Friday, May 29, 2020

HASTA UN PUEBLO DE DEMONIOS



Sabemos desde Kant que la verdad es un constructo, que aquello a lo que denominamos "la realidad" es el resultado de un denso mapa categorial que aprendemos desde niños a través del lenguaje. Establecer las conclusiones oportunas lleva tiempo y tiene implicaciones colosales. El feminismo, por ejemplo, alcanzó su mayoría de edad, volviéndose con ello real
mente "peligroso" para el patriarcado, el día en que Simone de Beauvoir nos explicó que el género, antes que una imposición aleatoria de la biología, era una compleja configuración histórico-cultural. 

Este descubrimiento nos aboca, irremediablemente, a la diversidad. Con Kant, que escribe en plena Revolución Francesa -por cierto horrorizado a distancia ante las carnicerías de Robespierre-  la Ilustración culmina la formulación de su proyecto, que pasa por la configuración de comunidades polifónicas es, decir, democráticas. No hace falta ser un experto musicólogo para saber que la polifonía no es el caos. La expectativa de no caer en la cínica desidia del "todo vale" o, como diría Ratzinger, en el vértigo del relativismo, pasa por erigir la Razón como garante tanto del conocimiento como de la acción moral. Esto significa muchas cosas. Para empezar, la condición racional plenamente desplegada en el sujeto ilustrado garantiza la libertad o, en palabras de Kant, la autonomía intelectual y moral. Cada ser humano entenderá el mundo como le dicte su conciencia, pero el principio de la libertad fundamentada en la razón no será lo que le separe de los demás, sino más bien lo que nos una a todos. 

Con todas las cautelas a las que el sentido crítico de la razón kantiana me invita, presumo que desde este pilar se sostienen los Derechos Humanos, el principio cosmopolita que reclama una justicia universal, la lucha contra el desastre ecológico  (en especial, el cambio climático), el control de la especulación financiera, la batalla contra el crecimiento de la desigualdad y la precariedad, la protección de los servicios básicos... 

Bien, ahora entenderán por qué recurro a Kant a riesgo de aburrirles. Si yo cediera a mis primeras inclinaciones, haría como algunos de mis allegados y hoy les diría lo que pienso de ciertos sujetos que han llenado páginas y telediarios en los últimos días. De no ser porque me parecen bastante cortitos, diría que son maestros en sacar lo peor de mí. Claro que tampoco debe hacer falta mucho talento, pues hay un par de vecinos de mi bloque que, con bastantes menos estudios que la Marquesa, también lo consiguen a menudo. 

Reflexionemos, ¿debemos sucumbir a la indignación porque un líder del gobierno español, al cual por cierto yo he votado con pleno sentido de la responsabilidad, sea insultado en la persona de su padre, acusado de "terrorista"? La cuestión no es lo que ese comentario y su autora merezcan de mí, la cuestión es si estoy dispuesto a caer en el juego que nos propone y que, sobre todo, sigue con plena convicción la mayor parte de la prensa. De ser así, hoy me limitaría a explicarles por qué creo que esa señora y yo estamos en las Antípodas, hasta el punto de que lo que todo lo que sea bueno para ella va a ser malo para mí.  

He empezado explicando que nuestra visión del mundo adquiere sentido a partir de una serie de a prioris. Esta convicción sortea la antigua fe en un "ojo de Dios". Si la realidad se construye, y hay, por tanto, múltiples formas de otorgar sentido a la experiencia, entonces debemos extraer dos conclusiones urgentes. La primera es que debo aceptar, y en cierto modo incluso celebrar, la diferencia de criterio... Vamos, que hay muchos que piensan muy distinto a mí y que eso, lejos de ser un fastidio, es el cimiento mismo desde el que se sustenta la salud de la comunidad. La segunda es que lo que me presentan como "verdadero", debo identificarlo como el resultado de una serie de interpretaciones, selecciones de relevancia y, en definitiva, decisiones humanas que dependen de intereses privados. 

Lo diré de una vez: podemos pasar días, semanas y, si queremos, el resto de nuestras vidas, hablando de lo que una diputada le dijo a un oponente... y si nos cansamos, tranquilos, siempre hay raciones abundantes de "Sálvame" en el Parlamento. Podemos pensar que no se puede caer más bajo, pero sí se puede, no hay más que mirar en youtube alguna de esas sesiones parlamentarios de ciertos países de las estepas asiáticas donde sus señorías se majan masivamente a palos. En cualquier caso no sé si estamos tan alejados de la barbarie como solemos pensar, sobre todo cuando nos percatamos de que los sillones del Congreso están repletos de almas sin conciencia. 

Somos nosotros, cada uno de nosotros, los que tenemos la responsabilidad de decidir qué es lo verdadero y qué son maniobras de distracción o espectáculos pirotécnicos, por no decir pornográficos. Nissan acaba de cerrar y ha dejado miles de familias en la calle el mismo día nefasto en que Alcoa ha echado a la mitad de su plantilla. No es una simple exigencia intelectual, sino ética, la de mirar hacia los verdaderos incendios que amenazan con destruirnos, para lo cual hace falta audacia, mucha más que la que se requiere para leer a gritos prensa hooligan o lanzar imprecaciones desde las redes sociales. 

Esto, a poco que se disfrute de las luces de la razón, puede terminar por entenderlo -como avisaba el viejo Kant- "hasta un pueblo de demonios". Nos va en ello la supervivencia o, si lo prefieren, mantenernos lejos de las tierras de los bárbaros. 

Wednesday, May 20, 2020

SARAY


No se engañen, no pretendo defender a Saray porque es indefendible. Y CCOO se equivoca cuando censura el comportamiento con la concursante que tuvo Masterchef, especialmente en el momento de la expulsión, pues es ridículo pretender que "le debería haber cuidado especialmente dada su condición de gitana y trans". A una persona categorizada como socialmente vulnerable se le deben otorgar facilidades, pero considerar que puede ser impunemente maleducada, agresiva y despótica supone no solo abaratar reglas de convivencia que valen universalmente, sino además falsear la realidad: nadie soporta a alguien así en la "vida real". Sé bien porque lo digo. Dirijo a diario grupos de niños y adolescentes, y sé perfectamente que dejar que un individuo ególatra, caprichoso e indolente imponga su lógica al conjunto tiene efectos destructivos que es mi obligación impedir. 

¿Por qué pese a todo esto la pasada noche me acosté pensando que Saray era mi héroe? 

Masterchef es uno de tantos realities presentados como concurso y que, al dotarse de un cierto crédito cultural -"la cocina"-, se vuelve tolerable para una cadena pública. Ahora mismo, y el dato es trascendente, es el programa más rentable de TVE. El dinero que emplea en "invitar" a supuestas leyendas de la restauración, ante los cuales los concursantes han de babear con rictus embelesado, y la supuesta autoridad profesional de los tres presentadores le dan la capa de blanco necesaria para que no se advierta que el verdadero interés del espacio es claramente morboso. Al final no es mucho más que un Gran Hermano con la excusa de enseñarte a caramelizar la cebolla antes de sofreír unas mollejas.  

Un divertimento ligero no es intrínsecamente malo... Ni bueno tampoco. Cada persona elige cómo entretenerse y es perfectamente razonable que a la gente no le apetezca ver películas de Von Trier a según qué horas. Otra cosa es que uno haya de tragarse lo que le den o, como expliqué hace unos días en relación a "Sálvame", que haya que aceptar que la basura lo es menos porque las multitudes la adoren. Hace unos veinte años, con el film "El show de Truman" como su gran visión profética, un modelo nuevo de televisión barata y ferozmente eficaz vino para adueñarse del medio. Su clave secreta era convertirnos a todos en mirones -ahora ya sin rubor- de eso que antes solo podíamos imaginar pegando la oreja a la pared para saber por qué reñían los vecinos. Nadie ve Masterchef para aprender recetas, esa es una excusa para marujas. El reality se sigue porque necesitamos que nos ofrezcan el espectáculo del dolor, de la euforia, del miedo o del odio. Esto ya nos lo ofrecían antes desde la ficción del relato, sí, pero la neotelevisión cuenta con el gancho adictivo por excelencia: lo que nos vende es la realidad, lo que ven nuestros ojos es lo que "verdaderamente" ocurre. 

Esto, obviamente, es mentira. En realidad es la mayor de todas, pues precisamente se presenta como lo contrario. Los programas están todos perfectamente trucados. Esto es así desde el primer Gran Hermano, emitido con enorme éxito hace ya veinte años. Se nos hizo creer que veríamos la vida -y quien sabe si la muerte- completamente en directo, pero luego solo presenciábamos un resumen correspondiente a un relato preconfigurado. Las votaciones después nos otorgaban la hipnosis de una ridícula democratización del medio televisivo. No son estos años de zozobra, sino aquellos primeros del siglo, en que la economía se inflaba sin pausa, cuando de verdad nos volvimos todos imbéciles. 

Solo he visto dos veces Masterchef. Escribí sobre la primera, aquel concursante algo cándido que creyó que haría reír al jurado con aquel plato esperpéntico al que llamó "León come gamba". Lo de Saray de esta semana ha sido mucho más heavy, más bizarro, diría yo. La seleccionaron para participar entre veinte mil aspirantes no por saber cocinar, que no tiene ni idea, ni siquiera por la singularidad de sus condiciones... La llevaron a Masterchef porque intuyeron que podía ser el agitador que todo grupo de concursantes necesita para que haya lío y el programa gane audiencia. Les funcionó bien, y la prueba es que yo, que soy un detractor, está hablando ahora de Masterchef, y que sus cifras de audiencia batieron records la noche estelar de Saray. Pero se les escapó de las manos... Y sospechó que de lo que ocurrido con Saray sólo nos han mostrado la mitad de la mitad. 

Inolvidable momento para la historia de la tele ese en el cual Saray se entera que tiene que pelar una perdiz y cocinarla. Se niega, se mea en el programa y decide rebelarse, asumiendo lo que ningún concurso puede tolerar: el suicidio. Genial la presentación del plato con un pajarraco -el "aguilucho asqueroso este", decía la gitana-, rodeado de tomatitos cherry y haberle quitado una pluma. La repugnante reprimenda de los jueces, que sacaron lo más siniestro de su odiosa personalidad autoritaria, convencidos de su superioridad moral, recitando como gallinas cluecas la panoplia de la dignidad del arte culinario,,, El escarnio a Saray del resto de concursantes, que, como ella espetó ante la cámara, demostraron ser un hatajo de hipócritas. Su desaire final, tirando el delantal, me recuerda a episodios míticos como el de Umbral y su libro o Lola Flores y su pendiente perdido. 

Vivimos en la Era Trump, no deberíamos olvidarlo. No sé si saben que, antes de llegar a la Casa Blanca, Donald presentó un reality-concurso particularmente fascista, donde la clave para ganar era comportarse como un miserable. Todos tenemos miedo... Miedo al paro, a la marginación, a quedar fuera de onda... Últimamente también a los virus. Las colas de "personas como nosotros" en la beneficencia nos empuja a la obediencia, a la sumisión, a la falsedad, a una competencia mezquina y desprovista de sentimientos tan imprescindibles como la solidaridad. Saray es una paria, y sabe que solo comportándose como tal podrá salir del anonimato y la pobreza. En ese sentido es una accidente de Masterchef, un accidente televisivo, un virus que se les escapó de las manos. 

Por segunda vez mereció la pena ver Masterchef. Que se jodan. 



Tuesday, May 05, 2020

ROJOS Y MARICONES


“Este es un programa de rojos y maricones. Y al que no le guste, lo siento”. Este el contenido textual del “Jorge Javier estalla” con el cual portadas de toda índole llamaban a gritos nuestra atención la pasada semana. Uno de los colaboradores de Vázquez, el “periodista” Fernando Montero, sacó en “Sálvame” los pies de tiesto al recordar la maldad de Pablo Iglesias y su célebre casoplón de Galapagar. Por lo visto el tema de debate era el affaire de cierto comentarista con pretensiones de cuñado facha y moralista al cual, en un speech televisivo ante el ordenador y en pleno confinamiento, se le coló a las espaldas la imagen de una bella y semidesnuda joven. El “escándalo” se extiende como la pólvora debido a que el personaje es -mejor dicho, era- novio de otra señora por lo visto célebre. Este asunto tan trascendente ha tenido en vilo al país durante un par de semanas, en cierto modo la pareja rota es una víctima más del coronavirus, pues si el cuñado en cuestión no hubiera tenido que comparecer en la tele para soltar sus filípicas desde el ordenador no se le habría cruzado por detrás la amante en bragas.


 Tiene su gracia que a estas alturas Telecinco tenga el cuajo de presentarse como campeona de las libertades y el progresismo. Y, sin embargo, hay algo en la desfachatez de Vázquez que me suscita una reflexión preocupada. No sé cuál es su ideología, o mejor, sí lo sé porque él lo da a entender, pero, como hace miles de años los educadores griegos ya advertían a los niños, “no os precipitéis a juzgar a un hombre por sus palabras sino por sus hechos”. Y lo que hace Vázquez, desde hace muchos años, es pura basura. El hecho mismo de que el nombre “telebasura”, tan recurrente en los años noventa, haya perdido valor de uso, da a pensar que todo el medio televisivo, y yo diría que los medios en general, están tan invadidos por su lógica, que ya no somos capaces de distinguirla y, por consiguiente, denunciarla.


Hubo un tiempo en que el modelo de televisión con vísceras se encastillaba en la libertad nocturna. Las guarradas del Mississippi dejaron lugar a una especie de obscenidad algo más astuta que lideró Xavier Sardà y más rica a Telecinco. Sardà es un mal tipo, no tengo ninguna duda, pero él al menos sabía que era un camello y sus adictos un hatajo de yonquis capaces de comerse cualquier mercancía que les sirviera, aunque fuera pura mierda. Era tan cínico que llegó a permitirse el lujo de decirles a la cara a los televidentes que eran un hatajo de idiotas que le estaban haciendo millonario.


Lo de ahora es más inquietante, pues, aunque Vázquez también me parece un cínico, la autoridad moral con la que se permite humillar públicamente a un majadero reaccionario me invita a preguntarme si es realmente consciente de qué mercancía está vendiendo. También se me ocurre que si no le gustan los racistas ni los homófobos no sé por qué mantiene entre sus colaboradores a un tipo insignificante ideológicamente afín a Vox. “Rojos y maricones”, dice el tío. Hostia. ¿Se le ha ocurrido investigar cuál es el perfil de los millones de españoles que le siguen? Hubo un tiempo en que para poder decir algo así uno tenía que jugarse el pellejo o, cuanto menos, aportar a la comunidad algo valioso. ¿Han visto alguna vez “Sálvame”? Un par  de vueltas de tuerca y el plató que dirige Jorge Javier se me figura un escenario ubuesco, una especie de desfile delirante de miserias humanas, mezquindades y vergüenzas privadas que se exhiben obscenamente al público.


“Habrá un momento en que lo que ahora te parece extraño llegue a ser natural”, le dice la criada torturadora de los oligarcas de Gilead a la protagonista de “El relato de la criada”. A veces me pregunto si la normalización de ciertos espectáculos que denigran la condición humana no son un epítome del mundo que habríamos tenido si Hitler hubiera ganado la Guerra Mundial. Tras una cruenta etapa de posguerra en que se habría institucionalizado el exterminio, las aguas se habrían relajado y un capitalismo sin derechos humanos ni disidencia habría convertido en norma la monstruosidad cotidiana.


“Los ciudadanos no deciden conscientemente ver la televisión. Lo hacen por una especie de atracción, de hipnosis aturdida”, dijo Jean Baudrillard. Se dice que la sociedad se ha quedado sin valores. No estoy seguro de que sea un diagnóstico certero. Se nos inyectan valores a cada momento, otra cosa es que sean los que hacen explícitos los ideólogos, como se advierte con el caso de Vázquez. Se nos transmite -de forma opaca, claro- el principio de la impotencia política, se nos transmite el odio y la violencia en unas dosis que no pongan el peligro el sistema y que lanzamos contra los responsables políticos o las celebridades televisivas… Se nos atenaza, en suma, con una lógica viscosa que nos hace creer que todo, hasta los sentimientos más vocacionalmente destinados al secreto y la privacidad, son asunto mercantil. Todo, el amor, la amistad, el dolor, el sexo… todo es susceptible de convertirse en espectáculo y, por tanto, en mercancía. La mayor promesa de la modernidad burguesa, la autonomía del sujeto, queda convertida en parodia de sí misma ante la conversión de la vida pública en una escena vomitiva de personajes insultándose y revelando intimidades, que es a fin de cuentas lo que, con mucha más honradez, hace la pornografía.


Nunca la insignificancia alcanzó tanta autoridad, nunca fue tan influyente. Por fortuna, la vida siempre va en serio. Toda esta escoria se extinguirá y sus próceres serán olvidados para siempre. “Rojos y maricones”… hay que tener cuajo, macho.

Wednesday, April 29, 2020

EN CUARENTENA


    1. No me pregunten por qué, pero me viene a la cabeza esa época de supuesto esplendor, aquella euforia financiera que muchos llegaron a pensar que no tendría fin. Yo siempre fui capaz de vivir con lo justo y que la prosperidad no tiene por qué transformar radicalmente nuestras preferencias ni mucho menos nuestros principios. Por eso pienso en la pasividad con la que la gente aceptaba aquella costumbre repugnante de los restaurantes a los que llamabas para reservar mesa y te decían aquello de: “mire, esto funciona así, tenemos un turno de 9 a 11 y otro a partir de las once, ¿cuál prefiere”… y yo, obviamente, decidía quedarme en casa o ir a MacDonald´s -he dicho bien, a McDonald´s, que llegó a parecerme entonces un negocio decente- a cambio de no perder mi dignidad. Con qué facilidad aceptaban los ciudadanos aquella humillación, aquella infamia… cada vez que me acuerdo no dejo de sorprenderme.



    2. Tuve una compañera de piso en cierta localidad alicantina que una mañana de lunes me comunicó que en la tarde del día anterior había entendido de forma clara y rotunda el sentido de La Nada... así, con mayúsculas. Llegó allí para compatibilizar el trabajo con el cuidado de su madre, que residía en la capital, a una hora del pueblo en que vivíamos. Llegaba de su casa en la Sierra de Gredos, donde tenía sus amigos, su casa, su entorno predilecto, el espacio donde se sentía joven y libre. Regresó aquel domingo por la tarde… no había nadie en la calle y habría jurado que no había nadie en ningún sitio. Su perro había muerto recientemente, no hacía tiempo para salir al campo ni nadie en disposición de ser visitado. No le gustaba la tele y no recuerdo si entonces existía internet… No sé si ven por qué les cuento esto. A veces, en medio de esta vida convertida en una serie de renuncias, miedos y prohibiciones, cuando todo contacto corporal ha quedado proscrito, me viene a la cabeza aquello de La Nada. Quizá en las épocas normales, en medio del trajín diario en que nos la vida nos tiene distraídos, habríamos de detenernos más a menudo para saborear aquello de La Nada, aunque, obviamente, no sepa a nada.



     3, Mi amigo Ricardo Signes, el mayor especialista que conozco en la novela decimonónica, me va a odiar por esto, pero voy a hablar de “Los miserables” sin haber leído la novela, simplemente por la teleserie británica protagonizada por mi admirado Dominic West, el héroe de la inolvidable “The wire”. (Viene un pequeño spoiler, por si no se conocen la novela de Víctor Hugo). 

     El inspector Javert pasa sus días obsesionado con atrapar a Jean Valjean, al que considera un criminal perverso y endemoniadamente astuto. Después de muchos años persiguiendo un fantasma similar a la Moby Dick de Ahab, Javert descubre un día que Valjean no es el hombre que él creía, que en realidad es justamente lo contrario. Le deja escapar y, tras exigir por carta una humanización del trato a los delincuentes y presidiarios, se lanza por un puente al Sena. ¿Por qué? No dejo de preguntármelo. Yo he cambiado de opinión de forma traumática más de una vez, mi visión del mundo es el resultado de múltiples invasiones, incendios y saqueos…Tengo algunas certezas, pero ni siquiera éstas se hallan libres de pasar por alguna ITV de vez en cuando. No voy a tirarme al río, no al menos por descubrir que Valjean no era, después de todo, peor tipo que yo.

    4.  No conozco a nadie -con permiso de Borges- que haya disertado con tanto ingenio sobre la mentira, sobre su hechizo, sobre su peligro, sobre sus efectos de verdad, como Umberto Eco. Cuando el maestro piamontés escribía sobre complots y otras formas de la conspiranoia resultaba, además de hilarante, especialmente certero.

    Qué nos habría dicho sobre la tempestad de fakes que nos asaltan a través de internet en plena cuarentena? En realidad podemos suponerlo. En uno de sus últimos escritos, recordando a Passolini, decía Eco que “el complot nos hace delirar porque nos libera del peso de tener que enfrentarnos con la realidad”. Y añade: “Si estamos convencidos que la historia del mundo está dirigida por sociedades secretas -ya sean los Iluminados o el Club Biderberg- que van a instaurar un nuevo orden mundial, ¿qué puedo hacer yo? Me rindo y me adapto. Por lo tanto, cualquier teoría de la conspiración orienta la imaginación pública hacia peligros imaginarios y la aparta de las auténticas amenazas”. 


    Apliquémonos el cuento. La plaga del coronavirus no responde a una conspiración. Si a alguien se le escapó deliberadamente unas dosis de un virus sintetizado en un laboratorio es algo que seguramente no sabremos nunca y que dudo mucho que haya ocurrido. En cualquier caso da lo mismo. No hay oligarcas oscuros maquinando para exterminar ancianos y colapsar países porque no les hace falta. Esta crisis está destinada, como la de 2008, a hacer que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. No es una conspiración, lo siento, les vienen bien las mentiras y la estupidez de la gente, pero no requiere reuniones secretas ni desangrar ritualmente a una virgen… lo hacen a la luz del día, no hay más que pasarse por la Bolsa o leer los periódicos. 

    


     5. Veo “Ad Astra”, sin duda un film inusual dentro del género de ciencia-ficción. Se diría que estamos ante una versión astronáutica de la búsqueda de Kurtz en “El corazón de las tinieblas”. (Viene otro puto espoiler) El protagonista, Roy,  cree que su padre, un héroe del espacio, murió décadas atrás en una expedición a los anillos de Saturno cuyo objeto era encontrar vida extraterrestre, por lo visto, la gran obsesion. Cuando descubre que podría estar vivo, decide por cuenta propia capturar una nave para ir a por él. Lo que se encuentra en Saturno es a un viejo loco, incapaz de soportar la evidencia de que ni ha encontrado ni va a encontrar lo que busca. Perdonen que sea un tipo tan aburrido, pero, lo siento, no hay extraterrestres, no hay dioses, no hay nada, son solo leyendas… solo estamos nosotros. Cuando Roy deja a su padre en el espacio -Clifford no soporta regresar de vacío-, se percata al fin de que solo están él y su familia, y la Tierra, y su vida… Ni más ni menos. ¿De verdad no puedes soportarlo?

   6. Voy a recordar a Michael Robinson por muchas cosas, pero lo que me viene a la memoria es la primera vez que me sorprendió, cuando retransmitía un partido del Milán de Sacchi y los talentos holandeses. Conviene saber que él fue, como Marco Van Basten, un delantero centro, aunque con cualidades sumamente diferentes: “Viendo jugar a Van Basten”, dijo con ese acento tan de guiri que, sin embargo, jugaba astutamente con el castellano, “me doy cuenta de lo malo que yo era”. 

     Robinson marcó un hito en la historia de la televisión. Muchos a los que no les interesaba en lo más mínimo el fútbol veían “El día después” y últimamente “Acento Robinson”. Sabía de este juego como pocos porque lo amaba, pero tenía la gracia de encontrar siempre el lado más humano, ese que tan a menudo queda enterrado bajo el lodazal del dinero y las ridículas polémicas de los hooligan. Siempre me llamó la atención esa curiosidad por los personajes más rinconeros y pintorescos de los estadios, los equipos que siempre pierden, los deportistas que quedaron en el camino…"No quiero que me cambien antes del minuto noventa", dijo en su última entrevista.
    
    Queríamos tanto a Michael.











Friday, April 24, 2020

¿QUÉ LIBERTAD?


Si tuviera que dar un único consejo a un hijo… “No confíes jamás en alguien que siempre está del lado de los poderosos”. El documento que, contra el supuesto autoritarismo derivado del coronavirus, ha encabezado Mario Vargas-Llosa, no es solo un despropósito y una cadena de infundios, sobre todo refleja una mediocridad intelectual que me hace recordar aquello que decíamos en el BUP, que el más tonto y rancio de la clase siempre era el facha.



Ya hace mucho que dejé de hacerme preguntas respecto a la célebre esquizofrenia del Nobel peruano, que parece un talentoso profesional de la narrativa, pero que, cuando opina de política, es un ejemplo supremo de lo que Ignacio Sánchez-Cuenca denomina “desfachatez intelectual”. A fin de cuentas, Cela escribió un par de buenas novelas en su juventud, pero a mí siempre me pareció un absoluto impresentable sin pizca de gracia, a pesar de lo mucho que los españoles reían sus majaderías. A menudo los artículos de don Mario en El País alcanzan la categoría de infamia literaria: opiniones sin documentación ni rigor, despliegue de fobias sin más contención que la de su elegante pluma, argumentaciones tópicas y simplistas… A mí me parece muy bien que el diario El País albergue articulistas de derechas, aunque debería preocuparle que sus dos escritores mejor pagados, Javier Marías y Mario Vargas-Llosa, hayan extremado en la edad tardía los componentes más intolerantes y reaccionarios de su temperamento, pues creo que empiezan a perder algo tan imprescindible como es la lucidez. 


Fiel a su costumbre, el escrito que encabeza el peruano y que firman otras muchas personalidades de supuesto prestigio se basa en una idea-fuerza: los gobiernos de izquierda llevan el autoritarismo en el ADN, de ahí que estén aprovechando la crisis desatada por el Covid 19 para colapsar la actividad productiva. Con la excusa del confinamiento nos mantienen a todos paralizados y dispuestos a obedecer sumisamente las instrucciones del nuevo estalinismo. El escrito habla de gobiernos de izquierda con escasa distinción entre las actitudes de los dictatoriales de Nicaragua o Venezuela y los de democracias, entiendo que “secuestradas por la izquierda”, como España o Argentina… Es un poco como aquello del contubernio judeo-masónico… nadie sabía a quién se refería exactamente Franco con aquello, de lo cual se deducía que judeo-masónico era todo aquel que estuviera contra el Régimen. De las barbaridades de Trump no tenemos noticia en el escrito. Tampoco de Bolsonaro. Aunque, bien pensado, debe ser porque ambos, pese a la evidencia mortífera del virus, apuestan por dejar a la gente deambular libremente por las calles, pues, ya que vamos a morir, al menos que nos mate después la recesión económica. Además, y como ya se está viendo, los que mueren son sobre todo negros y habitantes de guetos y favelas.

Pero no me hagan caso a mí, que soy un tipo lleno de ira, lean, lean:

”A ambos lados del Atlántico resurgen el estatismo, el intervencionismo y el populismo con un ímpetu que hace pensar en un cambio de modelo alejado de la democracia liberal y la economía de mercado. Queremos manifestar enérgicamente que esta crisis no debe ser enfrentada sacrificando los derechos y libertades que ha costado mucho conseguir. Rechazamos el falso dilema de que estas circunstancias obligan a elegir entre el autoritarismo y la inseguridad, entre el Ogro Filantrópico y la muerte. “

Me da un poco la risa, así que no me detendré mucho en lo del “Ogro Filantrópico” -así, con mayúsculas, como si fuera un señor con cara y ojos-. Se me ocurre preguntarle al señor Vargas-Llosa, así como a los ilustres españoles que figuran entre los firmantes, la mayoría vinculados al PP, empezando por José María Aznar, si cuando hablan de derechos y libertades no están pensando en la Ley Mordaza, que el Gobierno Sánchez ya debería haber derogado y que, vaya por Dios, resulta que fue cosa del gobierno popular. Lo demás, pese a lo groseramente que maneja los conceptos, merece un análisis más cuidadoso.

Hablan estos defensores de la democracia de “estatismo, intervencionismo y populismo” como características de todos los gobiernos de izquierda, elementos tóxicos que han empezado a imponer con la excusa de la pandemia para cargarse la democracia, o lo que ellos entiendo como democracia, es decir, el liberalismo y la sociedad de mercado.

Vamos a ver, gobiernos de izquierdas y de derechas en todo el mundo han decretado el confinamiento y la paralización de las actividades productivas no esenciales porque entienden que la prioridad es salvar vidas. Estamos como estamos porque no hay un tratamiento eficaz contra el virus, que es justamente lo que precisamos para que la gente, y en especial los ancianos, no se nos mueran a puñados. Si mañana un gobierno tan irresponsable como el de Johnson, el de Bolsonaro o el de Trump, decretara que, por ejemplo, se abrieran las escuelas, yo no acudiría a meterme con treinta personas en un aula porque no quiero coger el coronavirus ni mucho menos contagiar a mis familiares. Soy yo quien voluntariamente se ha confinado.

La pandemia es un desastre social sin precedentes cercanos en el tiempo. Nadie, ni siquiera China, es directamente culpable de la misma, pero son gobiernos como los que le gustan a los firmantes los que, por ejemplo en España, han devastado los servicios públicos, empezando por los sanitarios. De otro lado me hago un par de preguntas maliciosas. ¿No será que a los dueños de las grandes corporaciones, esos de los que tan amigos son Vargas-Llosa y compañía son tan amigos, les preocupa más mantener sus cuotas de negocio que velar por la salud de sus empleados? Seguramente por eso consideran que el coraje con el que gobiernos como el español han decidido hacer prevalecer la salud sobre la economía es un síntoma de su talante autoritario y leninista. Y otra: ¿no será que la pandemia, en vísperas de elecciones presidenciales en los EEUU, amenaza seriamente con echar a Trump de la Casa Blanca? En ese caso, no me extraña demasiado que el círculo internacional de sus partidarios haya decidido movilizarse en su ayuda.

Permítanme alguna que otra reflexión final.

La derecha arrastra un viejo complejo: la superioridad moral de la izquierda. Es algo que la propia izquierda ha problematizado a menudo, pero para la derecha es un demonio que necesita exorcizar. Por eso, como saben que -en relación a los ideales de la Ilustración- tienen perdida la batalla de la igualdad y de la fraternidad, acuden con frecuencia a la cuestión de la libertad, asociando toda forma de izquierda con el autoritarismo marxista. Creer que se es de izquierdas por talante liberticida me parece un síntoma de falta de lecturas. Léanse a Arendt, a Adorno, a De Beauvoir, a Sartre, a Benjamin, a Habermas, a Honneth, a Bauman, a Foucault…

Pero hay algo peor, porque además creo que contiene más mala baba que simple convicción doctrinal: confundir la capacidad para enriquecerse, sobre todo si es para unos pocos, con la libertad tal y como la entendemos en democracia es introducir un sesgo intolerable, pues nada es más dañino para la libertad que alentar las desigualdades extremas tan seductoras para los gobiernos de los amigos de Vargas-Llosa. Muro de México, rechazo a la diversidad sexual, fundamentalismo religioso, persecución de la inmigración, racismo, leyes duras de represión policial… admirable libertarismo el de la derecha, vaya que sí.
 




Permítanme una última consideración. Esta gente no tiene mal olfato. La mayoría de los firmantes son tipos viejos y rancios, algunos, como Savater, y no es el único, son intelectuales a los que ya nadie lee o, en todo caso, solo leen los zotes. Pero detectan un movimiento de profundo calado que se ha despertado en gran parte del mundo, empezando por los EEUU bajo el liderazgo de Bernie Sanders, y que está leyendo la crisis desde una óptica radicalmente contraria a la que defiende la vieja derecha. No sé si vuelve el socialismo, pero millones de personas, especialmente jóvenes, se están dando cuenta de que a los problemas colectivos no se le pueden dar soluciones individualizadas. Lo que los rancios del manifiesto dichoso llaman “intervencionismo” no es sino la exigencia de construir instituciones entre todos que defiendan los derechos de la inmensa mayoría. Tienen razón, algo está pasando y no me sorprende que no les guste.



Monday, April 13, 2020

BERNIE SANDERS

"Los yanquis deberían dejarnos votar". Hace ahora cuarenta años que mi madre efectuó tal aseveración mientras veíamos un telediario. Puedo datar el momento con precisión porque estábamos en plenas presidenciales norteamericanas, con el republicano Ronald Reagan como aspirante y el demócrata Jimmy Carter intentando ganarse otros cuatro años en la Casa Blanca. No parece, después de todo, tan descabellado. Si un pedazo de nuestro bienestar, prosperidad y seguridad, está en juego en los comicios de ese país, no veo por qué hubiéramos de conformarnos con la condición de espectadores pasivos. 

No fue insignificante para el mundo -vaya si no lo fue- el resultado que convirtió en Presidente a Reagan en el 80... Como no lo será ahora que continúe Donald Trump o, por el contrario, acceda Joe Biden. Dado que, como afirma Noam Chomsky, tenemos en el Despacho Oval a un "bufón sociópata", sospecho que, si me dejaran votar, me limitaría a hacerlo por Biden por la sencilla razón de que no es Trump ni se le parece. ¿Basta con eso?

A ver... Si hablo de votar a Biden es porque ya no hay otra opción: Bernie Sanders se ha retirado de la carrera por las primarias demócratas. No tuve duda hace cuatro años y todavía menos la he tenido ahora: Sanders es el hombre capaz de darle la vuelta al ciclo trumpiano. No sé si, como muchos insinúan, en el caso de ganar las primarias habría sido menos eficaz que sus rivales en el Partido para ganar las presidenciales. Esto ya se dijo hace cuatro años cuando disputó -con idéntico resultado- las primarias a Hillary Rodham Clinton y el batacazo final a la hora de la verdad fue colosal... tanto como para que ahora un majadero con la sensibilidad de una calabaza y la inteligencia de un tarugo ocupe la Presidencia a la que Hillary se sentía irremediablemente destinada. Por qué perdió Clinton y por qué -Dios no lo quiera- ahora podría perder Biden, es asunto digno de larga deliberación... Pero deberíamos preguntarnos si no hemos perdido todos algo con la retirada de Sanders. 


Mi interés por este personaje se remonta a las primarias de hace cuatro años, en las que -con Trump consolidándose como lobo feroz de los republicanos-  obtiene apoyos en personajes tan relevantes como los economistas y premios nobel Joseph Stiglitz o Paul Krugman, el filósofo y célebre disidente Noam Chomsky o la periodista Naomi Klein. Es llamativo que Krugman, azote insistente de Trump desde el New York Times, se haya distanciado de las posiciones de Sanders al considerar un serio peligro, además de un caso de innecesaria autocomplacencia, su insistencia en definirse como socialista. Quizá las reticencias de Krugman, convencido "obamista", sean el mejor síntoma de lo que ha conseguido Sanders: romper el tabú que arrastra la nación más poderosa del mundo con respecto a ese concepto tan asumido en el resto del mundo y, concretamente, en Europa: el socialismo. 

En la visión de Krugman, esa conducta es imprudente, incluso cuando Sanders ya ha recalcado que su objetivo no es acercar los EEUU a Venezuela sino a Dinamarca. Con ello, siempre según el economista, aleja al votante centrista, y refuerza la impertinencia de quienes le califican como el "Trump de la izquierda" o aquel periodista que profetizaba "ejecuciones en Central Park" si Sanders llegaba a la Casa Blanca. 


Majaderías aparte, la trayectoria de Sanders no legitima a nadie para mostrarse sorprendido. Proviene de una familia de judíos que fue casi exterminada en el Holocausto. Sus padres emigraron a Norteamérica y fueron fervientes partidarios del modelo socialdemócrata de Roosevelt. El joven Bernard acompañó a Martin Luther King -sin duda una de sus grandes fuentes de inspiración- en la célebre Marcha por los Derechos Civiles y se opuso desde movimientos pacifistas al reclutamiento para la Guerra del Vietnam. Fue durante muchos años alcalde de Burlington, la principal ciudad de Vermont, estado del noroeste por el cual es senador actualmente. Ha sido reiteradamente calificado como el mejor alcalde de toda la nación. Antes de convertirse en candidato para las presidenciales, había encabezado distintas iniciativas relativas a la financiación de los partidos, denunciando el peso político de Wall Street o acusando a la Reserva Federal de actuar al servicio de los milmillonarios del país. 

Si estaba seriamente destinado a cumplir sus promesas electorales es algo que ya no sabremos nunca, pues dada su edad y el hecho de haber sufrido un infarto no hace mucho, tengo el barrunto de que su carrera ha finalizado aquí. No parece sin embargo el tipo de político que especula por un puñado de votos. 


Por ejemplo, Sanders proyectaba un sistema de atención médica universal, el llamado "Medicare para todos"... un modelo de seguridad social poco menos que impensable en los USA pero común en otros muchos países mucho más eficaces en sanidad que el Tío Sam. Añadimos un proyecto similar a nivel educativo, lo que supondría reforzar extraordinariamente la escuela pública, en la actualidad muy deteriorada en grandes zonas del país. Pretende -mucha atención a esto- mitigar la monstruosa deuda con los bancos de los universitarios, incrementar el salario mínimo, instaurando nuevos reglamentos para aminorar la desigualdad laboral...Sigo: crear una red de seguridad laboral que contemple recuperar la capacidad de negociación sindical, incluyendo la cuestión de las bajas por maternidad; impuestos a Wall Street y en general a la especulación financiera; descriminalización de la inmigración y giro total a la política de Trump en materia de extranjería; regreso a los acuerdos mundiales contra el cambio climático; reforma del sistema de financiación de partidos; supresión definitiva de la pena de muerte; sanciones a la brutalidad policial; legalización del consumo de marihuana; disminución de porcentajes de población en presidios; apoyo a los derechos LGTB...

Puedo seguir, pero, lamentablemente, tendrá que ser algún otro demócrata como Warren quien recoja el testigo. Creo, no obstante, que la sombra de Sanders va a ser alargada y que el hombre que ha decidido asumir su derrota no será olvidado. No creo que esté en la mano de Sanders convencer a la nación de que el socialismo puede ser bueno, pero sí ha logrado algo mejor: poner el capitalismo entre interrogantes, romper el hechizo neoliberal y recuperar, sobre todo entre los jóvenes, la perspectiva de lo colectivo frente a la mentira del "sálvese quien pueda".


No es poca cosa en una nación como la suya, y no es un mal camino teniendo en cuenta lo que muchos están terminando de descubrir con el monstruo de la pandemia: somos frágiles... solos nos extinguiremos uno a uno, solo la solidaridad e instituciones auténticamente democráticas pueden salvarnos.  

Thursday, April 09, 2020

DESDE LA VENTANA


“Si no quieres sucumbir a la rabia, renuncia a escarbar en la memoria”. El aforismo de Cioran es, como tantas otras veces, desolador… además de ferozmente autodestructivo. El confinamiento al que creemos habernos acostumbrado, seguramente porque no somos conscientes de lo que está haciendo en nosotros, tiene ese efecto: invita a escudriñar en nuestro pasado. Añadamos un exceso de merodeo por Facebook y ya tenemos el coctel perfectamente tóxico.

El de ayer fue el día más extraño desde que empezó el confinamiento. Un endemoniado entrecruzamiento de coincidencias -ya saben cómo es Facebook- me hizo saber que alguien a quien conocí en mi juventud había fallecido hace algún tiempo. Dudé que fuera ella porque me costaba reconocerla en sus últimas fotos… Algunos datos  que recogí en su muro, la mayoría por allegados que le lloraban, me hizo deducir que, inequívocamente, se trataba de Estela. Recordé lo luminosa y lo inalcanzable que me parecía en mi juventud. Cuando la conocí recuerdo que llevaba dos tipos permanentemente revoloteando alrededor. Y ese era tan solo el séquito habitual. Estela rompía, no te enamorabas perdidamente de ella porque todo hijo de vecino sabe que algunos sueños son imposibles... Estela solo besaba a hombres que, cuando te veían cerca de ella, ni siquiera se inquietaban porque intuían que no eras rival. Cuando ayer me convencí que aquella mujer de cuarenta y tantos que había fallecido era efectivamente Estela, sentí como si, por un instante, algunas de mis más antiguas cicatrices volvieran a supurar. Subí como un sonámbulo a la terraza del bloque donde vivo. El ruido ensordecedor de las aspas de un helicóptero de la policía me sacó del anonadamiento en que me había quedado mirando a mi ciudad con los ojos de quien descubre, repentinamente, que nada tiene demasiado sentido. Regresé a casa antes de que los geos bajaran por una cuerda a detenerme.

¿Para qué vivimos? La respuesta de que la vida no tiene finalidad y que es inútil insistir en preguntárselo es insatisfactoria… No porque no tenga razón, claro que la tiene, la vida no tiene ningún sentido, pero esa certeza no ahoga la tentación de volver a hacernos la pregunta en ocasiones sucesivas.

Se me ocurre que los seres humanos somos decepcionantes. También a esto aludía Cioran, a quien parecía complacerle su poder para seguir defraudando a sus congéneres. Mi biografía está atravesada por el recuerdo de docenas de despedidas. De algunas me arrepiento, me alejé de personas a las que ahora echo de menos. Por suerte o por desgracia no son demasiados. A la mayoría dejé de verlos porque me defraudaron, como también yo he defraudado a muchos. A lo largo de este medio siglo he conocido a infinidad de farsantes. Algunos eran tan cínicos y tan impresentables que se tardaba poco en verlos venir. Con otros tardé más… tardé demasiado, diría yo, porque su juego era mucho más astuto y peligroso. Y, sin embargo, con algunos de ellos, los que, como Estela, causaron un impacto demoledor en lo más profundo de mi alma, me pasa eso que dijo Rene Char: “el rayo me dura”.

Quiero ser honesto, a lo mejor eso, la honestidad -y la lucidez-, es lo único que me queda. Algunas personas son decididamente olvidables y no nos han servido más que para hacernos perder estúpidamente el tiempo. Otras… bueno, el problema quizá es solo que no nos dieron lo que les pedíamos. Quizá no quisieron, y estaban en su derecho, o a lo mejor es solo que les pedíamos demasiado y no podían dárnoslo. Como el mono egoísta que somos, desafiamos al mundo a que nos depare amor y atención, pero no tenemos el valor de dárselo a muchos que nos lo piden a nosotros. Estela murió y yo no estaba allí. Ya no vale de nada llorarle tan a destiempo. Como tantas veces en mi vida, he llegado tarde a casi todo… incluso a los entierros.

Miro a la ventana como aquella mujer del cuadro de Hopper. Debo dejar de escudriñar en Facebook, no quiero saber más, no quiero sucumbir a la rabia… Tampoco a la melancolía de no haber sabido ser, a tiempo, el hombre con el que soñaba ser cuando era niño. 


A mis espaldas mi hija sigue una clase de danza on line. Sus movimientos contienen una belleza que llega a producirme consternación cuando me da por pensar que todo aquello de lo que disfrutamos es efímero. Quizá por eso es tan hermoso, porque, como las flores, no está destinado a durar demasiado, y no nos queda otra que intentar gozar de ello como si fuera el último momento.

Una noche, mientras la acostaba, me preguntó por la muerte. Le contesté que todos vamos a morir, que yo también me iría algún día de su lado…

“… Pero quedarás en mi memoria”, contestó.