
EL INSOMNIO es una de esas dolencias sobre las que uno sospecha que los médicos van a ayudarle bien poco. Soy poco proclive al esoterismo, de manera que no voy a lanzar soflamas ideológicas contra la medicina convencional. El objetivo de la práctica clínica es sanar, de manera que si uno tiene una bacteria en la válvula del corazón, me parece perfecto que los galenos apliquen los fármacos adecuados para eliminarla. Si el proceso ha dejado dañado el órgano en cuestión, es igualmente aceptable que, tras estudiar las opciones y sus consecuencias, decidan hacer intervenir la cirugía, en la cual no tengo duda de que, por ejemplo en España, la sanidad pública es perfectamente competente.
Claro que tampoco hay que ser extremista. Conocí un tipo con ideas originales que, para fastidiar a sus allegados ecologistas o con propensiones new age, solía predicar en favor de los fármacos. "Cuando tengo un problema, enseguida tomo medicamentos: a mí me gusta la química." A mí, la verdad, no me gusta la química... ni tampoco me disgusta, si me soluciona un problema sin matarme estoy dispuesto a pagar por ella, si no, pues no. El problema de aquel gran defensor de los adelantos de la ciencia es que, a fuerza de llevar la contraria al hatajo de hippies revenidos que eran sus amigos, había perdido la lucidez para entender que si hay algo peor que negarse por sistema a consumir medicamentos es embutirse pastillitas al primer síntoma de picor en los pelillos de la oreja.
Creo que uno debe consultar a los médicos. Si arrastras síntomas persistentes de lo que te parece un resfriado, será un doctor, al menos un buen doctor el que seguramente se percate de que llevas cuatro días pernoctando en un hotel con moqueta, y que lo que se manifiesta como tos y congestión de vías respiratorias es en realidad la respuesta de tu cuerpo a un síndrome alérgico, de manera que, salvo que seas masoquista y te guste estar jodido, lo mejor será que tomes el zyrtec que te ha prescrito. No, mi problema no es ese, mi problema es el mismo que en las anteriores ocasiones de mi vida en que a mi sistema nervioso le ha dado por fastidiarme.

Hace años, en un periodo de alteración psicosomática bastante incómodo, un especialista me diagnosticó un "síndrome de irritación digestiva". Yo no necesitaba tal ejercicio de nomenclatura para saber que lo que me pasaba era que a mi estómago le había pegado por remolonear durante las digestiones. Me prescribió unas pastillas y me dio los consejos al uso respecto al café, el alcohol, el tabaco... todo eso que a ustedes les dicen cada vez que se acercan a una consulta. (No conozco a ningún médico que te aconseje que hagas más el amor, por cierto, y sin embargo estoy firmemente convencido de que es una de las prácticas más salutíferas, siempre y cuando uno lo haga por la misma razón por la que se fuma un habano, es decir, por divertirse, y no por conformar a su pareja o seguir los consejos de una revista tonta que dice no sé qué mariconadas sobre el tantra, los chacras y la interpenetración de los espíritus). No me curó. Lo supe porque seguí exactamente igual hasta que me di cuenta de que era mi cabecita loca la que no funcionaba. Recuerdo que, una tarde en que andaba enfrascado en mi Tesis doctoral y me calentaba los cascos sobre el riesgo de quedarme sin trabajo, opté por salir de casa, entré al Tongoka -que es un bar muy chulo- me bebí dos cervezas, fumé lo que encontré, dije cuatro animaladas con los amigotes y me puse un partido de la champions... Fueron prácticas realmente insalubres, pero al cabo de un rato me di cuenta de que no había ni sombra de irritación digestiva. Había desaparecido por completo. Desde entonces no tuve dudas. Era mi cabeza la que tenía que mandar sobre mi estómago.
No me creo ese rollo también en el fondo muy new age de que "todo es psicosomático". Sí creo que, en muchísimas enfermedades, la disposición de ánimo del paciente determina un tanto por cien muy considerable de las posibilidades de curación, pero cuando te duele a rabiar una rodilla por el reuma, ya puede uno tener, como mi madre, las ganas de sanar de un cíclope, que el dichoso dolor va a seguir recordandonos con cada punzada lo mucho que le gusta compartir su vida con nosotros. El problema no es, como insisten algunos esotéricos amigos míos, eso de que "los médicos no tienen ni idea"; el verdadero problema, creo, es que tenemos el vicio de pedirles demasiado. Saben lo que -con arreglo al actual estado de conocimientos en las ciencias de la salud- deben saber. Por eso sospecho que será inútil visitar a mi médico de cabecera para explicarle que duermo mucho menos de lo que me gustaría.
Dijo Leonard Cohen que lo que diferencia a cada hombre es su manera de "traicionar la revolución". Yo siempre pensé que lo que nos define es cómo reaccionamos el día en que la mirada de una mujer nos revela sin ambigüedades que ya no le interesamos. Hoy estoy más bien por pensar que lo que verdaderamente nos clasifica es nuestro insomnio, ya no tanto sus causas -eso en realidad es trivial, pueden ser cualesquiera- sino la manera de manifestarse en cada uno de nosotros y cómo reaccionamos ante ello.
Así, mi insomnio, sin ir más lejos, es de un tipo peculiar: no tengo problemas -como la mayoría de insomnes- para conciliar el sueño, lo que sucede es que a horas indelicadamente tempranas, cuando al sol aún ni se le pasa por la cabeza arrimarse, un chip en la cabeza me indica que si no abro los ojos llegará el fin del mundo... y ahí se acaba mi aventura nocturna con Morfeo. Todas las recetas para vencer al insomnio, las de la abuela, las de los curanderos, las de los psicólogos, se encaminan preferentemente hacia la conciliación del sueño. Así, uno puede evitar cierto tipo de alimentos o bebidas, aplicar sofisticadas estrategias de relax corporal o simplemente ponerse a contar corderitos... Pero contra el despertar temprano -que así se llama el síndrome que padezco- no me consta que exista nada, seguramente porque es más difícil de entender que el insomnio convencional.
Tengo algunas sospechas respecto al origen del problema: creo que es de orden neurótico, en el sentido más freudiano de la palabra. Mi propensión natural es ser un zángano. Una vuelta de tuerca más en mi juventud a mi indisciplina, un poco menos de vigilancia por parte de mis mayores y yo ahora estaría viviendo en la calle o, en el mejor de los casos, gorroneando de un seguro social o de alguna viuda con pensión regulera. No me habría entregado al crimen porque soy pacífico y acaso algo cobarde, pero tendría en cualquier caso lo que podríamos llamar una vida de informalidad. El día que descubrí que debía adaptarme y pactar y que, una vez interiorizadas las pautas del Sistema, ya no habría descanso, operose en mí el giro mental gracias al cual soy un tipo razonablemente normalizado.

Conozco personas para las cuales hacer una gestión en una ventanilla donde además hay una cola de morirse, acudir al banco, preparar informes, montar un mueble de Ikea, criar niños o buscar una empresa que ponga suelos de parquet, es tan natural y tan sencillo como masticar un chicle. Para mí todo eso es posible, pero no natural, de manera que me supone durísimos ejercicios de autodisciplina. Mi tío Sam, un siciliano muy machote y muy duro, lloraba como una nenaza la noche antes de subirse a un avión, pues tenía pánico a volar; yo estoy muy cerca de ponerme a llorar la noche antes de tener que ir a las oficinas de la conselleria para tramitar la solicitud del sexenio. Me gustaría engañarme a mí mismo y decir que en realidad lo que pasa es que soy un contestatario y un anarquista que se rebela contra la cárcel de hierro de la burocracia y el orden burgués capitalista, pero también se puede interpretar que simplemente soy un mierda.
El caso es que pasan los años y no llevo a cabo el más sublime de mis deseos ocultos: romper con todo e irme a vagabundear con un grupo de okupas. Pasaría hambre y frío, bebería un vino de tetra brik al que no se adaptaría jamás mi delicado paladar y me darían palizas los neonazis, pero al menos no tendría que consultar en el banco la amortización de la hipoteca, ni acudir a reuniones del equipo educativo, ni -lo mejor de todo- no tendría que decir buenos días todas las mañanas a un tipo de mi finca al que en realidad me gustaría aclararle que su sola presencia me despierta arcadas. No son magras tales mercedes, pero tengo la sospecha de que es más prudente mi actual adocenamiento.
El precio es el insomnio.
Cioran dedicó muchos de sus aforismos al mal de la diosa Ate, hija de Zeus, quien castigaba los actos irreflexivos de los hombres privándoles del sueño. Leyendo a Cioran...
"pienso incluso que la pérdida total de la esperanza es inconcebible sin la colaboración del insomnio... los insomnes, esos malditos castigados por crimen de lucidez. Velar es ser consciente más allá de lo soportable, es no poder olvidar, es experimentar la continuidad de lo intolerable. Mientras los que duermen comienzan cada mañana un nuevo día, para el insomne apenas es posible el olvido, puesto que noche y día arrostra sin interrupción el mismo infierno"
...uno se solaza con la impresión de acercarse a la condición de genio. Pero -como todos mis momentos de engolamiento- el solaz se hace añicos cuando recuerdo que la persona más estúpida, más irrespirable y más exasperante con la que Dios me ha concedido la gracia de convivir era una superclase del insomnio, hasta el punto de que pasé largos e irritantes ratos escuchándola disertar sobre la inconveniencia que para un insomne supone comer un conguito de chocolate más allá de las cinco de la tarde. Además, a mí, al contrario que a Cioran, el hastío metafísico no me ha hecho perder las ganas de comer, beber, fumar y holgar, lo que alimenta mis sospechas de que las causas de mi insomnio no tienen que ver con ninguna angustia existencial.
Creo más bien que mi mente está programada para reaccionar ante el miedo a perder la disciplina, a ser expulsado del tren de la normalidad, a despertarme un día y ver que ya no hay hacienda ni trabajo. Van por ahí los tiros, me parece.
Por otra parte, yo no vivo en París como Cioran, de ahí que no pueda entregar mis noches en vela indeseada a caminar por Pigalle para encontrarme con las putas que el rumano frecuentaba, un hábito que da mucho juego creativo a los escritores. Me suelo conformar con encender el ordenador y jugar al frogger, que es un juego de ranas que saltan por una carretera. Banal que es uno.