Así definía Jean Baudrillard a nuestro tiempo o, para ser
más preciso, a los años ochenta y noventa: vivíamos los tiempos post-orgía,
nuestro estado de ánimo era la resultante de saber que los grandes fastos de la
liberación que se nos prometió durante tanto tiempo ya habían pasado. No estoy
seguro de que hayamos dejado esa resaca, o acaso se ha instalado entre nosotros
de tal forma que ya no parece lo posterior a nada, como si el desencanto fuese
nuestra condición natural.
No siempre fue así, claro. Los acérrimos de los movimientos emancipatorios
de los años sesenta nos han intentado convencer de que su revolución no llegó a
producirse nunca, traumatizados ante la evidencia de que el paraíso con el que
se las prometían tan felices se parece muy poco al escenario en el que nos
hallamos. La globalización como fenómeno arrollador que despierta más angustias
que esperanzas, capitalismo especulativo o, como dicen algunos, de ficción,
crisis y crecimiento de la brecha social, destrucción del Estado del Bienestar,
catástrofe ecológica, amenaza fundamentalista, populismos y democracias de baja
intensidad… No, el Futuro ha sido una decepción. Y, sin embargo, es preciso
torcer la mirada para intuir la ironía del destino, que deparó en el presente
la Gran Fiesta a quienes convocaban al futuro. La Revolución ya se ha hecho:
muchos de los sueños se cumplieron. Si las comunas fracasaron no fue porque
entrara la policía para disolver el amor libre a porrazos; si no aceptábamos la
imposición de convertirnos en adultos esclavizados por el Sistema podíamos
quedarnos en casa de nuestros padres para siempre; si no queríamos comer
porquerías industrializadas nos pudimos hacer vegetarianos y comprar un
terrenito donde plantar zanahorias orgánicas, si no queríamos ir al Vietnam
podíamos dejar que ahora fueran soldados profesionales los que mataran y se
dejaran matar en el Golfo y Afganistán.
España tardó más, claro, pero al fin murió el Dictador y
pudimos votar al PCE… Ya se encargó de
demostrar que no eran lobos feroces y nosotros de abandonarles. La liberación
sexual ha permitido ver matrimonios gays, tetas en Telecinco parejas sólo por
amor y biografías no determinadas por el cura ni las vecinas chismosas. Después
hemos comprobado que a la política se dedica lo peor de cada casa, que la
comida orgánica es cara, que negarse a tener hijos es tan jodido y angustioso
como tenerlos, que a las chicas les gusta, pese a todo, vestirse de novias y
que los tíos han descubierto que sexo libre no supone mucho más que películas
porno.
Es síntoma de falta de perspectiva aseverar que la Revolución nunca llegó a realizarse, lo que
sucede es que no tenía la cara que esperábamos. Hoy disfrutamos de libertades
similares a las que se exigían a voz en grito en las manifestaciones del Mayo
Francés, es sólo que no hemos sabido estar a la altura de nuestros sueños. Somos
razonablemente libres, pero la libertad, como bien explicó Sartre, no nos hace
felices, en todo caso nos deja en la angustiosa tesitura de tener que elegir a
cada momento qué hacer con nuestras vidas. Entender que ese desafío, además
de angustioso, resulta fascinante es lo que acaso nos falta para recuperar la paz de
nuestro espíritu, que es por cierto algo distinto de la felicidad o la
satisfacción, esas cosas con alas a las que puerilmente creían tener derecho
los lectores de Marcuse en los sesenta.

Creo que el verano es un poco eso. Hace un calor horroroso,
las carreteras se convierten en el escenario ensangrentado de una guerra, los
packs turísticos consiguen que hasta Venecia parezca un parque temático, es decir, un ridículo simulacro de sí
misma… Pero es que la función del verano es ilusionar, por eso nos ilumina en
mayo con los primeros vientos de mar y el olor a crema nivea, desatando la
esperanza de tardes leyendo a Stevenson y viajes a tierras exóticas. Esas
ensoñaciones, que habitan los territorios del cerebro que se despertaron con la
infancia, son sin embargo lo que hace que la vida merezca la pena. Sin ellas
moriríamos de prosa, zombis que deambularían por un mundo gélido y sin alma.
Se acabó la fira, el silencio me permite volver a Joseph
Conrad. Los niños chapotean enloquecidos en la orilla esperando otra ola.
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