Tuesday, March 25, 2008





LA SEMANA SANTA









No siendo cercano a sacristías y albergando escasa disposición al arrepentimiento, debo reconocer que desde siempre he mirado con buenos ojos la Semana Santa. Y no estoy demasiado seguro de que la Iglesia Católica se sienta tan cómoda como podría imaginarse en estos eventos que presuntamente la toman como referencia pero tienden a escapar a su control. Un cura de pueblo me confesó en una ocasión que le ponía enfermo ver vestidos de nazareno a tipos que jamás pisaban el confesionario machacarse los pies descalzos con la cara de contrición que requiere ese gigantesco espectáculo que son las procesiones. Tampoco creo que les hagan gracia exhibiciones impúdicas de pasión como la que presencié hace unas pocas noches en la Semana Santa granadina, en pleno Albaycín, con voces gitanas desgarrándose al grito de ¡AURORA, GUAPA! o el aplauso casi futbolístico para los costaleros -QUE NO LOS HAY MEJORES EN TOA GRANÁ!- cuando levantaron un Cristo inmenso con evidente peligro de despeñarse por la cuesta del Albaycín y aplastar a una muchedumbre encandilada.

El misterio de las imágenes… Recuerdo que una alumna argentina, Silvia, me contó que llegó a España justamente por estas fechas. Bajó del avión y encontró las calles del Distrito Marítimo de Valencia (Semana Santa Marinera, of course) repletas de miembros del Ku Kux Klan desfilando a ruido de tambor y en medio del silencio asustado de los ciudadanos. Teniendo en cuenta que además aquella chica era judía, no es extraño que se preguntara a qué clase de país de pesadilla la habían traído sus padres…Por fortuna, solo se trataba de mostrar el dolor por la muerte del Salvador.

Claro que Silvia sí supo captar algo: la Semana Santa da miedo. Y del miedo nace parte de la veneración. Difícil no conmoverse cuando, a un paso de entrar en la Iglesia, una Virgen granadina inmensa aparece de pronto saliendo de un callejón oscuro entre exclamaciones de amor y ojos llorosos. Difícil no mirar de otra manera al insignificante oficinista que, vestido de penitente, parece convertido en garantía encarnada ante Dios de la pena de toda la ciudad.

La procesión es espectáculo, pero en un sentido tan poco televisivo, tan poco Hollywood, que no va a haber manera de que McDonald´s lo convierta en hamburguesas ni Nike le ponga zapatillas. La oscura belleza de la Semana Santa no es domesticable ni puede ser objeto de gestión mediática como el fútbol o el rock porque el deseo de festividad que le da forma nace de la melancolía, del miedo, del dolor… Dijo Nietzsche que sólo como “fenómeno estético está justificada la existencia”. No se equivocó al acusar al cristianismo de negar el pathos de exaltación de la vida a favor del sentimiento enfermizo de la culpa y la moral del rebaño… Pero es erróneo creer que las procesiones homenajean a la muerte; en realidad homenajean a la vida, y lo hacen a gritos. Acaso no se halle tan lejos del Dionisos que adoraban los viejos griegos la embriaguez del cofrade, que nos invita a llevar a la máxima intensidad nuestra capacidad simbólica. Es justamente eso lo que veo en tanto Cristo y tanta Virgen: la pasión del hombre por aferrarse a la existencia pese a todos sus espantos y desdichas… Puro amor a la vida.
¿Desmesura? Sí, desde luego, son deseos muy básicos los que se agitan desde el fondo del estómago cuando una saeta nos conmueve en medio de la Procesión del Silencio.
¿Iconolatría? Por supuesto. ¿Y qué funesta manía luterana nos inclina a rechazar el culto a las imágenes? ¿O qué son los dioses sino lo que se da en sus imágenes? Acaso la presencia del icono venerado a gritos aumenta la sospecha de que detrás no hay nada. Y, ciertamente, no lo hay, nunca hay nada tras el simulacro de la imagen, no hay presencia tras su representación, el iconólatra lo sabe en el fondo y por eso se entrega a la belleza de la imagen. Es el iconoclasta el verdadero culpable del desencanto, ese que incita al recogimiento interior y la subjetivización del culto, ese que se espanta con las exhibiciones colectivas de llanto y reclama “sentimientos verdaderos”… Así se explica que el mundo anglosajón haya abandonado las calles antes que el mediterráneo.

¿Artificio? Claro, el mayor de ellos… ¿Ficción? Sí, porque el amor es la mayor de las ficciones: “no hay ninguna verdad, ninguna cualidad absoluta de las cosas; este es mi nihilismo, que sitúa el valor de las cosas precisamente en el hecho de que ninguna realidad corresponde ni correspondió a estos valores, sino que son solo un síntoma de fuerza por parte del que atribuye el valor…” (Nietzsche) Y solo se debe creer firmemente en la ficción, como solo se debe tomar la risa en serio.

Podemos no obstante ceder a la tentación iconoclasta y demandar el final de los becerros de oro. Lo hemos escuchado entre los volterianos del momento, sin perspicacia suficiente para advertir que este misterio de la Semana Santa, como casi cualquier festividad, proviene de un tipo de locura colectiva que desborda la autoridad de alcaldes meapilas, obispos orondos y caciques con butaca de palco. Yo prefiero seguir en silencio como manda la procesión del Viernes Santo. Y quien tenga deficiencias de vocabulario puede llamarme cínico.





Pdta: Queridos amigos, habréis notado que últimamente cuando dejáis un post no aparece inmediatamente inscrito en el blog. La razón es que se ha activado un filtro por el que blogger impide directamente la entrada a spam y, ocasionalmente, a mensajes que revelen un “coeficiente mental propio de idiotas, cretinos o tontos de baba”. (Os juro que lo dice así, literalmente, la información de blogger sobre el filtro) Cualquier mensaje que discrepe dentro de las normas mínimas del respeto, incluyendo cruces de ironías y algún toque ácido tan interesantes como las que tuvieron Tobías y Luis, pasa tranquilamente el filtro. Si solo pretendes insultar no pierdas el tiempo, nadie te va a leer, ni siquiera yo… quedarás diluido en la triste mediocridad en que ya transcurre tu vida.

Friday, March 14, 2008











TÓXICA
DERECHA
A quienes me doblan la edad –y eso es ser muy, muy mayor- les suelo preguntar sobre la visión del mundo que les proporciona ese hecho en cierto modo escandoloso de saber ya con bastante certeza todo lo que la vida puede proporcionar a un ser humano. Y suelen coincidir: “uno ya ha aprendido a separar el grano de la paja, sabe qué es importante y qué puede ser tranquilamente dejado en el camino a la espera de que el próximo viento se lo lleve para siempre”. Pocas cosas me parecen tan olvidables como la actual derecha española… Rajoy, FAES, Aguirre, Acebes, la Conferencia Episcopal, El Mundo, la Cope… ¡Qué poco significan en mi vida! ¡con qué levedad se irán al montón donde la memoria va sedimentando los pequeños fastidios del pasado!
He sido crítico en numerosas ocasiones con el PSOE de la era Zapatero… hay toda una teoría que construir en torno a la impotencia política de esas fuerzas de izquierda que, como el gobierno de ZP, se mueven con demasiada comodidad en la ingravidez de los signos, la corrección política y la imaginería del marketing electoral sin que se termine nunca de saber muy bien cuál es su proyecto de transformación social y cómo piensan mantener la solidez de las instituciones del Estado del Bienestar frente al tsunami de la turboeconomía y la globalización.
Se debe debatir largamente –interminablemente diría yo- sobre esa cuestión, pero creo que perdemos energías necesarias tratando de hacer ver a la gente que la Cope o El Mundo son medios de comunicación tóxicos. Y lo son desde luego. Pongan una mañana a las ocho al señor Jiménez Losantos, escuchen los comentarios con los que -como un almohacín que llama desde lo alto a la oración y no tolera el derecho de réplica- acompaña cada noticia de redacción leída por la locutora. (¿Qué pensara de él esa chica, probablemente subempleada o becaria? ¿qué pensaran, mientras brama como un Cruzado contra todos los que le caen mal, las ecuatorianas que pasan el polvo en el estudio?)

Creo que concedemos demasiada trascendencia a personajes que, como los dolores de muelas, son completamente coyunturales. Recuerden a José María García, verdadero maestro jedi del almohacín. ¿Qué importa que éste hable de política y el otro hablara de futbol? El juego es el mismo: ponerle voz a quienes necesitan soltar espumarajos por la boca. El planeta está lleno de personas que necesitan un líder que legitime sus fobias y les recuerde que no están solos. García tenía a Pablo Porta, Federico tiene a Zapatero y a los nacionalistas. Hay toda una legión de oyentes que dan por hecho que en Catalunya se persigue a los castellano-parlantes tan solo porque lo dice, muchas veces al día, eso sí, el almohacín. Mi hermano y yo, a los trece años, dábamos por hecho que Porta tenía la culpa de que la selección española no ganara el Mundial –cosa que entonces nos preocupaba mucho- y que se pasaba las noches enfrascado en pantagruélicas orgías de manjares, licor y sexo sólo porque lo decía con voz de flauta y mucha seguridad el almohacín de las noches.

“Voy a ver qué dice este tío, que es el único que anima el cotarro”, decía mi padre en aquellos momentos en que alguien con toda una vida de franquismo a sus espaldas todavía podía sorprenderse de escuchar a un tipo que llenaba las noches de vituperios y desafíos contra los presuntos amos del mundo. García fue un producto de la Transición, una olvidable figura cuya misión inconsciente fue hacernos creer que, realmente, podíamos desafiar impunemente a los viejos mandarines. Patéticamente arrogante en su incultura, García fue uno de esos osados voceros a los que la gente hace caso un rato y que, cuando dejan de interesar, son olvidados sin apenas dejar rastro. Sonrojante ingenuidad la que le permitía proclamar con insistencia de martillo pilón los principios que justamente menos se creía. “Yo solo soy notario de la actualidad”… asocio a mis noches adolescentes esa frase como una letanía que se pierde en el tiempo significando tanto como nada. Carente de la formación y de los principios éticos de los que tanto presumía, fue incapaz de digerir tanto liderazgo mediático como llegó a tener, y entendió que podía intervenir en aquella realidad de la que solo decía ser mensajero, lo cual, para él, como para todo hombre pequeño y resentido, no consistía sino en destruir a los que le fastidiaban. Por fortuna ya es pasado.

Federico lo será también. Ya pasó el tiempo –para él, para Rouco Varela, para Pedro Jota Ramírez- en que creyeron poder ser vanguardia de algo; ahora deben conformarse con mantener prietas las filas de su feligresía. Una feligresía que, por cierto, no parece haberles tenido en cuenta que diseñaron –con la inspiración del laboratorio de FAES, todo sea dicho- la estrategia de confrontación que Rajoy ha seguido fielmente durante estos cuatro años y que le ha reportado una derrota de la que, en el puente de mando de Calle Génova, sólo su llorosa cónyuge parecía haberse dado cuenta. No me gusta Rajoy, ya lo saben, pero capta algunas de mis simpatías su resistencia actual a someterse al sanedrín que ahora ha decidido que ya no les es útil
¿Saben? Hay tipos que son capaces de poner la Cope a volumen infernal en el tren para que todos nos enteremos bien de lo que vale un peine. Me recuerdan a ese pobre diablo que ponía en mi barrio el Cara al sol para que todos los rojos –putas y maricones, decía- se enteren de “dónde están los españoles con cojones”. Federico es producto de la frustración, del fracaso, de la mediocridad. Quienes les siguen porque “habla claro y es muy cañero” no se han dado cuenta todavía de que ni Zapatero ni los catalanes son responsables de que su mundo pasó ya hace largo tiempo. Y sobre todo, no se han dado cuenta de que reducir el pensamiento a unas cuántas consignas simplistas y pueriles viene muy bien como bálsamo cuando uno está enfadado, pero de nada sirve para comprender una realidad que, nos guste o no, es laberíntica.

Olvidemosles de una vez. Y por favor, señor, ¿le importaría bajar el volumen de la radio?

Saturday, March 01, 2008








ZAPATERO








Estoy lejos de Zapatero en casi todo. Me cuesta encontrar afinidad con esa cargazón de hombros de castellano adusto, esa paciencia de escriba venido de labriegos que esperan pacientemente a que pase la escarcha de madrugada para acometer la faena de la viña. Pero no son las conexiones emocionales las que deben guiar el voto. Acaso por ello debo recordarme que el segundo gobierno PSOE de la democracia ha sido menos tenebroso y contradictorio que el del felipismo, pero bastante más inoperante y falto de verdadero poder transformador. Burgués radical en el sentido más estricto del concepto -que tomo de la tradición liberal-, Zapatero ha impregnado con su sistema de señales a todo su entorno. Incluso quienes -como Rubalcaba o Solbes- no son "sus hombres", han adoptado sin grandes resistencias su lenguaje, se les ha dejado ser ellos mismos sin presiones para terminar haciendo valer sus virtudes como herramientas del nuevo modelo.

En realidad Zapatero no ha hecho apenas nada. Conozco bien una de las parcelas donde más polvaredas se han levantado: la educación. El PSOE no ha regido ese ámbito, tan solo lo ha simulado con una maestría que no se explica sin la secreta colaboración de la Iglesia, cuyos capitanes han escenificado perfectamente su falsa guerra civil con el espantajo de la asignatura de Educación para la ciudadanía, estandarte de una indignación sobreactuada, cuyo verdadero objeto es ocultar que las fuentes principales de la financiación de la Iglesia Católica están más garantizadas que nunca.

Leyes osadas como la del matrimonio gay o la de la memoria histórica para escorar a la izquierda el perfil del gobernante allá donde menos hay en juego... leyes realmente socialistas como la de Dependencia, que fue hecha para no ser aplicada y dejar en evidencia a las autonomías enemigas... prácticas de riesgo como las conversaciones con ETA convertidas por primera vez en reality a un paso de ser retransmitido en directo... salida de las tropas de Iraq con el aderezo pasteloso de la "alianza de las civilizaciones"... regularización de inmigrantes como sutura impotente en la gigantesca herida de la precarización laboral y la economía sumergida...La verdadera genialidad de Zapatero ha consistido en hacer creer que había un conejo en la chistera, ocultar en suma la impotencia de los gobiernos socialdemócratas -y más los de la Europa no central- para contrapesar el tsunami de la globalización y la turboeconomía... incapacidad para controlar la brecha social que cuyos lados se alejan, redistribuir racionalmente los beneficios que va dejando el enorme potencial productivo de la Nueva Economía, controlar fiscalmente los cíclopes empresariales transnacionales, frenar los nuevos modelos delincuenciales, imponer la solidaridad entre comunidades locales, frenar la descomposición de la escuela... Frente a las estúpidas acusaciones del oponente, Zapatero no es culpable de nada, su truco ha sido escamotearnos la evidencia de que conduce una máquina cuyos mandos no responden.



El mejor escaparate de todo ello son los "SUPERDEBATES" televisivos de estos días, acontecimiento mediático a medio camino entre el enterteinment americano y los derbis Barça-Madrid del futbol patrio, que se ha celebrado como "una gran victoria de la democracia y convirtieron en estrellas a las empresas de sondeos, esas que pueden cuantificar la victoria de un candidato en un debate diez minutos después de concluir éste con la precisión propia de los partidos de baloncesto.


Bien, y ahora llega la gran pregunta: ¿por qué votar? y, más en concreto, ¿por qué votar a Zapatero?

Hay algo del debate televisivo nocturno del lunes con lo que me quedaría por encima de todo. Tuve la impresión durante su desarrollo que Rajoy estaba más suelto, más convencido que Zapatero. Manejó sus cartas con decisión y acorraló en determinadas ocasiones a un oponente, que -acaso más seguro de su ventaja- jugó la baza de favorito y se agarrotó por el miedo a fallar. Más allá del contenido de las intervenciones del popular, con alusiones demagógicas y profundamente contradictorias a materias inflamables como la inmigración, la negociación con ETA, las guerras del agua o la solidaridad entre regiones, daba la impresión de ser él quien iba marcando la pauta del debate... Hasta que la presión de la adrenalina le pudo -da igual que estuviera preestablecido- y tuvo que decirlo... "Usted agredió a las víctimas" Zapatero quedó perplejo... "... me reafirmo"... dijo mirando al presentador, como queriendo convencerse a sí mismo de su carácter enérgico, eso de lo que sus propios correligionarios le acusan de carecer.



Eso que dijo Rajoy no merece mayor análisis que el psiquiátrico. Lleva años escuchando como le llaman "maricomplejines" desde la emisora obispal de ultraderecha, ha tenido que guardar en el armario de la vergüenza a Acebes para no empujar a la izquierda irredenta a abandonar la abstención, tiene que tragar con la popularidad de algunos conservadores como Gallardón o Rato que no huelen a postfranquismo... Tenía que hacerlo, tenía que sacar lo peor de la derecha, el diente retorcido, el rencor por el arribismo de los rojos que les robaron las elecciones, el miedo a pasar por blando ante la línea dura... Sencillamente la cagó. Y Zapatero quedó ante el mundo como el bueno de la película. Una vez más.

Un amigo de infancia y juventud lo ha dicho: "no se alteraba ni si le ponían plomo hirviendo en la silla". El problema de la derecha es que aún no ha entendido a Zapatero, calificado por Rajoy como el "más radical de los dirigentes europeos". Funciona el viejo fantasma -vean publicidad electoral- de los rojos como expropiadores con carnet e incendiadores de iglesias. No le entienden, y por eso a veces le acusan justo de todo lo contrario, de bambi buenista e ingenuo.
No me gusta Zapatero, no me conmueve, no me seduce. Creo que es un tipo durísimo, un luchador hervíboro que aguanta los golpes hasta que el rival se cae de puro maduro, pero le falta el encanto y el talento -indiscutibles- de Felipe González y la valentía para el ataque y la denuncia que la socialdemocracia ha dejado definitivamente en manos de la izquierda no parlamentaria. No me gustan sus gestos ni sus forzadas metáforas... no me parece locuaz ni enérgico ni demasiado creíble...Pero tiene algo que envidio. Cuando aquel tipo tan mediocre y olvidable le insultó, consiguió que alguien mordiera el anzuelo... El problema es que ese alguien fui yo. Salió el tipo violento, colérico y vengativo que llevo dentro y que mis allegados creen intuir en ocasiones... Zapatero, por contra, no reaccionó, se limitó, balbuceante y perplejo, a pedir explicaciones frente a un rival envalentonado que, sin saberlo, acababa de estrellar su puño contra el aire, una de las maneras de que un boxeador vaya a la lona. "¿Pero de qué estás hecho, tío?", pregunté al presidente desde el sofá en el que me removía... Unos segundos después entendí. Ante una situación de máximo estrés, respondió haciendo caso de sus primeros instintos... Eludió la provocación, siguió adelante... Se sentó con paciencia de labriego castellano a que amainara y siguió su camino.

Por eso le van a dar cuatro años más. Por eso yo no soy presidente -y es bueno que así sea-. Por eso Rajoy tampoco lo será. Y después, sólo el olvido.






Sunday, February 17, 2008











EL RECOGEPELOTAS





La escena transcurre en los minutos iniciales del encuentro de futbol que el Real Zaragoza y el FC Barcelona disputaron el sábado en terreno zaragocista. Hay un contragolpe del equipo visitante, lo cual, debido a la presencia de cracks como Henry o Messi en el bando blaugrana genera una corriente de terror en el graderío. El guardameta César logra cortarlo al salir del área y despejar el balón a los cielos. La jugada debe morir ahí, pero –sorprendentemente- el recogepelotas entrega rápidamente un balón al centrocampista visitante, lo que le permite reactivar el contragolpe sin tiempo para que el sistema defensivo del Zaragoza se recomponga a tiempo, de manera que la jugada termina resultando sumamente peligrosa. Sobre el infortunado recogepelotas cae una primera bronca general desde la grada, similar a la que suele regalar los oídos del árbitro o del defensa más duro del equipo rival. A continuación, un empleado del estadio se acerca al joven para decirle que abandone su zona de trabajo. Cuando llega a la zona del túnel de vestuarios, el delegado jefe del Zaragoza le comunica que han decidido prescindir de sus servicios.

El joven recogepelotas vive su segundo momento de gloria al ser entrevistado tras el encuentro por una televisión. Expresa su temor a ser definitivamente despedido y dejar de cobrar la astronómica cifra –diez euros, creo recordar- que percibe a cambio de su trabajo. Hace firme propósito de enmienda y proclama ante el mundo aquello de “no volverá a suceder”.

Salvo que el Barça opte por contratarlo para el Nou Camp, lo que confirmaría las sospechas de que se trata de un quintacolumnista culé en tierras de la Pilarica, presumo que no tendrá opción de demostrar su aprendizaje, pues ya tiene bastante el Zaragoza con las lesiones de Pablo Aimar, la deslealtad de D´Alessandro y la impericia de sus entrenadores como para, además, permitirse que un recogepelotas despistado le facilite un gol al rival. Quien sabe si a la próxima no le pondrá una zancadilla en la banda a Oliveira cuando se zafe de un defensa o anime al juez de línea a pitar un fuera de juego a Gabi Milito.



Yo creo pese a todo que nadie es irrecuperable. Sugiero a los gestores del club que apliquen una terapia conductista dura de reeducación al recogepelotas, similar a la que ustedes sin duda recuerdan de “La naranja mecánica”. Se le podrían administrar reiteradamente imágenes de lo que realmente se debe hacer en un estadio. Por ejemplo, la de aquel seguidor del Barça que, cuando el guardameta del Madrid intentó recoger un balón para sacar rápido, le asestó varios puñetazos con saña en la espalda. Tampoco está mal el caso de los recogepelotas del Betis, que han sido aleccionados por el club hasta el punto de convertirse en maestros en retener o desplazar el balón cuando el Betis gana y conviene perder tiempo, o en acelerar hasta la locura cuando el equipo pierde y tiene prisa. No estaría mal también ponerle el video de un partido de Tercera División en no sé qué localidad donde un remate que iba fuera pegado al poste fue desviado con maradonesco disimulo por un empleado situado junto a la portería para acabar en gol. Podrían incluso darle ideas innovadoras. Por ejemplo, imaginen que un delantero rival se dispone a enfilar la puerta vacía del Zaragoza para empujar el balón a placer… en ese momento sale nuestro amigo y se cruza providencialmente para enviar a corner. ¿Qué hace el árbitro, aparte de mirar con cara de tonto? Pues dar bote neutral, ya que no se puede conceder un gol que no se ha producido. El recogepelotas maldito convertido en gran héroe y saliendo en hombros de La Romareda.

De todo corazón, y como educador que soy, gracias a todos los aficionados al fútbol. Gracias por enseñar a nuestro joven personaje que hacer bien su trabajo, es decir, entregar cumplidamente el balón al futbolista que te lo pide, merece el linchamiento… que en la vida es mejor hacer trampas… que cualquier triquiñuela para ganar es válida…Gracias de verdad, nos ayudáis mucho. Pobre chaval.

Saturday, February 09, 2008








FALACIAS

Descubrí en mi tierna niñez la diferencia entre mentira y falacia el día en que el tutor de 5º de EGB -empleado de los curas y por tanto siervo de los despotas, pero dotado en su trato con los alumnos de cierta vis amistosa, lo que hoy llamaríamos talante- presentó con gran boato la buena nueva de que había llegado la libertad, de manera que la escuela, en cada uno de sus detalles cotidianos, iba a democratizarse. Así que, puesto a blanquear el pasado dictatorial, se propuso revisar aquella misma tarde el itinerario de la excursión que teníamos marcada para un par de días después. El tipo había decidido que sería a las cuevas de no sé qué trogloditas… pero, seguro como estaba de su ascendiente espiritual sobre los alumnos, optó por someterlo a plebiscito, sin dudar ni por un momento que iríamos a las dichosas cuevas tal y como él tenía pensado. Por si las moscas, se ocupó de hacer campaña electoral, insistiendo en lo bien que lo pasaríamos en aquel lugar… pero no pudo evitar que un subversivo tomara la palabra y propusiera el nombre de otro lugar. No sabíamos si era un sitio adecuado, pero una corriente de inteligencia insurrecta corrió a la velocidad de la luz de pupitre en pupitre y, ante la evidente irritación aquel profesor tonto del culo, su propuesta resultó derrotada. Un acusica especialmente detestado en clase le hizo saber que alguno de los subversivos habíamos votado a destiempo, lo que permitió al tutor restarnos algunos votos. No fue suficiente dado lo aplastante de su derrota. Acabó aquella clase visiblemente enojado y nos empapuzó de deberes, venganza contra el pueblo tras descubrir que no estábamos preparados para entender que la democracia no era sino el despotismo por otros medios. No se perdió mucho aquella tarde, pues, de todas formas acábamos de excursión en las cuevas mirando pinturas troglodíticas.




Conclusión, mentir es faltar a la verdad, es decir, presentar como falso lo verdadero, o como verdadero lo falso. La falacia responde más bien a la categoría lógica de incorrección, se inscribe en el orden de los procedimientos inadecuados. El mentiroso niega los hechos ciertos, el falaz manipula nuestra creencia respecto a ellos. Y mi añorado tutor, antes que mentiroso, era falaz.

Estos meses son ideales para qué los profesores de Filosofía abordemos en bachiller el temario de Lógica, y en especial, el apartado de las falacias, pues nadie como los políticos, ni siquiera los expertos en marketing –suponiendo que no son la misma cosa-, para ofrecernos catálogo de ejercicios prácticos.

Me nace decir que los líderes del Partido Popular son las estrellas indiscutibles de este show. No es extraño teniendo en cuenta que su antiguo líder apoyó –con los pies en la mesa- la invasión y consiguiente destrucción de un país con la intención de pacificar el mundo, o lo que es lo mismo, atacó a los terroristas donde se sabía que no estaban. Claro que el partido con el que rivalizan también ha navegado con pericia en aguas de la paradoja. No hay más que rebobinar unos años más y recordar aquello de “OTAN, de entrada no”, uno de los ejercicios de ambigüedad y manipulación de las masas más arteros en la historia de las democracias europeas. En esa línea, asistimos con frecuencia a ejercicios de contradicción, algunos tan repetidos a lo largo de esta legislatura, que a uno le da por pensar que ya hemos atravesado el espejo de Alicia y nos encontramos en el maravilloso país de Vale Todo, donde algo puede ser blanco y negro al mismo tiempo sin que nos volvamos todos locos. Así, no he parado de oír como los mismos que acusaban a Zapatero de zorro, mentiroso, astuto y manipulador, le acusan a continuación de ingenuo, melífluo, bambi y buenista… a veces, por increíble que parezca, en el mismo artículo de periódico.






Sumo y sigo. El argumento circular, también llamado falacia tautológica. ¿Se han dado cuenta ya ustedes de que los economistas no saben por qué estallan las crisis? Pues bien, tan pronto escuchamos a la oposición argumentar que el gobierno es responsable de dicha recesión –como si fuera un problema “nacional”, como si todavía existieran “economías locales”- que nos gritan que el verdadero problema es que Zapatero no sabe gestionar adecuadamente dicha crisis. “¿Por qué tengo menos dinero para llegar a fin de mes?, pregunta el ciudadano”. Se le dice que ha dejado de consumir y con ello ha provocado una contracción económica… “Pero gasto menos porque tengo menos, ¿no dice usted que hay crisis?” Y al final uno no sabe si la crisis la provoca la paranoia del consumidor o si es más bien la crisis la que le convierte en un consumidor rácano. En cualquier caso –lean esto en voz alta imitando a Ángel Acebes- la culpa de todo la tiene Zapatero.

El argumento ad hominem y sus interesantes secuelas… muy frecuente, casi hasta el hastío. Consiste en eludir la obligación de contraargumentar limitándose a descreditar al discrepante, es decir, no reconociendo su estatus como interlocutor. En otras palabras, que Otegui dice que la bomba no la puso ETA… y entonces seguro que sí la puso porque Otegui es malo y miente siempre. Analogamente, “no es usted quien para darnos lecciones de moral teniendo en cuenta lo del caso X en que usted fue salpicado”… y topicazos por el estilo. El tu quoque es una variedad sumamente interesante del hominen. Recuerden aquello a lo que jugábamos de críos: “espejito, espejito, todo lo que digan les rebota”. “Usted negocia con terroristas”, “Sí, exactamente lo mismo que hizo usted”. No hacen falta políticos, basta escuchar cualquier bronca entre casados, compañeros de alquiler o hermanos. Aunque ya puestos, es justo reconocer que resulta muy goloso caer en el tu quoque. Por ejemplo, el ínclito locutor Jiménez Losantos, uno de los mayores fanáticos de la joven democracia española, insiste con frecuencia en el entreguismo partidista de Iñaki Gabilondo, Gemma Nierga y demás empleados de la SER. No como él ni sus correligionarios de la cadena Cope o El Mundo, modelos periodísticos de objetividad y servicio desinteresado a la verdad.




Una de mis preferidas: la falacia del hombre de paja. Consiste en construirse una imagen simplificada, sesgada y caricaturesca de la idelogía del oponente para, a continuación, despacharse a gusto contra dicha caricatura, y no contra la verdadera opinión del otro. Recuerdo haber sido víctima de un procedimiento de este tipo en un foro internáutico: como no compartía ciertas peticiones de un grupo nacionalista, yo ya era profundamente españolista, anticatalán y defensor de la consigna franquista de “Una, Grande, Libre”, que algunos de ustedes recordarán de las monedas de a peseta. El problema no era mío, obviamente, sino de quien –más aficionado a escucharse que a escuchar- decidió poner en mi boca lo que yo de ninguna manera había dicho. Muy cercana a esta es la de la pendiente resbaladiza, variedad peculiar de la reducción al absurdo. Recuerdo que en la facultad, defendí alguna de las posturas de cierto grupo nacionalista –fíjense qué cosas- ante lo cual se me contestó que sí pensaba como por ejemplo los batasunos, lo que tenía que hacer era defender mis posturas como lo hacen ellos, es decir, poniendo bombas… Es similar a aquello de “si usted defiende el aborto, entonces también querrá la eutanasia para todos los enfermos o la matanza de minusválidos”.

Hay muchísimos tipos de argumento falaz. Verdaderos edificios filosóficos se han erguido, por ejemplo, sobre la falacia naturalista, según la cual, si las cosas son de tal manera, es porque “deben” ser así… Muy bonito por ejemplo después de que fueran asesinados ante las narices del mundo millones de personas en los Balcanes o en las innumerables guerras africanas. Se queda uno más cómodo pensando que era inevitable, que tenía que ocurrir como ocurrió… y los muertos ya no se levantarán para recordarnos lo contrario. Tampoco está mal el ad baculum, que se utiliza para convencer al interlocutor de que algo es verdadero porque de lo contrario se nos puede venir encima una buena. El baculum se usó mucho en el siglo XIX para fastidiar a los evolucionistas. “Mejor que Darwin no tenga razón, ¿quién desea ser nieto de un mono asqueroso?” Más directo, más baculum, es uno que se utiliza mucho en política. Explica por qué los numerarios de un partido defienden con frecuencia causas que no comparten: mejor que apoyes las tesis del líder si quieres aparecer en las listas en próximos comicios. Cosas de la partitocracia. Muy democrático es el argumento ad populum, que podemos relacionar con aquello de que “un millón de moscas no pueden estar equivocadas.”. Es muy cara esta falacia a quienes gobiernan en mayoría absoluta: como han sido elegidos por diez millones de españoles, pueden hacer todas las marranadas que les venga en gana, “la gente cree en nosotros.”



Acabo con uno que me topé tan solo hace un par de días, el ad verecundiam, o argumento de autoridad. A Galileo, por ejemplo, casi le queman por su culpa, consecuencia de haber contrariado con sus teorías las enseñanzas del único libro que puede jactarse de contener la Verdad Absoluta: la Biblia. Giordano Bruno se puso más burro y decidió ser martir contra el ad verecundiam, piedra angular de toda religión monoteísta y de cualquier dogmatismo. Durante el recreo, un grupo de chicas observaba algo en el suelo. Me acerqué, era una variedad, creo que no muy habitual, de saltamontes. Verde, patilargo y hermoso, pensé que era lo más interesante que podría ver en aquel recinto lleno de niños mocosos que pegan chillidos y lanzan el bocadillo por encima de la valla del centro. Quedé vigilante, porque la historia del genocidio al que los niños vienen sometiendo a los insectos desde hace milenios no daba motivo para la tranquilidad. Un grito aquí o allá, un balón que se escapa, diez segundos de descuido, el ruido de un pisotón y… lo han adivinado: el bellísimo insecto yacía aplastado en el suelo por la bota de uno de esos psicópatas a quien alguna mujer sin lucidez llama probablemente “mi niño”. Le busqué con la misma ira y resolución con la que Simon Wiesenthal se pasó cincuenta años husmeando las huellas de nazis fugitivos por el mundo. Hasta que lo pillé:

-“¿Por qué lo has matado?”, pregunté enfurecido…
-Pues, porque me lo ha dicho Jessica…, contestó.

Desconozco las razones por las que la tal Jessica ejerce tanto liderazgo espiritual sobre sus compañeros. En todo caso el suyo es un reinado falaz.

Saturday, January 26, 2008


















INSIGNIFICANCIAS *


Conversación entre dos chicas de unos veinticinco años en un café del centro de Valencia (no invento ni una palabra, lo juro):

-"¿Te gustó el piso que viste con tu novio?"
-"Sí, pero está junto al antiguo matadero... no sé tía, creo que no podría vivir allí, todo lleno de los espíritus de las vacas muertas."



Cuando leí a Kant en el instituto dí por cierto que su frase "La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad" se limitaba a enunciar un estado de hecho, una realidad irreversible contra la que ya nada podrían hacer los viejos fantasmas feudales de la superstición y la servidumbre... no se me ocurrió pensar que a lo mejor se trataba sólo de un desiderata del siglo XVIII, el primer avistamiento de una corriente minoritaria que no tendría por qué imponerse o que, para ser más exactos, triunfaría sólo de forma torcida, pagando peajes que Kant no hubiera imaginado ni en sus peores pesadillas. ¿Qué separa a ese par de cenutrias del abotargado y temeroso espíritu medieval? Comparadas con la Edad Media, son ciertamente mujeres modernas, liberadas e independientes... pero temo que no exactamente en el sentido en que los ilustrados hablaban del ciudadano emancipado de un mundo que avanzaba irremediablemente hacia mejor. ¿Dónde está pues la diferencia entre quienes en el siglo XI creían que no caía una hoja otoñal de un árbol sin que el Supremo -o el Maligno- interviniera, y quienes ahora habitamos en el mapa referencial de las películas de terror para adolescentes, las marcas legendarias de ropa o las series americanas de la tele? Yo diría que en la banalidad.





En el imprescindible Divertirse hasta morir, Neil Postman sostiene la hipótesis de que la literatura utopista que nos proporciona la pista buena para entender lo que nos está pasando no es la de Orwell sino la de Huxley. A uno le gustaría pensar que una policía malvada dirigida con mano de hierro por el Ministerio de la Verdad nos vigila, persigue, tortura y asesina en cuanto hacemos asomar el mínimo chispazo de libre pensamiento tal y como se nos relata en 1984. España vivió algo de esto -aunque más cutre, porque Franco estaba demasiado entretenido censurando besos y escotes de Hollywood como para además leer a Orwell-durante cuarenta años que parecieron trescientos... Los censores fueron al paro y todo ha saltado en pedazos en tan poco tiempo que, antes de felicitarnos por nuestra suerte o por el éxito de nuestra valerosa lucha contra los mandarines, deberíamos preguntarnos si por el camino se nos ha escapado algo sin que nos diéramos cuenta. En otras palabras: ¿no será que ahora no se nos prohíbe leer porque la discrepancia ya no molesta? ¿no será que todo el prestigio del que se invistieron las tetas de las portadas kiosqueras y los revolucionarios textos de Marx y Bakunin se debían exclusivamente a quienes, empeñados en que nuestros tiernos ojos no pudieran verlos, nos hicieron creer que eran realmente peligrosos?



Lo dice una canción de Sabina en relación a una amada a la que haríamos mejor en dar definitivamente por perdida: "no pido perdón, ¿para qué, si me va a perdonar porque ya no le importa?" No les importa, ya véis, podemos empapuzar a nuestros alumnos con literatura transgresora y films desgarradoramente libertarios que a ellos les va a interesar mucho más la última edición pirateada de Dragonball, que no sé lo que es pero que a los adolescentes con los que trato les parece el último grito en cuestión de Revoluciones.

"En 1984, de Orwell, la gente es controlada inflingiéndole dolor, mientras que en Un mundo feliz, de Huxley, es controlada inflingiéndole placer". (Postman)

Históricamente, las sociedades no se han constituido en la interrogación, en la pregunta por su propia legitimidad, sino más bien en la clausura y la inviabilidad de dicha capacidad de cuestionamiento, de manera que no era admisible dudar ni de lo instituido ni de lo heredado. La anomalía salvaje de la historia llega cuando alguien como Kant nos espeta "atrévete a pensar", consigna sin la cual todo acto de pensamiento no teledirigido por los mandarines es subversivo y culpable. Lo peculiar de nuestro tiempo no es que el poder haya sofisticado la tecnología que cortocircuita la circulación de la ideas, lo novedoso es que a fuerza de dejarlas proliferar -incluso haciéndolas proliferar él mismo- ha conseguido que dejen de tener efecto, convirtiéndose en meros signos flotantes, pecios que nadan a la deriva en la superficie de la publicidad, los premios literarios o los círculos de intelectuales en nómina de los grandes grupos mediáticos. Y así se cumple la vieja estrategia del aquietamiento: evitar que se diferencien los estados de hecho de los juicios de validez, o lo que es lo mismo, conseguir que no prendan entre la gente las únicas preguntas filosóficas verdaderamente trascendentes: ¿es lo instituido tolerable? y en caso de respuesta negativa ¿es irremediable?



Dejenme que les traslade una anécdota que nos mantuvo entretenidos a unos cuantos en los últimos días y que creo que puede tener secretamente algo que ver con todo este asunto de las vacas muertas y el ascenso de la banalidad en nuestras sociedades, que no es otra cosa que la clausura del proyecto revolucionario por insignificancia -llamemosle "muerte natural"- y no por represión.

El vodevil se inicia hace apenas tres o cuatro días en la escuela donde trabajo. Enrique, un empleado que se ha reconocido públicamente como homosexual, deposita en la hemeroteca de la biblioteca varios ejemplares de la revista gay Zero. No conozco demasiado esta revista, pero es fácil inferir por sus portadas que se ha significado durante los últimos años en la difusión de la cultura homosexual, el acting-out, o la denuncia de las ideologías y prácticas homofóbicas. Dado que creo que se trata de una publicación de calidad y que difundir el respeto a las distintas sexualidades y a la libertad de las personas es obligatoria en una sociedad democrática, veo con muy buenos ojos que aparezca Zero en el mismo estante que El País Semanal o Muy interesante. Apenas unas horas después, Enrique, visiblemente contrariado, me hace saber que todos los números de Zero han desaparecido de la biblioteca. Le digo que se calme, que espere a saber qué puede haber pasado, pero sobre mi mente planea tanto como sobre la suya la presunción de que se trata de un nuevo caso de agresión homófoba, otro acto fascista de censura a la libertad de expresión. Pasan las horas y preparo las baterías para cargar contra todo bicho viviente por la incapacidad de la sociedad española para asumir lo que significa el art. 1º de la Constitución con todas sus consecuencias. Las sospechas no tardan en dirigirse hacia el sector más ultramontano de la plantilla: el cura del centro, que ha oficiado de Torquemada a las órdenes de los chambelanes de Ratzinger... o acaso el profe de Historia, padre de cinco hijos y de atavío algo victoriano al que todos vinculamos al Opus Dei... La olla a presión sigue subiendo de temperatura, está a punto de estallar en la escuela otra guerra civil, yo estoy empezando a pensar en casarme con el conserge sólo para joder a todos los del PP...




Y de pronto, alguien me cuenta lo que verdaderamente ha pasado... Vaya chasco: no ha sido la derechona rancia y feudal; ha sido un profesor adánico -que creía que Zero era una publicación especializada en aviones de combate- el que escondió los ejemplares en un cajón cuando vio que unos niños de once años armaban algarabía en la biblioteca cada vez que abrían la revista. Ni agresión homófoba, ni censura -propiamente dicha- ni nada de nada... Y me pregunto: ¿es que ya no os molesta -os digo a vosotros, reaccionarios, clericales y amigos de la Cope 0 La Razón- que haya mariquitas y bolleras proclamando alegremente que lo son?


No pidan perdón, a ver si resulta que nos van a perdonar porque ya no les importa.

* Atención a la estremecedora imagen de entrada, no tiene desperdicio, es un retrato de una parte de la plantilla de empleados del campo de Auschwitz en la época más "productiva" de la factoría. Agradezco a José Luis Cervera y a su blog la amabilidad de dármela a conocer.

Saturday, January 12, 2008








ALBELDA
Immanuel Kant tramó su influyente obra en torno a tres preguntas esenciales, preguntas filosóficas en la mayor extensión de la palabra: "¿qué me es dado conocer?", "¿qué debo hacer?" y "¿qué puedo esperar?". La primera establece los límites del ejercicio de la razón, trazar las líneas que acotan el mapa de acción de los conceptos. La segunda nos conduce directamente a la esfera ética, y con eso adelanta el sentido de la tercera -falazmente definida como "pregunta religiosa"- que podría equivaler a "si hago lo que debo, ¿qué puedo esperar?".

Seamos honestos: todos nos hacemos a menudo esa tercera pregunta... decimos que nuestra única intención es cumplir con nuestro deber -si es que tenemos la suerte o el coraje moral para definir antes en qué consiste-, pero no dejamos de mirar, siquiera de soslayo, hacia ese horizonte de la recompensa en el que creemos merecer encontrarnos. Hay quien pasa su vida pensando que el tipo barbudo de allá arriba observa y juzga detenidamente todos sus actos e incluso sus pensamientos, una forma antiquísima -casi mesopotámica- de orwellismo. Los hay que, menos crédulos -y menos propensos a la servidumbre-, prefieren esperar que los demás los quieran, ganarse de vez en cuando algún aplauso, ser mirados con algo más que la indeferencia del matinal compañero de ascensor que ni siquiera se acuerda de cómo nos llamamos. El problema es que con frecuencia, sentimos que es el mundo entero el que nos mira como el tonto a las tres del ascensor, es más, incluso nuestras personas más cercanas se dirigen a nosotros como quien abre la nevera... no se hacen idea de que hemos entrado en casa después de cortar el cuello del dragón y que, como el Capitán Trueno, caminamos sudorosos y tambaleantes hacia el sofá tras abandonar el campo de batalla donde hemos dejado muerto a Cassius Clay, al jefe de la Mafia Rusa o al Unicornio de Marte.


Esa lacerante injusticia del desagradecimiento respecto a quienes cumplen con su deber me la ha recordado en las últimas semanas el asunto de Albelda. No veo gran diferencia -no en mí al menos- entre el efecto ejemplar de los héroes de los cuentos y los del fútbol. A los cinco años
yo ya sabía que tenía que luchar contra los malos y defender a los débiles, y a los trece era capaz de pegarme con quien se me pusiera por delante para defender un corner. Ni en una aula ni en una capilla fui capaz de encontrar razones tan contundentes en favor de la lealtad, el compañerismo y la valentía como en un campo de futbol, uno de esos terrenos del cauce seco del río de donde siempre te echaba aquel idiota con gorra de plato al que deberíamos haber enviado a la mierda.



En ocasiones el héroe no es anónimo, yo he visto el graderío de Mestalla aclamando a Albelda con ese entusiasmo hemorrágico que ya solo es creíble si se encuentra en los estadios. Raramente era por una acción inspirada o por un gol, más bien a Albelda se le vitoreaba al final de un partido, cuando la gente se daba cuenta de que era él quien había masticado palmo a palmo y minuto a minuto al rival. Él era el tipo malcarado que se enfrentaba con aspereza al oponente que intentaba dañar los débiles tobillos de un compañero lesionado, quien exigía al árbitro respeto o quien se insolentaba en las ruedas de prensa ante los medios de Madrid, que le odiaban desde que les amargó el debut de Zidane. No le demos más vueltas, Albelda era el prototipo de héroe de la tribu, el llaurador que salía a la acequia a matar a la serpiente... y deberíamos preguntarnos por qué el Valencia solo tiene éxito cuando se alimenta de estos tipos -como Claramunt, como Puchades- de cráneo duro y medalla escondida de la Mare de Deu en el bolsillo.

¿Qué putrefacto resquemor cainita defenestra a los héroes? A mí me gustaría que fuera un africano con pinta de patera y hambre atrasada como Sunny quien acabara con Albelda... pero no, ha sido un pobre desgraciado y patético, un tipo que solo acumula dinero y que jamás tuvo agallas para chocar con alguien por coger un balón, un pobre miserable al que ni siquiera le gusta el fútbol. Como en todo régimen cesarista de terror que se precie, el tirano alimenta su cobardía encargando a algún centurión desalmado que corte las cabezas de esos generales demasiado queridos por la tropa y el pueblo que pueden hacerle sombra. ¿Quienes se creen estos que son para mirarme a mí por encima del hombro?, diría Soler de Albelda, Cañizares y Angulo a su mujer en el lecho del aburrimiento .



No sé si recuerdan el film de Sam Peckinpah La cruz de hierro. Steiner, un sargento del ejercito nazi, pasa sus días con su batallón en una tronera desde la que el mundo tiembla a cada momento ante la continua descarga de bombas enemigas. Hay un oficial, Stransky, que, oculto en el bunker, mueve con enfermiza insistencia los hilos para conseguir la medalla considerada como máximo distintivo honorífico del ejército alemán. Un día, con Alemania a punto de caer, Steiner saca del bunker a rastras a Stransky: "Le voy a enseñar donde crecen las cruces de hierro". Sueño con una escena así en el viejo Mestalla. Albelda y Cañizares sacando a rastras escaleras abajo al chiquilicuatre del bigotito ridículo, la voz de flauta y la sonrisa mofletuda y gorrinera: el olor a linimento, los codazos en los morros, las patadas, el ensordecedor griterío, las broncas, los nervios... todo eso que Soler quiere saltarse para conseguir la cruz de hierro.



Nos hemos acostumbrado en los últimos días a ver a Albelda, Cañizares y Angulo corriendo por la ciudad deportiva del Valencia en solitario hacia ninguna parte acompañados del preparador físico. Así son abandonados en una cuneta quienes nos sirvieron bien. Nadie como Albelda se ha dejado tanto por defender a un equipo... y es de él de quien más sañudamente se vengan los débiles y resentidos que siempre esperan, agazapados en el puente, a que pase el heroe encadenado para insultarle y jalear a los verdugos, aunque también ellos antes se ocultaban entre la masa que los jaleaba.


¿Qué puedo esperar si actúo como debo? Temo que nada. Yo sé algo de salir en silencio y por la puerta de atrás. Sé, como muchos de ustedes, lo que supone haberse dejado la piel en defender durante años algo que ha saltado en pedazos al golpe de cola de la primera rata maloliente. Desde la cuneta, uno mira como un perro al coche que se marcha y le deja tirado. Sí, ya sé, estos futbolistas son ricos y todo eso. Pero yo me voy con Albelda.