Friday, February 28, 2014




EL FOLLONERO Y EL 23F

No consigo irritarme con el engaño del que fuimos objeto el pasado domingo. Digo "engaño" porque, le llame como le llame el responsable, es de lo que se trataba: hacer tragar un bulo formidable a los espectadores que tienen la generosidad de poner los domingos por la noche el canal para el que trabaja Jordi Évole, cuando muy bien podrían estar viendo un partido de fútbol o jugar al dominó. Cualquiera de estas ocupaciones es bastante más grata que presenciar los domingos por la noche un programa televisivo como "Salvados", donde lo común es encontrarnos con el infortunio, la injusticia, la indignación y la denuncia. Si la gente lo ve es porque cree que tras tanta miseria como la que se nos revela hay un ejercicio de periodismo serio y honesto, cree en suma que se nos está contando la verdad, por dolorosa que resulte. 

Si Évole ha desperdiciado el capital que en tan buena lid ha conseguido es una cuestión que debe valorar él mismo, yo me limitaré a considerar si me merece la pena seguir viendo su programa. Debo decir que es algo que ya he hecho con otros programas de La Sexta, una televisión cuya voluntad de extender la indignación entre la ciudadania con sus denuncias viene a menudo acompañada de un fondo musical de humor un poco Torrente y un poco Scary movie, presunto gamberrismo con jóvenes macizonas y presentadores salidos que babean con ellas. Esta bien pasarse el día atacando a una derecha casposa y carpetovetónica; de lo que no estoy tan seguro es de que se pueda deslegitimar el poder de las oligarquías del país desde estrategias tan cutres como las que acostumbra esta cadena que, por cierto, nota en exceso que es la televisión de un payaso, chiste sin gracia que me permito porque huele mucho a Gran Wyoming.

He empezado sin embargo declarando mi indulgencia para la bromita de la "Operación Palace" y no voy a desdecirme. Allá Évole  y La Sexta haciendo lo que le apetezca con su credibilidad. Lo que no entiendo es la hipersensibilidad que ha revelado este asunto. ¿Cómo que no se puede bromear con estas cosas? Dijo Woody Allen que "comedia es igual a tragedia más tiempo", es decir, que si hacemos mofa de sucesos que en su momento fueron horrorosos es porque el tiempo tiende a cicatrizar incluso las heridas más profundas, y esto vale, desde luego, para el 23-F tanto como para cualquier otro acontecimiento de la historia española. Gila construyó su portentoso talento desde sus ocurrencias sobre una guerra pavorosa, la serie Mash arrancaba carcajadas desde las manos y los bisturíes ensangrentados de unos médicos que atendían a los heridos de la terrible Guerra de Corea, Chaplin parodió magistralmente al mayor asesino del siglo XX...  No hay institución ni suceso, por espantoso que resulte, que pueda blindarse eternamente contra algún tipo de chanza, aunque sea la del humor negro, en el que por cierto andamos tan versados los ibéricos.   

No parece que precisamente el 23F se encuentre entre ese tipo de aconteceres que desaconsejan la chirigota. Se pasó miedo aquel día, sí, pero no transcurrieron ni dos días hasta que la gente se percatara del componente de mascarada que tuvo aquella entrada gloriosa de un señor con tricornio pegando alaridos -"se sienten, coño"-, una especie de ópera bufa con perfiles de "Ubú golpista", magistralmente concluida con la salida por la ventana de los últimos rebeldes felicitados por el valeroso líder con bigote. No se engañen, lo mejor que se puede hacer con ellos son chistes. 

También es cierto que lo que Évole pretendía no era hacer un chiste, el objeto de su broma era por lo visto denunciar la resistencia de las autoridades del Estado a desclasificar los supuestos documentos secretos que habrían de proporcionarnos las claves definitivas sobre la trama golpista. Muy bien, pero a tal pretensión se superpone la de multiplicar las audiencias, que es en lo que sin descanso, día y noche, piensan los cerebros que urden las programaciones televisivas. ¿Por qué lo sé? Porque es lo que hacen siempre, y La Sexta no es una excepción. También Telecinco legitimó hace quince años la primera emisión de Gran Hermano como un revolucionario "experimento sociológico", todo un sarcasmo del que las televisiones ya no necesitan echar mano para emitir realities a todas horas y en todos los formatos imaginables. 

Una vez más creo que se nos escamotea el debate esencial. Les confieso una cosa: yo me tragué la bola, pero a medias. Iba y venía entre mis ocupaciones -algo que solemos hacer todos con la tele encendida- y, lejos de asumir que se trataba de un "montaje", pensé que era más bien una versión conspiranoica del suceso a la que el director de "Salvados" había decidido prestar crédito. A medida que el "documental" avanzaba la cosa iba volviéndose más delirante y tomaba perfiles claros de estafa, pero tardé en darme cuenta. No me ofendí en la conclusión porque nunca creí que lo que se nos contaba fuera cierto, sólo pensé que era una de tantas gilipolleces que los medios nos intentan hacer creer. 

¿Por qué la gente parece creer cualquier cosa? Es ésta la pregunta que debemos hacernos. Si la ciudadanía quisiera conocer "la verdad" sobre el 23F leería a historiadores aplomados o leería la excelente novela sobre este asunto que escribió Javier Cercas. Pero no, la mayoría vieron al Follonero y luego, de propina, las chorradas paranormales y espiritistas de Iker Jiménez sobre "los misterios del Golpe".  

Se me ocurren varias conclusiones. La primera es que no deberíamos olvidar que lo del pasado domingo ocurrió en la televisión. Sería una broma, un experimento, una denuncia o una payasada de mal gusto, pero fue un acontecimiento televisivo. Debemos pensar que la audiencia de La Sexta -como la que consulta las noticias a través de Yahoo- corresponde a una generación de personas que nunca han tenido que asumir aquello de que "el medio es el mensaje" porque nacieron con ello. En otras palabras: los medios inventan la verdad, y sus receptores la aceptan, pero intuyendo que se trata de una verdad de baja intensidad, intercambiable, efímera, perfectamente indolora e intransitiva. La siguiente pregunta es propia de un Sócrates de la posmodernidad: ¿a dónde se nos ha ido "la verdad"?. Desprendida tanto del drama histórico que la configuró como de sus consecuencias, ésta se dedica a orbitar sobre nuestras almas de consumidores en forma de significantes sin referencia, entre la publicidad, los falsos documentales, las conspiranoias, las webs, la propaganda institucional o las canciones de Madonna. 


No habrá "verdad" sobre el 23F, tampoco el día que los papeles se desclasifiquen, estos sólo serán un pretexto para nuevos espectáculos; en cualquier caso serán una decepción porque la verdad ya no es lo que era. En cierto modo, y como adelantó Jean Baudrillard, el acontecimiento ya no tendrá lugar, como si no lo hubiera tenido nunca. 

Friday, February 21, 2014

AFORISMOS PARA FASTIDIAR







1. "Indiferencia", "hastío"... los conceptos más utilizados por la secta depresiva -esos pensadores que intentan convencerte de que sólo puedes estar contento si eres gilipollas- me resultan lejanos. Yo no me harté jamás del mundo, no he tenido tiempo, siempre temí que él se hartara antes de mí. 

2. Tiene razón el profesor Keating cuando en El club de los poetas muertos repite "carpe diem" a sus alumnos mientras les muestra las viejas fotos de sus predecesores, los cuales vivieron casi un siglo antes, y que ahora, pese a su pose despreocupada y sonriente, se encuentran ya criando malvas. Esos retratos hablan de una juventud ilusionada y exultante, su felicidad parecía inconmovible cuando la cámara creyó detener el tiempo. Pero éste no se detiene jamás y, desde el polvo en que se convirtieron, sólo pueden sugerirnos con sus voces de ultratumba que exprimamos el limón del instante y que
gocemos de su sabor como si fuera lo último que hubiéramos de hacer, pues, de alguna forma, estos son nuestros últimos momentos. La paradoja es que no somos capaces de asumir esta gran verdad, la única que realmente importa, en todas sus consecuencias. Si lo hiciéramos degustaríamos la cena como si se tratara de la última gracia del condenado a muerte, pero nadie puede vivir así permanentemente. En esa grieta incompresible se instala nuestro agitación cotidiana: debemos gozar de la bocanada que ahora mismo llena nuestros pulmones, pero justo cuando empezamos a entenderlo ya no somos jóvenes y nos duele la próstata o vivimos ateridos por el miedo a que el próximo análisis nos advierta de lo que vamos a morir o que nuestros allegados se rompan la crisma en una carretera. 

3. Si una misteriosa infección dejara el planeta sin mujeres tan solo me tomaría unos minutos en preparar la forma más eficaz e indolora de suicidarme.  

4. Desengáñense, no hay manera de saber qué va a pasar. El destino es un especialista en ironías. Justo cuando algo parece más inevitable hace sonar el cuerno de la fortuna para burlarse de nosotros. Tiene una lógica, sí, pero como en los grandes relatos, su sentido sólo se vislumbra a posteriori, cuando ya conocemos el final. 

5. No confíes jamás en alguien que presuma de su sentido del humor. Alguien así es tan risible e ingenuo como el que afirma que "mi mujer me lo cuenta todo" o el que cree poder exigir a los demás que le quieran. El humor, como todo lo que es grande en la vida, proviene de terribles frustraciones, heridas mal cicatrizadas, esperas interminables e infructuosas, inseguridades no resueltas... Sólo empiezas a tener sentido del humor cuando has hecho un ridículo espantoso, cuando te percatas de lo banal de tus ambiciones, o cuando asumes que estás hecho de la misma pasta que aquellos a quienes más detestas. 

6. La Razón es un error, un imprevisto en el programa de la naturaleza, un fallo de reduplicación que da lugar a un mono loco. No parece que asumamos las consecuencias de esta evidencia: la prueba es que seguimos escandalizándonos por el amor que mucha gente le tiene a Berlusconi o por qué los mandarines sigan contratando a Calatrava. 

Friday, February 14, 2014

MÁS TIEMPO




Alguien regala una persona a la que quiere una pequeña cajita como las que enviaban los masones para no ser descubiertos. La caja, formado por varias láminas superpuestas, requiere una clave de apertura que sólo puede descifrar el receptor. Al abrirla, éste descubre un papel en el que figura una inscripción: "Tiempo". El autor del obsequio no regala en realidad, más bien solicita, le sugiere al obsequiado que le conceda más tiempo, que se detenga para hablarle, para besarle, para compartir con él algunas de sus horas. 

En escenarios mucho más prosaicos la gente también pide tiempo. Me lo piden mis alumnos cuando completan un examen, lo pedimos nosotros cuando nos cuentan los beneficios de un nuevo contrato con una compañía de telefonía con internet más televisión. La marujas en el Mercadona dicen llevar prisa, lo digo yo -aunque es una excusa- para librarme de un pelmazo que prepara algún truco para conseguir mi dinero, se lo digo a mis alumnos cuando se encantan con el vuelo de una mosca porque el temario debe cumplirse y vamos retrasados. 

Un salvaje llamado Tuiavii visitó Nueva York -como Tarzán-  con la compañía del antropólogo que antes le estudió a él en su tribu. Contó que los papalagi, es decir, nosotros los civilizados, se refieren al tiempo como si fuera una materia tangible. Por eso lo ganamos, lo perdemos, lo aprovechamos, lo recuperamos... Deambulamos según Tuiavii dominados por ese tirano inexorable que nos maltrata sin piedad y al que hemos vendido el alma para obtener un bienestar que nunca nos satisface, pues el tiempo nos gana siempre. Quizá el tiempo sea un tesoro, pero sometido a la infección luterana de las naciones eficaces se convierte en la clave de la prosperidad y también en una enfermedad con la que nos torturamos. 

Síntoma de esta neurosis de la que todos estamos aquejados, como cautivos en una cárcel móvil de la que ya no sabemos como escapar, requerimos la ayuda de psicoanalistas, sanadores y quiromantes de toda especie para que nos expliquen porque nos sentimos tan mal. Lo primero que nos dicen es que "no estás enfermo", pero lo estamos todos. Fíjense por ejemplo en lo que ocurre en una ciudad los viernes por la tarde. Es el momento para escapar a las obligaciones laborales, pero la gente tiene más prisa y está más irritable que nunca, con esa carga de violencia tan misteriosa que electriza a quienes se suben a un automóvil creyendo que su vehículo le permite pisotear al hatajo de perdedores que caminan e infestan con su exasperante lentitud los pasos de cebra. 

¿No han notado que nuestras aceras se están alemanizando? Pueblo exitoso como pocos, los alemanes pasan como panzers por la acera y te empujan sin contemplaciones si un centímetro de tu cuerpo se interpone en su camino. En España, donde las aceras eran reductos de la poca vida social que todavía nos queda, es cada vez más frecuente que, si te detienes un segundo a mirar la luna o a saludar a un vecino, o simplemente no te desplazas a la velocidad correcta, algún imbécil te meta el codo. Lleva prisa, claro. Pronto pondrán señales de velocidad para los viandantes.  

Veo la última entrevista de Ana Pastor en La Sexta. Lo siento, no soporto a esta chica, es un problema que tengo. Vive instalada en una aceleración enfurecida en la que sólo se siente cómoda ella porque está enferma, enferma de prisa, de ambición, de intolerancia. Acosa al infortunado entrevistado porque parece creer que éste siempre oculta algo que sólo revelará si es sometido a la presión adecuada. Interrumpe continuamente porque cree que nosotros se lo pedimos. Tiene uno que respetar muy poco a los que entrevista para no dejarles ni un instante de respiro, como si instalados en su apremio hubiéramos todos de exhibir nuestra mentira, nuestra corrupción y nuestras contradicciones. Pero por debajo de las evasivas del entrevistado sólo queda el hastío, la sensación de que uno es víctima de un interrogatorio policial. "La gente quiere saber", cree Pastor; se equivoca, la gente quiere escuchar. Qué lejos quedan los enigmáticos silencios de Jesús Quintero.  

Sunday, February 09, 2014

¿QUIÉN TEME A NAOMI KLEIN?


La revista Pasajes de pensamiento contemporáneo ha sido nuevamente generosa conmigo, y me ha publicado un artículo del que estoy orgulloso: Globalización, consumo y resistencia. Me gustaría decirles que merece la pena pagar los diez euros por mi escrito, pero sería deshonesto e inexacto. 

Siempre merece la pena, pero el número de este cuatrimestre de la revista que dirigen Pedro Ruiz y Gustau Muñoz para el Servei de Publicacions de la Universitat de València es excelente. Además de una reseña de mi amigo Paco Fuster, encontramos un semimonográfico sobre las causas y los procedimientos de la corrupción en España que considero de imprescindible lectura, con trabajos de gente muy valiosa y que no escribe a gritos ni desde un vacuo partidismo. Les recomiendo en este sentido la entrevista con el político socialista Ángel Luna, que tanto protagonismo -seguramente para su desgracia- obtuvo durante años con sus denuncias en solitario de una corrupción que, en pleno apogeo del Consell de Francisco Camps,  parecía convertirle en una especie de leproso. Imprescindible también el artículo del filósofo Roger Chartrier sobre el problema de la representación, o el de Darlei Dall´Agnoll en contestación al prestigioso profesor Vicente Sanfélix, experto como su interlocutor en una figura tan decisiva para la filosofía contemporánea como Ludwig Wittgenstein. 

Mi artículo iba inicialmente a publicarse con el título ¿Quién teme a Naomi Klein?, que nos pone sobre la pista de su propósito: defender la vigencia y la solidez de las propuestas de análisis crítico del capitalismo contemporáneo que convirtieron a la autora del ya mítico No logo. El libro negro de las marcas en inspiradora -e instigadora- de los movimientos alterglobalización que empezaron con las protestas de Seattle hace quince años y encontraron en España uno de sus ecos más relevantes con el movimiento de los Indignados del 15-M. 

En el trabajo que presento trato de desmontar algunos de los prejuicios desde los que se ha intentado extender el descrédito e incluso el escarnio o la burla sobre las bases intelectuales y morales de los llamados movimientos anti-sistema. En concreto examino la propuesta de un ensayo muy leído hace una década, Rebelarse vende, de los canadienses Heath y Potter, donde se denuncia la impostura de la insurgencia nacida de Seattle por la vía de asociar escritos como los de Klein con las modas del consumo hedonista nacidas de la contracultura de los sesenta. 

Para Heath y Potter, Naomi Klein no parece ser mucho más que una pija de izquierdas incapaz de entender que la estandarización de la producción en las sociedades de masas es la condición para que el bienestar se abarate y resulte asequible a la mayoría de la gente. La gente como Klein -supuestamente adicta a las medicinas naturistas, las filosofías orientalizantes y la hipocresía de las empresas éticas- es según estos autores responsable de haber banalizado y aburguesado los parámetros de la causa proletaria tradicional, convirtiendo la izquierda en la forma que los jóvenes burgueses adoptar hoy para distanciarse del vulgo. Lo que Klein no entendería  entonces es que el mecanismo por excelencia que activa permanentemente el consumo es el deseo de ser especial, de distinguirse de la masa y presentarse como cool ante nuestros congéneres. 

Esta visión es falsa, oportunista y demagógica, y lo es porque estrecha y parodia los planteamientos de No logo y los nuevos movimientos sociales, maniobra que conviene desenmascarar y desactivar, pues su fin es evitar que textos tan esenciales como éste sean leído y desencadenen tomas de conciencia incómodas para las élite económicas y políticas que dominan el mundo. 

Mi argumento principal consiste en que la pavorosa recesión económica que sobrevino en Occidente poco después de la publicación del libro de Heath y Potter refuerza las posiciones de los que iniciaron el ciclo de protestas contra el Foro Mundial y otras instituciones responsables del actual stablishment global. Lejos del romanticismo utópico e intransitivo en que convierten No logo, el texto se nos revela ahora como una serie muy bien fundamentada de advertencias respecto al riesgo de precarización laboral y corrosión del espacio de lo público que se cernía sobre nuestras sociedades como consecuencia de la interpretación neoliberal hegemónica en el modelo de globalización que sufrimos.

Con la publicación en 2007 de La doctrina del shock, ya al borde del crack financiero que sacudió al mundo capitalista desde los EEUU,  Klein confirma y desarrolla muchas de las intuiciones reveladas en su primer texto. Precarización, abismo social, destrucción de los tejidos productivos locales, claudicación de la política ante la macroeconomía, corrosión del estado social... Conocemos sobradamente todos estos síntomas, pero el estudio de Klein los pone certeramente sobre la mesa inmediatamente antes de la catástrofe. Klein denuncia en el modelo de globalización impuesto la influencia de ideologías neoliberales que, bajo la aureola intelectual de Milton Friedman, y con el reagan-thatcherismo de los ochenta como causa efectiva, terminarían desencadenando la tragedia de la que ahora nos lamentamos, cuando hemos entendido demasiado tarde que el ideal del mercado libre como motor de la democracia y el bienestar es sólo una panoplia para justificar las grandes fortunas y el poder omnímodo de la banca y las multinacionales. 
 
La doctrina del shock es a mi entender uno de los textos más imprescindibles de las últimas décadas si lo que pretendemos es entender las causas profundas de los males que nos aquejan. Nada más lejos de los sarcasmos de Heath y Potter, de los que se diría que su pretensión es que no leamos a Naomi Klein. Es más bien su texto, exitoso en inicio, el que parece haber quedado obsoleto y destinado al olvido.  

Friday, January 31, 2014

ALGO SUCIO




1.Hay algo sucio en la obsesión de la derecha nacional-católica con el aborto. Cuando alguien define el aborto como un asesinato se arriesga a traspasar los límites de una preocupación tan razonable como la de los derechos del no-nato, pues está llamando asesinas a millones de mujeres a las que sólo un fanático asociaría con el mal y la delincuencia. Cuando se pronuncian palabras como "holocausto" para definir las prácticas abortistas, entonces debemos detectar y denunciar la venenosa estrategia de los expertos en demagogia y manipulación. 

Encuentro rastros de esa falta de higiene en la reprobación más o menos silenciosa que se hace de la libertad de las mujeres, algo que siempre ha costado mucho de digerir, especialmente si se trata de libertad sexual. ¿Por qué la Ley de Gallardón admite el supuesto de la violación? En otros términos, ¿podría don Alberto, o en su defecto, los sectores ultracatólicos que gobiernan el mapa moral y las decisiones de este simpar ministro explicarme cuál es, a efectos de los "derechos del no nacido", la diferencia entre un hijo concebido por una relación forzada y otro producto de un caso de mala fortuna o falta de la adecuada precaución? El hecho de que en un caso haya una agresión, sin duda terrible, y en el otro solo una imprudencia, no cambia la cuestión fundamental: son los derechos de la mujer a gestar los que están en juego. En la violada prima ese derecho, en la "equivocada" no. ¿Qué culpa tiene el hijo de una violación si de lo que se trata a toda costa es de proteger el derecho a la vida? Yo sé muy bien por qué la mujer forzada debe ser libre para interrumpir su embarazo, tanto como la que consintió la relación sexual. Esto es lo que los partidarios de la nueva ley, que ha puesto a España en la cabeza de las naciones sospechosas de regresión antidemocrática, no parecen saber: simplemente se castiga a la mujer por su libertad sexual. 

2. Veo en la 2 la emisión de Arrugas, film de animación basado en la novela-cómic de Paco Roca, a quien se reconoce como uno de los grandes talentos creativos de este país en plena crisis. La tensión dramática del relato, el terrible destino del protagonista y quienes le acompañan se presiente a cada momento como en una respiración lenta y tortuosa cuyo final es la negrura absoluta del olvido. La frialdad de los familiares, el centro donde son arrinconados para librarse de la molestia que los viejos suponen, la mentira de la piscina cerrada y que nunca se usa, los siniestros escalones que conducen al piso donde viven los desahuciados, la lucidez que va fugándose día a día a través del agujero del Alzheimer. Pero sólo es un tebeo, claro, no hay por qué alarmarse, nada de esto nos pasará a nosotros cuando seamos viejos. 

3. El arquitecto Santiago Calatrava denuncia a EU por una web donde se veja su obra y se insinúan su incompetencia y las tramas corruptas que rodea su historia con distintas administraciones, empezando por la de su Valencia natal, donde los sobrecostes de sus colosos son históricos. Jamás la obra de un artista tan prolífico me dejó tan frío, pero, como se burlaba el otro día Elvira Lindo, el que a los legos en materias arquitectónicas nos parezcan horrendas las creaciones de este genio no es trascendente: nosotros no entendemos. Eso sí, somos nosotros quienes en nuestras ciudades las sufrimos y, sobre todo, quienes las pagamos. Más allá de cuestiones estéticas, creo que el calatravismo pasará a la historia como uno de los símbolos de una época donde la gigantomaquia de la arquitectura-espectáculo se hizo bandera de un estilo de gestión de la polis. Con los espectaculares resultados que todos conocemos...y padecemos. 

4. Pedro J.Ramírez deja El Mundo. Desconozco las razones profundas, aunque podrían irónicamente ser objeto de una de esas investigaciones de película que hicieron famoso al diario. Desoiré por tanto las sospechas conspiranoicas al respecto, aunque no deja de tener su gracia que Ramírez haya caído justo cuando la derecha gobernaba con mayoría absoluta. Yo creo que este caballero vivió siempre obsesionado con el asunto del Washington Post y el Watergate. Soñó con ser Bernstein o Woodward (mejor éste último, con la cara de Robert Redford), y seguro que a algunos de sus confidentes los llamó "Garganta profunda". Pero se equivocaba en una cosa fundamental: el Post no sólo pretendía vender periódicos, Woodward y Bernstein no sólo fueron héroes por ser intrépidos, simplemente creían todavía que la función de la prensa es defender a los ciudadanos frente a la tiranía. Tenían escrúpulos, justo lo que jamás tuvo Ramírez.

5. Un informe de la ONG Save the children nos advierte que un tercio de los niños españoles, cerca de tres millones de entre los ocho y medio que tenemos, se encuentra en situación de pobreza o al borde de ella. Estos informes han encontrado versiones anteriores en la prestigiosa Intermon Oxfam. Naciones Unidas, a través de alguno de sus más reconocidos comités de expertos, ha denunciado la política de austeridad del Gabinete Rajoy, que amenaza con estrangular derechos ciudadanos ya consolidados y que se asocian indefectiblemente con la democracia. No les crean: son tres organizaciones radicales y que se dedican a quemar contenedores y provocar a la policía en algaradas callejeras. Y todavía hay quien dice que la izquierda no tiene discurso. 

6. Muere el poeta Félix Grande. El nombre dice poco a los nuevos -y sospecho que escasos- lectores de poesía, pero hubo un tiempo en que la energía necesaria para transformar la lírica española se remitía al autor de Blanco Spirituals. Lejos del acartonamiento académico o el intimismo relamido, Grande trasladó el lenguaje de la poesía hacia un quejido de esclavos del algodón que podría muy bien sonar a flamenco cuando prestaba oídos a la melodía de las calles y el poder de indignación de la gente. Sus versos "gritaban" sin disciplina ni respeto, con ese sentido del ritmo tan alejado de los lenguajes refinados,  juraban su amor a Paca e insultaban a los dictadores y a los que construían a la carrera misiles nucleares. Yo leí Blanco Spirituals en aquella edición de color negro del premio Casa de las Américas que mi padre compraría, como tantos otros libros no permitidos, en la trastienda de alguna librería. "Lo leímos con la fe con que leíamos entonces", dice Juan Cruz. Lo triste no es perder al poeta, es perder aquella fe con la que lo leímos. 

Friday, January 24, 2014

ADULTOS



Durante una relajada conversación con un alumno me percato de que ser mayor es un handicap de partida si lo que uno pretende es resultar interesante. "¿Hasta qué edad se es joven?", me pregunta, como queriendo saber cuando se le escapará la coartada para seguir viviendo en esa dulce irresponsabilidad que asociamos con la inmadurez. Le contesto que hoy se evalúa el fin de la condición juvenil al entrar en la treintena, lo cual es fiarlo muy largo, pero dada la situación de precariedad e inutilidad a la que estamos condenando a nuestros jóvenes, mejor que, puesto a ser pobre,  uno pueda darse excusas a sí mismo durante más tiempo.

¿Por qué los adultos resultamos tan plomizos? ¿Por qué nos convertimos en presencias ingratas y viscosas hasta el punto de no desatar más sensación positiva que la del alivio cuando desaparecemos de la escena? Sí, lo sé, no siempre y no todos provocamos ese hastío entre los jóvenes, pero temo que sólo tendemos a atraer cuando nuestro comportamiento parece desnortado y espontáneo, es decir, cuando nos comportamos como lo que no somos, como jóvenes.

La primera razón por la que aburrimos es que se nos asocia al mundo de las normas. Como a nosotros nos toca hacerlas cumplir -lo cual implica ser los primeros en cumplirlas o en esconder escrupulosamente nuestras faltas- se extiende la creencia de que amamos las normas, especialmente las prohibiciones. No creo que nadie, ni los que son padres ni tan siquiera los que trabajan en las fuerzas del orden, sepan tanto de esto como los docentes, que estudiaron para enseñar ciencia pero sienten que su papel es mucho más afín al de un carcelero que al de un auténtico maestro, en el sentido más estricto que contiene tan noble palabra.    

La segunda es que no somos divertidos, o mejor, nuestras vidas, lo que de ellas se conoce y lo que se oculta, tiene pinta de ser una plasta rutinaria y repleta de renuncias y hastíos. Acaso ello no sea del todo cierto, pero -reconozcamoslo- tiene mucho de verdad. 

Para empezar no somos personas, somos padres de familia, lo cual supone que vivimos repletos de obligaciones y que aparentemente no tenemos deseos propios, pues la urgencia de satisfacer las de nuestros vástagos ahoga los trazos más contundentes de cualquier personalidad, es decir, aquellos que aluden a lo que uno prefiere, a lo que detesta, a lo que le apetece hacer o decir. Se detecta igualmente en nosotros una tediosa tendencia a institucionalizar relaciones humanas tan poco burocráticas como el amor, por eso formamos matrimonios y caemos en mezquindades tan colosales como las de firmar separaciones de bienes o acuerdos de divorcio. Vivimos permanentemente pendiente del reloj, esa máquina siniestra inventada por algún calvinista y que se encarga de destrozar las almas y convertirnos en máquinas esclavizadas por el sistema productivo. Para colmo, cuando te incluyen en el grupo de la mediana edad resulta que no solo tus hijos son demasiado inmaduros para cuidar de sí mismos, sino que además tus padres se encuentran también en edad de requerir tus atenciones. 

Ser mayor es una horrísona putada. Cuando lees alguna atrocidad en el periódico, que está llena de ellas, sabes que de alguna manera va a afectar a tu vida, pues supone que te van a subir la luz, te van a echar del trabajo o vas a tener que buscar un refugio porque van a llover obuses sobre el frágil tejado de tu casa. Ser mayor es saber que vas a morir, que el mundo ya construido al que llegaste resulta ser en realidad mucho más feble y precario de lo que creíste en la candidez de tu infancia, cuando todo parecía tener sentido y estar en orden, como si fuera a durar para siempre. Lo peor es que eres tú quien va a tener que cargárselo a las espaldas para que no termine de desmoronarse. 

No soy joven, no quiero caer en el error de quienes quieren aparentar una invulnerabilidad al paso del tiempo que jamás existió más que en la fantasía y los mitos religiosos. ¿Como librarme de la carga de resultarle un plasta a mis alumnos o a mis hijos? No lo sé, quizá sea una batalla perdida, pero me viene a la memoria una de las frases más celebradas de Alexandr Pushkin: "Feliz aquél que fue joven en su juventud, feliz aquél que supo madurar a tiempo."

Saturday, January 18, 2014



VIOLENCIA EN GAMONAL

Cualquier titubeo en la consideración que uno efectúe sobre la violencia le convertirá automáticamente en sospechoso de toda suerte de cosas horribles. Desfilarán por esta escena culpable las sombras más siniestras, desde los nazis o los etarras hasta los maridos maltratadores o los tipejos tatuados que van por la calle intimidando con sus pit-bulls, a los cuales se parecen como si fueran sus hijos. Y sí, la violencia es odiosa, pero sospecho que como muchos no saben definirla, tampoco saben dónde ubicarla. 

Hay una profunda candidez en este supuesto pacifismo que se horroriza cuando arden tres contenedores en las calles o unos encapuchados lanzan un cóctel molotov, pero que elude condenar esa violencia cotidiana de los desahucios, los despidos injustificables o los recortes en escuelas u hospitales. Esta violencia se cobra su tributo en forma de vidas destrozadas, pero prefiere ser ignorada. Y no es sólo candidez, no lo es desde luego en nuestros gobernantes, cuando dicen no poder hacer otra cosa, o aquello tan siniestro de "es por vuestro bien". Por el camino de esta crisis, que produjeron los mismos cuyas empresas se benefician del desastre, se van por el desagüe el futuro, la salud y los derechos de millones de españoles. 


Cuando un ciudadano al que, como a la mayoría, le van mal las cosas, descubre que sus impuestos han financiado la corrupción, los negocios de la Iglesia Católica o los obscenos beneficios de la Banca, lo que le entra es una mala hostia que Rajoy y compañía no comprenden porque carecen la fibra moral que genera la solidaridad, entre otras cosas porque jamás han tenido un problema como no saber si vas a tener techo mañana o atender una planta entera de urgencias sin el personal sanitario suficiente.

Hace años que vengo esperando brotes de violencia como el que en estos días ha estallado en el barrio burgalés de Gamonal. ¿Es justificable? Quizá no si sólo sabemos que unos pocos miles de personas van a perder las facilidades de aparcamiento de las que disfrutaban. Si sabes que muchos han perdido su trabajo, que han desaparecido las guarderías de la zona, que los mismos corruptos ya reconocidos se llevan la concesión de las obras, entonces quizá entiendas algo mejor las protestas. No es el conjunto del vecindario, incluyendo a sus abuelitos, claro, el que se enfrenta a la policía, pero tampoco son, como pretende el gobierno, un grupo de radicales anti-sistema que, como una marea negra, aparecen aquí y allá para hacer el mal. No son tantos los violentos vocacionales, no tienen el don de la ubicuidad, es fundamentalmente gente de Gamonal quien ha decidido que la insumisión era el único camino. 



De entrada tienen razón en una cosa. Si no la hubieran liado parda no habrían aparecido en todas partes, incluyendo la prensa de países cuya opinión pública se extraña que en España no sean masivos estos estallidos, sin olvidarnos de cómo olvida la prensa patria las reivindicaciones pacíficas y dedica portadas estupendas a quien le da por montar la mundial por las calles. Corrupción sistémica en los partidos políticos, la hija y yerno del Rey en los tribunales, impuestos que suben despiadadamente, cifras de paro de pesadilla, los jóvenes huyendo de un país colapsado, una ley del aborto propia de una dictadura, otra de educación destinada a destruir lo que justamente debería proteger, una reforma laboral hecha para convertir la pobreza y la precariedad en las claves de la rentabilidad del capital, leyes de seguridad ciudadana orientadas a la represión y a silenciar la disconformidad... ¿De verdad nos sorprendemos? 


Lo peor es que quizá esto sólo sean las primeras ratas de la peste que está a punto de estallar por todas partes. No me alegraré cuando ello suceda, pero hace tanto tiempo que vengo oyendo hablar del final de la crisis que no me extraña que la gente se enfurezca cuando, mientras las pasa canutas, comprueba que sus gobernantes no son otra cosa que los lacayos de la oligarquía económica. Para colmo, el gobierno, e incluyo a los autonómicos, entrega instrucciones a las fuerzas del orden para que repartan estopa sin contemplaciones. 

Ah, pero los violentos ¿no eran los encapuchados del cóctel molotov?