
LA SEGUNDA REPÚBLICA
CONTADA A LOS NIÑOS
En los últimos días os ha llamado la atención que un año más, coincidiendo con la segunda semana del mes de abril, algunos de vuestros profesores hayamos conmemorado el día en que se proclamó la Segunda República española, hace nada menos que ochenta años. Por increíble que os parezca aún quedan personas que vivieron aquel acontecimiento, y algunas de ellas participaron en su defensa durante la sangrienta guerra que acabó por destruirla. Hubo quien incluso, tras huir de España ante la perspectiva terrorífica de la dictadura que acaba de imponer el triunfante bando del General Franco, luchó después en Europa contra el fascismo, pasando así de una guerra a otra, de una tragedia terrible a otra todavía mayor. Estos dos acontecimientos sumaron millones de víctimas, y el mundo tardó muchos años en reponerse de tan dolorosas experiencias.
Entiendo que para vosotros la Segunda República no sea mucho más que uno de esos temas con los que os aburre el profesor de Historia. Os aprendéis algunos nombres y fechas, escucháis una y otra vez aquello de la insurrección militar, los tres años de guerra... Finalmente, os examináis, lo olvidáis y a otra cosa. Ya habéis detectado, sin embargo, que a algunos de nosotros este tema nos despierta emociones que sólo a duras penas logramos transmitiros. Muy a pesar nuestro, porque el sentimiento que intentamos compartir con vosotros respecto a la República del 31 es tan intenso como la emoción por un concierto de Bach, la maestría de los cuadros de Velázquez, la perfección de las líneas geométricas o la misteriosa belleza de las estructuras sintácticas.
Ya os he hablado a muchos de vosotros de Galileo. Fue un hombre genial y lleno de amor por las ciencias. Resulta difícil creer que los mandarines de la Iglesia católica de su tiempo tuvieran tanto miedo a que aquel hombre humilde siguiera con sus investigaciones, hasta el punto de que no le ajusticiaron en la hoguera porque sólo en el último momento reconoció aterrorizado que todo lo que decía haber descubierto eran puras invenciones. Por eso leísteis aquello de Descartes en el Discurso del método, que no entendía por qué perseguir tanto a un hombre si en realidad estaban tan seguros de que estaba equivocado al afirmar cosas tan estrambóticas como que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés. También os he hablado de aquel griego, Sócrates, el cual tuvo que darse muerte sentenciado por la Asamblea de Atenas, que no le perdonó su afición a llamar idiotas a los idiotas, por más que esa es una de las cosas que debe hacer un sabio si no quiere convertirse en un hipócrita. También os he contado las muchas vueltas que hubo de pegarse Karl Marx huyendo por Europa porque incitaba en sus manifiestos a los proletarios de Alemania, Francia o Inglaterra a defenderse unidos de la maldición de la miseria a la que les condenaban los nuevos ricos de la Revolución Industrial.
Definió Luciano Canfora la de pensador como "una profesión peligrosa". Creo que hay algo de la rebeldía de todos estos sabios de la historia en el esfuerzo de quienes construyeron la Segunda República española. Por encima de todo el suyo fue un esfuerzo audaz, una prueba de valor, una emocionante aventura que, por desgracia, terminó trágicamente.

Mirad. Hace muchos años, tantos que yo tenía menos edad de la que tenéis muchos de vosotros, un cura nos daba clase de Literatura en el colegio religioso donde yo estudiaba. Decidió secularizarse, es decir, abandonó la condición sacerdotal, y aquella fue la oportunidad que aprovechó la dirección del Colegio para expulsarle. Todos sabíamos perfectamente que le echaban porque las ideas que nos transmitía en clase les molestaban. Decía cosas como ésta: "la tierra es de Dios, y lo que es de Dios es de todos". Ya veis que no le alejaron de nosotros por no ser suficientemente religioso, sino porque su dios no era tan imbécil como para creer, por ejemplo, en los latifundios. Aquella mañana, un grupo de compañeros de los cursos superiores decidió reunirse en el patio y hacer una sentada para no acudir a clase hasta que les dieran una explicación de por qué aquel profesor tenía que marcharse. El director, un cura tan aficionado a comer ostras que no le cabía el culo en la silla, y tan avinagrado de carácter que parecía enfadado por haber nacido, cogió a los cabecillas y los expulsó del centro. No hubo expediente sancionador, ni se consultó nada con sus padres, ni hicieron falta partes disciplinarios... Les expulsó sin más. Cuando aquellos compañeros cruzaron la puerta del colegio ante nuestra mirada, repletos de dignidad y sabedores del enorme respeto con que les mirábamos abandonarnos, entendí que la Dictadura no había muerto del todo con el General Franco, y que la democracia debía abrirse paso día a día a duras penas entre sus enemigos.
Pues bien, fue toda aquella trama de miseria moral, autoritarismo, violencia e intolerancia, de la que yo viví sus últimos coletazos, la que derrotó a la República en el año 39. Cada vez que oséis interesaros por el tema escucharéis a algunos decir que en ese pasado solo entran los rencorosos y los revanchistas; que hay que olvidar; que para qué se empeñan en buscar cadáveres los familiares de todos esos a los que el Régimen asesinó a millares cuando el enemigo ya estaba cautivo y derrotado... Vais a oírles decir que la República cometió toda suerte de crímenes, que pasó su tiempo quemando iglesias y asesinando curas y monjas; que no querían la libertad sino el comunismo; que no querían el laicismo sino la prohibición de las creencias religiosas...
Me gustaría que algún día leyerais la Constitución republicana. O que estudiaséis la vida o la obra de mujeres como Clara Campoamor o Victoria Kent, que tuvieron la insolencia -en aquel tiempo lo era para mucha gente- de reclamar la igualdad de derechos entre los sexos, eso que ahora os parece "natural" y que, sin embargo, costó muchísimos sufrimientos conseguir. Estudia el proyecto escolar de la República, las llamadas misiones pedagógicas. O su programa de acción institucional para sacar de la pobreza y la servidumbre a un pueblo español que estaba todavía demasiado cerca de la Edad Media. O las leyes respecto al divorcio. O respecto a los derechos de los trabajadores. Quizá ese fue su verdadero gran error: la audacia. Los hombres y mujeres que construyeron la República quisieron avanzar demasiado rápido, trataron de convertir en muy poco tiempo una sociedad feudal en una nación moderna, ilustrada y civilizada. Siempre contaron con enemigos poderosos y terribles, algunos de ellos –por lo visto, tan poco aficionados como los fascistas a la libertad- entre sus propias filas. ¿Los peores? La ignorancia y el miedo. A ambos quisieron derrotarlos y perdieron. Decir que fue, pese a todo, un hermoso intento puede sonar a frívolo, pues la guerra posterior ocasionó más de un millón de muertos. Y, sin embargo, lo fue.
Por todo ello muchos vivimos intentando hacernos dignos de aquella Segunda República de la que nos sentimos hijos. Quizá, después de todo, haya algo de razón en vuestra indiferencia. ¿Cómo pretendemos que compartáis con nosotros un sentimiento por una aventura que ni siquiera vivimos? ¿Por qué conmoverse con algo que pasó hace tantos años? Acaso no hayamos sabido contároslo, o puede que con nuestras vidas no hayamos sabido estar a la altura de quienes forjaron aquel sueño. Ojalá vosotros sí lo seáis, ojalá seáis capaces de recoger algo de aquel impulso, aunque no lleguéis nunca a saber de donde proviene.