
RELATOS
POR ENTREGAS
1. En el recientemente celebrado congreso sobre Foucault, un participante -el único explícitamente hostil al filósofo francés- enfocó su ponencia a partir de un golpe de vista televisivo: las décimas de segundo en que aparece un ensayo foucaultiano que es sacado de una estantería.
Esta aparición tan fugaz, casi subliminal, y que pasa por alto para cualquier espectador que no esté especialmente interesado en el pensador de Poitiers, se produce en el último episodio de la serie El ala oeste de la Casa Blanca. Jed Bartlet, presidente demócrata de origen irlandés y de rigurosa observancia católica y romana, acaba de ser derrotado y se dispone abandonar la que ha sido su residencia y la de su familia durante sus años de mandato. ¿Suponemos que, con el cambio de Presidente, el texto de Foucault abandona también la Casa Blanca? Para el ponente, el pensamiento de Michel Foucault aboca a la impotencia política, a la incapacidad de los gobernantes para impartir justicia e imponerse a los poderes fácticos. Sin darse cuenta, Bartlet ha incluido en su biblioteca al autor que puede revelarle el más terrible de los secretos de la política: el de que incluso él, supuestamente el gobernante más poderoso del mundo, está condenado al laberinto sin salida de la inacción por el que deambula inútilmente todo político en nu
estro tiempo.
Creo que la interpretación es sugerente, aunque falsa. Pero no es ésta polémica apasionante -la de si el poder está o no realmente donde creemos encontrarlo- lo que me induce a recordar hoy esa ponencia, sino el hábil recurso del conferenciante para extraer conclusiones sobre cuestiones de enorme trascendencia a partir de una serie de la tele. No hay que creer al ponente, hay que escucharle con atención y detectar todo lo que de atractiva o abusiva tiene su interpretación... Pero, además, hay que ver El ala oeste de la Casa Blanca. Y no sólo ese capítulo final en la historia de la serie, cuando Bartlet es sustituido por Matt V. Santos, también demócrata y, por cierto, primer presidente hispano en la historia de los Estados Unidos. La "V." del nuevo ocupante del despacho oval, esa inicial del segundo nombre que termina identificando más que ninguna otra cosa a cualquier celebridad norteamericana, oculta el nombre de pila Vicente. ¿Presentimiento para la vida real del desembarco de Obama en la Casa Blanca? Toménselo como les apetezca. Y acéptenme un consejo. Busquen el capítulo de la tercera temporada en que Bartlet, tras la muerte de una colaboradora muy cercana, tiene la insolencia de ordenar que le cierren una catedral católica para poder hablar a solas nada menos que... ¿lo adivinan?... sí, con Dios. Tras romper con Él -así las gastan algunas veces los irlandeses de América, recuerden a John Ford- encenderá un cigarrillo y lo apagará con su zapato. Si ven el capítulo titulado Dos catedrales lo entenderán todo. Una joya.

2. En la reciente y polémica entrevista concedida por Felipe González a Juan José Millás, se le ha pasado a todo el mundo -excepto a Elvira Lindo- un detalle. El ex-Presidente dijo no sentir el más mínimo interés por las series televisivas: "... ¿De esas que hay que haber visto todos los capítulos anteriores para entender lo que pasa? No, no me interesan". Sin duda, Felipe tiene cosas más importantes que hacer con su tiempo. Es lo que mi abuelo decía cuando a mi padre, en su juventud, le dio por leer a un tal Dostoievsky: "¡Bah! ¡noveletes!" Una estúpida ficción, sí, aunque -como dijo el poeta Gregory Corso para referirse al cine- "no tan estúpida como la vida real". Cuando de algo pensamos que supone un gran esfuerzo, lo que en realidad estamos diciendo es que no nos apetece en lo más mínimo. Pero es que es justamente ese el quid de la cuestión de las series, de todo tipo de series, incluyendo las novelísticas o los cómics.
Convendría empezar por decir que en el mundo del relato -tan viejo como la cultura- la secuencialidad no es solo una anomalía, sino que más bien es históricamente la norma. Lo que recuerdo del Guerrero del Antifaz no es su final, sino aquella tensión tan dulce de la espera durante la semana. Empezamos mi hermano y yo por el capítulo veintitantos, luego teníamos un doble motivo de expectación: lo que pasaría en el siguiente, pero también lo que había pasado antes, cómo se había llegado a aquello, cómo empezó todo... Antes de aquellos capítulos fundacionales, que buscamos durante meses denodadamente, especulábamos tanto con posibles explicaciones a aquel trágico antifaz, que llegamos a forjar un verdadero "mito del origen". Si quieren puedo hablarles de la novela por entregas del XIX, de Balzac, del ciclo detectivesco de Conan Doyle, de quienes en la España del XVII hicieron correr la voz de que llegaba una segunda parte de las andanzas del Caballero Don Quijote y su escudero. Nada es más humano que querer saber más de aquellos de los que nos enamoramos. Démosles tiempo, concedámosles otra oportunidad... a ver dónde demonios va a parar la cosa.

3. Carlos Boyero tiene la virtud de resultarme irritante con la misma facilidad con la que me arranca carcajadas. Si uno lee entre líneas de sus intervenciones en El País, en el que ejerce lo que yo denominaría "crítica de autor", puede encontrarse con algunas intuiciones de una lucidez cruda y casi brutal pero deslumbrante. A veces entran ganas de estrangularle, pero me proporcionó una clave esencial el día que explicó cómo y por qué el talento artístico había emigrado desde el mundo del cine hasta el de las series, al menos en Norteamérica. Cuidado, no hablo de Lost, esa serie ciertamente adictiva y de la que hay que saber hacerse una idea, más que nada por su valor como fenómeno sociológico. Yo me refiero a Los soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, The wire, Mad men, Dexter, A dos metros bajo tierra o House. No tengo el más mínimo rubor en declarar obras maestras a alguna de ellas. No solo se han hecho buenas series durante esta década, en contra de lo que creen los jóvenes bloggers, los cuales, a tenor de las listas que pomposamente publican como las mejores de la historia, parecen pensar que el mundo empezó con ellos y que quienes peinamos canas no hemos visto más que películas de Joselito.
Pues no, hubo vida antes de la sobrevalorada Lost: desde Star trek, Espacio 1999, Un hombre en casa, Lou Grant, Yo Claudio, Las aventuras de Sherlock Holmes o Raices, hasta El Príncipe de Bel Air, Twin Peaks, La familia Monster o la inevitable The Simpsons. Y, sin embargo, de no ser por joyas como La cinta blanca o porque Clint Eastwood ha hecho algún tipo de pacto fáustico con las musas, tengo que dar la razón a quienes piensan que ésta ha sido la década de las series, y que gastar siete euros en ver algo mucho más dudoso que lo que puedes ver a través de internet e
s hoy en día tener ganas de hacer el primo. No propongo algo tan poco saludable como es quedarse en casa trasegándo series de TV como un freaky, lo que digo es que hay que liberarse de ciertos prejuicios. Durante décadas, cuando dejamos de ver Pixie y Dixie o al tonto de Michael Landon en la insufrible Casa de la pradera, entendimos que una serie era un producto -a veces vistoso, a veces cutre- que se manufacturaba en plan fast food, con claves simplistas y destinadas a un consumo rápido y una digestión fácil. Y el caso es que éste planteamiento es perfectamente válido para la mayoría de series que atraviesan la parrilla de la programación, tanto de las cadenas en abierto como de las de pago. Pero eso es algo que se puede decir tranquilamente de tantas y tantas películas alimenticias de las que nos da noticia la cartelera semanalmente. Ahora bien, en el momento es que una serie cae en manos de una productora que encuentra su target en la calidad o, al menos, en la comercialidad, y pone una buena propuesta en manos de un equipo de realización bien avenido y con talento, entonces ¿por qué no? es posible encontrarnos con joyas como The wire.
Es cierto que, con frecuencia, un producto talentoso se va degradando con el tiempo, a medida que los profesionales se van agotando y los productores se empeñan en alargar la vigencia en el mercado de una mercancía que acaso merecía una muerte digna. Es el caso de CSI, puede terminar siéndolo de Cuéntame, y corremos sus fans el riesgo de que lo sea de House. Claro que, a lo mejor, se trata de riesgos que debemos que correr, porque, como dijo Montaigne, "hay que vivir para disfrutar de los placeres, pero sabiendo que tienen su caducidad"

4. Pues resulta que no tenía yo hoy otra intención que hablarles de The wire. Lo dejo para otro día, y quizá sea mejor así, porque con ella me pasa algo raro, que me fascina y captura toda mi atención, pero que no la entiendo. No es que no sepa quedarme con la ensalada de nombres y bandos que los policías de Baltimore colocan en una pizarrita a la que acuden continuamente. Eso me ocurre, desde luego, pero yo me refiero a otra cosa. Ante The wire tengo la sensación de encontrarme perdido en medio de un gigantesco rompecabezas. Junto unas cuantas piezas por aquí, otras por allá, pero solo soy capaz de entrever remotamente una configuración general, algo misterioso a lo que apunta todo ese deambular kafkiano de personajes que intentan -sin éxito- obtener la victoria que les permita ganar definitivamente una guerra fatalmente destinada a no concluir jamás, como si, de alguna forma, los dos bandos que tratan mutuamente de exterminarse se necesitaran el uno al otro para sobrevivir. No se confundan, el rompecabezas no tiene nada que ver con el de Lost. No es un misterio más o menos sobrenatural cuyas respuestas solo son conocidas por un guionista tramposo. No, es el misterio de la vida misma, que fluye, con sus más crudas contradicciones, con toda su fatalidad, en ese discurrir viscoso de cada episodio.

Es peligroso ver de The wire. Uno llega a entender los motivos de todos, incluso de aquellos a los que es correcto odiar. Todas las barreras que los malos narradores nos dan previamente hechas parecen ir desmoronándose a cada momento. Los héroes lo son de verdad, pero a su pesar, y sin que se les reconozca. Hay algo tenebroso tras cada victoria de los buenos, y algo misteriosamente humano en la dedicación al crimen de los malos. Puede pasarte como a mi abuela le pasó una vez viendo El Padrino: "aquí te vuelven loca, porque al final no sabes quién quieres que gane." Un laberinto, sí, como la vida misma. Lo peor es que, casi desde el primer episodio, tuve la sensación de que casi todas las demás series iban a parecerme de mentira a su lado. No es, como he oído decir, que se trate de una serie "realista", es que el paisaje que va configurando es tan poderoso, tiene una atmósfera tan densa y abre tantos espacios a la mirada, que uno tiene la sensación de que es la vida misma la que transcurre ante sus ojos en esos cincuenta y tantos minutos de cada entrega. Ya les hablo de The wire, que quiero cenar antes de que empiece Walking dead. Jamás me interesaron los zombis -siguen en realidad sin interesarme- hasta que Ricardo Signes me dejó el cómic que ha inspirado la serie, y les aseguro que puede sorprenderles. En realidad, es lo que me pasa también con los vampiros, que no me interesan nada, excepto cuando pienso en el legítimo rey de todos ellos... El Conde Drácula, obviamente.
Esta aparición tan fugaz, casi subliminal, y que pasa por alto para cualquier espectador que no esté especialmente interesado en el pensador de Poitiers, se produce en el último episodio de la serie El ala oeste de la Casa Blanca. Jed Bartlet, presidente demócrata de origen irlandés y de rigurosa observancia católica y romana, acaba de ser derrotado y se dispone abandonar la que ha sido su residencia y la de su familia durante sus años de mandato. ¿Suponemos que, con el cambio de Presidente, el texto de Foucault abandona también la Casa Blanca? Para el ponente, el pensamiento de Michel Foucault aboca a la impotencia política, a la incapacidad de los gobernantes para impartir justicia e imponerse a los poderes fácticos. Sin darse cuenta, Bartlet ha incluido en su biblioteca al autor que puede revelarle el más terrible de los secretos de la política: el de que incluso él, supuestamente el gobernante más poderoso del mundo, está condenado al laberinto sin salida de la inacción por el que deambula inútilmente todo político en nu

Creo que la interpretación es sugerente, aunque falsa. Pero no es ésta polémica apasionante -la de si el poder está o no realmente donde creemos encontrarlo- lo que me induce a recordar hoy esa ponencia, sino el hábil recurso del conferenciante para extraer conclusiones sobre cuestiones de enorme trascendencia a partir de una serie de la tele. No hay que creer al ponente, hay que escucharle con atención y detectar todo lo que de atractiva o abusiva tiene su interpretación... Pero, además, hay que ver El ala oeste de la Casa Blanca. Y no sólo ese capítulo final en la historia de la serie, cuando Bartlet es sustituido por Matt V. Santos, también demócrata y, por cierto, primer presidente hispano en la historia de los Estados Unidos. La "V." del nuevo ocupante del despacho oval, esa inicial del segundo nombre que termina identificando más que ninguna otra cosa a cualquier celebridad norteamericana, oculta el nombre de pila Vicente. ¿Presentimiento para la vida real del desembarco de Obama en la Casa Blanca? Toménselo como les apetezca. Y acéptenme un consejo. Busquen el capítulo de la tercera temporada en que Bartlet, tras la muerte de una colaboradora muy cercana, tiene la insolencia de ordenar que le cierren una catedral católica para poder hablar a solas nada menos que... ¿lo adivinan?... sí, con Dios. Tras romper con Él -así las gastan algunas veces los irlandeses de América, recuerden a John Ford- encenderá un cigarrillo y lo apagará con su zapato. Si ven el capítulo titulado Dos catedrales lo entenderán todo. Una joya.

2. En la reciente y polémica entrevista concedida por Felipe González a Juan José Millás, se le ha pasado a todo el mundo -excepto a Elvira Lindo- un detalle. El ex-Presidente dijo no sentir el más mínimo interés por las series televisivas: "... ¿De esas que hay que haber visto todos los capítulos anteriores para entender lo que pasa? No, no me interesan". Sin duda, Felipe tiene cosas más importantes que hacer con su tiempo. Es lo que mi abuelo decía cuando a mi padre, en su juventud, le dio por leer a un tal Dostoievsky: "¡Bah! ¡noveletes!" Una estúpida ficción, sí, aunque -como dijo el poeta Gregory Corso para referirse al cine- "no tan estúpida como la vida real". Cuando de algo pensamos que supone un gran esfuerzo, lo que en realidad estamos diciendo es que no nos apetece en lo más mínimo. Pero es que es justamente ese el quid de la cuestión de las series, de todo tipo de series, incluyendo las novelísticas o los cómics.
Convendría empezar por decir que en el mundo del relato -tan viejo como la cultura- la secuencialidad no es solo una anomalía, sino que más bien es históricamente la norma. Lo que recuerdo del Guerrero del Antifaz no es su final, sino aquella tensión tan dulce de la espera durante la semana. Empezamos mi hermano y yo por el capítulo veintitantos, luego teníamos un doble motivo de expectación: lo que pasaría en el siguiente, pero también lo que había pasado antes, cómo se había llegado a aquello, cómo empezó todo... Antes de aquellos capítulos fundacionales, que buscamos durante meses denodadamente, especulábamos tanto con posibles explicaciones a aquel trágico antifaz, que llegamos a forjar un verdadero "mito del origen". Si quieren puedo hablarles de la novela por entregas del XIX, de Balzac, del ciclo detectivesco de Conan Doyle, de quienes en la España del XVII hicieron correr la voz de que llegaba una segunda parte de las andanzas del Caballero Don Quijote y su escudero. Nada es más humano que querer saber más de aquellos de los que nos enamoramos. Démosles tiempo, concedámosles otra oportunidad... a ver dónde demonios va a parar la cosa.

3. Carlos Boyero tiene la virtud de resultarme irritante con la misma facilidad con la que me arranca carcajadas. Si uno lee entre líneas de sus intervenciones en El País, en el que ejerce lo que yo denominaría "crítica de autor", puede encontrarse con algunas intuiciones de una lucidez cruda y casi brutal pero deslumbrante. A veces entran ganas de estrangularle, pero me proporcionó una clave esencial el día que explicó cómo y por qué el talento artístico había emigrado desde el mundo del cine hasta el de las series, al menos en Norteamérica. Cuidado, no hablo de Lost, esa serie ciertamente adictiva y de la que hay que saber hacerse una idea, más que nada por su valor como fenómeno sociológico. Yo me refiero a Los soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, The wire, Mad men, Dexter, A dos metros bajo tierra o House. No tengo el más mínimo rubor en declarar obras maestras a alguna de ellas. No solo se han hecho buenas series durante esta década, en contra de lo que creen los jóvenes bloggers, los cuales, a tenor de las listas que pomposamente publican como las mejores de la historia, parecen pensar que el mundo empezó con ellos y que quienes peinamos canas no hemos visto más que películas de Joselito.
Pues no, hubo vida antes de la sobrevalorada Lost: desde Star trek, Espacio 1999, Un hombre en casa, Lou Grant, Yo Claudio, Las aventuras de Sherlock Holmes o Raices, hasta El Príncipe de Bel Air, Twin Peaks, La familia Monster o la inevitable The Simpsons. Y, sin embargo, de no ser por joyas como La cinta blanca o porque Clint Eastwood ha hecho algún tipo de pacto fáustico con las musas, tengo que dar la razón a quienes piensan que ésta ha sido la década de las series, y que gastar siete euros en ver algo mucho más dudoso que lo que puedes ver a través de internet e

Es cierto que, con frecuencia, un producto talentoso se va degradando con el tiempo, a medida que los profesionales se van agotando y los productores se empeñan en alargar la vigencia en el mercado de una mercancía que acaso merecía una muerte digna. Es el caso de CSI, puede terminar siéndolo de Cuéntame, y corremos sus fans el riesgo de que lo sea de House. Claro que, a lo mejor, se trata de riesgos que debemos que correr, porque, como dijo Montaigne, "hay que vivir para disfrutar de los placeres, pero sabiendo que tienen su caducidad"

4. Pues resulta que no tenía yo hoy otra intención que hablarles de The wire. Lo dejo para otro día, y quizá sea mejor así, porque con ella me pasa algo raro, que me fascina y captura toda mi atención, pero que no la entiendo. No es que no sepa quedarme con la ensalada de nombres y bandos que los policías de Baltimore colocan en una pizarrita a la que acuden continuamente. Eso me ocurre, desde luego, pero yo me refiero a otra cosa. Ante The wire tengo la sensación de encontrarme perdido en medio de un gigantesco rompecabezas. Junto unas cuantas piezas por aquí, otras por allá, pero solo soy capaz de entrever remotamente una configuración general, algo misterioso a lo que apunta todo ese deambular kafkiano de personajes que intentan -sin éxito- obtener la victoria que les permita ganar definitivamente una guerra fatalmente destinada a no concluir jamás, como si, de alguna forma, los dos bandos que tratan mutuamente de exterminarse se necesitaran el uno al otro para sobrevivir. No se confundan, el rompecabezas no tiene nada que ver con el de Lost. No es un misterio más o menos sobrenatural cuyas respuestas solo son conocidas por un guionista tramposo. No, es el misterio de la vida misma, que fluye, con sus más crudas contradicciones, con toda su fatalidad, en ese discurrir viscoso de cada episodio.

Es peligroso ver de The wire. Uno llega a entender los motivos de todos, incluso de aquellos a los que es correcto odiar. Todas las barreras que los malos narradores nos dan previamente hechas parecen ir desmoronándose a cada momento. Los héroes lo son de verdad, pero a su pesar, y sin que se les reconozca. Hay algo tenebroso tras cada victoria de los buenos, y algo misteriosamente humano en la dedicación al crimen de los malos. Puede pasarte como a mi abuela le pasó una vez viendo El Padrino: "aquí te vuelven loca, porque al final no sabes quién quieres que gane." Un laberinto, sí, como la vida misma. Lo peor es que, casi desde el primer episodio, tuve la sensación de que casi todas las demás series iban a parecerme de mentira a su lado. No es, como he oído decir, que se trate de una serie "realista", es que el paisaje que va configurando es tan poderoso, tiene una atmósfera tan densa y abre tantos espacios a la mirada, que uno tiene la sensación de que es la vida misma la que transcurre ante sus ojos en esos cincuenta y tantos minutos de cada entrega. Ya les hablo de The wire, que quiero cenar antes de que empiece Walking dead. Jamás me interesaron los zombis -siguen en realidad sin interesarme- hasta que Ricardo Signes me dejó el cómic que ha inspirado la serie, y les aseguro que puede sorprenderles. En realidad, es lo que me pasa también con los vampiros, que no me interesan nada, excepto cuando pienso en el legítimo rey de todos ellos... El Conde Drácula, obviamente.