Sunday, August 31, 2014

APUNTES A PROPÓSITO DE UNA ENTREVISTA A CORTAZAR



1. Hubo un tiempo en que la televisión nacional apuntaba a una cierta épica. Aquella tele en blanco y negro, nefasta, aldeana y aún tan franquista en tantas cosas, tenía sin embargo una virtud suprema, esa de la cual hoy, cuando somos libres, los medios se han desecho como quien se quita de encima una caspa del pasado: tenía tiempo, sabía escuchar. Cuando empieza la entrevista, el inolvidable Joaquín Soler Serrano, no oculta su satisfacción por lo que le parece una gesta periodística: ha conseguido a Julio Cortázar. Está sentado en frente de él, dentro de una casa modesta y secreta en la que el autor de Rayuela se oculta al mundo. El periodista no está nervioso, ya sabe que ha vencido, no teme fracasar en las preguntas porque su experiencia en entrevistar a personajes de leyenda le garantiza que lo difícil es conseguirlos. La entrevista es el final de un proceso de búsqueda tortuoso, lo lamentable será que la entrevista habrá de concluir. Serán dos horas -¡dos horas!, hoy parece casi un escándalo- y se harán cortísimas. 

Julio Cortázar cuenta su vida. Las biografías han de tener un sentido, la de Cortázar no es desde luego la de un hombre sin atributos. Hay drama, peripecia, desgarramiento incluso, pero no hay esquizofrenia ni el simulacro de uno de esos diletantes que hoy aparecen por doquier. La mirada del escritor es profunda, quizá inquietante, pero apunta a una misteriosa paz interior. 



2. De niños vemos las cosas sin mediación conceptual, la experiencia del niño es pura y, por tanto, intensamente feliz y a la vez pavorosa. Mientras sigo la entrevista, veo a una niña deslizar sus dedos por los recovecos de un bocadillo que su madre acaba de servirle. Hay en la operación algo así como una operación de reconocimiento, la escena me resulta extrañamente cortazariana. 

3. Cortázar está de espaldas a la cámara mientras habla su interlocutor. Los dos fuman, el plano es intolerable para el espectador actual. De pronto, tras percatarse de que la botella de whisky ha quedado vacía, el escritor pide al periodista que le ponga un poco del que aún le queda en el vaso. Soler Serrano lo hace de buena gana y sin sobresaltos, la escena -que vale infinitamente más que toda la mugre de reality hoy de moda- puede desencadenar las risas que queramos, pero no es una broma, el whisky es una cosa muy seria. Soler sigue preguntando como si nada. Debo quedarme ahora ya sin remedio hasta el final de la entrevista. 

4. Frente a aquellos que llaman "amigo" a cualquiera...

5. Hay algo en los autores hispanoamericanos que se expresa desde el primitivismo. Es algo hormonal, muy muscular, que aparece para designar sin filtros emociones y experiencias básicas. Serio y adusto, de hombres que parecen marinos nace a menudo el sentido del humor más profundo. 


6. Seguramente por humildad, Cortázar toma de Lorca la idea que, a mi juicio, resume la enorme trascendencia de su obra literaria: el poeta ronda las cosas desde el otro lado. De las cosas sabemos usualmente lo que resulta de la mirada convencional, esa en la que cual hemos sido adiestrados para mirar "correctamente", lo que encontramos en los siempre inquietantes relatos de Cortázar es esa otra mirada de la cual nada nos habían dicho. 

7. El mestizaje cromosómico de un argentino corresponde, en el caso de Cortázar,  a la biografía de un hombre errante. De esa experiencia de la heterogeneidad, que bulle en la sangre y en el hambre de conocer mundos nace casi siempre lo que es grande en la Tierra. 

8. "Tengo mal gusto en cuestión de sentimientos, lloro con cualquier cosa", se me ocurre que Heidegger o Borges habrían sido incapaces de decir algo así. 

9. Asumo lo fantástico de la vida sin escándalo ni sobresalto.  Decir que lo fantástico es una anomalía es una manera de echar atrás lo que nos amenaza. Soy realista, lo fantástico es lo real, son los que niegan lo fantástico los que traicionan a la realidad, cuya riqueza deciden ignorar. 
10. No soy solemne, tengo sentido del humor, que es algo que nos falta a hispanoamericanos y españoles. El humor anglosajón en los momentos difíciles proporciona una distancia que a veces es lo que resuelve el problema. Esto explica por qué entre nosotros sigue existiendo la presunción de que hay temas literarios y temas no literarios, el jazz, por ejemplo, tiende a ser situado entre estos últimos.
  11. Rayuela: modificar la actitud pasiva del lector normal de novelas, el lector es un cómplice. 

12. ¿El boom? Sí, pero con cuidado, que para empezar es un término producto del colonialismo cultural norteamericano. Hay que prevenirse contra el orgullo, un sentimiento de triunfo previo, como si ser guatemalteco o uruguayo garantizara buena literatura. Hay conjunciones de genialidad, momentos extraordinarios que van de un lugar a otro. El boom de la literatura hispanoamericana no es la madurez, es algo hermoso, pero no es la mayoría de edad literaria. El boom es un poco producto del azar, que siempre hace muy bien las cosas. En cualquier caso no es, como se ha criticado en ocasiones, una maniobra editorial. Estábamos nosotros y luego llegaron los editores, que no tenían nada de amigos nuestros, dado que la mayoría andábamos viviendo por Europa. Lo bueno del boom es que hemos leído a nuestros autores y no sólo a Hemingway o a Faulkner, como hacíamos antes. Un continente entero nos lee, esto tiene que ver con el problema de la identidad y es una verdadera revolución cultural.  

Saturday, August 23, 2014

PADRES ANSIOSOS



 Leo a Carl Honoré, con placer, como cuando descubrí Elogio de la lentitud, aquel manual de resistencia contra la prisa y los agobios de la vida contemporánea. En Bajo presión (Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente) nos sentimos muy lejos de esos manuales de autoayuda más o menos complacientes en los que se nos intenta convencer de que tenemos que querernos más y todas las obviedades tan manidas. ¿Cómo ser padres en "la era de la ansiedad"? La pregunta es crucial, pues si no somos capaces de contestarla significa que mejor no meterse en ese monumental embrollo de tener familia, tan sencillo y natural como parecía en nuestros mayores y tan tortuoso y disuasorio entre nosotros.  

"Menos es más", dice Honoré, tras esa fórmula tan sencilla se oculta la respuesta más inteligente a la presión que recibimos para convertirnos en lo que hoy se considera "buenos padres", es decir, unos adultos histéricos que van por ahí tirando el bofe para conseguir que su hijo no se quede a la cola en la enloquecida carrera por llegar a ser un brillante universitario, un deportista de élite o un músico universalmente admirado. El repaso que hace Honoré a la obsesión global de los padres por fabricar hijos a la medida de sus ambiciones es una auténtica galería de horrores, con negocios multimillonarios en clases de repaso extenuantes tras la ya de por sí extensa jornada de colegios, deportes con exigencias abusivas para niños de seis años, sofisticados programas de ordenador para que los niños mejoren sus notas en matemáticas mientras supuestamente juegan... 
Legiones de desaprensivos han encontrado en la ansiedad de los nuevos padres el filón ideal para hacer negocios ofreciéndoles todo tipo de plan de optimización académica, juguetes interactivos para superdotados o píldoras para que el niño que no saca dieces deje de querer ir a jugar y se plante en un sillón ante los deberes con cara de lobotomizado. Estados Unidos, pero muy en especial las naciones emergentes del sudeste asiático, destacan en la inversión familiar en esta neurosis de la impaciencia y la incapacidad para gestionar los conflictos con los hijos que caracterizan a muchos prisioneros del estrés que define a nuestras sociedades, un estrés que se extiende desde el trabajo o el automóvil hasta el amor y, últimamente, de manera muy especial hacia el paterno-filial. 

Es muy aconsejable el pasaje donde se refiere a las pedagogías alternativas, que encontraron su apogeo por razones fácilmente explicables en los sesenta y setenta, y que parecen recuperar posiciones en la actualidad, cuando es cada vez más evidente la necesidad de presentar batalla a toda esta locura consistente en creer que debemos ser "padres perfectos" para fabricar "hijos perfectos". Lo que desde siempre entendieron las escuelas que se desembarazaban del chantaje del curriculum -llamémoslas alternativas, rousseaunianas, progresistas o como nos apetezca- es que es el niño el que construye el sentido que ha de permitirle relacionarse con el mundo. En otras palabras, es inútil insistir una y otra vez en proporcionar unas directrices educativas estrictas y unilineales y unos contenidos destinados a la memorización mecánica si lo que queremos es un niño creativo, feliz y capaz de interactuar con los demás relajadamente y sin temor ni violencia. 

¿Indisciplina? Al contrario, Honoré explica sabiamente cómo la formación no sólo no debe difuminar el principio de la autoridad bien entendida sino que debe incrementarlo. Disciplina, por supuesto, pero asumiendo que es el educando quien protagoniza el proceso. En este sentido Honoré desaconseja apasionadamente atrocidades como la de intentar adelantar la maduración cognitiva, tal y como ahora vemos que anuncian incluso las guarderías con programas de aprendizaje de inglés y otras lenguas o informática para niños que no han hecho sino empezar a socializarse y jugar. 

Les infectamos con nuestro virus de la prisa y el miedo al fracaso y así los enloquecemos. No es extraño que en Japón empezara esa enfermedad del hiki comori, esos niños que se encierran en la guarida de su habitación y renuncian a la vida misma porque se han roto como un jarrón ante el estrés brutal al que le han sometido las escuelas de alto rendimiento donde incluso dormir ocho horas es visto como una pérdida de tiempo. No es un tema japonés, me temo, los podemos enloquecer si no asumimos que lo que nuestros hijos necesitan, además de amor, es que de vez en cuando los dejemos en paz. 

Saturday, August 16, 2014

AFORISMOS PARA FASTIDIAR (II)

1. La veo acercarse por la línea sinuosa de la carretera. Camina solitaria, se diría que trata de ponerse en paz con el mundo o que, quizás, ya la alcanzó hace tiempo. Por eso pasea, dejándose despeinar por el viento fresco que baja de entre las montañas cuando el sol apenas asoma. Empiezo a escuchar una voz tenue que resulta ser la suya y que, poco a poco, se va haciendo más asertiva y altisonante. Por un instante pienso que es una loca, pues locos eran en el pasado los que hablaban solos. El poder de seducción de la desconocida salta definitivamente por los aires cuando descubro la verdad, que suele ser tozudamente prosaica, mucho más de lo que nuestra inclinación lírica querría permitirse: está hablando por el móvil a través de los cascos. Por el tono y las banalidades que dice sospecho que su interlocutora es igual de idiota que ella. Tememos la soledad, pero acaso lo imposible sea hoy estar solos, lo cual, en el lenguaje actual se traduciría como "no estar operativo".



2. La belleza de Lauren Bacall era difícil, por ello resultaba tan subyugante. Se puede ser bonita y dulce como un postre; hay una belleza convencional -perfectamente aplicable también a los guapos oficiales del momento- que no perturba el alma y que por ello se manufactura para las multitudes. Pero Bacall hería con aquella mirada que invitaba a sentirnos tan seducidos como amenazados. Me pregunto si toda la verborrea sobre el oficio de actor es capaz de hacernos entender lo más simple: una estrella seduce por el gesto con el que detiene una diligencia en un camino desértico o, como en el caso que nos ocupa, por cómo es capaz de erotizar su relación con un cigarrillo. Miren fumar a Lauren Bacall, mírenla fumar junto a Bogart, esa es la química entre dos seres seguramente normales a los que el cine hizo sobrenaturales. 

3. Termino Crematorio, la novela más célebre y premiada de Rafael Chirbes. Las más de cuatrocientas páginas sin la concesión de un solo punto y aparte llegan a anonadar, en medio de la grandeza de una escritura potentísima y llena de recursos uno presiente una cierta bulimia literaria, como si el autor necesitara contarlo todo, lo que se hace, lo que se dice, lo que se piensa... Tiene en cualquier caso razón en su relato, que detalla con encarnizada precisión, sin ahorrarse un detalle, el proceso de degradación moral que llevó a la burbuja inmobiliaria y a la crisis. 

4. Una lectora escribe a El País Semanal. Dice haberse sentido harta y deprimida tras leer las columnas de los autores más prestigiosos de la revista. Si aquí Marías pone a parir a los bienpensantes, allá Montero viene a reprocharnos lo insolidarios que somos con los débiles del mundo o Millás nos recuerda que estamos gobernados por un hatajo de bandidos. Entran ganas de suicidarse, dice, y sí, yo también tengo a veces esta sensación: se diría que para ser un buen escritor hay que escarbar en los rincones más sucios de la civilización y del alma, aún al precio de que uno se plantee dejar de leer a todos estos cenizos por placer y pase a hacerlo por masoquismo. 
 
5. Venecia está siendo destruida por un mal peor que el de las aguas emergentes y el hundimiento de los viejos pilares: el turismo, un turismo carnívoro, avasallador y de rapiña. Dice un habitante de la ciudad de Marco Polo que Venecia hoy es "un turista chino que le compra a un tendero, también chino, una máscara del Carnaval que resulta haber sido fabricada en China". Esa frase dice más sobre la deriva del mundo que todos los tratados más sesudos de Sociología. 

6. Un soldado francés fue fusilado por conducta cobarde en el campo de batalla. Se nos cuenta que, como diría Gila, le fusilaron mal, que salió vivo y que, finalmente, regresó a las trincheras, donde terminó muriendo en primera línea bajo el fuego enemigo. Después de leer esto, sonroja pensar en la ligereza con la que nos atrevemos a juzgar a los seres humanos. Creemos saber de qué pie cojean y tener perfectamente definidos los límites de su capacidad para pensar y actuar. Alcancé la madurez el día que entendí que nunca sabemos con certeza lo que se puede esperar de un ser humano. 

Monday, August 11, 2014

DESPUÉS DE LA ORGÍA




 


Así definía Jean Baudrillard a nuestro tiempo o, para ser más preciso, a los años ochenta y noventa: vivíamos los tiempos post-orgía, nuestro estado de ánimo era la resultante de saber que los grandes fastos de la liberación que se nos prometió durante tanto tiempo ya habían pasado. No estoy seguro de que hayamos dejado esa resaca, o acaso se ha instalado entre nosotros de tal forma que ya no parece lo posterior a nada, como si el desencanto fuese nuestra condición natural. 
 

No siempre fue así, claro. Los acérrimos de los movimientos emancipatorios de los años sesenta nos han intentado convencer de que su revolución no llegó a producirse nunca, traumatizados ante la evidencia de que el paraíso con el que se las prometían tan felices se parece muy poco al escenario en el que nos hallamos. La globalización como fenómeno arrollador que despierta más angustias que esperanzas, capitalismo especulativo o, como dicen algunos, de ficción, crisis y crecimiento de la brecha social, destrucción del Estado del Bienestar, catástrofe ecológica, amenaza fundamentalista, populismos y democracias de baja intensidad… No, el Futuro ha sido una decepción. Y, sin embargo, es preciso torcer la mirada para intuir la ironía del destino, que deparó en el presente la Gran Fiesta a quienes convocaban al futuro. La Revolución ya se ha hecho: muchos de los sueños se cumplieron. Si las comunas fracasaron no fue porque entrara la policía para disolver el amor libre a porrazos; si no aceptábamos la imposición de convertirnos en adultos esclavizados por el Sistema podíamos quedarnos en casa de nuestros padres para siempre; si no queríamos comer porquerías industrializadas nos pudimos hacer vegetarianos y comprar un terrenito donde plantar zanahorias orgánicas, si no queríamos ir al Vietnam podíamos dejar que ahora fueran soldados profesionales los que mataran y se dejaran matar en el Golfo y Afganistán.

 
España tardó más, claro, pero al fin murió el Dictador y pudimos votar al PCE… Ya se encargó  de demostrar que no eran lobos feroces y nosotros de abandonarles. La liberación sexual ha permitido ver matrimonios gays, tetas en Telecinco parejas sólo por amor y biografías no determinadas por el cura ni las vecinas chismosas. Después hemos comprobado que a la política se dedica lo peor de cada casa, que la comida orgánica es cara, que negarse a tener hijos es tan jodido y angustioso como tenerlos, que a las chicas les gusta, pese a todo, vestirse de novias y que los tíos han descubierto que sexo libre no supone mucho más que películas porno.


Es síntoma de falta de perspectiva aseverar que la Revolución nunca llegó a realizarse, lo que sucede es que no tenía la cara que esperábamos. Hoy disfrutamos de libertades similares a las que se exigían a voz en grito en las manifestaciones del Mayo Francés, es sólo que no hemos sabido estar a la altura de nuestros sueños. Somos razonablemente libres, pero la libertad, como bien explicó Sartre, no nos hace felices, en todo caso nos deja en la angustiosa tesitura de tener que elegir a cada momento qué hacer con nuestras vidas. Entender que ese desafío, además de angustioso, resulta fascinante es lo que acaso nos falta para recuperar la paz de nuestro espíritu, que es por cierto algo distinto de la felicidad o la satisfacción, esas cosas con alas a las que puerilmente creían tener derecho los lectores de Marcuse en los sesenta. 


Me pasa por la cabeza aquella pregunta de Baudrillard, “¿qué hacer ahora, cuando la orgía ya ha acabado?”, en estos días en que muchas pequeñas localidades dan por terminada la fiesta patronal que han estado preparando y esperando durante un año entero. “S´ha acabat la fira”, y la gente deja el pueblo semidesierto, sin darse tiempo para hacerse la pregunta de Baudrillard. ¿Les hizo felices la eclosión furibunda del ruido, los volteos del balancín o los giros de la montaña rusa, la borrachera continuada de las madrugadas con una música hortera a volumen infernal, la suelta de la vaquilla, las caravanas de disfraces…? No lo sé, aunque creo que la fiesta debe continuar al año siguiente, aunque sólo sea para tener algo con lo que ilusionarse. 


Creo que el verano es un poco eso. Hace un calor horroroso, las carreteras se convierten en el escenario ensangrentado de una guerra, los packs turísticos consiguen que hasta Venecia parezca un parque temático, es decir, un ridículo simulacro de sí misma… Pero es que la función del verano es ilusionar, por eso nos ilumina en mayo con los primeros vientos de mar y el olor a crema nivea, desatando la esperanza de tardes leyendo a Stevenson y viajes a tierras exóticas. Esas ensoñaciones, que habitan los territorios del cerebro que se despertaron con la infancia, son sin embargo lo que hace que la vida merezca la pena. Sin ellas moriríamos de prosa, zombis que deambularían por un mundo gélido y sin alma. 


Se acabó la fira, el silencio me permite volver a Joseph Conrad. Los niños chapotean enloquecidos en la orilla esperando otra ola.   

Tuesday, August 05, 2014

EL HORROR, OTRA VEZ






¿Qué hacemos con Gaza?, mejor dicho: ¿cómo asimilan los individuos el K.O. total en que les dejan los medios de comunicación que diariamente le relatan la degollina de los excluidos?

Amnistía Internacional, organización venerable como pocas, me pasa uno de esos documentos virtuales para firmar contra la venta de armas de los USA a Israel; otros me invitan a firmar para detener la ofensiva del ejército ordenada por Netanyahu. Personas cercanas emiten ante mí opiniones contundentes. Los más cercanos a la causa palestina exhiben un repertorio que fluctúa entre la exigencia de enviar ayuda urgente a la martirizada población de Gaza o la de poner a los halcones del estado judío al tribunal de La Haya, hasta la de cuestionar, nuevamente, si el Estado de Israel tiene derecho a existir. Bien, todo es opinable, la cuestión es si opinar sirve para algo más que pasar el rato discutiendo con los amigos antes de ver qué ponen en Gol Televisión. 

Todos formamos parte de esa lógica en la cual recibimos de forma exhaustiva los datos de la guerra y la hemorragia de declaraciones. No es cierto, ni siquiera con el intento israelí de expulsar de Gaza a reporteros extranjeros que no les dan la razón, que la verdad sea la primera víctima de la guerra, no al menos de esta guerra, sobre la cual sabemos incluso demasiado, acaso el problema es si sabemos qué hacer con todo ello. La verdad está en peligro siempre, también en la paz, pero no es el derecho a la información global lo que está en juego, es la capacidad de actuación de las comunidades, y por tanto de los individuos, en las tragedias que nos sacuden a través de los telediarios. 

Justo Serna se preguntaba hace unos días cuál era su parte de culpa en el asunto Pujol. "Usted no tiene ninguna", le contestaban algunos amigos, pero sospecho que no es ésta la respuesta que esperaba el escritor. Todos tenemos la culpa, al menos en parte. Este mantra da sentido al mapa ético de la responsabilidad que atraviesa el terreno democrático. Debemos ser críticos con los gestores negligentes, tolerancia cero con los corruptos y los violentos por la misma razón por la que no dudamos que nuestra solidaridad - a través del dinero, las firmas, la opinión- contribuye a reparar los desperfectos del mundo. 

Pero, entonces, ¿por qué se asoma a mi alma esta sensación de impotencia? La Sexta consigue paliarla en sus acólitos introduciendo a provocadores reaccionarios en sus tertulias. El supuesto cultivo de la disensión y la cultura del debate oculta la conversión del dolor y la muerte en espectáculo. "Israel tiene derecho a defenderse", dice un profesional del talk show, y a continuación exhibe esa fría complacencia con el horror de quien jamás ha sabido lo que son el hambre, las bombas y el terror. 

Este anonadamiento... me pregunto si no forma parte de un gran dispositivo para convencernos de nuestro fracaso como miembros de unas sociedades que se declaran libres, democracias de baja intensidad donde la circulación de opiniones no conmueve ni un ápice a los responsables de esta guerra descabellada y atroz.

¿Pesimismo? Sí, desde luego, ya han muerto a centenares, no tenemos derecho a esperar cordura en unas tierras intoxicadas por la paranoia. Aleccionados los israelís en la inminencia de las invasiones bárbaras que se preparan entre los desiertos, sólo la barbarie preventiva, inspirada en los pasajes más brutales del Libro, asoma como antídoto.  En ello, como en tantas cosas, Israel es un satélite de EEUU, nación mesiánica y convencida de haber creado el reino de Dios en la Tierra, segura por ello de que sólo las armas detendrán a los extraños. ¿Qué muertes valen más? Esa es la primera pregunta que habría que hacerles. No querrían contestarla, pues, si lo hicieran, quedaría demasiado al descubierto que los palestinos son las víctimas de esta historia insoportable. 


¿Esperanza? No lo sé, aunque ese es el único sorbo dulce que pueden permitirse los que diariamente ven morir a sus hermanos y arruinarse su futuro. La resistencia de los ciudadanos de Gaza, su determinación a seguir viviendo es en estos momentos una lección para todos. También lo es el heroísmo de los cinco mil israelís que se manifestaron contra esta locura. Imagino cómo vivirá cada uno de ellos el estigma de quien es mirado por sus vecinos como traidor a la patria. Esa minoría insignificante fertiliza el yermo de nuestra impotencia. 

Ojalá paren esto cuanto antes, no se me ocurre otra cosa.    

Friday, July 11, 2014

ALFREDO DI STÉFANO

Alfredo Di Stéfano, no recuerdo un día de mi vida sin conocer ese nombre. Una de las razones por las que la edad te acerca a la sabiduría es que ya has visto cómo han empezado la mayoría de las historias con las que te encuentras. Saber que los pasillos por los que deambulas en una macrotienda de H&M fueron antes de un cine donde viste películas inolvidables te brinda una buena perspectiva; haber crecido con ese tipo que ahora procesan por corrupción te permite entender mucho mejor la historia que ahora relatan en el telediario; que quien se presenta como líder de masas se parezca demasiado a demagogos que ya conociste en otro tiempo te hace menos vulnerable que los jóvenes al engaño..

Hay sin embargo algunas leyendas que ya conociste como tales, eso te mantiene preso de la candidez con las que escuchabas su aventura en la infancia, pero, por eso mismo, arrastran un encanto irresistible. 

Yo no vi jugar a Di Stéfano. El mito me llegó como tal, no lo vi crecer, por eso siempre me pareció que había en él algo divino, el eco de proezas que le contaban a aquel niño y que se le figuraban sobrehumanas. Apenas imágenes en blanco y negro de goles formidables: para los héroes de aquellos tiempos lejanos sólo cabe el cantar de gesta, la tradición oral, ese rumor doméstico que no necesita las pruebas documentales -eso que ahora circula por todas partes hasta abotargarnos- para provocar el hechizo.

Más allá de su talento, de sus frases geniales, de los éxitos que logró como entrenador, de sus incursiones en el cine, Di Stéfano es una figura sociológica que puede ayudarnos a entender mejor lo que ha pasado en nuestro país en la segunda mitad del Siglo XX. Cuando mis padres emigraron a Alemania en busca de trabajo la autoestima de los ciudadanos españoles estaba por debajo del suelo. Europa nos veía con pena o desprecio, en la ONU no querían ni vernos, mendigábamos amistades como esos infortunados feos, pobres y con pinta de maltratadores que deambulan patéticamente por los bares buscando novia. 

Y llegó Alfredo. El Real Madrid era una entidad insignificante entonces. Llegaron las seis Copas de Europa. Mi padre, que obtendría noticia de aquello supongo que con las retransmisiones de Matías Prats, dice haber vivido aquellas finales con la fe absoluta de que, aunque le metieran uno o dos goles, el Madrid terminaría remontando. Quizá esa resistencia a la derrota, esa resolución con la que aquella camiseta se negaba a aceptar la derrota, constituye ese "espíritu madridista" del que hoy tantos siguen hablando como pretendiendo encontrarlo en la actual banda mercenaria de estrellas supermillonarias, tan alejada de aquel Madrid admirable del que yo aún llegué a reconocer algunos resabios en Pirri, Juanito, Camacho o Santillana. 

En Hamburgo o Dusseldorf, primeros años sesenta, los compañeros de fábrica no mostraban la más mínima simpatía por nada que tuviera que ver con España, pero cuando les nombraban al Real Madrid cambiaban el gesto y exhibían a grandes voces una sincera admiración: "¡Oh, Rial Madrid, Rial Madrid!". No podemos imaginar hoy, cuando nos movemos por Europa con absoluta naturalidad e incluso hablamos inglés, lo que supuso para aquel país tan gris poder presumir de tener al mejor equipo del mundo. Y aquello tuvo un artífice esencial: Alfredo Di Stéfano. 

No vi a Pelé, sí a Cruyff y a Maradona, y ahora veo a Messi, quien me parece digno de incorporarse a este poker de superdotados de la historia del fútbol del que tanto se habla, más cuando llega un acontecimiento de impacto como el Mundial de Brasil. Tengo razones para pensar que Di Stéfano era distinto a los otros. Él no salía al terreno de juego para lucir su descomunal talento, Alfredo se cargaba a las espaldas al equipo. Hubiera marcado aún más goles y hubiera lucido más de haberse quedado en el ataque esperando a que le dieran el balón, pero él prefería deambular por el campo participando en todas las batallas porque siempre entendió que su gloria sería inútil sin la gloria del equipo. En esa generosidad, esa grandeza de un hombre de extracción humilde, creo reconocer al héroe de una pieza, esa leyenda capaz de encandilar a los niños y hacernos creer a todos que los sueños, a veces, pueden realizarse. 

Friday, July 04, 2014



EL CLUB BILDERBERG

El Club Bilderberg se reunió en el primer fin de semana de junio en Copenhague. El hecho de que, entre otras fuerzas vivas de la oligarquía española, asistiera la Reina Sofía, y que apenas unas horas después del acto el Rey Juan Carlos anunciara su abdicación es todo un chollazo para los conspiranoicos. Escucho a una persona de mi entorno establecer conclusiones con una arrogancia tal que llega a resultar irritante: el Club Bilderberg viene decidiendo lo que ha de ser de nuestras vidas desde hace sesenta años. Lo del Rey es poca cosa, este grupo de personas selectas con enorme poder tienen en sus manos el destino del mundo. Deciden la guerra y la paz, determinan movimientos especulativos de enorme trascendencia para el mundo financiero, orientan la política geoestratégica de las grandes naciones... Desconozco si ellos decidieron que yo naciera -mis ingenuos padres sólo serían sus herramientas- y si ahora mismo está llegándoles al instante cada una de las palabras que escribo, pero voy a bajar la persiana no sea que el brillo que veo tras una ventana del edificio de enfrente corresponda a la recortada de un francotirador enviado por el Cesid. 

Bien es cierto que algunas peculiaridades del funcionamiento del club y el reglamento de sus reuniones abonan el terreno a las hipótesis conspirativas. La información sobre cada nueva reunión -lugar, día e invitados- circula boca a boca, de forma oficiosa; hay un estricto protocolo por el cual nadie puede revelar lo que se dice, al menos no dando el nombre del autor; los escoltas, ayudantes e incluso los periodistas tienen totalmente vedado el acceso... Al parecer el diario inglés The sun se empeñó en desvelar al mundo todos estos secretos, pero el reportero que intentó reiteradamente infiltrarse encontró terribles dificultades, y en algún sitio web se insinúa que desistió al ver incluso su vida en peligro. 

No creo en conspiraciones por la misma razón por la que no creo en los ovnis. Es el mío un razonamiento muy prosaico: se me hace más fácil pensar que un desaprensivo consigue pasta y notoriedad a costa de los crédulos que dar por cierto que unos tipos verdosos viven desde hace milenios entre nosotros y nos someten a un férreo control mental. Respecto a la conspiración, sospecho que a la gente le divierte creer que unos tipos encapuchados que cantan un himno a Satán se reúnen para decidir una crisis, y como mola mucho tragarse esta milonga no faltan quienes se presentan como héroes de la verdad que van a descifrarnos el gran secreto. 

Y el caso es que todo este sortilegio tiene una base de verdad. ¿Quién duda de que son una minoría de jerarcas, representantes de todos los órdenes del poder -el petróleo, las finanzas, la aristocracia, los media-, los que deciden el destino del mundo? Que Merkel y las grandes corporaciones a las cuales sirve fielmente ocupan inmensos espacios de decisión es algo que sabemos sin necesidad de leer revistas esotéricas, y desde luego, no parece que a esta señora le haga falta acudir al Club Bilderberg. La democracia es un timo, los ricos alteran los mecanismos del mercado para seguir ganando, a Olof Palme lo mató una secta de nazis que escaparon a los juicios de Nuremberg... en cuanto a Kennedy, ¿hace falta que les explique que se lo cargaron los servicios secretos de los EEUU?, hombre, por Dios. Todas estas impresiones pueden tener algo de verdad, pero su valor se ha de sostener sobre argumentos políticos, si nos remitimos al ocultismo nos divertimos más, pero no vamos a ninguna parte.

Los argumentos políticos son incompatibles con la conspiranoia porque jamás un buen análisis asume que un gran incendio nace de un único foco. Si hay poderosos que deciden por nosotros es en gran medida porque les dejamos hacerlo; si la gente se deja engañar no es porque los malvados dispongan de tecnología para someternos a hipnosis desde la tele o internet, sino porque la gente quiere que la engañen. La explicación de cualquier fenómeno de la sociedad contemporánea debe ser compleja porque nuestra civilización es cada día más complicada. Mola pensar que unos tipos como los de aquella secta que parodiaban en Los Simpson deciden hacia donde ha de ir a cada momento el mundo... O aquellos de la fiesta a la que imprudentemente insiste en acudir el protagonista de Eyes wide shout. Pero que mole no quiere decir que sirva para explicar nada.



Miren, yo no sé si ya han puesto chips en mis zapatos para tenerme localizado a través de un satélite y si ya tienen previsto que en unos minutos me voy al Mercadona a comprar madalenas y lacasitos. Imagino de conspiradora a Soraya Saenz de Santamaría y se me ocurre que si prestamos oídos a estas gilipolleces de la conspiración es porque no resistimos la idea de que los malhechores que nos manejan son en realidad gente bastante gris y cutre. La tendencia de los poderosos, de los Estados, de las instituciones que se supone que están para protegernos no es la de someternos a una estricta vigilancia y tenerlo todo bajo control, la tendencia es más bien la de abandonarnos a nuestra suerte, sacarnos la pasta mientras puedan y luego pedirnos que les volvamos a votar. 


De otro lado, la conspiranoia proporciona a algunos una coartada moral estupenda para recluirse en la pasividad y pasarse el día buscando chorradas en internet. Como una organización secreta -a ser posible respaldada por los marcianos o por las sectas merovingias y masónicas- domina el mundo, no tiene ningún sentido ir a una manifestación, votar, acudir a asambleas ni enfrentarse de ninguna forma a esa oligarquía que, se reúna o no en el Club Bilderberg, parece estar decididamente inclinada a fastidiarnos a todos. Y así, claro, mucha gente se avía mejor.