MEDIA VIDA
He rebasado lo que, con arreglo a las estadísticas de esperanza de vida, es la primera mitad de mi biografía. Felizmente, mis padres no solo viven sino que amenazan con insistir durante muchos años, por más que tengan el cuerpo y el alma lleno de cicatrices y haya hecho falta reparar algún órgano básico.
No tengo hijos. No sé si se me está haciendo tarde para tal cosa, pero creo que, en cuestiones tan trascendentales como la de la paternidad, lo estratégico es asumir que el mejor estado posible, con sus pros y sus contras, es el que uno tiene, lo cual valdrá exactamente igual para el momento en que me dé -si tal cosa ocurriera alguna vez- por traer a un pequeño mono desnudo a este superpoblado planeta: "y p´alante", como dicen en el pueblo de mi madre.
Un anuncio de la tele te pregunta si sabes qué significa que cierto niño con un casco de cuernos se rascara la nariz. Yo no tengo dudas: ese era el gesto por el cual sabías que Vickie el vikingo iba a tener una idea genial para salvar a sus amigos cuando andaban en apuros. La contestación correcta trae penitencia: "Si no dudas en contestar es que ya tienes edad para cuidarte". Y entonces te dicen que tomes Danacol, orín de vaca o no sé qué raíz para que tu polla siga tan enhiesta como el mástil de la bandera. Lo que esto significa en líneas generales es que, ahora, si te dedicas a hacer las mismas burradas que a los quince, lo vas a pagar, que el margen para rectificar es mucho menor, y que las ojeras que se te dibujan por la mañana amenazan con quedarse.

El alma también tiene sus padecimientos cuando se rebasan los cuarenta. Uno pasó incautamente la década de los veinte forjando una vida independiente y próspera porque quería ser feliz y tener una hacienda digna... y ahora que mal que bien lo ha conseguido, se da cuenta de que duerme bastante peor que cuando era un joven fracasado, que las cosas no le resbalan con la misma facilidad que entonces, pese a que el cerebro te indica que son estupideces, y que -no sabes muy bien si por la sensata cortesía de la madurez o por miedo a crearte enemigos- la soltura con que veinte años atrás enviabas a tomar por culo al primero que te molestaba ha desaparecido por completo.
De entre tales padecimientos, el que esboza un paisaje de fondo, apenas perceptible pero continuo, es el de haber entendido por fin que uno tiene que morirse. "Que la vida iba en serio, uno lo descubre siempre demasiado tarde...", dijo Jaime Gil de Biedma. Por muy en broma que uno diga tomarse la vida, cuatro décadas -lo que duró el franquismo, por ejemplo- es suficiente para percatarse del enorme esfuerzo que supone construir ciertas cosas que los más jóvenes ven como algo natural, como si nos hubieran sido dadas desde siempre y sin angustias ni sudores. Por eso termina entendiendo aquellas lágrimas del sabio francés que se estremecía paseando por entre los majestuosos templos del Nilo, conmovido por ver como terminaban en ruinas tantos y tantos desvelos de los hombres. Que yo desaparezca para siempre es ciertamente escandaloso... que lo haga todo lo que me rodea es profundamente injusto.
Vivo conmovido por esa angustia, es cierto, pero mi madurez ha encontrado el contrapeso al negarme esa maldición por lo visto tan común en nuestra sociedad opulenta que es el aburrimiento. No creo que haya ninguna razón profunda por la cual yo -como dice mi madre de sí misma- "me divierta de cualquier cosa", pero es así, un poco como cuandó nos servían la comida y a mí me gustaba y me la comía feliz, mientras mis primos mostraban un asco espasmódico y la tiraban por el retrete mirándome con cara de pensar que yo era tonto. Tengo entendido que es así con el suicidio: ante la misma tragedia, hay quien decide acabar y se mete una escopeta de caza en la boca -con lo que debe doler eso- y hay quien aunque llegue a pensarlo en ocasiones esperara sin más a qué Dios decida por él cuándo llega su hora. No me aburro porque las pocas veces en mi vida en que he pensado esa gilipollez burguesa de que "últimamente no le encuentro sabor a la vida", el Destino me ha enviado alguna putada bien gorda para recordarme la inmensa felicidad que debemos sentir porque no nos duela el hígado, por ver cómo se pone el sol tras las montañas o porque nuestra pareja -esa de cuyo mal carácter decimos estar hartos- no haya decidido esta mañana saltar del tren en marcha, largarse con otro y dejarte con tus DVDS de John Ford, tus partidos de fútbol, tus botellas de vino de crianza y una cara de imbécil que espanta.
Pues bien, llegados a este punto, creo poder establecer algunas conclusiones que pueden venirme bien para lo que queda del partido y que no servirán de nada a los jóvenes, pues aunque sean profundas convicciones, temo que solo se las puede tomar en serio aquel que ha podido comprobar su verdad en la experiencia. Si hay sabiduría en ellas, mejor, si no les sirven para nada, espero que al m

enos les diviertan. Helas:
1. Cuando pases largo tiempo con alguien y descubras que nunca te ha hecho reír, empieza a malpensar de él. El mundo está lleno de tristes y de amargados que sólo levantan el puño victoriosos cuando consiguen inocular sus venenos a los demás. De esos hay que guarecerse. Hace un par de años conviví con un compañero que despertó algunas animadversiones por ciertas conductas algo desordenadas en las que caía con frecuencia, seguramente por torpeza o inobservancia. Yo solía defenderle cuando era censurado. Ofrecía tales y cuáles argumentos, pero el que secretamente me impulsaba era el de que aquel tipo fue capaz de hacerme reír frecuentemente, a veces a mandíbula batiente. Quizá sea esa la auténtica magia del mundo: el poder de provocar la risa.
2. Se puede seguir adelante sin determinadas personas a las que uno, en algún momento, llegó a considerar poco menos que imprescindibles. Analizo mi biografía y veo que la hostilidad o el desafecto de algunos que fueron desapareciendo no pudo detenerme. Único error: llorarles más tiempo del debido.
3. Es irremediable tener miedo, en todo caso lo peligroso sería no tenerlo, pero no puedes dejar que el miedo te paralice. Más peligro de que tal cosa ocurra en la medida en que no descubres que es justamente eso, el miedo, lo que te mantiene irresoluto y pasivo.
4. La pereza es el más sigiloso y nocivo de los vicios capitales. Guárdate de ella, sin que te des cuenta, decidirá que digas No a platos exquisitos que morirás sin haber probado.

5. Pregúntate por qué algunos viejos llegan a parecer invencibles e inmortales. Siempre que busco un vídeo musical en you tube termino pulsando en The Rolling Stones, Bruce Springsteen o algunos vejestorios por el estilo. No solo hay talento y tenacidad en ellos. Hay algo que sale de dentro en su conducta como artistas, algo que no han perdido desde el lejano día en que se subieron por primera vez al escenario. Ese algo no es enseñable ni requiere destreza técnica para ser imitado. Ese algo nace de un compromiso profundo y sincero con la vida, de la voluntad de amar y ser amado y de abrir los pulmones apasionadamente a cada bocanada de aire. No termino de encontrar eso en la mayoría de los jóvenes. Podríamos hacer análisis sociológicos muy bien documentados para explicarlo, pero mi fórmula es más sencilla: o le pones cojones a lo que haces o mejor que te quedes y asumas que eres una medianía. Esta es la primera lección que debemos aprender de nuestros viejos maestros.
6. Dos obsesiones equivocadas: el oro y la belleza. Conozco hombres que han pasado su vida amargados por la imposibilidad de conseguir una mujer de admirable belleza. Conozco mujeres que suman la amargura de no tener un marido guapo a la de no ser ellas tan perfectas como las modelos escuálidas y drogadictas que salen en las revistas de moda. En cuanto al dinero, razón tuvieron siempre -al menos sí en esto- los padres moralistas al prevenirnos contra la codicia. Veo enloquecer hombres y mujeres a millares no solo por hacerse ricos sino, sobre todo, por sentir ese vértigo de formar parte de la élite social al que al parecer tienen derecho quienes han alcanzado elevada prosperidad. Hay quien no duda en sacrificar todo aquello que merece la pena en la vida solo por aumentar su patrimonio ad infinitum... paradoja que parece tomada del teatro de Moliere.

7. Los malos no son los Otros ni tienen pinta de alienígenas. No olvido aquella broma del protagonista de la serie Mash cuando su compañero se espanta al escuchar que el ejército norteamericano acaba de bombardear una aldea inofensiva: "¿Por qué pones esa cara? Nosotros somos los buenos, podemos hacer todas las marranadas que nos apetezca..." No sé si saben que el muro que atraviesa la frontera sur de los USA se ha llenado de tantas cámaras, que ha hecho falta reclutar voluntarios que, dotados en casa de un circuito cerrado de televisión, avisan de inmediato a los Federales en cuanto a algún cholito se le ocurre pegar el salto. Desconozco cómo se las arreglan las autoridades yanquis para que los ilegales entren y salgan según convenga a las empresas cuya rentabilidad se basa en el trabajo esclavo de inmigrantes sin papeles y, por tanto, sin derechos. Es cómodo pensar que la culpa del desorden que preside el mundo la tienen Bin Laden, Hitler, Stalin, Falconetti, Hannibal el Caníbal, Alí Khan (el enemigo del Guerrero del Antifaz), el Unicornio de Marte y Lex Luthor... pero me temo que no es tan sencillo.
...CONTINUARÁ