Saturday, April 15, 2017

MALA MUERTE

La "desnaturalización" de un fenómeno biológico como la muerte es pieza maestra de la trama de intercambios simbólicos, lo cual abre desde tiempos inmemoriales el camino para abandonar la selva. Enterramos a los finados con toda suerte de honores y liturgias porque sólo en la medida en que respetamos a la muerte podemos entablar con ella una relación no crispada por el pánico. 

Es imposible entender a quienes piden el derecho a una muerte digna para quien sigue atrapado en la cobarde convicción de que sólo Dios Padre puede administrarla. 

Debe ser ese derecho a un fin honroso el que hace que se me revuelvan las tripas cuando alguien que ha cumplido con su deber día tras día es despedido de una patada sin honor ni gratitud ni reconocimiento. Puede perdonar que ya no me quieran y que me sustituyan, quizá en eso tengan razón, pero sí me he comportado dignamente exijo morir con los honores que me correspondan. Sólo los pobres de espíritu desconocen la lógica de ese juego simbólico que convierte a los muertos en talismanes de la tribu, cuya identidad colectiva se alimenta precisamente de su respeto a la memoria de los que ya no están. 

Es común entre los pueblos primitivos que estallen conflictos como consecuencia de unas exequias insuficientemente rigoristas. El protagonista de una mala muerte, convertido en alma penante, persigue entonces a sus familiares, de tal manera que acaban reclamando las artes de un chamán capaz de "quitarles el muerto de encima". 

No debería extrañarnos que los monstruos contemporáneos sean los no-muertos. El vampiro encarna el espíritu de la distinción aristocrática que se resiste a desaparecer, infiltrándose en los intersticios más oscuros de la moralina burguesa. Los zombis se pudren asquerosamente ante nuestra mirada porque la mediocridad de la sociedad consumista les prohíbe la dignidad de una inhumación definitiva. La criatura de Frankenstein regresa de entre los muertos para recordarnos con su brutalidad del peligro de querer jugar a dioses. Las momias reviven para enviar antiguas plagas sobre los sacrílegos ladrones de tesoros... Tememos a los "undead" porque nuestro inconsciente advierte que no podemos coexistir con la muerte haciendo como que no la vemos. Los gitanos, tribu primitiva y nómada milagrosamente sobrevivida a la modernidad, como los judíos, se enfurecen cuando nos cagamos en sus muertos porque sólo desde su recuerdo vigilante se protege al clan de una extinción que siempre está a la vuelta de la esquina. 

Hay algo de todo esto en la Semana Santa, cuyas procesiones más valiosas y emocionantes son aquellas en las que se representa el dolor por la muerte. Abandono el espectáculo sistemáticamente cuando pasa el Sábado Santo y se celebra una experiencia para mí tan inconcebible como la de la resurrección, esa creencia delirante y pueril que confirma aquel dicho nietzschano de que "el cristianismo es platonismo para el pueblo". No se puede y, lo que es más importante, no se debe vivir por los siglos de los siglos. Es la irreversibilidad del fin lo que hace posible la verdadera dicha de vivir, aquella por la cual gozamos de cada momento porque sabemos que puede ser el último. 

"Ya no están en la choza", dicen en África de los padres y hermanos muertos, "... pero sigo habitándola porque están en mi memoria". Honremos a los muertos, vigilemos la memoria de los héroes que cayeron. De alguna manera inexplicable siento que esa presencia nos protege. A nosotros y a nuestros hijos.  

Saturday, April 08, 2017

ADOLFO EL PELMAZO



Pasen por delante de un kiosco cualquiera... Apuesto a que entre las portadas de tipas macizas llenas de tatuajes, moteros amacarrados y señoras que hacen tartas veganas encontrarán una o dos imágenes de portada de Adolf Hitler. Si escrutan un poco más observarán que en tal o cual revista para historiadores amateurs o aficionados a temas esotéricos aparecerán reportajes sobre el vegetarianismo del Fuhrer, las pelis porno que rodaba con su amante cierto alto mando de las SS, los indicios de que la mujer de Goebbels estaba como una puta cabra o los supuestos vínculos entre Goehring y una secta vampírica. Da lo mismo, tú pones la carota del tipo del bigote y ya sabes que el producto se vende. Hitler ha dado ya de comer a tanta gente que de no ser por sus abundantes fechorías podríamos considerarlo casi un filántropo. 

Sí, señores, Hitler era malo, más malo que la quina, pero no acabo de entender por qué despierta tanta fascinación. Ya lo sé, consiguió que millones de alemanes jalearan entusiastas las barbaridades que tan teatralmente exponía en sus apasionados discursos. Pero, qué quieren, a mí me parece un majadero. A fin de cuentas también hoy encontramos multitudes que adoran a psicópatas.

Hay que estar muy loco para montar un infierno en la Tierra como Auschwitz, no hay duda. Pero deberíamos no olvidar aquello de que la historia la escriben los ganadores. Así se explica que atrocidades como el bombardeo de la aviación aliada en Dresden o la atrocidad de Hiroshima y Nagasaki pasen por acciones legítimas de guerra. En cualquier caso no hace falta que retrocedamos tanto en el tiempo para encontrar el mal en su estado más puro. La Guerra de los Balcanes, la Guerra de Iraq, la brutalidad del régimen sirio, el escándalo de los millones que mueren cada año por hambre o enfermedades perfectamente curables en un tiempo en que podemos producir alimentos y medicinas para todos... No merece la pena seguir.

No me interesa Hitler como referente del mal porque creo, como nos enseñó Hannah Arendt, que el mal que envenena el mundo es cotidiano, doméstico y, en cierto modo, banal. 

Les contaré algo. Recientemente, en una clase de Ética planteé la pregunta siguiente: ¿qué deben hacer las sociedades con los débiles? Me pidieron que definiera el concepto, y contesté que "débiles" eran los niños, los ancianos, los disminuidos psíquicos, los minusválidos, los enfermos... Varios alumnos -más de los que yo podía imaginar- declararon su convicción de que las personas "improductivas" que constituyen un gasto "inútil" para la sociedad deberían ser eliminadas o, cuanto menos, las instituciones no debían financiar su supervivencia, su salud y su bienestar. Como en esa clase hay dos niños con gravísimas enfermedades degenerativas que les obligan a desplazarse en silla de ruedas, apelé precisamente al caso de las minusvalías físicas para hacerles ver lo atroz de las creencias que manifestaban. No valió de nada, insistieron en dichas creencias, ante mi asombro y la sonrisa no sé si irónica o aterrada de alguno de los alumnos enfermos en cuestión. 

Creo presentir en aquella sarta de infamias el eco de airadas voces paternas que manifiestan que -empezando por los odiosos inmigrantes- sus impuestos no tienen por qué emplearse en cuidar de vagos, inútiles, maleantes o extraños. 

El mal no tiene para mí la cara de Adolfo. El fascismo está por todas partes y se exhibe con toda desfachatez en la banalidad de lo cotidiano. Quizá los nazis -como los vampiros, los asesinos de masas, los terroristas o los malos de las películas de Hollywood- nos dan a pensar que nosotros estamos del lado de los buenos. Pero miremos bien alrededor, puede que nos sorprendamos.     

Saturday, April 01, 2017

SOCIALISMO POSIBLE: AXEL HONNETH EN VALENCIA



Pospongo citas y obligaciones para asistir a la conferencia de Axel Honneth en la Beneficencia, propiciada por la Institución Alfons el Magnànim. La traducción simultánea se ofrece en valenciano, doble felicitación pues para los organizadores. 

Axel Honneth no es un cualquiera, ni mucho menos. Se le reconoce como figura clave de la que empieza a ser conocida como "tercera generación de la Escuela de Francfurt". Estamos por tanto ante el heredero más célebre de Jurgen Habermas, y más lejos en el tiempo, pero no con menos trascendencia, de Adorno, Horkheimer, Arendt o Benjamin... Mi formación le debe demasiado a la Teoría Crítica, en especial a Adorno, como para no sentir alguna conmoción -tolerenme esta debilidad- al encontrarme el jueves a unos metros de Honneth, escuchando una argumentación sugerente y cargada de sensatez, algo no demasiado habitual en tiempos donde parece que uno sólo concita atenciones si se pone radical y un tanto apocalíptico. Me alegró ver allí a mi viejo maestro, Sergio Sevilla, el más brillante adorniano que conozco.

Vivimos un tiempo oscuro para el socialismo, reconoce Honneth: ¿le dejamos morir sin más? Eso querrían sus enemigos, claro. Lo curioso es que un conservador del XIX jamás habría creído que el debate abierto en las sociedades industriales por el socialismo hubiera tenido un recorrido tan corto. Es el mejor momento para aclararse: ¿qué intentamos decir cuando decimos ser socialistas?

El marco teórico del socialismo ha vivido atravesado por tres errores que han estado cerca de colapsarlo. El primero es el economicismo. Y es un error profundo: el marxismo despreció desde el principio instancias no económicas como el derecho civil porque le costó mucho entender que de lo que tratan las teorías -empezando por las revolucionarias- es de personas. 

El segundo es el prejuicio de definir al proletariado como clase revolucionaria, como si tal cualidad fuera una esencia platónica y eterna. La clase obrera fue un sujeto histórico revolucionario y anticapitalista hasta que dejó de serlo, el socialismo ya no expresa las creencias de la clase obrera porque el capitalismo la asumió desde el final de la Segunda Guerra Mundial. 

El tercero es el determinismo o, si se prefiere, la teleología fetichista. Necesariamente la "economía social", la sociedad sin clases y dictadura del proletariado esperaban a que cayera el capitalismo para ganar el mundo. Los cambios sociales no son científicamente determinables, no hay una inevitable sucesión comunista del capitalismo. Esto nos aboca a la incertidumbre: bienvenidos. No sabemos cómo será el final, no sabemos a dónde vamos exactamente, pero es mejor dejar de soñar con paraísos porque nos perjudica.

Es duro asumir estas evidencias, pero también es muy cómodo negarse a aceptarlas. Frente a un impracticable dogmatismo, Honneth se inclina por el "experimentalismo". Su propuesta es trabajar por el incremento de la "libertad social". ¿Reformismo?Nada es más inútil que seguir en la senda -tan dañina en la historia oficial del socialismo- de quienes distinguen entre buenos y malos, entre revolucionarios y reformistas. 

¿Cómo experimentamos? Debemos empezar por no pretender destrozar aquellos pactos institucionales que han servido para incrementar la libertad de la mayoría. Mientras no sabemos cómo mejorar algo es mejor que no lo destruyamos. Por eso hemos de hacernos a la idea de experimentar con economías mixtas, formas de propiedad privada, iniciativas empresariales, mercados, economías cooperativas...Necesitamos abrir la mente, no cerrarla. 

Son elementos de sobra para el debate. ¿No?

Thursday, March 23, 2017

ALGUNAS NOTAS

1.En la cola de un estanco, rodeado de dos prostitutas, un inmigrante árabe y una anciana airada descubro la lamentable evidencia: fumar es hoy cosa de marginados. Qué lejos queda aquel tiempo en que el tabaco creaba estilo y las vampiresas desplegaban tras el humo su poder de seducción. Ahora enciendes un pitillo como pidiendo perdón, sabedor de que los demás te ven como un tipo con problemas. 

2. El psicoanálisis sólo tiene a mis ojos un problema, pero ese problema lo intoxica todo: me aburre espantosamente hablar de mí mismo, mis contradicciones son un coñazo que difícilmente podrían interesar a nadie puesto que ni siquiera a mí me interesan. 

3. La sexualidad femenina continúa siendo inquietante para el orden establecido -también en el mundo desarrollado- porque una mujer libre desata temores que habitan en lo más profundo de la fibra moral que fundó las civilizaciones. 

4. Nos asaltan las televisiones con imágenes de reyertas de papás en partidos de fútbol infantiles. Comparto el sentimiento reprobatorio, pero ¿soy el único que se percata de que lo convertimos todo en espectáculo? 

5. Un profesor es agredido en el Centro donde trabajo por un alumno disconforme con su nota. Lo que debería ser un escándalo mayúsculo se silencia de forma vergonzante. Entiendo a las mujeres maltratadas que se sienten abandonadas y llegan incluso a sentirse culpables por algo de lo que sólo son víctimas. Un perturbado nos pega un puñetazo y de inmediato se desatan las presiones para que lo olvidemos. Después nos quejamos de que la sociedad no nos respeta. 

5. "¿A qué olía Hitler?", reza el titular. Y en el subtítulo se indica que "empezó a oler muy mal desde Stalingrado". Lo publica El País, diario que durante décadas consideré modélico. "¿Por qué no investigan si tenía la polla grande o pequeña?", proclamo a voz en grito. "Ya lo han hecho", contesta un compañero historiógrafo. Vaya por Dios. 

6. Llega a España la selección de Israel y proliferan las críticas. Ciertamente los jugadores no tienen ninguna culpa de la situación de Palestina. Pero me hastía esa moralina empeñada en que no mezclemos fútbol y política. Hasta hace un cuarto de siglo Sudáfrica no competía en mundiales y olimpiadas por el Apartheid. Conviene no olvidarlo.

7. Dos chicas lesbianas se besan sin temores en el hall del Instituto donde trabajo. Curiosamente es la única pareja que lo hace. Cuando yo estudiaba eran comunes las demostraciones de afecto entre enamorados. ¿Es que ya sólo se aman los homosexuales?  

8. Un tipo que ni siquiera estaba vinculado a células terroristas asesina a cuatro personas en el puente de Westminster. Se ha vuelto frecuente este fenómeno: un bárbaro que dice actuar en nombre de Alá se suicida llevándose por delante a unos cuantos infortunados y el Estado Islámico reivindica el atentado. No veo gran diferencia con esos lunáticos que sacan una recortada en una ciudad de EEUU y disparan contra la multitud hasta que son abatidos por la policía. No hay manera de defendernos contra eso. Sólo podemos empecinarnos en que el miedo no nos paralice. Pero no soy optimista, todo esto trae más Le Pen, más xenofobia, más Trump, más inocentes acosados, más chantaje de la seguridad, más Brexit, menos democracia... 

9. Se habla de un "terrorismo de franquicia". Yo hablaría más bien de "terrorismo por metástasis". Las franquicias controlan a sus franquiciados y les suministran la lógica y el utillaje productivo. Esto es otra cosa, son reacciones diseminadas e imprevisibles que imitan la mecánica del tumor original. 

10. El empeño de Artur Mas en presentarse ante el mundo como un Nelson Mandela me genera una indefinible mezcla de irritación y compasión. 


Sunday, March 19, 2017

EN FALLAS

Todos los años, cuando llega marzo, hay algo dentro de mí que me anima a decir que "este año sí, que he de recuperar al niño que tengo escondido en las mazmorras del alma y disfrutar de la fiesta". Unos días después, en cuanto el Ayuntamiento de Valencia abre la veda de la barbarie, termino acordándome de cuanta razón tenía en los años anteriores, cuando a poco de empezar Fallas yo ya cogía el coche para largarme de Valencia. 

No estoy cerca de esa sector la izquierda, muy divina ella, que en el País Valenciano renunció hace décadas a la más multitudinaria e influyente fiesta local en nombre de un catalanismo melancólico y desde una mirada en el fondo muy burguesa e intelectualmente elitista. El resultado son unas Fallas demasiado atravesadas por el mal gusto, la zafiedad artística, la ideología reaccionaria y, muy especialmente, el salvajismo. Por fortuna, nunca es tarde, y el hecho de que personajes tan relevantes de la actualidad política como Mónica Oltra o Joan Ribó, vecinos de barrios muy castizos de la ciudad, hayan cogido este toro por los cuernos, abre la expectativa de unas Fallas no necesariamente incívicas. 

No hay demasiados que entren en diálogo conmigo sobre este asunto. Los falleros más recalcitrantes no son aficionados al debate, prefieren el ruido y a veces la furia, mientras que las personas de mi círculo decidieron ya por el lejano siglo XX que la batalla estaba perdida y que la única solución con las Fallas era largarse tres o cuatro días esperando a que escampara. 

Yo creo que el problema de estos últimos es que no les gustan las Fallas, en eso debo ser una anomalía: a mí sí me gustan. No les daré la tabarra con misticismos de lo colectivo, de esos que históricamente han engendrado espantosas tempestades. Pero tampoco me parece insano referirse los démones que se convocan con ese formidable acontecimiento que es la mascletà, o las hogueras, tan singularmente características de las noches mediterráneas. Llevo siglos soñando con que las multitudes recuperen las calles que les han arrebatado los vehículos o los centros comerciales, ¿por qué lamentar entonces que las cohortes de las falleras mayores y las bandas de música se apoderen de la ciudad? Lo he dicho muchas veces, la globalización amenaza con uniformizar el mundo, despoblar los espacios públicos y convertirnos a todos en pasivos consumidores y precarios asalariados. La diversidad, esa que simulan amar los publicistas de Benetton y otros farsantes, emerge de verdad, con toda su poesía y toda su prosa, en acontecimientos como las Fallas de Valencia. Podría hablar en similares términos de Alicante en Fogueres, la Pamplona sanferminera o el Cádiz de los Carnavales.  

Permítanme dos propuestas. Proceden de una reflexión de muchos años, porque ni siquiera la trascendencia de la fiesta puede sobreponerse a la necesidad de convivir y al democrático respeto a los derechos ciudadanos: prohibir la venta de masclets al público y prohibir la "despertà". Con los masclets se da vía libre a una forma de barbarie intimidatoria y que casi todo el mundo detesta, por lo general en silencio. Con la despertà -así es en la plaza donde vivo- un caballero borracho que ha pasado la noche dando la lata te saca haciendo el simio del sueño que has empezado a conciliar y que necesitas porque a lo mejor tú sí trabajas. Esas dos pequeñas reformas, y una llamada a recordar que los monumentos de cartón piedra son más interesantes cuando los hacen los vecinos y no un artista fallero destinado a ganar un banal concurso, bastan a mi entender para que marcharse de la ciudad en Fallas no fuera necesario. Al menos para mí.  

Saturday, March 11, 2017

EL MATÓN DE LA COLETA


A riesgo de despertar la ira de Ignacio Sánchez-Cuenca, voy a tener la desfachatez de opinar de política. Es poco el daño que puedo hacer porque no son muchos los que tienen la paciencia de leerme. 

Alguien me dijo que no creía en las conspiraciones, "pero haberlas, haylas." Si leemos todo lo que se ha escrito en los últimos días sobre la acusación de la Asociación de Periodistas a Podemos por amenazas e injurias a algunos periodistas podemos llegar a sonrojarnos. Lo que a mí me parezca Victoria Prego, su ilustre Presidenta, es poco relevante. Pero me llama la atención que esta señora tan venerable acuse sin más prueba que su supuesto crédito personal. Yo puedo sospechar que cuatro majaderos que dicen ser de Podemos han escrito tuits amenazantes contra periodistas que les han criticado. Este es uno de los grandes males de la Red, todos lo sabemos. En cualquier caso no sé cómo los trolls en cuestión han decidido por donde empezar, porque si algo abunda en la Celtiberia son tipos que rajan de Podemos. 

También se habla de situaciones de coacción en vivo de las que no hay más prueba que lo que han contado a la Asociación los periodistas afectados. No sé si el Coletas les ha lanzado mal de ojo o si Monedero les ha amenazado con cantarles por soleares cuando los pille solos. Sí, dan mucho miedo los de Podemos; sospecho que si encuestáramos a los miles de periodistas de infantería que hacen su trabajo en condiciones bastante precarias nos contarían que temen más a los morados que a sus jefes de redacción o las empresas que financian los medios en los que trabajan. Eso será. 

Yo también creo que conspiraciones haberlas, haylas... No hace falta que se reúnan unos cuantos oligarcas con una cabeza de ciervo y vestidos de templarios, entonen un himno sacro y terminen sacrificando un lechón... Basta con que los partidos en el poder interrumpan sus peleas entre sí para acordar que a estos tíos hay que machacarlos. Quizá dentro de veinte años aparezca Ansón -estará ya muy calvo- diciendo que "sí, que nos reunimos para decidir acabar con Iglesias y su gente". A mí, que también estaré muy calvo para entonces, no me hará falta. 

Péguenle una miradita a los titulares que el diario El País ha dedicado últimamente al asunto, hagan el favor. Son del tipo "Así amedrenta Podemos a la prensa". Lean después el contenido y descubrirán lo velozmente que el periódico de Darth Vader, es decir, Cebrián, consigue ir pareciéndose a El Mundo o La Razón en materia de respeto a la deontología periodística.

El mismo amigo que me dijo lo de las conspiraciones acostumbra a hacer un chiste cada vez que se rompe la cisterna del water o pierde el Levante: "la culpa es de Podemos".  Curiosamente ni él ni yo simpatizamos con los líderes de la organización morada. Pero parece que algunos se han empeñado en que terminen pareciéndonos unos perfectos caballeros. 

Saturday, March 04, 2017

LA AVENTURA ILUSTRADA

Han pasado veinte años desde que la Academia Francesa de Cinematografía premio con el César a la mejor película del año a Ridicule, de Patrice Leconte. (Joder, cómo pasa el tiempo... Parezco mi madre, pero es que tiene razón)

El caballero de Malavoy, un noble sin fortuna y angustiado por las fiebres que diezman a la población de Les Dombes, decide viajar a la Corte con el fin de obtener financiación para desecar los pantanos, lo que los convertiría en tierra fértil y atajaría las epidemias. Una vez en Versalles queda bajo la protección del Marqués de Bellegarde (Jean Rochefort), un cortesano especialmente fascinado por el "ingenio", es decir, la refinada elocuencia que deslumbra al Monarca Luis XVI. 

Malevoy busca desesperadamente una audiencia con el Rey y sólo hay un camino: destacar en las suntuosas fiestas de Madame de Blayac por el preciosismo de su retórica. Tras lograr al fin ser atendido en su demanda, la traición de alguna serpiente criada en el aire tóxico de Versalles le deja en "ridículo" en un baile, lo que desbarata definitivamente su plan de obtener de la Hacienda Real el capital necesario para salvar a las gentes de Les Dombes. "Mi error fue intentar obtener frutos de un árbol prohibido", concluye Malevoy. 

En los últimos instantes del film se nos informa de que las Landas de Le Dombes fueron finalmente desecadas con un proyecto de la Convención, apenas unos años después del estallido revolucionario de 1789. En otras palabras, la República hizo lo que no se dignaron intentar ni la iglesia local -dedicada a rezar por las almas de los contagiados- ni mucho menos la Corona -ceñida por un majadero con la cara empolvada cuyo trasero no cabía en el trono-.

Con toda su ferocidad y sus atropellos, la Revolución Francesa es el destino de siglos de agitación contra la servidumbre y la ignorancia. La Ilustración es la estación crucial de la mayor aventura iniciada jamás por la humanidad, la de la luces de la Razón contra la oscuridad de la Caverna. Pues bien, ¿es la Ilustración un proyecto inacabado? No podemos eludir esa pregunta, cuya respuesta retrata a un filósofo de temperamento desde Nietzsche hasta nuestros días.

Si las fuerzas de la intransigencia y el dogmatismo hubieran sido definitivamente vencidas, la pregunta habría quedado obsoleta, pero son numerosos los indicios de que el campo de batalla sigue activo y, por desgracia, sigue cobrándose cadáveres. En estos días hemos visto como un fanático polaco insultaba impunemente a todas las mujeres del mundo en una sesión del Parlamento Europeo. Parecía una parodia, pero era real. Tan real como las payasadas con las que Trump nos ameniza el café de la mañana; tan real como Marine Le Pen amenazando con obtener el favor mayoritario de una ciudadanía francesa que parece una sombra de aquella que marcó el rumbo espiritual de todo Occidente...

Y sí, pienso también en el autobús de la vergüenza, el de los niños que son niños y las niñas que son niñas. No me sorprende que almas simples y poco dadas a la complejidad del mundo contemporáneo jaleen a cualquiera que les diga que sólo hay una forma "correcta" de residir en la Tierra. Vamos, que sigue habiendo muchos a los que no sólo disgustan los maricas, las bolleras y los trans (horreur!), sino que, sobre todo, no soportan que vayan por ahí como si nada, mostrándose orgullosos y exigiendo que se les trate como "personas normales". Antes que prohibir la llegada del autobús a mi ciudad, me entran ganas de hablar con ellos, de hacerles ver lo absurdo de lo que proponen... Me da por preguntarles por qué les ofende tanto el derecho a la diferencia que otros reclaman. Pero temo que con ello sólo iría a sacar frutos de un árbol podrido... podrido por la intolerancia y la barbarie.

Me temo que sí, que la aventura de aquellos pensadores del setecientos está por concluir.