólo Dinamarca, es que la gente parece apreciar todavía la importancia que para el bienestar colectivo tiene el cuidado de las formas más elementales de la cortesía. Estoy harto, lo confieso, de compañeros de trabajo y vecinos que no se toman ni siquiera la molestia de responder a mis "buenos días" o que contestan con cara de perro a la sonrisa cordial con la que en casa me enseñaron a dirigirme a la gente. 

No sé si esto es muy hygge, yo lo llamo buena educación. La convivencia es un jardín frágil que conviene cuidar con esmero. Más allá sólo está Trump.  

Saturday, April 15, 2017

MALA MUERTE

La "desnaturalización" de un fenómeno biológico como la muerte es pieza maestra de la trama de intercambios simbólicos, lo cual abre desde tiempos inmemoriales el camino para abandonar la selva. Enterramos a los finados con toda suerte de honores y liturgias porque sólo en la medida en que respetamos a la muerte podemos entablar con ella una relación no crispada por el pánico. 

Es imposible entender a quienes piden el derecho a una muerte digna para quien sigue atrapado en la cobarde convicción de que sólo Dios Padre puede administrarla. 

Debe ser ese derecho a un fin honroso el que hace que se me revuelvan las tripas cuando alguien que ha cumplido con su deber día tras día es despedido de una patada sin honor ni gratitud ni reconocimiento. Puede perdonar que ya no me quieran y que me sustituyan, quizá en eso tengan razón, pero sí me he comportado dignamente exijo morir con los honores que me correspondan. Sólo los pobres de espíritu desconocen la lógica de ese juego simbólico que convierte a los muertos en talismanes de la tribu, cuya identidad colectiva se alimenta precisamente de su respeto a la memoria de los que ya no están. 

Es común entre los pueblos primitivos que estallen conflictos como consecuencia de unas exequias insuficientemente rigoristas. El protagonista de una mala muerte, convertido en alma penante, persigue entonces a sus familiares, de tal manera que acaban reclamando las artes de un chamán capaz de "quitarles el muerto de encima". 

No debería extrañarnos que los monstruos contemporáneos sean los no-muertos. El vampiro encarna el espíritu de la distinción aristocrática que se resiste a desaparecer, infiltrándose en los intersticios más oscuros de la moralina burguesa. Los zombis se pudren asquerosamente ante nuestra mirada porque la mediocridad de la sociedad consumista les prohíbe la dignidad de una inhumación definitiva. La criatura de Frankenstein regresa de entre los muertos para recordarnos con su brutalidad del peligro de querer jugar a dioses. Las momias reviven para enviar antiguas plagas sobre los sacrílegos ladrones de tesoros... Tememos a los "undead" porque nuestro inconsciente advierte que no podemos coexistir con la muerte haciendo como que no la vemos. Los gitanos, tribu primitiva y nómada milagrosamente sobrevivida a la modernidad, como los judíos, se enfurecen cuando nos cagamos en sus muertos porque sólo desde su recuerdo vigilante se protege al clan de una extinción que siempre está a la vuelta de la esquina. 

Hay algo de todo esto en la Semana Santa, cuyas procesiones más valiosas y emocionantes son aquellas en las que se representa el dolor por la muerte. Abandono el espectáculo sistemáticamente cuando pasa el Sábado Santo y se celebra una experiencia para mí tan inconcebible como la de la resurrección, esa creencia delirante y pueril que confirma aquel dicho nietzschano de que "el cristianismo es platonismo para el pueblo". No se puede y, lo que es más importante, no se debe vivir por los siglos de los siglos. Es la irreversibilidad del fin lo que hace posible la verdadera dicha de vivir, aquella por la cual gozamos de cada momento porque sabemos que puede ser el último. 

"Ya no están en la choza", dicen en África de los padres y hermanos muertos, "... pero sigo habitándola porque están en mi memoria". Honremos a los muertos, vigilemos la memoria de los héroes que cayeron. De alguna manera inexplicable siento que esa presencia nos protege. A nosotros y a nuestros hijos.  

Saturday, April 08, 2017

ADOLFO EL PELMAZO



Pasen por delante de un kiosco cualquiera... Apuesto a que entre las portadas de tipas macizas llenas de tatuajes, moteros amacarrados y señoras que hacen tartas veganas encontrarán una o dos imágenes de portada de Adolf Hitler. Si escrutan un poco más observarán que en tal o cual revista para historiadores amateurs o aficionados a temas esotéricos aparecerán reportajes sobre el vegetarianismo del Fuhrer, las pelis porno que rodaba con su amante cierto alto mando de las SS, los indicios de que la mujer de Goebbels estaba como una puta cabra o los supuestos vínculos entre Goehring y una secta vampírica. Da lo mismo, tú pones la carota del tipo del bigote y ya sabes que el producto se vende. Hitler ha dado ya de comer a tanta gente que de no ser por sus abundantes fechorías podríamos considerarlo casi un filántropo. 

Sí, señores, Hitler era malo, más malo que la quina, pero no acabo de entender por qué despierta tanta fascinación. Ya lo sé, consiguió que millones de alemanes jalearan entusiastas las barbaridades que tan teatralmente exponía en sus apasionados discursos. Pero, qué quieren, a mí me parece un majadero. A fin de cuentas también hoy encontramos multitudes que adoran a psicópatas.

Hay que estar muy loco para montar un infierno en la Tierra como Auschwitz, no hay duda. Pero deberíamos no olvidar aquello de que la historia la escriben los ganadores. Así se explica que atrocidades como el bombardeo de la aviación aliada en Dresden o la atrocidad de Hiroshima y Nagasaki pasen por acciones legítimas de guerra. En cualquier caso no hace falta que retrocedamos tanto en el tiempo para encontrar el mal en su estado más puro. La Guerra de los Balcanes, la Guerra de Iraq, la brutalidad del régimen sirio, el escándalo de los millones que mueren cada año por hambre o enfermedades perfectamente curables en un tiempo en que podemos producir alimentos y medicinas para todos... No merece la pena seguir.

No me interesa Hitler como referente del mal porque creo, como nos enseñó Hannah Arendt, que el mal que envenena el mundo es cotidiano, doméstico y, en cierto modo, banal. 

Les contaré algo. Recientemente, en una clase de Ética planteé la pregunta siguiente: ¿qué deben hacer las sociedades con los débiles? Me pidieron que definiera el concepto, y contesté que "débiles" eran los niños, los ancianos, los disminuidos psíquicos, los minusválidos, los enfermos... Varios alumnos -más de los que yo podía imaginar- declararon su convicción de que las personas "improductivas" que constituyen un gasto "inútil" para la sociedad deberían ser eliminadas o, cuanto menos, las instituciones no debían financiar su supervivencia, su salud y su bienestar. Como en esa clase hay dos niños con gravísimas enfermedades degenerativas que les obligan a desplazarse en silla de ruedas, apelé precisamente al caso de las minusvalías físicas para hacerles ver lo atroz de las creencias que manifestaban. No valió de nada, insistieron en dichas creencias, ante mi asombro y la sonrisa no sé si irónica o aterrada de alguno de los alumnos enfermos en cuestión. 

Creo presentir en aquella sarta de infamias el eco de airadas voces paternas que manifiestan que -empezando por los odiosos inmigrantes- sus impuestos no tienen por qué emplearse en cuidar de vagos, inútiles, maleantes o extraños. 

El mal no tiene para mí la cara de Adolfo. El fascismo está por todas partes y se exhibe con toda desfachatez en la banalidad de lo cotidiano. Quizá los nazis -como los vampiros, los asesinos de masas, los terroristas o los malos de las películas de Hollywood- nos dan a pensar que nosotros estamos del lado de los buenos. Pero miremos bien alrededor, puede que nos sorprendamos.     

Saturday, April 01, 2017

SOCIALISMO POSIBLE: AXEL HONNETH EN VALENCIA



Pospongo citas y obligaciones para asistir a la conferencia de Axel Honneth en la Beneficencia, propiciada por la Institución Alfons el Magnànim. La traducción simultánea se ofrece en valenciano, doble felicitación pues para los organizadores. 

Axel Honneth no es un cualquiera, ni mucho menos. Se le reconoce como figura clave de la que empieza a ser conocida como "tercera generación de la Escuela de Francfurt". Estamos por tanto ante el heredero más célebre de Jurgen Habermas, y más lejos en el tiempo, pero no con menos trascendencia, de Adorno, Horkheimer, Arendt o Benjamin... Mi formación le debe demasiado a la Teoría Crítica, en especial a Adorno, como para no sentir alguna conmoción -tolerenme esta debilidad- al encontrarme el jueves a unos metros de Honneth, escuchando una argumentación sugerente y cargada de sensatez, algo no demasiado habitual en tiempos donde parece que uno sólo concita atenciones si se pone radical y un tanto apocalíptico. Me alegró ver allí a mi viejo maestro, Sergio Sevilla, el más brillante adorniano que conozco.

Vivimos un tiempo oscuro para el socialismo, reconoce Honneth: ¿le dejamos morir sin más? Eso querrían sus enemigos, claro. Lo curioso es que un conservador del XIX jamás habría creído que el debate abierto en las sociedades industriales por el socialismo hubiera tenido un recorrido tan corto. Es el mejor momento para aclararse: ¿qué intentamos decir cuando decimos ser socialistas?

El marco teórico del socialismo ha vivido atravesado por tres errores que han estado cerca de colapsarlo. El primero es el economicismo. Y es un error profundo: el marxismo despreció desde el principio instancias no económicas como el derecho civil porque le costó mucho entender que de lo que tratan las teorías -empezando por las revolucionarias- es de personas. 

El segundo es el prejuicio de definir al proletariado como clase revolucionaria, como si tal cualidad fuera una esencia platónica y eterna. La clase obrera fue un sujeto histórico revolucionario y anticapitalista hasta que dejó de serlo, el socialismo ya no expresa las creencias de la clase obrera porque el capitalismo la asumió desde el final de la Segunda Guerra Mundial. 

El tercero es el determinismo o, si se prefiere, la teleología fetichista. Necesariamente la "economía social", la sociedad sin clases y dictadura del proletariado esperaban a que cayera el capitalismo para ganar el mundo. Los cambios sociales no son científicamente determinables, no hay una inevitable sucesión comunista del capitalismo. Esto nos aboca a la incertidumbre: bienvenidos. No sabemos cómo será el final, no sabemos a dónde vamos exactamente, pero es mejor dejar de soñar con paraísos porque nos perjudica.

Es duro asumir estas evidencias, pero también es muy cómodo negarse a aceptarlas. Frente a un impracticable dogmatismo, Honneth se inclina por el "experimentalismo". Su propuesta es trabajar por el incremento de la "libertad social". ¿Reformismo?Nada es más inútil que seguir en la senda -tan dañina en la historia oficial del socialismo- de quienes distinguen entre buenos y malos, entre revolucionarios y reformistas. 

¿Cómo experimentamos? Debemos empezar por no pretender destrozar aquellos pactos institucionales que han servido para incrementar la libertad de la mayoría. Mientras no sabemos cómo mejorar algo es mejor que no lo destruyamos. Por eso hemos de hacernos a la idea de experimentar con economías mixtas, formas de propiedad privada, iniciativas empresariales, mercados, economías cooperativas...Necesitamos abrir la mente, no cerrarla. 

Son elementos de sobra para el debate. ¿No?