Saturday, January 26, 2008


















INSIGNIFICANCIAS *


Conversación entre dos chicas de unos veinticinco años en un café del centro de Valencia (no invento ni una palabra, lo juro):

-"¿Te gustó el piso que viste con tu novio?"
-"Sí, pero está junto al antiguo matadero... no sé tía, creo que no podría vivir allí, todo lleno de los espíritus de las vacas muertas."



Cuando leí a Kant en el instituto dí por cierto que su frase "La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad" se limitaba a enunciar un estado de hecho, una realidad irreversible contra la que ya nada podrían hacer los viejos fantasmas feudales de la superstición y la servidumbre... no se me ocurrió pensar que a lo mejor se trataba sólo de un desiderata del siglo XVIII, el primer avistamiento de una corriente minoritaria que no tendría por qué imponerse o que, para ser más exactos, triunfaría sólo de forma torcida, pagando peajes que Kant no hubiera imaginado ni en sus peores pesadillas. ¿Qué separa a ese par de cenutrias del abotargado y temeroso espíritu medieval? Comparadas con la Edad Media, son ciertamente mujeres modernas, liberadas e independientes... pero temo que no exactamente en el sentido en que los ilustrados hablaban del ciudadano emancipado de un mundo que avanzaba irremediablemente hacia mejor. ¿Dónde está pues la diferencia entre quienes en el siglo XI creían que no caía una hoja otoñal de un árbol sin que el Supremo -o el Maligno- interviniera, y quienes ahora habitamos en el mapa referencial de las películas de terror para adolescentes, las marcas legendarias de ropa o las series americanas de la tele? Yo diría que en la banalidad.





En el imprescindible Divertirse hasta morir, Neil Postman sostiene la hipótesis de que la literatura utopista que nos proporciona la pista buena para entender lo que nos está pasando no es la de Orwell sino la de Huxley. A uno le gustaría pensar que una policía malvada dirigida con mano de hierro por el Ministerio de la Verdad nos vigila, persigue, tortura y asesina en cuanto hacemos asomar el mínimo chispazo de libre pensamiento tal y como se nos relata en 1984. España vivió algo de esto -aunque más cutre, porque Franco estaba demasiado entretenido censurando besos y escotes de Hollywood como para además leer a Orwell-durante cuarenta años que parecieron trescientos... Los censores fueron al paro y todo ha saltado en pedazos en tan poco tiempo que, antes de felicitarnos por nuestra suerte o por el éxito de nuestra valerosa lucha contra los mandarines, deberíamos preguntarnos si por el camino se nos ha escapado algo sin que nos diéramos cuenta. En otras palabras: ¿no será que ahora no se nos prohíbe leer porque la discrepancia ya no molesta? ¿no será que todo el prestigio del que se invistieron las tetas de las portadas kiosqueras y los revolucionarios textos de Marx y Bakunin se debían exclusivamente a quienes, empeñados en que nuestros tiernos ojos no pudieran verlos, nos hicieron creer que eran realmente peligrosos?



Lo dice una canción de Sabina en relación a una amada a la que haríamos mejor en dar definitivamente por perdida: "no pido perdón, ¿para qué, si me va a perdonar porque ya no le importa?" No les importa, ya véis, podemos empapuzar a nuestros alumnos con literatura transgresora y films desgarradoramente libertarios que a ellos les va a interesar mucho más la última edición pirateada de Dragonball, que no sé lo que es pero que a los adolescentes con los que trato les parece el último grito en cuestión de Revoluciones.

"En 1984, de Orwell, la gente es controlada inflingiéndole dolor, mientras que en Un mundo feliz, de Huxley, es controlada inflingiéndole placer". (Postman)

Históricamente, las sociedades no se han constituido en la interrogación, en la pregunta por su propia legitimidad, sino más bien en la clausura y la inviabilidad de dicha capacidad de cuestionamiento, de manera que no era admisible dudar ni de lo instituido ni de lo heredado. La anomalía salvaje de la historia llega cuando alguien como Kant nos espeta "atrévete a pensar", consigna sin la cual todo acto de pensamiento no teledirigido por los mandarines es subversivo y culpable. Lo peculiar de nuestro tiempo no es que el poder haya sofisticado la tecnología que cortocircuita la circulación de la ideas, lo novedoso es que a fuerza de dejarlas proliferar -incluso haciéndolas proliferar él mismo- ha conseguido que dejen de tener efecto, convirtiéndose en meros signos flotantes, pecios que nadan a la deriva en la superficie de la publicidad, los premios literarios o los círculos de intelectuales en nómina de los grandes grupos mediáticos. Y así se cumple la vieja estrategia del aquietamiento: evitar que se diferencien los estados de hecho de los juicios de validez, o lo que es lo mismo, conseguir que no prendan entre la gente las únicas preguntas filosóficas verdaderamente trascendentes: ¿es lo instituido tolerable? y en caso de respuesta negativa ¿es irremediable?



Dejenme que les traslade una anécdota que nos mantuvo entretenidos a unos cuantos en los últimos días y que creo que puede tener secretamente algo que ver con todo este asunto de las vacas muertas y el ascenso de la banalidad en nuestras sociedades, que no es otra cosa que la clausura del proyecto revolucionario por insignificancia -llamemosle "muerte natural"- y no por represión.

El vodevil se inicia hace apenas tres o cuatro días en la escuela donde trabajo. Enrique, un empleado que se ha reconocido públicamente como homosexual, deposita en la hemeroteca de la biblioteca varios ejemplares de la revista gay Zero. No conozco demasiado esta revista, pero es fácil inferir por sus portadas que se ha significado durante los últimos años en la difusión de la cultura homosexual, el acting-out, o la denuncia de las ideologías y prácticas homofóbicas. Dado que creo que se trata de una publicación de calidad y que difundir el respeto a las distintas sexualidades y a la libertad de las personas es obligatoria en una sociedad democrática, veo con muy buenos ojos que aparezca Zero en el mismo estante que El País Semanal o Muy interesante. Apenas unas horas después, Enrique, visiblemente contrariado, me hace saber que todos los números de Zero han desaparecido de la biblioteca. Le digo que se calme, que espere a saber qué puede haber pasado, pero sobre mi mente planea tanto como sobre la suya la presunción de que se trata de un nuevo caso de agresión homófoba, otro acto fascista de censura a la libertad de expresión. Pasan las horas y preparo las baterías para cargar contra todo bicho viviente por la incapacidad de la sociedad española para asumir lo que significa el art. 1º de la Constitución con todas sus consecuencias. Las sospechas no tardan en dirigirse hacia el sector más ultramontano de la plantilla: el cura del centro, que ha oficiado de Torquemada a las órdenes de los chambelanes de Ratzinger... o acaso el profe de Historia, padre de cinco hijos y de atavío algo victoriano al que todos vinculamos al Opus Dei... La olla a presión sigue subiendo de temperatura, está a punto de estallar en la escuela otra guerra civil, yo estoy empezando a pensar en casarme con el conserge sólo para joder a todos los del PP...




Y de pronto, alguien me cuenta lo que verdaderamente ha pasado... Vaya chasco: no ha sido la derechona rancia y feudal; ha sido un profesor adánico -que creía que Zero era una publicación especializada en aviones de combate- el que escondió los ejemplares en un cajón cuando vio que unos niños de once años armaban algarabía en la biblioteca cada vez que abrían la revista. Ni agresión homófoba, ni censura -propiamente dicha- ni nada de nada... Y me pregunto: ¿es que ya no os molesta -os digo a vosotros, reaccionarios, clericales y amigos de la Cope 0 La Razón- que haya mariquitas y bolleras proclamando alegremente que lo son?


No pidan perdón, a ver si resulta que nos van a perdonar porque ya no les importa.

* Atención a la estremecedora imagen de entrada, no tiene desperdicio, es un retrato de una parte de la plantilla de empleados del campo de Auschwitz en la época más "productiva" de la factoría. Agradezco a José Luis Cervera y a su blog la amabilidad de dármela a conocer.

Saturday, January 12, 2008








ALBELDA
Immanuel Kant tramó su influyente obra en torno a tres preguntas esenciales, preguntas filosóficas en la mayor extensión de la palabra: "¿qué me es dado conocer?", "¿qué debo hacer?" y "¿qué puedo esperar?". La primera establece los límites del ejercicio de la razón, trazar las líneas que acotan el mapa de acción de los conceptos. La segunda nos conduce directamente a la esfera ética, y con eso adelanta el sentido de la tercera -falazmente definida como "pregunta religiosa"- que podría equivaler a "si hago lo que debo, ¿qué puedo esperar?".

Seamos honestos: todos nos hacemos a menudo esa tercera pregunta... decimos que nuestra única intención es cumplir con nuestro deber -si es que tenemos la suerte o el coraje moral para definir antes en qué consiste-, pero no dejamos de mirar, siquiera de soslayo, hacia ese horizonte de la recompensa en el que creemos merecer encontrarnos. Hay quien pasa su vida pensando que el tipo barbudo de allá arriba observa y juzga detenidamente todos sus actos e incluso sus pensamientos, una forma antiquísima -casi mesopotámica- de orwellismo. Los hay que, menos crédulos -y menos propensos a la servidumbre-, prefieren esperar que los demás los quieran, ganarse de vez en cuando algún aplauso, ser mirados con algo más que la indeferencia del matinal compañero de ascensor que ni siquiera se acuerda de cómo nos llamamos. El problema es que con frecuencia, sentimos que es el mundo entero el que nos mira como el tonto a las tres del ascensor, es más, incluso nuestras personas más cercanas se dirigen a nosotros como quien abre la nevera... no se hacen idea de que hemos entrado en casa después de cortar el cuello del dragón y que, como el Capitán Trueno, caminamos sudorosos y tambaleantes hacia el sofá tras abandonar el campo de batalla donde hemos dejado muerto a Cassius Clay, al jefe de la Mafia Rusa o al Unicornio de Marte.


Esa lacerante injusticia del desagradecimiento respecto a quienes cumplen con su deber me la ha recordado en las últimas semanas el asunto de Albelda. No veo gran diferencia -no en mí al menos- entre el efecto ejemplar de los héroes de los cuentos y los del fútbol. A los cinco años
yo ya sabía que tenía que luchar contra los malos y defender a los débiles, y a los trece era capaz de pegarme con quien se me pusiera por delante para defender un corner. Ni en una aula ni en una capilla fui capaz de encontrar razones tan contundentes en favor de la lealtad, el compañerismo y la valentía como en un campo de futbol, uno de esos terrenos del cauce seco del río de donde siempre te echaba aquel idiota con gorra de plato al que deberíamos haber enviado a la mierda.



En ocasiones el héroe no es anónimo, yo he visto el graderío de Mestalla aclamando a Albelda con ese entusiasmo hemorrágico que ya solo es creíble si se encuentra en los estadios. Raramente era por una acción inspirada o por un gol, más bien a Albelda se le vitoreaba al final de un partido, cuando la gente se daba cuenta de que era él quien había masticado palmo a palmo y minuto a minuto al rival. Él era el tipo malcarado que se enfrentaba con aspereza al oponente que intentaba dañar los débiles tobillos de un compañero lesionado, quien exigía al árbitro respeto o quien se insolentaba en las ruedas de prensa ante los medios de Madrid, que le odiaban desde que les amargó el debut de Zidane. No le demos más vueltas, Albelda era el prototipo de héroe de la tribu, el llaurador que salía a la acequia a matar a la serpiente... y deberíamos preguntarnos por qué el Valencia solo tiene éxito cuando se alimenta de estos tipos -como Claramunt, como Puchades- de cráneo duro y medalla escondida de la Mare de Deu en el bolsillo.

¿Qué putrefacto resquemor cainita defenestra a los héroes? A mí me gustaría que fuera un africano con pinta de patera y hambre atrasada como Sunny quien acabara con Albelda... pero no, ha sido un pobre desgraciado y patético, un tipo que solo acumula dinero y que jamás tuvo agallas para chocar con alguien por coger un balón, un pobre miserable al que ni siquiera le gusta el fútbol. Como en todo régimen cesarista de terror que se precie, el tirano alimenta su cobardía encargando a algún centurión desalmado que corte las cabezas de esos generales demasiado queridos por la tropa y el pueblo que pueden hacerle sombra. ¿Quienes se creen estos que son para mirarme a mí por encima del hombro?, diría Soler de Albelda, Cañizares y Angulo a su mujer en el lecho del aburrimiento .



No sé si recuerdan el film de Sam Peckinpah La cruz de hierro. Steiner, un sargento del ejercito nazi, pasa sus días con su batallón en una tronera desde la que el mundo tiembla a cada momento ante la continua descarga de bombas enemigas. Hay un oficial, Stransky, que, oculto en el bunker, mueve con enfermiza insistencia los hilos para conseguir la medalla considerada como máximo distintivo honorífico del ejército alemán. Un día, con Alemania a punto de caer, Steiner saca del bunker a rastras a Stransky: "Le voy a enseñar donde crecen las cruces de hierro". Sueño con una escena así en el viejo Mestalla. Albelda y Cañizares sacando a rastras escaleras abajo al chiquilicuatre del bigotito ridículo, la voz de flauta y la sonrisa mofletuda y gorrinera: el olor a linimento, los codazos en los morros, las patadas, el ensordecedor griterío, las broncas, los nervios... todo eso que Soler quiere saltarse para conseguir la cruz de hierro.



Nos hemos acostumbrado en los últimos días a ver a Albelda, Cañizares y Angulo corriendo por la ciudad deportiva del Valencia en solitario hacia ninguna parte acompañados del preparador físico. Así son abandonados en una cuneta quienes nos sirvieron bien. Nadie como Albelda se ha dejado tanto por defender a un equipo... y es de él de quien más sañudamente se vengan los débiles y resentidos que siempre esperan, agazapados en el puente, a que pase el heroe encadenado para insultarle y jalear a los verdugos, aunque también ellos antes se ocultaban entre la masa que los jaleaba.


¿Qué puedo esperar si actúo como debo? Temo que nada. Yo sé algo de salir en silencio y por la puerta de atrás. Sé, como muchos de ustedes, lo que supone haberse dejado la piel en defender durante años algo que ha saltado en pedazos al golpe de cola de la primera rata maloliente. Desde la cuneta, uno mira como un perro al coche que se marcha y le deja tirado. Sí, ya sé, estos futbolistas son ricos y todo eso. Pero yo me voy con Albelda.


Thursday, December 27, 2007





POBRES
CRIATURAS





Pocas celebraciones me tienen más a distancia que la del 28 de diciembre. Me quedaría con ese jolgorio infantil de las mentiras impresentables y los monigotes de papel clavados en la espalda de no ser porque la pretensión de beatificar la idiotez sólo puede ser propia de bárbaros. Esta perversa costumbre, tan católica ella, de invertir el orden natural de la virtud nos viene siendo suministrado a machamartillo desde hace milenios, lo cual explica que hasta sus mayores monstruosidades nos resulten aceptables. Por ejemplo, mientras en aras de la corrección política la izquierda aburrida exige al Vaticano que pida perdón por haberle chamuscado el culete a Galileo, nos pasan inadvertidos detalles como el de que el más famoso Inocente que ocupó el trono de Pedro era el hijo de perra que lanzó la llamada Cruzada Albigense, higiénica operación a favor de la ortodoxia -lucha contra el Relativismo lo llamaría hoy Ratzinger- que hizo correr a mares la sangre de los cátaros. Sus funcionarios armados entraron a sangre y fuego en tierras del Languedoc, pasaron a cuchillo a todo el que se encontraron y cumplieron con placer la instrucción papal de quedarse con las tierras y haciendas de los infieles mientras allá en lo alto Dios y los ángeles les hacían la ola.




Inocencio III fue, por tanto, lo contrario de lo que su nombre indica, pero tampoco estoy por reivindicar la sincera bondad, que es lo que haría uno de esos curas con barba que tocaban la guitarra y cantaban Viva la gente en las excursiones. La inocencia me parece en realidad tan sospechosa como la culpabilidad, esa presencia obsesiva en los monoteísmos semíticos y que, en el cristianismo, equivale a la triquiñuela del "me sacrifico yo para pagar por los demás, pero así quedáis todos en deuda conmigo para siempre". Me quedo con aquello del héroe trágico de la antigüedad, ajeno a la inocencia por la vía del honor, y a su equivalente negativo, la culpa, por la vía de la vergüenza.




Claro que esto de la secularización de las comunidades contemporáneas tiene sus riesgos. Derrotada la teocracia en las sociedades ilustradas, estamos tan lejos como Nietzsche profetizó de librarnos de sus efectos tóxicos. De igual manera que el terrón de azucar muere por disolución, infectando el conjunto, la religión en nuestras sociedades va retirando sus imágenes más imponentes a cambio de dejar sus venenos por los recovecos del alma, esa que presume de haber dejado de necesitar a los sacerdotes. La inocencia pasa a convertirse entonces en paradigma de la sociedad. Por todas partes se reivindica la inocencia, es decir, la condición de víctima, la culpabilidad de Otro... Proliferan en los libros de autoayuda y en los mensajes new age las llamadas al niño que llevamos dentro, esto es, al hijo de puta egoísta, torturador de lagartijas e indigente moral que fuimos... Prospera la cultura de la queja, una de las más destructivas consecuencias de la mala educación democrática que nos empeñamos en abrazar como quien se abraza a los dulces facilones y empalagosos y a los programas basura de la televisión.




Un par de anécdotas me vienen a la memoria. Recuerdo el caso de un tipo que arruinó a sus familiares y allegados -en que me desvalijen por exceso de confianza suelo estar de los primeros en la fila- y acudió a los Juzgados con un informe psiquiátrico en el que se le declaraba enfermo por ludopatía y adicción a la compra compulsiva. Otro caso simpático: mi amigo Cabuto tuvo una novia que le dejó tirado en el arcén después de largos años de aguantarle todas sus memeces y se largó con otro -probablemente, que ya es difícil, aún más tonto que Cabuto-; pero ¿por qué me haces esto?, le preguntó estúpida e insistentemente: "pues porque me viene bien y me importa una mierda lo que te pase a tí", debería haberle contestado... pues no, era una idiota moral de tal calibre -no por dejar a Cabuto, en eso acertó- si no por la impresentable razón con la que creyó poder excusarse: "es la naturaleza... la sociedad nos impone unas normas que la naturaleza no puede cumplir..." y se fue tan campante mientras él, tiritando, quedó preguntándose si los verdaderos subnormales están en el cotolengo.





La inocencia invade el mundo; debería ser un derecho, "soy inocente", incluso cuando soy culpable. Es un recurso que utilizan hasta quienes con mayor naturalidad se alían con el mal. Por ejemplo, unos chicos, cuando murió Rudolf Hess en Spandau hace veinte años, llenaron muros con pintadas del tipo "Hess, martir por la paz". O sea, que algunos no simpatizan con los nazis por matar judíos o por invadir naciones étnicamente contaminadas, si no porque, muy al contrario, Auschwitz era un hotel donde arrullaban a los clientes por las noches y el Tercer Reich tan solo fue de visita por el Corredor de Dantzig. ¿Qué es eso del negacionismo sino un proyecto desculpabilizador, un esfuerzo por deshacerse de las responsalidades contraídas?




El mundo de la política ha brindado infinidad de situaciones rocambolescas respecto a la elusión de la responsabilidad y el compromiso. No sé si recuerdan el caso del ínclito Roca Junyent, probo padre de la Constitución, quien lideró a todos los efectos el Partido Reformista y, tras el colosal batacazo en las elecciones, dijo pies para qué os quiero retornando a la diestra de Dios Padre -Pujol- y dijo ofrecer su apoyo "a mis amigos los reformistas". Manda huevos. O acuérdense del igualmente ínclito Mariano Rubio, condenado finalmente por delitos contra la hacienda pública en su condición de mandatario del Banco de España y que, ante la pregunta del juez de si había utilizado información privilegiada para el lucro personal, dijo "no tener conciencia de haber hecho tal cosa". Sin comentarios.





Médicos que nos previenen contra nuestra propia gula, psiquiatras que nos ayudarán a no convertirnos en asesinos en serie, pedagogos que nos dirán que nuestro hijo no es un maltratador sino que maniesta su ansiedad y necesidad de afecto repartiendo hostias a diestro y siniestro, políticos a los que echar la culpa de no poder vender nuestro terrenito, los señuelos del patriarcado o el racismo para explicar por qué uno ha fracasado en la vida... la democracia entendida como sistema general de victimización es un chollo para los débiles y los cobardes, para ese miserable que llevamos todos dentro: nos permite eludir la mayor de las exigencias del hombre moderno, la de la autonomía moral -ese grito en favor de la emancipación proferido valerosamente por el viejo Kant hace más de doscientos años- arrinconando nuestra voluntad en la guarida de quien prefiere ser eternamente hijo, discípulo o siervo.
Todo ese querer ser niños para siempre, esa cultura de parque temático y palacios coloristas en que quieren convertir nuestras ciudades, esa resistencia contra toda forma de autoridad como la de los padres, los profesores o los sabios, ese "divertirse hasta morir" que nos venden en la publicidad... ¿no ocultará acaso formas de dominación nuevas y mucho más sutiles? ¿No habrán encontrado los mandarines la forma de, por fin, haber neutralizado cualquier poder de insurrección imbecilizándonos a todos sin recurrir al castigo y la prohibición como en los tiempos de Kant?

No me confundan con Herodes, amo a los niños... pero, cuidado, detesto el infantilismo. Lean a Bruckner:

"...el infantilismo en Occidente nada tiene que ver con el amor por la infancia sino con la búsqueda de un estado fuera del tiempo en el que se esgrimen todos los símbolos de esta edad para embriagarse y aturdirse con ellos. Se trata de una imitación, de una usurpación exagerada, y descalifica la infancia tanto como pisotea la madurez y prolonga una confusión perjudicial entre lo infantil y la travesura. El bebé se convierte en el porvenir del hombre cuando el hombre ya no quiere responder del mundo ni de sí mismo." (Bruckner, pp.100)
Feliz año y, por si le da por hacer promesas de nueva vida, recuerde: el grifo no tiene la culpa de que usted se beba el barril.


Saturday, December 15, 2007





LA ESCUELA DEVASTADA (II)



Ha hecho fortuna entre los docentes españoles la especie según la cual la LOGSE tiene la culpa de todo. No es extraño que haya circulado con tanto éxito el Panfleto antipedagógico, donde el profesor Moreno Castillo lanza una enmienda a la totalidad, no solo contra aquella reforma educativa tramada por el gobierno de Felipe González en los ochenta, sino contra los nuevos aires que en general han ido soplando en el mundo escolar desde hace tres o cuatro décadas. El texto es ciertamente recomendable, pero yerra en una cuestión básica: no entiende que la educación ha cambiado porque ha cambiado la sociedad, una sociedad que ya no demanda modelos de transmisión de conocimientos como los que yo viví de niño, por más que muchos malos profesores se sientan confortados cuando alguien como Moreno -que no deja de ser un colegón gremial de los de palmada de ánimo en el hombro- les dice que un profe es un "especialista en una determinada materia que imparte unos contenidos curriculares y luego pone unos exámenes donde juzga si el alumno ha aprendido o no dichos contenidos". Estaría bien que consistiera en eso lo de trabajar en una escuela o instituto, o en todo caso sería más cómodo. Pero resulta que ni es tan sencillo ni estamos ya a tiempo de que lo sea. Siempre podemos secundar a Moreno y pedir que la educación obligatoria se restrinja a los doce años, y no a los dieciséis como sucede ahora. Esta "solución final", que cerraría la puerta de los centros educativos a miles y miles de niños, sería bien acogida por muchos profesores, pues trasladaría de la escuela a la calle el problema de los miles y miles de niños conflictivos que no han entrado en edad laboral, lo cual supone asumir de partida que el trabajo sobre un adolescente problemático (nueve de cada diez adolescentes son problemáticos, dicho sea de paso) es más especialidad de un policía o de los servicios sociales del ayuntamiento que de un experto en educación. Es algo así como devolverle a la sociedad la pelota de tenis: con la Secundaria Obligatoria nos metieron en la escuela a los niños disruptivos de 14 a 16 años, con Moreno Castillo les abrimos la puerta para que el problema se lo coma el pueblo. Y como decía mi abuela: "así uno se avía mejor".



Que nadie vea en esta crítica sombra alguna de defensa de los reglamentos educativos vigentes en España. Todos sin excepción han fracasado, y ningún fracaso ha sido tan colosal y dañino como el de la LOGSE, por lo que no podemos extrañarnos de que figuras como Álvaro Marchesi -influyente psicopedagogo y presunto cerebro gris de la empresa reformista de los ministros Solana y Maravall- sea probablemente el personaje más odiado en los claustros de las escuelas e institutos españoles. No estaría mal, de entrada, que quienes suscriben el discurso que atribuye a los malos hábitos del profesorado los resultados del Informe Pisa, por ejemplo en lecto-escritura, se planteen si el modelo de sociedad en que hacemos crecer a nuestros niños da al profesor de literatura grandes facilidades para hacer que el alumno se sienta seducido por la posibilidad de leer el Lazarillo. Quizá algunos entiendan entonces hasta qué punto es injusto insistir en esa imbecilidad -tan escuchada a expertos en pedagogía en los últimos días- de que el problema está en que los profesores de dichas materias convierten en obligación y no en placer dichas lecturas. Así de atrevida es la ignorancia, porque ignorante es aquel que, por más títulos que ostente, diagnostica al enfermo desde una biblioteca o un despacho. Son quienes menos saben a qué huele un aula los que más seguros de sí mismos hablan de ella... debe otorgar mucha sabiduría por lo visto haberse leído a Piaget. ¿Creen ustedes de verdad que los profesores españoles de Lengua y Literatura no están interesados en que sus alumnos disfruten leyendo? El problema es más bien que pedirles que lean Anna Karenina es para sus alumnos -expertos en todo tipo de videojuegos y realitys de la tele- un acto de sadismo tal que sería para ellos más ético que el mamotreto de Tolstoi se lo tiraran directamente a la cabeza antes que hacerles leerlo.


Fueron este tipo de especialistas en aprendizaje los que parieron la LOGSE. Y así nos ha ido. Frente a los seguidores del Panfleto pedagógico, creo que la regresión a etapas educativas anteriores supone quedarse en el bucle melancólico del reaccionario. No sólo no es posible volver a la enseñanza del franquismo, es que además me parece indeseable, y lo que es peor, me huelen a reaccionarios por todas partes quienes con tanta alegría olvidan lo que suponía aquello de la letra con sangre entra, el arrinconamiento de los débiles o los apuntes amarillentos de tanto repetir el mismo rollo del profesor de Historia que nos hacía aprender la lista de los Reyes Godos. Ahora bien, incluso ese olor rancio a represión y calzoncillos cagados puede hacerse deseable para algunos con una escuela tan caótica como la que hemos creado. Hablando de la LOGSE y su refinado y tecnocrático ideario, no hay más que ver en que ha quedado el proyecto democratizador articulado a través de los Consejos Escolares -pura burocracia, puro aburrimiento-, el de la participación estudiantil, el reciclaje docente, las ratios reducidas, la dotación de centros...etc, etc... y quizá, en vez de rechazar el impulso de reforma nos empecemos a plantear que la necesidad real de una revolución en los sistemas educativos ha sido la excusa para cargarse la escuela, más en concreto la escuela pública.


No es ajeno a todo esto la difusión de un modelo ideológico mercantilista de la educación que, asumido sin las adecuadas reservas, puede convertirse en uno de esos virus que hace estragos, especialmente si se trata de sistemas inmunodeficientes como la escuela actual. En la última contienda electoral que viví para el nombramiento de director de centro, me sorprendió que, aparte de ser al final la administración y no los docentes o alumnos -habitantes del instituto- los que decidiéramos, los dos candidatos utilizaran en su programa el nombre de "clientes" para referirse a los alumnos y sus familias. Como en El Corte Inglés, la misión del profesor es la de satisfacer a su clientela, que, como ya sabemos, siempre tiene la razón: yo creía que era otra cosa eso del funcionario como servidor público, pero se ve que me quedé en la Revolución con Robespierre o en el ágora antigua con Sócrates. El resultado está a la vista: la escuela pública se va convirtiendo en un reducto infradotado para los débiles, los inmigrantes y los fracasados, mientras la privada -ahora llamada "concertada" porque también es sufragada con dinero de todos"- se ocupa del alumno deseable, cuyos padres dan gracias a curas y monjitas por haber aceptado a su hijito en sus aulas.
Hay otras dificultades de transfondo, más abstractas si se quiere, pero más decisivas. Vivimos ciertamente en un momento de crisis de autoridad, y sospecho que no sólo se trata de la autoridad de los profesores. La evidencia de la dimisión educacional de los padres, que o no tienen tiempo o no tienen ganas ni vocación de educadores, es sólo una metonimia de un problema que se puede extender capilarmente a toda la sociedad: es la tribu la que educaba y es la tribu la que ha dejado de hacerlo. Ya nadie reprueba a los niños en la calle ni en los restaurantes ni en los bares... todos asumimos que hay especialistas para cada cosa, y por la misma razón que atribuimos a la policía la obligación de evitar el delito, otorgamos a los profesores la de enseñar a los niños hasta a como limpiarse el culo. Eso sí, cuidado con decir que el niño es agresivo o indolente porque entonces puede aparecer el energúmeno de su padre como simio dominante a montar el numerito al malvado profesor que reprendió a su hijo por fumar en el water o llamar "gitano" al último alumno que ha llegado de Rumanía.


No hay duda, los modelos normativos de relación social están transformándose a una velocidad brutal, llegando a dar la sensación de que están descomponiéndose sin más. Es de ingenuos no darse cuenta de que tales procesos han de tener un impacto difícil de digerir sobre la escuela. Es lo mismo que puede decirse sobre la revolución en las formas de acceso a la información, que está obligándonos a un reciclaje muy duro en las maneras de asumir el concepto de la autoridad académica y, en consecuencia, de la relación con el educando y el lugar del profesor en el proceso de aprendizaje. (Esto, los acérrimos del Panfleto antipedagógico también creen que es un invento de Marchesi y los psicopedagogos). El síndrome de Naranja mecánica que algunos ven como consecuencia de toda esta indigestión: apatía académica, desidida respecto a la participación, rebrotes de fascismo y racismo, violencia contra los débiles...no es del todo una invención de viejos profes paranoicos. No es ciertamente la asignatura de Educación para la ciudadanía lo que va a sacarnos de este laberinto en el que estamos, entre otras cosas porque pedirle a los políticos arreglen la sociedad mediante leyes es atribuirles un poder del que carecen y, me temo, animarles a empastrar todavía más las cosas. No hay más que fijarse en ese movimiento pendular de leyes y contra-leyes con las que PSOE y PP, a través de la reglamentación educativa, han convertido la escuela en rehén de su mezquino empeño en disputarse el poder a costa de los ciudadanos.

¿Soluciones? Hablemos de ellas.

Friday, December 07, 2007







LA
EDUCACIÓN
DEVASTADA

(I)




Si algo tiene de bueno la costumbre de cifrar cuantificacionalmente la cualidad de un aspecto de la vida, es que datos como los del Informe PISA dan un motivo a la ciudadanía para preocuparse. Dura poco, claro, hay temas más suculentos a los que prestar ojos en la prensa, pero al menos se asienta la convicción de que algo no funciona como debía. Y les aseguro que no sólo es un problema de lectoescritura, como deducen algunos. Que nuestros alumnos hayan perdido tanto en capacidad comprensiva en tan poco tiempo merece una reflexión, pero es que los datos negativos, a poco que uno mire con detenimiento, se extienden a todo el edificio educativo, de manera que esta España, que tanto presume de prosperidad y madurez democrática con engolamiento de nuevo rico, anda a la cola de la OCDE en materia educacional. Y no es cosa momentánea: nos hemos instalado en el fracaso y nos hemos acostumbrado a él de tal manera que hemos decidido vivir con ello. ¿Que no es edificante tener la escuela devastada? No claro, pero siempre le cabe a uno la solución de mirar hacia otro lado. Consecuencia del éxito de dicha actitud es la gran paradoja de que la ciudadanía dice atribuir una enorme importancia a la educación, la reconoce sin ambages como la causa de los bienes y los males de la convivencia y, sin embargo, acepta que tal cosa no obtenga ninguna transitividad, ninguna plasmación política. Una legislatura tras otra -tanto a nivel estatal como autonómico- se permite a los gobernantes que restrinjan los recursos -con un castigo especialmente duro sobre la enseñanza pública- y se acepta sin resistencias que la atención mediática a la escuela recaiga sobre los casos de violencia -mejor si los autores la graban en un móvil-, el racismo, la precocidad sexual y otros espectáculos televisivamente rentables. Si los niños aprenden o no en las aulas a ser más sabios y mejores personas es algo que no parece interesar a nadie.



Los parámetros de fondo desde los que analizar el marasmo educativo español no tendrían por qué conducirnos necesariamente al pesimismo. En cien años, la escuela ha pasado en este país de modernización tan problemática desde el elitismo casi medieval hasta la universalización absoluta, incluyendo por el camino el éxito de los programas de alfabetización del tardofranquismo, la integración de la mujer o el desarrollo de las infraestructuras. En esa línea, el elefantiásico plan de reforma articulado con los socialistas a través de la LOGSE podría asumir con dignidad el efecto colateral de una cierta merma en cuanto a la calidad de los contenidos educativos, pues en la medida en que la ESO (Educación Secundaria Obligatoria) ya no permite cortar a los alumnos hasta que son prácticamente adultos (16 años), se priorizan factores como la integración en detrimento de otros como el alto rendimiento o la excelencia. El problema es que no se ha asumido con dignidad: el modelo de integración ha fracasado y sus efectos colaterales, al no emplearse adecuadamente los contrapesos que pudieran aligerarlos, se han convertido en el modus vivendi de la escuela, hasta el punto de convertirse la falta de calidad en rasgo constitutivo de la escuela. Así, no es sorprendente que profesores que accedieron por primera vez al aula creyendo preguntándose si sabrían explicar cómo hacer una derivada o por qué se combatía en la Guerra Civil, se encuentran con que muchos de sus alumnos no saben ni multiplicar ni leer, por no hablar del que no sabe español porque acaba de llegar de Bielorrusia, el que no sabe que hay que ducharse de vez en cuando o el que ha decidido que su fracaso escolar puede socializarse, es decir, que como él no va a aprobar se va a encargar de que sus compañeros tampoco aprendan nada, lo cual implica reventar una y otra vez las clases.

Esta problemática nos lleva directamente al asunto de la escuela pública. No hace falta que un gobierno de derechas trace un proyecto más o menos maquiavélico para devastar la escuela pública: basta desprotegerla. No tengo ninguna duda de que el Partido Popular pretende que la escuela pública se convierta en reducto de clases poco pudientes y de inmigrantes. Lo que habría que preguntarse es porque el Partido Socialista ha ido allanando el terreno desde tiempos de Felipe González para que tal cosa fuera posible. La diabólica conjunción de una Reforma tan ambiciosa como mal aplicada y la implantación del modelo de concertación, que otorga a la enseñanza privada -escuelas religiosas en un noventa por cien de los casos- el chollo de financiarse con dinero de todos sin dejar de aplicar criterios de selección de su clientela, ha llevado a la enseñanza pública a un deterioro tal, que nunca hemos estado tan lejos de aquel sueño de la izquierda antifranquista de construir la democracia justamente a partir de la escuela. La enseñanza es hoy en día más segregacionista y más proclive a alimentar la brecha social de lo que nunca hubiéramos imaginado.


Claro que, como suele suceder, no todo es culpa de los políticos. Los españoles han abrazado con espíritu de próspero sobrevenido la situación, alimentando la aspiración de sacar a sus hijos de las escuelas llenas de inmigrantes y llevarlos a las de la Iglesia, cuya condición de poder fáctico en nuestro país goza en nuestros días de ateísmo de una salud de hierro. Los datos de una gran ciudad como Valencia son muy claros: el impacto de una inmigración que llega a gran velocidad recae sobre la escuela pública, que es obviamente incapaz de digerirla, las ratios legalmente establecidas desde la LOGSE se incumplen de forma sistemática, los terrenos para constuir nuevos centros educativos no terminan nunca de licitarse, sospechas de gestión incompetente e incluso corrupta sobre las empresas subcontratadas... En suma, los políticos aplican la lógica del "sálvese quien pueda" porque los ciudadanos se lo permiten. La enseñanza pública se deteriora y lo va a hacer todavía más.

...CONTINÚA EN UN PAR DE DÍAS

Thursday, November 22, 2007









EXTRAÑO VIAJE LA VIDA



Hace veinte años, un compañero de universidad que se declaraba marxista estructuralista me dijo que el cine español le resultaba detestable, que todas aquellas películas que se hacían entonces sobre la España profunda le parecían un tostón, no dejando de nombrar con una mueca de desprecio a José Luis López Vázquez, Agustín González o Fernando Fernán-Gómez. Aquel tipo no era más que un pobre idiota -y ya se sabe que la ignorancia es atrevida-. Ahora me acuerdo por última vez de aquello, porque un joven alumno, cuando le he intentado explicar porque estoy triste, me ha preguntado si ese que acaba de morir y del que tanto hablamos hoy algunos profesores es aquel viejo loco que envío a la mierda a un fan que le pidió un autógrafo. Vieja peculiaridad de este país dicen que es la envidia, pero hoy parece que casi todo en cualquier parte del mundo vaya a parar al mismo fango informe de la banalidad del show televisivo. Todo parece igual de idiota.


Aquel tronante A LA MIERDA le cayó en suerte a un infortunado que ahora probablemente enseñe la cicatriz como los heridos por asta de toro: "esto me lo hizo a mí". Pero en realidad, Fernán-Gómez nos envió a la mierda un poco a todos... porque le aburríamos, y el aburrimiento es lo único que no se puede permitir un cómico.





Fernando Fernán-Gómez fue siempre un tipo indigesto. La meseta, aunque él nació en Perú en medio de una gira de cómicos, suele parir a este tipo de personajes huesudos y fibrosos, echados al vino y las mujeres, dignos en la mendicidad y generosos en la fortuna, extrañamente enfadados con medio mundo y peleados con Dios y con los curas, autores de libelos contra un poder al que por pura insolencia irresponsable parecen no temer. Era anarquista de los de mala hostia. Como su amigo Haro Tecglen, no hacía ningún esfuerzo porque le quisieran ni siquiera los suyos, aunque los dos sabían de qué lado estaban, el único del que merece la pena estar. No es concebible un personaje así en este tiempo. Por eso tenía que morirse. No se puede ya rodar hoy una joya como El extraño viaje, por las mismas razones por las que no hay huevos para rodar hoy El verdugo, quizá el único film español que está a su altura en talento y negrura. Esa capacidad para reír y retorcer la risa, ese "pero cómo puedes tener tan mala leche" que dije varias veces la primera vez que vi aquella película terrible. Si ustedes han visto Siete mil días juntos entenderán porque en la sala donde la estrenaron la gente suspiraba de horror al ver entrar en la morgue desnudo al necrófago en la escena final... y sabrán a donde van a parar las ilusiones humanas, pero sabrán también que, como dijo Quevedo, "polvo serán más polvo enamorado".




Yo pese a todo prefiero acordarme ahora del Fernando de Los pícaros, aquella serie de la tele con la cual creo que mi hermano y yo empezamos a hacernos mayores. Aquel tipo enjuto con narizota y larga melena pelirroja que iba timando y recibiendo palos por las ventas de Toledo y Salamanca nos enseñó que los héroes no siempre salvaban a la chica y que a veces tenían que moverse entre la mierda para sacar tajada. Es irremediable asociar aquello con lo que luego fue El Brujo, que inició con la versión del Lazarillo apadrinada por Fernando un magisterio del teatro en el que la voz de Fernán-Gómez parece restañar para siempre la herida del anonimato de aquella maravilla novelística: Fernando fue el converso oculto que la escribió, fue el cómico envuelto en polvo que la representó por corrales y ventas... Fernan-Gómez fue Lázaro de Tormes. Debo algunas de las risas más entregadas de mi vida a esa misteriosa empatía entre genios.


Dijo John Houston que había dos formas de vivir: una era la buena, la que nos conviene, la otra consiste en "hacer lo que te salga de los cojones". Recuerdo que cuando murió Dalí no paró de insistirse en recordarnos a todos que era un genio. Yo creo que si Fernán-Gómez hubiera sido norteamericano sería Dios, pero es imposible imaginarselo siendo yanqui, postmoderno o marxista estructuralista. Era un tipo de una pieza y tenía mucha, mucha mala hostia. Esa ralea de tipos con pocas ganas de pactar nada a los que hay que querer un poco a golpes o retirarse... algo así como Paco Ibáñez, que salió borracho y enfadado con el mundo en el programa del Loco de la Colina harto de la canción protesta y de los progres... como Pepe Rubianes cagándose en la puta España, como Leopoldo María Panero haciéndose el loco en Mondragón. No hay manera de rentabilizar políticamente a tipos tan impresentables. Se quitan a hostias de encima a los políticos y a los aduladores y luego te invitan a un whisky si les dices que te ha gustado la obra. Hay personas que consiguen ser más guapas, mas interesantes, más enigmáticas a medida que envejecen.

El peor de mis pensamientos es el que con frecuencia dedico a los viejos que admiro y que sé que nos dejarán más antes que después. En estos casos me acuerdo de aquello que le dice Taras Bulba a su hijo: "el hombre que ha muerto fue un gran guerrero, no lo olvides nunca". No sé si voy a ser capaz de hacérselo entender a mis alumnos. Voy a intentarlo.

Saturday, November 10, 2007









ENERGÚMENOS

Bien mirado, la diferenciación que tendemos a hacer entre almas pacíficas y asesinos profesionales deja por su esquematismo algunos espacios en blanco. Es cierto que existen matones a sueldo cuyo trabajo –nada personal, sólo negocios- consiste en pegarte un tiro en las encías o partirte las piernas, y que de igual manera, hay personas que, sin haber leído nunca a Gandhi ni fumado porros en una comuna hippie, piensan que lo más inteligente es ir eludiendo las numerosas situaciones cotidianas en que se huele que a uno le pueden partir la cara. Claro que, entre estos dos extremos, hay importantes zonas grises. ¿No tienen ustedes la sensación de que algunos de sus vecinos destacan fundamentalmente por su agresividad? Hay una tendencia ideológica muy extendida entre los adultos a culpabilizar de los desórdenes sociales a los jóvenes, lo cual tendría mucho de cierto –la barbarie del botellón o la odiosa costumbre de poner el altavoz de la radio del coche a un volumen infernal son, entre otras muchas lindezas, prueba de ello-, de no ser porque algunas actitudes de los mayores rivalizan con aquéllas.



No estoy hablando de mafiosos, ni siquiera de outsiders vencidos por el alcoholismo y la sensación –demoledora honestidad- de ser unos absolutos fracasados. No, no, yo me refiero a tipos muy integrados y convencidos de su normalidad y su hombría de bien. Los hay que a pesar de ser unos mierdas dedicados a obedecer servilmente a algún tiranuelo, pasan sus días al lado de una esposa débil y desgraciada que les da la razón en todo o de unos hijos que les engañan a cada minuto haciéndoles creer que les obedecen. Estos tipos siempre aparentan estar orgullosos porque se acaban de comprar un volvo o su hija –que suele ser más fea y estúpida de lo que ellos creen- se permiten el lujo de hablarte con tono engolado y mirarte por encima del hombro mientras sus perros lanosos se cagan en el jardín de tu vivienda sin que ellos se dignen a limpiarla, algo que les resultaría intolerable si lo hicieran los perros de otros en la suya, y mucho más si son inmigrantes. Conozco a un aficionado al psicoanálisis que afirma que este tipo de personalidad es característico de personas fuertemente acomplejadas, de ahí que necesiten deambular con sus perracos por las calles sacando el pecho como pavos reales. La verdad, me importa bien poco si su problema es ese, si es que en en fondo son homosexuales reprimidos o si es que su abuela abusaba de ellos los domingos, lo que de verdad me molesta es que sus perros se caguen en mi casa.



Hablando de familias, siempre he pensado que quienes “creen mucho en la familia” o consideran que es moralmente superior casarse y tener hijos que no hacerlo, son como un amigo que me dijo todo serio que era intrínsecamente mejor ser del Madrid que del Barça, o cierto homosexual que me ilustró respecto a lo mucho que me estaba perdiendo por llevar toda la vida sin ser penetrado analmente. Muchísimas personas, sin necesidad de ser asesoradas por el cura de turno, van por ahí reprochándome el hecho de no tener descendencia. “Como un árbol sin frutos”, me dijo una vez una amable señora, y me gustó tanto la metáfora que decidí imitar a tan dignas criaturas. Es bastante frecuente que quienes te hacen tal reproche, te muestren de vez en cuando un cierto sentimiento de superioridad, como si por el hecho de tener a un par de pequeños gorrones en casa sus asuntos fueran más prioritarios y solemnes que los míos. “Quédate de guardia, tú, que hoy viene a cenar la novia de mi hijo” o “¡cómo os lo pasáis, eh!”. Me ha pasado ya varias veces que alguno de estos me ha endosado a su sobrino o se me ha instalado en el piso porque, al no tener hijos, parece que estoy en una especie de situación de interinidad con la vida, de tal manera que no debe importarme que me esté meando y no pueda entrar porque está ocupado por alguien con quien jamás pedí compartir mi vida. Quizá su secreto proyecto es el de amargarme la vida para convencerme de que es mejor tener familia; y puede que tengan razón, ya que de esa forma yo encontraría una excusa para enviarles a todos a la mierda, aunque sospecho que su única verdadera pretensión es aprovecharse de que soy medio idiota y que con un par de palabras se me pueden sacar hasta los higadillos.

Volviendo a nuestro amigo, el de los perros cagones y las hijas feas como demonios, el pasado fin de semana corroboré que algo que siempre me ha gustado como es el deporte puede envenenarse hasta volverse negro negrísimo cuando interviene la institución familiar, especialmente si las deportistas son féminas. Alguien dijo a mi madre hace muchos años que tuviera cuidado con meter a sus hijas al baloncesto porque era “un nido de lesbianas”. Aquel tipo compraba en exceso el Penthouse –sí, esa revista de tetitas glamurosas donde había chicas guapas haciendo como que se hacen cositas con la lengua-, que es lo que permite a los reaccionarios seguir odiando a negros, maricones y demás sin dejar de disfrutar de su cuota de morbo. Se equivocaba, el baloncesto no es un nido de bolleras -¿y qué si lo fuera?-, pero es algo mucho peor: un nido de padres.
Lo he visto muchísimas veces, casi tantas como he acudido con mi jovial cara de tonto a las tres a presenciar un partido entre chavales al polideportivo de mi barrio. Nada sobre la cancha que no me resultara reconocible: sudor, alegría, frustración, un árbitro que a veces se equivoca, algún codazo bajo canasta… un lugar decente en suma… Pero la decencia se acaba con la primera
irrupción estelar de los verdaderos cracks: los padres de las niñas. He visto a tipejos que luego van a misa soltándole alaridos al árbitro, al entrenador contrario y, lo más odioso, a las jugadoras rivales de su hija. Me parece natural que dos jugadoras tengan una disputa por algún exceso de agresividad, pero los gritos del papá de turno contra la que discute con su hija… resulta difícil imaginar pedagogía más nefasta. Claro que, ¿por qué esperar sutilezas pedagógicas de un mamífero? No hay gran diferencia entre los adolescentes en celo que hablan a grititos o se pegan empujones cuando aparecen las hembras y la actitud que muchos progenitores tienen cuando alguien tiene la osadía de tocar a su hija. Estoy cansado de verlo en el mundo de la enseñanza. No olvidaré nunca a aquel repugnante energúmeno que cogió del cuello a un compañero –magnífico profesor y amigo, por cierto- al grito de “¡cómo suspendas a mi chiquilla!”… no lo olvidaré por el mal de conciencia que me ha quedado por no acudir a defender a mi amigo como lo haría Alatriste: “¿Qué harás si suspende a tu chiquilla, hijo de una cerda rabiosa?”




Quizá no haya nada más lindo que la familia unida, ya lo decía Fofito, el payaso de la tele, pero acuérdense de que, por pura probabilidad, son igual de impresentables, se hacen tantas pajas y fuman tantos porros como los hijos del vecino, que a ustedes les parecen que son una desgracia de hijos. Han salido a sus padres, como los de ustedes, por eso los hijos de un vecino llevan a su perro a cagar a mi casa.







Pdta: Dedicado a los chavales –conozco a alguno- que los fines de semana se sacan unas perrillas arbitrando partidos y aguantando a padres que quieren mucho a sus hijos. Dedicado a quienes aceptan morir sólos, tan dignos como quienes saben que morirán pobres. Y dedicado, es de ley, a quienes limpian las mierdas callejeras de sus chuchos. Dedicado, finalmente, a los árboles sin frutos, que sobrevivirán -tengo fe en ello- a la extinción del homo sapiens.