Monday, August 18, 2008






OJITOS


Empuñando un rifle con su temblorosa mano de vejestorio, Charlton Heston dijo poco antes de morir que “la corrección política va a destruir América”. Ciertamente, se trata de un invento de los USA que, como tantos otros, ha ido siendo inoculado en las culturas europeas. Surgió en los años setenta en las universidades yanquis, donde había demasiada gente que, tras haberse construido su mitología personal a golpe de revoluciones sociales, se sentía confortada por su plaza estable ya conquistada, pero algo aburrida porque ya no era cosa de seguir haciendo pintadas en la calle, desnudarse en los festivales de música y correr delante de la policía defendiendo los derechos de los amigos negros. Añadamos la necesidad de algunos sectores académicos interesados en hacer prosperar nuevos modelos de investigación, desde la revisión de las minorías silenciadas de la historia hasta la deconstrucción del patriarcado y sus símbolos, y ya tenemos la escena montada para el surgimiento de una especie de policía de los usos lingüísticos machistas y las gestualidades discriminatorias.

El origen de todo este marasmo de la corrección política es, pese a todo, perfectamente razonable. No están lejos los tiempos en que en el parlamento español una mujer accedía a su silla de diputada y en los aledaños empezaban los cuchicheos y los codazos. Es bueno que ya nadie se atreva a descalificar los argumentos de alguien en base a que “tiene la regla”, “le suben las hormonas”, “está nerviosa porque tiene que cuidar a sus hijos”, “es una histérica”… y demás imbecilidades. Es bueno que nadie se atreva… aunque lo piense, porque me consta que hay muchos para los cuales ser mujer, negro, gitano o gay es una traba para pensar correctamente. Autoobligarnos a no pronunciarnos en tales términos, sobre todo públicamente, es la mejor manera de que la sociedad se acostumbre a la idea –por lo visto tan difícil- de que tal y como reza la Constitución, todos tenemos los mismos derechos y somos iguales de partida.

A partir de aquí, todo este asunto parece haberse inflado sospechosamente. Recuerdo una asociación a la que estuve vinculado durante cuatro años en mis tiempos mozos y que abandoné, entre otras cosas porque en ella se hizo fuerte un grupo de feministas radicales cuyo discurso en contra del lenguaje machista era tan insistente, tan obsesivo, que uno tenía la impresión de que era como en el colegio, aún con el dictador en su poltrona, cuando decías “hostia” y el cura te soltaba una idem. En una ocasión, a alguien se le ocurrió decir “qué guapa que nos ha venido Marisa esta mañana”… y no pueden imaginarse la que le armaron días después al “acosador” en la reunión de la semana. Lo que no sabían era que Marisa había contestado al susodicho “pues tú también estás bien guapo hoy”. Ante semejante intercambio de despreciables consignas de mercantilización capitalista del cuerpo, yo –que soy el más reaccionario- solo pude quedarme frustrado pensando que a mí Marisa no me dijo lo bueno que estaba y el polvo que tenía. Durante el absurdo debate que aquello suscitó, las radicales llegaron a decir que todo hombre “era un violador en potencia” y que el coito era siempre “un acto de violencia sobre la mujer”. Marisa y un compañero gay contestaron al unísono que a ellos les encantaba ser penetrados y que ya era bastante difícil encontrar un hombre que mereciera la pena para encima ir poniendo tan estúpidas trabas.

Este tipo de conductas, cuando se vuelven abusivas y neuróticas, tienden a extenderse por lo planos y facilones que resultan los discursos que las legitiman, lo que no es poca cosa en un tiempo de evidente desorientación ideológica. A quienes son lo suficientemente ineducados como para entender lo laberíntico del pensamiento, este tipo de hábitos policiales tan ramplones les permite instalarse en una especie de superioridad moral que les otorga permanente situación de ventaja ante cualquier diálogo, o eso creen ellos.

Pero hay algo mucho más peligroso en el transfondo. La nuestra es la época de la corrección política porque éste es el tiempo en que, sometidos a la cultura del consumo y el reinado de las marcas globales, los signos proliferan y son intercambiados a bajo precio de forma que, desposeídos del peso de su contenido, han alcanzado la ingravidez absoluta. Así, hay “empresas éticas” que contaminan y explotan a sus trabajadores como todas, pero han conseguido que el consumidor piense que son muy ecológicas y solidarias porque han firmado no sé qué protocolo que, obviamente, no hace falta cumplir, y porque en sus etiquetas pone “Stop Racism”. Me viene a la memoria un presidente de Comunidad Autónoma absolutamente estúpido e insolidario que nunca olvida en sus discursos decir “los ciudadanos y las ciudadanas”. Yo tuve un jefe que recalcaba que cuando hubiera más de un cincuenta por ciento de mujeres delante diría “vosotras”, pues “la Real Academia lo permite”… Yo me sentía un poco raro cuando nos decía “hola, chicas”… luego, cuando nos estafó el sueldo del segundo mes tampoco hizo discriminación de sexo, nos tangó “a todas”, el muy hijo de puta (perdón, pero es lo que era). En la mayoría de los usos se trata pues de ocultar prácticas de dominio, así de sencillo. Hay lugares donde se abusa de los trabajadores y las formas protocolarias se respetan escrupulosamente. Hay maridos que maltratan a sus mujeres pero ante el mundo aparecen como ciudadanos perfectamente concienciados. Debemos sospechar especialmente cuando dichos hábitos se instauran entre quienes más poder tienen.

En los últimos días estamos teniendo una buena muestra de toda esta ceremonia del ridículo. Como saben, se está exigiendo a los jugadores de la selección española de baloncesto, en especial a Pau Gasol, que pidan perdón públicamente por una foto promocional en la que, con el eslogan “estamos preparados para China”, aparecen estirándose los ojos para parecerse a las personas de aquel país. Convertir tal insignificancia en un tema periodísticamente relevante, hasta el punto de que algunos periodistas norteamericanos hablen de España como país sospechoso de racismo, o que se diga que Gasol ha ofendido gravemente a la comunidad asiática de Los Ángeles, merece cuanto menos una reflexión.

En primer lugar, dudo mucho que la comunidad asiática norteamericana no tenga mayores problemas de los que preocuparse. Me pregunto si los habitantes de Pekín, (hay que decir Bejing, perdón, que si dices “los pekineses” parece que los confundas con perros, aunque a lo mejor se me echan encima los de la Asociación para la Liberación Animal), en concreto los que han visto destruidas sus viviendas por necesidades de los Juegos están ahora mismo bajo el impacto del escándalo por el insulto sufrido por los baloncestistas españoles. En cuanto a los ejecutados por la pena de muerte en aquel país, me pregunto si no habría que cambiarles el nombre y llamarles “sometidos a retiro”, o si los periodistas norteamericanos que acosan a Gasol no nos obligarán a llamar a los presos de Guantánamo “internos en proceso de investigación” o alguna mamarrachada por el estilo.

Ojalá toda esta especie de alergia que reacciona histéricamente ante el mínimo signo de ofensa –muchas veces de personas ajenas al problema que salen cual Capitán América en defensa de “las víctimas”- revelara que, al fin, vivimos en un mundo justo e igualitario donde cualquiera tiene el derecho a que se preserve su dignidad y su honor, sean quien sea, de la raza que sea o del país donde le parieron. El problema es que el cuidado de los usos lingüísticos crece en forma inversamente proporcional, me temo, a la pobreza y la violación de los derechos humanos en el mundo. A lo mejor es que no tenemos cojones –o lo que sea- para afrontar los verdaderos problemas y nos conformamos cobardemente con rascar en la superficie, a ver si así al menos se nos tranquiliza la conciencia.

3 comments:

Fra said...

No conocía tu pasado feminista... jeje
Estoy leyendo "Las arquitecturas del deseo. Una investigación sobre los placeres del espíritu" de José Antonio Marina (cada vez me gusta más) y me ha conectado con tu libro en varias ocasiones para describir a los adolescentes en las aulas. Cito:

"La exaltación del capricho permite situar las dos últimas piezas de la adivinanza [¿qué tienen en común la sociedad de consumo, el auge de la violencia, el aumento de la obesidad, las epidemias de la ansiedad, la fragilidad de las relaciones afectivas, los comportamientos impulsivos, los centros comerciales, y parques temáticos, campañas de fidelización de las empresas, el pretigio de la moda, aumento de las adicciones y la falta de atención de los alumnos en la escuela?] La proliferación de los deseos crea personalidades caprichosas que soportan muy mal el aplazamiento de la satisfacción y la frustración. El marco del mercado opulento es adictivo, restringe la libertad, aunque el hacer posible la elección entre productos, enmascara esa reducción. Además, como ha señalado Lipovetsky, la insistencia en el deseo y en la consumación del deseo, ese hedonismo light que define nuestra cultura, y que identifica placer con diversión, desprestigia el esfuerzo. [...]
Lipovetsky comenta: La falta de atención de los alumnos, de la que todos los profesores se quejan hoy, no es más que una de las formas de esa nueva conciencia cool y desenvuelta, muy parecida a la conciencia telespectadora, captada por todo y nada, excitada e indiferente a la vez. El Yo ha sido pulverizado en tendencias parciales según el mismo proyecto de desagregación que ha hecho estallar la socialibilidad en un conglomerado de moléculas personalizadas.
En la sociedad del capricho, la atención se vuelve caprichosa."

Ejemplo práctico: hoy he visto como una adolescente -con un saco de suspensos en plena ESO- se ha negado a entrar a la Catedral de Barcelona porque había una cola muy larga (ni siquiera con el gancho de "aquí se casó la Infanta Cristina"). En cambio al pasar por un Bershka (Inditex world)no ha dudado en entrar, convencer a su madre para que le compre un modelito y hacer una cola larguísima donde encima el aire acondicionado no funcionaba.

Te aseguro que la cola para la caja del Bershka era mucho más larga que la de la catedral...

besos

Anonymous said...

Hola, Fran. Tengo alguna prevención contra los autores que nombras, pero los dos tramos que citas, en especial el de Lipovetsky me parecen fantásticos. El tema de la pérdida de la atención al que se refiere viene obsesionándome desde que empecé a trabajar. En una ocasión se lo comenté a un amigo que trabaja en el mundo del cine y me contestó que el problema no solo lo teníamos los profesores: la atención se ha puesto cara para todo el mundo. Cualquiera que trabaje en publicidad, que tenga una empresa de venta de lo que sea, incluso que acabe de sufrir un infarto y necesite ayuda... todos sufrimos ese problema, el de que la atención de los demás no se concede así como así. Esto no afecta solo a los jóvenes, pero son ellos quienes se están formando en esta cultura donde la atención se fragmenta. Ante una proliferación hemorrágica de fuentes de atención, la necesidad de fijarse y obtener la perspectiva que nace de la profundidad se convierte en un esfuerzo intolerable. Recuerdo quen en una ocasión puse a alumnos El mago de Oz y la atención duró cinco minutos. Decidieron en ese tiempo que no les interesaba y me pidieron que, simplemente, "pusiera la tele". Por cierto, no te imaginas la competencia que tienen para buscar canales, lo difícil es encontrar uno que vaya al cine -tampoco a la filmoteca, que vale dos euros-... Pasearse por la cáscara de las cosas, no perder nunca más tiempo del imprescindible con una misma cosa... Y aún quieren que les enseñemos algo en clase. Es esto lo que estamos fabricando. David.

Anonymous said...

Pero... ¿donde está Carrie? La he buscado entre los chicos esos que están haciendo los chinos pero no la encuentro. ¡Ayudadme, por favor! Estoy empezando a tener ansiedad. Si es una broma, ¡dejadlo ya! ¡No juguéis más con mi corazón!