Saturday, May 28, 2016



¿LIBERTAD DE ELEGIR? A VUELTAS CON LA ENSEÑANZA CONCERTADA

El pasado domingo se celebró en Valencia una multitudinaria manifestación en favor de la escuela concertada. Las razones por las que invadieron las calles tantas personas a las que es difícil ver en otro tipo de actos reivindicativos son sencillas, los  líderes de los colegios concertados les han llenado la cabeza de amenazas pueriles, pero eso no deslegitima el acto. Tienen todo el derecho a manifestarse, yo lo he hecho cientos de veces en favor de la escuela pública, lo único que pasa es que no tienen razón, no la tienen en absoluto, salen a la calle simplemente para proteger un privilegio odioso. 
  
Recientemente se anunció que el Conseller Marzà cerraba un puñado de unidades de la concertada y concedía unas cuantas más para la enseñanza pública. Con ello no ha hecho sino revertir muy levemente algunos de los innumerables recortes que el gobierno popular fue aplicando durante muchísimo tiempo, en especial durante lo peor de la crisis, sobre la red pública. El camino de la recuperación sería en cualquier caso tan largo y tortuoso, que dudo que al actual gobierno de la Generalitat disponga del tiempo y el coraje para que la pública supere el tremendo desprestigio en que ha caído gracias a los gobiernos de derechas que han dominado España en las últimas décadas.

No deja de llamar la atención que numerosos próceres del PP acudieran a la manifestación y clamaran por la libertad al ritmo de Jarcha, aquella canción de la transición que pedía "libertad sin ira", tiene guasa la cosa. Jamás les he visto manifestarse por la escuela pública, lo cual es muy normal, dado que eran ellos los que la devastaban. Es bueno que se sepa de qué lado está cada cual. 

El slogan de la manifestación "libertad de elegir", que proviene del mayor ideólogo de la revolución conservadora del último medio siglo, Milton Friedman, responde de entrada a un error gramatical por redundancia: la libertad solo puede ser para elegir, si no no es libertad. Los planteamientos de la Escuela de Chicago, cuna de los think tanks de la derecha anglosajona, es clave para la difusión internacional del pensamiento neoliberal que asociamos con la era que se inicia con Reagan y Thatcher. El Estado es un problema antes que una solución, y su inclinación, como la de los sindicatos, es ponerle frenos al libre mercado, único agente de prosperidad y bienestar general. El modelo de globalización que tenemos es ideal, pues propicia el intercambio de capitales y mercancías sin problemas, y con ello la prosperidad y la democracia. La Caída del Muro de Berlín es entonces el pistoletazo de salida para un mundo donde el capitalismo es el único orden legítimo.  

Todo esto es mentira, desde luego, pero parece que vamos a necesitar nuevos cracks financieros para percatarnos de que el mercado no es capaz de autorregularse y que, de igual manera que crea riqueza, es un colosal agente de desigualdad. En cuanto a la globalización, está siendo un proceso esencialmente financiero, es decir, se basa en facilitar el traslado de riqueza hacia las élites. Diríase que el sistema se ha vuelto loco y que se nos viene encima toda suerte de amenazas, desde el modelo asiático de explotación esclava hasta el desmantelamiento de los servicios públicos o la  catástrofe ecológica.  

Curiosamente Friedman se manifestaba contrario al corporativismo o, para que se me entienda, al "capitalismo de amiguetes", donde las grandes empresas se apoyan a las prebendas que, caprichosamente, les conceden los políticos. Debe tener algo que ver con esto que Esperanza Aguirre, nuestra gran thatcheriana, reclama que no se subvencione la holganza y defiende la cultura del esfuerzo. 

Si somos realmente liberales, entonces debemos preguntarnos más que nunca por qué la enseñanza concertada.

Se trata de un modelo creado por el PSOE, supuestamente con la intención de garantizar el derecho a la escolarización en aquellos lugares que podían carecer de establecimientos públicos que aseguraran el servicio. Nació pues como un sistema transitorio. La gran perversión de un modelo destinado a durar un tiempo es que se eternice, como está pasando. El problema es que ahora ya no puede eliminarse. El PP, como Convergència en Catalunya, lo ha concertado absolutamente todo, incluyendo centros de élite.  Incluso el PSOE ha sido extraordinariamente generoso para sufragar con mi dinero las escuelas pertenecientes a órdenes eclesiásticas, aparte de algunos laicas. 

Al financiarse con dinero de todos, uno piensa que deberían cumplir con prerrogativas idénticas a los de la pública. Esto en la práctica no es así. Los concertados segregan a su clientela; pasen por delante del instituto donde trabajo y a continuación por otro religioso y llegarán fácilmente a la misma conclusión: viven del erario público, pero, en un servicio básico como es la educación, aplican pautas de empresa privada, y lo hacen sin ninguna piedad porque, antes que religiosos, son un negocio y su objetivo es sostener el enorme poder que la Iglesia tiene en este país. Ese poder, por la cicatería de sus fieles, que no quieren pagarlo, se sostiene porque lo tenemos que pagar los demás. Es similar a lo que ocurre con la asignatura de Religión, elevada al máximo rango con la Ley Wert, o con el célebre impago del IBI en los inmuebles de propiedad eclesiástica. 

A mí no me engañan. Es la enseñanza pública la que hay que defender y la que resulta verdaderamente dañada por la sencilla razón de que es la más débil. Llega el turno de que seamos nosotros los que nos movilicemos.  

Saturday, May 14, 2016

CUARENTA Y DIEZ



El niñato conocido como Mark Zuckerberg, que gobierna el mundo a través de su monstruosa criatura, facebook, me ha sacado del armario: el pasado martes le cascó a todo el mundo que he cumplido cuarenta y diez (cuarenta y nueve, dicen que aparento). A algunos conocidos les sorprendió saberlo: mi aspecto, mi manera de vestir, mi lenguaje, mis circunstancias vitales, mi timidez, mi patológica desorientación... casi todo lo que ofrezco al exterior habla de una persona menos experta y venerable. Pero yo sé muy bien que esa imagen es falsa, por dentro tengo la edad que tan indiscretamente ha anunciado la red social, para bien o para mal estoy todo lo ajado que debe estar un tipo con medio siglo a las espaldas. Se dirá que hoy en día con esa edad eres joven, pero la verdad es que hace un siglo lo normal es que con cincuenta años yo ya estuviera muerto. Vivo pues con tiempo prestado, me conviene no olvidarlo.  

Se me debería exigir haber aprendido algo en todo este trayecto y, dado que soy padre y profesor, tener la bonhomía de transmitirlo. Algo sí... pero debo empezar por confesarles que en muchos aspectos voy para atrás como los cangrejos y advertir que lo mejor que pueden hacer es no seguir la mayoría de los caminos que yo elegí. Cuando medito sobre estas cinco décadas me viene a la memoria un tropel de cosas que no hay que hacer, de decisiones mal tomadas y de ingenuidades e inobservancias intolerables. No es todo negativo, claro, pero estoy lejísimos de sentirme ejemplo de nada. 


Bueno, pensándolo bien, quizá sí pueda contarles algo que les sirva, es insignificante, pero a me apetece compartirlo. Recientemente, en una resplandeciente tarde de domingo, me acerqué con mi hija al paseo de la Alameda de Valencia. Ella jugaba a escapar de la lluvia que llegaba desde las fuentes del Palau de la Música con cada ráfaga de viento. Estaba lleno de gente que paseaba en bicicleta, esquivaba obstáculos sobre patines, bailaba claqué o merendaba y charlaba tranquilamente sobre la hierba. 


He tenido, creo, momentos de inmensa felicidad en mi vida, como cuando lloré de emoción al encontrarme con Santa Sofía de Estambul o cuando sentí el orgullo de mis padres viendo como un grupo de señores muy acreditados elogiaban mi tesis doctoral. No conozco nadie a quien le sobren tales momentos. Pensé en ello mientras reñía -sin que me hiciera caso- a mi hija por mojarse con las fuentes dichosas. 


 
Abrí el campo de visión, miré la escena con atención y pensé con toda la indulgencia de la que soy capaz en esa gente que a mi alrededor disfrutaba de aquel dulce domingo de abril con distintas ocupaciones banales. Mi hija me sonreía con cierta malicia, como esperando que le riñera por alguna travesura... 

Creo que fue entonces cuando, al fin, lo entendí todo. Eso era exactamente la felicidad. Los filósofos llevan milenios intentando contestar a ese misterio; los chamanes, los augures, las prostitutas, a todos les pedimos cuentas sobre el contenido de la felicidad desde tiempos inmemoriales. Lo que yo supe entonces es que aquella tarde pude dejar por un momento el tiempo en suspenso, olvidar toda esa prosa de la vida en que desgastamos cotidianamente nuestro ánimo... la factura de la luz, la faena atrasada del lunes. Respiré y dejé que las sensaciones de la primavera invadieran mis sentidos. 

Desde la atalaya de esta media centuria se me ocurre que la vida es el tiempo que uno tarda en darse cuenta de que los sueños a menudo se cumplen pero no llegan como habíamos esperado, que nuestras sensaciones quizá no se parezcan demasiado al éxtasis que esperábamos cuando los urdíamos. De jóvenes tendemos a empatanar el alma en eso que Bertrand Russell llamaba la infelicidad byroniana. Nos sentíamos especiales creyendo que no se puede pactar, que la felicidad debe explosionar con la intensidad con la que lo hacía en aquellos veranos de la infancia. Es una estupidez, sólo de críos éramos salvajemente felices precisamente porque ser niño consiste en eso, en no tener conciencia de lo que estamos viviendo. Después, cuando sí la tenemos, ya no alcanzamos más que muy ocasionalmente esa sentimiento de plenitud, pues la autoconciencia y la responsabilidad del adulto asfixian la inocencia desde la que, nostálgicos, reclamaban los románticos la orgiástica eclosión del goce. Cuando descubrían que aquello era un imposible, se pegaban un tiro en la cabeza o claudicaban y se hacían padres de familia. 


No creo que se trate de una claudicación. Creo que simplemente necesitamos la sabiduría suficiente para reconocer lo afortunados que somos porque ahora mismo el viento de mayo agita las hojas de los árboles, porque mis padres viven o porque puedo ver a mi hija bailando entre los chorros de agua de la fuente del Palau.     

Saturday, May 07, 2016

QUIERO SER DE DERECHAS

Señores de derechas, no hagan caso de nada de lo que dije anteriormente cuando todavía no había caído del caballo: les admiro y pido que me admitan entre sus filas. Ustedes tienen comportamientos dignas de encomio. Llegan elecciones y votan como un sólo hombre, a toque de corneta. Se pueden pasar años rabiando contra su candidato, al que desprecian profundamente, pero luego van y le votan, en un ejercicio de misericordia que sólo cabe encontrar entre los puros de corazón. Dijeron a los encuestadores que iban a votar a Ciudadanos, pero mintieron, a la hora de la verdad dejaron en la estacada al catalán advenedizo de Rivera y volvieron al redil, pues, como ustedes dicen, al final los políticos son todos igual de corruptos. 

Su líder no es un dechado de virtudes, no hace más veces el ridículo en público porque lo esconden todo lo que pueden, es verdad, pero tiene una virtud que la izquierda se empeña torticeramente en presentar como lacra: el tancredismo. ¿No se dan cuenta de que dedicarse a fumar puros sobre un banquito del parque esperando a que los rojos se despedacen entre sí es la mejor estrategia? Me lo contó un anciano de Toledo que defendió el Alcázar contra las hordas comunistas en el 36 y acabo entrando en Madrid para certificar la victoria de los buenos: "cuando pasamos estaban disparándose entre ellos, jamás vi cosa igual". 

Voy pues a ingresar en su disciplinado ejército. Viviré más tranquilo, me libraré al fin de esa pesada carga que me hizo creer que uno tiene que esforzarse para que el mundo sea mejor. Ustedes aciertan una vez más: la condición humana es incorregible, no tiene solución, y si la tiene, es mejor esperar a que los grandes líderes del mundo, los ricos, nos den las instrucciones oportunas para nosotros limitarnos a obedecer. Así es a fin de cuentas como ha funcionado todo siempre. 

Vale, pero, antes de decidirme a dar el paso, me gustaría que me contestaran ustedes a algunas dudas que todavía me asaltan. Son el último escollo antes de decirle definitivamente adiós a Marx, a Bakunin y a una compañera del trabajo que se pasa el día atorrándome con que me afilie a Amnistía Internacional. Helas. 

-Siendo yo un imberbe ustedes se opusieron enérgicamente a la ley del divorcio. Inspirados por sus líderes eclesiásticos, lanzaron la especie de que iba a destruir la familia, esa institución sagrada que ustedes defienden siempre con aparente convicción. Después les faltó tiempo para ir a divorciarse, cosa que no critico porque sus matrimonios suelen parecer aburridísimos. 

-Después la montaron con el aborto, y en algunos casos llenaron las calles de voces indignadas imprecando a las malvadas que interrumpían sus embarazos. Después les he visto abortar a cascoporro... Están ustedes a favor de la vida, pero sólo para fastidiar a otros. Por cierto, reconozcámoslo, Ruiz-Gallardón hizo lo que ustedes le pidieron, ¿por qué entonces nadie rechistó cuando el Partido le cortó la cabeza?

-Las bodas gays, uno de mis asuntos preferidos, jolines, aquello sí era un cataclismo moral, pero luego han empezado ustedes a casarse bien guapos con personas de su sexo y encima a veces han acudido los líderes que amenazaban con cargarse la ley de zp en cuanto llegaran al poder. ¿En qué quedamos? ¿Odiamos a los maricas o no?

-Hablando de eso de la familia que les mola tanto. Si creen tanto en ella, ¿por qué nunca apoyan las reivindicaciones a favor de la conciliación familiar? ¿Por qué la clase empresarial a la que ustedes adoran considera que una trabajadora que queda embarazada es un atentado contra la sacrosanta rentabilidad y lo que se merece es el despido o una buena reducción de sueldo?

-Últimamente les cae muy bien Donald Trump, candidato republicano a suceder a Obama (el negro). A mí se me atraganta un poco. Me pasa como con Berlusconi, me recuerdan a aquel tipo de mi pueblo que se pasaba el día en el casino, encendía puros con billetes de quinientas y deambulaba por el pueblo del brazo de una fulana. ¿Dónde está la contención evangélica?

-Hablando del tema, en alguna conversación pillaron a un corrupto de nuestro partido prometiendo un "volquete putas". Lo detecto también en periódicos de la derecha, que exhiben en las páginas de propaganda a las trabajadoras del sexo sin ningún remilgo. ¿Por qué los más intensos debate sobre la lucha contra la trata de personas y la explotación sexual siempre se dan en la izquierda? Y de paso ¿por qué les parece bien a ustedes que haya putas pero luego suele importarles un bledo que dichas personas (porque resulta que son personas) vivan vidas miserables y arrastradas?

-Esta curiosidad me inquieta especialmente en los últimos meses. Si grandes próceres de la derecha, normalmente caídos en desgracia por haberse forrado a costa de todos, se dedican ahora a la meditación y buscan retiro espiritual en la espiritualidad budista, ¿por qué entonces nos hacen tragar a todos con las imposiciones de la Iglesia Católica? ¿Es que para sus penitencias no les valen los curas? (Jesús, qué cruz)

-Hablando de este señor, me refiero al nazareno. Yo tengo la sospecha de que si realmente hay Dios no es ningún idiota, y tras leer los evangelios me barrunto que si anda por ahí es entre los refugiados sirios que deambulan tristemente por una carretera de Centroeuropa en busca de asilo. ¿De verdad lo presienten ustedes entre numerarios del Opus Dei, entre los pupitres de coles para niños pijos o bajo los libros de cuentas del Banco Ambrosiano?

-Cada vez que alguien menta los represaliados de la posguerra y la necesidad de exhumar cadáveres de las cunetas, ustedes llaman a no abrir viejas heridas y aprender a olvidar. Cuando alguien habla de olvidar lo sucedido durante cuarenta años con el terrorismo vasco, entonces ustedes se oponen indignados, pues se insulta a la dignidad de las víctimas. No creo que sean tan imbéciles como para contestarme que las heridas prescriben a partir de cierta fecha, en consecuencia ¿pueden indicarme cuál es el criterio que determina cuándo el recuerdo y el castigo a los culpables es pura dignidad y cuándo es simple afán de venganza?


-Así, a discreción, ¿por qué la defensa del medio ambiente y la exigencia de medidas contra desastres como el cambio climático proviene siempre de la izquierda? ¿Por qué sucede lo mismo con las reividicaciones a favor de la igualdad de las mujeres? ¿Por qué la exigencia de asilo a los refugiados jamás viene de ustedes?

-Y para acabar, el personaje de la semana y puede que del años, como ya pasó con el chino de las bolsas que plantó cara a los tanques en Tiananmen... Tess Asplund, la mujer sueca que el otro día se enfrentó heroicamente a un grupo de neonazis que piden, obviamente, echar a los inmigrantes y mantener la pureza blanca de Europa... ¿por qué es la izquierda quien convierte en símbolo a quien no hace sino luchar por la democracia y los derechos humanos?

Tengo ya el carnet preparado, si despejan mis dudas, claro.   

Saturday, April 30, 2016

EL QUIJOTE Y YO

En 1991 TVE estrenó una serie sobre la magna novela cervantina. La protagonizaron Fernando Rey y Alfredo Landa, inútil detallar con qué papel cada uno. El guión corrió a cargo de Camilo J.Cela. Cuando le preguntaron qué aportaba esta teleserie al amplio historial de versiones fílmicas de la más poderosa novela jamás escrita, contestó que "éste es el Quijote de Cervantes, mientras que los anteriores eran los de cada uno de los directores". Con su soberbia habitual, este ilustre pelmazo declaraba ser poseedor, supongo que en exclusiva, de la esencia última de los propósitos cervantinos. 

Como carezco del magisterio de nuestro insigne Nobel, no me atrevo a pontificar sobre cuál es el Quijote verdadero. Si me lamento por el Quijote de Orson Welles, no es porque aquel director diera su propia visión de la novela -¿para qué tanto esfuerzo por dirigirla si uno no va a ofrecer su singular visión?-, sino porque el film nunca pudo ser concluido. 

De lo que sí puedo hablar es de "mi" Quijote. No diré nada sobre sus infinitas sinuosidades y sus implicaciones filológicas; soy un lector asombrado de Cervantes, pero tal no me convierte en buen lector. Sí sé algo sobre las muchas apropiaciones que se han hecho del Quijote, podría hablarle sobre lo que me explicaron en el colegio o de ese mito del "quijotismo" que supuestamente contiene las esencias de lo hispánico. 

Explica Juan Goytisolo que España es un mito construido a partir de la casta militar castellana que se apodera de la península en el siglo XV y somete a su yugo a las diversas poblaciones que vivían en la península. Derrota del último reino árabe, expulsión de los judíos, descubrimiento de América, Contrarreforma... Creo que es ésta la pista buena. Cuando la urdimbre política, económica, social y cultural sobre la que se asienta la "unidad nacional" envejecía, el mito arrastra todavía una fuerza que habrá de durar siglos, como prueba la melancolía de Unamuno en el 98 tras la derrota de Cuba o la furibunda reacción contra el progreso y las libertades surgida a duras penas por la voluntad de las mejores cabezas españolas con la Segunda República. 

Lo que hoy sabemos es que hay muchas Españas, siempre las ha habido, y que más allá de la pamplina del eterno celtibérico, no somos lo que han querido que creamos ser. No somos cristianos viejos, no somos la Semana Santa ni las corridas de toros, tampoco el hidalgo ni su hermano pequeño el clérigo, no somos Franco ni Santiago Matamoros ni el Guerrero del Antifaz ni la Princesita de Torres.  Todo es mucho más abierto, heterodoxo y mestizo. Así es con Don Quijote, así es con Cervantes. 


Veamos. El Caballero confunde la realidad con sus deseos, de ahí la importancia de la presencia de Sancho, por más que sus reiterados intentos de hacer aterrizar a su señor resulten siempre estériles. Son a no dudarlo dos elementos contrarios y, por ello, complementarios: espíritu y materia, sueño y realidad. Si Cervantes parodia magistralmente el infundio delirante de las novelas de caballerías, es porque entiende que ha llegado el momento de explicarle a los españoles que su autoestima hipertrofiada por un imperio, del cual sólo han disfrutado unos pocos oligarcas, tiene los pies de barro. España está saliendo de la historia en los momentos mismos en que Cervantes urde su relato entre las lúgubres humedades de su calabozo de Argel: la gente muere de hambre mientras resuenan a lo lejos los arcabuces de Flandes, empezamos a ser un Estado fallido, un fracaso en toda regla. Si no entendemos todo esto podremos entender la pesadumbre del 98 o las ridículas soflamas patrióticas de los falangistas y del Régimen, pero no entenderemos a Cervantes. 

Pero hay más, mucho más. Lo que más me interesó siempre de la novela es ese misterioso proceso por el cual dos personajes aparentemente de una pieza van mutando ante nuestros ojos, convirtiéndose cada uno de ellos poco a poco a la fe del otro. Sanchificación de Don Quijote y Quijotización de Sancho, dicen los estudiosos. Presentimos que el caballero andante flaquea en su determinación heroica y empieza a pedir a Sancho apoyo moral para seguir creyendo que fueron ejércitos de árabes y no rebaño de cabras la fuerza enemiga que abatió adarga en mano. Mientras, Sancho, creyendo merecer el gobierno de Barataria, saca ante el mundo al héroe del cantar de gesta que todos creemos llevar dentro. 

En un examen de BUP me preguntaron por qué antes de morir el Caballero de la Triste Figura regresaba a la identidad real de Alonso Quijano y se arrepentía de sus enloquecidas correrías. "Porque a Quijano le está permitido morir, pero a Don Quijote no, él no muere nunca".  No recuerdo si me aprobaron.

Saturday, April 23, 2016

MERLÍ Y LA FILOSOFÍA





En la "Crítica de la Razón Pura", tras lamentar la esterilidad de un saber que lleva miles de años convertido en una campo de combates, subraya Kant que, pese a todo, la metafísica es el primer saber que surgió desde que los humanos tuvieron conciencia, y que será a buen seguro el último en desaparecer. 

Recuerden aquella escena final de "En busca del fuego", cuando el prehistórico protagonista, tras acariciar el vientre embarazado de su mujer, mira hacia la luna como queriendo encontrar algún sentido a la existencia. O ese momento de "La Carretera", la estremecedora novela de Cormac Mccarthy, cuando el anciano medio moribundo que encuentran insinúa que los dioses han abandonado a los hombres, y el protagonista le dice que su hijo, que le acompaña en ese lúgubre peregrinaje por un mundo arrasado, es para él "un dios". Quizá la de la filosofía sea una pasión históricamente inútil, pero no somos humanos sino en tanto que somos capaces de volcar nuestro pensamiento hacia lo trascendente.  

¿Para qué sirve la filosofía? No es mala idea preguntarlo, y los filósofos debemos estar preparados para contestar. Otra cosa es que sólo entiendan la respuesta quienes no se conforman con pensar que la utilidad de un esfuerzo únicamente puede medirse por su rentabilidad económica. No son pocos, respiramos esa lógica deprimente y mezquina, entre otras cosas porque es mentira lo que se dice de que a la gente le interesa mucho la educación. Por eso da igual qué ministro patán le da a la filosofía el golpe de gracia con una ley educativa que destina a la madre de todas las ciencias a vivir como un saber residual, condenado a la mendicidad hasta la extinción. 

En este momento en que la filosofía parece seriamente amenazada, la televisión catalana toma la inteligente iniciativa de producir la serie "Merlí", que ya fue un éxito en el Principado y que ahora encontramos doblada al castellano y emitida los miércoles a las 22´30 en la Sexta. Su protagonista, obviamente, es un profesor de filosofía en un instituto de enseñanza secundaria. 




Y sí, merece la pena verla, deberían ustedes concederle alguna oportunidad. El nombre del personaje no es casual, su madre, una veterana actriz de teatro que ahora se conforma con ser conocida por algún spot televisivo, le llamó así porque Merlín es un gurú, el nigromante que posee las claves secretas para leer los mensajes cifrados que provienen de las profundidades habitadas por el Dragón.

Obviamente, y como se trata de un proyecto con ambición de audiencias muy amplias, el telerrelato contiene muchas de las convenciones propias del género "de situación". Transcurre en el Instituto donde Merlí trabaja transitoriamente y donde, casualmente, cursa bachiller su hijo Bruno. Hay chicos y chicas que se enamoran y se pelean, hay un jefe de estudios amargado con vocación de tiranuelo, algún homosexual escondido temeroso de que sus amigos sospechen... Son ingredientes previsibles y que uno cree poder encontrar en cualquier teleserie que pretenda ser vista por públicos de muy diversa índole. 

Y sin embargo, Merlí es una serie inteligente y no ha habido uno solo de los tres episodios emitidos por la Sexta hasta el momento que no contenga un interés considerable. 

En el primer capítulo, por ejemplo, dedicado a Aristóteles, los alumnos se disponen a copiar el significado del término "peripatético", concepto pedagógico de aquel pensador gigantesco y que consiste en enseñar caminando, lo que supone creer que las mejores ideas surgen durante la marcha y que es en ella donde nace la mejor voluntad para intercambiarlas y crecer todos con la discusión correspondiente. Pero Merlí no dicta, les invita a salir del aula y, ante la irritada perplejidad de algunos compañeros, que siguen dictando desde la cómoda caverna del aula cerrada, decide poner a sus alumnos a dar vueltas por el interior de la cocina... por supuesto conversando. 

Tras la clase, Bruno, hijo de Merlí, profundamente abochornado por el extraño sentido de la docencia que tiene su padre, le recuerda que después de una hora aún "no nos has dicho quiénes eran los peripatéticos". 

-"Vete a wikipedia", contesta Merlí. 

... Y entonces el público ya sabe lo que los profesores de Filosofía ya deberíamos saber antes de ver esta serie: no se enseña "Filosofia", se enseña a filosofar, es decir, a pensar, es decir, a vivir. 


No todos los profesores de filosofía son como Merlí, obviamente. De hecho hay muchos que son unos auténticos pelmazos. No es mi caso, seré muchas cosas, pero si hay algo que no soporto es aburrir y hacerme previsible. Seguramente porque hace más de dos décadas, cuando en una mañana de primavera entré por primera vez en un aula de un pueblo manchego, me di cuenta de que nada es más bonito que ser profesor de Filosofía. Sigo pensándolo. 

Por cierto, vengan alguna vez a mi clase, están invitados. No soy tan seductor como Merlí ni me ligo a las profesoras jóvenes como él, pero van a divertirse, se lo prometo.  

Thursday, April 14, 2016

SOBRE LA LUCIDEZ

En "Ensayo sobre la lucidez" José Saramago invierte el proceso desencadenado en "Ensayo sobre la ceguera" para completar su ciclo dedicado al abismo que abrimos cotidianamente para escapar a la verdad. En una capital que podemos asociar a Lisboa las elecciones generales se saldan con una abrumadora mayoría de votos en blanco. No hay manera de encontrar a los conspiradores antisistema que han manipulado arteramente a las masas para provocar con ese acto el colapso de la nación, así que las autoridades competentes terminan poniendo en suspenso los derechos cívicos y activando una maquinaria represiva para ahogar la subversión. 

Curiosamente, el voto en blanco es un acto perfectamente legal que a nadie molestó en lo más mínimo hasta que se extendió. ¿Por qué estalla la epidemia de los "blanqueros"? No hay razón, parece, como no la hubo para la epidemia de ceguera que se escampó por la ciudad unos años antes, una historia de la que no se suele hablar, víctima de una asombrosa amnesia. 

Tampoco -de vuelta a la no ficción- la tuvo el 15M. Los analistas pueden después jugar a que aquello era inevitable y decir que, si uno sigue con rigor la cadena de causas y efectos, fue incluso previsible. Pero la realidad es que nadie -ni los mismos protagonistas- podían esperar que las plazas de las ciudades se llenaran de Indignados, desencadenando uno de los fenómenos más misteriosos y fascinantes de la historia reciente de España. 

No sé si se ve a dónde quiero ir a parar, y no es necesariamente apuntarse al voto en blanco o el abstencionismo, aunque esta última opción resulte más justificable que nunca. Los ciudadanos llevamos encima el tostón de un interminable proceso poselectoral que se añade a la campaña previa y la interminable jornada de los comicios, con la retahíla de sesudos análisis de resultados y el baile de escaños del que, por lo visto, dependía que el sol no se apagase. No sé a ustedes, quizá sean masoquistas y yo un afectadizo, pero a mí me pusieron muy mal cuerpo los debates electorales televisivos, los a cuatro, los a nueve y muy especialmente, el a dos, ese en el cual nuestros brillantes estadistas se dedicaron a insultarse. (¿Por qué no se pegaron? Hubiera sido lo más honesto, y de paso algunos gurús del gonadismo nacional como Pérez Reverte se lo habrían pasado bomba)

Ahora, queridos amigos, se nos viene encima la misma plasta, es decir, un hatajo de personajes muy previsibles y muy poco interesantes reclamando el protagonismo absoluto en nuestras vidas durante muchas semanas. Me entra un hastío de pensarlo que sólo se van las ganas de huir al desierto por mi firme determinación de no concederles ni un segundo más. 

"No hay otro remedio, no podemos pactar en estas condiciones". Es una forma más del pensamiento único, el célebre TINA (There is not alternative) de Margaret Thatcher, cuyo objetivo, propiciar un enriquecimiento aún mayor de las élites, se acompaña del sentimiento de impotencia al que se ven abocados los ciudadanos cuando interiorizan ese discurso. La derecha no tiene dudas, la izquierda lo acepta sumisamente o, como es el caso de la insurgente Podemos, dada su actitud en el tema de los pactos, me pregunto si no está ya en el camino. 

No soy idiota, no hay pacto porque en el cálculo de beneficios que espera obtener cada partido con los distintos acuerdos posibles las cuentas no acaban de salirles. Da igual lo solemnes que sean sus discursos, todos protagonizan la misma mezquindad, la misma hipocresía: quieren vivir de la política durante el resto de su vida y, a ser posible, sin trabajar demasiado. A lo mejor es humano, el problema es que no va de eso la política, me parece a mí, vamos. 

"Arreglénselas pero pacten, es su obligación ante nosotros, los ciudadanos". Me pasa a menudo eso por la cabeza últimamente, pero a continuación siempre me pregunto con maldad si no es esto precisamente lo que quieren... que vivamos en vilo pensando en ellos, que les supliquemos que cedan y se pongan de acuerdo para salvarnos a todos. 

Me hago mayor, de manera que a veces sucumbo al escepticismo. Me pasan cosas raras por la cabeza, por ejemplo me pregunto por qué suspirar por un pacto de gobierno si al final va a ser la misma persona quien gobierne, es decir, Angela Merkel. Por cierto, ¿qué nombre le pondría a esta señora José Saramago?

Saturday, April 09, 2016

PARAÍSOS FISCALES


¿Por qué pagamos impuestos? Si usted lleva a un crío a un colegio, su pretensión es que el establecimiento contenga dependencias presentables y cuente con profesionales capacitados, de manera que el servicio que usted reclama sea dignamente atendido. Así es también con la atención hospitalaria, las carreteras, el alumbrado público, la vigilancia policial, la judicatura... Es obvio que si uno se siente en condiciones de exigir que tales servicios funcionen correctamente es porque cumple sus obligaciones fiscales. Si no lo hago, además de perder esa legitimidad, estoy delinquiendo, pues defraudar a la recaudación pública equivale a robar a mis conciudadanos. 

Será muy obvio, pero parece que, al menos en este país, resulta difícil entender que quien hurta carteras en el metro no es más ladrón que quien defrauda a la hacienda pública. Todos odiamos a los terroristas, a los narcotraficantes, a los tratantes de mujeres, pero a muchos les flaquea la indignación cuando votan a partidos que toleran e incluso fomentan la corrupción. Tal sucede con los paraísos fiscales: no se nos ocurre exigir que los programas electorales contemplen la lucha contra ellos, lo cual implica que no somos conscientes del daño que nos están haciendo y, lo que es aún peor, que no nos molestan en exceso los sinvergüenzas que de ellos se benefician.  

El modelo demoliberal en el que vivimos nos explica que debe existir la libre competencia entre los productores porque nos permite conseguir mercancías de más calidad y a mejor precio, lo cual estimula la producción, pues el empresario exitoso consigue beneficios que reinvierte en el proceso, generando puestos de trabajo y, en definitiva, la prosperidad general. No tengo grandes apuros en reconocer la potencia de este razonamiento, en el cual se basan la sociedad burguesa y por tanto la modernidad al estilo occidental tal y como la elucidaron intelectuales tan influyentes como Adam Smith o David Ricardo. 

No es una simple estrategia económica, estamos ante un contrato social de dimensiones colosales. Podemos poner en duda este modelo por muchas razones, pero en la vigente versión globalizada del capitalismo nada rompe con tanta violencia el círculo virtuoso liberal como la existencia de los paraísos fiscales. ¿No es evidente? Las élites crean sociedades que trasladan sus beneficios a islas de piratas, desde donde operan para especular y convertirlo en más dinero. El delito es doble, por una parte se esquiva al fisco nacional -lo que no impide a los ricos ser gorrones de impuestos, pues sí gozan de los servicios que los demás financiamos-, por el otro el dinero negro termina siendo blanqueado, pues en algún momento quien lo esconde habrá de sacarlo para gozar de él.  

No estamos ante un fenómeno eventual ni ante un caso de inmoralidad por parte de algunos tramposos a los que hay que perseguir. Los paraísos fiscales son parte esencial de la lógica del sistema actual y los actores fundamentales de la política no los combaten porque ni se atreven ni quieren perjudicar a las élites. 

¿Delincuencia? Desde luego, pero no estamos hablando de tipos con parche en el ojo y cara de querer envenenar a James Bond. Las grandes empresas del mundo tienen filiales en países como Panamá, donde no solo les guardan en secreto sus activos y les proporcionan grandes beneficios, sino que además con ello les ayudan a obtener condiciones más favorables en otros lugares. No es un mecanismo residual. Insisto, como explica el economista Juan Torres en su web, "los paraísos son la base de las operaciones financieras de la nueva economía globalizada". A las macroempresas no les hace falta instalarse allí, basta una línea de teléfono, son en tales espacios empresas virtuales, pero consiguen objetivos muy reales, algo que saben muy bien quienes controlan la financiación del terrorismo o trafican con activos devengados por el tráfico de armas, de drogas, de personas. 

Delincuencia, sí, pero es la lógica del sistema la que determina la existencia de las Pánamás y las Islas Caimán del mundo. En primer lugar porque son hijas de un orden en el que el capitalismo productivo ha quedado totalmente desbordado por el especulativo; en segundo lugar porque los beneficios empresariales han crecido brutalmente desde que la doctrina neoliberal de privatizaciones y recortes se impuso como una religión desde los tiempos de Thatcher y Reagan; finalmente porque la revolución internáutica permite movilizar activos a toda velocidad y con cero limitaciones. 

Lo primero que demuestran los papeles de Panamá es que el periodismo -el bueno, el audaz, el de verdad- sigue siendo tan imprescindible para la supervivencia de la democracia como en tiempos de Watergate. Pero lo más urgente es entender que el verdadero capitalismo global de nuestra época es el financiero, un capitalismo sofisticado y acelerado hasta el delirio que crea toda suerte de mecanismos complejísimos para especular y multiplicar los beneficios. Ya no se trata de obtener divisas para invertir en empresas que produzcan bienes tangibles, sino para venderlas a mejor precio en otros mercados. Como explica Torres, es irremediable que en esta lógica se presione a los Estados para eliminar los impuestos. Las élites deberían poder hacer lo que les apeteciera, es decir, ganar dinero como siempre, pero con menos frenos que nunca. ¿Cómo nos atrevemos los plebeyos a acusarlos de inmorales por guardar su dinero en islas de piratas si lo que deberíamos hacer es evitarles la tortura de pagar impuestos? Supongo que en eso consiste la eficacia absoluta de los mercados completamente desregulados de la que hablan los neoliberales. Viva Panamá.