
EL 15M Y SUS ENEMIGOS
Es fácil entender la aversión que el 15M genera en la derecha española. Ya sabemos cómo suena esta música: perro-flautas, antisistema, grupúsculos violentos...Cuando desde este segmento ideológico no se dispone de las claves intelectuales y éticas para interpretar adecuadamente un fenómeno social, se echa mano de los tópicos más simplistas; si alguien anda corto de existencias, siempre puede reciclarse con un ratito de Intereconomía o La Razón y problema resuelto. Además, y gracias a sus brillantes analistas, si no hay bastante con asociar el 15M con enmascarados con rastas que queman contenedores y lanzan piedras a la policía, siempre podemos decir que tras los Indignados está Rubalcaba, el cual, por lo visto, viene organizando desde la sombra todas las algaradas callejeras contra el PP desde las bombas de Atocha.

Por otra parte, y cuando desde los medios ultra se insiste aún ahora en que la gestión de ZP está en el origen de la crisis -en lo que ésta tenga de producto local-, se advierte demasiado pronto la incongruencia ante casos como el valenciano, donde la ecuación que asocia especulación inmobiliaria, derroche en fastos, corrupción y gobierno de derechas asoma con meridianos contornos.
La derecha, en suma, no entiendo nada del 15M porque jamás aceptará que todos los logros que históricamente han ido configurando unas sociedades más habitables han resultado de movimientos populares. Gobernadas o no por los sabios, son las masas las que han sustituido las antiguas satrapías por estados de derecho, el vasallaje por la ciudadanía, y los caciques por instituciones. Son movimientos como el de los Indignados los que habrán de convencer al mundo de que el modelo de globalización que se está imponiendo es insostenible, de igual manera que han sido corrientes de protesta y reivindicación las que conquistaron la emancipación de la mujer, el sufragio universal, el divorcio, la escolarización universal, el final de la militarización obligatoria o las bodas gays. Los reaccionarios que difamaron insistentemente a sus defensores gozan hoy -ellos o sus hijos- de todos estos logros.

Miren, yo he visto a octogenarios que vivieron los bombardeos de las tropas de Franco sentarse a duras penas en el suelo para participar en una asamblea del 15M porque, desde la legalización del PC o los momentos más activo del movimiento asambleario vecinal de los años de la Transición, no habían tenido tanto la sensación de que la democracia tuviera algo que ver con lo que soñaron durante la interminable noche del tirano.

Nos hemos pasado la vida acusando a los jóvenes de indeferentes, pasivos y consumistas. Siempre me acuerdo de cierto profesor de la Facultad que nos espetó irritado aquello de "tenéis una revolución pendiente". (Sospecho que, mientras sus coetáneos corrían delante de los grises, él andaba por casa, bien calentito en sus zapatillas, tratando de desentrañar las claves de El Capital, una labor por cierto particularmente inútil, pues no hay quien se trague dicho libro, y menos si lo intenta con ayuda de la pelma de Marta Harnecker) Los campamentos han sido un aprendizaje, tienen un valor formativo cuyas consecuencias sólo podrán evaluarse con el tiempo. Quizá parezca una experiencia fugaz, pero, sin olvidar las condiciones locales de España, esta movimiento se integra en una tradición de reivindicación social a nivel mundial que, desde las protestas de Davos, Seattle y Porto Alegre contra la globalización económica, está vertebrando la cultura de resistencia contra las nuevas formas de dominio de la era de Internet.
Que la reacción sospeche de los campamentos de Indignados es normal, pues ser de derechas consiste en aceptar que el dolor y la desigualdad son un precio justo a pagar por la prosperidad y el lujo de determinadas minorías. Si se habla tanto de grupúsculos violentos y perroflautas es porque a la gente de derechas le pone muy nerviosa ver a la gente reunida en asambleas masivas intercambiando ideas. Que eso mismo sea visto con recelo desde la izquierda, eso sí me deja perplejo.

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