Saturday, November 10, 2007









ENERGÚMENOS

Bien mirado, la diferenciación que tendemos a hacer entre almas pacíficas y asesinos profesionales deja por su esquematismo algunos espacios en blanco. Es cierto que existen matones a sueldo cuyo trabajo –nada personal, sólo negocios- consiste en pegarte un tiro en las encías o partirte las piernas, y que de igual manera, hay personas que, sin haber leído nunca a Gandhi ni fumado porros en una comuna hippie, piensan que lo más inteligente es ir eludiendo las numerosas situaciones cotidianas en que se huele que a uno le pueden partir la cara. Claro que, entre estos dos extremos, hay importantes zonas grises. ¿No tienen ustedes la sensación de que algunos de sus vecinos destacan fundamentalmente por su agresividad? Hay una tendencia ideológica muy extendida entre los adultos a culpabilizar de los desórdenes sociales a los jóvenes, lo cual tendría mucho de cierto –la barbarie del botellón o la odiosa costumbre de poner el altavoz de la radio del coche a un volumen infernal son, entre otras muchas lindezas, prueba de ello-, de no ser porque algunas actitudes de los mayores rivalizan con aquéllas.



No estoy hablando de mafiosos, ni siquiera de outsiders vencidos por el alcoholismo y la sensación –demoledora honestidad- de ser unos absolutos fracasados. No, no, yo me refiero a tipos muy integrados y convencidos de su normalidad y su hombría de bien. Los hay que a pesar de ser unos mierdas dedicados a obedecer servilmente a algún tiranuelo, pasan sus días al lado de una esposa débil y desgraciada que les da la razón en todo o de unos hijos que les engañan a cada minuto haciéndoles creer que les obedecen. Estos tipos siempre aparentan estar orgullosos porque se acaban de comprar un volvo o su hija –que suele ser más fea y estúpida de lo que ellos creen- se permiten el lujo de hablarte con tono engolado y mirarte por encima del hombro mientras sus perros lanosos se cagan en el jardín de tu vivienda sin que ellos se dignen a limpiarla, algo que les resultaría intolerable si lo hicieran los perros de otros en la suya, y mucho más si son inmigrantes. Conozco a un aficionado al psicoanálisis que afirma que este tipo de personalidad es característico de personas fuertemente acomplejadas, de ahí que necesiten deambular con sus perracos por las calles sacando el pecho como pavos reales. La verdad, me importa bien poco si su problema es ese, si es que en en fondo son homosexuales reprimidos o si es que su abuela abusaba de ellos los domingos, lo que de verdad me molesta es que sus perros se caguen en mi casa.



Hablando de familias, siempre he pensado que quienes “creen mucho en la familia” o consideran que es moralmente superior casarse y tener hijos que no hacerlo, son como un amigo que me dijo todo serio que era intrínsecamente mejor ser del Madrid que del Barça, o cierto homosexual que me ilustró respecto a lo mucho que me estaba perdiendo por llevar toda la vida sin ser penetrado analmente. Muchísimas personas, sin necesidad de ser asesoradas por el cura de turno, van por ahí reprochándome el hecho de no tener descendencia. “Como un árbol sin frutos”, me dijo una vez una amable señora, y me gustó tanto la metáfora que decidí imitar a tan dignas criaturas. Es bastante frecuente que quienes te hacen tal reproche, te muestren de vez en cuando un cierto sentimiento de superioridad, como si por el hecho de tener a un par de pequeños gorrones en casa sus asuntos fueran más prioritarios y solemnes que los míos. “Quédate de guardia, tú, que hoy viene a cenar la novia de mi hijo” o “¡cómo os lo pasáis, eh!”. Me ha pasado ya varias veces que alguno de estos me ha endosado a su sobrino o se me ha instalado en el piso porque, al no tener hijos, parece que estoy en una especie de situación de interinidad con la vida, de tal manera que no debe importarme que me esté meando y no pueda entrar porque está ocupado por alguien con quien jamás pedí compartir mi vida. Quizá su secreto proyecto es el de amargarme la vida para convencerme de que es mejor tener familia; y puede que tengan razón, ya que de esa forma yo encontraría una excusa para enviarles a todos a la mierda, aunque sospecho que su única verdadera pretensión es aprovecharse de que soy medio idiota y que con un par de palabras se me pueden sacar hasta los higadillos.

Volviendo a nuestro amigo, el de los perros cagones y las hijas feas como demonios, el pasado fin de semana corroboré que algo que siempre me ha gustado como es el deporte puede envenenarse hasta volverse negro negrísimo cuando interviene la institución familiar, especialmente si las deportistas son féminas. Alguien dijo a mi madre hace muchos años que tuviera cuidado con meter a sus hijas al baloncesto porque era “un nido de lesbianas”. Aquel tipo compraba en exceso el Penthouse –sí, esa revista de tetitas glamurosas donde había chicas guapas haciendo como que se hacen cositas con la lengua-, que es lo que permite a los reaccionarios seguir odiando a negros, maricones y demás sin dejar de disfrutar de su cuota de morbo. Se equivocaba, el baloncesto no es un nido de bolleras -¿y qué si lo fuera?-, pero es algo mucho peor: un nido de padres.
Lo he visto muchísimas veces, casi tantas como he acudido con mi jovial cara de tonto a las tres a presenciar un partido entre chavales al polideportivo de mi barrio. Nada sobre la cancha que no me resultara reconocible: sudor, alegría, frustración, un árbitro que a veces se equivoca, algún codazo bajo canasta… un lugar decente en suma… Pero la decencia se acaba con la primera
irrupción estelar de los verdaderos cracks: los padres de las niñas. He visto a tipejos que luego van a misa soltándole alaridos al árbitro, al entrenador contrario y, lo más odioso, a las jugadoras rivales de su hija. Me parece natural que dos jugadoras tengan una disputa por algún exceso de agresividad, pero los gritos del papá de turno contra la que discute con su hija… resulta difícil imaginar pedagogía más nefasta. Claro que, ¿por qué esperar sutilezas pedagógicas de un mamífero? No hay gran diferencia entre los adolescentes en celo que hablan a grititos o se pegan empujones cuando aparecen las hembras y la actitud que muchos progenitores tienen cuando alguien tiene la osadía de tocar a su hija. Estoy cansado de verlo en el mundo de la enseñanza. No olvidaré nunca a aquel repugnante energúmeno que cogió del cuello a un compañero –magnífico profesor y amigo, por cierto- al grito de “¡cómo suspendas a mi chiquilla!”… no lo olvidaré por el mal de conciencia que me ha quedado por no acudir a defender a mi amigo como lo haría Alatriste: “¿Qué harás si suspende a tu chiquilla, hijo de una cerda rabiosa?”




Quizá no haya nada más lindo que la familia unida, ya lo decía Fofito, el payaso de la tele, pero acuérdense de que, por pura probabilidad, son igual de impresentables, se hacen tantas pajas y fuman tantos porros como los hijos del vecino, que a ustedes les parecen que son una desgracia de hijos. Han salido a sus padres, como los de ustedes, por eso los hijos de un vecino llevan a su perro a cagar a mi casa.







Pdta: Dedicado a los chavales –conozco a alguno- que los fines de semana se sacan unas perrillas arbitrando partidos y aguantando a padres que quieren mucho a sus hijos. Dedicado a quienes aceptan morir sólos, tan dignos como quienes saben que morirán pobres. Y dedicado, es de ley, a quienes limpian las mierdas callejeras de sus chuchos. Dedicado, finalmente, a los árboles sin frutos, que sobrevivirán -tengo fe en ello- a la extinción del homo sapiens.

Friday, November 02, 2007




ZONAS SENSIBLES


Si escuchamos a autores de línea crítica tradicional –aunque adaptado su discurso a los nuevas tecnologías de poder de nuestro tiempo- como Ignacio Ramonet o Noam Chomsky*, uno advierte que la contrainformación –entendida como una forma radical y antisistema de propagación de la verdad- abre la única vía posible de resistencia frente a los monstruos comunicacionales que están haciendo mutar de manera sumamente inquietante los sistemas democráticos, convertidos ahora al socaire de la globalización y la revolución internáutica en democracias catódicas, capaces de desarrollar y perfeccionar cada vez más unos mecanismos de construcción de consenso y uniformización de la opinión que recuerdan las viejas advertencias de Orwell o Huxley.*




Si escuchamos por el contrario a los denominados “autores postmodernos”, a los que en ningún caso debemos confundir por pura coherencia intelectual con los nuevos profetas del liberalismo como Fukuyama* o de la pura reacción ultraconservadora como Huntington*, corremos el riesgo de caer en un pesimismo aún mayor. Quienes como Jean Baudrillard*, adoraron a Andy Warhol, primer artista convencido de la inexistencia de una sustancia de verdad oculta tras la producción de signos, parecen asumir la imposibilidad de una Arcadia en que la información no nos llegara ya convertida en mercancía.


Pesimista sí, pero es la sensación que queda cuando tras ponerse delante de la pantalla uno piensa en lo que le están contando. Miren a Darfur y lean lo que ya hace algunos años dijo Baudrillard. “La desdicha, la miseria y el dolor de los demás se ha convertido en todas partes en la materia prima… Los que no lo explotan directamente y en nombre propio lo hacen por delegación, no faltan los mediadores que se cobran de paso su plusvalía financiera o simbólica. El déficit y la desgracia, al igual que la deuda internacional, se negocian y se revenden en el mercado especulativo.” Información global, masiva y en directo, el mundo visto en todos sus recodos como en el Google Earth desde la escuadrilla de satélites, una gran Casa del Hombre como la del programa televisivo Gran Hermano.

Pero, paradójicamente, la consecuencia no es el reforzamiento de los cauces de participación ciudadana, sino más bien lo contrario, el cortocircuito de los canales desde los que cabía hacer real –y no virtual- la respuesta. Abrumados por un exceso tal de informaciones que proliferan en todas direcciones, acabamos sumidos en el sofá con la sensación de anonadamiento propia de la suma cero. Irresponsables en el sentido más literal de la palabra, como esos niños que lloran en la cama ante las tragedias que abruman a sus padres, que escuchan todos sus gritos y discursiones desde la cama pero sin entender nada de lo que pasa, sabedores de su impotencia absoluta. Obsequiados casi al instante, a veces incluso en directo, con el don de la imagen del que se pega fuego a lo bonzo, experimentamos por un segundo la sensación de un enorme poder: "Mira, mira lo que está pasando", como cuando desperté a mi hermano medio adormilado en el 91 porque habían empezado a bombardear Bagdad y la cámara filmaba el saque inicial de aquel partido que prometía sernos retransmitido en directo, con sus anuncios, sus tertulias post y su banda sonora original.




Pero esa sensación de poder –inimaginable para un persona de hace menos de un siglo- contagia de inmediato su decepción cuando comprobamos que se trata sólo de un espectáculo, un espectáculo horroroso y atroz, pero ante el cual nosotros solo somos espectadores que, como en las salas de cine, pueden gritar aterrados y seguir comiendo palomitas o reírse de los gritos mientras juegan con el móvil. Así hasta el siguiente horror-show, un tsunami, una niña destrozada por los maleantes o por sus propios padres, un empleado objeto de mobbing y que reclama su condición de víctima…Ante todo ello uno puede sucumbir como quiere la religión a la sensación de que su bienestar es culpable, pagarle a una ONG o indignarse contra la inacción de nuestros políticos, pero seguiremos en todos esos casos dentro de la misma burbuja de impotencia. Somos como ese niño que, con la habitación vacía, imaginaba maravillosas aventuras porque el mundo de alguna forma era suyo, pero que ahora, cuando le han saturado toda la estancia de juegos caros y sofisticados, muere de aburrimiento tras el primer impacto de abrir las luminosas cajas con el cual empezó a morir lo único que acaso le hacía libre y fuerte: la imaginación. Nada nos vuelve tan idiotas como esa facultad que nos han escamoteado sin que nos resistiéramos.


¿Qué pasa en Darfur? No lo sabemos ni usted ni yo, y lo peor, pese a Chomsky y Ramonet, es que probablemente no podamos saberlo.









*Informaré en los posts sobre los autores referidos

Saturday, October 20, 2007








ESTAMBUL.

LA CIUDAD (II)






7. A las siete de la tarde suena la voz del imam, los vendedores del Gran Bazar corren como posesos de aquí para allá, algunos transportan comida… casi parece que está a punto de estallar una revuelta. “Es el Ramadán”, me recuerda alguien, “están desesperados de hambre, se reúnen para comer después de un largo día de interminable ayuno”.






8. No sé regatear, no entiendo esa lógica del zoco, y acaso sea eso lo que me fascina. El mercader no quiere –no sólo quiere- mi dinero, quiere desafiarme, hacerme creer que yo domino el juego mientras es él secretamente quien mueve los hilos de la negociación. Soy un hombre triste e inseguro para aceptar el juego… Como católico de origen, me resisto a ver lo que de virtuoso hay en el dinero. Para él es cuestión de amor propio derrotarme, que no es otra cosa que engatusarme, dejar que me vaya enredando en la tela de araña que va tejiendo a base de gestos teatrales y palabras amistosas… es lo que se viene haciendo en los zocos desde hace siglos con las especias y las alfombras. El mercado árabe es un juego de espejos donde todos se miran: es el honor lo que está en juego.




9. Las tribus del mundo opulento tardoindustrial son las únicas en las que la fama es culpable, por eso los más rastreros de entre los hijos de perra salen en la tele. Entre los pueblos no sometidos a una modernización reflexiva, lo verdaderamente urgente es escontrar al escriba, al eskalda, al juglar que relate mis hazañas. Somos incapaces de entender esto porque ya no creemos en el prestigio.




10. El ruido de una sirena que llega desde el Bósforo suena a lamento. Estambul vive en el centro de su propia nube de amargura, la Ciudad es la decadencia en estado puro. Nada parece hacer honor a su gloria pasada: no es capital de Estado -¿alguien visita Ankara?-, pero los estambulíes tampoco entienden porque se les visita a ellos. Dicen los analistas que la ciudad se halla en la encrucijada, a medio camino entre el rigorismo de los barrios integristas como el de Eyyup, donde se venera la tumba de uno de los amigos del profeta, y el chollo oportunista de ponerse de moda y ser “destino turístico atractivo y sin conflictos ni grandes molestias”. Como una vieja reina, arrastra su belleza caduca pero, misteriosamente, su atractivo es acaso mayor de lo que nunca.

11. Según Orhan Pamuk el occidental es raramente capaz de percibir la amargura que habita el alma de los estambulíes. Yo la percibí en la cola de distribución de comidas que se forma al caer las noches durante el Ramadán junto a la plaza de Sultanahmet. Un hombre mayor, cogido de la mano de un niño, inclinaba su rostro avergonzado sobre la pared de espaldas a la calle. Estaba llorando. Caer en la categoría de mendigo es la peor de las pesadillas para un cabeza de familia.




12. Quince millones de habitantes, casi medio millón más cada año, frente a la cifra veinte veces menor de apenas hace medio siglo. Si uno se olvida de la luz del atardecer sobre las mezquitas, observa prosaicamente que ya no es mucho más que una de esas ciudades monstruosas de aluvión cuya luminosidad se advierte desde los satélites, el destino final de la interminable procesión de siervos campesinos sin trabajo que bajan de Anatolia. Demasiada pobreza, demasiados contrastes, la asimilación occidental de un país que pese a todo cree que va a ser aceptado entre los europeos pese a su condición islámica… hay niños nacidos en Estambul que no han visto el Bósforo. En realidad, dice el magnífico Pamuk, ya nadie consigue sentir Estambul como su hogar.

13. Advertir la belleza de Estambul supone tener la mirada de un occidental. Por ejemplo la de Melling, que pintó los paisajes del Bósforo henchidos de romanticismo, con todas aquellas casas señoriales de madera que, como cuenta Pamuk, ardieron después irremediablemente una tras otra. También Flaubert, que vivió aquí, o los propios escritores estambulíes, que intentaron apresar en su escritura la mirada de uno de aquellos extranjeros a los cuales intentaban parecerse.



14. Cientos de pescadores se agolpan en las barandillas del Puente Galata. Anochece, el sol se oculta entre los minaretes de la Mezquita de Suleymán, y yo no creo merecer tanta belleza. Huele a mar de petróleo y a pescado frito y aceitoso. La gente habla a voz en grito en medio del hervidero del muelle de Eminönü. Los automóviles pasan sin delicadeza entre la gente. Es un falso caos, todo parece extrañamente controlado.


15. No entiendo Estambul. Pero esto ya me pasó con otras cosas que amé.

16. Dice Pamuk que “La amargura que proporcionaba la sensación de hundimiento que dejó el imperio otomano, la pobreza y las ruinas que cubren la ciudad han sido cosas que han definido Estambul a lo largo de mi vida. Toda mi vida ha transcurrido combatiendo dicha amargura o, por fin, como todos los estambulíes, asumiéndola.” Y continúa unas líneas más abajo “A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura (pero una voz interior me dice que en realidad eso ha sido una suerte).






Thursday, October 11, 2007




ESTAMBUL.
LA CIUDAD. I





1. A poco que uno rasca en la superficie, lo que descubre no es sólo Bizancio, es más que eso, descubre que está en las entrañas del mundo. Los inmensos barcos cargados de petróleo que atraviesan el Bósforo desde el Mar Negro o Asia se adelantan unos a otros desoyendo la llamada al rezo del imam… sin duda desconocen que Estambul significa “La Ciudad”

2. Los gigantescos anagramas de Santa Sofía no significan nada en realidad. Son por sí mismos imponentes, se autorrefieren, proclaman su propia grandeza en el juego de designar la grandeza de Dios. Así es esa basílica prodigiosa que uno se ve obligado a amar ya para siempre, así es Santa Sofía, vaciada cientos de años atrás como una mujer desprovista de sus atributos por un cirujano y sin embargo más madre que nunca. La época en que los iconoclastas bizantinos destruyeron todos los objetos del interior del templo fue pura torpeza, no hubo manera de robarle nada en verdad. Resentidos contra los signos porque presuntamente suplantan el contenido espiritual que representan, los iconoclastas, como los que queman libros o banderas, sufren la peor de las calamidades, la amargura del destructor que toma como excusa la exigencia moral de que la Verdad resplandezca. Pero la verdad no es nada sin sus signos, mejor, no es sino sus signos.
3. Pese a todo, Dios se presiente por todas partes en ese vacío espectral bajo las bóvedas. La fe de las masas se vuelve una fuerza ciclópea en esos tiempos memorables que hacen grandes a ciudades como ésta, tiempos que casi siempre ya han pasado. Ser de Estambul, como Orhan Pamuk, supone cargar con esa melancolía de por vida.

4. Ya nadie se atreve a llevar la cuenta de las mezquitas de Estambul. Se habla de más de dos mil, pero se desconoce el número exacto. El viajero comete el mismo error. Topas con una mezquita, por ejemplo, la de la zona de pescadores de Eminönü, crees que era la que buscabas, la camí de Suleymán el Magnífico…piensas que es grandiosa, casi tanto como la Mezquita Azul… cuando descubres la confusión quedas atravesado por la promesa de otro templo aún mayor, aún más hermoso.

5. Lo sé, Turquía no es una nación árabe, Estambul es Europa sí… pero Pepita y yo somos en cualquier caso infieles en tierra sagrada… Y el mundo musulmán es refractario siempre. ¿A qué? A Occidente, a la Razón y su historia gloriosa, a nuestra superioridad autoproclamada. No hay ningún nicho ecológico cultural que proteger en Estambul, se protege sólo. Nada que temer en la llegada de McDonald´s, que vende hamburguesas manufacturadas por el rito Halal y sustituye los donuts por baklavas. Mientras los jóvenes turcos comen hamburguesas y chips, Coca Cola y McDonald´s extienden su imperio… Pero en el fondo son un fracaso. El Islam no puede macdonalizarse, sería como volver herbívoro a un león. El mundo árabe se ha instalado en el Nuevo Orden Mundial como the dark side porque al contrario que Japón o los tigres del Extremo Oriente, no simula convertirse al integrismo blanco y protestante que domina el mundo, no integra la información aunque lo parezca, ni siquiera traduce como –al precio del lost in traslation- hacen en Japón, los signos del neocolonialismo. Simplemente es lo Otro, el inquietante continente negro de lo que no se aviene a volverse intercambiable… no juega al juego de la mercancía del turbocapitalismo. No pierdan el tiempo intentando entender a los árabes, les saldrá tan mal como con los gitanos: son incomprensibles, y es justamente eso lo que les hace seductores.

















6. Nadie parece haber pensado que el xador es irónicamente lo contrario de lo que pretende ser, o de lo que dice que pretende ser. El xador vuelve seductora a la mujer, envuelve lo femenino con el misterio de un juego de signos en el que nuestra obsesión neurótica por la transparencia y la naturalidad han perdido definitivamente la batalla.

Sunday, September 23, 2007








POLÍTICOS
Y
MERCADERES


He practicado –y predicado- el abstencionismo activo desde el Referendum de la OTAN, es decir, desde que Felipe González, ilustre zar del socialismo español, vino –como diría Lázaro de Tormes- a “sacarme de mi natural inocencia”. Maticé ligeramente esta visión de las cosas hace aproximadamente un año, cuando después de una cena con generosa ingesta alcohólica se me ocurrió insinuar a los comensales que si los representantes del Partido Popular seguían insistiendo en que Zapatero era el mismísimo demonio, yo por primera vez en mi vida votaría, y lo haría justamente por el PSOE. La reacción de dos de los presentes, escandalizados ante la posibilidad de que “un buen tipo como tú” colaborara en la devastación de las Españas que Zapatero tramaba, me hizo convertir en algo serio lo que en aquel momento no era sino una baladronada. Cumplí mi promesa en las elecciones locales y autonómicas, pero debo reconocer que la voluntad de reforma de la que presume el Presidente del Gobierno me sigue oliendo por todas partes a marketing y arañazos de superficie. Quizá no puedan hacer más, pero entonces creo que quienes con tanta pasión defienden públicamente una causa deberían sufrir crisis de fe e identidad similares a las que me afectan a mí todos los lunes cuando veo que la semana laboral se me echa encima y mi equipo ha vuelto a perder.

Acabo de escuchar en la Cadena Ser lo que la locutora presenta como una “tertulia política”. Siempre pensé que las tertulias eran esas conversaciones de sobremesa en que la gente platica con cierta placidez entre el humo de un puro y el olor del café. En ésta, los protagonistas, tras felicitarse cortésmente por un cumpleaños o un nacimiento, pasan directamente a tirarse los trastos a la cabeza sin piedad. La diputada del PP recuerda al catalanista que no se puede pretender representar el centro político mientras uno sostiene propuestas independentistas, éste le devuelve la pelota refiriéndose a la purga de Piqué, el socialista le da la razón, pero a continuación alguien le recuerda que “vosotros también os habéis cargado a Rosa Díez”… Nula crítica, zafia incapacidad para ver la paja en otro ojo que el ajeno, mensajes rotundos pero falsos, porque, incluso cuando se dice la verdad, provienen de un estudio de marketing electoral donde el que escucha es tomado como cliente y no como ciudadano. Los políticos mienten, incluso los que no han leído a Maquiavelo… Claro que todos mentimos, sí, ya lo dice el Doctor House, todos somos malos, ¿por qué entonces pretender una superioridad moral de la ciudadanía frente a sus políticos?

Déjenme explicarles algo. No estoy en contra de la representación aunque, como lector de los viejos anarquistas, me extraña que los ciudadanos no sospechen de un mecanismo tan delicado y tan vulnerable a apropiaciones ilícitas e interpretaciones abusivas, tan abusivas como las que realizan los partidos políticos, esas máquinas burocráticas repletas de mediocres cuyo objetivo principal –quitémonos la ingenuidad de encima- es seguir viviendo de la misma fábula de la representación en la que nos hicieron creer desde la Universidad, cuando ya promovían manifestaciones y convocaban huelgas. Es Platón quien en La República recuerda insistentemente a su discípulo la necesidad de que la ciudad sea gobernada por aquellos que sólo muy a disgusto, sin ningún tipo de interés personal -como con un cierto rictus de fastidio- accedan a los cargos. Platón se habría escandalizado viendo hoy a los jefes de campaña chillar como jabalíes alborozados después de los primeros resultados electorales en los que, ya se sabe, han ganado sean del partido que sean.

El autor italiano Pino Aprile firma un libro de humor –y por tanto serio- titulado Elogio del imbécil, donde argumenta que el de la imbecilidad es el último estadio de la evolución de nuestra especie. Lo he comprobado desde que tengo uso de razón: a uno le preparan para admirar o envidiar la excelencia, pero terminan siendo los más necios, los que tienen menos escrúpulos, los que tienen alma de siervos… los que se lanzan ansiosos a abrazar esa cosa tan repugnante que llaman la “disciplina de partido”. Yo personalmente prefiero la teoría expuesta por Norbert Bilbenny en El idiota moral, donde, a vueltas con la figura del psicópata, detecta que la apatía moral, esa incapacidad para pensar desde la diferencia entre el bien y el mal, se ha convertido en el mal más extendido en nuestro tiempo, un tiempo en el cual las estadísticas de analfabetismo ya ni existen. El idiota moral no desarrolla su conducta amoral desde la perversidad o la transgresión, sino desde la banalidad. Tal y como esos malnacidos que venden un crecepelo o una operación de cirugía estética a una víctima desesperada, los políticos se asoman a los medios prometiendo acabar con la pobreza, desprecarizar el trabajo de los jóvenes o prohibir la producción de armas de combate… y después se van a la cama tranquilos, seguros de haber cumplido su deber, es decir, el de ayudar a la organización sindical o partitocrática a la que pertenecen a ganar un puñado de votos. Y a ellos a tener un poco más de dinero y poder.

¿Saben una cosa? No conozco a uno sólo de mis mejores alumnos que haya terminado dedicándose a la política. La mayoría de los que han entrado en partidos y ayuntamientos eran mediocres estudiantes, no creían firmemente en ninguna causa, llamaban ingenuos a los que se jugaban el pellejo por algo que mereciera la pena y eran tipos de los que la mayoría desconfiaba… A aquellos de los que he esperado grandes cosas los he visto después convertidos en futbolistas, empresarios, escritores, camareros o alcohólicos… pero a ninguno me lo encontré de concejal o diputado.
Ya puestos, y antes que tener a algún ex-alumno que me avergüence engañándonos para meternos en la OTAN o participando en el “Trío de las Azores”, mejor convertirse en Groucho Marx, dictador de Freedonia, y declararle la guerra a los vecinos de Tomania porque vienen a molestar cuando uno está durmiendo la siesta.

Sunday, September 09, 2007









AMNESIA
La Duquesa de Alba no debe saberlo, pero su línea genealógica, según ha demostrado la historiografía, proviene directamente de mozárabes, más en concreto de la familia de Esteban Illán, alcalde de Toledo en tiempos de las “tres culturas”. Son los mismos investigadores los que nos trasladan la historia de la familia Ben Furón, que podría ser la de tantos y tantos linajes españoles, y que podemos entender como historia de una deliberada desmemoria. Investigada en polvorientos archivos toledanos toda una larga serie de documentos producidos entre los siglos XIII y XV, advertimos que de la ortodoxa configuración onomástica árabe de Mateos ben Micael ben Furón, pasamos a su vástago Juan Mateos ben Furón, cuya identidad individual viene del primer nombre, pero que enlaza ya con el de su padre sin aplicar activamente el “ben” (o “ibn”, en árabe puro). Su hijo habría de llamarse Alfonso Juanes ben Furón, el siguiente Juan Alfonso ben Furón, y a partir de ahí desaparece el resto onomástico inicial, y el nombre Alfonso pasa a convertirse en guía de reconocimiento del linaje, apareciendo un llamado simplemente Juan Alfonso, que en el siglo XIV sería padre de Pedro Alfonso y así sucesivamente, ya sin restos extraños.

De todo este proceso podemos extraer una conclusión: la configuración histórica del sistema de patronímicos no responde tanto a una intención colectiva de ir precisando y perfeccionando –en suma, modernizando- el modelo identitario tanto como a la de ocultar unos orígenes impuros. No podemos extrañarnos de este tipo de procedimientos. La sustitución en el poder de unas tribus por otras genera una necesidad de adhesión, y de disolución del grumo en el caldo de lo colectivo, único remedio en muchos casos contra la marginación, la huida o el exterminio, lo cual termina pesando más que la vocación de sujetarse a la identidad forjada a través de los tiempos. Deberíamos no obstante plantearnos, más en el caso toledano casi en ningún otro, por qué tras la reconquista castellana de la ciudad no se elevó a santidad la categoría del mozárabe, ese “cristiano en tierra de moros” al que, por cierto, las nuevas autoridades necesitaron durante mucho tiempo. El problema es que aquellos mozárabes, pese a su condición de resistentes religiosos durante los largos siglos de dominación árabe, distaban mucho de ser un enemigo del Islam. Demasiada lengua árabe, demasiados ritos mimetizados al paso de los siglos, demasiadas costumbres convergentes con los derrotados ahora sometidos o puestos en fuga.

Este relato* nos pone sobre la pista de un fenómeno de la vida humana que viene preocupándome casi desde que me hice adulto: la necesidad del olvido, esa misteriosa fuerza disolvente que llega para quedarse en el alma de la personas y realiza su labor con abrumadora eficacia. Y les aseguro que los esfuerzos llegan a ser de una tenacidad admirable. En cierta novela, recuerdo la semblanza de un personaje que decía ser cubano, se comportaba y se divertía como un cubano, amaba como un cubano, vestía como tal… pero, para su desgracia, resulta que ni era cubano ni había estado nunca en tan hermosa isla… No nos hace falta aquí un novelista, la vida proporciona la suficiente materia prima para percatarnos de que los personajes de ficción construyeron ya su locura en las aceras de la vida real. Conocí a un tipo que vestía y se peinaba como un gitano… Uno lo veía continuamente cerca de ellos, defendía en los debates televisivos su causa, pero no como un payo solidario, sino como lo que decía o creía ser, un gitano entre otros. Nunca supe si los gitanos de verdad le consideraban un asimilado o le veían acercarse con tanta insistencia que se habían acostumbrado a su presencia y simplemente toleraban al payo renegao. Conocí a un hombre que vivía obsesionado desde adolescente con ser un catalán, y terminó viviendo en un barrio de la Barcelona profunda, hablando un catalán perfecto y votando a partidos nacionalistas… no es que le gustara Catalunya, es que era un catalán antes de vivir en el paraíso soñado –censo incluido-, con la misma lógica con que los transexuales dicen haber vivido en el “cuerpo equivocado”. Aquel hombre jamás aceptaba recordatorios sobre su origen en Motril ni reflexionaba sobre el hecho, para mí evidente, de que en Catalunya se le consideraba tan charnego como a cualquier charnego. Ese poder de lo catalán, o de lo vasco, para asimilar personas y fabricar raíces alternativas es admirable: conozco personas que han traducido nombres y apellidos sin tener la más mínima conexión genealógica, otras que se hicieron fanáticas seguidoras del Barça o del Joventut de Badalona o votantes del PNV pese a haber pasado toda su vida entre los viñedos de Valladolid. Poder de seducción, pero no exclusivo, ya que Antonio Gala –incómodo manchego- es sólo uno de los numerosos casos de andaluces interpuestos.

No niego a nadie el derecho a intentar ser lo que desee. Creo como Ortega que el hombre es proyecto, y de nada estoy más lejos que de recordar al transexual –maniobra fascista que detesto- que antes que Paula fue Manolo, como tampoco creo que se sea menos buen ciudadano catalán por el hecho de no llamarse Pujol sino Gutiérrez. Creo sin embargo que hay algo turbio en esa egonomía tan del tardocapitalismo que entroniza el principio del individuo libre haciéndonos creer que cualquier cosa es posible, que cualquier rasgo de identidad es adquirible en el mercado y puede uno terminar por desprenderse de él y sustituirlo por otra mercancía identitaria de oferta en el mercado.

El culto permanente al pasado y a la tradición llega a parecerme paranoico, nada más aburrido que esos tipos a los que la boca les huele a cerrado y que se pasan la vida dando la murga con “los clásicos”; pero deberíamos estar en guardia contra los empeños demasiado tenaces en promover la amnesia, y no sólo la histórica, ahora que tanto escándalo provoca en la España reaccionaria el empeño de algunos en desenterrar a los padres que les asesinó el bando victorioso con la humillante condena al silencio de los familiares, como si aquellos muertos nunca hubieran existido, como si quienes traicionaron la legalidad no hubieran hecho sino “restaurar el orden” con la propina de “cuarenta años de paz”.




Pero muchos olvidos no son estrictamente políticos. A mi tía Ana, al regreso de la próspera Alemania en el 65 después de cinco años como emigrante, no le pesó tanto la dictadura como la sensación de pobreza, de gente mal vestida, de Madrid llena de gente hambrienta de los secanos que parecía haberse refugiado temporalmente en un enorme campamento en medio de la meseta. Creo que es la pobreza lo que realmente queremos olvidar. España es un país de nuevos ricos, separados la mayoría del hambre –un hambre vergonzosa, intolerable- por una o dos generaciones. “Sí, aquí se pasó hambre, ya lo creo”, dicen con voz queda en el pueblo… Y no dan más datos, no nombran personas ni familias. Creo que es ese el hilo que del que tirar si queremos encontrar las causas del olvido.

Sigamos necesitando a los historiadores… escuchemos sobre todo a quienes saben quiénes somos y de qué venimos, a quienes tienen el coraje de decir: “yo sí me acuerdo”.











*Muy recomendable el estudio titulado Los que parecían árabes, de Francisco J. Hernández, en el número 224 de Revista de Occidente, bajo el genérico Al Andalus frente a España: un paraiso imaginario.

Wednesday, August 22, 2007



VIEJOS


Recientemente presencié una escena callejera que me hizo reflexionar. Un grupo de adolescentes –me enorgullezco de haber intervenido para avergonzarles- acosaba a un anciano que permanecía sentado en un banco del parque jurando en hebreo mientras aquel hatajo de miserables le lanzaban un revoltijo de piedras, risotadas e improperios. Es posible que el comportamiento de aquel hombre -la mano temblorosa sujetando el bastón y la explícita mala leche del que quiere reaccionar más rápido de lo que su cuerpo le permite- pudieran ya de por sí ser motivo de escarnio para tan adorables niños, pero no detecté en él más signos de anormalidad que los de la pura vejez, una vejez probablemente solitaria y malhumorada, una vejez no peor de la que nos espera a cualquiera si llegamos a alcanzarla. Acaso sea eso –la precarización de la ancianidad, la conversión de los viejos en anomalía, en residuo del sistema productivo, en figura pendiente de amortizar- lo que verdaderamente habría de preocuparnos.

Desde siempre fue común en mi vida ver los caminos, las plazas y los parques repletos de ancianos. El tío Justo –tío abuelo en realidad- nos daba una peseta a mi hermano y a mí cuando pasábamos en algún domingo de agosto por la avenida de Requena, pueblo de mi madre, y siempre tuve la impresión de que él, como aquellas dos ancianas sentadas permanentemente a la puerta de un jardín desde donde parecían vigilar el mundo entero, eran gente buena y poderosa, cíclopes con manos marcadas de azada y la expresión llena de arrugas de guerras y dolores cuya lógica se me escapaba pero que les conferían una misteriosa dignidad. He visto esos rituales de viejos que intercambian saludos y objetos y viejas que observan y sonríen en casi todos los pueblos españoles, especialmente en los de Andalucía … Quizá por ello me sorprendió tanto aquel pueblo de Alicante donde trabajé durante casi una década. No había ancianos por las calles, todo lo más pasaba a veces por la plaza uno de esos longevos de noventa y tantos al que no le pintan el Centro de Día ni el geriátrico. Creando un gran centro social para los viejos los ayuntamientos consiguen sus votos y los sacan de las calles. Convertida en reserva social, la Tercera Edad –qué odioso nombre- recibe el golpe de muerte, el último empujón que necesita para salir de nuestras vidas.

No es raro que nos resulten tan incomprensibles los gitanos, los chinos o los árabes, porque la consideración del anciano como figura viscosa, como peso muerto, como desecho no reciclable, es más bien propia de una cultura donde la rentabilidad inmediata se convierte en único criterio. Dice Jean Baudrillard en El intercambio simbólico y la muerte:

En otras formaciones sociales, la vejez existe verdaderamente, como base simbólica del grupo. El estatus de anciano, que perfecciona el de ancestro, es el más prestigioso. Los “años” son una riqueza real que se intercambia en autoridad, en poder; en cambio los años ganados no son sino años contables, acumulados sin poder intercambiarse.

Reconozco que me gusta esa imagen del viejo guerrero que muere luchando, pero no quiero necesitar al viejo en su puesto de trabajo para ganarse mi respeto. Lo he visto infinidad de veces: un joven pasa por delante de un anciano postrado y silencioso, tan pequeño, tan ajado, tan prescindible, se adivina fácilmente el cadáver que en él se prepara… pero resulta que aquel hombre fundó toda la civilización que el individuo en ese momento alcanza a ver. Lo dijo en Los funerales de la Mamá Grande un García Márquez con ojos de niño: Escuchad su historia, incrédulos del mundo entero.

“Viejo inútil”. Deberíamos sentirnos insultados, porque acaso estemos más cerca de lo que nos pensamos. Según Richard Sennett, es justamente ese –la descatalogación de la experiencia, y por tanto el desprestigio de la edad-uno de los principios rectores de la nueva economía. Y no hace falta tener setenta años para toparse de morros con la postergación que eso reporta. No es sólo que el experto es más renuente a olvidar lo que sabe y a pasearse por la epidermis de las cosas, disponiéndose a ejercer cada vez una función distinta tal y como pretende la nueva cultura empresarial, inspirada en figuras como Mac Donald´s… Es que, en contra del tópico de la rebeldía juvenil, el trabajador maduro, sea por tener una familia y una hipoteca, sea por predisposición al encabronamiento, tiende a buscar la solidaridad con otros damnificados y está menos dispuesto a abandonar la empresa a la primera contrariedad, cosa que suelen hacer los jóvenes que, acomodados al colchón familiar y la inexistencia de responsabilidades, se largan en cuanto la cosa no es satisfactoria.

Los empleados más viejos son más dueños de sí mismos y más críticos con sus jefes que los trabajadores más jóvenes. En los programas de reciclaje, los primeros se comportan de la misma manera que otros estudiantes maduros, esto es, juzgan el valor de la habilidad que se les ofrece y las maneras de enseñarla a la luz de su propia experiencia vital. El trabajador experimentado, hombre o mujer, enriquece el significado de lo que ha aprendido y juzga su valor en función de su pasado personal. El joven rebelde, por el contrario, es un estereotipo desmentido por muchos estudios sobre trabajadores jóvenes. (R.Sennett, La cultura del nuevo capitalismo)

No acabaré este artículo sin referirme a dos de los hombres que lo han inspirado. Uno es Rafael, ese anciano magnífico que gobierna con mano de hierro la asamblea de vecinos del bloque de viviendas donde vivo. Rafael es tenaz, honesto y parece ser feliz sintiéndose útil a la comunidad. Cuando hay cucarachas, es él quien les hace la guerra; cuando hay robos en la finca, es Rafael quien parece esperar como John Wayne a los malhechores entre las sombras para atraparlos; si los reparadores de la zanja del patio andan remolones, la mirada justiciera de este viejo león anda acechando… A uno le entran ganas de aplaudir cuando se cruza con Rafael, pero es el respetuoso saludo contenido el que conviene a un héroe. Y no deja de pensar en lo que daría por verle en el lugar de tantos y tantos miserables que pueblan parlamentos y concejalías… Claro que ahí no hay sitio para la gente como Rafael.

El otro es Zygmunt Bauman. Con ochenta y dos años, este anciano judío y errante ha publicado su enésimo libro, Miedo líquido, un ensayo cuya lectura promete tanto como cualquiera de las anteriores. Curiosamente, Bauman ha publicado la mayoría de sus ensayos en edad senil, en esos tiempos en que a uno no le da por recordar más que en batallitas para los nietos que huyó de Polonia cuando a los nazis les dio por creer que el mundo estaría mejor sin los judíos, que participó en la liberación de Berlín, que tuvo que huir del mundo comunista tras un progromo estalinista o que ni siquiera en Israel le quisieron demasiado. Es uno de los mayores escritores del mundo y se dedica a diagnosticar desde la autoridad y la experiencia un mundo postmoderno que parece licuársenos entre los dedos. Hablaremos de Bauman.




*La imagen final es un retrato del escritor Zygmunt Bauman