Friday, May 22, 2015

ELECCIONES (II)

Hasta hace poco más de una década yo era un abstencionista irredento. Asumía el ideario clásico del anarquismo -no estoy seguro de haberme desprendido completamente de él- y entendía que participar de la trama electoral me convertía en connivente con un sistema envenenado de raíz. Los procesos electorales y la partidocracia me generaban una profunda desafección entonces y me la siguen creando ahora. La irrupción de asociaciones políticas que proclaman a voz en grito su intención de transformar drásticamente el sistema representativo y de acabar con la Casta no me saca de la gelidez. 

Quizá tenga razón aquel contumaz que fui, después de todo.  

Pero déjenme contarles algo. Una noche, entre varias personas y después de alguna que otra copa. proclamé mi intención de votar contra el Partido Popular. Estaba sinceramente harto de ellos y había llegado a la conclusión de que era una cuestión de higiene acabar con el aznarismo. Ni yo mismo estaba seguro de cumplir la intención en aquel momento manifestada. 

Pero entonces surgió, con una voz tronante, víctima de un enojo incontrolado, un compañero de cenáculo que tuvo el atrevimiento de llamarme "miserable". Con mis miserias -que son más de las que me gusta reconocer en público- he aprendido a llevarme moderadamente bien. Lo que pienso de aquel tipo me lo guardo para mí. Pero su iracunda intervención me encendió una luz que permanecía apagada desde hacía décadas: a aquel tipo le ponía enfermo que alguien votara a cualquier partido que pudiera disputarle el poder a José María Aznar, que él juzgaba como "un gran estadista". 

Curiosamente, cuando unos minutos antes otro contertulio expresó su intención de no votar, amparándose en motivos del libertarismo más radical, el tipo en cuestión le miró incluso con cierta condescendencia y no se alteró lo más mínimo. 
Aquella noche me fui a casa sabiendo que unos días después votaría a la izquierda. Desde entonces no he dejado de hacerlo. 

No voto a la izquierda para que no gane la derecha, voto porque creo firmemente que lo que necesita el mundo no es un capitalismo sin controles, ni más privilegios para la Iglesia, ni más corrupción, ni más Calatravas, ni más Adelsons... Lo que necesitamos es instituciones solidarias y comunidades más justas y cohesionadas. 

Seguramente voy a equivocarme el domingo, la izquierda es especialista en decepcionarnos. Pero, amigos, llevamos dos décadas de gobierno sin trabas de la derecha en el País Valenciano y en el Ayuntamiento de Valencia. Los resultados están a la vista. Quizá me equivoque en el voto, pero me voy a sentir bastante peor si los malos siguen al mando de la nave y yo no he hecho nada contra ellos. Entonces sí me sentiré miserable. 

Friday, May 15, 2015

ELECCIONES

En unos días los ciudadanos de esta nación llamada España saldremos a los colegios electorales para ejercer lo que la etimología de la palabra "democracia" indica que es nuestra obligación, es decir, emitir instrucciones para la gobernanza. Sí, ya sé, suena a asambleario, a genuino e inquietante poder popular, pero es que si nos pronunciamos mediante una papeleta es porque entendemos que lo que el grupo de señores que en ella figuran van a hacer cuando gobiernen es lo que han prometido que harían; en eso consisten las instrucciones, en instarles a cumplir lo que anunciaron. Cualquier otra cosa es fraudulenta; si esa otra cosa se ha convertido en usual es que somos víctimas de una enfermedad muy seria.

Estamos ante unos comicios dominados por la incertidumbre. "Hay partido", se dice, vaya si lo hay: no sabemos quién va a ganar en cada gran ayuntamiento o en cada parlamento autonómico, y mucho menos sabemos quién va a gobernar, con la perspectiva de que sean pactos electorales los que decidan, una operación sometida a un laberíntico juego de estrategias en los partidos, como advertimos estos días en Andalucía. Voy a permitirme el lujo de lanzar algunas advertencias previas al match. No sirve de nada hacérselas a los políticos, de cuya sincera disposición a escuchar descreo bastante; se las lanzo a cualquier conciudadano, y, especialmente, me las lanzo a mí mismo, a ver si al menos acudo a la urna con la mente libre. 

1. Como dijo recientemente Daniel Innerarity,  deberíamos aprender a no esperar demasiado de la política. Es imprescindible que existan gestores para la cosa pública, pero exigirles que lo resuelvan todo y después decepcionarse es como cuando los seguidores de un equipo medianejo exigen ganar la Champions y luego cargan contra el entrenador que tan sólo consigue la permanencia. Los políticos son personas hechas de la misma pasta que nosotros. Quizá lo peor de cada casa se dedique a la política, pero por cada indeseable que aparece en una lista hay cien que se quedan en casa esperando que los demás tomen decisiones para después dedicarse a despotricar. Prefiero participar y dejar de quejarme de que no hay cauces o de que estos son insuficientes; lo inteligente es aprovechar los que hay y pelear para mejorarlos y para crear otros nuevos. 

2. Soy agnóstico respecto a la partidocracia. Nunca voto con entusiasmo y hace ya mucho que no me permito cargarme de ilusión antes de unas elecciones. Votaré a aquellas opciones que crea que pueden beneficiar a la mayor cantidad de gente, pero me niego a sucumbir a planteamientos simplistas. La vida en común es terriblemente complicada y gestionar la convivencia en un mundo tan imprevisible como el que nos rodea convierte la gobernanza en una laberinto. Por eso quien me vende soluciones facilonas me provoca una absoluta desconfianza. 

3. Si algo debemos haber aprendido ya es que hemos de triturar las bases sobre las que se asienta la tolerancia a la corrupción. Que nuestros vecinos voten a un corrupto es un fracaso colectivo, síntoma de que la pedagogía democrática de estos últimos cuarenta años ha fracasado; que yo mismo no sea lo suficientemente beligerante frente a la corrupción es un fracaso de mi propio mapa moral.

4. Debemos perder el miedo a los cambios, por ejemplo en relación al bipartidismo. Algunos parecen últimamente muy angustiados por el auge de los llamados partidos emergentes, acaso sea porque temen perder su trabajo o porque no les apetece en lo más mínimo tener que negociarlo absolutamente todo. Pero es que en eso consiste justamente la política, en que te digan que no y tú hayas de convencer o dejar que te convenzan. Bienvenidos señores gobernantes al mundo en el que vivimos todos los demás.  


5. El abstencionismo me parece un error, por muy santas que sean sus intenciones. Voy a poner un ejemplo. En la Comunitat Valenciana hay dos partidos -Compromís y Esquerra Unida, especialmente estos últimos- que, con fuerzas parlamentarias muy limitadas, han pasado los últimos años denunciando conductas corruptas y gestiones negligentes por parte de un gobierno que lleva dos décadas al cargo de la Generalitat, convencido de ser impune y de que la ciudadanía tolera y comparte su miseria moral. Probablemente acabemos siendo decepcionados, supongo que es el destino de la democracia, pero prefiero entregar mi confianza a hombres que parecen buenos que a un hatajo de bandidos. 

Saturday, May 09, 2015

COPPOLA

 COPPOLA ha sido galardonado con el premio Princesa de Asturias, que a veces se concede a tipos insignificantes y a veces, como es el caso, recae sobre personajes con un peso colosal en el mundo de la ciencia, las artes, las letra, la política o cualquier otro espacio que la razón humana haya abierto para hacer un mundo más digno, hermoso y habitable. 

Francis Ford Coppola no es un cualquiera. Si juzgáramos su trabajo por  la dirección de films como El padrino III, Drácula o Life without Zoe,  no tendría yo motivos ni tan siquiera para dedicarle este post. Podría añadir su labor produciendo a autores tan insignes como George Lucas, Akira Kurosawa o Tim Burton, sin olvidarme de la maestría que sin duda ha ejercido sobre su hija Sofia Coppola, responsable de algunos productos tan interesantes como Lost in traslation. Sí, pero tampoco sirve ni de lejos para considerar a Coppola como el mayor genio que ha dado el cine en los últimos cuarenta año, por no hablar de quienes, como es mi caso, no le perdonaremos jamás que haya lanzado la carrera de su insufrible sobrino, el actor Nicholas Cage. 

Ya saben, estoy pensando en las dos primeras de la saga de El Padrino y en Apocalypse now. No tengo palabras para calificar estos dos films, y no es simple metáforas, necesito un gran esfuerzo para comentarlas tal y como lo hace un espectador o un crítico cualquiera. No son obras normales que a uno le gustan más o menos, son películas hipnóticas, estamos ante trabajos realizados en el momento más fecundo de un genio emergente, un tipo capaz no sólo de dominar magistralmente la empresa de guión y dirección, sino además de rodearse del equipo perfecto. Hay algo irrepetible en el mundo creativo que rodea el nombre de Coppola en aquellos años, quizá por eso resulte tan difícil encontrar en Corazonada o Peggy Sue se casó la misma enigmática grandeza de Corleone o de Kurz. 

No voy a analizarlas, es demasiado para este artículo y seguramente para mí. No sé qué puedo añadir a lo dicho sobre las interpretaciones de Marlon Brando, Robert Duvall o Al Pacino; tampoco sé cómo explicar el alcance de la colisión emocional que me produjo aquel piloto colgado en su helicóptero sobre el río Perfume, la nuca de Kurz esperando la ejecución que él mismo había preparado o el rostro de ángel de la muerte con el que Mike observa el destino fatal que ha decretado para todos los enemigos de la familia Corleone, incluyendo su infortunado hermano Fredo. 

Dijo Wittgenstein que algunas cosas no pueden decirse, sólo pueden mostrarse. Déjenme pues encender una pequeña linterna. Hay algo en estos films, y muy en especial en Apocalypse now, que me hace entender que los relatos contemporáneos están condenados a ser problemáticos, a constituirse dentro de la paradoja del "caos organizado" que atraviesa la lógica surreal de la civilización que habitamos. Si el Vietnam fue la locura -y de eso ya nos dijo mucho Joseph Conrad con El corazón de las tinieblas-, su relato debe hablar ese mismo lenguaje trastornado, instalarse en su delirio... no es posible dar cuenta del monstruo si no se habla desde sus fauces, si el narrador y sus personajes no huelen igual que las miasmas y las bestias que pueblan el río de fuego por el que nos aventuramos para llegar hasta el mismísimo centro del infierno. Allí nos espera el ángel caído, ese proyecto de héroe civilizado que extrañamente enloquece y termina construyendo en las selvas más impenetrables el reino de las sombras, es decir, la otra cara de ese supuesto imperio de la razón que esconde la dominación y el genocidio tras la supuesta voluntad civilizadora. 

Sí, caballeros, las palabras de Nietzsche resuenan con todo su maléfico poder sobre nosotros ante la imponente figura del Kurz encarnado por Brando. Con la misma intensidad presentimos el eco de la tragedia shakespeareana tras la aventura terrible en la que, sin poder remediarlo, como un destino que cae a plomo sobre el personaje, nos topamos con Michael Corleone.    

Friday, May 01, 2015

BALTIMORE




Sé lo que está pasando en Baltimore. Y disculpen la petulancia, pero no hace falta leerse la crónica de todos los episodios de violencia callejera que han alterado la vida en la ciudad para entender el problema, es mejor haber visto The wire, esa "ficción" televisiva que ahora, cuando los barrios están en llamas, se agranda aún más en mi memoria.  

Si nos limitamos a surfear por los titulares periodísticos, podemos conformarnos con lamentar los abusos policiales, por lo visto muy comunes en esa nación donde la violencia no es una anomalía, sino más bien un lenguaje común. Añadamos el componente racista y el círculo explicativo parece cerrado. Otra óptica, también muy exitosa, asume la intervención del Presidente Obama -de quien no habríamos de olvidar su condición racial-, el cual ha repudiado el vandalismo sin sentido de quienes queman coches, lanzan piedras a las fuerzas del orden o saquean comercios, lo que de ninguna forma se puede confundir con una iniciativa razonable de protesta. 

Como tampoco simpatizo en lo más mínimo con el vandalismo, me tienta darle la razón al actual ocupante de la Casa Blanca. Pero entonces me asalta una duda: si la muerte del joven negro detenido por la policía hubiera sido contestada con simples manifestaciones pacíficas en las calles, ¿estaría el mundo entero pendiente ahora mismo de los problemas de la ciudad? ¿Les habría hecho caso alguien? ¿Se hubiera convertido en una prioridad gubernamental la lucha contra los excesos de las fuerzas del orden, por no hablar del problema general de la discriminación racial en Norteamérica?

Cada vez que hablo en clase sobre Nelson Mandela y el final del Apartheid sudafricano, tengo que puntualizar a mis jóvenes alumnos que el racismo no deja de ser un problema cuando ya no tiene un reflejo explícito en las leyes. En otras palabras, que los negros no han empezado a ser como los blancos en Sudáfrica porque acabara aquella atrocidad del apartheid. De igual manera, el famoso sueño que tuvo Martin Luther King no se cumplió porque Rosa Parks pudiera al fin sentarse en el autobús.

¿Quieren que les explique lo que sé gracias a The wire? Verán. Baltimore es la veinteava ciudad más poblada de los EEUU y la mayor del Estado de Maryland, en la Costa Este. El desmantelamiento de la industria manufacturera se añade a la condición de vecino olvidado de Washington. Para terminar de arreglarlo, la capitalidad del Estado entregada a Annapolis determina que las inversiones públicas no se orienten hacia Baltimore. Es sencillo: las instituciones públicas no llegan a Baltimore, o para ser más preciso, no llegan a los barrios negros de la ciudad, lo cual, teniendo en cuenta que en el núcleo metropolitano el porcentaje de afroamericanos supera el sesenta por cien, da una idea de la problemática a la que nos enfrentamos. La realidad social de la gente de color ofrece un paisaje desesperanzado de paro, economía sumergida, narcotráfico, desescolarización y violencia. 

A lo largo de los sesenta capítulos de The wire asistimos a los denodados esfuerzos de un departamento de investigación de la policía por descabezar las redes de narcotráfico que se han enseñoreado de los barrios duros. Los corners, como los llaman los agentes, son el reino nada oculto de los jóvenes -a veces adolescentes- que venden drogas, defendiendo con uñas y dientes su territorio de otras bandas, y que huyen de una policía mal dirigida y hastiada cuyos agentes saben que en cualquier mal paso les pueden sacar una pipa y matarlos. No es fácil ser un negro en Baltimore. Si quieres ser honrado, como quiere la madre de ese crío al que ayer sacó a patadas de una algarada, corres el riesgo de que te apalicen por pringado o chivato, si optas por caer bajo la protección de los narcos, tu destino es morir de un tiro o pasar a una de las superpobladas penitenciarías del Estado. Es difícil ser un negro en Baltimore, pero también lo es ser un policía. Y conviene saber que el porcentaje de agentes afroamericanos es también muy alto, se trata de salir de la miseria. 


¿Necesitamos más explicaciones? La muerte de Freddie Gray durante su detención es el detonante de un motín que, por cierto, ha tenido eco en otras ciudades del país, pero las causas son más profundas, van mucho más allá de una circunstancia puntual. 

Se asocia al neoliberalismo triunfante desde los tiempos de Reagan la idea de que nunca los ricos son suficientemente ricos ni los pobres suficientemente pobres. En Baltimore encontramos en estas horas algunas de las consecuencias de semejante abominación ideológica.  

Sunday, April 26, 2015

VUELVE LA REVÁLIDA

El regreso de la reválida no es una simple ocurrencia de Wert. Tiene mucho de dejà vù, de regresión a aquella gris infancia de autoritarismo educativo y consignas de que "la letra con sangre entra" y "jarabe de palo reciben los malos". Sí, es tan reaccionaria como la monstruosidad que pretendía Gallardón con el aborto, lo es tanto como -por regresar a la LOMCE dichosa- la recuperación de la Religión como asignatura "a lo grande". Pero no nos equivoquemos, no es efecto del calentón de un ministro delirante, es una medida muy meditada, la clave de un modelo educativo cuyo sesgo ideológico es aún más perverso de lo que parece a simple vista. 

Se ha extendido en los últimos tiempos la especie -también entre muchos docentes- de que la mediocridad académica, la holgazanería, la indiferencia y la mala conducta no son, como supuestamente ocurría antes, anomalías que el sistema puede corregir o sancionar, sino la práctica común o cotidiana en las aulas, especialmente las de los centros públicos. La crisis de la educación sería por tanto no ya institucional sino espiritual, como suele decirse, una "crisis de valores". 


Del consiguiente fracaso parece que todos seríamos culpables por la tolerancia con la que nos empleamos con los neófitos. Como apenas les exigimos nada, como no les decimos "no" ni les ponemos límites, hemos erosionado de tal manera la cultura del esfuerzo que aquellos valores tan progresistas de la integración y la igualdad se han traducido en la práctica como un "igualar por abajo". De ello la LOGSE, bajo cuya lógica seguimos viviendo, es la gran culpable; una vez más la izquierda es responsable de haber desordenado el mundo. No sigo, supongo que habían leído antes este discurso.  

Sobre los efectos negativos de la LOGSE y sobre las contradicciones de la práctica escolar en España estoy dispuesto a debatir siempre. No estaría mal que quienes votan a la derecha se planteen que, si los servicios públicos no siempre funcionan adecuadamente, ello podría deberse no a que lo público siempre conlleva incompetencia, sino a que los políticos deciden desviar las inversiones que necesitan escuelas u hospitales públicos para potenciar las redes privadas. En cualquier caso, creo que vivimos tiempos de una profunda desorientación, tiempos en los que los manuales de instrucciones -como tanto ha explicado Zygmunt Bauman en sus ensayos sobre la "sociedad líquida"- dejan de ser operativos mucho antes de que el lector se los aprenda, lo que los vuelve inútiles, condenándonos a todos a una incertidumbre a la que la escuela es extraordinariamente vulnerable. 

Ahora bien, dudo mucho de que el problema sea el fin de la "cultura del esfuerzo", no al menos en el sentido en que lo propone la gente que piensa como Wert. Por la prensa hemos sabido que en las diferentes reválidas que habrán de pasar los alumnos desde Primaria se otorgará una atención absolutamente prioritaria al bagaje memorístico, traducido en pruebas de 350 preguntas objetivas. Sí, señores, preguntas "tipo bingo" o, si quieren, "tipo trivial pursuit", en las que sospecho que nuestro innovador ministro hará que se conteste cuál es el río que pasa por El Cairo eligiendo entre cuatro opciones, a saber: El Tajo, el Támesis, el Volga y la acequia cochina de mi pueblo. 

Ya ven, los profesores, que por lo visto merecemos que no se confíe en nosotros, ya no servimos para decidir si nuestros alumnos merecen el título de la ESO o de Bachiller, de manera que habremos de esperar a que los dirigentes políticos nos envíen a unos señores "expertos en reválida" para torturarles durante unos días con exámenes que corregirán con plantilla y que, de suspenderlos, invalidarán el trabajo de años realizado por los claustros profesionales diariamente y a pie de pizarra. Con esta medida pondremos el cierre a la crisis educativa y acabaremos con la indolencia. Eso cree Wert.

Miren, ha costado muchísimo hacer entender a la comunidad que el aprendizaje no es el pasivo recitado de una lección tomada al dictado para que ahora un mequetrefe venga con la máquina del tiempo a regresarnos a prácticas educativas predemocráticas y felizmente superadas. No formo parte de ninguna secta de pedagogos histéricos. Soy profesor, y sé perfectamente que el aprendizaje sólo se da cuando es significativo, es decir, cuando hay una construcción de sentido autónoma y consciente por parte del alumno. Si realmente hay una crisis de autoridad del profesorado, nada se me antoja más inoperante que intentar recuperarla martirizando a los chavales con horrorosos ejercicios de memorización que -tras el vomitado de datos en un examen- pasarán al olvido más absoluto. 

A mí me resultaría mucho más fácil dar clases donde, en vez de guiar a mis alumnos en la comprensión y el análisis de los textos en que Descartes argumenta sobre la necesidad de guiarse por la razón y no por dogmas, me limitara a exigir a mis alumnos que se aprendieran de memoria las obras completas de cuarenta filósofos pelmazos a los que no leerán jamás. Podría además corregir los exámenes con plantilla, qué chuli.

Lo mejor de todo ello es que así mis alumnos dejarían de ver el aula como un espacio para la crítica, la reflexión y el debate. Bastará con que reciten las comarcas y pueblos de Gerona: "Figueras, Olot, Puigcerdà, La Junquera..." con el sonsonete de Montañas nevadas preferentemente. 

Friday, April 17, 2015


LEÓN COME GAMBA. El reality show es un formato televisivo que, lejos de las limitadas pretensiones iniciales de fenómenos como Gran Hermano, ha logrado inocular su filosofía sobre todo el universo televisivo, de tal manera que hoy incluso los telediarios o los programas de debate son de alguna manera legatarios del reality. Y no sería inoportuno preguntarse hasta qué punto esa lógica, consistente en desnaturalizar y manufacturar las emociones humanas para convertirlas en espectáculo y, por tanto, en mercancía mediática, no ha penetrado también en nuestras vidas de maneras que acaso aún no somos capaces de identificar.

De las numerosas áreas temáticas en que se ha diversificado el formato reality, una de las que mejor funciona en nuestro país es la gastronómica. Unos cuantos ciudadanos con esperanzas de triunfar como cocineros acuden a un multitudinario casting para salir en el programa, donde tres chefs supuestamente célebres les "enseñarán" las artes culinarias. No hace falta ser muy malpensado para advertir que todo está preparado y medido, que las situaciones son forzadas y que hay un guión que debe cumplirse para cada entrega del programa lleve el curso "adecuado". Sin embargo, hay ocasiones en que alguna situación desborda el guión establecido, de manera que podemos encontrarnos escenas como la que ha incendiado la red bajo el rótulo "León come gamba", título que dio el joven protagonista al plato que creó y que originó la monumental bronca de que fue objeto.


Veamos. Anteriormente al aspirante, un chico con una vena sensible muy notable, se le había advertido que debía ser menos previsible, explotar su capacidad creativa, otorgarle "más garra" a sus platos. Al presentar su obra, una patata mal cocida con forma de león a punto de devorar una gamba, dos de los chefs montaron en cólera y, no contentos con "suspender" el plato, se lanzaron a un furioso ataque personal contra el concursante, rivalizando en comentarios humillantes con voz solemne y caras de gravedad mientras el infortunado se iba encogiendo como un gusano. Si uno se pone en el mismo plan, le entran ganas de decir que los presentadores son un guaperas insulso al que le gusta hacer sarcasmos sobre los nerviosos esfuerzos de sus concursantes y un veterano que va de gracioso sin tener ni puta gracia. Eso sí, por el hecho de saber freír huevos y echarle guindas al pavo se permiten el lujo de adoptar el aire de solemnidad que inviste a los que con justicia ostentan la condición de autoridad en otros órdenes de la vida. Y lo peor no es eso, lo peor es que el espectador les concede tal distinción, y se la concede no porque haya degustado los platos supuestamente suculentos que estos señores elaboran en sus restaurantes, sino simplemente porque la televisión les ha contratado. Y ya se sabe que si uno sale en la tele es porque algún mérito tiene.

No tengo nada contra la gastronomía, he escrito en ocasiones sobre el fenómeno Adrià. Pero, como afirmó recientemente Javier Marías, soy bastante reticente a esta especie de dictadura del estómago que hace que en este país, de un tiempo a esta parte, la distinción y la clase se midan más por lo que uno se mete en la barriga que por la cortesía de su trato o sus lecturas de Stendhal. Me parece muy bien que alguien sea capaz de presentar la "deconstrucción de la tortilla de patatas", que al margen del regusto que deje en el paladar, contiene un poso de ironía que, por cierto, no está muy lejos de la del león que come gamba. En cualquier caso, y como toda moda arrastra la tentación del exceso, temo que el supuesto reconocimiento internacional obtenido por la cocina española en la última década nos haga perder un poquito el norte.

Mi madre es una gran cocinera, no me consta que se le reconozcan demasiados méritos por ello fuera del ámbito doméstico, suponiendo que ahí sí se le reconozcan. Cuando me explica que no aplico correctamente los tiempos de cocción del pescado no me escarnece, no me insulta, no dice -como el par de mamarrachos televisivos del otro día- que la he ofendido a ella, a la gastronomía o al país entero. Actúa como yo con mis alumnos, intenta ayudarme, es cordial, me corrige cariñosamente. Pero claro, ella es mi madre, mientras que Masterchef es la televisión, y ya se sabe cuál es su especialidad: elevar al rango de doctos a los mayores indeseables.

Miren, a mí me parece una genialidad lo de León come cabra. Tiene algo warholiano, una ironía que desnuda las vergüenzas de un modelo de espectáculo que prostituye a los que participan y prostituye a los que lo ven. Es posible que el par de sádicos que destrozaron al pobre chico la otra noche disfrutaran mucho haciéndose los chulos, pero no es eso lo que me preocupa. Lo que verdaderamente me dejó inquieto es la vergüenza y el autoodio que se apoderó del concursante tras su expulsión, cuando rompió a llorar reconociéndose culpable de toda suerte de crímenes. 

No sé si ustedes necesitan que les diga esto, pero sí se lo diría a mis alumnos: no dejéis que nadie se atreva a meteros broncas, nadie como por ejemplo un profesor, pero tampoco un entrenador, ni mucho menos un cocinero... No dejéis que ningún mediocre, por el hecho de que le hayan puesto una gorra de plato -o un ridículo gorrito de chef- se crea en situación de deciros que sois una mierda. Y otro, que no se me olvide: apagad la tele.  

Thursday, April 09, 2015

MADRID

1. Estación del AVE, Valencia. Un envase de plástico para la cucharilla, otro para el café, otro para el azúcar, otro para el helado, otro para la almendra a trocitos... creo que me estoy dejando alguno. ¿Hemos aprendido algo de la crisis? No es ecologismo facilón, no podemos seguir viviendo así. Por la misma razón no es razonable una urbe repleta de tráfico privado. Si seguimos empeñados en no aprender nada, lo insostenible será pronto algo más que un concepto cool.

2. Mujeres manufacturadas por la cirugía estética, monstruos de la belleza. La cara del joker de Batman por todas partes, la piel estirada a medio camino entre el estrangulamiento del corsé decimonónico y las máquinas de torturar de la Inquisición. Paradójica uniformización, el fascismo del look: aquí y allá la misma pesadilla de la singularidad devastada. 

3. Defino "posmodernidad": estado de ánimo convertido en mantra filosófico por algunos escritores algo redichos que reaccionan ante el hecho de que, al entrar en una típica taberna de Madrid, lo que se encuentran no es a un camarero que se parece al antiguo defensa del Madrid Goyo Benito, sino a un matrimonio de chinos. La sensación surrealista termina de imponerse cuando lees la carta: callos, huevos rotos, cocido y jamón ibérico. 

4. El turista japonés es un buscador de tesoros. Su relación con las ciudades que con tanta convicción visita es fetichista, propia de quien entiende la cultura como coleccionismo. En su excursión el japonés trata de reconocer lo que ya había visto antes desde su casa. Todo lo demás, la intrahistoria de la ciudad, su trajín antropológico, lo único que merece ser llamado cultura le resulta completamente opaco. 
5. McDonald´s lucha desesperadamente por disociar su imagen de la uniformidad industrial que le ha caracterizado desde siempre. Pero este esfuerzo es inútil y apenas registra efectos cosméticos. MacDonald´s -y con ella todo el mundo macdonalizado- es una factoría y su éxito radica en su poder para taylorizar la restauración. 

6. El Louvre es una consecuencia de la Ilustración y, por tanto, de la Revolución, es decir, del esfuerzo de la burguesía por construir una identidad nacional, de ahí su carácter enciclopédico. En España la revolución burguesa es la historia de los sucesivos fracasos por librar al país de sus mandarines. Eso lo explica todo: el Museo del Prado es la donación graciosa de pinturas magníficas por parte de dinastías de caprichosos.

7. Sentado en un banco de la Gran Vía he dejado de pensar que cada tipo que pasa lleva barba hipster, ahora empiezo a pensar que soy yo el que no la lleva. Esa sugestión resume el sentido de la moda, sin duda una de las claves de la identidad del sujeto contemporáneo.