Durante el acto, la catedrática de Historia Contemporánea Isabel Burdiel, autora de la edición de Cátedra de "Frankenstein o el moderno Prometeo", de Mary Shelley, se preguntaba por qué el relato de Bram Stoker aterraba a los lectores de su tiempo y conmueve a los actuales. Burdiel recomienda a los historiadores hacer uso del material que nos proporcionan los relatos para capturar esos sentidos de la experiencia de los individuos que habitan en silencio los interlineados de la teorización historiográfica. Lo que nos revelan las cartas que se intercambian los personajes de "Drácula" -por qué eso es esta fascinante novela, una serie de yoes que relatan a otros el temor y la ansiedad que les despiertan sus más profundas contradicciones- son ficciones inventadas por un fabulador, pero indican verdades que puede aprovechar el investigador que sabe cómo interpretarlas.
¿Tiene sentido lanzar hoy una pesquisa sobre el Príncipe de las Tinieblas, ese monstruo de aires góticos que tan lejano parece en estos tiempos líquidos? Nuestros miedos han mutado, hasta el punto de que casi nos suscita cierta ternura el Boyardo, en la medida en que su maldición consiste en resistirse a morir. Hoy todo parece destinado a la obsolescencia, programada o no, todo transita ante nosotros convertido en mercadería, cualquier tentación de crear algo digno de permanecer está destinada al fracaso. Casi desearíamos ser mordidos en el cuello y convertirnos en vampiros ante la perspectiva de ser uno más de tantos zombis que deambulan como una legión idiota de compradores compulsivos dispuestos a devorarlo todo, sin apenas dejar tras sus pasos nada que merezca ser conservado.
Nuestro gran terror es hoy la falta de tiempo y de espacio. Necesitamos un momento de receso para reflexionar y pensar en lo que nos pasa. Quizá sea eso lo más revolucionario, hacer agujeros en la cárcel de prisa y consumo que nos captura y contemplar con detenimiento. Si queremos entender lo que nos pasa -y ésta no es sólo labor de historiógrafos, pues se me antoja una cuestión de supervivencia para todos- necesitamos saber interpretar los mensajes que provienen del pasado.
Lo he dicho otras veces, los últimos años del siglo XIX -y "Drácula se publica en 1897- son un momento crucial. Por maestros pensadores como Marx, Nietzsche y Freud sabemos que la Verdad es una construcción sobre la que debemos lanzar todo tipo de sospechas. Lo que sucede a los verdaderos héroes de la novela -que son antes Jonathan Harker, Mina o Lucy que los resueltos Seward o Van Helsing que lanzarán la cruzada contra el vampiro transilvano- es que son personajes en plena transformación. Lo son sin ellos saberlo, y lo son antes incluso de ser mordidos por el monstruo. Es una mutación histórica y todavía balbuceante en la que se está desplomando la imagen clásica del sujeto. Tras el paroxismo de los textos de Nietzsche se yergue la sombra de las terroríficas catástrofes que aguardan y que desangrarán el mundo durante la primera mitad del siglo siguiente hasta casi destruirlo.

Como dije el jueves en Ramón Llull, debemos volver a leer el Drácula de Bram Stoker. Entonces entenderemos por qué conviene leer este "Miedo y deseo", de Alejandro Lillo.
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