Saturday, April 24, 2010







EL HIYAB DE ANTÍGONA

Asisto gracias a un compañero de Latín a la semana que la asociación Prosopon dedica anualmente en Sagunto al mundo clásico. Los alumnos de un Instituto de Valencia representan Antígona. No hay para mí tragedia como ésta, no hay trágico como Sófocles. El asunto de la joven musulmana que se ha empeñado contra viento y marea en acudir a clase con los hábitos que sus creencias prescriben para las mujeres me recuerda irremediablemente a la batalla que Antígona libra contra Creonte y, por extensión, contra Tebas. Antígona, ante la debilidad de su madre –Ismene- se ve obligada por las atávicas leyes religiosas, que ordenan enterrar con los correspondientes ritos a los muertos, a desobedecer las órdenes del Rey, que ha decretado la prohibición de inhumar a Polinices por traición a la ciudad. La ley de la polis se enfrenta aquí fatalmente a la ley de la familia, el orden público colisiona irremediablemente contra la ley de la familia, ese “oscuro rumor de lo doméstico”, como Hegel lo llamaba. Según este filósofo alemán, que dirigió su mirada con auténtica pasión hacia el momento fundacional de la civilización europea, en este fatal conflicto encontramos el desgarramiento que pondría en marcha la historia de la cultura occidental. La tensión entre la ley de los dioses y la de la ciudad atravesará ya para siempre la vida de las comunidades europeas. En cierto modo, no somos sino el producto de dicha dialéctica.

Eran alumnos de instituto, actores amateurs a los que a veces les temblaba la voz, pero yo salí del viejo teatro romano con la ilusión de haber admirado, una vez más, el coraje de Antígona y los lamentos del Coro.


No son muy distintos, aunque por fortuna menos trágicos, los motivos de la joven musulmana que se niega a quitarse el hiyab para entrar al aula en un instituto de Madrid, lo que le va a acarrear la expulsión y el convertirse en un símbolo, no se sabe muy bien si del fanatismo religioso o de lo contrario, por ejemplo la libertad de expresión. Deberíamos empezar por entender que Najwa ya no está en condiciones de cambiar de conducta, pues si ahora se quitara el hiyab, sentiría que está renunciando a su identidad e insultando a su Dios, pues se sometería con ello a lo que sin duda le parecen coacciones. Y solo faltaban por cierto los necios de la ultraderecha colocando pegatinas en el colegio de Najwa para terminar de enredar las cosas. Tampoco deja de llamarme la atención la contradicción de posiciones en la izquierda. La misma filosofía liberal y progresista es capaz de recabar firmas a favor de los derechos de Najwa en unos lugares, y de exigir la prohibición de todo este de prendas femeninas por considerarlas símbolos de la esclavitud de la mujer en el Islam.

No es difícil adivinar que los motivos de la joven marroquí para asistir a clase ataviada de esa manera son profundos y en ningún caso resultado del capricho, por más que sus dieciséis años no le den para mucho más que aquello de “voy como me da la gana”. Esa fue la respuesta a la pregunta de una profesora que le pidió, estoy seguro de que amablemente, que se quitara el pañuelo de la cabeza en el aula.

Si hay algo que conozco mejor que un aula, es una sesión de Consejo Escolar, espacio donde se reúnen profesores, padres, alumnos y hasta delegados políticos para debatir la gestión de la escuela. Y puedo imaginarme lo que sucedió en el instituto de Pozuelo el día en que resolvieron qué hacer con esta patata caliente que es el hiyab de Najwa. Dado que el Reglamento que rige la convivencia en el centro prohíbe, sospecho, el uso de sombreros, gorras o pañuelos, es decir, prendas que cubran la cabeza dentro del aula, lo que han decidido es hacer cumplir las normas que ellos mismos aprobaron. Sabían que se les iban a echar encima todo tipo de críticas y que obtendrían una indeseable repercusión mediática con esa decisión, pero estaban siendo coherentes. La grandeza de la ley está en que su aplicación ha de garantizarse incluso cuando la discreción o el puro cálculo estratégico hacen recomendable sortearla. Tiempo habrá de cambiar esa norma si así lo juzgan los miembros del Consejo, quienes no me cabe duda de que van a reflexionar mucho sobre Najwa, pero ese momento no es hoy, cuando el curso está a punto de acabarse. De otro lado, demasiada exigencia me parece la de que el Centro cambie sus normas cuando no hay una legislación que determine claramente qué hacer y qué no hacer con casos como éste. La conclusión es obvia: es al Estado español al que le compete clarificar estas cuestiones en la nueva ley de libertad religiosa.

¿Islamofobia? No lo creo, pero es facilón y tentador lanzar la acusación sobre quien no la merece. Y desde luego no faltan quienes aprovechan este tipo de situaciones para vender su quincalla ideológica. La ultraderecha, por ejemplo. La broma de algún humorista gráfico, que tras el 11-S cubrió con un burka a la Estatua de la Libertad –aquí sería la Virgen de los Desamparados-, traduce ese temor de muchos ciudadanos europeos, para los cuales el principio de libertad religiosa traduce la debilidad con que Occidente afronta el riesgo de una sutil invasión islamizadora.

Más sorprendente han resultado las declaraciones del portavoz episcopal, Martínez Camino, quien parece hacer causa común con los imames para defender los derechos de Najwa. Ha sido hábil, desde luego, pues, a pesar de que probablemente desprecia las prácticas de las “falsas religiones”, sabe muy bien que el auténtico enemigo de todas las teocracias es el laicismo, de manera que, por la grieta del derecho a exhibir signos religiosos, trata de colar el de volver a llenar de cruces las paredes de, por ejemplo, las escuelas públicas. No es el primer síntoma de unidad de intereses entre las jerarquías de los credos rivales: el episcopado lleva años no mostrando incomodidad alguna cuando, preguntados por el privilegio de que en escuelas públicas se impartan clases de adoctrinamiento católico, no ven con malos ojos que las minorías que profesan creencias como las islámicas puedan recibir a las mismas horas la enseñanza doctrinal correspondiente. Curiosa manera de entender la libertad religiosa: quienes libremente decidimos no profesar creencia religiosa alguna debemos sufragar económicamente la empresa de adoctrinamiento, llenando las escuelas de curas, imames y rabinos –¿y por qué no reverendos protestantes o lamas…?

Insisto, el enemigo es el laicismo, el cual es perversamente confundido a menudo con el ateísmo. Si el Estado español, como la mayoría de naciones que han sido lo suficientemente sensatas como para asumir los valores de la modernidad y la Ilustración, se declara laico, no es porque quiera poner trabas a la libertad de conciencia, sino porque, muy al contrario, lo que pretende es posibilitarla, evitando que los derechos al culto de los unos termine por imponerse a la fuerza sobre los otros.

Es muy burda la argumentación de Mtnez Camino cuando, al tratar de rebatir el principio de que la fe religiosa pertenece al marco privado, afirma que ello nos obligaría a recluir tras la puerta de las casas la exhibición de signos religiosos. Lo que en realidad significa “marco privado” en este caso es que el Estado es neutral ante la pluralidad de creencias, y que ninguna puede exigir privilegios sobre las otras ni invadir las instituciones públicas. Afirmar que desde el principio laicista llegamos a la prohibición de los signos es una simplificación ridícula: que mi aula no esté presidida por un crucifijo no significa que yo pueda prohibir a un alumno llevar una cruz colgada del cuello. Jamás lo haría, ni con una cruz ni con una Estrella de David, porque yo, al contrario que la gente como Martínez Camino, respeto el derecho a sostener creencias diferentes a las mías.

Una vez asumimos que la actitud de Najwa no es caprichosa y nos zafamos de interpretaciones oportunistas, la pregunta sigue planteada:¿qué hacer pues con el hiyab de las mujeres musulmanas? Lo primero es dirigir la mirada a los legisladores y exigirles que planteen de verdad las condiciones y los límites de la libertad religiosa con arreglo a los tiempos en que nos encontramos, lo cual, en mi opinión, debe empezar con romper de una vez por todas con el dichoso Concordato con el Estado Vaticano, que mantiene situaciones hoy en día inadmisibles de privilegio para el culto católico, el cual es ciertamente mayoritario en nuestro país, lo cual ni supone que los ciudadanos que no lo compartimos hayamos de sufragarlo, ni que goce de ventajas de las que carecen los demás credos.

Personalmente, yo me inclinaría por no aceptar la presencia de prendas que puedan cubrir la cabeza de los alumnos de una escuela o instituto. ¿Por qué? Precisamente porque creo que uno de los grandes logros de la civilización es el de imponer una observancia formal sobre las reglas de respeto en los espacios públicos, entendiendo por tales en este caso no las calles o los bares, sino lugares como escuelas, juzgados o ayuntamientos. Entiendo que esto pueda ser discutible respecto al caso de mi Antígona musulmana, pero tampoco acepto que mis alumnos entren con gorras o pañuelos de rapero al aula –repito, al aula, no al instituto-, y tienen el mismo derecho que Najwa y razones seguramente igual de sólidas. Discutible, de acuerdo, y sería bastante mas inflexible con el burka o el velo, por la sencilla razón de que quiero poder ver el rostro de mis alumnos. Imaginen que un alumno viniera a clase con un antifaz de Batman y, al solicitarle que se lo quitara, me dijera que sus creencias frikis le obligan a ir así por el mundo. ¿Tendría menos derecho que una joven árabe? ¿Quién decide qué cultos son serios y cuáles no? ¿Tenemos derecho a determinar qué intenciones que guían los actos de las personas son aceptables y cuáles no? ¿Estamos dispuestos a entender que la libertad debe ser estructurada o seguimos siendo tan pueriles que democracia significa hacer lo que me venga en gana?

En cualquier caso, legislar sobre un problema que es novedoso en nuestro país libraría a escuelas e institutos de asumir una iniciativa que, como ha sucedido en Pozuelo, los deja indefensos. Y puestos a reclamar leyes, creo que conviene prevenir contra una tentación peligrosísima y en la que ya han caído los franceses que, como Sarkozy -siempre tan oportuno en estos temas tan inflamables- creen poder prohibir a las mujeres llevar burka o niqab por la calle. Debemos entender que el tipo de espacio público que es la calle se diferencia completamente del que es una escuela o un tribunal de justicia, eso que a Mtnez Camino también le cuesta mucho distinguir. Es aquí donde la sospecha de soterrada islamofobia toma cuerpo, y me pregunto si a Sarko no se le ha ocurrido pensar que los tacones de aguja, los corsés, los hábitos de monja o las faldas son también signos de la opresión patriarcal sobre las mujeres.

Un tema complicado, ¿verdad? Siempre lo ha sido regular la convivencia, y lo va a ser más cada día. Por eso conviene evitar simplificaciones demagógicas y efectuar todas las distinciones oportunas. Y espero que Najwa vuelva cuanto antes a la escuela. Quizá así aprenda, algún día, que la historia de luchas que llevaron a que ahora podamos hablar de sus derechos no nacieron de la fe sino de la razón.

11 comments:

Isabel Zarzuela said...

Este sí que es un tema complicado. Y como no podía ser de otro modo, para más inri (nunca mejor dicho) y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, tiene que aparecer la mismísima reencarnación del diablo (¿te has fijado bien en su mirada?) o sea, Martínez Camino, para hablarnos de libertad religiosa. Parece que este señor no entiende muy bien lo que es la libertad religiosa y el Estado laico; que no es lo mismo que cuelgue de la pared de un instituto público un crucifijo (en cuyo caso ya no sería el colegio de un estado laico) o que cuelgue del cuello de un alumno. ¿O se refiere a la libertad religiosa que prohíbe la entrada de mujeres con camiseta de tirantes en determinadas iglesias, como por ejemplo la de San Pedro de Roma? Claro, claro, se refiere a esa libertad…

Por cierto, David, ¿no te recuerda el hábito de las monjas al burka que llevan algunas mujeres musulmanas? Ambos representan la esclavitud de la mujer. No sé, veo el hiyab más bien como un distintivo de religión, de procedencia o de orígenes. Incluso se ha llegado ha utilizar esta prenda por mujeres que viajan a países musulmanes ejerciendo labores de alta representatividad de los países occidentales de los que proceden. Y esto lo entiendo como un gesto de respeto y de aceptación de las costumbres del otro.

Saludos, David. Siempre es un placer leerte.

David P.Montesinos said...

Y siempre es un placer verte por aquí o por el blog de Justo, Isabel, máxime porque sé que tus dedicaciones actuales apenas te dejan tiempo para nada.

Comparto tu opinión respecto a la confusión que arteramente intenta introducir Mtnez Camino respecto al tema de la exhibición pública de signos. Lo que pretende es que se garantice en determinadas instituciones la posibilidad de colocar crucifijos, no tengo duda de esto, porque lo que les aterrorize es que las imágenes que dan fe -nunca mejor dicho- de la hegemonía espiritual del catolicismo se sustenta psicológicamente en estas cosas. La niña debe poder llevar hyjab, ergo nadie me puede impedir instalar cruces en la pared de una escuela, muy pillo.

Yo también distinto entre el hyjab y el burka, no me parecen lo mismo, aunque suelo ser prudente a la hora de entrar en cuestiones con tanta densidad histórica. Decidir, como han hecho en Francia, que un atavío es signo irremediablemente de la dominación patriarcal y que por tanto debe prohibirse su uso en la calle me parece problemático.

Al respecto, debo decirlo, se está montando un debate fascinante. Hoy por ejemplo, en las cartas al director de El País hablaba un profesor de derecho administrativo y explicaba por qué un reglamente local como es el de una escuela no puede interrumpir un derecho de mayor rango como es el de la libertad religiosa. En su tribuna, Savater dice a continuación justamente lo contrario, que las costumbres y los signos religiosos no tienen por qué constituir zonas francas para la aplicación de las normas con las que las comunidades rigen su convivencia. Te lo recomiendo. Gracias por aparecer.

Anonymous said...

Pues yo le felicito, señor Montesinos, no sólo por ser como es y por pensar y expresarse como lo hace, sino por regalarnos frases y pensamientos tan hermosos como el que pone punto y final a su artículo. Lo reproduzco porque debo confesarle que me ha llegado:

"Y espero que Najwa vuelva cuanto antes a la escuela. Quizá así aprenda, algún día, que la historia de luchas que llevaron a que ahora podamos hablar de sus derechos no nacieron de la fe sino de la razón".

Muchas gracias.

A. Lillo

David P.Montesinos said...

Es un honor su amistad, señor Lillo.

Justo Serna said...

Leo el post que dedica al hiyab de Najwa. Trata precisamente de lo que más me preocupa: de cómo enfrentarnos a lo diario y lo común cuando convicciones contrarias a las nuestras se anteponen o cuando las religiones se emplean como expresión de la identidad.

Yo conseguí quitarme de la creencia religiosa (como quien se quita de una adicción, que en mi caso nunca fue tal). Pero respeto a quienes persisten..., siempre que no nos obliguen a comulgar.

La convicción del yo, la evidencia de lo que nos distingue, una identidad que se afirma expresándose. ¡A los dieciséis años! Qué occidental es esa postura. Qué impensable es en culturas fideístas o teocráticas.

Alguna vez escribí esto: en las sociedades étnica y culturalmente homogéneas, en la sociedad cerrada, el otro no incomoda y es invisible; en cambio, en la sociedad abierta que no hace de la pertenencia comunitaria su fundamento y que permite un efectivo pluralismo, el extraño es una molestia con la que hemos debemos aprender a convivir y que nos ensancha; a la vez, ese otro debe aprender a aceptar y respetar las condiciones generales de la convivencia política que hacen posible la democracia liberal. Se trata de crear un espacio de acogida para disidentes, ellos y yo, un espacio en donde a nadie se le puede discriminar por sus ideas, creencias, etcétera, pero también un espacio en donde nadie puede pretender respeto por sus ideas y creencias, sino sólo respeto por su persona, el que hace posible la autonomía, dignidad e inviolabilidad de los individuos.

David P.Montesinos said...

Gracias por leerme, señor Serna. Se me ocurre pensar en algo que he oído con frecuencia, concretamente en relación al mundo islámico, he escuchado con frecuencia: "Tú, cuando vas a su país, has de ir como ellos digan, pero aquí resulta que exigen ir como quieran ellos... y no se ocurra decirles nada porque estás yendo contra sus derechos"

Esta visión de las cosas, muy de taxista que escucha la cope, pero ciertamente presente en mucha gente, traduce bastantes inexactitudes -por ejemplo la de quien nunca ha visitado un país de confesión musulmana y ha dado por verdaderos toda una serie de viejos tópicos-, pero sobre todo ignora algo fundamental. Si en un país dominado por el teocentrismo y las imposiciones de los clérigos -sea la Sharia o no- se obliga a las mujeres a llevar tales o cuales distintivos, lo que debe diferenciar a una sociedad ilustrada es justamente que no está obligado a llevarlos, no que se le debe a llevar otros. Las mujeres árabes en España o en Francia deben tener el derecho a llevar el atavío que su criterio libre -porque de libertad se trata- les indique. Lo que nos posiciona como sociedad abierta es que las prescripciones no se establecen desde instancias exteriores a la propia conciencia. Es un error terrible confundir la libertad con debilidad o pasiva tolerancia, entre otras cosas porque lo que sí debemos perseguir es al que coacciona a la mujer a llevar tales prendas.

Ricardo Signes said...

La ordenación de temas en tu artículo -de la tragedia al pañuelo- parece revelar poco optismismo en la solución del segundo, aunque sé que me vas a decir que no. Pasas de la tragedia -la escenificación de una lucha perdida de antemano- al pañuelo en la cabeza, que supone, en principio, un conflicto de costumbres, pero conflicto, al fin; y como en ese territorio, el sentido común no suele ser común, hay que reclamar una legislación definida para atajar equívocos. Dejar en manos de los consejos escolares la decisión no me parece más que un parche que puede multiplicar el lío. Lo suyo es una ley general que establezca claramente que la escuela -la pública, pero también la privada y la concertada- son espacios para la integración social donde no tienen cabida ni el capirote de nazareno ni el pañuelo en la cabeza ni la peineta de fallera, la gorra de rapero o la máscara del Zorro.

David P.Montesinos said...

Soy escéptico hacia que la inmensa mayoría de las personas religiosas del mundo entiendan que las comunidades solo pueden ser genuinamente democráticas dentro del laicismo, que por cierto es algo muy distinto al ateísmo, aunque tampoco soy optimista respecto a que entiendan esto último.

El símil con Antígona no pretendo llevarlo hasta sus últimas consecuencias, aunque creo que hay algunas notas en común. Tiene algo épico, reconozcámoslo, la tenacidad de Najwa. Me gustaría pensar que eso va a ayudar a que seamos más tolerantes con religiones y costumbres diferentes, y no es malo que eso se empiece a entender desde la escuela, pero temo que por el camino que vamos lo que vamos a conseguir es más segregación y un culto a la particularidad que en el fondo es muy cómodo y muy poco republicano. Lo de ir a clase de nazarenos, como sugieres, no sería mala idea.

Isabel said...

Completamente de acuerdo contigo, David. Lo que pasa es que después de leer tu última intervención, no sé... a lo mejor es un poco exagerado, pero me estoy preguntando hasta qué punto somos libres las mujeres (también los hombres) occidentales a la hora de elegir nuestra indumentaria.

Isabel Zarzuela

David P.Montesinos said...

Temo, Isabel, que la libertad de elección de cosas como el atuendo está en nuestra sociedad mucho más estructurado en torno a la lógica del consumo que del ejercicio de la libre expresión en el sentido en que lo entendería un ilustrado, se me ocurre.

Isabel said...

Yo también lo temo, David. En fin, otra forma más de esclavitud.