Friday, May 01, 2015

BALTIMORE




Sé lo que está pasando en Baltimore. Y disculpen la petulancia, pero no hace falta leerse la crónica de todos los episodios de violencia callejera que han alterado la vida en la ciudad para entender el problema, es mejor haber visto The wire, esa "ficción" televisiva que ahora, cuando los barrios están en llamas, se agranda aún más en mi memoria.  

Si nos limitamos a surfear por los titulares periodísticos, podemos conformarnos con lamentar los abusos policiales, por lo visto muy comunes en esa nación donde la violencia no es una anomalía, sino más bien un lenguaje común. Añadamos el componente racista y el círculo explicativo parece cerrado. Otra óptica, también muy exitosa, asume la intervención del Presidente Obama -de quien no habríamos de olvidar su condición racial-, el cual ha repudiado el vandalismo sin sentido de quienes queman coches, lanzan piedras a las fuerzas del orden o saquean comercios, lo que de ninguna forma se puede confundir con una iniciativa razonable de protesta. 

Como tampoco simpatizo en lo más mínimo con el vandalismo, me tienta darle la razón al actual ocupante de la Casa Blanca. Pero entonces me asalta una duda: si la muerte del joven negro detenido por la policía hubiera sido contestada con simples manifestaciones pacíficas en las calles, ¿estaría el mundo entero pendiente ahora mismo de los problemas de la ciudad? ¿Les habría hecho caso alguien? ¿Se hubiera convertido en una prioridad gubernamental la lucha contra los excesos de las fuerzas del orden, por no hablar del problema general de la discriminación racial en Norteamérica?

Cada vez que hablo en clase sobre Nelson Mandela y el final del Apartheid sudafricano, tengo que puntualizar a mis jóvenes alumnos que el racismo no deja de ser un problema cuando ya no tiene un reflejo explícito en las leyes. En otras palabras, que los negros no han empezado a ser como los blancos en Sudáfrica porque acabara aquella atrocidad del apartheid. De igual manera, el famoso sueño que tuvo Martin Luther King no se cumplió porque Rosa Parks pudiera al fin sentarse en el autobús.

¿Quieren que les explique lo que sé gracias a The wire? Verán. Baltimore es la veinteava ciudad más poblada de los EEUU y la mayor del Estado de Maryland, en la Costa Este. El desmantelamiento de la industria manufacturera se añade a la condición de vecino olvidado de Washington. Para terminar de arreglarlo, la capitalidad del Estado entregada a Annapolis determina que las inversiones públicas no se orienten hacia Baltimore. Es sencillo: las instituciones públicas no llegan a Baltimore, o para ser más preciso, no llegan a los barrios negros de la ciudad, lo cual, teniendo en cuenta que en el núcleo metropolitano el porcentaje de afroamericanos supera el sesenta por cien, da una idea de la problemática a la que nos enfrentamos. La realidad social de la gente de color ofrece un paisaje desesperanzado de paro, economía sumergida, narcotráfico, desescolarización y violencia. 

A lo largo de los sesenta capítulos de The wire asistimos a los denodados esfuerzos de un departamento de investigación de la policía por descabezar las redes de narcotráfico que se han enseñoreado de los barrios duros. Los corners, como los llaman los agentes, son el reino nada oculto de los jóvenes -a veces adolescentes- que venden drogas, defendiendo con uñas y dientes su territorio de otras bandas, y que huyen de una policía mal dirigida y hastiada cuyos agentes saben que en cualquier mal paso les pueden sacar una pipa y matarlos. No es fácil ser un negro en Baltimore. Si quieres ser honrado, como quiere la madre de ese crío al que ayer sacó a patadas de una algarada, corres el riesgo de que te apalicen por pringado o chivato, si optas por caer bajo la protección de los narcos, tu destino es morir de un tiro o pasar a una de las superpobladas penitenciarías del Estado. Es difícil ser un negro en Baltimore, pero también lo es ser un policía. Y conviene saber que el porcentaje de agentes afroamericanos es también muy alto, se trata de salir de la miseria. 


¿Necesitamos más explicaciones? La muerte de Freddie Gray durante su detención es el detonante de un motín que, por cierto, ha tenido eco en otras ciudades del país, pero las causas son más profundas, van mucho más allá de una circunstancia puntual. 

Se asocia al neoliberalismo triunfante desde los tiempos de Reagan la idea de que nunca los ricos son suficientemente ricos ni los pobres suficientemente pobres. En Baltimore encontramos en estas horas algunas de las consecuencias de semejante abominación ideológica.  

Sunday, April 26, 2015

VUELVE LA REVÁLIDA

El regreso de la reválida no es una simple ocurrencia de Wert. Tiene mucho de dejà vù, de regresión a aquella gris infancia de autoritarismo educativo y consignas de que "la letra con sangre entra" y "jarabe de palo reciben los malos". Sí, es tan reaccionaria como la monstruosidad que pretendía Gallardón con el aborto, lo es tanto como -por regresar a la LOMCE dichosa- la recuperación de la Religión como asignatura "a lo grande". Pero no nos equivoquemos, no es efecto del calentón de un ministro delirante, es una medida muy meditada, la clave de un modelo educativo cuyo sesgo ideológico es aún más perverso de lo que parece a simple vista. 

Se ha extendido en los últimos tiempos la especie -también entre muchos docentes- de que la mediocridad académica, la holgazanería, la indiferencia y la mala conducta no son, como supuestamente ocurría antes, anomalías que el sistema puede corregir o sancionar, sino la práctica común o cotidiana en las aulas, especialmente las de los centros públicos. La crisis de la educación sería por tanto no ya institucional sino espiritual, como suele decirse, una "crisis de valores". 


Del consiguiente fracaso parece que todos seríamos culpables por la tolerancia con la que nos empleamos con los neófitos. Como apenas les exigimos nada, como no les decimos "no" ni les ponemos límites, hemos erosionado de tal manera la cultura del esfuerzo que aquellos valores tan progresistas de la integración y la igualdad se han traducido en la práctica como un "igualar por abajo". De ello la LOGSE, bajo cuya lógica seguimos viviendo, es la gran culpable; una vez más la izquierda es responsable de haber desordenado el mundo. No sigo, supongo que habían leído antes este discurso.  

Sobre los efectos negativos de la LOGSE y sobre las contradicciones de la práctica escolar en España estoy dispuesto a debatir siempre. No estaría mal que quienes votan a la derecha se planteen que, si los servicios públicos no siempre funcionan adecuadamente, ello podría deberse no a que lo público siempre conlleva incompetencia, sino a que los políticos deciden desviar las inversiones que necesitan escuelas u hospitales públicos para potenciar las redes privadas. En cualquier caso, creo que vivimos tiempos de una profunda desorientación, tiempos en los que los manuales de instrucciones -como tanto ha explicado Zygmunt Bauman en sus ensayos sobre la "sociedad líquida"- dejan de ser operativos mucho antes de que el lector se los aprenda, lo que los vuelve inútiles, condenándonos a todos a una incertidumbre a la que la escuela es extraordinariamente vulnerable. 

Ahora bien, dudo mucho de que el problema sea el fin de la "cultura del esfuerzo", no al menos en el sentido en que lo propone la gente que piensa como Wert. Por la prensa hemos sabido que en las diferentes reválidas que habrán de pasar los alumnos desde Primaria se otorgará una atención absolutamente prioritaria al bagaje memorístico, traducido en pruebas de 350 preguntas objetivas. Sí, señores, preguntas "tipo bingo" o, si quieren, "tipo trivial pursuit", en las que sospecho que nuestro innovador ministro hará que se conteste cuál es el río que pasa por El Cairo eligiendo entre cuatro opciones, a saber: El Tajo, el Támesis, el Volga y la acequia cochina de mi pueblo. 

Ya ven, los profesores, que por lo visto merecemos que no se confíe en nosotros, ya no servimos para decidir si nuestros alumnos merecen el título de la ESO o de Bachiller, de manera que habremos de esperar a que los dirigentes políticos nos envíen a unos señores "expertos en reválida" para torturarles durante unos días con exámenes que corregirán con plantilla y que, de suspenderlos, invalidarán el trabajo de años realizado por los claustros profesionales diariamente y a pie de pizarra. Con esta medida pondremos el cierre a la crisis educativa y acabaremos con la indolencia. Eso cree Wert.

Miren, ha costado muchísimo hacer entender a la comunidad que el aprendizaje no es el pasivo recitado de una lección tomada al dictado para que ahora un mequetrefe venga con la máquina del tiempo a regresarnos a prácticas educativas predemocráticas y felizmente superadas. No formo parte de ninguna secta de pedagogos histéricos. Soy profesor, y sé perfectamente que el aprendizaje sólo se da cuando es significativo, es decir, cuando hay una construcción de sentido autónoma y consciente por parte del alumno. Si realmente hay una crisis de autoridad del profesorado, nada se me antoja más inoperante que intentar recuperarla martirizando a los chavales con horrorosos ejercicios de memorización que -tras el vomitado de datos en un examen- pasarán al olvido más absoluto. 

A mí me resultaría mucho más fácil dar clases donde, en vez de guiar a mis alumnos en la comprensión y el análisis de los textos en que Descartes argumenta sobre la necesidad de guiarse por la razón y no por dogmas, me limitara a exigir a mis alumnos que se aprendieran de memoria las obras completas de cuarenta filósofos pelmazos a los que no leerán jamás. Podría además corregir los exámenes con plantilla, qué chuli.

Lo mejor de todo ello es que así mis alumnos dejarían de ver el aula como un espacio para la crítica, la reflexión y el debate. Bastará con que reciten las comarcas y pueblos de Gerona: "Figueras, Olot, Puigcerdà, La Junquera..." con el sonsonete de Montañas nevadas preferentemente. 

Friday, April 17, 2015


LEÓN COME GAMBA. El reality show es un formato televisivo que, lejos de las limitadas pretensiones iniciales de fenómenos como Gran Hermano, ha logrado inocular su filosofía sobre todo el universo televisivo, de tal manera que hoy incluso los telediarios o los programas de debate son de alguna manera legatarios del reality. Y no sería inoportuno preguntarse hasta qué punto esa lógica, consistente en desnaturalizar y manufacturar las emociones humanas para convertirlas en espectáculo y, por tanto, en mercancía mediática, no ha penetrado también en nuestras vidas de maneras que acaso aún no somos capaces de identificar.

De las numerosas áreas temáticas en que se ha diversificado el formato reality, una de las que mejor funciona en nuestro país es la gastronómica. Unos cuantos ciudadanos con esperanzas de triunfar como cocineros acuden a un multitudinario casting para salir en el programa, donde tres chefs supuestamente célebres les "enseñarán" las artes culinarias. No hace falta ser muy malpensado para advertir que todo está preparado y medido, que las situaciones son forzadas y que hay un guión que debe cumplirse para cada entrega del programa lleve el curso "adecuado". Sin embargo, hay ocasiones en que alguna situación desborda el guión establecido, de manera que podemos encontrarnos escenas como la que ha incendiado la red bajo el rótulo "León come gamba", título que dio el joven protagonista al plato que creó y que originó la monumental bronca de que fue objeto.


Veamos. Anteriormente al aspirante, un chico con una vena sensible muy notable, se le había advertido que debía ser menos previsible, explotar su capacidad creativa, otorgarle "más garra" a sus platos. Al presentar su obra, una patata mal cocida con forma de león a punto de devorar una gamba, dos de los chefs montaron en cólera y, no contentos con "suspender" el plato, se lanzaron a un furioso ataque personal contra el concursante, rivalizando en comentarios humillantes con voz solemne y caras de gravedad mientras el infortunado se iba encogiendo como un gusano. Si uno se pone en el mismo plan, le entran ganas de decir que los presentadores son un guaperas insulso al que le gusta hacer sarcasmos sobre los nerviosos esfuerzos de sus concursantes y un veterano que va de gracioso sin tener ni puta gracia. Eso sí, por el hecho de saber freír huevos y echarle guindas al pavo se permiten el lujo de adoptar el aire de solemnidad que inviste a los que con justicia ostentan la condición de autoridad en otros órdenes de la vida. Y lo peor no es eso, lo peor es que el espectador les concede tal distinción, y se la concede no porque haya degustado los platos supuestamente suculentos que estos señores elaboran en sus restaurantes, sino simplemente porque la televisión les ha contratado. Y ya se sabe que si uno sale en la tele es porque algún mérito tiene.

No tengo nada contra la gastronomía, he escrito en ocasiones sobre el fenómeno Adrià. Pero, como afirmó recientemente Javier Marías, soy bastante reticente a esta especie de dictadura del estómago que hace que en este país, de un tiempo a esta parte, la distinción y la clase se midan más por lo que uno se mete en la barriga que por la cortesía de su trato o sus lecturas de Stendhal. Me parece muy bien que alguien sea capaz de presentar la "deconstrucción de la tortilla de patatas", que al margen del regusto que deje en el paladar, contiene un poso de ironía que, por cierto, no está muy lejos de la del león que come gamba. En cualquier caso, y como toda moda arrastra la tentación del exceso, temo que el supuesto reconocimiento internacional obtenido por la cocina española en la última década nos haga perder un poquito el norte.

Mi madre es una gran cocinera, no me consta que se le reconozcan demasiados méritos por ello fuera del ámbito doméstico, suponiendo que ahí sí se le reconozcan. Cuando me explica que no aplico correctamente los tiempos de cocción del pescado no me escarnece, no me insulta, no dice -como el par de mamarrachos televisivos del otro día- que la he ofendido a ella, a la gastronomía o al país entero. Actúa como yo con mis alumnos, intenta ayudarme, es cordial, me corrige cariñosamente. Pero claro, ella es mi madre, mientras que Masterchef es la televisión, y ya se sabe cuál es su especialidad: elevar al rango de doctos a los mayores indeseables.

Miren, a mí me parece una genialidad lo de León come cabra. Tiene algo warholiano, una ironía que desnuda las vergüenzas de un modelo de espectáculo que prostituye a los que participan y prostituye a los que lo ven. Es posible que el par de sádicos que destrozaron al pobre chico la otra noche disfrutaran mucho haciéndose los chulos, pero no es eso lo que me preocupa. Lo que verdaderamente me dejó inquieto es la vergüenza y el autoodio que se apoderó del concursante tras su expulsión, cuando rompió a llorar reconociéndose culpable de toda suerte de crímenes. 

No sé si ustedes necesitan que les diga esto, pero sí se lo diría a mis alumnos: no dejéis que nadie se atreva a meteros broncas, nadie como por ejemplo un profesor, pero tampoco un entrenador, ni mucho menos un cocinero... No dejéis que ningún mediocre, por el hecho de que le hayan puesto una gorra de plato -o un ridículo gorrito de chef- se crea en situación de deciros que sois una mierda. Y otro, que no se me olvide: apagad la tele.  

Thursday, April 09, 2015

MADRID

1. Estación del AVE, Valencia. Un envase de plástico para la cucharilla, otro para el café, otro para el azúcar, otro para el helado, otro para la almendra a trocitos... creo que me estoy dejando alguno. ¿Hemos aprendido algo de la crisis? No es ecologismo facilón, no podemos seguir viviendo así. Por la misma razón no es razonable una urbe repleta de tráfico privado. Si seguimos empeñados en no aprender nada, lo insostenible será pronto algo más que un concepto cool.

2. Mujeres manufacturadas por la cirugía estética, monstruos de la belleza. La cara del joker de Batman por todas partes, la piel estirada a medio camino entre el estrangulamiento del corsé decimonónico y las máquinas de torturar de la Inquisición. Paradójica uniformización, el fascismo del look: aquí y allá la misma pesadilla de la singularidad devastada. 

3. Defino "posmodernidad": estado de ánimo convertido en mantra filosófico por algunos escritores algo redichos que reaccionan ante el hecho de que, al entrar en una típica taberna de Madrid, lo que se encuentran no es a un camarero que se parece al antiguo defensa del Madrid Goyo Benito, sino a un matrimonio de chinos. La sensación surrealista termina de imponerse cuando lees la carta: callos, huevos rotos, cocido y jamón ibérico. 

4. El turista japonés es un buscador de tesoros. Su relación con las ciudades que con tanta convicción visita es fetichista, propia de quien entiende la cultura como coleccionismo. En su excursión el japonés trata de reconocer lo que ya había visto antes desde su casa. Todo lo demás, la intrahistoria de la ciudad, su trajín antropológico, lo único que merece ser llamado cultura le resulta completamente opaco. 
5. McDonald´s lucha desesperadamente por disociar su imagen de la uniformidad industrial que le ha caracterizado desde siempre. Pero este esfuerzo es inútil y apenas registra efectos cosméticos. MacDonald´s -y con ella todo el mundo macdonalizado- es una factoría y su éxito radica en su poder para taylorizar la restauración. 

6. El Louvre es una consecuencia de la Ilustración y, por tanto, de la Revolución, es decir, del esfuerzo de la burguesía por construir una identidad nacional, de ahí su carácter enciclopédico. En España la revolución burguesa es la historia de los sucesivos fracasos por librar al país de sus mandarines. Eso lo explica todo: el Museo del Prado es la donación graciosa de pinturas magníficas por parte de dinastías de caprichosos.

7. Sentado en un banco de la Gran Vía he dejado de pensar que cada tipo que pasa lleva barba hipster, ahora empiezo a pensar que soy yo el que no la lleva. Esa sugestión resume el sentido de la moda, sin duda una de las claves de la identidad del sujeto contemporáneo.    

Thursday, April 02, 2015

POESÍA



1. Adorno se preguntaba tras la Segunda Guerra Mundial si era posible seguir escribiendo poesía después de Auschwitz. La pregunta tiene mucho sentido, designa la sensación de invalidez a la cual el horror más insoportable aboca a las conciencias. La técnica racionalizada del exterminio, con su gélida eficacia, nos roba el derecho a la imaginación soñadora que se puede permitir un hombre aún no arrebatado de sus atributos, aún no deshumanizado como los cadáveres andantes de los campos. Y sin embargo, la pregunta del judío de Francfort contiene una trampa, pues se contesta en sí misma: el acto de habla por el que Adorno designa la tragedia es ya en sí una respuesta poética. La poesía entonces sólo se hace imposible desde la desmemoria; se ve obligada a cargar con la pesadilla, por ello no sólo no debe resignarse al silencio, sino que tiene la obligación de resistir. 

2. La poesía sobrevive a la indecible negrura de la muerte industrializada, pero ¿sobrevivirá a la era de la comunicación masiva? El propio Adorno ya advirtió sobre ello cuando se refirió al inmenso poder de banalización de los medios de masas. Y Adorno no conoció internet. A toda hora somos ametrallados por frases más o menos célebres con las que la gente se autoayuda, expresa su rencor hacia sus ex-parejas o da pie de foto a selfies donde hace mohínes en la piscina con sus amistades. Autores tan indigestos como Nietzsche o Baudelaire son así citados a bajo precio y hasta el hastío en todos los rincones de la virtualidad digital. ¿Cómo poner los cinco sentidos en la escritura de un poema en medio de este delirio lírico masivo? 

3. La lírica inunda las redes porque, como sucede en esos viejos relatos de ciencia-ficción donde los humanos son tragados por las computadoras, la hemos obligado a abandonar los espacios reales, acaso porque allí todavía podía tener repercusiones. Encerrados en nuestras cárceles de prisa, cautivos del miedo a ser desechados por el sistema productivo, condenamos el alma a chapotear sin sentido en la prosa del mundo.

4. Y sin embargo, la poesía comparece allá donde menos la esperábamos. Poético es aquello que no ha sido programado y que proyecta una mirada sobre la vida que ningún burócrata puede racionalizar. Poéticos son los niños porque juegan con las reglas que nosotros les dimos y las convierten en algo que no imaginábamos; poetisa es la joven reportera que es expulsada de TVE porque su cámara muestra el horror de los bombardeos sobre los palestinos; un poema lo escribe sobre un estadio un futbolista cuando se marcha porque cuatro imbéciles le abuchean por ser negro... 

5. Una noche de verano, rodeado por todo tipo de temores, en especial el de convertirme en una ruina de hombre. Me tumbé sobre la arena de la playa, cerca de la orilla para divisar las estrellas sin la perturbación de las farolas del pueblo. El cielo era una hemorragia blanca de estrellas, un caos de estrellas donde era imposible trazar constelaciones. De pronto, bromeando sobre mi cuerpo echado en la arena, mis dos seres más queridos se interpusieron en mi mirada. Y entonces entendí algo que no puede decirse, algo que sólo puede mostrarse poéticamente. Supe que estábamos en algún lugar del cosmos, que éramos parte de una energía cuyo poder va infinitamente más allá de lo que nos es imaginable... supe que somos los habitantes de un rincón oscuro pero extrañamente iluminado por los dioses. Esa imagen se extinguirá cuando yo me vaya, y sin embargo, su energía viajará para siempre con la expansión del universo.     

Friday, March 27, 2015

EL AVIÓN




En "La familia Savage", una película de 2007, dos hermanos de mediana edad son llamados del hospital porque su padre está muy grave. Ya en la habitación, mientras miran al anciano yacente tratando de hacer que los reconozca, los aparatos a los que está conectado emiten de pronto ese pitidito con línea continua que todos conocemos. Un gélido doctor anota la hora del óbito. Los hermanos permanecen ante el hombre que, hace apenas unos segundos, y durante más de ochenta años, ha estado entre los vivos. "Y... ¿ya está?", dice su hija con evidente enojo. Está indignada, no es con los médicos ni con su padre, es con la vida. Esa irritación absurda delata el escándalo de la existencia, la irreversibilidad de la condena que pesa sobre todos nosotros.

Doscientas cincuenta personas mueren en un accidente de avión. Poco importa que el piloto se durmiera o que por algún motivo muy difícil de imaginar decidiera provocar el apocalipsis. Durante los ocho minutos que arrastraron al avión hacia el brutal desenlace, la vida quedó en suspenso. Prefiero no pensar en la insoportable angustia de esos momentos para el pasaje. En cualquier caso la colisión fue letal, es una décima de segundo la que conduce al reino de los muertos a tantas y tantas personas, dejando tras de sí un paisaje endemoniado de fragmentos de cuerpos y fuselaje.

¿Ya está? Sí, ya está. Quienes tenemos la poca delicadeza de creer que todo acaba aquí, en el marco del espacio y del tiempo, y, lo que es peor, de hacerlo público como para querer amargarle el resto de su existencia a los ilusos, sabemos muy bien lo que significa la caducidad. 

¿Por qué ellos y yo no? Esta pregunta es igualmente cándida. Sólo bajo la pretensión de que existe algún tipo de justicia divina podemos creer que nuestros merecimientos están destinados a ser reconocidos. Por eso sé que da lo mismo haber llegado a tiempo para embarcar en ese vuelo fatal que elegir entre dos marcas de yogur para tu bebé en el momento en que un loco hijo de perra hace estallar una bomba en unos grandes almacenes. Siempre he detestado esa hipocresía con la que el presentador de algún programa, preferentemente deportivo o del corazón, pronuncia aquello de "la vida sigue" o "debemos seguir, él lo habría querido así", tras la cara compungida de los minutos en que se dedicaron a glosar la vida y milagros del reciente finado, al cual por cierto todos querían mucho y no encontraban ningún defecto. La vida sigue, sí cabrón, pero para ti, no para él. Y él no lo habría querido así, él lo que quería -cuando aún podía querer algo porque todavía no se había despachurrado- era seguir en la fiesta, como tú, que ahora simulas llorarle. 

Nada está escrito, no hay destino ni un Gran Hombre que haya trazado de antemano las vicisitudes de nuestra biografía. El azar gobierna nuestros avatares en una medida que, si lo pensamos detenidamente, produce mucho desasosiego, aunque acaso debería también arrancarnos una sonrisa irónica, porque, como dijo Sabina, ese destino en el que yo no creo "es un maricón". 

Ya ven, no se me ocurre la manera de proporcionar consuelo a la tragedia que, tan injustamente, se ha abatido sobre doscientos cincuenta infortunados. Así de pequeño soy, así de impotente, más cuando pienso en la ingenuidad de creer que con miles y miles de aviones ahora mismo sobrevolando los cinco continentes no es normal que alguno caiga. No podemos hacer ya nada por los muertos. Pero sí podemos hacer algo con nosotros mismos: recordarlos, honrar su memoria. Como bien saben los gitanos, nuestros muertos no son pesos que nos quitamos de encima y a los que habríamos de olvidar, son en realidad parte del paisaje espiritual que constituye el sentido de nuestra existencia. No podemos recuperarlos, pero podemos hacerlos vivir para siempre en nuestro recuerdo... Hasta nuestra muerte, cuando ellos y nosotros habremos de seguir en la memoria de nuestros hijos.          

Friday, March 20, 2015



DOMINGO. En los años setenta, entre los numerosos grupúsculos revolucionarios, convencido cada uno de ellos de ser los depositarios en exclusiva de la voluntad de Dios Padre, destacaban los maoístas. Recuerdo a un partido cuyos imberbes activistas, unos pelmazos irredentos, parecían haber sido reclutados en sanatorios mentales. Proclamaban insistentemente su hostilidad hacia las potencias en conflicto en la Guerra Fría -yanquis y soviéticos- para entregar su alma nada menos que a los chinos. Décadas después, cuando hasta los comunistas más ortodoxos han entendido que Stalin fue un asesino de masas, recuerdo el desprecio con el que nos miraban aquellos adalides de la causa proletaria a quienes no nos dejábamos seducir por aquel cuento chino de la gloriosa Revolución Cultural. Ellos no lo saben, pero su sueño se ha cumplido. El Partido Comunista gobierna el mundo desde Pekín y todos, día a día, nos vamos haciendo chinos. 


LUNES. Deberíamos desconfiar de quienes abandonan la fe en la política, la ciencia y otras prosas del mundo para buscar refugio entre poetas y artistas, pues las ansiedades que despiertan el talento de estos proceden de una muy baja extracción. Kafka escribió sus mejores relatos porque le tenía pánico a su padre y por qué no soportaba las horas interminables que pasaba gestionando en una lóbrega oficina el ingente papeleo que generaba el imperio austro-húngaro. Baudelaire era un zángano que vivió y se drogó merced a una herencia sobrevenida que se dedicó a malgastar mientras se lamentaba por el hastío de París. Picasso era tan rácano que por no pagar en el bar regalaba al camarero unos garabatos hechos sobre una servilleta, sin pensar que aquel gesto multiplicaba hasta el infinito el precio del café...


MARTES. Los griegos pagan hoy la irresponsabilidad de haber votado a Syriza". Traduzcamos: "Syriza incumplirá sus promesas porque nosotros nos encargaremos de que fracase". Ni una palabra de solidaridad hacia un pueblo que lleva siete años sufriendo por la corrupción de un hatajo de bandidos. "España no es Grecia", ese es el mantra de Rajoy. Yo sí soy griego, cada día lo parezco más. Tiene razón Rosa Díaz, qué pequeño es el Presidente de España. 


MIÉRCOLES. Huyendo de las Fallas me topo con ellas, en cierto modo me topo con su verdad desnuda. En una pequeña localidad marina, barrida por una tempestad que parece no acabar nunca, me dirijo hacia una calle desierta donde asoman un par de ninots. No se ve un alma, no asalta mis tímpanos un solo petardo. A poco empieza a escucharse música de banda. El pueblo entero se está concentrando a las puertas de la iglesia, donde una virgen de los marineros es cubierta de claveles. Algunas falleras secan sus lágrimas con un pañuelo de encaje blanco, hay bebés en brazos vestidos de valencianos. Mis ojos reparan en una anciana que, apoyada en un andador, abandona a duras penas el templo. Una joven fallera se le acerca ceremoniosa sobre sus tacones y la anciana la besa emocionada y orgullosa, probablemente es su nieta. Las pequeñas comunidades son fieles a sus fiestas y siguen escrupulosamente ritos tribales porque presienten, con razón, la amenaza de diluirse en ese caldo viscoso e insípido de la globalización. Antes de ponernos sarcásticos deberíamos preguntarnos por qué tienen tanta fuerza las tradiciones populares. 


JUEVES. La tormenta no para, se diría que con el paso de los días incluso se intensifica. Aparcado junto a un embarcadero donde no se ve un alma mi coche se agita, como avisándome de que nos larguemos antes de que una palmera o una farola se nos vengan encima. De pronto, hacia la oscuridad de un callejón tras el que el mar atrona embravecido, una fallera sale de un patio e intenta que la ventisca no le venza. Siempre es más cómodo y seguro quedarse en casa viendo telecinco, claro.