Friday, April 17, 2009

* Justo Serna dedica su último post a dos bloggers, Ángel Duarte y yo mismo, generosidad inmerecida y que agradezco en grado sumo. Leedlo por favor, está mal que yo lo diga pero es muy bonito lo que Justo dice de mí y de La Cueva del Gigante. Tenéis su blog linkeado aquí.






SEGREGACIÓN SEXUAL
EN LA
ESCUELA







Hace ya unos cuantos años escuché a una compañera de trabajo quejarse amargamente por la frustración que le producía el hecho de haber sido educada en un colegio para señoritas. "No veías a un chico ni por azar, aquello parecía un gineceo". Me sentí identificado con ese sentimiento, en mayor medida puesto que yo había experimentado la misma sensación en el otro lado de la trinchera. Me eduqué en un colegio de curas en cuyas aulas solo estaba permitido el acceso a varones. La cantidad de taras que provocaron en el niño que fui prácticas educativas tan monstruosas no soy capaz de calcularla. Sí sé que, en una ocasión, un colega de pupitre, cuando entramos en BUP y ya estábamos en edad de merecer, me aseveró muy ufano que "la regla es que las tías sangran durante un mes entero del año, por eso lo llaman el periodo o el mes... lo jodido debe ser que a una le toque todos los años en agosto, pues le pilla justo las vacaciones y no podrá bañarse."

Es posible que a muchos les parezca que la ignorancia tenga su encanto. "Si no te gusta lo que tu ojo ve, arrancátelo": esta es según Nietzsche la consigna más definitoria de la moral cristiana. En otras palabras, "mejor no sepas cómo es el otro sexo de verdad, pues descubrirás que es más o menos como tú, con lo que perderás la fascinación y te decepcionarás antes de hora." Consecuencia de aquella medida tan pedagógica fue que, cuando salía del bunker repleto de vallas y garitas de vigilancia en que se había convertido mi colegio, iba por la calle tropezándome con cualquier cosa porque me dedicaba a escrutar todo aquello que remotamente oliera a mujer. Y desde entonces no he perdido la enfermiza fascinación por el otro sexo: ser mujer me parece algo casi imposible, una especie de anomalía.



Y ahí estábamos nosotros, los tíos, gobernados por aquel hatajo de cobardes y manipuladores -huidos de la vida y del tráfago de las calles- que eran nuestros curas, de aquellos seres fracasados que eran la mayoría de nuestros profes, servilmente entregados a la tarea de hacer creer a nuestros padres que tendríamos un mejor futuro moral y profesional si nos rodeaban desde críos de la "gente adecuada"... Ahí estábamos nosotros, tan viriles y tan llenos de homosexualidad mal asumida y estúpidos prejuicios machistas respecto a nuestro papel en la sociedad y el lugar destinado a las hembras... Ahí, respirando el aire testosterónico del aula, el patio o el gimnasio mientras la vida pasaba por delante y pasándonos las revistas guarras hacíamos como si no nos enterábamos. El Valencia había ganado cinco a dos a un equipo rumano, dijo el profe de Gimnasia, sí, qué bien, y dos goles de Kempes, pero por allí no aparecía ni una sola mujer, como si tuvieran la peste y fueran a transmitírnosla.
A uno le gustaría pensar que tantos años después del fin de la dictadura es ya cuestión de tiempo y de ley natural que los enemigos de la democracia vayan desapareciendo... Por eso me sorprendo cada vez que fuegos de intolerancia que consideraba extinguidos reaparecen, un poco como esas viejas epidemias que aterraban a nuestros abuelos y que ahora nos parecen medievales, pero que de vez en cuando vuelven a registrar un nuevo brote no sé dónde. Lo de la segregación sexual en la escuela tiene ese tufillo.
El asunto salta a los noticiarios por el conflicto que se ha montado en Cantabria, cuyo gobierno autonómico ha decidido cortar la subvención a un colegio del Opus Dei -Torrevelo- que solo admite varones en sus aulas. Los motivos de esta decisión son tan obvios, que lo que sorprende es que alguna vez en su historia el erario público, es decir, usted y yo, que somos un par de tontos por lo visto, financie prácticas tan odiosamente antidemocráticas. Pero el caso es que lo hace, lo hace en Catalunya, donde el tripartito hace gala de su radicalidad para proclamar sus querencias secesionistas pero deja bien tranquila a la Iglesia con sus negocios... Y lo hace en el conjunto del Estado, donde el Gobierno Zapatero, demostrando una profunda cobardía, no ha tomado todavía una sola decisión realmente seria que obligue a las comunidades a cumplir la LOE a rajatabla y comprometa la financiación de la Iglesia. ¿Le cae a usted mal el Opus Dei? Pues sepa que usted y yo somos también miembros numerarios de la Obra, pues sufragamos con nuestros impuestos el mejor de sus negocios: la escuela.



La dirección del colegio Torrevelo ha esgrimido sus argumentos en favor de la segregación, la por ellos llamada "educación diferenciada" -y luego dicen que los eufemismos de la corrección política son cosa de rojos-. La idea es que aulas sin doncellas favorecen la concentración de los estudiantes y propician mejores resultados. La decisión de retirar fondos públicos allá donde no se cumpla la condición de ofertar aulas mixtas contraría según Torrevelo el principio constitucional (art. 27.3): "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones". Se refieren igualmente a la LOE, ley orgánica que regula actualmente la educación en España, y en cuya disposición adicional vigésimo quinta, referida al "fomento de la igualdad efectiva entre hombres y mujeres", se estipula la "atención prioritaria y preferente" a los centros que practiquen la coeducación. Según los feministas radicales que el Opus tiene en el Colegio Torrevelo, esta disposición, si bien prioriza la coeducación, no excluye la posibilidad de subvencionar aquellos centros que practiquen la "educación diferenciada".


La argumentación no puede parecerme más burda. En cuanto a la Constitución, el art. 27 es uno de los que más objeto ha sido de interpretaciones tendenciosas. La Constitución no dice que haya que subvencionar colegios religiosos, lo que dice es que se debe garantizar el derecho de los padres a la formación religiosa y moral de sus hijos que consideren oportuna, lo cual significa que nadie puede impedir que transmitan valores evangélicos a sus hijos o que los lleven a catequesis, prácticas que además el Estado debe incluso comprometerse a proteger. ¿Significa, por ejemplo, esa llamada a la libertad que puedo exigirle a las instituciones públicas que me financien mi deseo de que mi hija se eduque en un aula donde los varones tienen cerrado el paso? En ningún caso, porque se trata precisamente de una práctica inconstitucional, ya que es precisamente la ley máxima la que declara inviolable el principio de igualdad y garantiza el derecho a no sufrir discriminación por razones como la condición sexual. En el segundo caso, se amparan en algo que la LOE no dice para sostener -falacia ad ignorantiam- que si la ley no excluye que los colegios segregadores sean subvencionados, entonces es que deben serlo. Es la misma ley la que, en su artículo 84.3, garantiza que "en ningún caso habrá discriminación por razón de sexo".





Poco pecio flotando al que aferrarse veo en las leyes vigentes para legitimar una práctica segregacionista tan reaccionaria. Hay, claro, algo que siempre se termina aduciendo cuando de lo que se trata, como en este caso, es de hacer negocio: el mercado demanda la "educación diferenciada". La Iglesia española acostumbra a deslizarse por las aguas del lenguaje moral para ocultar que la lógica que mejor domina es la del mercado, o, para ser más preciso, la del servicio y la satisfacción del cliente. Las escuelas religiosas han entendido perfectamente que lo que quieren sus clientes es distinción, concepto muy de consumidor de élite y radicalmente opuesto al principio de inclusión que domina la moderna pedagogía. Allá con su conciencia aquellos piadosos siervos de Dios que no soportan la idea de juntar a sus hijos con niños inmigrantes o con habitantes de los barrios pobres de la ciudad... Lo que no hay manera de justificar es que una práctica tan odiosa, tan clasista y tan insolidaria sea pagada por usted y por mí. Es bien sencillo: en estos momentos es una obligación ética luchar contra la financiación pública de la escuela privada... Salvo excepciones muy localizadas, como cooperativas y centros que fomentan prácticas educativas solidarias, que los ciudadanos estemos pagando estilos educativos discriminatorios y clasistas es una prueba concluyente de que, en nuestra joven democracia, los viejos poderes fácticos mantienen hipotecas intolerables sobre la ciudadanía.

Quizá alguno aún piense que en el colegio de curas no pensábamos en chicas durante las clases solo porque no las teníamos en el aula, pobrecito. Por cierto, pringado, cuando tu hija está con las monjitas se dedica a pensar en un chico del barrio que le gusta, ¿qué creías?

Saturday, April 11, 2009








EL ROTO








En el más célebre de sus ensayos, La gran matanza de gatos y otros episodios de la cultura francesa, Robert Darnton nos refiere la historia de un curioso personaje llamado Joseph d´Hémery. Este detective de la policía del Rey de Francia –destinado inicialmente a investigar el tráfico de libros en el país- escribió a mediados del siglo XVIII cientos de informes sobre quienes los escribían. Darnton se interesa por todos estos archivos porque en este esfuerzo detectivesco advierte el síntoma de una preocupación creciente en la Corona por el peligro que podía llegarle de la "Repúblique de les lettres". Así, junto a caracterizaciones francamente ácidas y despreciativas de personajes tan insignes como Diderot o Voltaire, nos encontramos pesquisas detalladas de la vida de destacados poetas de la Corte o de escritorcillos de tres al cuarto, cuyos amoríos, juegos adúlteros y nocturnas idas y venidas fueron objeto de conocimiento por parte de altos burócratas del Estado, los cuales aplicaron, gracias al rigor con que el chivato detective se aplicaba a la tarea encomendada, el principio aquel de que “Saber es Poder”.

De todo lo reseñado por Darnton, me quedo sin duda con las referencias a Grub Street, nombre que acabó tomando en Francia toda suerte de producción mediocre y adocenada. Aquellos a los que se nombraba como "grubstreet" quedaban automáticamente bajo sospecha. Se les atribuían libelos y sátiras subversivas, asociándoles además con prácticas delincuenciales como el proxenetismo, la estafa, la falsificación, la extensión de rumores y calumnias… Gente de mal vivir en suma, de ahí que no extrañe que algunos acabaran azotados y en galeras, y que muchos acabaran sufriendo “embastillement”. Como advierte Darnton, tiene que ver con ello el que los revolucionarios de 1789 convirtieran a La Bastilla en símbolo de la libertad de expresión frente a la censura del Viejo Régimen. Tirando un poquito más del hilo, nos enteramos de que Grub Street era en realidad una calle de Londres habitada al parecer por historietistas y autores de diccionarios y poemas de encargo.

“Historietistas”, "cartoonist", como se llama a estos autores de baja condición en el mundo anglosajón. No voy a convertir este artículo en una reivindicación del cómic. Alguien me dijo un día que no defendiera nada que no fuera capaz de defenderse por sí mismo. Discutible, sí, pero en lo que tiene de verdad la frase deja las cosas muy claras con respecto a la materia: el cómic es un fenómeno tan emblemático del siglo XX como lo han sido el cine o el jazz. No voy pues a perder el tiempo defendiendo a los gigantes a cuyos lomos camino, más bien son ellos los que han de resguardarme a mí de las tempestades de la vida.

¿Que el cómic no acaba de ver reconocido nunca su lugar dentro de la República de las Letras? Quizá, pero éste es un problema para los académicos, no para quienes nos hicimos más sabios y valientes abriendo los libros de Hugo Pratt o Hergè con la misma devoción con que lo hicimos con Tolstoi o Melville. Ellos se lo pierden y, en cualquier caso, sospecho que hay algo de olor a tabaco negro, tugurio, maletas y mal vivir en los autores de tebeos que molesta a quienes suelen sentarse en los sillones de la autoridad académica, tipos por lo general calvos y con gafas, que pasan las tardes en zapatillas de abuelete y evitan deambular por el barrio de las putas.

Valga no obstante la alusión al imprescindible Apocalípticos e integrados, donde por fin en los sesenta un pope de las letras se atrevió a cuestionar las bases desde las que –a partir de la diferenciación entre “high culture” y “down culture", alta y baja cultura- se menospreciaba la trascendencia del cómic en la constitución del imaginario colectivo contemporáneo. Dice Umberto Eco en el 64 al hilo del éxito de masas de Peanuts o Superman:” … no es cierto que los cómics sean una diversión inocua que, hechos para niños, pueden ser disfrutados por adultos en la sobremesa los cuales, sentados confortablemente en un sillón, consuman así sus evasiones sin daño y sin preocupaciones( … ) En la próxima tira, Schulz seguirá mostrándonos en la figura de Charlie Brown, con dos golpes de lápiz, su propia versión de la condición humana.”

Pero no he empezado este escrito pensado en Charlie Brown ni en Superman, sino en el que acaso sea el dibujante español más influyente de nuestro tiempo. No sé en realidad casi nada de El Roto, no sé si lo sabe alguien y, en realidad, tampoco creo que importe demasiado. Se trata del segundo gran seudónimo que ha utilizado Andrés Rábago, dibujante conocido como Ops en sus tiempos de Hermano Lobo y demás publicaciones satíricas del Tardofranquismo. Respecto al cambio de nombre, proviene de una circunstancia no muy diferente a la de estrellas del rock como Prince o Santiago Auserón, que se percataron en un momento determinado de que la fórmula artística que empleaban se había agotado. El autobautismo incorpora, pues, la reinvención de la personalidad, incapaz de adaptarse a un contexto histórico como el de la democracia post-transicional sin un reciclaje profundo. Son muchos los genios de La Codorniz o Hermano Lobo que murieron en ese tsunami de revolución cultural que fue la década de los ochenta.

Rábago sobrevivió. ¿Por qué? Yo creo que cuando un artista forja su poética desde la acidez de estómago que le provoca la omnipresencia del mal en el mundo, hace falta cierta profundidad de alma, tener la mirada recubierta de un denso aceite moral para saber advertir que los centros de la dominación no han hecho sino reubicarse y aplicarse maquillaje. A Rábago no se le acabó el espíritu de indignación –esa fuente tan fecunda de inspiración artística- el día que murió Franco como a Berlanga o a los cantantes-protesta. De ahí que la farsa del neocapitalismo, los contratos basura, la explotación de las naciones pobres, la hipocresía de la opulencia, el fanatismo de los terroristas o el fariseísmo de los obispos sean objeto diario de sus afinados dardos.

No es difícil reconocer en los dibujos de El Roto huellas de clásicos tan imprescindibles como Munch, Solana o Goya, pinceles misteriosamente dotados para mostrar la espantosa soledad en que los seres humanos solemos enfrentarnos al dolor, ese delirio que al no encontrar palabras, debe conformarse con un silencio el cual, no pudiendo “decirse”, tiene que encontrar la manera de “mostrarse”. En alguna de las pocas entrevistas que ha concedido, Rábago declara sentirse muy cerca del inglés William Hogarth (XVIII) y del francés Honoré Daumier (XIX), de profesión “ilustradores”, que aparecen con frecuencia bajo la denominación de artistas satíricos. Yo, no obstante, y en una línea que enlaza con el surrealismo de Dalí o Magritte, presiento por todas partes tanto en El Roto como en Ops la alargada sombra de Roland Topor. Fallecido hace una década, fundó en 1962 el Movimiento Pánico junto a Arrabal y Jodorowski, y se le conoce entre otras cosas por el film que codirigió, Marquis, o por ser el autor de la novela El quimérico inquilino, llevada al cine por Roman Polanski.

Al margen de escuelas y huellas más o menos asumidas, creo que El Roto tiene algo especial, algo que está más allá tanto de aquel lenguaje sarcástico de las revistas satíricas del antifranquismo como de la tradición más aurática de la Vanguardia. Es algo que uno advierte mañana tras mañana, mientras escucha el tráfago de la calle vecina y, ante el primer café, se concede unos segundos para pensar, siquiera para meditar por un solo instante si con cada paso que decididamente damos tras salir de la cama no estamos diciéndole sí a los panzers que arrasan el planeta. Hay una enigmática disrupción entre el dibujo y el texto de cada viñeta de El Roto. Si el texto debe poner en palabras lo que indica la imagen, lo que nos encontramos es un inquietante desplazamiento… la imagen no termina de mostrar lo que ve el ojo… como en un matrimonio condenado a pelearse eternamente, lenguaje y mirada van cada uno por su lado, pero extrañamente se cruzan siempre para ir a parar al mismo sitio.

Es uno de los mayores genios en nuestra República de las Letras, pero su mala leche es más innegociable que la de Pedro Almodóvar, su cabreo dura más, de manera que siempre tendrá demasiados enemigos como para ser reconocido. En su investigación descrita en el libro de Darnton, el detective d´Hemery clasificaba a los escritores en cuatro categorías según su grado de peligrosidad social: “buen sujeto”, “sujeto algo malo”, “sujeto malo” y “sujeto muy malo”. Adivinen dónde habría metido d´Hèmery a Andrés Rábago. Es el mismo círculo del infierno donde le esperan Buñuel, Fernán-Gómez o Pepe Rubianes.

No me he divorciado del irremediable diario El País en parte por culpa suya, aunque esta mañana creo que me voy a poner a leer tebeos… Me quedo en Grub Street.
*La ilustración que encabeza el artículo es de Roland Topor. La segunda es de William Hogarth. La tercera, nuevamente, de Topor. Todo lo demás es de Rábago -él es, obviamente, el retratado en la fotografía-... He elegido algunas de mis viñetas predilectas de El Roto, aunque hay muchísimas más que merecerían figurar en cualquier ontología. Recomiendo la recuperación de los trabajos firmados como Ops en las revistas de los setenta, así como un concienzudo visionado de la obra de Topor, Hogarth y, muy especialmente, Daumier, del que no he incluido aquí ninguna imagen, pero que vale muchísimo la pena.

Saturday, April 04, 2009








DIOS NO EXISTE




La Selección de Fútbol de Argentina fue derrotada el miércoles por la de Bolivia en La Paz por seis goles a uno. Esto en realidad, no significa absolutamente nada relevante. Cualquiera, incluso futbolistas grandiosos como Messi o Agüero, puede tener un mal día, máxime si no superan el inconveniente de jugar a muchos metros de altitud, circunstancia que explica lo difícil que suele ser ganar en casa a una selección de nivel discreto como la boliviana. Y, en cualquier caso, si algún argentino quiere amargarse la vida más de la cuenta con este tipo de agravios a la bandera nacional, es muy libre, tanto como de emocionarse durante los culebrones o ponerse a llorar de emoción cuando pasa un desfile militar al son de la victoria. En cuanto a Bolivia, es tierra en serios apuros, de manera que tampoco les viene mal, de vez en cuando, una pequeña inyección de moral, aunque sea a costa de una cosa tan tonta como un balón.





Lo que verdaderamente me suscita la reflexión es el hecho de que el actual seleccionador argentino se llame Maradona. No albergo ninguna duda respecto al inmenso talento que, como futbolista, tenía Diego... Yo asistí con ojos incrédulos a aquella obra de arte que fue el segundo gol de la albiceleste contra Inglaterra en el Mundial de México... "Gracias, Dios, gracias por el fútbol, gracias por Maradona... y disculpen estas lágrimas". Por unos instantes, en la inolvidable locución de Víctor Hugo Morales, parecía creíble el espejismo del fútbol y las fruslerías del sentimiento nacional y el orgullo del escudo; por unos instantes, parecía que Dios había bajado a un terreno de juego y había arrancado con el balón desde el medio campo encarnado en el cuerpo de un chico pequeño y regordete que salió de alguna zona chabolista en el Barrio de Fiorito en Buenos Aires. El problema de los espejismos no lo tiene quien aprende a asumir lo fugaz de su belleza, fugacidad que, en verdad, habríamos de saber aplicar a todas las cosas de la vida. El problema lo tiene quien corre tras el espejismo, incapaz -pobre de él- de aceptar su caducidad.



Maradona fue convertido en algo más que un ídolo por toda una nación. Un viejo amigo que tuvo una novia argentina -y que, como suele pasar en estos casos, cogió un odio tremendo a todos los de ese país después de aquella mina se las hiciera pasar canutas- me dijo un día que había que "desconfiar de un pueblo cuyos ídolos eran Perón y Maradona". La generalización es arbitraria y abusiva, desde luego, pero, de igual manera que nunca he entendido cómo llegan a ser tan grandes los méritos de Perón como para que todos los partidos políticos argentinos se autodenominen "peronistas" o a su esposa Eva le dediquen ciclópeas y horteras óperas rock, tampoco acabo de saber qué es exactamente lo que tanto subyuga a los argentinos de un tipo tan poco interesante fuera del estadio como Maradona. La mano de Dios, es el inspirado título de un libro biográfico, pero remeda un momento futbolístico fraudulento -marcar un gol disimuladamente con la mano- y al alcance de cualquier pillastre de tercera. Es solo que este engaño lo perpetró Maradona... Y ya se sabe: "la ley soy Yo", que es como decir que habría que arbitrar leyes especiales para que los Grandes se escaqueen de esa cosa tan aburrida que es la justicia y puedan engañar y timar a la gente impunemente y con el aplauso general.


Cuidado, si Maradona me parece cualquier cosa menos el tipo ejemplar en que lo han convertido los argentinos, en nada tiene ello que ver con las veleidades narcóticas que jalonan su biografía. Tampoco estaría mal que algunos aprendieran que no se es más glamuroso ni más heroico ni se parece mucho más a Emiliano Zapata y a Simón Bolívar por el hecho de haberse puesto hasta el culo de drogas una noche tras otra durante años, pero eso, en cualquier caso me trae sin cuidado. Cuando uno conoce bien a un adicto, advierte que ciertas inclinaciones incontroladas huelen más a mala hostia matinal, a tomarla con los que te quieren, a que todo el mundo se te vaya apartando y a ropa sucia y suelos meados que a la leyenda del hedonista libertario e indomable que algunos asocian con Maradona.


En realidad, a mí me gusta Maradona. Lo que me sorprende es que Argentina lo haya convertido en seleccionador nacional. ¿Tanto les cuesta entender que un tipo que sobaba el balón como los ángeles puede no tener ni puñetera idea de cómo conducir un vestuario y colocar las piezas de un equipo sobre la pizarra? Pero no hay que engañarse: los argentinos no creen que Maradona sepa entrenar; de otra manera no habrían colocado como ayudante a un verdadero especialista como Bilardo, quien todos sospechamos que es el que -si al Diego no le pega por cortarle la cabeza- dirige en silencio a la albiceleste. Lo que en verdad creen es que Maradona tiene un pacto secreto con fuerzas telúricas... algún tipo de alineamiento peculiar de los astros que le permitirá, como a Moisés, conducir a su pueblo hacia la gloria. Como en Matrix, alguien parece haber decidido que Neo es el Elegido; como él, no tiene ningún plan, no sabe qué protocolo de actuación habrá de llevar a cabo para librar a su pueblo de los tiranos, solo cree que, por misteriosas razones, las aguas del Mar Rojo se abrirán a su paso. Proclamado Chamán unánimemente por la tribu, sólo él está investido del poder salvífico para obrar milagros y mantener hilo directo con los cielos.






Es inútil pretender vivir sin mitos. Los ilustrados del Siglo XVIII se equivocaron en esto, entre otras cosas porque los principios que proclamaron contra la superstición de las viejas leyendas se hicieron fuertes desde su origen dentro de un nuevo Gran Relato: el de las Luces y la Diosa Razón. Las masas nocturnas de Buenos Aires que gritaban "aguante, Diego" cuando el Pelusa parecía agonizar en un hospital son la prueba de que, dos siglos después, seguimos necesitando poder decir como Odiseo "que digan que yo viví en los tiempos de Aquiles." No son esas gentes distintas a las que llenaron de rosas Buckingham tras la muerte de Lady Di, las que imitan a Madonna como si cada uno de sus gestos fuera el de una diosa olímpica, o quienes le ríen las gracias televisivas a Chávez en su Aló, Presidente. Necesitamos dejarnos seducir por el encanto de los mitos. Antes que la verdad desnuda que prometen las ciencias, necesitamos encontrar esa metáfora, ese enigma del héroe, ese espejismo que -acaso por serlo- es mucho más creíble que cualquiera de las verdades políticamente correctas.








Hay en Argentina una congregación religiosa entregada a la divinización de Maradona. Tienen su templo maradoniano, sus plegarias y sus mandamientos. Ridículo, sí, o freaky, para ser más exacto, porque solo puede producir risa o lástima. Quizá habríamos de estudiar detenidamente el origen histórico de algunas canonizaciones para llegar a la conclusión de que, después de todo, Maradona no sea ni más ni menos ridículamente merecedor de figurar en el Index Sanctorum que, por ejemplo, San Cucufato, piadoso difusor de la fe de hace milenios y que tiene la virtud de responder a peticiones, siempre y cuando el fiel cumpla el ritual de anudar un lazo y decir las palabras mágicas: "San Cucufato, los cojones te ato; si no me lo concedes, no te los desato". Me imagino que habrá algunos rezos similares con el astro bonaerense. Y como todo santo, tiene su martirio. Si a Cucufato lo degollaron despues de abrirle las tripas y que él se las reintrodujese y se cosiera de nuevo el vientre, a Maradona lo persiguió la FIFA echándolo del futbol por su costumbre de ir de coca hasta las cejas. "La noticia corrió como el demonio entre el silencio consternado de todos los argentinos desde la Boca hasta la Patagonia, la Federación ha consumado su venganza y Maradona ha sido expulsado del Mundial". Muchos pensaban que era su carácter díscolo y su afición a echarse unos puros en La Habana con Fidel lo que le indispuso ante los mandarines... Pero ya se sabe que de los Martirologios es mejor desconfiar.




Seis goles, un corralito, el país más rico imaginable y también el más malogrado y desaprovechado del planeta. Maradona es el nombre de uno de los peores excesos con los que Argentina se castiga a sí misma. Podían haber escogido a Jorge Luis Borges, a Julio Cortázar o a Federico Luppi, pero prefirieron al Diego como antes a Gardel o a Perón. Ellos se lo han buscado.

Pero como dice William Munny en Unforgiven: "Todos nos lo hemos buscado"

Saturday, March 28, 2009










CINCO DÍAS EN ROMA (Y II)






1. Ante una gran leyenda -y la de Roma lo es por antonomasia-, irremediable que surjan los desmitificadores. Frente a ese impulso tan ilustrado y racional, siempre queda la pregunta que nos hacemos tras contemplar una hermosa escultura como las que la città nos regala en sus fuentes o en la Galería Borghese: ¿y no será mejor hacer como si la leyenda fuera verdadera? Uno apenas necesita rastrear Roma en busca de Bernini, sale al paso por todas partes para intentar -se diría que obsesivamente- deslumbrarnos. Bernini fue un megalómano, más aún que Miguel Ángel, quizá porque el espíritu del Barroco propiciaba el que un artista se internara más y más en la delirante espiral del genio creativo. Dioses enfurecidos que se llevan a saco a la mujer cuya belleza no es soportable si no es poseída, misterioso equilibrio de figuras que se sostienen -diríase que en el aire- dolorosamente agitadas por sus pasiones. Roma es, ante todo, una leyenda, y ya sabemos que las leyendas son mentira, pero... no cualquiera es digno de leyenda, no cualquier ciudad ni cualquier escultor proyecta una sombra tan alargada como para que su mentira parezca digna de ser creída.










2. Quizá por eso no entiendo la obsesión de algunos historiógrafos por recordarnos -una y otra vez- que no debemos creer todo lo que nos han dicho. Sí, de acuerdo, el agua corriente solo llegaba a los pisos bajos de las insulae -literalmente, grandes bloques de viviendas con los que la urbe aprendió a convivir con su propia falta de espacio-... De acuerdo, la ciudad estaba sucia, los mercados eran caóticos, el sistema de alcantarillado no funcionaba como era debido, de manera que las calles olían mal... Para colmo, los cristianos no se refugiaban de Nerón en las Catacumbas, que es lo primero que le oyes decir al guía cuando dejas la Via Appia y entras por cualquiera de los accesos de la necrópolis. Acabo de leer La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio, de Jérome Carcopino. Me irrita esa costumbre de intentar bajarnos la moral a los cazadores de sueños, sin cuya ingenuidad probablemente Roma no sería visitada. Y sin embargo, a poco que abandonas la pequeña decepción inicial te das cuenta de que el efecto seductor de Roma es cualquier cosa menos un fraude. ¿Saben ustedes que la Cloaca Máxima sigue siendo utilizada como arteria clave del sistema de desagües de la capital? El agua corriente no llegaba a todos los romanos, ¿saben que en el pueblo de Alicante donde trabajé durante una década el sistema de agua corriente de las viviendas no se instaló hasta los años sesenta? Las desmitificadas catacumbas, el material del que están construidas era vulnerable y había frecuentes derrumbamientos... pero ahí están, miles de años después. La via appia sigue, por supuesto, siendo utilizada...Algo debió de tener la Ciudad de los Césares cuando de ella emanan los primeros decretos destinados a limitar los efectos de la patria potestas, o lo que es lo mismo, construir como figura jurídica y de derecho a la mujer y a los niños.







3. Leyendo a Carcopino uno no puede evitar sonreírse por la actualidad de Roma. Los constructores de insulae hacían trampas con los materiales para ahorrar costes, de ahí que el primer temor de un romano fuera -después de morir abrasado en un incendio durante la noche- que su hogar se derrumbase. A medida que el imperio se extendía, crecía por la ciudad -como reflejan los escritos satíricos de Marcial o Juvenal- la idea de que era posible vivir sin trabajar. Aparecieron los especuladores inmobiliarios, astutos inversores que, cuando un territorio extranjero era definitivamente civilizado, encontraban allí la oportunidad perfecta para forrarse de sestercios. Proyectos urbanísticos sumamente ambiciosos -como el de Julio César con las aceras- que no llegaban a realizarse por encontrar resistencias de todo tipo. Tráfico infernal en las mañanas de mercado. Maridos y mujeres espantosamente aburridos los unos de los otros... ¿Les suena todo esto de algo?



4. Roma siempre estuvo llena de vagabundos... siempre los atrajo, siempre los produjo...Pero el mal gusto en el vestir, que encuentra su reflejo en el estilo de ostentación hortera de los automóviles, ese síntoma es de otra malatia. Un empleado de La Alhambra me dijo una vez que Granada era tan bella que dedicaba todos sus esfuerzos a proteger lo que tenía y había olvidado el interés por ofrecer cosas nuevas. Roma quizá no llega ni a eso... Roma es tan incomparablemente bella, que, como esas mujeres hermosas que resultan maleducadas e incluso se lavan poco, parece haber perdido las ganas de hacer esfuerzos para gustar, se diría que no le hace falta.








5. Mi fe, o mejor dicho, mi falta de ella, es puesta a prueba en la Basílica del Vaticano ante la Pietà de Miguel Ángel. Incluso Bernini palidece ante esa obra que no parece construida por manos mortales. Unos minutos después, enfurecido porque otros peregrinos igual de tontos que yo no me dejan estar solo y en silencio ante ella, salgo a una ventana y me vuelvo a topar de bruces con la comedia humana: entre las estatuas exteriores de la Iglesia de San Pedro, centro mundial de la Cristiandad, aparece la horrenda estatua de un señor sonriente y con gafas que juega con los niños... ¿adivinan? San José María Escrivà de Balaguer, fundador del Opus Dei y aliado de alta confianza de su Eminencia. Estar allí de pétreo cuerpo presente no le va a servir de nada en el Más Allá, porque si Dios existe hay que pensar que no es idiota... pero esto las cabezas pensantes de la Iglesia lo saben perfectamente, por eso pretenden el éxito orbi et orbe en el único lugar en el que siempre han creído: el reino de este mundo. (En realidad, siempre tuve la impresión de que los curas con los que traté en mi niñez, que no me parecen por cierto nada tontos, eran los primeros en saber que Dios no existe. El día en que nos percatemos de lo que eso implica, entenderemos mucho mejor el sentido de su Empresa)





6. Conmueve la imagen de la Escalera Santa. Creo que fue Dickens quien la condenó: "nunca he visto nada tan espantoso". Presuntamente es la escalera del Templo que Constantino hizo traer de Jerusalén, pues pertenecía al templo de Poncio Pilatos y por ella subió Cristo el Viernes Santo a ser juzgado. Docenas de fieles suben arrodillados todos y cada uno de sus peldaños hasta llegar al relicario donde se encuentran los objetos de Jesus niño. No comparto el desprecio de Dickens, y de hecho, tuve la misma tentación de subir la Scala de rodillas que tuve hace un año de postrarme ante Ala al grito del Almuecín en la Mezquita Azul de Estambul, la misma que de vestirme de penitente en una de las procesiones de la Semana Santa Marinera de los distritos marítimos de Valencia. Hombres humildes e ignorantes, tan equivocados como para subir de rodillas una escalera tan larga solo por honrar la memoria de un hombre al que consideran admirable, merecen un respeto que no merecen quienes, disfrazados de Servidor de Dios, continúan ejerciendo como Mercaderes del Templo.




7. Intentan volver mediática la imagen del Nuevo Papa, pero Ratzinger es un estadista, no una estrella como Wojtyla; Ratzinger es un intelectual y un burócrata, no un polaco iluminado como su antecesor. Las imágenes del alemán intentando sonreír son siniestras... hay que tener muy mala fe para comprarse el calendario de Benedicto XVI del 2009. Por cierto, ha hecho muy bien en hacerse llamar así y romper de una vez por todas con los últimos residuos de Juan XXIII y el espíritu del Concilio Vaticano II: el proyecto de modernización y democratización de la Iglesia ha fracasado, ¿para qué engañarse? Cada cual tenemos lo que nos merecemos, bien lo sabe Dios.







8. El secreto de una pizza es la sencillez. ¿De qué son las pizzas? No llevan "nada", propiamente dicho, ni piña, ni salchichas de Francfurt ni trufas ni marisco... apenas el tomate, el queso, la cebolla... Sisini en el Trastevere puede hacerte feliz con una margherita al taglio por dos euros. La sencillez con la que la anciana madre de la pastelería Valzani mira sonriente desde una silla a las clientas mientras devoran un canoli tiene algo que no acierto a explicar... Hay una corriente de afecto entre personas, algo que es muy Trastévere y muy italiano y que tira por tierra todo lo que he dicho contra los romanos desde que llegué de Roma. Entre la gente italiana termina siempre asomando algo de aquella espontaneidad irónica de las películas de Fellini, algo con lo que no acaba ninguna invasión bárbara, ni siquiera la de los Mac Donald´s o los Cafés Starbucks.








9. No fui a Cinecittà. En verdad ya solo es un recuerdo. El mapa emocional del Neorrealismo que dio lugar a joyas como Ladrón de bicicletas ya no está. Ya no hay una conciencia colectiva luchando a duras penas por salir adelante, cada uno por su cuenta -no puede ser menos en Italia- pero todos de alguna manera juntos levantando un país devastado por la Gran Guerra. Rocco y sus hermanos, de Visconti, podría ser el gran epígono de todo ese mundo italiano que yo ya solo ví en la sonrisa de la anciana pasticcera Valzani y en algunos rincones del Trastévere. Creo que William Wyler intentaba reactivar Cinecittà con Vacaciones en Roma, pero acaso incluso entonces ya era tarde.



10. Roma es eterna en más sentidos de los que pensamos. Antes de salir acabé La carretera, de Cormac McCarthy... estremecedor relato sobre el fin del mundo. Caminando por las colinas más patricias e imperiales de la ciudad se me ocurre que cuando llegue la gran catástrofe, los supervivientes escogeran lugares como el Coliseo, el Foro, las Termas o -otra vez, sea o no leyenda- las catacumbas para refugiarse del frío y huir de las bandas de caníbales. Pero esa, ya es otra historia.




Sunday, March 22, 2009














CINCO DÍAS EN ROMA




1. El destino natural de todo recién llegado a la Ciudad Eterna es coger el tren desde el aeropuerto de Fiumicino y bajarse en la estación de Termini. La primera pizza al taglio que usted se pida se la servirá un árabe, no tenga duda de eso. Si pernocta durante su estancia en alguno de los numerosos –y en general bastante cutres- hoteles del barrio, descubrirá que está habitado fundamentalmente por chinos. Aquí y allá, tiendas de ropa y otros pequeños comercios donde no parece que se venda nunca nada. Pero los jóvenes chinos que deambulan parecen razonablemente contentos, todo lo contrario que los italianos, que parecen permanentemente enojados. Hay dos tipos de romanos, los que visten con un desaliño que aquí juzgaríamos cercano al umbral de la pobreza, y los que “visten bien”, dueños de un espantoso mal gusto expresado en trajes de raya diplomática cantarina o jerseys ceñidos de matón de barrio. Eso sí, todos hablan por el telefonino. Da igual que caminen acompañados, el móvil les permite estar en contacto permanente con seres invisibles, lo que garantiza la emoción de prescindir de hacer caso a lo que hay alrededor. Uno siempre imagina a un interlocutor guapo y divertido al otro lado de la línea… el efecto seductor funciona, pero el mundo es más histérico e inhóspito desde que inventaron este aparatito. Misteriosa dignidad la de los numerosos vagabundos, sentados con harapos y sin móvil junto a una fuente no construida por Bernini; ellos son los únicos romanos que siguen viviendo de verdad en la Ciudad, la cual, por cierto, lleva dos mil quinientos años atrayéndolos hasta convertirlos en parte del paisaje a través de las épocas.

2. El gobierno exige por ley a los médicos que denuncien a los inmigrantes sin papeles. Fantaseo con esta idea tan orwelliana que Goebbels habría admirado: viene un alumno de tez morena a mi clase con necesidades idiomáticas especiales, mientras le pongo a leer llamo a la Gestapo: "aquí hay un sospechoso". La delación sistematizada es el sueño dorado de la servidumbre para todos los fascistas de la historia. Su bajeza moral es la prueba más irrefutable de la sumisión voluntaria a un régimen basado en la exclusión. No otra cosa –¿qué creíamos?- es el totalitarismo.

3. Berlusconi retorna cíclicamente al gobierno porque es lo contrario de un hombre de Estado. En realidad es un enemigo de las instituciones… Los italianos sospechan siempre del gobierno, por eso colocan a un anti-estatista a su frente. Con él, el liberalismo realiza su viejo sueño de forma paródica: minimizar el poder de administración de la República. Un epígono del Duce adaptado al modelo de la democracia catódica ejerce su poder en clave populista. Y lo hace desde la hostilidad frente los sospechosos habituales: los sindicatos, los inmigrantes, los rateros de poca monta… Umberto Eco dixit: “… en la geografía política actual el auténtico partido de masas es el Polo, que ha sabido identificar en la descomposición sociológica de las masas concebidas por el marxismo clásico las nuevas masas, que ya no se caracterizan por su riqueza sino por la pertenencia común al universo de los valores mediáticos y, por tanto, ya no son sensibles al reclamo ideológico sino al reclamo populista. (…) Un partido que hace suyas las consignas de todo movimiento populista: la lucha contra la criminalidad, la disminución de la presión fiscal, la defensa frente a la prepotencia del Estado y frente a la capital fuente fundamental de todo mal y corrupción, la severidad y el desprecio ante cualquier comportamiento desviado.” Berlusconi es un cittadino que se ha hecho rico con los periódicos y la tele, sonríe siempre y pone a las mujeres en su sitio con sus maneras de galán barato.




4. Ya no sonroja la obscenidad con la que el director de una gran cadena explica que la programación solo es una excusa para vender publicidad. Proliferan en la pantalla famosos fabricados endógenamente por la misma televisión a través del reality, futbolistas, tías buenas que bailan y algún influyente “todólogo” que, con indudable dominio de la escena, se pasea explicando a los verdaderos italianos lo que deben pensar, por qué cosas debe escandalizarse y en qué consiste la esencia de la nación. La publicidad nos quiere como consumidores y, por tanto, nos adiestra como tales. El postpensamiento en que nos movemos es su ecosistema predilecto: fin de la democracia deliberativa, sustitución de la opinión, el diálogo y la controversia por un simulacro de democracia. Nanni Moretti, Umberto Eco o Toni Negri son muros de contención contra la barbarie; asimismo los jueces contra la corrupción o las asociaciones civiles contra la impunidad del crimen organizado.




5. Las campañas electorales ofrecen un master de urgencia sobre como posicionarse ante la crisis si uno quiere que le voten. La recesión mundial está creando todo un modelo retórico: todos resumen su receta en una fórmula impactante, excepto aquel que se define precisamente por ignorar la crisis… Bien pensado, es también una fórmula con poder de atracción. Da igual, porque nadie que aspire fundadamente a ser elegido sabe qué hacer con la crisis.



6. Europa muere de muerte natural, por eso las grandes capitales –Roma, Berlín, Londres, París- parecen cada vez más, a poco que uno salga de los emplazamientos emblemáticos, capitales tercermundistas. No tanta diferencia entre El Cairo y Roma como imaginan los turistas cuando ven a tipos vestidos de romanos para hacerte una foto junto al Colosseo. El centro mundi invadido una vez más por libertos y bárbaros, a los ojos de los cittadini, es la descomposición del espíritu de la tricolor.







7. Hace falta alguien a quien echarle la culpa de todo, por eso se quemaban brujas en la Edad Media cuando las aldeas eran azotadas por la sequía y la pestilencia. Porque la barbarie también se produce, como el cáncer o el aburrimiento, endógenamente. El tráfico es infernal y la conducción agresiva y “masculina”. El Vaticano es un negocio y un reclamo turístico, por más que algún guapo novicio se acerque a las masas que fotografían la Pietá de Michelangelo para pedir silencio y respeto. Las calles de la ciudad están sucias y descuidadas. Los niños son insoportables. En España escucho también cada vez a más vecinos decir que ciertas cosas no pasaban cuando no había tantos extranjeros. Hay chinos que escupen en el suelo y árabes que silban a las chicas con minifalda, pero también hay italianos arrogantes, alemanes torpes, franceses desagradables o ingleses borrachos. ¿Cuál es esa Europa que queremos proteger de las invasiones bárbaras?



* La imagen final es del director Nanni Moretti

** El interesantísimo relato de Borges al que se refiere Elisabet, podéis linkearlo aqui. El que me ha recordado a mí, como podéis leer en los comentarios, lo tenéis a continuación. Ambos merecen la pena.

http://www.literatura.us/borges/historia.html

http://www.cord.edu/faculty/gargurev/etnografo.html






Saturday, March 14, 2009






EL PROFESOR NEIRA






La diferencia entre vivir tiempos de paz y ser un civil que mira el cielo en Gaza a la espera de la nueva lluvia de fuego consiste en que, en el primer caso -el de la circunstancia pacífica que disfrutamos sin ser demasiado conscientes de lo que tenemos- uno se despide de su cónyuge diciendo que "espera volver entero a casa por la noche"... y aquella se limita a reírle la gracia con aire indulgente. Nada se me antoja más horroroso que una guerra, donde parece que -por una simple cuestión de cantidad de cadáveres apilados- el valor de la vida cae a precio de liquidación por fin de existencias y la muerte se trivializa. Caemos sin embargo con frecuencia en el error de minusvalorar la capacidad para hacer daño de los seres humanos simplemente porque no escuchamos sirenas de ataque aéreo por las calles y, sobre todo, porque algunos como Max Weber nos han explicado que mientras no hay naciones en guerra "es el Estado quien ejerce el monopolio legal de la violencia".





Si el profesor Neira hubiese leído más detenidamente a Weber probablemente se lo hubiera pensado dos veces antes de agarrar el brazo al individuo que golpeaba con brutalidad a su novia y se habría evitado pasar tantos meses en un hospital entre la vida y la muerte. El miserable en cuestión habría molido a palos a la chica, la policía habría llegado al cabo de un rato y habría puesto orden -con un parte de lesiones o, en todo caso, levantando acta del cadáver- y Neira se habría ido tranquilamente con su hijo al cine a pasar la tarde. Qué fácil, ¿no?



Razones para la omisión ante una fechoría las hay a espuertas. En los pueblos de España -traumatizada la memoria por la Guerra Civil, y mucho más por los rencores entre hermanos que dejó salir a la luz con trágicas consecuencias- fue muy escuchada durante décadas a la luz de la lumbre la frase a los hijos "tú no te signifiques". Hoy es cotidianamente muy común lo de "mejor no meterse", y hay quien incluso legitima tanta cobardía con el argumento de que "ves al tipo zurrándole, le dices algo y va y luego a lo mejor es la mujer la que te dice que te calles".




Cuando con cinco años ví a Gary Cooper deambular por las calles desiertas del pueblo a la espera de que llegaran los forajidos para matarlo en Solo ante el peligro, empecé a entender que la decisión más digna suele ser la más difícil y arriesgada. A veces, no solo te expone a sentir en la cara el aliento del dragón al que hay que degollar, sino que incluso te expone a la censura de muchos de los que te quedan a la espalda. He visto esto infinidad de veces... y lo he vivido. He sido un miserable cobarde muchas veces en mi vida, pero también he tenido comportamientos valientes de los que me enorgullezco... Estos últimos me han traído alguna adhesión inquebrantable, pero también sorprendentes censuras... En muchas ocasiones, ser el tonto que se encarga de ponerle el cascabel al gato trae consecuencias más imprevistas -y dolorosas- que las huellas en la cara de las uñas del felino.









En las últimas horas leo y escucho algunas opiniones en contra del Profesor Neira. Cuando estaba muriéndose en el hospital su irrupción en la escena fue ya descalificada por Violeta, la mujer agredida, quien además de presentar a su novio -A. Puerta- y agresor como una "bellísima persona", explicó que no se estaba dando una situación de malos tratos y que si Neira no hubiera intervenido nada habría pasado. Le acusó ademas de haber llamado "cucaracha" al señor Puerta. Neira es pues el único culpable de su propia desgracia. Creo que esta mujer solo puede despertar compasión o, si quieren, asco. Pero detecto mucha más perversión en los dardos que desde posiciones estratégicas lanzan algunos francotiradores. A vueltas con las entrevistas concedidas a Antena 3 y a El País, el profesor ya ha sido acusado de "insoportable machista" por afirmar que algo así como que "a los niños se les debe enseñar que con las mujeres hay que tener un trato deferente". También leo críticas muy duras contra el circo mediático en que se está convirtiendo el asunto, opinión que yo suscribiría pero no en tanto que de ello se responsabiliza en los últimos días especialmente al recuperado profesor, tanto por las entrevistas como por haber sido contratado como contertulio de un programa matinal de Antena 3. No acabo de ver qué tiene de oportunista o de morboso entrevistar a este personaje... Y me pregunto de igual manera si merece ser escuchada más que Neira toda la ralea de inquisidores, carroñeros y vende-madres que estamos acostumbrados a ver poblar las teletertulias... aparte de, por supuesto, la ínclita señora Santander, recompensada por Tele Cinco con una fortuna del dolor que le produce lo mal que lo está pasando su marido


No estoy ideologicamente cerca de Neira, pero ¿a quien le importa eso? La cuestión relevante es lo que simboliza el comportamiento que, además de hacerle famoso, estuvo a punto de costarle la vida. Llevo toda mi vida maravillándome de la mezquindad con la que los españoles acostumbran a opinar de aquellos a los que, sin ambages, habrían de admirar como ciudadanos ejemplares... ejemplares en toda la extensión de la palabra, pues son modelos a seguir. Cainismo, plebeyez, mediocridad... lo peor del interior del alma aparece por doquier cada vez que alguien se comporta noblemente... "Lo hizo por notoriedad", "pretende aparecer como un santo, pero sus motivos son egoístas"... El cinismo se vende barato en nuestras tierras por lo visto, el cinismo de quien nunca ha hecho nada ni se ha mojado el culo por nadie.







Los intereses verdaderamente espúreos en esta polémica no son los de Neira. Telecinco se benefició en su momento de la "locuacidad" de Violeta Santander y mejoró sus shares de audiencia creando un circo jugosísimo en torno a un Neira que en aquel momento no podía defenderse porque estaba en coma y al borde de la muerte. En nada es ajena a este asunto a la guerra mediática -les aseguro que ahí sí se agitan intereses espúreos- que amenaza muy seriamente con secuestrar nuestra querida y con tantos esfuerzos conquistada democracia.



Voy a contarles algo que presencié apenas hace una semana desde el balcón de mi casa y que viene atormentando mi conciencia; así entenderán por qué dedico este artículo al Profesor Neira. Escucho unos gritos mientras preparo el desayuno dominical en la cocina. Salgo al balcón. Un tipo bien vestido y con un buen coche está gritando e insultando a alguien que creo entrever está en el sitio del copiloto. Le obliga a abandonar su coche entre insultos y amenazas y, cuando lo hace, resulta ser una niña de unos diez años que lleva una bolsa con algo de comida. El tipo es por lo visto el padre y va a devolver a la niña a su madre, de lo que inferimos que hay divorcio por medio. El tipo le acusa de haberle ensuciado el coche con comida, la niña -algo asustada- le ofrece excusas y le dice que quiere volver al coche. El tipo estalla de cólera, la insulta y la intenta golpear... Le dice que se largue, pero la niña se queda de pie, ante el coche... El tipo pierde los nervios definitivamente y la emprende con una lluvia de golpes y patadas de la que la niña consigue ponerse a cubierto. Finalmente huye. La cosa acaba cuando una anciana grita desde su ventana que va a llamar a la policía, a lo que el dueño del hermoso coche que una niña ha ensuciado contesta con una sarta de improperios y desafíos a la altura de la repugnante alimaña que es capaz de maltratar así a su hija.








Viví toda la escena paralizado. Me dije que debía esperar a si "la cosa se ponía mal de verdad", lo que podía pasarme si bajaba y el tipo me sacaba del coche una pipa, o si el tipo me veía decirle algo desde el balcón y después la pagaba con mi familia cuando yo no estuviera... Son inagotables las razones para la cobardía. ¿Por qué engañarme? Fui un miserable cobarde. No entiendan esto como una penitencia pública, entre otras cosas por qué no creo que el deseo que experimento -sacarle las tripas a aquel hijo de perra- me haga demasiado merecedor del perdón de los cielos. Soy inobservante, descuidado, perezoso y lujurioso... No hago todo lo que debería hacer para mejorar la escuela donde trabajo, cosa que últimamente hay quien se encarga de repetirme con frecuencia... Y eso por no hablar de lo poco que cuido de mis padres y de que me he borrado de la ONG... Pero todo me parece insignificante y se difumina en la memoria cuando se enfría... Lo de la niña, no... Esto se me va a quedar muy dentro y va a pesarme hasta el resto de mi vida... Porque nada es más escandaloso que la violencia -en sus múltiples formas- contra los niños. Lo es cuando la hago yo; lo es cuando la hace otro y yo no me opongo activamente a ello. Y en este caso el silencio sí es, de alguna forma, cómplice.








Este es mi auténtico desvelo, éste es el fantasma que se me aparece últimamente por las noches. Ahora saben por qué les hablo de Neira.









Saturday, March 07, 2009









EL RENCOR

Hace unos cuantos años tuve una divertida polémica con un cura. Escribí un panfleto en contra de la enseñanza de la Religión en las escuelas públicas o, para ser más exactos, en contra de la obligatoriedad de dicha asignatura. Ciertamente, la asignatura se vende como “optativa”, pues el alumno que no deseaba impartirla podía apuntarse a la entonces llamada Actividad Alternativa, nombre eufemístico con el que se denominaba al castigo al infiel consistente en obligarle a estar dos horas a la semana perdiendo el tiempo en el centro al cuidado de un infortunado profesor que oficiaba de “cuida-alumnos”. De toda la sarta de estupideces con que aquel esbirro de la Santa Madre Iglesia contestó a mi volteriano vilipendio la que más llamó mi atención fue el que me atribuyera la condición de “resentido”.

El motivo de tan injuriante denuesto era el que, presuntamente, mi escrito denotaba heridas aún sangrantes del pasado. En ningún momento hice yo mención a mi pasado como alumno de una escuela eclesiástica, pero sí, mi oponente daba en el clavo, pues ciertamente detesto a la Iglesia Católica, y la detesto porque conozco perfectamente a quienes trabajan para ella.

¿Soy un resentido? Como cualquier mortal, mi alma deambula con algunas muescas por las calles de la vida, pero creo que no hay argumentación más falaz que la que basa sus razones en la traza psicológica del oponente. (La lógica tipifica tal maniobra –tan cotidiana por ejemplo en la contienda política- como argumentación incorrecta, otorgándole el nombre de falacia ad hominem) Ojalá el mío fuera, no obstante, un simple problema de hostilidad personal: si me meto tanto con la Iglesia Católica es por lo mucho que continúa complicándonos la vida a todos, empezando por quienes son creyentes y observantes de buena fe, los católicos del mundo, quienes todavía tienen pendiente una revolución como la que Lutero llevó a cabo en la Europa fría y sin la cual la modernización de Occidente hubiera sido imposible. No soy yo quien viene a redimirles –algunas de las personas más valiosas que conozco son sinceros creyentes-, pero me cuesta entender por qué están tardando tanto en darse cuenta de que el mayor enemigo que tiene hoy la conciencia religiosa es precisamente el ejército de sicarios y burócratas que trabajan día y noche al servicio del Señor Ratzinger para mantener el negocio más perverso y astuto de la historia. En cualquier caso, y respecto a mi imputación de “resentido”, no dejo de percibir cierto olor a lecturas poco atentas de las páginas de Nietzsche, donde la acusación de resentimiento se convierte justamente en motivo dominante a la hora de desenmascarar la impostura del mayor enemigo de la vida y sus placeres, del mayor de los enfermos: el sacerdote.

¿Religión sin Iglesia? No exactamente, en todo caso, religión sin burócratas y, por tanto, sin jerarquía ni lucro. Buen tema para otro debate.

El verdadero tema de este post es más bien el del resentimiento, lo cual se debe a que acabo de terminar una de las novelas más magistrales que se han escrito en español en décadas, “Hoy, Júpiter”, del cada vez a mis ojos más imprescindible Luis Landero. Si “Sueños de la edad tardía” era una fábula sobre el delirio y la megalomanía, “Hoy, Júpiter”, sin dejar de cultivar esa misma temática, se adentra en los meandros de uno de los más dañinos y complejos vericuetos del alma humana: el rencor.

La novela desata una doble historia cuyas tramas respectivas –absolutamente ajenas aparentemente entre sí- discurren durante décadas por separado hasta el momento en que, casualmente, habrán de cruzarse. Si la vida de Tomás Montejo está atravesada por el afán de notoriedad, la cobardía y el miedo a la mediocridad, la de Dámaso Méndez se envenena segundo a segundo durante casi medio siglo por el odio. Conmueve ver cómo un hombre es capaz de albergar tanto odio que su vida llega a no adquirir otro sentido que el de consumar su venganza. Ésta habrá de llevarse a cabo en las proporciones que corresponden a una hostilidad que se ha ido destilando durante demasiado tiempo como para satisfacerse con una minucia como el simple asesinato.

Inquietante. El odio proporciona a quien es su objeto la perspectiva de tener que preservarse del daño que pueden ocasionarle, pero la mayor parte de la carga recae sobre el sujeto que odia, ya que él “aliena” su vida, la entrega a alguien que no es él con la misma intensidad emocional y dedicación –seguramente más- con la que se entregan los amantes al ser que aman.

Todos hemos sido dañados, no hay duda. Todos ocultamos taras que provienen de afrentas dignas de una tragedia griega. Los dioses se negaron a acompañarnos en muchas de las travesías que emprendimos… y eso que no perdimos ni un instante la observancia de la ofrenda y la plegaria… Pero nada, estaban sordos. No salieron de su olímpica indiferencia para asistirme cuando quise ser seleccionado para el equipo del colegio, no me escucharon cuando tanto batallé para ser amado por aquella idiota que me retiró sonriente los labios durante tantos años, no estaban el día que un bárbaro se instaló en la casa que había construido con mis propias manos y terminé en la calle como un perro.

El problema con el rencor no es que no haya razones para sentirlo, hostia si las hay. Y ello por no hablar de los motivos para desearnos el infierno que nosotros hemos dado –ustedes también, no me miren solo a mí- a algunos a los que en su momento despreciamos, desoímos o intentamos destruir sin que lo merecieran, tan solo porque nos molestaba su presencia, nos ralentizaban el paso o no querían aceptar que nosotros debíamos ser el centro de su vida. El problema del rencor es el mismo que el del dolor, que llega un punto en que uno no le ve ninguna ventaja y tan solo quiere que pase. Su punto y seguido es la venganza. Todos hemos tenido planes para devolverle mal por mal a quien nos pisoteó como a una mierda. Me gustaría poder decir como Ali Khan –el perverso enemigo incondicional del Guerrero del Antifaz- que me he convertido y que libre ya mi alma del veneno, he conseguido amar al conjunto de la humanidad. Pero no, de vez en cuando cierro los puños y visualizo, durante unos segundos, mi venganza contra los que me afrentaron…

Pero en seguida pasa, cada vez más rápido… No os he perdonado, simplemente os he olvidado, y cada vez mi capacidad amnésica –la “capacidad para olvidar”, según Nietzsche, era el atributo de los héroes- actúa con mayor eficacia. Que nada pueda ya arrebatarme esta paz del espíritu que nada tiene que ver con la que aquel cura franquista que pagaba con los niños su fracaso en la vida nos transmitía con eso de la culpa, el perdón y la penitencia. Hay algo bajo y tenebroso en todo ese lenguaje de sacristía, algo que está muy lejos de la indiferencia con que el Capitán Trueno deja marchar al plebeyo que intentó acuchillarle por la espalda.

Y si alguien tiene problemas de vocabulario, que a esto le llame “resentimiento.