Saturday, March 07, 2009









EL RENCOR

Hace unos cuantos años tuve una divertida polémica con un cura. Escribí un panfleto en contra de la enseñanza de la Religión en las escuelas públicas o, para ser más exactos, en contra de la obligatoriedad de dicha asignatura. Ciertamente, la asignatura se vende como “optativa”, pues el alumno que no deseaba impartirla podía apuntarse a la entonces llamada Actividad Alternativa, nombre eufemístico con el que se denominaba al castigo al infiel consistente en obligarle a estar dos horas a la semana perdiendo el tiempo en el centro al cuidado de un infortunado profesor que oficiaba de “cuida-alumnos”. De toda la sarta de estupideces con que aquel esbirro de la Santa Madre Iglesia contestó a mi volteriano vilipendio la que más llamó mi atención fue el que me atribuyera la condición de “resentido”.

El motivo de tan injuriante denuesto era el que, presuntamente, mi escrito denotaba heridas aún sangrantes del pasado. En ningún momento hice yo mención a mi pasado como alumno de una escuela eclesiástica, pero sí, mi oponente daba en el clavo, pues ciertamente detesto a la Iglesia Católica, y la detesto porque conozco perfectamente a quienes trabajan para ella.

¿Soy un resentido? Como cualquier mortal, mi alma deambula con algunas muescas por las calles de la vida, pero creo que no hay argumentación más falaz que la que basa sus razones en la traza psicológica del oponente. (La lógica tipifica tal maniobra –tan cotidiana por ejemplo en la contienda política- como argumentación incorrecta, otorgándole el nombre de falacia ad hominem) Ojalá el mío fuera, no obstante, un simple problema de hostilidad personal: si me meto tanto con la Iglesia Católica es por lo mucho que continúa complicándonos la vida a todos, empezando por quienes son creyentes y observantes de buena fe, los católicos del mundo, quienes todavía tienen pendiente una revolución como la que Lutero llevó a cabo en la Europa fría y sin la cual la modernización de Occidente hubiera sido imposible. No soy yo quien viene a redimirles –algunas de las personas más valiosas que conozco son sinceros creyentes-, pero me cuesta entender por qué están tardando tanto en darse cuenta de que el mayor enemigo que tiene hoy la conciencia religiosa es precisamente el ejército de sicarios y burócratas que trabajan día y noche al servicio del Señor Ratzinger para mantener el negocio más perverso y astuto de la historia. En cualquier caso, y respecto a mi imputación de “resentido”, no dejo de percibir cierto olor a lecturas poco atentas de las páginas de Nietzsche, donde la acusación de resentimiento se convierte justamente en motivo dominante a la hora de desenmascarar la impostura del mayor enemigo de la vida y sus placeres, del mayor de los enfermos: el sacerdote.

¿Religión sin Iglesia? No exactamente, en todo caso, religión sin burócratas y, por tanto, sin jerarquía ni lucro. Buen tema para otro debate.

El verdadero tema de este post es más bien el del resentimiento, lo cual se debe a que acabo de terminar una de las novelas más magistrales que se han escrito en español en décadas, “Hoy, Júpiter”, del cada vez a mis ojos más imprescindible Luis Landero. Si “Sueños de la edad tardía” era una fábula sobre el delirio y la megalomanía, “Hoy, Júpiter”, sin dejar de cultivar esa misma temática, se adentra en los meandros de uno de los más dañinos y complejos vericuetos del alma humana: el rencor.

La novela desata una doble historia cuyas tramas respectivas –absolutamente ajenas aparentemente entre sí- discurren durante décadas por separado hasta el momento en que, casualmente, habrán de cruzarse. Si la vida de Tomás Montejo está atravesada por el afán de notoriedad, la cobardía y el miedo a la mediocridad, la de Dámaso Méndez se envenena segundo a segundo durante casi medio siglo por el odio. Conmueve ver cómo un hombre es capaz de albergar tanto odio que su vida llega a no adquirir otro sentido que el de consumar su venganza. Ésta habrá de llevarse a cabo en las proporciones que corresponden a una hostilidad que se ha ido destilando durante demasiado tiempo como para satisfacerse con una minucia como el simple asesinato.

Inquietante. El odio proporciona a quien es su objeto la perspectiva de tener que preservarse del daño que pueden ocasionarle, pero la mayor parte de la carga recae sobre el sujeto que odia, ya que él “aliena” su vida, la entrega a alguien que no es él con la misma intensidad emocional y dedicación –seguramente más- con la que se entregan los amantes al ser que aman.

Todos hemos sido dañados, no hay duda. Todos ocultamos taras que provienen de afrentas dignas de una tragedia griega. Los dioses se negaron a acompañarnos en muchas de las travesías que emprendimos… y eso que no perdimos ni un instante la observancia de la ofrenda y la plegaria… Pero nada, estaban sordos. No salieron de su olímpica indiferencia para asistirme cuando quise ser seleccionado para el equipo del colegio, no me escucharon cuando tanto batallé para ser amado por aquella idiota que me retiró sonriente los labios durante tantos años, no estaban el día que un bárbaro se instaló en la casa que había construido con mis propias manos y terminé en la calle como un perro.

El problema con el rencor no es que no haya razones para sentirlo, hostia si las hay. Y ello por no hablar de los motivos para desearnos el infierno que nosotros hemos dado –ustedes también, no me miren solo a mí- a algunos a los que en su momento despreciamos, desoímos o intentamos destruir sin que lo merecieran, tan solo porque nos molestaba su presencia, nos ralentizaban el paso o no querían aceptar que nosotros debíamos ser el centro de su vida. El problema del rencor es el mismo que el del dolor, que llega un punto en que uno no le ve ninguna ventaja y tan solo quiere que pase. Su punto y seguido es la venganza. Todos hemos tenido planes para devolverle mal por mal a quien nos pisoteó como a una mierda. Me gustaría poder decir como Ali Khan –el perverso enemigo incondicional del Guerrero del Antifaz- que me he convertido y que libre ya mi alma del veneno, he conseguido amar al conjunto de la humanidad. Pero no, de vez en cuando cierro los puños y visualizo, durante unos segundos, mi venganza contra los que me afrentaron…

Pero en seguida pasa, cada vez más rápido… No os he perdonado, simplemente os he olvidado, y cada vez mi capacidad amnésica –la “capacidad para olvidar”, según Nietzsche, era el atributo de los héroes- actúa con mayor eficacia. Que nada pueda ya arrebatarme esta paz del espíritu que nada tiene que ver con la que aquel cura franquista que pagaba con los niños su fracaso en la vida nos transmitía con eso de la culpa, el perdón y la penitencia. Hay algo bajo y tenebroso en todo ese lenguaje de sacristía, algo que está muy lejos de la indiferencia con que el Capitán Trueno deja marchar al plebeyo que intentó acuchillarle por la espalda.

Y si alguien tiene problemas de vocabulario, que a esto le llame “resentimiento.

7 comments:

David P.Montesinos said...

Gracias por tu comentario, que advierto que se refería -Imperfecto- al post anterior, pero mis desalientos sospecho que no son más breves que los tuyos.

imperfecto said...

No voy a discutir tus sospechas aunque permíteme, amigo, que ponga en duda la metodología utilizada para llegar a tal conclusión, tampoco se trata de establecer un ranking de desalientos.

Creo que es meritorio reconocer nuestro error al marcarnos, en su dia, metas inutiles que, aún de haberlas alcanzado, no nos habrían proporcionado más que desazón por la estupidez que rezuma cualquier objetivo cuando el rodillo del tiempo lo ha convertido en un anacronismo en el que cualquier parecido con la idea original es pura coincidencia...

asi que alegrémonos del dulce fracaso, aquel que nos permite pensar que seguramente no valía la pena alcanzar aquello con lo que un día soñamos o, cómo es mi caso, exonerarnos por ni siquiera haber soñado...

un abrazo.

David P.Montesinos said...

Reflexiono sobre lo que dices y sigo el consejo de no decidir -siquiera "sospechar"- sobre lo que no conozco.
El fracaso es dulce pero no aceptable si su horizonte es el confort de la pasividad. Yo creo que debemos seguir intentando mover montañas, aunque sepamos, en el fondo, que nuestro destino es fallar en el intento.

Soy ácido en este artículo con tantos que convierten su vida en una obligación de cita permanente con la gloria, como si los dioses les hubieran destinado un sitio en el Olimpo. Quienes caminan siempre en la misma dirección tras algo que quieren conseguir y de lo que están muy seguros me parecen enfermos, víctimas de ese demonio que dicen tener dentro y que les convierte en paranoicos necesitados de un buen psiquiatra. Creerse destinado a un gran destino impide lograr eso que dice Cioran: "descubrir un sabor a los días".

Elisabet said...

¡Oh, que bueno reencontrarte en estos wines,Imperfecto!
…no creo que sea necesario exonerarse por no soñar y parafraseando, y por que no, distorsionando a mi querido Borges, sueñes o no, ocurrirá, dicho de otra manera, lo que es o será, traspasa la prisión de los sueños.
David, iba a hacer un comentario sobre lo nuevo que planteas, pero los encuentro tan entretenidos discurriendo sobre el anterior, que me anoto.
Creo que “el confort de la pasividad” luego de un fracaso, entraña otro peligro, desperdiciarse.
El final: yo solamente creo en algún que otro laurelito cotidiano, si es que tengo que elegir entre procer o mártir Un saludo, señores. Elisabet

imperfecto said...

¿entretenidos, amiga Elisabet?... más bien imbuidos, diría yo, por la embriaguez de Hécuba tras perder la posibilidad de convertir en presente el futuro de aquellos sueños filiales... aunque si, quizás tenga razón, y también eso sea un buen entretenimiento...

un beso.

Anonymous said...

Lo único que no me gusta de mi rencor, de las veces que lo experimento, es precisamente eso que apunta usted en su post: que me entrega al objeto de mi rencor muchos más de lo que este se merece; que vierto en él toda mi fuerza y toda mi esencia de un modo en el que no sería capaz de entregarme, por ejemplo, al objeto de mi amor... En este punto, habría de decir que no puedo evitarlo, y por esa misma razón me desprecio a mi mismo. Tal vez el problema sea la autodestrucción implícita en este sentimiento lo que los cristianos intentan apartar de ellos mismos cuando dicen que hay que perdonar, poner la otra mejilla,... Mi veneno me enevenena y, sin embargo, eso es lo único que soy capaz de generar cuando alguien me hiere.

Por otro lado, viendo una serie de televisión hace unos días, un personaje que acababa de pasar por una experiencia traumática, le decía a un terapeuta que, desde esa experiencia, sentía odio hacia todos sus amigos por ser como eran; lejos de aplicarle ninguna terapia, el psicólogo le dijo que esos sentimientos eran buenos, eran el paso de una cosmovisión a otra y que, aunque a largo plazo podría resultar preocupante, la misantropía podía servir para explicarnos el mundo y posicionarnos en él. Así que, ¿tan malo es utilizar un de los sentimientos más ancestrales y primitivos del ser humano como fuerza desde la que reorientarnos después de un trance? ¿Resentimiento no significa, sentir dos veces? Eso me resulta mejor que no sentir ninguna vez... El odio puede que sea un mal lugar para instalarse pero a mi parece un lugar que todos deberíamos visitar alguna vez... sólo hay que saber marcharse a tiempo. Un saludo a todos.

David P.Montesinos said...

Interesantísimo comentario, señor anónimo. Diría que aparte de admiración sólo me crea desolación de no ser por lo que dice al final: "el odio puede ser un buen lugar que visitar siempre y cuando uno sepa no quedarse en él". Hay personas odiosas, situaciones odiosas, emisoras de radio odiosas y, me atrevo a pensar que hasta países odiosos. (Un día, una amiga muy vinculada a ONGs entregadas a proyectos de cooperación al desarrollo del tercer mundo me dijo que Suiza era un país odioso y me explico por qué, les aseguro que no decía boludeces.) El problema del resentimiento -sentir dos veces, dice acertadamente- es que el exceso en el que se suele originar -la hipersensibilidad- no revela fortaleza, sino más bien una excesiva atención de sí, una vigilancia de la propia integridad casi histérica. El resentimiento procede de una alergia a la frustración, a no ser amados ni comprendidos, a no soportar ser traicionados... Y con frecuencia es propio de quienes no empatizan con el dolor de los demás. Aléjemonos, pues, dado que yo lo hemos experimentado. Creo que el rencor solo paraliza, y cuando es él quien mueve a la acción... entonces mucho peor.