Saturday, September 18, 2010












1. YO NO SOY UN GITANO. El último éxito de Shakira recoge una declaración de identidad ciertamente espumosa e hipócrita, pero no intrascendente: "I´m a gypsy", es decir, "Soy una gitana". Suena mejor en inglés, porque cuando yo era crío te decían que parecías un gitano cuando volvías muy guarrete de la escuela. También recuerdo haber oído a mi abuela denominar despectivamente "gitaneo" a esa situación cotidiana en que uno ajusta el cambio de calderilla -si me debes cuatro, si te he de dar tres- lo cual refleja la tradición católica que quiere ver en la preocupación excesiva por el dinero traza de cristianos nuevos y otros sujetos de ascendencia confusa. (Ello no es óbice para que resultara completamente imposible escamotearle un solo duro... porque sí, es cosa de moriscos y marranos eso de mirar mucho las perras, pero si se miran y se cuentan escrupulosamente pero con un poquito de cara de asco, entonces Dios te lo perdona). Los gitanos, ya se sabe, son gente de mal vivir, nómadas que viven a la luz de la luna y el calor de la hoguera, lo cual les lleva, según sus detractores, a robar enseres y secuestrar niños, y según sus románticos adalides, a transitar por la vida como si de una apasionante aventura se tratase.







Lorca amaba a los gitanos, aunque no sé si llegó de verdad a conocerlos. El inefable Sánchez Dragó, al que uno aprende a tolerar el día en que descubre que nada de lo que dice merece ser tomado en serio, hizo una anarquista declaración de principios al exigir una noche televisiva que la república paya y apoltronada de los políticos fuera sustituida por un "gobierno de la luna llena", es decir, un gobierno gitano. Cioran, con un trasfondo bastante más oscuro y pesimista, consideró al gitano el único pueblo seriamente en condiciones de considerarse "elegido de los dioses", por su "decidida voluntad de no dejar nada estable y consistente de su paso por el mundo".


Yo no puedo decir que conozca a los gitanos ni que me gusten o me disgusten. Diría que, en todo caso, me atraen un tanto irracionalmente por lo mismo por lo que desde siempre me han atraído las mujeres o los musulmanes: son distintos a mí, o mejor dicho, parecen distintos a mí. Sí recuerdo haberme conmovido escuchando cantar a Camarón, pero no creo que sea suficiente para decir que se ama a los gitanos el ser capaz de admirar un arte cuyo embrujo -cuando no es un simple reclamo turístico y facilón- parece nacer de profundidades oscuras e inaccesibles.







En una ocasión pasé casi un mes conviviendo con una familia gitana. No fue por ninguna suerte de interés antropológico -menuda gilipollez sería eso-: coincidimos en la misma cuadrilla de vendimiadores. Entre las actitudes y costumbres del cabeza de la familia, que ejercía públicamente de romaní puro y reivindicativo, hubo algunas que me produjeron irritación e incluso rechazo y otras que me fascinaron. Nunca olvidaré la mañana en que, tras muchos días de tensión soterrada con el capataz de la cuadrilla, surgió ante las brasas del almuerzo un debate cuyo interés serían incapaces de superar los mejores tertulianos de la Ser. El payo acusó al gitano de haber sacrificado la escuela de sus hijas llevándoselas durante meses a vendimiar y a vender ropa después por los mercados. El gitano le contestó que los payos eran unos codiciosos y que solo pensaban en acumular, que él hacía feliz a su familia gastando el dinero tal y como lo ganaba y que sus hijas aprendían mucho más de la vida yendo de aquí para allá que calentando la silla en un pupitre. Creo que el gitano no tenía razón. Y, sin embargo, me dejó para siempre con la duda de si los payos somos un hatajo de avaros que llevamos una vida gris y patética sacrificando nuestra felicidad al altar de la vivienda en propiedad, la pensión y el puesto de trabajo estable.





En cualquier caso, yo no soy un gitano. Hubo un tiempo en que mis cosas estaban repartidas por cuatro o cinco sitios distintos bastante alejados entre sí. Me desplazaba largos trayectos con frecuencia y no sabía si al día siguiente iba a tener trabajo. Fue hermoso, pero no quiero que me vuelva a pasar. ¿Saben por qué? Porque, aparte de que uno se va haciendo mayor, he llegado a la conclusión de que cuando se es pobre y nómada tus derechos cuentan menos. Si estás alquilado te maltratará probablemente el dueño, si no tienes un buen seguro irás, con suerte, a parar al médico con más mala uva, si duermes bajo un puente es más fácil que vengan unos niñatos y te prendan fuego tras rociarte de gasolina... Funciona así la cosa.


Sinceramente, no quiero nada de eso para mí ni para los que amo. Pero es que además tengo la sospecha que ni gitanos españoles o rumanos, ni inmigrantes de ningún lugar, por pobres que sea, lo quieren para sí. Intuyo más bien que a la mayoría de las personas les avía mejor tener una vivienda y un trabajo dignos, ser atendidos en un buen hospital y poder salir por calles no infestadas de ratas y de mierda.

Yo no soy un gitano, ni tampoco Shakira. Ni siquiera sé si son gitanos los gitanos.


2. Jamás he entendido la aversión tan profunda que despierta Rodríguez Zapatero en la derecha española, salvo si -como sospecho- aparecer diariamente como la Encarnación de Belcebú en los diarios y emisoras más reaccionarios sea el peaje a pagar -por muy bien que uno lo haga- por el hecho de querer gobernar el país siendo de izquierdas. A mí, que me siento en las antípodas de toda esa gente, lo que el caballero me ha despertado en las últimas horas se parece mucho a la lástima. Que la indignación de la comisaria Reding -tras cumplir con su deber de ser consecuente con el espíritu y la letra de los fundamentos legales y éticos de la unidad europea- la convierta en poco menos que una heroína solitaria ante la miserable connivencia con el gobierno francés que han mostrado la mayoría de responsables políticos, es ciertamente preocupante. Porque todo hace pensar que, cuando las naciones se reúnen y trazan rimbombantes acuerdos cargados de corrección política y tonos humanitarios y éticos, en realidad no tienen la intención de cumplirlos.



¿Conseguirá el gobierno Sarkozy presentar la deportación masiva de gitanos rumanos como una decisión sujeta a la estricta legalidad local? No lo sé, pero a mí me explicaron hace tiempo que cualquier ley europea sobre derechos fundamentales tiene más valor que un reglamento local, y eso suponiendo que Francia -esa nación a la que tanto admirábamos- considere que se puede expulsar del territorio de la República a personas que no han cometido más delito que el de ser pobres y gitanas. Yo crecí creyendo que la de Voltaire y Rousseau era la tierra de acogida por antonomasia... y que en Europa los problemas humanitarios no habían de someterse como en otros lugares a la tiranía de los intereses de los mercaderes o a la del voto populista. Pero es lo que tiene ser pobre y extranjero. Viene pasando desde siempre: uno está amenazado de convertirse en chivo expiatorio de las crisis, las guerras, las pestes o las inundaciones. Y algo peor, si yo fuera gitano me asustaría cada vez que un presidente pierde popularidad: para recuperarla puede ocurrírsele imitar a Sarkozy y meterme en el primer avión.



En cuanto a nuestro entrañable presidente... un gran ejercicio de responsabilidad el suyo, apoyando a Sarko para devolverle los favores respecto al terrorismo. Y además, en el fondo sabe que esto de deportar poblaciones problemáticas tampoco desgasta mucho electoralmente. No sea que a la gente le dé por pensar que lo de amenazar a los inmigrantes es cosa solo de la derecha y empiecen a pasarse masivamente al PP. No pretendo que juegue a héroe, no pretendo que tenga las agallas de la comisaria de la UE, entre otras cosas porque para ser alguien admirable hay que tener madera para algo más que burócrata o diplomático. Pero como mínimo podría haberse callado la boquita. Qué pena, qué personaje tan olvidable.






Y, por cierto, Reding tiene razón. La tiene en todo, también en la comparación con ciertos procedimientos que se hicieron habituales en Europa durante la primera mitad del Siglo XX. Y ya que nos referimos a tiempos tan convulsos, se me ocurre una pregunta: ¿qué pasaría si en vez de a zíngaros se expulsara a contingentes de población judíos? Lo digo por el precedente del proyecto nazi de limpieza étnica, que convirtió al gitano en el segundo contingente de población con más asesinatos durante aquellos años tenebrosos. (Cerca de un cuarto de millón de gitanos fueron asesinados por los nazis, es decir, que un cuarto de los romanís de Europa desaparecieron como consecuencia de lo que, sin lugar a dudas, hay que entender como un proyecto genocida)
Y otra: ¿qué leyes se ponen en Europa para cumplirse y cuáles para no cumplirse?

Y una última: ¿expulsará Sarkozy a Shakira cuando pase por tierras galas? Dice que es una gitana, y además, ya tiene antecedentes policiales: en Barcelona se bañó en una fuente -que queda muy "gypsi"- y subió a una moto sin el casco. Yo, por suerte, no soy gitano ni semita y sí cristiano viejo. O eso es al menos lo que me han dicho en casa.

3 comments:

josé luis cervera said...

Está claro que no se aprende de la historia, sólo con oír la palabra "deportación masiva" uno se estremece. ¿Qué pasa con la memoria histórica? Nunca se aprenderá de los errores y horrores del pasado.
José Luis.

Anonymous said...

Ha elegido un tema controvertido y del que tengo una opinión muy mediatizada por mi trabajo.
En este caso etnia y miseria van unidas y desde ahí hay que entender estar reacciones desproporcionadas del gobierno Francés. No gusta ver en tu propia casa a gente diferente en su manera de entender el mundo, sino que además nos obligan a ver lo que no queremos: la marginalidad, la exclusión, la miseria -que no es sólo pobreza- .
Estos gitanos rumanos, los que también tenemos asentados en chabolas en nuestra propia ciudad son los gitanos españoles de los años 60, viven en unas condiciones que hay que verlas para creerlas, y claro eso no gusta. Aún siendo pueblos totalmente nómadas, me he preguntado ¿quién puede irse así, de un día para otro?¿a donde irán?

Ahora, al igual que en nuestra historia Europea reciente las persecuciones y las expulsiones se han producido sin que nadie hiciese nada.
Acabo de releer la historia de Milena y de Evgenia Ginzburg ,mientras sucedían aquellos hechos nadie hacia nada porque la realidad parecía tan sólida que nadie quería ni podía imaginar que se pudiese transformar y ser el escenario de unos acontecimientos vergonzosos.
Saludos R.

David P.Montesinos said...

Entreveo a Muñoz Molina en el trasfondo de algunas de sus lecturas, R, pues imagino que los textos a los que se refiere, son "Milena", de Burber Neumann y "El vértigo", de E.Ginzburg. Fíjese, en la biblioteca de casa estuvo toda la vida sin yo leerlo el Cartas a Milena de Kafka. Lo fui posponiendo porque me atraían más los relatos más célebres del autor praguense. Recientemente, en el museo Kafka de Mala Strana, en Praga, me enteré de que la famosa Milena -en realidad un amor más platónico que otra cosa en Franz- había muerto en un campo nazi. Milena salvó justamente las cartas de Kafka, completando así la labor de salvación iniciada por Max Brod. Descubro que Milena Jesenskà es, después de todo, bastante más que la segunda albacea literaria de Kafka. Entre ella y Ginzburg parece haber algo en común: la trágica peripecia vital, claro, y el testimonio imprescindible de dos mujeres entre el monstruoso victimario que dejaron atrás los totalitarismos.

No es caprichosa la asociación con el tema que nos ocupa. Más que elegirlo yo, diría que es él el que nos elige. Personas como usted o como yo leemos con frecuencia sobre ciertas cosas que ocurrieron en Europa hace ya muchos años. Y es verdad lo que usted dice, muchas de ellas, a lo mejor las más monstruosas, ocurrieron un poco como en sordina. Temo que estas tragedias sobre las que luego la humanidad levanta museos y hace penitencia durante siglos empiezan en decisiones de un politicastro que, no lo olvido, sabe que va a obtener adhesiones populares con ello.

Etnia y miseria van unidas, desde luego. Nada mas fácil ni más miserable que criminalizar la pobreza.