Saturday, May 15, 2010







EN EL CIERRE DE LOS CINES ALBATROS












Uno de mis recuerdos mas intensos de los Cines Albatros proviene de aquella tarde en que al poeta Javier Azcona se le ocurrió que nos peláramos la clase de Historia de la Psicología -que solía consistir en que un idiota con poder nos soltaba una sarta de necedades- y acudiéramos a la sesión de las cinco en los Albatros, donde estrenaban Cielo sobre Berlín, de Wim Wenders. Era primavera y -tal que ahora sucede- el día alarga tanto que uno sale de esa cueva de las maravillas que es un cine y, como un vampiro, se topa de morros con un sol que ya no esperaba. Pero fue aquel relato de los ángeles que custodian una ciudad desde las alturas lo que verdaderamente me deslumbró.











Desde niño la idea de una película en versión original me parecía una impostura. Todo el mundo ha sabido siempre que Ethan y Cicatriz hablaban en castellano o, en todo caso, en indio piel roja -así, con los infinitivos: "!hombre blanco mentir¡"-. La cosa tenía su gracia cuando John Wayne, ahora en el original, hablaba con unos mexicanos en español y con un acento yanqui que tiraba para atrás, lo que provocaba un simpático equívoco. Aquello de las VOS sonaba un poco a La Clave, de Balbín, y de aquellos snobs del UHF que te impedían ver la peli porque con tanto subtítulo empleabas todo el tiempo en leer. "A mí no me pongáis películas con letras", decía mi abuela. Puesta a liar más las cosas, TV3, con su eterna vocación reivindicativa, redobló las películas a la lengua vernácula, de manera que John Wayne seguía exterminando indios, pero ahora amb accent de Sardanyola, un logro del nacionalismo comparable al de que Aznar reconociera que uno de sus vicios íntimos era hablar en catalán.










Yo creo que la fundación de los Albatros, primeras salas comerciales de exhibición en VOS, fue uno de los mejores síntomas de que Valencia empezaba a ser algo más que un pueblo grande labrado a duras penas entre las huertas, algo así como una genuina capital europea. Hubo otros bastante más significativos, como la construcción del by-pass, que concluyó con aquel formidable residuo de subdesarrollo que era el llamado Semáforo de Europa... O la construcción de las nuevas estaciones del metro... O el tranvía... O, mas recientemente, el campus de Tarongers, ese recinto tan utilitario y tan falto de alma que los estudiantes alegran cada noche de viernes con sus vómitos botelloneros.




No quiero ser falso, que en los entierros -ya se sabe- todos queríamos mucho al finado-: nunca acabé de sentirme del todo a gusto en los Albatros... Como tampoco en los Babel, el hermano pequeño y, ahora ya, el único superviviente de esa empresa romántica que consiste en cobrar unas perras para poner películas que uno cree que nos hacen mejores por el simple hecho de ir a verlas. En estos salas, genuinas sucesoras de las de Arte y Ensayo del postfranquismo, uno presiente cierto ramalazo snob: demasiado funcionario a medio camino entre el cinéfilo y el mirón de imágenes, demasiado progre revenido... No me hagan caso, son simples prejuicios. Al final, cuando apagas de pagar los siete eurazos de vellón por la entrada, uno agradece que el cine no se llene de merluzos que comen palomitas y juegan con el móvil cuando en la película deja de haber mamporros y los actores "se ponen a hablar, tía, qué rollo". Quizá no sea tan malo, después de todo, que los cines no huelan a palomitas, quizá no sea tan difícil entender que la emoción, al menos ante una pantalla de cine, se abre camino en medio del silencio. Respeto, respeto al producto artístico, respeto al vecino de butaca, eso es lo que -esnobismos y pedanterías aparte- se respiró siempre en Albatros.




Es posible que haya un albatrismo algo repelente en Valencia. Que la irremediable Cartelera Turia puntuara generosísimamente algún bodrio infumable de tal o cual director francés con ínfulas de genio, o que se cargara sin piedad lo mejor de Eastwood, Coppola o Almodovar, responde a la misma lógica cNegritaon la que un espectador sale de ver Odette: una comedia sobre la felicidad o la última mamarrachada de Julio Médem convencido de que "esto es cine de calidad y no esas pelis de consumo que ve el populacho en las salas de los centros comerciales." Detesto esa tendencia -en el fondo muy escapista, muy funcionarial y muy hipócrita- de la izquierda ilustrada y económicamente acomodada, que tiende a refugiar su frustración política y su envejecimiento moral tras una sensibilidad estética supuestamente superior.








Insisto, al final, todas mis reservas terminan diluyéndose tan pronto como se me ocurre la imprudencia de ir a un sala normal un fin de semana. Entonces me acuerdo de que la razón por la que uno se mete en un cine es que quiere ver una película -vaya rarezas tengo-, y quiere verla como sus autores la dejaron, sin cambiarle las voces a los actores y sin que el niñato de al lado la interrumpa con la alarma de su móvil. En eso habría de consistir la cinefilia, no en llenar la casa de fetiches, sino en el arte de saber marcar cuidadosamente los tiempos de esa liturgia con la que entramos en una sala, conservamos la entrada con el título de la película, olemos la piel de las butacas y, finalmente, nos disponemos a emocionarnos con esa magia del tragaluz infinito que inventaron los Lumiere y Mèlies.









Desaparecen los Albatros. Ya no tendrá ningún encanto acercarse por esas calles un poco sin alma, encerradas entre el Politécnico, la mezquita y la Autopista de Barcelona. Ahora se nos llama frikis o voyeurs, pero he vivido algunos de los momentos más intensos de mi vida dentro de un cine. De Albatros he llegado a salir, como aquella tarde de Wim Wenders, con una sensación cercana a la del toxicómano después de un super-chute.



Dicen que es por la crisis, pero yo tengo mi propia teoría: es Lucifer. Sí, Lucifer, el demonio, el que se define por aquello de "destruiré todo lo que amas". Es él quien en la misma zona de los Albatros inspira la demolición del viejo Mestalla, el mismo que se asocia con la alcaldesa para amputarle el corazón al Cabanyal, el que -en suma- ha decidido que lo de las salas de pelis con letras no es el futuro de los exhibidores, como antes pensábamos, sino un lujo de tiempos prósperos del que algún día nos acordaremos con nostalgia, pues acaso entonces ya sólo sean cosa del pasado.



Friday, May 07, 2010









POR QUÉ NO TENGO MÓVIL







La escena que les relato es completamente verídica, y no creo en cualquier caso que les resulte extraña porque deben haberlas visto similares en innumerables ocasiones.

Asisto a una actuación de ballet en el Teatro Principal. No soy experto en danza, de manera que la sensación que se apodera de mí cuando -en medio de la Sonata Claro de Luna de Beethoven- el grupo rodea con unos movimientos de una belleza única a la pareja protagonista tiene algo de experiencia nueva e irrepetible, una magia especial que acaso nunca antes había sentido. La joven bailarina salta en el aire de tal manera que se diría que ha encontrado, como los ángeles, el secreto de la ingravidez. En ese justo momento ocurre algo que me devuelve a la prosa del mundo, algo que me recuerda por qué dijo Cioran que la Naturaleza, al crear a este mamífero engreído llamado sapiens, "se traicionó a sí misma": es un teléfono móvil.







El protagonista del suceso es un anciano. Sospecho que sus familiares le han convencido de que debe portar permanentemente el trasto de marras. Y debe ser el más hortera de todos ellos el que le ha asignado el tono o politono o como demonios llamen ahora a la alarma del aparatito. Como en cuestiones musicales soy muy vulnerable a las interferencias, mi cerebro deja de percibir a Beethoven, y en cambio se inunda de Yurop laivin a selebreision, todos juntos vamos a cantar; Yurop laivin a selebreision, nuestro sueño una realidad. Tras acordarme de las madres de Bisbal y Rosa de España, que por cierto no tienen ninguna culpa de que sus estúpidas canciones se conviertan en tonos de móvil, pienso en preguntarle al simpático anciano qué parte del repetido mensaje auditivo y visual -"Por favor, se ruega apagar sus teléfonos móviles"- no ha terminado de entender. Es posible -pasa mucho en suelo patrio- que crea que la advertencia no es para él, sino para negros, maricones o jovenzuelos melenudos. Aunque lo más probable es que, como la mayoría de los viejos, no sabe cómo utilizarlo, lo cual supone que ni lo sabe desconectar, ni recuerda en qué bolsillo de la chaqueta lo ha puesto, ni sabe siquiera a qué teclita darle para apagarlo.

Gracias de todo corazón, me ha jodido usted el momento más sublime de las últimas semanas. Por suerte, he vivido tantas veces esta situación que ya estoy psicológicamente preparado para ella, de manera que cuando consigue, tras un tiempo interminable, dar con la teclita dichosa, la danza vuelve a apoderarse de mi alma... Beethoven se ha abierto camino entre sus enemigos con la misma pasión con la que en vida derrotó a los puristas que decían que la suya era música para bárbaros. Bárbaros son los que inventan instrumentos de tortura, y el móvil es una de ellas.





No sé si recuerdan aquel anuncio en que una pareja cena en un restaurante. La situación es idílica, ella le mira con cara de haber encontrado por fin al hombre de sus sueños, él está a punto de declararse. De pronto, le suena el móvil. "Disculpa un momento", dice el cacho de burro, y se pone a hablar. "¿Por dónde íbamos?". La situación se recompone, regresa el amor...¿Y? El puto aparatejo otra vez. A la joven se le empieza a acabar la paciencia. A la tercera vez, su sonrisa ya no es ni siquiera de desesperación, es de cinismo: ya sabe, y tiene toda la razón, que no es ese el hombre de su vida.


Razones para dejar de amar a un hombre hay muchas, he compartido toda mi vida con mujeres, de manera que puedo hacerme cargo sin apuros. Estropeamos un fin de semana gritando "Gooool" ante un televisor, miramos el culo de una que pasa tras decirle a alguna de ustedes que la amamos, nos tiramos pedos... Ustedes suelen tener el buen gusto de detestar el fútbol y no se quedan embobadas ante el primer macarra que pasa. Pedos sí se tiran algunos, todo hay que decirlo, pero menos y, sobre todo, no lo hacen con nuestra suficiencia, que parecemos hasta orgullosos si conseguimos que retumbe. Pues bien, en eso de hacer el subnormal con un teléfono móvil no tienen nada que envidiarnos.







Yo ya he dejado de escandalizarme cuando veo cada mañana a los chavales encaminarse al Instituto con el móvil en la oreja. ¿A quien coño llamas a estas horas, niña? ¿a tus compañeras para decirles que os veis dentro de un minuto y medio? El metro, por ejemplo, está lleno de jovencitas qué hace todo tipo de cosas con el móvil... porque resulta que eso de hablar ya solo es uno más de los usos del mágico aparato. Además, lejos de propiciar la discreción -en un tiempo como el nuestro, en el que la intimidad parece ser un valor apreciado solo por las minorías-, la comunicación a través del móvil nos permite asistir a todo tipo de devenires ajenos,pues la gente habla más alto que nunca, de manera que yo puedo enterarme de que Cristian tiene phoskitos -"regalos y pastelitos"- para merendar,y que "tía, cágate en las bragas, que la Jessi ha cortao con el Lolo".

No pasa un mes sin que tenga el habitual rifirrafe con mis alumnos sobre el asunto. Como buen profesor de Filosofía, tengo todavía esa presunción heroica de que las normas requieren ser explicadas. De manera que intento hacerles ver que se debe sancionar la tenencia de móviles en el recinto escolar, norma que, por razones obvias, termina haciéndose efectiva solo cuando la musiquita dichosa interrumpe la clase. El diálogo es recurrente:

-"¿Y si nos llaman para una urgencia?


Y yo les digo que el concepto "urgencia" es difícilmente definible, y que no podemos ponernos a decidir si una urgencia es que tu abuelo está en el hospital, o que tu novio te deja, o que el Valencia ha marcado un gol... De forma que, cuando realmente pasa algo grave, lo recomendable es que tu familia se preocupe de llamar al Centro, que tú bajes a conserjería... Más o menos como pasaba cuando yo era un crío y casi nunca te llamaban, pues si lo hacían era para decirte que se te había muerto alguien, con lo que resultaba bien poco deseable que acudiera el conserje con la frase famosa: "que baje López, que tiene una llamada de casa".

-"Pero si lo tenemos en modo vibrador" -la palabreja se las trae- "no interrumpe la clase".





Y es entonces cuando les intento hacer ver que es su atención lo que verdaderamente importa en una clase, que en el fondo lo que pretendo es que entiendan que un aula es un lugar de respeto, un espacio de convivencia donde se deben guardar especialmente ciertas normas sin las cuales cualquier tipo de vida pública queda absolutamente estrangulada. No sé si les ha pasado, pero muchos de los mejores momentos de mi vida -una interesante conversación, un atardecer en la cama con una hermosa mujer o una bella película- son estúpidamente interrumpidos por el odioso sonido de un teléfono. No concibo mayor derrota que la de que mis clases pudieran ser impunemente interrumpidas porque a uno le llaman para decirle que se le ha olvidado el bocadillo o que Chanquete ha muerto.

Y ¿saben?, creo que si al final no conseguimos pasar de aquello de "la norma es la norma y si no la cumples te castigo", es simplemente porque este problema no lo han inventado mis alumnos.

Me explico. Hace años, en una sesión de Consejo Escolar donde supuestamente se determina la gestión de algo tan serio como para mí es un centro de enseñanza pública, se nos presentó la nueva presidenta de la Asociación de Padres. Bienvenida, y todas estas cosas. Al cabo de un rato, a la individua le sonó el móvil. "Bueno, la inexperiencia", pensé... Media hora después le volvió a sonar. Esta vez se levantó de la mesa y contestó. La tercera vez aparentó cara de fastidio y murmuró algo así como "qué pesado es", lo cual no le impidió contestar y decirle a Kevin que se comiera las galletas, que hiciera los deberes o que dejara de hacerse pajas con el Penthouse de su padre.


Supongo que ya ven por donde voy. Es ridículo pretender que nuestros adolescentes interior¡cen principios morales que sus padres son los primeros en enseñarles a conculcar. Y no solo sus padres. Mientras algunos profesores pierden el tiempo intentando hacer entender a sus alumnos el carácter hasta cierto punto sagrado que debemos otorgar a esas pequeña ágoras modernas que son las aulas -como los cines, los teatros o las salas de conferencias- hay profes muy simpáticos que hacen ostentación de su móvil de colores y salen obscenamente del aula en medio de la clase para hacer eso a lo que sus alumnos no tienen derecho. Como le dijo una a un alumno que le cuestionó en una de estas situaciones por lo que le parecía una evidente discriminación: "es que tú y yo no somos iguales"... y se quedó tan pancha. Lo que no sé es por qué a continuación no le dio por fumarse un porro o a escribir en la pizarra "alumnos hijos de puta"... En eso consiste lo de no ser iguales para esta señora: que los profes podemos hacer marranadas y nuestros alumnos no.





No uso teléfono móvil, soy seguramente un desgraciado y me debo estar perdiendo cosas maravillosas. En cualquier caso soy la prueba viviente de que se puede vivir sin móvil en 2010.Es lo que he elegido, el problema es que no estoy seguro de poder ser libremente desgraciado durante mucho tiempo. Con frecuencia, seres que me quieren me intentan obligar a comprarme uno, y hay quien incluso se plantea regalármelo. Y el caso es que yo tuve móvil un tiempo. Lo tiré a la basura. Había un amigo, al cual conocí muchos años antes de que existieran los telefoninos, con el que solía quedar. Nos citábamos en tal sitio y a tal hora. Cuando yo ya estaba en la calle, me volvía a llamar y me decía que mejor un poco más tarde, que tenía que hacer no sé qué cosas. Ya en el lugar se retrasaba, conque me volvía a llamar y me decía que mejor en tal sitio, que le pillaba más cerca. Yo acudía al nuevo emplazamiento. El tipo volvía a llamar y me preguntaba que por qué no había llegado yo aún... En ese momento aparecía doblando una esquina y con el móvil en la oreja... Levantaba la mano con gesto de "ah!, áhí estás" y apagaba el móvil. Una pesadilla, vamos.


Últimamente quedamos poco.


Saturday, May 01, 2010







LA MADRE

Tengo la insana costumbre de alegrarme secretamente cuando descubro que un tesoro de cuya belleza llevo años disfrutando, permanece oculto para la mayoría de mortales. Es una estúpida presunción, pero sospecho que nos pasa un poco a todos, como si aquello que adoramos se desvirtuara simplemente por popularizarse, como si solo el Quijote o Las Meninas pudieran resistirse al riesgo de trivializarse en que caen las cosas cuando se popularizan. Ayer volví a ver Roma, no la de Fellini, sino la de Adolfo Aristaraín. Creo que era un buen momento la víspera del Día de la Madre para regresar esta obra bellísima, uno de esos films en donde uno sospecha que encuentra las respuestas que busca, algo que, por cierto, ya me ha pasado anteriormente con este admirable director de cine argentino.





En este relato, un joven periodista es contratado para hacer de ayudante de un veterano escritor al que su editorial ha encargado elaborar su autobiografía. El viaje a un pasado ya remoto en el Buenos Aires todavía espléndido y eufórico de los cincuenta da cuenta de lo que parece una vida emocionante, envidiable... Pero Juaco siente que todo ha sido un puñetero desperdicio, la historia de toda una larga serie de oportunidades desaprovechadas. Desde el momento tan cruelmente intolerable en que muere su padre, Juaco no hace sino deambular sin sentido, como un "rinconero", sin participar nunca del todo en las contiendas revolucionarias de sus amigos, sin llegar a comprometerse con ninguna piba seriamente, sin concretar ninguna de las opciones de trabajo y estudio que, una y otra vez, su madre -Roma- va proporcionándole. Nadie entiende por qué Roma es tan indulgente con su hijo, por qué parece creer que su hijo llegará algún día a ser un gran escritor, por qué le deja coger con sus novias en la casa, por qué insiste -cuando el tío Áteo le insinúa que es un vago- en que Joaco "no tiene un buen trabajo aún porque el suyo no es espíritu para vivir encerrado dentro de una oficina".



A medida que va transcurriendo el metraje del film -que es la narración de una vida, o mejor, de aquellos tramos realmente memorables de una vida, pues no otra cosa es una biografía- vamos sabiendo por ejemplo que todo lo que un escritor escribe es perfectamente accesorio y que el mundo hubiera podido pasarse tranquilamente sin ti y sin eso a lo que llamas "tu obra". También intuimos que, como Joaco, acaso hemos desperdiciado nuestra vida y, lo que es peor, lo más probable es que volviéramos a hacerlo. Pero lo que sobre todo nos enseña Roma es que lo que se ha ido construyendo en nosotros es la historia de un hijo, es decir, de lo que la madre construyó para nosotros y la manera en que, seguramente, no supimos aprovecharlo.





Hay pocas cosas sobre las que no me atreva a bromear: el amor materno-filial es una de ellas. Hay algo religioso -en un sentido les aseguro que muy lejano de las paparruchas de las misas y las imágenes de las virgencitas- una fortaleza telúrica, arraigada en lo más profundo del subsuelo... inexplicable para un varón, incapaces como somos de entender que algo pueda protegerse incluso mucho después de lo que el programa biológico del mamífero que somos tiene previsto. La madre nos ha preservado de la ira del macho y de las inhóspitas afueras, esconde y disculpa nuestros vicios, nos protege incluso contra nosotros mismos.



Es un buen día para releer La madre, de Maximo Gorki, donde Tatiana llega a gritarle a Dios que jamás le perdonará por haberse llevado a su hijo. O Las uvas de la ira, de Steinbeck -que merece tantos regresos como el film de John Ford-, una historia que se anuncia como pintura del paisaje de la Gran Depresión, pero que vive atravesada de principio a fin, sin que terminemos de darnos cuenta la mayor parte del tiempo, por la alargada sombra de la figura materna, ese misterioso poder que mantiene unido el clan en medio de las peores tempestades. (Al final, Rosharon, la joven madre que acaba de perder a su hijo, salvará con su leche de morir de hambre a un hombre en un granero. Eso no se lo dejaron contar a John Ford en la película, pero en toda su terrible obscenidad -el indecente espectáculo de la miseria y la injusticia- es el final apropiado para esa novela admirable)

Mejor pues los clásicos para celebrar este día, a Aristaraín me lo pueden dejar a mí. Cuando, ya jubilado incluso de la profesión de novelista, Joaco, cumpliendo una vieja liturgia familiar, habla por fin al río, le dice que su madre es lo único que de verdad mereció la pena de tantos años deambulando por la vida.





No es mi pretensión reivindicar la institución familiar, qué diablos, de la familia pueden decirse cosas hermosísimas tanto como cosas odiosas, responsable como es de muchas de las mayores virtudes, pero también de las mayores taras. No, eso se lo dejo a aquellos que, como los que visitan asiduamente a los profesionales de la moral, necesitan cargarse de razones para apoyar aquello en lo que, en el fondo, nunca creyeron demasiado. Tan solo pretendo ser honesto, tan solo expresar mi perplejidad, que no es otra cosa que la capacidad para admirarse por aquello que uno no alcanza a comprender y que, sin embargo, continúa moviendo el mundo.

Saturday, April 24, 2010







EL HIYAB DE ANTÍGONA

Asisto gracias a un compañero de Latín a la semana que la asociación Prosopon dedica anualmente en Sagunto al mundo clásico. Los alumnos de un Instituto de Valencia representan Antígona. No hay para mí tragedia como ésta, no hay trágico como Sófocles. El asunto de la joven musulmana que se ha empeñado contra viento y marea en acudir a clase con los hábitos que sus creencias prescriben para las mujeres me recuerda irremediablemente a la batalla que Antígona libra contra Creonte y, por extensión, contra Tebas. Antígona, ante la debilidad de su madre –Ismene- se ve obligada por las atávicas leyes religiosas, que ordenan enterrar con los correspondientes ritos a los muertos, a desobedecer las órdenes del Rey, que ha decretado la prohibición de inhumar a Polinices por traición a la ciudad. La ley de la polis se enfrenta aquí fatalmente a la ley de la familia, el orden público colisiona irremediablemente contra la ley de la familia, ese “oscuro rumor de lo doméstico”, como Hegel lo llamaba. Según este filósofo alemán, que dirigió su mirada con auténtica pasión hacia el momento fundacional de la civilización europea, en este fatal conflicto encontramos el desgarramiento que pondría en marcha la historia de la cultura occidental. La tensión entre la ley de los dioses y la de la ciudad atravesará ya para siempre la vida de las comunidades europeas. En cierto modo, no somos sino el producto de dicha dialéctica.

Eran alumnos de instituto, actores amateurs a los que a veces les temblaba la voz, pero yo salí del viejo teatro romano con la ilusión de haber admirado, una vez más, el coraje de Antígona y los lamentos del Coro.


No son muy distintos, aunque por fortuna menos trágicos, los motivos de la joven musulmana que se niega a quitarse el hiyab para entrar al aula en un instituto de Madrid, lo que le va a acarrear la expulsión y el convertirse en un símbolo, no se sabe muy bien si del fanatismo religioso o de lo contrario, por ejemplo la libertad de expresión. Deberíamos empezar por entender que Najwa ya no está en condiciones de cambiar de conducta, pues si ahora se quitara el hiyab, sentiría que está renunciando a su identidad e insultando a su Dios, pues se sometería con ello a lo que sin duda le parecen coacciones. Y solo faltaban por cierto los necios de la ultraderecha colocando pegatinas en el colegio de Najwa para terminar de enredar las cosas. Tampoco deja de llamarme la atención la contradicción de posiciones en la izquierda. La misma filosofía liberal y progresista es capaz de recabar firmas a favor de los derechos de Najwa en unos lugares, y de exigir la prohibición de todo este de prendas femeninas por considerarlas símbolos de la esclavitud de la mujer en el Islam.

No es difícil adivinar que los motivos de la joven marroquí para asistir a clase ataviada de esa manera son profundos y en ningún caso resultado del capricho, por más que sus dieciséis años no le den para mucho más que aquello de “voy como me da la gana”. Esa fue la respuesta a la pregunta de una profesora que le pidió, estoy seguro de que amablemente, que se quitara el pañuelo de la cabeza en el aula.

Si hay algo que conozco mejor que un aula, es una sesión de Consejo Escolar, espacio donde se reúnen profesores, padres, alumnos y hasta delegados políticos para debatir la gestión de la escuela. Y puedo imaginarme lo que sucedió en el instituto de Pozuelo el día en que resolvieron qué hacer con esta patata caliente que es el hiyab de Najwa. Dado que el Reglamento que rige la convivencia en el centro prohíbe, sospecho, el uso de sombreros, gorras o pañuelos, es decir, prendas que cubran la cabeza dentro del aula, lo que han decidido es hacer cumplir las normas que ellos mismos aprobaron. Sabían que se les iban a echar encima todo tipo de críticas y que obtendrían una indeseable repercusión mediática con esa decisión, pero estaban siendo coherentes. La grandeza de la ley está en que su aplicación ha de garantizarse incluso cuando la discreción o el puro cálculo estratégico hacen recomendable sortearla. Tiempo habrá de cambiar esa norma si así lo juzgan los miembros del Consejo, quienes no me cabe duda de que van a reflexionar mucho sobre Najwa, pero ese momento no es hoy, cuando el curso está a punto de acabarse. De otro lado, demasiada exigencia me parece la de que el Centro cambie sus normas cuando no hay una legislación que determine claramente qué hacer y qué no hacer con casos como éste. La conclusión es obvia: es al Estado español al que le compete clarificar estas cuestiones en la nueva ley de libertad religiosa.

¿Islamofobia? No lo creo, pero es facilón y tentador lanzar la acusación sobre quien no la merece. Y desde luego no faltan quienes aprovechan este tipo de situaciones para vender su quincalla ideológica. La ultraderecha, por ejemplo. La broma de algún humorista gráfico, que tras el 11-S cubrió con un burka a la Estatua de la Libertad –aquí sería la Virgen de los Desamparados-, traduce ese temor de muchos ciudadanos europeos, para los cuales el principio de libertad religiosa traduce la debilidad con que Occidente afronta el riesgo de una sutil invasión islamizadora.

Más sorprendente han resultado las declaraciones del portavoz episcopal, Martínez Camino, quien parece hacer causa común con los imames para defender los derechos de Najwa. Ha sido hábil, desde luego, pues, a pesar de que probablemente desprecia las prácticas de las “falsas religiones”, sabe muy bien que el auténtico enemigo de todas las teocracias es el laicismo, de manera que, por la grieta del derecho a exhibir signos religiosos, trata de colar el de volver a llenar de cruces las paredes de, por ejemplo, las escuelas públicas. No es el primer síntoma de unidad de intereses entre las jerarquías de los credos rivales: el episcopado lleva años no mostrando incomodidad alguna cuando, preguntados por el privilegio de que en escuelas públicas se impartan clases de adoctrinamiento católico, no ven con malos ojos que las minorías que profesan creencias como las islámicas puedan recibir a las mismas horas la enseñanza doctrinal correspondiente. Curiosa manera de entender la libertad religiosa: quienes libremente decidimos no profesar creencia religiosa alguna debemos sufragar económicamente la empresa de adoctrinamiento, llenando las escuelas de curas, imames y rabinos –¿y por qué no reverendos protestantes o lamas…?

Insisto, el enemigo es el laicismo, el cual es perversamente confundido a menudo con el ateísmo. Si el Estado español, como la mayoría de naciones que han sido lo suficientemente sensatas como para asumir los valores de la modernidad y la Ilustración, se declara laico, no es porque quiera poner trabas a la libertad de conciencia, sino porque, muy al contrario, lo que pretende es posibilitarla, evitando que los derechos al culto de los unos termine por imponerse a la fuerza sobre los otros.

Es muy burda la argumentación de Mtnez Camino cuando, al tratar de rebatir el principio de que la fe religiosa pertenece al marco privado, afirma que ello nos obligaría a recluir tras la puerta de las casas la exhibición de signos religiosos. Lo que en realidad significa “marco privado” en este caso es que el Estado es neutral ante la pluralidad de creencias, y que ninguna puede exigir privilegios sobre las otras ni invadir las instituciones públicas. Afirmar que desde el principio laicista llegamos a la prohibición de los signos es una simplificación ridícula: que mi aula no esté presidida por un crucifijo no significa que yo pueda prohibir a un alumno llevar una cruz colgada del cuello. Jamás lo haría, ni con una cruz ni con una Estrella de David, porque yo, al contrario que la gente como Martínez Camino, respeto el derecho a sostener creencias diferentes a las mías.

Una vez asumimos que la actitud de Najwa no es caprichosa y nos zafamos de interpretaciones oportunistas, la pregunta sigue planteada:¿qué hacer pues con el hiyab de las mujeres musulmanas? Lo primero es dirigir la mirada a los legisladores y exigirles que planteen de verdad las condiciones y los límites de la libertad religiosa con arreglo a los tiempos en que nos encontramos, lo cual, en mi opinión, debe empezar con romper de una vez por todas con el dichoso Concordato con el Estado Vaticano, que mantiene situaciones hoy en día inadmisibles de privilegio para el culto católico, el cual es ciertamente mayoritario en nuestro país, lo cual ni supone que los ciudadanos que no lo compartimos hayamos de sufragarlo, ni que goce de ventajas de las que carecen los demás credos.

Personalmente, yo me inclinaría por no aceptar la presencia de prendas que puedan cubrir la cabeza de los alumnos de una escuela o instituto. ¿Por qué? Precisamente porque creo que uno de los grandes logros de la civilización es el de imponer una observancia formal sobre las reglas de respeto en los espacios públicos, entendiendo por tales en este caso no las calles o los bares, sino lugares como escuelas, juzgados o ayuntamientos. Entiendo que esto pueda ser discutible respecto al caso de mi Antígona musulmana, pero tampoco acepto que mis alumnos entren con gorras o pañuelos de rapero al aula –repito, al aula, no al instituto-, y tienen el mismo derecho que Najwa y razones seguramente igual de sólidas. Discutible, de acuerdo, y sería bastante mas inflexible con el burka o el velo, por la sencilla razón de que quiero poder ver el rostro de mis alumnos. Imaginen que un alumno viniera a clase con un antifaz de Batman y, al solicitarle que se lo quitara, me dijera que sus creencias frikis le obligan a ir así por el mundo. ¿Tendría menos derecho que una joven árabe? ¿Quién decide qué cultos son serios y cuáles no? ¿Tenemos derecho a determinar qué intenciones que guían los actos de las personas son aceptables y cuáles no? ¿Estamos dispuestos a entender que la libertad debe ser estructurada o seguimos siendo tan pueriles que democracia significa hacer lo que me venga en gana?

En cualquier caso, legislar sobre un problema que es novedoso en nuestro país libraría a escuelas e institutos de asumir una iniciativa que, como ha sucedido en Pozuelo, los deja indefensos. Y puestos a reclamar leyes, creo que conviene prevenir contra una tentación peligrosísima y en la que ya han caído los franceses que, como Sarkozy -siempre tan oportuno en estos temas tan inflamables- creen poder prohibir a las mujeres llevar burka o niqab por la calle. Debemos entender que el tipo de espacio público que es la calle se diferencia completamente del que es una escuela o un tribunal de justicia, eso que a Mtnez Camino también le cuesta mucho distinguir. Es aquí donde la sospecha de soterrada islamofobia toma cuerpo, y me pregunto si a Sarko no se le ha ocurrido pensar que los tacones de aguja, los corsés, los hábitos de monja o las faldas son también signos de la opresión patriarcal sobre las mujeres.

Un tema complicado, ¿verdad? Siempre lo ha sido regular la convivencia, y lo va a ser más cada día. Por eso conviene evitar simplificaciones demagógicas y efectuar todas las distinciones oportunas. Y espero que Najwa vuelva cuanto antes a la escuela. Quizá así aprenda, algún día, que la historia de luchas que llevaron a que ahora podamos hablar de sus derechos no nacieron de la fe sino de la razón.

Saturday, April 17, 2010






CLÁSICOS


DOMINGO. El Madrid-Barça no es un clásico del fútbol, sino de la cultura. Supuestamente, la opción que uno toma entre los Beatles y los Rolling Stones, Pepsi y Coca Cola, Disney y el Manga o Angelina Jolie y Jennifer Anniston, determina nuestro perfil como consumidores, como ciudadanos y como habitantes del planeta. Se pretende que ser merengue o blaugrana lo conduzca a uno a similar encrucijada. Dado que desde siempre a soñé con ser un futbolista de fama, me suelo preguntar si el jugador que sale a la cancha para disputar un partido que va a ser visto –a veces con encendida pasión, como si se tratara de una cuestión de honor colectivo- por miles de millones de personas, es consciente de que en cada pase de riesgo que dé al portero, en cada momento en que no marque a tiempo por centímetros el fuera de juego, podrá estar lastimando la ilusión y la paz espiritual de medio planeta. Todo es de mentira, claro, la sociedad de consumo nos hace creer que la identidad puede tramarse en una elección de marca, y la hipnótica liturgia colectiva del estadio parece tan capacitada para convocar a los dioses como lo estuvieron en su tiempo los cánticos del sacerdote maya en lo alto de la pirámide. Todo es un simulacro, pero nuestra situación como espectadores no es muy distinta a la que se diseña desde los media para las noticias de política, las guerras o las catástrofes humanitarias.

El símil suena repugnante, sí, pero usted y yo compartimos la misma indefensión, el mismo estéril sentimiento de culpa cuando se nos informa de los atentados y el hambre, la misma viscosa sensación de impotencia ante la pantalla que nos satura de noticias terroríficas y después nos pone publicidad y a Belén Esteban En tiempos en los que se puede hacer turismo hasta por Auschwitz, y los programas del corazón son -no bromeo- los que sostienen los viejos hábitos del debate y la reflexión, el dramatismo del locutor en la retransmisión del clásico parece justificable.

LUNES. Gana el Barça. Nadie duda de que Laporta y Florentino son igualmente malos, pero ¿qué hombre con poder no habrá de serlo? En cuanto a los futbolistas, Cristiano Ronaldo consigue parecerse a los malos de Karate Kid: musculoso de gimnasio, prepotente, con cara de no poder divertirse acostándose con todas las mujeres que le atribuyen porque, como a todo Narciso, le es imposible disfrutar con nada que, como un espejo, no se limite a retratarle, a devolverle su imagen reduplicada...

Cristiano es una metáfora del ascenso social de la banalidad y la insignificancia. Autista y prepotente, incapaz de habitar valores éticos, su lógica es la del objeto, nacido para ser admirado. Su idea del esfuerzo es la de un gimnasio donde neuróticamente se reiteran una y mil veces los mismos ejercicios, el mismo ceremonial ascético. Cristiano, sin que nos demos cuenta, es la apoteosis del aburrimiento. No significa nada, no es un inmigrante árabe afirmándose en la metrópoli como Zidane ni un juguete roto salido de los suburbios como Maradona… Es una criatura del “florentinato”, el hombre que hipnotiza a quienes, inexplicablemente, le entregan una y otra vez el poder del club de fútbol más glorioso del mundo: Cristiano es pura mercancía fetichizada y de consumo fácil. El destino de ambos es conducir al madridismo hacia la catástrofe, pero sus adeptos creerán en Florentino, en su poder ilusionante hasta el último momento.

MARTES. Empiezo a intuir un trasfondo perverso en la omnipresencia de las autoridades eclesiásticas en los medios. Si yo fuera Papa –y debo decir que me seduce serlo- controlaría a mis empleados con mayor eficacia, no ya para que evitar que abusaran de niños, sino para que no se pasaran la vida diciendo toda la sarta de memeces que les hacen aparecer en los medios. Pero el juego es más profundo: dicen barrabasadas en las que no creen ni ellos mismos porque, en estos tiempos, cualquier incorrección, cualquier salida de tono contra los homosexuales, las mujeres o los condones te permite salir en las portadas de yahoo noticias o en los noticiarios más vistos, es decir, los del tipo “El hormiguero” o el de Wyoming. El abandono definitivo del espíritu renovador de apertura a la sociedad del Vaticano II ha quedado completamente olvidado porque ser bueno ya no es mercantilmente eficaz. Ya nadie con dos dedos de frente o sin alma de fanático es capaz de creer seriamente en autoridad moral de Roma. Ratzinger lo sabe, por eso su gente se las arregla para que olvidemos lo fundamental, que el atractivo de una institución empeñada en condenar todo aquello que hace que la vida resulte soportable es tanto como ninguno.

MIÉRCOLES. Cuando era crío llegó al colegio un extraño personaje. Era cura, había viajado como misionero por todo el mundo. Como el androide de Blade runner, podía decir a los demás curas de la Orden, un hatajo de cobardes que apenas salían de la sacristía a unas calles que les resultaban inhóspitas, aquello de “he visto cosas que no podéis imaginar”. Al llegar no nos hizo rezar, no intentó, como hacen todos los mediocres, ganar adeptos para la causa ni extender la buena imagen de la Iglesia, ni confesarnos, ni aburrirnos para que, como pretenden la mayoría de los funcionarios del Señor, aprendamos a detestar la vida tanto como ellos. “Voy a explicaros a Dios como nadie lo ha hecho nunca”. No recuerdo lo que dijo, pero salía del recinto y pasaba horas en el banco de un parque mirando pasar la vida. Un día me senté junto a él y le dije “no creo en Dios y además soy comunista, Padre”, y él sólo contestó que le gustaban las personas como yo. Y poco después volvió a África o a Hispanoamérica. ¿Dónde están hoy aquellos hombres que todavía creían en el poder del mensaje evangélico para cambiar el mundo? El proyecto de renovación de la Iglesia Católica, encarnado en la figura de Juan XXIII, ya es sólo un recuerdo del pasado, desgraciadamente.


JUEVES. El asunto Garzón me hace recordar lo dicho por Todorov, antiguo fugitivo del terror estalinista de Bulgaria, en relación al carácter imprescriptible de los Crímenes contra la Humanidad. La memoria histórica no es una banalidad ni el producto del resentimiento y la venganza, la amnesia es el principio del fracaso de todo sistema democrático. Pero la revisitación del pasado tiene un riesgo: puede sacar a luz la vergüenza de quienes, no participando activamente del horror, decidieron ignorarlo. Lo preocupante no es que vayan a destruir al Juez, lo preocupante es que no se entienda que las leyes de punto final contra las dictaduras y sus escuadrones de la muerte son el producto del chantaje. Por encima del chantaje local está el Derecho Internacional, eso es lo que parece que, en la judicatura española, solo Garzón está dispuesto a asumir. Esto seguirá siendo imposible mientras no se acepte, en un país donde aún campean estatuas a caballo de uno de los peores criminales del siglo XX, que el olvido decretado por las leyes no pone punto final al derecho de las víctimas.




VIERNES. Hablando de Todorov -en las horas de las exequias por Kaczinsky, presidente de Polonia-, tiene toda la razón cuando se queja por la indulgencia con que la intelligentsia francesa, empezando por Sartre, trató al horror estalinista. Cuando Solzhenitsyn vino a contarnos los horrores del Gulag, muchos intelectuales de izquierda le tomaron por un loco, un mentiroso o un agente de la CIA. Tiene razón Todorov, desde luego, el modelo totalitario de la Europa del Este es la continuación del horror de los campos y la deshumanización del fascismo, y es odioso que algunos, por una especie de fidelidad ideológica mal entendida –incluso hoy sucede algo así con el castrismo- optaran por descreer de quienes revelaban la tragedia. Pero hay algo en lo que se equivoca: Todorov ve en la herencia moral de la educación estalinista, por ejemplo entre sus compatriotas, los búlgaros, la causa de que hoy no haya manera de articular regímenes sanamente democráticos en la Europa del Este… La práctica masiva del tráfico de influencias, la cultura de la delación, toda esa suerte de miserias humanas en que se traman los regímenes totalitarios,ha instruido a los eslavos durante más de medio siglo en la iniquidad moral y la insolidaridad más desoladora, de acuerdo. Pero la Polonia de los gemelos Kaczinsky, como la Rusia de Putin, no es sólo un producto del estalinismo. Los gemelos provienen del mundo de Walesa -Solidarnosc y el neopapismo polaco-,y su euroescepticismo, su entrega incondicional a la política exterior de los USA o sus brotes ideológicos contra los homosexuales,no son fácilmente imputables al adoctrinamiento marxista. Todorov tiene la fe del huido o del converso, parece incapaz de encontrar cepas de infección en el capitalismo o la democracia representativa, que con tanto optimismo abrazaron en los países del Este con la caída de los regímenes comunistas. Creo que se debe seguir persiguiendo a los torturadores y convertir el Gulag y los demás campos del estalinismo en un símbolo, pero el pasado como excusa permanente para todo es un “abuso de la memoria”, por servirme de una fórmula del propio Todorov.

SÁBADO. Un fenómeno natural como el del volcán islandés habría resultado irrelevante en otros tiempos. Hoy, la extensión por Europa de la nube de cenizas, provoca un caos organizativo que no tiene precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Olvidamos que ahora mismo se levantan sobre el aire miles de aviones cada minuto, mientras que hace medio siglo, un vuelo era un acontecimiento casi excepcional. (Hace muchísimo, cuando mi padre cogía un avión, nos explicaba a mi hermano y a mí a qué miembros de la familia teníamos que dirigirnos si no regresaba). Un sistema perfectamente racionalizado, como el de la aviación, las redes informatizadas o los controles de seguridad alcanza en nuestro tiempo una capacidad productiva inimaginable en otros tiempos, es monstruosamente eficaz. Pero, paradójicamente, su potencia le hace al mismo tiempo terriblemente débil. Un simple imprevisto, como un hacker, un volcán que empieza a lanzar cenizas o un tipo con un cutter crean una turbulencia que termina por hacer colapsar todo el sistema. En otro tiempo, ello habría requerido decisiones individuales improvisadas y atrevidas, pero hoy, el sistema hace imposible tal cosa. Se acabaron los héroes, los aviones seguirán en tierra.

Se me ocurre una pregunta. Alguien me dijo que hay tantos aviones que si todos los que están en el aire hubieran de aterrizar no cabrían en los aeropuertos. ¿Dónde los guardarán si la nube de ceniza termina por neutralizar todo el tráfico aéreo en Europa?

Y una pequeña maldad: quizá este sábado por la mañana sea el más feliz en la vida de una joven pareja que cometió el error de comprar su casa –era más barata- al lado de un aeropuerto. Hoy no pasan aviones por encima del tejado ni tiemblan los muebles ni el ruido ensordecedor les recuerda a cada momento que el mundo es un lugar inhóspito y que vivir es un castigo; hoy miran al cielo cogidos de la mano mientras escuchan a los pájaros.

Friday, April 09, 2010










EL CASO GURTEL
LO DESCUBRÍ YO





1. Tuve en la facultad un compañero –San Pancracio- cuyos vínculos con los sectores más rancios del poder católico hedían a kilómetros. No es que estuviera especialmente bien relacionado o procediera de algún linaje largamente amancebado a la familia apostólica. Tampoco es que destacara especialmente por su carácter piadoso, pues aprobaba los exámenes lamiendo culos por los despachos y se pasaba los viernes recordándonos las guarradas que pensaba hacerle ese fin de semana a su novia, todo lo cual no recuerda demasiado a las prescripciones evangélicas… Claro que siempre he sospechado que ciertos tipos que se ofenden mucho cada vez que te metes con algún pit-bull arzobispal, o acusan de “perseguir” a la iglesia a quien discrepa de su visión del mundo, serían los últimos en darle de beber a Jesucristo si lo encontraran sediento por polvorientos caminos.


Pues bien, en una ocasión en que varios estudiantes platicábamos en el bar sobre la negrura del futuro profesional que nos esperaba, Sanpan –con una frialdad estremecedora- afirmó: “yo acabaré trabajando en alguna escuela del Opus Dei”, y se fue tan ufano y absolutamente convencido de sus propias palabras. Insisto, no tenía ningún padrino especial que hubiera de facilitar su ingreso en la Obra, Sanpan simplemente creía en sus propios méritos: estaba convencido de que sus habilidades como tiralevitas terminarían catapultándole al éxito.

Este dulce recuerdo juvenil me lleva en mis momentos más fatalistas respecto a la simpática especie sapiens a la conclusión de que hay dos tipos de hombres: los que, por cinismo o ingenuidad, reconocen ser unos corruptos, y los que se recatan más en hacerlo, sea por doble moral o por esa incapacidad –humana, demasiado humana- de advertir en el propio cuerpo la infección que con tanta preclaridad detectan en el ajeno. Claro que tampoco siempre me levanto de la cama dominado por la negrura del pesimismo. Por ejemplo, recuerdo a otra compañera, ésta de talante y aspecto radicalmente alejado del de Sanpan, que hizo suya una frase que repetía con una insistencia casi delirante, amén de con un tono de voz ciertamente histérico: “¡Todos somos unos hijos de putaaaaa!”, aseveración un pelín nihilista que cortocircuitaba cualquier posible debate. Todos somos malos, luego es inútil intentar detener a los corrupto: los humanos no tenemos remedio y todas esas cosas que, en el fondo, parecen aprendidas ante el mismo púlpito que se empeña en hacernos culpables por aquella imprudencia a la que llaman el Pecado Original.







Que todos, ricos y pobres, mandarines y siervos de la gleba, estamos hechos de la misma pasta, es algo que he presentido desde siempre. Sin embargo nunca esa me pareció razón suficiente para abandonar el lado de los débiles, único en el cual, aunque sea por cuestión de elegancia, merece la pena ubicarse. La misma pasta, sí, pero no el mismo tejido moral. Mirémonos en el espejo: yo he sido un miserable cobarde y un rufián en más momentos de los que me gustaría recordar. Si soporto vivir con ello es porque a lo largo de mi vida he tenido la grandeza de amar sin condiciones o porque, en ocasiones, he sido capaz de proclamar en medio del ágora la inocencia de Sócrates y la mezquindad de la asamblea. El mismo hombre, sí, pero son nuestros hechos los que nos identifican, y estos provienen de profundidades del alma tan alejadas entre sí como las de un dinosaurio y una hiena. Si reconocemos que no hay hombre de una pieza, difícilmente podremos sostener que hombres distintos son al final exactamente iguales; difícilmente habremos de conformarnos con el simplismo de afirmar, ante la evidencia de la corrupción que “al final resulta que todos son iguales y que todos meten la mano en cuanto pueden”.


2. Desengáñese, no siga leyendo si cree que lo que voy a hacer es proclamar la superioridad moral de unos políticos sobre otros. Ni siquiera voy a salir con esa obviedad buenista de que “no todos son iguales”, o mucho menos con que la izquierda es honesta y la derecha está corrupta. Conviene no obstante al respecto hacer algunas precisiones.




¿Por qué la Asamblea de Madrid se descojonó estruendosamente el otro día en la cara de Esperanza Aguirre cuando dijo esa frase para la historia de “yo fui la primera en destapar el Caso Gurtel”? Al margen de que la Presidenta de Madrid tiene cierta gracia para mentar a la bicha allá donde otros callan como monjas con voto de silencio, lo que provoca hilaridad ante tal afirmación es la convicción de que el Partido Popular vive instalado en la cultura de la corrupción. Lo curioso es que esto lo saben incluso sus votantes. Algunos de ellos, ávidos lectores de tebeos tan ocurrentes como El Mundo o La Razón, se acuestan por las noches convencidos de que son todo mentiras del Grupo Prisa. Pero si la mayoría se limita a torcer la vista ante la evidencia y seguir votando a quienes roban o toleran a los que roban es simplemente porque son indulgentes con tales corruptelas. Si no penaliza la corrupción en la única cuenta de resultados trascendente para la empresa que es un gran partido político, es decir, en la cuenta electoral, ¿cómo sorprendernos que la mayoría de corruptos estén en la derecha?


Ahora bien, estoy muy lejos de considerar que tales vicios son ajenos a la izquierda, ni siquiera creo que la corrupción haya sido –concretamente en el PSOE-, un fenómeno anómalo o coyuntural. Hubo un tiempo, cuando el gobierno González alcanzó un poder casi omnímodo, en que un ministro de Economía dijo que España era “el país europeo donde más rápidamente puede una persona hacerse rica”. Y luego vino Filesa, y Mariano Rubio, y Roldán... en fin. Podría igualmente referirme a las tramas de corrupción, que casi siempre al socaire de las tenebrosas sendas del urbanismo local, han infectado el país y, muy especialmente, la costa mediterránea. ¿Son inocentes de toda esta lógica filibustera los ediles y consistorios de la izquierda? Créaselo usted, y siga creyendo también, si quiere seguir habitando en el País de las Maravillas, que el régimen cubano no persigue a sus disidentes, que el GAL fue un invento de Garzón, que hubo una conjura republicana contra el felipismo o que Corcuera y Barrionuevo fueron ministros con una gran fe en la libertad y la democracia.









El verdadero problema que tienen los corruptos para hacer nido cómodamente en la izquierda es que su electorado sí castiga el saqueo, así de sencillo. Es un problema similar al que tienen los dirigentes socialistas cuando gobiernan e intentan imponer medidas que a su electorado le parecen reaccionarias, oportunistas o simplemente anti-sociales: se lo hacen pagar en las urnas porque el elector de izquierdas –al contrario que el de derechas- no es un cliente fidelizado: no vota por obediencia, sino porque cree que la misión del gobernante es propiciar la redistribución de la riqueza, extender la cultura del derecho y evitar la impunidad en los abusos que los poderosos ejercen sobre los más débiles. Si el primer gobierno socialista cayó, cuando llegó a creerse invencible, es porque terminó por extender el desaliento entre quienes pensaban que ser gobernados por la derecha y por la izquierda NO ERA LO MISMO. En algún momento del camino esa convicción se perdió por el desagüe.





3. Mi conclusión es que –aunque de forma más atormentada en la izquierda- la corrupción habita las entrañas mismas del sistema partitocrático, y que quien prospera en el aparato de un gran partido político es sospechoso de estar dispuesto a tolerar o silenciar todas estas prácticas. ¿Cómo es posible que la ciudadanía no se rebele contra esta forma de oligarquía que agusana el sentido originario de los regímenes democráticos? ¿Cómo se explica que no broten aquí y allá movimientos de insurgencia civil frente a quienes, arrogándose el poder concedido como si fuera un patrimonio propio, secuestran las instituciones? Una de las voces más respetables del país, Josep Ramoneda, alude con frecuencia a un concepto inquietante, una nueva forma de totalitarismo, ahora viscoso y gris antes que solemne y genocida:

Me preocupa mucho el totalitarismo de la indiferencia, esta especie de fascismo sin galones hacia el que han evolucionado las sociedades del primer mundo. Creo que hay que denunciarlo y, finalmente, creo que hay que reivindicar la tradición ilustrada que sigue siendo el ideal más grande que los humanos nos hemos dado”.


En otro lado, el periodista parece querer aferrarse a la esperanza negra de Obama,:


“En este contexto, Obama representa la última oportunidad de una política que garantice la supervivencia de las sociedades democráticas. Si esta oportunidad fracasa, los Estados serán cada vez más Estados corporativos, marcados por el oscurantismo y la desinformación; la democracia evolucionará hacia el totalitarismo de la indiferencia, en que nadie es responsable de nada y el miedo reduce cualquier idea de espacio público; y, de vez en cuando, la política generará brotes de populismo como expresión de su impotencia.”


Ojalá la oportunidad no fracase. Pero mientras tanto, se me ocurren unas cuantas cosas. Dejemos de esperar que nuestro vecino tome las riendas cuando se trata de elevar una protesta al ayuntamiento. Dejemos de esperar a que los delegados sindicales se pasen por el trabajo para decidirnos a hacer huelga. Dejemos de exigir a los dirigentes de la oposición que estén en tal y cuál movilización civil y acudamos nosotros en su lugar. Dejemos de esperar que el tipo al que elegimos como director cumpla con sus obligaciones y dejemos de ampararnos nosotros en su indolencia para justificar la nuestra. Dejemos de ausentarnos del trabajo cada vez que nos duele una uña y así obtendremos autoridad para reprochar a algunos compañeros su escandaloso absentismo… Y, finalmente, ya que nos molestan tanto Gurtel y el Bigotes, dejemos de esquivar nuestras obligaciones, dejemos de robar, dejemos de eludir ciertas fiscalidades y de sentirnos estupendos cada vez que birlamos unas perras a cuenta del fisco, el lechero o nuestros supuestos camaradas. Quizá haya llegado el momento de dejar de reírse de aquel funcionario alemán incorruptible que firmaba con una pluma las cartas administrativas y cambiaba a la suya cuando se trataba de asuntos propios.




Yo no creo, como aquella vieja amiga, que todos seamos unos hijos de puta, no al menos que lo seamos siempre, pero digámoslo de una vez por todas. La gente no es inocentemente indulgente con los políticos corruptos. O construimos nosotros los ciudadanos los marcos de la convivencia o seguiremos al albur de los caprichos de aquellos en los que, por desidia, tendemos a depositar las responsabilidades que nosotros no queremos desempeñar, en cuyo caso, será cuestión de tiempo que antes o después nos pasen la factura.

…Y no siempre va a haber un juez Garzón para salvarnos.


Saturday, April 03, 2010











RATZINGER es a ojos de un viejo amigo el "filósofo más trascendental de nuestro tiempo". Deberle a largos años de colegio, parroquia y sacristía la propia fundamentación intelectual y moral no excusa a uno por decir gilipolleces. No acaba de explicarme mi viejo camarada cómo valora el pensador alemán la influencia actual en el pensamiento europeo de los textos heideggerianos que tanto leyó en su juventud, qué futuro tiene la deriva posestructuralista francesa, si es posible a partir de Quine un cambio de paradigma en la filosofía analítica, si tenía razón Kuhn en su polémica sobre la historia de la ciencia con Popper... en fin todas esas cosillas que nos preocupan a los licenciados en la Ciencia de los Primeros Principios y las Causas Últimas, como llamó el padre Aristóteles a la Filosofía.


Podría leerme Ser cristiano en la era neopagana, Mirar a Cristo, ejercicios de fe, esperanza y razón o Un canto nuevo para el Señor: la fe en Jesucristo y la liturgia hoy... Pero, sinceramente, sospecho que no voy a encontrar bajo tales títulos las respuestas que necesito a los problemas que me angustian y, en cualquier caso, ya aprendí que lo que anida en los cenáculos monacales, antes que la corrupción o las tentaciones del Maligno, es un demoledor aburrimiento... conque me contentaré con escuchar alguna homilía y ver Ben-Hur, dado que ya ha quedado claro que no me libraré mientras vivan de los tostones de romanos viciosos con que decoran nuestro paisaje de la santa semana.






No me preocupa en exceso si la Iglesia católica está corrupta por la pederastia o si Benedicto XVI está perdiendo la oportunidad de desmarcar a la Iglesia de sus manzanas podridas. Es cierto que la realidad le está echando un pulso: tiene que lidiar con una situación que erosiona la imagen de la institución y la suya propia, en la medida en que todos sospechamos que -salvo que le consideremos idiota, y eso sí que no- que el turbio asunto ha venido siendo silenciado y tolerado desde siempre por las autoridades vaticanas en general, y por su hombre más poderoso de las últimas décadas en particular. Para mí, no deja de ser una sorpresa que cierta vieja allegada con una larga vida de fervor me venga ahora con que "estoy pensando después de todo esto en abandonar definitivamente la fidelidad vaticana". Tratándose de una mujer de izquierdas, firme defensora desde joven del sandinismo o la Teología de la Liberación y vinculada siempre a las asociaciones de cristianos progresistas, me causa perplejidad que ahora se espante por ciertas prácticas que siempre han ocurrido, que siempre han sido silenciadas y que, en cualquier caso, son mucho más producto de la lógica institucional que gobierna al mundo de los clérigos que de la maldad intrínseca de algunas personas. Creo en suma que no es motivo para abandonar a su suerte a la Iglesia cuando se ha acogido uno a ella durante toda su vida. Los motivos por los que un cristiano debe renunciar a la autoridad romana y vivir su fe de una nueva manera son otros y, desde luego, mucho más profundos.


No es cierto que Ratzinger se esté equivocando, ni siquiera creo que la cuestión sea si está o no actuando inmoralmente. A Ratzinger le molesta la pederastia tanto como a mí, aunque no sé si exactamente por las mismas razones, pues en mi caso, la base desde la que determinar la aceptación de las relaciones sexuales es la libertad y, en consecuencia, el consentimiento, el cual se vuelve impracticable cuando se trata de niños. No estoy seguro de que ese sea el principio fundamental para la autoridad vaticana, pues no tiene ningún reparo en condenar ciertas prácticas sexuales voluntarias entre adultos. En palabras atribuidas a Benedicto: ""La homosexualidad es un desorden objetivo. La Iglesia Católica debe acoger con respeto, compasión y delicadeza a todas las personas homosexuales, pero exigiéndoles también que vivan en castidad." Es posible que yo no interprete bien la frase, cuyo sentido me parece preñado de una repugnante hipocresía, pero, por si hace falta, podemos recordar una del ínclito arzobispo Cañizares, fiel seguidor de los planteamientos del actual ocupante del Trono de Pedro: "La ideología de género es una de las revoluciones más insidiosas que se han dado en la historia de la humanidad y conlleva la destrucción del hombre" Mientras los cristianos no se metan en la cabeza que el sexo es una cosa que está muy bien, que ser gay es bueno, que el preservativo es un invento estupendo y que, en definitiva, Dios no es tan imbécil como para andar preocupándose de lo que usted hace libremente con su cuerpo, seguirán haciendo caso de todas estas memeces de quienes, tan obsesionados con las tentaciones, han terminado consiguiendo que el sexo goce incluso de una mayor atracción de la que realmente merece.


Sostengo, no obstante, que todo esto es secundario en el análisis sobre los motivos del Papa. No dudo que estos asuntos tengan que ver, como efectos colaterales, con la monstruosidad que, para cualquier persona, supone una prescripción como la del celibato. Precisamente porque creo que uno ha de poder hacer con su cuerpo lo que desee -incluyendo por supuesto no tener relaciones sexuales- me parece terrible que la pertenencia a una determinada institución determine la intimidad. Que de ahí se deriven la doble moral, el ocultamiento e, incluso, las prácticas abusivas, se nos antoja irremediable... pero conviene recordar a los clérigos que nadie les puso una pistola en la cabeza para vivir dentro de una sotana.


Y aún así, insisto, la tolerancia vaticana con la pederastia tiene que ver mucho más con las necesidades prácticas de la Iglesia, que no son otras que las de la supervivencia. Mi planteamiento al respecto de Joseph Ratzinger es que su indiscutible inteligencia, su vasta cultura y su liderazgo no le dan para ser un gran filósofo, pero sí para hacer lo que viene haciendo con tenacidad bávara y con maestría desde hace muchos años: vigilar la salud de la institución. No es en la preservación de la fe donde anda fuerte -sus virtudes como "convertidor" de infieles son ridículas en comparación con las de su amigo y predecesor, Karol Wojtyla-, sino en su rigor como burócrata. Ratzinger ha entendido siempre perfectamente que el Vaticano es una empresa internacional con importantes sucursales y filiales a las que hay que alimentar y atender, lo que no es poca cosa. Lo que verdaderamente sabe es, como un médico, detectar los síntomas de infección y eliminarlos o aislarlos para evitar que se extiendan.


¿Por qué no ha sido implacable con los pederastas como sí lo es con las tentaciones renovadoras de los sectores progresistas del catolicismo? Porque entiende perfectamente que el peor virus de una institución no civil ni democrática -incluso de una institución donde la imagen moral que se proyecta es esencial- no son ciertos vicios privados, sino la desobediencia. Alguno de los acusados de pederastia ha destacado sobremanera en su voto de obediencia. ¿Casualidad?



Lo que Ratzinger ha sabido siempre es controlar a su tropa. Si, en contra de lo que piensan algunos, quedará en la historia de la Cristiandad como un pontífice irrelevante es precisamente porque su tecnología de poder ha sido la del enroque. Con Benedicto no aumentará el número de fieles, es más, serán masas de población las que, por ejemplo en Hispanoamérica o Asia, continuarán pasándose a otras filas regidas por expertos en gestionar las inquietudes del espíritu, tal y como ya viene ocurriendo desde hace tiempo. No siendo una celebritie como Wojtyla -el Papa que entendió perfectamente aquello de la "Sociedad del Espectáculo"- Ratzinger solo puede nutrir la legitimidad de la institución dotándola de autoridad moral, pero ha optado por seguir actuando como un poder interno, que es lo que siempre hizo desde la Congregación para la Doctrina de la Fe. Si, por más que le cambiaran el nombre astutamente, la Santa Inquisición sobrevive después de medio milenio, es porque sigue siendo una prioridad luchar contra las herejías, que es para lo que la fundaron. En palabras más de nuestro tiempo -ya quisieran poder seguir metiendo miedo con lo de los herejes y las excomuniones-, lo que hace un inquisidor actual es proteger la ortodoxia de la fe frente a doctrinas que pueden hacerla peligrar. Y "ortodoxa", ya lo sabemos, es aquella lectura de los textos sagrados que el Poder ha decidido ir considerando verdadera, es decir, aquella interpretación que se niega a aceptarse a sí misma como tal, considerando que todas las demás interpretaciones son ilegítimas y perseguibles porque solo la versión romana traduce literalmente los deseos del Dios que vino de visita por tierras de Judea.







Si el Vaticano se lanzara a saco contra todo este tipo de asuntos no tendría más remedio que abrir otros muchos, unos de índole sexual, y otros asociados a diversos pecados capitales como la codicia. Abriría con ello una puerta peligrosísima, y es razonable que en un tiempo ciertamente crítico para la Iglesia, un rector con sentido de la responsabilidad tema no poder controlar las consecuencias. Lo que verdaderamente desea el Vaticano en el momento presente es proteger una lógica tan del Antiguo Régimen como la del tribunal estamental. En otras palabras, frente al principio democrático supremo -la isonomía o igualdad ante la ley- la Iglesia pretende juzgar internamente a su gente. Eso es lo que más han echado en falta aristocracia y clero el día que triunfó la Revolución Burguesa y Europa pudo empezar a realizar al fin el ideal cívico que los ilustrados habían recuperado del viejo ágora de Atenas. Pero es que acaso sea la supervivencia de instituciones tan medievales el auténtico milagro de nuestros días.

Como toda institución internacionalizada y burocratizada -sean o no sus fundamentos medievales- lo que la Iglesia pretende es su autorreproducción, y no otra cosa es lo que le encargan sus empleados al dirigente de turno. "Es la economía, estúpido", decía la gente de Clinton en campaña. Por ahí van los tiros. Deberíamos pensar en los tres mil quinientos millones de euros que el dichoso Concordato nos cuesta cada año y plantearnos si debemos seguir siendo los ciudadanos comunes los que sufraguemos a la Iglesia Católica por la racanería de sus fieles, que nos creen obligados a seguir subvencionando el carácter "practicante" de su fe. ¿Hemos pensado, como me dijo un delegado sindical, que la Iglesia es el único sindicato con miles y miles de "liberados", sacerdotes, profesores de Religión y otras figuras intermedias entre Dios y el alma, los cuales transmiten fidedignamente la doctrina de sus jefes? Quizá no se nos ocurra que una razón esencial en favor del mantenimiento del celibato es precisamente la necesidad de la Iglesia de tener bien sujetos en su vida pública, pero también en la privada, a los legionarios de su tropa.






Una de esas consignas es la de la conciencia persecutoria. Deberíamos extraer consecuencias del hecho de que algunas naciones, autonomías, razas, religiones o doctrinas habituadas a extender la idea de que sufren persecución suelen arreglárselas para estar permanentemente en el candelero mediático. Para no querer ser perseguidos, sorprende la facilidad que tienen por ejemplo los obispos para decir todas aquellas cosas que sirven de carnaza a la prensa. ¿De verdad quieren que les dejemos en paz? ¿No será más bien -y esta es una estrategia tan vieja como el cristianismo- que hace falta incitar a los supuestos perseguidores? Por otra parte, ¿soy un perseguidor de la fe cuando cuestiono la ideología de los obispos, cuando me quejo por sufragar una institución antidemocrática, cuando cuestiono la política de concertación por la que todos pagamos la enseñanza religiosa en detrimento de la enseñanza pública...? No, caballeros, no son ustedes perseguidos, acaso sean más bien ustedes los que nos persiguen a los demás, y lo van a seguir haciendo mientras la fe no se entienda como un ámbito privado, que es justamente lo que les aterroriza. En todo caso, creo que no llevan bien aquello de la discrepancia, pero no me sorprende, porque el principio de autoridad en el que basan su visión del mundo las autoridades vaticanas es en esencia medieval y antidemocrático.





El verdadero gran enemigo de la Fe en la historia es la Razón, pero ésta ya aprendió desde Descartes a poner entre interrogantes todas sus creencias, precisamente porque forma parte de su programa no convertir las creencias en dogmas y garantizar el ejercicio permanente de su autocuestionamiento. Supongo que es a esto a lo que Ratzinger llama "relativismo". Pese a todo, ni cuatrocientos años de luteranismo, Revolución científica, Ilustración y laicismo han acabado con el poder vaticano. Sospecho que los enemigos que amenazan con adueñarse del territorio del espíritu son menos respetables que Descartes o Kant. Así se entiende por qué les ponen tan nerviosos las mamarrachadas de Dan Brown, o las bromas new age de los espiritistas, o los que creen que quienes van a salvar al mundo son los marcianos, la meditación tántrica o las cartas astrales. Y eso sin olvidarnos de los millones de hispanoamericanos o asiáticos que se están pasando masivamente a sectas protestantes y otros "cultos incontrolados"


Yo creo que no hay quien nos salve, a no ser que entendamos -como muy saben Ratzinger y compañía- que nos hemos de salvar a nosotros mismos. De momento se me ocurre sugerir a los católicos con alma crítica -que los hay, y cuya fe merece todo mi respeto- que se planteen si no ha llegado el momento del segundo gran Cisma en la historia del cristianismo, si no es hora ya de declarar de una vez por todas la ilegitimidad del poder vaticano para gestionar la fe. Entretanto, yo me conformaría con que los Estados que firmaron el Concordato pierdan al fin su miedo a los púlpitos y acaben ya con los privilegios que sostienen todo este negocio tan dudoso. Me gustaría que fuera, en cualquier caso, el ejercicio crítico de una ciudadanía laica el que determinara tal cosa, y no la lectura de El código Da Vinci o la sustitución de la parroquia por las revistas de ocultismo... Ni siquiera -añado- el que haya algunos curas pederastas.