Friday, December 28, 2012





CONRAD, RIDLEY SCOTT
 Y EL BONAPARTISMO

Treinta y cinco años han pasado desde que Ridley Scott estrenó Los duelistas. Azares de todo tipo explican que yo no la haya visto hasta ahora. Ayer lo hice, lamentaría que fuera tan a destiempo de no ser porque no haberla visto antes me permitió gozar de ella en toda su plenitud. Como dice Carlos Boyero: "cómo envidio a quien aún no ha visto Los Soprano, me cambiaría por él sin dudarlo". O, en una versión más bizarra del tema, como dijo Buñuel, "me cambiaría ahora mismo por cualquiera que tuviera los pulmones y el estómago limpios, pues los usaría para volver a fumar y a beber, únicas cosas que de verdad echo de menos en mi vejez.".

Basada en The duel,  novela breve de una de mis debilidades, Joseph Conrad, quien a su vez basó su relato en un affaire de la vida real, el film cuenta la historia de dos soldados napoleónicos, Feraud y D´Hubert, que se enfrentan reiteradamente en duelos de honor durante décadas, acumulando al fin una treintena de justas en las que, por un cruce insistentemente milagroso de contingencias, los dos sobreviven una y otra vez.  A medida que va avanzando el relato, se agranda en el lector la sensación ,compartida con D´Hubert, de que la terquedad de Feraud en resolver el problema en el campo del honor es completamente injustificada y absurda. La ofensa que da origen al litigio no es tal, el odio que Feraud siente hacia su contrincante, y que le hace trasladar su batalla de manera implacable a lugares y tiempos completamente alejados entre sí, no encuentra más lógica que la de la paranoia de un lunático. Finalmente, cuando muchos años después del primer duelo, D´Hubert se encuentra con la posibilidad de cobrarse la vida de Feraud en el enésimo enfrentamiento, decide hacer uso de la cláusula de honor que le permite disponer plenamente del rival cuya vida es perdonada, obligándole a renunciar para siempre a su causa y, por tanto, a dejarle definitivamente en paz.

La última escena del film me parece esclarecedora: Feraud, con el sombrero de tres picos napoleónicamente cruzado sobre la cabeza, vaga entre colinas contemplando melancólico el fluir de un gran río. La vida no parece ya tener contenido para él. Como el Emperador al que, al contrario que D´Hubert, había sido fiel hasta el final -incluyendo su regreso de la isla de Santa Helena-, Feraud queda condenado a vagar sin rumbo, rumiando su nostalgia por los tiempos en que los hombres como él podían ejercer sin pedir excusas el único oficio que estiman y conocen: la guerra.

Los duelistas es claramente un relato contra el bonapartismo. Feraud es un trasunto de Napoleón, el cual queda así retratado como un fanático obsesionado por la conquista y la gloria personal, un iluminado que no duda en enviar a la muerte a la nación entera y a media Europa por unas ambiciones desmedidas cuyo ritmo de tambor consiguió hipnotizar a tantos hijos de la Revolución Francesa. Cuando estos se dieron cuenta al fin de la clase de loco hijo de perra que era aquel caballero bajito, ya estaban con los pies congelados en el hielo de las estepas rusas y con la patria colapsada y en ruinas.



¿Tiene alguna vigencia esta crítica? La tiene toda, en mi opinión, porque acaso los epígonos directos del corso murieron todos en la misma melancolía megalómana de su héroe -a cuyos últimos ecos de sirena no fue ajeno Nietzsche, todo sea dicho-, pero, a vista de pájaro, las sombras que extiende el bonapartismo se alargan muchísimo. A esa luz, o a esa sombra, se dibuja con más claridad el perfil de la política italiana de las últimas décadas, marcada por la arrolladora influencia de uno de los personajes más dañinos que ha dado Europa, Silvio Berlusconi. Su poder para lesionar las instituciones representativas sólo se entiende a tenor de su indiscutible carisma personal, que le ha permitido condicionar la política nacional durante décadas en un país donde, debido al descrédito de la profesión política, propiciado por la endémica corrupción y por el laberinto electoral, la tentación del populismo intoxica los aires que la gente respira. Dueño de los medios de masas y colosalmente rico, Berlusconi es la evidencia más concluyente de que el capitalismo posmoderno estrangula la democracia, convirtiéndola en un mero simulacro, apenas un espectáculo de Commedia Dell´Arte en el que los ciudadanos intuyen que ya no son gobernados sino por las grandes corporaciones, mientras los profesionales de la política les compensan divirtiéndoles con sus peleas ridículas retransmitidas -como el Scudetto- por la televisión y los periódicos.

La beligerancia con la que Berlusconi se dirige a las instituciones garantes del orden democrático, empezando por la Justicia, no es producto del simple interés personal, aunque todos sabemos que Il Cavagliere intenta acomodar las leyes a su objetivo de delinquir impunemente; hay toda una trama ideológica tras ese juego supuestamente basado en el carisma: la misión de Berlusconi es poner en suspenso la democracia -eso que Europa dice haber legado al mundo- para evitar cualquier mínimo bloqueo al beneficio de las grandes corporaciones, esas que ahora ordenan asfixiar las clases medias de los países del sur del continente para seguir protegiendo los intereses financieros.


Podríamos hablar del trío de las Azores, de la isla Perejil, de la Thatcher y las Malvinas, de Bush y la industria de las armas y la seguridad, de la explotación comercial del miedo al terrorismo, de Yeltsin y de Putin, de Sarkozy... Hay que ver Los duelistas, aunque creo que al relato le falta algo para tener una absoluta actualidad. Comparto la impresión de que el mundo se divide entre los Feraud y los D´Hubert, es decir, entre quienes sólo saben vivir en la guerra permanente, y quienes creen que es posible la convivencia y que tenemos que luchar por ella. Como D´Hubert, debemos hacer frente valerosamente a los opresores y a los violentos, pero no por salvar un honor en el que ya solo creen los fanáticos, sino por hacer posible una comunidad de paz, prosperidad y convivencia. El problema es que no podemos pensar en un actual Feraud sólo como un enloquecido que lo sacrifica todo por la defensa de un sentimiento atávico e ininteligible para una sociedad construida en torno a la revolución industrial y los valores burgueses. A diferencia de Feraud, al que debemos pese a todo respetar por su honestidad, lo que persiguen los bonapartistas actuales no es el honor, es el capital. Además, al contrario que Napoleón, los bonapartistas actuales ya no acuden al campo de batalla, en todo caso envían a los demás mientras ellos dan ruedas de prensa en las que no aceptan preguntas. Demasiado cobardes para que los consideremos émulos del Emperador.

Saturday, December 22, 2012






EL POCALISIS



"Viene el pocalisis", solía decir mi abuela. Se refería al nombre bíblico que designa el fin de todo, de todos nosotros, el gran pifostio que habría de ponernos ante Dios para ser juzgados, una situación en la que, con tanta gente con prisa, Dios debe andar algo estresado, lo que aumenta las posibilidades de que la tome con uno y termines viéndote en el infierno.

Las teles deberían convertir esto del fin del mundo en un clásico, algo así como el prolegómeno pesimista de algo tan obviamente esperanzador como es la Natividad del Señor. De igual manera que en los telediarios de fin de año aparecen los saltadores de esquí, el concierto de Viena o el bar ese de Noruega que está todo hecho de hielo, podrían también sacar cada año los telediarios a los llamados "Preparacionistas", unos tipos que hay en Norteamérica y que gastan su energía y fortuna en edificar refugios subterráneos a la espera del gran pedo final. Cuando venga la llamarada solar que nos queme, o la madrugada nuclear, o los alienígenas -que a mí ya hace mucho que se me figuran como los lagartos de la serie V- ellos se meterán en su bunker con latas de alubias -que es lo que siempre hay en la despensa de los refugios- y los demás seremos fulminados en un visto y no visto. Los Preparacionistas están como putas cabras, claro, aunque eso no parece gran mérito en un país donde hay tantos lunáticos por kilómetro cuadrado. Ya me imagino a los amish, los gilipuertas del Séptimo Día o los cabalistas del Armagedon celebrando el error de los partidarios de las profecías mayas y asegurando que el Fin del Mundo no era ayer, sino mañana, o el mes que viene, pues es lo que seguramente predijo Nostradamus, el libro secreto de los templarios o algún yogui hindú que se había fumado unos porretes.

Aprendí leyendo Asterix que lo único que teme un guerrero galo es que el cielo caiga sobre su cabeza. Tal temor parece infundado, pues el cielo no es un ente material ni concreto, de manera que no puede desplomarse como la marquesina de un viejo cine y rompernos el cráneo. Claro que hay otros elementos por los que sí resulta recomendable elevar de vez en cuando la mirada, no sea que también les dé por abatirse sobre nosotros, en cuyo caso la sensación de cataclismo puede ser muy similar a la de las profecías apocalípticas. Los mismos mayas, por ejemplo, de haber imaginado como iban a acabar ellos mismos -infectados de viruela y asesinados o esclavizados por los invasores-, habrían pensado que su predicción era certera, sólo que habrían tenido que adelantarla algunas centurias, pues los dioses optaron por exterminarlos bastante antes de lo que se pensaban, los muy infelices. Se me ocurre pensar si, en vez de pasarse el día mirando embobados a la Osa Mayor y ofreciendo sacrificios humanos para aplacar la ira de Kukulkán, les hubiera dado por gestionar razonablemente los asuntos terrenales, acaso nos les habría terminado yendo tan mal, qué se le va a hacer, al menos con la gilipollez de la profecía han dado a ganar pasta a mansalva a algún productor de Hollywood y materia para intercambiar chorradas en internet, que tampoco es mala cosa.

  No pienso demasiado en el fin del mundo, como diría Woody Allen: "no voy a preocuparme de eso cuando ni siquiera encuentro un fontanero en domingo.". No me lo tomo a broma, no se crean, es más, sospecho que la humanidad está dando pasos muy precisos hacia su propia extinción. Lo que pasa es no se trata de una catástrofe como gusta en el cine de masas, súbita y bestial, como aquel meteorito que acabo en un rato con los dinosaurios. Ya saben de sobra ustedes como va esto, pues lo han visto repetidas veces en los multicines del centro comercial al que van los sábados: un monstruo surgido del océano, una salva de asteroides, un gorila gigante, una nave extraterrestre o un grupo terrorista se lanzan sobre Nueva York, los taxis empiezan a colisionar en la Quinta Avenida, un ejecutivo trajeado se atraganta con un sandwich de pollo cuando levanta la vista, un vagabundo negro empieza a blasfemar porque su perro, que presiente el desastre, se pone a ladrar como un descosido... Me temo que el final no se va a parecer nada a esto.

Hace algún tiempo, meditando en común sobre la crisis, cuando ya se hizo muy evidente que la cosa iba en serio y que lo de los "brotes verdes" no llegaba ni a la categoría de chiste, un amigo lanzó una de esas sentencias que a uno le impactan: "Yo lo que creo es que han decidido exterminarnos". Vamos, como aquel eslogan de los sindicatos en la huelga general -"Quieren acabar con todo"-, pero entendiendo que el "todo" nos incluye también a nosotros. El tipo no se explicó demasiado bien, pero la cosa tiene sentido. ¿Se acuerdan de aquella intervención de Juan Roig, dueño de la próspera empresa Mercadona? Vino a elogiar el temperamento extremadamente disciplinado y laborioso de los chinos, incitándonos a todos a tomar ejemplo. Es posible que aquel día Roig andara algo molesto porque la cuenta de beneficios de la semana no hubiera sido tan colosal como la de la anterior. Sus empleados deberían hacer turnos aún más largos, cobrar menos, no ir a mear... Podría también quitarles definitivamente los domingos -en las otras grandes superficies ya lo están haciendo-, sustituir a los delegados de tienda más respetuosos por otros que vejen y presionen más a los empleados; todo ello con la noble intención de mejorar la productividad. Podría Roig, finalmente, reclamar al señor Rajoy que decrete la restauración de la esclavitud, una práctica clave para entender el enorme incremento de la competitividad comercial de China, país en el cual pasar del comunismo al capitalismo ha supuesto abandonar un modelo de oligarquía sin cambiar para nada a los oligarcas ni cambiar tampoco la miserable vida de los siervos.

Es posible que Roig sea un gran empresario y un gran creador de prosperidad, aunque a mí me parece que el mayor mérito es el de sus trabajadores, a los que observo diariamente y que no merecen que su jefe les menosprecie instándoles a tomar ejemplo de los chinos. Me pregunto si Roig, que sin duda ha odiado desde la cuna el comunismo, sabe que en la República Popular las cosas han cambiado mucho menos de lo que parece, y me pregunto también si para que él tenga más yates y se compre casas más suntuosas tienen sus empleados que aguantar que les digan que no son suficientemente productivos. Yo, por ejemplo, también puedo pensar que es ridículo dedicarse a gimotear sobre un campo de fútbol porque ha descendido el equipo que él y su hermano se han comprado, o que deberían pedirnos perdón él y todos los demás grandes empresarios de este país por haber confiado durante años para dirigir su "sindicato" en un tipo tan siniestro como Díaz Ferrán.

Es posible que el fin del mundo llegue por un meteorito o que a Kukulkán se le hinchen los cojones y nos envíe una radiación solar, pero hasta que eso ocurra, deberíamos intentar convivir lo más sanamente posible sin dedicarnos los unos a los otros a hacernos la vida imposible.

De lo contrario se nos puede hacer muy largo hasta que llegue el pocalisis.




Saturday, December 15, 2012





TINTÍN EN EL CONGO


En estos días hemos sabido que un tribunal belga ha desestimado la demanda de un hombre de origen africano contra el segundo de los álbumes de Georges Remi (Hergè) protagonizados por el joven periodista Tintín. El demandante, debido a los contenidos racistas de la obra, exigía la retirada del tebeo o, en su defecto, la inclusión en la cabecera de la edición de una advertencia para los lectores respecto a sus peculiaridades ideológicas, que ofrecen una visión propagandista del colonialismo completamente irrisoria medio siglo después de haberse descolonizado el continente africano. 

No perderé el tiempo ni el crédito descalificando a Bienvenu Mbutu Mondombo -y mira que sería fácil con ese segundo apellido-, ni siquiera le acusaré de oportunista por haber efectuado su denuncia cuando se estrenaba con honores mundiales el film de Steven Spielberg sobre Tintín. Podemos suponer que el caballero cree sinceramente que si el texto se prohíbe o, al menos, si se garantiza que ningún niño lo lea sin el asesoramiento previo de un adulto -me pregunto de qué manera se puede garantizar jurídicamente esto último- estaremos ayudando a que el planeta sea un lugar algo más justo y menos propenso a la discriminación, la exclusión y la violencia; pero podemos igualmente suponer que lo que pretendía era obtener notoriedad y quién sabe si algo de pasta por parte del propio Spielberg o de la empresa belga que usufructúa los derechos de las obras de Hergè para que retirara la denuncia y se esfumara. Da lo mismo, todo este asunto me parece igualmente una mamarrachada. 


¿Racismo y colonialismo en la visión que del Congo ofrece el cómic? Desde luego. ¿Paternalismo respecto a unos congoleños pueriles e ignorantes que parecen necesitar en todo momento la guía de un padrecito blanco? Sin duda. ¿Trato cruel y vejatorio con especies animales actualmente protegidas? Por supuesto. "Yo aún diría más..." -cito la célebre y repetidísima frase de los hermanos Dupont-: no tengo ninguna duda de que los crímenes cometidos por la metrópoli belga en el Congo convierten a su principal responsable -el Rey Leopoldo- en un inigualable inspirador de los genocidas posteriores, cuyos nombres reconocemos todos como parte esencial de la historia negra de la Europa moderna.

No, el problema no es que no tengan razón en sus argumentos contra el contenido del libro Mbutu Mondombo o las instituciones contra la discriminación racial que vienen denunciando su contenido racista desde hace décadas. El problema es que hayan trasladado a los jueces el contenido de un debate de ideas, y ello sin otra intención que la de que el libro se prohibiera. También tienen razones de sobra en su rechazo a ideologías repulsivas quienes -a veces con éxito- han exigido convertir en delito el negacionismo, lo cual supone que si a usted se le ocurre decir en algunos países que en Auschwitz no se asesinó a ningún judío puede acabar en la cárcel. El Holocausto es una infernal verdad del siglo XX, pero el hostigamiento contra el derecho a equivocarse o, lo que es lo mismo, la persecución de la libertad de expresión es igualmente una lacra. Negar el Holocausto es una estupidez o una odiosa manipulación, lo cual vale igualmente para algún supuesto historiador español que afirmó recientemente que en el bombardeo de Guernica murieron media docena de personas y el gato. Hay otros negacionismos, como el del cambio climático, sin olvidarnos de quienes afirman que el viaje a la luna del Apolo fue un montaje cinematográfico, o los que dicen que Marilyn Monroe fue eliminada por los servicios secretos de la CIA, o que Elvis sigue vivo en Argentina y forma parte de un programa de protección de testigos del FBI. 


Dijo Cioran que no habría constitución ideal mientras no contemplara la resolución de eliminar a los que nos caen mal. El mundo está lleno de idiotas o de sinvergüenzas que emiten visiones ridículas, dañinas o nefastas de la vida, pero no podemos prohibirlos, no se nos debe dejar siquiera albergar dicha expectativa. Y Cioran lo sabía cuando emitió esa humorada. Tintín en el Congo es un tebeo para niños, al contrario que, por ejemplo, la más grandiosa novela que he leído sobre África, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad: simplemente creo que se deben leer ambos, cada uno en la época de la vida conveniente. 


No obstante, y antes de recluir a Tintín a la condición de héroe infantil, conviene efectuar alguna matización. Hergè tenía veintitres años cuando se editaron en papel las planchas del relato del Congo. Jamás había estado en la colonia del Rey Leopoldo. Tiempo después reconoció que su trabajo había respondido a las demandas de la revista ultraconservadora en la que intentaba abrirse paso, y que configuró su relato en base a los tópicos que circulaban por Bélgica sobre el África negra. Tras su siguiente álbum, Tintín en América, el serial de Hergè dejó de ser una publicación menor o infantil. Desde El loto azul encontramos una sucesión de obras maestras cuya influencia en la historia posterior de la novela gráfica es colosal. Stock de coque, Aterrizaje en la luna, El asunto Tornasol, Tintín en el Tíbet... 

Inútil continuar, las aventuras de Tintín y el Capitán Haddock constituyen una de las cumbres de la cultura europea contemporánea. Alguien dijo que el siglo XX irá asociado para siempre al jazz, al cine... y al cómic, no hay duda. Y de entre estos ninguno ha obtenido la repercusión de la serie de Hergè. Hay en ella algo del mejor Hitchcock, del surrealismo, del humor de Wilder, de Spielberg... Últimamente caen en mis manos algunas de las obras de Paco Roca, el más reputado de los ilustradores españoles actuales, y presiento por todas partes la alargada sombra del maestro belga. Me atrevo decir que Tintín es el personaje en que se resume lo mejor de la ética cosmopolita con la que los europeos han contagiado al resto del mundo. 


El viejo continente -bueno es saberlo, ahora que su lugar en la historia parece condenado a ir diluyéndose en la insignificancia y la melancolía- ha dejado en herencia a genios como Hergè o a ilustres carniceros como el Rey Leopoldo. Conviene precisarlo.

Pero de esto dudo mucho que diga algo la denuncia de Mbutu Mondombo


Saturday, December 08, 2012





EL SHOW DE TRUMAN

En las últimas noches he tenido pesadillas con una película, El show de Truman, que por cierto no es de terror, o no exactamente. Influye el que la haya visto dos veces en apenas un par de días , que se suman a la veintena de visionados anteriores, todo ello debido a que me sirvo de este film de Peter Weir, autor de El club de los poetas muertos y Master and commander, para ilustrar la explicación de algunas de las especies más célebres de la historia de la filosofía, en concreto el platónico Mito de la Caverna y el argumento onírico que Descartes plantea en el cuarto capítulo del Discurso del método. En ambos casos se nos lanza de boca al más radical de los desafíos metafísicos, la duda escéptica por antonomasia, la posibilidad de que todas nuestras creencias sean ingenuas, que todo aquello que tomamos naturalmente por verdadero y sobre lo cual asentamos nuestra paz de espíritu responda en realidad a un sinfín de confusiones inducidas por algún artero engañador -los sofistas en Platón o el Genio Maligno en Descartes- o propiciadas por nuestra propia pereza intelectual. 

No estoy seguro de que sea ese desafío lo que verdaderamente me inquieta del film, a fin de cuentas soy un filósofo y llevo por tanto más de media vida preguntándome si tiene sentido la existencia, preguntándome incluso si tiene sentido hacerse tal pregunta. En cuanto a la posibilidad de ser engañado, ya he sido víctima a lo largo de mi vida de timos de la más diversa índole, con lo cual a estas alturas, dado que hasta hoy he sobrevivido a ellos, tan sólo aspiro a escarmentar. No, lo que de verdad me desasosiega de este relato es lo que nos revela respecto al poder que la sociedad del espectáculo -como bautizó Guy Debord a las comunidades tardoindustriales- desarrolla para penetrar en la privacidad de los seres humanos. 

Al modo de fábula de anticipación, se nos informa de que Truman Burbank es el primero niño adoptado legalmente por una corporación, justamente la que ha construido el gigantesco estudio televisivo donde transcurre el programa denominado El show de Truman. Toda la vida del protagonista es un fraude desde su nacimiento, que se produjo por cierto ante cientos de millones de telespectadores. Truman ha vivido rodeado de cámaras y figurantes, y su biografía es resultado de lo que el guionista y artífice del show -no casualmente denominado Christov- ha ido diseñando para él, desde sus primeros pasos hasta su ingreso en una empresa de seguros, pasando por los avatares de la escuela, su amistad con Marlon, la muerte de su padre -de la que Truman se cree culpable- o el noviazgo y boda con Meryll. La novela resultaría particularmente anodina de no ser porque lo único que no es falso en la vida de Truman es el propio Truman, quien no es consciente de lo que verdaderamente ocurre. 

La idílica ciudad de Seaheaven es el marco que Christov ha diseñado a medida para que Truman nos divierta, sus allegados fingen, las tormentas en el mar son cosa de un programa climatológico controlado por la realización del show... Incluso el día y la noche son determinados por un ordenador. Todo es mentira en el día a día de Truman desde hace casi treinta años. Marlon le confiesa que moriría antes que engañarle, por eso le recuerda una amistad que viene de la infancia cuando a Truman le entran las primeras dudas respecto a la veracidad de su vida. "Todo el mundo parece estar en el ajo", le contesta Truman. "Entonces yo también habría de estar en el ajo, pero no lo estoy porque no hay ningún ajo."

Un buen día, una de las innumerables actrices del show, que se ha enamorada realmente de Truman, decide traicionar a Christov le revela a aquél que todo es una estafa colosal. Al modo socrático, esa mujer, que es expulsada del programa de igual manera que Sócrates fue condenado por la Asamblea de Atenas, funda desde el exterior de Seaheaven un movimiento que reivindica la liberación de Truman. Finalmente Truman decide huir, y así, tras un breve viaje en barco por la falsa bahía de Seaheaven, encontrará finalmente la puerta para salir del inmenso plató. No olvido la última escena, cuando Christov le habla desde las alturas:

-"Quédate aquí, conmigo, en el mundo que he creado para ti. Ahí fuera no hay nada mejor que Seaheaven: las mismas mentiras..."

Ante el evidente enojo de su padre, Truman resuelve contestar con un gesto que indica que su show ha terminado y abandona la escena para siempre. 

Desde el primer Gran Hermano que emitió Telecinco el reality show, del que el relato de Weir es una profecía delirante pero aleccionadora, viene siendo objeto de mi reflexión. No pretendo que este formato, que tal y como era fácil prever se ha convertido en la lógica televisiva del nuevo siglo, sea el mayor de los problemas que tenemos con la Verdad, pero sí creo que es uno de sus síntomas más esclarecedores. El reality se ha apoderado de la televisión porque es barato y porque desde Gran Hermano los espectadores se han dejado adiestrar por su peculiar lógica. Hay algo profundamente malsano y fisgón que se remueve en las vísceras cuando se abre la ventana de una planta baja y detectamos que hay alguien dentro tramitando su privacidad como si nadie le observara. Lo descubrí el tiempo en que viví en un primer piso de una calle céntrica. A veces caminaba por el comedor y descubría las caras bobaliconas de numerosos ocupantes del autobús que solía detenerse justo ahí, a un metro escaso del balcón. ¿Qué pretendían descubrir? ¿Por qué siempre miraban hacia el interior? Por despecho les mostré el culo varias veces, pero no creo que el espectáculo resultara especialmente seductor.

Creo sin embargo que es algo más que un poso cotilla lo que nos inclina a demandar a las cadenas dosis diarias de telerrealidad, entendiendo por tal un desfile siniestro de lloros, exhibiciones impúdicas de sentimientos, reyertas poligoneras o polvos bajo el edredón, todo ello dentro de un guión preestablecido por el Christov de turno. ¿Ficción? "No", contesta uno de los falsos amigos de Truman, "es realidad, pero realidad controlada".Lo inquietante es que el modelo simulacional del reality es exportado a todos los órdenes, no sólo los televisivos, y quizá ello se deba a que ya nos habíamos acostumbrado antes a que nos engañaran. Somos como yonquis a los que se suministran unas pastillas de evasión hasta que se nos pasan los efectos, y entonces pedimos más. 

Hace cerca de cuarenta años empezaron a configurarse en España las líneas maestras de una gran narración. Arrancaba de la heroica clandestinidad contra el franquismo y la valerosa prudencia de los primeros líderes democráticos, seguía con la integración de España en Europa y desembocaba en un siglo XXI donde este país, desangrado históricamente por guerras intestinas y torturado por inquisidores, caciques y pronunciamientos cuarteleros, exhibía al fin ante el mundo una condición nacional próspera, avanzada y orgullosa. 

De este relato la serie Cuéntame es un reflejo idóneo, pues dice la verdad, no la verdad de lo ocurrido, sino de lo que hemos decidido que ha ocurrido, lo que se ha proclamado oficialmente como memoria colectiva y que el Rey nos recuerda cada año en Nochebuena, por si hemos descuidado la memoria. 

¿Es el relato en el cual se ha sostenido nuestra fe una perfecta mentira urdida para terminar estafándonos como en la vida de Truman? Toca preguntarnos, para empezar, si lo que tenemos es la democracia de cuya Constitución nos vanagloriamos o si, por el contrario, la escena de las sesiones del Congreso o la que podemos imaginar de un Consejo de Ministros del Gobierno actual llega ni tan siquiera a la categoría de parodia patética de lo que un día soñábamos ser. 

Me entran ganas de salir del escenario y enviar a Christov a la mierda. Pero no puedo, estoy saliendo en la televisión. 

Friday, November 30, 2012




MÍSTER MARSHALL

Es posible que la mayoría de ustedes tengan el buen criterio de no ser aficionados al fútbol. Bien pensado no se pierden gran cosa. Se trata de un juego algo brutal -se tramita con los pies-,  contiene fuertes dosis de injusticia e imprevisibilidad y parece haber sido inventado para que lo practiquen los villanos, lo cual explica ese fenómeno tan curioso por el cual el buen jugador no es el que respeta las reglas, sino más bien el que conoce el arte de violarlas. Fíjense por pura curiosidad en lo que pasa durante el lanzamiento de un corner, lo que se hacen defensas y delanteros desde bastantes segundos antes del lanzamiento, la intervención del árbitro... todo es un ejercicio de violencia profundamente innoble y, al mismo tiempo, una grotesca mascarada. Podríamos hablar también de la tendenciosidad en los organismos federativos, que adulteran a menudo la competición de élite; la zafiedad en la que se desenvuelve toda esa verborrea tan atorrante de las ruedas de prensa, los titulares de los diarios o las entrevistas a pie de campo; la instrumentalización de los políticos, que convierten emblemas estrictamente lúdicos en signos identitarios; la irracionalidad que se extiende a menudo por graderíos y barras de bar y que suele venir preñada de furia destructiva y ánimo pendenciero...


Yo todo esto lo he sabido siempre, y sin embargo no recuerdo haberme alejado de este juego con sincera convicción una sola vez desde que mi infancia asomó al uso de razón y presentí aquella euforia en mi casa porque el Valencia había quedado contra pronóstico campeón de liga. Supongo que las causas de esta patología con aire de adicción insalubre son de tinte emocional: mi abuelo fue la primera gran estrella que tuvo el Valencia, y sospecho que eso ha marcado para siempre el destino de mi familia, y, muy especialmente, la naturaleza de uno de los espacios más sensibles y oscuros de mi educación sentimental. No me paso el día viendo partidos de fútbol, no se crean; es más, últimamente apenas los veo y, en todo caso, cuando pongo la tele o la radio porque echan fútbol lo hago casi para que me acompañe, como si me atrajera ya más el fondo musical que la peripecia concreta, como si ya no encontrara nada realmente nuevo en lo que se desenvuelve ante mis ojos y todo sonara a episodios ya vividos, como si el fondo de mi alma sospechara que los momentos de más ilusión ya fueron hace tiempo y no regresarán.

En los últimos días hemos sabido a través de la prensa valenciana de la existencia de un proyecto de adquisición del Valencia cf por una supuesta corporación, grupo inversor o, si les apetece, banda de amigos que dicen tener un dinero que no tienen y que, si lo tuvieran, seguro que en ningún caso se lo gastarían en pagar las deudas del Valencia cf. Por sorprendente que resulte hay quien parece dispuesto a creerles, una candidez que no deja de maravillarme. Su cabeza visible, un costarricense llamado Alvarado, dio a entender que inyectaría tal cantidad de dinero en el club, que no solo la bestial deuda contraída por la institución durante los nefastos periodos de Francisco Roig o Juan Soler quedaría definitivamente zanjada, sino que reiniciaría las obras del nuevo estadio - en stand by desde hace años-, evitaría la hemorragia de estrellas del equipo que van siendo traspasadas año tras año o, incluso, ficharía nuevas figuras para configurar un equipo de campanillas. Preguntado por el interés de alguien como él, llegado de tierras tan lejanas, por una empresa cuyo estado financiero aterrorizaría a cualquier hombre de negocios mínimamente sensato, el licenciado aclaró que había sido seguidor del Valencia desde su más tierna infancia. Sospecho que como él debe haberlos a puñados en Costa Rica y que hay suicidios en masa en sus playas cada vez que Roberto Soldado falla un penalty.


Después del rebombori mediático producido a cuenta de la pirotécnica irrupción de estos caballeros, hemos sabido que Bankia, acreedora del Valencia y, en consecuencia, dueña a efectos prácticos del club, ha considerado poco fiables las pruebas de solidez financiera que ha ofrecido el tal Alvarado, por lo que todo parece haber quedado en una de esas aguas de borrajas con las que nos divertimos un par de días. No dejo sin embargo de hacerme una pregunta: ¿cómo es posible que tantos seguidores del Valencia den cuartelillo al primer cantamañanas que llega de cualquier parte del mundo prometiendo sacarnos de la miseria a cambio de nuestra cara bonita?

Aventuro una respuesta. En este asunto se juntan dos cosas. Por un lado, está la sociología futbolística. En torno a este juego se amontona muchísima puerilidad. No son necesariamente jóvenes los aficionados, es más bien que la madurez con la que los adultos tratan sus asuntos profesionales o familiares se la dejan en el armario cuando acuden a un estadio, convirtiéndose en hooligans que parecen creer que la casita de chocolate la ha puesto en el bosque la bruja por qué le gusta que los niños sean felices. Por otro lado, hablamos del País Valenciano, una tierra misteriosamente proclive a creerse destinada a la prosperidad. Cuando nos va medio bien, jaleamos a un presidente autonómico que nos empuja hacia el precipicio por la vía de los grandes fastos y un despilfarro delirante si afirma que "somos la California del Mediterráneo". Cuando nos va mal, como ahora, creemos que somos una chati muy guapa y que van a venir del extranjero a desposarnos y devolvernos a la opulencia que nos merecemos.


El pequeño problema es que la vida no funciona así. Estamos en medio de una crisis terrible. Si cedemos a la desesperanza estaremos equivocándonos tanto como si prestamos oídos a la legión de vendedores de crecepelo que ya proliferan por las calles, las barras de los bares o las cadenas de televisión. Lo que ha ocurrido con los clubs de fútbol en España participa de la misma lógica que afecta al global de la economía y la política: algunos han alcanzado fama y fortuna a cuenta de la pasividad, cuando no de la venia de los muchos; cuando el estropicio ha sido ya notorio han salido corriendo con el dinero y han dejado las instituciones en los huesos. Al mundo del fútbol van a parar algunos de los mayores desaprensivos del mundo empresarial. Conozco a varios de ellos, los he seguido durante mucho tiempo, y son lo peor de cada casa. No digo que toda la gente del fútbol sea así, lo que digo es que cuando un zángano sin escrúpulos y con vocación de estafador planea los pasos que quiere dar, es raro que no se plantee el del fútbol como un territorio goloso. La razón hay que encontrarla en la pueril candidez de los aficionados, incapaces de entender, por lo visto, que de este escenario tan duro solo escaparemos arrimando el hombro, peleando contra los mandarines por nuestra dignidad y, como se corea en el graderío, echándole huevos al partido, un partido que, ahora mismo, tiene pinta de perderse por goleada.

Les dejo, creo que hay fútbol...

Wednesday, November 21, 2012






EL VIRUS

Mientras escribo esto constato que mi cuerpo está bajo los efectos del virus. "En casa lo hemos pasado todos" o "está igual todo el mundo"... Estas frases se vuelven recurrentes. Hablamos del virus como los medievales hablaban de La Plaga, con menos terror, pero con la misma resignación, como si fuera irremediable, como si la ciencia médica ya hubiera decidido que esto es como los catarros, que los tienes que pasar y que no hay cura. "Dieta blanda", dicen, que yo siempre he pensado que era comer cosas blandurronas, como gominolas o algo así. El simpático bichito no deja de hacer estragos, pero decido salir a que me dé el aire, pues el virus no te afecta menos porque te quedes en un sofá, más bien al contrario, estás igual de jodido, pero además te concentras en los ruidos de tu estómago y en la sensación diarreica, aparte de que tu cerebro no está ni para ver una peli de Mel Gibson, que ya es para estar muy espeso. 

Durante mi paseo, detecto esa misteriosa conciencia de exterioridad que sobreviene en los días más virulentos de la gripe y que hace sentir algo así como que tu cuerpo no te pertenece, como si flotaras y, un poquito también, como si los asuntos en los que te debates cotidianamente perdieran trascendencia, vamos, que estás fatal, pero no por las chorradas habituales del trabajo, la pasta o la familia, ni siquiera por qué tu equipo pierde, sino, simplemente, porque estás malo de narices. 


Acabo de terminar Ensayo sobre la ceguera. Les extrañará que haya tardado tanto en ir a parar a esa novela que se proclama como de lectura imprescindible. Me gusta leer a Saramago, en ocasiones logra conmoverme, se adivina una pasión sincera en su escritura, fue alguien que iba hasta donde hiciera falta con sus personajes y sus relatos, pero me cuesta llamar "imprescindibles" a sus textos. Pese a todo es aconsejable dejarse caer por ahí de vez en cuando. La ceguera es el virus que asola la ciudad donde transcurre esta historia. Todo en ella es incompresible y escasamente verosímil, pero no importa demasiado. Lo que descubrimos a medida que el virus se extiende es que la red de orden, vigilancia y protección que conforman las instituciones, y dentro de la cual creemos sentirnos seguros, es tremendamente frágil. Basta que caiga en poco tiempo en la invidencia un buen número de personas para que los principios más básicos de la solidaridad salten por los aires. Cuando el virus se universaliza, entonces es el caos: nuestro mundo se llena de muerte, fetidez, dolor y un mezquino egoísmo en cuestión de días. Ninguno de todos los valores en los que se sustentaba nuestra fe, la familia, la amistad, la cooperación, la legitimidad democrática... Nada parece valer un pimiento. 

Es un relato fantástico, claro, no hay por qué pensar que vamos a quedarnos todos ciegos. Hay, no obstante, algunos científicos que afirman que una bacteria especialmente maléfica y para la que no se encontrara solución -como el virus que al parecer tenemos todos estos días, pero con aún más mala leche- podría producir una mortandad descomunal, hasta el punto de poner a nuestra especie en peligro de extinción. No descarto esta hipótesis sobre el origen del apocalipsis, por más que lo común y lo cinematográfico es pensar que la catástrofe llegará por la guerra nuclear, el cambio climático o incluso los marcianos. Suelo pensar que quien te mata no es quien temes que te mate, pues contra ese sueles armarte y te lo esperas, sino el tipo esquinado y aparentemente insignificante del que te habías olvidado y que una noche desde las sombras dispara y te liquida. 

En algún momento de la novela alguien pregunta si en realidad no estaban ciegos ya antes de estallar la epidemia, si no habían sido desde siempre incapaces de ver. Me lo pregunto estos días en que el virus dichoso me vuelve un poquito más pesimista de lo habitual. 


Verán. Una de las cosas que más me sorprende del momento presente es la resignación que observo en la gente. Es como si lo que a mí me parece evidente no fuera visto, o no quisiera ser visto, por la mayoría de mis conciudadanos. Lo presiento en mis compañeros, que ponen muchos de ellos cara de fastidio cuando intentas animarles a simplemente reunirse y hablar de lo que nos están haciendo y de lo que podemos hacer para resistirnos. Muchos afirman haberse cansado de haber hecho huelgas y movilizaciones que, dicen, "no sirven para nada". El escenario me recuerda al del Titanic a punto de hundirse: mientras los multimillonarios se lanzan a las barcazas para huir de la catástrofe, los pobres son encerrados en las tripas del barco para que no causen problemas, y resulta que muchos se resignan a su suerte, como esperando que aún venga alguien a rescartarles, como en las películas. 

Las consecuencias se advierten cuando los que gobiernan lanzan a la policía a soltar mamporros a los que se manifiestan, o cuando sacan un decreto para volver imposibles derechos tan básicos como el de la defensa jurídica, tema que ha saltado en estos días y que -inexplicablemente- no genera mayores reacciones. En un lapso de tiempo asombrosamente corto, hemos perdido décadas de conquistas en materia de derechos y redistribución de los efectos de la prosperidad. La sensación generalizada de impotencia, de que no se puede hacer nada, ese es el virus que nos está destruyendo. Es curioso, nunca hemos estado más lejos de que la ultraderecha golpista tomara el Congreso y proclamara el final de la democracia: como ésta ha fallecido por sí misma, de "muerte natural", ya no hace falta asesinarla.

Hay mucho pesimismo y crecientes conatos de violencia, pero no parece que tales cosas puedan traducirse en nada positivo. Incluso los hay que exhiben una misteriosa exaltación de esperanza porque han decidido saltar del barco que se hunde proclamando su derecho a la largarse -lo llaman "autodeterminación"-, lo cual es muy dudoso que les sirva de algo, y más aún que no nos complique la vida todavía más a todos los demás. 

Creo que esa es la ceguera que nos acucia, la misma que, bien pensado, nos afectó cuando creíamos que una prosperidad con pies de barro llegaba para quedarse y para hacernos a todos habitantes de los camarotes de los ricos. Me entran retortijones de pensarlo, aunque espero que no a mí sólo, pues dicen que todos estamos igual con el virus. 

Friday, November 16, 2012





HUELGA GENERAL


Mi biografía está repleta de encontronazos con profesionales del sindicalismo. Si yo les contara. Hace muchos años un peso pesado de cierto sindicato especializado en temas educativos iba por los pasillos bramando como un hipopótamo contra cierto Montesinos que le ponía a parir en las cartas al director del diario Levante. Yo tenía una razón bien poderosa: aquel simpático caballero y sus secuaces estaba empeñado en privarme del derecho al trabajo, un noble empeño teniendo en cuenta que se trataba de un sindicalista, es decir, de un tipo supuestamente dedicado a pelear por la dignidad laboral. Sin ningún ánimo pendenciero he sufrido después frecuentes malentendidos con enlaces sindicales. Desconfío de ellos, sospecho a menudo que piensan obsesivamente en mantener su puesto, no me suelen agradar ni su estilo ni su insinceridad ni su tendencia a manipular a la gente ni lo nerviosos que se ponen cada vez que un trabajador de infantería les sugiere que la estrategia que sostienen es ineficaz. El problema nace probablemente en mí. No soporto la injusticia ni la hipocresía. No entiendo que un tipo diga a un periodista que una concentración delante de un ayuntamiento es un éxito enorme cuando, a poco que mires alrededor, resulta que a la concentración dichosa hemos ido cuatro y el de la guitarra. No me gustan los sindicalistas que conozco ¿qué creían?

No sostengo que un sindicalista haya de ser necesariamente un fanático ni un aprovechado. Lo que digo es que aquellos con los que he tenido que tratar han sido así con demasiado frecuencia. Si hemos trabajado del mismo lado, antes o después he sospechado que sostenían los intereses de la organización a la que pertenecían y no los de sus representados. Cuando hemos estado en franca controversia me han parecido intolerantes con la discrepancia y a veces incluso fríos y despiadados. ¿Quieren que siga? Mejor que no.

Explico todo esto porque quiero demostrar que no soy sospechoso. Apoyé la huelga de ayer, lo cual me supone algo tan ingrato como perder el sueldo de un día, y les aseguro que necesito ese dinero. No estoy nada convencido de que sirvan de nada movilizaciones como las que ayer convocaron las principales centrales sindicales, una convocatoria que por cierto se extendió al conjunto de los países de la Unión Europea. ¿Por qué secundar una huelga que se sabía de antemano que se iba a perder? Históricamente los trade unions montaban estos cirios para colapsar el funcionamiento del mercado y obligar al capital a negociar condiciones laborales más justas. No se acaba de saber muy bien qué es lo que los sindicatos pretenden que pase al día siguiente de la celebración de una huelga general. Tampoco se acaba de saber por qué en momentos tan conflictivos como el actual convocan concentraciones, marchas, encierros y jornadas de lucha de forma dispersa y sin la difusión ni la unidad adecuada, con lo que consiguen a menudo sembrar la confusión y arrastrar al agotamiento y el desánimo a quienes consideramos que resistirse a las arbitrariedades de unos gobernantes impresentables es una cuestión de supervivencia y una obligación moral.  Llevo muchísimo diciendo que las grandes organizaciones de la izquierda en general, y de los trabajadores en particular, deben replantearse su lugar en la sociedad y el sentido de su estrategia de lucha.

Ahora bien, que el lugar de las organizaciones de trabajadores sea objeto de mi reflexión y mi preocupación en el momento histórico presente no es óbice para que detecte que la fuente de las enfermedades que aquejan a la sociedad esté en otros lugares. La sociedad no funciona mal porque haya sindicalistas. En todo caso, que haya muchos malos sindicalistas ayuda muy poco, pero esto no se corrige eliminando a los sindicatos, como pretende cada vez más explícitamente la derecha: no necesitamos menos sindicalismo, necesitamos más y mejor sindicalismo. Y la razón es sencilla: las relaciones laborales son asimétricas, sin organizaciones representativas que refuercen los intereses de los trabajadores, la cohesión social y la justicia son simplemente imposibles, los débiles quedan en situación de indefensión y el capital puede realizar el más antiguo de sus sueños, convertir a sus empleados en siervos a los que puede explotar sin contraprestaciones ni resistencias y de los que puede desprenderse sin pagar peajes. Dijo Tony Judt que si hay algo peor que un Estado que funciona mal es un Estado que no existe. Análogamente, si hay algo peor que unos malos sindicatos es que no haya sindicatos. ¿Alguna alternativa? Sí, la barbarie.

Esa barbarie se presiente en el ambiente tan tóxico que hemos respirado en las últimas horas a vueltas con la convocatoria de la jornada de huelga del pasado miércoles. Veamos. Unas horas antes del evento, la ex-presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, declaró a los medios que la adoran que "la huelga general debería estar prohibida", toda una exhibición de talante democrático, aunque la señora Aguirre ya ha dado pruebas a lo largo de su carrera política de no creer demasiado en los derechos civiles. Hablando de su prensa amiga, algunos medios se lanzaron en los días anteriores a una campaña declarada como de "antihuelga", una estrategia implementada en dos fases, la primera es conseguir que la huelga fracase, la segunda es informar, pasara lo que pasara, que dicha movilización habría sido un fracaso y que, en cualquier caso, la mínima repercusión que hubiera de tener sería consecuencia de la presión violenta de los antisistema que, por lo visto, inspiran actualmente a las organizaciones de izquierda. Recuerdo que Rajoy y otros muchos conservadores respiraron de forma completamente contraria cuando los sindicatos le montaron un pifostio similar al gobierno de ZP. La incomodidad que exhibe últimamente en relación a cualquier tipo de movilización en las calles contrasta con la cantidad ingente de manifestaciones que durante los años de gobierno socialista lideró y secundó el Partido Popular para protestar por asuntos relacionados con el aborto, la familia o el terrorismo.

En casos como el del pasado miércoles, la carga de inquina de la derecha suele concentrarse en los piquetes sindicales. Yo vi uno por mi barrio esa mañana. Eran ocho o nueve personas que iban por la calle gritando "hoy no se trabaja, hoy no se consume". Algunas personas salieron a la acera para observar, lo hacían con cierto aire atemorizado, como si en vez de lo que a mí me pareció aquel grupo de personas tan poco adecuadas para intimidar a nadie lo que vi fuera poco menos que una banda de terroristas armados con cocteles molotov y dispuestos a apalizar al primero al que le vieran pinta de menchevique. ¿Hace falta decirlo? Los piquetes salen a la calle durante las huelgas porque de lo contrario sería imposible la huelga, no tanto porque la gente decidiera cabalmente no sumarse a ella, sino porque el capital, y más en estos tiempos de fuerte inseguridad laboral, dispone del arma de disuasión más eficaz para cualquier trabajador: el miedo. No simpatizo en lo más mínimo con quienes aprovechan este tipo de situaciones para quemar contenedores y provocar a las fuerzas del orden. Por mi parte, participé en la manifestación que se celebró en Valencia por la tarde: fue masiva y pacífica, los únicos "conatos de violencia" consistieron en abuchear al helicóptero que pasaba cada poco gastando combustible a cascoporro y al que le faltaba el fondo musical de la Cabalgata de las Walkirias para imponer el terror de Apocalypse now. El único acto de violencia realmente atroz que presencié el miércoles fue el de aquel niño con la cabeza abierta por la intervención de un mosso d´esquadra en Barcelona.

Miren, los sindicatos son imprescindibles, y el arma de la huelga f está unida de forma indisoluble a la historia de la lucha de los pueblos por una sociedad más justa e igualitaria. Podemos discutir sobre la oportunidad de tal o cual estrategia de lucha, pero en una situación de abuso del capital y las administraciones tan evidente, la única alternativa a la resistencia es la frustración y la melancolía. La crítica de que los sindicalistas cobran del erario público es simplemente ridícula. Mis impuestos pagan organizaciones solidarias como las ONGS, y pagan también -absolutamente en contra de mi voluntad- a la iglesia católica o a los colegios concertados. Lo que exijo a los sindicalistas es que me representen adecuadamente y que defiendan mis intereses, que es justo lo contrario a que desaparezcan, como pretende la derecha, en algunos casos porque les conviene -me refiero a las clases acomodadas- y en otros porque, como dijo Jesús, no saben lo que hacen, pues el electorado de derecha está repleto de personas que se han beneficiado de la lucha sindical de décadas que les ha permitido gozar de derechos laborales esenciales para el bienestar de la gente.

El gran peligro de nuestras sociedades es la individualización en la que se van tramando cada vez más  los problemas que afectan a nuestras vidas. No hay estrategia de poder más mortífera. En otros tiempos, el individualismo era una respuesta necesaria a las formas del control, la dominación y la heteronomía característica de las sociedades autoritarias. Hoy es una patología terrible. Dice Zygmunt Bauman: "El rasgo característico de las historias narradas en nuestra época es que articulan las vidas individuales de una manera que excluye u oculta la posibilidad de localizar los enlaces que vinculan el destino individual a los modos mediante los cuales funciona la sociedad en su conjunto; más aún, excluye el cuestionamiento de estos modos. " (La sociedad individualizada)

El temor que debería generarnos esta realidad es, se lo aseguro, incomparable al que a mí me crean los piquetes.

Friday, November 09, 2012




WARHOL


Acudo a ver una exposición de Andy Warhol en la Fundación Bancaja, cuya supervivencia a estas alturas es para mí toda una sorpresa. Ante los cuadros del artista siempre me hago la misma pregunta: ¿son suyos? La pregunta es pertinente precisamente porque el concepto de autenticidad, que tendría un valor muy claro en otro pintor célebre, queda vacío de sentido cuando empezamos a internarnos en el universo warholiano. O mejor: la pregunta deja de tener sentido y se convierte en un eco sin respuesta porque a partir de Warhol deja de tener valor la autoría misma. En otras palabras, podemos falsificar un Picasso, pero no podemos falsificar un Warhol porque ese cuadro es ya en sí una falsificación. 


"Soy una máquina", dijo. Andy Warhol se instala en el universo ficcional de la sociedad de los medios de masas, de cuyos peligros nos amenazó unas décadas antes Walter Benjamin. En ese sentido, Andy es una criatura benjaminiana, la primera genuina fashion victim. Tuvo la suficiente coherencia como para darse cuenta de que la cultura ya no podía seguir sustentándose en una posición de antagonismo, tal y como se entendió con Rimbaud y Baudelaire, con Heidegger y Adorno, o con Kerouac y Dylan... ya no en la sociedad de masas. Su arte emerge desde la confusión a la que aboca a los sujetos la sobreinformación y el bombardeo masivo de imágenes y mensajes. Ya no es posible oponerse, o ya no lo es desde el lenguaje de la liberación y la contracultura. No hay un discurso alternativo. Celebrada la gran orgía de la protesta en los sesenta, hemos cruzado el Rubicón: la Revolución ya no será, y no será porque ya se ha realizado. Él la vivió con su legión de amigos idiotas y drogados en su célebre Factory, y se divirtió un montón, porque Warhol, al contrario que los demás genios, que siempre parecían enfadados y decepcionados con un mundo que les había estafado -por eso hacían arte-, decidió celebrar la fiesta de la explosión del deseo y el culto al yo anunciando que iba a convertirse en, sobre todo, un gran festín del Capital, que es lo que finalmente ha sido, lo cual convierte a Warhol en el verdadero profeta de nuestro tiempo, llamémosle posmodernidad, sociedad líquida, capitalismo de ficción o cualquiera de las fórmulas que insista en la idea de que la civilización contemporánea ha acelerado tanto sus procesos que nos ha terminado abocando a todos hacia un territorio que está más allá de lo Real, un espacio alucinatorio donde los viejos valores se han desmoronado. Como no somos ya capaces de sustituirlos por otros nuevos, nos dedicamos a celebrar aquéllos como referentes vacíos que flotan en el aire, ingrávidos, explotados impúdicamente por los media a través de la publicidad, la moda o las películas. 


Hemos necesitado a Van Gogh, Hopper, Picasso y Pollock. Pero también a Warhol. Su apuesta es en realidad un desafío al arte. No pretende crear un lenguaje nuevo y alternativo, tal y como proyectaba el surrealismo. Duchamp o Marinetti -da igual la ideología con la que se aliaran- entendieron que la civilización industrial había mutado con la serialización de los productos y la universalización de los medios de comunicación. La vida había dejado de ser "real", la lógica del espacio y del tiempo tal y como la conocimos estaba enloqueciendo, por lo que lo más realista era superar el modelo de representación convencional y sustituirlo por un lenguaje surreal. Beckett lo asumió al dinamitar las leyes de la narración clásica: sus relatos reflejan el absurdo desde su propio lenguaje. 

Warhol traslada esta apuesta a la era massmediática. Sus intervenciones públicas, sus fotografías, sus performances, todo forma parte de una escenografía hábilmente montada cuyo designio es invertir la lógica constitutiva del hecho artístico: Warhol no alcanzó la gloria a través de su obra, creó un personaje que simulaba pintar, y gracias a eso consiguió lo único que le interesaba, lo único importante en nuestra era: "ser alguien". Pero ni aún desde la impudicia de reconocer que sólo era la vanidad lo que le impulsaba terminamos de entenderle. Andy no quería ser famoso, no se sentía mejor por ello, amaba a las estrellas, y ser famoso fue el único camino para poder estar junto a ellas. "Al poco de conocerme mis amigos me trataban mal y dejaban de admirarme; de pronto, una noche, aparecía un joven que me miraba como se mira a una divinidad, como incrédulo de estar sentado allí. Creo que algo así es el aura, es algo que sólo ven los demás en ti cuando no te conocen; así es el aura que todos vemos en las celebridades". 


¿Decepcionante? Sí, quizás. No hay épica en Warhol, sólo hay ironía. Su desafío es sugerente, pero no parece ir más allá de eso que gusta tanto a los gays actuales del "consumismo irónico". No hay antagonismo irredento ni dinamita contra el sistema. Warhol serigrafía de forma serializada el rostro de Marilyn Monroe, repitiéndolo de la misma manera obsesiva y enfermiza que las células tumorales se reduplican en nuestro cuerpo hasta matarnos. En esa sonrisa helada que se reitera, convertida en signo vacío y fetichizado, nos hemos convertido todos. No solo deja de haber un sujeto -esa mujer llorosa que continúan buscando los adoradores de Marilyn- tras el icono, deja de haberlo también tras cada uno de nosotros en el momento en que aceptamos el destino que la cultura nos depara: ser celebridad durante quince minutos. 

Andrew Warhola tendría ahora ochenta y cuatro años. Sospechamos que le divertiría internet, que habría retratado a su manera a Lady Di y que luego habría llorado en público durante sus exequias; habría capturado astutamente el aura de Obama, al que habría comparado con Kennedy por su condición de celebritie... y barruntamos que, afectado de demencia senil o con serios problemas financieros, habría aceptado aparecer en programas banales de la tele haciendo feliz a algunos gilipollas. No se me olvida aquella visita que hizo a Madrid en los momentos más palpitantes de la Movida, cuando Almodovar -que siempre quiso ser Warhol- y su tribu fueron a adorarle y a decirle cuánto les había influido. Andy sólo había venido a vender a precio de oro sus cuadros, pues le habían dicho que aquí había diletantes con dinero que le adoraban. No lo logró, querían hacerse fotos con él pero no aflojarle pasta. 


Murió en 1987. Parece que tenía verdadero pavor a los hospitales, las enfermedades y los médicos. Le enterraron con una peluca plateada y sus habituales gafas de sol. Estuvieron Yoko Ono y otras celebridades. Fue un genio de la superficialidad, su mirada era certera y profunda precisamente porque, como un surfista, se deslizaba hábilmente por la superficie de las cosas, todo un síntoma de la civilización contemporánea. 

Dijo en una ocasión que cuando se miraba a un espejo no veía a nadie, que él era un espejo y que un espejo no puede reflejar a otro, pues tras él sólo hay el vacío. Nada me parece más inquietante. 


Friday, November 02, 2012





EL PSOE

Justo Serna proyecta estos días en su blog su afinada mirada sobre la única gran organización política que en España ha sido capaz de aglutinar la voluntad de los electores de izquierda moderada, un espacio al que a lo largo de los últimos sesenta años ha correspondido en la Europa moderna cerca de la mitad de la masa electoral. He titulado a mi post exactamente igual que lo ha hecho Serna, no por intención plagiaria, sino porque no veo otra manera de atacar la cuestión que enfocar directamente sobre esta veterana organización, un Partido Socialista que soporta una amenaza casi inimaginable hace apenas unos años: volverse residual, convertirse en una más de esas irrelevantes minorías que pululan por el arco parlamentario y que suelen lamentarse por el bipartidismo auspiciado por las leyes electorales; ironías del destino, a este paso el PSOE, tradicionalmente encantado con dichas leyes, quizá termine reclamando su abolición. Tendrá que hacerlo con firmas en la calle, pues a sus escasos próceres parlamentarios no habrá quien les haga caso. 



En este momento la derecha gobierna con mayoría absoluta en el Estado y en la mayor parte de las circunscripciones locales, lo cual incluye todo el laberinto de autonomías, diputaciones y ayuntamientos. Hasta sus más acérrimos intuyen que las recetas del PP para corregir los efectos de la crisis sobre la nación son estériles, suponiendo que dispongan de algo a lo que podamos llamar "recetas". Ante tal situación, lo previsible sería que un partido laborista con una organización sólida y una implantación tradicional en los distintos feudos territoriales pudiera presentarse como alternativa plausible ante los ciudadanos. Pero no es así. Las últimas citas electorales autonómicas no dicen demasiado sobre el desgaste que en un brevísimo pero intenso periodo de gobierno ha sufrido el partido de Rajoy; lo que sí dicen es que los graneros electorales del socialismo avanzan en su descomposición. Quien intuye que el PP es un peligro ya se ha pasado a Izquierda Unida -un conglomerado de inspiración comunista y que estuvo al borde de la extinción-, al partido de Rosa Díez -cuyo astuto sentido de la oportunidad le ha servido para adquirir notoriedad sin que se termine de saber muy bien de qué palo va- o a las organizaciones nacionalistas -las tradicionales y las emergentes-, cuyo horizonte en Euzkadi o Catalunya es cada vez más decididamente secesionista.


¿Por qué se preocupa Serna? ¿Por qué habría de preocuparme yo? Pasé mi juventud negándome sistemáticamente a votar al PSOE. No les secundé ni siquiera cuando empecé a intuir lo peligroso que podía resultar para este país el conglomerado de oligarquías económicas y mediáticas que convirtieron a José María Aznar en la herramienta predilecta del reaccionarismo en España. Acaso me faltó visión, probablemente, pero no consigo sentirme culpable por no haber arrimado el hombro entonces en favor de una fuerza política que demandaba una fidelidad cuyos créditos había dilapidado miserablemente. El terrorismo de Estado, la corrupción, el clientelismo, la artera manipulación de la opinión pública con asuntos como el de la OTAN, los ramalazos de autoritarismo con aquello de la "patada en la puerta", las monterías de medios discrepantes o la colonización partidaria de los medios informativos públicos... ¿Quieren que siga? Quizá, por refrescar un poquito la memoria, convenga recordar que fue un ministro de Economía socialista quien dijo aquello de que "España es el país donde uno puede hacerse rico en menos tiempo". Es la repugnante ideología que hay detrás de aquella golfada lo que ha desencadenado la Gran Recesión, un drama cuyo mecanismo consiste en enriquecer a una minoría a costa de la especulación financiera para que los pobres y los parados se multipliquen. 

Visto con frialdad y desde la distancia, el "felipato", como lo denominaba Vázquez Montalbán, sirvió para modernizar la administración del Estado, potenciar las competencias autonómicas, europeizar la red de transportes -en especial las carreteras-, reforzar las estructuras de recaudación fiscal o transformar el sistema educativo. Temo que este último aspecto, que conozco bien, ofrece los síntomas más rotundos del problema que afecta al PSOE como partido de masas con vocación gubernamental: lanzó una reforma de enorme calado y con un amplísimo recorrido, pero la dejó a medias, quiso contentar a todas las partes, incluyendo a la Iglesia, y terminó montando un empastre fastuoso cuando se cortó la financiación o se llenaron los cuadros de mando de burócratas, paniaguados e incompetentes. Tan felipista  fue una cosa como la otra, es decir, conceder dádivas a sus afines por una parte y, por la otra, legislar sin contar jamás con la gente. Las sucesivas reformas educativas implementadas en los distintos niveles, desde el preescolar hasta la universidad, fueron concebidas y administradas reiteradamente por supuestos técnicos, jamás se preguntó ni a profesores ni a alumnos qué modelo deseaban. Sospecho que esta propensión a gobernar para el pueblo pero sin el pueblo ha sido vocacional. 

¿Y el segundo gobierno socialista? Cada día se agranda más en mí la sensación de que el equipo de Rodríguez Zapatero que dirigió este país durante ocho años no tenía un verdadero proyecto de país, algo que, para bien o para mal, no puede decirse ni del felipato ni -sigo con los neologismos de Montalbán- de la aznaridad. Así de sencillo y así de triste. Se diría que no ha quedado nada de Zapatero ni de quienes le acompañaron. Nadie se pregunta qué piensan él o la en su momento supuesto cerebro gris de su gobierno, Fdez de la Vega, sobre la delicada situación actual que atraviesa el país: todos sospechamos que no la entienden ni disponen de claves para descifrarla. Al contrario que Felipe González, cuyas apariciones dejan siempre poso, Zp y los suyos se han disuelto en la irrelevancia más absoluta. Exhibían determinación y "talante" cuando casaron a los homosexuales o diseñaron la dependencia; después, cuando de verdad tocó gobernar en serio y agarrar fuerte el timón ante la tempestad, se disolvieron como un azucarillo, presas de un desconocimiento atroz y una irresponsable ingenuidad que les volvió incapaces de entender que la buena fortuna se había acabado y que había que echarle mucho coraje al asunto. ¿Les hablo de educación? Nada, no hicieron nada, diseñaron una ley inane y ambigua que ni siquiera fueron capaces de aplicar y nos entretuvieron una temporada con el espantajo de la Ciudadanía. Aquello fue el escenario perfecto para la simulación de un conflicto con los sectores reaccionarios del país. Mientras tanto, los problemas esenciales de la escuela pública quedaban intactos. Ocho años perdidos.


Soy un socialdemócrata algo raro: no creo en el PSOE, como es fácil colegir de todo lo anteriormente expuesto, que tiene mucho de catálogo de errores, por no decir de horrores. ¿Por qué sufrir entonces ante la evidencia del fracaso estrepitoso? Como pueden imaginarse, que algunos señores vean entorpecida su decidida intención de vivir de la política me trae bien a la fresca. No es ésta la cuestión, el verdadero problema es que no veo fuera de la socialdemocracia un espacio de gobernabilidad que no refuerce las tendencias actuales, es decir, el agrandamiento de la brecha social, sea, como en la derecha, por voluntad directa de apoyarlas, sea porque, desde radicalismos intransitivos y mal entendidos como los de la izquierda de inspiración revolucionaria, no se dispone de armas eficaces para neutralizarlas. 

Lejos de las acusaciones de cobardía o pactismo de los iluminados de izquierda a la socialdemocracia, yo creo que nadie está mejor equipado que el laborismo para denunciar la acrítica exaltación de los mercados y la retórica del crecimiento perpetuo, o lo que es lo mismo, defender la redistribución de la riqueza y la intervención institucional sin olvidar que la libertad es un bien máximo y que la iniciativa económica privada es el motor histórico de la prosperidad. La razón es que la socialdemocracia ya ha demostrado con la experiencia de los Estados del Bienestar que puede crear sociedades más justas sin caer en el autoritarismo. Dice Tony Judt: "Los mercados no generan automáticamente confianza, cooperación o acción colectiva para el bien común. Todo lo contrario: la naturaleza de la competencia económica implica que el participante que rompe las leyes triunfa -al menos a corto plazo- sobre sus competidores con más sensibilidad ética." (Algo va mal, 49)


Ahora bien, la naturaleza ética de esta empresa política requiere hombres y organizaciones que estén a la altura. Eso no sucede actualmente. Los actuales socialistas pueden pasar los días lamentándose porque su electorado no le guarda la fidelidad que las derechas guardan a los suyos, pero mientras sigan en ello o se limiten a cambiar de líder -como ahora se sugiere- seguirán dando vueltas como un tigre enjaulado sin avanzar un metro y sin saber por qué siguen perdiendo votos a mansalva. El problema del PSOE es que su electorado sigue hallándose a la izquierda, y el ciudadano progresista cuestiona por definición el modelo de representación en el que ha hecho fortuna el socialismo desde los tiempos del carisma de Felipe, lo cual vuelve el voto de izquierda condicional y tornadizo. Si no hay una grandeza de miras en los socialistas actuales, si el aparato sigue transmitiendo la sensación de estar completamente desconectado de los problemas -cada vez más angustiosos- de la gente común, si no hay capacidad para proponer opciones de gobierno auténticamente alternativas a la derecha, u honestidad al menos para reconocer que no siempre puede hacerse desde el Poder lo que el electorado de izquierda desea... si, en definitiva, se sigue transmitiendo a quienes queremos derrotar a la derecha la impresión de que lo que tiene ocupados a los socialistas actuales es garantizar que van a seguir viviendo de la política profesional, entonces estarán enviando a la basura el presente y, sobre todo, el futuro de un partido con más de un siglo de historia. 

Un laberinto, sí, desde luego, un problema que la derecha no tiene, porque el electorado conservador jamás castiga a sus representantes, les perdona la corrupción, el servilismo a las naciones extranjeras -ellos que eran tan patriotas- y hasta que, pensemos en Italia, se vayan mucho de putas. Dice Judt: "Sin idealismo, la política se reduce a una forma de contabilidad social, a la administración cotidiana de personas y cosas. Esto también es algo a lo que un conservador puede sobrevivir muy bien, pero para la izquierda significa una catástrofe".(139)

Thursday, October 25, 2012








LA CARGA DE RICK GRIMES

Vuelve The walking dead, uno de los pocos placeres adolescentes que aún me consiento. Al inicio de la tercera temporada, encontramos al grupo de Rick hambriento, exhausto y desesperanzado. Se hallan además literalmente acorralados por miles de zombis en un territorio que tiende a hacerse a más reducido y asfixiante. Lori está a punto de parir, llegan a una penitenciaría y deciden aprovechar las características del lugar, que se halla eficazmente cercado y cancelado por todas partes para confinarse temporalmente en su interior a modo de refugio seguro contra los caminantes.

En nada el lugar recuerda a la granja de Hershell Greene donde pasaron los últimos meses, un lugar que crece en la memoria como un paraíso perdido y que ahora se presiente invadido por las pestilentes legiones. Inútil soñar con el regreso. Pero la empresa de apoderarse de la prisión tampoco es sencilla. Supone abrir un agujero en la alambrada, volver a cerrarla y, sin pausa, lanzarse furiosamente a exterminar a los zombis que la ocupan. El riesgo es máximo, desde fuera no tienen manera de saber cuántos hay exactamente en las dependencias del recinto -ven docenas, pero puede haber centenares-, y tampoco disponen de excesiva munición. En cualquier caso hay que hacerlo y, sobre todo, alguien tiene que convencer a los demás de ello, animándoles para que ni por un fatal instante se dejen abatir por el desánimo o paralizar por el terror.



No creo que haya nada especial en Rick Grimes que le incline a encarnar ese papel dentro del grupo. Es decidido, sensato y no se deja llevar fácilmente ni por el miedo ni por la crueldad. Sin embargo ya ha demostrado varias veces a lo largo de la odisea que es un tipo falible, que puede vacilar en ocasiones y que no siempre controla sus filias y sus fobias. ¿Por qué le toca siempre a él dirigir a los demás? Su prioridad es idéntica a la de cualquiera: defender su vida y la de su familia. De alguna manera los otros se han acostumbrado a obedecerle, lo cual les trae una buena cuenta, pues no son ellos los que han de tomar las decisiones; es Rick quien tiene el poder ejecutivo, nunca mejor dicho porque ello supone, entre otras muchas responsabilidades, ordenar el exterminio de miles de caminantes y, a veces, incluso de humanos que por alguna razón ponen al grupo en peligro.

Insisto en la pregunta: ¿por qué Rick?

No creo tener vocación de líder, me falta templanza; no soy particularmente equilibrado, puedo dejarme arrastrar por la cólera tan fácilmente como por el afecto, y soy particularmente vulnerable al estrés y no especialmente tenaz ni dado al reproche insistente.  ¿Por qué entonces -y disculpen la carga de soberbia que incorpora el sólo hecho de preguntármelo-  me toca a menudo llevar a mis compañeros al combate? ¿Por qué yo y algún otro tan imprudente como yo tenemos siempre que iniciar huelgas, convocar asambleas y promover manifiestos y otras iniciativas con el fin de plantarle cara a un poder que a cada momento se asemeja más impúdicamente a la tiranía? Todos mis compañeros de trabajo, con la excepción de algún facha irredento, comparten la impresión de que los departamentos de gestión educativa son entregados a un hatajo de ineptos, cínicos e irresponsables. Tal cosa no habría de preocuparnos tanto si no fuera porque si los gobiernos colocan a lo peor de cada casa a dirigir la escuela es precisamente porque han decidido exterminarla, al menos la escuela pública. Si en vez de al actual ministro del ramo, el Presidente del Gobierno hubiera colocado a un tipo preparado, con músculo político, fibra moral y disposición al diálogo, la tentación de éste habría sido antes o después esforzarse para lograr que las escuelas funcionen. Si lo que se pretende es que no lo hagan, entonces mejor llamar con el nivel previsible en un habitual de tertulias reaccionarias.

¿Soy el único que se da cuenta? No, todo el mundo te reconoce en privado que ocho años de derecha gobernándonos suponen un peligro letal para el futuro de los servicios públicos más básicos, empezando por el educativo o el sanitario, lo cual lesiona terriblemente a sus usuarios, es decir, a casi toda la ciudadanía, empezando por los niños,  además de a quienes trabajan para ellos. ¿Por qué entonces he de ser yo quien actúe en consecuencia? Quiero que se entienda que no estoy lloriqueando. No simpatizo con los sindicalistas, no me interesa nada eso a lo que llaman liderazgo, no tenga fibra de revolucionario, mi ideario dejo de ser radical hace ya mucho y cada vez que tengo que preparar una reunión o pasar dos tardes elaborando panfletos y carteles o redactando pliegos de firmas me acosa la sensación de que lo que me apetece es irme a mi casa a ver la tele.


Me pasan dos cosas. Una es que soy un tímido consecuente, es decir, no soporto esas situaciones en que varias personas se miran en silencio dentro de un ascensor, de manera que suelo ser yo el que termina diciendo que no se marcha el verano -"hay que ver qué calor hace aún"-; como no aguanto los silencios y las inacciones inaguantables simplemente doy el paso para acabar con ellos. La otra razón es más básica: creo que soy gilipollas. Siempre recuerdo aquella escena final de El coloso en llamas. El arquitecto explica al bombero que hace falta que alguien suba a la azotea del rascacielos y coloque una carga explosiva sobre las conducciones de agua, lo cual puede servir para sofocar el incendio. El plan es perfecto, excepto por un pequeño detalle: quien coloque la carga no tiene manera de salir del atolladero, no habrá tiempo para rescatarla cuando estalle la carga y se desate el aluvión de agua.

-"Ya", dice el bombero, " y está buscando a un tipo lo suficientemente estúpido como para subirse a esa azotea."

Es él el que se sube, claro. Constituye un acto de vanidad por mi parte sentirme un poco Steve McQueen, entre otras cosas porque él es más sexy. En lo demás somos iguales el bombero y yo: igual de gilipollas, quiero decir.