Thursday, June 25, 2015



LA PREYSLER

En las pobladas estanterías de la librería que mi padre diseñó y construyó con sus propias manos mi vista infantil se topaba a menudo con el "Baghavad Gita" o "El mundo como voluntad y representación", de Schopenhauer, que tenían un lomo muy vistoso. Dos metros por debajo de la hilera interminable de los "Episodios nacionales" se encontraba un caótico revistero donde asomaba la portada de Interviú y donde yo rebuscaba con la esperanza de que mi padre hubiera dejado olvidado algún ejemplar de Penthouse. Allí entraban todas las denominadas revistas del corazón, excepto el Pronto y el Garbo, que a mi madre le parecían muy de porteras. 

Mi padre cuestionaba a mi madre la costumbre de adquirir tantos semanarios "de cotilleos y banalidades", pero reconocía un cierto talante progresista al Diez Minutos. El preferido de mi madre, al menos el que más veces tenía entre manos, era el Lecturas, aunque ella era la primera en reconocer que el "¡Hola!" tenía mucha clase y que se notaba por la calidad de su papel impreso y sus fotografías, aunque a veces, como sucedió con el monográfico dedicado a finales del 75 a la coronación de Juan Carlos I, le aburría porque preferían a la aristocracia frente a la farándula, como si fueran cosas radicalmente distintas, como si no formaran parte del mismo espectáculo destinado a explotar la mina de un género femenino al que todavía le tocaba cargar con el peso de lo sentimental. 

Mi hermano, cuyo gran problema en la vida ha sido el de haberse hecho comunista mucho antes de lo aconsejable, afirmaba que el "¡Hola!" parecía el más reaccionario porque hacía soñar a las marujas con ser Gracia de Mónaco, pero que el verdadero peligro estaba en el "Semana", que estaba según él dirigido por la ultraderecha. 

Fecundado mi intelecto por fuentes tan diversas -con el añadido del "As", que comprábamos los lunes si el Valencia había ganado, y "Don Balón", que salía el fin de semana y tenía fotos en color-, se completa el mapa de una educación perfectamente disparatada, como correspondía a una nación que, con la muerte del dictador, cayó de bruces en la modernidad sin delicadeza y sin brújula.  

Ya lo ven, un perfecto aspirante a la esquizofrenia. Tras décadas convenciéndome de que cotillear es enfermizo, y que cada minuto que he pasado viendo partidos de fútbol y leyendo gilipolleces sobre las nuevas chicas del "Un, dos, tres, responda otra vez" ha sido tiempo perdido para ver películas de Bergman y escuchar a Bela Bartok, ahora el mayor de los mitos del corazón hispano, Isabel Preysler, viene a cobrarme su venganza. 

Hace muy bien, la he ignorado deliberadamente desde aquellos tiempos en que nos parecía una pija filipina con cierto toque de pasiva-agresiva que había conseguido seducir al más prometedor de los cantantes melódicos hispanos. Isabel, tras tres hijos, terminó abandonando a Julio Iglesias, que andaba siempre por ahí de gira, sin atenderla como ella merecía, y dio la campanada casándose con el Marqués de Griñón, un tipo sumamente respetable al que también abandonó y con el que tuvo otra hija -la simpar Tamara Falcó-, guardando un tiempo prudencial hasta lanzarse a su tercera aventura matrimonial, con Miguel Boyer, entonces ministro de economía del gabinete de Felipe González, y posterior oligarca del mundo financiero. Tuvieron una hija, la quinta en la línea de descendencia de la bella filipina. Finalmente, y tras el luto guardado al ex-ministro, Isabel nos sorprendió a todos en fechas recientes, cuando el "¡Hola!", que jamás miente, y menos sobre su gran estrella, publicó las fotos del romance con Mario Vargas-Llosa. 

A primera vista, y sin necesidad de escorarse demasiado ideológicamente, Isabel Preysler es el último emblema de una cultura ya superada donde el paradigma de lo femenino es el de la perfecta esposa. Isabel encarna ese imaginario al modo de la reducción al absurdo. Con armas de mujer -aunque nos negáramos a prestar oídos a la leyenda urbana sobre sus exóticas destrezas sexuales-, Preysler ha conseguido un trazo biográfico digno de una heroína de las novelas decimonónicas, a saber y en riguroso orden cronológico: la farándula y el arte, después un título nobiliario, la política y las finanzas y, finalmente, el mundo de la cultura. Isabel no besa a cualquiera, si te besa a ti, entonces sabes que eres un grande, y un vacío de admiración y envidia se abrirá ante ti, aunque termine tragándote, porque los hombres que escuchan ese canto de sirena terminan siendo destruidos, lo que agiganta aún más la leyenda preyslerina. 

Isabel me ha parecido siempre un aburrimiento de tía, la verdad, pero debo reconocer que hay algo en su larga travesía por la vida pública hispana que le acerca a una misteriosa forma de santidad. Uno adivina sus sufrimientos para tersar más y más una piel que, como en "El curioso caso de Benjamin Button", no se conforma con instalarse en la eterna juventud, sino que parece acercarse cada vez más a la niñez. Isabel parece limpia, se diría que inmaculada. No tiene nada que decir, no sé siquiera si sabe hablar, por eso calla y posa, siempre posa, como si tuviera interiorizado que su destino es ser fotografiada desde el momento mismo en que abandona la intimidad de la alcoba. Isabel Preysler ha sobrevivido a todo, al cilicio nacional-católico, al socialismo, al feminismo... Y sobrevivirá incluso a Podemos, si hace falta casándose con Pablo Iglesias, quien se siente ahora muy seguro creyendo poder resistirse a los encantos de la filipina.  

No hay gran controversia sobre sus motivos y sus métodos. Isabel nos ha vencido a todos, y parece capaz de vencer incluso a la vejez y la muerte, posando junto a su amiga Carmen Martínez-Bordiu en la portada del "¡Hola!" como dos adolescentes con sus ambiciones en flor. Esa resistencia oriental incide en la evidencia de que el secreto del triunfo está en las mejores clínicas de cirugía estética, el photoshop, el dinero y una frialdad propia de quien se crió preparándose concienzudamente entre convites de embajadas para ser una esposa perfecta, tan perfecta como para zafarse de cada uno de los consortes en el momento oportuno. 

 ¿Y ellos ¿Qué mueve a un hombre como Vargas-Llosa a buscar el lecho de este icono de la hispanidad contemporánea? No lo sé, y la verdad es que me importa un rábano, pero tengo la sensación de que algunos libros han caído del viejo estante y han ido a parar al revistero. 

Thursday, June 18, 2015

CAMBIO CLIMÁTICO



El Protocolo de Kyoto se firmó en 1997. Y nació prácticamente muerto, pues los acuerdos establecidos no habían de aplicarse hasta 2005, momento en el cual los mayores contaminadores del mundo -EEUU, China y Rusia- mostraron bien a las claras su intención de no ratificar aquellos compromisos. Tenían razones poderosas, pues respetar el Protocolo les hubiera supuesto enormes sanciones económicas por el monstruoso volumen de gases de efecto invernadero que estos países lanzan a la atmósfera. 

Hoy ya no hay dudas sobre el cambio climático. Sin eludir que pueden incidir sobre el calentamiento global algunos factores naturales, la ciencia afirma taxativamente que, al ritmo actual de emisiones, los tres o cuatro grados que habrán incrementado ya la temperatura media del planeta en 2100 están vinculados a la acción humana. 

He escuchado muchas burlas en mi vida respecto al "ecocatastrofismo", o como lo llamó Fernando Savater, la "ecolatría". Supuestamente impregnados de un mesianismo bíblico, parece que a los melenudos de Greenpeace les encanta ir por el mundo exigiendo que nos fustiguemos por haber saqueado las riquezas naturales antes de caer bajo el fuego divino del crack ecológico que se nos avecina, en el cual tendremos nuestro merecido de pecadores. Mucho me temo que los ridículos hoy día son quienes -además de puerilizar las teorías que les molestan- siguen creyendo que la mejor manera de superar una amenaza es negar que exista. Podemos seguir creyendo que esto de la ecología consiste en unos hippies que quieren vivir en cabañas y lavarse la cara con mierda de vaca, hojas de firmas para salvar al urogallo, comprar muy cara la comida macrobiótica y decir entre gritos de "¡arrepentíos, pecadores!" que viene el fin del mundo... A mí también me gustaría que fuera una mentira, una conspiración de cuatro aguafiestas que no soportan la prosperidad, pero me temo que la cosa es mucho más seria. 

El Papa Bergoglio nos sorprendió esta semana avanzando una encíclica con la ecología como monotema. Acusa directamente a las grandes naciones y a las multinacionales de causar el cambio climático y la miseria de miles de millones de personas del mundo por su empeño depredador en explotar las riquezas naturales sin reparar en los daños terribles que dicha actividad genera. El Pontífice apela a la necesidad de un cambio radical de nuestra forma de vida como única estrategia para defendernos del desastre. Podemos albergar dudas -yo el primero- respecto a si el actual ocupante del Trono de Pedro va en serio en los ataques dialécticos que dirige a los dueños del mundo, pero al menos esta vez ha conseguido poner nervioso a más de uno, y no me parece poca cosa teniendo en cuenta los tristes precedentes de Wojtyla y Ratzinger.

Muchas más sospechas me produce la ambigüedad con la que respecto al problema se pronuncia esta semana en El País Antonio Brufau, en un artículo titulado La UE ante el cambio climático. La tesis fuerte del autor es que la lucha contra el cambio climático no es incompatible con el crecimiento y la competitividad. Reconoce que hay un serio riesgo y considera que el problema de Kyoto estuvo en la "descoordinación" de su aplicación. Yo opino que Kyoto fracasó porque los principales responsables de las emisiones, precisamente los mayores actores de la geopolítica actual, tuvieron la deliberada intención de hacer que Kyoto fracasara, lo de la descoordinación es un ridículo eufemismo empleado para desviar el mal de sus causantes.  

Propone Brufau ciertas dosis de "realismo", afirmando que detener el crecimiento no es una opción. No estoy seguro de que lo realista sea creer que podemos seguir en la lógica del crecimiento sin replantearnos seriamente si el tipo de sociedad en que queremos vivir puede seguir protegiendo y subvencionando a las empresas energéticas más contaminantes, destruyendo inmensos espacios naturales, aumentando las brechas entre ricos y pobres o considerando la atmósfera como un gigantesco vertedero. Habla Brufau del bienestar y lo asocia a la lucha contra la pobreza, pero en su reticencia a plantear seriamente la responsabilidad de las corporaciones energéticas y el reclamo de una política de sanción en consecuencia yo advierto una velada intención de proteger intereses que hacen ricos a unos cuantos y que, sospecho, pueden estar destruyendo el presente y el futuro de la mayoría. Soy así de malpensado.

Por cierto, ¿saben quién es Antoni Brufau Niubó? Pues nada menos que el actual presidente de Repsol. Acabáramos.

Saturday, June 13, 2015

PEDRO ZEROLO


Con la perspectiva del mucho tiempo transcurrido, se me ocurre pensar que mi destino ha quedado de alguna forma marcado por la muerte del padre de mi madre, quien a mí me parecía el mejor de los abuelos posibles, y que cayó prematura y cruelmente por un cáncer de pulmón, una espeluznante ironía teniendo en cuenta que jamás encendió un cigarrillo. "¿Por qué te lo llevas justamente a él?", preguntaba a ese dios supuestamente justo del que me hablaban los curas en el colegio. Es una suerte que Dios no exista, porque la oficina de quejas y reclamaciones estaría colapsada. 

Que yo hable bien de un político es más difícil que aquello del camello pasando por el ojo de una aguja. No tendré el mal gusto de preguntarle al Supremo Deshacedor por qué se ha llevado a Pedro Zerolo y no a la larga serie de indeseables cuyos nombres y caras me vienen ahora mismo en tropel a la mente. En cualquier caso no me privaré de lamentarme por esta injusticia: el hombre que tan tempranamente se ha llevado el cáncer -ese hijo de puta nombrado a menudo como "una larga enfermedad"- fue alguien muy grande.  

Yo creo que Zerolo nos enseñó algo incluso a quienes ya nos considerábamos convencidos. Eran los años del orgullo gay en que se paseaba por Chueca con su pareja, cuando transmitía ilusión en mítines y entrevistas con aquel lenguaje eufórico que recordaba a la inocencia del postfranquismo. Yo llegué a creer que podíamos estar ante el gran líder que la izquierda venía necesitando desde que descubrimos que Felipe González era un farsante. Entonces parecía elevarse espontáneamente como líder de una marea emergente e incontenible que convirtió la exigencia de igualdad de los homosexuales en vanguardia de la lucha por los derechos civiles. Los gays dejaban de ser aquellos infortunados a los que maltratábamos en el colegio para convertirse en una corriente admirable, capaz de servir de ejemplo a todos los demás.   

Es inusual, pero algunos políticos arrastran un enorme poder de seducción sin que ello les convierta en populistas. Pedro Zerolo se encontraba en ese difícil punto de unión entre el hombre de acción con un potente horizonte moral y el integrante de una fuerza partidaria e inevitablemente burocrática. En ese punto -que tiende a ser punto de fuga por desgracia- es posible recuperar la fe en la política y pensar en los programas como la transmisión de unas expectativas que ya están en las casas y en las calles, eso de lo que ahora presumen tanto los nuevos partidos. 

Zerolo se sintió fuerte en el territorio de la legitimidad moral, allá donde los demás se diluyen, allá donde llega el momento de poner en práctica principios que parecen bonitos pero que luego requieren coraje y honestidad para llevarse a cabo. "Todos iguales, todos diferentes", si supiéramos hacernos partícipes hasta sus últimos extremos de la filosofía que arrastra esta fórmula tendríamos sin duda una sociedad más justa. La historia está atravesada por insurrecciones empeñadas en dar la palabra a los silenciados y devolver su dignidad a los que han sido arrinconados o malditos. Se me ocurre pensar que acaso "civilización" consista precisamente en eso, en el valor de quienes se unieron para devolver el orgullo de existir a los que la historia obligó por los siglos de los siglos a vivir en el armario de la vergüenza.   

Friday, June 05, 2015

SOBRE EL PAÍS EN EL QUE QUIERO VIVIR



A medida que se iban conociendo los pormenores del asunto Eurovegas me asaltaba la convicción de que el problema no era si estábamos ante una inversión rentable, era más bien cuestión de preguntarse en qué país queremos vivir. Entiendo que algunos vean puestos de trabajo y reactivación económica en donde yo sólo veo trapicheos entre oligarcas, prebendas fiscales, tramas delincuenciales, putas y ludópatas... yo es que soy muy cenizo. 

La idea de que la derecha ha sido derrotada debe ser de entrada matizada porque, para empezar, no es cierto que lo haya sido. Ha sufrido, sí, una sustancial merma de apoyos, pero, aparte de que no sabemos si la tendencia se trasladará a las Generales de noviembre, debemos advertir que el PP viene de mayorías aplastantes por casi todo el Estado. El caso valenciano es significativo: las alianzas poselectorales van a determinar casi con toda seguridad que el PP pierda la Generalitat, las principales alcaldías y las tres diputaciones, pero es el partido más votado, por tanto podrá ejercer la oposición en condiciones óptimas. Pueda ser que no les seduzca en los más mínimo esa posibilidad, pero en ese caso nadie les obliga a seguir en la profesión, pueden tranquilamente retornar a sus negocios privados. 

Es precisamente la reacción del supuesto perdedor lo que me tiene preocupado. El caso de Esperanza Aguirre está tomando perfiles psiquátricos, pero no es el único. La cantidad de actitudes de intolerancia y resentimiento que detectamos requieren una reflexión, no pienso conformarme con sentir que yo no soy como ellos. 

De entrada habría que darles a los señores del PP la bienvenida al mundo de los seres mortales: no siempre se gana, a veces se pierde y entonces uno hace una oposición constructiva; a veces hay que pactar, y pactar significa en gran medida ceder en las propias convicciones... Así es mi vida diaria, así debería ser la política... pasen, pasen. Que principios tan sencillos no se quieran asumir habla de un defícit tremendo en la formación democrática de este país: la sombra del Caudillo por-la-gracia-de-dios es alargada. 

Soviets por los barrios, genocidio intelectual, expropiaciones, exilio... la cantidad de majaderías que nos llegan respecto a lo que nos espera si los socialistas  pactan con la "izquierda radical" son un síntoma de anormalidad que sólo califica a sus responsables, algunos de ellos perfectamente identificados. 

Miren, yo no sé si la izquierda va a gobernar bien, ni siquiera sé si va a gobernar. Lo que sí sé es que no quiero vivir en un país donde personajes tan siniestros como Adelson se sientan en un paraíso a la medida de sus cochinadas. No quiero una Valencia donde solo los falleros crean que son los amos de las calles. No quiero sufragar ridículas copas de veleros para pijos ni circuitos urbanos. No quiero que los ostentosos mamarrachos de Calatrava nos arruinen, ni que el mundo entero se ría de mí porque el territorio en que vivo es la cueva de Alí Babá y la corrupción lo envenena todo. 

Quiero otras cosas, tiempo habrá para explicarlas. De lo que no tengo ninguna duda es de que nos esperan tiempos de ataques virulentos y rabiosos por parte de ese amplísimo sector de españoles que cree que la democracia sólo es aceptable cuando los gobiernos se llenan de enchufados de las grandes empresas, numerarios del Opus Dei y mandarines con maneras populistas. Cuando las urnas dicen no, entonces, como dijo aquel día un concejal popular asturiano en una dura controversia con otro de Izquierda Unida: "la culpa de todo la tiene la puta democracia". 

Algo está cambiando seriamente en este país desde hace cinco años, cuando el esfuerzo global de los llamados "nuevos movimientos sociales" empezó a tener su eco entre los españoles. Lo que resulte de todo esto no soy capaz de preverlo, pero sí sé una cosa, nos esperan años de dura lucha contra las formas de dominación que hace muy poco tiempo parecían condenar a los ciudadanos a la más absoluta impotencia. Yo tengo muchas ganas, ¿y ustedes? 

Saturday, May 30, 2015

CALMA

Llevo días sometido a un régimen de silencio digno de una penitencia cuaresmal. Mis primeros instintos me inclinan insistentemente a reaccionar, a elevar la voz y llenar el aire de imprecaciones y desafíos, también a expresar jolgorio y a carcajearme como un vikingo borracho mientras asisto al espectáculo de la degradación humana de algunos cuyo poder creían inmortal, pues el populacho les jaleaba en los mercados y la prensa afecta les convencía de que tras ellos sólo estaba el caos. Son sin embargo ya demasiados años de filosofía como para no darme cuenta que el peligro de la sobrerreacción es que terminas pareciéndote a gente como Esperanza Aguirre, una yonqui del poder capaz de soltar todo tipo de atrocidades por no saber aceptar elegantemente la evidencia de que su tiempo ha pasado. 

Vivimos una época en la que la reflexión, que requiere espacio y sosiego, queda una y otra vez postergada sine die ante el atropello de una actualidad vertiginosa. Las cosas ocurren a tal velocidad, la información nos desborda de tal manera que si nos detenemos unos segundos a pensar nos entra el vértigo, como si nos bajáramos de un tren enloquecido al que ya no pudiéramos regresar. En estos días esa sensación se intensifica. Elecciones, cálculos, pactos, desalojos, reacciones insospechadas, nuevas detenciones por corrupción, respuesta de los mercados financieros... 

En realidad, no hablo mucho porque no sé muy bien qué decir. No es que no me susciten ideas los acontecimientos, quizá el problema es que me suscitan demasiadas, por eso creo que es mejor adoptar postura de meditación y no dejarse llevar por la histeria del correteo en todas direcciones que advierto a mi alrededor. Como hay bastante de adiestramiento estoico en mi consejo, déjenme que concluya con alguna advertencia similar a la que un Séneca o un Marco Aurelio podrían formularnos si aún estuvieran entre nosotros. 

La primera y principal: a la derecha la han derrotado los movimientos sociales. Los artífices de Podemos pueden atribuirse en exclusiva ese mérito si quieren, pero su éxito sólo es un síntoma más de algo que está pasando a niveles sociológicamente profundos y que no es -como acaso sí lo sea Podemos- flor de un día. De igual manera, los líderes recién encumbrados se miran al espejo jactándose de su enorme capacidad de seducción. Pero quienes han ganado son quienes se organizaron para protestar contra la barbarie de los desahucios, quienes formaron las mareas que han ocupado las calles en Galicia o aquellas multitudes que, en contra de toda lógica, decidieron no irse a casa y colonizar las plazas en el 15M. 

Disculpen la soberbia, pero, antes que Mónica Oltra, quienes hemos ganado somos nosotros. En mi trabajo, por ejemplo, somos muchos los miembros de la comunidad educativa que venimos peleando contra un gobierno autonómico delirante desde hace muchos años. Hace una eternidad que vengo insistiendo en que la derecha tiene un proyecto para destruir la escuela pública, y si el encargo de devastarla con el que Wert llegó al Ministerio no se ha completado es porque de alguna manera hemos convencido a la gente de que el problema era un problema de todos. 

Si insisto mucho últimamente en que no deberíamos esperar demasiado de la política es porque intuyo que el poder de transformación que actualmente poseen las instituciones es estrecho y precario, sometido a condiciones asfixiantes y encarnado por seres tan humanos -demasiado humanos- como cualquiera de nosotros. Pero la política es mucho más que unas elecciones. Es bien sencillo y conviene que nos lo grabemos a fuego en la memoria si queremos que lo que ha pasado -es decir, que hemos echado a los malos- no quede en agua de borrajas: si queremos escuelas y hospitales, calles limpias y no repletas de bárbaros, condiciones de trabajo dignas o corruptos encarcelados, tendremos que ganarnos el derecho a exigírselo a nuestros representantes. 


Y eso, no se consigue sólo por depositar una papeleta en una urna. No hemos ganado la batalla, en realidad ésta no ha hecho sino empezar. 

Friday, May 22, 2015

ELECCIONES (II)

Hasta hace poco más de una década yo era un abstencionista irredento. Asumía el ideario clásico del anarquismo -no estoy seguro de haberme desprendido completamente de él- y entendía que participar de la trama electoral me convertía en connivente con un sistema envenenado de raíz. Los procesos electorales y la partidocracia me generaban una profunda desafección entonces y me la siguen creando ahora. La irrupción de asociaciones políticas que proclaman a voz en grito su intención de transformar drásticamente el sistema representativo y de acabar con la Casta no me saca de la gelidez. 

Quizá tenga razón aquel contumaz que fui, después de todo.  

Pero déjenme contarles algo. Una noche, entre varias personas y después de alguna que otra copa. proclamé mi intención de votar contra el Partido Popular. Estaba sinceramente harto de ellos y había llegado a la conclusión de que era una cuestión de higiene acabar con el aznarismo. Ni yo mismo estaba seguro de cumplir la intención en aquel momento manifestada. 

Pero entonces surgió, con una voz tronante, víctima de un enojo incontrolado, un compañero de cenáculo que tuvo el atrevimiento de llamarme "miserable". Con mis miserias -que son más de las que me gusta reconocer en público- he aprendido a llevarme moderadamente bien. Lo que pienso de aquel tipo me lo guardo para mí. Pero su iracunda intervención me encendió una luz que permanecía apagada desde hacía décadas: a aquel tipo le ponía enfermo que alguien votara a cualquier partido que pudiera disputarle el poder a José María Aznar, que él juzgaba como "un gran estadista". 

Curiosamente, cuando unos minutos antes otro contertulio expresó su intención de no votar, amparándose en motivos del libertarismo más radical, el tipo en cuestión le miró incluso con cierta condescendencia y no se alteró lo más mínimo. 
Aquella noche me fui a casa sabiendo que unos días después votaría a la izquierda. Desde entonces no he dejado de hacerlo. 

No voto a la izquierda para que no gane la derecha, voto porque creo firmemente que lo que necesita el mundo no es un capitalismo sin controles, ni más privilegios para la Iglesia, ni más corrupción, ni más Calatravas, ni más Adelsons... Lo que necesitamos es instituciones solidarias y comunidades más justas y cohesionadas. 

Seguramente voy a equivocarme el domingo, la izquierda es especialista en decepcionarnos. Pero, amigos, llevamos dos décadas de gobierno sin trabas de la derecha en el País Valenciano y en el Ayuntamiento de Valencia. Los resultados están a la vista. Quizá me equivoque en el voto, pero me voy a sentir bastante peor si los malos siguen al mando de la nave y yo no he hecho nada contra ellos. Entonces sí me sentiré miserable. 

Friday, May 15, 2015

ELECCIONES

En unos días los ciudadanos de esta nación llamada España saldremos a los colegios electorales para ejercer lo que la etimología de la palabra "democracia" indica que es nuestra obligación, es decir, emitir instrucciones para la gobernanza. Sí, ya sé, suena a asambleario, a genuino e inquietante poder popular, pero es que si nos pronunciamos mediante una papeleta es porque entendemos que lo que el grupo de señores que en ella figuran van a hacer cuando gobiernen es lo que han prometido que harían; en eso consisten las instrucciones, en instarles a cumplir lo que anunciaron. Cualquier otra cosa es fraudulenta; si esa otra cosa se ha convertido en usual es que somos víctimas de una enfermedad muy seria.

Estamos ante unos comicios dominados por la incertidumbre. "Hay partido", se dice, vaya si lo hay: no sabemos quién va a ganar en cada gran ayuntamiento o en cada parlamento autonómico, y mucho menos sabemos quién va a gobernar, con la perspectiva de que sean pactos electorales los que decidan, una operación sometida a un laberíntico juego de estrategias en los partidos, como advertimos estos días en Andalucía. Voy a permitirme el lujo de lanzar algunas advertencias previas al match. No sirve de nada hacérselas a los políticos, de cuya sincera disposición a escuchar descreo bastante; se las lanzo a cualquier conciudadano, y, especialmente, me las lanzo a mí mismo, a ver si al menos acudo a la urna con la mente libre. 

1. Como dijo recientemente Daniel Innerarity,  deberíamos aprender a no esperar demasiado de la política. Es imprescindible que existan gestores para la cosa pública, pero exigirles que lo resuelvan todo y después decepcionarse es como cuando los seguidores de un equipo medianejo exigen ganar la Champions y luego cargan contra el entrenador que tan sólo consigue la permanencia. Los políticos son personas hechas de la misma pasta que nosotros. Quizá lo peor de cada casa se dedique a la política, pero por cada indeseable que aparece en una lista hay cien que se quedan en casa esperando que los demás tomen decisiones para después dedicarse a despotricar. Prefiero participar y dejar de quejarme de que no hay cauces o de que estos son insuficientes; lo inteligente es aprovechar los que hay y pelear para mejorarlos y para crear otros nuevos. 

2. Soy agnóstico respecto a la partidocracia. Nunca voto con entusiasmo y hace ya mucho que no me permito cargarme de ilusión antes de unas elecciones. Votaré a aquellas opciones que crea que pueden beneficiar a la mayor cantidad de gente, pero me niego a sucumbir a planteamientos simplistas. La vida en común es terriblemente complicada y gestionar la convivencia en un mundo tan imprevisible como el que nos rodea convierte la gobernanza en una laberinto. Por eso quien me vende soluciones facilonas me provoca una absoluta desconfianza. 

3. Si algo debemos haber aprendido ya es que hemos de triturar las bases sobre las que se asienta la tolerancia a la corrupción. Que nuestros vecinos voten a un corrupto es un fracaso colectivo, síntoma de que la pedagogía democrática de estos últimos cuarenta años ha fracasado; que yo mismo no sea lo suficientemente beligerante frente a la corrupción es un fracaso de mi propio mapa moral.

4. Debemos perder el miedo a los cambios, por ejemplo en relación al bipartidismo. Algunos parecen últimamente muy angustiados por el auge de los llamados partidos emergentes, acaso sea porque temen perder su trabajo o porque no les apetece en lo más mínimo tener que negociarlo absolutamente todo. Pero es que en eso consiste justamente la política, en que te digan que no y tú hayas de convencer o dejar que te convenzan. Bienvenidos señores gobernantes al mundo en el que vivimos todos los demás.  


5. El abstencionismo me parece un error, por muy santas que sean sus intenciones. Voy a poner un ejemplo. En la Comunitat Valenciana hay dos partidos -Compromís y Esquerra Unida, especialmente estos últimos- que, con fuerzas parlamentarias muy limitadas, han pasado los últimos años denunciando conductas corruptas y gestiones negligentes por parte de un gobierno que lleva dos décadas al cargo de la Generalitat, convencido de ser impune y de que la ciudadanía tolera y comparte su miseria moral. Probablemente acabemos siendo decepcionados, supongo que es el destino de la democracia, pero prefiero entregar mi confianza a hombres que parecen buenos que a un hatajo de bandidos.