Saturday, November 10, 2007









ENERGÚMENOS

Bien mirado, la diferenciación que tendemos a hacer entre almas pacíficas y asesinos profesionales deja por su esquematismo algunos espacios en blanco. Es cierto que existen matones a sueldo cuyo trabajo –nada personal, sólo negocios- consiste en pegarte un tiro en las encías o partirte las piernas, y que de igual manera, hay personas que, sin haber leído nunca a Gandhi ni fumado porros en una comuna hippie, piensan que lo más inteligente es ir eludiendo las numerosas situaciones cotidianas en que se huele que a uno le pueden partir la cara. Claro que, entre estos dos extremos, hay importantes zonas grises. ¿No tienen ustedes la sensación de que algunos de sus vecinos destacan fundamentalmente por su agresividad? Hay una tendencia ideológica muy extendida entre los adultos a culpabilizar de los desórdenes sociales a los jóvenes, lo cual tendría mucho de cierto –la barbarie del botellón o la odiosa costumbre de poner el altavoz de la radio del coche a un volumen infernal son, entre otras muchas lindezas, prueba de ello-, de no ser porque algunas actitudes de los mayores rivalizan con aquéllas.



No estoy hablando de mafiosos, ni siquiera de outsiders vencidos por el alcoholismo y la sensación –demoledora honestidad- de ser unos absolutos fracasados. No, no, yo me refiero a tipos muy integrados y convencidos de su normalidad y su hombría de bien. Los hay que a pesar de ser unos mierdas dedicados a obedecer servilmente a algún tiranuelo, pasan sus días al lado de una esposa débil y desgraciada que les da la razón en todo o de unos hijos que les engañan a cada minuto haciéndoles creer que les obedecen. Estos tipos siempre aparentan estar orgullosos porque se acaban de comprar un volvo o su hija –que suele ser más fea y estúpida de lo que ellos creen- se permiten el lujo de hablarte con tono engolado y mirarte por encima del hombro mientras sus perros lanosos se cagan en el jardín de tu vivienda sin que ellos se dignen a limpiarla, algo que les resultaría intolerable si lo hicieran los perros de otros en la suya, y mucho más si son inmigrantes. Conozco a un aficionado al psicoanálisis que afirma que este tipo de personalidad es característico de personas fuertemente acomplejadas, de ahí que necesiten deambular con sus perracos por las calles sacando el pecho como pavos reales. La verdad, me importa bien poco si su problema es ese, si es que en en fondo son homosexuales reprimidos o si es que su abuela abusaba de ellos los domingos, lo que de verdad me molesta es que sus perros se caguen en mi casa.



Hablando de familias, siempre he pensado que quienes “creen mucho en la familia” o consideran que es moralmente superior casarse y tener hijos que no hacerlo, son como un amigo que me dijo todo serio que era intrínsecamente mejor ser del Madrid que del Barça, o cierto homosexual que me ilustró respecto a lo mucho que me estaba perdiendo por llevar toda la vida sin ser penetrado analmente. Muchísimas personas, sin necesidad de ser asesoradas por el cura de turno, van por ahí reprochándome el hecho de no tener descendencia. “Como un árbol sin frutos”, me dijo una vez una amable señora, y me gustó tanto la metáfora que decidí imitar a tan dignas criaturas. Es bastante frecuente que quienes te hacen tal reproche, te muestren de vez en cuando un cierto sentimiento de superioridad, como si por el hecho de tener a un par de pequeños gorrones en casa sus asuntos fueran más prioritarios y solemnes que los míos. “Quédate de guardia, tú, que hoy viene a cenar la novia de mi hijo” o “¡cómo os lo pasáis, eh!”. Me ha pasado ya varias veces que alguno de estos me ha endosado a su sobrino o se me ha instalado en el piso porque, al no tener hijos, parece que estoy en una especie de situación de interinidad con la vida, de tal manera que no debe importarme que me esté meando y no pueda entrar porque está ocupado por alguien con quien jamás pedí compartir mi vida. Quizá su secreto proyecto es el de amargarme la vida para convencerme de que es mejor tener familia; y puede que tengan razón, ya que de esa forma yo encontraría una excusa para enviarles a todos a la mierda, aunque sospecho que su única verdadera pretensión es aprovecharse de que soy medio idiota y que con un par de palabras se me pueden sacar hasta los higadillos.

Volviendo a nuestro amigo, el de los perros cagones y las hijas feas como demonios, el pasado fin de semana corroboré que algo que siempre me ha gustado como es el deporte puede envenenarse hasta volverse negro negrísimo cuando interviene la institución familiar, especialmente si las deportistas son féminas. Alguien dijo a mi madre hace muchos años que tuviera cuidado con meter a sus hijas al baloncesto porque era “un nido de lesbianas”. Aquel tipo compraba en exceso el Penthouse –sí, esa revista de tetitas glamurosas donde había chicas guapas haciendo como que se hacen cositas con la lengua-, que es lo que permite a los reaccionarios seguir odiando a negros, maricones y demás sin dejar de disfrutar de su cuota de morbo. Se equivocaba, el baloncesto no es un nido de bolleras -¿y qué si lo fuera?-, pero es algo mucho peor: un nido de padres.
Lo he visto muchísimas veces, casi tantas como he acudido con mi jovial cara de tonto a las tres a presenciar un partido entre chavales al polideportivo de mi barrio. Nada sobre la cancha que no me resultara reconocible: sudor, alegría, frustración, un árbitro que a veces se equivoca, algún codazo bajo canasta… un lugar decente en suma… Pero la decencia se acaba con la primera
irrupción estelar de los verdaderos cracks: los padres de las niñas. He visto a tipejos que luego van a misa soltándole alaridos al árbitro, al entrenador contrario y, lo más odioso, a las jugadoras rivales de su hija. Me parece natural que dos jugadoras tengan una disputa por algún exceso de agresividad, pero los gritos del papá de turno contra la que discute con su hija… resulta difícil imaginar pedagogía más nefasta. Claro que, ¿por qué esperar sutilezas pedagógicas de un mamífero? No hay gran diferencia entre los adolescentes en celo que hablan a grititos o se pegan empujones cuando aparecen las hembras y la actitud que muchos progenitores tienen cuando alguien tiene la osadía de tocar a su hija. Estoy cansado de verlo en el mundo de la enseñanza. No olvidaré nunca a aquel repugnante energúmeno que cogió del cuello a un compañero –magnífico profesor y amigo, por cierto- al grito de “¡cómo suspendas a mi chiquilla!”… no lo olvidaré por el mal de conciencia que me ha quedado por no acudir a defender a mi amigo como lo haría Alatriste: “¿Qué harás si suspende a tu chiquilla, hijo de una cerda rabiosa?”




Quizá no haya nada más lindo que la familia unida, ya lo decía Fofito, el payaso de la tele, pero acuérdense de que, por pura probabilidad, son igual de impresentables, se hacen tantas pajas y fuman tantos porros como los hijos del vecino, que a ustedes les parecen que son una desgracia de hijos. Han salido a sus padres, como los de ustedes, por eso los hijos de un vecino llevan a su perro a cagar a mi casa.







Pdta: Dedicado a los chavales –conozco a alguno- que los fines de semana se sacan unas perrillas arbitrando partidos y aguantando a padres que quieren mucho a sus hijos. Dedicado a quienes aceptan morir sólos, tan dignos como quienes saben que morirán pobres. Y dedicado, es de ley, a quienes limpian las mierdas callejeras de sus chuchos. Dedicado, finalmente, a los árboles sin frutos, que sobrevivirán -tengo fe en ello- a la extinción del homo sapiens.

6 comments:

Leonor said...

Totalmente de acuerdo con todo.
Con respecto al "arbol sin frutos" si además eres mujer, se incluye además la frase "se te va a pasar el arroz". Creo que se sobre-valoran los genes.
Acabo de caer por tu blog y me parece muy interesante, saludos.

Anonymous said...

Gracias, amiga Leonor, eres muy amable. No me cabe duda de que las mujeres lo tenéis peor, lo del árbol sin frutos es a fin de cuentas poético, lo del arroz pasado es directamente insultante. Parece que no seas una persona, sino un útero, un útero inútil -una vida inútil- en la medida en que no es "productivo". Paseate por aquí cuando te apetezca, eres bienvenida por mí y por mis allegados.David

Anonymous said...

Centrándome en uno de los múltiples temas que abordas, el de los padres de las jugadoras de baloncesto, te diré que conozco bien el asunto. Jugué a baloncesto de los 8 a los 16 años y he visto muchos - muchísimos - partidos en mi vida. Incluso he entrenado a niños y algun partido arbitré en mi época,así que conozco bien el mundo este. He visto a muchos padres cabrearse, gritar, insultar al árbitro, insultar al equipo contrario. Normalmente, son padres agresivos a quienes no les importa mucho como juegue su hijo y mucho menos si se divierte. Lo único que quieren es que gane su hijo para poder decirselo orgullosos a la madre que espera en casa (mira cariño que hijo que tienes, ha hecho un partidazo y han ganado a los de tal pueblo). Estos padres suelen tomarse a sus hijos como instrumentos para demostrar que son buenos padres, como un apéndice de lo que ellos valen, un espejo de lo ellos eran cuando tenían su edad. Además - y esto no ocurre solo con el baloncesto - condensan toda la rabia acumulada durante la semana y aprovechan la ocasión para desahogarse con los árbitros o con los niños y los padres del otro equipo. Eso de dar ejemplo a los hijos se lo toman así, como si tuvieran que dar ejemplo de valentía y de no dejarse intimidar. La proporción es que cuanto más gritan y se cabrean, más quieren a sus hijos.

En el caso del baloncesto femenino, es verdad que hay un componente sexista. Todavía persiste hoy la distinción entre profesiones masculinas y femeninas, de igual forma que hay deportes de hombres - la mayoría, los más físicos y viriles - y deportes para mujeres. Esto lo saben bien aquellos que por ejemplo quieren ser patinadores artísticos; o las chicas que quieren jugar a baloncesto, o ya no digamos por ejemplo levantar pesas.

Sobre otro tema importante que abordas - el de la descendencia - no tengo ninguna experiencia. Soy joven aún para pensar en estos asuntos pero los casos que conozco coinciden con tu descripción. Actualmente nos debatimos entre unos grupos - encabezados por la Iglesia y el PP - que defienden la família (la família nuclear con hijos se entiende) como una institución sagrada e incuestionable y esa tendencia más libre que viene de lejos ya (recuerdo que hace ya muchos años se decía que lo moderno era no tener hijos y vivir solos en pareja) y que considera que hay otros modelos de convivencia diferentes y no por ello peores. Cada vez más, la gente se casa más mayor (lo sé porque he estado en más de 500 bodas, es mi trabajo) y se tienen los hijos a una edad más tardía. Los factores que lo explican son bastante evidentes y entre ellos el más claro - a mi juicio - sería la dificultad para encontrar una estabilidad laboral hoy en dia y la dificultad para tener una vivienda propia e independizarse económicamente.
Yo personalmente, soy partidario de que hay que tenerlo muy claro para dar el paso de tener hijos. Hace poco hablaba con una profesora de universidad que no tiene ni piensa tener hijos y me decía una cosa muy sensata con la que estoy de acuerdo. Ella había preferido, uno vez visto que no tenía instinto maternal, dedicar su vida a su trabajo - que por cierto lo hace de maravilla - y me hablaba de algunas colegas suyas (y gente de otra profesión) que habían tenido hijos, pero como si no los hubieran tenido. Es ese grupo de gente - todos conocemos ejemplos - que forman algunos matrimonios con cierto nivel económico, donde trabajan el padre y la madre (normalmente con buenos sueldos, aunque no tiene porqué). Cuando estos no quieren renunciar a su trabajo y tampoco a tener hijos, estos se ven "condenados" en ocasiones a vivir sus años de infancia y juventud con sus abuelos o con niñeras o asistentas que hacen las veces de madres.

La verdad es que es un tema complejo y son varias cosas las que se tienen que poner en la balanza. Yo solo digo que cada cual elija lo que crea mejor, pero eso si, con la responsabilidad de saber que los hijos demandan mucho tiempo y muchas cosas que hay que sacrificar. La cuestión está en ver si la alegría que proporciona un vástago es lo suficientemente importante como para contrarestar los aspectos menos agradecidos de la procreación.

Por cierto, le doy la bienvenida a Leonor. Siempre se agradecen las novedades, claro que sí.

Paco Fuster

Anonymous said...

Escribo estas líneas para felicitar al autor por el artículo. Lo que aparece en él me resulta dolorosamente familiar y, mientras lo leía, se asomaba en mis labios una sonrisilla irónica. El trabajo de mis "sueños" se ha hecho realidad... y es un infierno. Además, llego a esta situación con cierta edad y, a la angustia laboral, he de añadir la presión social y personal -por qué no decirlo- por tener descendencia. No tengo contrato,apenas llego a los 600 euros mensuales -siendo licenciada-, no tengo horarios fijos....y estoy muy cansada. Un beso desde la desesperación.

Anonymous said...

Gracias amiga, me ha emocionado su amable comentario. Cambiará su suerte, estoy seguro. Un beso también para usted. David.

Tobías said...

Voy a ser consecuente con el tono pesimista de tu comentario, con la desconfianza ante los vándalos y sus hijos que procuran hacernos la vida imposible.

Acabo de descubrir a un poeta y filósofo musulmán que hasta ahora me era desconocido: Al-Ma’arri. Es una especie de Cioran árabe que transmite sus profundas dudas sobre el sentido de la vida y se manifiesta harto de una existencia que no es sino sufrimiento. Parece que le es imprescindible expresar lo absurdo de la existencia y se plantea que siendo la vida una carga es sorprendente que haya gente que quiera prolongarla. Este summum del pesimismo y el escepticismo musulmán considera un crimen dar lugar a la existencia de alguien y escribe, con algo del orgullo con el que David realiza su dedicatoria, lo siguiente:

“Lo que mi padre perpetró contra mi
yo no lo perpetré contra nadie”