Friday, July 03, 2009











SANGRE


1. Presencio la escena nada más abandonar el patio del bloque donde tramo mi vida con la intención -les aseguro que sincera- de no hacerle daño a nadie. Un tipo de unos veinticinco -con músculos de gimnasio, tatuajes, sin camiseta, con un automóvil de alta cilindrada y con alerones y pegatinas de discoteca y la música para lobotomizados a toda hostia- saca su cabeza por la ventana y empieza a insultar y amenazar al de delante porque, habiéndose detenido más tiempo del conveniente, está ralentizando el paso del descerebrado en cuestión. La carga de violencia que, sin mediar provocación, exhibe este último es tan desproporcionada que uno pierde el tiempo pensando que el consumo de drogas está haciendo enloquecer a un gran sector de la juventud. Con o sin cocaína -esa que hace "perder la calma a gente sin alma", como dice Joaquín Sabina- ese tipejo acabará pegando a la incauta que intime con él o enviando al hospital a cualquier viejales desgraciado que le plante cara en una calle estrecha. Tampoco me interesa si hay demasiada presión laboral, hipotecas que pagar y miedo al paro, todo lo cual, según algún psicólogo indulgente, predispone a la violencia que últimamente se detecta de forma creciente en nuestras calles y, sobre todo, en nuestras calzadas. Todos vivimos en cárceles de prisa y estúpida urgencia, pero no todos nos dedicamos a amedrentar a la gente y a intentar sacar de la carretera a los débiles, los lentos y los que titubean, práctica muy común entre tanto y tanto Fernando Alonso de pacotilla que cabalga por las carreteras. Me divierte mucho esa tendencia tan extendida entre la plebe de rechazar las normas de tráfico y la labor sancionadora de policías y guardia civil porque "solo tienen afán recaudatorio". Yo creo que hay que sacar a los violentos de las carreteras... Los sacaría también de las calles, pero creo que al volante son mucho más peligrosos.


2. Esta primera reflexión sobre la violencia que nos rodea me asalta recurrentemente al inicio del verano. Empieza el calor, así tituló Chester Himes a uno de sus más sangrientos relatos. No sé si el incremento a veces muy abrupto de la temperatura hace subir igualmente el termómetro de la irritabilidad, aunque creo que tiene que ver más con el efecto paradójico que provoca la proximidad de las vacaciones, un efecto que quizá ya hayan observado ustedes los viernes por la tarde, cuando la gente, ambicionando el reposo, se introduce en el atasco de tráfico con más urgencia y más agresividad en el alma de la que arrastra cualquier otro día. Curioso simio el humano, sí.
3. El final de mi lectura de Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, coincide con la visita a Valencia de la exposición de los grabados de Goya. Este pintor fue una anomalía salvaje, una figura irrepetible, uno de esos genios tronantes capaces -como Beethoven, curiosamente ambos eran sordos- de convertir la cólera en inspiración y en belleza. No es sin embargo la belleza lo que caracteriza a los grabados, en especial los de la serie titulada Los desastres de la guerra, cuya maestría en describir minuciosamente los paisajes del horror y la crueldad nos lanzan un estremecedor interrogante : ¿realmente vio todo aquello que dibujó?

4. Meridiano de sangre es, como La carretera o No es país para viejos, un relato conmovedor: puede abandonarse su lectura, pero no deja indiferente. Se trata de una historia de frontera. Un joven del que no llegamos a saber su nombre -el chaval- es protagonista de una historia repleta de cadáveres donde, a veces, el mayor problema parece ser si quedan vivos suficientes para enterrar a los muertos. Pese a algunas deficiencias propias de un narrador algo asilvestrado, Meridiano tiene la fuerza imponente de los grandes relatos, de lo cual es síntoma la sensación que el lector tiene de que el autor ha vivido efectivamente los hechos que van acaeciendo ante sus ojos espantados.
Hay autores sin los que uno ya no puede vivir. McCarthy puede hacernos llegar a creer que este es un planeta inhóspito y que nuestra raza está, con todo merecimiento, destinada a la desaparición y el olvido. La sangre no corre en su historia de cuatreros y mercenarios de frontera con "justicia y honor", como en los viejos cantares de gesta o en el western cinematográfico clásico... Las páginas se tiznan de rojo tan solo porque la vida se vende barata en aquellos territorios entre mexicanos, indios y blancos desalmados. Enviado a la "causa justa" -limpiar ciertos territorios de aborígenes hostiles- el grupo de Glanton y el Juez Holden terminarán revolviéndose contra quienes les pagan y convirtiendo cada pozo de agua, cada aldea, cada moneda de oro en una buena excusa para exhibir la propia fuerza, que no es otra que la de aterrorizar a todos los que le rodean.


5. ¿Se construyen las naciones gracias en parte a grupos como éste? ¿Aseguran nuestra fronteras y nuestra prosperidad civil bandas de asesinos sin escrúpulos? Lo que llamamos Estados Unidos, España, Paisos Catalans... ¿son el resultado del puro derecho de conquista? La identidad colectiva de la que disfrutamos apaciblemente, ¿se ha levantado desde la derrota, la esclavitud o incluso el exterminio de otros muchos que estuvieron antes y que tenían, por tanto, más derecho a quedarse?

6. El filósofo francés Alexandre Kojeve, prestigioso intérprete de los textos de Hegel en los años treinta, diseñó una teoría a la que se ha denominado "Terrorismo histórico". Según Kojeve, verdadero en historiografía es aquello que los ganadores deciden que es verdadero. El planteamiento va mucho más allá de aquella vieja y sensata advertencia de que la historia la escriben los ganadores. No, no, Kojeve afirma que no hay protesta ni impugnación posible hacia la Historia, que son la sangre y la conquista la que imponen su criterio y que no hay verdad accesible más allá de ello. Así, las idelogías miden su grado de verdad por su "éxito" en la historia, de tal manera que la realización en la praxis de su proyecto sería suficiente para absolver a un tirano. Lo que tiene de nazi o de estalinista está visión es directamente proporcional a lo que tiene de apología de la violencia.


7. Mi problema con McCarthy es que su decidida vocación de no ofrecer paz al lector se asocia a medida que uno corre sobrecogido las páginas a una atmósfera tóxica donde nada, absolutamente nada, justifica nuestra presencia en este rincón del cosmos. Tras los momentos de paz de los que frágilmente disfrutamos ahora mismo usted y yo, sólo se encuentran la violación y el asesinato de las mujeres, el extermino de los niños y los huesos de tantos y tantos que quedaron en el camino arrollados por el "Progreso", cuyo secreto designio no es otro que perfeccionar las tecnologías destructivas. No hay humor, solo cinismo; no hay un proyecto moral, solo supervivencia. Si leen La carretera entenderán por qué creo que es la mejor novela de MacCarthy. Su paisaje es el más desértico y desolador de toda su obra, la vivencia que relata no puede ser más pavorosa... Y sin embargo, en ese padre, que cruza junto al niño miles de kilómetros de una carretera con un carro de supermercado rumbo al mar, hay algo, un objetivo, siquiera el cumplimiento de una promesa, que no aparece en Meridiano. Por eso el final de esta, pese a todo, maravillosa novela me dejó helado.
8.Hubo un tiempo en que creí demasiado en serio esa idea atribuida a Heráclito de que la conflagración es el principio y la madre de todas las cosas. Lecturas planas y abusivas de Nietzsche parecen encontrar en él el principio de que el sentido y la sabiduría surgen del campo de batalla. Lo que llamamos la verdad no son sino "chispas que se levantan de las espadas enfrentadas". Hoy entiendo los textos de Nietzsche y del de Efeso de manera muy distinta, desde luego, y se me ocurre si este tipo de interpretaciones tan simplistas no sirven para mucho más que justificar la afición de algunos por los videojuegos sangrientos o por esos entretenimientos pueriles de fin de semana donde hombres hechos y derechos se dedican a tirarse pintura o balas de juguete. Ojalá, en cualquier caso, se conformen con eso y no les dé por invadir Polonia, bombardear Iraq, matar a golpes a su señora o atropellarme con su cochazo rojo con alerón.

Saturday, June 27, 2009















MICHAEL JACKSON Y NEVERLAND

La idea, muy escuchada y leída en las últimas horas, de que “el personaje devoró al artista” es completamente cierta, pero deja escapar las razones principales por las que ahora mismo velamos un cadáver como si se tratara de un Dios recién crucificado. Michael Jackson fue, ciertamente, un artista genial, un innovador, un osado creador que transformó los códigos del pop, obligando a toda estrella que se precie a posicionarse sólo a partir de lo que él hizo. Yo he llegado a quedarme petrificado en medio del Carrefour mientras una pantalla pasaba el video de una actuación de hace veinte años. Esa misteriosa química entre el ritmo de la música y la danza, esa gestualidad integral, desde los pies hasta los gestos faciales… Ante las mamarrachadas de los héroes del rock duro o la gelidez falsamente erótica y provocativa de Madonna, se diría que Michael es “verdadero”, se diría que la tramoya del escenario y los vestidos de lentejuelas apenas añaden nada al chico de ghetto que muestra su habilidad natural para hacer feliz a la gente.

Pero no es solo un icono de la cultura porque tuviera gracia para moverse sobre un escenario. Desde Jackson -tanto como desde Elvis o Lennon- los artistas han de danzar en un escenario, dirigirse a los fans, posicionarse ante las guerras, crecer con estrés postraumático o sufrir de fobia social de nuevas maneras, lo cual supone que, de alguna forma, todos hemos de vivir de una forma nueva. De lo contrario no hablarían Internet o los telediarios de la nube de dolor que se ha extendido por el mundo tras la muerte del Rey. El personaje devoró al artista, sí, pero ya hace demasiado tiempo que hablar de Michael Jackson era hablar de algo más que un negrito que bailaba bien.

Baudrillard definió a M.J. como un “mutante solitario”. Nuestra era está llevando a sus últimos extremos la cultura que asocia la voluntad de autoconstrucción del sujeto proveniente de ideologías románticas del XIX con las posibilidades de transformación del cuerpo que deparan los avances de la tecnociencia. Cuando Baudelaire reivindicaba al dandy, no solo intentaba epatar a la bourgeoisie de París, estaba en realidad recogiendo toda una visión de la vida cuyo designio era la necesidad de construir la propia identidad. Explorado hasta sus últimos confines el principio ilustrado que exige la autonomía moral a un sujeto que ya no puede excusar su cobardía en las tutorías ya agotadas del Ancien Regime, lo que planteó el siglo XIX desde los Románticos y los Simbolistas hasta Schopenhauer o Nietzsche fue la radical indeterminación del ser humano, criatura obligada a “hacerse ser” en cada momento, sin más remedio que constituir día a día su propia verdad. Esa experiencia de la libertad que se reclama es angustiosa porque no deja más responsable de mi éxito o de mi catástrofe que yo mismo.

De esa tempestad filosófica las obsesiones de automodelaje que lideró Jackson son solo un pálido reflejo tamizado por la ideología consumista, una parodia si se quiere. Michael decidió cambiar centímetro a centímetro su cuerpo porque no le gustaba nada de lo que encontraba en él. Cuando me fijo detenidamente, todo en mi cuerpo –las bolsas en los ojos, la forma de la cabeza, las arrugas que empiezan a hendir mi sonrisa- testimonia el paso por el mundo de generaciones de gente de la huerta, de íberos, de judíos o de árabes, da igual, de mujeres que odiaban a sus maridos y de ramas genealógicas que vinieron huyendo de vaya usted a saber qué. ¿Por qué cargar con todos ellos? Michael empezó operándose la nariz porque dijo no querer que nada en su cara le recordara a su padre, un negro mezquino que vio en la explotación de sus pequeños la mina de oro que pasa su vida buscando inútilmente la mayor parte de la gente.

Pero aquello solo era una excusa. El neurótico perfeccionista que fue Michael en su profesión le llevó a aplicar la solución final todos los rasgos de “oscuridad” que le devolvía el espejo. Como con la Coca-Cola, el secreto de la fórmula para despigmentar la piel se ha convertido en leyenda urbana que, sospecho, va a sobrevivirle. ¿Por qué cargar con la condición de nigger? ¿Por qué, en realidad, cargar con cualquier condición? Michael representa en realidad una post-raza, su hibridación, completada con el desrizamiento del pelo, es la aplicación neuróticamente minuciosa de una tecnología de poder cuya superficie de operaciones es el cuerpo. De igual manera, Michael es un post-género, un andrógino al que ni siquiera hace falta la excusa gay para revolverse contra la condición sexual heredada. Todo puede elegirse. “Lo quiero todo… y lo quiero ahora”, es el principio supremo de la cultura del consumo, donde el producto privilegiado ya no es una mercancía sino los gadgets biológicos que nos proporcionarán el cuerpo que deseamos. Como los personajes de los cartoon de la tele, podremos caernos desde un precipicio y seguir tan campantes, podremos retorcer una y otra vez nuestra nariz, nuestros pechos, nuestros penes, nuestros labios… Dejaré, como Michael, de ser un hombre, un hombre que hace cosas que merecen la pena, y me convertiré en un monstruo de Frankenstein.

Deberíamos todos llorar a Jackson. Él encarna al dios de la mutación permanente que promete librarnos de todas las cargas que nos han subido a la chepa desde que nacimos. Ya no solo somos culpables de ser malvados o de haber fracasado, ahora también de ser feos, gitanos o tediosamente masculinos. Michael es artificial, una máquina en el sentido más Andy Warhol de la palabra… De alguna manera, ha preparado el camino para que el humano sea sustituido por la máquina, pues su proyecto es la exterminación de todo rasgo aleatorio, de todo aquello que nos cae encima simplemente porque nacemos.

Es indisociable de toda esta cultura del auto-self la tentación de irresponsabilidad que la sustenta. Se dice que Michael no quiso crecer. Es cierto, la condición adulta es pavorosa. Herencia del padre de los Jackson –un hombre pobre- es la pretensión de que el dinero lo compra todo. Pero no se puede comprar con dinero la inmortalidad, por más que Walt Disney esté criogenizado. Usted y yo sabemos que, a cada segundo, nos precipitamos un poco más hacia el envejecimiento y la muerte… pero ya aprendimos hace tiempo que esa era la regla del juego. Nadie puede ser más desgraciado que quien se cree con derecho –por su fama, por su dinero, por su talento, por lo que sea- a no aceptar esa regla.

Con cincuenta años parecía una criatura infernal, un engendro producido por una legión de cirujanos desaprensivos y codiciosos, incapaces de hacerle ver a él y a su familia que lo que necesitaba no era otra nariz sino ser internado en un psiquiátrico. Encerrado en Neverland, no dejo de imaginarme un país de pesadilla, lleno de estúpidos juguetes y colores pueriles para recrear la impostura de un mundo de muñecas, un reino falsamente apartado de lo único que es irresistible excepto para los dioses: el tiempo. Jamás creí que abusara de niños. Los tocaba, jugaba con ellos y los abrazaba, ¿para qué sodomizarlos? Podía incluso acostarse con ellos tan solo para que le transmitieran esa mágica intemporalidad en que vive la infancia. Quizá en eso consiste el abuso, la verdadera explotación de los niños, pero acaso entonces todos seamos abusadores de niños, pues todos buscamos en su proximidad un paraíso de irresponsabilidad que
se nos escapó para siempre.

Neverland es como el Graceland de Elvis o el Xanadú del Hearst que retrataba Welles en la figura de Kane: paraíso artificial, impostura de un reino sin dolor. Demasiado dinero y demasiada fama crean la falsa expectativa de que uno puede sustraerse a las reglas que rigen el cosmos. Peros tales mansiones son siempre el refugio del triunfador que ya no sabe a dónde ir. Neverland se llama así porque de allí ya no se sale vivo, no –como Michael creía- porque allá hubiera el tiempo de detenerse. La muerte se encarnaba en las infecciones, de las que se protegía neuróticamente con una máscara. Amaba a sus fans, pero temía que le tocaran, que le transmitieran la lepra, los piojos, la peste y todas las viejas pandemias de las masas famélicas. Visualizo al Michael de dentro de dos décadas, si hubiera sobrevivido, como la Norma Desmond de Sunset Bulevard, que empieza cuando una vieja diva del cine ya olvidada y su criado entierran solemnemente a su chimpancé en el barroco escenario de una mansión de pesadilla. Pero acaso no podía vivir. Dijo Cioran que “quien no muere joven, merece morir”. Quizá mejor así, antes de saber que el sueño es irrealizable y que termina convirtiéndose en pesadilla. Solo los desgraciados quieren ser Peter Pan hasta la muerte.

Apenas hay imágenes de Neverland, pero parece ser un parque de juegos para atraer a los niños, una casa de chocolate para Hansel y Gretel. Sin darse cuenta, Michael optó por intentar ser feliz viviendo en otros, haciendo felices a los niños. No tengo ninguna duda de que algo se le atravesaba por dentro como un cuchillo cuando los veía llorar y sufrir de hambre y de guerras. Nada es más escandaloso que el sufrimiento de los niños, y Michael veía reflejada su propia imagen infantil –niño explotado, sin derecho a la infancia- en la de aquel niño que acabó por traicionarle y provocó su ruina. De alguna manera, toda Norteamérica es un poco Neverland: un mundo irresponsable y pueril repleto de tío vivos y caballos de chocolate, un gigantesco parque de atracciones destinado a la euforia que termina reflejando el vacío de una existencia sin sentido.

Pero no se preocupen, no hemos perdido a Peter Pan. Ahora empezarán a promocionar todos sus fetiches hasta el hastío. Sus adoradores escamparán que fue asesinado, como Lady Di, por un contubernio de los altos poderes, o que en realidad, como Elvis, nos han hecho creer que ha muerto pero en realidad está vivo y pronto habrá quien diga que lo ha visto caminando por una calle de Jamaica o de Bali…









Saturday, June 20, 2009








ESPECULACIÓN






Resulta tentador formar parte del lloroso ejército de las víctimas. Son otros entonces los culpables de mis males... Lobos de mirada aviesa y a los que, si uno se fija un poco, resulta que les brilla un colmillo. La crisis económica que se ha instalado a lo largo y ancho del planeta se desencadenó a partir de las subprimes -hipotecas basura norteamericanas-, o lo que es lo mismo, ha sido la inagotable codicia de banqueros y especuladores la que nos ha llevado irresponsablemente a la ruina. Es posible que por el camino hayan caído con estrépito algunos cuerpos orondos, pero estamos muy lejos de tener que ir mirando al cielo cuando paseemos por Wall Street por si se nos echa encima algún millonario precipitado al vacío tras saber que sus acciones ya no valen nada. La razón, partiendo de la base de que quien se ha forrado de pasta es el más pillo, es que los grandes ejecutivos e inversores de este gran casino de especuladores en que se había convertido el capitalismo tenían ya muy bien pertrechados los paracaídas.

Este fenómeno explica por qué cuando se han intervenido bancos por los gobiernos en distintos países como EEUU o Gran Bretaña, los irresponsables gestores que habían llevado la empresa a la catástrofe hubieron de ser "despedidos" con multimillonarias indemnizaciones porque ya se habían encargado ellos anteriormente de blindarse por si esto pasaba. Paradojas estamos presenciando unas cuantas últimamente. Por ejemplo, se habla alegremente del regreso de la doctrina Keynes, aplicada con éxito desde el crack del 29 y que supone otorgar al Estado poder de intervención real en la economía. No se trata ya solo de funcionar como entidad reguladora, sino de convertirse en genuino inversor, todo lo cual supone la liquidación definitiva del sueño dogmático del liberalismo heredado de la tradición de Adam Smith: el principio de la Mano Invisible o, lo que es lo mismo, la idea de que el Mercado genera prosperidad en las sociedades sin requerir más regulación o control que su propia dinámica interna. Tengo la sospecha de que el renacer liberal de las dos últimas décadas, propiciado a partir de las doctrinas Reagan-Thatcher, era un poco de mentirijillas, un salto con red... Los grandes financieros siempre pensaron que podían aumentar la burbuja especulativa, pues el día que estallara ellos estarían blindados, y en cualquier caso el Estado acabaría interviniendo para reflotarlas y evitar el desastre. La paradoja consecuente la hemos presenciado en los últimos meses: al inyectar liquidez sobre las bancos, lo que está haciendo el ejecutivo español es pedirnos dinero para dárselo a los banqueros de manera que estos puedan después prestárnoslo... obviamente con un magnífico interés.
Claro que toda esta trama surrealista solo es una parte del relato de la crisis. Acabo de terminar el último ensayo que la admirable editorial Anagrama publica a Vicente Verdú, El capitalismo funeral. La crisis o la Tercera Guerra Mundial. Verdú cultiva un estilo de análisis que, dependiendo del humor del que uno se levante, puede llegar a resultar hipnótico o irritante, lo cual le acerca -todavía más- a su verdadera fuente ideológica: el filósofo francés recientemente desaparecido Jean Baudrillard, cuya mirada resultó siempre particularmente sugestiva pero también, en ocasiones, delirante. La prosa de Verdú guarda mucho del sabor los mejores textos de Baudrillard, una lógica misteriosa que parece hacerse fuerte a partir de su propia paradoja, un discurso seductor y que, de alguna extraña manera, se hace sitio solo a partir de su radical imposibilidad, como si sólo se pudiera decir lo que se dice a partir de la metáfora. ¿Retórica hueca y esteticista? Se recusa el pensamiento francés desde Lyotard y desde antes en esos términos, en gran medida por una asimilación simplista y por tanto cómoda de la etiqueta de "postmodernidad" . Leamos pues.






La metáfora que hace posible interpretar el mensaje del texto es la que asocia la crisis global que padecemos con ese concepto ya convertido en categoría filosófica llamado Tercera Guerra Mundial. Después de una larga fase de economías expansivas, las grandes potencias estarían ya maduras para dirimir sus diferencias a cañonazos. Si eso no ocurre -aparentemente- es porque ahora los cañones disparan algo peor que obuses de mortero y, sobre todo, porque los efectos devastadores de la guerra sobre el enemigo se están consiguiendo por otros canales menos sangrientos. Cierre empresarial masivo, colapso de la actividad inversora, paro, conflictividad social... Diríase incluso que la presencia masiva en nuestros arrabales de grandes edificios vacíos, de los que no pudo venderse ni una vivienda, son efecto de la bomba de neutrones, que mata a todo bicho viviente pero deja incólumes las instalaciones (cómo mola). En todo, y sobre todo en las mentes, nos hallamos en medio de una nueva gran guerra global. Esta hipótesis puede parecer sugerente -a mí, una vez leído el libro, me lo parece francamente- o la boutade de un sociólogo sin rigor académico y muchas ganas de epatar y vender libros.
No obstante, el punto en el que este luminoso escrito de casi doscientas páginas empieza de verdad a dejarme poso es ese en el cual pone entre interrogantes los clishés a los que hemos acostumbrado nuestro pensamiento en relación a la crisis. ¿Especulación y dinero tóxico? En realidad el capitalismo fue especulativo siempre. Jamás hubiera alcanzado el éxito si, junto a la mesura y el equilibrio del inversor tradicional, no hubieran aparecido esos aventureros que se dispusieron como visionarios a arriesgar capitales, mercancías y vidas para abrir una nueva veta de mercado en las selvas y los desiertos donde nadie se atrevía a internarse. La prosperidad que asociamos al capitalismo y de la que disfrutamos no se habría conseguido sin esa necesidad de aumentar el valor del dinero que obsesionó a quienes, como Luis de Santangel, tuvieron luces y osadía para financiar viajes tan delirantes como el de Cristobal Colón a las Indias. El ciclo se repite de forma recurrente, dice Verdú: cuando sobreviene una nueva crisis, el dedo acusador se lanza sobre los especuladores como genuinos responsables del desastre.


Este razonamiento, discutible pero sumamente astuto, conduce mi reflexión hacia la cuestión que da sentido a este artículo: ¿somos los ciudadanos simples víctimas de la maldad de los depredadores del capitalismo? No pretendo refugiarme en la comodidad del "todos son culpables", maximalismo que lleva la búsqueda de causas a un terreno tan difuso que estrangula la posibilidad de distribuir responsabilidades, pero creer que los culpables de todo son unos cuantos malvados es también una manera de no asumir las propias.

Seamos claros, la mayoría de las personas que conozco han vivido durante la última década por encima de sus posibilidades. La máxima de que endeudarse es sano, correlativa a la de que solo los cutres dejan de pedir préstamos al banco, ha sido un factor vertebrador de la conducta de los españoles durante estos años. Dejenme que les haga una pequeña radiografía del asunto.
Conozco personas que, cada vez que un inmigrante ilegal roba en el supermercado, la hija de los vecinos se queda embarazada o dos gays se casan, insiste en el remoquete de que "con Franco vivíamos mejor", pero se olvida entonces de que en los últimos años ha instalado un sistema de calefacción maravilloso en toda la casa, se ha comprado un coche de veinticinco mil euros y paga televisión por cable para ver el canal de Play Boy y los partidos del Madrid. Conozco a tipos muy grises y muy paletos que me han explicado cómo poner la boca para beber vino y la diferencia entre el caviar de esturión y el de salmón... ellos, que jamás supieron distinguir el tocino de la velocidad y que se pasaron la vida viendo películas de Ozores. Algunos se consideran expertos en invertir en bolsa y se han llenado la casa de libros hermosos que no piensan leer y DVDs que jamás visionarán.
Este país está lleno de listos. Conozco a funcionarios muy traumatizados por las últimas debacles electorales de la izquierda que se las arreglan para pillar duros de las maneras más corruptas y mezquinas. Hay simpáticas ancianitas que alquilan casas como las de el piso que tengo arriba, y que pueblan sin contrato y de forma cíclica de prostitutas que simulan orgasmos tremendos a las cinco de la mañana, solteros que organizan fiestas y me inundan de agua el balcón... Cada vez que pido cuentas a la ancianita se me escapa por peteneras, me reconoce que son "una gentuza", pero no parece tener la más mínima intención de reprenderles ni pierde la alegría que mensualmente le supone cobrar una buena pasta en negro a fin de mes con la que se va con sus amigas a jugar al bingo. Eso sí, las vecinas que le conocen "de toda la vida" dicen que es una gran persona y que comulga semanalmente y me ponen mala cara cuando les muestro mi visible irritación.

Las frases típicas de usureros se extienden a toda la ciudadanía, lo cual quiere decir que también se extiende el espíritu y la ideología de tales hijos de puta: "Su dinero me interesa", "la empresa debe ganar siempre" o mi preferida "Ese no es mi problema"... Fórmulas de este tipo, por lo visto aprendidas en libros de autoayuda para convertirse en líder me llegan y no de labios de depredadores de Wall Street, sino de mis vecinos, mis amigos y mis compañeros de trabajo. Este país está lleno de listos que creen poder vivir sin trabajar, merecer ostentar grandes fortunas, robar impunemente a la comunidad... y que no tienen después ningún recato en echar la culpa de todo a ZP o a los inmigrantes.





Seamos sinceros: es la alegría con que la gente común ha acudido al banco a pedir gigantescos créditos para comprarse casas nuevas con garaje a las que creían tener derecho lo que ha propiciado la actual angustia. Conozco muchas personas que han comprado varias casas pensando que el precio seguiría subiendo y que después las venderían y se forrarían. Es un procedimiento muy astuto y perfectamente aceptable dentro de la lógica del capitalismo financiero en que nos hallamos, pero democratizar los procedimientos especulativos no los hace más nobles ni menos tóxicos. Si la culpa es de Madoff, entonces la culpa es de todos los que especulan, es decir, de millones de ciudadanos.




Dice Verdú: "Para que una burbuja financiera se forme no basta con el ansia y la astucia del especulador, sino que es indispensable la colaboración entusiasta de mucho público"

No dejo de acordarme de lo que me contó un viejo cajero de banco cuando el episodio de la estafa del Forum Filatélico, cuyos afectados parecen estar muy convencidos de que debe ser el Estado, es decir todos, los que sufraguemos su insensata genialidad de creer a quienes les ofrecían duros a dos pesetas. "Me venían clientes del banco de toda la vida que querían acciones del Forum ese... Yo les decía que eso no estaba claro, que tuvieran cuidado... Y todos me contestaban lo mismo, que su vecino se había forrado y que ellos no querían quedarse atrás, que era de tontos no invertir"



Verdú explica este fenómeno magristralmente en El capitalismo funeral: "Se afirma también en las informaciones sobre la crisis que ha sido la extrema codicia de unos cuantos desalmados la que ha llevado la economía al abismo, y efectivamente los vicios de la avaricia o la codicia pueden abocar a la perdición (del cuerpo, del alma, del equilibrio mental), pero intervienen otros factores menos prestigiosos como el miedo a perder dinero, la imitación del vecino o la confianza en la multitud que resultan ser consustanciales en los diferentes crashes. Estilos del tiempo que crecen en periodos de estabilidad y llegan a la euforia a través de catalizadores como pueden ser la facilidad para fantasear -gracias a la prosperidad y el crédito fácil- con los cambios de vida, las transformaciones de estatus, las traslaciones de lugar y, en general, con toda la ideología propia de una cultura de consumo, dentro del capitalismo de ficción"




Hay que leer y reflexionar. No he conocido un tiempo en que la reflexión y el debate fueran tan necesarios como éste. Fue Ortega quien lo dijo hace casi un siglo, pero la frase no tiene ni una arruga: "lo que nos pasa es que no sabemos qué es lo que nos pasa".













Saturday, June 13, 2009







EL TRIUNFO




1. El triunfo es casi siempre más difícil de digerir que la derrota. La imagen es obscena, el alborozo insulta incluso a quienes no encontramos bando derrotado al que aliarnos en el duelo. Ojalá sólo fuera capaz de enojarme -o solazarme, como alguno de mis amigos- con la arrolladora evidencia de la Fealdad. Pero lo que mi sentido arácnido detecta en la pornográfica exhibición de gestos triunfales es la amenaza. Vae victis, ay de los vencidos! Pero los vencidos no son el equipo rival, sino todos aquellos que pensamos en una comunidad regida por los estilos y principios justamente opuestos a los que esta foto representa. Algunas personas solo parecen haber sido educadas para la guerra: su embriaguez ante la victoria denota baja condición, falta de escrúpulos... una mezquina necesidad de convencer al mundo y, en especial, a los enemigos, de que vencer es lo único realmente importante. Pero la Falla no solo exhibe en primer plano al ninot de colores chillones y gesto airado. A la vez entran en la sala dos palmeros, contenidamente sonrientes, dueños de su propia gestualidad como les enseñaron en los Maristas y en el clinic de líderes para el siglo XXI... Secundarios a su pesar, no obstante... Rita es la imagen más expresiva y concluyente de lo que significa ganar en las urnas: no hay corrupción, no hay abuso urbanístico, no hay desmantelamiento de los servicios públicos, no hay devastación educativa... tampoco hay agua, pero de eso la culpa la tiene ZP, ya se sabe. Vae victis.





2. Asisto a la muestra de lo mejor de Cartier-Bresson en el Museo de Artes de Castellón. Admirando sus paisajes humanos -tan simples, tan cargados de sentidos y valores al mismo tiempo- se me hace más pastosa que nunca la vieja discusión sobre si la fotografía es arte, sobre si el fotografo retrata o crea... Ganas de calentarse la cabeza. Cartier supo siempre qué era lo que le interesaba de este mundo y fue a por ello, aunque hubiera de recorrer el planeta entero en los años en que un occidental en China era una rareza propia de un cómic de aventuras. Subidos a la máquina del tiempo, podemos comparar la foto de la alborozada mujer de arriba con el hombre que aparece de frente a nosotros, en las escaleras de la Bolsa de Nueva York. Hincha el pecho, lanza su sonrisa autosatisfecha sobre nosotros, que no somos capaces de llegar a su altura porque no lo merecemos. Quizá esté cerca la Depresión del 29, quizá ese tipo creso y cretinamente ostentoso estrelló su cuerpo contra el suelo desde muy arriba aquella noche del crack. Todos morderemos el polvo, pero quienes llegan a lo más alto a costa de chafarle el cuello a los demás... esos son los que muchas décadas después resultan más ridículos cuando los retratos se hacen inmortales, cuando el tiempo ha puesto ya en su sitio la insignificancia de las ambiciones humanas.


3. El fresco de la Gran Depresión que Cartier-Bresson nos ha legado no habla solo de la mezquindad de tantos y tantos palurdos con traje y sombrero que creyeron que la burbuja de la ganancia seguiría inflándose eternamente. Pese a la leyenda de los cuerpos de multimillonarios que se arrojaron al vacío desde los rascacielos de la Séptima Avenida, las peores consecuencias de la crisis la sufrieron los pobres. El paro, la miseria, el hambre... Quienes no han pasado largas temporadas de desempleo desconocen lo que significa ver como transcurren las horas inútilmente, esa sensación de indigencia moral con la que uno se mira al espejo de la sociedad, esa frustración que no te abandona ni un minuto y que te hace preguntarte si tu presencia en el mundo tiene algún sentido. Ningún político debería alzar los puños ante una victoria electoral... Acaso sea esa mi definición del pudor.







4. Cartier-Bresson estuvo en todas partes. El siglo XX es tan suyo como de Tintin, el jazz o el western. Los aliados han entrado ya en Alemania. La mujer que baja la cabeza con aire avergonzado acaba de ser reconocida como delatora de los nazis. La otra mujer que la señala dice haber sido denunciada por ella. La primera está amedrentada por una multitud que la observa con gesto reprobatorio. La segunda ostenta una sonrisa histerizada, más bien una mueca que señala urgencia, exigencia moral de linchamiento. Se ha convertido en líder de una multitud porque la condición de víctima vengadora le legitima para ello. El nazismo es una de las mayores monstruosidades de la historia, desde luego. "Yo nunca lo habría hecho", nos decimos a nosotros mismos. Y jubilosamente decidimos que la segunda mujer es de nuestro bando y la primera es un monstruo. Visto ahora es ciertamente fácil, demasiado fácil. Mejor que no nos veamos en las mismas...






5. Hay mucha violencia en la celebración. No me atemoriza Cristiano Ronaldo ni me acomplejan sus músculos. Quien se acostumbra a recoger el elogio y los gritos de admiración por todas partes termina perdiendo el sentido de la orientación y sintiéndose el más desgraciado de los hombres. Las fotos de Cristiano con Paris Hilton, festejando con miles de euros en champán francés el fichaje por el Madrid, son la prueba de que el dinero y la fama, por sí solos, solo producen espectáculos zafios y de mal gusto. En plena crisis, Florentino Pérez y su Real Madrid postmoderno gastan cifras monstruosas en fichar a las mayores estrellas del firmamento futbolístico. Dice tener perfectamente trazada la hoja de ruta para terminar volviendo rentables todas estas inversiones. Y sus hipnotizados oyentes asienten con un simple acto de fe. No veo ningún valor positivo en toda esta trama. No hay nada que me provoque afinidad con esta estrella narcisista. Gimnasio, exhibicionismo, dictadura de la estética, dinero rápido, nada interesante que decir... Creo que el fútbol es otra cosa. O quizá soy yo el iluso.



6. "¿Qué hay escrito en las líneas de la mano?", decía una de las viejas canciones de Radio Futura compuesta por Santiago Auserón. Johanna Ganthaler apareció hace unos días en los periódicos porque al perder el billete de avión se libró de morir en el vuelo 447 de Air France, estrellado a unos cientos de kilómetros de las costas de Brasil. Viajando en automóvil por Austria se estrelló apenas unos días después contra un camión en una autopista del centro de Europa. No puedo evitar acordarme de aquella vieja historia, La Muerte en Samarkanda. Un hombre se encuentra a alguien que cree reconocer como La Muerte. Temiendo que le esté llamando, huye despavorido hasta Samarkanda. El Rey envía un emisario para presentarle una queja a la Muerte, pues va por ahí asustando a sus súbditos. "Extraño que aquel hombre huyera", contesta en tono exculpatorio La Muerte al emisario, "pues mi gesto no era el de que me acompañara en ese momento, sino el de emplazarle a encontrarnos unos días después en Samarkanda". Nunca he sabido muy bien qué significa eso de creer en el destino, y no dejan de darme grima quienes presumen de que está escrito y de que hay expertos en descifrarlo. Sin embargo, si analizo mi trayectoria biográfica, sí observo que son detalles muy azarosos, muy particulares, puros detalles aparentemente condenados a la insignificancia, los que han determinado las rutas que mi vida ha ido tomando. No hay manera de saber, en cualquier caso, qué es lo que nos espera en Samarkanda.

Friday, June 05, 2009







EUROPA





Me hago mayor sin delicadeza, como dice en una canción Joaquín Sabina... Lo sé porque, por ejemplo cuando padecemos una campaña electoral, ya no me ilusiono, ni tan siquiera me indigno, simplemente contemplo con cierta sonrisa cínica el espectáculo y pienso en la cantidad de farsas, iniquidades y terapias de grupo por las que tienen que pasar los profesionales de la Política con tal de poder seguir viviendo del cuento. En comicios como éste, donde ni los propios protagonistas parecen querer saber qué es exactamente lo que se está dirimiendo, lo advierto especialmente.




Hubo un tiempo en que Europa era algo por lo que merecía la pena soñar. "Lucho por Roma", dice el protagonista de Gladiator, "Roma es la luz", y él, sin embargo, jamás ha estado en Roma: es un bárbaro latinizado nacido en un recoveco del Imperio llamado Hispania. Soñar con la luz es pues propio de quienes no han nacido con ella. De igual manera, nosotros, como Máximo, pudimos creer que aquel tren al que humildemente soñábamos con subirnos conducía al paraíso. Pasamos demasiado tiempo viendo a Manolo Gómez Burr y a López Vázquez tratando de ligarse suecas macizonas en Torremolinos y a nuestros músicos dejándose melenas y cantando en inglés... El mensaje de la autocracia y el orgullo racial hispánico olía ya demasiado a apolillado y a cutrez tardofranquista como para evitar que nos ilusionáramos con la aventura europea. Había que entrar, nunca imaginamos entonces que después se abarataría tanto eso de ser europeo, pero para nosotros, los portugueses o los griegos, entrar en el círculo sagrado, aunque fuera como miembros de baja velocidad, era como saldar todas las viejas cuentas pendientes con la historia.




Uno de los debates más apasionantes de la intelectualidad española noventayochista tiene precisamente a Europa como eje. "Europeizar España", decía Ortega y Gasset, y Unamuno se oponía con aquello de "Españolizar Europa". Unamuno fue ciertamente un excelente escritor, pero dijo demasiadas gilipolleces a lo largo de su vida. Su apuesta no tiene más base que la soberbia cerril -el "idiotismo rural", que diría Karl Marx- propia de un paleto. Lo que muestra hasta qué punto hizo daño aquello fue el entusiasmo con que el franquismo, muchas décadas después, proclamó que España era la reserva espiritual de Occidente, aplicando con ello otro de los asertos unamunianos más reconocidos: "¡qué inventen ellos!". Europa jamás podría españolizarse más que en forma de parodia, pues para los europeos somos un país encantador para venir de vacaciones o jubilarse. El imaginario hispánico es intraducible, su lógica no puede trasladarse... Cuando algún pillo inventó para atraer el turismo aquel slogan de "Spain is different" sin duda dio en el clavo. De alguna manera, era cierto que África empezaba en los Pirineos: no fue otro el resultado del triunfo de la España reaccionaria en la Guerra Civil. Había que ser muy zote y haber leído demasiado al Guerrero del Antifaz para no soñar con algo más que revolcarse en la propia inmundicia.




El agigantamiento histórico de la figura de Felipe González está muy vinculado a la ansiedad por coger aquel tren. Como todo líder carismático, cuando alcanzó la mayoría absoluta y se empeñó en aquello de que "El Estado soy yo", Felipe empezó a pensar que la península era un aburrimiento y se largó al extranjero para promocionarse. Es algo parecido a lo que hizo después Aznar, si bien, ya puestos a abandonarnos, mejor hacerlo para deambular por el eje franco-alemán que para poner las patazas sobre la mesa del rancho de Bush en Texas. Felipe se presentó entonces como el guía habilitado para conducir al paraíso a este pueblo de bárbaros que llevaba tres siglos peleado con la historia, con su fracaso, su megalomanía quijotesca y un amargo y profundo complejo de inferioridad. Aquello pareció su obra, pero su verdadera habilidad radicó en advertir antes que otros que aquella ola era en realidad un tsunami y que era cuestión de oportunismo ponerse al frente: Europa no fue una decisión, Europa fue irremediable, nosotros no podíamos perder aquel tren, pero era el tren el que había decidido ya que no le interesaba dejar fuera a los países pobres del Sur del continente. Ciertamente, sentíamos el temor a perder el control sobre nuestro propio devenir económico, coyuntura que después iría trasladándose a lo político, lo social, lo cultural... Pero es que ya no quedaba otra opción.




La experiencia posterior evidencia la imposibilidad de resistirse a acabar con los hábitos autocráticos. Ni siquiera Yemen o Albania han podido aislarse del mundo. La ampliación de la vieja Europa Central fue necesaria como anticipo a la defitiva internacionalización de capitales y mercancías que llamamos Globalización: ese incontenible torbellino, el cual, si los viejos Estados-Nación no llegaban con un adecuado parapeto, podía revelarse como pura catástrofe. No sabemos si la actual Europa -con tanto desencuentro entre sus protagonistas y tantas decisiones importantes en suspenso- es el agente activo que siempre pretendió ser o tan solo un grumo que se resiste como puede a los embates que llegan de Norteamérica y Extremo Oriente. El europeísmo responde, en cualquier caso, a la acertada interpretación de que, frente a la incontenible pandemia globalizadora, los ciudadanos necesitan los pecios de algunas viejas instituciones nacionales -ahora europeas- a las que aferrarse para no terminar de naufragar.




Y entonces, si Europa lo decide todo, ¿por qué la abstención? Jamás pensé que Europa fuera un espejismo. ¿Por qué la gente parece pensar que lo del domingo es tan solo un plebiscito de popularidad de Zapatero? La primera razón que se me ocurre tiene que ver con la mezquindad de los padres de la patria, empeñados en desplazar la batalla europea hacia el terreno doméstico, el único en que tienen la sensación de que se distribuyen las cuotas de poder real de los partidos, como demuestra el hecho de que los aparatos suelen enviar a Europa a figuras ya amortizadas. Yo creo no obstante que esta maniobra resulta exitosa por un problema generalizado de falta de cultura política. Tengo la impresión de que la ciudadanía todavía no ha sido capaz de articular la mediación entre lo mundial y lo local. Asistimos en los noticiarios a las giras de Obama seguros de que algo nos va en todo eso, pero no acabamos de advertir que la Europa de la que formamos parte -aunque creo que muchos aún no se han enterado- no es un espacio común impostado a donde acudimos para defender nuestros intereses particulares. Ese principio que exigimos a los políticos -"defienda lo nuestro con firmeza"- y del que con razón acusamos a catalanes o vascos cuando acuden a Madrid, prueba que aún no hemos articulado un concepto de ciudadanía europea, que no hemos conseguido elaborar los lindes de una res pública de lo europeo.




¿Se puede aún creer en Europa? Mientras no suponga caer en el puro proteccionismo económico, la posibilidad de reconstruir un espacio europeo de gestión colectiva a través de instituciones supranacionales puede ayudarnos a contener algunos de los peligros del turbocapitalismo y la globalización, cuyos efectos más duros estamos empezando a experimentar. Europa, sin embargo, no tendrá credibilidad moral mientras no se constituya como proyecto abierto al mundo, proyecto civilizador en un sentido que ya no es obviamente el del viejo imperio, pero que sí recoge lo mejor de su legado. La posibilidad de influir a los extranjeros sobre la necesidad de la conciencia de ciudadano y el Derecho, las dos creaciones -junto a la lengua latina, lengua de la civilización- más indelebles de la vieja Roma.




Alguien dijo que los norteamericanos son de Marte y los europeos de Venus, que es como decir que Europa -consciente de que su historia es ante todo un interminable reguero de sangre- ha aprendido a pensárselo dos veces antes de abandonar para siempre la mesa de negociaciones y empezar a lanzar misiles. Este planteamiento tan reduccionista puede sonar incluso a hipócrita. Y, sin embargo, creo que hay algo de la mentalidad con que Europa interviene en foros mundiales que puede ser rentable. Una de las falacias lógicas más conocidas, el tercio excluso, podría invertirse para alumbrar una reivindicación europea de la paz mundial. Europa sería algo así como el tercio no excluso, y la reivindicación universal de todos los terceros, aquellos que ante cualquier foco de conflicto parecen no estar activamente implicados, por más que todas las consecuencias del conflicto le salpiquen.




Entiendo que pueda haber demasiado optimismo en este escrito. Entiendo que ver a personajes como Sarkozy o Berlusconi tomando decisiones importantes para todos los europeos convierte en ridícula cualquier aspiración a vender Europa como vector civilizador de las tribus del mundo. Quizá, pero me gustaría pensar que ese tren al que nos subimos de forma tan entusiasta otorga una carta de ciudadanía más honrosa que la de aguantar a tipos tan siniestros.

*Interesantísima fotografía, la de la barca sobre la que rema un joven y rutilante Felipe González. El acompañante es nada menos que Olof Palme, reconocido por el propio González como su "maestro jedi" y verdadero pater familias espiritual del ideal socialdemócrata del Estado del Bienestar.

Saturday, May 30, 2009









RITUALES




Mis conocidos piensan que detesto los rituales, pero no es cierto; lo que en realidad me resulta insoportable es eso a lo que llamamos "compromisos". Entiendo que alguien considere un motivo de alegría el bautizo de su bebé y quiera compartir tanto jolgorio con sus allegados. Lo que me parece insoportable es ese hábito de chantajear a las personas queridas para que se desplacen cientos de kilómetros de ida y de vuelta, pasen por taquilla desembolsando monstruosas cantidades de dinero a cambio de la obscenamente abundante comida que se les ofrece y la sarta de sandeces en que se han convertido las bodas y, por lo visto, también los bautizos y comuniones.

Pero el ritual es para mí otra cosa. Cuando las formas seguidas con suma observancia -en eso consiste un rito- son la expresión de la devoción sincera por los dioses, los muertos, los amados o aquellos que, de alguna manera, se han ganado nuestro reconocimiento en el drama del tiempo -un tiempo a veces inmensamente extenso- entonces el rito no solo no me parece una ridícula banalidad consumista, sino la expresión más acabada del respeto que las comunidades tienen por sí mismas.
Anteayer celebramos en el Instituto donde trabajo lo que -con cierta imprecisión y notable influencia anglosajona- hemos llamado "día de la graduación". Me hace gracia cuando algunos se burlan de estas cosas por el papanatismo de seguir costumbres transmitidas desde los centros de la cultura hegemónica... Como si los mediterráneos fuéramos tan naturales y espontáneos que no necesitáramos todos esos ritos acartonados; como si las misas, las procesiones, los desfiles, los himnos, las celebraciones futbolísticas y tantos otros homenajes a los que tan aficionados somos fueran otra cosa que ceremonias perfectamente automatizadas y en las que se nos ha adiestrado desde que nacimos. No otra cosa son el racismo y la xenofobia: pensar que los demás son hipócritas y artificiales en sus celebraciones mientras que lo nuestro es natural e instintivo, es decir, verdadero.


Hablando de anglosajones, me ha atraído siempre un rito muy característico de la NBA, la Liga Americana de Baloncesto: el día en que se retira un jugador que ha sido especialmente importante para el club durante años se retira su camiseta, la cual quedará para siempre colgada en lo alto de la cancha, con el compromiso ineludible de que ya nunca ningún nuevo jugador podrá utilizar su número. Muy pocos jugadores de un equipo pueden recibir este honor. Los rivales, cuando llegan a esa cancha, ven dichas camisetas y ya saben que, de alguna manera, las viejas leyendas protegen desde el aire al equipo local. No parece muy distinto de aquellos tótems con los que las tribus llenaban los espacios que demarcaban los lindes de la comunidad. Se trata de hacer sentir tanto al nativo como al extranjero la presencia de lo sagrado, aquello innombrable que vertebra la identidad espiritual del grupo y que se ritualiza en forma de culto a los muertos. No otra cosa es la religión, el reconocimiento de que la supervivencia de un linaje se recuesta sobre la memoria de aquellos que estuvieron antes y se dejaron la piel para convertir el yermo en tierra civilizada. Si, al entrar en una casa donde hay mujeres viejas, observamos con atención, descubrimos que por todas partes hay señales de ese culto, el único que verdaderamente merece textos sagrados y ritos de observancia obligada.

No pretendo establecer asociaciones siniestras con algo tan jovial como la ceremonia de graduación de unos estudiantes, aunque solo sea porque vivimos un tiempo donde la muerte es el tabú por excelencia: todos la tenemos presente, pero es socialmente punible hablar de ella. Es poco higiénico mentar a quienes murieron, está mal visto informar a los demás del dolor que sentimos por una ausencia o recordar que cada uno de los instantes es un préstamo que va agotándose. Y sin embargo, todo ritual de despedida tiene algo de celebración fúnebre. O para ser más exacto, el ritual sirve para conjurar el riesgo de la extinción, propiciando así una lógica que anime a los que ya desaparecieron a seguir extendiendo su influjo benéfico sobre los que todavía están. No otra cosa se busca con el hábito de colocar las orlas de cada promoción que ha pasado por el Centro en una zona respetable pero muy visible, como si el espacio reservado a cada promoción estructurara la identidad histórica de la escuela. Con ello el mero espacio vacío, la trama arquitectónica diseñada con propósitos meramente funcionales, pasa a convertirse en un lugar, un lugar en toda la extensión del concepto, una totalidad civilizada y resguardada espiritualmente por quienes la habitaron en el pasado.






En La selva esmeralda, Tommy, una mañana en que se baña inocentemente en el río con otros adolescentes, recibe de sus padres la noticia de que "debe morir". "¿Es necesario que mi niño muera?", pregunta la madre, "Lo es", contesta él. Lo que en realidad indica el rito es el tránsito hacia la condición adulta: el niño muere en Tommy y surge el hombre, el guerrero, el que ya no juega porque ahora debe hacer fuertes sus espaldas para soportar el peso de su linaje. Ambos procesos han de validarse ceremonialmente, y en el segundo, que representa antes que nada -como todo rito iniciático- el acceso a una casta superior, es irremediable el sufrimiento, es imprescindible demostrar que se tiene coraje, que se puede sobrellevar el dolor y salir después a la selva para cazar un tigre.


Creo que todos estos impulsos colectivos están de alguna manera presentes cuando un ritual está realmente preñado de sentido y no es un mero formulismo, porque en este otro caso, ya solo es puro hastío burocrático o, como en las bodas, bautizos y comuniones a que me refería, simple chantaje fastidioso, compromiso ideado para ganar dinero o cultivar la vanidad y el exhibicionismo.Cuando despedimos a un grupo de alumnos que han pasado más de un tercio de su corta vida en nuestra escuela es toda una larga experiencia vivida la que se celebra entonces. Y también es eso lo que se agradece, la oportunidad que los que se marchan nos han dado de hacer más hermosa y noble nuestra propia vida.
He conocido personas que no soportaban la idea misma de la despedida. Yo creo lo que me enseñó la lectura de Montaigne: "hay que vivir para cultivar los placeres, pero no olvidando nunca que estos tienen una caducidad". Dicen que hoy los jóvenes viven en una adolescencia perpetua... Sí, pero ellos sospechan que el mensaje que les transmite el final del Bachillerato es muy claro: acabó la infancia. Sus adultos parecen muy fuertes ahora, pero más pronto que tarde empezaremos a mostrar signos de envejecimiento y, no estará muy lejos el día en que hayamos de decirles, sin ambages: "a partir de ahora irás sin mí a cazar el tigre, yo ya estoy cansado y enfermo, serás tú quien luche contra nuestros enemigos y tú quien gobierne la aldea". Lo que en definitiva celebramos es la sucesión, la transmisión de una herencia espiritual, lo que supone a su vez el propósito de conjurar los riesgos de la amnesia y la extinción.

2. Dado que no soy seguidor del FC Barcelona, no tengo demasiadas razones para celebrar sus últimos éxitos deportivos. Me alegró suavemente que ganara la Copa de Europa, solo eso. Sin embargo, hay algo de todo lo que viene ocurriendo últimamente en ese club que me parece modélico. Cuando Laporta nombró a Pep Guardiola entrenador del primer equipo no solo estaba dándole la oportunidad a un técnico prometedor, lo que hizo en realidad fue conjurar las fuerzas más profundas de un sentimiento colectivo para crear una cierta magia... Y esa magia ha dado resultado. Guardiola es la encarnación más redonda y fiel de lo que es la catalanidad, o para ser más exacto, del imaginario de lo que Catalunya aspira a ser y a mostrar en el mundo. Es bonito que Guardiola sea hijo adoptivo de Johan Cruyff y que, a su vez, Xavi sea la reencarnación sobre el terreno de juego de lo que fue Guardiola. La catalanofobia de millones de españoles se asienta en la incapacidad para entender que, detrás de ciertos ejercicios de soberbia y egocentrismo, lo que se halla es un fuerte sentimiento de adhesión a lo colectivo, a una lengua, a una virgen, a un equipo de futbol, qué sé yo... Podemos reírnos o considerar equivocada cualquier forma de nacionalismo, pero hay algo en esa devoción por referentes identitarios que hace muy fuerte la autoestima de las comunidades. Mientras sirva para ganar Champions y no para urdir asesinatos merecerá, cuanto menos, un momento de reflexión.

Saturday, May 23, 2009






HOUSE: NIETZSCHE EN LA CLÍNICA



Debo confesar que jamás en mi vida adulta me ha atrapado tanto un personaje televisivo. La intelligentsia europea, acostumbrada a menospreciar lo que proviene de Norteamérica por el estúpido prejuicio de que es una "cultura sin historia, y por lo tanto pueril", lanza una mirada por encima del hombro sobre el fenómeno, con lo cual no solo podemos perdernos una sabiduría visual y narrativa que Woody Allen o Coppola dejaron en el camino ya hace mucho, sino también esa frescura, esa peculiar insolencia sin la cual es imposible construir un personaje capaz de crear sentido y convertirse en icono de la cultura. Allá ellos.
Hubo un tiempo, hace como un par de años, en que llegó a preocuparme la sombra tan alargada que sobre mí proyectaba el Doctor House. Los miércoles por la mañana contestaba a cada pregunta de mis alumnos con otra pregunta en la que intentaba mostrarles con sarcasmo que la pregunta aparentemente inocente desenmascaraba la culpabilidad del preguntador. Me pegaba también esos días por burlarme de todos los protocolos propios de una institución seria como es la escuela, desde los exámenes, hasta la visita del inspector o la burocracia de tantas reuniones inútiles y padres a los que mentirles... Me dí cuenta del mal cariz que tomaban las cosas y de que probablemente el diablo se estaba apoderando de mí cuando, tras sufrir un esguince de tobillo, empecé a caminar con evidente cojera por los pasillos secundado por un alumno que me pedía que les mejorara la nota mientras yo le contestaba: "¿para qué quieres un sobresaliente?, las chicas van a seguir sin hacerte ni caso porque llevas un aparato en la boca".






El Doctor House -no lo he dudado nunca- es un auténtico hijo de perra. Si lo soportamos a pesar de ello no es porque, como dice la Directora del hospital, "House salva vidas", lo soportamos porque nos seduce. Eso demuestra el principio con el que el propio médico acomete cada uno de los laberínticos casos que tiene que diagnosticar: "todos mentimos". No le queremos porque sea un buen médico, amamos a House por lo mismo que a Groucho Marx: se mofa de todos aquellos protocolos que estructuran racionalmente la vida en común, pone en duda todas las certezas con las que aparentamos engoladamente salir a la calle... Es imposible vivir como House porque a cada momento su conducta reprobable deja una fea mancha sobre el mapa ético que con tanto esfuerzo nos hemos construido... Y, sin embargo, le necesitamos.
Con frecuencia se alude a los vínculos de House con Sherlock Holmes. Sin duda hay en los guionistas un propósito de propiciar este rastreo de paralelismos subliminales tan de moda últimamente. Como en el personaje de Conan Doyle, tenemos a un detective definido por su peculiar metodología de trabajo y, por supuesto, por su genial e imprevisible intuición. Además, su amigo y compañero de trabajo se llama Wilson (cómo olvidar a Watson), es toxicómano, carece de vínculos amorosos reconocidos y estables... Algunas afinidades, sí.



También es común la interpretación que sitúa a House como un adalid de la lucha de la Ciencia frente a la Religión. La tenacidad con la que defiende el principio de que nada es indiscernible para la Razón, de que todo aquello que parece irremediablemente condenado a las tinieblas del equívoco o del secreto es solo una cáscara que puede romperse. Esa mirada escrutadora, que detecta anomalías que pasan desapercibidas para el científico "normal", convierte en víctimas predilectas tanto a monjas iluminadas que hablan con Dios como a vegetarianos radicales, profetas y demás santurrones del New Age de los que House se burla despiadadamente. "¿Prefiere un médico cariñoso que le consuele mientras se muere o uno antipático que le salve?"

Pero hay algo en House que va más allá de la condición detectivesca de quien busca bacterias en vez de criminales y más allá también de aquella vieja batalla de los ilustrados contra la ceguera de la fe. Pienso en ese algo cada vez que asoma en primer plano esa media sonrisa que, a través de una estrambótica analogía -un insecto que se ahoga en un vaso de vino, un viejo que en la habitación de al lado delira y pronuncia dos palabras mientras agoniza- descubre que lo que parece irrefutablemente cáncer es en realidad una simple gripe complicada con varios tratamientos anteriores equivocados. Siempre presentimos que es la vanidad del jugador que ha acertado una vez más con las cartas que la satisfacción por el deber cumplido o el agradecimiento del paciente -esa persona que a House nunca interesa más que por el laberíntico acertijo de sus síntomas- lo que le permite arrebujarse en un sofá con la suficiencia de los que ganan siempre.
Y sin embargo, House es cualquier cosa menos un tipo satisfecho o autocomplacido. Muy al contrario, la soledad y la amargura a la que huele desde lejos parecen más una fatalidad que un deseo, y apunta mucho más a un dolor del alma que al de la rodilla, pues aquel no se puede esquivar con bicodina.



En uno de mis episodios preferidos, una paciente que ha quedado preñada tras una violación explica por qué insiste tanto en ser atendida únicamente por ese tipo que en ningún caso le va a dar la comprensión o el cariño que le ofrecerían otros médicos. "Hay en usted algo que indica un enorme sufrimiento, le busco a usted porque es el único que puede entenderme." Hay otro episodio en que debe descubrir qué dolencia tiene un niño autista. Y ya sabemos: los autistas, supuestamente, no pueden comunicarse, con lo cual, la ciencia médica está sin armas para interpretar adecuadamente sus síntomas. House es el primero en intuir que para entender a un autista hay que ser autista. Por eso, cuando el niño se niega con ojos de terror a ser anestesiado, House se enchufa el aparato a la boca y, mientras sale embriagado de la habitación, el niño se deja hacer porque alguien ya le ha demostrado que no van a dañarle. Poco a poco, conseguirá ir reconstruyendo el lenguaje privado del niño, aprenderá a compartir sus códigos y terminará por entenderle. Nada que ver pues con la tradición de la ortodoxia clínica, a cuyo lenguaje universal ha de poder traducirse todo, desde la pura praxis médica hasta los signos que emite el cuerpo del enfermo.

Por alguna extraña fatalidad, House habita la lógica de lo que Baudrillard o Cioran llamarían "fenómenos extremos". No le gustan sus pacientes, y menos sus compungidos y exigentes familiares, algunos de los cuales dudan entre denunciarle o partirle la boca... Y sin embargo, algo nos indica que House llega a donde no llegan ni las lágrimas ni la conmiseración ni el código deontológico: House habla el mismo lenguaje del dolor en medio del cual se agita el enfermo. No comprende al enfermo, en cierto modo lo detesta porque le recuerda a sí mismo, simplemente es capaz de entender el lenguaje de su cuerpo. Como un ángel de la muerte, aparece una noche entre sombras para administrar la muerte por eutanasia a un enfermo terminal... House no es el demonio, pero asume con una serenidad envidiable la evidencia de que todos -ustedes tanto como yo, no lo duden- somos íncubos del demonio o ángeles con alas dependiendo de la trinchera desde la que se nos mire y la convicción con la que nos convirtamos en ejecutores tanto de nuestras inclinaciones como de nuestro deber.

Esa omnipresencia de la muerte, esa angustiosa duda que se le presenta al médico cuando diagnostica porque sabe que cualquier inobservancia puede convertirle en asesino... House, aparentemente ajeno a toda la fauna que habita un hospital, negándose además a llevar bata blanca para que no me "confundan con un médico", es más que ningún otro una criatura de hospital, entendido éste como el único lugar -salvo en todo caso las iglesias- donde se administran el dolor y la muerte.



"Muertos están todos los dioses, ahora queremos que viva el superhombre", dijo Nietzsche. El tiempo pasa para mí, y Nietzsche se me revela cada vez más como un ídolo de juventud. Quizá porque con los años he aprendido a quedarme solo con la primera parte de la frase. Ahí me encuentro con House: "muertos están todos los dioses"... y se acabó. Nada tiene sentido. O, como dice Cioran, "nada importa". House no es el superhombre, en todo caso es su ruina, su imagen descompuesta y fragmentaria, un iconoclasta que ha derribado sus ídolos y ha optado por no erigir otros nuevos, salvo las drogas que consume como caramelos o la guitarra que toca mientras en la habitación de al lado trasplantan el hígado a un pobre infortunado. Podemos sobrevivir a la muerte de Dios, pero cada vez que alguien cree representar al superhombre llega el despotismo y se recrudecen los abusos y las guerras.




Puestos a instalarnos definitivamente en el Nihilismo con el que Nietzsche nos amenazaba, prefiero tener al lado al cabronazo de House. Al menos sirve para que de vez en cuando merezca la pena poner la tele.