Saturday, May 18, 2013




DOS AÑOS DEL 15M

No nos puede pasar desapercibido el segundo aniversario de los campamentos que se montaron en las plazas públicas de las capitales españolas, canalizando un espíritu generalizado de indignación cuyas consecuencias en el alma de los participantes y, en general, de la comunidad, están todavía por evaluar. La forma que se le fue dando a esta corriente reivindicativa fue inaudita, imprevisible y novedosa. Creo sinceramente que estamos ante un acontecimiento histórico, en toda la extensión de la palabra, sostengo que el 15M será una de las claves de las que harán uso los historiadores para comprender el devenir de la sociedad de este tiempo; por tanto, no es sólo un error o una injusticia intentar soslayarlo o dejarlo caer en el olvido, además es inútil.   

Pese a su indudable vinculación con los precedentes de los llamados movimientos antiglobalización que ya se habían dado en Seattle o Génova -entre otros muchos-, el 15M es un producto genuinamente nacional, con unas condiciones de posibilidad tan específicas como, por ejemplo, las de la Primavera Árabe. Más allá de la singularidad de los campamentos, que encarnaban una inusitadamente tenaz voluntad de otorgar continuidad indefinida a su protesta, el movimiento se desarrolló en forma asamblearia, lo que implica la determinación a resistirse a la indiferencia y la pasividad asociadas a las democracias contemporáneas, generando cauces de participación ciudadana ajenos a los que están convencionalmente establecidos. Esta vocación dialógica y su decidido alejamiento de las formas de expresión coactivas o violentas sorprendieron con el paso cambiado a las oligarquías nacionales, empezando por los grandes partidos, cuya incapacidad para asimilar las implicaciones del fenómeno se ha hecho patente en el encogido silencio del PSOE y, muy especialmente, en el estilo de gobierno del PP. Ni unos ni otros parecen dispuestos a reaccionar ante la turbadora realidad de unas encuestas que los penalizan seriamente.

Lo que pone sobre la mesa el 15M es la evidencia de que en el momento presente los caminos de la participación se presentan obturados, lo cual se hace más palpable ante la sucesión de medidas que parecen destinadas a proteger las rentas del capital a costa de jibarizar las instituciones de protección de los ciudadanos, en especial los desfavorecidos, que cada día son más numerosos. 

¿Por qué protestan las masas? La respuesta es sencilla, la gente, y muy en especial los jóvenes, se ha dado cuenta de que le están haciendo trampa, y que los gobernantes han accedido a los puestos de mando con la misión de poner a resguardo de la recesión sus patrimonios y los de los sectores más opulentos de la sociedad. La cascada de casos de corrupción y la percepción diáfana de que la gran estafa del sistema financiero queda impune podrían abocarnos al desánimo; frente a esa depresión, los campamentos se constituyeron para articular la resistencia y desmontar el mito de que las masas se han sometido sin más a la dictadura de la indiferencia. 

Me viene a la memoria un episodio de Astérix que me ha quedado para siempre en la memoria desde mis lecturas infantiles. Se celebran los juegos olímpicos. Un grupo de galos, sabedores de que la poción mágica les dará la victoria sin esfuerzo, se inflan en la villa olímpica a jabalí asado, pasteles y cerveza, mientras los rivales, condenados a un entrenamiento feroz y una vida monacal, les observan enrabietados. Un atleta de Esparta exige pan y carne al delegado, y éste le responde que "tú eres un espartano, estás acostumbrado a la vida dura". "Sí", contesta, "soy espartano, y estoy acostumbrado a comer los huesos de las aceitunas, pero en Esparta no veo a un hatajo de bárbaros poniéndose ciegos a beber y a comer, si queréis juegos dadnos comida y bebida."

Creo que es algo así lo que ocurre. Se nos piden esfuerzos y sacrificios, se nos dice que vienen mal dadas y que es tiempo de austeridad. Pero, mientras se arrincona un poco más cada día a la clase media, y cada vez es mayor la cifra de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza, observamos como quienes ostentan posiciones de poder se llenan los bolsillos e incrementan indecentemente sus riquezas. Indemnizaciones obscenas de banqueros ineptos y corruptos, políticos que se han forrado a costa de nuestro dinero, negocios regalados a los amigos de quienes gobiernan, paraísos fiscales intocables, la Iglesia Católica más favorecida que nunca... ¿Sigo?

La gente ha percibido que el gran pacto entre clases que ha cohesionado las sociedades europeas durante medio siglo se ha roto unilateralmente. "Han vivido ustedes por encima de sus posibilidades" Sí, pero la austeridad no es para todos, el Poder ha enrocado para evitar que los ciudadanos le pongan trabas a lo que a ojos vista se muestra como un proceso de destrucción de las promesas fudacionales de la democracia: la libertad, la igualdad, el derecho... 
El día que en vez de campamentos tengamos sólo rencor y violencia destructiva habremos de acordarnos de que no se les hizo caso a los Indignados cuando aún se estaba a tiempo. 

Saturday, May 11, 2013






HUELGA

Llevo toda la vida padeciendo este tipo de actitudes para ahora soprenderme, y, sin embargo, no deja de maravillarme que personas de mis alrededores y a las que juzgo cotidianamente como sensatas adopten ante el debate político actitudes tan intolerantes, tan refractarias a aceptar y respetar cualquier forma de discrepancia. 

Pienso en la huelga que hemos vivido en los últimos días en el sector de la educación. En muchos claustros de escuelas primarias e institutos se han producido debates muy intensos. Si las grandes organizaciones sindicales creen que cuando nos llaman a la huelga nos tiramos alegremente en plancha, convencidos de que no yendo un día a clase vamos a hacer desmoronarse los bastiones del capitalismo, es que, como poco, están mal informados. "No es por el dinero", oigo decir a algún compañero reticente a la convocatoria. Sí, si es por el dinero, ¿qué otra causa puede haber?  Y, sobre todo, ¿no es a fin de cuentas por nuestro sueldo por lo que vamos al trabajo? A mí me gusta mucho dar clases, pero me gusta más irme a tomar el sol a un parque o escribir poemas en el metro; si acudo a trabajar es porque de mi sueldo vivimos yo y otras dos personas, si un día no voy al trabajo porque ejerzo el derecho de huelga, la patronal se encarga de pegarle un buen mordisco a mi nómina, con los consiguientes desperfectos en el presupuesto familiar del mes, algo por cierto especialmente poco grato si tenemos en cuenta que, como empleado público, he sufrido ya unas mermas de sueldo tremebundas. 

No me quejo, siempre he dicho que me considero afortunado, aunque la expresión misma -"tengo suerte, aún he de dar gracias por no ir al paro"- oculte una peligrosa carga de baja autoestima, como si alguien me hiciera un favor por permitirme hacer mi trabajo, como si un profesor no rindiera un servicio valioso a la comunidad y poco menos que hubiera de agradecer su generosidad al conseller del ramo, el cual financia el sistema educativo con el dinero de la gente y no con el suyo, dicho sea de paso porque creo que a veces se nos olvida. 
Y aún así estoy feliz y orgulloso. Y he hecho la huelga del nueve de mayo. Creo que era un buen momento para convocarla, entre otras cosas porque al día siguiente se tramitaba la Ley Wert en el Congreso. No creo, como se jactan los sindicatos, que la susodicha haya sido retirada provisionalmente por el supuesto éxito de la convocatoria, en todo caso es el resultado de un largo proceso reivindicativo en el que hemos participado durante el último año y medio profesores, alumnos y padres, de todo lo cual esta huelga es sólo un paso más, y en ningún caso el último. Pero, sobre todo, tengo la impresión -y perdonen el cinismo, pero es la realidad la que termina pareciendo un sarcasmo- de que el Gobierno Rajoy nunca ha pensado seriamente en reformar la educación, o, en todo caso, se puede permitir el lujo de dilatar el proceso hasta próximas legislaturas, pues en este área los gobiernos autonómicos -a veces los suyos, a veces, como en Catalunya, los de otros partidos, incluyendo los nacionalistas- ya le han ido sembrando el terreno. 

Si pasamos por encima de toda la serie de torpezas que ha ido exhibiendo la Ley en sus distintos borradores, lo que detectamos - además de un profundo desconocimiento de la realidad escolar, mucha demagogia para oyentes de tertulias reaccionarias y ninguna atención a la opinión de los profesionales, es decir, los docentes- es la intención de eliminar cualquiera de las trabas que todavía existen para los conciertos escolares o, lo que es lo mismo, para que la Iglesia Católica -gran beneficiaria de la financiación pública de su proyecto de evangelizar a los niños españoles- incremente todos los privilegios con los cuales compite con los centros públicos. ¿Hace falta ahora mismo un nuevo marco legal para que la brecha social propiciada por una doble red educativa se siga ensanchando? No, para ello basta con seguir con los recortes, de los cuales, como sabemos bien los trabajadores, los grandes perjudicados son los alumnos de la enseñanza pública. 

Creo que mi postura es diáfana, y alberga una determinación a pelear que no admite dudas ni quebrantos. Tengo, puede que por algún tipo de experiencia biográfica que no viene al caso, una fe en el valor de la enseñanza pública que no pienso dejar que ceda ni un centímetro, así continúe la derecha española -y los sectores sociales que les animan a hacerlo- con su proyecto de convertir los centros públicos en destartaladas unidades de atención a niños pobres, torpes, conflictivos, minusválidos o inmigrantes. Si quienes se dicen firmemente católicos creen que Jesucristo habría estado en este asunto de su lado, entonces es mejor que Dios no exista, pues de lo contrario el infierno va a hacer overbooking. Allá ellos, yo no tengo ninguna duda respecto a mi lugar en la batalla y respecto a la coherencia moral de mi postura.  

Precisamente porque sé muy bien qué bando es el bueno en esta batalla que se está dirimiendo ahora mismo en el seno de la sociedad española -que no es otra que el debate sobre la función integradora de la educación, y, más en general, sobre el futuro del estado social y las instituciones del bienestar público- me siento legitimado para mostrar mi disconformidad con algunas actitudes que detecto entre mis compañeros de trinchera y que vienen incomodándome desde hace muchísimo. Desde que era casi un adolescente me he ido integrando en diferentes organizaciones de izquierda, y no he dejado de toparme desde entonces con actitudes que a veces rayan el fanatismo y, otras veces, lo sobrepasan claramente. 

No me refiero en este caso a los sindicalistas, los que he conocido a lo largo de mi vida -y he conocido a muchos- siempre me ofrecieron síntomas demasiado evidentes de que lo que había después de su aparente fortaleza de convicciones era un fuerte sentido estratégico, una inclinación a la disciplina de organización y al cálculo electoral que, si nos sirve para denostar a los políticos, vale exactamente igual para los "compañeros" de las organizaciones de trabajadores, unas organizaciones a las que necesitamos, pero que parecen muy poco dispuestas a tomar nota de lo que pensamos los trabajadores, a los cuales representan. Si supieran la cifra real de profesores que han hecho huelga en mi instituto, quizá se replantearan el oportunismo de la huelga del jueves, pero lo dudo mucho, pues ya se han apresurado a declarar dicha huelga como un gran éxito -los alumnos no fueron a clase, claro- y a apuntarse como un logro suyo la postergación de la Ley Wert. No creen que hayan hecho nada mal, no va a haber manera de sugerírselo, entrar con ellos en diálogo sobre la posibilidad de que se equivoquen es inútil.

Pero sé muy bien desde hace décadas como son los sindicalistas, lo que me desalienta es la actitud de algunos compañeros que parecen incapaces de entender que, para algunas personas, la convocatoria de una huelga no es un toque de corneta al que hay que responder marcialmente y sin hacerse preguntas. Algunos de los compañeros que no han hecho huelga tenían dudas respecto a la conveniencia estratégica de la convocatoria. Que otros piensen que ésta es una actitud equivocada o, incluso, que son víctimas de un desánimo que no podemos permitirnos, me parece razonable, lo que no entiendo es que cuando exponen sus reservas se les menosprecie o se les descalifique por su "cobardía", más teniendo en cuenta que algunos tienen una larga biografía de huelgas a sus espaldas. 

Es cierto que hay en la izquierda una tradición de desunión que no acosa de la misma forma a la derecha. Pero es que "izquierda" significa justamente eso, ser capaz de cuestionarse lo que se presenta como argumentos de autoridad, no aceptar la corrupción ni la deshonestidad de los que mandan, unos mandos que, precisamente porque representan a quien representan, están obligados a vivir permanentemente bajo el interrogante. Si no querían discrepancias ni dudas debían haberse metido en la Legión, en la parroquia del barrio o en el Partido Popular. 

A mí me también me molesta esa tendencia a un radicalismo de gauche divine que termina degenerando en elitismo cultural, absentismo en la lucha y abstencionismo electoral, y que asiste a muchas personas que dicen ser de izquierdas. Pero me molesta todavía más la negativa al diálogo que exhiben algunas personas de aire leninista, esas que no se permiten el lujo de la duda ni pretenden permitírnoslo a los demás. Hay quien nos incita a reunirnos y hablar, pero lo que pretenden no es un diálogo, pues en el diálogo no se trata de defender y hacer valer una postura ya claramente predefinida para persuadir a los demás. Quien solo quiere convencer ha nacido para manipulador, no valora la posibilidad de que la visión del interlocutor le aporte algo que él no tiene, y no lo valora porque no piensa escuchar, lo cual le convierte en un sordo funcional. El momento en que el otro interviene es solo un escollo a eludir, la expresión de resistencia de un débil que hay que vencer. Eso no es dialogar, eso es catequizar, y para ello están los púlpitos y las clases de Religión. 

Metamonoslo en la cabeza: la izquierda no gobierna España actualmente no porque el país sea de derechas, sino porque cada vez que la gente le otorga poder, lo que hace a continuación es juzgar si se han satisfecho sus expectativas, lo cual supone que una decepción equivale a una abstención, que por cierto no es exactamente lo mismo que una deserción. Es quien provoca el desencanto el verdadero desertor, y esto vale para el PSOE tanto como para otras organizaciones menos moderadas, pues no es moderación o radicalismo de lo que estoy hablando. Si nos resistimos a intentar seguir dando razones, si anulamos la posibilidad del diálogo con la excusa de que la urgencia de las situaciones exige determinación, entonces dejamos de tener aliados y ya sólo pedimos súbditos. 

Para es mí es imposible porque jamás me he sentido en posesión de la Verdad, no como algunos compañeros para los cuales la duda parece ser el Mal. Antes que odiar a Wert o ser de izquierdas, prefiero seguir siendo libre. 

Pequeño-burgués que me parieron. 

Saturday, May 04, 2013




SU MAJESTAD 
EL TONTO DE TU HIJO

Los historiadores asocian el debilitamiento de la tradicional familia patriarcal con la desaparición de antiguas instituciones, como el matrimonio concertado, y con la emergencia de fenómenos tan novedosos -aunque ahora los imaginemos como si siempre hubieran estado naturalmente entre nosotros- como el del amor romántico o la familia afectiva. En esta lógica encuentra su caldo de cultivo el sujeto edípico que, tal y como se entiende a partir de Freud, incorpora la rebelión contra el Padre y sus concreciones históricas -la postergación de mujeres y jóvenes, el ascetismo, la teocracia o la monarquía- como parte indispensable de la configuración de las subjetividades. Muchas de las consecuencias tienen sin duda valor emancipatorio, por ejemplo la práctica de eso que pone tan nerviosos a los fanáticos religiosos, la contracepción, que tanto ha contribuido a construir espacios de vida menos asfixiantes para todos y, en especial, para las mujeres, que al fin han superado la esclavitud impuesta por su destino biológico. 

La disminución de la natalidad es parte de una mutación histórica colosal que supone, entre otras muchas cosas, que el hijo entendido como simple objeto propiedad de sus padres se convirtiera en sujeto de derecho, lo cual explica que sólo a partir del XIX se empezaran a criminalizar prácticas por lo visto muy comunes anteriormente como la del infanticidio. Desde entonces el matrimonio, más allá del mito romántico de la pareja, se construye desde la responsabilidad de los progenitores con sus hijos en relación a su seguridad y su alimento,  su mapa moral, su futuro... Diluida o al menos decaída la imagen de la autoridad paterna, el niño crece y se hace adolescente ocupando el lugar central que antaño ocupaba Dios Padre. Ha llegado His Majesty the Baby. 

No es extraño que en algunos spots publicitarios de esos en los que se les indica a las mujeres en qué consiste la "vida buena", la figura del Príncipe Azul -el gran amor al que se supone que entregas tus sueños desde adolescente- no sea un tipo guapo y atlético como los de las novelas de Barbara Cartland, sino un bebé, uno como esos que aparecen en las fotografías de Anne Geddes, considerada como "la mejor fotógrafa de niños del mundo", y cuyo trabajo me resulta tan irritante que creo que pondría a mi hija en manos de Hitler antes que dejar que esta individua la retratara vestida de abejita o encerrada en una crisálida de gusano.   

Ahora bien, esta corriente tan extendida por el mundo occidental y que otorga a la infancia un lugar casi sagrado tiene bastantes más implicaciones desagradables que las horteradas fotográficas de Geddes. Llama la atención que incluso en plena crisis haya padres de familias modestas que compiten entre sí por hacer el convite más espectacular para el bautizo de su vástago, ellos que por cierto suelen burlarse de los beatos que van a misa regularmente, pero que luego no dudan en pasar por la vicaría para hacer ingresar a su niñito en el registro de los españoles oficialmente sujetos a la fe vaticana. Aún más empalagosos me parecen quienes celebran "bautizos civiles", con similares gastos, donde convocan a las amistades para dar la bienvenida a este mundo tan dulce y hospitalario a un niño al que normalmente han puesto un nombre bien hortera. 

Este asunto de los nombres horteras podría enunciarse como el "Síndrome Tom Cruise" o, si lo prefieren el de la "Beckam family", que consiste en ser original y estupendísimo de la muerte no solo cuando uno acude a galas de Hollywood, hace películas o se pone tatuajes hasta en las encías, sino también cuando tiene hijos. Así, los Beckam, por ejemplo, llamaron "Harper Seven" a su último retoño, que es llamarse como el mudo de los hermanos Marx, pero con el añadido de un número, un poco como un preso de Auschwitz pero en chupiguay. Como lo característico de nuestras sociedades consumistas y sobreinformadas es que -aunque sigue habiendo pobres y ricos- la estupidez se democratiza, hay quienes ponen a sus hijos nombres tan ideales como "Vida", "Ella", "Tiziana" o "Atalanta", qué monada, se diría que como la idea es tener pocos hijos y, a ser posible, que te los cuide la abuela, hay que darles un nombre bien original para hacerles sentir que los padres los reverencian y que son únicos y singulares. 

El catálogo de gilipolleces que la gente hace últimamente con los niños es interminable. He visto cosas tan irritantes como a unos padres que exigieron a la clínica que les dejara estar desnudos durante un rato acurrucados con el bebé inmediatamente después de su alumbramiento. Hay madres vinculadas a un pintoresco movimiento llamado "lactivismo" que, bajo el principio de que la lactancia es una liturgia contra la que conspiran diversos poderes para arruinar la mística unión afectiva entre madre y bebé, organizan grandes "mamadas callejeras" (les juro que no lo invento, las llaman así) y se las ve por ahí con el niño en brazos como si llevaran al pequeño buda. 

La verdad, no estoy demasiado seguro de que todas estas mamarrachadas no sean exactamente lo mismo que aquello que me pasaba cuando era crío, que se nos acercaba una parienta o una amiga de mi madre y nos amargaba durante horas con que sus hijos eran guapos, geniales y estupendos, ante lo cual mis hermanos y yo nos mirábamos con cara de "hay qué ver qué mierdas que somos" y luego nos íbamos a jugar, felizmente liberados de la responsabilidad de que nuestros padres tuvieran que presumir de nosotros. 

Me viene a la memoria una mujer que venía a visitarme con frecuencia al Instituto para hablar sobre su hijo. Era una persona infortunada, abandonada por su marido, trabajaba limpiando escaleras de sol a sol y parecía estar muy sola. "Perdona que venga todas las semanas a darte la lata con mis preocupaciones sobre mi hijo, es lo único que tengo en la vida", me confesó una mañana, y entonces descubrí que aquella pobre mujer era la madre más lúcida y coherente que había conocido nunca. 



Por todo ello, y casi dos años después de que naciera mi hija, voy a ofrecerles algunas conclusiones provisionales sobre lo que para mí, y a estas alturas en que ya no puedo excusarme como inexperto, supone la paternidad. Les aviso que voy a dirigirme a usted en primera persona y a ponerme bastante borde, pues estoy sinceramente hasta los mismísimos cojones de oír idioteces. Ahí van. 

1. Tu hijo no es un superdotado. Hay psicólogos muy desaprensivos que te dicen lo que quieres oír, que si tu hijo es un pelma y no lo soporta nadie va y resulta es que el mundo no le entiende ya que tiene un enorme talento, que si aullaba durante horas al ir a la guardería es porque no se avenía con los niños normales, ya que él con un año ya leía tebeos y pintaba con ceras . Y hala, a seguir todos aguantando las patochadas del niño. 

2. Tu hijo no es hiperactivo, es pesadísimo, como casi todos, pero la hiperactividad es una enfermedad muy seria de la que tú hablas con la misma ligereza con la que dices que estás "deprimido" una tarde de domingo. En todo caso estaría bien que intentaras disciplinarlo un poco y hacer que se esforzara de vez en cuando en concentrarse o, al menos, que no machaques al profe del cole cuando intenta él lo que tú te niegas a hacer para no bloquear la libre espontaneidad del genial imberbe. 

3. Tu hijo no es "muy independiente" ni "juega solo", gilipollas, lo que pasa es que tú te pones a hacer el tonto con el móvil y te olvidas de él durante largos ratos. Yo jugaba mucho sólo de niño y así he salido, con una fobia social acojonante. Deja de ver por sistema todo como síntomas de talento y madurez. Tu hijo es un mamífero dependiente y miedoso como lo eras tú. 

4. Tu hijo no come de todo ni duerme como un lirón. ¿Por qué mientes? No estaría mal, por simple sentido de la solidaridad, que cuanto un amigo te cuenta un problema de esta índole no le contestes haciéndole ver que tu hijo es perfecto y que si el otro tiene problemas es porque los demás padres hacen mal las cosas. 

5. Si quieres llevar a tu hijo a una guardería donde hablen francés, allá tú, pero luego no hagas discursos sesudos diciendo que los capitalistas manipulan a la gente a través de la publicidad para sacarle la pasta.

6. Tú no eres un buen padre, no naciste enseñado, estás aprendiendo a trancas y barrancas, si algo te sale bien a lo mejor no es que lo hagas bien sino que tienes suerte. 

7. Tu hijo no es guapo, es más, seguramente tiene cara de mandril, te parece a ti guapo, que no es lo mismo. Tu impresión responde en realidad a un dispositivo psicológico urdido por la naturaleza para que lo cuides. Además, crees que es guapo porque se te parece, lo cual demuestra lo asquerosamente presumido y narcisista que eres. 

8. Tu hijo no es "un niño muy alegre", tiene terrores nocturnos, padece horrorosos dolores de encías y de vientre que tú no soportarías. Los adultos que se le acercan pidiéndole besos le producen una desconfianza terrible... Y hace muy bien, porque sus instintos le preparan sabiamente para un mundo inhóspito.

9. A nadie le interesan las payasadas de tu hijo, te hacen caso y sonríen cuando las cuentas por amabilidad condescendiente. Si otro padre te pregunta sobre si duerme o si le das aspirinas no es porque le interese lo que hace tu hijo, el que le interesa es el suyo; es una cuestión técnica, como cuando te preguntan por la tapa del delco o cómo se cambia una rueda pinchada. 

10. A tu hijo no lo quiere todo el mundo, como a veces te hacen pensar, los humanos somos egoístas y sólo solemos querernos a nosotros mismos; la gente le sonríe a tu hijo porque los niños suelen caer bien, pero desengáñate, solo a dos personas les parece un ser perfecto: a sus dos padres. 

Friday, April 26, 2013



FACEBOOK

Recientemente me abrí una cuenta en Facebook. Antes de eso podía presumir de dos cosas en la vida, no pertenecer a ninguna red social y no tener teléfono móvil. Es una fanfarronada irresponsable, en nada tendría por qué empeorar mi vida disponer de un móvil y dudo mucho que a estas alturas yo pudiera convertirme en uno de tantos millones de zombis que van por la calle sin levantar ni la vista ni los dedos del dichoso aparatito. En cuanto a facebook, me apunté por qué al estar dado de alta podía acceder a algunas fuentes de información que me interesaban. Como el uso que inclina a la mayoría de la gente a entrar en Facebook -exhibir su vida privada a otras personas- no me excita gran cosa, decidí abrir la cuenta con mi nombre sin foto ni datos de ningún tipo, pues, sinceramente, no creo que a nadie le interesen ni mis grupos predilectos, ni mis imágenes en la piscina, ni la cara de imbécil que se nos pone a mí y a mis amigotes cuando estamos borrachos, ni lo mucho que odio a los tipos soberbias y a las tipas que van de duras... en fin, todas esas cositas que parece que la gente pone en el "Muro" diseñado por Mark Zuckerberg, fundador de Facebook y considerado como el billonario más joven del mundo.

Lo que sé de Zuckerberg proviene de La red social, el film donde se nos relatan las circunstancias del inicio de este fenómeno de masas que parece haber desencadenado la mutación en la Red que hemos terminado conociendo como Web 2.0. Lo que por lo visto supone esta mutación es el paso de un entorno internáutico pasivo, donde nos limitamos a visitar la información que alguien decide colgar en la Red para obtener difusión, a otro donde lo decisivo es el llamado "software social", es decir, la aportación colectiva. El cambio respecto a la gestión de contenidos es brutal, pues la unilateralidad de la Web 1.0 deja lugar a un modelo donde parece consumarse el sueño fundacional de internet, es decir, la interoperabilidad, o, lo que es lo mismo, la creación de una verdadera comunidad virtual.

Todo esto está muy bien, no tengo ninguna duda de ello pese a la fama que me estoy buscando de analfabeto tecnológico. Internet le ha otorgado posibilidades a mi vida que de ninguna manera habría encontrado si ésta no existiera, y conviene recordar que hablamos de un invento reciente, hace apenas veinte años que llegó a España, y no mucho más de doce que se extendió su uso en los hogares. No deja sin embargo de inquietarme la falta de debate con la que se universaliza el uso de una determinada tecnología, como si Facebook sólo tuviera consecuencias positivas, como si fenómenos tan exitosos no estuvieran destinados a marcar la evolución de las mentalidades y las costumbres. Durante décadas leí insistentes informes sociológicos sobre los peligros de la televisión, un medio con un poder colosal y que ya presidía el comedor de mi casa cuando yo vine al mundo. Me cuesta hablar de cómo nos ha cambiado la tele porque ya nací con ella, pero internet sí que irrumpió en mi vida, y lo hizo cuando mi mapa cognitivo y moral ya estaba razonablemente configurado. Soy, como ahora se dice, un inmigrante digital, y, por tanto, creo que no es mala idea exponer, en especial a los nativos digitales, algunas impresiones sobre esta especie de tsunami que nos golpea con sus oleadas de manera tan veloz y contundente que se diría que lo que no tenemos es tiempo para pensar.

Pensemos. De entrada me preocupa poco si lo que cuenta La red social se ajusta o no a la historia real. No me extraña que el propio Zuckerberg rechazase el film, pues no queda nada bien parado. Pero, insisto, no me preocupa tanto si todo ocurrió tal cual, porque más que a un personaje real, lo que pretendo juzgar es la naturaleza del territorio hacia el cual parece que van deslizándose las relaciones humanas. Dado que no dispongo de espacio para una digresión fuerte al respecto, me limitaré a exponer, sin orden y a modo de tentativa, mis notas del visionado de la película. Helas.

1. "Tu problema con las chicas no es que seas un friki, es que eres un gilipollas". Esto es lo que una bella joven de Harvard le dice a Zuckerberg después de que, en la primera escena del film, comprobemos que, efectivamente, el joven, en su relación con la gente en general y con las mujeres en general, es paranoide, egoísta, delirante, acomplejado y cínico. "Gilipollas" significa eso para la chica, pero yo aportaría otra luz: es un joven sin duda avispado pero sin experiencia que no conoce a las demás personas tal y como él cree conocerlas; en otras palabras, no se ha ganado el derecho a ser cínico. Él, desde luego, cree saberlo todo, pero acaso es solo un listo sobreinformado con muy pocas horas de calle y muchas de ordenador en las mazmorras del autoaislamiento, que son por cierto las más lóbregas que existen. 

2.  Un hacker, es en gran medida, un cobarde. Si algunos lo convierten en héroe juvenil de nuestro tiempo es porque, probablemente, también son unos cobardes.  ¿Saben cómo apareció Facebook? Rabioso porque la chica antes aludida le desprecia, Mark se infiltra en las webs de los estudiantes de Harvard para robar las fotos y la información de las chicas, creando a continuación una página en la que la gente que entra ha de decidir quién es "la más calentorra de todas éstas", o se compara con algún animal a cada una de las que aparecen. Es una broma profundamente dañina y que algunos que se aburren consideran graciosa, la realidad es que responde a una venganza de Zuckerberg contra una mujer, contra las mujeres en general y contra el mundo.

3. Hay millones de tipos como Zuckerberg en el mundo, igual de resentidos, igual de miserables, igual de amorales, igual de convencidos de que saben mucho más de todo que sus congéneres. La diferencia es que él inventó Facebook y se ha hecho rico, por eso es billonario y le dedican una película. 

4. El héroe de los tiempos que corren es mentalmente rápido e insolente. En el juicio al que le somete la dirección de una institución tan formal y prestigiosa como Harvard exhibe su desprecio a los códigos normativos que esta universidad proclama sagrados. No estoy seguro, sin embargo, de que sea la actitud de un hombre valiente, es más bien un chulo exitoso, de esos sobre los que se rueda un biopic, olvidando la masividad de chulos fracasados. Sinceramente, no veo la épica en la historia de Zuckerberg; tampoco encuentro un trasunto dramático, no hay conflicto de identidad, no hay un profundo dolor del alma ni un corazón atormentado. Zuckerberg no es un Albert Einstein, genio que revolucionó la mirada científica y que fracasó en la escuela, tampoco un Galileo capaz de enfrentarse al Poder. Zuckerberg es una criatura de un tiempo hecho a la medida de tipos audaces y espabilados como él. 

5. Cuidado, Zuckerberg es un indeseable, pero los hermanos Winklevoss que litigan con él por la autoría de Facebook no son mejores que él, por más que se presenten como "caballeros de Harvard", estudiantes a la vieja usanza, respetuosos del emblema y las tradiciones y que insisten en que hay cosas que en Harvard no se deben hacer, por ejemplo ir a juicio contra otro estudiante por pasta. Zuckerberg presenta su conflicto con los gemelos Winklevoss como una lucha de clases: "estos dos hijos de papá me denuncian porque por primera vez en su vida algo no les ha salido bien".  Los ve como unos hipócritas, enemigos de la libertad que quieren mantener viejos privilegios y estrangular la igualdad de oportunidades; una vez más el sueño americano para excusar conductas indecentes. Para ellos, Mark sólo es un arribista, un bárbaro sin modales que sólo quiere dinero. Los dos bandos tienen razón en lo que achacan al otro, ambos son nefastos. 

6. Lo que está pasando con internet es inaudito incluso dentro de la historia del propio capitalismo. Mientras los gerifaltes de Harvard juzgan al joven estudiante, éste se atreve a decir que en ese mismo momento podría comprar Harvard entero si le apeteciera. Parece ignorar que algunas cosas no se compran porque no pueden ser vendidas, ¿o sí puede venderse Harvard? Lo cierto es que un adolescente puede hacerse rico en semanas y revolver el tapete con una facilidad asombrosa. En cierto modo, se está conquistando el Oeste. Cualquier atrevido que llegue antes puede colonizar y apropiarse de territorios inmensos, y la ley tarda siempre demasiado en llegar. Pero hay una diferencia: el territorio no existía antes de que los pioneros llegaran, no estaba habitado por indios a los que exterminar, todo es virtual, todo es inventado, cualquier cosa es posible, lo cual si lo pensamos detenidamente es tan ilusionante como aterrador. Los jóvenes imitadores de la gente como Zuckerberg, cuyos antecesores directos son Jobbs o Gates, ha asumido que en el nuevo capitalismo ya no se trata de encontrar un empleo, sino de crearlo. Sugerente, sí, pero no deberíamos olvidar que esa convicción forma parte de la misma corriente que ha precarizado el mundo laboral, ha enviado al garete derechos que conquistaron los trabajadores a costa de mucha sangre durante décadas y ha vuelto nuestras vidas más inseguras y nuestras biografías -esas que colgamos en el Muro de Facebook- más incontrolables e inciertas. 

7. Un amigo pide información a Mark sobre una chica, lo cual pone a éste sobre la pista buena: el dichoso algoritmo tiene el poder de traducir el mundo de la vida a datos digitales. Esto es por supuesto una mentira, pero la pesadilla consiguiente puede hacerse real si interiorizamos el juego y somos nosotros mismos los que convertimos la experiencia en información convertible al modelo Facebook. A fin de cuentas, sólo se trata de saber si la chica es guapa, si tiene novio, si lo busca, si me la puedo follar... Facebook es definida por uno de los protagonistas del film como "la auténtica digitalización de la vida real". Vas a una fiesta y luego tus amigos la pueden ver on line: "vivíamos en granjas, después en ciudades y ahora vamos a vivir todos en internet". 

8. "Has venido a California por fin, Mark, has tomado la decisión correcta". El Oeste es el capitalismo sin delicadeza, allá va uno a hacerse obscenamente rico. Difícil no acordarse del California dream de los hippies de los años sesenta o de aquella Tierra Prometida para los pioneros. En California está Sillicon Valley, que recibe un tercio del "capital de riesgo" que se invierte en los USA. 
Allá en California se configuraron los códigos del Muro de Facebook. Eran un grupo de jóvenes que trabajaban 36 horas seguidas sin dormir, en un ambiente extrañamente informal y festivo, como en una francachela adolescente que recuerda a aquellas fiestas de alcohol y drogas de los años sesenta. Nada que ver con la circunspección calvinista en la que suponemos que se tramó el capitalismo contemporáneo. 


9. La Red Social acaba cuando Erica Albright, entonces abogada en el caso de los derechos de propiedad, vuelve a despreciar a Zuckerberg. Al regresar a casa, Mark busca su perfil en Facebook. No la agrega como amiga. 

10. Todos los días me llegan docenas de peticiones de amistad por Facebook. No lo entiendo, soy un tipo más bien antipático y algo cobarde para la amistad, no entiendo que algo tan laberíntico como el afecto se resuelva tocando una tecla, pero ya les he dicho que soy un emigrante digital, sospecho que es una terrible limitación.  

Friday, April 19, 2013



ESCRACHES

Una caja aparece "escrachada" en medio de la calle en un relato de Cortázar. El participio invita a pensar que la caja no simplemente ha sido abierta: está arañada, desvalijada. El uso actual del término tiene sin embargo su origen inmediato en las expediciones que los familiares de los desaparecidos de la dictadura argentina realizaban a los domicilios de los torturadores y asesinos cuya esperanza, una vez restaurada la democracia, era poder quedar en el anonimato. El escrache es entonces una forma de delación pública, y sucede porque personas que han cometido faltas terribles no están siendo perseguidas por las autoridades competentes. 

Tengo mis dudas de que este caso pueda trasladarse a nuestro contexto, en unos días en los cuales el uso del término en cuestión se ha hecho tan insistente que, acaso el escrache dé nombre en los futuros libros de historia a los días que vivimos, de igual manera que, pongamos por caso, otros días fueron los del estraperlo. Desde la semántica será o no correcto hablar de escrache -no creo que esto haya de preocuparnos demasiado- pero lo que designa, aunque también corresponda a una estrategia de delación, debe ser diferenciado de lo que designaba para el caso argentino. 

No he hablado demasiado de este asunto, seguramente porque cuando lo haces tiendes a crear inmediatamente lo que en la Lógica se llama un "hombre de paja", pues, dado el enconamiento de las posturas, si criticas esta práctica, estás ignorando la profunda maldad de políticos y banqueros que dejan en la calle a personas que no pueden pagar unas hipotecas abusivas, y si dices algo a favor, entonces has abandonado automáticamente la vía de la democracia y corres el riesgo de que Cospedal o algún genio de la TDT Party te acuse de nazi o de etarra. 

No me gusta esta iniciativa, no estaría dispuesto a participar en ella si alguien me lo solicitara. Es preciso recordar a menudo que cuando se rebasan las fronteras ya no de la legalidad sino de la legitimidad democrática, estamos creando un precedente de cuyas implicaciones no podemos desentendernos, salvo que pretendamos que las trampas y los atajos sólo son inaceptables cuando los usa el enemigo, el cual, ya se sabe, siempre persigue intereses malignos. 

Soy profesor en un Instituto, sé lo que supone que alguien proyecte intimidarte y condicionar tus decisiones mediante la intromisión en tu espacio privado, que es un espacio de supervivencia. He criticado durante años ese repugnante espectáculo de los paparazzi que acosaban durante días enteros a un torero o una tonadillera, apostados como buitres a la puerta de su casa para fotografiar a menores o provocar un momento de violencia que multiplicara el precio de la noticia; he denostado sin ambages las maniobras de intimidación que los amigos de los terroristas llevaban a cabo sobre personas que no compartían sus ideas u objetivos. No veo por qué ahora hemos de aplicar otro rasero: políticos, banqueros, árbitros de fútbol, médicos, periodistas, profesores o lo que demonios sea uno, todos estamos expuestos a que se cuestione nuestro trabajo, incluso a recibir presiones poco razonables, pero el ámbito de la privacidad debe ser sagrado para todos, y resulta tanto más preocupante el acoso domiciliario cuando hay niños de por medio. 


Este razonamiento vale también para algunos a los que ahora se les erizan los pelos de indignación pero nada decían de quienes, desde grupos que se autoproclaman defensores de la vida, acudían en masa a las clínicas para vigilar, gritar, insultar y aterrorizar a médicos y a mujeres.  

Ahora bien, que albergue fuertes reservas respecto a este tipo de estrategias reivindicativas no significa que desvalorice los dramas  que las han desencadenado. Los desahucios que en estos últimos meses se vienen produciendo masivamente son en muchos casos verdaderas atrocidades que sólo pueden encontrar su lógica dentro de un sistema corrompido. Puedo negarme elegantemente a no acudir a un escrache, pero, ¿qué haría si fuera yo el desahuciado? ¿Qué barbaridades no sería capaz de urdir y llevar a cabo si mi familia y yo diéramos con nuestros huesos en la calle? Tertulianos y miembros del gobierno llaman "nazis" a los escrachadores y no recuerdan ni por un momento la tragedia de los afectados, se me ocurre que seguramente jamás han tenido un problema serio en su vida. 

Con estas actitudes no es extraño que aparezcan encuestas en las que una mayoría conteste que al país le iría mejor sin partidos políticos, una actitud preocupante porque desliza hacia un escepticismo propio de minorías nihilistas a sectores masivos de la población española. Esta recurso desesperado al cinismo tiene algo de "síndrome Titanic", es decir, la gente presiente que los poderosos   están preparando los escasos botes que hay para salvarse ellos mientras las puertas de las bodegas permanecen cerradas porque los pobres van a hundirse con el barco. 

¿Es "nazismo" el escrache? Dudo mucho que Dolores de Cospedal -muy fecunda en los últimos días a la hora de poner adjetivos a los que le fastidian- tenga ni la más pajolera idea de lo que fue el nazismo para quienes lo sufrieron de verdad, y, de la misma forma, dudo que entienda nada de la humillación de quedarse sin trabajo y sin casa. En cuanto al desahuciado, tiene derecho a sentir odio y volverse cínico. Los partidos, en especial el que gobierna, están envenenados por la corrupción; el susodicho gobierno, tan patriota él, parece haber aceptado sumisamente que España ya no se gobierne a sí misma y que aquello de la soberanía nacional es cosa del pasado; las ganancias están privatizadas, pero las pérdidas se colectivizan; los recortes de derechos constituyen una humillación cotidiana... ¿Quieren que siga?


Hace unos pocos años, cuando llegó la crisis, cualquiera profetizaba que o se tomaban medidas o estallaría una fuerte conflictividad social. ¿Qué esperábamos? ¿Creíamos que esto sería un remanso de paz mientras a la gente le va cada vez peor? Rajoy dijo en una entrevista, ante la evidencia de que la crisis tenía más recorrido del que se creyó, que "algunas personas se están impacientando", preferiré no calificar el valor de esta intervención, pero insisto en la pregunta: ¿qué nos creíamos? Podemos seguir viviendo en los mundos de Yupy y pensar que un veinticinco por cien de paro y el deterioro de las instituciones de protección que han traído los recortes van a ser contestados con un silencio pasivo y obediente o, en todo caso, con cartas de queja a los periódicos. 

Mucho me temo que el 15M o los escraches terminen siendo poca cosa para la violencia que puede estar aguardándonos si el Titánic sigue haciendo aguas. 

Saturday, April 13, 2013


CUATRO NECROLÓGICAS

1. Me produce cierto pudor la celebración de la muerte de un enemigo. En parte porque no ignoro que la desaparición del otro es siempre una pírrica victoria, pues el destino fatal está esperándonos a todos; en parte porque, en este caso, el mal está hecho mucho antes y su legado ya es irreversible. En cualquier caso, lo que hoy conmemoran los hijos de los argentinos muertos en la Guerra de las Malvinas o los de los mineros británicos despedidos en la despiadada reconversión industrial lanzada hace dos décadas por  Margaret Thatcher es sólo una parte de la historia negra de uno de los gobernantes más dañinos de la segunda mitad del siglo XX. 

Thatcher y Reagan encarnan la puesta en práctica de la deriva ideológica que ha conducido a la catástrofe en la que nos encontramos. En Thatcher no encontramos siquiera esa hipocresía ridícula del "capitalismo compasivo" en la que Bush jr encontraba la solución para los momentos de mala conciencia que sobrevienen a los bien hacendados ante la evidencia de que rendir las instituciones al mundo de los negocios y el gran capital genera miseria y violencia. Frente a la debilidad de quienes aún sospechan que su prosperidad origina sufrimientos, que la desigualdad es un mal necesario, la postura de Thatcher era inéquivoca y estaba libre de complejos de culpa: la brecha social y, en definitiva, la pauperización de grandes masas de población es buena en sí misma porque genera suculentas oportunidades para los negocios, y porque el fracaso es un indicio de la pequeñez de un hombre en tanta medida como el éxito lo sería de su talento. 

Sería no obstante ingenuo ignorar que el liderazgo de Thatcher en la derecha del hemisferio norte, cuya influencia  alarga su sombra mucho más allá de sus varias legislaturas en Inglaterra, no resulta de un contubernio ideado por las élites. Es el producto de un estado de ánimo que llevó a amplísimos sectores de la clase obrera a intentar blindar el excelente estatus que habían conseguido exigiendo que se les redujeran los impuestos. Rendidas sin condiciones las instituciones al mercado, devastados los mecanismos que garantizan el ejercicio de la cosa pública bajo la excusa de la corrupción de los políticos y el carácter deficitario de las empresas públicas, los ingleses apoyaron la "Revolución Conservadora" porque los tories les convencieron de que ni los burócratas del país ni los de Europa volverían a robarles su dinero. Paradójicamente, ese estatus envidiable del que gozaba en aquellos años la inmensa mayoría de la población de la Europa del Oeste, el mejor que jamás se ha conocido en ningún lugar del mundo, fue producto de políticas justamente contrarias a las que el thatcherismo auspiciaba. Lo más turbio del reflujo de aquella política de desregulación y privatización llega hoy con la Gran Recesión, a esto nos ha conducido un modelo ideológico como el de Hayek o Friedman, cuyo mantra es que el mal es el Estado. 

"La sociedad no existe, sólo existen los individuos y sus familias", es  la más clarificadora de las aseveraciones hechas en público por este gurú de la insolidaridad y el capitalismo más despiadado. Toda una declaración de principios; su puesta en obra consiste en un ambicioso programa político cuyo objetivo esencial es que la oligarquía pueda entregarse a la búsqueda del beneficio sin la pesada obligación de soportar la carga de la solidaridad. Thatcherismo supone entonces la destrucción del gran pacto destinado a la cohesión social que ha sostenido la era más justa, pacífica y próspera que ha conocido el viejo continente. Thatcher es el ángel de la muerte del Estado del Bienestar. 

Los muertos de Malvinas, los mineros despedidos, la represión policial, la destrucción del sindicalismo...No es nada extraño que sus émulos más cercanos a nosotros sean personajes como Aznar o Aguirre. Le llamaron "La Dama de Hierro" para calificar su resolución y firmeza, para mí el apodo define el carácter despiadado de uno de los personajes más nefastos de la democracia contemporánea. 


2. Lo que algunas personas adoraban en Sara Montiel era el eco de una era gloriosa para el mundo del espectáculo, los únicos tiempos que merecen la etiqueta del glamour, el sueño del Hollywood clásico. Como la vieja loca que protagoniza la inigualable Sunset Bulevard, de Billy Wilder, imaginamos a Sara abandonada, en una jaula de oro, enterrando a su chimpancé con honores, atendida por un criado que dejó de cobrar hace décadas porque sólo él es verdaderamente fiel a la diva. Era una estrella en estado puro, porque eso es justamente la celebridad en la sociedad de masas: una parodia, un juego artificioso de signos, un velo puesto por la cámara para disimular la edad. Conozco a algunos gays que lloran hoy por las esquinas, porque Sara era la encarnación del mito del eterno femenino, esa gigantesca ficción, esa liturgia tan teatralizada de los signos que nos seduce a todos desde siempre, gays o no. Adiós, Norma Desmond. 



3. José Luis Sampedro es visto por algunos como un vejete cariñoso y venerable, un abuelo que protestaba porque los niños pasan hambre y frío. No es cierto, Sampedro era un rojo, detestaba a los poderosos y trataba firmemente de convencer a los jóvenes de que se rebelaran contra el capitalismo inmisericorde hacia el que camina el mundo. 

4. No llegué nunca a comulgar con la peculiar mirada de Bigas Luna. No me molestaba su vocación voyeurista, pero me cuesta sentirme invadido de erotismo por unas tetas que saben a jamón, un tipo que se toca los huevos para demostrar su virilidad u otro que se tira pedos con los que su novia explota la llama de un encendedor en un circo. Quizá toca ser comprensivo con una generación que creció obsesionada con el sexo y sus alrededores precisamente porque todo, absolutamente todo, estaba prohibido por la dictadura en la que se formaron; jamás los franquistas pudieron imaginar hasta que punto su insistencia en la censura prestigió cosas como el sexo o los comunistas que, acaso, no merecían tanta gloria. 


Pero sí me gustaba esa desfachatez festiva con la que celebraba la alegría de amar y beber, de enseñar las tetas y gritar obscenidades desde una montaña antes de que tu novia te pida que la folles. Frente a tanto amargado, Bigas Luna fue capaz de hacer emerger una tendencia hedonista y lujuriosa... tan mediterránea, tan alejada de ese trascendentalismo a las que nos han habituado los cineastas españoles. Quiso a su manera ser Berlanga, un Berlanga puesto al día de los nuevos tiempos.. No lo consiguió, pero no me deja de parecer un noble intento. 

Saturday, April 06, 2013

 

LOS MALOS

Desde siempre, el cine de masas, el No-Do y los libros de texto que pasaban los filtros de la censura nos dejaron bien clara la diferencia entre los buenos y los malos. No hacía falta cavilar ni reptar como serpientes por los laberintos de la ambigüedad, tal y como sucede en la vida o en lo que Umberto Eco llama las "narraciones problemáticas", esas que -como sucede en la novela de Balzac o en el cine de Welles- hacen cargar al público con la fastidiosa tarea de decidir por sí mismo. 

Mi abuela, de quien ya les he hablado, no albergaba dudas: "Santiago Carrillo es un demonio y La Pasionaria una puta". Claro que mi abuela, además de un ser entrañable y cordial, era una fascista de pro, no una española franquista por la pura inercia, como tantos otros, sino fascista con ganas, vocacional, incluso con tendencias extremistas, como se advertía cuando reprochaba a sus amigos sacerdotes ser poco observantes respecto a sus obligaciones, en especial la del celibato, o a los prebostes del Régimen por la debilidad que se apoderaba de sus viejas convicciones joseantonianas. Creo que le molestaba más La Pasionaria, pues no sólo era mala, sino además era mujer; en cualquier caso, nunca sabemos hasta qué punto una mujer de derechas odia a otra mujer, pues siempre les lanzan idéntica acusación de fulanismo. En cuanto a Carrillo, aseveraba sobre su responsabilidad central en los asesinatos de Paracuellos con la convicción propia de alguien que hubiera estado allí y lo hubiera visto absolutamente todo. 

Paul Preston acaba de sacar un libro que se anuncia como una "desmitificación" de Santiago Carrillo. El título está muy bien traído: El zorro rojo. Ya he hablado en alguna otra ocasión de este asunto. Lo hago con cierta desgana, pues el personaje no termina nunca de despertarme ni profundas complicidades ni sarpullidos de aversión. Creo que Carrillo fue un "político", en toda la extensión de la palabra. Los políticos -en tiempos de paz como los que conocemos- son ambiciosos, astutos, camaleónicos, oportunistas y, a menudo, deshonestos. Surgido de la ortodoxia del comunismo en una época tempestuosa, liderando corrientes sumamente activas desde que era casi un adolescente, Carrillo se vio metido de lleno en una guerra terrible para la que probablemente no estaba preparado. ¿Y quién lo estaba? ¿No es a fin de cuentas aquella guerra la horrorosa consecuencia de la inmadurez de una nación?

No sé qué hizo Carrillo en Paracuellos. La versión que ofrece Preston me parece sensata. No careció de responsabilidad, pero es ridículo pretender que ésta fue máxima. La vida me ha demostrado que las mayores atrocidades suelen cometerse en momentos de máxima tensión, esos en los cuales los seres humanos tememos por nuestras vidas y no sabemos estar a la altura que nuestros héroes infantiles de los tebeos acuden a reclamar a nuestra conciencia. No pretendo ser comprensivo, Paracuellos fue una monstruosidad, fueran quienes fueran los responsables primeros y últimos. 

Pero miren, hay algo en este asunto que me huele a chamusquina. No tengo mayores problemas con Paul Preston: creo que ha sabido formar parte del sector de historiadores rigurosos que, entre otras cosas, ha preferido la pulcritud metodológica a la manipulación de demagogos que escriben como supuestos historiadores sólo para decirles a lectores descontentos que lo que en realidad ocurrió es lo que ellos desean que ocurriera. En este sentido valoro su desmarque sin ambages respecto a la panoplia de la "equivalencia del mal", principio muy de la historiografía neofranquista y que propone que los dos bandos eran igual de malvados porque los dos asesinaron a mucha gente.

Y, sin embargo, El zorro rojo es, por lo visto, un libro contra Santiago Carrillo. No puedo opinar porque no lo he leído, pero sí he sido espectador desde mi más tierna infancia de una larga tradición según la cual la culpa de todos los males del mundo las tienen los comunistas. Quizá Carrillo fuera el arribista ladino y falto de escrúpulos que Preston al parecer presenta en su libro. Acaso por pereza, tengo tendencia a pensar que fue un señor inteligente y con una admirable capacidad para la supervivencia. Fue alguien poderoso dentro de corrientes que siempre terminaron derrotadas, incluyendo el partido eurocomunista que lideró durante la Transición y que quizá colaboró decisivamente a destruir. 

Algunas personas se encuentran a menudo en situaciones en las que deben tomar decisiones. En esos momentos es más cómodo apartarse, y no hablo de Paracuellos ni de torturas a disidentes ni de ninguna de las atrocidades que al parecer se asocian a Carrillo en el libro de Preston. Me refiero más bien a esos momentos en los que uno debe decidir qué es mejor para él y para otra mucha gente y no hay manera de librarse de las consecuencias negativas de lo que decida: éstas caen a plomo sobre ese hombre de forma inmisericorde.  

Algunos de esos personajes son grandes criminales, no sé si Carrillo lo fue, no me importa demasiado. Pero ¿y yo? Con frecuencia debo decidir. Por fortuna, no he de salvar un partido político ni decidir respecto a grupos de prisioneros mientras el enemigo invade la capital. Pero sí me encuentro en trances que para mí no son pequeños, pues afectan a personas cercanas, y que me exigen estar a la altura de las circunstancias. ¿Lo estoy? 

Paul Preston es seguramente un experto hispanista y un meritorio historiógrafo. Sabe que escribir contra Carrillo le va a dar muchos lectores, lo cual no está nada mal. Desde su casa de la lejana campiña inglesa toma el té mientras ve caer poéticamente la lluvia sobre las verdes praderas. Me gustaría tener tan claro como él, o como mi abuela, quiénes son los malos de esta guerra.