Thursday, December 11, 2014




FIVE DAYS TO DANCE

Estoy enamorado. Lo habrán notado por el repentino fulgor que asoma en mis mejillas. Lo estoy desde que, certeramente aconsejado, vi Five days to dance. "El buen cine es el que te hace pensar", nos decían de críos para que no nos limitásemos a pelis de pistoleros que tiroteaban a los indios o de chinos que repartían hostias como panes. Pues bien, pasé la sesión con el cerebro hirviendo, no dejaba de preguntarme cómo aplicar a mi profesión y a mi vida lo que el film me mostraba. Pensé, incluso, en si razón por la que no termino de sentirme completamente feliz en mi trabajo pueda ser mi falta de audacia. 

Verán. Five days... es un documental, lo que cuenta no es una ficción, ocurre de verdad. Este aviso en materia de documentales suele asociarse a exhibición de injusticias y tragedias, pero no, este documental no va de guerras olvidadas, niños-soldado, mujeres maltratadas o prostitución infantil. Pretende remover conciencias -con la mía les aseguro que lo consiguió- pero su arma no es la crudeza ni el retrato descarnado del dolor y la violencia. 

Una pareja de coreógrafos, él holandes y ella vasca, ofrecen a los centros de enseñanza secundaria de Europa un proyecto que se llama como la película. Quien acepta se compromete a detener completamente el proceder rutinario de clases y exámenes, quedando todo el personal a las órdenes de los responsables del taller. Reunido el alumnado en el gimnasio, recibirá las clases de danza correspondientes a cinco días lectivos. Tras la última sesión actuará en el salón de actos para los padres. Lo que el film ofrece es el relato de los cinco días que pasan en un colegio de Donostia. 

¿Bailar? Quizá no sea exactamente eso. Muchos padres llevan a sus hijos -preferentemente hijas- a clases de ballet, puede que en algunos casos soñando con tener en casa una Isadora Duncan. Aquí se trata más bien de enseñar a los alumnos a expresarse a través de su cuerpo, a sentirse partícipes de una aventura que requiere abandonar la timidez que les empuja a ocultar sus  emociones, a esconder cada uno de ellos al ser humano que realmente son. Y es una aventura colectiva, de manera que incluso los más aislacionistas y los menos dados a la solidaridad deben aprender a formar parte de un esfuerzo colectivo, como en esa imagen inolvidable en que hasta diez alumnos unen sus cuerpos para simular el deambular de un ciempiés.

La nuestra es una civilización cartesiana, es decir, mentalista. En eso consiste la maldición platónica a la que Nietzsche achacaba el infortunio que al tiempo que convirtió a los europeos en prósperos y eficaces les hizo olvidarse de la felicidad. En otras palabras, hemos aprendido a dirigirnos conceptualmente a la realidad, pero al precio de olvidarnos de que tenemos un cuerpo, de manera que el universo de las emociones y los sentidos queda relegado. 

La antropología demuestra que entre las tribus "salvajes" el trajín cotidiano está vinculado al canto y a la danza. Yo lo he aprendido conviviendo con niños. El acto mismo de dormir, orinar o comer se acompaña de canciones que, para el crío, hacen posible el acto y le dan un valor simbólico. Cuando los niños danzan creemos que lo hacen para divertirnos, como si fueran monitos, pero la expresión corporal es en ellos la vida misma. Aún no han alcanzado, por suerte, la madurez, en la cual la dimensión pensante se pone definitivamente a distancia de la liturgia del canto y la danza, cuya magia desaparece al arrinconarse en el ocio y tolerarse sólo en los profesionales o en los locos. 

Cinco días para bailar, cinco días donde la vida fluye en un colegio como quizá jamás lo hizo. Me pregunto si no es una compulsión neurótica la que nos hace a los profesores vivir obsesionados con el temario y los exámenes. Cinco días lejos de la excusa de la rutina. Al reticente siempre le quedará el consuelo de que los coreógrafos se van tras cinco días de caos. Eso sí, las vidas de muchos de los chicos habrán cambiado para siempre.    


Saturday, December 06, 2014



VIGILA LOS DEMONIOS DE TU ESTÓMAGO

El viernes cinco de diciembre concluyó el ciclo de cine que, bajo la dirección de Javier Bosch Azcona y con el agua como tema de fondo, se ha llevado a cabo durante las últimas semanas en el valenciano edificio de Los Baños del Almirante. El último film emitido, El Balneario de Battle Creek (1994), cuenta con la inolvidable interpretación del personaje de John Harvey Kellog por parte de Anthony Hopkins. 

Estamos ante una historia real, por más que se nos ofrezca en la forma de una comedia delirante, casi una farsa. Conocido por su histórica invención de los cereales para el desayuno -hoy curiosamente mal considerados entre los nutricionistas- Kellogg creó un balneario en Michigan que presentaba al mundo como un recinto sagrado en estado de cruzada permanente contra los gérmenes, las infecciones y los vicios alimentarios. Vicios carnales, habría que decir, pues Kellogg defendía un furibundo vegetarianismo y condenaba la actividad sexual, un desperdicio de fluidos que acercaba al hombre a la tumba, más veloz si ese hombre muestra inclinaciones hacia la masturbación, el Mal de Onán y el síntoma más evidente de la degeneración moral y fisiológica del ser humano. 

Conviene no olvidar que los sucesos que relata la película nos remiten a 1914, unos años después de la tragedia del Titanic y con la Gran Guerra a las puertas. El higienismo de Kellogg, acaso muy imbuido del acrítico cientificismo de los intelectuales decimonónicos, desborda los límites de la compulsión neurótica. La legión de seguidores que acudían regularmente a su establecimiento reproducían sumisamente las delirantes consignas del líder, cuyo estilo autoritario se acerca, acaso en forma de parodia, a los caudillos totalitarios que un par de décadas más tarde completarían la tarea de devastar Europa que las naciones comenzaron en el 14. Una apostilla maliciosa: como Kellogg, Hitler era un celoso vegetariano. 

Es sin duda un relato divertido, hilarante por momentos, pero no estamos ante un film cándido. Yo diría que contiene una potente carga corrosiva cuyas implicaciones pueden muy bien extenderse hasta nuestros días, cuando tan lejos queremos sentirnos del fanatismo por la limpieza de sangre y la contención sexual tan propio de aquel tiempo aún tan victoriano. 

Nuestras sociedades tardoindustriales viven una situación contradictoria: se habla más que nunca de la salud, se le otorga un tratamiento digno de una religión, pero al tiempo se desmantelan los servicios públicos de salud, se suprimen las ayudas a la dependencia y se saturan las urgencias. Se nos exige vigilar nuestra salud, convirtiéndonos en inquisidores de cualquier síntoma que apunte al envejecimiento de nuestras células o al contagio de cualquiera de los virus que nos acechan por todas partes. Como no damos abasto, los mercaderes se encargan de cuidar de nosotros por un módico precio. El resultado es una espiral medicalizadora de la que no sabemos cómo salir. Si no soportamos a nuestros compañeros de trabajo, en vez de hacerles frente nos vamos a la farmacia para adquirir un ansiolítico. "Vigila los demonios de tu estómago", reza una de las consignas con las que se empapelan las paredes del Balneario de Battle Creek. Quizá deberíamos pensar primero en vigilar los demonios de nuestro cerebro.

¿Conocen ustedes algún muerto por la epidemia de las Vacas Locas? Sin embargo aquello -como la gripe aviar, como ahora el ébola, que por cierto sí es devastador en África, cosa que no parece preocuparnos en exceso- tomó un protagonismo deslumbrante en el centro de nuestras preocupaciones. De un lado estamos expuestos a peligros que, como el terrorismo, llegan de lugares remotos y son incontrolables; del otro somos culpables de no haber invertido más tiempo y dinero en evitar que alimentos confeccionados por el Maligno embocen nuestras arterias. También se nos recrimina por tolerar que la vejez vaya haciendo impunentemente estragos a lo largo de nuestra fisionomía, por no estar en forma como para correr la media maratón y "definir" mejor nuestros músculos con horas de gimnasio, por no ser guapos... Cada instante en que nos permitimos el lujo de relajar la vigilancia nos acercamos más aceleradamente hacia la muerte, y lo que es mucho peor, nos alejamos del éxito social. 

Recientemente la simpar página de noticias del servidor Yahoo informaba de que "los científicos" -me pregunto siempre a quienes exactamente designa esta etiqueta- estaban a punto de inventar una pastilla que nos permitiría hacer desaparecer de nuestra memoria los malos recuerdos. Ciertamente hay algunos episodios de mi vida que me gustaría olvidar, pero jamás se me hubiera ocurrido pedirle al médico una pastillita para olvidar el rotundo no que me dio Patricia L. la mañana en que le pedí de salir, dejándome allí con la flor como un gilipollas. Yo les sugeriría que, ya puestos a hacer el ganso, inventarán una pastilla para volvernos definitivamente gilipollas a todos. 


Saturday, November 29, 2014



JUAN GOYTISOLO, SOSPECHAR DE NOSOTROS MISMOS.

Hará cerca de dos décadas que visité Marruecos junto a mi amigo Javier Bosch Azcona. Deambulaba por la mítica plaza Xemaà-el-Fná, junto a la medina de Marrakesh. Al divisar la terraza del Café de France sentí la tentación de acercarme furtivamente. Si estaba Goytisolo acaso rompería el muro de la timidez y le diría lo importante que había sido para mí desde tiempos infantiles, cuando mi padre llenaba con sus novelas -conseguidas a veces en ilícitas trastiendas- los estantes del salón. Le habría explicado que algunos de esos libros habrían terminado ayudándome a construir mi visión del mundo, o lo cerca que me sentía de quien había tenido el coraje de ser consecuente con su desengaño, abandonando España y convirtiendo el exilio en algo más que un acto de protesta o un estado provisional: la extranjería como seña de identidad. 

No lo hice, pero aquella ridícula pretensión digna de un club de fans era síntoma -ahora lo sé- de que, en realidad, nunca me he sentido demasiado habilitado para hablar de la obra de Juan Goytisolo; lo que de verdad me gustaría es hablar con Juan Goytisolo... durante horas, durante días. Le elegiría a él para saber quién soy mucho antes que a cualquiera de las celebridades cool a las que tantas páginas multicolor dedica El País Semanal. 

Jordi Gràcia se sorprendía estos días de que hicieran falta siete votaciones para resolver este Premio Cervantes. Dada la trascendencia del autor, lo raro es que hayamos tenido que arrimarnos al 2015 -casi medio siglo después de la publicación de Señas de identidad- para que se reconozca con una distinción de las grandes a un escritor sin el que yo no encuentro manera de entender la evolución de las letras españolas contemporáneas. "Cuando me quitan una distinción estoy seguro de que tengo razón, cuando me dan un premio empiezo a sospechar de mí", ha dicho el galardonado. Ama en cualquier caso demasiado a Cervantes como para quedarse varado en la autosospecha, sin olvidarnos de la retribución del premio, que -según ha anunciado el propio Goytisolo- permitirá asegurar el futuro académico de los críos de su familia adoptiva marroquí. No obstante es razonable el interrogante: ¿será que al fin el stablishment ha digerido a Goytisolo?

La respuesta es no: sería como digerir a Luis Buñuel o a Leopoldo María Panero. Goytisolo es hijo de una tradición que a la fuerza hemos de asociar a lo que Ernest Lluch llamó un día "las Españas vencidas."

Cuando Américo Castro polemizaba con la historiografía hegemónica, lo que pretendía no era sólo desenmascarar una línea de interpretación mítica, se trataba de reivindicar una visión de lo español bajo la luz de la heterodoxia y el mestizaje. Y es justamente aquel delirio de la limpieza de sangre lo que los puros de linaje hacían valer para martirizar a los "cristianos nuevos", he ahí el motor de tanta persecución e intolerancia como atraviesa la historia de esta nación tan contradictoria, tan ciclotímica, tan torturada por los demonios que ella misma se inventó. Goytisolo, desde su reivindicación del elemento árabe y judío, mucho más presente en la literatura que acaso en la hemoglobina, carga con una tradición en la que, junto a Castro, reconoce a Blanco White, a Cadalso y a todos los que fueron excluidos de la versión oficial de la que el nacionalcatolicismo franquista es la concreción más brutal, paranoica y, por desgracia, triunfal. 

¿Hemos dejado atrás la mentalidad del viejo inquisidor con la modernización democrática? Goytisolo cree que no. Lo que hoy llamamos España es producto de una amnesia cuyos efectos ya son irreparables. Por eso continúa con el exilio voluntario, por eso afirma que esta nación, que en la bonanza se confortaba dentro de la burbuja de la autocomplacencia, es ahora mismo un siervo insignificante en el entramado geopolítico del siglo XXI.

Me gustaría sentirme como él. Es tan sugestiva la idea del que huye y encuentra acogida en tierra de musulmanes. Mucho me temo que me he quedado atrás, en aquello que los glosadores de la "Reconquista" llamaban la Tierra de Nadie, pero ésta es otra historia. Ojalá el Cervantes sirva para que regresemos a los textos del intelectual que se atrevió a espetarnos a la cara que, como es tan común entre españoles, no somos lo que decimos ser. 


Friday, November 21, 2014

EL DÍA DEL NIÑO Y OTRAS COSILLAS QUE SE ME OCURREN

1. Una cría juega y corre alocadamente en un parque. Cae de repente ante mí golpeándose en la cara. Llora estrepitosamente porque de verdad se ha hecho daño. Un detalle minúsculo desata en mí una corriente de afecto y protección hacia la pequeña desconocida: lleva la boca llena de una galleta maría deshecha. Pienso en la lucha y el amor que hay tras la proustiana galleta de la merienda. No podemos permitirnos el desaliento, no tenemos derecho a abandonar la partida ahora. La desatención y el sufrimiento de los niños no será tolerable jamás. 

2. En este país uno de cuatro niños vive por debajo del umbral de la pobreza. Creo tener que ver algo con ello, por eso me avergüenza el dato. A Rajoy, no, y seguro que a Rodrigo Rato o José María Aznar aún menos. No son siquiera capaces de imaginar lo que es la pobreza porque ni la han tenido cerca ni se han sentido jamás amenazados por ella. Sus esposas -bueno, la de Rato no- hacen obras de caridad, eso a lo que el zote de Bush llamaba "capitalismo compasivo". Duermen tranquilos diciéndose que cumplieron con su deber, que fueron inflexibles con sus enemigos y que, en definitiva, estuvieron a la altura que la nación les exigió. Qué prosa tan vulgar, qué exigua épica quedará tras sus cadáveres. 

3.  Es falso que ya no quede espacio ni tema para los grandes relatos. La epopeya de la gran novelística del XIX revive hoy, pero los Goriot, Raskolnikov, Twist, Sawyer, Pym o Fortunata y Jacinta de ahora toman la efigie de una mujer del Chad en un cayuco con su bebé, huyendo del hambre, la guerra y la peste. Nada le diferencia de los viejos héroes que se abrían paso a dentelladas para sobrevivir. Esto lo desconocen los oligarcas, pero son aquéllas las sagas que cantarán los rapsodas del futuro. No enardecerán a las masas hablando de Florentino Pérez, Juan Roig o Amancio Ortega más que para recordar que, como aquel Kane de Wells, la fortuna suele envilecer a los humanos. 

4. Hago noche en el hospital como acompañante. Observo con detenimiento el trasiego nocturno de los pasillos, los relevos por la atención de los enfermos, la concienzuda aplicación de los tratamientos, las bromas privadas entre los enfermeros...Extraigo una conclusión: quienes quieren privatizar los hospitales, es decir, regalar a algún amiguete el poder de precarizar aún más la vida de unos profesionales magníficos en nombre de la "eficiencia", son en realidad los únicos culpables de ese supuesto fracaso en el que se legitiman para destruir la sanidad pública. Son ellos, no los trabajadores, los que hacen mal su trabajo, entre otras cosas porque, además de corruptos e incompetentes, son unos zánganos. Es de ellos, y no de la sanidad pública, de quienes hemos de deshacernos. Ténganlo en cuenta cuando acudan al hospital, y acuérdense cuando voten. 

5. La misma candidez con la que los cerriles votarían a Florentino Pérez  si se presentara a elecciones generales es la que exhiben quienes se ponen por sistema bordes con enfermeros y médicos en los hospitales públicos. Sorprendentemente, es algo que no hacen cuando acuden a un centro privado. Hay algo en este país -y por eso estamos a la cola de las naciones desarrolladas- que nos inclina a defenestrar lo que es de todos. Por contra, a las riquezas de los oligarcas se les presta una misteriosa pleitesía. Debe ser porque, secretamente, se les admira, por más que, pensándolo bien, nada me parece de peor gusto que querer parecerse a Florentino Pérez, qué horror. 

Friday, November 14, 2014

PATRIAS Y MADRASTRAS




Si cedo a mis primeros instintos -los que provienen de aquella escuela en la que gritábamos ¡España! ¡España! al enterarnos de que un gol de Rubén Cano a Yugoslavia nos metía en el Mundial- puedo sucumbir a la tentación de explicarle a los catalanes que se equivocan. 

"Sigan con nosotros, les queremos", "¿para qué quedarse sólos si podemos seguir juntos en amistad y armonía?" Podría asímismo hacerles ver que la casa común es aquélla que no te hace sentir extraño cuando lees un tramo del Quijote; que Blas de Otero llamó a España camisa blanca de su esperanza al tiempo que con mucha sensatez la reconocía como madrastra; que ninguna fantasía independentista será capaz de superar el coraje de quienes instituyeron la Segunda República en tiempos mucho más duros que estos; que la patria con cuyo nombre afilaron sus cuchillos los viejos oligarcas para fustigar más a gusto a los disidentes es la misma de quienes, desde los comuneros o los agermanats hasta los afrancesados o los anarquistas, alcanzan a los Indignados, el Juez Garzón o los críos que  soportan una carga policial por defender el derecho a la educación. 

A lo largo de mi vida he oído infinidad de lacrimógenas soflamas proclamando el amor eterno a España. Antes era "una, grande y libre", después fue un civilizado estado democrático integrado en la normalidad europea, y ahora es nada menos que una "marca". Muchos se sienten ofendidos cuando alguien se mea en la rojigualda o se apuntan al ejército cuando -con viento de levante- nuestra gloriosa Armada invade una islucha poblada por un pastor y cuatro cabras. Anoche mismo escuché al diputado de UPyD Toni Cantó decir que se vinculó al partido de Rosa Díez por estar harto de gente que se avergüenza de decir que es española. 

Yo no me avergüenzo, soy lo que soy. Debo sin embargo apostillarle al señor Cantó que la España que le enorgullece no invita últimamente a incrementar la autoestima de sus súbditos. Y tampoco parece oportuno refugiarse en la supuesta identidad local. En nada se diferencian los ardores por la nación celtibérica a los que se dibujan en esas caras llorosas de los falleros en la Cremà, cuando empieza a sonar el himno regional que ofrenda nuevas glorias a España. Si ahora mismo la "Marca España" identifica un territorio entregado a la rapiña de sus políticos y sus banqueros, la Comunitat Valenciana nombra a una isla Tortuga gobernada por filibusteros.




Soy valenciano y sospecho que también español, por más que me ría un poquito cuando leo en las casernas aquello de "todo por la patria", consigna que por cierto no se tragan de verdad ni los fachas más recalcitrantes. Quienes tienen dificultades semánticas me llamarán por esto "nacionalista español", pero se me quedará cara de tonto, pues últimamente me asiste la tentación de huir esta calamidad y declararme apátrida en algún consulado exótico. 

No le diré pues nada a los secesionistas de Catalunya: sepárense si creen que les va a ir mejor sin nosotros, puede que después de todo tengan razón. Pero no se engañen, si lo hacen por amor a otra patria estarán cambiando una carroña por otra. Váyanse, no sean tontos, pero dejen de cantar Els Segadors y besar a la cuatribarrada: son mentiras tan ridículas como las de la España carpetovetónica de la que están tan hartos. 


Saturday, November 08, 2014


ALGUNAS COSAS DE LA DERECHA QUE VAN A TENER QUE EXPLICARME CUANDO ENCUENTREN UN RATO.

Me tengo por persona sensata, seguramente porque cada vez que me sorprendo en medio de algún empeño delirante y pongo en duda mi lucidez, de inmediato me sale al paso algún allegado o vecino para convencerme con su conducta de que yo, después de todo, no estoy tan mal. Ese yo morigerado pretendió durante años la existencia de una derecha razonable, moderna y dialogante, vamos, eso a lo que Aznar se refería cuando hablaba del PP como un partido "centrado". 

Ya hace años que llegué a la conclusión de que el esfuerzo es esteril, de que nuestra derecha se parece más que nada a Torrente, de manera que no podemos permitirnos el lujo de esperar que se vuelva civilizada, pues el sector de la ciudadanía al que representa el PP no quiere políticos moderados ni afectos al debate y el intercambio de ideas. Es más, pese a lo que manifiestan en público esos votantes, ni siquiera desean que sean personas íntegras, pues una y otra vez insisten en acudir a toque de corneta a votarles, y lo seguirán haciendo el día que el PP convierta España en un patio de Monipodio, de lo cual por cierto va camino . 

Se explica así por qué en asuntos tan serios como el de la oleada secesionista catalana la actitud del Gobierno esté pareciéndose a la que los pirómanos adoptan con los bosques en los días más calurosos. "Al enemigo ni agua", consigna que gobierna su comportamiento, equivale a llenar a ese enemigo  de razones y fortalecerle ante sus partidarios... Una actitud irresponsable pero que tiene un motivo nada cándido: les da votos en el conjunto de España, y no parece que los votos vayan a sobrarles. 

Les confesaré algo sin disimular mi rubor y alegando aquello de "lo siento, no volverá a suceder": estoy entre quienes en algún momento creyeron que Ruiz Gallardón encarnaba ese modelo liberal y progresista de conservadurismo razonable que yo consideraba tan necesario para la modernización política del país. ¿Qué pasa? ¿Ustedes no meten la pata hasta el fondo nunca? Y el problema no es Ruiz Gallardón, el problema es que ese conservadurismo no existe en España, y de poco valdrá que algún otro farsante trate de ocupar ese lugar que Gallardón abandonó cuando descubrimos que su buen talante ocultaba a un rabioso falangista. La única opción es evitar que esa derecha continúe en el poder, y sobre todo, en cuanto caiga, que no retorne. 

De momento me conformaré con formular unas cuantas dudas y duermevelas a un hipotético conservador razonable, por si alguno encuentra un ratito para planteárselas. Helas. 

1. Vengo oyendo a los neoliberales hablar del Estado como el Mal desde hace un huevo de años. La letanía es sobrado conocida: las instituciones públicas fiscalizan el intercambio mercantil y con eso no hacen sino burocratizar el sistema y volverlo lento, ineficiente y esclerótico. "No intervengan, señores estadistas, el mercado nos va a salvar a todos." El día que los agentes financieros, por su propia irresponsabilidad, nos llevan a todos al desastre, entonces corren histéricos llorando para pedirte a las administraciones públicas, es decir, a nosotros los ciudadanos, que les rescatemos. Me lo expliquen.

2. La gente de derechas que conozco habla con emoción reverencial del mercado y de la sociedad civil, pero es sorprendente la cantidad de personas así que deben su fortuna a la generosidad que para con ellas han tenido las arcas públicas. Unos han obtenido licencias para negocios porque se llevan muy bien con los políticos, otros han aprovechado sus despachos públicos y sus contactos para lucrarse en lo privado, otros recogen subvenciones con una mano mientras con la otra evaden los impuestos a algún paraíso fiscal... Y luego, claro, están los que simplemente nos roban a todos de forma directa, metiendo la zarpita en el saco para, como vulgares delincuentes, forrarse ilícitamente. Para no gustarles lo público parecen sentirse muy cómodos en sus territorios. 

3. La derecha española, tan católica ella, comulga con los más exaltados de entre el alto clero que amenazan con enviarnos a todos el infierno por aceptar la legalidad del aborto. Creen en la familia, dicen, pero nunca les veo posicionarse en favor de las mujeres cuando exigen la conciliación familiar. O lo que es lo mismo, les parece estupendo que cuando una mujer cae demuestra su falta de profesionalidad y opta por quedarse embarazada, el jefe la ponga de patitas en la cola del paro. No hay nada más lindo que la familia unida.  

4. La alianza oligarquía-Iglesia es indestructible en la historia de España, no me sorprende: juntos les fue siempre muy bien. Que los señores de la sotana no quieran pagar el IBI como santamente hacemos todos se explica porque los seres humanos somos egoístas por naturaleza, pero tiene su gracia que quienes atacan el intervencionismo estatal defiendan con tanto fervor que entre todos tenemos que sufragar la actividad espiritual... La católica, claro, no sea que se quieran colar los musulmanes o los Testigos de Jehovà. Mola mucho también que tengamos que pagarle el cole a quienes llevan a sus vástagos a las escuelas concertadas, las cuales pueden elegir a sus alumnos y competir así deslealmente con las escuelas públicas. Vivan la libre competencia y la igualdad de oportunidades.



5. Los reaccionarios españoles llevan décadas fustigando a los medios informativos de titularidad pública, tanto como el PP y la derecha nacionalista de Catalunya o Euzkadi llevan haciendo un uso partidario, manipulador y profundamente antidemocrático de las tan denostadas televisiones autonómicas. El caso del Gobierno de Rajoy con RTVE constituye un escándalo mayúsculo: ellos criticaban el uso partidario de la tele pública en los tiempos del "felipismo", cuando el PSOE decide acabar por ley con esa manipulación, a ellos les falta tiempo en cuanto regresan al poder para cargarse esa ley y volver a tener al Ente cautivo. Este asunto del control partidario de los medios tiene su miga. El ínclito Jiménez Losantos, tan liberal él, ha propugnado repetidamente la desaparición de los medios de comunicación públicos, pero no tuvo rubor en aceptar  la pasta de todos que Acebes -presuntamente- le otorgó bajo manga para salvar su Libertad digital.


6. Para acabar de momento, y en un "a modo de urgencia". Cuando Cospedal dice que su partido ha hecho todo lo que había que hacer contra la corrupción y que "nosotros no podemos meter a nadie en la cárcel", se me ocurre pensar si los jerarcas populares, los de Valencia y los de Madrid, no habrían debido ya mostrar una posción rotunda respecto al indulto de Carlos Fabra. Siguiendo la senda de sus propias palabras, deberían animar a los jueces que trabajan esta causa a mandar al condenado a prisión cuanto antes... Esa prisión a la que deben ir a parar los corruptos y los tramposos, por más que setenta mil personas hayan firmado la petición de indulto, algunas de las cuales van por los bares gritando contra la corrupción de los políticos. Viva la coherencia.  

Saturday, November 01, 2014

LA BALADA DEL BAR TORINO, DE RAFAEL LAHUERTA






Asisto a la presentación de La balada del Bar Torino, ensayo de Rafa Lahuerta publicado por La Drassana y cuyo tema de referencia es el Valencia Club de Fútbol. He leído gran parte del libro, su escritura emerge a mis ojos enérgica e incluso virtuosa, pero sobre todo me parece emocionante, en momentos conmovedor. Ello podría ser consecuencia de lo que Rafa y yo compartimos: una relación sentimental extraña y acaso patólogica con una institución que, a fin de cuentas, sólo es un equipo de fútbol.

Hace tiempo que dejé de ver partidos de fútbol con la fruición de mis años mozos. En la era de la globalización el juego que practican la mayoría de grandes clubs se me antoja despersonalizado y sin alma, como si esas legiones extranjeras que infestan los equipos -y hacen ricos a toda la ralea de comisionistas que viven de la candidez de los supporters- deambularan por las grandes ligas europeas para hacer siempre lo mismo, profesionales globalizados que consiguen que, como sucede con los fast food, todo sepa más o menos al mismo engrudo. Un fútbol sin alma... Pero acaso soy yo el que, como le sucedió a mi padre al cumplir los cincuenta, ya no le encuentro la libido de otros tiempos, cuando creíamos que un gol de Mario Kempes podría alejarnos de la prosa cotidiana.


Desencanto... o quizá no tanto. Debo reconocer que el jueves, durante las alocuciones que glosaron el libro, estuvo a punto de caerme alguna lagrimita. En La Edad de Oro, el estupendo local de copas donde se celebró el acto, se dieron cita algunos de los personajes que han marcado mi vida desde la más remota infancia. Incluyo a Pepe Vaello, un nonagenario que presume de haber asistido a la final de copa en Montjuic del treinta y tres y que ayer interrumpió para preguntar "che ¿açí quan se sopa?". Vaello, al que recuerdo de hace tanto y tanto tiempo, es la metáfora del seguidor fiel e irreductible, esa víctima de un pathos del que ningún fármaco habrá de salvarle nunca. Y el tóxico no es el fútbol, es el Valencia, no son la misma cosa, aunque al ajeno se lo parezcan. 

Compartimos el veneno, no voy a mentirles. El fútbol es seguramente mucho menos grande que lo que pretenden sus glosistas habituales, esos que se pasan horas analizando el peinado de Ramos o la última baladronada de Mourinho. Pero hay algo en ese sentimiento heredado de nuestros mayores, un océano de recuerdos que, como todo lo que vale la pena en este mundo, tiene que ver con la épica, con la aventura, con la experiencia iniciática de participar en una corriente de pasión colectiva. Viví aquello por primera vez a los cinco años, cuando mi padre me llevó a Mestalla con el pase que el club otorgó a mi abuelo por haber sido una gloria del club. Ya he hablado de Arturo Montes en otras ocasiones, no insistiré. Pero cuando pienso en aquel momento en que nos encontrábamos con el iaio tras un partido en aquel aparcamiento improvisado de la Avenida de Suecia y él nos regresaba a casa en su su seiscientos, entiendo por qué se habla tanto en esta ciudad de los momentos mágicos de Mestalla.

Para mí Mestalla fue siempre el teatro de los sueños. Los caballos montados por la policía, los vendedores de regaliz, el olor de los puros, aquella descarga de euforia que estallaba con un gol, los driblings de Keita, aquel negre que electrizaba a la grada... Los viejos estadios de Europa son territorios hechizados, cuando entras en Mestalla -o en Amphil Road o en San Siro, da igual- y hueles la presencia de los espíritus de quienes crearon su leyenda, la prosa del dinero a comisión y la prensa encanallada se echan a un lado. La vida ha sido capaz en muy poquitas cosas de ofrecerme una experiencia tan pura, tan intensa, tan completa, será que no doy para más.

Quizá he dejado de creérmelo. Ver al Valencia vendido a un multimillonario asiático y sometido a la tiranía de una secta que confunde la pasión con el fascismo - es lógico que los intelectuales continúen despreciando el fútbol- nos es precisamente el futuro que deseábamos aquellos valencianistas que siempre hemos creído que la crítica y la discrepancia son sanas de por sí. Pero sé lo que ocurrirá. Acudiré a Mestalla, me contagiaré y volverá esa tensión tan inexplicable que nos hace temblar por un centro que Paco Alcacer no llega a cabecer por milímetros.  O quizá no, acaso un día cercano -probablemente cuando Mestalla sea demolido- decida que se acabó, que ya está bien de creer en espejismos. La prosa inundará la totalidad de mi vida, del teatro de los sueños ya sólo me quedará -como si nunca hubiera ocurrido, como si lo hubiera forjado mi imaginación infantil- aquel estrépito creciente que se extendió por el graderío mientras Kempes atravesaba el largo de la cancha, hasta el delirio final, con aquel zurdazo bestial que batió a Superpaco... Y aquel anciano que saltó de la grada, a dos metros de nosotros, para abrazar a aquel héroe homérico. La foto de la portada de La balada del Bar Torino recoge ese momento que ya sé que no desaparecerá, como lágrimas en la lluvia, cuando muramos todos los que tuvimos la suerte de presenciarlo.