Wednesday, February 14, 2007



DISUASIÓN
Razones para la inacción las hay siempre, incluso seguir respirando es una temeridad repleta de contraindicaciones. Los islámicos rezan a Dios pidiendo perdón por lo que debieron hacer y no hicieron, por lo que debieron decir y no dijeron, incluso por lo que debieron pensar y no pensaron. Uno no debe pues arrepentirse de lo hecho, sino más bien de lo quedó pendiente, de tantas veces en que dijo "ahora no". Sin embargo, uno cae mejor y se resguarda de todo tipo de tempestades si mantiene la boca cerrada y el cuerpo inmóvil como el de un yogui hindú. Claro que una vida cómoda tiene su atractivo, que la gente excesivamente activa termina pareciendo sobreactuada e histérica y que los acontecimientos más sangrientos de la historia han sido llevados a cabo por hombres resolutos y decididos. Justamente por ello, dejar sin respuesta las atrocidades es la peor de las soluciones.
Llama el filósofo francés Jean Baudrillard "Gran Disuasión" a la era en que las dos grandes potencias se amenazaban e instigaban continuamente, alardeando de la cantidad de veces que sus arsenales nucleares podían atomizar al enemigo y al resto del mundo. Esa escena de los dos machos cara a cara con gesto amenazante, a un centímetro del choque de un estallido de violencia que casi nunca llegaba, se repite en mi memoria de la escuela. Y tiene su lado bueno. Mientras soviéticos y norteamericanos se intimidaban mutuamente, amagando con un golpe sin vuelta atrás, la vida transcurría en medio de una calma tensa pero permanente, sostenida por misteriosos contrapesos. La Crisis de los Misiles, con la pequeña isla de Cuba en el epicentro del terremoto, puso demasiado a la vista que la idea de la Gran Guerra había desaparecido en favor de su simulacro, una escalada de signos de lo bélico cuyo designio secreto era exhibirse promiscuamente, proliferar obscenamente, impregnar todas las imágenes y todos los discursos, para ocultar que en realidad ya no era posible. Sospecho que esa fue la razón secreta del complot de los halcones que acabó con el asesinato de Kennedy.
El Telón de Acero se desmoronó con una rapidez inquietante incluso para sus enemigos. Las libertades se descongelaban en la Europa del Este al microondas no por la victoria del impulso democratizador de Occidente, sino por la misteriosa inmunodeficiencia del mundo comunista. Pero la Era de la Disuasión no ha concluido, ha mutado. El terrorismo de Al Qaeda, en tanto que inducción a la pasividad mediante el miedo, es el invitado de honor del nuevo paisaje. Sería ingenuo pensar que se trata que esa lógica invade tan sólo los foros de la Alta Política. En verdad impregna toda la vida cotidiana, y eso es lo realmente preocupante.
Por ejemplo, cuando estudiaba en la Universidad me encontré con un catedrático indeseable cuya asignatura se aprobaba sólo en el caso de que uno comprara y memorizara el único libro que conformaba la bibliografía de su asignatura, libro que -ya lo imaginan ustedes- había sido escrito por el susodicho personaje. Perdonen la inmodestia, pero encabecé un motín contra esta repugnante situación animando y convenciendo a cientos de compañeros para que acabarán con el repugnante feudalismo del saber al que este señor y otros de su ralea sometían -y someten- a los indefensos estudiantes universitarios. La cosa no terminó de cuajar, pues el tipo sigue con su honrosa vida de catedrático y rentista de libros, pero lo peor no fueron los amagos de represalia de los que fuimos objeto algunos, sino la respuesta que me dieron algunos compañeros a los que empujé a la rebelión: desde "deberíamos dialogar con él, evitar molestarle", hasta "¿por qué movilizarnos contra eso del libro con la cantidad de cuestiones estructurales que primero habría que afrontar?". Ya lo ven, la gente siempre encuentra razones para no hacer nada, la cobardía es la más irresistible de las tentaciones.
En una ocasión, con motivo de una huelga en mi centro de trabajo, pregunté a una compañera por su actitud ante la convocatoria que realizábamos el resto de empleados: "es que yo no soy muy de huelgas", me dijo, como si perder un día de sueldo y ponerse a gritar en medio de la calle fuese la vocación natural de los demás, claro que entre los trabajadores hay tanta insolidaridad como entre los empresarios, estamos todos hechos de la misma pasta, qué vamos a hacerle.
Sumo y sigo, medidas ecológicas simples como las de separar los tipos de basura se abandonan por desidia, pues, aparte de que las autoridades son extrañamente poco contundentes a la hora de molestar a la ciudadanía con este tipo de demandas de higiene básica, la gente encuentra rápido consuelo en la teoría conspirativa de que "todo es una panoplia para que algunas empresas de reciclaje se forren a cuenta de los tontos que llevan el papel, el plástico, el cristal y la comida a contenedores distintos". Esto vale para el ahorro doméstico del agua, la necesidad de aminorar la emisión de gases procedentes del transporte privado, el abuso energético de los aires acondicionados con los que tropicalizamos nuestra vivienda... Hablando de ecología, recuerdo hace unos veinte años cuando el gobierno de Felipe González decidió sumergir el pueblo leonés de Riaño para construir un gran pantano. Acudieron para hacer frente a las excavadoras personas de toda España, pero muchos ecologistas de tierras mediterráneas-muy ilustrados ellos en la tradición ideológica de la izquierda divina de los años sesenta y setenta- se autodisuadieron de apoyar la protesta: "açó és a Espanya, a nosaltres ens preocupen els països catalans", reconocía en privado algunos de estos subnormales.
Se agolpan en mi mente todo tipo de excusas para la cobardía. Hay quien se niega a votar porque no cree que los políticos resuelvan nada, pero eso vale tan poco como el acto igualmente insignificante de votar, siempre que lo que uno y otro hacen es desentenderse de la obligación cívica de participar en la vida pública, lo cual no se sustancia, por más que los profesionales de la política se empeñen, en unos comicios cuatrienales para honrar a la partidocracia. Podría hablar de quienes desde la derecha más clericalista, pero en algunos casos también desde la izquierda, se oponen rotundamente a la legalización de la prostitución sin preocuparse después de si las profesionales del sexo mejoran en lo más mínimo la desolación de sus vidas, mucho más indignas por el frío, la esclavitud y el miedo a la violencia que por el tipo de intercambio mercantil que cotidianamente realizan. Puedo pensar en la cantidad de razones que cualquier ciudadano vasco encontraba y encuentra para no juntarse con aquel pequeño grupo de locos que en los años ochenta -apenas una docena de personas, después uno o dos centenares- acudían al centro de Donosti para manifestarse en silencio por cada asesinato de ETA. Sabían que, dando la cara, su nombre pasaba automáticamente a la diana de los fascistas, pero la libertad y la democracia han nacido siempre en el heroísmo desesperado y silencioso de grupos de personas como aquél, o como el de las Madres de Mayo, que asumieron el riesgo de morir con el pañuelo blanco en la cabeza antes que conformarse con la infamia de la que sus familias habían sido objeto.
Conozco una persona que tuerce el gesto cada vez que alguien le dice que va a tener un hijo: "otro problema, otra fuente de padecimiento"; me recuerda al que decía que no quería tener perro "porque luego le coges cariño y te da pena cuando muere".
Morir... eso es lo que nos va a pasar a todos. Y es una estupidez esperar pasivamente y atenazados por el miedo a lo que de todas formas tiene que llegar.

1 comment:

jose luis cervera said...

Pues sí, la cobardía es la mayor de las enfermedades y la más nociva a largo plazo pues consume y consume hasta dejar sin nada que roer, solo la rabia de no haber hecho o dijo lo que uno quiso. Una vez leyendo la biografía de Huston me di cuenta que aquel tipo afrontaba esto de la cobardía siendo uno mismo en el momento, magnificamente retratado después por Eastwood en Cazador Blanco corazón negro cuando se pega con el gerente racista de aquel hotel. ¿Recuerdas?