Monday, September 07, 2020

ANTE LA EMERGENCIA

 


Creo que fue el Presidente Kennedy quien sugirió a los ciudadanos que dejaran de pensar qué podía hacer América por ellos y se plantearan qué podían hacer ellos por América. 


Llegados a este punto en el asunto del covid, una película que, sospecho, va para largo y aún no ha vivido sus momentos más turbulentos, me pregunto si no deberíamos asumir la aseveración de JFK y reducir el volumen de la indignación, la exigencia y, por supuesto, la tentación conspiranoica. Es cuestión de salud mental, como mínimo tan importante como la corporal. Pero se trata, sobre todo, de recordar que formamos parte de una comunidad, no ya nacional sino planetaria, y que ganaríamos todos si cada uno nos tomáramos el asunto en serio y asumiéramos que es momento de ayudar a quienes gobiernan a buscar soluciones. Seguramente hacen mal su trabajo, pero no estoy seguro de que los ciudadanos estemos rayando a gran altura... Incluyo a tantos aspirantes a mesías que, tan desnortados como Miguel Bosé, parecen haber descifrado no sé qué Gran Secreto sobre la pandemia al que no accedemos los mediocres, tan habituados al confort de dejarnos manipular por la versión oficial de las cosas. 


En pro de esa salud mental que parece no sobrarnos he de referirme a un autor en quien confío y cuyas numerosas publicaciones sigo con gran interés, José Luis Villacañas. En su último ensayo, "Neoliberalismo como teología política", asistimos a un ejercicio de análisis del capitalismo contemporáneo que exhibe una demoledora potencia intelectual. Dado que el grueso del ensayo merece mucho más espacio, me referiré a su post-scriptum o epílogo, donde el profesor Villacañas se refiere específicamente al asunto covid. Debemos tener en cuenta que ese escrito que completa el ensayo se elabora en primavera y acaso con urgencia, cuando todavía nos hallábamos confinados y sabíamos mucho menos del asunto de lo que sabemos ahora. Aún así, la actitud y los principios con los que el autor propone afrontar el problema me siguen resultando sumamente útiles. Me inspiraré en los esenciales. 



Lo primero que aconseja es no caer en la imprudencia del maximalismo y los juicios apresurados. Ahora podemos pensar que esto no podía dejar de haber pasado, pero la realidad es que nadie lo esperaba y es bastante lógico que no nos sintiéramos preparados. El covid es lo que nos está pasando ahora mismo, nuestra visión se está construyendo con la evolución día a día del problema. De momento, y pese al mezquino desprecio de algunos sénecas hacia los aplausos en los balcones durante los días del encierro, podemos extraer una esperanzadora conclusión: es el pueblo "menor" el que nos ha salvado. En otras palabras, no han sofocado los primeros incendios los gobernantes ni Wall Street ni Amancio Ortega. Han sido los sanitarios -muchos de los cuales se han dejado el cuello en el empeño- además de los labradores, los cajeros y reponedores del supermercado, los transportistas, las madres, las señoras de la limpieza... 
Quien tenga carencias de vocabulario puede llamar a esto demagogia. 


Los gobiernos han fallado, claro que sí, ya tenemos asumido que la función de los gestores es que dispongamos de alguien a quien echar la culpa por lo que todos hacemos mal. Pero, joder, reconozcámoslo, no es fácil ser Pedro Sánchez. Durante los meses de verano la derecha publicaba manifiestos acusándole a él y a Iglesias de aprovechar la excusa de la pandemia para imponer poco menos que una dictadura estalinista. Ahora que, en parte por la presión de los poderes económicos y para salvar el negocio estival, nos dejan deambular pidiéndonos tan solo que usemos mascarilla, resulta que muertes y rebrotes se le apuntan a Pedro, a quien desde la "derecha profunda" tratan poco menos que de genocida. 



La contradicción economía/confinamiento... ¿es de Pedro Sánchez, o es más bien la derecha la que no se aclara? A lo mejor el problema es que no se atreven a decir en este momento lo de hace años, cuando la Recesión: "habéis vivido por encima de nuestras posibilidades"... aunque siguen pensándolo. O, como dijo aquel ministro japonés, que llegamos a demasiado viejos y nos empeñamos en no morirnos, lo cual es un desastre para un modelo como el neoliberal, para el cual las personas solo tienen valor en tanto que productivas y rentables. 


Y, ya que nombramos a los neoliberales, es cierto que no pasan por su momento de más credibilidad... Pero están agazapados, saben que su convicción más profunda, el darwinismo social, se está cumpliendo ahora con toda la crudeza. No pueden decirlo, claro, pues la doctrina que santifica el mercado se hizo hegemónica desde la promesa de una vida próspera y gozosa. En medio del dolor y la muerte, sin tan siquiera la expectativa de adquirir productos que aplaquen nuestra ansiedad, el neoliberal teme que el lado oscuro del mundo que gobierna quede demasiado a la intemperie, a la vista de todos. 


Lo que Villacañas pretende es la aplicación del principio antagónico: la cohesión del grupo, que tiene tantas posibilidades de emerger ante la muerte como el despiadado darwinismo del sálvese quien pueda. En ese sentido, "civilización" significa justamente lo contrario de la pretensión neoliberal. Frente al neoliberalismo, Villacañas propone  la recuperación del ideal republicano, que podríamos concretar, a partir del principio de una básica igualdad, en una serie de exigencias de soberanía popular relativas a la alimentación, la vivienda y, ahora con más razón que nunca, la sanidad. Quizá haya hecho falta una pandemia como la que nos ataca para que empecemos a entender que dejar a muchos de nuestros conciudadanos desprotegidos revierte sobre todos los demás. Por eso sigue sobre la mesa la cuestión de la renta básica, entre otras similares. 


Claro que siempre podemos recurrir a los nuevos amos que nos proporciona el populismo reaccionario. Pero, sin equivocarnos, porque la justifica social que prometen los Trump, Bolsonaro o Le Pen no supone sino una exacerbación del ideal de la lucha económica absoluta, el mercado sin trabas, el poder de los tiburones financieros sin semáforos ni diques de contención. "Impulsos tanáticos", los llama Villacañas pescando en las aguas de los textos fundacionales del psicoanálisis. Tras el principio light del placer que satisface como nadie el neoliberalismo, lo que concurre en el lenguaje agresivo de los demagogos son el sadismo, el supremacismo o el autoritarismo. Y ahí, sin duda, el capital tiene un problema, pues cuando ya no es capaz de disimular sus mecanismos menos democráticos empieza a parecerse peligrosamente a sus más feroces competidores, los ex-comunistas asiáticos. 


En este sentido, el covid aparece como una nueva vuelta de tuerca en el largo proceso de deterioro de la hegemonía norteamericana. China es más eficaz ante la crisis porque, pese a los amagos de protesta, su "hard power" genera legitimidad y obediencia más fácilmente que los USA, donde el racismo, la libertad de armas o la violencia policial forman parte del problema mucho más que de la solución. 



Tampoco Europa, siempre según Villacañas, está como para presumir demasiado ante la tormenta. Como nos han enseñado Piketty y otros, la construcción de una unidad económica desde una misma moneda pero sin unificar las políticas fiscales es un suicidio. No ha habido en el viejo continente una estrategia alternativa al neoliberalismo, no hemos sido capaces de crear una auténtica ciudadanía europea porque se nos ha encastillado en la lógica del homo economicus. Esa tarea, que acaso no está lejos de la que se propuso el viejo Kant para las comunidades ilustradas, sigue quedando pendiente. Si no la resolvemos, dice Villacañas, seremos sometidos. 

Sunday, August 23, 2020

PUTO BLANQUITO

El veneno reaccionario no se aloja solo entre tertulianos cerriles, en la prensa más turbia o en la TDT party. En este país abundan -o acaso es que se hacen notar mucho- esos machotes permanentemente enojados, que lo mismo sacan la rojigualda del toro bravo al balcón cuando juega el equipo nacional que cuando los "moros" del barrio quieren construir una mezquita. 


Atiendan. Les traslado uno de esos ejemplos, entre muchos otros posibles, de los que se da a sí mismo el reaccionario para deslegitimar a la izquierda. (Ello no sería malo en sí mismo, seguro que la izquierda merece muchas críticas. El problema es que a menudo, lo que pretende el reaccionario -y precisamente por eso es reaccionario- es desactivar la lógica de los derechos humanos, cuyo horizonte es siempre la denuncia de aquellas prácticas que hacen el planeta más injusto y menos habitable)  


M.Harrell es un afroamericano que juega en la NBA. En un partido reciente, tras un enfrentamiento con el esloveno Doncic, le llamó "puto blanquito cobarde". El contexto no es el más oportuno: los jugadores de la NBA están llevando a cabo una campaña muy intensa contra el racismo a raíz de los incidentes provocados por el asesinato de George Floyd. Por cierto, la participación de los baloncestistas blancos en la campaña está constituyendo un ejercicio de respeto y solidaridad... Al Presidente Trump le debe estar sentando como un tiro. O no. Porque tampoco descarto que vea en los incidentes, intensificados en los últimos días por las muertes en Wisconsin, una oportunidad para presentarse como el gran gendarme que va a poner en su sitio a los "alborotadores" que osan ocupar las calles manifestándose contra el racismo.  


Es sabido que la mayoría de los participantes de la mejor liga de baloncesto del mundo, y desde luego sus mayores estrellas, son de raza negra. Así, al contrario de lo que sucede en otros ámbitos de la vida, el blanco tiende a sentirse como una minoría. No tienen que explicármelo, yo ya he visto anteriormente en jugadores negros de la NBA comportamientos como el de Harrell. Aquí viene el debate: "¿por qué no sancionan a Harrell?" Entendemos que las autoridades de la NBA no dudarían en hacerlo sin Doncic hubiera llamado "puto negro" a Harrell. "¿No quedamos en defender la igualdad?"


Es este el punto en el cual el reaccionario se siente fuerte. Cuando el supuesto progresista contesta, no suele resultar convincente. Arguye que la misión de las instituciones es proteger a los débiles: no se puede perseguir igual el gesto racista de un negro porque la práctica estructural del racismo se dirige desde los blancos hacia los negros. Esto significa que las injurias de Harrell a Doncic provienen de una víctima, por lo cual tienen la justificación del comportamiento defensivo. No hay que castigar a Harrell, no al menos como se castigaría a un blanco en idéntico caso. Es la misma razón por la que no se puede aplicar el agravante de género a un comportamiento violento de una mujer hacia un hombre. 




¿Les convence? El problema no es que se trate de una explicación sesgada y mal elaborada. El problema es que no convence a nadie, y menos al reaccionario. 


Vengo diciendo desde hace mucho que tenemos un serio problema con la corrección política. No es porque sea inadecuada y haya que destruir sus iniciativas, sino porque sus excesos, que en muchos casos llegan al ridículo, se han convertido en un factor legitimador del discurso reaccionario. 


¿Debe sancionar la NBA a Harrell? Desde luego, y con dureza, la misma dureza con la que habría de sancionar a Doncic si hubiera llamado "fucking nigger" a Harrell... Ni más ni menos, pues se trata en ambos casos de odio étnico. Los mecanismos que gobiernan el surgimiento del racismo no son privativos de una u otra comunidad. El racismo blanco en Norteamérica tiene raíces profundas, pues la nación se construyó desde la esclavitud o el exterminio de otras poblaciones. Los negros son racistas como respuesta a esa larga historia sangrienta.  No obstante, cuando se encuentran en situación de superioridad, tienden también a desarrollar formas de intimidación o de exclusión. Y así es con todas las comunidades -judíos y gentiles, gitanos y payos, musulmanes y cristianos-, porque el simio que somos tiende a rechazar al distinto, a perpetuar los privilegios y a tomar venganza contra inocentes cuando no se siente justamente tratado por el mundo.  


Ahora verán a donde quiero ir a parar. En estos días se habla mucho del asunto de Harrell. Circula entre reaccionarios indignados información respecto a  casos en que una mujer denuncia falsamente a un maltratador. O esos otros en los que un inmigrante comete un robo y cuando la policía lo detiene tiene la desfachatez de gritar que lo esposan "porque sois unos racistas". La lista de agravios, si escuchamos a los votantes de Vox y reaccionarios en general, es interminable: los okupas se instalan en tu casa y las leyes se lo permiten; los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo y a delinquir, saturan los hospitales públicos, les regalan una casa o les dan pensiones por hacer el vago; los homosexuales ocupan las instituciones para adoctrinar a nuestros hijos con la ideología de género... 


Pongo puntos suspensivos porque el etcétera no tiene fin. En tierras como la mía, donde existe una lengua vernácula y claramente minorizada, el valencià, la indignación reaccionaria insiste hasta el hastío en los supuestos privilegios que obtiene la lengua que las instituciones, cuando son gobernadas por la izquierda, decide proteger. 


Déjenme, a modo de conclusión, que les cuente algo. Tengo un amigo de Ondara, un pueblo alicantino donde hablar valenciano es lo natural. Yo le revelé un caso en el que un defensor de la lengua había actuado de una forma que yo consideré abusiva contra un castellano-hablante. Manolo, que así se llama el de Ondara, me contestó que sí, que mi indignación era razonable, pero que "por cada ataque que tu me cuentes como ese yo te puedo contar veinte en la dirección contraria". Joder, "tenía tota la raó". Me ha bastado desarrollar durante mi vida una mínima conciencia a favor de la lengua de mis abuelos para darme cuenta de que, una y otra vez, lo que se "naturaliza" es el desprecio del valencià y el abuso por parte de la cultura dominante. Sin embargo -o a lo mejor precisamente por eso, porque el castellano domina- los excesos que perjudican al sector mayoritario son los que arman más ruido y desencadenan la indignación reaccionaria. 



Apliquen el caso que les he referido a otras muchas situaciones. Harrell es un racista y debe ser sancionado. Pero, no se engañen, por cada práctica abusiva de un negro de la NBA sospecho que podríamos encontrar cientos de miles de prácticas de racismo estructural. Éstas son tan comunes, se han naturalizado de tal manera en los EEUU, que parece que lo radical es hacerse cuestión de ellas. 


Pregúntense por qué Trump llegó a la Casa Blanca y por qué es tan importante desalojarle.  



Wednesday, August 12, 2020

LA CORONA INCUESTIONABLE


Hace como tres décadas, cuando la democracia era joven y suscitaba euforias y temores, se puso de moda una frase algo irritante: "Respeto tu opinión, aunque no la comparto". Aquello se decía con cierto fastidio, como si fuera resultado de un duro adiestramiento. Dejamos de usar la frase de marras cuando entendimos que el disenso constituía el nutriente esencial e imprescindible del sistema... era pues mucho más que algo simplemente "tolerable". 

Las aventuras del Emérito, asunto que en estos días nos entretiene mientras esperamos que el covid no nos mate, me invita a pensar que, tras casi medio siglo formándonos para la libertad, sigue habiendo muchos que no consiguen entender de qué va el tema. 


El de la república es probablemente el único concepto político que me ha seducido siempre sin remilgos. Sin perjuicio de que, obviamente, excluye la posibilidad de una jefatura dinástica, los valores republicanos que de verdad me seducen son los que asocio al poder de la sociedad civil, la participación ciudadana, la separación de poderes, el bloqueo institucional de toda forma de monopolio o la fiscalización permanente de los agentes públicos. La ausencia en esa lógica de un monarca es casi más un "a resultas" que un principio... simplemente cae por su propio peso. 



¿Les he convencido? Si me contestan que no, me va a parecer muy bien... Seguiré intentándolo, aunque ya les adelanto que emplearé más esfuerzos en predicar contra otras prácticas que envenenan la sociedad española mucho más que la existencia de una monarquía. Si ahora escribo sobre el asunto es porque algunos usos que proliferan con la polémica desvelan unos déficits de formación democrática que me parecen preocupantes.  




No recibo con desagrado algunos de los mensajes en favor de la Corona que escuchamos a estas horas. Puedo ponerme estupendo y recordar al mundo lo que todos sabemos, que la restauración borbónica -con don Juan puenteado- es una imposición de Franco. Pero fue Juan Carlos, convenientemente asesorado por tipos a los que respeto como Fernández Miranda o Suárez, quien protagonizó el astuto "desvío" que truncaron finalmente los planes del tirano, el cual, conviene no olvidarlo, jamás albergó entre sus propósitos "modernizadores" la intención de regalarnos una democracia digna de tal nombre. 


Hay otras partes del relato hagiográfico de Juan Carlos I que me resultan mucho más dudosas. Ahí está, por ejemplo, la del 23F, un melón que -me temo- va a tardar poco en abrirse... y les adelanto que alcanzará proporciones escandalosas, con salpicaduras considerables hacia algunos de los más reputados padres de la patria. Todo lo demás me parece imagen campechana, revista Hola, hipocresía y una red de prácticas "indecorosas" -las llamaré así, puesto que hablamos de reyes-, que se han ido ocultando tras el célebre pacto de silencio. 


Yo no pretendo convencer a nadie de mi republicanismo... Lo que digo es que el debate es legítimo, o, lo que viene a ser lo mismo, es perfectamente aceptable poner en cuestión el modelo dinástico de la jefatura de estado y exigir a sus defensores que ofrezcan razones a favor de su supervivencia. Si la solución es que el momento es inoportuno, cabe preguntar cuándo lo será, pues hasta ahora fue inoportuno siempre. Si simplemente se desautoriza al discrepante -y eso es lo que se está haciendo-, entonces estamos ante una imposición tan por la fuerza como la que llevó a cabo el dictador cuando nombró a Juan Carlos sucesor.

En este sentido, permítanme unas pocas aseveraciones... creo que son de mera precaución, un poco como aquello que Habermas consideraría condiciones mínimas para el diálogo.


1. El objetivo de quienes cuestionan la institución monárquica no es desestabilizar el Estado ni socavar las bases constitucionales, sino -tengan razón o no en su propuesta- mejorar la calidad de la democracia. El problema a ese respecto lo tienen quienes consideran que el debate no puede tener lugar porque "es peligroso" o tachan de entrada la posición del interlocutor como perversa. 


2. La asociación que se efectúa insistentemente entre las críticas a la Corona y el carácter supuestamente autoritario o "bolivariano" de Podemos, como si por formar parte del Gobierno uno estuviera deslegitimado para cuestionar un aspecto del sistema, por importante que sea, sí es una maniobra tóxica. El vicepresidente no solo puede  plantear dudas sobre el futuro de la monarquía... está obligado a hacerlo, pues los valores republicanos forman parte del discurso con el que surgió su partido y se presentó a elecciones. La "fractura" ideológica que eso plantea respecto al sector socialista es, a mi entender, un feliz síntoma de la pluralidad del gobierno de coalición.   

3. La legitimidad democrática de la institución Real es, como poco, discutible. El hecho de que mis padres votarán a favor de la Carta Magna no excluye la posibilidad de que el texto sea sometido a revisión. Me refiero obviamente al célebre punto tercero del primer artículo, donde se define España como una monarquía parlamentaria tras haber aseverado, en el punto segundo, que la soberanía reside en el pueblo. La feliz paradoja que define a un marco legal democrático es que crea las reglas del juego que permiten cuestionar la validez misma de sus instituciones. Lo diré con más sencillez: a mí nadie me ha preguntado si quiero tener un Rey. La especie según la cual quien rechaza la Corona está rechazando el sistema constitucional de libertades es profundamente malintencionada. 


4. La idea de que los sectores republicanos están aprovechando de forma torticera los actos del Emérito para extender la infección a la institución monárquica al completo está planteada de forma tramposa. "Si el Presidente de la República que tanto deseáis fuera un corrupto, ¿habría por ello que dinamitar el sistema al completo?". Hay una pequeña diferencia de entrada: al Presidente corrupto lo pueden juzgar los tribunales, cosa que no está clara a estas alturas que suceda con el monarca, dadas las singularidades de su inviolabilidad. Asimismo, la distinción entre persona e institución que tanto se recalca es de dudosa aplicación en el caso de la monarquía: al Presidente podemos elegirlo y por tanto deponerlo, cosa que no sucede con el Rey, el cual solo puede dejar el trono motu proprio, es decir, a través de una abdicación. En cualquier caso, y más teniendo en cuenta lo que siempre se nos ha dicho, que los españoles eran juancarlistas más que monárquicos, no sé de qué nos extrañamos cuando los republicanos cargan ahora los cañones contra la institución... No se trata de oportunismo, pues el principio republicano que recusa al Trono se basa precisamente en que su existencia ampara actos tan reprobables como los que este señor viene llevando a cabo desde hace mucho tiempo. No es, insisto, oportunismo, es más bien un "ya os lo dije". 


5. Que en España haya firmes republicanos me parece poco motivo de escándalo. No son peligrosos para el sistema porque no lo son sus ideas, y lo que es peor, porque no somos mayoría en un país en el cual, por motivos en mi opinión equivocados, la ciudadanía parece seguir presintiendo que necesita un Rey. A mí me preocupa más que durante casi medio siglo la prensa y, por tanto, la libertad de expresión, han vivido recluidos bajo los confines de un pacto de silencio que prohibía investigar o difundir cualquier circunstancia o comportamiento que pusiera en peligro el prestigio de la Casa Real. ... Omertá, creo que lo llaman los mafiosos. 


Quizá no tengamos razón ni futuro quienes aspiramos a vivir sin reyes, pero mucho menos futuro tiene la democracia española si no entendemos que la controversia está sobre la mesa. 


... Y no ha hecho más que empezar. Al tiempo. 



Thursday, July 30, 2020

OVNIS Y OTRAS GANSADAS

Una buena cosa de las vacaciones es que uno puede conceder tiempo a auténticas gilipolleces sin sentirse culpable. A mí por ejemplo siempre me gustaron los ovnis. No creo en ellos, claro; ni siquiera me pasa como a Mulder, el de "Expediente X", que quería creer. Lo único que digo es que me divierten.

No les haré perder el tiempo argumentando mi escepticismo. No puedo asegurar que no haya civilizaciones alienígenas. Ni siquiera puedo garantizar que es falso lo que dice el ínclito JJ Benítez de que Armstrong y Aldrin se toparon con enormes edificaciones en la luna. Es como lo del tipo que me llama a veces y guarda silencio... Podría ser Manuel Fraga Iribarne, pero lo considero poco probable. "Es que Fraga está muerto, cenutrio", me dirán ustedes. Les pillé, incautos, lo de que Fraga ha muerto podría muy bien ser un contubernio del CSID y del Club Bildenberg. (Y ya me estoy imaginando a amigo Marín acojonándose porque el león gallego sigue vivo)

Quizá los imberbes crean que esto de los fakes y los marcianos es reciente. Pues no, hubo un tiempo en que los españoles, además de escuchar las canciones de Mecano -que ya hay que tener ganas- miraban entusiasmados a los cielos en noches estivales, convencidos de que con un poco de paciencia y mucha fe terminarían avistando platillos volantes. 

Hace cuatro décadas, un tal Antonio José Alés, que alcanzó la friolera de seis millones de oyentes, desató nuestra imaginación con un programa sobre ovnis en la extinta Antena 3 Radio. Molaba mucho: escuchabas a José María García despotricando de toda suerte de mandarines corruptos en el mundo del fútbol, y luego dejabas la radio puesta por si Alés entrevistaba a algún flipado que decía haber sido abducido por visitantes del planeta Ummo, que por lo visto tenían una especial fascinación por nuestro país. No teníamos duda: había infinidad de contactos y avistamientos, pero la NASA nos los ocultaba. 

Recuerdo debates encendidos en el cole sobre la procedencia de aquellos misteriosos artefactos... Colomo, el delegado de clase, defendía la especie de que eran naves con formas ultramodernas que lanzaban el gobierno chino o el soviético para espiarnos. Le acusábamos de ser un cortarrollos, lo que molaba de verdad es que fueran extraterrestres.

He vuelto a ver "Operación Luna", el divertidísimo -y por supuesto falso- documental que pasaron en 2004 en distintas televisiones del mundo el día de los Inocentes. Las declaraciones, astutamente descontextualizadas, de personajes como Kissinger, Rumsfeld o la viuda de Stanley Kubrick, y el torrente de datos supuestamente incontrovertibles sobre el fraude del viaje a la luna del Apolo 13, confieren al documental una credibilidad considerable. Lástima que ciertos detalles hacia el final del film, como la referencia a un tal George Kaplan mientras suena la música de "Con la muerte en los talones", terminen delatando el carácter de broma que tiene "Operación Luna". 

La hipótesis central es muy sugerente. Cuando se termina de construir el Apolo, Kubrick está terminando de rodar esa maravilla que es "2001, una odisea del espacio". Informado de que las posibilidades de que la misión del Apolo tenga éxito son nulas, el Presidente Nixon alumbra la genial idea de rodar el alunizaje en un plató. Se trata de que los EEUU no hagan el ridículo en un momento en que los soviéticos ya se han adelantado en la conquista del espacio. A fin de cuentas, el secreto de la hegemonía mundial norteamericana siempre estuvo en Hollywood, es decir, en el dominio de la ficción. Pues no está mal pensado... Y además tuvieron el buen gusto de contratar a Kubrick para el montaje. No me digan que no es divertido. 

Más de medio siglo después, la Red sigue repleta de tipos que afirman con una arrogancia digna de fanáticos religiosos que nunca estuvimos en la luna. El segundo de a bordo, Buzz Aldrin, que acaba de alcanzar edad nonagenaria, dice haber sido acosado repetidamente por hordas de negacionistas que le acusan de haber participado en el mayor timo de la historia y le exigen que cuenta la verdad. No entiendo por qué no lo hace... Total, qué más le da a estas alturas.


Me he topado en el surfeo con un terraplanista argentino, al parecer con muchos seguidores, que, además de negar el alunizaje, declara -y se queda tan pancho- que nunca se estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas... vamos, que es un efecto televisivo dispuesto con gran habilidad y riqueza de recursos. Su argumento es arrollador: el material del que está fabricado el avión, aluminio, no puede jamás atravesar unas planchas de acero, es físicamente imposible. En relación a la Tierra, tiene la desfachatez de ponernos un nombre a los fanáticos de la redondez de la Tierra: los "Tierra-globo". 

Surfeen, surfeen con ganas, encontrarán muchas más gansadas de esta índole. No son como las del Pozí, aquel friki que salía en programas de humor y afirmaba que "la Tierra está colgada del cielo con dos alcayatas". Estos personajes que proliferan por internet hablan como si realmente se creyeran lo que dicen. ¿Y saben lo más curioso? Bajo cada video aparecen centenares, incluso millares de mensajes de apoyo, refrendo y admiración. Y yo pretendiendo dar clase de filosofía a mis alumnos, pobre infeliz. 


Diviértanse, son tiempos raros. 



Tuesday, July 28, 2020

A PROPÓSITO DE LA CARTA PUBLICADA EN HARPER´S

No creo que se hayan advertido en Europa las dimensiones de la tempestad que se ha montado en Norteamérica como consecuencia de la carta publicada en la revista Harper´s y que viene firmada por 150 prestigiosos intelectuales. 

Debemos tener en cuenta dos factores y saber asociarlos. 

En primer lugar fueron los campus universitarios norteamericanos los que lanzaron en los noventa la llamada "cultura de la corrección política". Este fenómeno habría propiciado un clima de higienismo moral cuyo alcance ha ido mucho más lejos de lo que los no norteamericanos podemos imaginar. Y ello a pesar de que, por ejemplo en España, escuchamos frecuentes quejas por un supuesto recorte en la libertad de expresión debido a procedimientos de censura amparados en nuevas formas de puritanismo. 

El segundo factor es que en la nación más influyente del mundo se vive una guerra cultural cuyos términos parecen estar muy claramente definidos. Así, frente a una trinchera asociada a los think tanks reaccionarios, el Tea Party, el Partido Republicano o el liderazgo de Trump, nos encontramos un nacionalismo desaforado que se identifica los llamados valores de América con la antiinmigración, el patriarcado o el fundamentalismo protestante. De otro lado, están las fuerzas progresistas, que asocian el American dream con la diversidad, cuestionan la crueldad del capitalismo salvaje, proponen la apertura amistosa del país al resto del mundo y se muestran tolerantes respecto al aborto, la libertad sexual o el mestizaje racial y cultural. 

Los firmantes de la carta no son un hatajo de reaccionarios. No lo digo solo por la presencia de  Noam Chomsky, a quien alguien puede pensar que su condición nonagenaria ha podido jugarle una mala pasada al firmar al lado de pensadores conservadores como Francis Fukuyama. Yo he leído mucho a Martin Amis y no tengo por sospechosos de talante autoritario a personajes como Fareed Zakaria, Michael Ignatieff o Margaret Atwood, con independencia de que pueda no compartir muchas de las ideas de cada uno de ellos. Por si hay alguna duda, entre los firmantes nos encontramos nada menos que a Salman Rushdie, todo un símbolo de la resistencia al fanatismo en el mundo contemporáneo. Seguro que hay algunos firmantes con muertos en el armario, pero a la inmensa mayoría no los conozco, por lo que tampoco voy a darle más vueltas.


Lo más inteligente que podemos hacer es leer la carta. Por más que regreso a ella, no acabo de ver motivo para el escándalo. Es más, me resulta muy difícil encontrar en el texto una sola idea de la que discrepar abiertamente. Habla de una ola de censuras, despidos y acosos masivos en el mundo universitario y el periodístico a personas que se expresan en público y que, sobre todo a raíz de los últimos disturbios raciales provocados por el asesinato de George Floyd, se han pronunciado en sentido divergente al supuesto consenso general. 


Una curiosidad: ¿cómo hablamos de consenso respecto a la lucha por la igualdad racial en un país gobernado por un racista? ¿Es que los progresistas de EEUU no tienen claro quienes son sus enemigos? Creo que esto sería largo de explicar; afecta a mecanismos de comportamiento muy asentados en un país de lobbies -no solo económicos-  donde la susceptibilidad y el victimismo se venden demasiado baratos, lo cual a menudo ahoga el debate y la posibilidad de la crítica real. 


Tengo una conclusión: la histeria de la ofensa permanente es un chollo para el capitalismo, pues por cada expresión supuestamente incorrecta por contener machismo, racismo o desprecio a, qué sé yo, los minusválidos, los naturales de Oregon o los que tienen pelo en las orejas, se nos escamotea una oportunidad para poner en tela de juicio la manipulación de las grandes corporaciones mediáticas, el poder de las multinacionales, la mercantilización de todos los órdenes de la vida... Me atrevería a decir que, con la histeria del neopuritanismo, caen incluso muchas de las posibilidades de crear formas institucionales de protección frente a la feminización de la pobreza, la discriminación de las minorías raciales o la creciente brecha económica, educacional y sanitaria. Estados Unidos es un país extraordinariamente rico y, a la vez, un escandaloso espacio de desigualdad, racismo, violencia y machismo... se diría que, para tener tantos otros problemas graves que resolver, sale demasiado caro expresarse en términos incorrectos. ¿No será que ambas cosas están relacionadas?


Acabo, y como no quiero aburrirles, abandono los USA para contarles algo, ustedes juzgarán si viene o no al caso, aunque yo creo que sí. Una buena mañana, como me aburría bastante, decidí poner en el ordenador de la sala de profes un fondo de pantalla de Betty Page, célebre pin-up  y mito erótico americano de los años 50. No duró ni veinte minutos. Dado que solo había una compañera en la sala, deduje que había sido ella quien eliminó la imagen en cuestión. Consideré, otorgándole una sensibilidad política de la que ahora sé que carece, que acaso las pin-up le parecían un símbolo de la cosificación del cuerpo femenino. Poco después probé con cierta imagen de la actriz sudafricana Charlize Theron, sentada desnuda -aunque con sus partes íntimas hábilmente ocultas- sobre una silla de lona. No sé si han visto esa fotografía, pero en ella se diría, sin connotaciones sexuales, que Dios se ha encarnado en el cuerpo de una hembra. Me la censuró la misma compañera. 


Soy más aficionado a los cuerpos femeninos que a los masculinos, pero, como deduje que el problema con Charlize era el mismo que con Betty, opté por intentarlo por tercera vez con una imagen de Marlon Brando en "Un tranvía llamado deseo" que haría dudar de su orientación sexual hasta a mi padre, al que tengo por varón de recio arraigo. El momento en que la misma compañera en cuestión me quitó -también- la imagen de Brando, descubrí que aquella interfecta tenía un serio problema: no era feminista, era mojigata. Había conseguido hacerme sentir como cuando en el cole, en pleno postfranquismo, la curiosidad por el sexo y los cuerpos desnudos provocaba oscuras culpabilidades... Españoles, el puritanismo ha vuelto. 


¿Saben lo más curioso? Que en los meses siguientes me dediqué a poner distintos fondos, ya no de cuerpos, sino de hombres-mono, celebridades con muecas dislocadas o caricaturas de políticos. Llegué a pensar que la tipa, además de mojigata, estaba como una puta cabra. Sobre todo cuando, un día, puse una fotografía de Humphrey Bogart y, al siguiente, otra de Nietzsche, y ambas desaparecieron al poco sin que yo llegara a verla perpetrar tan absurdo acto de censura. 


Otro compañero, muy divertido con el vodevil, me sacó del error: alguien con cierta responsabilidad de gestión en el Centro se dedicaba a quitar todos los fondos de escritorio que a cualquier miembro del claustro se le ocurría poner, fueran los que fueran. El motivo era que esta persona tenía miedo a que el inspector de Conselleria, las de la limpieza, los de la asociación de padres o cualquiera otra persona más respetable que yo que pasara por allí pudiera ofenderse con algún detalle inadecuado que apareciera en los PC. Me cuesta pensar que a alguien le ofenda un retrato de Nietzsche, pero como si pones en mi sala de profesores la imagen de una caja de cerillas o de un pavo asado también te lo quitan, lo que aparece siempre es el fondo neutro. 


¿Saben lo más curioso? Que ese fondo neutro no es inocente. Con él hacemos publicidad de Microsoft, Huawei o cualquier otro de los gigantes que nos espían, nos explotan y, probablemente, cuando les convenga, decidirán exterminarnos. 


Cuidado, un nuevo siglo promete mucho, pero llevamos ya dos décadas, y va camino en volverse muy pero que muy gilipollas, dicho sea con todos los perdones. 




Saturday, July 25, 2020

EL REY HA MUERTO

Algún allegado me reprocha ser condescendiente con la Monarquía. Puede ser, pero condescender no es aceptar ni respetar; digamos que es uno de esos temas de los que uno pasa... No me emociona la corona, en todo caso me invita al chiste y a la chanza, pero tampoco altera para lo malo mis terminaciones nerviosas, ni siquiera en estas horas tan oscuras para la credibilidad de la Real Institución. 

"¿Pero tú no decías ser republicano?" Pues sí, eso he dicho alguna vez, pero para mí la República es un espíritu, un orden moral antes que un régimen de jefatura de estado. No quiero tener un rey, es obvio, nunca lo quise. Pero siempre intuí que cargar contra la lógica dinástica implicaba desgastar esfuerzos en asaltar una fortaleza sobre la que el enemigo siempre ha concentrado tropas, enojos y dignidades. Hay quien, desde la izquierda más reglamentista, ironiza sobre hoy la supuesta radicalidad de quienes siempre vieron que el régimen juancarlista era un timo. En vez de burlarse, los adeptos al PSOE, tan dispuestos ahora a poner cuidados paliativos a una institución moribunda, deberían ahora explicar por qué se negaron durante décadas a abrir un espacio de debate que se demandaba con toda legitimidad desde una izquierda que cargaba con su propia tradición. No estamos ante un "ya os lo dije", que aprovecha ahora de forma oportunista las noticias sobre los desmanes del Emérito. Antes de eso ya fue razonable cuestionar la supervivencia y el valor de una monarquía que fue decretada por el Dictador; siempre fue justo preguntarse por qué debíamos soportar a un jefe de estado sobre el que nadie nos había consultado. 

"Hizo falta aceptar al Borbón porque la democracia era débil". Era como decir, "necesitamos como garante de la democracia una figura cuya característica es precisamente que no es democrática". La pregunta sería entonces: ¿y cuántas otros procedimientos no democráticos debemos tolerar para que los enemigos de la democracia no se enfaden demasiado y estalle el ruido de sables?

Se ha dicho que este país no era monárquico sino juancarlista. Insisto, no quiero pasarme el resto de mi vida protestando contra este residuo anacrónico de una Europa pre-moderna y feudal porque, entre otras cosas, son otras infamias las que reclaman nuestra atención más urgente. Se me ocurre que si la Reina, que parece una señora con un mapa moral decente y cierto sentido de la responsabilidad, se atreviera a decir en público que es una vergüenza que en un país como el nuestro uno de cada cuatro niños está amenazado de vivir por debajo del umbral de la pobreza, entonces yo estaría incluso dispuesto a doblar la cerviz para hacer la reverencia. 

De otro lado, temo que si el famoso referendum del que se habla se convocara, lo perderíamos los republicanos, con lo cual tampoco estoy seguro de que sea una buena idea. Tenemos el país que tenemos, y eso no cambia tan rápido como nos gustaría. Recuerdo a una señora, ya fallecida, que había vivido de cría bajo el reinado de Alfonso XIII. Ya con el régimen constitucional, cuando sus nietos le preguntaban a quién pensaba votar, ella contestaba muy digna: "¿yo?... yo al Rey por supuesto". 

Me viene también a la cabeza la respuesta que me dio mi padre cuando le inquirí sobre el carácter no democrático de la monarquía española. "A mí nunca me han preguntado si quiero tener un Rey", le pregunté malévolo. Él, muy convencido, me contestó que a él sí, y que, como quería ser consecuente con su decisión, no tenía por qué arrepentirse ahora y rechazar al monarca. Por supuesto, de nada sirvió intentar explicarle que cuando él dio el sí a la Constitución, junto a la por él deseada democracia le metieron al monarca en el pack, con el añadido tramposo de que, una vez aceptado el texto máximo, ya no habría posibilidad de que las generaciones posteriores planteáramos reconsiderar el título primero sin que ello supusiera rechazar el formato democrático en su conjunto. 

No voy a hablar mucho más sobre el Emérito ni sobre Corinna. Preferiría no sufragar los caprichos borbónicos. Pero, permítanme una reflexión que va bastante más allá de si quiero un Rey o un Presidente de la República. 

Tengo cientos de alumnos, además de descendientes. Son niños, hay que explicarles qué país hemos construido para ellos. Si se acercan a los diez años hay que empezar a no mentirles: los reyes magos no existen y las princesas no esperan durmientes a bellos príncipes que las despierten. Debo decirles que los españoles somos todos unos maridos cornudos. Durante cuarenta años la prensa mantuvo un repugnante pacto de silencio para que no supiéramos lo que se cocía en los corredores de la corte. Hicieron creer a los cándidos, que en mayor o menor medida lo éramos todos, que el Borbón era un tipo jovial y amigable, un demócrata que escondió sus intenciones a Franco y nos salvó de un golpe de Estado (virgen santísima). Aún recuerdo como gritaba histéricamente en la radio Luis María Ansón, enfurecido como un gorila cada vez que Anguita llamaba "ciudadano Borbón" a su regia majestad. 

Pero es que no es este el mayor de los engaños. Jordi Pujol fue virrey y supuesto acomodo periférico para las instituciones durante largos años. Fíjense cómo han acabado él y su noble parentela. Alfonso Guerra y su hermano; la financiación de los grandes partidos a través de apaños como Filesa y Gurtel; Rodrigo Rato, padre del milagro económico español; Aznar y las guerras de Bush más un partido podrido por la corrupción sistémica; el eterno gobierno socialista de Andalucía con los millones en los ERE; los bandidos gobernando Valencia durante casi un cuarto de siglo; González y las cloacas del Estado o las puertas giratorias; Mario Conde y otros geniales banqueros entregando la economía del país al reino surrealista de la especulación... ¿Quieren que siga?

He perdido amigos porque no he lanzado una sola crítica -ni tan siquiera un gesto irónico- al emergente aserto podemita sobre el "Régimen del 78". Me da igual si Iglesias es o no tan malo como sus rivales. La cuestión es que he de explicar a los niños que todos los ídolos se han hecho pedazos, y que nuestra tan amada democracia ha dado demasiados frutos podridos. 

Ojalá ellos la mejoren. Pero dejen, por favor, de decir aquello de "hicimos lo que pudimos y que el poder corrompe, qué le vamos a hacer". Yo creo que los que van llegando no merecen que, ya que a nosotros nos engañaron, les engañemos nosotros a ellos ahora. La realidad es que aquí, hasta hoy, los malos siguen ganando.  

Wednesday, July 15, 2020

ENSEÑANZA POR ÁMBITOS. NOS LA HAN VUELTO A COLAR.

Me hago viejo sin delicadeza, como diría Sabina. Por eso me enfurruño a menudo ante el eterno retorno de las viejas infamias, por más que intenten disfrazármelas; por eso también me aferro a mi antigua independencia, ésa que me permite vivir y pensar sin ataduras. Me equivocaré a menudo, seguro, pero a mí no van a maniatarme con la mezquindad del partidismo. Voté a la izquierda en las primeras elecciones y volví a hacerlo en las segundas; procedí en el mismo sentido en las sindicales que afectaban a mi ramo profesional. 

Trataré de ser claro y conciso para no aburrirles con los tecnicismos ni los detalles propios del ejercicio profesional en el que me desempeño  desde hace más de un cuarto de siglo.

Hace aproximadamente tres décadas -creo que Solana era el Ministro de Educación- el Gobierno del PSOE trató de colar las llamadas "asignaturas afines" en los centros. En la práctica suponía que un profesor de Francés o de Filosofía podía dar Geografía o Lengua, o que uno de Ciencias Naturales podía dar Física o Matemáticas. La comunidad docente, acertadamente, se opuso enérgicamente a la medida y terminó ganando en los tribunales. La razón es sencilla: si soy especialista en una materia que he cursado en la universidad correspondiente o he aprobado las oposiciones para dicha materia, va en detrimento de la calidad de la enseñanza que me pongan a impartir otra que no domino. Pueden ofertarme los cursos de reciclaje que quieran, pero háganse una pregunta: ¿quieren que a su hijo le dé clase de Matemáticas un experto en Física? Ustedes no lo quieren y yo tampoco, lo que yo quiero es dar la materia que domino... Sencillo, ¿no?

Pues bien, nos acaban de meter otro decreto de afines, aunque el Ministerio de Celaà, y por ende la Conselleria valenciana, lo está disfrazando con todo tipo de ridículos revestimientos supuestamente pedagógicos. El curso que viene, es decir, en poco más de un mes, los primeros de la ESO se impartirán íntegramente por "ámbitos didácticos". Eso supone que el mismo profesor pasará tres horas diarias con un grupo de primero impartiendo diversas materias, las que domina y las que no. Así, yo, que soy experto en Filosofía e imparto Valores Éticos en dicho curso, podré dar el próximo curso Geografía o Valenciano, y que un físico podrá dar matemáticas o naturales. No hace falta deducir que se está abriendo una puerta peligrosa al deterioro de la calidad de la enseñanza. Ya lo han dicho los líderes políticos, por cierto, con la misteriosa aquiescencia de los sindicatos mayoritarios, esos que dicen representar a los profesionales docentes. Anuncian que esto que se empieza a hacer en el País Valenciano es solo un adelanto de lo que supondrá la próxima ley marco de educación para el conjunto del Estado. En Valencia, un responsable político de primer nivel ya anuncia que su intención es que el sistema no solo se aplique el año que viene en Primero y llegué al siguiente a segundo, sino que podría universalizarse para toda la ESO. 

Las razones que se aducen resultan sonrojantes, al menos para alguien como yo, que sabe sobradamente cómo es un aula y a que huelen la tiza y la pizarra. Se nos dice que los alumnos llegan de primaria y, al iniciar la ESO, se desorientan por el exceso de profesores. Es mejor, indican, que tengan al mismo durante muchas horas. Yo creía que los chavales salían de la primaría para empezar a dejar atrás la etapa infantil, yo tuve muchos profesores especialistas en la EGB desde los diez años y jamás me pareció un problema. Lo que sí me parece un problema es tener ratios de treinta alumnos, cada uno con su problemática singular, y que se me pida que los atendamos a todos desde el horizonte de la integración y la inclusividad. 

Venimos pidiendo desde hace muchísimo que se reduzcan las ratios y que aumenten los desdobles -grupos que se parten en dos para determinadas asignaturas-, pues con la cantidad de alumnos a los que yo imparto clase actualmente es imposible darles la atención personalizada de la que tanto y tan hipócritamente presumen los gestores. Hemos pedido que nos reduzcan las horas de docencia directa, que no de trabajo, pero cada vez que se anuncia que los incrementos provocados por una crisis económica para ahorrar personal se van a tirar abajo, resulta que viene otra crisis y no solo nos bajan las horas de clase sino que además nos las vuelven a aumentar. 

También se nos ha dicho que alumnos que, por la pandemia, llevan seis meses sin docencia directa, necesitan una medida como ésta. La pregunta es ¿por qué? Si fuera una medida de urgencia y de tipo provisional no nos estarían advirtiendo que la cosa viene para quedarse y que es poco menos que la panacea para resolver los problemas de la educación en España. Precisamente porque el curso que viene va a ser problemático, ¿no sería mejor plantear la docencia tal y como la venimos ejerciendo sin tener que cargar con novedades para las que no estamos preparados? ¿Se han preguntado los gestores del tripartito valenciano, si esto empieza el 6 de septiembre, cuando me voy a preparar para dar materias que no domino?

Mienten, y mienten porque, para empezar, no tienen el más mínimo respeto por los profesionales de la docencia. Jamás nos preguntan qué queremos para mejorar la vida en el aula. No me sorprende porque precisamente los autores de ocurrencias como ésta suelen ser personas como el actual ideólogo de la Conselleria d´Educació, Miquel Soler, convicto logsiano que no ha pisado un aula desde que era un imberbe. Recuerdo la mañana en que Soler, en pleno gobierno conservador, pasó por mi centro y nos ilustró sobre lo que todos sabíamos: que el PP quería liquidar la educación pública y que había que ayudar al PSOE a derrotarles. 

A día de hoy mi sensación es que el gobierno de la educación en el País Valenciano es un desastre. Si hubiera sabido cuáles eran sus planes no les hubiera votado, ni siquiera para derrotar a una derecha contra la que me he puesto en huelga y manifestado en infinidad de ocasiones. 

Me duele escribir esto, pero creo que la democracia para la inmensa mayoría de los políticos solo vale para subirlos a ellos al poder. Una vez lo tienen ya solo es un fastidio. Por eso van a imponernos esta bazofia sin tan siquiera preguntarnos. En cualquier caso no serán ellos los que tengan que habérselas con el alumnado, seremos nosotros, en especial los de los centros públicos, que serán, una vez más, los que más dañados se vean con esta medida. Así, con cada vuelta de tuerca, deterioran la educación, debilitan la resistencia académica del profesorado y alejan más y más la escuela de su objetivo central: ser un ascensor social y combatir una brecha social creciente. 

Hala, a seguir produciendo mano de obra barata e ignorante.