Friday, January 19, 2018

¿SERIES O CINE?

La directora argentina Lucrecia Martel ha estrenado una película que probablemente merezca la pena ver, pero no ha obtenido titulares por ella sino por su afirmación de que "las series de televisión son un retroceso". Argumenta que "en términos de imagen y sonido" el cine y el documental habían conseguido cosas que las teleseries no incorporan, pues éstas, debido a su formato, no hacen sino reincidir sobre la rancia estructura narrativa de la novela decimonónica. Reconoce que hay un salto de calidad entre Dallas y Breaking bad, pero no es suficiente para cambiar su diagnóstico. La cojo al vuelo porque me interesa el debate. 

El asunto está en todas partes... Aquí, allá y acullá la gente pregunta si has visto tal o cual serie que se ha pillado, si crees que el que ha matado Negan en Walking dead es el chino o es otro, o si has descubierto que lo que quieres ser en la vida ya no es una princesa sino una "khalesi". La repercusión que al lado de ciertos productos televisivos tienen películas tan interesantes como Madre! o Verano 1993 es ridícula, y no me sorprende que una creadora cinematográfica pelee por defender su parcela de negocio frente ala competencia, aunque sólo sea por supervivencia propia. 

En cualquier caso se equivoca. Su intervención no sólo está mal argumentada, creo que además es tramposa, pues con el fin de conseguir un titular -y ciertamente lo consigue- aporta una argumentación pueril y simplista. 

Veamos. Conocemos de sobra el discurso academicista contra la teleficción. Desde que en los años cincuenta el consumo de televisión se masifica en los USA, los creadores de ficciones televisivas han venido alimentando un lenguaje estandarizado y de fácil acceso para las multitudes, lo que supone un empobrecimiento del modelo narrativo del cine. El formato serializado, unido a factores muy asociados a la domesticidad del consumo de televisión, nos adiestra desde pequeños en convenciones narrativas de escasa densidad, a menudo cargada de connotaciones ideológicas reaccionarias. 

Todo esto está muy bien, pero temo que se nos olvida un detalle fundamental. Si CSI, Bones o Anatomía de Grey, productos con enorme rentabilidad comercial en todo el mundo, constituyeran la vanguardia televisiva, entonces no habría caso, es decir, no se hablaría de una era dorada para la teleficción. 

A riesgo de ganarme un par de enemistades, añadiría otras como Homeland, Juego de tronos e incluso alguna que yo he disfrutado al modo del entretenimiento ligero, como Walking dead, Vikingos o la hilarante sit-com The Big-Bang theory. Hablamos de otros productos, no sólo de la tetralogía ya legendaria formada por Los Soprano, Mad Men, The Wire o Breaking bad, cuatro joyas para la historia del arte. También debo referirme a The Pacific, Fargo, Borgen, Rectify, Borgen, la primera temporada de True Detective o el spin-off de Breaking bad, es decir, Better call Saul. Añadiría, aunque quedan ya algo alejadas en el tiempo, El ala oeste de la Casa Blanca y A dos metros bajo tierra. Y no me olvido de dos series que se inauguraron con el siglo y que marcaron en gran medida la revolución vivida en la narración televisiva, léase House y Lost.  No es mala cosecha, creo yo. 

¿De verdad hemos de tomar conciencia de un "retroceso"? Yo no tengo la impresión de que vivamos una mala época para el cine. Sigo sin entender que ver un estreno me cueste nueve euros, pero, al margen de eso, este siglo ha ofrecido ya una cantidad considerable de obras inolvidables. Si el talento creativo que habitaba exclusivamente el cine se ha trasladado a la televisión, ¿qué problema hay en disfrutarlo?

La ficción serializada, es cierto, se trama en una condiciones singulares. Si toda emisión por entregas es asociada a los escritos de Eugène Sue o Alejandro Dumas, podemos concluir que su destino son las multitudes y oponerlas a lo que Umberto Eco llamaría "novela problemática". Lo que ocurre es que también genios como Dickens, Dostoievski, Tolstoi o Flaubert publicaron grandiosas novelas por entregas. Quizá Lucrecia Martel considere que el único talento televisivo seriado lo encontramos en la segunda parte de Twin Peaks y no en Los Soprano, pero qué quieren, a mí la primera me parece una infumable serie de pajas mentales de David Lynch, mientras que la segunda se me antoja de principio a fin una obra maestra. 


La tiranía de los índices de audiencia, como la necesidad de "durar", la de crear un suspense al final de cada capítulo, o si, quieren, poner escenas de alto voltaje erótico o lanzar a alguna guapa estrella hollywoodiense son imposiciones comerciales que pueden dañar la creación artística, no tengo dudas. Pero debemos darnos cuenta de que la globalización ha hecho mutar el medio televisivo. En otro tiempo la HBO no habría existido, o no habría tenido el poder de financiación que ahora le permite mantener el sello de calidad característico de las series que produce. Hoy un producto tan complejo como The wire sigue siendo complejo y para minorías, pero recoge espectadores de todo el mundo, con lo que acaba siendo una serie rentable y, por lo tanto, viable. 


Dejémonos de sandeces y vivamos el momento, quizá no dure mucho y terminemos echando de menos estos años. Ah, y si quieren un consejo, apaguen la luz del comedor y desconecten el móvil. También les añadiría que no se peguen panzadas, un capítulo de cuarenta y cinco minutos de una tacada está bien... mañana ya se ponen otro. 

Me voy a ver la tele.  

Friday, January 12, 2018

MÁS ALLÁ DEL CASO WEINSTEIN

Busco un día cualquiera entre las noticias de la portada digital de El País porque despierta mi interés la polémica surgida a raíz del manifiesto en Le Monde con el que algunas celebridades francesas denuncian la ola mojigata que, según su criterio, nos ha invadido a raíz del caso Weinstein. No comparto varias de las opiniones que se vierten en dicho escrito. Ninguna llega a provocarme especial escándalo, pero encuentro  algunas que generan una confusión especialmente innecesaria en un momento en el que parece estar ganando crédito en el mundo la batalla contra la violencia sexual.

No creo que nadie con dos dedos de frente eluda la arrolladora verdad global de la violencia de género y la necesidad de institucionalizar la lucha contra ella, una lucha que asocio a tantas otras que a lo largo de la historia han roto las cadenas que sujetaban a los seres humanos, ayudando a construir una sociedad más justa y respirable. Llevamos todavía pegadas a la piel las miasmas de un patriarcalismo obtuso que, sospecho, se hace más insoportable allá donde abundan la pobreza y la ignorancia. 

En esa portada de El País a la que me refiero, me topo con una cantidad muy considerable de noticias inquietantes relacionadas con este tema. Hay una información terrible sobre matrimonios pactados de niñas en países asiáticos, otra sobre las dificultades para contraer matrimonio de una pareja de lesbianas. Voy bajando sin abandonar la portada: el Yoyas, célebre personaje televisivo, ha sido detenido por violencia machista, cosa de la que no deberíamos extrañarnos, pues ya le reían gracias de esa índole en Gran Hermano. Una escuela religiosa mantuvo durante dos años a un profesor acusado de abusos. Aparecen las mandíbulas que podrían ser de dos chicas desaparecidas hace ya años... 

Todo esto viene en la portada digital de El País en un día cualquiera. Busquen en la hemeroteca del día anterior o del siguiente y verán crecer su espanto.

Miren, yo creo que esta sociedad tiene un problema muy grande. Si cada semana una organización terrorista asesinara a un ciudadano español, aquí estaríamos al borde de una revolución, y resulta que es eso exactamente lo que está pasando con los crímenes machistas sin que nos importunemos demasiado, como si tanto asesinato no fuera con nosotros. Tienen razón las feministas cuando denuncian la presencia muy extendida en la sociedad, por ejemplo en la española, de actitudes que toleran, disculpan o incluso fomentan el odio y la consiguiente violencia contra las mujeres. Yo he oído decir a personas aparentemente sensatas que el 60 por cien de las denuncias por maltratos son falsas, o que los recursos destinados a proteger a las víctimas va a a parar a desaprensivas que son capaces de fingir lesiones. Me vienen a la cabeza las manifestaciones del periodista Luis del Val, llamando "maricones de mierda" en la cope a los drag queens que aparecieron en la cabalgata de los Reyes Magos de Madrid, o la tormenta de furor desatada contra Carmena por aquello de las Reinas Magas.

Todo esto son exabruptos y me niego a entrar en debate con sus autores porque lo primero a lo que se niega un fascista es al diálogo. Sin embargo, por una cuestión casi de higiene, creo que conviene ser muy cuidadosos a la hora de poner los focos sobre lo que realmente importa. Cuestiones como la de la feminización de la pobreza, la protección a las víctimas de la violencia machista, la explotación sexual o la conciliación laboral-familiar son tremendamente serias porque suscitan problemas que afectan al bienestar e incluso a la vida de mucha gente. 

Ahora bien, de igual manera que es ridículo un concejal que cree que ya ha cumplido con toda esta problemática por poner a una mujer en el dibujito de un semáforo, me parece que hay que saber distinguir cuándo un discurso o una crítica son rigurosos y trascendentes y cuándo estamos ante el puro marketing, la moda, el afán de notoriedad, el sensacionalismo o, refiriéndome al manifiesto francés, la mojigatería. 

Verán, es propio de almas con mentalidad de Santa Inquisición intentar prohibir un ciclo de películas de Polansky en atención a los hechos, por atroces que sean, de los que se le acusa en relación a una adolescente en los años sesenta. Es igualmente ridículo exigir que se retire una exhibición de cuadros de Balthus porque sus representaciones incitan supuestamente a la pedofilia. Yo he leído obras del filósofo Louis Althusser, no he considerado que el hecho de que asesinara a su mujer deba impedírmelo, ni siquiera sé si estoy en condiciones de juzgar cuestiones de las que, después de todo, ando poco informado. Por eso no voy a replantearme si ver o no las películas de Hitchcock, del que hay crecientes sospechas de que acosaba a sus actrices. Ni siquiera las de Marlene Dietrich, quien dicen que dejaba voluntariamente a su hija a merced de cualquier depredador en un barco en medio del océano... No hace falta que siga ¿verdad?

Pues voy a seguir, y me voy a referir a Woody Allen, porque me parece que algunas intervenciones que últimamente le mentan son como poco peligrosas. En las últimas horas la actriz Mira Sorvino, que recibió un Oscar por su interpretación en Poderosa Afrodita, ha prometido a Dylan Farrow, que denunció en 2014 a su padrastro por haber abusado presuntamente de ella cuando era niña, que no volverá a trabajar jamás con el director neoyorkino. Sorvino se siente culpable por no haber creído en su día a Dylan, pero desconozco qué le motiva ahora a cambiar de parecer, pues que yo sepa nunca se probó la verdad de dichas acusaciones, de hecho Allen nunca llegó a ser juzgado. Me aterra pensar que una niña que ha pasado por ese horror no sea atendida, pero es igualmente legítimo lamentarse por el honor manchado para siempre de un hombre al que se ha calumniado con inmensa maldad. Que quede claro, no sé si Dylan calumnió a Allen, lo que sí sé es que en democracia eres inocente mientras no se demuestre lo contrario. 

Sigo con Allen. Recientemente la joven actriz Ellen Page, protagonista de A Roma con amor, se mostró arrepentida de haber   trabajado para este director. No ofrece noticias de actitudes deshonestas del neoyorkino hacia ella durante el rodaje, de lo que deducimos que simplemente da crédito a las no probadas acusaciones del entorno de la ex-mujer de Allen, Mia Farrow. 

Claire Dederer, autora de un libro sobre grandes creadores que hicieron monstruosidades en su vida, define a Woody Allen como la encarnación del mal. Lo llama "ultramonstruo" y "depredador sexual"...


Vale, ya está bien, creo que la conclusión es obvia. Weinstein es un criminal, no tengo duda, y estamos en un momento clave para hacer cambiar la cultura en torno a la violencia machista, pero debemos recordar un viejo consejo inspirado por la prudencia: tengamos cuidado cuando juzgamos a los demás, entre otras cosas porque deberíamos empezar por mirarnos a nosotros mismos.

Me voy a ver Stardust memories, es una de mis preferidas de Allen.   


Sunday, January 07, 2018

QUIERO UNA MONSTER HIGH



Todos los años cometo el mismo error: busco motivos para esperar e incluso amar la Navidad, pero acabo deseando fervientemente que se acabe y vuelva la normalidad. La gente organiza festines en los que se come, se cuentan chistes y se intercambian presentes... Hay quien dice temer a las Navidades por el recuerdo de los que ya no están, pero a mí lo que de verdad me afecta es la saturación. ¿De qué? De todo... objetos, envoltorios, afectos, felicidad, Pedroche desnuda, las campanadas y los cuartos, dulces y cava a cascoporro, el centro de la ciudad atestado... La Navidad se ha convertido en una especie de potlach donde parece que el único sentido es abarrotar el planeta con más gadgets y fetiches inútiles que los que ya soporta sin saber cómo deshacerse de ellos una vez se convierten en deshechos. 

 Está bien, parezco un viejo cascarrabias, la Navidad se acaba y debe regresar... Pero por fortuna aún falta un año, je, je, je. Ya ven, siempre me gustó Mister Scrooge, quizá el único personaje realmente grato que aún puedo asociar a la Navidad... Aunque al final del relato de Dickens se raja, volviéndose bueno y reencontrando el espíritu de la Navidad... vaya mierda, macho. 

Hay un juguete, de entre la locura absurda de regalos de Santa Claus y los Reyes, que me tiene fascinado: las Monster High. 

Surgidas en 2010, desataron durante años tal locura entre las niñas, que cuando ibas a comprarle una a tu sobrina, el encargado te decía que tal y como las colocaba en el estante las clientas se lo vaciaban. La fiebre ha pasado, pero no se engañen, las muñecas Monster High continúan vendiéndose y la empresa Mattel, cuyos productos son fabricados en China e Indonesia, gana monstruosas cantidades de dinero con un producto que se ha convertido en símbolo de la globalización. 

En mi tierna infancia lo que se estilaba eran las Nancys. Nancy era una rubia tonta en la que las niñas volcaban un mezclijo emocional de cuidado maternal y deseo de convertirse en una adulta al gusto norteamericano. Luego llegó Barbie, cuyo marketing no dejaba lugar a dudas: "En unos años más como Barbie seré, y mientras jugaré con Barbie Superstar". Esta especie de engendro, que ya era un mito en la nación que nos ha colonizado culturalmente a todos, fue genialmente parodiado en Los Simpsons, donde crearon el personaje de Stacy Malibú, que contestaba a cualquier pregunta diciendo: "No lo sé, soy una chica". 

Con Monster High la casa Mattel se ha superado a sí misma. Las High son hijas de viejos monstruos como Drácula, Frankenstein, el Hombre-Lobo, la Medusa o los Zombis. Deberían ser feas y hediondas, preguntaría un infeliz teniendo en cuenta que son monstruosas. Pues no: son guapas, delgadas hasta el límite de lo anoréxico y cabezonas... ni siquiera son malas de verdad, sólo lo parecen. Al contrario que Nancy y otras muñecas convencionales y socialmente integradas, las High están altamente sexualizadas, más incluso que Barbie, como se advierte por sus delirantes componentes de vestido, peinado y complementos. 

Las Monster High triunfan porque el producto rompe con la tendencia homogeneizadora de sus predecesoras. Barbie aparecía en distintas versiones, pero siempre era Barbie, mientras que Highs hay muchas, y cada una tiene un origen y unos fetiches distintos, aunque, si se fijan ustedes bien, son todas iguales. Es un producto magistral porque inclina a las preadolescentes a seguir consumiendo muñecas cuando lo normal sería haber dejado de hacerlo. En cualquier caso no son niñas de 11 años las que más la piden, los vendedores de juguetes saben muy bien que la clientela actual del producto son mayoritariamente niñas de seis años. 

El Mal ejerce una fascinación que traspasa los límites de la inocencia infantil. El fenómeno lo comprobamos anualmente con la locura que estalla con Halloween, otro ejemplo del peso de los elementos culturales norteamericanos en la construcción de un lenguaje de consumo eficaz para la globalización. Hoy el Bien, encarnado en las viejas muñecas, ya no seduce porque la sociedad no sabe qué futuro prometerle a los jóvenes. Como siempre ocurrió, hay que ser guapa, delgada, estilosa y, sobre todo, popular en el Instituto, pero ahora ya no se puede ser inocente y casta porque los signos de la sumisión al patriarcado han dejado de ser cool en las sociedades desarrolladas. 

Las niñas -como cantó Joaquín Sabina- ya no quieren ser princesas. ... ahora quieren ser Draculauras.  

Friday, December 29, 2017

FLOKI EN ISLANDIA

A la serie Vikingos hay que reconocerle algunas virtudes. Una, la principal, es que resulta divertida y en algún momento incluso emocionante. No me refiero a la profusión de momentos sangrientos e incluso sádicos que, por lo que me dicen los que ven Juego de tronos, parece un imperativo para este tipo de teleseries. Otra cuestión es la crudeza, que me parece necesaria porque no se trata de hacer Asterix ni El señor de los anillos. La épica contiene una oscura belleza; cuando el cine la ha sabido explotar -y pienso por ejemplo en Kurosawa o en Peckinpah- el resultado artístico ha sido valioso. 

Confieso que últimamente he sentido la tentación de abandonar la serie. Desde que el relato asume la muerte de Ragnar Lothbrook -arrojado a un pozo de serpientes por el Rey Aella- y toman el poder sus herederos, Vikingos se convierte a menudo en una encarnizada sucesión de rapiñas, traiciones, venganzas e intrigas entre rufianes. Si continuo viéndola es por Floki...

Este personaje, que nos ha acompañado desde que se estrenó la serie hace ya cinco temporadas, resulta de la astuta convergencia de tres fuentes: la imaginación de los guionistas de la serie, la documentación histórica y la mitología nórdica, que asociamos a la asamblea sagrada del reino de Asgard, dominado por Odín, dios de dioses. 

Floki, apodado el Bromista, es constructor de barcos. A él debe el pueblo de Ragnar la fabulosa eficacia de las pequeñas embarcaciones de vela con las que llegaron a Inglaterra, recorrieron el Sena hasta sitiar París o arribaron hasta las Columnas de Hércules para alcanzar las costas mediterráneas. Floki se burla, se pinta la cara, transforma su aspecto... Ama profundamente a Ragnar, pero odia al fraile Athelstan, secuestrado por Ragnar en su primera razzia británica y al que termina convirtiendo en consejero y favorito, desplazando a Floki. Athelstan coquetea con las creencias paganas a raíz de su participación en la ceremonia del Ragnarok, un festín orgiástico cargado de alcohol en el cual los vikingos celebran su determinación a morir en combate para acceder al Valhalla, salón de Asgard habitado por los guerreros que cayeron con la espada en la mano. 

No hay duda, Athelstan es un trasunto de Cristo, por eso, en un rapto místico que le devuelve a su fe primera, acepta ser sacrificado por Floki, reapareciendo después como renacido en los sueños de Ragnar, lo que simboliza la futura conversión de los paganos al cristianismo. Y, claro, Floki personifica al dios Loki, hermano de Odín y tío de Thor y Balder, convirtiéndose en foco de resistencia de las viejas creencias escandinavas frente a la fe en la Cruz. En los ciclos asgardianos, Loki provoca la muerte de Balder, siendo condenado por los dioses a perder a sus hijos y a ser encadenado a dos rocas en una cueva. En la serie, Ragnar aplicará el mismo castigo a su antiguo amigo en condena por el asesinato de Athelstan. 

Mucho más tarde, y después de toda suerte de peripecias, el viejo Floki decide abandonar las tierras noruegas y construye un nuevo barco para viajar en solitario hacia el norte, impulsado por una fuerza incontenible que cree inscrita en su destino, decidido por los dioses. Lleva consigo tres cuervos a los que hará volar para que le muestren el camino. Después de un viaje lleno de penalidades, el tercer cuervo le invita a dirigirse más al norte, hasta encallar en las playas de una tierra desconocida. 

Tras contemplar las maravillas naturales de aquella isla inmensa y helada, da las gracias a los dioses y decide darle el nombre de "Tierra del hielo". Floki inicia así la colonización de Islandia, la tierra más septentrional de Europa, perdida en medio del océano y futura puente de las navegaciones hacia Groenlandia y el continente que después conoceremos como América. 

Hay por lo visto bases de veracidad en el relato. Un tal Hrafna-Floki Vilgeroarson es nombrado en el Libro de los Asentamientos, manuscrito del siglo XII en que se compilan los sucesivos descubrimientos de la isla. Parece que un grupo de monjes de origen británico se habían asentado en el siglo VII, pero probablemente huyeron con la llegada de los escandinavos. Floki encontró un verano particularmente cálido, pero a duras penas pudo resistir el largo invierno posterior, dadas las extremas condiciones que presenta la isla. Regresó a Noruega pero no tardó en repetir el viaje y crear una colonia en la Tierra del Hielo. Dicen las crónicas que los asentamientos más al sur de sus compatriotas le parecían "demasiado cálidos". Yo creo más bien que Floki fue un inadaptado y que se sentía ungido por los dioses. Como vemos en la serie televisiva, al deambular por las desérticas tierras que ha descubierto cree haber alcanzado Asgard, se siente en la residencia de los dioses. Su definitiva marcha a Islandia, y, por tanto, la desaparición de su linaje de tierras escandinavas simboliza la intención de seguir habitando las creencias paganas, cuyos orígenes indoeuropeos se pierden en la noche de los tiempos. 

Loki ha sido en ocasiones comparado con Lucifer. Creo que la analogía es equivocada. La cristiana es una religión ecuménica y de paz, de ahí que, frente a las viejas creencias nórdicas, que remiten a una fe de guerreros, tendamos a considerar la cristianización de Europa como un proceso civilizador. Esa incuestionable virtud arrastra una sombra que debemos relacionar con el origen judaico de nuestra religión: la inaceptabilidad del Mal. De esa determinación a combatir el Mal y destruirlo surge un inquietante componente: el sentimiento de la Culpa.

Trataré de explicarme mejor. En diversas tramas míticas, no sólo en la nórdica, el Mal, que aquí se simboliza en Loki, no está desprestigiado como entre nosotros. Loki es la burla, la autocrítica, el inconsciente, el deseo... No es extraño que en algunos relatos se diga que en origen él y Odín son el mismo y que posteriormente se desgajan en dos. Loki es el bufón que pone en duda nuestras verdades y desenmascara nuestros verdaderos motivos: dominar, seducir, conquistar... Siempre hay un Ángel Caído, pero sólo entre las religiones mosaicas como la nuestra se nos exige exterminarlo. 

... Por fortuna siempre hay un Loki dentro de nosotros invitándonos al Mal, o a lo que los mojigatos del mundo dicen que es el Mal. 

Feliz 2018.  

Saturday, December 23, 2017

VÍSPERAS DE POCO

1. Preocupados por el Procés, no advertimos que la verdadera secesión está en otro lugar. En España -e incluyo a Catalunya- hay más ricos desde la crisis, lo cual es nefasto, y los que ya lo eran lo son aún más. En directa relación con ello, ha aumentado la cantidad de personas en riesgo de exclusión social. El principio neoliberal según el cual el enriquecimiento genera, por irrigación capilar, prosperidad para todos, se ha desacreditado con la Gran Recesión, de la que ya no podemos tener dudas de que antes que una crisis es una estafa, un timo gigantesco. Que a los ciudadanos nos hayan obligado unos políticos corruptos a salvar a los bancos por su negligencia y su inmoralidad, y que esos mismos políticos sigan obteniendo la confianza de la mayor parte de la ciudadanía me maravilla. 

Enhorabuena a los catalanes, han votado mayoritariamente a dos partidos de derechas. Nos tendrán entretenidos en los próximos años disparándose desde las trincheras y esquivando con ello la responsabilidad que más temen: solucionar los problemas de la gente. La política convertida en un juego de ilusionismo.


2. Entiendo que si usted es una persona sensata le ponga enferma deambular entre las multitudes voraces que van a hacer compras cuando se acerca Nochebuena. Aún así he aprendido a no rechazar la Navidad, incluso aunque haya sido definitivamente colonizada y prostituida por el consumo. Hay algo muy sugerente en el cuento de Dickens sobre Mr Scrooge, porque todos necesitamos que algún viejo fantasma nos recuerde que nuestros miedos más prosaicos y las más mezquinas de nuestras vanidades no merecen la atención que cotidianamente les deparamos. Si la Navidad debe seguir existiendo es porque incide sobre la evidencia de que sólo el amor salvará este lugar.  


3.  No creo en Dios porque siempre he presentido que la idea de perfección es indefendible. El ex jugador de los Celtics, Larry Bird, dijo en los noventa que si Dios bajara a jugar al basket lo haría como Michael Jordan, y todo el mundo pensó que se trataba, sin más, de una metáfora inspirada. Pero háganse una pregunta: ¿haría Dios mejor música que la del Concerto per flautino de Vivaldi o pintaría mejor que el Velázquez de Las Hilanderas? ¿Estamos tontos o qué?

4. Una amiga lucía en su bolso a grandes caracteres una frase de Patti Smith: "Dios murió por los pecados de otros, no por los míos". Una compañera de trabajo, con vocación de feligresa mojigata, le riñó afirmando que "no te equivoques, también murió por los tuyos". Esa idea tan semítica del martirio me ha producido siempre un intolerable fastidio. Tengo entendido que entre primitivos, la entrega de un don tan grande que no se puede corresponder con un regalo similar es profundamente insultante, pues crea una deuda eterna y la consiguiente tensión social. Patti tiene razón, y el cristianismo, en lo que tiene de amor a la muerte, es la apoteosis de la ofensa y la descortesía. 

5. Y aún así, Cristo fue un héroe incuestionable, aunque el hecho de morir por su verdad no le hace tener razón. Lo que sí sé con certeza es que no está ahora mismo entre nosotros... José y María le verán mañana nacer en un edificio en ruinas en Damasco, o en un cayuco somalí en medio del Mediterráneo. Si no entendemos esto, no merecemos ser salvados. 





Saturday, December 16, 2017

¿POPULISMO?

¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo? Se asocia el concepto a demagogia, a enunciaciones destinadas a remover vísceras, a formulismos huecos y con más "pegada" que elaboración, a radicalismo inconsecuente, a manipulación de las masas... Se llama populista al Frente Nacional porque ha capturado astutamente los temores del proletariado francés, redirigiéndolos hacia el racismo. En el otro lado del espacio ideológico convencional, nos encontramos a los griegos de Syriza o a los españoles de Podemos, especies supuestamente oportunistas que, con ocasión de la recesión y la masiva venalidad de los políticos, habrían configurado un discurso simplista pero muy mediático, capaz de atraer votos de castigo hacia el stablishment desde el señuelo del anticapitalismo y la lucha de los "de abajo" frente a la oligarquía del dinero y a sus esbirros de La Casta. 

Puedo tener muchas cosas contra Podemos, y tengo muchas más contra Le Pen, contra Trump, y, si hacemos memoria, contra Jesús Gil... pero lo que me nace no es enfocar mi malestar en la acusación de populismo. Y el caso es que aparece continuamente y es usada por tipos muy sesudos, que parecen encontrar en ella la gran amenaza para nuestras sociedades democráticas. 

Yo tengo mis dudas, y el ensayo que acabo de leer, Las razones del populismo, de Ernesto Laclau, me ha ayudado a resolverlas, o, como mínimo, a ponerlas en sus términos correctos. 

Si yo entiendo bien a Laclau, el problema es que pensamos en el populismo como una desviación, una patología del sistema que aparece cíclicamente en ciertos contextos. Por el contrario, el populismo es el factor esencial en la construcción de lo político. No es una opción y menos un accidente, es el elemento constitutivo de lo político. Laclau lo entiende como un agregado de demandas heterogéneas que encuentran normalmente un enemigo común y que se acogen para identificarse a una serie de significantes vacíos, es decir, conceptos que por resultar indefinidos y abstractos, cumplen la función de cementar una estructura determinada, pudiendo trasladarse a otro contexto para hacer el mismo papel con una estructura diferente e incluso opuesta a la anterior. 

Seré más claro. Todos los populistas surgen con vocación de enfrentamiento con un supuesto statu quo. Pueden ser "esos burócratas corruptos de Washington", los políticos que meten la mano, los banqueros... pero también los lobbies gays, las feministas o los colectivos que otorgan "privilegios" a los inmigrantes. No hace falta recurrir a fórmulas agresivas: la Libertad, la Democracia, el Trabajo, la Clase Media, la Familia... Todos estos valores pueden ser empleados como significantes vacíos para lo que Laclau considera que es el momento clave del proceso, la voluntad de una plebs (autodefinida como "los de abajo", supuestos damnificados del orden vigente) por convertirse en el populus, es decir, por presentarse como mayoría moral destinada a asumir la hegemonía. 

Si esto es así, entonces corremos el riesgo de tropezarnos por doquier con trazas de populismo. La idea de patria, o incluso la de la defensa de la Constitución, pueden ser usadas como esos significantes vacíos que se emplean contra otro significante, el Nacionalismo, que se acepta en un contexto conflictivo determinado, pero que resulta sumamente abstracto si se intenta definir para cualquier contexto. Así, Puigdemont habla de democracia o de voluntad popular, términos a los que también se refiere Rajoy.  Le Pen  maneja conceptos similares a los que en otro contexto utiliza Podemos, que habla a menudo de "los de abajo".  Hace años -algunos de ustedes lo recordarán- el vicepresidente del Gabinete González, Alfonso Guerra se erigía en defensor de los "descamisados". 

¿Ven a dónde voy a parar? Sospecho que la imputación de populismo empieza a ser abusiva, no porque tal cosa no exista, sino porque quienes la utilizan no terminan nunca de definirla, lo cual genera confusiones que terminan volviendo infructuoso el debate. 

Déjenme referirme al caso Trump, uno de los más fascinantes de los últimos decenios. Donald Trump es un facha de manual, sus principios son zafios y la imagen que nos hemos hecho de su electorado es la de un blanco avinagrado, el cual ha visto precarizarse su situación profesional y afirma ante una pinta de cerveza que el Estado le roba sus impuestos para financiar sus corruptelas o los programa de asistencia a vagos y delincuentes. 

¿Manipulación? ¿Demagogia? Sin duda, pero hay algo más. La precarización del mercado laboral y el desclasamiento de grandes capas de población es consecuencia de que son tipos como Trump los que han impuesto una agenda económica que, desde los años del reaganismo, propaga la especie de que el Estado es el mal y que la libertad consiste en ahorrar costes, evadir el fisco y hacerse rico. Cuando la evolución del capitalismo contemporáneo muestra que sus verdaderas intenciones consistían en trasladar astronómicos activos económicos desde las clases bajas o medias hacia una minoría, entonces reaparece el fantasma del supremacismo blanco, personificado por un magnate que odia a los inmigrantes y pone a las mujeres en su sitio. 

Trump contiene un toque antisistema que, en realidad, es resultado de la ira de mucha gente. ¿De verdad creemos que toda esa gente podía confiar en un personaje tan del stablishment como Hillary Clinton? Trump es un populista, no tengo dudas, pero él no ha inventado las claves del populismo. Estamos ante una criatura surgida de un largo periodo histórico durante el cual se nos ha convencido de que el Estado del Bienestar es ruinoso, que la política es una mentira de los burócratas, que los inmigrantes vienen a robar y que el dinero es el único dios al que debemos adorar. 

Saturday, December 09, 2017

LO QUE QUEDA DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Mi problema con el comunismo es que siempre me pareció inconcebible. Me sonaba a algo así como que los leones dejaran voluntariamente de comerse a los ciervos. Yo no celebro la Revolución Rusa por la misma razón que no celebro la Francesa o la globalización, son procesos históricos demasiado gruesos, no me veo en condiciones de declararme partidario o detractor porque no me gusta hacer el ridículo. 

En cualquier caso nunca fui comunista. Bueno, sí, una temporadita, pero por fastidiar a los curas. Después me pasaron cosas, por ejemplo que empezó a chirriarme mucho eso de ir cantando loas a la causa proletaria para luego irme a casa a ver la Copa de Europa y seguir viviendo a la sopa boba de mi señor padre. Otra que me ocurrió es que algunos de los hijos de puta más grandes que he conocido en mi vida eran convencidos leninistas. Con el tiempo he entendido que Lenin no tiene la culpa de eso, pero no termino de quitarme de encima la consideración de que un leninista es un tipo que, con la excusa de la estrategia revolucionaria para derrocar a la burguesía, no tiene el más mínimo inconveniente en manipular a algunos ingenuos para, llegado el momento, "sacrificarlos" por la causa. 

Entiendo bien que los tipos como yo son farragosos, le ponemos peros a todo y así no hay manera de tomar el Palacio de Invierno. Pero al menos, mi condición de escéptico protege mi lucidez lo bastante como para no caer en la defensa de según qué atrocidades.

Por ejemplo, no puedo entender cómo alguien que dice ser de izquierdas, lo cual para mí significa ponerse del lado de los derechos y las libertades, se dedica a defender prácticas políticas autoritarias. Una cosa es que uno denuncie la hipocresía con la que los reaccionarios se ceban con Venezuela o Cuba y otra es tomar como modelo formas de gobierno que parecen extraídas de una novela de García Márquez. El poder creciente de China no asusta tanto por la pérdida de los referentes ideológicos del maoísmo como porque China, ahora y antes, significa que los derechos humanos valen poco. Y todo esto sin referirme al esperpento norcoreano. 

Temer la disidencia es de cobardes. Levantar paredes y alambradas para que no entren los de afuera es cuestionable, pero hacerlo para que no salgan los de adentro... ¿nos damos cuenta de que es una pura autorrefutación? Es verdad que la Caída del Muro de Berlín no ha traído las libertades que esperábamos, pero era muy mezquino no experimentar en aquellos días la sensación de que uno de los símbolos de la tiranía se desplomaba en el corazón de Europa. 
Añadiría que el comercio es una inclinación universal irrenunciable y necesaria, que el impulso de competir es legítimo, que la burguesía es autora de la mayoría de referentes culturales que amamos, que Marta Harnecker es una pelma... No sigo, el comunismo, entendido como modelo ideológico de oposición radical al capitalismo, se halla en un momento que no sé si es de disolución o de reconfiguración. 

Advierto, sin embargo, que entre los pecios que quedan de ese naufragio hay mucho que rescatar, empezando por los textos de Marx -al que se habrán dado cuenta de que aún no había nombrado- y siguiendo con los de Gramsci y tantos otros, algunos de ellos tachados torpemente de "revisionistas" por los devotos de Stalin. 

Tengo razones, ya las expondré, para pensar que una izquierda heterogénea pero global está configurándose en la actualidad y desde los últimos años del siglo XX. Se vistió de largo con los disturbios de Seattle en 1999 y ha ido atravesando distintas estaciones de paso hasta hoy, desde el nacimiento del Foro Social Mundial hasta los episodios de los Indignados, Occupy Wall Street o la Primavera Árabe. 

Están ocurriendo demasiadas cosas y el mundo cambia demasiado deprisa para quedarnos en bucles melancólicos y seguir flotando entre viejos dogmas. La izquierda se encuentra en una fase de incertidumbre, lo cual es angustioso pero también fascinante. Como dijo recientemente Zizek: "bienvenidos a tiempos interesantes".