Saturday, June 29, 2013




OBAMA Y EL MITO DE LA VIGILANCIA GLOBAL

Resulta fácil retrotraerse a las páginas de 1984 a medida que vamos sabiendo más sobre el complejo y sofisticado sistema de espionaje telefónico e internáutico diseñado por la Seguridad norteamericana. Lo que no han conseguido los republicanos en un sexenio, es decir, desacreditar la imagen de Obama presentándolo poco menos que como un comunista o un pro-islamista, lo ha conseguido él consigo mismo, cuando ha adaptado a la era de internet el viejo modelo Hoover, es decir, información exhaustiva para los servicios secretos sin miramientos con los derechos civiles relativos a la intimidad o la libertad de expresión. 

Es como si hubiera vuelto la Guerra Fría, esa que por cierto dicen añorar los viejos espías, empleados ahora en luchas contra islamistas fanáticos y sin ningún aprecio a la vida de los que no te puedes fiar porque son capaces de reventar con tal de cargarse a los que pasen por su lado. Mientras el estalinismo optimizaba la información, con la Stasi de la RDA como mayor logro en materia de invasión en la vida de las personas, los USA montaban escenarios tan temibles y estrambóticos como los del Senador McCarthy y su Caza de Brujas. Como dijo Foucault, el poder se asienta siempre en el saber, hasta el punto que todo régimen político es, en realidad, una serie de sistemas operativos basados en el principio de que el ejercicio de la autoridad y de la fuerza sólo es eficaz y puede aspirar a sostenerse largo tiempo si sabe cómo encontrar información exclusiva y determinar cuando es relevante. 

Está bien que, respecto a este asunto de los abusos de los estados sobre los ciudadanos bajo el chantaje del antiterrorismo, nos hayamos topado de bruces con la realidad gracias a este asunto de Obama o el precedente, aún cercano, del caso Wikileaks. Esto va a servir para que los que hacen negocio a costa de la candidez de sus congéneres, vendiéndoles eso tan bonito de la Teoría de la Conspiración, puedan seguir llenando el cine con películas donde te explican que la CIA te vigilas mientras haces el amor o robas peras del árbol del vecino, o con revistas y programas de Ciencias ocultas donde te recuerdan que ésta es la misma lógica que obliga a los pilotos del ejército a silenciar que se toparon con un platillo volante e incluso le vieron las orejas -verdes- a un marciano que les observaba desde una ventana. 



Acuérdense, por ejemplo, de El informe Pelícano, de Conspiración -esa en la que Mel Gibson era un friki obsesionado con que la CIA le vigilaba y luego resultaba que era verdad, que le vigilaba a él y a todo el mundo- o Enemigo público, donde llegas a la conclusión de que no hay un metro del planeta que no esté siendo ahora mismo vigilado por satélite, aparte de que debería vigilarse usted la suela de los zapatos, pues dentro han puesto micrófonos para saber si reza usted a Alá por las noches cuando dice que está viendo un partido de fútbol. 

Quizá ya hayan intuido que soy algo escéptico con este asunto. No se trata de perdonarle a Obama lo que sin duda es una gorrinada -como lo es mantener Guantánamo, otro centro de información relevante-, lo que me pasa es que nunca he terminado de creerme el Orwellismo, que regresa ciclícamente con asuntos como éste. Veamos: el principio teórico de la visión orwellista arranca de la presunción de que el Poder tiende a concentrarse y fortalece su maquinaria de acción de tal manera en una época de colosal tecnología, que los ciudadanos quedamos a la intemperie, indefensos ante una olirgaquía inaccesible que lo sabe todo de nosotros. Las implicaciones son inquietantes: nos vigilan para determinar si discrepamos del Pensamiento Único o para vender nuestros datos al marketing empresarial; si nos da por protestar, nos envían a las fuerzas del orden, que descargarán sobre nosotros una atroz violencia; si con ello no nos aquietamos, desplegaron ejércitos de profesores, psicólogos e ideólogos de todo tipo para lavarnos el cerebro...

Yo no creo que algunos aspectos de esta visión no sean verdaderos, en todo caso dudo del maximalismo con el que se expresan. El gran problema de esta visión, en el fondo muy pueril, es que no quiere asumir que las comunidades contemporáneas no han sido racionalizadas de la manera que prometían las utopías sobre las que se construye el imaginario de la modernidad, no, el problema es que lo que produce la sociedad de masas es una enorme entropía. No vivimos en comunidades transparentes, un territorio límpido donde todos los resortes de la dominación quedan a disposición de quien se hace con los mandos. 

No es tan sencillo, vivimos en medio de una fortísima incertidumbre, hablamos de información como dando por hecho que sabemos distinguir entre la verdad y la fábula. No es posible que Obama se apodere de las vidas porque por cada instrumento de control y represión que incorpora la CIA, aparecen muchos más elementos de desorden. Proliferación de estrategias de contrainformación, privatización de la guerra, deslocalización de los núcleos de influencia cultural, subcontratación del monopolio estatal de la violencia... ¿seguimos? No vamos a una sociedad más orwelliana. 1984 tuvo mucho sentido en su momento porque el horizonte que presentía George Orwell obligaba a calibrar el riesgo de los totalitarismos. Lo que Orwell no hubiera imaginado jamás es que su Gran Hermano fuera una cutre presentadora de realitys. Es una novela recomendable incluso hoy, pero el ángulo de visión desde el que interpreta la evolución de las sociedades contemporáneas está desviado. Nuestras sociedades no son transparentes ni están sometidas a un orden ultratecnológico, ni siquiera -como algunas veces se pretende- al monopolio ideológico; lo que domina de verdad nuestras sociedades es la dispersión de las visiones del mundo, el difuminado del principio de "realidad" y la indiferencia hacia las cuestiones públicas. 

Acéptenme una hipótesis contraria a la que viene manejándose insistentemente en los últimos días al hilo del batacazo de credibilidad que se ha pegado Obama: el Estado no nos vigila ni nos controla más que antes, en realidad le interesamos bien poco, lo que, en definitiva, viene a disimular este asunto del espionaje masivo es que las instituciones se han desocupado de sus ciudadanos, los han abandonado a su suerte. El Poder no pretende intimidarle ni corregir sus desviaciones ideológicas -¿de verdad creen que les preocupa su ideología?-, el Poder simplemente se ha olvidado de los ciudadanos, tiene mejores cosas en qué pensar. 

Dejemos aquellos mitos de la Guerra Fría sobre el lavado de cerebro. Los mecanismos de manipulación ideológica son blandos y mucho más indirectos que las atroces torturas del Gran Hermano a los disidentes. La vigilancia global esconde la triste realidad de que las instituciones han dejado de servir a las personas, no nos vigilan, al contrario, simplemente nos consideran una pequeña molestia. 

Sigan la pista del dinero, es la única que no lleva a vías muertas. Háganme caso. 

Friday, June 21, 2013




COACHING


1. ¿Eres emprendedor? Esta pregunta aparece últimamente muy a menudo en programas televisivos, panfletos publicitarios o anuncios de las páginas salmón de los periódicos. Por lo visto, pretenden animarte a sacar al león con alma de empresario que llevas dentro y que abandones de una vez por todas esa pinta avinagrada de cesante que llevas encima, un vinagre por cierto bastante explicable cuando resulta que llevas tiempo en el paro y sintiéndote menos como un león y más como una mierda. Estas técnicas de coaching están muy de moda, y vienen a insinuarte que tu fracaso no tiene nada que ver con el capitalismo ni con los malvados mandarines que te explotaron y después te despidieron sin aparente explicación: tu fracaso es causado por tu actitud derrotista y tu manía de practicar la autocompasión.

 A mi Instituto, por ejemplo, los señores del PP nos enviaron una documentación de una empresa de coaching, liderazgo empresarial y otras engañifas, la cual nos proponía un "plan de mejora". Fue divertido y dio lugar a muchas risas: "hablamos de mejorar", decía, "pero, ¿realmente queremos mejorar?" "No, cenutrios", me hubiera gustado contestarles, "nos gusta revolcarnos en el fango, pero ahora sé que tú me vas a sacar de él". También insinuaba que debíamos acostumbrarnos a censurar aquellas actitudes de compañeros que "contagian fatalismo y desánimo". Se me ocurre pensar si el ínclito ministro Wert saldría con esa sonrisa de Fétido Adams que le caracteriza si pasará por alguna de las aulas sobrecargadas infernalmente de alumnos conflictivos que tenemos por aquí, me pregunto cómo haría para no caer en el desánimo. Igual hasta se haría sindicalista para huir de la tiza.

Volviendo a lo del "¿eres emprendedor?", se me ocurre la respuesta de un parado que ve programas de este tipo con la ingenua ilusión de que le ayuden a encontrar un trabajo. "Pues no, pedazo de gilipollas, no tengo alma de emprendedor, sólo escucho a algún subnormal como tú porque de lo que sí tengo vocación es de comer todos los días dos veces y porque no me gusta ser pobre mientras hacen pasta hijos de perra como tú". Y por rizar el rizo, se me ocurre la respuesta de una aspirante a trabajar en un club de carretera: "Pues mira, no tengo vocación de puta, no me seduce demasiado chupársela a tipos repugnantes, pasar frío de cojones o subirme al coche con algún psicópata, pero ya ves, he de darle de comer a mis dos hijos".

Veo mucho este espíritu en el actual gobierno de España y de mi comunidad autónoma -derecha pura y dura-: la mayoría parece que no hayan tenido un problema de vida, hablan desde un fingido y bovino optimismo que parece propio de adolescentes que mientras se hundía el mundo jugaban al squash. Eso sí, se las suelen arreglar bien para seguir siendo ricos. 

2. Concluyo con cierta pesadumbre la lectura de la última novela de Javier Cercas, La ley de la frontera, basada en la vida de El Zarco, un delincuente juvenil de ficción, pero perfectamente reconocible en la España de los años setenta, cuando las pandillas y los manguis  obtenían un protagonismo colosal. Es preciso meditar mucho más sobre esta novela, y les aconsejo lo que escribió Justo Serna, el mayor experto que conozco en narrativa española contemporánea. Por mi parte, no creo que mi análisis aporte nada, pero sí he de referirme de urgencia a alguna de primeras impresiones que me ha despertado este magnífico relato: jamás creí en el mito de Robin Hood que acompañó aquella leyenda tan característica del post-franquismo. Lo que el personaje central, un chico "normal" que cruza al bando de los fuera de la ley por una infortunada circunstancia personal, descubre a lo largo de su vida sobre el Zarco es lo que yo sospeché siempre: que la mayoría eran un hatajo de tipos sin conciencia. Nunca entendí por qué algunos sectores de la comunidad les concedieron aquella aureola del buen ladrón 

Yo no lo creí jamás acaso por qué mis experiencias con aquellos supuestos héroes nunca fueron gratas, incluyendo alguna experiencia amorosa particularmente estúpida e infortunada. No puede estar más lejos de todo aquel mundo de quinquis mi actual imagen del heroísmo. No se trata de glorificar a los que están del lado de la ley, no, pero creo que una mujer abandonada por su marido y que saca adelante a base de narices a dos niños contra machos maltratadores, contra empresarios explotadores y contra la burocracia, merece mucho más un cantar de gesta que aquellos Vaquillas y compañía a los que dedicaron tantas películas en la época, películas por cierto particularmente cutres y oportunistas.

Sunday, June 16, 2013




ESPLENDOR

1.  Paso los mejores días en lo que va de curso mientras vemos en clase Esplendor en la hierba, a mi entender el film más brillante de Elia Kazan y uno de los más complejos y seguramente peor entendidos que se han hecho nunca. Kazan no era especialmente devoto de esta obra suya, aunque sí reconocía, abrumado por la fascinación que el film generó en la crítica francesa -tan influyente y respetada hace algunas décadas-, que el último rollo era lo mejor que había hecho nunca. Un más que respetable director, Bertrand Tavernier, llegó a decir que, si bien el film era excepcional desde su inicio, los últimos minutos eran los más virtuosos que había visto nunca. 

Recuerdo haber discutido hace algún tiempo con un compañero la conveniencia de que nuestros alumnos vieran una película que promovía la resignación y la cobardía. El pobre no había entendido nada: Esplendor en la hierba no es un relato sobre la pasividad, es un relato sobre la fatalidad y sobre el dolor. La historia de amor que crea va marcando sus tiempos a cocción lenta ante el espectador para llevarle al callejón sin salida del romanticismo, el único que merece tal nombre, aquél en el que el destino vuelve imposible la consumación del idilio. Y no es un romance cualquiera, el amor de Bud y Dinnie encuentra en su desmedida intensidad la certidumbre trágica que marca la existencia humana: la incompatibilidad entre el deseo y la realidad. 

Y Tavernier tiene razón, esos últimos minutos... esas miradas que, diciéndolo todo, indican algo distinto a las escasas palabras que, en su último encuentro, los dos amantes pueden llegar nerviosamente a pronunciar, qué maestría. "No sé si ahora soy feliz, no pienso mucho en ello, Dinnie" Como en el poema de Woodsworth que da título a esta obra maestra, cuando pasan los días del esplendor en la hierba y la alegría en las flores, no debemos afligirnos, pues la belleza subsiste memoria. No somos más felices después de la tormenta, pero, si sobrevivimos, somos más sabios.
      




2. "Que inventen ellos", se diría que esa idiotez de Unamuno marca el triste camino de la ciencia en este país. De aquella bravuconada impresentable, tan instalada en el alma colectiva de los españoles, pueden presentarse otros estrépitos como aquello de que "España es la reserva espiritual de Occidente", una de las proclamas que mejor encarna lo que de comedia bufa tuvo el franquismo. Creer que podemos vivir sin investigación científica y no terminar cayendo en el tercermundismo es propio de un país que ha pasado siglos convencido de que entre nosotros sólo se puede ser hidalgo, santo o pícaro. 

Lo de perseguir no sólo a los científicos sino en general la cultura es más específico de nuestra derecha. El castigo sobre el cine, por ejemplo, forma parte de una venganza infame contra un colectivo que ha tenido la valentía de no lamerles el culo a este hatajo de merluzos que supuestamente nos manda. Lo de la ciencia es un desastre para el país, sobre todo para el futuro, claro que para entonces nuestros queridos gobernantes ya tendrán su dinero a buen recaudo y gozarán de las gloriosas jubilaciones que ellos se aseguran mientras las niegan a los demás. Lo del desplante de los premiados de la universidad al ministro es una pequeñísima parte de lo que en los ámbitos académicos piensan de este siniestro personaje. 

Saturday, June 08, 2013



¿IRRESPONSABLES?


¿Estamos fabricando una generación de irresponsables? Diversos acontecimientos me invitan a pensar que esa convicción tan extendida requiere ser matizada. En estos días nos topamos insistentemente con el vídeo de los universitarios premiados que, tras recibir el diploma, se negaron a estrecharle la mano al Ministro Wert, el cual quedó ahí, pasmado y patético, muy cerca de producir lástima de no ser porque este tipo de acciones de protesta responden a un malestar generalizado ante la evidencia de que el actual Gobierno de España está devastando -puede que de manera irreparable- la enseñanza pública. La estrategia es audaz y astuta: apenas un gesto genera un espectacular impacto mediático, y además retrata no ya al Ministro, sino a la totalidad de sus correligionarios, los del partido en el poder y los de los medios que lo sostienen a machamartillo, pues todos hacen una vez más el ridículo intentando desacreditar una iniciativa de protesta con argumentos mojigatos -"¡qué maleducados, tratar así a una autoridad que les está premiando!"-. No resisto la tentación de ilusionarme con situaciones como ésta en la que las jóvenes generaciones nos marcan a todos un camino. 

El problema es que no encuentro en estos días muchos más pies para sujetarme al optimismo. En vísperas de muchos macrobotellones en las ciudades españolas -una exhibición de barbarie colectiva que ellos excusan con argumentos lastimosamente pueriles- me da por preguntarme si las nuevas generaciones no llevan tiempo ya escapando de nuestras manos. Y no es sólo el botellón, es algo mucho más profundo y menos perceptible a primera vista. ¿Tienen razón quienes avisan de que el exceso de tolerancia disfraza con un amor malentendido lo que termina siendo la destrucción de valores tan básicos como la autoridad, la autodisciplina o la integridad moral? No dudo de que hay "amor", pero éste no siempre beneficia al ser al que lo dirigimos, a menudo el amor es poco inteligente y se presenta mezclado con elementos no tan sublimes como la comodidad, la dejación de funciones o la incapacidad para discernir la realidad del deseo. 

No es solo que el amor de los padres a sus hijos distorsione la imagen que tienen de ellos, efecto al que todos estamos expuestos, es que se ha universalizado la especie de que los valores juveniles son guays por definición. Cuidado, no estoy diciendo que a la gente le gusten mucho los jóvenes, en realidad a muchos les producen sospechas y se les presentan como incompresibles y amenazantes. Yo hablo más bien de ese fenómeno de juvenilización de la sociedad que induce a mucha gente a sacar al niño irresponsable que llevan dentro y creer que el paraíso es un lugar sin normas, donde haces lo que te venga en gana, te pones hasta el culo de hachís, vistes con colores chillones y comes hamburguesas ataviado con una ridícula gorra en la cabeza y una camiseta de la NBA. Esta tontada se les suele pasar el lunes, pero el resto de la semana tienden a dejar que sus vástagos sigan en ese paraíso que, como todos los paraísos, es artificial. 

El fenómeno encuentra otra explicación, perfectamente compatible con la anterior: cuando yo era crío teníamos en la cabeza el concepto de "hijo único", hoy caído en desuso por una razón sencilla: lo natural en los setenta era tener hermanos, a veces, como en mi caso, en cantidad desmesurada, de ahí que resultara fácil identificar al que no los tenía, el cual aparecía como una figura anómala y señalada con rasgos de carácter tan despreciativos como el del niño mimado y consentido. Hoy, cuando el modelo económico y el desorden biográfico convierten en una excentricidad tener una prole abundante, el hijo único deja de existir porque lo raro es tener hermanos. Esa mutación histórica, y que en nuestro país ofrece cifras demoledoras y preocupantes, no cambia sin embargo en lo sustancial el síndrome del hijo único: sigue siendo querido como un tesoro o como esa carta solitaria a la que uno se juega toda su fortuna emocional. 


Y claro, las consecuencias son las mismas que en las del antiguo rey de la casa, solo que ahora con más regalos y aún menos reproches, pues ahora además los padres ya no tienen tiempo que compartir con ellos. Así, en un círculo vicioso que lo envenena todo, el niño termina siendo un eficaz consumidor con la misma facilidad con la que descuida obligaciones como las académicas, se debilita el principio de esfuerzo, los mapas morales se quedan en esbozos -lo que arruina la cultura de la solidaridad-, se convierte en normal y exigible la protección e incluso el afecto, se extiende una dramática intolerancia a la frustración. 

Hace tiempo que dejaron de gustarme por sistema los jóvenes, como me sucedía en épocas bastante más cándidas y optimistas. Me gustan algunos y otros no, así de fácil, y cada día me resulta más difícil la complicidad con algunas actitudes que me parecen caprichosas y pueriles. El cuadro amenazante que acabo de describir puede sonar a pesimista, pero corresponde a una situación que se percibe diariamente en las aulas, donde a menudo los profesionales sufrimos no solamente la incomprensión de nuestros alumnos sino también la de sus padres. 


Es, en cualquier caso, un optimismo matizado. Creo que los universitarios que negaron el saludo a Wert han entendido algo importantísimo: el núcleo edípico de protección en la que la mayoría han crecido no tiene nada que ver con el inhóspito mundo adulto al que se encaminan. La realidad laboral que les espera es hostil como una selva, y las noticias que llegan desde la alta política da a pensar que habrán de realizar enormes esfuerzos para ganarse la vida malamente, sin derecho a las pensiones y las atenciones médicas y escolares que tuvieron sus mayores, acaso sin la opción de tener algún día una familia propia, es decir, sin hijos a los que mimar y engañar -eso sí, con mucho amor- respecto a la dureza del mundo al que han sido arrojados. 


Thursday, May 30, 2013





LAS CIENCIAS Y LAS ARTES

Cuando Jean-Jacques Rousseau publicó el Discurso sobre las ciencias y las artes y el Discurso sobre la desigualdad entre los hombres se dio inicio a una polémica que encontró en los aires de la Ilustración el ambiente ideal para surgir, pero que ha tenido recorrido mucho más allá del setecientos, hasta el punto de que en nuestro tiempo continua siendo un debate recurrente. Afirma Rousseau con insistentes ejemplos que el explosivo desarrollo del conocimiento científico en su era iba aparejado de una brutal erosión de valores morales. Partiendo del supuesto  de que los hombres tendemos naturalmente a vivir en paz con nuestros vecinos y que no tenemos siquiera propensión a la rapiña -el salvaje no ha sido adiestrado en el deseo de apropiación-, Rousseau concluye en que es la civilización la que ha borrado o distorsionado las virtudes humanas, convirtiéndonos en seres egocéntricos, agresivos e hipócritas. 

La contestación de Voltaire fue durísima. Para el autor de Cándido, la obsesión rousseauniana por asociar la corrupción de las costumbres al desarrollo de la civilización y el progreso científico no hace sino trabar la búsqueda de soluciones a nuestros problemas:  "Si" -cito de memoria- "renunciamos al conocimiento, entonces no sólo seguiremos teniendo la moralidad, le estaremos añadiendo la ignorancia". 

No estoy seguro de que siempre se haya interpretado correctamente a Rousseau. Más que reivindicar al buen salvaje, lo que sospecho que pretende el ginebrino es advertirnos que sin un un sólido contrapeso ético, las sociedades, entregadas a la fe en el conocimiento científico y sus aplicaciones técnicas por un lado, y, por el otro, al refinamiento de los modales propio de las comunidades civilizadas, corren el peligro de conducirnos a todos al abismo. Experiencias posteriores a Rousseau como la supermuerte de las guerras mundiales y los campos de exterminio, o la catástrofe ecológica, otorgan a los textos de este formidable pensador un valor casi profético. Y sin embargo Voltaire tiene razón. Si creemos que nada es peor que el iluminismo de quienes afirman que sólo sabiduría y bienestar pueden derivarse de la empresa científico-técnica, podríamos toparnos con quienes advierten que la corrupción guía por sistema los esfuerzos del conocimiento. 

Y ya conocemos los mantras del anticientifismo. Si un licenciado nos prescribe un medicamento -igual da un anticatarral que un ansiolítico- lo que se detecta el hostil vocacional es una praxis perversa en la que se adiestra a los médicos desde que llegaron a la universidad. Detrás de toda esta suerte de venenos y placebos con inquietantes efectos secundarios y nula eficacia curativa están las grandes corporaciones, colosales camellos dedicados a un tráfico de estupefacientes con curso legal. Añadamos a este discurso la tecnología atroz del armamento más sofisticado, cuyo comercio crea fortunas desmesuradas. Añadamos los desastres medioambientales generados por la industria, la erosión de los lazos comunitarios que provocan la televisión e internet, la tragedia diaria de las carreteras... Me vienen a la memoria los estudios de Ivan Illich sobre la yatrogénesis, en las que cree demostrar que un tanto por ciento sorprendentemente elevado de las enfermedades son contraídas a consecuencia de los protocolos de hospitalización y la aplicación de tratamientos convencionalmente admitida, lo cual supone admitir la sospecha de que la praxis médica puede llegar a ser un agente tan patógeno como el cáncer. 

No me parecen de principio a fin descabelladas todas estas afirmaciones. El problema es que, asumidas de forma dogmática, terminan convirtiéndose en desesperanzadas y frustrantes enmiendas a la totalidad, y lo peor es que tienden a asumirse de esa manera, como si descubrir que los procedimientos científico-tecnológicos son falibles y que los psiquiatras a veces nos recetan placebos condujera necesariamente a la certeza de que sólo tienen valor las terapias naturales, sean hierbas, formas de meditación de inspiración orientalista, implantación de manos o curanderismo. 

La ciencia se equivoca, y no tengo ninguna duda de que, como otros ámbitos, sus vínculos con las oligarquías económicas del planeta son estrechos y peligrosos. Lo que pasa es que no tenemos otra cosa: el conocimiento atravesado por el rigor metodológico y la validación experimental son el escudo del que disponemos para defendernos de un mundo inhóspito. Se me ocurre pensar que si estuviéramos en la prehistoria yo ya habría muerto de viejo, suponiendo que no me hubiera chafado antes un mamut o me hubieran asesinado con un garrote y a continuación devorado unos tipos de una tribu rival.  Me viene a la memoria cierta frase de Savater con una clarividencia imponente: "prefiero tener un ataque de apendicitis hoy que en el siglo XVII. 

Seguramente algunas personas piensan que la quimioterapia es un sistema terrorífico que destruye a los pacientes, pero me parece bastante ridículo afirmar que "todas las enfermedades -incluso el cáncer- son psicosomáticas", que es como decir que si el paciente no tiene limpia la sesera entonces de nada sirve meterle antitumorales en el cuerpo. El problema del cáncer, como el de las psicopatologías, es que los científicos no saben tanto como para disponer de tratamientos con éxito garantizado...no disponen aún, claro. Investigadores esforzados y, en muchos casos, heroicos sustituyeron la bomba de cobalto por la quimio; otros por el estilo han ido mejorando la eficacia de los retrovirales contra el SIDA. Es cierto que científicos inventaron las minas antipersona, pero, aparte de que son los estados los que después deciden emplearlas, son también científicos los que consiguen que no muramos después de que nos explote una bomba bajo los zapatos. 

Los hospitales, los departamentos de investigación, las aulas escolares están llenas de personas que intentan denodadamente mejorar nuestras posibilidades de llegar a viejos con una salud razonable, lo cual tendría mucho de milagro de no ser porque se trata de la única diosa que merece ser adorada: la Razón. Algunas personas insisten en que para que un médico te atienda durante seis minutos o para que la Universidad se limite a expedir títulos como una simple máquina burocrática, mejor sería dejar que se desmoronaran los hospitales y los centros de enseñanza públicos. Éste es el único error que no podemos permitirnos porque nos va la vida en ello. Como sin duda diría Voltaire, si porque la praxis médica o académica es insatisfactoria renunciamos a defender los establecimientos públicos, entonces daremos a los reaccionarios la justificación que necesitan para convertir la destrucción de los bienes públicos en una necesidad ética. Que la chusma que habita la caverna defienda cosas atroces no ha de sorprenderme, pero que personas bien intencionadas y preocupadas por la justicia social ayuden a legitimar las políticas más odiosas de los neoliberales, eso sí resulta descorazonador. Soy muy del XVIII, pero estoy mucho más cerca de Voltaire que de Rousseau, qué vamos a hacerle...

Friday, May 24, 2013



ARTURO MONTES 

* Los amigos de un blog muy seguido por los aficionados del Valencia cf, Últimes vesprades a Mestalla han dedicado esta semana un monográfico en varias entregas a la figura de mi abuelo, Arturo Montes. Gracias a su inmensa generosidad he podido homenajearle con un artículo. Mi agradecimiento y el de mi familia para ellos es inmenso.
http://ultimesvespradesamestalla.blogspot.com.es/

Cuentan que un hombre célebre hubo de detenerse súbitamente  ante las ruinas de un templo egipcio; abrumado por los vientos del desierto le sobrevino una profunda desesperanza. Todas aquellas maravillas que iba encontrándose en el curso del Nilo, joyas de piedra provenientes de un tiempo de gigantes, se arruinaban a la intemperie sin remedio. Ese hombre no sólo se afligía por la extinción de los antiguos egipcios, lloraba por todos nosotros, por la fragilidad de nuestras empresas, por la candidez de esos momentos en los que creemos que algunas cosas son invulnerables a la caducidad.

Los recuerdos de mi vida están para siempre atravesados por la presencia imponente de mi abuelo Arturo. No estoy seguro de que en los trances cotidianos fuera el hombre excepcional que yo presentía, y tampoco puedo decir -al contrario que otros nietos con sus abuelos- que llegara a establecer con él profundas complicidades, a pesar de ser no solo mi abuelo sino también mi padrino. Pero esto es completamente irrelevante, lo realmente significativo aquí es la repercusión de la leyenda, esa traza imborrable que sobre el alma de un niño deja la percepción de que el patriarca de su familia era una especie de dios vivo, algo así como un monumento andante. Y recuerdo precisamente, ya en sus últimos años, aquel caminar pesado por un pasillo interminable de la calle Guillem de Castro... aquella mirada árabe, aquel rictus de extrañeza al descubrirme leyendo una revista del Valencia en un rincón, no siendo capaz de recordar mi nombre ni seguramente mi cara porque el riego ya no le llegaba a la cabeza. 


Toda leyenda corre el riesgo de desatar alguna sombra de incredulidad, están demasiado inscritas en el territorio de la fábula como para ser aceptadas por los escépticos, que no dejan pasar en estos casos la oportunidad de exhibir una sonrisa irónica: "ya sería menos". Parece no obstante que fue verdad todo lo que me contaron, aquellas hazañas sobre un estadio recién construido en medio de lo que entonces era huerta y sobre una antigua acequia. 

En cualquier caso no es la verdad lo que me atrae, nunca he creído mucho en ella, jamás llegué muy lejos en la exigencia de exactitud y el rigor documental. Nuestro camino está demasiado iluminado por toda esa tradición oral de tíos y padres que te cuentan cosas extraordinarias para ponerme ahora a debatir si aquel gol fue en realidad producto de un centro sin intención de remate o si es verdad que jugó contra el Sporting de Gijón un partido importantísimo con cuarenta de fiebre y sacado de la cama por el capitán del equipo, Eduardo Cubells. Parece que todo es verdad, pero tras cada verdad hay siempre un mito, un acontecer convertido en trascendente sólo porque quienes estuvieron presentes -y acaso los que no estuvieron- creyeron estar viviendo algo memorable. 



Unos pocos miles de personas convirtieron en héroe a aquel coloso de cien kilos que aterrorizaba a los porteros y batallaba sin volver la cara -eso nunca- contra defensas encarnizados. Me viene a la memoria aquello que dice el cronista en El hombre que mató a Liberty Valance: "Si la leyenda es mejor que la realidad, entonces prefiero escribir la leyenda". 

Sólo aquellas cosas a las que entregamos nuestra admiración merecen seguir instaladas en el curso del tiempo. ¿Hasta cuando? Eso no lo sabe nadie, sólo podemos contar a nuestros hijos, como siempre se hizo en ese oscuro rumor de la familia del que hablaba Hegel, lo que nuestros padres nos contaron a nosotros. Y debemos hacerlo con la misma fe, con idéntica emoción. Y debemos saber que el relato no resulta ileso en el proceso, sufre frecuentes desvalijamientos y su sentido se desplaza inconscientemente cada vez que es traducido y transmitido. Todo pasa entonces de alguna forma a habitar el territorio de la ficción, y es la capacidad para construir esas ficciones lo que cohesiona a las colectividades. 


Sólo desde la protección que el relato de nuestros héroes nos depara se hace posible no sucumbir a la consternación que nos invade ante la evidencia de que los asuntos humanos son precarios y caducos. Esto debemos recordarlo siempre, especialmente en los templos. 

Saturday, May 18, 2013




DOS AÑOS DEL 15M

No nos puede pasar desapercibido el segundo aniversario de los campamentos que se montaron en las plazas públicas de las capitales españolas, canalizando un espíritu generalizado de indignación cuyas consecuencias en el alma de los participantes y, en general, de la comunidad, están todavía por evaluar. La forma que se le fue dando a esta corriente reivindicativa fue inaudita, imprevisible y novedosa. Creo sinceramente que estamos ante un acontecimiento histórico, en toda la extensión de la palabra, sostengo que el 15M será una de las claves de las que harán uso los historiadores para comprender el devenir de la sociedad de este tiempo; por tanto, no es sólo un error o una injusticia intentar soslayarlo o dejarlo caer en el olvido, además es inútil.   

Pese a su indudable vinculación con los precedentes de los llamados movimientos antiglobalización que ya se habían dado en Seattle o Génova -entre otros muchos-, el 15M es un producto genuinamente nacional, con unas condiciones de posibilidad tan específicas como, por ejemplo, las de la Primavera Árabe. Más allá de la singularidad de los campamentos, que encarnaban una inusitadamente tenaz voluntad de otorgar continuidad indefinida a su protesta, el movimiento se desarrolló en forma asamblearia, lo que implica la determinación a resistirse a la indiferencia y la pasividad asociadas a las democracias contemporáneas, generando cauces de participación ciudadana ajenos a los que están convencionalmente establecidos. Esta vocación dialógica y su decidido alejamiento de las formas de expresión coactivas o violentas sorprendieron con el paso cambiado a las oligarquías nacionales, empezando por los grandes partidos, cuya incapacidad para asimilar las implicaciones del fenómeno se ha hecho patente en el encogido silencio del PSOE y, muy especialmente, en el estilo de gobierno del PP. Ni unos ni otros parecen dispuestos a reaccionar ante la turbadora realidad de unas encuestas que los penalizan seriamente.

Lo que pone sobre la mesa el 15M es la evidencia de que en el momento presente los caminos de la participación se presentan obturados, lo cual se hace más palpable ante la sucesión de medidas que parecen destinadas a proteger las rentas del capital a costa de jibarizar las instituciones de protección de los ciudadanos, en especial los desfavorecidos, que cada día son más numerosos. 

¿Por qué protestan las masas? La respuesta es sencilla, la gente, y muy en especial los jóvenes, se ha dado cuenta de que le están haciendo trampa, y que los gobernantes han accedido a los puestos de mando con la misión de poner a resguardo de la recesión sus patrimonios y los de los sectores más opulentos de la sociedad. La cascada de casos de corrupción y la percepción diáfana de que la gran estafa del sistema financiero queda impune podrían abocarnos al desánimo; frente a esa depresión, los campamentos se constituyeron para articular la resistencia y desmontar el mito de que las masas se han sometido sin más a la dictadura de la indiferencia. 

Me viene a la memoria un episodio de Astérix que me ha quedado para siempre en la memoria desde mis lecturas infantiles. Se celebran los juegos olímpicos. Un grupo de galos, sabedores de que la poción mágica les dará la victoria sin esfuerzo, se inflan en la villa olímpica a jabalí asado, pasteles y cerveza, mientras los rivales, condenados a un entrenamiento feroz y una vida monacal, les observan enrabietados. Un atleta de Esparta exige pan y carne al delegado, y éste le responde que "tú eres un espartano, estás acostumbrado a la vida dura". "Sí", contesta, "soy espartano, y estoy acostumbrado a comer los huesos de las aceitunas, pero en Esparta no veo a un hatajo de bárbaros poniéndose ciegos a beber y a comer, si queréis juegos dadnos comida y bebida."

Creo que es algo así lo que ocurre. Se nos piden esfuerzos y sacrificios, se nos dice que vienen mal dadas y que es tiempo de austeridad. Pero, mientras se arrincona un poco más cada día a la clase media, y cada vez es mayor la cifra de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza, observamos como quienes ostentan posiciones de poder se llenan los bolsillos e incrementan indecentemente sus riquezas. Indemnizaciones obscenas de banqueros ineptos y corruptos, políticos que se han forrado a costa de nuestro dinero, negocios regalados a los amigos de quienes gobiernan, paraísos fiscales intocables, la Iglesia Católica más favorecida que nunca... ¿Sigo?

La gente ha percibido que el gran pacto entre clases que ha cohesionado las sociedades europeas durante medio siglo se ha roto unilateralmente. "Han vivido ustedes por encima de sus posibilidades" Sí, pero la austeridad no es para todos, el Poder ha enrocado para evitar que los ciudadanos le pongan trabas a lo que a ojos vista se muestra como un proceso de destrucción de las promesas fudacionales de la democracia: la libertad, la igualdad, el derecho... 
El día que en vez de campamentos tengamos sólo rencor y violencia destructiva habremos de acordarnos de que no se les hizo caso a los Indignados cuando aún se estaba a tiempo.