Vivimos una época en la que la reflexión, que requiere espacio y sosiego, queda una y otra vez postergada sine die ante el atropello de una actualidad vertiginosa. Las cosas ocurren a tal velocidad, la información nos desborda de tal manera que si nos detenemos unos segundos a pensar nos entra el vértigo, como si nos bajáramos de un tren enloquecido al que ya no pudiéramos regresar. En estos días esa sensación se intensifica. Elecciones, cálculos, pactos, desalojos, reacciones insospechadas, nuevas detenciones por corrupción, respuesta de los mercados financieros...

La primera y principal: a la derecha la han derrotado los movimientos sociales. Los artífices de Podemos pueden atribuirse en exclusiva ese mérito si quieren, pero su éxito sólo es un síntoma más de algo que está pasando a niveles sociológicamente profundos y que no es -como acaso sí lo sea Podemos- flor de un día. De igual manera, los líderes recién encumbrados se miran al espejo jactándose de su enorme capacidad de seducción. Pero quienes han ganado son quienes se organizaron para protestar contra la barbarie de los desahucios, quienes formaron las mareas que han ocupado las calles en Galicia o aquellas multitudes que, en contra de toda lógica, decidieron no irse a casa y colonizar las plazas en el 15M.
Disculpen la soberbia, pero, antes que Mónica Oltra, quienes hemos ganado somos nosotros. En mi trabajo, por ejemplo, somos muchos los miembros de la comunidad educativa que venimos peleando contra un gobierno autonómico delirante desde hace muchos años. Hace una eternidad que vengo insistiendo en que la derecha tiene un proyecto para destruir la escuela pública, y si el encargo de devastarla con el que Wert llegó al Ministerio no se ha completado es porque de alguna manera hemos convencido a la gente de que el problema era un problema de todos.
Si insisto mucho últimamente en que no deberíamos esperar demasiado de la política es porque intuyo que el poder de transformación que actualmente poseen las instituciones es estrecho y precario, sometido a condiciones asfixiantes y encarnado por seres tan humanos -demasiado humanos- como cualquiera de nosotros. Pero la política es mucho más que unas elecciones. Es bien sencillo y conviene que nos lo grabemos a fuego en la memoria si queremos que lo que ha pasado -es decir, que hemos echado a los malos- no quede en agua de borrajas: si queremos escuelas y hospitales, calles limpias y no repletas de bárbaros, condiciones de trabajo dignas o corruptos encarcelados, tendremos que ganarnos el derecho a exigírselo a nuestros representantes.

Y eso, no se consigue sólo por depositar una papeleta en una urna. No hemos ganado la batalla, en realidad ésta no ha hecho sino empezar.
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