Friday, January 27, 2012





RENDIRSE. O NO.

1.En los últimos capítulos de la serie Cuéntame, se nos desmenuza eficazmente la secuencia de un tratamiento para eso que, cuando uno se muere, llaman "una larga enfermedad". No es cierto que sea una larga enfermedad, largas son las dolencias por reuma o por desviación de columna, las oncológicas sólo lo son en algunos casos. En otros muchos pasa un lapso de tiempo escandalosamente breve entre que uno se entera de que tiene al bicho dentro -si es que médicos y familiares te dejan enterarte, que ésa es otra- y que se va para siempre.

Cuéntame es un relato blanco y oficialista, no pretende descerrajar heridas, ni aportar luces nuevas sobre el pasado que nos ha configurado. Lo que en esta serie una generación cuenta a sus sucesoras respecto al pasado es cómo le fue la vida, o mejor, cómo recuerda que le fue. No hay lugar para el morbo ni se escucha a excluidos o derrotados que no hayan sido oídos antes de que les dé voz el relato. Tampoco creo, como a veces se insinúa, que pretenda mentir para instalarnos en la comodidad de la historia oficial.

Si el objetivo esencial fuera evitarse problemas, la dirección habría rechazado a los guionistas el capítulo en que Antonio regresa a Sagrillas y se entera de que un viejo terrateniente fue el verdadero causante de la muerte de su padre durante la Guerra. La intervención de su hijo Toni evita que su enloquecida reacción acabe en un asesinato por una venganza que se ha pospuesto medio siglo. Toni -paradójicamente vinculado en ese momento al Partido Comunista, del que tan alejado se siente Antonio- aparece entonces como el representante de una joven generación que ya no se encuentra tan dañada por los trágicos acontecimientos de la Guerra y sus consecuencias. Son los jóvenes de aquellos años de la Transición los que habrán de propiciar la reconciliación que haga viable el nuevo marco democrático. Creo, en definitiva, que lo que pretende Cuéntame es hacernos sentir acompañados, retrospectivamente acompañados; ya no caminarás sólo por la senda de la memoria: la de los Alcántara es lo más cercano a lo que podríamos llamar una memoria colectiva, un "nosotros" identificable como nacional y directamente causante de lo que ahora somos y tenemos, para bien y para mal.

Me refiero hoy a Cuéntame porque, una vez más, los guionistas han tenido la vista fina para detectar cuáles son los puntos más inflamables de la biografía de cualquiera de nosotros. Los españoles que superamos los cuarenta no nos pasamos el día pensando en el daño que nos hizo Franco o en si el comunismo hubiera sido posible con un poco más de osadía: nuestra memoria está más bien atravesada de amigos que murieron yonkis, novias a las que no supimos querer, amistades estúpidamente descuidadas y extinguidas, copas de Europa que no se ganaron por muy poco o padres que se desvelaron por nuestra adolescente insensatez. Y, muy especialmente, el alma se nos altera cuando escuchamos una palabra: cáncer. Ella, y toda esa retahíla terrorífica que le acompaña dentro de un protocolo médico que, a nuestros oídos, es cualquier cosa menos frío o neutro. De todo ese léxico, la estrella invitada es la quimioterapia. No se me ocurre un método de cura que genere reacciones casi igual de pavorosas que la enfermedad que probablemente va a matarnos. En aquellos primeros años ochenta, se hablaba de la bomba de cobalto, un procedimiento que ahora nos suena tan a jurásico como las primeras computadoras personales pentium.

Mercedes Alcántara tiene cáncer. La extirpación de un pecho no es suficiente, pues hay riesgo de extensión, de manera que comunican a su marido que van a aplicarle un "nuevo tratamiento que va a revolucionar las terapias oncológicas". Cuando, en medio del proceso, y a falta de dos sesiones de quimio, Antonio se lleva a su mujer a su pueblo natal, Sagrillas, asistimos a ese proceso tan indescriptible en el que, mientras el enfermo sufre en todo su rigor el dolor por las dentelladas del peor de los depredadores, los allegados velan impotentes ante un sacrificio cuyo desenlace puede ser la muerte. El dolor no solo encoge y fatiga a las personas, cuando es intenso y pertinaz, también deprime y causa desesperanza. Una noche, Merche le dice a Antonio que se ha terminado, que no más quimio ni más médicos, se acabó, no puedo más.

Una de las características de la quimio es que produce reacciones imprevistas y sorprendentes altibajos. A la mañana siguiente, tras una noche en la que la abuela de los Alcántara no ha parado de rezar, Merche aparece fuera de la casa, respirando el aire puro de la meseta ante una inmensidad que nos recuerda lo precioso que es cada segundo de vida que el destino decide concedernos. Anuncia a Antonio que acabará el tratamiento.

-"No me voy a rendir".

2. La memoria de un ser humano de mediana edad está llena de momentos en los que la tesitura más recomendable podía ser muy bien la de rendirse. Yo he optado por no luchar en ocasiones en las que, quizá, lo suyo habría sido rebelarse. Y también me ha pasado lo contrario, he presentado batalla con armas y bagajes para defender lo que pensaba que era mío cuando lo aconsejable hubiera sido conformarse con levantar el campamento y largarse con viento fresco cuanto antes.

Por fortuna no he vivido una guerra ni he sufrido graves enfermedades, pero he tenido problemas que, al menos a mí, me han parecido serios, y he debido tomar decisiones en momentos en que, más aún que el error, se abatía sobre mí la peor de las amenazas: el desánimo. Nos hallamos en una situación extraordinariamente propicia para la desesperanza colectiva. El momento histórico en que parece haberse reconocido universalmente que la democracia es el menos malo de los regímenes políticos es justamente aquél en el que con más fuerza se instala entre las masas la pesadumbre de la impotencia. Y es ese sentimiento, el de que nada se puede hacer para mejorar las cosas, el que hallamos en el origen de toda depresión.

A lo largo de mi vida he tomado parte en muchas movilizaciones. En general no soy especialmente amante de las multitudes. No tengo ninguna afición a ponerme a pegar alaridos con un altavoz delante de un ayuntamiento a la salida de sus trajeados concejales. Tampoco me apetece demasiado colgar carteles de un puente, ni hacer pintadas a rodillo amenazando de cese a un conseller, ni entrar a saco en instituciones para encerrarme en ellas con la firme determinación de no marcharme hasta que no me saque la policía. No me siento nada cómodo en estos trances, pero, por distintas causas, he pasado por todos ellos y no me arrepiento. Lo hice de mala gana siempre, con cierta vergüenza, pero el deber tiene poco que ver con la apetencia y nada con la comodidad.

Cada vez que advierto la necesidad de sumarme a algún movimiento reivindicativo -como ahora sucede, cuando nos hemos lanzado a la calle para defender la supervivencia de la escuela en particular, y, en general, los servicios públicos, amenazados por una crisis cuyos causantes han sido quienes llevan décadas clamando contra el Estado del Bienestar- surgen voces a mi alrededor que incitan al desánimo. "¿Crees que vamos a conseguir algo por salir a la calle a pegar gritos?" "Tienen el poder y no van a hacernos caso", "La gente les ha dado la mayoría absoluta, les da igual que protestemos", "Yo no dejo que me manipulen los de los sindicatos"...

Miren, a mí todo esto me parecen pamplinas para ocultar la cobardía o una indigna pereza, pese a que, como suele suceder con cualquier exhibición de pesimismo, tienen gran parte de razón. En realidad, soy el primero que cuando va a una huelga o incita a sus compañeros a salir a la calle tiene perfectamente asumido que sus enemigos son poderosos y que la batalla tiene pocos visos de ganarse. Por eso precisamente, porque tiene las de perder ante los mandarines, sale uno a la calle para colapsar el tráfico, cobijarse bajo una pancarta y hacer sonar un pito, con la consiguiente molestia para unos vecinos que ninguna culpa tienen.

He participado en batallas que se han ganado y en otras que se perdieron. No recuerdo haber ganado ninguna que no se disputara: éstas se pierden siempre. Lo único que en ellas se ahorra uno es la frustración de la derrota, pues ésta ya la tienes desde el principio. Pero añaden una pérdida que nunca sufre el que sale a pelear: la de la propia dignidad.


Yo tampoco me voy a rendir.

Friday, January 20, 2012








EL PROGRESO

Asisto a un coloquio sobre la vigencia de la idea del progreso, organiza la Real Sociedad Económica de Amigos del País. A estas alturas de mi vida no solo me causa respeto el nombre de una institución como ésta, en cierto modo me hechiza. Suena a burgueses algo atildados y con peluca, da a pensar en salones desvencijados y libros llenos de carcoma, pero si superamos esa primera y tópica impresión, nos encontramos con el origen del gigantesco proyecto histórico que nos identifica como "modernos". Me fascina la Económica, como me emociona leer a Voltaire o a Mayans, no como a uno le causa ternura leer antiguas y acrisoladas ilusiones, sino como aquél que, ahuyentada de un soplo la primera pátina de polvo, se percata de que lo que se proponían aquellos caballeros -derrotar al tenebroso dragón de la ignorancia y la servidumbre- tiene la misma vigencia que en su tiempo.

A lo largo del siglo XVIII, y con el devenir político y cultural de Francia como inspiración, se crearon en Europa instituciones ciudadanas cuyo proyecto era iluminar al conjunto de la sociedad a través de la instrucción y la difusión de las ciencias y las artes. Eso es, a fin de cuentas, lo que llamamos Ilustración, pretender que la acumulación de conocimientos -si somos capaces de garantizar su conservación y difusión a través de instituciones como la escuela, las bibliotecas o las fundaciones culturales- terminará forzosamente produciendo una sociedad más confortable, pacífica y justa. Durante el coloquio se nos explica de qué manera la sociedad civil se fue configurando, cómo el antiguo súbdito medieval fue liberándose de la coraza que le postergaba a la condición de súbdito para convertirse en un verdadero hombre libre.

¿Y hoy? Esta es la gran pregunta que nos plantea un debate como éste. El Progreso es, antes que nada, un gran relato. La modernidad construye históricamente su identidad a fuerza de dar crédito a esa narración forjada por los ilustrados. Nadie ha definido mejor sus parámetros que Rousseau, quien en pleno Antiguo Régimen, recordaba a los mandarines que mantener secuestradas las libertades suponía traicionar los términos de aquel metafórico gran contrato que habría dado origen a las sociedades civiles. Para Rousseau, el hombre no habría de renunciar porque sí a una condición salvaje en la que, por lo menos, no habría de soportar las indignidades de la servidumbre y el veneno de pasiones sociales como la envidia y la codicia. Dejamos de ser salvajes porque entendimos que sólo podríamos progresar si nos juntábamos. "El invento moría con su inventor", dice el autor de Emilio respecto al Estado de Naturaleza: nada garantizaba la conservación y difusión del conocimiento, dado que el hombre ni tan siquiera reconocía a sus hijos, luego mejorar era imposible y "las generaciones se sucedían con la tosquedad de las primeras edades, la humanidad era vieja, pero los hombres permanecían siempre niños."


Se diría que este relato ha concluido, o que, al menos, ha entrado en situación de incertidumbre. De esto no tienen la culpa los filósofos posmodernos, aquellos que, como Lyotard -por no remontarme a Nietzsche- nos advirtieron hace tiempo de que el progreso era el héroe de un gran relato cuya credibilidad se asentaba sobre bases
tan míticas como las del gran relato medieval: la Salvación por la fe. Lo de ahora no requiere
lecturas sofisticadas. Lo comprueba cualquier ciudadano con instrucción media que ponga la radio y escuche que Moody´s nos ha vuelto a rebajar la calificación de la deuda.

Cuando uno ve un reportaje sobre la Transición, escucha algunas loas a la figura del recién finado Manuel Fraga -incluso las de algunos enemigos acérrimos como Carrillo- o ve un capítulo de Cuéntame, percibe que la imagen que nos hemos hecho de España como Estado moderno y democrático se sustenta desde algunos tópicos de perfil muy grueso. Los Pactos de la Moncloa, el hábil papel de la Corona, el sentido institucional de los redactores de la Constitución, la reacción ante el 23-F... Aquella mascarada del Golpe sería el último intento de los viejos poderes fácticos por estrangular las libertades y colapsar el proceso. Después han venido ya dos gobiernos de izquierda, tuvimos una factoría de cultura de vanguardia con la Movida Madrileña -cuyo resultado más luminoso es el éxito universal del cine de Almodóvar-, casamos a los gays, vencimos al terrorismo e incluso hemos ganado el mundial de fútbol...

Siempre ha sido dudoso este relato, pero nunca tanto como ahora, cuando despertamos del único sueño que no cambiamos por cuarenta mundiales ni por los oscars de Hollywood: hacernos ricos. La realidad es que, en muy poco tiempo, volvemos a ser esa península postergada del extremo occidental de Europa, cuyos comandantes ya hace tiempo que entendieron que no les sale a cuenta seguir ayudándonos. (Los fondos de cohesión, ¿recuerdan?) Tenemos gobiernos negligentes y corruptos. Sí, ya sé, no son iguales todos los políticos y todo eso, de acuerdo, pero quienes insisten tanto en que seamos ecuánimes parecen olvidarse de que la corrupción española no es un suceso más o menos puntual, sino un estado sistémico, una enfermedad endémica. En cuanto a lo de la negligencia, me pregunto a qué niveles puede haber llegado en territorios como el del País Valenciano, donde en un par de años hemos pasado de sentirnos como "la California del Mediterráneo" -así estimulaba Francesc Camps la autoestima de los valencianos- a convertirnos en una autonomía colapsada, con la Generalitat en quiebra técnica, sin pagar a los proveedores ni cubrir servicios esenciales desde hace muchos meses... Más o menos lo que uno se imagina que ocurre en Tanganica, pero aquí, a Casa Nostra, quién lo habría imaginado.

No cuela sin embargo el viejo clishé, tan adecuado para confortar a la masa en medio del desastre: qué malos gobernantes para tan gran país... No, no es cierto, tenemos los gobernantes que hemos querido tener. El País Valenciano es el ejemplo más redondo de sociedad que ha creído poder ilusionarse con el dinero fácil, la especulación como factor de riqueza y el enriquecimiento rápido. La burbuja del ladrillo -resultado de esa gran trama surrealista de la economía financiera contemporánea, esa a la que Vicente Verdú llama "capitalismo de ficción"- nos ha hecho olvidar que la prosperidad de las sociedades sólo se construye de forma fiable a través del esfuerzo diario. Nos guste o no, esta es la realidad, y no hay peor herencia para las generaciones venideras que las de inocularles otra fe que ésa, por más que la opulencia consumista que hemos llegado a tener, las tiendas que abre diariamente Zara en China, la celebridad que alcanzan los chicos de Gran Hermano, el messenger, los goles de Iniesta o los castings de modelos les hagan pensar que el mundo tiene el color de Tele Cinco, la Nochevieja y las películas en 3-D.

Se me ocurre pensar si los procesos al juez Garzón no son la metáfora de la clausura definitiva de un relato. En el coloquio de la RSEAP uno de los ponentes -muy brillante en su exposición, por cierto- insistió en la conveniencia de no opinar sin fundamento: "sobran opiniones, hay que documentarse y dejar opinar a los que saben". Correcto, pero como no soy experto en Derecho, todas las sospechas que albergo respecto a que Garzón es objeto de una persecución execrable por parte de fuerzas muy poderosas no habrían de tener valor alguno. Puedo hacer caso, por ejemplo, a quienes en la radio insisten con mucha convicción y aparente conocimiento de causa en que sus instrucciones son arbitrarias, que con tal de conseguir que un acusado o un testigo digan lo que él espera que digan es capaz de llegar demasiado lejos, que atiende a sus corazonadas más que al rigor, que tiene vocación de estrella y mártir...

Yo imagino la vida de Garzón al modo de un biopic cinematográfico. Un servidor público decide emplear el poder que se la ha concedido como juez para luchar contra los malos, es decir, todos aquellos que destruyen la convivencia por su corrupción, su violencia organizada y la intimidación que intentan mantener entre sus vecinos. Su tenacidad le lleva a asumir casos que otros jueces no quieren ver ni en pintura porque suponen riesgos de todo tipo, lo cual le hace generarse enemigos en todos los sectores, incluyendo el de su propio gremio. Llegados a este punto, podemos entender que Garzón quiere ser destruido por poderes fácticos de derecha -por asuntos como el de Gurtel o las fosas del franquismo- pero también por afectos al PSOE, donde se le sigue guardando mucho rencor al juez por los GAL. A todo este ejército tan heteróclito formado por quienes quieren vengarse del protagonista se suman narcotraficantes, terroristas y simpatizantes de dictaduras como la chilena o la argentina...

Garzón está ahora mismo a punto de ser expulsado de la judicatura porque le han denunciado quienes son sospechosos de crímenes horrendos. Algún amigo extranjero me pregunta cómo podemos consentirlo. Le contestó que lo que no sé es qué hacer para evitarlo, salvo manifestarme y emitir mi opinión, aunque sea, parece, una opinión poco documentada.No dejo de preguntarme si lo que está tocando fondo, más que nuestra prima de riesgo, no es nuestra dignidad.

Friday, January 13, 2012








HUMANIDADES

1. Llevo más de una década viviendo en mi actual domicilio. Han cambiado muchas cosas en este barrio y en mi vida desde entonces, pero hay una que ha permanecido idéntica. En el tercer piso del edificio vecino, diviso diariamente una ventana con una luz de flexo que está casi siempre encendida. Hay un joven que estudia. Lo hace de manera sosegada, sin ansiedad, sin prisas, no por falta de intensidad; al contrario, su actitud serena es propia de quien se sabe embarcado en una misión ambiciosa y de largo recorrido. Sospecho que prepara una oposición, y puedo imaginar que se trata de una de esas que requieren años interminables de trabajo. A veces, mientras yo me dispongo a encender la tele para ver un partido de fútbol y disfrutar del descanso que creo haberme ganado, observo antes de bajar la persiana que, como siempre, mi vecino estudia. Cuando el partido ha acabado y me dispongo a acostarme, la lamparita de mi vecino continua encendida.

Deseo que apruebe y consiga lo que se ha propuesto, un objetivo al que lleva un tramo muy significativo de su vida con tan admirable tenacidad. Jamás he hablado con él, no sé cómo se llama... Si me lo cruzara por la calle es posible que no lo reconociera. Creo que aún no sabe que suelo observarle y que en silencio le admiro. Si algún día la tenue luz que asoma desde su mesa junto a la ventana llega a desaparecer, yo no sabré si finalmente ha aprobado o si simplemente ha desistido. Quizá entonces me sobrevenga la melancolía, habré perdido algo.


¿Saben? Estoy un poquito hasta los huevos, para que se me entienda bien. Me cansa ese discurso tan simplista y tan eficaz que descarga sobre los empleados públicos la responsabilidad de los desastres económicos que han fabricado no sé si los ejecutivos de los bancos, los especuladores o los políticos, pero no desde luego las enfermeras de los hospitales públicos, ni los jueces, ni los maestros, ni los bedeles de los ayuntamientos. Me acaban de bajar el sueldo una vez más. Me han quitado los sexenios, que les aseguro que me costaron mucho de conseguir. Trabajé como un animal para sacar las oposiciones de profesor de enseñanzas medias a principios de los noventa y, disculpen la soberbia, pero obtuve el número uno de mi quinta. No lo logré por listo, porque de eso ando más bien justito, sino porque estudié como un cabrón.


No acabo de saber qué es lo que legitima a un tipo que ha heredado el negocio de sus padres a pasarse el día despotricando contra el Ministerio de Hacienda, los funcionarios, los asalariados "que no se implican y que sólo piensan en irse cuanto antes a casa" o los sindicalistas, y eso cuando no les pega por meterse también con las mujeres o los inmigrantes, todos los cuales tienen también, por lo visto, la culpa de que las cosas no funcionen. Tienen razón en que el país no funciona, pero España no es un país ineficaz sólo porque funciona mal la administración pública. En España hay magníficos empresarios, pero la nación sufre también de una lamentable cultura empresarial, de igual manera que, junto a algunos funcionarios que no merecen el cargo que ostentan, hay una mayoría de empleados públicos que se ganan su sueldo, un sueldo que, por cierto, nos recortan una y otra vez.

Soy profesor y empleado público, por tanto estoy expuesto a sospechas por doble motivo. Puede que lo merezca, y no me parece inaceptable ser objeto de un permanente interrogante respecto a la calidad y eficacia de mi trabajo. Pero acéptenme un par de pequeñas reservas. La primera es que se informen antes de juzgar respecto a los merecimientos de cada cual. Llamar a alguien "vago" sin conocerle es insultarle, y a mí pueden perderme el respeto si les place, pero mi autoestima no van ni a rozarla. Dejemos que se sigan deteriorando las condiciones del servicio que ofrecemos -que no tiene que ver solo con el salario que percibimos los profesionales- pero, por favor, no contesten después en las encuestas que lo que necesita este país es una mejor educación. Me vale igual para la sanidad, la justicia y los demás sectores de la administración pública. Seamos consecuentes.

Ojalá apruebes, amigo. (Por cierto, mientras escribo estas líneas, en la noche del viernes, y me dispongo a apagar el ordenador para hacer la cena, pego una ojeada a su ventana. Hay luz, como siempre. Se me ocurre si no hay una cierta santidad en esa determinación tan invencible)


2. Una joven cajera se disculpa ante nosotros por no estar en la caja cuando nos disponemos a pagar. Las empleadas de este supermercado de franquicia alemana suelen parecerme personas tristes. Somos amables con ella. Lo somos siempre con las personas que están trabajando y nos prestan un servicio. A veces, cuando la gente entra en un lugar así, tiende a olvidar que lo que tiene delante es una persona. Mira con afecto a mi bebé, que le devuelve una sonrisa desde el carrito.

Una allegada trabajó durante algún tiempo en una franquicia que no nombraré pero que goza de un prestigio considerable. Fue maltratada de manera indecente, cosa que, por cierto, le ha ocurrido en otros trabajos similares que ha tenido, algunos de ellos al cargo de empresarios desaprensivos de esos que despotrican contra todo excepto contra su propia inmoralidad y su ineptitud. Sistemáticamente las cajeras eran abandonadas a los pies de los caballos ante los conflictos que, por distintas razones, generaban momentos de irritación y tensión entre algunos clientes. "Dile lo que sea, quitátelo de encima como puedas". Esta es una frase muy oída en este tipo de lugares. Pero debemos reparar también en la actitud que, a veces, tenemos como clientes. Con frecuencia descargamos nuestra ira sobre los subalternos: cajeras, bedeles, enfermeras... Nos sentimos estafados, de acuerdo, pero levantamos la voz contra el más débil, sin atrevernos a hacer valer los medios adecuados para que nuestra reclamación -perfectamente legítima- siga el curso adecuado. Esto es muy español, parece.

Esta chica me contó que, en una ocasión, un cliente airado le echó la bronca por la política de la empresa. Le contesto, lógicamente, que acudiera al director. Este le dio una serie de explicaciones. El cliente cambió ante él de actitud, se comportó como una persona flemática y mesurada. Al abandonar el despacho del director, cuando ya dejó de tenerlo delante, volvió a calentarse, se lo pensó mejor, entendió -a destiempo- que las explicaciones no le habían convencido... Y adivinen a quien volvió a levantarle la voz. A la cajera, sí. Extraigan conclusiones. Acordémonos de que, tras las cajas, las ventanillas o las toneladas de impresos, lo que hay son personas, material sensible, humanidades. Son seres humanos los que sufren los recortes que con tanta convicción aplican los políticos cada vez que Moody o algún otro señor feudal de nuestro tiempo baja la calificación de la deuda.

3. Merche, protagonista de Cuéntame, es operada de un tumor en un pecho en el último capítulo de una serie cuya trascendencia creo que no ha sido debidamente valorada, seguramente por papanatismo. Gradualmente va conociéndose la gravedad de lo que, inicialmente, parece poder ser un simple quiste. La tragedia se cierne sobre los Alcántara. Su marido tiene que esforzarse en ocultarle las dimensiones del problema. Merche, con un pecho recién operado, le reprocha que le haya ocultado la verdad sobre su estado. Tras los pertinentes análisis médicos las noticias no son buenas. Antonio trata de mentir nuevamente a Merche. Ésta le mira y le obliga a decirle -esta vez sin remilgos- la verdad. Cuando Antonio se derrumba y empieza a llorar sobre el hombro de su esposa, ésta entiende, por primera vez, que ya no es la única víctima, que vuelve a ser ella la que -incluso a las puertas de la muerte- puede levantar el ánimo de su marido, que tiene que ser ella quien, como siempre ha hecho, defienda a su familia.


-"No voy a morirme", le dice en ese momento, uno de los más duros y emotivos en la historia de esta larga saga.


Ojalá tuviera yo el valor de aquellas madres de hace treinta años.

Friday, January 06, 2012






FICCIÓN CUÁNTICA




1. La revista virtual Ojos de papel publica esta semana un interesante monográfico sobre la revolución que se está produciendo en el mundo de la teleficción. Desde la irrupción en 1999 de la serie Los Soprano, convertida ya en leyenda, televisiones como la HBO han conseguido que el sello de la calidad y el talento se asocie a muchas de sus producciones. El objetivo del monográfico es evaluar algunas de las claves de este fenómeno que parece haber hecho saltar por los aires el viejo perjuicio que otorga a la televisión o, para ser más preciso, a sus productos de ficción serial, la condición de masivos y subculturales, presumiendo que su consumo es puro enterteinment, o, aún peor, manipulación ideológica barata.

Su director, Rogelio López, ha tenido la generosidad de encargarme la reseña sobre el ensayo Teleshakespeare, un texto francamente oportuno y grato de Jorge Carrión. Como quizá recuerden, recientemente tuvimos un monográfico similar a vueltas con el asunto de los zombis, con el éxito de la serie The walking dead en el trasfondo. Les recomiendo que no se lo pierdan, les garantizo que hay artículos muy interesantes, con contribuciones como la de Justo Serna y Alejandro Lillo. En este número hay además otras colaboraciones a destacar, como la de Rosario Sánchez Romero, especializada en la obra de Antonio Muñoz Molina, o el poeta Miguel Veyrat. No les defraudará. http://www.ojosdepapel.com/

2. Hay una parte del libro de Carrión sobre el mundo de las teleseries que he eludido deliberadamente en la reseña y al que he preferido referirme en mi blog. Es un apartado de la introducción al que Carrión llama "ficción cuántica". La propuesta es tan arriesgada como sugerente.


La física cuántica ha roto con el concepto de universalidad que la ciencia moderna hereda de Newton y que, en lo esencial, es decir, en la suposición de que hay un estado verdadero y estable de la materia, respeta la inspiración antigua de la ciencia aristotélica. La idea, tal y como la recoge Carrión, es que la materia registra una multiplicidad de estados simultáneos, adoptando ante nuestros ojos uno determinado -uno entre otros posibles- en función de las condiciones en que se trame la observación. Carrión establece una analogía entre ese modelo -que empieza ya a formar parte de la comprensión del mundo que tiene nuestra época- y el de las nuevas formas narrativas: "Las obras artísticas se desarrollan en esos universos simultáneos, según sus propias reglas, se ocultan, se rasgan y se reparan, aguardando sus lecturas"


Esta visión poliédrica del universo de ficción, enganchada a la concepción física proporcionada por la relatividad de Einstein, encuentra su mejor vanguardia experimental en la ciencia-ficción, donde tanto se ha especulado durante décadas con el juguete del portal interdimensional. Más allá de artefactos demasiado metafísicos -y que me encantaban de crío, dicho sea de paso- como el "teletransportador" o la máquina del tiempo, lo que ahora ha abierto caminos a los narradores es el supuesto de una realidad paralela frente a la que el vulgo permanecería ignorante, siendo personajes como el Neo de Matrix, los que, a modo de "iniciados", consiguen encontrar su llave secreta, pudiendo determinar cuál de los dos mundos -el "nuestro" o el que desconocemos- es el "verdadero" y cuál el simulado o virtual.


3. Analogías como las que realiza Carrión son arriesgadas, aunque en su caso es empleada de forma prudente, lo cual le permite decir lo que quiere decir respecto a las nuevas posibilidades narrativas que se están aplicando en la teleficción y, además, salir bien librado.


No sé si les suena el llamado "Escándalo Sokal". En 1996 Alan Sokal, un científico norteamericano experto en física cuántica, escribió un artículo para una revista de ciencias sociales etiquetada como postmoderna. Contenía toda suerte de presunciones absurdas, como la de que la gravedad era un "efecto de sentido", resultado de complejas manipulaciones y juegos de poder, apoyándose de forma insoportablemente pedante en citas de lo más granado de la literatura francesa del posmodernismo. Su objetivo era, obviamente, ridiculizar y desenmascarar formas de razonamiento muy extendidas entre cierto subculto académico, según las cuales la mayor barbaridad puede decirse siempre y cuando se someta a cierta jerga más o menos abstrusa como la que es característica del posestructuralismo francés. La revista cometió el grave error de publicar aquel escrito tan surrealista, quedando públicamente en cueros cuando, después, el propio Alan Sokal descubrió su estratagema en otra revista, lo que generó un auténtico terremoto en las esferas de la intelectualidad, especialmente la francesa, con declaraciones de indignación muy encendidas como las de Jacques Derrida, una superstar de la filosofía contemporánea y a cuya obra salpicaba especialmente el artículo de Sokal.


Un año después, Alan Sokal publicó -junto a Jean Bricmont- un ensayo, Imposturas intelectuales, donde denunciaba que algunos pensadores de enorme crédito como Jacques Lacan, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze o Julia Kristeva han utilizado profusamente conceptos de la física contemporánea de forma errática y poco contrastada, manipulando la comprensión de sus lectores con su verborrea efectista. No se limitan estos dos autores -como sería de prudencia- a citar aquellos pasajes en que se producen tales abusos y a explicarnos por qué son falaces, sino que se comprometen con una crítica global a la posición filosófica supuestamente común a estos autores, los cuales, en pro de su propio interés como brillantes retóricos, pretenden convencer al mundo de que lo que llamamos la verdad es un efecto de perspectiva inducido por castas con poder, por ejemplo la comunidad de expertos científicos, y que la ciencia no es sino un relato más.



No he leído el ensayo de Sokal, y no estoy seguro de querer leerlo. No me preocupa que cargue contra autores con cuyos textos me he formado. En eso me parece sana cierta labor de desmitificación, y puedo dar fe de que Jean Baudrillard -al que dediqué mi Tesis Doctoral- (http://tdx.cat/bitstream/handle/10803/9847/montesinos.pdf?sequence=1) se muestra ocasionalmente algo tendente a este tipo de aventuras en algunos escritos. Me parece en cualquier caso que no se debe perder excesivo tiempo con este tipo de intervenciones cuyo fulgor depende en gran medida del talento de las celebridades a las que supuestamente desenmascaran y de las que terminan viviendo como parásitos. Creo que si damos crédito a la idea de que Kristeva o Baudrillard son simples nigromantes, entonces lo que encontramos es la excusa perfecta para no tener que leerles, que es más o menos lo mismo que cuando uno se convence de que no hay que leer a Nietzsche porque estaba loco, o a Heidegger o Cioran porque alguien nos ha contado que fueron nazis.



4. ¿Tiene algún valor, alguna rentabilidad cognoscitiva esta metáfora -y es de prudencia entenderla así, como metáfora- de la "ficción cuántica"?

Un compañero del Seminario de Física y Química me explicó -a vueltas con las implicaciones filosóficas de la física cuántica- que empezaba uno a entender un poquito lo que son las partículas elementales cuando asume que su deambular no se somete a lo que denominamos leyes físicas. Esta aparente fantasmagoría sólo adquiere sentido dentro del paradigma que se ha ido instituyendo en el universo de la ciencia a partir de la relatividad einsteniana y, muy especialmente, del Principio de Indeterminación de Heisenberg. Lo que debemos entender es que suponen la muerte del concepto clásico de la "verdad" como un estado fijo y determinable de la materia: simplemente no existe tal cosa, y tratar de establecerla es crear una figuración que ya no dice nada de lo que los físicos han aprendido respecto al comportamiento de la materia en los últimos cien años. Lo que explica Heisenberg es que las condiciones de observación -y los seres son para nosotros algo en la medida en que establecemos unos parámetros que nos permiten observarlos- determinan el estado de las partículas elementales, de tal manera que, al recibir los haces de luz, su velocidad cambia. No hay manera de salir de este bucle, no hay una condición estable del objeto. Si queremos hablar de verdad, debemos alumbrar una concepción diferente de la objetividad, debemos asumir la obligación de vivir siempre en la incertidumbre.


No quiero aventurarme en exceso por estos derroteros que me son tan ajenos e ininteligibles, pero no me parece difícil acercar algunas de las implicaciones de esta visión de la física contemporánea a una problemática que sí es filosófica, la de qué es eso a lo que llamamos "Realidad". Que son las condiciones presupuestas en la observación las que, en medio del caos, determinan qué es el objeto, viene ya sugerido por la filosofía de Emmanuel Kant, quien ya nos hizo entender que es el sujeto el que, desde las categorías racionales, impone su forma a la experiencia. Tomado rigurosamente, este orden de cosas supone que lo que denominamos la verdad es el resultado de un constructo, un constructo de la razón, de la cultura, de la ideología, de la voluntad de poder... En cualquier caso, lo que ha logrado la filosofía contemporánea desde la Crítica de la Razón Pura es reivindicar el papel del sujeto, un papel activo y creativo, capaz de forjarse una visión del mundo propia, más allá de la impotencia y la pasividad a la que pretendían condenarle las estructuras del Antiguo Régimen en tiempos de Kant, y -¿por qué no?- las de la cárcel de hierro de la burocracia y la macroeconomía en el momento actual.


No tengo ninguna duda de que esta lógica tiene repercusiones de toda índole en el panorama narrativo. Jorge Carrión se refiere a cierto relato especialmente inspirado de Jorge Luis Borges, Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius y a la inevitable Rayuela, de Julio Cortázar. A mí se me ocurre pensar en el Finnegans wake de Joyce, y, muy especialmente, en el mundo de Franz Kafka. Dice Umberto Eco a su respecto en Obra abierta: "... la obra permanece inagotable y abierta en cuanto ambigua, puesto que se ha sustituido un mundo ordenado con leyes universalmente reconocidas por un mundo fundado en la ambigüedad, tanto en el sentido negativo de una falta de centros de orientación como en el sentido positivo de una continua revisión de los valores y de las certezas."

Me da que es entonces cuando uno empieza a sentirse cómodo viendo The wire, donde las pesquisas para lograr desarticular las bandas de delincuentes se parecen a las que lleva a cabo el agrimensor K para contactar con la gente de El castillo. O las dimensiones paralelas en que se mueve el alma de Tony Soprano, esa en la que escarba la Doctora Melfi; o los flash back de Don Draper en Mad men, con los que accedemos a una realidad camuflada y paralela; o el laberinto de Perdidos, con el multiverso de la isla, claro...

Friday, December 30, 2011


1. PARECE UN CHISTE DE CHUMY CHÚMEZ, quien entendió perfectamente que el humor sólo es verdaderamente consecuente cuando es humor negro. Hombres hechos y derechos compitiendo por exhibir un llanto más histérico y convulso. Se me ocurre si, durante las exequias en medio de la nieve, es el frío -que se adivina tremebundo- el que desata la orgía de lágrimas. Ya lo ven: un país entero entregado al oficio de la plañidera. No ha mucho que en nuestro país se reconocía todavía como oficio el de la llorona de entierros. Es un poco como esas estúpidas risas enlatadas de las sit com de la tele, que nos indican cuando hemos de reírnos, pero a la inversa. El problema es que en Corea del Norte, por lo visto, se llora estos días sin interrupciones y sin derecho a objetar. Cada fiel miembro del Partido -me pregunto si hay algún norcoreano que no pertenezca al Partido- tiene que pegarse un baño de lágrimas espectacular en cuanto aparecen las cámaras de la televisión, manera muy posmoderna que el régimen elige para convencer al mundo exterior de que a todos les da mucha pena que se muera "El Querido Líder".

En La República equipara Platón al tirano con el más desgraciado de los hombres. La cárcel que habita es el mayor infortunio, pues vivirá permanentemente atemorizado ante la perspectiva de ser asesinado por cualquiera de los que mantiene esclavizados. No dejará de envidiar la vida del más humilde de sus siervos, el cual sí puede deambular sin miedo por el mundo. Qué triste sería obligar a alguien a llorar por mí. Pero ¿y durante la vida? ¿Es sincera la sonrisa de quien me sirve el té? Sospechar que no hay amor en las palabras de amor, sino miedo, el miedo que se presiente incluso en mis propios hijos. ¿Y el orgasmo de la amante? ¿No habrá sido también fingido?

No deja de sonrojarme la aparición en estos días de cierto ciudadano español llamado Alejandro Cao de Benós, que trabaja desde hace años para el régimen norcoreano. El caballero desmiente cada una de las evidencias que le muestran sobre los crímenes más atroces de Kim Jong, al que sin ningún rubor llama también "Nuestro Querido Líder". Dice haberse sumado al proyecto revolucionario norcoreano debido a sus profundas convicciones marxistas, y denuncia la perversidad de la propaganda capitalista, que inventa toda suerte de mentiras sobre el régimen para desacreditarlo ante el mundo. No acabo de saber muy bien por qué les preocupa tanto, pues parece importarles un comino lo que piensen de ellos. Se me ocurre si el tipo podría ser un parado que decidió hacerse súbdito del Querido Líder para salir de la miseria y vivir dignamente. Pero no, me temo que lo que dice se lo cree de verdad.

Esto hace que el chiste sea más malo, qué vamos a hacerle.

2. Lo peor que tiene la ortodoxia comunista es que uno, o se convierte en una especie de papanatas como el tal Cao de Benós, o se instala para siempre en la melancolía, convencido de que la especie humana no está -pobrecita- madura para asumir su propia redención. A mí no haber estado nunca demasiado convencido de nada, me ha corregido la miopía de quien, por defender las bondades de una ideología, decide pasar por encima de todo tipo de atrocidades. La cuestión es asumir, de una vez por todas, que la Revolución ni se ha realizado ya, ni ha fracasado, ni podemos declarar solemnes que "es un imposible". Lo que sucede es que, simplemente, no sabemos qué es la Revolución, no hay gurú político ni Nostradamus que pueda dar cuenta a priori de cómo hacen las masas para librarse de sus cadenas o para regresar a ellas.

Mientras tanto, sabiendo reconocer que la Revolución no sucede ni dónde pensábamos, ni cómo pensábamos, ni cuando pensábamos, se me ocurre pensar que el año que termina deberá ser recordado por la historia como el del 15-M y, muy especialmente, como el de la Primavera Árabe. La degollina cuyas noticias llegan diariamente de Siria no debe confundir el diagnóstico: los pueblos árabes, y muy en especial los jóvenes árabes, le están dando una lección de valor y solidaridad a una Europa paralizada por el terror a la pobreza y la incapacidad para rebelarse contra los mandarines.

3. Suelo ser muy crítico con el consumismo y todo eso de la superficialidad pequeño burguesa que nos obliga a adquirir mercancías y bla, bla, bla, bla... Para colmo detesto la oficialización de los afectos, los besos impostados, los decretos que nos obligan a divertirnos... Me cuesta sin embargo compartir este estado de ánimo tan extendido por el cual parece que lo mejor que podríamos hacer con la Navidad es suprimirla del calendario. Tradicionalmente me han sobrevenido todo tipo de desastres personales y familiares en estas fiestas. Ustedes pensarán que eso es más a favor de la anterior opinión... Pues no, lo que yo deseo, un año tras otro, es que mi madre vuelva a hornear el cordero, que haya regalos, que pongan ¡Qué bello es vivir!, y que mañana, con la resaca de año nuevo, los tipos trajeados de la Ópera de Viena batan palmas al compás de la Marcha Radetzky un rato después de que unos señores con mono amarillo den saltos de esquí. Así soy de convencional, ¿qué se pensaban?


4. La cara hinchada de Iker Casillas en el partido de la fundación benéfica que dirige es el gesto navideño con el cual decido quedarme. Una reacción alérgica producida por algún alimento ingerido le puso la jeta como un cromo.Cualquiera de esas estrellitas que salen al mundo maquillados como una puerta y con el peinado impecable se habrían quedado encerrados rumiando su mala suerte y rezando para que los mofletes volvieran al sitio. (Sí, malvados, estoy pensando en el tontarras de Cristiano Ronaldo, pero no sólo en él) Iker sabía que no podía faltar a ese su partido, era demasiado imprescindible. Bromeó sobre su careto inflado y salió a jugar. Así es este tío.

5-En los próximos días aparecerá una nueva colaboración mía en la revista virtual Ojos de papel. ( http://www.ojosdepapel.com/ )Ya les informé sobre el tema -los zombis- que debatimos recientemente en dicha revista. En esta ocasión hablaremos sobre el impacto de las series de televisión americanas en la actualidad. Les aseguro que merece la pena. A mí me toca comentar el libro Teleshakespeare, de Jorge Carrión. Feliz año, amigos.

Friday, December 23, 2011






LA LOTERÍA

1. Uno de los relatos más intrigantes de ese gran embaucador que es Jorge Luis Borges, La lotería en Babilonia (Ficciones), da por hecho la existencia de una misteriosa Compañía encargada de reglamentar una serie de juegos de azar que determinarán fortunas de todo tipo, desde el enriquecimiento de un individuo hasta su absoluta ruina, desde la realización del más lúbrico de sus deseos, hasta su castigo más feroz, por ejemplo ser mutilado. Los boletos positivos pueden hacer feliz a cualquier babilonio, pero también los hay negativos, que pueden arrastrarle hacia el desastre. Se sortean acontecimientos trascendentes, pero también insignificantes, como añadir un grano de arena a la playa. (Habría que decir que insignificantes solo en apariencia, pues hay resultados de los sorteos que, aplicados pertinazmente durante años, terminan generando revoluciones completamente imprevistas en el orden social de Babilonia)

Como tantas otras veces, el cuentacuentos ciego nos toma el pelo, o acaso habría de decir ese hombre al que Borges se refiere y que se apresura a concluir para nosotros el relato breve sobre la lotería en Babilonia, pues le anuncian mediado el manuscrito que su barco está a punto de zarpar. La lotería ha condicionado la vida de los babilonios desde tiempos inmemoriales, pero sólo a partir de un cierto momento surgió la misteriosa Compañía, cuya misión era garantizar, fiscalizar y organizar los procesos de azar, un azar que no lo es del todo, ya que se desarrolla sometido a reglamentos que los babilonios definen sin dudar como escrupulosos e intrincados, por más que les esté vedado su conocimiento. Como suele suceder con Borges -por eso suma tantos adoradores como hostiles- al final del relato tenemos la sensación de no haber avanzado ni un palmo: todo está donde empezamos, o quizá incluso más atrás. Y, sin embargo -y por eso no he abandonado sus textos, a pesar de que hace mucho ya que descubrí que no había que tomárselo demasiado en serio- creemos saber algo que no sabíamos cuando empezamos a leer. Todo es falso o, al menos, dudoso y equívoco. Con seguridad la Compañía no es exactamente lo que uno piensa, quizá es tan solo una leyenda y no existiera nunca, como algunos herejes insinúan. En ese caso, lo verdaderamente babilónico no es el sometimiento al azar de las cosas de la vida -en esto habríamos de ser todos babilonios- sino la convicción colectiva de que una fuerza perfectamente organizada pero invisible controla el proceso que reparte las fortunas y los dolos.

Ya lo ven, todo el relato gira en torno a una institución cuyos procedimientos se describen exhaustivamente para terminar declarando su precariedad y aún su inexistencia. En aquellos rectángulos numerados que repartían inicialmente los mercaderes y que terminaron arruinándolos, pero que instauró para siempre entre los babilonios la costumbre de regirse por el juego, se contiene una verdad terrible, cuya insoportable evidencia determina el nacimiento de las religiones: el azar determina nuestras vidas.

2. Mi relación con la lotería de Navidad es más estrecha de lo que creen quienes año tras año me ofrecen un boleto y advierten la aparente indiferencia de mi rechazo. No participo porque no crea en la fortuna, más bien es que creo demasiado: temo a la fortuna, por eso, como sucede con aquellos que prefieren morar a las puertas del cielo antes que atravesar resueltamente sus puertas, no sea que ofendieran a los dioses, prefiero asistir al juego evitando resultar demasiado afectado. Es una vana ilusión, porque no se puede vivir de espaldas a la lotería, dado que ya les he advertido que no hemos abandonado Babilonia, pero mi actitud pasiva ante ese juego me permite, siquiera en mi ensoñación, conjurar la peor de mis supersticiones: siempre he temido que la pretensión de que el azar hubiera de elegirme a mí para la gloria ofendía a los caporales de la Compañía, los cuales, sucumbiendo a los primeros impulsos de la irritación contra mí, podrían muy bien vengarse enviandome cualquier calamidad.

Soy, pues, un cobarde, pero mi cobardía me preserva de uno de los peores vicios que asocio a la lotería, en especial a la de Navidad. Secretamente -digo esto porque creo que la gente se niega a reconocer un sentimiento tan intenso y ubicuo- se compra una papeleta por razones opuestas a las que supuestamente impulsan todo el movimiento de la lotería: no queremos que nos toque, pues de ser así compraríamos privada y secretamente cualquier papeleta que nos vendiera un viejo sordomudo en un rincón oscuro, lo que queremos en realidad es que no le toque a nuestros acompañantes sin que nos toque también a nosotros. Por eso la gente juega a la lotería de su empresa o del colegio de sus hijos. No te imaginas a ti mismo llorando de emoción por la fortuna recién alcanzada, te imaginas trágicamente silencioso, simulando alegrarte por la gloria de un compañero o vecino que nunca fue mejor que tú en nada, pero que esa mañana cree poder sentarse a la mesa de los dioses mientras tú sigues marchitándote en el fango.

No amamos al azar pues, en realidad le tememos. A través de la lotería no es tanto que intentemos fomentarlo como que más bien lo confinamos a un día determinado para, de alguna misteriosa manera, exorcizar sus peligros. Por eso todo el célebre ritual que le acompaña: ese runrún de la gente que pregunta si ya salió el Gordo entre los compañeros de la fábrica o la oficina, las tópicas bromas que circulan, los viejos frikis que acuden disfrazados al salón de sorteos... A mí me pasa como con muchas otras cosas, que no me interesa su contenido -ese deseo, en el fondo tan irresponsable, de hacerse rico- sino más bien su música, su liturgia, esa banda sonora de los gritos de los niños de San Ildefonso, esas caras esperanzadas y la cordialidad con la que te sonríen ante la proximidad de la Navidad.

No juego en el Sorteo Extraordinario de Navidad, en realidad no juego a ninguna lotería y hace como veinte años que no hago quinielas. Mi abuela me traía siempre un boleto para que lo rellenara por ella con la pretensión de que se haría rica y lo compartiría conmigo. Veía que yo ponía ganador al Madrid y me decía que no, que rellenara la quiniela a lo loco, pues había oído que cuando de verdad tocaba era cuando ibas contra todo lo lógico y lo previsible. Aquello era falso, pero contenía un fondo decisivo de verdad: el Madrid gana casi siempre, pero solo si le das perdedor, es decir, si eriges el poder de lo improbable contra la lógica, tienes la posibilidad de encontrar la fortuna. Nunca nos tocó, nunca he valorado en exceso la posibilidad de hacerme multimillonario con un golpe de fortuna. Sospecho que no sabría qué hacer si me topara con un gran tesoro y que probablemente se me indigestaría. Pensaría de inmediato en el peligro de ser secuestrado, en la cantidad de tediosas e interminables gestiones que tendría que hacer para poner el dinero a buen recaudo y protegerme de todo tipo de acosos... Yo no sabría, saldría mal. En realidad, creo que me gustaba hacer quinielas para mi abuela por ese vértigo tan fascinante de jugar a prever lo que ha de ocurrir. Hay una impostura muy especial en ello, algo que puede esperarse sólo de un mamífero tan insolente e incapaz de someterse a las leyes de la naturaleza y de la lógica como es el sapiens.




3. Pese a todo me atrae la expectativa del juego, no soy escéptico ante los sorteos de estos días por esa estupidez, en el fondo tan hipócrita, de que "no hay mejor lotería que el trabajo de cada día", una mentira cuya secreto designio adivino que se halla en la voluntad de mantener la sumisión de las masas. No discuto que es nuestra voluntad la que forja el grueso de nuestras vidas, pero es ingenuo ignorar la fatalidad, el disparate incontrolado que se oculta en los orígenes de cualquiera de los devenires en que nos embarcamos. Si quieren, a vueltas con el efecto del azar en nuestras biografías, les hablo de una frase que dije una mañana a un cura del colegio y que ha determinado el resto de mi vida, o un pequeño certificado que se traspapeló el momento crucial y que no tuve la tranquilidad para encontrar en aquel momento ante un funcionario, o de algo que hice sin pensar aquella tarde y que probablemente no habría ocurrido si lo hubiera pensado sólo dos minutos más, con lo que mi peripecia vital habría cambiado para siempre...

Borges tiene razón, la Compañía está detrás de todo, aún en el caso de que su existencia sea sólo una vieja leyenda. En cualquier caso voy a seguir sin jugar al Sorteo de Navidad. Hace unos años, con motivo de un viaje de verano al pueblo de Sort ("suerte", en catalán), cumplí para numerosos familiares y amigos el encargo de comprar lotería en la célebre delegación que -supuestamente gracias a los conjuros de "La Bruixa d´Or"- ha conseguido crearse la aureola de especialmente afortunada. Recuerdo a miles de personas pasando para comprar cualquier cosa relacionada con sorteos que aquel lugar vendiera, cómo pasaban estúpidamente la mano por la nariz del ridículo monigote de la bruja, la cara mezquina del lotero, ese tipo podrido de dinero que factura millones de euros cada día a cuenta de la credulidad humana y que dicen que planea pagarse una excursión por el espacio con la NASA. (No se preocupen, me fijé bien en su cara, ese hombre no es feliz, no sabe qué hacer con su dinero, y, al mismo tiempo, sería incapaz de renunciar a él, el pobre no tiene otra cosa). La gente no parece saber que Sort, o Doña Manolita o, cualquiera de los chamanes de la ignorancia contemporánea tientan a la suerte con procedimientos tan poco mágicos como el de extender ad infinitum su oferta a las compras por internet -supongo que habrá una bruja virtual por la que, también virtualmente, pasará el boleto que compramos-, lo cual supone que si toca el Gordo o algún premio importante en su estafeta es porque, en realidad, el caballero compra una enorme cantidad de la lotería que luego venderá a miles y miles de incautos.

Recuerdo que aquella mañana, tras salir hastiado del lugar, subí una montaña y contemple desde su cima los Pirineos. Después bajé al pueblo, tomé una cerveza mientras escuchaba el rumor del río de la Noguera Pallaresa donde jugaban los niños con sus barcas... Y pensé en la enorme fortuna de estar vivos.

Friday, December 16, 2011








EL AGORA




1.Los atenienses del Siglo de Pericles se reunían en el ágora, una gran plaza abierta que constituía el centro de la vida comercial y política de la polis. No conviene dejarse marear por el empeño de los seguidores de Sócrates en desacreditar a la Ecclesia, primer régimen de gobierno democrático de la historia, y al que declaraban envenenado por la demagogia de los sofistas y el caos de los múltiples intereses particulares. Platón tenía sus razones para odiar a la Asamblea, cuyos mayoría aprobó la condena a muerte a Sócrates. El suyo fue un momento políticamente convulso, seguramente propenso a este tipo de barbaridades, y nadie ha dicho nunca que los pueblos no se equivoquen. Demasiado a menudo aquellos griegos prestaban oídos a halagadores y corruptos que aprovechaban el turno de palabra para engatusarles con el poder persuasor de su elocuencia.

Tampoco es gratuito el reproche de que aquella democracia contenía lo que, desde nuestra perspectiva moderna, constituye una profunda contradicción: la sociedad helénica era esclavista, como lo fue insistentemente el mundo antiguo hasta que el mensaje cristiano tuvo la fuerza suficiente como para convertirse en referencia ética fundamental de esta pequeña península de las estepas asiáticas que conocemos como Europa. Ciertamente la Asamblea gobernaba de manera directa, con espíritu de referendum vinculante, y se cuidaba con reglamentos muy escrupulosos de que a ningún ateniense le tentara apoderarse de las instituciones y arrogarse una representación que nadie habría de concederle. Sin embargo el principio del gobierno inmediato por las masas, traducido en la celebre consigna -"un hombre, un voto"- no oculta ante nuestros ojos la evidencia de que la categoría de ciudadano sólo se atribuía a un sector relativamente pequeño de la población total de Atenas, de manera que quedaban excluidos de la Asamblea las mujeres, los metecos (nacidos en el extrajero) y, por supuesto, esa absoluta mayoría silenciosa constituida por los esclavos.

La gran pregunta que nos plantean hoy el 15-M y otros movimientos con espíritu de reivindicación popular y participación no mediada en la gestión de los asuntos públicos -como la Primavera Árabe o los Indignados de Wall Street- es si resulta posible trasladar a la actualidad el espíritu del ágora antigua, entendiendo que, en este caso, el carácter "abierto" de la Asamblea implica su universalidad, eso de lo que precisamente careció la democracia fundacional en la polis.

Algunas personas piensan que Internet podría hacer posible este viejo sueño. Empatizo profundamente con esta expectativa, pero creo que la gran reflexión colectiva en medio de la que nos hallamos está todavía por madurar. No me preocupan todavía en exceso las indudables dificultades técnicas de un procedimiento asambleario donde la apertura del ágora fuera sustituida por una virtualidad desespacializada que podría muy bien simular la participación ciudadana en vez de potenciarla. Y ya sabemos de qué manera tan obscena se resuelve la lógica de las mayorías en internet, donde la apoteosis de la democracia es el número de entradas que tiene la última gilipollez de Lady Gaga o los resultados de un sondeo sobre si Zp tiene la culpa de la crisis. Lo que verdaderamente me interesa es concretar por qué hemos dejado de creer en la representación, que es lo que realmente está en juego en todo este asunto.


Los griegos jamás habrían aceptado que otro gobernara por ellos; de hecho estaba muy mal vista la costumbre de rehusar la asistencia a la Asamblea, una actitud propia de gente mezquina y que prefería entregarse a cualquier causa privada antes que pronunciarse sobre los asuntos que afectaban a la convivencia y a la salud de la ciudad. La democracia contemporánea se sostiene sobre la hipótesis de que podemos ser representados, es decir, que debemos confiar en personas expertas en la administración de la res pública a los que votamos cada periodo, descargando sobre sus espaldas la responsabilidad de decidir lo que habrá de ser de todos. Son poderosas las razones por las que hoy muchas personas, en especial personas jóvenes, dudan de que las instituciones partidarias dedicadas a obtener la representación para gobernar sean -como proclaman serlo- herramientas de una voluntad colectiva. Sin embargo, creo que determinadas consignas -muy populares durante los momentos más intensos de la movilización que vivimos antes del verano- dan por hecho imprudentemente que podemos vivir sin partidos ni sindicatos, instituciones mediadoras que, con acierto o sin él, configuran un sistema de mediaciones sin los cuales, las masas podrían quedar peligrosamente desamparadas ante riesgos como el de las tiranías y los populismos.


En cualquier caso, con o sin políticos profesionales, lo que pone sobre la mesa este nuevo movimiento social, que no estaba contemplado en el programa de nuestra aún joven democracia, es que tenemos la obligación de ejercer presión sobre los poderosos -los que gobiernan desde las instuciones, pero también, o sobre todo, los que lo hacen desde el capital-, obligarles a que se nos escuche y pronunciarnos enérgicamente ante los desmanes que tan frecuentemente cometen.

2. Me causa una profunda repugnancia la campaña publicitaria con la cual una importante empresa de telefonía se inspira en el 15-M para crear una atmósfera de "buenrollismo" en torno a la mercancía que vende, cuyo mercado es fundamentalmente juvenil. Discrepo sin embargo de alguna opinión que ya he visto circular por la Red, según la cual la campaña parodia el movimiento de los Indignados.


El del marketing es un mundo sumamente complejo, tanto como el que rodea la conflictiva personalidad de Don Draper, protagonista de la fabulosa serie televisiva Mad men, que gira en torno a una empresa de publicistas de la Avenida Madison de Nueva York en los años sesenta. Mad men debe ser vista por cualquiera que quiera interesarse por un relato televisivo que, además de brillante e inspirado, acredita una factura escrupulosamente respetuosa con el espectador, al que, al contrario de lo recurrente en cuestiones televisivas, deja de considerar como un ente pasivo, adicto y fácilmente manipulable. Pero, sobre todo, debe verse -y se me ocurre que debería ser de visionado obligatorio en institutos y universidades- si lo que se pretende es entender las claves del capitalismo contemporáneo. Recuerdo el modus operandi de Draper -todo un cool hunter de hace casi medio siglo, cuando tal concepto ni siquiera existía- y se me ocurre que lo que pretende la campaña citada, lejos de burlarse de los Indignados, es capturar su reflujo, seguir las buenas vibraciones de su estela para provocar la empatía de una potencial clientela que es sobre todo juvenil. El problema es que no les ha salido, seguramente porque una cosa es ir de cazador de tendencias por el mundo y otra es ser, de verdad, como Don Draper, es decir, publicista de talento.

Analicen cada uno de los anuncios que constituyen la ambiciosa campaña. Son asambleas populares que deciden cómo ha de configurar su oferta de telefonía móvil la empresa en cuestión. Se diría que crean una presión popular sobre los ejecutivos de la empresa, a los que uno imagina como unos tipos más bien oscuros que se remueven dentro de sus trajes, ansiosos de que la gente les diga exactamente lo que deben hacer para satisfacerla. Democracia en estado puro. Se nos intenta insuflar la idea de que, en tanto que consumidores, podemos obligar al capitalismo a plegarse a nuestros deseos. En la medida en que seamos muchos, a éste le será más difícil resistirse, un principio que ha hecho mucha fortuna en el mundo de las telecomunicaciones de consumo, pues se asume que en la medida en que se multiplican los usuarios de una determinada red, el coste de la misma se abarata.

Los spots recogen vagamente algo de la atmósfera que se respiraba en los campamentos, pero lo hacen con bastante torpeza. Alguien propone en tono de ciudadano exigente una oferta de precios por llamada, hay quien le apoya y quien exhibe su discrepancia, un viejales suelta una gracia que la gente ríe, una señora de mediana edad aprovecha la coyuntura para hacer una insinuación sexual hacia un vecino más joven que ella, la masa asamblearia vitorea y aplaude... El mundo del gran capital ha sido derrotado, pues la maquinaria productiva queda sometida al empuje de la voluntad popular. El pequeño problema es que lo que han conseguido no es un buen remedo de las asambleas del 15-M, más bien se parece a la serie Aida, una comedia de situación particularmente cutre y particularmente exitosa de Tele Cinco que tiene esa virtud tan sainetera de provocar hilaridad de la gruesa a partir de la supuesta sabiduría de las clases populares.

Las asambleas ciudadanas promovidas por los Indignados son otra cosa, desde luego. De ellas, esta campaña publicitaria sólo es un torpe simulacro, casi una parodia, aunque no sea esa su intención. Me parece más cercana al espíritu de aquellas asambleas la contracampaña que circula últimamente por la Red. No se la pierdan, sabrán algo más sobre la potente empresa de telefonía que nos va a hacer a todos más libres y felices vendiéndonos sus aparatitos.
http://www.youtube.com/watch?v=z9fagh8RA70