Saturday, February 06, 2016

EL VALENCIA


Yo he visto a Kempes, hace casi cuarenta años, revolverse de manera inverosímil mientras hacía flotar el balón en el aire y sacar, como un chispazo, una volea de derecha que dejó al portero del At. Madrid clavado en la portería de Mestalla, mirando la dirección de aquel -como cantaría Silvio Rodríguez- "disparo de fuego". Ese y otros recuerdos no se perderán, como lágrimas en la lluvia, porque forman parte de una memoria compartida, e incluso quienes nunca lo vieron llegarán a creer haberlo visto, ya nos encargaremos. Cuando te las das de intelectual te rodea el vacío en cuanto tus allegados, que por lo visto sólo ven películas de Bergman, te imaginan en un estadio, aspirando el humo de los puros e insultando a un tipo que no te ha hecho nada. El fútbol, como una mascletá, como los conciertos de rock -cuando el rock es de verdad- desencadena emociones que enraízan en lo más profundo de ese alma de homínido que nos sostiene mucho antes que el retrato civilizado y burgués que nos hemos construido para hacernos presentables en sociedad. 


Sólo es un juego, claro. Además, para serles sincero, ya no estoy tan seguro como en mi juventud de que me guste el fútbol; de hecho ya no suelo ver partidos, ni siquiera los supuestamente interesantes. Creo que lo que me gusta es el Valencia, bueno, más que gustarme, diría que es como cuando te sale un hijo tonto: intento protegerlo pese a que casi nunca me da más que disgustos. Es como si debiera aferrarme obligadamente a un extraño tesoro que me legaron mis ancestros y cuidarlo hasta las últimas consecuencias. A menudo me apetece desprenderme de él, pero algo muy atávico que se instaló en mi corazón hace milenios me dice que si lo abandono a su suerte el mundo se destruirá. Sí, soy imbécil, pero el que no malgaste su vida con cosas que a los demás les parecen insignificantes que lance la primera piedra. 

Hace tres lustros, Paco Roig, que aspiraba a volver a presidir el club que se había encargado de destruir y saquear, afirmó que podía conseguir en derechos televisivos el mismo dinero que el Barça y el Madrid. El periodista lo puso en duda, Roig contestó: "Ah, però ¿és que cree vosté que els valencians son menys que els catalans i els madrilenys?". Roig llegó a la presidencia del Valencia cuando logró convencer a la pueril masa social del club de que el anterior presidente, Arturo Tuzón, era un paleto sin ambiciones que se negaba en redondo a contratar al genial Romario. Su trabajo incansable y su rechazo a toda forma de despilfarro devolvieron al Valencia a la grandeza que se había perdido en los ochenta, cuando, precisamente merced al despilfarro megalómano de sus antecesores, la entidad acabó en quiebra y descendida a la segunda división. 


Roig cumplió su promesa, fichó a Romario, un zángano impresentable, e instaló al club en la senda de la deuda hiperbólica de la que ya nunca hemos salido. Después todos sus desmanes llegaron a parecer poca cosa cuando Joan Soler consumó la devastación del Valencia, al que convirtió en cautivo de la burbuja inmobiliaria y de su absoluta incapacidad para gestionar nada. "Eso no es dinero", contestó cuando alguien aventuró la cifra astronómica que podrían suponer las faraónicas inversiones con las que pretendía convertir el VCF en poco menos que una multinacional del fútbol. Soler quería pasar a la historia del Valencia y que le hicieran una estatua en la Plaça de l´Afició... lo primero lo ha conseguido. Lo que hizo con David Albelda, intentar destruirle simplemente porque le miraba con altivez, debe hacernos pensar con envidia en la manera en que el Barça trató en su despedida a héroes del club como Puyol o Xavi. 


¿Por qué el valencianismo le aguantó todos aquellos dislates a Soler y no le pasó ni una a Tuzón o a Llorente? Creo que por la misma razón por la que se dejó manejar por Amadeo Salvo, uno de los mayores farsantes que he visto en el mundo del fútbol -y he visto infinidad- y el personaje que, mejorando a Roig o Soler, podría pasar a la historia como el que condujo al Valencia a su armagedón. Salvo se empeñó en que el club vendiera el alma a un millonario de Singapur, Peter Lim, que aparece en la lista Forbes. "No había otro remedio", dijeron unos... Los demás -aficionados y medios, con la honrosa excepción de la Cadena Ser- se creyeron que había llegado el Rey Midas y que el Valencia volvería a ser la princesa más guapa de todos los reinos. Pero el problema de vender el alma es que dejas de tenerla, y un club de fútbol sin alma no puede existir, pues aunque esto Lim es incapaz de entenderlo, no es una simple empresa que se puede gobernar como se gobierna una asesoría o una franquicia de hamburguesas. 

Sabemos que la globalización no es mala necesariamente. Cuando se asume como un tsunami que arrasa con todo para imponer esa lógica feroz y simplista con la que los grandes mercaderes caminan como mamuts saltándose las reglas locales, entonces su consecuencia es el estrangulamiento de las identidades locales, es decir, el desastre. Sería interesante hacer una relación de la cantidad -delirante, se lo aseguro- de futbolistas que han pasado por el Valencia en apenas cuatro años, y habría que incorporar a esa lista a infinidad de entrenadores, asesores y empleados de todo tipo... "Fútbol líquido", diría Zymunt Bauman, volatilidad enloquecida que impide que cuaje y permanezca nada que aspire a ser sólido. 


¿Por qué somos del Valencia?, diría mi hijo hipotético si estuviéramos en aquel anuncio tan acertado que hizo hace años el Atlético de Madrid. Yo está pregunta la tengo muy contestada. Soy del Valencia porque mi padre me llevaba al estadio desde los cuatro años... Y yo vivía aquel mundo de adultos que reaccionaban de manera tan extraña como si Mestalla fuera el Teatro de los Sueños. Cada gol de Keita o de Valdez era una emoción tan pura que tengo que pensar en cosas muy grandes de mi vida para encontrarles parangón. Creo que en Valencia tenemos un problema político y sociológico muy serio, y es un problema que sin duda se traslada al fútbol. Queremos creer que somos guapos y grandiosos sin necesitar esfuerzo para ello. Esa megalomanía pueril nos hace extraordinariamente vulnerables a que cualquier embaucador nos venda ilusión para estafarnos. El que una cuadrilla de bandidos nos haya gobernado durante dos décadas sin apenas oposición debería como poco dar lugar a un examen de conciencia. 

Luego perdemos siete a cero en el Nou Camp y nos deprimimos. Gracias, Messi, a ver si aprendemos. 

2 comments:

Anonymous said...

Parece ser que para nuestra generación todo se va al carajo. Tal vez tenían razón aquellos que nos bautizaron como “generación X”. La realidad es que cuando verdaderamente nos tocó “gestionar” la cagamos bien. Nuestra democracia es un chiste, la justicia… los club de futbol y toda índole, las políticas, nuestras calles, nuestra convivencia, nuestras perspectivas, nuestro mercado laboral, nuestro pésimo presente. La generación “x” hemos creado el mundo de la desilusión, del futuro incierto, de la duda, del enchufismo y el sálvese quien pueda, de la tonta tolerancia que permite sustituir a Handel por un batucada de cazurros aporreando un tambor. No es ciudadanamente correcto decir que se es pesimista, por tanto diré que soy optimista de un mundo donde ya no pintemos nada.

MA

David P.Montesinos said...

No me considero exactamente miembro de la llamada Generación X. Su pesimismo, amigo MA, es, como dirían en valenciano, "aclaparador". El mío intenta navegar por aguas algo menos revueltas. Trato de ser lúcido: la hemos cagado en muchas cosas, en todas espero que no.