Friday, December 11, 2009





MÈS QUE UN CLUB









Empecé a tomarme en serio el tópico del Oro Catalán con apenas ocho años, cuando mi padre me llevó a Mestalla para ver un partido contra el Barça. Aparte de su vistosa camiseta, aquel equipo clasificado entonces en la zona baja de la tabla no había de transmitirme nada en especial... excepto por un detalle. Ese detalle terminó convirtiéndose en algo muy grande, y muy temible, como descubrí aquella noche: se llamaba Johan Cruyff. Era un tipo delgado y su corte de pelo tenía un aire pop que a duras penas copiaban los todavía algo paletos futbolistas españoles, criados en la posguerra a golpe de cartilla de racionamiento y con pinta de calzarse botas de fútbol solo después de haber abandonado el azadón. Cruyff me deslumbró absolutamente. Era como si jugara en otra liga, a otra velocidad, como un extraterrestre. Los defensas rivales no llegaban ni a verle, tenía una mente tan rápida y una cintura tan prodigiosa que no eran siquiera capaces de abatirle a patadas. Supe quien era cuando él sólo se cargó al Valencia con dos goles maravillosos. Los contrarios no llegaron a entenderle, pero en cuanto sus compañeros empezaron a acostumbrarse a jugar para él el Barça se salió. En su visita a Chamartín, esa misma temporada, causaron el destrozo más grande en la historia de ese estadio, con aquel holandés irritante liderando un 0 a 5 terrible ante la mirada asombrado del mismísimo Santiago Bernabeu y con medio país -la media España de fe madridista- ofendida ante tanta infamia.







El fichaje de Cruyff le costó una fortuna al Barça, a sumar a los cincuenta millones de pesetas de sueldo por temporada, una cifra astronómica que el club pagaba con orgullo, como una señal de poderío que se emitía al exterior con la intención de asustar, y a los correligionarios con la intención de generar autoestima. En el colegio te pedían cincuenta cromos por el cromo de Cruyff; también era cosa de orgullo pagarlos.
Nunca el Barça ha llegado a arrebarme tanto como entonces, ni siquiera con Maradona, ni siquiera con el dream team -precisamente dirigido por Johan, ya como entrenador-, tampoco ahora, cuando bajo la dirección de Guardiola parece en el mejor momento de su historia.




Pero si me ha dado momentos irrepetibles. Por ejemplo aquella tarde en que Joan Gaspart, al acabar un partido con derrota dolorosa, fue abucheado por los cien mi culés que asistían al Nou Camp tras una dolorosa derrota. En vez de ahuecar el ala, tal y como le suplicaba la nieta de Casaus, él optó por permanecer en el palco, como un Santo Job, la cabeza agachada en acto de contrición y los ojos llorosos, como diciendo "humíllame, plebe, me lo merezco, sólo yo soy el culpable de este deshonor". Obviamente no dimitió, pero aquella escena tuvo algo de religioso. ¿De qué extrañarnos? El fútbol es el factor de cohesión de las comunidades más potente que hemos encontrado una vez ha ido quedando claro que las iglesias ya solo son capaces de fabricar tristeza y aburrimiento.

El Barça es més que un club. Me cuesta imaginar una consigna más densa, más repleta de connotaciones. No se trata de un simple slogan o de una boutade localista. También el Real Madrid ha sido siempre más que un club, desde luego, entre otras cosas porque el fútbol todo es bastante más que simplemente fútbol. Pero el potencial que históricamente ha tenido el FC Barcelona para vehicular sentimientos de identificación nacional no lo tiene ninguna otra institución civil. Ante esta evidencia resultan ingenuas las llamadas a "no politizar el fútbol". El Madrid fue utilizado astutamente por el franquismo como factor de legitimación del Régimen, sabedor de que cada Copa de Europa que ganaba Di Stefano aumentaba la autoestima de los españoles y les hacía creer que su país no era tan cutre ni tan pobre como parecía; el Valencia se convirtió en la Transición en la bandera de la derecha regional más ultramontana en su cruzada contra la imaginaria invasión catalanista; el Chelsea es el equipo de los pijos londinenses, mientras que el Arsenal tiende a identificarse más bien con la clase obrera; el Celtic de Glasgow se asocia a los católicos de Escocia, mientras que los protestantes tienen al Rangers... ¿Para qué seguir?








Hubo un tiempo en que desde la dirección del Barça se advertía del peligro de que el club se "politizase". En realidad, lo que el President Núñez pretendía era defenderse de la estrategia envolvente que Pujol le lanzaba desde la Generalitat, preocupado como estaba porque la gestión de la institución con más valor espiritual del país -con permiso de la Moreneta- escapaba al control de los nacionalistas. "Haga como yo, no se meta en política", decía Franco. Con el desembarco de Joan Laporta se acabó esa doble moral: el Barça no se ha politizado, simplemente ha reposicionado ideológicamente su punto de mando, o -para ser más claro- se ha vinculado definitivamente a las fuerzas políticas hegemónicas del Principado.

Laporta no me gustó nunca. Sin embargo, entró con un alarde coraje político inimaginable por lo visto para ningún otro dirigente deportivo: echó a los ultras de su estadio. Hay clubs como el Real Madrid o el Atlético donde estos grupos de modales intimidatorios e ideologías antidemocráticos han sido no solo tolerados sino incluso protegidos y fomentados. Hay casos patológicos como el del Olympic de Marsella, donde la presencia de estos sectores, lejos de ser residual o minoritaria, parece ser constitutiva de la identidad misma del club. Con esta valiente decisión, Laporta cargó con la responsabilidad de acreditar el talante racional y civilizado del que siempre han presumido los catalanes.




Desde entonces, y sin olvidar que la gestión deportiva y económica del club habla de una eficaz filosofía empresarial, el laportismo ha dado demasiadas razones en contra de su propio prestigio. Suena a conspirativa la teoría según la cual Laporta fue desde el principio la punta del iceberg del proyecto del independentismo catalán para convertir al Barça en cabeza de puente de la secesión respecto al Estado español. Se trataría de escorar al club hacia las aguas de Esquerra Republicana, aprovechando el poder del escudo para rentabilizar electoralmente sentimientos anti-españolistas. No es ajeno a este plan la presencia activa del club en los foros de los clubes europeos más poderosos, deseosos de crear una gran Liga europea que desasiría a estas instituciones del poder de las federaciones estatales. Que clubs como el Inter de Milan o el Real Madrid tienen únicamente razones económicas para simpatizar con esta opción es evidente, pero en el Barça -al menos en el Barça de Laporta- no son solo económicas, desde luego.




No soy nacionalista, tampoco nacionalista español, por más que cuando uno no simpatiza con las expectativas de quienes pasan su vida pensando que los Estados constituidos les impiden ser libres y felices siempre terminan por acusarle de tal cosa. Es, en cualquier caso, un problema que tienen ellos, no yo, que no me levanto ante más himno que La Marsellesa ni me alcanza más orgullo patrio que el que los domingos me proporcionan las paellas de Casa Paco. El problema de Laporta no es que haya politizado el Barça, pues en realidad el Barça ha sido "político" siempre, el problema es que ha manipulado la imagen del club de manera partidista, lo que es muy distinto. ¿Es que tiene Laporta que esconder su ideología? Por supuesto que no. Ahora bien, una cosa es no ocultarse y otra es aprovechar la mínima oportunidad para hacer exhibición de las propias posiciones partidarias, una actitud que podría formar parte de una estrategia de promoción personal -cada vez es más evidente que Laporta sueña con ser el primer Honorable President de la Catalunya lliure-, pero que beneficia poco a la imagen del club fuera de su ámbito local, en especial en el resto del Estado español, donde hay innumerables culés que no se identifican, por razones obvias, con las vinculaciones políticas de Laporta.

No, no soy nacionalista. La tragedia del Sahara, incandescente estos días por la huelga de hambre de Haidar en Lanzarote, o la de Palestina, y son solo dos ejemplos, hacen que resulten risibles y obscenas las apelaciones del tipo "freedom for Catalonia" a las que la gente como Laporta es tan aficionada. Dado lo esperpénticos que han terminado resultando los distintos dirigentes de Esquerra Republicana, desde Colom a Carod, pasando por la televisiva Rahola, dado que el papel del partido en la Generalitat ha dado pocas razones a los ciudadanos catalanes para seguir confiando en sus dotes como estadistas, me preguntó si alguien como Laporta no sería después de todo un sucesor a la altura de las circunstancias. Bien pensado, lo tiene todo: ansia de protagonismo, un discurso de "resistencia" pueril pero eficaz, cierto glamour postmoderno del que carecían Nuñez o Pujol...


En fin, no veo en Laporta mucho más que a un oportunista cuya trascendencia se encargará probablemente la historia de poner a la altura intelectual y moral del personaje, es decir, bajo mínimos. Y sin embargo...



Más allá de los espantajos del futbol y de algún buscavidas, se me ocurre pensar si, más allá de lo que tiene de patochada, se entiende fuera de Catalunya por qué en ciento sesenta municipios del Principado va a celebrarse mañana una consulta sobre la autodeterminación. Cada vez que yo, que no soy nacionalista, explico a alguien que alrededor de la mitad de los catalanes no desean ser españoles, que piensan que les iría mejor sin el Estado español y que creen que el actual marco autonómico bloquea sus posibilidades de desarrollo social, cultural y económico, me pregunto si realmente los españoles se hacen idea de que el asunto va en serio, muy en serio.





Y no es un fuego que se vaya a apagar fácilmente. Ni siquiera con Raúl haciendo callar al Camp Nou.











15 comments:

Anonymous said...

Cuando Carew hizo lo mismo en San Mamés le sacaron tarjeta amarilla.

BT

David P.Montesinos said...

Hola, BT, aquel asunto de Carew tuvo sus peculiaridades. Un sector de San Mamés le increpó largamente durante el partido, parece que cebándose en su condición racial. Al marcar su gol, Carew se puso la mano en el oído como para escuchar la pitada, con evidente intención provocativa y más que razón que un santo. Le tarjetearon, sí, cuando lo justo hubiera sido detener el partido y sancionar al estadio por conducta racista. Qué vamos a hacerle.

Tobías said...

La manipulación política del Real Madrid, que todavía sigue, es evidente. Y genera resentimiento y rabia entre los seguidores de equipos de la periferia que no aceptan la hegemonía prepotente impuesta por decreto y jaleada por medios de comunicación poco prudentes.

El caso Laporta. Probablemente los catalanes y barcelonistas que comparten sus ideas no vayan más allá de los que se adscriben tozudamente a las tonterías de ERC. Pero, prescindiendo de que estamos ante un Barça triomfant y eso disculpa cualquier pecadillo políticamente discutible, un tipo como Laporta molesta (iba a decir jode) en Madrid y me da a mí que a muchos catalanes eso les parece divertido y conveniente (no sé si por este orden).

Que hay un problema de nacionalismos periféricos eso está claro, que la vertebración de España ha sido un desastre desde antes de aquello que escribía Ortega es también evidente. Pero tú mismo hablas a menudo de lo virtual de la sociedad posmoderna, una sociedad que reacciona de manera mucho más efectiva ante simulacros que ante verdaderos problemas. Es mi impresión, probablemente equivocada, que el independentismo catalán post Tarradellas es uno de los ejemplos más acabados de reivindicaciones epidérmicas y artificiosas cuya mayor aspiración parece ser que la selección española juegue en el Camp Nou un partido oficial contra un equipo nacional liderado por Xavi y, si puede ser, Iniesta. Sería una sensación orgásmica.

rodericus2009 said...

La actitúd de Laporta me parece personalmente la de un oportunista que sabe que dentro de unos meses va a estár fuera del alcance de los focos y vá a perder la magnifica tribuna que es la presidencia del Barça.Está intentando labrarse un porvenír en la politica a base de lanzár un mensaje primario destinado a las visceras de los descontentos. Con el se ampliaria la galeria de excentricos que ha desfilado por Esquerra Republicana. En fín, uno más dedicado a metér ruido y a ocupar una poltrona en el Parlament, robandole el escaño a otro más preparado y con más capacidad para aportár soluciones a los problemas reales que padecemos.

imperfecto said...

Me resulta curioso... divertido, lo de "oportunismo político", como si, de repente, obviaramos que la actividad política no es más que un mero juego de aprovechamiento de la oportunidad, como si eso, tan "sutil" y "original", que hace mi pocopornodecirnadaquerido Laporta fuese la sobrevenida del vintageismo político... venga, amigos mios, no se dejen engañar una vez más...

¿que es, como dice la canción?... "un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso,inconsciente y presumido, falso enano rencoroso que no tiene corazón"...

Si.

Pero no le den ustedes, queridos amigos, tanto protagonimso a alguien que, ni muchisimo menos, David, representa a la mitad de los catalanes, te aseguro, que de ser así, no serían tan transigentes con la otra mitad, como aparentemente lo son ahora...

un abrazo

Justo Serna said...

La entrevista de Joan Laporta, aparecida en El País el día 13, da pena. O miedo. ¿Que "están matando a Cataluña y tenemos que reaccionar", dice?

¿Pero qué hemos hecho para tener un nivel tan bajo?

Sr. Montesinos, le felicito por su finura analítica y su sentimiento balompédico.

David P.Montesinos said...

Hola Tobías. El nacionalismo catalán puede presumir con todo derecho de una tradición intelectual ciertamente densa y fecunda, desde Francesc Macià y LLuís Companys hasta, quienes como hoy Rubert de Ventós, son capaces de enseñarnos algo no solo sobre algo tan serio como el "fet diferencial",sino también sobre lo impensado en los discursos que han hegemonizado el relato sobre la constitución histórica del Estado español.

A partir de aquí vienen mis desconfianzas. Que Carod o Laporta me parezcan oportunistas y "una mica" horteras es algo más que una impresión accidental. Hay un toque de simulacro, de estrategia victimista que nadie se atreve a asumir con todas las consecuencias. Recuerdo lo que me dijo una vez un amigo que se declaraba partidario dels països catalans; "Defiendo con energía cosas como esta -o como la disolución del ejército- porque en el fondo creo que no van a suceder... Si creyera lo contrario me asustaría bastante, la verdad".

Es razonable que muchas personas piensen que el marco político actual traba muchas de las posibilidades de Catalunya. Ahora bien, cuando alguien con una responsabilidad exigible como Laporta utiliza fórmulas como las que Justo Serna nos recuerda: "Catalunya está muriendo", lo que experimento, tras la sonrisa irónica, es mucho desprecio. No sé si Laporta proyecta una carrera política, pero aconsejaría al independentismo catalán que, si quieren ser tomados en serio, se busquen líderes serios. De lo contrario sonarán a folklore. Y quiero creer que la tradición de la que todo esto proviene merece algo más.

David P.Montesinos said...

Probablemente, querido Imperfecto, conozco pocos nacionalistas -españolistas o periféricos- que no terminen sacando una vena autoritaria y que se encoleriza con quienes discrepan, los cuales son al parecer siempre sospechosos de "no entenderles". A la gente como Laporta no es que no la entienda, es que no le doy la razón, que es cosa muy distinta.

Tu escepticismo hacia la política lo comparto a medias. Tengo tantas razones como tú para desconfiar. Pero creo que si caemos en el nihilismo de dar por entendido que "todos son lo mismo" corremos el riesgo de hacer exactamente lo que los imitadores de Berlusconi desean, es decir, que no les estorbemos en sus proyectos.

Lo que dices de que el pancatalanismo sería menos transigente si realmente fuera tan masivo como se pretende me preocupa, y me gustaría creer que no es así, de lo contrario vamos apañados. Y sin embargo, algunas actitudes lo dan a entender... Buf...

imperfecto said...

Te explico, David...

el nacionalismo en Catalunya surge de una clase dirigente, burguesa, católica, conservadora y nada proclive a exaltaciones políticas radicales, más allá del elitismo cultural que representaba pertenecer a las Unions Catalanistas o Lliga Regionalista de los Cambo o Prat de la Riba de turno... entidades, por llamarlas de alguna manera, "sin ánimo de incordio al poder y sistemas establecidos"...

así fué durante el canovismo, con los Borbones, dictaduras varias, incluso durante la 2ª república, nacionalismo de salón acomodado a los intereses que nos unían con "fuertes lazos fraternales" al resto de España... la pasta...

pero... llegan los oportunistas actuales, herederos de la "verdadera" izquierda, adormecida por la debacle del socialismo en el mundo, eso si... con coches oficiales de cien mil euros, pero sin empresas propias que defender, ni perder... y con el ansia de poder como único anhelo posible... estos son peligrosos, porque no tienen nada que perder, porque creen tener mucho a ganar y porque no les sonroja utilizar la más perversa de las herramientas, la victimización...

pero tranquilo, amigo, creeme, son una minoria, menos, aun, de lo que yo mismo pueda pensar... Catalunya mai será una naciò, cosa que tampoco sé si es del todo bueno...

un abrazo.

David P.Montesinos said...

Te veo mas versado que yo en el tema, de manera que me acomodaré a lo que tú mismo transmites porque -pese a que no acabo de convencerme de todo lo que dices- creo que consigues deslizar la cuestión hacia los lugares más oportunos.

Siempre me ha resultado difícil asociar nacionalismo e izquierda. El motivo es que la izquierda, tal y como yo lo entiendo, tiende a ser inclusiva y no excluyente, comunitarista y no segregacionista, ciudadana y racionalista y no emocional, etc... Desde la vanguardia del movimiento obrero se interpretó como un desastre el desarrollo de los sentimientos nacionalistas que desencadenaron la tragedia de la Gran Guerra, en la cual es evidente que lo que se ponía en juego era el choque de intereses entre clases burguesas por la apropiación de los mercados. No estoy seguro de que un siglo después los conflictos de tipo "nacional" hayan superado ese transfondo que, sospecho, tienden a desconocer los seguidores de partidos independentistas de izquierda como los que nos encontramos en Esquerra Republicana, la antigua Batasuna o el BNG. En estos partidos la presencia de ideales de izquierda reconocible termina difuminándose, se convierte en una cáscara que apenas se identifica por ciertas reivindicaciones en el orden de las formas culturales como la lengua vernácula o el ecologismo, pero que en lo económico se muestra incapaz de estructurar un discurso rival de la derecha que representan Convergència o el PNV.

Hay razones de coyuntura histórica que en España generaron en su momento cierta simpatía por los movimientos nacionalistas y que les acercaron a sectores como el Partido Comunista, de lo que aún quedan residuos como el Ezquer Batua de Madrazo en el País Vasco. Esas razones se reunían en una: estaban contra Franco.

David P.Montesinos said...

(Continuo a riesgo de ponerme pesado)



Hoy toda esa coyuntura ha ido perdiendo sentido. Por eso en la misma ensalada nos encontramos a jóvenes independentistas con una palestina al cuello, a conservadores católicos y recalcitrantes como la gente de Durán i Lleida y a estrellas mediáticas en vías de berlusconización como Laporta. Al final,no se sabe muy bien si se trata de defender los intereses fiscales de la burguesía catalana, la calçotada frente a la tauromaquia, o al Barça frente al Madrid. Al final, la maniobra deriva en aguas tan simplistas como la de que el Estado, en el fondo, representa con caras más amables como Zp o diente retorcido como Aznar la misma España eterna que siempre ha intentado aplastar el hecho diferencial. Si treinta años después de muerto Franco, Laporta es incapaz de entender que el español es un estado "normal" es porque a su audiencia le placen los discursos victimistas.

Hasta aquí creo que coincidimos en lo sustancial. No estoy tan seguro de que Catalunya no sea nación -o que nunca lo será- como tú dices. Si te refieres a que nunca tendrá un Estado propio, lo desconozco. Eso es algo que dependerá de circunstancias. Nadie pensaba que Chequia y Eslovaquia terminarían separándose, pero la desovietización del Este de Europa arrastró una corriente centrífuga impensable y que, en algunos casos como el de la ex-yugoslavia,con una serie de guerras terribles y de las que Europa debería avergonzarse. En las circunstancias actuales creo que -como diría Pujol-simplemente "no toca això", pero no sé mañana. Quizá Catalunya sea independiente el día que ya a nadie le importe porque los Estados -a golpe de globalizarlo todo- apenas tengan el valor que han tenido en los últimos siglos. No lo sé.

Sí creo sin embargo que un catalán
tiene perfecto derecho a no sentirse "español". ¿Por qué identificarse a la fuerza con un mapa sentimental que a uno le deja frío? No sé si lo tiene más que un conquense, pero creo que la opinión de que el marco político dentro del que vive una determinada comunidad es revisable parcial o totalmente me parece legítima. De lo que se trata es de convencer a los demás, y no me parece que a día de hoy los procedimientos sean antidemocráticos, no al menos en Catalunya, donde el nacionalismo tiene pese a todo una tradición que, como mínimo, merece ser escuchada.

El concepto de nación es problemático. Si la definimos como aquella comunidad con características culturales en común y dotada de un cierto sentido ético y político, el cual se vertebra de forma autónoma, no
tanto
por relación a su integración en una realidad mayor -como el Estado español- como por relación a su propia idiosincrasia cultural, gestada e identificable a lo largo de la historia... entonces ¿por qué habría que rechazar que algunas personas hablen de "país" o de "nación"?

David P.Montesinos said...

Disculpa que solo haya podido leer tu última intervencióne en el trabajo, en casa Ono se encarga de dejarme unplugged cada dos por tres.

Las cuentas no salen nunca. Si salieran, si realmente la inmensa mayoría de los catalanes tuvieran la visión de las cosas que tiene Laporta ya hace tiempo que este tema estaría resuelto, por más opresor que juzguen al Estado español, el cual no podría impedir que Catalunya se autodeterminase. El problema es que la misma facilidad con que en España se ignora que muchísimos catalanes no se sienten españoles es la que a ese sector le asiste para ignorar que muchos catalanes no están incómodos en dicha situación, por no hablar de los que sienten una cosa pero también la otra... En fin, todo más laberíntico de lo que los planteamientos reduccionistas, que sacan ventaja de reducirlo todo a hutus y tutsis, a víctimas y verdugos, pretenden...

El nacionalismo en Catalunya es una postura políticamente rentable por muchas razones. La permanente amenaza -si no das lo que pido, me voy- tiene mucho de chantaje. Además se ha logrado revestir de una cierta pátina de corrección política, parece que lo hispánico suena a franquista, a picoleta, a toros, a folklore analfabeto, mientras que lo autóctono -ya se encarga TV3 de la propaganda- pasa por el seny, los trajes de Armani de Guardiola o las tiendas de Custo.

Pero cuidado. No estoy seguro, como tú dices, de que el nacionalismo catalán sea una creación artificial. Lo es en la medida en que todo lo que da lugar a un discurso y a unas reglas del juego es artificioso porque es producto de la cultura, pero no, a mi entender, en el sentido que tú dices, porque desde ese punto de vista lo "español" es producto también de todo tipo de circunstancias históricas, compromisos entre poderosos, guerras... La comunidad humana es siempre un "artefacto", pero eso no significa que sea una "mentira" urdida por unos cuantos cerebros que manipulan a todos los demás. Insisto, muchos catalanes no se sienten españoles, no se identifican en esos términos... y eso me parece respetable, tanto como la aspiración de un marco político alternativo. Que yo no lo comparta no quiere decir que lo desprecie o que le niegue la voz. Me parece que es aquí donde debe empezar el diálogo y donde debemos dar razones para convencer al otro. Porque no se trata solo de sentimientos, se trata de plantearse lo que es justo.

Córdoba, qué hermosos recuerdos en mi vida... bellísima ciudad.

imperfecto said...

La conceptualización intelectual como pensamiento que se objetiva a si mismo es, además de muy Hegeliano, la fórmula perfecta utilizada por todos aquellos que pretenden fabricar verdades irrevocables, con independencia del bando, no puedo negar que tienes razón en eso.

Pero haciendo uso de Ortega... nuestra generación no tiene a donde mirar en el pasado y encontrar un tiempo mejor, de manera que no es fácil proyectar al futuro nuevas formas sociopolíticas sin que ello nos produzca cierto vértigo y... si, quizá también, miedo.

Llámame cobarde, amigo David, pero prefiero seguir siendo, administrativamente hablando, español aunque no haya tenido, ni creo que tenga nunca, el placer de gozar del sentimiento españolista, a ser algo... y aqui es donde me cago, que nadie nunca ha sido.

Cómo siempre, la eterna cuestión shakesperiana, ser o no ser, ¿o acaso pudiera ser no-ser?... incomodisima postura por lo cómoda que aparentemente resulta, vista desde afuera.

Córdoba es maravillosa además de bellisima, así es, casi tanto como Barcelona.

una forta abraçada i bones festes a tots.

josé luis cervera said...

en lo deportivo yo he vivido la época del dream team, ya de antes era del barça, pensé que el dream team era lo máximo, pero pienso sinceramente que jamás en toda mi vida hasta el momento he visto un equipo tan cohesionado en todas sus líneas: el portero, zamora, los delanteros, pichichis, y los mediocampistas artesanos y guerreros, creo sinceramente que es el mejor equipo de la historia del barcelona y posiblemente desde que tengo uso de razón el mejor que he visto en mi vida, todo esto es un trabajo que nace de la cantera y de la apuesta personal del presidente Laporta al confiar en un entrenador como Guardiola, al cesar lo que es del cesar, otra cosa es que Laporta, políticamente, sea bajo mi punto de vista un ser que echa piedras sobre su propio tejado, recuerda la encuesta famosa: mucha gente aprueba su gestión pero en cambio no quisieran que siguiera como presidente, la razón es obvia: el nacionalismo cierra puertas, mal que le pese a muchos.
Un abrazo querido amigo desde la ciudad de la luz, nevada y con un frío del carajo.

David P.Montesinos said...

Joan Laporta abre, como casi cualquier personaje del que merezca la pena hablar, tantas luces como sombras. Ya digo en el post que ha sido el único presidente que se ha atrevido a echar a los ultras del club, y hay que tener valor para ello. Como gestor y empresario está resultando impecable su trabajo en el FC Barcelona. Y sin embargo, intuyo que de no ser por esa inteligente normativa que limita a dos legislaturas la presidencia, terminaría convirtiéndose en un personaje nefasto. El Barça es algo más que un club, pero la manera en que Laporta conjuga ese más es venenosa.

He oído que han cerrado la Torre Eiffel. Es una pena, si te subes a ella tienes la imagen más bella de París, justamente porque no ves la Torre Eiffel. Paradojas de la vida, ya ves.