Empecemos por no reincidir en el error de menospreciar a Podemos, cuyo resultado del domingo europeo se califica como "bombazo" porque ni tan siquiera las encuestas más especializadas lo atisbaron remotamente. Las declaraciones de algunos líderes del PP, que hablan en estas horas del grupo liderado por Pablo Iglesias como "frikis", corresponden a la actitud que debemos evitar. Curioso que otros numerarios del mismo partido los traten como "radicales antisistema"... De la chanza y el menosprecio se pasa sin puntos intermedios al pavor y la calificación de peligrosidad social, ¿en qué quedamos? ¿son un hatajo de tontainas sin futuro o son la avanzadilla de una revolución?
Veamos. En mi caso no son todo plácemes, desde luego. De entrada no acabo de sentirme cómodo con el lenguaje que Podemos ha convertido en seña de identidad durante la campaña, al rebufo de las celebradas intervenciones televisivas de su líder. "La Gente", "el Sistema", "la Casta Política", "la Oligarquía"... todos nos servimos de vez en cuando de tales conceptos, pero cuando se convierten en clave del discurso suenan a metafísica, parecen tan rotundos que terminan no significando nada en realidad. Es además una jerga demasiado usada, demasiado antigua, ningún esfuerzo de adaptación a la complejidad de las comunidades tardoindustriales, marxismo para el pueblo, entendiendo en este caso por pueblo al sector mayoritariamente juvenil adicto a La Sexta.

Tampoco me termina de gustar el olor a culto al líder que ha tomado el grupo, se diría que el millón y pico, más que a un partido, han votado a un señor, más o menos lo mismo que pasa con UPyD, creado al rebufo de la salida de la carismática Rosa Díez del PSOE, aunque con una diferencia considerable: Podemos tiene un posicionamiento político, de UPyD nunca hemos sabido muy bien dónde se ubica. ¿Efectismo televisivo? Sí, desde luego, Iglesias ha manejado astutamente este medio en el que se mueve con enorme soltura, aunque no parece demasiado consecuente cargar contra un partido pequeño por tal estrategia cuando son precisamente los grandes los que abusan a su antojo del poder de los medios. Me atrevo en todo caso a asociar el fenómeno Podemos a un "síndrome de La Sexta", un estilo mediático que parece acomodarse a espíritus poco formados donde el radicalismo se vende barato desde el escenario de un late-show.
Finalmente, parece razonable que muchas personas desconfíen de una opción que especula con la ilusión ideológica porque saben que no les va a tocar llevarlas a la práctica. Se puede ser puro mientras no se gobierna, desde la ingravidez se puede vivir en el totalitarismo conceptual, cuando toca gobernar es cuando la izquierda se vuelve posibilista.

No he votado a Podemos. No les he votado porque no confío en ellos, pero esto no tiene ningún valor, lo que nos hemos de preguntar no es si Pablo Iglesias y su gente son veraces y sólidos u oportunistas y efímeros, lo que yo me pregunto es por qué tanta gente ha secundado una opción electoral que hace cinco meses ni siquiera existía y que a día de hoy no tiene siquiera sede.
Unas pocas pinceladas al respecto. Soy cauteloso respecto al abuso del concepto de "Casta Política", pero cuidado, no es un formulismo vacío. La mayoría de los españoles, e incluyo a muchos que votan a grandes partidos, se están convenciendo de que en la alta política la corrupción se ha hecho sistémica, que el bipartidismo es un perverso mecanismo de poder para sostener un status quo oligárquico y que Europa -hablando de los comicios del domingo- sirve para colocar amiguetes y viejas glorias y en ningún caso para representar la voluntad de los ciudadanos del continente.
Otra pequeña andanada, la gente está entendiendo que el relato de la crisis que se nos está vendiendo es mentira. No vamos a salir de la crisis porque no parece que en breve nos vaya a ir mejor, cuando Rajoy dice que "lo bueno viene ahora", lo que se me ocurre es si no si no se trata de un sarcasmo y si en lo que le queda de gobierno a este tipo tan triste le va a dar tiempo para hundir a la nación todavía más.
Mucha gente joven ha votado a Podemos. Las escandalosas cifras de paro juvenil dan crédito a la etiqueta sociológica de la "generación perdida". En esa lógica que fabrica vidas fracasadas antes de hora debe extrañarnos tan poco el voto antisistema como el aumento de la conflictividad en las calles.
Una última punzadita. No sé muy bien lo que piensa hacer Podemos con la Unión Europea, pero de lo que pretenden los grandes bloques conservador o socialista tampoco tengo grandes certezas: al menos en nuestro país, apenas se ha dicho nada de Europa en una campaña mezquina, provinciana y digna de un país insignificante.
No sé qué recorrido tendrá Podemos, tampoco me preocupa demasiado más allá de su valor de síntoma. Lo que sí intuyo es que la gente se está hartando, aunque podemos jugar a que no nos enteramos, es a fin de cuentas lo que hace sistemáticamente el actual Presidente de España.
VOTAR... O NO.
Hay razones sobradas para la desafección política, lo cual justifica o al menos explica el abstencionismo e incluso la búsqueda de altavoces a la indignación en partidos radicales, se escoren a la izquierda con vocación antisistema o hacia la derecha por la vía del nacionalismo exacerbado o el rechazo a los inmigrantes. Puede repugnarnos la estrategia que permite a estos últimos prosperar electoralmente en toda Europa, pero en ocasiones, cuando escucho a algunos vecinos de mi barrio exhibir su opinión sobre la inmigración me pregunto si, desde su incorrección política, desde esa mezquindad con la que escarban en los bajos instintos de la gente, no están más cerca de las preocupaciones reales de muchos ciudadanos que los grandes partidos, esos que llevan dos semanas mareando la perdiz y sin hablar de Europa, que a fin de cuentas es de lo que se trata este domingo.
Fui abstencionista durante gran parte de mi vida. El anarquismo fue, como Nietzsche o Poe, un ídolo de juventud. Defendía un "abstencionismo activo"; lo que ahora me pregunto es por qué ese activismo no añadía la propuesta del voto. En cualquier caso no me arrepiento, creía que no participar era la manera de decir no a una trama odiosa y maloliente. En el fondo sospechaba que laboristas y conservadores venían a ser lo mismo, lo cual, aparte de denotar cierta impaciencia juvenil, correspondía a una evidencia: la izquierda en el gobierno es siempre una decepción.
Desde la caída de Felipe González, a quien no lloré ni un segundo porque siempre me pareció un manipulador y un tipo de poco fiar, he vivido dos ciclos de gobierno del PP. Es posible que las recetas socialdemócratas respecto a temas que me afectan tan directamente como la educación hayan resultado frustrantes, pero es que con la derecha no ha habido ni titubeos ni timideces: en los dos periodos, con distintas excusas, han implementado proyectos muy concienzudamente urdidos para arruinar la calidad de la escuela pública, y lo han hecho porque su ideología se basa en el principio de que las instituciones no están para suturar las brechas sociales, sino para protegerlas, fomentarlas y legitimarlas.
¿Esperamos mucho de la izquierda? Sólo tengo incertidumbres a este respecto y me quedan al respecto demasiadas razones para el escepticismo, pero es que con la derecha no me caben dudas: si vuelven a obtener un poder sin contrapesos terminará de destruir el estado social y de derecho... ya lo están haciendo.
Es posible que votando a la izquierda no hagamos sino premiar las cobardías exhibidas mientras gobernó, reforzar la burocracia partidocrática y consolidar la corrupción y el bipartidismo. Vale, pero hagan un esfuerzo por preguntarle este domingo a algún vecino de derechas -por indignado que diga sentirse con Rajoy- si acude al colegio electoral para votar al PP. Si es sincero dirá que sí; si le devuelve la pregunta y usted se declara anarquista y no piensa votar, sonreirá por dentro y le felicitará cínicamente por la poética coherencia que a usted le sostiene.
El resultado será una Europa a la medida de Merkel o, lo que es lo mismo, de la oligarquía que dirige con más fuerza que nunca el continente, una lógica idéntica a la que vivimos en España desde hace tres años. ¿Son todos lo mismo? (Rosa Díez, líder de UPD, insiste mucho en esto en las últimas horas, "PP y PSOE son lo mismo"... se me ocurre si el problema es que ellos son lo mismo y que ella no porque es todavía peor) No sé si son lo mismo, quizá las diferencias sean superficiales y, por tanto, irrelevantes y engañosas. Lo que sí sé es que el xenófobo de mi vecino que echa la culpa a los inmigrantes por la mierda de vida que se ha ganado no es lo mismo que yo. Absténganse si, pese a todo, no se convencen, tampoco yo estoy demasiado seguro de lo que propongo, pero hagan el favor de no indignarse porque Gallardón nos devuelve al franquismo, la patronal pida a Rajoy el despido libre, la policía nos saque a hostias de una protesta pacífica o los curas hagan palmas con las orejas mientras las escuelas públicas se siguen deteriorando.
CAÑETE Y LAS CHICAS
Hace una eternidad yo jugaba un partido de fútbol con otros chavales en un solar del pueblo de mi madre. Apareció una niña que se llamaba Penélope y que jugaba como los chicos, entraba con fuerza y le pegaba duro al balón. Yo, sorprendido, pregunté a uno de los chicos, el cual me contestó que no se comportaba como las chicas: "nunca lleva pendientes ni ná". Penélope cogió el balón en el centro del campo y desbordó a un rival. "¡Te ha regateado una chica!", gritó un rival al infortunado, el cual quedó avergonzado... "me ha regateado una chica", rumiaba.
En El segundo sexo explica Simone de Beauvoir que las mujeres han soportado una esclavitud durante milenios porque, desde que nacen, quizá desde antes, son adiestradas en el rol que el patriarcado ha predeterminado para ellas. No es que las mujeres sean frívolas, sensibles, maternales y dulces, es que se les enseña a serlo. No se es nada de todo esto por tener útero, se llega a ser todo esto porque esa mitad de la población es concienzudamente adiestrada en ello. De igual manera, a los varones se nos enseña a no llorar, a ser fuertes, racionales, proyectivos e intrépidos. ¿Lo somos? No, pero debemos serlo, y en la medida en que no conseguimos encarnar ese ideal se nos escarnece y se nos insulta diciéndonos que no somos suficientemente machos. "No te engañes", me dijo la jefa de estudios recientemente, "a los niños del instituto se les sigue insultándolos llamándoles maricón y a las niñas puta."

Es de una candidez intolerable pretender que el problema de la discriminación está resuelto, las mujeres siguen siendo maltratadas, acechadas, esclavizadas o postergadas en mayor o menor medida en función del contexto social en que la fortuna les haya deparado nacer. Pero también me parece abusiva y victimista la pretensión de que nada se ha movido desde aquel lejano 1949 en que escribió su obra cumbre de Beauvoir. Precisamente por eso, porque cualquier ciudadano mínimamente sensato ya intuye que el sexismo es un rescoldo de antiguos regímenes, se me antoja más escandaloso que un líder político, a punto de concurrir a unas elecciones trascendentes, se pronuncie en unos términos tan machistas y tan cutres como en estos días Arias Cañete.

Comparto la interpretación que se ha generalizado: irritado por su evidente fracaso en el debate con Elena Valenciano, el campeón popular optó por apretar un poco más la soga de su propio ridículo al explicar que no quiso emplearse a fondo porque estaba delante de una fémina. ¿Por qué extrañarnos? Es el PP quien va a lanzar una legislación sobre el aborto que en el extranjero -alertados por la evidente regresión española- ya han calificado como de corte franquista. Es el gran gurú, José María Aznar, quien dijo que a él le gustaba la "mujer-mujer", un término con el cual ya se burlaba de Beauvoir del mito del eterno femenino medio siglo antes de que este genial estadista pronunciara tan soberbia soplapollez.
Ay, Cañete, te ha regateado una chica.
Entre los múltiples intereses que determinaron la confección de la extensa biblioteca de mi padre, uno de los que suscitaron mi curiosidad era el del europeísmo. De crío me fijaba que, en una sección de inclasificables -al lado de Sabiduría hindú- asomaba un viejo volumen titulado Paneuropa, de un autor austriaco de nombre raro. Ahora el término suena a casi imperialista, pero lo que se manejaba en aquellos lejanos años veinte en que empezó a hablarse de este tema era un ideal de unión entre países que, para empezar, conjurara el riesgo de una segunda guerra cuyos efectos se adivinaban devastadores. Fracasó, desde luego, y ahí tenemos los datos de la apocalíptica carnicería que se nos vino encima unos años después.
"Menos OTAN y más Mercado Común", le oí decir a mi padre al inicio de los ochenta, cuando Felipe González convirtió en clave de todo su programa político la integración de España en las estructuras de poder institucionalizadas en Occidente. Luego llegaron el referéndum, el Tratado de Maastrich o el euro... Siempre advertí considerables riesgos en aquel proceso, siempre supe que al integrarnos en una unidad superior, dentro de la cual nos situaríamos siempre como país periférico (sin poder para condicionar las decisiones del eje Berlín-París), nos veríamos abocados a la pérdida de soberanía. Si nos instalábamos en la prosperidad, sería en la medida en que la oligarquía europea decidiera tolerarlo o fomentarlo, si se nos obligaba a navegar por derroteros poco deseables, tendríamos poca capacidad para negarnos. ¿Por qué entonces acepté? Porque creí entonces, y en cierto modo lo sigo creyendo, que si había algo peor que la Europa de mercaderes que se estaba configurando era ninguna Europa.

¿Es Europa una decepción? Sí, desde luego, pero suelo ponerme a resguardo en cuando llegan en manada las aseveraciones catastrofistas, en las cuales detecto un tufo de demagogia especialmente burdo y pueril cuando proviene de quienes fundan partidos políticos para fundir tendencias tan ajenas entre sí como el antieuropeísmo y el rechazo a los inmigrantes. España incrementó enormemente su desarrollo durante los primeros tiempos de la integración porque entrar en Europa supuso cobrar unos fondos de cohesión supuestamente destinados a que el país saliera de su atraso atávico y se asemejara a sus nuevos socios. Que los fondos se agotarían y que con la inclusión de nuevas naciones la modernización de los países de la tercera oleada -España, Portugal y Grecia- dejaría de ser una prioridad es algo que habríamos debido calcular por anticipado.
Acaso no lo hicimos, acaso faltó formación democrática, poder institucional y un entramado empresarial sólido para que España se convirtiera en Francia o al menos en Italia del Norte y no en este Patio de Monipodio repleto de corruptos y con unos índices de paro y pobreza escalofriantes. Y pese a todo, creo que nos ha ido mejor dentro de Europa de lo que nos hubiera ido de haber quedado solos, una excentricidad que ahora parecen desear muchos poco informados, y que, me temo, sólo es accesible para países que, como Suiza o Gran Bretaña, han convertido eso de hacerle trampas al resto de europeos en un sello de identidad nacional.

Yo creo que no hace falta menos Europa, hace falta más. Necesitamos una fiscalidad común, necesitamos impuestos sobre la transacción de capitales que funcionen a rajatabla y sin excepciones, necesitamos convertir el defícit en un problema de todo el grupo, y no sólo del país que lo sufre... Aceptemos la pérdida de soberanía local, a fin de cuentas ya es evidente para cualquiera que Rajoy es sólo un lacayo de Merkel. Debemos pedirle cosas a Europa, desde luego, pero debemos empezar por cambiar de mentalidad. Como explica Daniel Innerarity, no se trata tanto de esperar a ver qué hace Europa por mí como preguntarme qué puedo hacer yo en favor de Europa. Una de las primeras cosas es exigir a los partidos que dejen de convertir estos comicios en un plebíscito para las elecciones nacionales. ¿Hay un proyecto democristiano y otro socialdemócrata para Europa? No se ha advertido hasta ahora en los discursos. Tampoco estaría mal que dichas organizaciones dejaran de tomarse lo del Parlamento Europeo como un chollo para agradecer servicios prestados a los viejos y leales servidores de la organización.

¿Por qué apenas se habla de Europa? Se me ocurre una maldad: nos informan continuamente de las broncas en parlamentos locales para ocultar que no es aquí sino en el centro del continente donde se está decidiendo lo que ha de pasar con nosotros. Temo que lo hayan decidido ya, y la solución no será ni echarle las culpas al bipartidismo ni gritar que nos queremos ir del euro, algo que, en el fondo, nadie dice realmente en serio. Tengo la sospecha desde hace tiempo de que Alemania y Francia han decidido que España sea pobre, y que a ellos les vendrá mejor que así sea. Quizá estén equivocados, pero no se me ocurre otra manera de exigir que se nos trate con dignidad a los europeos del sur que apostando por una organización continental más justa, igualitaria y democrática. Apostar en estas elecciones por los partidos que presionan para implantar la Tasa Tobin me parece en este sentido una opción plausible.
Clase de Ética, 4º de la ESO, una de las últimas que voy a poder dar si entra en vigor la Ley Wert, donde se convertirá -pobrecita- en una alternativa tediosa y descastada a una materia a la que, no sé por qué, llaman "Religión" cuando lo que quieren decir es "Catolicismo". Me asombro cuando, en el ambiente distendido propiciado por la ausencia por excursión de la mayoría de compañeros, un grupo de alumnas salen del armario para manifestar su opinión sobre la inmigración en España. Hay odio, se respira en sus palabras y en sus caras contraídas una violencia que cuesta imaginar en personas tan jóvenes y a las que uno supone -quizá inapropiadamente- aún poco baqueteadas por el dolor y la frustración.

Intento ser comprensivo, discuto sus argumentos sin abroncarlas ni calificar su actitud con adjetivos gruesos. Creo que es lo más estratégico, pero no funciona, el debate sólo sirve para que las alumnas del grupo llegadas de la inmigración -dos hispanoamericanas y una magrebí- se sientan más solas y acosadas, más conscientes de que éste es un país hostil.
Los extranjeros llenan las colas del paro y de las ayudas sociales; les dan subvenciones que niegan a los españoles; vienen a robar; nos miran a las mujeres de forma desagradable; nos quitan los trabajos porque, como se conforman con cualquier sueldo, a los de aquí nos dejan en el paro; hemos de respetar sus costumbres, pero si tú vas allí tienes que hacer lo que ellos digan... No se engañen, son argumentos endebles, desde luego, pero no son de niños, son las razones que han escuchado machaconamente en casa y provienen de los adultos.

Inútil tratar de refutar estos tópicos, su misma naturaleza reactiva hace a sus portadores extremadamente hostiles al diálogo y el autocuestionamiento. Si apuesto por la empatía -hablamos de seres humanos, personas que sufren, gentes que, como mis padres, que fueron a Alemania hace cincuenta años, se marchan con dolor de su casa para buscar una vida mejor- tampoco me funciona, pues resulta muy difícil empatizar con aquél al que se teme, se desprecia y se odia.
Preocupante, desde luego, pero haríamos mal en extrañarnos. Se habla en estos días del auge de partidos más o menos periféricos, un batiburillo en el que se mezclan los euroescépticos con los xenófobos. ¿Son una opción de gobierno en las naciones europeas? No, la gente no sabe que está castigando a los inoperantes y corruptos de los partidos clásicos para sustituirlos por tipos aún más incompetentes y sin el más mínimo escrúpulo para la rapiña. Pero ese no es el problema, el problema es que la gente percibe que los parlamentos están lejos de las auténticas angustias de la gente. Escuchen a Rajoy y a sus ministros hablar de la crisis, o al líder de la oposición no dando una sola pista de lo que piensa hacer si gobierna, y entenderán por qué la gente está dejando de crecer en esa democracia que tanto costó conseguir y que ahora parece habérsenos esfumado sin que apenas nos diéramos cuenta.
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Un grupo de orientación xenófoba organiza un reparto de comida gratis "sólo para españoles" en un barrio de Valencia donde por cierto abunda la inmigración. Cutre y nauseabundo, desde luego, pero no dejemos de reconocer cierta habilidad para el marketing electoral en el acto: el populismo consiste en eso, en acudir a los puntos más inflamables del corazón de las gentes. De lo contrario no sería tan peligroso como es. Tómemos nota, más nos vale.
1. No debe sorprender que un cofrade encapuchado protagonice la portada de España y los españoles, ensayo en el que Juan Goytisolo nos enseñó que la nuestra es la historia de la persecución inmisericorde de todo lo que suena a mestizaje y heterodoxia. La puesta en escena del dolor en la Semana Santa es la apoteosis de la versión católica del cristianismo. Nada parece más alejado del mensaje evangélico que lo que a primera vista recuerda a un ritual histérico de plañideras; nada disuade tanto del esfuerzo de meditación que reclama el sacrificio del Padre como un desfile de penitentes acompañados por legionarios romanos inspirados en el atrezzo de Ben-Hur.

Y, sin embargo, hay algo más que puro exhibicionismo aldeano en este juego de signos, esa teatralización que -como sucede con el vino- distingue en sus matices la idiosincrasia de cada pueblo. El catolicismo es en realidad una confesión terriblemente pagana y primitiva. Su santería le acerca a los antiguos credos politeístas o a la hechicería tropical, su fe en el poder mágico de imágenes y huesos parece más propia de tribus animistas. Si aquí acabase todo sólo habríamos de sentir lástima por los pueblos surgidos a orillas del Mediterráneo, es decir, por nosotros mismos, comunidades que miran hacia el sur y que son refractarias a la libre conciencia del burgués y, por tanto, a la modernidad.
Pero tras la barbarie de la iconolatría asoma un designio inalcanzable para los pueblos civilizados: la firme determinación de proteger la cohesión de la tribu. Al contrario que en las religiones mosaicas, los católicos han aprendido a poner secretamente en duda el asfixiante totalitarismo impuesto por esa entelequia del dios omnipotente; al contrario que el libre examen protestante, exhibe en público sin rubor su fidelidad porque no es al Cruficado sino a la propia comunidad a quien se rinde homenaje. Siniestra y, por eso mismo, oscuramente hermosa, la Semana Santa es uno de los últimos ritos irreductibles al homo oeconomicus del capitalismo que aún resisten entre los pueblos derrotados de la historia.

2. La figura de Esperanza Aguirre me hace preguntarme a menudo en qué tipo de país quiero vivir. Es en este sentido un personaje positivo, porque su condición extrema -incluso dentro de la propia derecha española, que ya es decir- invita a plantearse cuestiones esenciales. No tengo duda de que cuando protagoniza un episodio tan cutre y tan bochornoso como el de los policías del otro día hay un sector de incondicionales que la aman más que nunca, pues ven en sus actos lo más profundo de sus propios deseos, es decir, el de dejar de respetar las leyes porque la obediencia sólo es para perdedores. En el incívico proceder de Aguirre reconozco lo más cutre de algunos de los vecinos, compañeros o familiares con los que me veo obligado a coexistir diariamente, aquellos que molestan con el claxon o la radio a toda potencia, que insultan a los demás conductores o se apoderan del carril izquierdo mientras intimidan a la gente con su motor de no sé cuántos caballos.
Este macarrismo de la derecha española responde a un inconsciente deseo de contrapesar el primero y más asfixiante de sus principios: la obediencia. Adoran a Aguirre porque para ellos siempre será un principio asumir que la clave de bóveda del edificio democrático es el respeto a los derechos ajenos, incluso a los de aquellos que no nos gustan. Respaldan conductas tan cutres y tan despreciables por la misma razón que votan insistentemente a los corruptos: no creen en la honestidad ni en las leyes, necesitan líderes asertivos, gente con determinación y desfachatez suficientes para hacer creer a quienes han nacido para lacayos que personajes así tienen mano de hierro para solucionar los problemas de la nación.
No es sólo cuestión de tener un mal día, entre otras cosas porque la rectificación no parece formar parte del ideario de la goyesca oligarca madrileña. Viene bien recordar ahora la repugnante trama corrupta que la llevó a la presidencia de la comunidad, las privatizaciones de servicios públicos esenciales, los oscuros tratos de favor a personas muy cercanas a ella, el vodevil de Eurovegas, la manipulación escandalosa de Telemadrid...
Yo creo que cualquier día se tirará un pedo bien gordo por la calle de Alcalá mientras diga "toma, rojos" o "jódete, Gallardón", y sus acólitos le reirán la gracia.
LA INMORTALIDAD DE GARCÍA MÁRQUEZ
"Muchos años después ante el pelotón de
fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella
tarde en que su padre le llevó a conocer el hielo." Se me ocurre en este
instante pensar en qué últimos recuerdos pasaron por la mente
de Gabriel García Márquez antes de morir... Y pienso igualmente en mí,
¿qué recordaré cuando me halle ante el pelotón? Quizá aquella tarde a
las afueras de Mestalla donde mi abuelo nos esperaba a mi padre y a mí,
con el Seiscientos abierto, sonriente porque el Valencia había ganado, o
aquellos toldos blancos y negros del edificio de enfrente del colegio,
símbolo de la fortuna que envidiaba de quienes no tenían que pasar sus
días encarcelados en un aula, o aquel rompeolas donde nos sentíamos
inmortales...

Fui un lector disciplinado de García Márquez. Por
algún motivo -esa bulimia compradora de libros que uno termina no
leyendo pero protege contra las tempestades en su interminable
biblioteca, una misteriosa intuición que le dio a entender que en aquel
tipo renegrido y con bigote se encontraba un Faulkner latinoamericano-
mi padre se hizo con todas sus novelas y libros de cuentos escritos
hasta el ochenta y tantos, cuando le dieron el Nobel. Decidí leerlos uno
por uno, supe que iba a ganarme la condición de lector de novelas con
aquellos libros. Fui tanteando por un territorio narrativo algo
entrecortado pero fascinante, desde el que ya empezaba a asomar el
universo de Macondo. Los tres días en los que, por fin, le hinqué el
diente a Cien años de soledad, fueron acaso los más placenteros y
fascinantes de mi vida hasta entonces.
Descubrí un mundo nuevo
en aquel relato tan complejo y a la vez tan redondo, tan perfectamente
cerrado sobre sí mismo y a la vez tan ambiguo y lleno de guiños, aporías
y dobles sentidos, pero al tiempo aquel territorio salvaje donde todo
era tan joven que las cosas aún no tenían nombre tenía el sabor de algo
muy antiguo, aquellos cuentos que tanto nos fascinaban cuando éramos
niños y aún sabíamos escuchar.
García Márquez representa
muchas cosas para la literatura universal, y no tengo ninguna duda de
que sus textos figurarán en los análisis al costado de los más grandes.
Será la escritura de la soledad de Hispanoamérica, el grito ahogado del
dolor, la pobreza y la violencia, el ánima quijotesca, rabelesiana y
hasta bíblica que se presiente entre las páginas de sus obras más osadas
y enérgicas. Todo esto es verdad, pero para mí Gabo será para siempre
el hombre que sabía contar, y que además disfrutaba haciéndolo.
Hay algo que echamos cada día más de menos en este mundo donde parece
haberse abaratado la licencia para creerse dueño de una historia que
contar, donde desde los periódicos, las redes sociales o los e-book se
nos relata cualquier cosa y nosotros la leemos con prisa y sin demasiada
atención: faltan las grandes historias, los relatos como los de antes.
No quiero marcianos ni superhéroes reunidos, espero que alguien sepa
relatarme como un hombre casi enloquece empeñado en desenterrar un barco
encallado desde tiempos inmemoriales y la aventura adquiere
proporciones épicas.
Ha muerto uno de los mayores fabuladores
de la Tierra. "Ésta es, incrédulos del mundo entero, la verídica
historia de la Mamá Grande, soberana del reino de Macondo, que vivió en
función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes
del septiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice".
Igual al Papa le da por pasarse, a fin de cuentas también es
sudamericano, tendría su ironía.