Thursday, November 15, 2018

MÓNICA SMURF

El pasado sábado por la tarde deambulaba yo por una céntrica calle de Valencia rumbo a un cine donde proyectaban Cold war, de Pavel Pawlikowski, quien ya me deslumbró recientemente cuando al fin me decidí a ver esa joya que es Ida, Oscar a la mejor película extranjera en 2013. Debo decirles que la segunda no desmerece de la primera, estamos hablando de cine de altísimo nivel... pero no es ese el tema de este escrito.

Resulta que, antes de acceder a la proyección, y como disponía de tiempo, resolví hacer un recado en La Casa del Libro, viéndome sorprendido por el vociferante tumulto que rodeaba el local y que me impidió acceder al interior de la tienda. Aunque me hubiera abierto paso entre aquella turba de adolescentes que emitían cada poco un considerable griterío, los guardias de seguridad que custodiaban la puerta me habrían cortado el paso. De manera que opté -ya saben que soy bastante cotilla- por hacer de cool hunter y observar un fenómeno que contenía aspectos ciertamente singulares. Para empezar, si se trataba de un cantante guaperas de esos que desatan histerias colectivas entre las niñas, o en todo caso de una celebritie futbolística tipo Cristiano Ronaldo, no encajaba demasiado citar a las fans en una librería. Así que supuse que podía tratarse de una de esas jóvenes que últimamente escriben, parece que con notable éxito de ventas, novelas fantásticas para crías. 

Dirigiendo mi mirada al interior del local vi que cada vez que la "literata" abrazaba a la joven clienta a la que acababa de firmar y dedicar un ejemplar, para a continuación hacerse -claro- un selfie juntas, la turba estallaba de emoción en el exterior. No resistí más y pregunté.  Resulta que la niña enfundada en una sudadera negra con gorro de lana en la cabeza era nada menos que... Mónica Morant, también conocida como "mónicasmurf", debido al parecer a su predilección por los pitufos. (Seguro que odia a Gargamel, no coincido en eso con ella)

De regreso a casa, y después de ver Cold war, recurrí a internet y descubrí algunas cosas. Mónica Moran es una leonesa de dieciocho años convertida de la noche en la mañana en "influencer" gracias a sus vídeos de youtube y a su triunfo en el concurso de la web Musical-ly, cuyo nutrido ejército de adictos es denominado "musers", de ahí que a su libro la simpar jovencita le haya llamado "Diario de una muser". ¿Canta? ¿Baila? ¿Ofrece ideas y consejos sobre como vivir de acuerdo a los en armonía con el cosmos? Nada de eso, infelices, Mónica se dedica básicamente a hacer play backs, sí, como Milli Vanilli, aquellos negritos tan guapos que no cantaban. Mientras suena la música, por lo general un horroroso reguetón, Smurff mueve los labios, hace mohínes a la cámara, reproduce con gestos el profundo sentido de las canciones... Su virtuosismo en este noble arte, que hace furor entre nuestros adolescentes, le ha convertido en "la reina de las transiciones", que no acabo de saber muy bien qué cojones es, pero parece que no tiene mucho que ver con el postfranquismo.

Una curiosidad, la carrera de Mónica Pitufa es tan meteórica, que ya han aparecido subgéneros en torno suyo en youtube, por ejemplo las que se presentan como sus imitadoras y -sí, señores- las que la critican, léase "haters". 

Con precisión de visionario, Warhol diagnosticó el devenir de las sociedades contemporáneas cuando dijo aquello de los quince minutos de fama. La obsesión por la notoriedad es probablemente el síntoma más evidente del malestar, la ansiedad y la soledad del hombre contemporáneo. Adorno o Benjamin -siguiendo la senda de Nietzsche- nos advirtieron del peligro de que, desde la hegemonía de los medios de masas, la banalidad y la insignificancia ocuparan los antiguos tronos dedicados a los dioses. Yo creo que Warhol fue más astuto, o, si lo prefieren, más posmoderno, y prefirió recurrir a la ironía, sabedor de que el intelectual ya no puede pretender quedar a distancia de los fenómenos masivos, pues, lo quiera o no, está de lleno implicado en un gran lógica que lo abarca absolutamente todo y que nos convierte en criaturas mediáticas, animales amamantados por la televisión de la misma manera que los niños actuales están construyendo su subjetividad a la sombra de internet. 

No me produce envidia Mónica, tampoco inquina. Si fuera mi hija o mi alumna le diría que intentase ganar dinero con el tema y, sobre todo, que no se dejara deslumbrar por el griterío de sus fans, que -me temo- puede ser tan fugaz como ensordecedor. Pienso en el trabajo solitario y silencioso de tantos y tantos que han hecho méritos a lo largo de sus vidas para obtener el aplauso social y de los que no se acuerda nadie. Me gustaría pensar que el chico que ha ganado un juicio a Deliveroo, desenmascarando con ello las prácticas abusivas que las multinacionales llevan a cabo sobre sus jóvenes empleados, es un héroe para las nuevas generaciones... Pero yo sé cómo son las cosas, y no quiero hacer de cascarrabias melancólico ni sermonear a las nuevas generaciones, para ello ya está Javier Marías. 

Eso sí, por las noches leo últimamente a mi hija un libro que se llama "Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes". Cuenta la historia de cien mujeres que hicieron cosas relevantes a lo largo de la historia. Gracias a ese libro sabe que Jane Goddall es la mayor experta mundial en primates, que Marie Curie descubrió la radioactividad, que Hipatia de Alejandría alcanzó avanzados conocimientos sobre astronomía hace más de mil quinientos años... Y tiene noticia también de Rosa Parks, Simone de Beauvoir, Maria Montessori, Anna Polikovstkaya...

Se atribuye a Borges la afirmación de que la fama es el mayor de los malentendidos. De acuerdo, la fama suele estar sobrevalorada, y, probablemente es tóxica incluso cuando es merecida. Sabemos que la vida no es justa y que las muchedumbres son emocionales e irracionales. Pero, demonios, me gustaría pensar que, más allá del malentendido de la notoriedad, nos quedara todavía algún espacio en el alma para admirar la virtud y no la pura futilidad. 

Ustedes verán, a nosotros esta noche nos toca leer sobre Alicia Alonso, bailarina y coreógrafa cubana.   

Saturday, November 10, 2018

BANQUEROS

Pronto hará dos décadas que decidí comprar la casa donde actualmente resido. Por razones que sólo se entienden con un neanderthal como yo, cuando empecé a trabajar me costó un rato asumir que el salario solo se me podría pagar a través de una cuenta bancaria. Decir esto es mi manera de hacerles ver que mi inclinación natural a entrar en un recinto bancario es tan grande como la de pasearme por los peores barrios de Caracas. Si lo hago es porque, de una u otra manera, me he visto obligado.

Nunca olvidaré lo que ocurrió aquella mañana estival de 1999. Entré a "mi" sucursal, en pleno centro de la ciudad. Iba yo muy ufano, con mi pelo más bien largo y mis vaqueros cortados por la pantorrilla. Estaba algo contrariado porque se habían comprometido a finiquitar el procedimiento de concesión de hipoteca por la vivienda que iban a financiarme y no terminaban el papeleo. Pedí ver al director de la sucursal, quien, al observar mi pinta, me miró de arriba abajo con evidente gesto de desprecio. Fumaba un puro, iba en mangas de camisa y era un cerdo repugnante con pinta de acosar a las empleadas. Cuando se dio cuenta de que aquel chico con aire informal tenía considerables ahorros en el banco y estaba a punto de firmar una hipoteca le cambió el gesto drásticamente y se dio cuenta que había metido la pata. Me cogió del hombro -el tío gorrino-  y me habló con cariño, pidiéndome humildes disculpas por su actitud, de la que acusó a sus empleados, que no "me han informado bien de quién es usted".  Su sincero arranque de cortesía no pudo evitar que yo, obviamente indignado, rompiera todo trato y cancelara urgentemente mis cuentas de aquella cueva inmunda. Tampoco pude evitar yo entonces que me robaran por última vez, cobrándome una comisión abusiva y brutal por la cancelación. 

Esa misma mañana, preso de ira, y como seguía queriendo comprar una vivienda, me dirigí justo a la sucursal que estaba al lado de la anterior. Este director, bastante más astuto y menos dispuesto a juzgar al posible cliente por su vestuario, me dijo, cuando yo le pregunté si el préstamos incorporaría muchos gastos: "No olvide nunca que la función de un banco es robarles a ustedes, los ciudadanos". Un crack, el tío, estuve a punto de firmar porque pensé que un cabrón al descubierto es más fiable que un hipócrita.  Terminé haciéndolo con otro banco que estaba justo abajo de la casa que hoy ocupo y que durante los dieciocho años ha estado haciendo lo mismo que hubieran hecho los dos anteriores, es decir, cobrarme unos intereses y aplicando unas comisiones que, según la RAE, cumplen las condiciones de lo que la lengua castellana define como "usura". 

Esta no es "mi" historia, es la de cualquier español que decide pedir un préstamo, especialmente, un préstamo para algo tan básico como es la propiedad de una vivienda. Usted trabaja para financiar un banco y ellos no le dan nada a cambio, simplemente esperan tranquilamente a cada principio de mes para cobrar su cuota. ¿Tres y medio de interés? ¿El euribor por los suelos? ¿Sabe lo que significa eso? Que usted va a terminar pagando por su casa cerca del doble de su valor, lo cual convierte la profesión de prestamista en el negocio mejor planeado de la historia. 

Claro que, esto ya lo sabemos, vivimos en democracia y nadie me puso una pistola en el cuello para querer una casa en propiedad. También se puede alquilar, algo que en España hacen los locos, o vivir bajo un puente, que tampoco es mala opción dado el buen clima del que gozamos. 

Lo han adivinado, supongo. También yo tenía alguna remota esperanza de que el pleito resuelto en estos días por el Tribunal Supremo supusiera que mi banco me devolviera una parte de lo que me obligó a pagarle en contra de toda justicia y, obviamente, de mis deseos. La sentencia, y, sobre todo, el patético procedimiento seguido por el alto tribunal en los últimos días, demuestran que la desconfianza hacia las instituciones es perfectamente legítima. 

Otra cosa es que a unos les dé por vociferar esperando a un Trump y que otros, espero que muchos más, entiendan que lo que necesitamos no es menos sino más democracia, lo cual pasa, entre otras muchas cosas, por acabar con la manipulación partidaria de los tribunales de Estado y denunciar los vínculos con las élites financieras de sus miembros. Creo que tenemos derecho a una justicia independiente y no al esperpento que hemos vivido.

La Gran Recesión, como le llamaron los economistas anglosajones, fue fundamentalmente producto del descontrol de los agentes financieros. Vicente Verdú, recientemente fallecido, se burlaba de quienes, "cándidos", acusaban a los especuladores de haber provocado la crisis por ser "codiciosos". Que el capitalismo persigue el enriquecimiento lo damos por hecho, pero lo que Verdú no quería ver es que lo que denunciábamos, por ejemplo en el 15M, no era la "maldad" de los banqueros, sino la vergonzosa renuncia de los agentes políticos a controlar y regular la especulación financiera. El capitalismo se volvió loco y desencadenó un desastre del que aún luchamos por recuperarnos porque, entre otras cosas, los partidos políticos, financiados por ellos, no quisieron poner coto a un sistema cuyo objetivo era operar con la excusa de la globalización un colosal traslado de riqueza desde las clases asalariadas hacia las élites. El incremento de la desigualdad en países como el nuestro es resultado de ese mecanismo tan siniestro que heredamos del apogeo de la ideología neoliberal, esa que, tras la Caída del Muro, se declaró "pensamiento único", considerándose incontestable.   
No deja de ser curioso que aquel cacareo incesante de las élites económicas y sus voceros de los think tanks liberales, para los cuales el Estado era el problema y había que miniaturizarlo, han corrido después como gallinas a pedir a las instituciones que les rescataran. Sería algo así: "he sido un niño irresponsable y codicioso, pero soy demasiado grande para caer, de manera que si me dejas caer me cargo el sistema... rescátame o nos hundimos todos". Y ya sabemos lo demás, les dimos una enorme cantidad de dinero bajo el supuesto de que luego nos lo prestarían... Ellos no tuvieron ningún inconveniente en desahuciar a todo cristo que no pudiera pagar la cuota hipotecaria, como tampoco lo tuvieron en ponerse unos sueldos y unas indemnizaciones por despido o jubilación astronómicas. No me consta que vayan a devolvernos lo que tan generosamente les regalamos por su incompetencia y su falta de ética.

No sigo, que me estoy calentando mucho y hoy ha salido una mañana muy chula. El ex-Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, dijo recientemente en la comida de despedida de su puesto como registrador de la propiedad en Santa Pola que "siempre he estado del lado de los banqueros, todo el mundo los critica, pero yo no". Esta es la altura moral de quien nos ha gobernado durante unos años decisivos para la suerte de este país, toda una declaración de principios. Después se dedican a prevenirnos contra la tentación del populismo. Todo esto me recuerda a cierto momento de "El relato de la criada". Es un mundo de pesadilla donde se explota y maltrata a la gente con las maneras del fanatismo medieval. Una sargenta repite una y otra vez a las esclavas: "todo lo que ahora no lo parece, terminará pareciendo normal cuando os acostumbréis a ello". Pues debe ser eso: hemos de acostumbrarnos a la idea de que una partida de bandidos llamadas élites financieras gobiernen nuestras vidas. 

Wednesday, October 31, 2018

BOLSONARO

 Analizamos con frialdad el comportamiento de las masas, y concluimos que, después de todo, incluso las decisiones colectivas más esperpénticas y dañinas tienen un sentido o, al menos, una excusa, la cual  suele descargar la responsabilidad sobre los políticos, las élites o los intelectuales... Está muy bien, pero el diagnóstico, por preciso que sea, no puede esquivar la evidencia última: es malo para el mundo que triunfen tipos como Bolsonaro... Y además no son una solución para nada, sólo son una involución, y los efectos de lo que le dejen hacer durante su mandato se pagarán durante mucho tiempo. 

A trazo grueso, la emergencia de líderes populistas de corte reaccionario -aunque no es imposible que ocurra algo así con supuestos izquierdistas- corresponde a un arrebato nacionalista que reacciona contra una globalización incontrolada. Los efectos de ésta se encuentran a años luz del paraíso democrático de tecnología, paz, prosperidad y librecambismo en que, según la doctrina neoliberal, iba a convertirse el planeta. Cuando no se reacciona desde el derecho -sea porque las organizaciones de izquierda han sido cómplices de la desigualdad y la corrupción, sea porque a las multitudes planetarias les falta formación para asumir sutilezas- se reacciona desde la barbarie. En otras palabras: lo que expresa la mayoría que ha votado a Bolsonaro, como la que sustenta a Trump, a Le Pen y a otros tantos que van apareciendo, es la nostalgia del viejo estado social y autoritario. En nuestro país este fenómeno puede muy bien asociarse a las nuevas -y aún minoritarias- fuerzas de ultraderecha, y explica en gran medida la crudeza de la polémica respecto a los restos del dictador. 

Como advertirán, no pienso sólo en Brasil, ni siquiera pienso sólo en Occidente, cuando detecto algunas condiciones de posibilidad comunes al fenómeno. 

Una de ellas, extendida urbi et orbe, supone la asunción generalizada de que la política profesional está invadida por una casta corrupta. No es saludable tal estado de opinión en un mundo donde no ha mucho que -a raíz de los procesos de descolonización y de la Caída del Muro de Berlín- se había hecho hegemónica la imagen de una democracia global, triunfante y sin alternativas. Es una candidez defender la fortaleza de las instituciones de representación si creemos -si sospechamos siquiera- que están gestionadas por grupos de bandidos, aunque vayan trajeados y tramen sus crímenes en elegantes consejos de administración. 

Ahora bien, sin ignorar que ese estado de desconfianza tiene algunas bases razonables, conviene recordar que ningún líder populista reaccionario proviene de una prístina sociedad civil, inocentemente ajena a la toxicidad de la política. Marine Le Pen es hija de un parlamentario y líder político francés, Trump se ha pasado la vida tratando con "la gente esa de Washington" para obtener bulas, indulgencias y privilegios para sus empresas, Jair Bolsonaro, pese a su condición de militar, lleva treinta años en la política profesional... Y, sin embargo, se vota a tales personajes -como aquí algunos votaron en su momento a Ruiz-Mateos o a Gil- como una forma de castigo a la casta política... La inconsecuencia es manifiesta, pero hay momentos en que la gente parece desear que la engañen. 

Ese estado de guerra entre políticos y ciudadanos no es en cualquier caso la causa del problema, más bien es uno más entre otros síntomas. Sucede lo mismo con respecto a un asunto que deberíamos dejar de considerar propio de naciones opulentas: la xenofobia. Antes el chivo expiatorio podían ser los judíos o los comunistas, ahora el elemento "viscoso" es el inmigrante y, muy especialmente, los árabes. Diferentes objetos de odio, la misma barbarie.

Se dice de Bolsonaro que, además de rechazar a los inmigrantes, se pronuncia en términos homófobos y machistas. Si no conociera a la gente de derechas me extrañaría que en su ideario se aleasen tendencias tan heterogéneas como el rechazo a los menesterosos, el clericalismo, el neoliberalismo, el negacionismo ecológico o el machismo y la homofobia. Tan dispares componendas ideológicas van juntas no por razones de coherencia, sino porque unas compensan las insuficiencias de las otras. En última instancia, se advierte en cientos de millones de habitantes del mundo un profundo temor hacia la rápida evolución que en los últimos decenios han venido experimentando los usos culturales y morales. Simplemente la gente tiene miedo porque los antiguos parias van por el mundo queriendo "vivir como nosotros"... Es un planteamiento pueril y propio de simios, pero es que somos bastante simios, y conviene olvidar que, como a todo mamífero, el miedo puede enloquecernos. 

No estamos en cualquier caso ante un simple problema cultural o de formas de conciencia más o menos erráticas. En el viejo continente, por ejemplo, se urdió con enorme esfuerzo tras la posguerra un tejido social, económico y político que ahora parece estar deshilachándose. El precariado parece estar convirtiéndose en la nueva clase proletaria del planeta, y no es previsible en esas condiciones otra cosa que un mundo inhóspito y hobbesiano. Directamente vinculada a la inseguridad económica hallamos la desafiliación social, cuyo efecto destructivo se advierte en la quiebra de las instituciones del bienestar y la protección, pero también en las relaciones personales y familiares, una combinación de deterioros cuyas consecuencias se me antojan pavorosas. 

Añado las cuestiones de la inseguridad y la delincuencia. Afectan especialmente al caso brasileño, y creo que es acaso la razón fundamental del triunfo de Bolsonaro, quien se presenta a sí mismo como macho alfa y azote de forajidos. Pocas veces nos hacemos esta componenda: pensamos que el problema es la pobreza, la búsqueda desesperada de una fuente de subsistencia.  Resulta no obstante que la exposición a la delincuencia es una de las primeras causas de la inmigración hacia Europa, donde todavía nos parece natural e innegociable tomar un café en una terraza en medio de una avenida sin pensar que en cualquier momento van a ponernos una navaja en el cuello. 
  
El fenómeno neofascista -llámemos a las cosas por su nombre- tiene causas, desde luego. Pero, insisto, no hará sino incrementar los problemas que dice poder solucionar. No se engañen, las élites financieras responden bien a cambios como el que acaba de producirse en Brasil. Sospechan que Bolsonaro protegerá sus beneficios, reprimirá con dureza a los que protesten, será obediente con las instrucciones de la OMC, venderá servicios públicos, esquilmará sin piedad los recursos naturales y, en definitiva, fomentará lo que Lula anunció que intentaría corregir: la desigualdad. 

Ante todo ello, y salvo que optemos por la melancolía, sólo cabe seguir luchando por la reinserción social de las capas precarizadas de la sociedad. Esto supone, entre otras cosas, crear empleos dignos para recuperar la seguridad profesional, reforzar las instituciones públicas que Bolsonaro quiere vender al mejor postor, combatir la corrupción, reforzar la cohesión mediante una fiscalidad justa... Se trata en suma de alimentar la esperanza de una vida digna sin pasar por el filtro del odio, el miedo y el autoritarismo, esos factores que han llevado a Bolsonaro al Gobierno de la nación más grande de Hispanoamérica. 



Friday, October 26, 2018

FRENTE AL CINISMO

Ante una atrocidad como la cometida en el consulado saudí de Turquía, siempre queda la opción a la que invitan los sofistas extremos Calicles y Trasímaco en su polémica con Sócrates: el cinismo. Las claves desde las que se sustenta la razón cínica no han cambiado gran cosa en dos mil quinientos años: la ley es lo que conviene a los poderosos, la justicia y la virtud son la excusa de los fracasados, la ciudad feliz es aquella cuyas normas se ajustan a la naturaleza -o sea a los principios del egoísmo y a la ley del más fuerte-, el objetivo de la vida no debe ser otro que la búsqueda del placer, la fortuna y la reputación... 

Podemos tranquilamente abandonarnos a la indigencia moral y declarar que, al final, lo que dicta el comportamiento público de las naciones en este asunto es la pura "realpolitik". Nosotros, quienes no cargamos con la responsabilidad de gobernar, podemos exhibir nuestra indignación e inquirir a Dios con arrogancia, como Job, para que nos explique cómo vivir en un mundo tan inhóspito. Pero, siempre según la visión cínica, los dioses no nos contestarán porque han decidido abandonarnos a nuestra suerte. El pequeño problema de Calicles y Trasímaco es que sus consejos, más allá de aquietar la convulsión de nuestra conciencia, no solucionan absolutamente nada, sólo perpetúan la dominación y legitiman la guerra total, la cual habrá de estallar cada vez que el poderoso no sea capaz de mantener aterrorizados a sus súbditos. 

Soy el primero que pone en duda la calidad moral de las imprecaciones y amenazas lanzadas en los últimos días desde las cancillerías europeas hacia el gobierno saudí. Deprime la insignificancia de España, la desfachatez de Turquía -todo un campeón de los derechos humanos por los que ahora clama el Presidente Erdogan-, la doble moral de Alemania, que desvía sus negocios armamentísticos desde Arabia hacia la también intachable "democracia" de Egipto... Por no hablar de Trump, al que le toca la fastidiosa tarea de anunciar represalias contra un "país amigo" ante la insoportable evidencia de que el hombre brutalmente asesinado resultaba ser empleado del Washington Post (Sí, el del asunto Watergate, hay que ver qué inoportunos son los periodistas) 

Claro que también podrían nuestros gobiernos ignorar el tema y dejarlo correr, lo cual habría sido más fácil si, como sospecho que pasa sistemáticamente con toda suerte de turbios asuntos de Estado, se hubiera silenciado oportunamente el asesinato de Khashogghi. El problema es que no se puede silenciar un acontecimiento tan macabro, tan brutal, un crimen que, de no ser por la poca gracia del asunto, sonaría a Torrente, el brazo tonto de la ley. 

No sé qué hay que hacer, no me veo en condiciones de exigir conductas heroicas a políticos como Sánchez, a los que luego exigimos que sean responsables y que no nos dejen en el paro. Creo que, en esto, como en tantas cosas, no queda otra que encasquetarse el mono de faena y ponerse a cavar trinchera. En otras palabras, la única opción que se me ocurre es pelear palmo a palmo por propiciar el clima que vuelva internacionalmente insoportables ciertas prácticas. Se trata -y apelo a la autoridad de Antonio Gramsci- de conseguir la hegemonía cultural para algunos principios básicos, obviamente aquellos que se refieren a derechos humanos y libertades básicas. Permítanme, a ese respecto, algunas consideraciones que me parecen oportunas en estos momentos en los que seguimos horrorizados por el salvajismo del asesinato de Khashogghi.

1. El gran problema del mundo -no me cansaré de decirlo- es la desigualdad. Arabia Saudí es un horroroso Estado que recibe monstruosas cantidades de dinero por el petróleo, fomenta el enriquecimiento obsceno de una élite de indeseables y mantiene en la esclavitud y la miseria a la inmensa mayoría de la gente. Sólo un tipo con un poder omnímodo es capaz de decir "quiero la cabeza de ese perro" y obtenerla al instante, sin ningún disimulo y por un procedimiento tan bárbaro. En la satrapía del desierto los derechos humanos son una frivolidad de occidentales y la demandas de libertad y derecho de algunos heterodoxos, homosexuales o mujeres solo merecen ser reprimidos por los métodos que dicta la barbarie más ancestral. 

2. El mundo árabe estará condenado a la postración y el fracaso mientras le condenemos entre todos. La actitud de las grandes naciones de Occidente con respecto a fenómenos tan interesantes como la Primavera Árabe da mucho que pensar. Podemos hablar también del negocio armamentístico, de los lobbies del petróleo o de la misteriosa doble moral que se utiliza a la hora de decidir quién es amigo y quién enemigo. Deberíamos preguntarnos qué estaría pasando ahora mismo si todo este turbio asunto hubiera ocurrido en Venezuela. Hay muchos ciudadanos árabes -islámicos muchos de ellos- que quieren vivir en comunidades modernas y democráticas. La desgracia es que son pocos o, mejor, que tienen todavía poca fuerza. Ayudémosles. 

3. El periodismo es una fuerza de la naturaleza y su ejercicio en el mundo -lejos de la mediocridad y el servilismo ideológico al que aquí nos hemos acostumbrado- alcanza a menudo dimensiones heroicas. El hombre que ha muerto de manera tan atroz fue un titán que tuvo el atrevimiento de investigar y dar a conocer la corrupción de una élite de intocables. No es el único. Este planeta, especialmente en sus territorios más inflamables y peligrosos, es recorrido por personas mal pagadas que arriesgan su vida a diario para que los malos, siquiera de vez en cuando, tiemblen en sus asientos. Los matan porque la prensa libre es uno de los pocos hilos desde los que se sostienen la democracia y la justicia. 

... Claro que siempre podemos inclinarnos por el cinismo. Da menos dolor de cabeza.  

  

Thursday, October 18, 2018

REGRESO A JONIA

Hace dos mis seiscientos años, un señor ataviado con una túnica se puso a pensar a orillas del Mediterráneo Oriental. Se llamaba Tales, vivía en la polis de Mileto, en la Jonia. Se preguntaba que demonios era "Esto", es decir, las tierras y los océanos, las tribus y sus leyes, las complejas ambiciones humanas y su relación con el destino, los movimientos de los astros, el coraje de los salmones en su enloquecida determinación de desplazarse río arriba hasta desovar, el dolor de los amantes abandonados, la deriva de los navíos en la tempestad...

Decidió, sin permiso de los dueños del Templo, que explicar la electricidad de los relámpagos por el capricho de los dioses sólo podía mantenernos en la ignorancia. Construyendo la filosofía desde la cuestión esencial que define todas sus búsquedas -"¿por qué el ser y no más bien la nada?"- los primeros maestros pensadores iniciaron la conversión de esa península de Asia llamada Europa en la civilización de la Razón. Con Tales, Heráclito, Parménides o Sócrates no sólo se funda la filosofía, con aquel clan admirable de hombres dispuestos a convertir en razones el asombro irrumpe en el Mediterráneo la Ciencia misma.  Sólo desde ese impulso se hicieron posibles la democracia, el derecho, la lógica o la tragedia, piezas maestras del legado con el cual la legendaria Atenas ha fecundado al conjunto de la civilización. 

Hace unos años derramé lágrimas de rabia. Llevo toda mi vida luchando en defensa de la presencia de la filosofía en la escuela. De la supervivencia del más originario de los saberes depende mi salario, pero no trabajo como profesor de filosofía por casualidad. Hago exactamente lo que hace casi tres décadas decidí que quería hacer, y no me he arrepentido ni por un instante. Ni siquiera lo hice cuando la necedad del ministro que decidió aplicar la solución final a la asignatura de filosofía en las enseñanzas medias me invitó a pensar que habría vivido más tranquilo siendo profesor de inglés o de tecnología. 

El colectivo de profesores de mi especialidad ha luchado a brazo partido durante el último lustro para recuperar la dignidad arrebatada por aquel acto de barbarie que pretendía acabar de un plumazo con una tradición intelectual milenaria. Estas horas son por ello de una enorme felicidad para nosotros. No es momento de rencores, Wert será felizmente olvidado, y lo será incluso para los suyos, que esta semana han tenido el valor de rectificar. Debo agradecer también al Presidente Sánchez que haya sido bajo su gobierno cuando ha empezado a revertirse definitivamente aquella terrible injusticia. Aunque no puedo dejar de referirme al esfuerzo llevado a cabo por Podemos, auténtico factotum de esta noticia que me parece magnífica para el conjunto de la comunidad educativa, empezando por quienes verdaderamente dan sentido a la institución educativa: los alumnos. 

Hoy es un día muy feliz. "Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender", dijo el maestro de la filosofía española contemporánea, José Ortega y Gasset. Enseñar a pensar es enseñar a gestionar el asombro que la existencia misma nos produce. He vivido los últimos años temiendo que mi destino profesional se redujera a cuidar niños, enseñar materias insignificantes o hacer fotocopias. Ahora sé que enseñaré a Platón y a Kant hasta el día de mi jubilación. Permítanme despedir este artículo con otra frase Ortega, una que define de una vez por todas mi manera de entender la enseñanza de la filosofía, la que tengo presente cada mañana cuando entro en un aula:

"Siempre que enseñes, enseña también, a la vez, a dudar de lo que enseñas".  

Friday, October 12, 2018

VIENE LA ULTRADERECHA

Difícil no contagiarse de la inquietud que experimenta cualquier persona civilizada ante la emergencia de la ultraderecha, un fenómeno que detectamos a escala global. 

La llegada de Trump a la Casa Blanca ha hecho añicos en cuestión de meses la herencia de Obama y ha recuperado la imagen de una hegemonía norteamericana ejercida desde la intimidación, la iniquidad moral y la insolidaridad. El lepenismo ha ocupado con su discurso xenófobo el vacío dejado por la desestructuración de la clase obrera francesa. El candidato Bolsonaro, que amenaza con ganar el gobierno de la nación más potente de Latinoamérica, se ha hecho fuerte a partir de un lenguaje violento, homófobo, machista y autoritario que rebasa las líneas rojas de la democracia. Podríamos hablar también del Brexit o de la deriva represiva de algunos países del antiguo Telón de Acero... Si nos tomamos en serio los resultados de las encuestas que en el mundo se realizan para baremar el crédito actual de la democracia podemos llegar a deprimirnos.

España, pese a sus singularidades, no es ajena a esta corriente. El caso Vox desasosiega porque apunta a soluciones fáciles -y por tanto brutales- frente a los problemas que acucian a unas sociedades cada vez más complicadas. En Valencia hemos presenciado escenas odiosas en los últimos días, cuando grupos desaforados gritaban atrocidades contra los políticos locales y exhibían actitudes violentas para intimidar a los ciudadanos que se manifestaban con la normalidad que siempre ha caracterizado las celebraciones del Nou d´Octubre. 

Es plausible el relato del temor a estas formas del fascismo que beben de las mismas ubres de la intolerancia, el racismo y el autoritarismo que siempre las amamantaron. "La ultraderecha amenaza a las democracias europeas"..."Hitler empezó así"... dicen muchos. De acuerdo, no son simples jeremiadas, pero yo introduciría algunos matices. Primero porque creo que debemos analizar con cierta distancia este tipo de fenómenos. Pero también porque sospecho que en este caso, como ante otras supuestas amenazas, si hay algo peor que el hecho en sí es el miedo que le tenemos. El fascismo, no conviene olvidarlo, se alimenta también de ese miedo. 

Veamos. La ultraderecha, y el nombre lo indica a las claras, es una exacerbación del principio conservador por excelencia: el rechazo a la igualdad y a quienes luchan contra las formas de la dominación y en favor de la universalización de los derechos, empezando por el derecho al bienestar o a la diversidad. 

No estamos -y es una confusión extendida- ante una conducta propia de élites o de privilegiados. ¿Vieron a las personas que acudieron al mitin de Vox en Vistalegre? Yo detecto a personas poco preparadas y muy asustadas ante el riesgo de pasar a engrosar las filas del precariado. Había ancianas probablemente incomodadas porque el mundo en que se educaron como mujere se desmorona a la carrera, tipos divorciados y embrutecidos a los que sus ex-mujeres han olvidado, gente obesa en muchos casos, personas dañadas, frustradas, con problemas psiquiátricos no tratados y una autoestima por los suelos, sin la mínima capacidad para adaptarse a una sociedad que evoluciona continuamente... 

¿Vieron el video de un bar de Valencia en que un empleado decía barbaridades a un joven africano? Advertí en aquel pobre diablo mucho odio. Entiendo la indignación de la gente cuando las cosas parecen ir a peor. Lo inaceptable es que ésta se dirija hacia los inmigrantes, a los jóvenes, a las mujeres, a los homosexuales... incluso a Pedro Sánchez, que quizá no sea una solución para nuestros males pero que en ningún caso es la causa del paro, de la crisis, de la corrupción, de las estafas bancarias o del desmantelamiento de los servicios públicos.  

Y sí, los políticos... su supuesta venalidad generalizada es, ya lo sabemos, piedra angular sobre la que se yergue el éxito de cualquier discurso populista. El descrédito de la clase política propicia la aparición de líderes presuntamente carismáticos que prometen al pueblo una reapropiación sin molestas mediaciones de las agencias de poder. Aquí hemos tenido ya a Ruiz Mateos o a Jesús Gil... personajes de esta ralea, por más que parezcan extraídos de las películas de Torrente, responden al miedo o a la pereza de ingentes multitudes a la democracia, que es por lo general un ejercicio laborioso, lento, aburrido y a menudo decepcionante. 

No es fácil entendérselas con la condición contemporánea. Las nuestras son sociedades en permanente y acelerada transformación. La sensación de desorden es inevitable... y produce una incómoda desazón. La narrativa del progreso, ya de por sí sospechosa para el alma reaccionaria, entra en la incertidumbre cuando, ante la desorientación general, es sustituida por la sensación de que todo lo que era sólido -lo bueno y lo malo- se vuelve líquido, precario y caduco. No es fácil para un varón de sesenta años mal educado por las escuelas del franquismo entender que, al mismo tiempo que se plantea ilegalizar la prostitución o sacar a las azafatas guapas de la tele, los gays se exhiban desnudos y felices el día del Orgullo. Esas personas necesitan que un supuesto líder les diga que comparte su indignación, que tiene razón en sus gruñidos. Es aquí donde aparece Vox, aunque no es descartable que las derechas oficiales, cuya naturaleza es igualmente autoritaria, se coman a los ultra adoptando sus promesas. 

Conviene no olvidar, de otro lado, que el fenómeno ultra en España responde a una particularidad difícil de encajar en otros países, incluyendo a Gran Bretaña o Canadá: el caso catalán. El franquismo nos formó a todos en una historia oficial, la cual extirpaba de raíz cualquier sombra de duda respecto a la unidad de la patria. Sólo hay una historia verdadera, y es la que me han enseñado, las demás son versiones inventadas que manufacturan los resentidos y los antiespañoles. La evidencia de que el Procés va en serio, por la sencilla razón de que una gran cantidad de catalanes han decidido que no quieren seguir siendo españoles, es algo más que un problema a gestionar, es un atentado contra la concepción del mundo en la que la mayoría de los españoles se han formado. 

La derecha española, no sólo Vox, lo sabe perfectamente, y va a explotarlo de la forma más irresponsable para recuperar el Gobierno, ahora al parecer en manos de progres taimados y oportunistas dispuestos a negociar torticeramente con los que quieren destruir la España única, grande y libre. Quizá no se planteen que no es ningún cantonalismo sino el tsunami de la globalización y el descontrol de los mercados financieros lo que verdaderamente amenaza la supervivencia de los viejos Estados... Pero creo que es demasiada pedagogía la que hay que hacer para que algunos entiendan esto.    

¿Miedo al fascismo? Desde luego que sí. Pero, cuidado, el fascismo empieza a ganarnos antes de llegar, cuando por miedo inclinamos a los políticos a que moderen sus medidas en favor de una sociedad más justa, diversa e igualitaria sólo porque tememos a que los bárbaros se enfaden. Pasó en la nación más poderosa del mundo. Hillary Clinton no habría cambiado nada en los USA: habría protegido el status de las élites de Wall Street y se habría rodeado de neoliberales, aunque con una suave pátina de feminismo y antirracismo sin grandes repercusiones reales. Hillary prosperó como candidata demócrata frente a Bernie Sanders, del que tengo razones para pensar que es un verdadero izquierdista, sólo por miedo a Trump. Al final perdimos a Sanders y tenemos a Trump. 

Hay que hacérselo mirar, me parece a mí. 

Wednesday, October 03, 2018

LA JUVENTUD, O MEJOR DICHO, LA VEJEZ



"Este hacerse mayor sin delicadeza", dice una canción de Sabina. En efecto, la vejez llega sin ser invitada y entra como un elefante en una cacharrería, dejando toda suerte de desperfectos a su paso. No hay manera de encontrarle abogado defensor a la vejez, aún menos en este tiempo en el cual envejecer se juzga como un acto de mala educación, sólo superado en mal gusto por quienes tienen la desfachatez de importunarnos muriéndose.

Presiento desde hace algún tiempo al anciano que en mí se prepara. Dicen que no aparento mi edad, pero no me satisface tal invitación a la estafa, pues mi alma sí es perfectamente consciente de los estragos del tiempo, se noten o no a primera vista. Creo haber tomado conciencia en toda su amplitud de este problema -"el problema" por definición- hace algo más de una década. Me asomaba al balcón después de cenar, encendía mi pipa... y lo que yo esperaba que fuera el relax total, se convertía en una misteriosa ansiedad que terminaba por robarme la calma y el sueño. Lo que en aquel momento estaba descubriendo, con todas sus implicaciones, era el hecho irremediable de la caducidad. La vida iba en serio, o, para ser más exacto, se imponía asumir sin opciones ni ridículos autoengaños que nuestro destino es la extinción. 


Decidí entonces ser padre. Aquello parecía mitigar el temor a la muerte, o mejor dicho, a "mi" muerte, pero creo que al fin  fue como en esos tipos que cuando no soportan más un dolor se autolesionan en otro lugar del cuerpo para olvidar el primero. La cuestión es que en vez de tener un problema pase a tener dos: mi caducidad y la de mi vástago. Una tarde, en un momento de estrés que me hizo toparme con los límites últimos de mi resistencia física y sobre todo psicológica, experimenté una repentina iluminación que lo dejó todo en absoluto suspenso: observé las edificaciones humanas, las biografías, el matrimonio, las obras de arte, los sueños... todo aquello en lo que mis congéneres se embarcan día tras día hasta que revientan. Descubrí súbitamente que todo era perfectamente inútil, y sentí perplejidad ante la absurda contumacia de los humanos que, pese a todo, porfían sin descanso, con el alma en llamas, confiados en que lo que hacen importa algo. 



Aquel "insight" fue el momento más desdichado de mi vida. Les explicaré algún día cómo salí de él y por qué creo que fue bueno que ocurriera, pero lo que me interesa en este momento es transmitirles que hoy me siento más preparado para entender las películas de Paolo Sorrentino y por qué me atrevo a decir que estamos ante uno de los mayores talentos que ha dado el cine europeo en lo que va de siglo. 

Hace unos años me deslumbró La gran belleza. Ahora lo ha hecho La juventud. Sorrentino nos presenta con una sutileza endemoniada la evidencia de que Europa se ha convertido en un enorme geriátrico. 

En La juventud el hotel-balneario suizo donde descansan las celebridades -entre las que descubrimos a un tipo que parece ser Maradona y otro que podría ser Johnnie Depp- recuerda a aquel de Davos donde Mann hizo transcurrir su inmortal La montaña mágica. Un músico retirado -Michael Caine- y un viejo director de cine -Harvey Keytel-, que trabaja en su película testamentaria, amanecen preguntándose uno al otro si durante el día anterior la inflamada próstata les ha permitido mear con "normalidad". 


Los dos son ricos y tienen reputación, pero sus almas están ensombrecidas. El músico sólo se siente reconocido por la masa por sus "canciones populares", lo que le enoja bastante, pues él siente que ha entregado su vida al arte con mayúsculas y que merece otra cosa. En cuanto al director, se cierne sobre él la amenaza de no volver a trabajar, ha sido grande, pero probablemente esté acabado. 

Los dos protagonistas de La juventud saben todo lo que se puede saber sobre aquello que importa: las mujeres, el amor, la familia, el arte... Tuve la misma impresión con los brillantes diálogos de La gran belleza. Y sospecho que, al final, la conclusión siempre es la misma. Los europeos somos una raza en extinción. Hemos europeizado el mundo, y nuestro éxito es aquello de lo que vamos a morir. Al igual que el Imperio Romano, hemos entregado carta de ciudadanía a legiones de bárbaros porque ya no somos capaces de salvaguardar las fronteras. Y ahora nos agitamos inútilmente, dirimiendo si aceptamos o no a los inmigrantes, como si estuviera todavía en nuestra mano impedir un proceso de migración masiva e irreversible, como si todavía no hubiéramos entendido que estamos muriendo de viejos. 

"Las emociones están sobrevaloradas", dice el músico. Me gusta especialmente esa frase del músico, el cual no se priva de advertirnos sobre lo que nos espera: desengañaos, vuestros hijos no van a saber nunca cuánto hicisteis por ellos, jamás os lo agradecerán.