Tuesday, February 27, 2007



LOS MUERTOS

A Beatriz Camus, in memoriam

Tres días han pasado desde que Beatriz Camus voló tras romper la luna de un coche y se estrelló contra un asfalto rabioso para ya no despertar jamás. Es curioso, los alumnos que he tenido y han muerto lo hicieron de esa estúpida manera. Alguno se durmió, otro confundió el acelerador con el freno, y ésta cometió el error de subirse al coche de un amigo sin carnet que se creía lo suficientemente listo como para conducir a 150 por una avenida de la ciudad. Bastó que la rueda tocara un pequeño bordillo para que sus dos acompañantes se destrozaran, aunque él, tras varias vueltas de campaña y colisión final contra un contenedor, salió ileso. Mis padres me han avisado desde niño del infierno de las drogas o del peligro de los caminos oscuros repletos de salteadores y sacasebos, pero en ningún lugar he visto tanta muerte como en las carreteras. Es un tópico, pero también algo verdadero, que ni el terrorismo ni la delincuencia tienen ese poder para segar vidas, y ni siquiera la enfermedad tiene la guadaña tan afilada cuando hablamos de personas jóvenes.

Tengo veinte años más de vida que Bea. Me cuesta quitarme de encima la impresión de que mi vida ha sido una sucesión de decisiones erróneas, que he fallado en casi todo, que he perdido de la manera más miserable a personas que quería... pero nada me parece más absurdo que ese instante en que alguien pierde todo lo que tiene y -lo que es peor- todo lo que podría tener. No es justo morir a esa edad. "Quien no muere joven, merece morir", dijo Cioran. Sí, todos hacemos méritos a cada segundo para que nos lleven los demonios, todos estamos viviendo con tiempo prestado, pero algunos tienen que pagar antes que otros. ¿Por qué? Encuentro tan poca respuesta a esa pregunta terrible como los seres devastados que más la querían. Puedo imaginar a un hombre de cuarenta y ocho años entrando cada media hora angustiado a la habitación las noches en que ella salía de marcha para ver si ya, por fin, la niña estaba en casa. Se habla muchas veces del duelo de los amantes perdedores, pero muy poco del de esos padres pesados que nos aman a fondo perdido y que encanecieron de puro miedo esperándonos en vela mientras buscábamos nuestro lugar en el mundo los sábados por la noche. De ese dolor y de los muñones que quedan en el alma cuando los peores presagios se confirman se hacen pocas poesías, desaparecen en el ruido y el trajín de los días de después mientras uno queda condenado para siempre a la soledad y al dolor.

Ayer el cura dijo ante el cuerpo de Beatriz algo sobre el seno acogedor de Dios y sobre la vida eterna. No sé porque no decimos en voz alta lo que todos sentimos: morirse es una jugada odiosa que el destino nos depara y que, si se trata de un joven, se convierte en un escándalo intolerable. Podemos confortar a los familiares, pero después sólo quedará un camino en el desierto que acaso no tengan fuerzas para recorrer.

Bea ha vivido veinte años menos de los que yo tengo cuando escribo estas líneas, y no dejo de pensar en lo que ha sido la vida de cualquiera como yo desde el momento mismo en que, con su edad, yo seguí vivo y ella se subió al coche fatídico. Ya no podrá ver el sol deshacer las sombras entre las columnas del Templo de Karnak, no besará al hombre de su vida en lo alto de una torre, no verá las lágrimas de alegría de su madre la mañana de su boda, no engendrará a una niña que terminaría siendo altiva y orgullosa como ella, no se tragará las lágrimas ante la angustía de lo sábados por la noche cuando la niña tarde en regresar... Todo eso se lo perderá ya sin remedio. Descanse en paz.

Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer, como el descenso de su último oscaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

Dublineses. James Joyce.

Wednesday, February 14, 2007



DISUASIÓN
Razones para la inacción las hay siempre, incluso seguir respirando es una temeridad repleta de contraindicaciones. Los islámicos rezan a Dios pidiendo perdón por lo que debieron hacer y no hicieron, por lo que debieron decir y no dijeron, incluso por lo que debieron pensar y no pensaron. Uno no debe pues arrepentirse de lo hecho, sino más bien de lo quedó pendiente, de tantas veces en que dijo "ahora no". Sin embargo, uno cae mejor y se resguarda de todo tipo de tempestades si mantiene la boca cerrada y el cuerpo inmóvil como el de un yogui hindú. Claro que una vida cómoda tiene su atractivo, que la gente excesivamente activa termina pareciendo sobreactuada e histérica y que los acontecimientos más sangrientos de la historia han sido llevados a cabo por hombres resolutos y decididos. Justamente por ello, dejar sin respuesta las atrocidades es la peor de las soluciones.
Llama el filósofo francés Jean Baudrillard "Gran Disuasión" a la era en que las dos grandes potencias se amenazaban e instigaban continuamente, alardeando de la cantidad de veces que sus arsenales nucleares podían atomizar al enemigo y al resto del mundo. Esa escena de los dos machos cara a cara con gesto amenazante, a un centímetro del choque de un estallido de violencia que casi nunca llegaba, se repite en mi memoria de la escuela. Y tiene su lado bueno. Mientras soviéticos y norteamericanos se intimidaban mutuamente, amagando con un golpe sin vuelta atrás, la vida transcurría en medio de una calma tensa pero permanente, sostenida por misteriosos contrapesos. La Crisis de los Misiles, con la pequeña isla de Cuba en el epicentro del terremoto, puso demasiado a la vista que la idea de la Gran Guerra había desaparecido en favor de su simulacro, una escalada de signos de lo bélico cuyo designio secreto era exhibirse promiscuamente, proliferar obscenamente, impregnar todas las imágenes y todos los discursos, para ocultar que en realidad ya no era posible. Sospecho que esa fue la razón secreta del complot de los halcones que acabó con el asesinato de Kennedy.
El Telón de Acero se desmoronó con una rapidez inquietante incluso para sus enemigos. Las libertades se descongelaban en la Europa del Este al microondas no por la victoria del impulso democratizador de Occidente, sino por la misteriosa inmunodeficiencia del mundo comunista. Pero la Era de la Disuasión no ha concluido, ha mutado. El terrorismo de Al Qaeda, en tanto que inducción a la pasividad mediante el miedo, es el invitado de honor del nuevo paisaje. Sería ingenuo pensar que se trata que esa lógica invade tan sólo los foros de la Alta Política. En verdad impregna toda la vida cotidiana, y eso es lo realmente preocupante.
Por ejemplo, cuando estudiaba en la Universidad me encontré con un catedrático indeseable cuya asignatura se aprobaba sólo en el caso de que uno comprara y memorizara el único libro que conformaba la bibliografía de su asignatura, libro que -ya lo imaginan ustedes- había sido escrito por el susodicho personaje. Perdonen la inmodestia, pero encabecé un motín contra esta repugnante situación animando y convenciendo a cientos de compañeros para que acabarán con el repugnante feudalismo del saber al que este señor y otros de su ralea sometían -y someten- a los indefensos estudiantes universitarios. La cosa no terminó de cuajar, pues el tipo sigue con su honrosa vida de catedrático y rentista de libros, pero lo peor no fueron los amagos de represalia de los que fuimos objeto algunos, sino la respuesta que me dieron algunos compañeros a los que empujé a la rebelión: desde "deberíamos dialogar con él, evitar molestarle", hasta "¿por qué movilizarnos contra eso del libro con la cantidad de cuestiones estructurales que primero habría que afrontar?". Ya lo ven, la gente siempre encuentra razones para no hacer nada, la cobardía es la más irresistible de las tentaciones.
En una ocasión, con motivo de una huelga en mi centro de trabajo, pregunté a una compañera por su actitud ante la convocatoria que realizábamos el resto de empleados: "es que yo no soy muy de huelgas", me dijo, como si perder un día de sueldo y ponerse a gritar en medio de la calle fuese la vocación natural de los demás, claro que entre los trabajadores hay tanta insolidaridad como entre los empresarios, estamos todos hechos de la misma pasta, qué vamos a hacerle.
Sumo y sigo, medidas ecológicas simples como las de separar los tipos de basura se abandonan por desidia, pues, aparte de que las autoridades son extrañamente poco contundentes a la hora de molestar a la ciudadanía con este tipo de demandas de higiene básica, la gente encuentra rápido consuelo en la teoría conspirativa de que "todo es una panoplia para que algunas empresas de reciclaje se forren a cuenta de los tontos que llevan el papel, el plástico, el cristal y la comida a contenedores distintos". Esto vale para el ahorro doméstico del agua, la necesidad de aminorar la emisión de gases procedentes del transporte privado, el abuso energético de los aires acondicionados con los que tropicalizamos nuestra vivienda... Hablando de ecología, recuerdo hace unos veinte años cuando el gobierno de Felipe González decidió sumergir el pueblo leonés de Riaño para construir un gran pantano. Acudieron para hacer frente a las excavadoras personas de toda España, pero muchos ecologistas de tierras mediterráneas-muy ilustrados ellos en la tradición ideológica de la izquierda divina de los años sesenta y setenta- se autodisuadieron de apoyar la protesta: "açó és a Espanya, a nosaltres ens preocupen els països catalans", reconocía en privado algunos de estos subnormales.
Se agolpan en mi mente todo tipo de excusas para la cobardía. Hay quien se niega a votar porque no cree que los políticos resuelvan nada, pero eso vale tan poco como el acto igualmente insignificante de votar, siempre que lo que uno y otro hacen es desentenderse de la obligación cívica de participar en la vida pública, lo cual no se sustancia, por más que los profesionales de la política se empeñen, en unos comicios cuatrienales para honrar a la partidocracia. Podría hablar de quienes desde la derecha más clericalista, pero en algunos casos también desde la izquierda, se oponen rotundamente a la legalización de la prostitución sin preocuparse después de si las profesionales del sexo mejoran en lo más mínimo la desolación de sus vidas, mucho más indignas por el frío, la esclavitud y el miedo a la violencia que por el tipo de intercambio mercantil que cotidianamente realizan. Puedo pensar en la cantidad de razones que cualquier ciudadano vasco encontraba y encuentra para no juntarse con aquel pequeño grupo de locos que en los años ochenta -apenas una docena de personas, después uno o dos centenares- acudían al centro de Donosti para manifestarse en silencio por cada asesinato de ETA. Sabían que, dando la cara, su nombre pasaba automáticamente a la diana de los fascistas, pero la libertad y la democracia han nacido siempre en el heroísmo desesperado y silencioso de grupos de personas como aquél, o como el de las Madres de Mayo, que asumieron el riesgo de morir con el pañuelo blanco en la cabeza antes que conformarse con la infamia de la que sus familias habían sido objeto.
Conozco una persona que tuerce el gesto cada vez que alguien le dice que va a tener un hijo: "otro problema, otra fuente de padecimiento"; me recuerda al que decía que no quería tener perro "porque luego le coges cariño y te da pena cuando muere".
Morir... eso es lo que nos va a pasar a todos. Y es una estupidez esperar pasivamente y atenazados por el miedo a lo que de todas formas tiene que llegar.

Sunday, January 28, 2007


BÁRBAROS
DE LAS CALLES
Podría explicarles las razones por las cuales aquella tarde me sentía especialmente relajado, pero no voy a hacerlo porque -¿saben?- creo que deberíamos hacer todos un esfuerzo para experimentar el placer inmenso de estar vivos, sentir sobre la cara el viento húmedo de la libertad y abrir las narices aunque sea -Félix Grande dixit- "pólvora lo que pueda olerse"... y todo ello sin necesitar excusas ni sentirnos obligados a dar explicaciones. Estaba en paz con Dios y punto, conque, abstraído en mis pensamientos, caminaba por la acera al ritmo de mi alma y no al de las calles. Ese fue el pecado que desencadenó el conflicto. El empujón de un tipo de unos veintitantos años al que, por su amargor, llamaré "Pomelito", me hizo bajar abruptamente de las alturas espirituales en que me hallaba. Llamé educadamente su atención unos segundos después, cuando empecé a hacerme a la idea de lo que había pasado. La respuesta de Pomelito no tiene desperdicio: "Si tú no tienes prisa, puedes ir lento, pero otros sí la tenemos", ante lo cual contesté que era un maleducado, quedando el tema zanjado cuando me devolvió la increpación con un insulto. Nunca sabrá Pomelito lo cerca que, mientras se alejaba a toda prisa por la avenida, estuvo en ese momento de tener un problema realmente serio, y no voy a engañarles a ustedes haciéndoles creer que soy un tipo de natural pacífico. El que acabara aquel incidente pensando que había actuado correctamente no sometiéndome en silencio, como tantas veces hacemos, a la agresión de un bárbaro, pero no perdiendo los papeles ante la insistencia en la agresión, devolvió la paz a mi alma y la lentitud a mis pasos.
¿Se han dado cuenta de que los maleducados tienen siempre la respuesta preparada? Hay quien entra en el Metro antes de que salgan los pasajeros y, cuando es increpado, se inventa que "mientras vosotros salís por la izquierda, nosotros entramos por la derecha". Tengo alumnos que, tras sonarles el móvil en clase, se indignan ante mi afearles la conducta arguyendo que "para urgencias sí deben dejar que nos suene el móvil", lo que conduce naturalmente a una farragosa discusión sobre el concepto de "urgencia". Recuerdo -déjenme seguir con estos tan edificantes ejemplos- que en una ocasión fui literalmente atropellado por un conductor, quien me golpeó con el morro de su coche y que, cuando le hice ver lo incorrecto de su acción, me espetó que yo no había pasado "por donde empieza el paso de cebra", lo cual sospecho que me ponía en situación de agradecerle que tras atropellarme no hubiera pasado por encima de mi cuerpo como sin duda hubiera hecho su probable ídolo, el personaje de Un día de furia, encarnado por Michael Douglas, quien asumió perfectamente el papel de un energúmeno urbano, burgués perfectamente integrado y bien vestido que, una mañana, tras un atasco, enloquece hasta sacar todos los instintos de animal resentido del armario y empezar a disparar con una recortada contra todo aquel que le moleste, sea un vendedor que no sabe dar el cambio, una esposa que no te pone la cena o un peatón que no pasa por donde debe. Curioso: la mayoría de maltratadores de las calles con los que me he topado no eran skinheads ni punkis ni inmigrantes ni yonquis ni prostitutas llegadas en patera... eran gente como Dios manda.
Me molesta la agresividad de la gente, agresividad creciente en nuestras ciudades, y que, si hacemos caso de incidentes como el de Pomelito, amenazan con trasladarse de las calzadas -donde reina por doquier- a las aceras, que empiezan a establecer ya la jerarquía entre los que van a algún sitio, tienen prisa, están ocupados, y quienes van al paso que les da la gana y no al que les impone una sociedad enferma e histérica. Obviamente, los primeros son mejores, pues de lo contrario no se sentirían con derecho a echar a la cuneta a los otros y después insultarles. Es más o menos lo mismo que esos fascistas de autopista que a doscientos por hora te lanzan las luces largas porque, con tu automóvil a la velocidad reglamentaria, te conviertes automáticamente en un estorbo. No me parece muy lejos esa mentalidad de la llamada neoliberal, que detesta pagar los servicios públicos precisamente porque sufraga -"con mi dinero"- a los viejos, los enfermos, los deficientes y demás estorbadores profesionales.
Ya no necesitamos mazmorras ni policías de gris pegando con la porra, ya no hacen falta leyes de vagos y maleantes, vivimos encerrados en cárceles de prisa, sometidos a la necesidad compulsiva de sentir que vamos en todo momento a alguna parte, que estamos ocupados, que aprovechamos el tiempo... Odiamos el silencio, los espacios vacíos, los domingos sin tiendas... no imaginamos hasta qué punto nos tiene cogidos del cuello nuestra hipoteca, hasta qué punto somos más siervos de los dueños del mundo de lo que lo hemos sido nunca. Resístanse, no dejen que Pomelito mande en las aceras de la vida.

Friday, December 29, 2006


INOCENTES

No discuto la santificación de aquellos niños de Belén que fueron pasados a cuchillo por los sicarios de un Rey paranoico y enfurecido por las pupas de una terrible enfermedad. Claro que, después de todo, ser el bueno o el malo en las historias evangélicas suele ser cosa de suerte, y hay a quien le pasa por la cabeza de vez en cuando exigir a los burócratas vaticanos tramitar la santificación de Herodes ante la evidencia de que a la inmensa mayoría de nuestros niños los estamos convirtiendo en monstruos odiosos. Hablando de niños, no alabo el gusto de quienes consideran "Inocencio" un nombre digno para su vástago. Me parece tan insano como llamar a tu hija "María Virtudes", sobre todo teniendo en cuenta las virtudes de las que se trata en el universo cultural católico, más afecto a la sumisión y el recato que a cualquiera de las "perversiones" que han hecho que, desde hace milenios, valga la pena habitar este polvoriento planeta. Mi sugerencia sería la de bautizar a su próximo hijo como "María Vicios" o "Caín", pero como ustedes, amigos lectores, son un hatajo de cobardes, estoy seguro de que preferirán a "Marcos", "Martina" y mariconadas similares.

El 28 de diciembre suele crear una tensión psicológica particular: uno pasa el día pensando "aquí me la meten". Pero he llegado a la conclusión de que se han acabado ya los buenos tiempos para los bromistas. Me sucedió durante el telediario algo inaudito. El circunspecto y trajeado presentador nos anunciaba al ganador de un concurso mundial de skate-board a mano. Allí aparecía sonriente el freaky de turno realizando todo tipo de virguerías manuales con un diminuto monopatín. Supuse que era justamente esa la inocentada del telediario: "muy bien, ya no me pillan". Pero, de pronto, las dudas... Bien pensado, no había nada en aquella imbecilidad que no apareciera como noticia completamente seria en días no de Inocentes. Apenas un par de semanas atrás había visto a un cantante con peluquín llamado Dantés presentar su último disco. La aparente convicción con la que cantaba y bailaba el personaje no le restaba punta de broma al asunto, y sin embargo no era una inocentada. ¿Por qué entonces habría de serlo del monopatín manual?

De entre las bromas que no terminan de pasar como tales me quedo con el negacionismo. Los defensores de esta estrafalaria escuela de pensamiento niegan la realidad del holocausto, gigantesca mentira urdida por la conspiración judía internacional, cuyos líderes en la sombra serían los sabios de Sión, ahora guarecidos bajo el paraguas del lobby hebreo de Nueva York. La cosa podría quedar muy bien como inocentada, y recuerda incluso a cierto compañero de clase que tuve que decía que desde que se enteró de que los Reyes eras los padres no dejaba de pensar que toda la realidad era un sueño, lo cual no le impedía apartar la cara cada vez que Don Gregorio le soltaba una hostia en clase o gritarme ¡jódete, cabrón! cada vez que me metía uno de sus imaginarios goles. Lo inquietante es que tal impostura tenga repercusión, hasta el punto de que no sólo los cuatro descerebrados de turno con brazo en alto se tragan el discursito de marras sino que además surgen estrambóticas leyes en distintos países europeos contra quienes niegan el holocausto. Puestos a seguir en tal línea de corrección política, la cual es especialmente aficionada a las leyes mordaza contra la libertad de expresión, podrían ustedes salir a la calle gritando que Colón nunca existió y se le podría acusar de negar el genocidio cometido por los españoles contra los indios, a pesar de que para estos, los pobres, ya es demasiado tarde tal acto de justicia.

Por estos lares el negacionismo ha pegado llamativos coletazos. Hay quien dice que Franco fue un santo y Azaña un asesino de masas, que en el bombardeo de Gernika sólo murieron cuatro personas -sospecho que del susto- y que la Guerra Civil la empezaron los republicanos, que es más o menos lo mismo que cuando en Seguros Mapfre el accidentado manifiesta que "la farola se lanzó contra su coche", algo que luego da mucha risa pero que el interesado suelta a ver si cuela. No es sorprendente que el negacionismo, si se trata de ensalzar a Franco y demonizar a los rojos, triunfe en nuestro querido país. A fin de cuentas, Pedro Jota Ramírez está evitando la extinción de su diario gracias a la milonga del 11-M, una de las inocentadas más hilarantes del momento de no ser por lo repugnante que resulta jugar de esa manera con los muertos. Dice Canetti que hay un momento del camino en que uno corre el riesgo de dejar de saber qué es la verdad y qué la mentira. Es entonces cuando cualquier infamia, si sirve para destruir a nuestros enemigos, se da por buena, y cuando el más necio de los necios se cree con derecho a que le hagamos caso. Dejémosles el día de los Inocentes y olvidémosles el resto del año. Feliz 2007.

Thursday, December 07, 2006





NUEVOS EDENES






Visito a un primo lejano en su casa de la urbanización Nuevo Edén, lugar ideal para familias jóvenes, alejadas del tráfago hostil de las grandes concentraciones urbanas, situado en medio de un hermoso paraje natural y dotado con todo lo que usted y su familia pueden desear para una vida feliz. Me ha indicado cómo llegar, pero me pierdo, pues resulta que no hay un puñetero cartel que reconozca siquiera la existencia del lugar. "¿Por favor, buen hombre, Residencial Nuevo Edén, calle Los Fresnos?", pero el buen hombre, el único al que he encontrado deambulando a pie por los alrededores, también desconoce el emplazamiento. Horas después descubro que he estado dando vueltas en torno suyo, y que incluso he pasado por delante de casa de mi primo varias veces, pero ni siquiera a la entrada del paraíso en cuestión hay un cartel que indique que hemos llegado. ¿Por qué Calle Los Fresnos, si no veo más que diminutos naranjos para delimitar las plazas de parking? Supongo que alguien proyectó su existencia pero se les olvidó encargarlos cuando hicieron la calle. Claro que otros nombres hubieran caído probablemente en idéntica impostura.

El nombre de la Calle de La Paz en Valencia tiene sentido, es el producto del drama y de la historia, sus moradores han visto correr tanta sangre durante siglos que los adoquines saben que ese nombre significa algo, aunque sólo sea la proyección insensata de un deseo. Diré lo mismo de la Calle de las Barcas, por donde se trasladaban las embarcaciones que se dirigían a pescar a la Albufera, o la Calle del Gigante, o Comedias, donde la imaginación puede volar a cualquier gesta del pasado en busca de una explicación. Más difícil es saber como Nuevos Edenes se ha ganado el mérito de tener una Calle de las Libertades para designar al mayor de sus tentáculos, repleto a uno y otro lado de casas preciosas e idénticas, con su jardín y su casa del perro, todo repitiéndose sin fin como en las pesadillas.

La casa es muy mona, los interiores en rústica siguiendo las últimas líneas en decoración, a juego con el uniforme del colegio inglés al que van las niñas. "Las vistas al Montgó son preciosas, lo que tenemos delante está declarado parque natural", sí, pero las únicas pizcas de romanticismo las percibo al salir, cuando descubro que la Calle Los Fresnos está inconclusa y no parece llevar en medio de la noche más que a las tinieblas y a una espantosa soledad, hermosa torre de marfil accesible sólo en automóvil. Mi primo ha construido en ese lugar su paraíso. Es el señor de un castillo preservado de los males mundanos custodiado por un cerbero que muerde. Me pregunto qué sería de ese edén si de pronto, una mañana, se encontrara una nota pegada a la nevera: "me he enamorado de otro hombre, me marcho con los niñas, no trates de buscarme"

Tengo amigos a los que han acusado de locos por irse a vivir al centro de las ciudades. Hoy, para la burguesía, los barrios viejos son el lugar rebosante de residuos humanos del que conviene huir. El zoco inquieta porque es el corazón de la vida urbana, donde se cruzan todas las voces y los extraños acentos formando una algarabía sudorosa de la que nada se cuenta en las bibliotecas de los monasterios. Paseando por el Mercado Central, uno de los lugares más viejos de la ciudad, me viene a la memoria lo que me dijo una de esas personas respecto al secreto de su elegante vestir: "siempre llevo ropa de marca porque la compro en tiendas de segunda mano". Mi primera impresión fue de rechazo, pensé en lo poco que me apetecía ponerme los vaqueros de un yonqui. Rosa, que así se llama, me explicó que necesitaba sentir que aquella ropa no había empezado con ella, que tenía una historia, un poder misterioso que caminaría con ella desde que se la calzase. Quizá tenga razón, no sé a qué viene tanta obsesión por lo nuevo, por estrenarlo todo, como si pudiéramos deshacernos tan fácilmente del pasado, como si fuera tan sencillo blanquear la historia, como si apenas sin esfuerzo fuéramos capaces de esquivar los errores y las cobardías de quienes se criaron en estas calles antes que nosotros.

Parece fácil huir del tumulto de la urbe al que sólo se regresa los sábados del Corte Inglés y la dichosa Milla de Oro, mientras nos sorprendemos de que los inmigrantes, quienes aún reconocen el valor de los espacios de encuentro, se "apoderan" de los autobuses, los parques y las plazas, como si nos hubieran echado de allí, como si antes no hubiéramos abandonado nosotros esos lugares, declarando inhóspito lo que en otro tiempo fue el centro de la comunidad. Pero el automóvil lo justifica todo. Puedo estrenar casa si acepto vivir a 20 kilómetros de la ciudad. Con ello alimentaré la especulación inmobiliaria, las críticas al gobierno porque no construye más carreteras -todavía más-, las subidas de la gasolina, el deterioro medioambiental, la producción desaforada de automóviles...Entretanto, seguiremos alimentando las utopías sobre las que se construyen los nuevos edenes.

Friday, November 03, 2006



HÉROES Y RELATOS (II)

Según Woody Allen ir al cine a ver una de los Hermanos Marx -a ser posible por la mañana y con tu sobrina- es la mejor manera de no sucumbir a los primeros síntomas de una depresión. Yo los he padecido en las últimas horas como consecuencia de la indigestión de elecciones catalanas, concurso que consistía en ver quien era más políticamente correcto y quien menos explosivo para la salud de la patria. Mi antídoto ha sido una película de John Ford, El hombre que mató a Liberty Valance.Como en todo buen relato, la verdad que parece ir desvelándose a lo largo del film sólo encuentra su sentido en la última escena, cuando el empleado del tren que da lumbre al Senador le recuerda lo orgulloso que está de encontrarse al lado de "el hombre que mató a Liberty Valance".

Esta bellísima y sombría historia empieza cuando el Senador Ranse Stoddard y su esposa acuden a la pequeña localidad de Shinbone a los funerales por un desconocido, un viejo que ha muerto anónimamente: Tom Doniphon. El Senador aprovecha el momento para contar a los periodistas que ese hombre olvidado por todos salvó su vida y, en cierto modo, la de Shinbone. Cuando el Oeste era todavía demasiado joven y salvaje, un cuatrero envalentonado, Liberty Valance, conseguía tener aterrorizado a todo el mundo en aquel lugar. Sólo un hombre, Doniphon, que presumía de ser el más duro antes que Valance en la región, se atrevía a plantarle cara. Ese misterioso equilibrio de fuerzas entre pistoleros en medio del cual vive Shinbone empieza a romperse el día en que un joven leguleyo llamado Ranse Stoddard llega a la ciudad. Maltrecho por la paliza que Valance le ha propinado en el camino, decide luchar con las armas de la ley y la justicia contra el imperio de las armas y la brutalidad. Nadie es más escéptico ante ello que Doniphon, quien se burla llamándole "Pilgrim" (peregrino) y le recuerda que sólo con agallas y una buena pistola se puede acabar con Valance. Pero la tenacidad y la fe de Stoddard van impregnando a los que le rodean, incluyendo a la joven Hallie, con la que Doniphon pretende casarse.La noche en que Stoddard decide contra sus propios deseos ir a enfrentarse pistola en mano con Valance, sucede lo que nadie cree posible: el pacífico peregrino vence al forajido, Liberty Valance muere de un tiro certero y su tiranía desaparece de Shimbone para siempre. El giro en los acontecimientos encuentra una segunda vuelta de tuerca: mientras Hallie atiende a Ransone de una herida en la mano, Doniphon los observa y descubre que la mujer a la que ama ya nunca será suya: Hallie se ha enamorado de Stoddard. Un día, cuando su carrera política en la región ya es imparable, un Doniphon medio borracho y con barba de semanas le revelará entre el humo de un pitillo que aquella noche no fue el propio Stoddard sino él quien, desde las sombras, acertó en el corazón de Valance para salvar al leguleyo de una muerte segura. Tom nunca habría matado a Valance de esa forma tan vil de no haber sido porque Hallie quería a Ranse con vida. Esa es la última vez que se vean los dos. La siguiente será muchos años después y entonces Stoddard ya sólo encontrará el cadaver
de un viejo al que algún truhán ha desprovisto de sus botas. Es entonces cuando se decidirá a relatar a los periodistas la historia verdadera, entre otras la del origen del periodismo americano en el Oeste, cuyos albores fueron tan sangrientos como todo parece serlo en aquella tierra desértica que los hombres como Stoddard han sabido domesticar. La frase final del interlocutor, que declara su intención de olvidar el relato que acaban de referirle -"si la verdad no supera a la leyenda, mejor imprimir la leyenda"-, se hace extensiva a la última escena, bellísima y terrible, como todo lo que es grande en el mundo, cuando el empleado en el tren le recuerda a Stoddard que su leyenda no es la verdadera, la del hombre que trajo la ley y la razón a aquellas tierras de salvajes, sino la falsa, la del "hombre que mató a Liberty Valance". Ni él ni Hallie, quien de alguna manera sigue amando a Tom Doniphon, porque se puede -y se debe- amar a dos hombres cuando representan las dos caras imprescindibles de una moneda, levantarán la vista del suelo al escuchar esa frase tremenda que el empleado pronuncia con banal jovialidad.

Nada ha significado la vertebración de la identidad colectiva americana tanto como el western. España vivió su particular conquista del Oeste con la llegada de la democracia. Aquellos tiempos peligrosos tuvieron sus héroes, muchos de ellos anónimos, pero se ha preferido alimentar para la historia la imagen de un proceso normalizado y casi burocrático, como si no hubiera hecho falta que algunos se jugaran el cuello ante la bestia que no se resistía a pegar los últimos coletazos. Creo que Baltasar Garzón es la figura más relevante que ha dado la democracia española. Este Tom Doniphon no es anónimo, aunque cuenta con un ejército de ninguneadores que parecen haber entregado su vida a desacreditarle, y -paradójicamente- es, como Stoddard, un hombre de leyes. Es sospechosa la sonrisa irónica de quien pretende despreciar a Garzón imputándole ansia de protagonismo. Una de las personas que más me ha insistido en esa crítica es el mismo débil y resentido que acusaba de "megalomanía y prepotencia" a un vecino de su barrio porque se dejaba interminables horas de su vida -sin cobrar nada por ello- organizando obras de teatro protagonizadas por niños conflictivos. Es posible que haya en el alma de Garzón cierta deriva mesiánica, pero vivir en la humildad requiere demasiada disciplina y contención mental como para exigírsela a un hombre de natural desmesurado. Deberíamos pensar que a Garzón le odian desde trincheras radicalmente contrarias entre sí. Y ello sólo tiene una explicación: en su libro "Un mundo sin miedo" explica que el fin de sus desvelos no es otro que el de luchar contra la impunidad, esa inercia terrible y pastosa que llena secretamente de miedo y conformismo nuestras vidas ante la violencia de los poderosos. Así, el pilgrim ha luchado desde su despacho contra el terrorismo de Estado, contra los terroristas -y,sobre todo, contra quienes impunemente les financiaban y jaleaban- contra el narcotráfico a gran escala, contra los dictadores torturadores, contra la manipulación mediática, contra la evasión de impuestos bancaria... Garzón es tan grande que se han publicado libros sólo para desacreditarle, como hizo el ínclito Pepe Rei. Es curioso que quienes, como Pedro J.Ramírez y su ejército, le hicieron santo con el caso Gal, le hayan defenestrado después, cuando no cedió al burdo y repugnante montaje mediático para incriminar al gobierno en el 11-M.

"¿De qué lado está usted?" Le preguntan algunos. "Del mío", contestaría Garzón si fuera John Wayne, pero el lado de los hombres excepcionales es siempre el de la Justicia. El relato de la tribu se va construyendo -en su verdad y en su leyenda- desde el esfuerzo de los valientes, como esos desconocidos que acuden a sofocar los incendios, plantan cara a los matones o alivian el dolor de los enfermos en lúgubres pasillos de hospital. Acordémonos también de ellos.

Sunday, October 15, 2006






HÉROES Y RELATOS










Una interpretación incorrecta del racionalismo de los Ilustrados del XVIII llevó a algunos autores del siglo siguiente a confundir el fin de los viejos fantasmas de la superstición con la desaparición del culto a los héroes. August Comte, fundador del Positivismo, proclama la superación del estadio teológico, al que denomina infancia de la humanidad, y del metafísico, al que identifica con nuestra pubertad, en favor del estadio positivo, donde el triunfo de la ciencia se asocia a la madurez de la especie y encamina el ideal del ordre et progrès. Ciertamente, se divisa con toda claridad un hilo conductor en Occidente que asocia modernización y secularización, o lo que es lo mismo, que une la conquista de un modelo racionalizado del saber y la tecnología con lo que se ha denominado secularización o retirada de las viejas imágenes del mundo. Bien, quizá ya no necesitemos a los dioses, pero continuamos necesitando a los héroes. Aquel sistema de valores que no apueste por la excelencia humana en cualquiera de sus múltiples formas es mezquino, quien no está dispuesto a conmoverse ante los gestos del héroe es un miserable.
En estos días se ha conocido la muerte a balazos en un ascensor moscovita de Anna Polikótvskaya. "Rusia está horrorosa últimamente", oigo decir. Y es cierto, pero ni la pobreza ni el abuso del vodka ni siquiera el mal olor que desprenden las cañerías -de eso hablan mucho quienes visitan la ciudad del Kremlin- son peor que el miedo, un miedo que impera por doquier. El trabajo incasable de esta valerosa periodista ha puesto ante los ojos del mundo lo que el mundo parece no querer ver, que una nueva forma de dictadura del terror, a medio camino entre la realidad histórica del estalinismo y la ficción de Orwell, se ha impuesto en el confín este de Europa. Anna no es un héroe por haber sido asesinada, pues en ese caso habríamos de otorgar carácter probatorio al sacrificio, un espantajo ideológico que fanáticos religiosos y fundamentalistas de toda ralea han hecho valer desde siempre; más bien la asesinaron por ser un héroe. Levantar la voz cuando todos los dedos índices del miedo reclaman el punto en boca, relatar allá donde la narración pretende quedar silenciada, atreverse a mirar allá donde se han hecho las tinieblas... por todo ello mataron a Polikótvskaya, cuya imagen micrófono en mano entre las nieves de la torturada Chechenia deben ir a parar al mismo lugar que las del chino que cortó el paso a los tanques en Tiananmen.