Saturday, May 15, 2010







EN EL CIERRE DE LOS CINES ALBATROS












Uno de mis recuerdos mas intensos de los Cines Albatros proviene de aquella tarde en que al poeta Javier Azcona se le ocurrió que nos peláramos la clase de Historia de la Psicología -que solía consistir en que un idiota con poder nos soltaba una sarta de necedades- y acudiéramos a la sesión de las cinco en los Albatros, donde estrenaban Cielo sobre Berlín, de Wim Wenders. Era primavera y -tal que ahora sucede- el día alarga tanto que uno sale de esa cueva de las maravillas que es un cine y, como un vampiro, se topa de morros con un sol que ya no esperaba. Pero fue aquel relato de los ángeles que custodian una ciudad desde las alturas lo que verdaderamente me deslumbró.











Desde niño la idea de una película en versión original me parecía una impostura. Todo el mundo ha sabido siempre que Ethan y Cicatriz hablaban en castellano o, en todo caso, en indio piel roja -así, con los infinitivos: "!hombre blanco mentir¡"-. La cosa tenía su gracia cuando John Wayne, ahora en el original, hablaba con unos mexicanos en español y con un acento yanqui que tiraba para atrás, lo que provocaba un simpático equívoco. Aquello de las VOS sonaba un poco a La Clave, de Balbín, y de aquellos snobs del UHF que te impedían ver la peli porque con tanto subtítulo empleabas todo el tiempo en leer. "A mí no me pongáis películas con letras", decía mi abuela. Puesta a liar más las cosas, TV3, con su eterna vocación reivindicativa, redobló las películas a la lengua vernácula, de manera que John Wayne seguía exterminando indios, pero ahora amb accent de Sardanyola, un logro del nacionalismo comparable al de que Aznar reconociera que uno de sus vicios íntimos era hablar en catalán.










Yo creo que la fundación de los Albatros, primeras salas comerciales de exhibición en VOS, fue uno de los mejores síntomas de que Valencia empezaba a ser algo más que un pueblo grande labrado a duras penas entre las huertas, algo así como una genuina capital europea. Hubo otros bastante más significativos, como la construcción del by-pass, que concluyó con aquel formidable residuo de subdesarrollo que era el llamado Semáforo de Europa... O la construcción de las nuevas estaciones del metro... O el tranvía... O, mas recientemente, el campus de Tarongers, ese recinto tan utilitario y tan falto de alma que los estudiantes alegran cada noche de viernes con sus vómitos botelloneros.




No quiero ser falso, que en los entierros -ya se sabe- todos queríamos mucho al finado-: nunca acabé de sentirme del todo a gusto en los Albatros... Como tampoco en los Babel, el hermano pequeño y, ahora ya, el único superviviente de esa empresa romántica que consiste en cobrar unas perras para poner películas que uno cree que nos hacen mejores por el simple hecho de ir a verlas. En estos salas, genuinas sucesoras de las de Arte y Ensayo del postfranquismo, uno presiente cierto ramalazo snob: demasiado funcionario a medio camino entre el cinéfilo y el mirón de imágenes, demasiado progre revenido... No me hagan caso, son simples prejuicios. Al final, cuando apagas de pagar los siete eurazos de vellón por la entrada, uno agradece que el cine no se llene de merluzos que comen palomitas y juegan con el móvil cuando en la película deja de haber mamporros y los actores "se ponen a hablar, tía, qué rollo". Quizá no sea tan malo, después de todo, que los cines no huelan a palomitas, quizá no sea tan difícil entender que la emoción, al menos ante una pantalla de cine, se abre camino en medio del silencio. Respeto, respeto al producto artístico, respeto al vecino de butaca, eso es lo que -esnobismos y pedanterías aparte- se respiró siempre en Albatros.




Es posible que haya un albatrismo algo repelente en Valencia. Que la irremediable Cartelera Turia puntuara generosísimamente algún bodrio infumable de tal o cual director francés con ínfulas de genio, o que se cargara sin piedad lo mejor de Eastwood, Coppola o Almodovar, responde a la misma lógica cNegritaon la que un espectador sale de ver Odette: una comedia sobre la felicidad o la última mamarrachada de Julio Médem convencido de que "esto es cine de calidad y no esas pelis de consumo que ve el populacho en las salas de los centros comerciales." Detesto esa tendencia -en el fondo muy escapista, muy funcionarial y muy hipócrita- de la izquierda ilustrada y económicamente acomodada, que tiende a refugiar su frustración política y su envejecimiento moral tras una sensibilidad estética supuestamente superior.








Insisto, al final, todas mis reservas terminan diluyéndose tan pronto como se me ocurre la imprudencia de ir a un sala normal un fin de semana. Entonces me acuerdo de que la razón por la que uno se mete en un cine es que quiere ver una película -vaya rarezas tengo-, y quiere verla como sus autores la dejaron, sin cambiarle las voces a los actores y sin que el niñato de al lado la interrumpa con la alarma de su móvil. En eso habría de consistir la cinefilia, no en llenar la casa de fetiches, sino en el arte de saber marcar cuidadosamente los tiempos de esa liturgia con la que entramos en una sala, conservamos la entrada con el título de la película, olemos la piel de las butacas y, finalmente, nos disponemos a emocionarnos con esa magia del tragaluz infinito que inventaron los Lumiere y Mèlies.









Desaparecen los Albatros. Ya no tendrá ningún encanto acercarse por esas calles un poco sin alma, encerradas entre el Politécnico, la mezquita y la Autopista de Barcelona. Ahora se nos llama frikis o voyeurs, pero he vivido algunos de los momentos más intensos de mi vida dentro de un cine. De Albatros he llegado a salir, como aquella tarde de Wim Wenders, con una sensación cercana a la del toxicómano después de un super-chute.



Dicen que es por la crisis, pero yo tengo mi propia teoría: es Lucifer. Sí, Lucifer, el demonio, el que se define por aquello de "destruiré todo lo que amas". Es él quien en la misma zona de los Albatros inspira la demolición del viejo Mestalla, el mismo que se asocia con la alcaldesa para amputarle el corazón al Cabanyal, el que -en suma- ha decidido que lo de las salas de pelis con letras no es el futuro de los exhibidores, como antes pensábamos, sino un lujo de tiempos prósperos del que algún día nos acordaremos con nostalgia, pues acaso entonces ya sólo sean cosa del pasado.



16 comments:

Anonymous said...

He vivido en ese barrio casi 30 años (1974-2003). Todos los viernes hacíamos hogueras junto a las ruinas ferroviarias, por donde hasta hace apenas 4 ó 5 años habían transitado los trenes de la estación de Aragón (finales de los 70'). Era un barrio frontera rodeado de huertos, el colegio, un poblado gitano que nos mantenía siempre alerta y la sombra de Mestalla al otro lado de Blasco Ibañez. Cuando llegaron los Albatros en 1986 el escenario ya tenía el toque impersonal que le ha inoculado a la ciudad ese urbanismo ramplón tan uniformizante como anodino de las últimas décadas. Pero para mi, esos cines significaron un antes y un después. Me hice asiduo en la semana santa de 1990. Mi padre acababa de morir hacia menos de un mes y yo sólo era un estudiante confundido de 18 años. No tenía plan vacacional y todos mis amigos estaban fuera. La cercanía de los cines en esa ciudad fantasma y vacía me salvó. Fui a ver una peli que a priori consideraba infumable y salí extrañamente reconfortado. Puede que ese momento tuviera en mi un efecto renovador, porque nunca más tuve la sensación de aburrirme solo. De pronto me vi envuelto en la magia de los Albatros. Y empecé a vivir de otra manera, rodeado de estímulos tan potentes como enriquecedores. Pocas cosas me han resultado tan placenteras en la vida como ir solo al cine entre semana, desandar los 4 minutos que me separaban de los Albatros y empaparme de una atmósfera a la que difícilmente me hubiera podido aficionar dados mis nulos precedentes ilustrados o cinéfilos. Pertenezco, ahora lo veo, a la facción inevitable de la "gent del barri" captada por la honda expansiva de las historias que allí se han contado durante más de 20 años. Por supuesto, he seguido con cierta ironía a la a veces cargante fauna de los Albatros sin darme cuenta, posiblemente, de que yo ya era uno de ellos. A fin de cuentas, he recontado entre mis papeles estos días y he sumado, ante mi sorpresa, más de 400 películas vistas en los Albatros. Lo extraño, visto lo visto, es que ni sea funcionario ni gaste gafapastas.

pd; hoy me he despedido en la mini sala 4. Hemos visto "La Nana". No es casual que haya sido en esa misma sala donde hace casi 7 años besé por primera vez a mi mujer. Mañana domingo toca algo aún más importante: despedir como se merece al gran Pipo Baraja. Con lucidez envidiable, Vicent Chilet ha sabido aúnar en su artículo de hoy sábado la doble despedida. La de Baraja y la de los Albatros. Menos mal que me fui del barrio hace años. Nada entristece tanto como ver morir aquellos lugares que consagran una memoria.

BT

David P.Montesinos said...

Presiento que su presencia en este y en otro blog que compartimos tiene algo de imponente, señor BT. Deja usted con frecuencia mensajes, normalmente breves, como el que dejó cuando publiqué cierto artículo sobre mi abuelo, Arturo Montes. Hoy tengo la impresión de que un tema que trato le llega de alguna forma al corazón... Y su comentario es bellísimo, debo decirlo, porque ha llegado a emocionarme. Una curiosidad, mi amigo Ricardo Signes, cuyo blog puede ver linkeado, es también gent del barri, y me ha contado algunas historias parecidas, como la de la tarde en que con sus amigotes se les ocurrió llamar al telefonillo de la casa de Mario Kempes ¿y...? Pues que va y resulta que el Matador bajó y les regaló un autógrafo y unas sonrisas. Eran otros tiempos, claro. He leído lo de Chilet en el Levante, sí, yo tengo la misma sensación, parece una coincidencia, aunque él desde luego ha encontrado las palabras idóneas para expresarlo. Gracias por esta deslumbrante irrupción.

David P.Montesinos said...

Este es el artículo de Chilet.

TROZOS DE MEMORIA

Vicent Chilet (Levante EMV)



A estas alturas no hace falta recordar lo que significa Rubén Baraja para el Valencia CF. La sola confirmación de su despedida (que seguro no será la única) agolpa en la memoria todos los recuerdos que deja su década en Mestalla, culminada con aquellos dos fantásticos goles ante el Espanyol en 2002. En la noche en la que todos los valencianistas volvimos a sentirnos niños y el Pipo servía en bandeja la quinta liga de la historia del club, acabando con una maldición de 31 años. Recuerdos grabados a fuego que ya son pasto de la nostalgia, ese bálsamo traicionero. Con el paso de los años, su legado se agigantará y todo lo absorberá. Con el material con el que se fabrican los mitos, Baraja, y también Mendieta, el Piojo, Cañizares, Ayala, Carboni, Albelda, Vicente y Benítez formarán parte de la historia de héroes que alguna vez escuchamos referida a Kempes, Valdez, Claramunt, Waldo, Guillot, Paquito, Wilkes, Puchades o Pasieguito.
Baraja representa el arquetipo clásico del futbolista, como lo fueran Schuster o Fernando (el mismo que ahora, con despacho, no ha querido renovar su contrato), al que no le hace falta correr para erigirse en el líder del equipo, gritando, corrigiendo, mandando, repartiendo juego con esos pases de escuadra y cartabón a 40 metros de distancia que siempre satisfacían el exigente paladar de Mestalla. Y por supuesto sus goles de factura inglesa, asomándose a media distancia y sorprendiendo con trallazos imparables. Baraja, con sus músculos cosidos a cicatrices, ha impuesto su calidad en un deporte rendido a la egolatría comercial, a la potencia física y a la rectitud tacticista.
A la misma hora en la que Rubén impartirá su última lección magistral, a pocos metros de Mestalla, los cines Albatros abrirán sus salas por última vez. Qué reveladora coincidencia. Se cerrará una maravillosa aventura de 25 años, de escasa rentabilidad económica pero de fuerte impacto emocional. Un cuarto de siglo en el que el público valenciano ha saboreado obras maestras de sello independiente y en versión original, sin otra ambición que la de disfrutar de historias bien contadas. La crisis y los tiempos modernos, llamémoslo así, han acabado por ganar la batalla en esta Valencia cada vez más desdibujada.
En definitiva, Baraja y los Albatros ya son eso, trozos de memoria colectiva. Un modo de apreciar el fútbol y el cine que parecen condenados a la extinción. Claro que quedan los Babel, y, por la tele, el fútbol de autor de Xavi o Frankie Lampard junior. También: el olor a habanos, pipas y regaliz del viejo Mestalla, mientras siga en pie, y los «bròfecs» en la numerada poblada de aficionados de l'Horta y La Ribera, en contraposición con los susurros de la pacata tribuna. Está claro que el futuro va por otro lado: los grandes estadios de lujo asiático y sabor metálico; las superproducciones en 3D, previamente promocionadas hasta la náusea, en multisalas equipadas con altavoces que revientan tímpanos mientras el público devora palomitas, nachos y la santa paciencia del espectador vecino.
Pero Baraja ya es un mito, como las ya añoradas proyecciones en los Albatros. Y los mitos, que nadie lo olvide, siempre sobreviven a las modas.

Anonymous said...

Buen apunte el de los cines Albatros, amigo Montesinos. Aunque confieso que no he ido nunca a esas salas, sí creo que, como dices, su cierre es todo un símbolo de lo que está sucediendo en Valencia y, por qué no decirlo, en muchos otros sitios. Cuando estudiaba alemán en el centro de Valencia, leía todas las semanas la programación de la Filmoteca de Valencia que llegaba a la academia. Leía las programaciones de ciclos y ciclos de cine de autor y siempre me hacía la pregunta: ¿pero hay alguien que vaya a ver esto un día entre semana? O mejor, ¿pero la gente de Valencia sabe que existe una Filmoteca? Nunca super la respuesta porque yo mismo era el primero que no iba...

En cualquier caso, lo que también creo que demuestra el cierre de ese cine es que mucha gente de la que dice que va, por aquello de ganar ese prestigio cultureta y progre al que te refieres, no va. Si fuera todo el mundo, digo yo que no los cerrarían. Eso nos llevaría a otro debate: el del supuesto prestigio que algunos creen que concede el hecho de frecuentas ciertos lugares o ciertas lecturas, como modo de diferenciación de la masa borreguil e inculta que al no tener un criterio propio, se conforman con ver cine americano comercial o leer "El código da Vinci". Es una fenómeno interesante ese de la diferenciación de la masa a través de la cultura que uno consume o, falsamente, dice consumir.

Paco Fuster

David P.Montesinos said...

Hay un ensayo muy polémico yllamado "Rebelarse vende", que se escribió en los USA yo creo que para desmitificar a personajes del tipo Naomi Klein. Argumenta mucho en el sentido en que tú lo haces, y que yo comparto con las debidas reservas y siempre que no nos lleve, como a los autores de ese libro, Heath y Potter, a alguna peligrosa deriva reaccionaria. La idea es que vivimos en una sociedad de consumo a todos los niveles, y que uno de los objetos del consumo desde siempre ha sido la distinción. Queremos algo que nos separe de la masa, algo que nos identifique como "mejores" que la mayoría, por eso Klein, al reivindicar formas de habitabilidad urbana alternativas, nos oculta que vive en un loft de puta madre en Montreal y que se lo ha podido pagar, lejos del stréss de los suburbios, porque en ese barrio "reciclado" solo compran pisos los que tienen mucha pasta. De igual manera, si Naomi come comida macrobiótica y no en McDonald´s es porque -según Heath y Potter- se lo puede pagar. La idea es que la rebeldía es hoy en día una forma más de crear logos, la contracultura vende, genera nuevos espacios para el marketing y nichos de mercado que, muy sutilmente, las marcas aprovechan, pues entienden perfectamente que el tipo de gente que piensa como Naomi, más allá de la propuesta de cambiar el mundo, lo que pretende es obtener sello de distinción, lo mismo que a fin de cuentas ha pedido siempre la burguesía que le consiguieran a cambio de su dinero.

Anonymous said...

Un post duro y conmovedor, un buen "apunte " que dice Paco Fuster. Durante mis veinte años de estancia en Valencia he sido una asidua de Albatros especialmente los primeros diez,fué a veces un buen refugio y casi siempre un sitio en el te encontrabas con una cara conocida,siempre me sentí cómoda en ellos. Ciertamente podías pensar que se respiraba un aire snob, a veces que era excesivo hasta un poco fundamentalista pero al entrar a la sala lo agradecías. La cartelera Turia, con un partidismo visible, muchas veces le ha hecho un flaco favor y coincido con usted que han vetado también un buen cine.
Tengo la impresión de que no sé quién, si lucifer o ellos- sin poder poner palabras exactamente a quién me refiero- se quedan con todo, de que lo más genuino desaparece, de que la cultura siempre pierde. Primero fue el Tyris, el Metropol luego los cines Aragón… El cierre de los albatros me ha despertado aquel sentimiento que tuve cuando el cine donde proyectaban la sesión infantil donde iba yo de pequeña (a las tres de la tarde) desapareció.
Se cierran los Albatros y también una etapa de nuestra biografía, seguramente eso contribuye a que el sentimiento sea más intenso.
Al oír la noticia del cierre de los Albatros traté de recordar la última película que he visto allí, sin saber que era la última, e inevitablemente me vinieron a la cabeza aquellos versos de Borges

“De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?[…]
(Límites)

R.

David P.Montesinos said...

Casi nunca sabemos, R, si nos estamos despidiendo. Lucifer tiene valor de metáfora. Nos observa, advierte cuáles son los centros neurálgicos de nuestro mapa sentimental y a continuación los devasta, y así se divierte viéndonos deambular por el desierto en que ha convertido nuestras vidas. Su problema es que no es capaz de amar nada, como nosotros sí lo somos, entonces su objetivo es destruir todo ello.

Soy borde, pero honesto, creo. He comprado infinidad de veces la Turia y he asistido infinidad de tardes y noches al Albatros, de manera que estoy perfectamente involucrado en los mismos vicios que critico. No obstante creo, y me parece que usted está de acuerdo, que es cuestión de lucidez no olvidar que ese sectarismo al que usted se refiere se crea en parte por la necesidad -humana, demasiado humana- que tenemos de diferenciarnos del vulgo. Torpeza suprema, pues somos vulgo desde que levanta el sol, pero nos seduce pensar que somos especiales.

Pese a todo, creo que es una noticia inquietante el cierre de un cine, pues uno nunca sabe lo que viene detrás,supongo que será un mercadona, o un nuevo templo para alguna secta, o la sede de algún partido, o un cole concertado... sí, la verdad es que molaría que siguieran los albatros y poder seguir metiéndome con los esnobs. Me va a parecer que me falta algo.

Ricardo Signes said...

A mí me duele también el cierre del Albatros, pero ¿qué otra cosa podía anunciar un cine con ese nombre? -especialmente para gente de la cultureta que ha leído a Baudelaire-. Yo lo he frecuentado mucho y guardo buenos recuerdos relacionados con películas que allí he visto y con los cafés de después en su bar o aledaños. Sin embargo, no creo que sienta nostalgia por ello. Ese espacio sentimental lo cubrió para siempre mi recuerdo del Cine Alex, que estaba en Cardenal Benlloch, casi a la altura de Blasco Ibáñez, un cine de reestreno, con programa doble, butacas de madera y NODO.

David P.Montesinos said...

La verdad es que no conocí el cine Alex, Ricardo, pero con todo respeto, parece el nombre de un cine para películas cochinonas, de esas a las que ibas con catorce años a ver "Tiffany y su conejo rabioso" y ponías cara de tipo adulto a ver si el de la taquilla te dejaba entrar, cosa que por cierto siempre ocurría.

Ricardo Signes said...

Nada de eso, hermoso. Allí vi todo lo que merecía la pena verse entonces, que era mucho, desde las de vaqueros de John Ford a las de aventuras como "Vikingos", de R. Fleischer, pasando por las de kunfú -"Los cuatro dedos de la furia", "El luchador manco", "Kárate a muerte en Bangkok"...- o las del hombre lobo de Jess Franco. Ya ves, lo mejor. (Y no te hablo del cine "Alameda" o de "Los leones" para no darte más envidia).

msm said...

Los Albatros y Akira Kurosava, el Valencia Cinema, los maratones de cine de terror del D'Or o las películas de cine ruso del Metropol?. Podías ir solo, con amigos, después de cenar, con bocata debajo del sobaquillo o a sesión de tardes. Entrar en esos cines eclipsar la monotonía mediocre diaria. La cultura minoritaria nos hacía sentir importantes. Ahora -como entonces- la masa sigue sin querer pensar, engañada con el "como si" y acompañada por la cultura de la basura mediática...Qué haremos las especies en extinción si nuestros espacios minoritarios se van reduciendo?. Nos quedan los híbridos Babel, las opciones personales y las buenas sesiones en cuevas de gigantes como tú que nos siguen recordando cuál es la cultura importante.

David P.Montesinos said...

Gracias por tu generosidad, m. Curiosamente, en el híbrido Babel, como tú le llamas, he pasado más momentos hermosos que en los albatros. Espero que no sea igualmente pasto de la extinción.

msm said...

Híbrido en el sentido de mezcla: nos podemos encontrar películas comerciales pero sin el éxito masivo esperado, películas de cine europeo, muy buenos cortometrajes...siempre sabes que habrá calidad. Yo también he pasado y paso muy buenos momentos en ese cine.Saludos cordiales. Mila

David P.Montesinos said...

Lo entendí en el sentido en que lo decías, M, saludos cordiales también para ti.

Anonymous said...

El cine Alex fue también mi primer cine. Iba con mi abuela y luego venían mis padres con los bocadillos. Hablo de 1976. Parece otra vida. Otro país, otro mundo.

BT

Anonymous said...

David,

yo también fui al estreno de Cielo sobre Berlín. Pero, te cuento ¿cuántos bodrios disfrazados de cultureta tuve que tragar cuando colaboraba para "Klartelera"? Un montón, o dos. Con todo me apena que cierren los Albatros, (aunque solo fuera porque una de cada diez películas era salvable y aguantando las seudocríticas fantasmagóricas de la gente de la Turia, esos que vendieron su alma al diablo por una cuota de poder al amparo de una izquierda valenciana decrépita),pero creo que su cierre coincide con la decadencia y la bajeza moral de la izquierda, y pienso que estas salas y los "progres" de la ciudad iban de la mano, tal vez no sea una casualidad, no la de la crisis, sino la crónica de una muerte anunciada.
Un abrazo.
José Luis