Saturday, September 22, 2018

ARTURO MONTES EN LAS PROVINCIAS

El próximo lunes, día 24 de septiembre, el diario Las Provincias me publica en sus páginas deportivas un artículo sobre mi abuelo, Arturo Montes. Junto al mío -y les aseguro que será un honor- podrán leer otro de mi admirado José Ricardo March. El periódico ha decidido tomar parte activa en la conmemoración del centenario del Valencia CF, de manera que el artículo que firmo se inscribe dentro de un serial que intenta poner en valor la relevancia del club -una de las instituciones civiles más influyentes del País Valenciano- a partir de un concienzudo rastreo de su historia. 

Soy seguidor del Valencia desde que me conozco. Como a cualquier crío, jugaba durante horas interminables en el patio de la escuela y, cuando los curas nos echaban, seguíamos en los solares con dos piedras señalizando las porterías. Pero yo tenía algo de lo que carecían mis compañeros, lo cual me hacía sentir de alguna forma especial. Yo era nieto de Montes, el primer gran goleador de la historia del VCF, el mayor héroe, junto a Cubells, del Valencia fundacional. Amábamos a Keita, a Valdez y a Kempes, pero yo sabía que la leyenda de aquel escudo se remontaba a tiempos muy remotos. 

Entré a Mestalla regularmente desde los cuatro o cinco años con un pase que mi abuelo nos prestaba, pues él tenía su butaca de honor en la tribuna. Al salir del estadio mi padre y yo solíamos reunirnos con él y a menudo regresábamos juntos en su seiscientos. Era fácil percibir en aquellos lejanos años setenta que mi abuelo era alguien con mucho peso. La admiración casi reverencial con la que algunos socios del club se dirigían a él era similar a la que muchos años después -no hace demasiado- yo miraba al gran Tonico Puchades, ya muy anciano, cuando se dirigía hacia su butaca un domingo de partido en Mestalla. 

A mí me contaron toda suerte de leyendas sobre mi abuelo. No estoy seguro de haberlas digerido de forma saludable. Los niños, como tantas veces explicó Platón, son vulnerables a la seducción de los rapsodas. Yo creí que mi abuelo era un gran hombre. Y quizá lo era, pero en algún momento uno aprende que el tipo de aprecio social que genera la celebridad, la reputación que uno llega a creer que posee casi por gracia divina, sólo por ostentar cierto apellido, no tienen en realidad gran valor. Dijo Cioran que en realidad nada importa. Yo creo que sí hay cosas que importan, pero que el mundo te quiera o te celebre por algo como una gloria deportiva no pasa de ser un placer caduco, algo por lo que uno no puede bajo ningún concepto malgastar su vida. Montes fue muy grande, Arturo Montesinos fue un hombre normal... o quizá en ocasiones fuera un héroe desconocido, cuando ya nadie le jaleaba en un estadio. Como mi padre, como yo, como usted. 

Les contaré algo. Mi abuelo murió en 1982. Lo que pasó aquella mañana tan triste en el cementerio de Valencia no me lo he inventado yo, aparece en un artículo en Hoja del Lunes del mítico periodista Miguel Domínguez. No apareció nadie del club, presidido en aquel momento por un tipo insignificante cuyo nombre me niego a citar. En medio del sepelio apareció un taxista, sacó una corona de flores, la dejó de mala gana y se largó. Patético, ¿verdad? Acababa de morir el mayor goleador de la historia del club (266 goles en 262 partidos, treinta tantos más que el mítico Mundo, ariete de la "Delantera eléctrica")

Aquel asunto abrió un pozo negro de amargura en mi familia que duró décadas, especialmente en mi padre, quien asociaba los desastres deportivos del Valencia de los años ochenta con la mezquindad con la que el club se empleaba con sus viejas glorias. En realidad mi padre siempre fue Montista antes que valencianista. Pero yo sé algo acaso por la distancia que tiene un nieto y de la que carece un hijo: no fue el Valencia quien le falló a Montes, fueron unos directivos petulantes que sólo merecen ser olvidados. 

Bien, hasta aquí mis venenos. Tengo la intención de no volver a mostrarlos porque creo que la historia, después de todo, está empezando a hacerle justicia a Arturo Montes. Hace aproximadamente una década decidí que se había convertido en una obligación abandonar la letanía melancólica y realizar el esfuerzo que hiciera falta por restaurar el nombre de mi abuelo, de nuestro abuelo, mejor dicho, porque Montes tuvo siete hijos y dieciocho nietos. Con ayuda de mi familia y de algunos amigos, como José Ricardo March, Rafael Lahuerta o Josep Bosch, entre otros, estoy consiguiéndolo. 

Nada importa, decía Cioran. Quizá todo esto sólo sea vanidad. Pero ahora quiero pensar que también es justicia. El Valencia cf cumple cien años. Intentemos estar a la altura.  


Friday, September 14, 2018

EL CUENTO DE LA CRIADA (Y IV)

Una singular novela de Philip K.Dick, "Sueñan los androides con ovejas eléctricas", se convierte en leyenda con su versión cinematográfica, dirigida por Ridley Scott, "Blade runner". Pero la de la genialidad de sus creadores es una pista insuficiente para explicar la inagotable influencia  sobre la cultura posmoderna del relato situado en el distópico Los Ángeles de 2019. Un detective, Deckard -que parece un trasunto en clave de ciencia ficción de Phil Marlowe-, recibe la instrucción de "retirar" a un grupo de replicantes que se han lanzado a la desobediencia y el crimen bajo la dirección de su líder, Roy o, si lo prefieren, Nexus 4.

Podemos definir la modernidad como el proyecto burgués de sistematizar racionalmente a las multitudes. El sueño decimonónico del orden, alimentado por el dogma tecno-científico, termina de descarrilar en las megalópolis del siglo XXI. Todo parece haber quedado fuera de control en la distopía de Ridley: la tecnología, los desechos, la contaminación, la publicidad... Es ese fracaso lo que, acaso sin saberlo, nos aguarda tras las brumas tóxicas del paisaje urbano cuya confusión nos muestra magistralmente Blade runner. Nada puede ya permitirse el lujo de ser coherente, ni siquiera el bien y el mal lo son. 

El trabajo de Deckard consiste en distinguir robots y replicantes; su función no es otra que alimentar, siquiera fugazmente, la expectativa de un mundo donde las instituciones aún puedan garantizar algún régimen de verdad. Deckard fracasa. Los replicantes son los verdaderos héroes porque tienen el coraje de rebelarse contra su caducidad programada. "Soy dueño de mí mismo, puedo saltarme el programa". Por eso, buscando a su creador, ponen patas arriba la estructura de poder de esa sociedad que les ha destinado a la servidumbre y la obsolescencia. El célebre final del film prueba la existencia de una genuina subjetividad en el androide. Cuando inesperadamente decide salvar la vida de su perseguidor, Roy nos impide saber quién es el verdadero criminal. La respuesta de Deckard es enamorarse de la replicante Rachel... Quizá sea esta la verdadera razón del supremo acto de magnanimidad que Roy lleva a cabo en los instantes postreros de su vida: Deckard debe vivir para seguir amando a Rachel. 

En las ficciones de anticipación a las que nos habituamos antes de Blade runner, el futuro era homogéneo, cerrado, perfectamente definible. Y lo era tanto en sus versiones utópicas como en las distópicas, pues en ambas lo que triunfaba era la razón. En ambos casos nos encontramos una racionalidad de conjunto que se impone globalmente. En LA 2019 los gadgets se han acumulado hasta convertirse en un paisaje que los humanos ya no dominan. La historia ha dejado tras su estela tanta basura que lo que reina ya no es la razón sino el caos. 

Hoy vivimos en una sociedad mediática. Adorno y otros maestros pensadores de las tragedias del siglo XX temían que la universalización de ese modelo de la comunicación de masas, que él ya detectaba con horror en los discursos nazis transmitidos a toda la nación, generaría una homologación general de la sociedad. No niego que el control sobre los ciudadanos viene siendo ambicionado por las élites desde Stalin y Hitler hasta nuestros días. ... Pero ese efecto termina siendo superado por otro: la multiplicación de las visiones del mundo. Podemos imaginar una imposición ideológica totalitaria, podemos -como en 1984, de Orwell- especular con la imagen de un líder que emite sus consignas de la mañana a la noche... O -como en El cuento de la criada- con una oración de devotos medievales sometidos al temor de Dios y la mirada inquisitorial. Pero sólo podemos imaginarlo -resulta atractivo para el espectador-, porque la realidad es que las subjetividades han explosionado, la multiplicidad es irreversible y los juegos de lenguaje se multiplican ad infinitum. 

El planteamiento de Handmaid es falso porque es orwellista, y debemos desembarazarnos de la obsesión orwellista porque nos distrae respecto a los verdaderos problemas de este tiempo. Nos dicen que el paisaje totalitario y el estremecedor sistema punitivo de Gilead son la consecuencia natural de la radicalización reaccionaria propiciada por la xenofobia, el racismo, el machismo...Trump sería entonces producto de una involución debida a la resistencia a aceptar la erosión de los privilegios  que dominaron el mundo o, lo que es lo mismo, al temor a asumir con todas sus consecuencias el avance de la democracia. 

El estalinismo, los nazis, los mormones, los Amish, los talibanes, el Ku kux klan... en realidad no importa demasiado, lo que hace la ciencia-ficción del corte orwelliano es dibujar sistemas de dominación perfectamente cerrados sobre sí mismos y donde el látigo y la horca son correlativos de una empresa de inmersión ideológica inspirada en las tiranías del lavado de cerebro del siglo XX tanto como en los inquisidores medievales.  

Hay un error de partida en la distopía de Handmaid. El mundo -al menos el mundo occidental, y muy especialmente los USA- no está hoy dominado por los integristas religiosos ni por los mojigatos, sino por el capitalismo de las macrocorporaciones y el consumo. No es el adoctrinamiento ni la violencia intimidatoria del Gran Hermano de Orwell lo que define las jaulas contemporáneas. No niego que se vigile y castigue, que los ciudadanos estemos bajo observación y que, si pudieran, algunos lobbies de mojigatos prohibirían el sexo, mandarían a la hoguera a las libertinas  y recuperarían los cinturones de castidad. El problema es que a estos, afortunadamente, ya no les hace caso ni el Santo Job y todos los miramos como a friquis. ¿Y Trump? Es un enemigo de la democracia, desde luego... Detesta a la prensa libre y a las mujeres no serviles. Si le dejaran, acabaría con los servicios públicos y los derechos civiles, no tengo ninguna duda. Pero no nos engañemos: el mundo de Trump no es la República de Gilead, su mundo es el dinero, los reality-shows, los combates de catch, las putas, la ostentación hortera, la más absoluta arbitrariedad en el ejercicio del poder.. Por todo esto me extraña tanto que algunos expliquen el éxito de la serie por el impacto de la llegada al poder de Donald Trump.  

No temo a Gilead porque la tendencia del Poder no pasa hoy por reprimir opiniones o deseos... no es decir "No" a nuestros deseos ni hacernos cargar con mantras bíblicos que hoy no se creen más que los talibanes. No temo a Gilead porque en Gilead no hay ni sombra del capitalismo, que es el verdadero productor de pobreza, violencia y exclusión de nuestro tiempo. No se nos viene encima una dictadura puritana, no hace falta, por más que tenga mucho morbo en las novelas o en las teleseries. Todo es en realidad mucho más prosaico: a nadie le molesta que yo me exprese libremente y que disienta porque nadie va a hacerme caso. No les molesta que forniquemos, que seamos gays o que sustituyas las misas por el budismo o el reiki... siempre y cuando -claro está- lo que hagas se pueda traducir en mercancía vendible, es decir, en dólares. 

No, amigos, el mal son la exclusión, la desigualdad, la ruptura de los vínculos comunitarios, la indiferencia o la impotencia política. No temo un Estado que me reprima o me vigile, lo que temo es ser abandonado, quedar viejo y enfermo sin seguro social...

No, no vamos a Gilead, vamos en todo caso a algo que se parece más a LA 19. Como le pasa a Roy, en nuestra mano está, siempre lo estuvo, la posibilidad de resistirnos:

"todos esos recuerdos se perderán, como lágrimas en la lluvia." 

Sunday, September 09, 2018

EL CUENTO DE LA CRIADA (III)


 Es significativo el titular que me topo en la web de Antena 3 cuando busco información sobre El cuento de la criada: "Las diez horribles condenas y torturas de Gilead". 

Con ello, supongo, pretenden estimular el interés masivo por la serie, de lo cual podríamos deducir que las masas son sádicas. En cualquier caso, es todo un aviso a navegantes respecto a lo que me informan que podremos ver en la segunda temporada de Handmaid y que yo ya he decidido perderme: un ejercicio de crueldad insistente donde siempre sabremos quienes son los malos y quiénes las inocentes víctimas con las que, sin dudarlo un momento, habremos de empatizar a priori. Más o menos como en "The walking dead", pero con legitimidad ideológica... dicen que Handmaid es una serie feminista. No queremos habitar en Gilead, claro, pero estaría bien que el mundo fuera como en esas series americanas donde siempre tienen la bondad de dejarte claro de entrada donde está el Bien y dónde el Mal. 


Nos dicen que en materia política sólo cabría detectar efectos positivos en la visión de la serie. No es extraño que muchas feministas del mundo, para protestar sobre su condición subalterna en el patriarcado, hayan optado por vestirse como las Marthas de Handmaid. Se diría que el autoritarismo de Trump, su alergia a la libertad de expresión, su rancio nacionalismo, su persecución a los outsiders son sólo los primeros pasos de un camino cuyo destino es Gilead. "Ahí tenéis el Tea Party, los Estados integristas que prohíben en los colegios las teorías que refutan la Biblia, la histeria colectiva inducida frente a la amenaza islamista, el rechazo a los gays o a la emancipación de la mujer, el culto a las armas y a la violencia... Es así como desde el espíritu más reaccionario podemos deslizarnos hacia el estado de excepción y la clausura de los derechos y las libertades"

Todo este discurso propiciado por Handmaid parece plausible. ¿Por qué entonces me suena tanto a impostado? ¿Por qué a menudo tengo la sensación de presenciar una fiesta de disfraces con esas pintas a medio camino entre el barroco y el victorianismo que resumen la celebrada iconografía de la serie? 

No insistiré demasiado en las grietas narrativas de Handmaid porque, en realidad, nunca exijo a un relato que sea verosímil... Lo que le exijo es que me permita "creérmelo". En cualquier caso me parece impensable que Gilead pueda mantener en secreto ante el mundo su deriva totalitaria y represiva, como se nos sugiere. Es difícil imaginar cómo la irrupción de los nuevos amos encuentra tan poca resistencia y cómo consiguen tanto poder de forma tan repentina... Aunque, claro, tenemos la crisis de fertilidad, un deus ex machina tan inexplicado -pero imprescindible para activar el relato- como el virus que convierte a los muertos en zombis en una serie de consumo rápido como Walking dead. Ni esa ni otras incongruencias, insisto, me preocupan demasiado por sí mismas. Es la sensación que alimentan en mí de que el relato no es creíble. 

 "El cuento de la criada" captura hábilmente algunas tendencias autoritarias, es decir, enemigas del progreso social y las libertades y derechos democráticos, y las hace converger hacia una trama distópica que parece consistente. Astutamente recicla esas tendencias autoritarias, represivas, intolerantes o integristas para construir un espacio cerrado y perfectamente reglamentado en el que dichas tendencias puedan hacerse efectivas institucionalizándose. Esto es Gilead...


Pero Gilead no es el futuro que nos espera. Ese futuro puede ser aún peor. O no. Puede ser injusto e indeseable, puede incluso ser de alguna forma totalitario. Pero las líneas de la tiranía ya no son las del control represivo, la persecución de la disidencia y la ortodoxia moral. El terror al que nos enfrentamos y que debemos combatir es de otra índole. Tiene que ver con la exclusión, la desigualdad, la pobreza, la precariedad, la indiferencia política y el declive de la ciudadanía y las instituciones públicas. No vamos hacia la República de Gilead, que por cierto no tiene nada que ver con Donald Trump. Vamos hacia Blade Runner, es ese el riesgo. 

Les pido una última lectura sobre este tema, tengan la bondad. 


Saturday, September 08, 2018

EL CUENTO DE LA CRIADA (II)

Todos hemos visto "The tale of the handmaid", o, en todo caso, hemos tenido que decidir no verla o abandonarla una vez empezada. Nos hallamos, no hay duda, ante un fenómeno televisivo multitudinario. No llega a los índices de audiencia de "Juego de tronos", pero sospecho que su repercusión en la cultura tiene más profundidad y recorrido. 

Es difícil encontrar grandes objeciones a un producto de tan elevada factura. La puesta en escena es impecable, hace falta virtuosismo para configurar un paisaje tan hipnótico. Es tan poderosa su iconografía que no sorprende nada que, como ya sucedió en "V de vendetta",  haya trasladado el uniforme de las "Marthas" a manifestaciones feministas del mundo real. Esa imagen de Defred y sus compañeras con el vestido rojo y la cofia blanca, pasivas y silenciosas en espacios que tanto recuerdan a la pintura de Vermeer... no es extraño que hayan llegado a convertirse en símbolo de la dominación machista en los últimos meses. Tal es el poder de una serie de la HBO en este globalizado siglo XXI. 

Podemos hablar de los intérpretes, especialmente de las actrices, y por encima de todos, el trabajo colosal de Elisabeth Moss, cuya creación de Peggy Olson en Mad Men ya amábamos muchos.  O la técnica narrativa. Esa fluida alternancia entre la humillación presente y el insistente asalto a la memoria de un pasado que ahora se descubre como el paraíso perdido... Con ello no sólo descubre el espectador cómo llegamos al desastre, también advertimos las dimensiones del dolor por lo que perdimos. No olvido ese momento de los primeros compases de la serie, cuando las protagonistas -mujeres empoderadas y universitarias- son insultadas impunemente por el nuevo camarero de la cantina unos segundos antes de que descubran que el acceso a las cuentas bancarias ha sido cancelado para ellas y para el resto de mujeres de la nueva nación, la República de Gilead. 


No sigo, no soy experto en "El cuento de la criada", que sean otros los que glosen con detalle los incuestionables méritos del producto. 

No tengo dudas respecto al valor que tiene Handmaid como inspiración para afrontar las grandes controversias políticas del momento: "¿Por qué os horrorizáis, reaccionarios? ¿No es esto lo que reclamabais?"... Es una pregunta que yo dirigiría a algunos de mis allegados con afición a impacientarse con la democracia. Estáis hartos de ver a las mujeres instalarse cada vez con más determinación en los puestos de poder que antes eran dominio exclusivo de los varones. No soportáis la "normalización" de ciertas formas de libertinaje, como la homosexualidad. Los jueces no se atreven a ser duros con los delincuentes... decís a menudo. Padres y educadores ya no son capaces de mantener su autoridad ante los niños... La gente blasfema impunemente mientras los árabes vienen aquí a poner sus mezquitas y encima no puedes decirles nada que se ofenden...

... Pues bien, aquí tenéis la respuesta a vuestros rezos: se llama Gilead. De momento sólo es ficción, aunque, como dice Woody Allen, no se puede tener todo. El pequeño problema es que cuando veis la serie, sólo si sois unos putos psicópatas podéis encontrar en el orden social que presenta algo mínimamente deseable. Es un cuadro de pesadilla, una distopía en toda la extensión del concepto: las mujeres díscolas con su nueva condición de esclavas son torturadas y asesinadas, se vigila exhaustivamente cada movimiento a través de una red de delación que habría enviado el mismísimo Goebbels, se ahorca o lapida en público ritual a todo aquel que tenga la insolencia de disentir. 


Muy pocos, digan lo que digan, quieren hoy una dictadura, más si es como Gilead: un Estado integrista cristiano cuya práctica cotidiana consiste en un ejercicio sistemático y atroz  de la violencia y la intimidación. ¿Los Amish al poder? Un poco sí, porque se han quedado en el siglo XVII, pero los Amish no creen en la violencia, luego es algo así como un estalinismo pasado por la máquina del tiempo. Puro delirio, vamos. Es virtud de Handmaid mostrarnos ese horror, recordarnos que los "desórdenes" propios de las sociedades abiertas son siempre preferibles a la ferocidad represiva del autoritarismo. 

¿Una gran serie de la HBO? Sí, quizás lo sea. Maneja con habilidad algunas de las corrientes ideológicas más inquietantes de nuestro tiempo para diseñar una paisaje de futuro a corto plazo con el que uno debe desasosegarse y recordar lo valiosas que son algunas instituciones y derechos que ha costado mucho conseguir y que continúan teniendo detractores. 

¿Por qué entonces no me horroriza "El cuento de la criada"? ¿Por qué, aún a riesgo de molestar a quienes entregan sin ambages su entusiasmo a la serie, no consigo emocionarme? 

Denme un rato, debo explicarme. 

Friday, September 07, 2018

EL CUENTO DE LA CRIADA

A lo largo de este verano, coincidiendo con la emisión en abierto de "El cuento de la criada" en Antena 3, se me ha ocurrido referirme en tono poco entusiasta a la serie que parece tener cautivado al mundo entero. Mi descuelgue internáutico veraniego, la prudencia que me disuade de no herir ciertas susceptibilidades y la convicción de que, pese a mis reparos, estamos ante un magnífico producto televisivo han hecho que guarde silencio durante dos meses en medio de la admiración generalizada. 

No me demoraré en el odioso terreno de las comparaciones. Si Handmaid me pareciera una serie insignificante no habría caso. Proyecto considerables dudas sobre ella porque creo que contiene trampas, insuficiencias y contradicciones, y porque su impactante factura visual y el fabuloso trabajo de su actriz protagonista no me parecen razones suficientes para situarla -como algunos hacen- dentro del elenco de productos míticos que han convertido las dos décadas de siglo que llevamos en la era de las series televisivas. No estoy pensando solo en la tetralogía inevitable -Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking bad-... Me sorprende que personas que parecen arrebatadas por Handmaid  no se hayan percatado de que series no tan multitudinarias como Deadwood, la primera entrega de True detective o Rectify contienen mucha más densidad y son bastante menos tramposas y transmiten dramas humanos bastante más oscuros e inquietantes. 

Es cuestión de gustos, dicen... Bien, pero más allá de lo atractiva que sea la distopía de Gilead, esa especie de reino puritano integrista del siglo XVII trasladado a nuestro tiempo, la cuestión es si Handmaid traduce temores realmente consistentes. Yo creo que capta hábilmente algunas tendencias que a no dudarlo están presentes en la actualidad, desde el incremento de las tecnologías de vigilancia hasta la insurgencia furiosa. de los grupos más reaccionarios. Pero el resultado es, en mi opinión, fallido. El cuento de la criada no consigue desatar mi horror, no corresponde a mis pesadillas respecto al  futuro del mundo. Podemos enfrentarnos a un mundo temible... Pero no es el de Gilead. Trataré de explicarme, por si les apetece. 

Sunday, September 02, 2018

TRAS EL SILENCIO

Paso habitualmente en silencio el mes de agosto. Me tomo vacaciones de escritura y opinión en público porque, además de temer que mis amigos se cansen de mí, creo que es sano contener temporalmente la inclinación a pontificar y leer con atención lo que piensan otros, empezando por aquellos que están lejos de mis posiciones. Asisto con preocupación a manifestaciones que corresponden a sensibilidades que rozan a menudo la paranoia, prestan oídos a quienes predican el odio y estrangulan cualquier posibilidad de diálogo, posibilidad que requiere un mínimo: aceptar que el interlocutor puede aportarme algo de lo que yo carezco. 

Me siento obligado por todo ello a manifestarme respecto a algunas cuestiones que se han vuelto especialmente inflamables y en las que, creo, nos jugamos la viabilidad de la convivencia. Voy a decir lo que pienso. No pretendo ganar amigos ni sentirme en posesión de la verdad. Pero me veo en la exigencia de posicionarme porque creo que es la única manera de que la violencia y la intolerancia no sigan ganando posiciones. Yo, al menos, sé que mi motivo no es la pretensión de eliminar o silenciar a quienes se me oponen, mi motivo es la necesidad de discrepar enérgicamente. Me pronuncio a continuación sobre cuatro cuestiones candentes: la herencia del General Franco, el feminismo, la inmigración y la secesión catalana. 

1. Los últimos ecos de los regímenes autoritarios ya se apagaron hace tiempo en Europa. Su lógica ha sido barrida de la historia por las mismas razones que lo fueron el feudalismo o las monarquías absolutas. Por eso tiene un aspecto tan cutre, casi tan friqui, la resistencia de un sector muy amplio de la sociedad española a romper con el franquismo.

Importa bien poco si en el alma de los que insisten en exhumar fosas anidan el revanchismo o el oportunismo político. Lo que realmente debe preocuparnos es la justicia y el sentido de la ley. Francisco Franco es el nombre de uno de los mayores asesinos del siglo XX. La victoria del bando fascista en la contienda, la eliminación física o moral de todos sus hostiles, la política del terror y el ejercicio cotidiano y a machamartillo de adoctrinamiento sobre varias generaciones de españoles explican que lo más monstruoso termine revistiéndose en las conciencias con los trazos de la normalidad. La guerra que lideró fue producto de un levantamiento militar efectuado con las armas que la legitimidad institucional otorgó a señores como él para que defendieran a la ciudadanía. Sus múltiples crímenes durante el Régimen son inexcusables, pero no pueden compararse a la barbarie de las represalias de posguerra, cuando el oponente ya estaba cautivo y desarmado, sin más expectativa que la de salvar la vida huyendo a donde fuera. (Sí, ya sé que el otro bando también mató, no soy idiota, pero no hablamos de la República, hablamos del Valle de los Caídos, los rojos ya pagaron todos sus pecados con creces)

La cuestión no es por qué el Gobierno Sánchez quiere sacar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos. La cuestión es por qué la democracia española ha tardado tanto en cumplir sus propias leyes, y por qué ciertos partidos hacen patéticos malabarismos para que no se note demasiado que lo que están apoyando es el fascismo. Me gustaría preguntarles a algunas personas por qué hiere su susceptibilidad que el nombre del mayor enemigo de la democracia que ha conocido la Europa Occidental en el siglo XX deje de tener el reconocimiento y los honores de un país que lleva ya cuarenta años viviendo en la cultura de los Derechos Humanos. Es esa actitud la que mantiene abiertas las heridas, es esa resistencia a romper con la barbarie lo que mantiene la anomalía española por la cual en Europa continúan pensando que este país is different.

2. Hay bastantes ideas y actitudes del movimiento Me Too que no comparto.  Algunas de las personas más crueles y desalmadas con que he tenido la desgracia de toparme decían ser feministas y me han increpado en facebook mujeres sólo por exhibir discrepancias mínimas y razonables. Si me sigo mostrando ilusionado con esta revolución cultural que estamos viviendo en pro de la emancipación de la mujer y la equiparación de los géneros es porque creo que el feminismo tiene razón en lo sustancial, y que las feministas son en su mayoría personas sensatas y librepensadoras. Más allá de algunos excesos, más allá de ciertas bobadas que parecen ideadas para que el enemigo haga chistes, las reivindicaciones fundamentales del feminismo surgen de la cotidiana vulneración en nuestra sociedad de derechos humanos básicos.

Podemos discutir sobre las leyes de cuotas, sobre el lenguaje inclusivo, sobre la gestación subrogada... de eso se trata en democracia, creo. Pero hay fenómenos que constituyen verdaderas patologías sociales y que, si no luchamos -todos- contra ellas, perpetuaremos la injusticia porque seremos de alguna forma cómplices de ella. Violencia de género, abuso sexual, discriminación salarial, feminización de la pobreza, conciliación familiar... 

Me parece imprescindible, en relación a este asunto, la referencia al movimiento homosexual. La evidencia de que muchas cosas han cambiado en nuestro país -en el marco legislativo y en la práctica cotidiana- para que la condición gay, lésbica o transgenérica empiece a ser desestigmatizada por la sociedad me parece un ejemplo de lo que un gran movimiento social puede conseguir para que tengamos una sociedad más justa y habitable. 

Entiendo que para muchas personas las grandes transformaciones sociales resulten inquietantes. Si conseguimos que ciertas paranoias no nos vuelvan mezquinos, descubriremos que en esta batalla, como en tantas otras, lo que está en juego es la consecución de un mundo menos inhóspito para todos. 

3. No hay duda, nos hayamos ante una de las cuestiones más inflamables y preocupantes a las que se enfrentan las sociedades del siglo XXI. En un planeta superpoblado y donde la información y las posibilidades de desplazarse han crecido exponencialmente, debemos asumir que los desplazamientos de grandes multitudes constituyen un fenómeno no solo irremediable sino además necesario. No soy yo quién está en condiciones de indicar qué se debe hacer con la inmigración, pero sí entiendo que si los gobiernos no controlan los flujos, lo cual es algo muy distinto a prohibirlos, será la arbitrariedad de las mafias o el capricho de la fortuna o la violencia la que mande sobre los destinos de millones de personas. 

A España han llegado muchos extranjeros en las últimas décadas, fenómeno por cierto similar al que experimentaron países europeos que recibieron hace décadas a millones de españoles que aspiraban a una vida mejor, sin olvidar que el fenómeno se repite hoy con muchos de nuestros jóvenes más preparados. La lógica inquietud que experimentan los nativos cuando ven que multitudes con aspecto, lengua y costumbres exóticas ocupan los espacios donde antes sólo estaban ellos, no conduce necesariamente a la xenofobia o el éxito de demagogos de corte neonazi. Las pirámides demográficas ofrecen datos inequívocos: envejecemos a la carrera, necesitamos gente joven, y si no la producimos habremos de exportarla. Puede usted discrepar con mi convicción de que las concertinas en la valla de Melilla son un rasgo de barbarie o que no se puede abandonar a su suerte a una patera llena de niños, pero el de la inmigración -metámonoslo en la cabeza- no es un asunto de caridad ni de compartir nada, es una cuestión de supervivencia.

Van a seguir viniendo. Y lo hacen por qué países como el nuestro les hace concebir la ilusión de una vida mejor. Deberíamos, en cierto modo, estar agradecidos. 

4. Soy un unionista pacífico y, como alguna vez he dicho, un patriota de baja intensidad. Creo que deberíamos seguir juntos, pero para que el deseo tenga alguna consistencia necesito poder pensar que el proyecto de convivencia que llamamos España merece la pena. 

Me preocupa la facilidad con la que se habla de "presos políticos", por más que deseo fervientemente que personas de las que estoy muy lejos, pero que me parecen bien dispuestas al diálogo como Oriol Junqueras, salgan de la cárcel cuanto antes. El llamado Procés, tal y como se ha ido desarrollando, me parece inaceptable  porque conculca los derechos de muchísimos ciudadanos que quedan fuera de eso a lo que se llama el derecho a decidir. Quienes afirman -y esto me lo ha dicho a gritos algún allegado simpatizante del Procés- que "esta es la única manera de que despertéis" dan legitimidad a quienes, por despertarse de un tortazo, exigen salir de la cama devolviendo el tortazo con creces. 

Ahora bien, que yo no comulgue con las ansias independentistas no significa ni por un instante que me crea en condiciones de ignorarlas. Hacer como si el problema no existiera, especialidad del ex-Presidente Rajoy, no es suficiente para solucionarlo, solo sirve para dejar que crezca, haciéndolo explosionar de forma absolutamente irresponsable cuando, como sucedió el día del ilegal referéndum, envía uno a las fuerzas del orden para sacar a la gente a porrazos de los colegios electorales. No es verdad que el sentimiento indepe sea mayoritario, pero sí lo es la exigencia de una consulta popular en condiciones justas, exigencia que creció de forma incontrolada el día en que el Gobierno Rajoy cometió aquella monstruosidad. 

Lo mejor que ha podido ocurrir con este asunto es que Pedro Sánchez acceda a la Moncloa, y lo peor es que los partidos que se benefician del frentismo continúen convirtiendo en beneficio electoral la pretensión de aplastar por la fuerza cualquier pretensión separatista. Ha bastado que un estadista con dos dedos de frente y sin fobias con olor a rancio llegue al Gobierno del Estado para que la popularidad del independentismo más unilateralista y menos dialogante deje de crecer. 

No quiero que Catalunya se vaya. Parece que en esto coincido con algunos de los nacionalistas españoles más inflamados de patria que conozco. Pero me gustaría hacerles una pregunta: ¿creen ustedes que se equivocan los ciudadanos del Principado que piensan que en España se les odia? Yo creo que no se equivocan, y mientras no entendamos que una cosa es el unionismo y otra el anticatalanismo, o rechacemos la pretensión de que sólo hay una manera de entender la condición de "españoles", es decir, la que propone la gente como Rivera o Casado, entonces la pulsión separatista se hará más fuerte. Y lo que es peor, crecerá su legitimidad.     

Monday, August 20, 2018

HASTA EL CULO

Hay temas de los que no se habla demasiado y que a uno le seducen, de manera que busco la mínima oportunidad para referirme a ellos, a menudo sin despertar gran interés. Hay otros que obtienen una atención rápida, generan actitudes levantiscas y excitan toda suerte de instintos, especialmente los viscerales, pero a que a mí provocan a menudo el tedio de lo repetitivo y lo inútil. Me ocurre con el nacionalismo, especialmente en todo lo relacionado con el conflicto catalán, pero creo que el sentimiento me asalta todavía más en relación a toda esa cháchara que desde los años noventa llamaron corrección política. 

Alerta. Digo "corrección política"... No me refiero a los discursos que proponen la emancipación de las multitudes frente a las formas de dominación que hacen de este planeta un lugar inhóspito. Me relaciono a diario con homosexuales, con personas transgenéricas, con inmigrantes de toda suerte de procedencia. No tengo dudas respecto a que parte esencial de mi trabajo en la escuela pública consiste en ayudar a personas en apuros a paliar los efectos de las malas cartas que la fortuna o la injusticia les han deparado. Y las mujeres, claro... la mitad de la humanidad como mínimo. El pensamiento feminista es parte esencial de mi formación; tomo cada curso la decisión de investigar con mis alumnos la filosofía de Simone de Beuvoir, a pesar de que las leyes educativas instauradas por la derecha española lo dificultan. Creo que lo hago bien, mis alumnos y alumnas me lo han dicho, y creo que, al menos en esto, no me mienten.

La corrección política va asociada al feminismo, no hay duda. Pero no es la misma cosa, o mejor, no necesito pasarme el día dándole la murga a mis conciudadanos con que eviten ciertas prácticas lingüísticas o del tipo que sean supuestamente ofensivas para luchar contra el patriarcado. 

Llevo años investigando la influyente obra de la periodista canadiense Naomi Klein, azote del neoliberalismo e inspiradora máxima de los movimientos altermundistas. A vueltas con sus ataques a las nuevas formas del capitalismo globalizado, Klein reconoce haberse empantanado en los años noventa con una obsesión por las "políticas de la identidad" que llevó a muchos a obsesionarse con fiscalizar lo que aparecía escrito en las paredes sin pensar que esas paredes -las de las universidades- estaban siendo vendidas a manos privadas. No se equivoquen, no se trata de diluir la singularidad de la lucha de las mujeres en la supuesta causa mayor del proletariado, el comunismo o cosas por el estilo. No, de lo que se trata es de entender que la corrección política, entendida como un ejercicio de censura sistemática puede no ser sino un síntoma de impotencia política. Klein estima, y lo comparto plenamente, que el neoliberalismo, la liberación de la mujer, la lucha contra el cambio climático y otras muchas formas de resistencia constituyen focos de la misma guerra, y lo que hay que hacer es buscar la cohesión entre ellas. 

¿Es Trump un machista? Desde luego, y también un protector de las élites financieras y corporativas, un negacionista climático, un fustigador de la inmigración, un enamorado de la guerra y el armamentismo. 

No sé si ve a donde quiero ir a parar. Javier Marías -es, creo, el mejor ejemplo- se refiere un día sí y otro también a las nuevas formas de opresión y censura auspiciadas por la corrección política. Parece una especie de cazavampiros que detecta por todas partes los rastros de una infección que, si pudiera, prohibiría el noventa por cien de las películas y las novelas, nos obligaría a todos a hablar de forma ridícula y llenaría los ministerios y los periódicos de torquemadas destinados a estrangular toda expresión de vitalidad o pensamiento díscolo. Antes era Franco, y ahora son las feministas y los demás profetas del discurso de la decencia, el victimismo y la susceptibilidad histérica. ¿Tiene razón? A veces la tiene, a veces no. Hay feministas estúpidas, intolerantes, incultas y fanáticas. Hay también mojigatas disfrazadas que han encontrado en el feminismo el territorio desde el que continuar su persecución a eso que Foucault llamó "el cuerpo y sus placeres". 

Lo que me pregunto es si el fenómeno es tan invasivo y totalitario como pretenden Marías y otros muchos que piensan como él. Si el alcalde de una ciudad mediana pone dibujos de mujeres en un semáforo y nos da para hablar de ello durante meses, entonces lo que hay no es imposición ideológica, lo que hay es un exceso de sugestión y, sospecho, pocos temas serios de los que hablar. 

¿Van ustedes al supermercado? ¿Cogen el metro? ¿Pasan horas en una oficina? Yo veo formas de censura ideológica del tipo que irrita a Marías, pero veo infinitas más formas de violencia sobre las mujeres, sobre los inmigrantes, sobre los gays. Pero, entiéndanme, creo que hay algo en el transfondo que está en las prácticas cotidianas, algo sistémico que no aparece en los discursos más mojigatos contra la incorrección política. Es machismo y es violencia, pero no es objeto de denuncia porque se presiente pero no se sabe identificar. Está en la competencia más despiadada por la riqueza, en la precarización, en el desprecio a quienes ejercen labores de cuidado de ancianos, en los ruidos de las motos trucadas, en los escupitajos, en la descortesía, en la incomunicación, en los estadios, en las barras de los bares... La ejercen muchos varones y, por desgracia, cada vez más mujeres. 

Déjenme que les cuente algo. Soy un conductor poco asertivo, no me gustan los automóviles y uso el mío para que me lleve a mí y a mi familia. Cumplo las reglas y procuro quitarme de encima las prisas cuando enciendo el motor. Mi peor pesadilla es atropellar a un niño, cosa que estuvo a punto de pasarme en la realidad, de ahí que coja poco el coche por la ciudad. Soy, entiéndame, un conductor "femenino". En caso de duda, me ralentizo y espero. Esta actitud me ha generado problemas en diversas ocasiones, si les cuento algún episodio no van a creerme. Siempre es la misma historia, "vas pisando huevos", "métete ya"... y todas esas cosas. He visto cosas tremendas incluso en personas allegadas a cuya conducción he cometido el error de encomendarme, error que me perdono la primera vez, porque les aseguro que en sus vidas de peatones son personas razonables. 

"Estamos hasta el culo/ de tanto tío chulo", coreaban en el último ocho de marzo. Yo también estoy harto. Hoy mismo he estado a punto de pegarme con un tipejo que me increpaba por no ir todo lo rápido que su prisa merecía. 

¿De pegarme, he dicho? Sí, a ver si se han creído que soy un tipo pacífico.