Todos hemos visto "The tale of the handmaid", o, en todo caso, hemos tenido que decidir no verla o abandonarla una vez empezada. Nos hallamos, no hay duda, ante un fenómeno televisivo multitudinario. No llega a los índices de audiencia de "Juego de tronos", pero sospecho que su repercusión en la cultura tiene más profundidad y recorrido.
Es difícil encontrar grandes objeciones a un producto de tan elevada factura. La puesta en escena es impecable, hace falta virtuosismo para configurar un paisaje tan hipnótico. Es tan poderosa su iconografía que no sorprende nada que, como ya sucedió en "V de vendetta", haya trasladado el uniforme de las "Marthas" a manifestaciones feministas del mundo real. Esa imagen de Defred y sus compañeras con el vestido rojo y la cofia blanca, pasivas y silenciosas en espacios que tanto recuerdan a la pintura de Vermeer... no es extraño que hayan llegado a convertirse en símbolo de la dominación machista en los últimos meses. Tal es el poder de una serie de la HBO en este globalizado siglo XXI.
Podemos hablar de los intérpretes, especialmente de las actrices, y por encima de todos, el trabajo colosal de Elisabeth Moss, cuya creación de Peggy Olson en Mad Men ya amábamos muchos. O la técnica narrativa. Esa fluida alternancia entre la humillación presente y el insistente asalto a la memoria de un pasado que ahora se descubre como el paraíso perdido... Con ello no sólo descubre el espectador cómo llegamos al desastre, también advertimos las dimensiones del dolor por lo que perdimos. No olvido ese momento de los primeros compases de la serie, cuando las protagonistas -mujeres empoderadas y universitarias- son insultadas impunemente por el nuevo camarero de la cantina unos segundos antes de que descubran que el acceso a las cuentas bancarias ha sido cancelado para ellas y para el resto de mujeres de la nueva nación, la República de Gilead.
No sigo, no soy experto en "El cuento de la criada", que sean otros los que glosen con detalle los incuestionables méritos del producto.
No tengo dudas respecto al valor que tiene Handmaid como inspiración para afrontar las grandes controversias políticas del momento: "¿Por qué os horrorizáis, reaccionarios? ¿No es esto lo que reclamabais?"... Es una pregunta que yo dirigiría a algunos de mis allegados con afición a impacientarse con la democracia. Estáis hartos de ver a las mujeres instalarse cada vez con más determinación en los puestos de poder que antes eran dominio exclusivo de los varones. No soportáis la "normalización" de ciertas formas de libertinaje, como la homosexualidad. Los jueces no se atreven a ser duros con los delincuentes... decís a menudo. Padres y educadores ya no son capaces de mantener su autoridad ante los niños... La gente blasfema impunemente mientras los árabes vienen aquí a poner sus mezquitas y encima no puedes decirles nada que se ofenden...
... Pues bien, aquí tenéis la respuesta a vuestros rezos: se llama Gilead. De momento sólo es ficción, aunque, como dice Woody Allen, no se puede tener todo. El pequeño problema es que cuando veis la serie, sólo si sois unos putos psicópatas podéis encontrar en el orden social que presenta algo mínimamente deseable. Es un cuadro de pesadilla, una distopía en toda la extensión del concepto: las mujeres díscolas con su nueva condición de esclavas son torturadas y asesinadas, se vigila exhaustivamente cada movimiento a través de una red de delación que habría enviado el mismísimo Goebbels, se ahorca o lapida en público ritual a todo aquel que tenga la insolencia de disentir.
Muy pocos, digan lo que digan, quieren hoy una dictadura, más si es como Gilead: un Estado integrista cristiano cuya práctica cotidiana consiste en un ejercicio sistemático y atroz de la violencia y la intimidación. ¿Los Amish al poder? Un poco sí, porque se han quedado en el siglo XVII, pero los Amish no creen en la violencia, luego es algo así como un estalinismo pasado por la máquina del tiempo. Puro delirio, vamos. Es virtud de Handmaid mostrarnos ese horror, recordarnos que los "desórdenes" propios de las sociedades abiertas son siempre preferibles a la ferocidad represiva del autoritarismo.
¿Una gran serie de la HBO? Sí, quizás lo sea. Maneja con habilidad algunas de las corrientes ideológicas más inquietantes de nuestro tiempo para diseñar una paisaje de futuro a corto plazo con el que uno debe desasosegarse y recordar lo valiosas que son algunas instituciones y derechos que ha costado mucho conseguir y que continúan teniendo detractores.
¿Por qué entonces no me horroriza "El cuento de la criada"? ¿Por qué, aún a riesgo de molestar a quienes entregan sin ambages su entusiasmo a la serie, no consigo emocionarme?
Denme un rato, debo explicarme.
Desde la Cueva del Gigante, lugar perdido en un territorio árido donde antiguamente se refugiaban los bandoleros, esta página intenta echar luz, y también alguna sombra, sobre los fenómenos sociales contemporáneos: las nuevas tribus, los simulacros culturales, los movimientos de masas, etc...
Saturday, September 08, 2018
Friday, September 07, 2018
EL CUENTO DE LA CRIADA

No me demoraré en el odioso terreno de las comparaciones. Si Handmaid me pareciera una serie insignificante no habría caso. Proyecto considerables dudas sobre ella porque creo que contiene trampas, insuficiencias y contradicciones, y porque su impactante factura visual y el fabuloso trabajo de su actriz protagonista no me parecen razones suficientes para situarla -como algunos hacen- dentro del elenco de productos míticos que han convertido las dos décadas de siglo que llevamos en la era de las series televisivas. No estoy pensando solo en la tetralogía inevitable -Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking bad-... Me sorprende que personas que parecen arrebatadas por Handmaid no se hayan percatado de que series no tan multitudinarias como Deadwood, la primera entrega de True detective o Rectify contienen mucha más densidad y son bastante menos tramposas y transmiten dramas humanos bastante más oscuros e inquietantes.
Es cuestión de gustos, dicen... Bien, pero más allá de lo atractiva que sea la distopía de Gilead, esa especie de reino puritano integrista del siglo XVII trasladado a nuestro tiempo, la cuestión es si Handmaid traduce temores realmente consistentes. Yo creo que capta hábilmente algunas tendencias que a no dudarlo están presentes en la actualidad, desde el incremento de las tecnologías de vigilancia hasta la insurgencia furiosa. de los grupos más reaccionarios. Pero el resultado es, en mi opinión, fallido. El cuento de la criada no consigue desatar mi horror, no corresponde a mis pesadillas respecto al futuro del mundo. Podemos enfrentarnos a un mundo temible... Pero no es el de Gilead. Trataré de explicarme, por si les apetece.
Sunday, September 02, 2018
TRAS EL SILENCIO
Paso habitualmente en silencio el mes de agosto. Me tomo vacaciones de escritura y opinión en público porque, además de temer que mis amigos se cansen de mí, creo que es sano contener temporalmente la inclinación a pontificar y leer con atención lo que piensan otros, empezando por aquellos que están lejos de mis posiciones. Asisto con preocupación a manifestaciones que corresponden a sensibilidades que rozan a menudo la paranoia, prestan oídos a quienes predican el odio y estrangulan cualquier posibilidad de diálogo, posibilidad que requiere un mínimo: aceptar que el interlocutor puede aportarme algo de lo que yo carezco.
Me siento obligado por todo ello a manifestarme respecto a algunas cuestiones que se han vuelto especialmente inflamables y en las que, creo, nos jugamos la viabilidad de la convivencia. Voy a decir lo que pienso. No pretendo ganar amigos ni sentirme en posesión de la verdad. Pero me veo en la exigencia de posicionarme porque creo que es la única manera de que la violencia y la intolerancia no sigan ganando posiciones. Yo, al menos, sé que mi motivo no es la pretensión de eliminar o silenciar a quienes se me oponen, mi motivo es la necesidad de discrepar enérgicamente. Me pronuncio a continuación sobre cuatro cuestiones candentes: la herencia del General Franco, el feminismo, la inmigración y la secesión catalana.
1. Los últimos ecos de los regímenes autoritarios ya se apagaron hace tiempo en Europa. Su lógica ha sido barrida de la historia por las mismas razones que lo fueron el feudalismo o las monarquías absolutas. Por eso tiene un aspecto tan cutre, casi tan friqui, la resistencia de un sector muy amplio de la sociedad española a romper con el franquismo.
Importa bien poco si en el alma de los que insisten en exhumar fosas anidan el revanchismo o el oportunismo político. Lo que realmente debe preocuparnos es la justicia y el sentido de la ley. Francisco Franco es el nombre de uno de los mayores asesinos del siglo XX. La victoria del bando fascista en la contienda, la eliminación física o moral de todos sus hostiles, la política del terror y el ejercicio cotidiano y a machamartillo de adoctrinamiento sobre varias generaciones de españoles explican que lo más monstruoso termine revistiéndose en las conciencias con los trazos de la normalidad. La guerra que lideró fue producto de un levantamiento militar efectuado con las armas que la legitimidad institucional otorgó a señores como él para que defendieran a la ciudadanía. Sus múltiples crímenes durante el Régimen son inexcusables, pero no pueden compararse a la barbarie de las represalias de posguerra, cuando el oponente ya estaba cautivo y desarmado, sin más expectativa que la de salvar la vida huyendo a donde fuera. (Sí, ya sé que el otro bando también mató, no soy idiota, pero no hablamos de la República, hablamos del Valle de los Caídos, los rojos ya pagaron todos sus pecados con creces)
La cuestión no es por qué el Gobierno Sánchez quiere sacar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos. La cuestión es por qué la democracia española ha tardado tanto en cumplir sus propias leyes, y por qué ciertos partidos hacen patéticos malabarismos para que no se note demasiado que lo que están apoyando es el fascismo. Me gustaría preguntarles a algunas personas por qué hiere su susceptibilidad que el nombre del mayor enemigo de la democracia que ha conocido la Europa Occidental en el siglo XX deje de tener el reconocimiento y los honores de un país que lleva ya cuarenta años viviendo en la cultura de los Derechos Humanos. Es esa actitud la que mantiene abiertas las heridas, es esa resistencia a romper con la barbarie lo que mantiene la anomalía española por la cual en Europa continúan pensando que este país is different.
2. Hay bastantes ideas y actitudes del movimiento Me Too que no comparto. Algunas de las personas más crueles y desalmadas con que he tenido la desgracia de toparme decían ser feministas y me han increpado en facebook mujeres sólo por exhibir discrepancias mínimas y razonables. Si me sigo mostrando ilusionado con esta revolución cultural que estamos viviendo en pro de la emancipación de la mujer y la equiparación de los géneros es porque creo que el feminismo tiene razón en lo sustancial, y que las feministas son en su mayoría personas sensatas y librepensadoras. Más allá de algunos excesos, más allá de ciertas bobadas que parecen ideadas para que el enemigo haga chistes, las reivindicaciones fundamentales del feminismo surgen de la cotidiana vulneración en nuestra sociedad de derechos humanos básicos.
Podemos discutir sobre las leyes de cuotas, sobre el lenguaje inclusivo, sobre la gestación subrogada... de eso se trata en democracia, creo. Pero hay fenómenos que constituyen verdaderas patologías sociales y que, si no luchamos -todos- contra ellas, perpetuaremos la injusticia porque seremos de alguna forma cómplices de ella. Violencia de género, abuso sexual, discriminación salarial, feminización de la pobreza, conciliación familiar...
Me parece imprescindible, en relación a este asunto, la referencia al movimiento homosexual. La evidencia de que muchas cosas han cambiado en nuestro país -en el marco legislativo y en la práctica cotidiana- para que la condición gay, lésbica o transgenérica empiece a ser desestigmatizada por la sociedad me parece un ejemplo de lo que un gran movimiento social puede conseguir para que tengamos una sociedad más justa y habitable.
Entiendo que para muchas personas las grandes transformaciones sociales resulten inquietantes. Si conseguimos que ciertas paranoias no nos vuelvan mezquinos, descubriremos que en esta batalla, como en tantas otras, lo que está en juego es la consecución de un mundo menos inhóspito para todos.
3. No hay duda, nos hayamos ante una de las cuestiones más inflamables y preocupantes a las que se enfrentan las sociedades del siglo XXI. En un planeta superpoblado y donde la información y las posibilidades de desplazarse han crecido exponencialmente, debemos asumir que los desplazamientos de grandes multitudes constituyen un fenómeno no solo irremediable sino además necesario. No soy yo quién está en condiciones de indicar qué se debe hacer con la inmigración, pero sí entiendo que si los gobiernos no controlan los flujos, lo cual es algo muy distinto a prohibirlos, será la arbitrariedad de las mafias o el capricho de la fortuna o la violencia la que mande sobre los destinos de millones de personas.
A España han llegado muchos extranjeros en las últimas décadas, fenómeno por cierto similar al que experimentaron países europeos que recibieron hace décadas a millones de españoles que aspiraban a una vida mejor, sin olvidar que el fenómeno se repite hoy con muchos de nuestros jóvenes más preparados. La lógica inquietud que experimentan los nativos cuando ven que multitudes con aspecto, lengua y costumbres exóticas ocupan los espacios donde antes sólo estaban ellos, no conduce necesariamente a la xenofobia o el éxito de demagogos de corte neonazi. Las pirámides demográficas ofrecen datos inequívocos: envejecemos a la carrera, necesitamos gente joven, y si no la producimos habremos de exportarla. Puede usted discrepar con mi convicción de que las concertinas en la valla de Melilla son un rasgo de barbarie o que no se puede abandonar a su suerte a una patera llena de niños, pero el de la inmigración -metámonoslo en la cabeza- no es un asunto de caridad ni de compartir nada, es una cuestión de supervivencia.
Van a seguir viniendo. Y lo hacen por qué países como el nuestro les hace concebir la ilusión de una vida mejor. Deberíamos, en cierto modo, estar agradecidos.
4. Soy un unionista pacífico y, como alguna vez he dicho, un patriota de baja intensidad. Creo que deberíamos seguir juntos, pero para que el deseo tenga alguna consistencia necesito poder pensar que el proyecto de convivencia que llamamos España merece la pena.
Me preocupa la facilidad con la que se habla de "presos políticos", por más que deseo fervientemente que personas de las que estoy muy lejos, pero que me parecen bien dispuestas al diálogo como Oriol Junqueras, salgan de la cárcel cuanto antes. El llamado Procés, tal y como se ha ido desarrollando, me parece inaceptable porque conculca los derechos de muchísimos ciudadanos que quedan fuera de eso a lo que se llama el derecho a decidir. Quienes afirman -y esto me lo ha dicho a gritos algún allegado simpatizante del Procés- que "esta es la única manera de que despertéis" dan legitimidad a quienes, por despertarse de un tortazo, exigen salir de la cama devolviendo el tortazo con creces.
Ahora bien, que yo no comulgue con las ansias independentistas no significa ni por un instante que me crea en condiciones de ignorarlas. Hacer como si el problema no existiera, especialidad del ex-Presidente Rajoy, no es suficiente para solucionarlo, solo sirve para dejar que crezca, haciéndolo explosionar de forma absolutamente irresponsable cuando, como sucedió el día del ilegal referéndum, envía uno a las fuerzas del orden para sacar a la gente a porrazos de los colegios electorales. No es verdad que el sentimiento indepe sea mayoritario, pero sí lo es la exigencia de una consulta popular en condiciones justas, exigencia que creció de forma incontrolada el día en que el Gobierno Rajoy cometió aquella monstruosidad.
Lo mejor que ha podido ocurrir con este asunto es que Pedro Sánchez acceda a la Moncloa, y lo peor es que los partidos que se benefician del frentismo continúen convirtiendo en beneficio electoral la pretensión de aplastar por la fuerza cualquier pretensión separatista. Ha bastado que un estadista con dos dedos de frente y sin fobias con olor a rancio llegue al Gobierno del Estado para que la popularidad del independentismo más unilateralista y menos dialogante deje de crecer.
No quiero que Catalunya se vaya. Parece que en esto coincido con algunos de los nacionalistas españoles más inflamados de patria que conozco. Pero me gustaría hacerles una pregunta: ¿creen ustedes que se equivocan los ciudadanos del Principado que piensan que en España se les odia? Yo creo que no se equivocan, y mientras no entendamos que una cosa es el unionismo y otra el anticatalanismo, o rechacemos la pretensión de que sólo hay una manera de entender la condición de "españoles", es decir, la que propone la gente como Rivera o Casado, entonces la pulsión separatista se hará más fuerte. Y lo que es peor, crecerá su legitimidad.
Me siento obligado por todo ello a manifestarme respecto a algunas cuestiones que se han vuelto especialmente inflamables y en las que, creo, nos jugamos la viabilidad de la convivencia. Voy a decir lo que pienso. No pretendo ganar amigos ni sentirme en posesión de la verdad. Pero me veo en la exigencia de posicionarme porque creo que es la única manera de que la violencia y la intolerancia no sigan ganando posiciones. Yo, al menos, sé que mi motivo no es la pretensión de eliminar o silenciar a quienes se me oponen, mi motivo es la necesidad de discrepar enérgicamente. Me pronuncio a continuación sobre cuatro cuestiones candentes: la herencia del General Franco, el feminismo, la inmigración y la secesión catalana.
1. Los últimos ecos de los regímenes autoritarios ya se apagaron hace tiempo en Europa. Su lógica ha sido barrida de la historia por las mismas razones que lo fueron el feudalismo o las monarquías absolutas. Por eso tiene un aspecto tan cutre, casi tan friqui, la resistencia de un sector muy amplio de la sociedad española a romper con el franquismo.
Importa bien poco si en el alma de los que insisten en exhumar fosas anidan el revanchismo o el oportunismo político. Lo que realmente debe preocuparnos es la justicia y el sentido de la ley. Francisco Franco es el nombre de uno de los mayores asesinos del siglo XX. La victoria del bando fascista en la contienda, la eliminación física o moral de todos sus hostiles, la política del terror y el ejercicio cotidiano y a machamartillo de adoctrinamiento sobre varias generaciones de españoles explican que lo más monstruoso termine revistiéndose en las conciencias con los trazos de la normalidad. La guerra que lideró fue producto de un levantamiento militar efectuado con las armas que la legitimidad institucional otorgó a señores como él para que defendieran a la ciudadanía. Sus múltiples crímenes durante el Régimen son inexcusables, pero no pueden compararse a la barbarie de las represalias de posguerra, cuando el oponente ya estaba cautivo y desarmado, sin más expectativa que la de salvar la vida huyendo a donde fuera. (Sí, ya sé que el otro bando también mató, no soy idiota, pero no hablamos de la República, hablamos del Valle de los Caídos, los rojos ya pagaron todos sus pecados con creces)
La cuestión no es por qué el Gobierno Sánchez quiere sacar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos. La cuestión es por qué la democracia española ha tardado tanto en cumplir sus propias leyes, y por qué ciertos partidos hacen patéticos malabarismos para que no se note demasiado que lo que están apoyando es el fascismo. Me gustaría preguntarles a algunas personas por qué hiere su susceptibilidad que el nombre del mayor enemigo de la democracia que ha conocido la Europa Occidental en el siglo XX deje de tener el reconocimiento y los honores de un país que lleva ya cuarenta años viviendo en la cultura de los Derechos Humanos. Es esa actitud la que mantiene abiertas las heridas, es esa resistencia a romper con la barbarie lo que mantiene la anomalía española por la cual en Europa continúan pensando que este país is different.
2. Hay bastantes ideas y actitudes del movimiento Me Too que no comparto. Algunas de las personas más crueles y desalmadas con que he tenido la desgracia de toparme decían ser feministas y me han increpado en facebook mujeres sólo por exhibir discrepancias mínimas y razonables. Si me sigo mostrando ilusionado con esta revolución cultural que estamos viviendo en pro de la emancipación de la mujer y la equiparación de los géneros es porque creo que el feminismo tiene razón en lo sustancial, y que las feministas son en su mayoría personas sensatas y librepensadoras. Más allá de algunos excesos, más allá de ciertas bobadas que parecen ideadas para que el enemigo haga chistes, las reivindicaciones fundamentales del feminismo surgen de la cotidiana vulneración en nuestra sociedad de derechos humanos básicos.
Podemos discutir sobre las leyes de cuotas, sobre el lenguaje inclusivo, sobre la gestación subrogada... de eso se trata en democracia, creo. Pero hay fenómenos que constituyen verdaderas patologías sociales y que, si no luchamos -todos- contra ellas, perpetuaremos la injusticia porque seremos de alguna forma cómplices de ella. Violencia de género, abuso sexual, discriminación salarial, feminización de la pobreza, conciliación familiar...
Me parece imprescindible, en relación a este asunto, la referencia al movimiento homosexual. La evidencia de que muchas cosas han cambiado en nuestro país -en el marco legislativo y en la práctica cotidiana- para que la condición gay, lésbica o transgenérica empiece a ser desestigmatizada por la sociedad me parece un ejemplo de lo que un gran movimiento social puede conseguir para que tengamos una sociedad más justa y habitable.
Entiendo que para muchas personas las grandes transformaciones sociales resulten inquietantes. Si conseguimos que ciertas paranoias no nos vuelvan mezquinos, descubriremos que en esta batalla, como en tantas otras, lo que está en juego es la consecución de un mundo menos inhóspito para todos.
3. No hay duda, nos hayamos ante una de las cuestiones más inflamables y preocupantes a las que se enfrentan las sociedades del siglo XXI. En un planeta superpoblado y donde la información y las posibilidades de desplazarse han crecido exponencialmente, debemos asumir que los desplazamientos de grandes multitudes constituyen un fenómeno no solo irremediable sino además necesario. No soy yo quién está en condiciones de indicar qué se debe hacer con la inmigración, pero sí entiendo que si los gobiernos no controlan los flujos, lo cual es algo muy distinto a prohibirlos, será la arbitrariedad de las mafias o el capricho de la fortuna o la violencia la que mande sobre los destinos de millones de personas.
A España han llegado muchos extranjeros en las últimas décadas, fenómeno por cierto similar al que experimentaron países europeos que recibieron hace décadas a millones de españoles que aspiraban a una vida mejor, sin olvidar que el fenómeno se repite hoy con muchos de nuestros jóvenes más preparados. La lógica inquietud que experimentan los nativos cuando ven que multitudes con aspecto, lengua y costumbres exóticas ocupan los espacios donde antes sólo estaban ellos, no conduce necesariamente a la xenofobia o el éxito de demagogos de corte neonazi. Las pirámides demográficas ofrecen datos inequívocos: envejecemos a la carrera, necesitamos gente joven, y si no la producimos habremos de exportarla. Puede usted discrepar con mi convicción de que las concertinas en la valla de Melilla son un rasgo de barbarie o que no se puede abandonar a su suerte a una patera llena de niños, pero el de la inmigración -metámonoslo en la cabeza- no es un asunto de caridad ni de compartir nada, es una cuestión de supervivencia.
Van a seguir viniendo. Y lo hacen por qué países como el nuestro les hace concebir la ilusión de una vida mejor. Deberíamos, en cierto modo, estar agradecidos.
4. Soy un unionista pacífico y, como alguna vez he dicho, un patriota de baja intensidad. Creo que deberíamos seguir juntos, pero para que el deseo tenga alguna consistencia necesito poder pensar que el proyecto de convivencia que llamamos España merece la pena.
Me preocupa la facilidad con la que se habla de "presos políticos", por más que deseo fervientemente que personas de las que estoy muy lejos, pero que me parecen bien dispuestas al diálogo como Oriol Junqueras, salgan de la cárcel cuanto antes. El llamado Procés, tal y como se ha ido desarrollando, me parece inaceptable porque conculca los derechos de muchísimos ciudadanos que quedan fuera de eso a lo que se llama el derecho a decidir. Quienes afirman -y esto me lo ha dicho a gritos algún allegado simpatizante del Procés- que "esta es la única manera de que despertéis" dan legitimidad a quienes, por despertarse de un tortazo, exigen salir de la cama devolviendo el tortazo con creces.
Ahora bien, que yo no comulgue con las ansias independentistas no significa ni por un instante que me crea en condiciones de ignorarlas. Hacer como si el problema no existiera, especialidad del ex-Presidente Rajoy, no es suficiente para solucionarlo, solo sirve para dejar que crezca, haciéndolo explosionar de forma absolutamente irresponsable cuando, como sucedió el día del ilegal referéndum, envía uno a las fuerzas del orden para sacar a la gente a porrazos de los colegios electorales. No es verdad que el sentimiento indepe sea mayoritario, pero sí lo es la exigencia de una consulta popular en condiciones justas, exigencia que creció de forma incontrolada el día en que el Gobierno Rajoy cometió aquella monstruosidad.
Lo mejor que ha podido ocurrir con este asunto es que Pedro Sánchez acceda a la Moncloa, y lo peor es que los partidos que se benefician del frentismo continúen convirtiendo en beneficio electoral la pretensión de aplastar por la fuerza cualquier pretensión separatista. Ha bastado que un estadista con dos dedos de frente y sin fobias con olor a rancio llegue al Gobierno del Estado para que la popularidad del independentismo más unilateralista y menos dialogante deje de crecer.
No quiero que Catalunya se vaya. Parece que en esto coincido con algunos de los nacionalistas españoles más inflamados de patria que conozco. Pero me gustaría hacerles una pregunta: ¿creen ustedes que se equivocan los ciudadanos del Principado que piensan que en España se les odia? Yo creo que no se equivocan, y mientras no entendamos que una cosa es el unionismo y otra el anticatalanismo, o rechacemos la pretensión de que sólo hay una manera de entender la condición de "españoles", es decir, la que propone la gente como Rivera o Casado, entonces la pulsión separatista se hará más fuerte. Y lo que es peor, crecerá su legitimidad.
Monday, August 20, 2018
HASTA EL CULO
Hay temas de los que no se habla demasiado y que a uno le seducen, de manera que busco la mínima oportunidad para referirme a ellos, a menudo sin despertar gran interés. Hay otros que obtienen una atención rápida, generan actitudes levantiscas y excitan toda suerte de instintos, especialmente los viscerales, pero a que a mí provocan a menudo el tedio de lo repetitivo y lo inútil. Me ocurre con el nacionalismo, especialmente en todo lo relacionado con el conflicto catalán, pero creo que el sentimiento me asalta todavía más en relación a toda esa cháchara que desde los años noventa llamaron corrección política.
Alerta. Digo "corrección política"... No me refiero a los discursos que proponen la emancipación de las multitudes frente a las formas de dominación que hacen de este planeta un lugar inhóspito. Me relaciono a diario con homosexuales, con personas transgenéricas, con inmigrantes de toda suerte de procedencia. No tengo dudas respecto a que parte esencial de mi trabajo en la escuela pública consiste en ayudar a personas en apuros a paliar los efectos de las malas cartas que la fortuna o la injusticia les han deparado. Y las mujeres, claro... la mitad de la humanidad como mínimo. El pensamiento feminista es parte esencial de mi formación; tomo cada curso la decisión de investigar con mis alumnos la filosofía de Simone de Beuvoir, a pesar de que las leyes educativas instauradas por la derecha española lo dificultan. Creo que lo hago bien, mis alumnos y alumnas me lo han dicho, y creo que, al menos en esto, no me mienten.
La corrección política va asociada al feminismo, no hay duda. Pero no es la misma cosa, o mejor, no necesito pasarme el día dándole la murga a mis conciudadanos con que eviten ciertas prácticas lingüísticas o del tipo que sean supuestamente ofensivas para luchar contra el patriarcado.
Llevo años investigando la influyente obra de la periodista canadiense Naomi Klein, azote del neoliberalismo e inspiradora máxima de los movimientos altermundistas. A vueltas con sus ataques a las nuevas formas del capitalismo globalizado, Klein reconoce haberse empantanado en los años noventa con una obsesión por las "políticas de la identidad" que llevó a muchos a obsesionarse con fiscalizar lo que aparecía escrito en las paredes sin pensar que esas paredes -las de las universidades- estaban siendo vendidas a manos privadas. No se equivoquen, no se trata de diluir la singularidad de la lucha de las mujeres en la supuesta causa mayor del proletariado, el comunismo o cosas por el estilo. No, de lo que se trata es de entender que la corrección política, entendida como un ejercicio de censura sistemática puede no ser sino un síntoma de impotencia política. Klein estima, y lo comparto plenamente, que el neoliberalismo, la liberación de la mujer, la lucha contra el cambio climático y otras muchas formas de resistencia constituyen focos de la misma guerra, y lo que hay que hacer es buscar la cohesión entre ellas.
¿Es Trump un machista? Desde luego, y también un protector de las élites financieras y corporativas, un negacionista climático, un fustigador de la inmigración, un enamorado de la guerra y el armamentismo.
No sé si ve a donde quiero ir a parar. Javier Marías -es, creo, el mejor ejemplo- se refiere un día sí y otro también a las nuevas formas de opresión y censura auspiciadas por la corrección política. Parece una especie de cazavampiros que detecta por todas partes los rastros de una infección que, si pudiera, prohibiría el noventa por cien de las películas y las novelas, nos obligaría a todos a hablar de forma ridícula y llenaría los ministerios y los periódicos de torquemadas destinados a estrangular toda expresión de vitalidad o pensamiento díscolo. Antes era Franco, y ahora son las feministas y los demás profetas del discurso de la decencia, el victimismo y la susceptibilidad histérica. ¿Tiene razón? A veces la tiene, a veces no. Hay feministas estúpidas, intolerantes, incultas y fanáticas. Hay también mojigatas disfrazadas que han encontrado en el feminismo el territorio desde el que continuar su persecución a eso que Foucault llamó "el cuerpo y sus placeres".
Lo que me pregunto es si el fenómeno es tan invasivo y totalitario como pretenden Marías y otros muchos que piensan como él. Si el alcalde de una ciudad mediana pone dibujos de mujeres en un semáforo y nos da para hablar de ello durante meses, entonces lo que hay no es imposición ideológica, lo que hay es un exceso de sugestión y, sospecho, pocos temas serios de los que hablar.
¿Van ustedes al supermercado? ¿Cogen el metro? ¿Pasan horas en una oficina? Yo veo formas de censura ideológica del tipo que irrita a Marías, pero veo infinitas más formas de violencia sobre las mujeres, sobre los inmigrantes, sobre los gays. Pero, entiéndanme, creo que hay algo en el transfondo que está en las prácticas cotidianas, algo sistémico que no aparece en los discursos más mojigatos contra la incorrección política. Es machismo y es violencia, pero no es objeto de denuncia porque se presiente pero no se sabe identificar. Está en la competencia más despiadada por la riqueza, en la precarización, en el desprecio a quienes ejercen labores de cuidado de ancianos, en los ruidos de las motos trucadas, en los escupitajos, en la descortesía, en la incomunicación, en los estadios, en las barras de los bares... La ejercen muchos varones y, por desgracia, cada vez más mujeres.
Déjenme que les cuente algo. Soy un conductor poco asertivo, no me gustan los automóviles y uso el mío para que me lleve a mí y a mi familia. Cumplo las reglas y procuro quitarme de encima las prisas cuando enciendo el motor. Mi peor pesadilla es atropellar a un niño, cosa que estuvo a punto de pasarme en la realidad, de ahí que coja poco el coche por la ciudad. Soy, entiéndame, un conductor "femenino". En caso de duda, me ralentizo y espero. Esta actitud me ha generado problemas en diversas ocasiones, si les cuento algún episodio no van a creerme. Siempre es la misma historia, "vas pisando huevos", "métete ya"... y todas esas cosas. He visto cosas tremendas incluso en personas allegadas a cuya conducción he cometido el error de encomendarme, error que me perdono la primera vez, porque les aseguro que en sus vidas de peatones son personas razonables.
"Estamos hasta el culo/ de tanto tío chulo", coreaban en el último ocho de marzo. Yo también estoy harto. Hoy mismo he estado a punto de pegarme con un tipejo que me increpaba por no ir todo lo rápido que su prisa merecía.
¿De pegarme, he dicho? Sí, a ver si se han creído que soy un tipo pacífico.
Thursday, July 12, 2018
YO NO SOY HIPSTER
Si adoptamos la rigurosa disciplina del sociólogo profesional, convenimos en que lo hipster es un fenómeno de baja intensidad y al que ya sólo podríamos referirnos en pasado, una moda sin mucha más relevancia que algunas pautas de atuendo o peinado que han caído en desuso o que, cuando aparecen, sólo identifican vulgar emulación.
Lo de la baja intensidad convendría matizarlo. Lo de que hablamos de un fenómeno ya extinto... eso lo niego enérgicamente. En todo caso puede que evolucionen algunos de los signos hipster más identificables, pero, lejos de haber pasado sin pena de gloria, sostengo que la sombra de sus implicaciones es insospechadamente alargada. No es que tengan una gran trascendencia, no la tienen... lo que yo digo es que tienen valor por lo que hay tras ellas. "Lo hipster es ficción, simulacro, sólo signos"... de acuerdo, pero vivimos en la era más ficcional del mercado, nunca los signos pesaron tanto.
Seré más concreto: el hipster aparece en las urbes de Occidente como miembro de una supuesta élite con talento para cazar tendencias... Cuando esa minoría deja de serlo porque pasa a ser integrada como un fenómeno de multitudes, lo que descubrimos entonces es que las pautas que gobiernan la deriva de las sociedades del siglo XXI son, en gran medida, hipsters. En otras palabras, lo hipster, como en en el periodo entreguerras la femme fatale, como en los setenta el punk, como en los noventa el grunge, ... estos y cualesquiera otros en que pensemos son elementos que identifican una gran lógica... Si sabemos interpretarlos, son síntoma de una escala de valores dominante. Veamos.
El término hipster tiene su origen remoto en una época, la de los cuarenta y cincuenta, con fama de conformista en Occidente. Definido por Norman Mailer en El negro blanco, el hipster era caucásico, pero su amor por el hot jazz le hizo inclinarse hacia círculos nocturnos bohemios y desclasados, es decir, propios de afroamericanos. De aquí deriva la palabra "hippie", que designa entonces a los hijos de aquellas corrientes minoritarias cuando arraigaron entre los baby boomers de los USA, ya en los años sesenta... Obviamente el término arrastraba cierto tono despectivo, pues se entendía como una banalización multitudinaria, consumista y acomodada del impulso de hipsters y beatniks hacia el be bop, los alucinógenos, la meditación oriental o el nomadismo bohemio.
Interesante, ¿verdad? Sí, pero nada de lo que he contado parece tener relación con lo que hoy presentamos como hipster, es decir, si hacemos caso a la primera impresión, un tipo con barba y pelo cuadrangulares, camisa a cuadros, gafas de pasta... Sus gustos son más distinguidos que los de la mayoría, viven en barrios cool como el valenciano de Russafa o el madrileño de Malasaña, y piensan que usted y yo somos unos zafios consumidores, mientras que ellos, en tanto que veganos o asiduos de tiendas de ropa alternativa, saben de verdad estar a la vanguardia.
Dos cositas más, un pelín paradójicas. Cuando usted o yo, tipos vulgares, adoptemos algún signo hipster, el hipster verdadero ya lo habrá abandonado, pues asocia la masificación a deterioro o abaratamiento. (Es ese misterioso fenómeno por el cual, el objeto decorativo que se encontraba en una tienda cara y cool puede usted adquirirlo un par de años después a módico precio en un chino, es decir, cuando el hipster ya lo ha tirado a la basura, lo cual le convierte a usted en un cutre) Esto nos lleva a la segunda paradoja: nada es menos hipster que querer serlo, el hipster siempre niega ser hipster y nos acusa a los demás de serlo.
Me gusta cómo lo expresa Mark Greif en "¿Qué fue lo hipster?. Una investigación sociológica":

los hipsters son una subcultura fruto del neoliberalismo, esa infame tendencia de nuestra época que defiende la privatización de los bienes públicos y la redistribución de la riqueza hacia las clases altas. Los valores del movimiento hipster ensalzan la política reaccionaria, pero disfrazados de rebelión, ocultos tras las máscara del vicio. (Vicio -vice- es una palabra clave de la terminología hipster) El arte y el pensamiento hipster, si es que pueden denominarse así, caen con excesiva frecuencia en la repetición, el infantilismo y el primitivismo. Y el antiautoritarismo hipster no es más que una treta mediante la cual los jóvenes de clase media se perdonan a sí mismos por haber dado la espalda a las reivindicaciones de la contracultura -ya sea punk, anticapitalista, anarquista, nerd o sesentera- al mismo tiempo que conservan el atractivo de la contracultura. Esto amenaza con convertir las vanguardias del futuro en meras comunidades de adeptos superficiales.
Es aquí donde lo hipster despierta mi interés, pues más allá de la singular minoría a la que se atribuye esa identidad, designa en cierto modo la lógica que habitamos y el horizonte valorativo al que aspiramos. Llevar vaqueros previamente desgastados, ser enrollado con los jóvenes, consumir té orgánico, viajar a Copenhague para imitar el hygge de los daneses -que consiste en encontrar la felicidad sin acudir al supermercado, por cierto algo que no pasaría si uno viajara al Chad-, hacerse un poco vegano, comprarse o alquilarse un loft en un barrio castizo, llevar a los hijos a escuelas con metodologías pedagógicas alternativas, seguir a bandas de música que nadie conoce, ir por la ciudad en bici, meditar como supuestamente hacen los budistas... Bien pensado, y aquí la paradoja alcanza sus últimas consecuencias, algunas de todas estas cosas las hago yo, que no soy nada cool y no destaco en tanto que cazador de tendencias.
No es que yo sea hipster, es que todos lo somos un poco sin saberlo. El hipster es lo que queda de la rebeldía cuando ya ha sido muchas veces reciclada y domesticada por un capitalismo más basado que nunca en la simulación y los signos. El hipster siente nostalgia de los tiempos en que estaba clara la distancia entre un integrado y un "underground", y no necesariamente elegir lo segundo le condenaba a uno a una vida de mierda. No como ahora, cuando renunciar a un trabajo fijo o a títulos académicos le condena a uno al más sórdido precariado y a no molar nada, pues no se puede ser cool sin tener dinero para consumir. El hipster esto lo entiende perfectamente. Por eso, tras el reconocimiento de su impotencia política, y sabiendo que hoy sólo eres trendy si tienes pasta, homenajea con su ropa o sus hábitos enrollados a la revolución en la que él cree ya menos que nadie.
Concluyo. Lo hipster no fue, lo hipster es, aunque desaparezcan estas barbas horrendas que últimamente vemos. Dentro de poco se llamará de otra manera y las camisas tendrán rayas en vez de cuadros porque la dinámica profunda del ciclo actual del capital requiere una permanente ansiedad por la distinción. Nada alimenta más el sistema que el deseo siempre insuficientemente satisfecho de sentirnos mejores que los otros.
Un añadido. No sabemos aún hasta qué punto internet está cambiando al ser humano, pero sí intuimos que, junto a magníficas posibilidades, abre también el camino a colosales insignificancias. Lo que sí sé es que anteriores subculturas son previas a internet, no nacieron con ella. Lo hipster sí.
Y no, no me miren a mí, yo no soy hipster.
Lo de la baja intensidad convendría matizarlo. Lo de que hablamos de un fenómeno ya extinto... eso lo niego enérgicamente. En todo caso puede que evolucionen algunos de los signos hipster más identificables, pero, lejos de haber pasado sin pena de gloria, sostengo que la sombra de sus implicaciones es insospechadamente alargada. No es que tengan una gran trascendencia, no la tienen... lo que yo digo es que tienen valor por lo que hay tras ellas. "Lo hipster es ficción, simulacro, sólo signos"... de acuerdo, pero vivimos en la era más ficcional del mercado, nunca los signos pesaron tanto.
Seré más concreto: el hipster aparece en las urbes de Occidente como miembro de una supuesta élite con talento para cazar tendencias... Cuando esa minoría deja de serlo porque pasa a ser integrada como un fenómeno de multitudes, lo que descubrimos entonces es que las pautas que gobiernan la deriva de las sociedades del siglo XXI son, en gran medida, hipsters. En otras palabras, lo hipster, como en en el periodo entreguerras la femme fatale, como en los setenta el punk, como en los noventa el grunge, ... estos y cualesquiera otros en que pensemos son elementos que identifican una gran lógica... Si sabemos interpretarlos, son síntoma de una escala de valores dominante. Veamos.
El término hipster tiene su origen remoto en una época, la de los cuarenta y cincuenta, con fama de conformista en Occidente. Definido por Norman Mailer en El negro blanco, el hipster era caucásico, pero su amor por el hot jazz le hizo inclinarse hacia círculos nocturnos bohemios y desclasados, es decir, propios de afroamericanos. De aquí deriva la palabra "hippie", que designa entonces a los hijos de aquellas corrientes minoritarias cuando arraigaron entre los baby boomers de los USA, ya en los años sesenta... Obviamente el término arrastraba cierto tono despectivo, pues se entendía como una banalización multitudinaria, consumista y acomodada del impulso de hipsters y beatniks hacia el be bop, los alucinógenos, la meditación oriental o el nomadismo bohemio.
Interesante, ¿verdad? Sí, pero nada de lo que he contado parece tener relación con lo que hoy presentamos como hipster, es decir, si hacemos caso a la primera impresión, un tipo con barba y pelo cuadrangulares, camisa a cuadros, gafas de pasta... Sus gustos son más distinguidos que los de la mayoría, viven en barrios cool como el valenciano de Russafa o el madrileño de Malasaña, y piensan que usted y yo somos unos zafios consumidores, mientras que ellos, en tanto que veganos o asiduos de tiendas de ropa alternativa, saben de verdad estar a la vanguardia.
Dos cositas más, un pelín paradójicas. Cuando usted o yo, tipos vulgares, adoptemos algún signo hipster, el hipster verdadero ya lo habrá abandonado, pues asocia la masificación a deterioro o abaratamiento. (Es ese misterioso fenómeno por el cual, el objeto decorativo que se encontraba en una tienda cara y cool puede usted adquirirlo un par de años después a módico precio en un chino, es decir, cuando el hipster ya lo ha tirado a la basura, lo cual le convierte a usted en un cutre) Esto nos lleva a la segunda paradoja: nada es menos hipster que querer serlo, el hipster siempre niega ser hipster y nos acusa a los demás de serlo.
Me gusta cómo lo expresa Mark Greif en "¿Qué fue lo hipster?. Una investigación sociológica":

los hipsters son una subcultura fruto del neoliberalismo, esa infame tendencia de nuestra época que defiende la privatización de los bienes públicos y la redistribución de la riqueza hacia las clases altas. Los valores del movimiento hipster ensalzan la política reaccionaria, pero disfrazados de rebelión, ocultos tras las máscara del vicio. (Vicio -vice- es una palabra clave de la terminología hipster) El arte y el pensamiento hipster, si es que pueden denominarse así, caen con excesiva frecuencia en la repetición, el infantilismo y el primitivismo. Y el antiautoritarismo hipster no es más que una treta mediante la cual los jóvenes de clase media se perdonan a sí mismos por haber dado la espalda a las reivindicaciones de la contracultura -ya sea punk, anticapitalista, anarquista, nerd o sesentera- al mismo tiempo que conservan el atractivo de la contracultura. Esto amenaza con convertir las vanguardias del futuro en meras comunidades de adeptos superficiales.
Es aquí donde lo hipster despierta mi interés, pues más allá de la singular minoría a la que se atribuye esa identidad, designa en cierto modo la lógica que habitamos y el horizonte valorativo al que aspiramos. Llevar vaqueros previamente desgastados, ser enrollado con los jóvenes, consumir té orgánico, viajar a Copenhague para imitar el hygge de los daneses -que consiste en encontrar la felicidad sin acudir al supermercado, por cierto algo que no pasaría si uno viajara al Chad-, hacerse un poco vegano, comprarse o alquilarse un loft en un barrio castizo, llevar a los hijos a escuelas con metodologías pedagógicas alternativas, seguir a bandas de música que nadie conoce, ir por la ciudad en bici, meditar como supuestamente hacen los budistas... Bien pensado, y aquí la paradoja alcanza sus últimas consecuencias, algunas de todas estas cosas las hago yo, que no soy nada cool y no destaco en tanto que cazador de tendencias.

Concluyo. Lo hipster no fue, lo hipster es, aunque desaparezcan estas barbas horrendas que últimamente vemos. Dentro de poco se llamará de otra manera y las camisas tendrán rayas en vez de cuadros porque la dinámica profunda del ciclo actual del capital requiere una permanente ansiedad por la distinción. Nada alimenta más el sistema que el deseo siempre insuficientemente satisfecho de sentirnos mejores que los otros.
Un añadido. No sabemos aún hasta qué punto internet está cambiando al ser humano, pero sí intuimos que, junto a magníficas posibilidades, abre también el camino a colosales insignificancias. Lo que sí sé es que anteriores subculturas son previas a internet, no nacieron con ella. Lo hipster sí.
Y no, no me miren a mí, yo no soy hipster.
EL MUNDO DESAJUSTADO DE AMIN MAALOUF (Y II)
¿Tiene la nación más poderosa del mundo legitimidad para liderar éticamente a la ciudadanía global? Además de haber ganado, tanto en la disputa con el socialismo como en la rivalidad con los valores de Oriente, ¿puede Occidente considerarse vector de democratización del planeta? La Caída del Muro de Berlín alimentó esa creencia; después -como afirma Amin Maalouf, ir de guerra en guerra se ha convertido para los EEUU más en un sistema de gobierno que en un recurso excepcional.
No somos ingenuos. Los norteamericanos han entendido que la supremacía de su nación está permanentemente amenazada, que proliferan elementos que le son profundamente hostiles y a los que no conviene dejar sueltos, o que la emergencia económica de algunas naciones no puede ser contemplada con pasividad. Ahora bien, que el modelo duro de poder que emplean los USA en sus relaciones internacionales tenga una lógica no resuelve la cuestión central: después de un tiempo en que Occidente soñaba con haber "convencido" al mundo de que su modelo era el mejor, ahora vuelven a ser la violencia y el sometimiento los argumentos principales.
¿Y si después de todo los árabes, objeto principal de la aspereza política norteamericana, no merecieran otra cosa? Ya conocemos esta especie: el mundo árabe no ha sido capaz de abrazar la ilustración y el progreso porque el islam y la política son inseparables. Aquí Maalouf es tajante frente a ese prejuicio tan extendido: todas las religiones predican una concordia en la que no creen en profundidad, su germen es la intolerancia. Tan pronto como encontramos en el Corán, la Biblia o el Evangelio un mensaje de paz, nos topamos de morros con otro que empuja a la guerra. No es Mahoma quien determinó que el mundo árabe se estancara en el teocentrismo, como no está en los apóstoles el origen de la secularización de los pueblos europeos. El dogmatismo árabe causa el encadenamiento de cientos de millones de mujeres a una comunidad identitaria y opresiva. Pero tampoco ayuda -dice Maalouf- que los países receptores de inmigrantes árabes prefieran la fragmentación multiculturalista y el gueto en vez de inclinar a los recién llegados a asumir la doble pertenencia.
¿Choque de civilizaciones? Deberíamos sospechar de tales planteamientos maximalistas en un momento dominado por la hibridación. En realidad siempre fue así, las identidades se constituyeron lentamente, siempre fueron movedizas e impuras, aunque siempre hubo quien se esforzó en negarlo, quien nos recordaba insistentemente que el destino irremediable de las culturas era no encontrarse. Podemos entonces conformarnos con creer en "tribus planetarias" permanentemente enfrentadas, o podemos, como propone Maalouf, creer en una humanidad dispuesta a compartir algunos valores de diálogo básicos sin dejar de reconocer y apreciar la diversidad.
Lo que no ofrece duda toda medida con la que un gobierno intente solucionar en profundidad un problema serio topará con problemas geopolíticos, ecológicos o económicos que están fuera de su alcance. Y sin embargo no hay más remedio que solucionar esos problemas si queremos ir a algún sitio y no al desastre. Desde el reagan-thatcherismo se nos ha intentado convencer de que la supuesta mano invisible del mercado lo solucionaría todo, pero hoy -cuando el juego de prestidigitación de los agentes financieros escapa más que nunca al poder de las instituciones estatales- sabemos que la prosperidad del mercado genera desigualdades brutales y es insostenible para el medio natural.
¿Un gobierno mundial? Yo diría más bien que una ciudadanía mundial. Y, en todo caso, antes que hablar de un gobierno para el planeta globalizado, habríamos de deliberar sobre qué tipo de gobierno global queremos. Es aquí donde, para Maalouf, es vital la perspectiva de la cultura. Estamos ante el verdadero gran desafío del siglo XXI: otorgar a la cultura y la enseñanza un lugar prioritario. Sólo tendremos una verdadera democracia en la medida en que no seamos presas fáciles de los propagandistas:
"El siglo XXI se salvará por la cultura o naufragará".
Quienes como Trump y sus ideólogos alientan los prejuicios para hacernos creer que nuestros enemigos son las otras culturas, las naciones y religiones diferentes, debemos acertar a extender la mirada para entender que los verdaderos enemigos amenazan al conjunto de la humanidad: el cáncer y otras enfermedades, el envejecimiento, la ignorancia, el hambre, la relegación de la mujer, la explotación infantil, el cambio climático... Necesitamos otro New Deal, con propósitos similares al de Franklin D. Roosvelt, pero mucho más ambicioso, porque su alcance debe ser universal. Ese plan debe diseñar nuevas reglas para establecer las relaciones entre las comunidades, lo cual habrá de servir para atajar los terribles desajustes a los que se enfrenta el planeta.
No somos ingenuos. Los norteamericanos han entendido que la supremacía de su nación está permanentemente amenazada, que proliferan elementos que le son profundamente hostiles y a los que no conviene dejar sueltos, o que la emergencia económica de algunas naciones no puede ser contemplada con pasividad. Ahora bien, que el modelo duro de poder que emplean los USA en sus relaciones internacionales tenga una lógica no resuelve la cuestión central: después de un tiempo en que Occidente soñaba con haber "convencido" al mundo de que su modelo era el mejor, ahora vuelven a ser la violencia y el sometimiento los argumentos principales.
¿Y si después de todo los árabes, objeto principal de la aspereza política norteamericana, no merecieran otra cosa? Ya conocemos esta especie: el mundo árabe no ha sido capaz de abrazar la ilustración y el progreso porque el islam y la política son inseparables. Aquí Maalouf es tajante frente a ese prejuicio tan extendido: todas las religiones predican una concordia en la que no creen en profundidad, su germen es la intolerancia. Tan pronto como encontramos en el Corán, la Biblia o el Evangelio un mensaje de paz, nos topamos de morros con otro que empuja a la guerra. No es Mahoma quien determinó que el mundo árabe se estancara en el teocentrismo, como no está en los apóstoles el origen de la secularización de los pueblos europeos. El dogmatismo árabe causa el encadenamiento de cientos de millones de mujeres a una comunidad identitaria y opresiva. Pero tampoco ayuda -dice Maalouf- que los países receptores de inmigrantes árabes prefieran la fragmentación multiculturalista y el gueto en vez de inclinar a los recién llegados a asumir la doble pertenencia.
¿Choque de civilizaciones? Deberíamos sospechar de tales planteamientos maximalistas en un momento dominado por la hibridación. En realidad siempre fue así, las identidades se constituyeron lentamente, siempre fueron movedizas e impuras, aunque siempre hubo quien se esforzó en negarlo, quien nos recordaba insistentemente que el destino irremediable de las culturas era no encontrarse. Podemos entonces conformarnos con creer en "tribus planetarias" permanentemente enfrentadas, o podemos, como propone Maalouf, creer en una humanidad dispuesta a compartir algunos valores de diálogo básicos sin dejar de reconocer y apreciar la diversidad.
Lo que no ofrece duda toda medida con la que un gobierno intente solucionar en profundidad un problema serio topará con problemas geopolíticos, ecológicos o económicos que están fuera de su alcance. Y sin embargo no hay más remedio que solucionar esos problemas si queremos ir a algún sitio y no al desastre. Desde el reagan-thatcherismo se nos ha intentado convencer de que la supuesta mano invisible del mercado lo solucionaría todo, pero hoy -cuando el juego de prestidigitación de los agentes financieros escapa más que nunca al poder de las instituciones estatales- sabemos que la prosperidad del mercado genera desigualdades brutales y es insostenible para el medio natural.
¿Un gobierno mundial? Yo diría más bien que una ciudadanía mundial. Y, en todo caso, antes que hablar de un gobierno para el planeta globalizado, habríamos de deliberar sobre qué tipo de gobierno global queremos. Es aquí donde, para Maalouf, es vital la perspectiva de la cultura. Estamos ante el verdadero gran desafío del siglo XXI: otorgar a la cultura y la enseñanza un lugar prioritario. Sólo tendremos una verdadera democracia en la medida en que no seamos presas fáciles de los propagandistas:
"El siglo XXI se salvará por la cultura o naufragará".
Quienes como Trump y sus ideólogos alientan los prejuicios para hacernos creer que nuestros enemigos son las otras culturas, las naciones y religiones diferentes, debemos acertar a extender la mirada para entender que los verdaderos enemigos amenazan al conjunto de la humanidad: el cáncer y otras enfermedades, el envejecimiento, la ignorancia, el hambre, la relegación de la mujer, la explotación infantil, el cambio climático... Necesitamos otro New Deal, con propósitos similares al de Franklin D. Roosvelt, pero mucho más ambicioso, porque su alcance debe ser universal. Ese plan debe diseñar nuevas reglas para establecer las relaciones entre las comunidades, lo cual habrá de servir para atajar los terribles desajustes a los que se enfrenta el planeta.
Saturday, July 07, 2018
EL MUNDO DESAJUSTADO DE AMIN MAALOUF (I)
"Buff, ¡los árabes!", he oído ese suspiro escéptico más de una vez cuando aparece el tema. O más crudo y explícito: "Donde hay moros hay problemas". Se diría que el tema árabe no tiene solución, que el Islam es un ciclópeo proyecto histórico de civilización que ha fracasado y que, incapaz de adaptarse a la modernidad, arrastra con sus rigideces y su inoperancia a cientos de millones de habitantes de este planeta.
Regreso, como tantas otras veces, a Amin Maalouf, de quien leí hace ya años El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Publicado en los primeros tiempos de la Recesión, es anterior a la Primavera Árabe, quizá por eso me ha resultado especialmente útil su revisión. Hay otro motivo, Maalouf es un libanés que ha vivido la mayor parte de su vida en Francia. Esta perspectiva mestiza de la cuestión Oriente-Occidente, si es que tenemos derecho a plantearla en esos términos, le otorga una visión que no debemos desaprovechar, sobre todo si se trata de un tipo tan inteligente y bienientencionado como el autor de León el Africano y tantas otras obras maestras de la novela y el ensayo.
Explica Maalouf que los árabes viven cada vez más hundidos en un pozo de rencor, rencor hacia Occidente y hacia otros pueblos, pero rencor, sobre todo, hacia sí mismos. La actual hegemonía cultural del radicalismo religioso o, lo que viene a ser lo mismo, el desplazamiento de la controversia ideológica izquierda-derecha hacia la cuestión identitaria, es para el autor un fenómeno catastrófico, un auténtico fracaso de civilización.
¿Por qué la hostilidad hacia Occidente? Casos como el de las dos guerras de Irak propician interpretaciones perfectamente opuestas: la democracia no puede prender entre los árabes para unos y, según los otros, el impulso de extender la democracia por parte de EEUU es un infame caso de hipocresía. Maalouf afirma que las dos visiones son igualmente verdaderas y falsas.
El pecado secular de las potencias europeas no ha sido el de querer imponer sus valores al resto del mundo, sino precisamente lo contrario: el haber renunciado continuamente a respetar sus propios valores en sus relaciones con los pueblos dominados.
Seamos sensatos, la ocupación norteamericana de Irak ha desencadenado el caos en la relación entre las comunidades locales, pero tampoco es justificable que en sectores nada cándidos se llame "mártires" o "héroes" a descerebrados que lanzan una bomba en un mercado repleto de mujeres y niños de una comunidad árabe rival. De lo primero tiene la culpa una potencia occidental, de lo segundo no.
No siempre el mundo árabo-islámico se resignó a la impotencia. En sus distintas ciclos históricos, el nacionalismo árabe tiene un papel significativo. Algo como lo que logró Ataturk en Turquía, es decir, construir una nación para el pueblo otomano, intentó el egipcio Nasser con los pueblos árabes. La emergencia de esta figura despertó las ilusiones de muchos que llevaban tiempo soñando con una única nación árabe.
Conviene salir de la amnesia. Nada se habla entre nosotros de aquellas primeras décadas del siglo XX en que los grandes países árabes vivían en medio de una considerable efervescencia cultural y democrática. Nada podía hacer previsible la recaída en regímenes autoritarios en Egipto, Siria, Irak o Irán, aparte de, por supuesto, Turquía o Líbano. El balance no permite, sin embargo, pensar en el nasserismo como una edad de oro. No consiguió modernizar la estructura institucional egipcia, no sacó al país del subdesarrollo ni logró unir a los distintos países. Nasser consumó su fracaso con la derrota militar de la Guerra de los Seis Días. Y, sin embargo, lo que los árabes recuerdan de aquella época es que fueron protagonistas de su propia historia y tuvieron un líder. Los palestinos, por ejemplo, llegaron a ver en el triunfo del proyecto nasseriano la única esperanza sólida de vencer la dominación israelí. No es extraño que la derrota militar de Nasser haya pasado a la historia como uno de los mayores traumas de los palestinos, de los egipcios y del resto de los árabes.
Nada ha vuelto a ser lo mismo. Los árabes tienden a detestar un mundo en el que sólo se sienten humillados e impotentes, y es en cierto modo un auto-odio, el sentimiento del propio fracaso. Todo lo que ha venido después de Nasser ha sido frustrante. Amparados en el poder petrolífero y en colisión con los intereses norteamericanos, algunos como el libio Gadafi o el iraquí Sadam trataron de capturar en su favor la herencia panarabista nasseriana. Pero no funcionó. Tampoco había tenido éxito el barnizado leninista que se extendió entre muchos líderes o intelectuales árabes cuando se intensificaron las relaciones con el bloque soviético.
Una de las grandes lecciones del siglo que acaba de concluir es que las ideologías pasan y las religiones permanecen. En varias épocas de la Historia pareció que prevalecían otras solidaridades más nuevas, más "modernas": la clase, la nación. Pero, hasta ahora, la religión ha tenido siempre la última palabra.
Regreso, como tantas otras veces, a Amin Maalouf, de quien leí hace ya años El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Publicado en los primeros tiempos de la Recesión, es anterior a la Primavera Árabe, quizá por eso me ha resultado especialmente útil su revisión. Hay otro motivo, Maalouf es un libanés que ha vivido la mayor parte de su vida en Francia. Esta perspectiva mestiza de la cuestión Oriente-Occidente, si es que tenemos derecho a plantearla en esos términos, le otorga una visión que no debemos desaprovechar, sobre todo si se trata de un tipo tan inteligente y bienientencionado como el autor de León el Africano y tantas otras obras maestras de la novela y el ensayo.
Explica Maalouf que los árabes viven cada vez más hundidos en un pozo de rencor, rencor hacia Occidente y hacia otros pueblos, pero rencor, sobre todo, hacia sí mismos. La actual hegemonía cultural del radicalismo religioso o, lo que viene a ser lo mismo, el desplazamiento de la controversia ideológica izquierda-derecha hacia la cuestión identitaria, es para el autor un fenómeno catastrófico, un auténtico fracaso de civilización.
¿Por qué la hostilidad hacia Occidente? Casos como el de las dos guerras de Irak propician interpretaciones perfectamente opuestas: la democracia no puede prender entre los árabes para unos y, según los otros, el impulso de extender la democracia por parte de EEUU es un infame caso de hipocresía. Maalouf afirma que las dos visiones son igualmente verdaderas y falsas.
El pecado secular de las potencias europeas no ha sido el de querer imponer sus valores al resto del mundo, sino precisamente lo contrario: el haber renunciado continuamente a respetar sus propios valores en sus relaciones con los pueblos dominados.
Seamos sensatos, la ocupación norteamericana de Irak ha desencadenado el caos en la relación entre las comunidades locales, pero tampoco es justificable que en sectores nada cándidos se llame "mártires" o "héroes" a descerebrados que lanzan una bomba en un mercado repleto de mujeres y niños de una comunidad árabe rival. De lo primero tiene la culpa una potencia occidental, de lo segundo no.
No siempre el mundo árabo-islámico se resignó a la impotencia. En sus distintas ciclos históricos, el nacionalismo árabe tiene un papel significativo. Algo como lo que logró Ataturk en Turquía, es decir, construir una nación para el pueblo otomano, intentó el egipcio Nasser con los pueblos árabes. La emergencia de esta figura despertó las ilusiones de muchos que llevaban tiempo soñando con una única nación árabe.
Conviene salir de la amnesia. Nada se habla entre nosotros de aquellas primeras décadas del siglo XX en que los grandes países árabes vivían en medio de una considerable efervescencia cultural y democrática. Nada podía hacer previsible la recaída en regímenes autoritarios en Egipto, Siria, Irak o Irán, aparte de, por supuesto, Turquía o Líbano. El balance no permite, sin embargo, pensar en el nasserismo como una edad de oro. No consiguió modernizar la estructura institucional egipcia, no sacó al país del subdesarrollo ni logró unir a los distintos países. Nasser consumó su fracaso con la derrota militar de la Guerra de los Seis Días. Y, sin embargo, lo que los árabes recuerdan de aquella época es que fueron protagonistas de su propia historia y tuvieron un líder. Los palestinos, por ejemplo, llegaron a ver en el triunfo del proyecto nasseriano la única esperanza sólida de vencer la dominación israelí. No es extraño que la derrota militar de Nasser haya pasado a la historia como uno de los mayores traumas de los palestinos, de los egipcios y del resto de los árabes.
Nada ha vuelto a ser lo mismo. Los árabes tienden a detestar un mundo en el que sólo se sienten humillados e impotentes, y es en cierto modo un auto-odio, el sentimiento del propio fracaso. Todo lo que ha venido después de Nasser ha sido frustrante. Amparados en el poder petrolífero y en colisión con los intereses norteamericanos, algunos como el libio Gadafi o el iraquí Sadam trataron de capturar en su favor la herencia panarabista nasseriana. Pero no funcionó. Tampoco había tenido éxito el barnizado leninista que se extendió entre muchos líderes o intelectuales árabes cuando se intensificaron las relaciones con el bloque soviético.
Una de las grandes lecciones del siglo que acaba de concluir es que las ideologías pasan y las religiones permanecen. En varias épocas de la Historia pareció que prevalecían otras solidaridades más nuevas, más "modernas": la clase, la nación. Pero, hasta ahora, la religión ha tenido siempre la última palabra.
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