Saturday, October 25, 2014

¿ES DIOS UN DEMÓCRATA?



Explico en clase de Ética el tema Democracia. Me refiero a cosas tan loables como la voluntad general de Rousseau o la división de poderes de Montesquieu. La mirada retrocede hasta los lejanos tiempos fundacionales, cuando, en una ciudad llamada Atenas y amenazada por bárbaros y satrapías, un grupo de insensatos con una fe brutal en sus propias capacidades acordaron decidir en asamblea los asuntos que les atañían. 

Cuando traslado -como creo que debe hacer un enseñante- esta peripecia a nuestro contexto, la España constitucional, todo empieza a sonar a hueco y a impostura, la convicción de mi voz se debilita. En el momento en que algún adolescente díscolo y con ganas de sembrar discordia me espeta que la democracia es una tomadura de pelo que sólo nos creemos los cándidos, me entran ganas de darle la razón y marcharme al patio con ellos a jugar al fútbol y hablar de porros y de chatis. 

No siempre fue así. Siendo unos recién licenciados, en una madrugada de dura vendimia, el conocido escritor Antonio Lastra y yo escuchábamos entre las cepas a un lugareño lanzar demoledores ataques contra aquella democracia que entonces asomaba tan lozana, aún no demasiado sombreada a nuestros ojos por los estragos de la corrupción, el crimen de estado, el trabajo esclavo o la prensa fanática. "Los políticos, todos unos sinvergüenzas. Todos del primero al último...", "¿Instituciones? No las quiero, si vienen aquí los árabes yo saco mi escopeta, si le hacen algo a mi mujer o mi hija los mato a todos... Yo no necesito a nadie, si todos hicieran como yo se acabarían la corrupción y la tontería".

Definimos entonces aquellas soflamas como ejemplos de anarquismo reaccionario, y no dudamos en afeársela al señor en cuestión: "sin instituciones no podríamos vivir", "que haya algunos corruptos no invalida todo el sistema", "si no protegemos la democracia entre todos volverán los dictadores...", en fin, la letanía que ya imaginan. 

Un cuarto de siglo después, lejos de haber fortalecido aquellas convicciones como correspondería al caballero maduro, ilustrado y padre de familia que soy, la seguridad con la que me pronunciaba entonces se me antoja como un ejemplo de arrobamiento juvenil. No me he vuelto un anarquista reaccionario, no me veo en condiciones de sacar la escopeta y sigo esperando que las instituciones sigan enhiestas, sobre todo porque, si ellas no nos protegen, habremos de dirigirnos al cielo como los medievales con la esperanza de que sea Dios quien lo haga, y ya se sabe que Él es algo caprichosillo a la hora de designar a sus elegidos. 

Y sin embargo me quedo sin argumentos para contestar al díscolo. Podría callarle la boca como me hizo a mí en el cole el Masca, un indeseable y sádico profesor que me pusieron los curas y que, cuando le dije que Boyer había nacionalizado Rumasa porque sus corruptelas iban a hundir el país, se limitó a contestar que me callara y que no hablara de lo que no sabía. El Masca, por lo visto, sí sabía muy bien lo honrado que era el amigo Ruiz-Mateos. Pero, claro, yo, gracias a Dios, no soy el Masca. 

No sé qué decir, ayúdenme, estoy tan abrumado como cualquiera de ustedes ante la tempestad de ejemplos de que el sistema se ha encarroñado, de manera que me cuesta decir sin hacerme minúsculo que, pese a todo, los corruptos están siendo detectados por la prensa e imputados por los jueces, que sigue habiendo servicios públicos y que próximamente votaremos y, si nos parece que hay que limpiar a fondo, otorgaremos a Podemos la virtualidad de librarnos de La Casta. 

Pero la verdad es que ya no me lo creo, no como para ir por ahí dando clases de legitimidad democrática. En la cabecera del periódico me encuentro a Rodrigo Rato, a Blesa, a los ex-consejeros de Caja Madrid, por cierto muchos de ellos vinculados a la izquierda sindical o partitocrática. Después reparo en un anuncio de un supermercado alemán. Para un contrato de prácticas que supone muchas horas diarias de trabajo y un sueldo miserable piden conocimiento oral y escrito de alemán. En una cadena hotelera, para once horas diarias y cuatrocientos euros al mes solicitan acreditar un master en no sé qué y conocimiento fluido de inglés. 


Y luego voy yo a clase y les digo que confíen en la democracia  y que, como dicen los norteamericanos, Dios está de nuestro lado. Como dijo Tony Judt antes de morir, "algo va mal".

Saturday, October 18, 2014

EN SEVILLA



EN SEVILLA

Paul Virilio tiene razón: la alta velocidad supone la desaparición del paisaje. Una hora y media entre Valencia y Madrid es como volar sobre la tierra, nada que recuerde a aquellos borregueros de mi juventud donde el viaje era una experiencia en sí misma. Entonces el color de los trigales tenía su historia que contar, las interminables paradas en villorrios adormecidos te daban idea de lo lentamente que el país rompía sus amarras con el feudalismo, las ventanas abiertas por el calor sin refrigeración y los vagones de fumadores te situaban dentro de una atmósfera que invitaba a soñar al ritmo de las viejas novelas del XIX. Todos hemos ganado, claro, ahora ya no perdemos el tiempo como antes, pero por el desagüe de la euforia y el vértigo de la modernidad se diluye la experiencia del espacio y del tiempo. Éste se convierte en una pura mercancía que administramos hasta la neurosis, aquél simplemente deja de existir... A tanta distancia como impone el tren ultrarrápido -similar a lo que ocurre con internet- simplemente el espacio deja de tener lugar, pues hemos esquivado su experiencia.

Llego de noche a Sevilla. En una calle estrecha del centro histórico me encuentro con un grupo de cofrades que trasladan unas imágenes pensando en la aún lejana Semana Santa. Experimento la primera turbación en la ciudad, me encuentro ante un paisaje envuelto en una atmósfera cultural densa. El vacío uniformizador de la globalización se retira ante un ritual atávico que al tiempo que se exhibe como espectáculo apunta a una zona de sombra que no se puede intercambiar como mercancía. Cuando viajo busco cosas así, quien tenga problemas de vocabulario le llamará turismo.

Camino por la calle San Eloy y compruebo que los chinos aún no han adquirido los bares en Andalucía. La gente no va encontrar las raíces del cante jondo a un local dirigido por las criaturas de la globalización. 

Estamos en España, de eso no puede haber ninguna duda. Un antiguo compañero, entusiasta partidario del secesionismo catalanista, nos corregía cada vez que nombrábamos a España: "España no existeix", espetaba con la severidad de quien se siente en posesión de la verdad. Que España sea el mal, eso no voy a discutirlo, todo gran Estado lo es, seguramente toda patria nos forma para destruirnos como seres humanos. Lo que no hay manera de tragarse es eso de que lo español es la impostura, por oposición a ciertas nacionalidades "naturales". Claro que también podemos no salir jamás de nuestra casita y quedarnos viendo TV3 si lo que queremos es seguir creyendo semejante majadería. 

Siempre que voy a Sevilla me viene a la cabeza La tesis de Nancy, del tan injustamente postergado Ramón J.Sénder. Nancy escribe a su prima Betsy sobre las costumbres españolas en el año 62: todo lo interpreta equivocadamente, el relato convertido en epístola termina siendo una larga sucesión de malentendidos. En su lectura descubrimos, mucho antes de que estallara el boom, que el turismo es una mentira. En contra de lo que prometen los prospectos de las agencias de viajes extranjeras, no hay manera de conocer Sevilla a través del turismo porque nadie como los andaluces es tan astuto para convertirse en lo que el turista le está pidiendo. Por eso a cualquier arroz le llaman paella o los caballos de los carros aparcados junto a la catedral menean estilosamente la crin. Andalucía miente, y aún así, amamos su manera de mentir. 


Sevilla para un continental es una ciudad mediterránea, pero para un mediterráneo es atlántica, casi tanto como Lisboa. El hito del Descubrimiento, convertido en mito, impregna el paisaje mucho más allá de las grandilocuentes majaderías de Calatrava y sus imitadores. El Guadalquivir hace presentir la travesía oceánica rumbo a las Antillas. 

El clericalismo es la tragedia de Sevilla, como lo es de otros lugares destinados por vocación natural a la heterodoxia y la alegría. Lo que Sevilla tiene de cutre, lo que tras encontrarse con ella y amarla te empuja a marcharte de nuevo es ese tufo de sacristía, de colegio de monjas, de venalidad mezquina... Esos tipos repeinados que solo pueden vestir con camisa y que no han pegado un polvo digno en su vida, esos niños ridículamente vestidos como en los años setenta... En ningún lugar es tan patente la represión como en el que es propenso a cantar a cada momento a la alegría de la vida. De no haber sido por los falsos conversos, a los que machacaba el Santo Oficio, o los gitanos de Triana, Sevilla sería un sombrío poblacho manchego más. 


Thursday, October 09, 2014

TRUE DETECTIVE



Llego a True detective siguiendo el consejo de Alejandro Lillo, de quien, hablando se series televisivas de las buenas, ya nos regaló un estupendo trabajo sobre la inolvidable A dos metros bajo tierra. La serie, producida por la HBO, consta en su primera y hasta ahora única temporada de ocho capítulos. El proyecto consiste en construir una secuencia completamente nueva cada años, iniciando cada vez un relato, trasladando el marco geográfico y cambiando a los personajes -y por tanto a los actores- principales. Teniendo en cuenta el efecto hipnótico del espacio rural del estado de Luisiana y el colosal trabajo interpretativo de Woody Harrelson y, muy especialmente, de Matthew MacConaughey, parece cándido ilusionarse con una segunda temporada como la primera, pero se me ocurre pensar que si alcanza la mitad de inspiración merecerá la pena. Estamos ante otra obra maestra que nos regala la teleficción norteamericana en los momentos más luminosos de su historia. 

Junto a muchos elogios, algunos tan encendidos como el mío, leo dos críticas; me centro en ellas porque, precisamente por ser desacertadas, me proporcionan algunas claves para invitarles a ustedes a acercarse a esta joya. 

Leo en la Cartelera Turia una crítica dirigida al papanatismo con el que los supuestamente seducidos por la HBO declaramos genial cualquier producto que escupa la mítica productora. No conozco a nadie que se trague una serie televisiva sólo por ser de la HBO, en todo caso atenderá a ella con más motivo que si se tratara de otra cadena, por la sencilla razón de que lo que produce esta empresa es a menudo bueno y en ocasiones brutal, como sucede con The wire y Los Soprano. Los críticos nunca dejarán de sorprenderme: han pasado la vida rajando de las producciones televisivas, y cuando una empresa convierte la calidad en su marca identitaria, entonces nos previenen contra cualquier ingenuo entusiasmo: "no es para tanto", qué listos. 


En un foro sobre la serie leo a un joven que, tras visionar el primer capítulo, dice no estar dispuesto a continuar con lo que considera un relato "lento". ¿Cuántas veces habré escuchado eso antes respecto a una película, una novela o una saga televisiva? Cuando dices que algo es lento, lo que en realidad estás diciendo es que no te gusta, así de sencillo. El peligroso sobreentendido es que lo bueno es lo rápido, como si las largas secuencias de los páramos pantanosos de Luisiana o los intrincados diálogos que se producen en el interior de un automóvil entre Martin y Rust fueran lo aburrido, y lo exigible fueran las persecuciones de coches, las explosiones en cadena y los tiroteos, todo ello salpicado de sangre, terremotos y tías buenas con las tetas operadas. 

True detective, como todo relato que merezca la pena, es un producto problemático y, por tanto, de difícil digestión. Su timing no es el que quiere el espectador, el que su adiestramiento como habitual de las producciones mainstream es capaz de digerir. No trato de defender ningún elitismo intelectual ni apoyar supuestos vanguardismos más o menos inaccesibles, lo que digo es que si queremos ver la tele por las noches mientras cenamos y sin que nos calienten la cabeza lo mejor es poner Telecinco o ver Bones y Castle. 


Dejemos las críticas. True detective es buena porque, para empezar, logra encastrar la peripecia narrativa en un entorno natural que parece impregnar las palabras y los hechos, determinando, sin que ellos lo sepan, las vidas de los personajes. Esto es tremendamente difícil, les sugiero que comprueben de qué manera los relatos convencionales tipo CSI dicen situarse en ciudades como Miami, Nueva York o Las Vegas sin que lleguemos nunca a respirarlas. En True detective presentimos el aire tóxico de los pantanos del sur del Mississippi porque el primer truco que no se permiten sus autores es el de la descontextualización. 

En segundo lugar, True es un relato de personajes que hablan y que miran... las palabras se dirigen a interlocutores que no siempre escuchan y apuntan a significados ocultos que no deben hacerse explícitos porque debemos ser nosotros quienes los descifremos. En cuanto a las miradas, fíjense tan solo en el inquietante opening, enmarcado de forma tan seductora por un tema de The Handsome Family, Far from any road: la evolución del rictus de Martin (W. Harrelson), desde la arrogancia inicial hasta esa mezcla de dolor y horror por la que ha discurrido su vida, tan distinta a lo que sin duda esperó. 


Claro que, si bien el contrapunto un tanto primitivo de Martin es imprescindible, el secreto de esta serie es Rust. Quizá algunos hayan caído en las redes de True detective por la inquietante mezcla de brujería y tenebrismo en la que van internándose los inspectores desde la potente escena inicial, esa joven asesinada ritualmente, pero lo que a mí me ha retenido es el personaje que interpreta Matthew McConaughey, un actor al que he decidido empezar a tomarme muy en serio, pues el trabajo que realiza con Rust no está al alcance de un cualquiera. En el trayecto de doce años que ocupa el suceso asistimos al proceso de degradación de un personaje rodeado de sombras y capaz de fascinar como muy pocos han conseguido en la historia de la televisión, y estoy pensando, sí, en Tony Soprano, Jimy MacNulty, Gregory House o Don Draper. 

Es de la HBO y es fantástica, qué le vamos a hacer. Y es lenta, lo cual supone que la vamos a saborear mucho mejor y que nos dejará poso.   

Friday, October 03, 2014

POBRES

 Lo malo de los pobres es que no tienen glamour. O así lo ven quienes no son pobres, porque para aquellos -pobres- lo malo es consumirse en la cola del paro o no saber qué les van a dar de cenar a los suyos esta noche. 

Dicen los estetas que el glamour es algo que se tiene, que no se consigue a golpe de talonario. Y sí, hay ricos que son los Michael Jordan del mal gusto, como hay pobres con clase, pero lo usual es que el menesteroso -el que ha recibido una educación de pena, el que destruye su salud en trabajos indeseables o ve triturada su autoestima por tener que pelotear a un jefe imbécil- tenga pocas opciones en el terreno del glamour. No hay más que dejarse caer un rato por las barriadas por donde arrastran sus grises vidas, lo feas que son sus casas y sus cónyuges... se diría que les gusta revolcarse en la mugre. Los pobres son un coñazo, no hay manera de librarse de ellos y hacen que la escena de la vida se ponga en blanco y negro, como aquellos reportajes del No-Do donde cogían trenes para ir a la vendimia en Francia o emigraban a Alemania... Seguro que olían a los ajos y los chorizos con que llenaban sus maletas, qué desagradables debían ser aquellos borregueros donde te los encontrabas si cometías el error de comprar un billete de segunda.

Cáritas, organización eclesiástica y, por tanto, poco aficionada a soltarle estopa al actual gobierno estatal y autonómico, informa en estos días que en la Comunitat Valenciana hay cerca de un veinticinco por cien de personas por debajo del umbral de la pobreza. Esto significa que ahora mismo uno de cada cuatro de nosotros vive en condiciones miserables, con muy pocas posibilidades de cambiar de situación, con hijos prácticamente condenados a permanecer instalados en la penosa situación de sus mayores, acaso destinados a la delincuencia, la drogadicción y la violencia. 

Presumimos la culpabilidad del capitalismo, la codicia de los especuladores, la crueldad de los empleadores, los gobiernos de derechas... como si los demás estuviéramos libres de responsabilidades, como si el espectáculo indecente de las colas ante los bancos de alimentos fueran exclusivamente cosa de Rajoy y sus amigos. 

Y no pongo en duda que la ideología que defienden y practican causa directamente estos males sociales. A fin de cuentas siempre hubo ricos y pobres, suelen decir. El credo neoliberal -especialmente el norteamericano, inspirado en la ética protestante- sugiere que la riqueza es un mérito del que la consigue, en la misma medida en que el necesitado es culpable de su derrota. De eso se trata, de una darwiniana lucha por la existencia en la que unos y otros, ganadores y perdedores se llevan su merecido. Este credo se sostiene en el principio de la igualdad de oportunidades, una de las mayores falacias del pensamiento burgués. No hay posibilidad de competir cuando las cartas de la baraja en la que juegas están marcadas. 

La culpa es pues de esa cosa tan metafísica que llamamos el Sistema, lo cual nos permite irnos a dormir con la conciencia poco perturbada. Lo que yo me pregunto es si esa gran lógica que ha aprovechado la Gran Recesión para hacer ricos más ricos y multiplicar el número de pobres nos es completamente ajena. Mientras media España se frotaba las manos pensando en el pastón que iba a sacar por vender su terrenito o le ponía al cochambroso piso de su abuela un precio delirante, apenas nadie le recordaba al gobierno de turno que la bonanza era el momento idóneo para apuntalar los servicios públicos, asegurar la protección, modernizar la fiscalidad, trabar los movimientos especulativos o desactivar las redes de la corrupción. 

Se ha deteriorado la vida de la mayoría de españoles porque cuando podíamos no supimos valorar lo que teníamos, eso a lo que llaman el Estado del Bienestar: queríamos hacernos ricos, y ahora, cuando resulta que somos pobres, nos lamentamos por los corruptos de la política y los bancos, olvidándonos que ellos se atrevieron a hacer lo que muchos españoles urdían, es decir, forrarse ilícitamente. 

Quizá, después de todo, la crisis sirva para que aprendamos de una vez a defender todo aquello que ha hecho dignas y habitables nuestras sociedades. Para empezar, podríamos hacernos una pregunta: ¿soy un ciudadano o un consumidor? Si aceptamos -y lo aceptamos sin problemas durante la bonanza- que somos consumidores, entonces no nos podemos quejar que se nos eche a un lado como a la basura cuando seamos pobres, es decir, cuando nos convirtamos en "malos consumidores". Formaremos parte entonces de esa tropa sin glamour que va por ahí arrastrando su miseria para joder las estadísticas con las que Rajoy intenta convencernos de que hemos vuelto al Reino de la Opulencia. Pobre hombre. 

Friday, September 26, 2014

JOAQUÍN REYES, ALGUNAS RAZONES PARA HACER REÍR A LA GENTE




Cada época tiene su humor, de igual manera que tiene sus angustias, sus pecados, su fondo musical o hasta su droga. Hace una década tocaba reírse casi en exclusiva con El Terrat, grupo dirigido por un animal televisivo como Andreu Buenafuente y en el cual se advierten los ecos del largo aprendizaje de los grupos cómicos catalanes. Últimamente nos ha pegado por reírnos con Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla y demás habituales de un grupo que se hizo "de culto" con La hora chanante, predecesora en alguna cadena minoritaria de la ya masiva Muchachada nui. 

"Demasiado surrealista para mi gusto", me dijo alguien. No entiendo que inclinarse al surrealismo sea malo, al contrario, el humor trabaja a menudo por los intersticios del consciente, deambula por las zonas de luz pero procede de las sombras, juega con las creencias que damos por firmes para recordarnos que volveremos a equivocarnos como siempre y que, si alguna vez acertamos, resulta que tampoco la cosa tenía la trascendencia que tan imprudentemente le otorgábamos. ¿Surrealismo? Sí, puede ser. 

Cualquier sketch televisivo -y les recomendaría los protagonizados por el formidable Raúl Cimas- puede empezar como un diálogo convencional y tedioso y entrar de golpe en una lógica delirante donde se revelan las más extremas debilidades humanas. 


Friquismo... sí, son friquis, si por tal cosa entendemos la incapacidad para enfrentarse con distancias de seguridad al bombardeo mediático que convierte a las celebrities -desde las más glamurosas hasta las más casposas- en los dioses de la época. Reyes y su gente inciden sobre esa subcultura idiota que nos intoxica desde internet y la televisión para conseguir que nos riamos de nosotros mismos. Ser friqui supone poder hacer chistes malos sobre cualquier cosa y añadir metraje perfectamente prescindible a los sketchs, pero también permite alejarse de cualquier forma de corrección política, pues el surrealista vive confortablemente su proximidad con la locura. 


Humor albaceteño... En realidad todos los españoles venimos un poco de los yermos desolados de la meseta, todos somos hijos de Don Quijote y nos pegan degradantes revolcones en las ventas del camino cuando anunciamos que estamos a punto de sacar la espada para defender a una dama. Hace medio siglo la gente se reía con los chistes archisabidos de Gila porque algo en el inconsciente se identificaba con esos paletos recién salidos de las cavernas que se asomaban con ojos perplejos a la modernidad de los tours de vacaciones por Europa, los electrodomésticos que hacían cualquier cosa o la libertad sexual de la que hablaban los emigrantes cuando regresaban en verano.  Algo de ese paleto que llevamos dentro se remueve en los intestinos cuando, agotados por la noche o hastiados por el paro, miramos embobados las últimas mamarrachadas de  Bjork o Lady Gaga, o nos reímos de unos pobres desgraciados que se citan para celebrar juntos su culto a Juego de tronos.   

Friday, September 19, 2014

LO QUE GALÁCTICA OLVIDÓ




"¡Todos somos unos hijos de puta!", gritaba una antigua amiga -Galáctica la llamábamos- tras un par de cervezas en una reunión en el bar de la Facultad, hace ya muchísimos años, como es imaginable. Ella no era mala gente, dicho sea de paso, acaso un pelín estrambótica, pero ya entonces intuí que la frase, que repetía una y otra vez hasta hartar a todos los presentes, contenía una intención tramposa. Si todos somos algo, entonces es que nadie puede ser otra cosa, de lo cual se deduce que todos somos iguales. Si todos somos malos es inútil tratar de diferenciar a los buenos, pues no existen, y podemos exculpar a quienes nos parece que tienen un comportamiento inmoral. La moral misma no es entonces más que una hipocresía: cuando digo de alguien que es un mal tipo, lo que en realidad juzgo es su atrevimiento para hacer lo que yo no me atrevo, aunque me gustaría. Soy pues un envidioso, aunque no estoy seguro de que se me pueda juzgar negativamente por ello, pues habíamos quedado en que la moral no existe. 

De entrada este argumentario parece cuanto menos algo chusco. Me recuerda mucho a Mourinho, el célebre ex-entrenador del Real Madrid, un tipo convencido de que cualquier trampa o infamia que conduzca al éxito debe ser utilizada, y que acusa de hipócritas a aquellos entrenadores que, pese a buscar la victoria como él, creen que no todo vale para conseguirla. 

Todos los días uno se ve obligado a tratar con indeseables, lo cual no significa que, como creen mezquinamente algunos, el mundo esté lleno de ellos. Gestionar el tema es cualquier cosa menos fácil. Quienes tratamos de evitar vivir permanentemente en el autoengaño sabemos que a todos hay que darnos de comer aparte, pero también sabemos que Dios ha repartido sus dones sin excesiva ecuanimidad.  De ello deriva que hay personas admirables por su integridad y su coraje, personas que, como es mi caso y el de la mayoría, intentan como buenamente pueden no ganarse a cada momento el infierno, y, en tercer lugar, personas a las que podemos comparar tranquilamente con trozos de carne. Todos somos unos hijos de puta, vale, pero lo que Galáctica no dijo es que unos lo son más que otros. Y lo jodido es que hay que vivir en el mismo mundo que ellos.


Friday, September 12, 2014

LIMÓNOV


De Eduard Limónov sabemos algunas cosas por wikipedia. Se nos informa que es un destacado activista político en su país, donde lidera junto al destacado ex-campeón del mundo, Gary Kaspárov, el movimiento Otra Rusia, considerado como opositor al régimen de Vladimir Putin. Cada día 31 se reúne en el centro de Moscú con los demás miembros del grupo para reclamar el derecho de reunión que recoge la constitución rusa. Esto le supuso en el pasado cercano ser sistemáticamente detenido y encarcelado por actividades ilícitas, algo que, ante el escándalo internacional, ha dejado de suceder en los dos últimos años. 

Limónov, cuyo verdadero nombre es Eduard Veniamínovich, nació hace 71 años en Dzerzhinsk, aunque se crió en la ciudad ucraniana de Járkov. Un breve vistazo a la biografía que se nos ofrece invita a pensar en un personaje legendario, un escritor cuya fama e influencia sobre los jóvenes escritores rusos debe más a la apabullante riqueza de su experiencia vital que a su talento literario. Limónov empezó a acercarse a la delincuencia durante los melancólicos años del estalinismo, en medio de una sociedad gris y atemorizada donde la ambición personal era considerada un peligro público y consiguientemente castigado. 

Condenado a la vida previsible y prosaica o la delincuencia y el alcoholismo, Limónov marchó a Moscú, donde vivió en medio de terribles dificultades hasta conseguir el favor de una pintora conocida en los escasos espacios underground de la época. Logró marchar a Nueva York, desde donde supuso que jamás regresaría a su patria, dada la expectativa de "dos siglos de comunismo" que se preveía para el imperio soviético. Sus dificultades para sobrevivir en la capital del mundo dan para una novela picaresca de nuestro tiempo. Eduard, en los peores momentos, llegó a acostarse con un negro medio vagabundo de la ciudad sólo para tener un techo donde dormir y remediar una espantosa soledad. "Todo hombre debería haber experimentado alguna vez en su vida que le dieran por culo", dijo en alguna ocasión. De aquello queda un libro que le hizo célebre en Rusia y que le convirtió en una especie de enfant terrible al estilo de Houllebecq, Bukowski o incluso Jean Genet: El poeta ruso prefiere los negros grandes. Sobra preguntarse si el texto fue tolerado en una URSS todavía regida por el puño de hierro del Partido Comunista y previa al aperturismo de Mikhail Gorbachov. Eduard vivió sus mejores días neoyorkinos gracias a su noviazgo con la criada de un magnate norteamericano que, atraído por la misteriosa personalidad del ruso, le convirtió en su mayordomo.  




De Nueva York pasó a vivir en París, donde contactó con la divina bohemia francesa. Ganó fama y recogió habladurías gracias a sus escritos en la revista L´idiot international, desde donde se ganó la definición de "rojo-pardo", es decir una especie de comunista ortodoxo y prosoviético con un enigmático trasfondo fácilmente identificable con el fascismo. 

Limónov regresa a Rusia en el 91, y su participación en el convulso devenir de la nación -desde la descomposición del Partido y del propio imperio hasta la actualidad, dirigida por Putin y todo lo que rodea a este personaje tan trascendente para la geopolítica del momento- le convierte en uno de las figuras más célebres y polémicas del momento. Dirigió la revista Limonka y fundó el Partido Nacional Bolchevique, que terminó por ser prohibido. Su actividad en el país le costó pasar dos años en la cárcel, donde dice haber alcanzado la lucidez que las filosofías orientales, en las que fue instruido por un anciano en las estepas asiáticas, llaman el nirvana. Antes de eso protagonizó un episodio sumamente oscuro y que le granjeó el rechazo de la intelligentsia europea, en especial la francesa: fue filmado en amistosa actitud con Radovan Karadzic en la guerra serbio-bosnia, y se le ve disparando sobre Sarajevo. Él reconoce haber disparado aunque no está seguro de haber acertado a ningún habitante de la ciudad. 

Tras abandonar la prisión, Eduard Limónov declaró su intención de seguir activamente en política. Sus escritos de prisión han aumentado su fama, un poco a la usanza de aquel Alexandr Solzhenitzyn al que Limónov considera un "llorica", como al Nobel Sajarov, como al pichafría de Gorbachov, como a tantos otros. Curiosamente, coincide con su odiado Putin en lo esencial: la descomposición de la Unión es la mayor catástrofe de la historia contemporánea. 

Hasta aquí no he dicho nada que no sepa cualquiera que tenga diez minutos para perderlos con internet. Esta sucinta biografía sólo es el esqueleto de una novela prodigiosa firmada por Emmanuel Carrère, hijo de una prestigiosa estudiosa de la Rusia moderna, única historiadora que predijo antes que nadie el final del periodo comunista y la implosión de la URSS. La misma wikipedia presenta este trabajo como una más de las biografías de Eduard Limónov. No es cierto, no estamos exactamente ante una biografía, o, en todo caso, asistimos a una reinvención de tal género. 

¿Por qué fascina tanto Limónov a Carrère? Dijo Cioran no ser capaz de amar nada sin a la vez odiarlo. El autor reconoce que su vida ha sido prosaica, la de uno de tantos intelectuales de familia bien que ha pasado el tiempo hablando de cosas que no ha experimentado. Limónov es todo lo contrario, resulta odioso en muchas ocasiones, pero la suya, si es la de un villano, es en cualquier caso la vida de un personaje novelesco, un mito contemporáneo en toda la extensión de la palabra. Resuenan en las páginas de este relato -la mejor novela que he leído en el siglo XXI- los ecos de las páginas más delirantes de Nietzsche. Quizá Eduard Limónov esté más allá del bien y del mal, o quizá "más acá",  presa de ese primitivismo que se antoja tan estepario y primitivo para quienes preferimos no cruzar las líneas rojas que la comunidad nos marca. 

Es casi un milagro que este hombre esté vivo; en este sentido tiene algo de monumento viviente. Debemos aprovecharlo en complicidad con Emmanuel Carrére. Pero hay algo más. Alguien dice que los historiadores deben leer novelas -y los filósofos, y los científicos, diría yo-; pues bien, no encuentro mejor manera de entender lo que ha pasado en la Rusia del último medio siglo que leer esta novela. Entender a Rusia, si es que es posible hacer luz en ese laberinto, pero entender también el devenir de las comunidades posmodernas, donde intuimos que un personaje como Eduard Limónov deambula con una inquietante comodidad.