Friday, November 03, 2017

CLASES DE ISLAMISMO

El Govern Valenciano ofrecerá el próximo curso clases de religión islámica en aquellos Centros donde lo demanden seis o más alumnos. En un principio la propuesta parecía referirse a "zonas especiales", barrios con cifras muy altas de población musulmana. Con la cifra de mínimos que se nos ha dado ahora, entiendo que cualquier escuela o instituto público de una ciudad como Valencia tendrá en breve en plantilla un profesor enviado por la comunidad islámica. 

Hace un par de años, el Consell Escolar del IES Benlliure decidió no admitir a una alumna que se negaba a quitarse el hiyab en el aula, como le exigían los profesores en atención a las normas del Centro, las cuales prohíben entrar a clase con la cabeza cubierta con gorras, sombreros o pañuelos del tipo que fueran. No era difícil -al menos para mí, que conozco el percal educativo- entender que lo que estaba en juego en el asunto era algo más que el cuidado de la cortesía en el atuendo. Cuando la Vicepresidenta Oltra intervino en el asunto, obligando al Benlliure -y a todos los demás Centros- a aceptar el uso del hiyab en las aulas, lo que muchos sentimos es que acababa de desautorizarnos y erosionar la autonomía de la comunidad educativa. 

Lo que Oltra y sus muchos admiradores no son capaces de entender es que este asunto amenaza uno de los principios sustanciales de la normalidad democrática: la laicidad de las instituciones. El problema no es si uno puede cubrirse o no la cabeza en clase, sino si la religión es motivo suficiente para determinar las normas que establecen la convivencia. La fe en democracia afecta a la vida privada, es absolutamente respetable, y por eso uno de los principales artículos constitucionales alude a la libertad de conciencia. A mí no me molesta en lo más mínimo que una joven acuda con hiyab a clase, lo que no concibo es que sus razones para cubrir su cabeza valgan más que las de cualquier otra persona sólo por ser religiosas. De ello se infiere que el principio de que la religión es una cuestión privada salta por los aires. 

Un alumno podría cubrir su cabeza con un pañuelo en homenaje a un allegado asesinado por una banda de delincuentes, o con un sombrero mexicano en recuerdo de la patria a la que desea regresar... Da lo mismo, son motivos igualmente personales, no importa si las creencias que uno profesa son compartidas por nadie o por mil quinientos millones de personas, el principio de laicidad rige en todos los casos. Si vale cubrir la cabeza, vale para todos; si no vale, todos han de ir igualmente descubiertos... ¿Es tan difícil de entender?

No olvidé este asunto, pero decidí no graznar más sobre el mismo porque entiendo que parte esencial de la misión de un gobernante es evitar conflictos. Quizá la instrucción enviada por el Govern a los Centros era la más prudente, quise pensar. Pero con la última  decisión mi prudencia anterior me suena a ingenuidad. Es más: creo que confirma que la anterior tuvo más que ver con la corrección política y con la inconsistencia ideológica de algunos miembros del Govern que con la sensatez. 

Veamos. Quien defienda la medida argumentará -seguramente con buena fe- que los islámicos se hallan discriminados por el hecho de que sólo los católicos dan clases de Religión. Yo añadiría que lo están igualmente los judíos, los Testigos de Jehová o los animistas africanos. Pero los que sobre todo lo están, en mi opinión, son los no religiosos, que tienen que sufragar unas prácticas de catecismo que nada tienen que ver con ellos. Y eso si no hablamos de lo demencial de la Lomce, que equipara una asignatura doctrinal y confesional a cualquier otra materia de carácter científico.

Cuidado, no tengo ningún problema en aceptar las clases de cultura religiosa, que habrían de encontrar en las grandes religiones, y muy especialmente en el cristianismo, la base de la formación moral occidental, con un tratamiento también considerable del Islam. A nuestros jóvenes les falta cultura religiosa, no tengo duda, pero la asignatura no tendría un objetivo evangelizador, de manera que la impartiría un profesor no elegido por la Iglesia. Yo mismo me considero perfectamente capacitado para la empresa.

La situación no es la ideal, desde luego: acabar con la presencia de clases destinadas a la evangelización católica en la enseñanza pública me parece complicado. Pero lo que no entiendo es por qué, si ya tenemos un problema con los católicos, queremos tener otro más con los musulmanes. Se me ocurren algunas preguntas para el Conseller Marzà y la Vicepresidenta Oltra:

¿Se han preguntado por qué la jerarquía católica no ve con malos ojos la medida que piensan tomar? ¿No será que con ella están de alguna manera dándoles la razón en su guerra contra el laicismo?

¿Enviarán las congregaciones religiosas musulmanas a los profesores de islamismo como ya sucede con los de religión católica, pagados por todos pero seleccionados por los obispos?

¿Cuánto costará al erario público la medida? O mejor: ¿cuánto habremos de sumar por las clases de islam los no creyentes en nuestros impuestos a lo que ya pagamos -a la fuerza- por las clases de catolicismo?

¿Cuando seis alumnos Testigos de Jehová o seguidores de la Cienciología pidan un profesor que les imparta esa religión les dirán que no? ¿Con qué criterios?

Si aparecen seis alumnos que profesen la religión pastafari, ¿enviarán un especialista en dicha fe? Preciso: el pastafarismo cree en una deidad llamada "Monstruo del Espaguetti Volador"; cuenta con numerosos adeptos en los EEUU. Si un alumno pastafariano entrara en mi clase con una olla de espaguetis en la cabeza no tengan ninguna duda que le permitiría el acceso.

Mónica Oltra me aplaudiría por ello, ¿no?

3 comments:

Ricardo Signes said...

Sin ánimo discrepante quizás podría considerarse como una cuestión de utilidad pública la intervención del estado en la enseñanza del islam en la escuela, ya que de este modo quedaría muy limitada la influencia adoctrinadora de los imanes más reaccionarios y extremistas, esos que pasan con la mayor naturalidad de las suras coránicas a la garrafa de hijo de Satán mezclada con bombona de butano. No se trataría, por tanto, de la intromisión de la enseñanza religiosa en la educación pública, sino de la intromisión de la educación pública en la religión.

David P.Montesinos said...

Si fuera así, yo no estaría en desacuerdo, pero no concebiríamos las clases como ejercicios de adoctrinamiento, sino como un estudio crítico de la influencia del hecho religioso en la formación histórica de los mapas morales. Yo me siento capacitado para impartir tales clases. ¿Y tú? ¿No te gustaría dar clases sirviéndote de textos como el Talmud, el Corán o, por supuesto, la Biblia?

Anonymous said...

El estado tiene la obligación de enseñar todo lo que atañe al ser humano (incluso lo que no le atañe aparentemente). Sin embargo no puede plantearse el papel de contrarrestar en las aulas lo que al tiempo promociona como libertad de credo.
Las religiones (ninguna) tolerarían que se interpretasen sus credos o historia de forma imparcial en una asignatura basada en hechos, datos o consecuencias históricas. Por tanto, la religión debe quedar fuera de las aulas y las instituciones. Mientras no se asuma que las religiones son como la peste la tensión irá en crescendo.
Por cierto… los profesores que asumiesen tales asignaturas (en el contexto imparcial citado) debiesen prepararse para conflictos en unos casos incomodos en otros realmente peligrosos.

MA