Friday, July 11, 2014

ALFREDO DI STÉFANO

Alfredo Di Stéfano, no recuerdo un día de mi vida sin conocer ese nombre. Una de las razones por las que la edad te acerca a la sabiduría es que ya has visto cómo han empezado la mayoría de las historias con las que te encuentras. Saber que los pasillos por los que deambulas en una macrotienda de H&M fueron antes de un cine donde viste películas inolvidables te brinda una buena perspectiva; haber crecido con ese tipo que ahora procesan por corrupción te permite entender mucho mejor la historia que ahora relatan en el telediario; que quien se presenta como líder de masas se parezca demasiado a demagogos que ya conociste en otro tiempo te hace menos vulnerable que los jóvenes al engaño..

Hay sin embargo algunas leyendas que ya conociste como tales, eso te mantiene preso de la candidez con las que escuchabas su aventura en la infancia, pero, por eso mismo, arrastran un encanto irresistible. 

Yo no vi jugar a Di Stéfano. El mito me llegó como tal, no lo vi crecer, por eso siempre me pareció que había en él algo divino, el eco de proezas que le contaban a aquel niño y que se le figuraban sobrehumanas. Apenas imágenes en blanco y negro de goles formidables: para los héroes de aquellos tiempos lejanos sólo cabe el cantar de gesta, la tradición oral, ese rumor doméstico que no necesita las pruebas documentales -eso que ahora circula por todas partes hasta abotargarnos- para provocar el hechizo.

Más allá de su talento, de sus frases geniales, de los éxitos que logró como entrenador, de sus incursiones en el cine, Di Stéfano es una figura sociológica que puede ayudarnos a entender mejor lo que ha pasado en nuestro país en la segunda mitad del Siglo XX. Cuando mis padres emigraron a Alemania en busca de trabajo la autoestima de los ciudadanos españoles estaba por debajo del suelo. Europa nos veía con pena o desprecio, en la ONU no querían ni vernos, mendigábamos amistades como esos infortunados feos, pobres y con pinta de maltratadores que deambulan patéticamente por los bares buscando novia. 

Y llegó Alfredo. El Real Madrid era una entidad insignificante entonces. Llegaron las seis Copas de Europa. Mi padre, que obtendría noticia de aquello supongo que con las retransmisiones de Matías Prats, dice haber vivido aquellas finales con la fe absoluta de que, aunque le metieran uno o dos goles, el Madrid terminaría remontando. Quizá esa resistencia a la derrota, esa resolución con la que aquella camiseta se negaba a aceptar la derrota, constituye ese "espíritu madridista" del que hoy tantos siguen hablando como pretendiendo encontrarlo en la actual banda mercenaria de estrellas supermillonarias, tan alejada de aquel Madrid admirable del que yo aún llegué a reconocer algunos resabios en Pirri, Juanito, Camacho o Santillana. 

En Hamburgo o Dusseldorf, primeros años sesenta, los compañeros de fábrica no mostraban la más mínima simpatía por nada que tuviera que ver con España, pero cuando les nombraban al Real Madrid cambiaban el gesto y exhibían a grandes voces una sincera admiración: "¡Oh, Rial Madrid, Rial Madrid!". No podemos imaginar hoy, cuando nos movemos por Europa con absoluta naturalidad e incluso hablamos inglés, lo que supuso para aquel país tan gris poder presumir de tener al mejor equipo del mundo. Y aquello tuvo un artífice esencial: Alfredo Di Stéfano. 

No vi a Pelé, sí a Cruyff y a Maradona, y ahora veo a Messi, quien me parece digno de incorporarse a este poker de superdotados de la historia del fútbol del que tanto se habla, más cuando llega un acontecimiento de impacto como el Mundial de Brasil. Tengo razones para pensar que Di Stéfano era distinto a los otros. Él no salía al terreno de juego para lucir su descomunal talento, Alfredo se cargaba a las espaldas al equipo. Hubiera marcado aún más goles y hubiera lucido más de haberse quedado en el ataque esperando a que le dieran el balón, pero él prefería deambular por el campo participando en todas las batallas porque siempre entendió que su gloria sería inútil sin la gloria del equipo. En esa generosidad, esa grandeza de un hombre de extracción humilde, creo reconocer al héroe de una pieza, esa leyenda capaz de encandilar a los niños y hacernos creer a todos que los sueños, a veces, pueden realizarse. 

Friday, July 04, 2014



EL CLUB BILDERBERG

El Club Bilderberg se reunió en el primer fin de semana de junio en Copenhague. El hecho de que, entre otras fuerzas vivas de la oligarquía española, asistiera la Reina Sofía, y que apenas unas horas después del acto el Rey Juan Carlos anunciara su abdicación es todo un chollazo para los conspiranoicos. Escucho a una persona de mi entorno establecer conclusiones con una arrogancia tal que llega a resultar irritante: el Club Bilderberg viene decidiendo lo que ha de ser de nuestras vidas desde hace sesenta años. Lo del Rey es poca cosa, este grupo de personas selectas con enorme poder tienen en sus manos el destino del mundo. Deciden la guerra y la paz, determinan movimientos especulativos de enorme trascendencia para el mundo financiero, orientan la política geoestratégica de las grandes naciones... Desconozco si ellos decidieron que yo naciera -mis ingenuos padres sólo serían sus herramientas- y si ahora mismo está llegándoles al instante cada una de las palabras que escribo, pero voy a bajar la persiana no sea que el brillo que veo tras una ventana del edificio de enfrente corresponda a la recortada de un francotirador enviado por el Cesid. 

Bien es cierto que algunas peculiaridades del funcionamiento del club y el reglamento de sus reuniones abonan el terreno a las hipótesis conspirativas. La información sobre cada nueva reunión -lugar, día e invitados- circula boca a boca, de forma oficiosa; hay un estricto protocolo por el cual nadie puede revelar lo que se dice, al menos no dando el nombre del autor; los escoltas, ayudantes e incluso los periodistas tienen totalmente vedado el acceso... Al parecer el diario inglés The sun se empeñó en desvelar al mundo todos estos secretos, pero el reportero que intentó reiteradamente infiltrarse encontró terribles dificultades, y en algún sitio web se insinúa que desistió al ver incluso su vida en peligro. 

No creo en conspiraciones por la misma razón por la que no creo en los ovnis. Es el mío un razonamiento muy prosaico: se me hace más fácil pensar que un desaprensivo consigue pasta y notoriedad a costa de los crédulos que dar por cierto que unos tipos verdosos viven desde hace milenios entre nosotros y nos someten a un férreo control mental. Respecto a la conspiración, sospecho que a la gente le divierte creer que unos tipos encapuchados que cantan un himno a Satán se reúnen para decidir una crisis, y como mola mucho tragarse esta milonga no faltan quienes se presentan como héroes de la verdad que van a descifrarnos el gran secreto. 

Y el caso es que todo este sortilegio tiene una base de verdad. ¿Quién duda de que son una minoría de jerarcas, representantes de todos los órdenes del poder -el petróleo, las finanzas, la aristocracia, los media-, los que deciden el destino del mundo? Que Merkel y las grandes corporaciones a las cuales sirve fielmente ocupan inmensos espacios de decisión es algo que sabemos sin necesidad de leer revistas esotéricas, y desde luego, no parece que a esta señora le haga falta acudir al Club Bilderberg. La democracia es un timo, los ricos alteran los mecanismos del mercado para seguir ganando, a Olof Palme lo mató una secta de nazis que escaparon a los juicios de Nuremberg... en cuanto a Kennedy, ¿hace falta que les explique que se lo cargaron los servicios secretos de los EEUU?, hombre, por Dios. Todas estas impresiones pueden tener algo de verdad, pero su valor se ha de sostener sobre argumentos políticos, si nos remitimos al ocultismo nos divertimos más, pero no vamos a ninguna parte.

Los argumentos políticos son incompatibles con la conspiranoia porque jamás un buen análisis asume que un gran incendio nace de un único foco. Si hay poderosos que deciden por nosotros es en gran medida porque les dejamos hacerlo; si la gente se deja engañar no es porque los malvados dispongan de tecnología para someternos a hipnosis desde la tele o internet, sino porque la gente quiere que la engañen. La explicación de cualquier fenómeno de la sociedad contemporánea debe ser compleja porque nuestra civilización es cada día más complicada. Mola pensar que unos tipos como los de aquella secta que parodiaban en Los Simpson deciden hacia donde ha de ir a cada momento el mundo... O aquellos de la fiesta a la que imprudentemente insiste en acudir el protagonista de Eyes wide shout. Pero que mole no quiere decir que sirva para explicar nada.



Miren, yo no sé si ya han puesto chips en mis zapatos para tenerme localizado a través de un satélite y si ya tienen previsto que en unos minutos me voy al Mercadona a comprar madalenas y lacasitos. Imagino de conspiradora a Soraya Saenz de Santamaría y se me ocurre que si prestamos oídos a estas gilipolleces de la conspiración es porque no resistimos la idea de que los malhechores que nos manejan son en realidad gente bastante gris y cutre. La tendencia de los poderosos, de los Estados, de las instituciones que se supone que están para protegernos no es la de someternos a una estricta vigilancia y tenerlo todo bajo control, la tendencia es más bien la de abandonarnos a nuestra suerte, sacarnos la pasta mientras puedan y luego pedirnos que les volvamos a votar. 


De otro lado, la conspiranoia proporciona a algunos una coartada moral estupenda para recluirse en la pasividad y pasarse el día buscando chorradas en internet. Como una organización secreta -a ser posible respaldada por los marcianos o por las sectas merovingias y masónicas- domina el mundo, no tiene ningún sentido ir a una manifestación, votar, acudir a asambleas ni enfrentarse de ninguna forma a esa oligarquía que, se reúna o no en el Club Bilderberg, parece estar decididamente inclinada a fastidiarnos a todos. Y así, claro, mucha gente se avía mejor.

Friday, June 27, 2014




¡CÁLLATE!

¿Por qué no abandonar la partida? La desaparición, la retirada, el silencio...son, como la soledad, tentaciones que, una vez degustadas, pueden volverse adictivas. No se trata de enclaustrarse como esos niños japoneses para no volver a tratar con humanos más que desde el preservativo de la pantalla de un ordenador: bastaría con una vida convencional y sencilla de consumidor medio, espectador adocenado y pasivo... No escribir más, no emitir opiniones, dedicarse a la contemplación, renunciar de una vez por todas a ese vicio tan pretencioso de intentar hacerse oír. 


Diversos acontecimientos de mi vida ahuyentan ese fantasma. Tuve en el cole un compañero que se afanaba por hacerme callar en público. Le importunaban mis opiniones, le perturbaba que yo exhibiera criterios propios. Creo que temía perderme y que, sobre todo, temía quedarse aislado en su mediocridad y su cobardía. En la universidad me dio por meterme en distintos enredos de esos en los que uno tiene que posicionarse y arriesgarse a que le rompan la cara. Conocía entonces a otro tipo al que hice caso demasiado tiempo y al que descubrí que enfurecía cualquiera que hiciese algo. No me refiero a respirar o estornudar -aunque no garantizo que tales cosas no le molestaran también-, me refiero a que alguien hiciera una exposición con sus fotografías, intentara camelarse a las chorbas en las fiestas, gritara con devoción los goles de su equipo, escribiera poemas o hiciera programas en la radio. Como yo menudeaba por todos estos lodazales y por otros aún peores el tío se pasaba el día cuestionándome. Acaso lo mejor hubiera sido pasarme las tardes haciéndome pajas en la habitación, así al menos no le caen a uno las hostias, pero, qué le vamos a hacer, quien aspira al beso se arriesga también al bofetón. 


En los últimos años, desde que -como todo quisqui- me nacionalicé del país de internet, he comprobado que esta especie de ideología plastosa del no hagas nada tiene multitud de adeptos. Bien escondiditos en su guarida y con el pijama puesto, se protegen en la cobardía del nick para poner a parir a cualquiera que no viva como ellos. No siempre practican el matonismo informático; no te insultan, o en todo caso lo hacen de manera velada, pero te descalifican continuamente, se enojan ante cualquier respuesta discrepante, te achacan soberbia y prepotencia... En esto coinciden misteriosamente todos: víctimas de un terrible complejo de inferioridad, terminan sugiriéndote que lo mejor sería no salir al aire, no emitir ninguna opinión en público, guarecerse en el silencio. 


No ha habido un solo episodio significativo de mi vida en que no me haya topado con esfuerzos de disuasión. Para empezar a festejar con mi primera novia me encontré con resistencias insospechadas, para ir con amigos en la infancia, para casarme, para tener hijos, para no tenerlos, para escribir y publicar un libro. Y el caso es que nunca les falta parte de razón. Como explicó Cioran -único defensor de la inacción al que respeto- el entusiasmo y la determinación de actuar han traído millones de muertos. Es cierto, Colón hubiera podido quedarse en su casa fantaseando con los mapas de los marinos genoveses que tanto envenenaron sus sueños, muchas tragedias se hubieran evitado. ¿Seguro? La acción, la aventura, la osadía de los conquistadores es causa de verdaderos genocidios -en cierto modo toda la historia es un genocidio-, pero también lo es la pasividad. La falta de reacción ayudó mucho a Hitler a consumar el plan siniestro insinuado en Mein Kampf. Los pesimistas no empujaron durante la Guerra Civil y ello le vino muy bien al fascismo, régimen de la pasividad de las masas por excelencia. Hoy los gobiernos nos felicitan cuando nos conformamos con ser mayoría silenciosa. Los depresivos no encuentran motivo para salir de la cama por la mañana, y así languidecen de la forma más gris, sin llegar siquiera a fracasar porque renunciaron a intentarlo. 

Me pregunto si no hay una cruzada universal contra el entusiasmo, un virus extendido por todo el mundo para que interioricemos la impotencia y nos limitemos a ser consumidores. No se dejen engañar, ignoren al triste y al cobarde que todos llevamos dentro.  

Thursday, June 19, 2014

NO MEREZCO ESTO





"No merezco esto", dice el sheriff de Sin perdón un segundo antes de que Will Munny le dé el tiro de gracia a bocajarro. "No merezco acabar así"... nadie cree merecer la extinción y el olvido. Puestos a marchar, no esperamos otra cosa que las exequias dignas de un monarca. "Lo que uno merece no tiene nada que ver", contesta el ángel de la muerte un instante antes de disparar. 

Acaso, hablando de monarcas, Juan Carlos I mereciera otro crepúsculo que el de aquellas lágrimas televisivas: "Lo siento mucho, no volverá a suceder". No volverá a suceder porque ya no le quedan fuerzas, pero él encañona elefantes y lo que le venga en gana porque para algo es Rey, ¿que os pensabais,  hatajo de plebeyos?
 
Tampoco la merecía Adolfo Suárez, despellejado en su momento por tirios y troyanos hasta que, ya sin ningún poder, les dio por rendirle honores y dedicarle aeropuertos y replacetas cuando el pobre ya no estaba para entender nada. ¿Y Aznar? Se desplomó la fe de muchos de sus fieles por una guerrita más o menos y el castigo electoral cayó a fuego sobre sus herederos, que también le traicionaron. O Rubalcaba, un estadista como pocos al que a estas alturas empieza a notársele demasiado que ni él ni su camarilla van mucho más allá de querer seguir viviendo de la política hasta el último segundo. 
 
El pasado miércoles muchos españoles entendieron que la derrota es poca cosa al lado del bochorno que uno experimenta cuando se convierte en el hazmerreír internacional. Resulta difícil imaginar una actuación tan delirante, una catástrofe futbolística tan redonda, tan abrumadora. La situación que se creó en apenas unos días parecía una broma, un chiste con poca gracia para las teles y radios que lo relataban, sabedores de que el negoció con La Roja esta vez era ruinoso. No lo merecíamos, ni el seleccionador, un hombre de orden, ni los jugadores, a cuyos pies nos habíamos rendido durante años, cuyas desventuras ya ni siquiera encuentran el consuelo fugar de los éxtasis balompédicos. No, La Roja no merecía esta debacle, pero también debemos preguntarnos que todos esos gilipollas borrachos y enfundados en la rojigualda que gritaban por las noches despertándonos a los críos merecían los triunfos anteriores. 

Por todas partes me topo con homo sapiens convencidos de que nada más nacer les miró un tuerto. No conciben cómo pueden cerrárseles sistemáticamente las puertas a las que llaman a pesar de que ellos se lo han peleado más que nadie. Este sentimiento es un universal. Como dijo Cioran: "no es Dios sino el dolor el que posee el don de la ubicuidad". Todos los días echan sin piedad del trabajo a gente que se dejó el alma por la empresa. Mujeres a las que halagamos y cortejamos con insistencia apenas nos dedicaron una sonrisa vacía en el momento en que esperábamos tocar la gloria con los dedos. Nuestros alumnos nos olvidan pronto o prefieren ignorar lo que hicimos por ellos, nuestros hijos creen que estamos obligados a amarles y servirles, como si tantos desvelos pudieran venderse a precio de saldo. Si alguna vez asumimos una difícil responsabilidad  sólo por ser solidarios acabamos llevándonos todos los palos imaginables, desgracia que nos hubiéramos ahorrado si hubiéramos tenido la pillería de no levantar la mano y silbar mirando al techo dejando que otros cándidos se jugaran los huevos...
 
Todos estos planteamientos son verdaderos, pero pueriles. No solemos preguntarnos si merecemos la salud pública, no haber pasado hambre jamás, no haber ido a la trinchera con una bayoneta al cinto, no morir de parto o cualquiera de tantas plagas a las que los seres humanos vivían permanentemente expuestos en tiempos en los que tenemos la inmensa suerte de no haber nacido. Nuestra mayor ingenuidad consiste en creer que nos hemos ganado a pulso lo que tenemos y, a la vez, sentirnos víctimas inocentes de nuestros fracasos y desdichas. 

¿Merezco más de lo que tengo? Es lógico hacerse la pregunta porque a nuestro lado respiran perfectos gilipollas a los que el destino obsequió por el morro algunos de los bienes por los que nosotros hemos peleado denodadamente, muchas veces sin el éxito que al que en justicia aspirábamos. Es como esa bala que silba en la batalla y termina por alojarse en el cráneo de un hombre leal y valeroso, mientras el miserable cobarde al que le pasó a dos centímetros de la sien se va a casa de rositas y lo convierten en un héroe.
 
La pregunta no es qué me merezco. En esto, como en tantas cosas, el viejo Kant viene a inspirarnos: "¿qué puedo esperar?". No hay cuentas que ajustar con el destino, es un maricón -como dijo Joaquín Sabina-  un enemigo demasiado fuerte para importunarle con nuestras ñoñerías. Lo que sí podemos es ganarnos el derecho a esperar: no sé qué obtendré, lo que sí sé es lo que me he ganado... aunque nunca suenen para mí las trompetas reales.

Friday, June 13, 2014

FUTBOLIDAD




El Gobierno de España ha convertido en costumbre algunas prácticas que hieren la sensibilidad de cualquier ciudadano al que no le guste que le tomen por imbécil. Ofrecer ruedas de prensa desde una pantalla de televisión, pongamos por caso, coge cierto aire de gag de comedia baratucia; prohibir las preguntas en una comparecencia tiene también su miga; y no hablemos de lo fugarse a cazar renos, a unas sesiones de Spa o a la final de la Champions en esos momentos especialmente inoportunos en los que al país le crujen las juntas. Hay otros hábitos menos hilarantes pero bastante más peligrosos, por ejemplo el de la agostidad, que huele un poquito a crimen sórdido, más si le añadimos aquello de la alevosía. Deberíamos tenerle pánico al mes vacacional, el Gobierno aprovecha que la gente está comiendo sandía bajo una sombrilla para imponer alguna "reforma" -que es como llaman ahora a perpetrar atrocidades- esperando con ello que no se desencadenen mayores tormentas.


Soy aficionado al fútbol, bueno, lo era, o en todo caso habría que decir que soy pero no ejerzo mucho últimamente. Hace años que no atiendo a las secciones deportivas de telediarios y periódicos porque, aparte de no importarme demasiado si Cristiano Ronaldo come chirimoyas o se hidrata la faz con mierda de vaca, creo que me he vuelto un poco borde. Siempre supe que el fútbol era un reducto de vividores y desvergonzados que intentan engañar a legiones de ilusos para sacarles los cuartos, pero con la edad he ido entendiendo que sucumbir sin resistencia a tramas malolientes es peor que tragarse ingenuamente los mejunjes mientras te enrollas la bufanda de tu equipo. 

Desde que empecé a fijar mi mirada en esos tratantes de mercancía a comisión que son los managers, en los sujetos -normalmente lo peor de cada casa- que alcanzan poder y fortuna en la gestión de los clubs de fúbol, o en la falta de escrúpulos con la que la prensa especializada gestiona la información, he sabido que la magia con la que uno se emociona en ese teatro de los sueños en que a veces se convierte un estadio es en realidad un caramelo envenenado. 


No voy a hablar de Leo Messi, el futbolista más virtuoso que he conocido, sobre el que se investigan una serie de maniobras que, de ser ciertas, sólo merecen una mueca de profundo asco. Pero Messi no es el único malvado de toda esta historia. La FIFA lleva mucho sin saber disimular las inclinaciones más corruptas que alberga desde que la conozco. Nunca he dudado que los arbitrajes mundialistas eran a menudo teledirigidos y que sólo los árbitros que pitan a favor del que ha de ganar viven felizmente protegidos al amor de la casta de Blatter. Hay demasiado dinero en juego para dejar que un desaprensivo colegiado con sentido de la justicia deje al azar de la pura competición que Camerún o Jamaica estropeen un Mundial derrotando al que la oligarquía que rodea el fútbol quiere que gane. ¿Insinúo que la competición está amañada? Digamos que está convenientemente orientada. 

Este tema parece a fin de cuentas menor al lado de lo que se ha descubierto en torno al próximo Campeonato del Mundo, a celebrar en el petroemirato de Qatar, uno de esos países donde, entre llamadas a la oración desde un minarete, unos cuantos viven en medio de un lujo escandaloso y la inmensa mayoría en condiciones de práctica esclavitud. Resulta que muchas delegaciones nacionales, preferentemente de países pobres, habrían sido sobornadas por los qataríes para votar en su favor en la carrera por obtener la sede de la Copa del 18. Hará un calor espantoso por aquellos desiertos, pero será una oportunidad estupenda para que unos cuantos hagan suculentos negocios y el resto siga igual de jodido.

En estas horas nos siguen llegando noticias de las protestas en Brasil. ¿Cómo es posible que estos grupos airados boicoteen el campeonato que se disputa en casa? ¿No se dan cuenta de que la nación se juega su prestigio internacional? ¿No ven que pueden incluso dañar las posibilidades de la canarinha? Pese a que muchos brasileños han salido de la miseria desde Lula parece razonable que pobres y sin techo se indignen por el despilfarro astronómico que supone la organización del evento cuando ellos no saben si comerán esta noche. "Es bueno para el país, bueno para todos", les contestan en los ratos en que no carga la policía. Ellos siguen protestando porque sospechan que sólo es bueno para unos pocos. Como suele decirse: privatización de las ganancias, socialización de las pérdidas. A ver si con un gol de Neymar se les pasa la tontería. 

En cuanto a mí, voy a ver los partidos de La Roja, pero con mucho miedo. No tanto por si nos la lían los rivales como por lo que pueda colarnos el bueno de Rajoy en pleno éxtasis de futbolidad. 

Friday, June 06, 2014

REYES




No sé si termina de venirnos bien este rebrote de la controversia sobre la monarquía. No propongo la indiferencia ni la neutralidad, es más puedo ser concluyente y aseverar que el derecho dinástico es un residuo del Antiguo Régimen y, por tanto, una inquietante hipoteca del pasado en las sociedades democráticas contemporáneas. Por más que sus leales intenten revestirla de normalidad desritualizando su sistema de señales, la monarquía parece más una pieza de museo o un entretenimiento de revista del corazón o de parque temático que una institución seria y acorde a los tiempos. 

Mi problema no es, pues, que se debata la legitimidad del régimen monárquico; hace ya casi cuarenta años que algunos vivimos con ese interrogante en la boca sin que se nos preste atención. "¿Qué te habrá hecho a ti el pobre de Juan Carlos?", solían contestarme cuando preguntaba a mis mayores por qué nadie pidió mi opinión respecto a si quería tener un rey. A mí el Borbón no me ha hecho nada, diría que incluso me resulta simpático de no ser porque algunas de sus conductas se me antojan harto reprobables, será porque me gustan los elefantes y los osos. En todo caso se dedican él y su familia a vivir sin trabajar a costa de mi dinero, pero en eso no son los únicos ni los peores. Lo que de verdad me ha hecho es convertirse en Jefe del Estado sin mi permiso o mi aquiescencia, algo inexplicable en democracia, donde los cargos no se heredan porque son electivos, transitorios y revocables.


 "Tú no votaste al Rey, pero yo sí", me dijo mi padre, "lo hice al votar la Constitución". Que yo sepa las leyes no son incontestables ni eternas, pero sobre todo parece muy dudoso el procedimiento. Si muchos españoles no simpatizaban con la Monarquía -y no creo que mi padre fuera jamás un entusiasta-  ¿podían permitirse el lujo de renunciar a la primera constitución democrática que jamás conocieran sólo porque en ella les colaban al Rey? ¿No estamos ante un chantaje astutamente preparado? "Yo sí voté al Rey", ya, pero yo no, a mí no me dieron esa oportunidad, no me la piensan dar jamás y sospecho que tampoco a mis hijos. Se me ocurre preguntarme si la razón por la cual la Monarquía se declara innegociable es precisamente que se trata de una institución no democrática, lo cual supone por tanto que nada hay que discutir. 

Y, sin embargo, creo que es dudosa la oportunidad de esta polémica. Al Gobierno le vendrá muy bien que se prolongue, y acaso también a quienes, no disponiendo de propuestas sólidas para arreglar la economía del país, opten por cebarse en el tema, capturando así un puñado de votos indignados. Está bien el debate, pero lo primero que habríamos de dilucidar es cuáles son los territorios en los que merece la pena presentar batalla. En estos días hemos sabido que muchos comedores escolares van a tener que seguir abiertos en verano porque son la única garantía de alimento para muchos niños. La noticia es estremecedora, pero veo a nuestra querida Vicepresidenta saliendo al paso de las soflamas republicanas mucho más cómoda que teniendo que explicar por qué cada día hay más gente viviendo por debajo del umbral de la pobreza en este país del que dicen sus dirigentes que está saliendo de la crisis. 


No rendiré homenaje a Felipe VI, pero, qué quieren, ahora mismo mi preocupación es convencer a mi madre de que las políticas de la derecha llevan a España al desastre. Es una cuestión de prioridades y urgencias, a la Corona ya habrá tiempo de ajustarle las cuentas. 

Una curiosidad final: nunca he dejado de preguntarme por qué tanta gente quiere tener un Rey. Sé a qué le tenían miedo los españoles en el 78, pero ¿y ahora? Sin golpistas ni riesgo de involución ¿de verdad necesitamos que una institución medieval nos recuerde en Navidad que nunca seremos del todo ciudadanos porque siempre tendremos algo de súbditos? Ya hablaremos... cuando llegue el momento estratégico de hacerlo. 

Friday, May 30, 2014

PUES RESULTA QUE SÍ PODÍAN



Empecemos por no reincidir en el error de menospreciar a Podemos, cuyo resultado del domingo europeo se califica como "bombazo" porque ni tan siquiera las encuestas más especializadas lo atisbaron remotamente. Las declaraciones de algunos líderes del PP, que hablan en estas horas del grupo liderado por Pablo Iglesias como "frikis", corresponden a la actitud que debemos evitar. Curioso que otros numerarios del mismo partido los traten como  "radicales antisistema"... De la chanza y el menosprecio se pasa sin puntos intermedios al pavor y la calificación de peligrosidad social, ¿en qué quedamos? ¿son un hatajo de tontainas sin futuro o son la avanzadilla de una revolución?

Veamos. En mi caso no son todo plácemes, desde luego.  De entrada no acabo de sentirme cómodo con el lenguaje que Podemos  ha convertido en seña de identidad durante la campaña, al rebufo de las celebradas intervenciones televisivas de su líder. "La Gente", "el Sistema", "la Casta Política", "la Oligarquía"... todos nos servimos de vez en cuando de tales conceptos, pero cuando se convierten en clave del discurso suenan a metafísica, parecen tan rotundos que terminan no significando nada en realidad. Es además una jerga demasiado usada, demasiado antigua, ningún esfuerzo de adaptación a la complejidad de las comunidades tardoindustriales, marxismo para el pueblo, entendiendo en este caso por pueblo al sector mayoritariamente juvenil adicto a La Sexta.


Tampoco me termina de gustar el olor a culto al líder que ha tomado el grupo, se diría que el millón y pico, más que a un partido, han votado a un señor, más o menos lo mismo que pasa con UPyD, creado al rebufo de la salida de la carismática Rosa Díez del PSOE, aunque con una diferencia considerable: Podemos tiene un posicionamiento político, de UPyD nunca hemos sabido muy bien dónde se ubica. ¿Efectismo televisivo? Sí, desde luego, Iglesias ha manejado astutamente este medio en el que se mueve con enorme soltura, aunque no parece demasiado consecuente cargar contra un partido pequeño por tal estrategia cuando son precisamente los grandes los que abusan a su antojo del poder de los medios. Me atrevo en todo caso a asociar el fenómeno Podemos a un "síndrome de La Sexta", un estilo mediático que parece acomodarse a espíritus poco formados donde el radicalismo se vende barato desde el escenario de un late-show. 

Finalmente, parece razonable que muchas personas desconfíen de una opción que especula con la ilusión ideológica porque saben que no les va a tocar llevarlas a la práctica. Se puede ser puro mientras no se gobierna, desde la ingravidez se puede vivir en el totalitarismo conceptual, cuando toca gobernar es cuando la izquierda se vuelve posibilista. 


No he votado a Podemos. No les he votado porque no confío en ellos, pero esto no tiene ningún valor, lo que nos hemos de preguntar no es si Pablo Iglesias y su gente son veraces y sólidos u oportunistas y efímeros, lo que yo me pregunto es por qué tanta gente ha secundado una opción electoral que hace cinco meses ni siquiera existía y que a día de hoy no tiene siquiera sede. 

Unas pocas pinceladas al respecto. Soy cauteloso respecto al abuso del concepto de "Casta Política", pero cuidado, no es un formulismo vacío. La mayoría de los españoles, e incluyo a muchos que votan a grandes partidos, se están convenciendo de que en la alta política la corrupción se ha hecho sistémica, que el bipartidismo es un perverso mecanismo de poder para sostener un status quo oligárquico y que Europa -hablando de los comicios del domingo- sirve para colocar amiguetes y viejas glorias y en ningún caso para representar la voluntad de los ciudadanos del continente. 

Otra pequeña andanada, la gente está entendiendo que el relato de la crisis que se nos está vendiendo es mentira. No vamos a salir de la crisis porque no parece que en breve nos vaya a ir mejor, cuando Rajoy dice que "lo bueno viene ahora", lo que se me ocurre es si no si no se trata de un sarcasmo y si en lo que le queda de gobierno a este tipo tan triste le va a dar tiempo para hundir a la nación todavía más. 

Mucha gente joven ha votado a Podemos. Las escandalosas cifras de paro juvenil dan crédito a la etiqueta sociológica de la "generación perdida". En esa lógica que fabrica vidas fracasadas antes de hora debe extrañarnos tan poco el voto antisistema como el aumento de la conflictividad en las calles. 

Una última punzadita. No sé muy bien lo que piensa hacer Podemos con la Unión Europea, pero de lo que pretenden los grandes bloques conservador o socialista tampoco tengo grandes certezas: al menos en nuestro país, apenas se ha dicho nada de Europa en una campaña mezquina, provinciana y digna de un país insignificante. 

No sé qué recorrido tendrá Podemos, tampoco me preocupa demasiado más allá de su valor de síntoma. Lo que sí intuyo es que la gente se está hartando, aunque podemos jugar a que no nos enteramos, es a fin de cuentas lo que hace sistemáticamente el actual Presidente de España.