Thursday, July 12, 2018

YO NO SOY HIPSTER

Si adoptamos la rigurosa disciplina del sociólogo profesional, convenimos en que lo hipster es un fenómeno de baja intensidad y al que ya sólo podríamos referirnos en pasado, una moda sin mucha más relevancia que algunas pautas de atuendo o peinado que han caído en desuso o que, cuando aparecen, sólo identifican vulgar emulación. 

Lo de la baja intensidad convendría matizarlo. Lo de que hablamos de un fenómeno ya extinto... eso lo niego enérgicamente. En todo caso puede que evolucionen algunos de los signos hipster más identificables, pero, lejos de haber pasado sin pena de gloria, sostengo que la sombra de sus implicaciones es insospechadamente alargada. No es que tengan una gran trascendencia, no la tienen... lo que yo digo es que tienen valor por lo que hay tras ellas. "Lo hipster es ficción, simulacro, sólo signos"... de acuerdo, pero vivimos en la era más ficcional del mercado, nunca los signos pesaron tanto. 

Seré más concreto: el hipster aparece en las urbes de Occidente como miembro de una supuesta élite con talento para cazar tendencias... Cuando esa minoría deja de serlo porque pasa a ser integrada como un fenómeno de multitudes, lo que descubrimos entonces es que las pautas que gobiernan la deriva de las sociedades del siglo XXI son, en gran medida, hipsters. En otras palabras, lo hipster, como en en el periodo entreguerras la femme fatale, como en los setenta el punk, como en los noventa el grunge, ... estos y cualesquiera otros en que pensemos son elementos que identifican una gran lógica... Si sabemos interpretarlos, son síntoma de una escala de valores dominante. Veamos. 

El término hipster tiene su origen remoto en una época, la de los cuarenta y cincuenta, con fama de conformista en Occidente. Definido por Norman Mailer en El negro blanco, el hipster era caucásico, pero su amor por el hot jazz le hizo inclinarse hacia círculos nocturnos bohemios y desclasados, es decir, propios de afroamericanos. De aquí deriva la palabra "hippie", que designa entonces a los hijos de aquellas corrientes minoritarias cuando arraigaron entre los baby boomers de los USA, ya en los años sesenta... Obviamente el término arrastraba cierto tono despectivo, pues se entendía como una banalización multitudinaria, consumista y acomodada del impulso de hipsters y beatniks hacia el be bop, los alucinógenos, la meditación oriental o el nomadismo bohemio. 

Interesante, ¿verdad? Sí, pero nada de lo que he contado parece  tener relación con lo que hoy presentamos como hipster, es decir, si hacemos caso a la primera impresión, un tipo con barba y pelo cuadrangulares, camisa a cuadros, gafas de pasta... Sus gustos son más distinguidos que los de la mayoría, viven en barrios cool como el valenciano de Russafa o el madrileño de Malasaña, y piensan que usted y yo somos unos zafios consumidores, mientras que ellos, en tanto que veganos o asiduos de tiendas de ropa alternativa, saben de verdad estar a la vanguardia. 

Dos cositas más, un pelín paradójicas. Cuando usted o yo, tipos vulgares, adoptemos algún signo hipster, el hipster verdadero ya lo habrá abandonado, pues asocia la masificación a deterioro o abaratamiento. (Es ese misterioso fenómeno por el cual, el objeto decorativo que se encontraba en una tienda cara y cool puede usted adquirirlo un par de años después a módico precio en un chino, es decir, cuando el hipster ya lo ha tirado a la basura, lo cual le convierte a usted en un cutre) Esto nos lleva a la segunda paradoja: nada es menos hipster que querer serlo, el hipster siempre niega ser hipster y nos acusa a los demás de serlo.

  Me gusta cómo lo expresa Mark Greif en "¿Qué fue lo hipster?. Una investigación sociológica": 

los hipsters son una subcultura fruto del neoliberalismo, esa infame tendencia de nuestra época que defiende la privatización de los bienes públicos y la redistribución de la riqueza hacia las clases altas. Los valores del movimiento hipster ensalzan la política reaccionaria, pero disfrazados de rebelión, ocultos tras las máscara del vicio. (Vicio -vice- es una palabra clave de la terminología hipster) El arte y el pensamiento hipster, si es que pueden denominarse así, caen con excesiva frecuencia en la repetición, el infantilismo y el primitivismo. Y el antiautoritarismo hipster no es más que una treta mediante la cual los jóvenes de clase media se perdonan a sí mismos por haber dado la espalda a las reivindicaciones de la contracultura -ya sea punk, anticapitalista, anarquista, nerd o sesentera- al mismo tiempo que conservan el atractivo de la contracultura. Esto amenaza con convertir las vanguardias del futuro en meras comunidades de adeptos superficiales.

Es aquí donde lo hipster despierta mi interés, pues más allá de la  singular minoría a la que se atribuye esa identidad, designa en cierto modo la lógica que habitamos y el horizonte valorativo al que aspiramos. Llevar vaqueros previamente desgastados, ser enrollado con los jóvenes, consumir té orgánico, viajar a Copenhague para imitar el hygge de los daneses  -que consiste en encontrar la felicidad sin acudir al supermercado, por cierto algo que no pasaría si uno viajara al Chad-, hacerse un poco vegano, comprarse o alquilarse un loft en un barrio castizo, llevar a los hijos a escuelas con metodologías pedagógicas alternativas, seguir a bandas de música que nadie conoce, ir por la ciudad en bici, meditar como supuestamente hacen los budistas... Bien pensado, y aquí la paradoja alcanza sus últimas consecuencias, algunas de todas estas cosas las hago yo, que no soy nada cool y no destaco en tanto que cazador de tendencias. 

No es que yo sea hipster, es que todos lo somos un poco sin saberlo. El hipster es lo que queda de la rebeldía cuando ya ha sido muchas veces reciclada y domesticada por un capitalismo más basado que nunca en la simulación y los signos. El hipster siente nostalgia de los tiempos en que estaba clara la distancia entre un integrado y un "underground", y no necesariamente elegir lo segundo le condenaba a uno a una vida de mierda. No como ahora, cuando renunciar a un trabajo fijo o a títulos académicos le condena a uno al más sórdido precariado y a no molar nada, pues no se puede ser cool sin tener dinero para consumir. El hipster esto lo entiende perfectamente. Por eso, tras el reconocimiento de su impotencia política, y sabiendo que hoy sólo eres trendy si tienes pasta, homenajea con su ropa o sus hábitos enrollados a la revolución en la que él cree ya menos que nadie. 

Concluyo. Lo hipster no fue, lo hipster es, aunque desaparezcan estas barbas horrendas que últimamente vemos. Dentro de poco se llamará de otra manera y las camisas tendrán rayas en vez de cuadros porque la dinámica profunda del ciclo actual del capital requiere una permanente ansiedad por la distinción. Nada alimenta más el sistema que el deseo siempre insuficientemente satisfecho de sentirnos mejores que los otros. 

Un añadido. No sabemos aún hasta qué punto internet está cambiando al ser humano, pero sí intuimos que, junto a magníficas posibilidades, abre también el camino a colosales insignificancias. Lo que sí sé es que anteriores subculturas son previas a internet, no nacieron con ella. Lo hipster sí.  

Y no, no me miren a mí, yo no soy hipster.    

EL MUNDO DESAJUSTADO DE AMIN MAALOUF (Y II)

¿Tiene la nación más poderosa del mundo legitimidad para liderar éticamente a la ciudadanía global? Además de haber ganado, tanto en la disputa con el socialismo como en la rivalidad con los valores de Oriente, ¿puede Occidente considerarse vector de democratización del planeta? La Caída del Muro de Berlín alimentó esa creencia; después -como afirma Amin Maalouf, ir de guerra en guerra se ha convertido para los EEUU más en un sistema de gobierno que en un recurso excepcional. 

No somos ingenuos. Los norteamericanos han entendido que la supremacía de su nación está permanentemente amenazada, que proliferan elementos que le son profundamente hostiles y a los que no conviene dejar sueltos, o que la emergencia económica de algunas naciones no puede ser contemplada con pasividad. Ahora bien, que el modelo duro de poder que emplean los USA en sus relaciones internacionales tenga una lógica no resuelve la cuestión central: después de un tiempo en que Occidente soñaba con haber "convencido" al mundo de que su modelo era el mejor, ahora vuelven a ser la violencia y el sometimiento los argumentos principales.   

¿Y si después de todo los árabes, objeto principal de la aspereza política norteamericana, no merecieran otra cosa? Ya conocemos esta especie: el mundo árabe no ha sido capaz de abrazar la ilustración y el progreso porque el islam y la política son inseparables. Aquí Maalouf es tajante frente a ese prejuicio tan extendido: todas las religiones predican una concordia en la que no creen en profundidad, su germen es la intolerancia. Tan pronto como encontramos en el Corán, la Biblia o el Evangelio un mensaje de paz, nos topamos de morros con otro que empuja a la guerra. No es Mahoma quien determinó que el mundo árabe se estancara en el teocentrismo, como no está en los apóstoles el origen de la secularización de los pueblos europeos. El dogmatismo árabe causa el encadenamiento de cientos de millones de mujeres a una comunidad identitaria y opresiva. Pero tampoco ayuda -dice Maalouf- que los países receptores de inmigrantes árabes prefieran la fragmentación multiculturalista y el gueto en vez de inclinar a los recién llegados a asumir la doble pertenencia. 

¿Choque de civilizaciones? Deberíamos sospechar de tales planteamientos maximalistas en un momento dominado por la hibridación. En realidad siempre fue así, las identidades se constituyeron lentamente, siempre fueron movedizas e impuras, aunque siempre hubo quien se esforzó en negarlo, quien nos recordaba insistentemente que el destino irremediable de las culturas era no encontrarse. Podemos entonces conformarnos con creer en "tribus planetarias" permanentemente enfrentadas, o podemos, como propone Maalouf, creer en una humanidad dispuesta a compartir algunos valores de diálogo básicos sin dejar de reconocer y apreciar la diversidad. 

Lo que no ofrece duda toda medida con la que un gobierno intente solucionar en profundidad un problema serio topará con problemas geopolíticos, ecológicos o económicos que están fuera de su alcance. Y sin embargo no hay más remedio que solucionar esos problemas si queremos ir a algún sitio y no al desastre. Desde el reagan-thatcherismo se nos ha intentado convencer de que la supuesta mano invisible del mercado lo solucionaría todo, pero hoy -cuando el juego de prestidigitación de los agentes financieros escapa más que nunca al poder de las instituciones estatales- sabemos que la prosperidad del mercado genera desigualdades brutales y es insostenible para el medio natural. 

¿Un gobierno mundial? Yo diría más bien que una ciudadanía mundial. Y, en todo caso, antes que hablar de un gobierno para el planeta globalizado, habríamos de deliberar sobre qué tipo de gobierno global queremos. Es aquí donde, para Maalouf, es vital la perspectiva de la cultura. Estamos ante el verdadero gran desafío del siglo XXI: otorgar a la cultura y la enseñanza un lugar prioritario. Sólo tendremos una verdadera democracia en la medida en que no seamos presas fáciles de los propagandistas:

"El siglo XXI se salvará por la cultura o naufragará". 

Quienes como Trump y sus ideólogos alientan los prejuicios para hacernos creer que nuestros enemigos son las otras culturas, las naciones y religiones diferentes, debemos acertar a extender la mirada para entender que los verdaderos enemigos amenazan al conjunto de la humanidad: el cáncer y otras enfermedades, el envejecimiento, la ignorancia, el hambre, la relegación de la mujer, la explotación infantil, el cambio climático... Necesitamos otro New Deal, con propósitos similares al de Franklin D. Roosvelt, pero mucho más ambicioso, porque su alcance debe ser universal. Ese plan debe diseñar nuevas reglas para establecer las relaciones entre las comunidades, lo cual habrá de servir para atajar los terribles desajustes a los que se enfrenta el planeta.  

Saturday, July 07, 2018

EL MUNDO DESAJUSTADO DE AMIN MAALOUF (I)

"Buff, ¡los árabes!", he oído ese suspiro escéptico más de una vez cuando aparece el tema. O más crudo y explícito: "Donde hay moros hay problemas". Se diría que el tema árabe no tiene solución, que el Islam es un ciclópeo proyecto histórico de civilización que ha fracasado y que, incapaz de adaptarse a la modernidad, arrastra con sus rigideces y su inoperancia a cientos de millones de habitantes de este planeta. 

Regreso, como tantas otras veces, a Amin Maalouf, de quien leí hace ya años El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Publicado en los primeros tiempos de la Recesión, es anterior a la Primavera Árabe, quizá por eso me ha resultado especialmente útil su revisión. Hay otro motivo, Maalouf es un libanés que ha vivido la mayor parte de su vida en Francia. Esta perspectiva mestiza de la cuestión Oriente-Occidente, si es que tenemos derecho a plantearla en esos términos, le otorga una visión que no debemos desaprovechar, sobre todo si se trata de un tipo tan inteligente y bienientencionado como el autor de León el Africano y tantas otras obras maestras de la novela y el ensayo. 

Explica Maalouf que los árabes viven cada vez más hundidos en un pozo de rencor, rencor hacia Occidente y hacia otros pueblos, pero rencor, sobre todo, hacia sí mismos. La actual hegemonía cultural del radicalismo religioso o, lo que viene a ser lo mismo, el desplazamiento de la controversia ideológica izquierda-derecha hacia la cuestión identitaria, es para el autor un fenómeno catastrófico, un auténtico fracaso de civilización. 

¿Por qué la hostilidad hacia Occidente? Casos como el de las dos guerras de Irak propician interpretaciones perfectamente opuestas: la democracia no puede prender entre los árabes para unos y, según los otros, el impulso de extender la democracia por parte de EEUU es un infame caso de hipocresía. Maalouf afirma que las dos visiones son igualmente verdaderas y falsas. 

El pecado secular de las potencias europeas no ha sido el de querer imponer sus valores al resto del mundo, sino precisamente lo contrario: el haber renunciado continuamente a respetar sus propios valores en sus relaciones con los pueblos dominados.

Seamos sensatos, la ocupación norteamericana de Irak ha desencadenado el caos en la relación entre las comunidades locales, pero tampoco es justificable que en sectores nada cándidos se llame "mártires" o "héroes" a descerebrados que lanzan una bomba en un mercado repleto de mujeres y niños de una comunidad árabe rival. De lo primero tiene la culpa una potencia occidental, de lo segundo no. 

No siempre el mundo árabo-islámico se resignó a la impotencia. En sus distintas ciclos históricos, el nacionalismo árabe tiene un papel significativo. Algo como lo que logró Ataturk en Turquía, es decir, construir una nación para el pueblo otomano, intentó el egipcio Nasser con los pueblos árabes. La emergencia de esta figura despertó las ilusiones de muchos que llevaban tiempo soñando con una única nación árabe. 

Conviene salir de la amnesia. Nada se habla entre nosotros de aquellas primeras décadas del siglo XX en que los grandes países árabes vivían en medio de una considerable efervescencia cultural y democrática. Nada podía hacer previsible la recaída en regímenes autoritarios en Egipto, Siria, Irak o Irán, aparte de, por supuesto, Turquía o Líbano. El balance no permite, sin embargo, pensar en el nasserismo como una edad de oro. No consiguió modernizar la estructura institucional egipcia, no sacó al país del subdesarrollo ni logró unir a los distintos países. Nasser consumó su fracaso con la derrota militar de la Guerra de los Seis Días. Y, sin embargo, lo que los árabes recuerdan de aquella época es que fueron protagonistas de su propia historia y tuvieron un líder. Los palestinos, por ejemplo, llegaron a ver en el triunfo del proyecto nasseriano la única esperanza sólida de vencer la dominación israelí. No es extraño que la derrota militar de Nasser haya pasado a la historia como uno de los mayores traumas de los palestinos, de los egipcios y del resto de los árabes. 

Nada ha vuelto a ser lo mismo. Los árabes tienden a detestar un mundo en el que sólo se sienten humillados e impotentes, y es en cierto modo un auto-odio, el sentimiento del propio fracaso. Todo lo que ha venido después de Nasser ha sido frustrante. Amparados en el poder petrolífero y en colisión con los intereses norteamericanos, algunos como el libio Gadafi o el iraquí Sadam trataron de capturar en su favor la herencia panarabista nasseriana. Pero no funcionó. Tampoco había tenido éxito el barnizado leninista que se extendió entre muchos líderes o intelectuales árabes cuando se intensificaron las relaciones con el bloque soviético.

Una de las grandes lecciones del siglo que acaba de concluir es que las ideologías pasan y las religiones permanecen. En varias épocas de la Historia pareció que prevalecían otras solidaridades más nuevas, más "modernas": la clase, la nación. Pero, hasta ahora, la religión ha tenido siempre la última palabra.  

Thursday, June 28, 2018

EL VALLE

Cuarenta años de democracia... ya es más tiempo que el que tuvo el franquismo. 

No tendríamos que explicar por qué hay que acabar con el Valle de los Caídos o, para ser más exacto, por qué hay que seguir con la ley franquista que determina el sentido del monumento y no son las instituciones democráticas las que deciden qué valor y qué uso corresponde al enclave. Un régimen dictatorial creó el Valle para homenajear a un ejército golpista que interrumpió por la fuerza un Estado legítimo, y lo hizo sirviéndose de la mano de obra de los presos políticos que defendieron la democracia. Convertidos en esclavos, muchos murieron en aquella obra siniestra y sus familiares aún no han podido exhumar sus restos. 

No soy yo, no es el Gobierno quien debe explicarse, son los defensores del Valle los que han de explicar por qué una democracia ya madura debe seguir homenajeando al fascismo. En Alemania, cualquier tipo de apología del nazismo es delictiva; en España parece que lo complicado es exigir que se acabe con esta anomalía democrática por la cual tenemos que soportar que los nombres de las calles, los adornos de los edificios o los cementerios agradezcan a los criminales sus crímenes. Es un caso de índole muy similar, en el fondo, al de Billy el Niño. Quienes creemos en la reconciliación hemos de asumir, por lo visto, que los autores de las mayores atrocidades deben ser perdonados y sus víctimas olvidadas. 

Y bien, ¿hay alguien ahí? No, no lo hay. Nadie contesta porque lo único que les ocurre es aquello de que no hay que "abrir viejas heridas". El problema de las viejas heridas es que no son tal cosa para los verdugos, con lo que fácilmente pueden ignorarlas; en cuanto a las víctimas, no hay heridas que vayan a abrirse porque nunca se cerraron. Hay otra razón: la derecha española, en mayor o menor medida, sigue sin romper con la Dictadura. Entenderemos muchas cosas de este país cuando analicemos en profundidad las consecuencias que arrastra este fenómeno.

Bueno es por ello que se les recuerde a los partidarios de la amnesia qué es exactamente lo que, de forma más o menos explícita, están defendiendo cuando aprietan las filas para proteger la herencia del Dictador. 

Según Amnistía Internacional, el de Franco fue uno de los regímenes más crueles y sangrientos del siglo XX. No extraña entonces que el prestigioso historiador Paul Preston lo defina como "Holocausto español". Hablando de holocaustos, el golpe y los primeros años del Régimen encontraron apoyos esenciales en el nazismo, justo lo contrario de lo ocurrido a la República, abandonada a su suerte por una Europa acobardada ante Hitler. En los primeros años de la posguerra, la Dictadura asesinó por causas políticas a cerca de doscientos mil españoles, a los que debemos sumar el millón de exiliados. Y siguió asesinando hasta el último día de vida del Caudillo, contando por cierto en todo momento con el aliento moral de la Iglesia. 

Los ideólogos de la derecha, acaso frustrados por no poder defender activamente el Régimen, suelen cargar de forma inmisericorde contra la Segunda República, a la que presentan como un caos. Sin duda incurrió en graves errores, como los anteriores regímenes de libertad habidos en España. Pero tuvo un propósito inexcusable: corregir las endémicas injusticias del país. Escuela pública, seguridad social, reforma agraria, divorcio, aborto, derechos sindicales, reforma del ejército, reconocimiento de la plurinacionalidad... no hay duda de que semejante proyecto convertiría en enemigos encarnizados a los poderes fácticos que llevaban siglos dominando el país. Por eso, como explica Vicenç Navarro en "El subdesarrollo social de España", los terratenientes, el clero, la banca, el ejército o la burguesía conservadora respaldaron en todo momento la tentación golpista. 

La Dictadura de Franco fue un régimen atroz. Se caracterizó por la institucionalización del terror, un cotidiano y colosal ejercicio propagandístico y una gestión nefasta que convirtió a España en el furgón de cola de Europa. Yo viví sus últimos estertores, conocí algo de su violencia, de sus abusos, incluso de su mal estilo, su profunda fealdad, que explica ese monumentalismo kitsch tan horripilante del monumento que aún reverencian. 

Hay una tendencia a ponerle sordina al horror. La encontramos en el entorno ideológico del PP y Ciudadanos y en los medios de comunicación que trabajan a su servicio. Se alimenta del principio de la equidistancia, según el cual los dos bandos fueron igualmente crueles. (Es curioso que quienes lo creen suelen ponerse histéricos cuando desde el País Vasco se plantea la hipótesis de la equidistancia respecto al conflicto vasco). Yo no soy equidistante, creo que el carácter de la conducta del ejército franquista era criminal por definición, como luego terminó de demostrarse en la represión de posguerra, mientras que en el bando republicano la propensión a violar los derechos humanos era parcial e incontrolada. En cualquier caso, deberíamos preguntarnos cómo juzgaríamos determinadas acciones del ejército aliado -desde los feroces bombardeos sobre la Alemania derrotada hasta las bombas nucleares sobre un igualmente inofensivo Japón- si no fuera verdad eso de que la historia la escriben los ganadores. Y sin embargo aceptamos sin grandes remilgos que, felizmente, la democracia derrotó al fascismo en la Segunda Guerra Mundial.

En próximas fechas el Parlamento español, es decir, el poder legislativo -que no es sólo Pedro Sánchez, por si alguien lo ignora- procederá a la exhumación de los restos de Francisco Franco e iniciará el proceso de reconversión del Valle de los Caídos en Museo de la Memoria Histórica. Deseo firmemente que así sea. Y deseo, sobre todo, que en este país haya, al fin, una democracia digna a todos los efectos de tal nombre.  


Saturday, June 23, 2018

ESPALDAS MOJADAS

Las imágenes que la brutal política "anti-inmigración" del Presidente Trump nos ha regalado en estos días arrastran alguna consecuencia positiva: evidencian para cualquiera que tenga un poco de humanidad y dos dedos de frente que sus enemigos no son los inmigrantes. En el histrionismo y la mezquindad de Trump debemos ser capaces de ver reflejados los pedazos del Trump que vemos a nuestro alrededor y que apareció entre nosotros estos días por la acogida española al Aquarius. Y no, no es una solución, como no lo es exigir al actual ocupante de la Casa Blanca que no trate a las familias inmigrantes como si hubiera vuelto Auschwitz, incluyendo las "medidas disuasorias" de separar a los niños de sus padres o de recluir a aquellos en celdas dignas de un zoológico.

Demos razones.  A lo largo de la historia los emigrantes fuimos nosotros o, en todo caso, fueron occidentales quienes organizaron -o forzaron- las migraciones de otros. Este proceso muta tras la Segunda Guerra Mundial, aunque particularmente a nosotros, los españoles, corresponde no olvidar que experimentamos un gran éxodo rumbo a las naciones europeas más avanzadas durante los años sesenta... Y eso si no nos da por analizar la cantidad de jóvenes que han emigrado a Europa en busca de oportunidades en este último gran ciclo de emigración forzado por la crisis. Sin olvidarnos del tema sirio, la cuestión humanitaria en Europa se plantea fundamentalmente con ciudadanos llegados de África. Las multitudes hambrientas que tientan la valla de Melilla o cruzan el Mediterráneo en precarios cayucos huyen de crueles conflictos armados, conflictos étnicos, desastres ecológicos y, por supuesto, situaciones de descomposición económica. 

Podemos pensar que basta con decirles "no" y, en nuestros momentos de mayor generosidad, enviar misiones humanitarias. Podemos creer en estrategias "disuasorias" a imitación de Trump... ¿Qué otra cosa son las concertinas, las devoluciones en caliente, los centros de reclusión y castigo o la persecución a las ONGs en el Mediterráneo?  En cualquier caso la acción las organizaciones solidarias no puede ocupar el lugar de la política. O, si me permiten la metáfora, no podemos pretender curar una enfermedad con aspirinas cuando lo que necesitamos son antibióticos. 

Dejemos de pensar como aldeanos: nos encontramos en medio de una revolución demográfica sin precedentes, y la lógica de la globalización neoliberal, según la cual el mundo ha de ser gobernado por el mercado y los Estados deben seguir debilitándose, está generando desigualdades insoportables. Necesitamos un enorme proyecto global, algo así como un Plan Marshall para el conjunto del planeta. Lo bueno de que Trump siente su culo en el Despacho Oval es que ayuda a muchos ciudadanos a entender que los problemas que se nos echan encima no se van a arreglar poniéndole puertas al campo. 

Permítanme, y disculpen por alargarme, que les cuente algo, proviene del interesante ensayo sobre la economía sumergida en los USA "Porno, marihuana y espaldas mojadas", de Erich Schlosser, que acaso les suene por su célebre "Fast food Nation".
   
Explica Schlosser que la enorme rentabilidad de la economía agraria californiana depende en gran medida de la disposición de mano de obra barata. Se calcula, aunque por razones obvias no hay cifras exactas, que más de la mitad de los inmigrantes que hay en California son clandestinos. Podemos ser tan cándidos como los electores de Trump, habituados a despotricar contra los extranjeros, "que vienen a dejarnos sin trabajo, a delinquir y a quedarse con las subvenciones sociales". Pero la realidad es que hay un mercado negro de mano de obra barata en el cual se sustenta la eficiencia de los cultivos de fresa, aguacate, ciruela y otros productos de alto rango. Y sí, antes el trabajo era desempeñado por jornaleros autóctonos, pero estos se creen con derecho a seguro médico, salario digno, prestación de paro estacional o seguridad social... Es mucho menos costoso un "trabajador invisible". 

Antiguos informes para el Gobierno investigados por Schlosser  indican que la economía norteamericana había dependido siempre de la "desgracia de la gente" para prosperar, y que cuando el nivel de desgracia nacional no era suficiente había que contar con las desgracias de naciones cercanas para seguir teniendo mano de obra emigrante. La conclusión de Schlosser es que el concepto de "trabajo temporal" es falaz, pues nada es más permanente que los trabajadores eventuales. Además crea un ciclo perverso. Según llegan nuevos clandestinos al campo californiano, otros ya instalados intentan ocupar sitio en el mercado de servicios o se desplazan hacia otros Estados donde trabajarán en granjas y latifundios, industria cárnica, industria textil o seguridad. No es osado concluir que la verdadera política migratoria de los EEUU se ha privatizado y está en manos de los empresarios agrarios de California. Estos, además de ingentes fortunas, tienen un considerable peso político. 

 Si, como ocurrió a tantos en los peores momentos de la Gran Recesión, un wasp se arruina o ve caer su nivel de bienestar, es posible que no piense en la corrupción y la negligencia de los agentes financieros como causantes directos de sus dificultades. El chivo expiatorio es un tipo moreno con jornadas de trabajo infernales y salario de miseria que duerme en el suelo porque pretende enviar la mayor parte de lo que gana a su familia. 


Sí, señores, Trump es un monstruo... el monstruo al que una gran parte de la ciudadanía norteamericana ha hecho Presidente. Su rostro es el reflejo de lo peor que hay en nosotros. Por eso las repugnantes imágenes de estos días tienen algo bueno... porque nos permiten entender hasta que profundas simas de corrupción moral podemos precipitarnos. 

Friday, June 15, 2018

UN PAÍS INTERESANTE

Quizá no haya nada más entretenido que ser español. En los últimos días hemos vivido tales convulsiones, que uno se pregunta si todos esos jóvenes que emigran no van a perder, a cambio de tener un trabajo digno, la posibilidad de pasárselo bomba con este circo gigantesco que es la Celtiberia. 

El pasado miércoles, por ejemplo, no nos habíamos repuesto todavía del abrupto cambio de gobierno y, a horas de debutar ante Portugal en la Copa del Mundo, se anunciaba la destitución fulminante del seleccionador nacional. Todos sabemos que el fútbol es un juego estúpido, pero con una capacidad para incidir sobre la política y la economía tan grande, que países como Brasil o Argentina hacen depender cada cuatro años su estado de ánimo y su autoestima de los resultados mundialistas. Se impone la pregunta: ¿tenemos derecho a sentirnos alejados del tercermundismo de esas naciones del sur del mundo que se alienan con las pasiones futbolísticas? 

A mí, ya puestos en el caso, me parece que lo de Lopetegui es una deslealtad impresentable. Y me parece también que el nuevo Presidente de la Federación ha tomado una decisión sumamente imprudente para sus propios intereses, pues, con la tropa a punto de entrar en combate, destituir al comandante sitúa al propio Rubiales en la diana de todas las flechas que surcarán el cielo como demonios si las cosas salen mal. Y sin embargo, tiene algo de heroico. Siempre lo tiene ponerle trabas a un personaje tan poderoso y tan dañino como Florentino Pérez. No deja de sorprenderme la insistencia de algunos allegados madridistas y de derechas en reprocharme falta de intensidad patriótica. Al final resulta que es el Madrid el que se carga a la selección nacional. Pregúntense si esta cochinada la hubiera hecho el Barça... Rivera sería el primero en echarle la culpa al Procés y se dispararía de nuevo en las encuestas electorales, ya lo creo.

En las mismas horas en que los teletipos ardían -así se decía antes de internet- con lo del equipo nacional, se descubrían los líos con Hacienda del nuevo Ministro de Cultura, Màxim Huerta. Y el escándalo se desataba... Y el Ministro ya era ex antes de caer la noche... Y Ferreras se lo pasaba bomba con su carrusel deportivo de la Sexta. No daba abasto, pues por la mañana los reporteros aguardaban noticias sobre el inminente ingreso en prisión de nuestro amado Urdangarín. Ya verán, seguro que consiguen infiltrar una cámara en prisión y terminamos viendo como friega la celda o juega al mus con otros presos. 

Este es un país encantador, es una pena que haya desaparecido el Padre Apeles, pero tenemos a Hernando, no se desanimen. 

  Decía Franco que España era "la reserva espiritual de Occidente". 
Se le fue la mano porque Franco, además de no ser un tipo demasiado leído, tenía ese toque grandilocuente joseantoniano que atribuye a España la condición de país elegido. Todo aldeano tiende a sucumbir a la tentación de afirmar tras dos vinitos que como lo suyo no hay nada en el mundo, entre otras cosas porque nunca ha viajado. Y, sin embargo, aunque en un sentido no previsto por el Dictador, España tiene la singularidad necesaria para ser considerada una tierra emocionante. "Ojalá te toque vivir tiempos interesantes"... dicen que así reza una maldición. A nosotros nos ha tocado la china de vivir en un "país interesante". Berlanga lo captó magistralmente: somos la reserva humorística de Europa, un país encantador, si no existiéramos habría que inventarnos. 

¿Tienen trascendencia todos estos affaires que animan nuestros días? Pues no, no gran cosa, creo. Algunos corruptos son condenados, pero sucederá como en esa historia del legionario que pide que no espanten a las moscas que devoran su herida: "si se van, vendrán otras más hambrientas". Soy un cenizo, sí, pero va a seguir habiendo corruptos porque hay un amplísimo sector de españoles que no cree en la democracia y que, por tanto, no entiende que las instituciones públicas no están para que los listos las saqueen. Que Máxim Huerta aún no haya entendido a estas horas que la obligación de Sánchez era cesarle resulta significativo. En cuanto a Lopetegui, no pasa nada, muchos seguirán pensando que el mal español no es Florentino sino Piqué...Y en cuanto al Mundial, tranquilos, somos el país de la improvisación, sin entrenador jugaremos mejor. 

Todo da mucha risa, sí, excepto el barco de los refugiados que en unas horas llegará de Italia al Puerto de Valencia. En estos días no he dejado de oír graznar a vecinos y a allegados contra la decisión del nuevo gobierno español de acoger a los seis mil parias que llegan huyendo del horror y la muerte. Recuerdo haber escuchado en una ocasión el relato de un subsahariano de su experiencia durante varios días con sus noches a bordo de una patera. Eso sí es una peli de terror. De ella forman parte las odiosas concertinas que el nuevo ministro Marlasca ha decidido eliminar. ...Quizá todavía haya motivo para la esperanza.  

Friday, June 08, 2018

UN MOZO ASEAO

Tuve un amigo entrañable en los años de carrera. Le llamábamos "el Follaoret" porque presumía a menudo de sus portentosas facultades amatorias. No era guapo, era más bien lo que mi abuela denominaba "un mozo aseao", sobre todo porque se repeinaba escrupulosamente el escaso cabello que le iba quedando una vez superada la veintena. Se bañaba en Varón Dandy en fiestas de guardar, aunque la mayor parte del tiempo olía a sudor, que decía que era "un buen olor" cuando era de hombre, algo que muchos años antes, en mi niñez, me suena haber oído decir a Manuel Fraga. Era cazador, le gustaban los toros, el boxeo y las pelis del Oeste. Su ídolo era Mario Conde, decía que era la encarnación del "Superhombre de Nietzsche". Lo que decía detestar más en el mundo -se encendía de rabia cuando lo mentaba- eran las mujeres que no se depilaban. 

En aquellos años noventa los tíos listos como el Follaoret especulaban con la posibilidad de pegar pelotazos y convertirse en "beautiful people", mientras la izquierda deambulaba desorientada en medio de la farsa mojigata de la corrección política. Repetía incesantemente la misma frase: "mujeres y maricones". Ese binomio, supuestamente empeñado en desplazar a los verdaderos amos del mundo, era para el Follaoret el epítome de una época "blanda", donde sólo los tipos como él parecían destinados a salvarnos de un destino del que culpaba a los varones como yo, es decir, es decir, sin atributos...


... "Mujeres y maricones".

Hoy me viene a la memoria el Follaoret y su mantra predilecto. Desde la poltrona de la empresa hotelera que dirige, seguro que con mano de hierro, deben estar revolviéndosele las gónadas. ¿Han visto el Gabinete de Gobierno que ha nombrado Pedro Sánchez? 

Hace tantos años que empecé a deconstruir mi masculinidad... Es un problema que no haya quien confíe en mí si me toca ejercer de macho-alfa. Pero tiene algo bueno, que al menos Dios me pilla confesado cada vez que sobreviene un tsunami como el que acaba de provocar el nuevo Presidente. Ya pasó con Zp, que tuvo la ocurrencia de casar a los homosexuales... Con lo bonitas que son las bodas cuando son como Dios manda. Y ahora, un Consejo de Ministros contra Natura, es decir, repleto de estrógenos y de gays... Y no es que sea mala la homosexualidad, de hecho las sacristías y el PP la albergan a cascoporro, el problema de tipos como Grande-Marlasca es que encima parece que estén hasta orgullosos, joder. 

Bromas aparte, cada hora que pasa me convenzo más de que lo de Pedro Sánchez es una obra maestra. No voy a entrar a juzgar cada decisión, pero incluso algo tan dudoso como poner en Cultura al tal Maxim Huerta tiene su enjundia, se trata de convencer a los millones de señoras mayores que aman a Ana Rosa Quintana... Y bien pensado no es mala idea. 

En cualquier caso creo que hay algo más poderoso y seductor en todo esto: lo que Sánchez ha hecho es poner en valor ese concepto de Gramsci tan rehabilitado en los últimos tiempos, la hegemonía cultural. Sánchez ha entendido que el problema de Rajoy -y es, paradójicamente, el que explica su solidez electoral- es su olor a naftalina, su esclerosis, su pasividad. Lo que ha logrado Sánchez es capturar la iconografía y los aires de tendencias que han arraigado ya en la ciudadanía -en la vanguardia cultural si se quiere- y ha tomado la iniciativa de llevarlas a la Moncloa.

¿Puro marketing? Quizá. ¿Corrección política? Sí, también. Pero hay más. Si algo hay que reconocerle a este resucitado que es Pedro Sánchez es osadía. No debemos pedirle demasiado porque no va a disponer ni de mayorías ni de tiempo para introducir cambios realmente profundos. 

...Claro que, quién sabe, nadie esperaba hace unos días el terremoto tras el que todavía intentamos recomponer la figura. De momento, se me ocurre una petición: acabe ya de una vez con la Ley Wert, señor Sánchez. Nos lo debe.