LO RAZONABLE
LUNES. Lo razonable sería que las figuras menos deseables de nuestro pasado se fueran difuminando en la dulce tiniebla del olvido y la irrelevancia. Sin embargo, numerosos personajes que en el pasado nos ofendieron, lesionaron nuestra confianza o colmaron sobradamente nuestra paciencia, se instalan en nuestra memoria con tal firmeza, que tienen el mal gusto de reaparecer cada mañana con los ecos de sus frases o sus poses más irritantes. No suelen ser bandidos o tipos que nos pisotearon para robarnos el bocadillo, no son como los malvados de las novelas, es decir, carnívoros que ponen tu vida en peligro con decencia, de cara y sin mariconadas, como aquellos antiguos abusones del patio del colegio. No, quienes regresan son más bien irritantes, gente gris a la que hicimos caso y prestamos atenciones que no merecían, gentes que parecían hablar muy en serio cuando decían querer conquistar un imperio y a las que tuvimos que aguantar jornadas interminables de patrañas y reprimendas que ahora despacharíamos en décimas de segundo, feministas petardas, revolucionarios de pacotilla, novias fidelísimas que amenazaban con suicidarse si nos las queríamos, charlatanes que nos sedujeron sin contraer ningún mérito para ello.
Indica la prudencia que de todo ello aprendimos, que las adhesiones inconvenientes son la verdadera escuela de la vida. Y, sin embargo, algo dentro de mí maldice cada segundo que perdí con cada uno de ellos, cada momento que -como ahora mismo- les dedicó una vez más a pesar de su brutal mediocridad. Dijo Cioran que "si no quieres sucumbir a la rabia, renuncia a hurgar en la memoria". Hay más sabiduría en ese aserto que en toda la literatura de autoayuda.
MARTES. Empieza a ser demasiado frecuente en estos años de crisis que asistamos a escenas en que la labor de la policía parece consistir en conculcar el derecho de manifestación y protesta. No tengo ninguna duda de que, en situaciones de alta tensión, resulta extremadamente difícil para un agente interpretar adecuadamente el equilibrio entre mantener el orden e imponer la ley del más fuerte, o lo que es lo mismo, entre actuar con la sensatez propia de unas instituciones de vigilancia propias de un estado democrático y convertir la acción policial en ensaladas de golpes. Y sé también que bajo el paraguas de un supuesto radicalismo se guarecen grupos de personas que respiran confortadas el aire tóxico de la violencia, como si la maldad del enemigo convirtiera en pobres ingenuos a quienes creen firmemente que lanzar piedras o quemar contenedores sólo agrava las cosas y extiende la animadversión popular hacia cualquier reivindicación, por justa y legítima que sea. Y, sin embargo, episodios como el de la manifestación ante el Congreso, con imágenes tan estremecedoras como las de la carga indiscriminada en el interior de la Estación de Atocha, animan a pensar que la función que los gobernantes otorgan a las fuerzas de seguridad no es posibilitar el ejercicio de la libertad y la democracia, sino más bien conculcarlo.
Se diría que el Partido en el poder -y en esto sí sirven las comparaciones con el Gobierno de Zapatero, por ejemplo en relación al 15M- ha percibido el riesgo de que la crisis va a hacer crecer la conflictividad social, y que lo más estratégico es amedrentar a los disidentes para que no salgan a la calle a expresar su malestar. No ayudan mucho manifestaciones como las de Cospedal, que comparó la concentración ante el Congreso con el golpe del 23-F, lo cual da idea de la calidad de la cultura democrática que tienen algunos dirigentes de la derecha española. Más calado tiene la frase de Rajoy, quien desde el extranjero optó por elogiar a la mayoría silenciosa, ésa que no sale a las calles a manifestarse, como si guardar silencio y resignarse a la obediencia o a la pasividad fuera lo mejor a lo que puede dedicarse la ciudadanía. Quizá cambie de opinión el día en que dejen de votarle.
MIÉRCOLES. Condenar -siquiera moralmente- a Ana Tarrés es tan imprudente como obviar la evidencia de que el deporte de alta competición alberga, por debajo del oropel de la gloria y las medallas, prácticas profundamente tóxicas. Una alumna me contó un día que su entrenador le gritó "eres una mierda" después de haber fallado una jugada. En el mundo del deporte, junto a tipos excepcionales, he conocido a verdaderos sádicos, personas que, apoyadas en su posición de poder y en una insana cultura competitiva, sometían a niños y adolescentes a toda suerte de humillaciones y maltratos. "Eres una mierda", me pregunto qué pasaría si yo, amparado en la exigencia de obtener mejores notas en Selectividad, me dedicara a utilizar este tipo de fórmulas para "estimular" a mis alumnos. Temo, sin embargo, que lo que con toda la razón no me perdonarían los padres de mis alumnos, sería mejor aceptado si yo fuera uno de esos entrenadores que gritan como energúmenos a sus hijos durante los entrenamientos. Claro, es que yo sólo tengo que aprobarles la ESO, en cuanto al energúmeno, les va a sacar de la pobreza convirtiendo a su hijo en Cristiano Ronaldo, esa es la diferencia.
Todo este asunto me recuerda a aquel Sargento de instrucción en La chaqueta metálica, cuyo método consistía en aterrorizar, vejar y destruir la dignidad de los reclutas. Él al menos tenía una excusa: aquellos chicos iban a la Guerra del Vietnam; por el contrario las chicas de la sincronizada sólo aspiran a hacer piruetas sobre una piscina. Luego hay reparto de medallas, sí, y todos nos alegramos cuando las ganan, pero no me parece que baje la prima de riesgo ni se venza al paro con eso.
JUEVES. Freedom for Catalonia. Conviví hace un par de años durante unos días con una familia de la alta burguesía barcelonesa que creía firmemente que la CIU de Artur Mas estaba destinada a solventar los problemas más serios de Catalunya. Soy menos hostil al secesionismo catalán de lo que parece a simple vista, tampoco a mí termina de convencerme eso de España. Es más, creo que si una Catalunya independiente supusiera acabar en el Principado con la injusticia social, los abusos de la oligarquía, la explotación de inmigrantes e infortunados en general, la manipulación informativa o el deterioro de los servicios públicos, yo me sumaría al proyecto y pediría asilo político en la embajada que el nuevo estado independiente habría de abrir en mi ciudad. Mi bola de cristal me hace pensar, sin embargo, en un país independiente de España pero con los mismos abusos, la misma brecha social, las mismas mentiras de políticos corruptos... Eso sí, al inicio de los partidos del Barça los jugadores escucharían Els segadors. Por cierto, ¿con qué selección jugaría Iniesta?
VIERNES. El próximo martes, a las 20 horas, se inaugura en la Universitat Vella de Valencia la exposición titulada Covers, (1951-1964). Cultura, juventud y rebeldía, comisariada por dos caballeros en los que confío, Justo Serna y Alejandro Lillo. He realizado modestas aportaciones a la exposición, y espero mucho de ella. "Bienvenidos a los años del rock´n roll", así reza el pliego de presentación. Les linkeo toda la información al respecto.
www.uv.es/cultura/c/docs/expcovers12cast.htm - ¿Nos vemos el martes?
Desde la Cueva del Gigante, lugar perdido en un territorio árido donde antiguamente se refugiaban los bandoleros, esta página intenta echar luz, y también alguna sombra, sobre los fenómenos sociales contemporáneos: las nuevas tribus, los simulacros culturales, los movimientos de masas, etc...
Friday, September 28, 2012
Saturday, September 22, 2012
.jpg)
SANTIAGO CARRILLO
Dijo Carrillo en una reciente entrevista que lo peor de su longevidad era la sensación de haber perdido absolutamente a todos los que le acompañaron, a toda la gente de su quinta. Es la penitencia de quien sobrevive a mil batallas: deambula a solas entre los restos de mil naufragios, y es probable que de las glorias ya sólo perciba ecos que se van debilitando.
En la reciente Anatomía de un instante, donde se navega entre la ficción y la realidad histórica, Javier Cercas definía como "traidores" a los tres parlamentarios que no se dejaron amedrentar por los golpistas que entraron a tiros en el Congreso, el General Gutiérrez Mellado, que incluso se enfrentó físicamente con el Teniente Coronel Tejero, el Presidente Adolfo Suárez, que tras intentar inútilmente detener a Gutiérrez Mellado permaneció sentado y sin esconderse en medio de la balacera, y el líder comunista, Carrillo, que al contrario que el resto de los congresistas tampoco se ocultó. Tras ser liberado el hemiciclo, dijo haber estado convencido de que iba a ser asesinado de inmediato, y que no estaba dispuesto a que lo hicieran estando tumbado en el suelo como un perro. Yo intuyo que había algo más, no tanto ese porte valeroso y distinguido, aristocrático en cierto modo, de Adolfo Suárez, sino más bien la vocación de testigo de la historia que siempre tuvo Carrillo, cuya cabeza asomaba levemente entre los escaños, como queriendo poder ver lo que ocurría aún a riesgo de su propia integridad. Aquellos tres hombres valerosos habían sido considerados traidores por los "suyos" porque tuvieron en algún momento de sus respectivas trayectorias vitales la gallardía de abandonar barcos en los que ya no merecía la pena continuar, por muy ardorosamente que los hubieran defendido en el pasado.
En Santiago Carrillo convergen dos relatos de una enorme relevancia. Por una parte, el del comunismo,cuya historia a lo largo del siglo XX desemboca en una imponente sensación de fracaso, de lo cual es la metáfora más concluyente la imagen del derribo del Muro de Berlín. Por otra, la construcción de la democracia española, de la que fue protagonista decisivo desde el exilio como dirigente del Partido Comunista -por supuesto clandestino para la Dictadura- y, ya durante la Transición, por su participación en los pactos entre distintas fuerzas políticas que dieron lugar a la Carta Magna y a la consolidación del régimen de libertades más duradero de la historia de España.
Dejé de ser marxista a los catorce años, que es como decir que no lo fui nunca. Percibí muy pronto la presencia de un potente virus totalitario en aquellos a quienes, a lo largo de toda mi juventud, escuchaba toda aquella murga de la alegre camaradería de los soviets o la transformación de China en un paraíso gracias a la Revolución Cultural. Difícil no ver en la desaparición de todo aquello la promesa de una sociedades más libres y civilizadas, expurgadas al fin de los últimos resabios de lo peor del siglo que se acercaba a su fin. Pero es igualmente difícil no sentir alguna suerte de complicidad con quienes, como Santiago Carrillo, vivieron en tiempos muy duros para la clase obrera el sueño de una sociedad gobernada por las clases populares, una civilización al fin liberada de los mandarines. Recordemos Los santos inocentes y quizá no nos extrañe tanto que tantos españoles vieran en la Segunda República la promesa de un país sin amos ni esclavos. La República perdió, ya lo sabemos, y con ella y con la Guerra y la despiadada represión posterior quedó casi liquidada una tradición que creyó poder situar a España en la modernidad. En cuanto al comunismo, cuyo ascendiente sobre la República y el posterior antifranquismo es insoslayable, evolucionó después de forma sinuosa.Cuando regresaron él, la Pasionaria y todas las demás leyendas de la lucha contra el fascismo, España ya era otra, y también lo era ya el alma de quienes creyeron firmemente en la revolución proletaria. Dentro del relato que se nos ha legado de la Transición Carrillo ocupa un lugar privilegiado. El papel que le tocó jugar y que asumió con determinación y astucia jamás fue fácil. ¿Fue él quien verdaderamente terminó de liquidar el comunismo en España? ¿Se acomodó al pacto con sus viejos enemigos para asegurarse un lugar destacado en el parlamentarismo demoliberal que tanto había denostado? ¿Le salió la vena estalinista después, cuando empezó a "purgar" a todos sus críticos en el Partido acusándolos de no ser leales comunistas? Todas estas preguntas le persiguieron hasta su abandono de la política activa, tanto como, hasta su última hora y aún después, le perseguirá la leyenda de Paracuellos, una cruel matanza de prisioneros por parte del bando republicano en los últimos momentos de la guerra y a la que el nombre de aquel joven oficial se asociará para siempre.

No estoy seguro de que Santiago Carrillo fuera de todo punto un hombre admirable. Lo que sí sé es lo profundamente mezquina que resulta la actitud de algunos medios de la derecha, para los cuales la muerte de este figura de relevancia tan incuestionable no ha merecido ni un octavo de portada. Y hay algo más, algo que en personajes como éste, forjados en tiempos que ahora parecen muy remotos, genera una profunda fascinación: Carrillo, como muchos otros de los de su quinta, era de verdad. Rectificó muchas veces, reformuló sus posiciones, pero hay una veracidad, una intensidad en las manera de defender unos ideales que parece intraducible en la cultura postmoderna. Eso se percibía incluso en sus últimos años en cada una de sus intervenciones en la radio o en las entrevistas que seguían demandándole... Ese hablar lento, esa cabeza lúcida, esa vocación de enfrentarse a la voluntad de los oligarcas del mundo de volver a convertirnos a todos en esclavos.
Insistía mucho últimamente en la necesidad de recuperar la iniciativa política frente a la tiranía del entramado financiero global. Quizá no haga falta una vida tan larga e intensa para entenderlo.
O sí.
Friday, September 14, 2012
DE VIAJE
1. Los "no lugares", los espacios dedicados únicamente al tránsito, donde el guión que trazamos para nuestros días no incluye nada memorable, son ocupados por personas de piel oscura, gentes del Sur. Suelen ser ellos los que te hablan o ríen contigo ante algún desperfecto cómico como el de una maleta que se abre inoportunamente. También son ellos los que besan apasionadamente a sus seres amados o danzan juntos en las estaciones. La razón es que sólo los que están lejos de la opulencia saben que es estúpido esperar a la meta para volver a disfrutar de la vida. No otra cosa pretendía Kerouac con aquello de que "el camino era la vida". Hemos ignorado ese mensaje, desconozco si seguiremos haciéndolo ahora que volvemos a ser pobres.
2. Cuando viajo se reafirma la sensación de que el nacionalismo y cualquier otra forma de localismo corresponde no sólo a una profunda estrechez mental sino, además, a una impostura. Algún amigo extrañamente seducido desde niño por el Barça y por Catalunya me indica que "Barcelona tiene mucho más glamour que Madrid", como queriendo buscar una ventaja proporcional a los goles que Valdés encajó de Cristiano Ronaldo en el Bernabeu hace unos días. Todo sea dicho: conozco muchos más que, desde la trinchera enemiga, insiste en la grandeza imperial de la capital del Reino y que los catalanes viven de expoliar las arcas del Estado.
Llego a Madrid, pero no encuentro a Madrid, no veo por ningún lado un Madrid que merezca la pena odiar o reivindicar. Es la misma megalópolis dura e inhóspita que sólo te mira bien si tienes dinero. Ya no hay espacio para experimentar la "ciudad verdadera". Barcelona y Madrid son dos puntos de luz más que se asoman a las fotografías del satélite: las mismas franquicias ocupando las grandes vías, el mismo albedrío caótico de lenguas y etnias, diferentes fetiches con valor histórico pero el mismo fin: atraer al turismo simulando una vida que ya no albergan.
3. Durante los años de prosperidad, agitación inmobiliaria y turbocapitalismo veía el tráfago de Madrid como un enjambre enloquecido donde todo el mundo parecía estar a punto de llegar tarde a algún sitio, lo cual significa que tenían a dónde ir, que algún tipo de dedicación les esperaba. Los españoles habíamos dejado atrás aquello de "perdone, tengo prisa" porque se daba por sentado que todos la teníamos, o mejor que éramos esa prisa, una cárcel móvil que nos habíamos construido para nosotros mismos y que nos hacía sentir infelices pero seguros. Ese tren ha descarrilado con la crisis y, pese a que algunos jóvenes siguen corriendo tras las puertas de un metro que se cierra, la gente parece ir adaptándose al ritmo de las naciones decadentes. De alguna forma, presentimos que correr ya no sirve para nada, que apresurándonos no haremos sino agravar los problemas. No es una regresión en el tiempo, no exactamente, es la cultura posterior a la gran orgía, nos asomamos a las postrimerías de la opulencia y estamos aprendiendo a vivir de otra manera. De eso que está ocurriendo ya entre las masas silenciosas, los políticos, atentos únicamente a la obsesión patológica por un poder con el que ya no saben qué hacer, nada se dice en los telediarios ni en las reuniones de oligarcas. 4. En las ocho horas que paso en Madrid recuperó una vieja sensación de obscenidad, algo así como un gigantismo mal entendido y que parece más bien corresponde a la hipertrofia de una ciudad que se sintió históricamente tan sobrada de espacio que creyó poder sobredimensionar todos sus proyectos, construyéndolos a la medida de sus sueños. Esto es inimaginable para un mediterráneo, incluso para Barcelona, que tramó su historia desde la estrechez de una muralla.
Esta obscenidad de la Villa y Corte se advierte en el pulpo abierto que se exhibe en las vitrinas de un bar donde la primera sospecha es la falta de aseo y de discreción. Las calles del centro histórico o del metro enseñan a los zombis más capaces de revolverte el estómago, los mendigos más lisiados y que más sollozan... los yonquis más blancos y escuálidos (no había vuelto a ver a heroinómanos así desde los años ochenta). Ésta hegemonía en el horror parece corresponder a la misma lógica con la que se nos informa que Madrid posee los mejores lienzos, las tiendas más exclusivas o los mimos más hieráticos.
5. Tiene razón Javier Marías: Madrid ya no es un lugar habitable, lo fue seguramente, pero ya no es éste su sentido, ahora es una ciudad-espectáculo, no por sus teatros o sus cines -ya nadie va a Madrid por estos- sino por ella misma, porque sus avenidas y sus aceras se han convertido en fetiches de la política, del arte, del drama de la Historia. Secretamente, Gallardón y sus sucesores les dicen a quienes se empecinan en seguir viviendo en el viejo Madrid que se larguen porque les molestan, pues constituyen un foco de resistencia frente al proyecto de ciudad-espectáculo que es lo que de verdad produce dividendos. Los museos, el Bernabeu y su sancta santorum en la sala de las Copas de Europa, el Congreso, la Gran Vía... todo forma parte de la misma lógica de ciudad simulada. No hace falta construir Disneylandia en Europa, las grandes capitales disimulan mejor que los parques temáticos su condición de artificio diseñado para seducir.
No hay mayor utopía en estos momentos que exigir una ciudad más habitable; simplemente no es rentable, y ello convierte en escandalosa la propuesta.
Thursday, September 06, 2012
SEPTIEMBRE
Sensu stricto el verano acaba hacia el 22 de septiembre si nos ajustamos al calendario o, si tomamos como referencia el mundo laboral, el final del mes de agosto, que agota el periodo vacacional masivo en un país donde el calor da poca opción a componendas con el periodo de descanso como las que se estilan en el mundo anglosajón. Este año ha sido, por cierto, espantosamente caluroso, dicho sea de paso ahora que parece que los rigores aflojan y salir de casa a ciertas horas deja de ser empresa de alto riesgo.
He pasado más tiempo en Valencia de lo que indica la prudencia. Cuando ves pasar los días de canícula, con un sol despiadado cayendo sobre las calzadas y los tejados de una gran ciudad como la mía, entiendes que todo ese entramada de playa, viajes, segundas residencias o campings, no responde tanto a la búsqueda de un escenario de felicidad como a la necesidad de huir. Sucumbiendo a la temeridad de salir de casa a media tarde, hay momentos en que las pocas personas con las que te encuentras son zombis que vagan por las calles sin rumbo, fracasados que ya han renunciado a salir del paro, gentes sin hogar y esa pareja de ancianos que se sienta puntualmente todas las tardes en un banco donde da la sombra y se miran sonrientes, como complacidos de seguir juntos después de tantos años, como si todavía presintieran el hechizo del romance.
No creo en el verano, el cual, como cualquier cosa sobre la que merezca la pena disputar, es antes un símbolo o un mito que un hecho real. O mejor, como me pasa con la Navidad, creo sólo en el fabuloso poder de la ficción que encarna. Mi experiencia real de las vacaciones de verano es hoy en día escasamente luminosa cuando lo pienso dos veces. Hace tiempo que, debido a mi reciente paternidad, no me entrego al antiguo fulgor de las expediciones exóticas, de manera que, mientras algunos compañeros relatan el primer lunes de septiembre lo que les pasó hace un par de semanas con un encantador de serpientes en Persia o que se divisaron un Zara Calzoncillos desde el Potomac, yo me conformo con explicar que mi hija le gritó irritada a nuestro mar doméstico cada vez que una ola le deshacía el dichoso castillito.
Septiembre trae cierta sensación de alivio de la que no hablan los psicólogos que informan regularmente a los telediarios acerca del síndrome post-vacacional. Con su llegada dejo de tener la sensación de que he desperdiciado mi verano, y es entonces cuando de verdad, haga lo que haga, empiezo a divertirme. Esto confirma la impresión de que a lo que llamamos "verano" es a una ficción. Esa ficción sólo tiene lugar antes, cuando el verano asoma en nuestra mente como una expectativa cercana, o después, cuando el primer soplo de aire fresco, las primeras lluvias o los aromas de vendimia nos indican que el otoño que empieza a asomar tímidamente es víctima de una vieja campaña de difamación, y que un mundo tropicalizado, es decir, sin estaciones, sería una horrorosa pesadilla.El verano sólo existe en el invierno. Como todo lo que es grande en el mundo, su destino es brillar por su ausencia, hacerse desear. Los efectos de verdad de este fantasma son tan intensos y duraderos como los de esas otras grandes ficciones que constituyen el alma de cualquiera: el amor, el erotismo, Dios, la gloria... Las expectativas de felicidad asociadas al estío han levantado monstruos de hormigón durante décadas en las playas y los montes, proporcionando excusas a los codiciosos para ganar más dinero y adquirir más bienes.
Del imcumplimiento de todas esas promesas no se habla en los telediarios. Tampoco del alivio ante la llegada del otoño.
Saturday, August 04, 2012
ORSON WEST, DE FRAN RUVIRA
Asisto con una emoción que me cuesta disimular al estreno de Orson west. Estamos en el auditorio de El Pinós (Les Valls del Vinalopó, Alicante), pueblo natal del director, el joven Fran Ruvira.
Comparecen junto a él algunos de los protagonistas, entre ellos Sonia Almarcha, actriz nacida en la localidad y a la que recordamos por su difícil interpretación en La soledad, de Jaime Rosales, uno de los mejores films que se han rodado en este país en muchos años.
El acto tiene algo que recuerda a la comedia de costumbres: el hecho de que los exteriores del film correspondan enteramente al territorio local, y que entre los actores de reparto y los extras aparezcan personas muy conocidas en el lugar, hace que la gente se complazca con la emoción del reconocimiento, como si por primera vez algo tan usualmente lejano e inalcanzable como el cine hablara de ellos y de los lugares donde nacieron. Esto vale incluso para un tiempo como el actual, en que cualquiera recoge imágenes con su móvil, pero producir y estrenar en las salas una verdadera película es acaso más difícil de lo que ha sido nunca. Me consta que éste es el caso de Orson west: ha costado muchísimo hacerla y, sobre todo, lanzarla a las salas, y sospecho que sólo la épica tenacidad de su autor lo ha hecho posible.
Los profesores sucumbimos a menudo al mismo vicio de soberbia que los padres: cuando quien ha sido nuestro alumno durante mucho tiempo y desde niño hace algo que nos parece hermoso, sentimos un orgullo que acaso no merecemos. Fran Ruvira es una esponja, ha aprendido muchísimo de sus maestros en las escuelas de cine en las que ha estado, cosa que se advierte bien a las claras en su film, pero lo esencial -unas finísimas dotes de observador y una voluntad de hierro- lo llevaba dentro desde siempre, y quienes le hemos visto crecer lo sabemos mejor que nadie.
En algún momento del film aparece un libro de Montaigne. No es gratuito, a este pensador francés se le atribuye la invención del ensayo en la literatura moderna. Si en un tratado se cierra la exposición de un tema dando cuenta de éste en su supuesta totalidad, lo que encontramos en el ensayo es más bien un juego de aperturas, interrogantes que se nos lanzan sin ser necesariamente contestados, caminos cuyo inicio se nos muestra pero de cuyo final nada sabemos... El ensayo es una tentativa, y se nos invita a ser completada con nuestra lectura del texto, no hay posibilidad de ser pasivos espectadores ante él, si no entramos en diálogo con el autor no hemos entendido nada.
Orson west es la historia de una tentativa llamada The survivors, una tentativa que quedó abortada y que, con el peso del tiempo y las tormentas de polvo sobre las que parece quedar enterrada en los páramos fronterizos donde se ideó, llega a adquirir tintes de leyenda. Hace medio siglo, un cíclope, Orson Welles, pensó en rodar un western en España. De los muchos itinerarios que recorrió buscando localizaciones para Campanadas a medianoche y Don Quijote, uno de ellos fue esa árida y misteriosa tierra fronteriza entre Alicante y Murcia que, cuando uno la descubre, le hace pensar de inmediato en el hechizo del western clásico. Podría entenderse que Ruvira ha intentado hacer una película "de tesis", es decir, demostrar en un film a medio camino entre la ficción y el documental que aquello sí ocurrió, que Welles llegó a tomar imágenes de aquellos parajes y que albergó el firme propósito de rodar un largometraje en aquellos territorios. Si el Quijote quedó inconcluso, ésta, simplemente, no llegó ni a ser comenzada.
Y, sin embargo, aquello existió, existió al menos al modo de tentativa, y existe sobre todo como pretexto -los expertos lo llaman macguffin- para guiar el principal de los distintos planos narrativos en los que se fractura la película. A partir de aquí, lo que encontramos es un cruce de caminos cuyo denominador común es la incapacidad para deslindar en el alma humana los territorios de la realidad y los de la ficción. El paisaje se convierte en símbolo, las ausencias y los regresos obtienen la condición de recorrido espiritual, la historia se hace leyenda...
Todo es verdad y todo es ficcional. Diríase que la caravana de producción que se divisa desde las colinas del Carche rumbo al centro de rodaje corresponde a una de aquellas caravanas que atravesaban los desiertos para conquistar el Oeste... Diríase que los relatos sobre bandoleros de la zona de un anciano a los niños capturan alguno de los motivos cinematográficos más recurrentes en la mitología de la frontera... O esa imagen magistral de una procesión que nos hipnotiza por las mismas razones por las que el atavismo de lo ibérico hizo de Welles decidiera quedarse entre nosotros... O el cartel promocional de la película, que recoge el eco de aquella historia terrible sobre el trauma del abandono de la infancia que es Mystic River.
Pero si hay algo que me hace de verdad sentirme cerca de la mirada de Fran Ruvira son esos momentos en los que la cámara se demora entre las ruinas del interior de una casa donde, con él, adivinamos el largo tiempo de esfuerzos e ilusiones que acabaron por sucumbir a las tempestades, la amargura de la soledad y el empuje de la modernidad. Orson West se nos revela entonces como lo que es: una historia de fantasmas, el homenaje del cronista al trabajo gigantesco que durante generaciones realizaron sus ancestros para civilizar una tierra indómita y agreste. Como en El hombre que mató a Liberty Valance, entre la realidad y la leyenda elegimos la leyenda; como en cualquier western de John Ford nos vemos obligados a deambular entre los muertos preguntándonos qué nos queda del pasado. No es un ejercicio de nostalgia sino una propuesta de reflexión. La casa vacía y expuesta a los vientos y a las bestias es el símbolo de un mundo de valientes a los que estúpidamente preferimos olvidar. La tenacidad con la que Fran Ruvira ha sacado adelante este Orson West es la misma con la que nos reclama un ejercicio tan primitivo como es el de honrar a quienes nos precedieron.
Friday, July 27, 2012
EL SHOCK
Algo va mal, así tituló Tony Judt su ensayo póstumo, en el cual expuso con meridiana claridad las claves de la tempestad que se nos ha echado encima y que amenaza seriamente con enviarnos al fondo del océano. Judt no dice nada que no sepamos o intuyamos quienes hemos mantenido la mirada un poquito atenta a la evolución de las finanzas globales y, muy en especial, a la de las europeas.
El supuesto regreso del viejo liberalismo durante los años de Thatcher y Reagan, que encubre el entreguismo de los gobiernos a las tiburones del mercado financiero, ha dejado a las naciones europeas desprovistas de lo único por lo que un Estado tiene sentido, la iniciativa política, lo cual ha generado la actual sensación generalizada de que los ciudadanos hemos quedado abandonados a nuestra suerte ante la inagotable voracidad del capital, expuestos sin remedio a la liquidación de las garantías del bienestar, al paro, al trabajo precario, a la descapitalización de las pensiones. Lo que va mal es un sistema de capitalismo sin contrapesos, con una economía productiva deteriorada, sobrevolada por un sector financiero hipertrofiado en el que todo parece devenir sin control, como si nuestros destinos hubieran pasado a ser gobernados por la pura irracionalidad de un hatajo de irresponsables entregados a un pillaje al que la debilidad de las instituciones deja en situación impune.
A medida que el conjunto de la ciudadanía del sur de Europa va comprobando cómo sus condiciones de vida van empeorando a una velocidad más propia de los tiempos de las grandes guerras -acaso estemos en una, pero no nos hayamos dado cuenta-, hace menos falta ser un indignado, un antisistema o siquiera un socialdemócrata como Judt para darse cuenta de que son las oligarquías las que han roto el pacto que garantizó durante más de medio siglo la paz social en Occidente, esto ahora lo presiente -escúchenle- hasta el célebre taxista que pone la radio de los obispos.
A partir de aquí, y en la medida en que las cosas sólo parece que puedan empeorar, esperar que la conflictividad social siga manifestándose de forma civilizada -como se vio en el 15M- es cosa de ilusos. Tan ilusos como el gobierno conservador español, que parece creer que incrementando la dureza de la acción policial -hasta unos límites que en algunas situaciones, hasta hoy por fortuna esporádicas, han recordado a la noche oscura del franquismo- va a acabar con la conflictividad social. Con tales amenazas, es posible que despierten inquietud en gente como yo, que ni con policías ni sin ellos tengo intención de quemar contenedores; por contra, en quienes sí pueden llevar a tan inadecuados extremos su indignación, a esos es posible que la represión desmedida sólo les anime a más vandalismo. El día que los jóvenes con quienes trato cotidianamente descubran bien a las claras que el futuro que se les está preparando no tiene nada que ver con las promesas de la prosperidad en las que han crecido, es posible que mi voz suene mucho más leve y menos convincente cuando, como ya me sucedió el año pasado al hilo de la carga policial contra los manifestantes del IES Lluís Vives, les recuerde que la única vía para resolver problemas es la pacífica, y que en nuestra sociedad sigue habiendo muchas cosas que merece la pena proteger.
"No merecemos esto". He escuchado ya alguna vez esta frase en las últimas semanas. La prima de riesgo española está al nivel de la de Tanganica, lo cual, teniendo en cuenta que a lo mejor no somos Alemania pero que, demonio, tampoco somos Tanganica, arrastra un eco de humillación internacional que a uno le crispa a poco que lo piensa. Claro que, después, oye uno al supuestamente ultraliberal ministro Montoro decir que "los mercados se están portando de forma irracional" y le da la risa, pues, que yo sepa, eso a lo que llaman los mercados no ha tenido nunca otro designio que poner la pasta donde se intuye crecimiento de activos y levantarla a escape de allá donde peligra o amenaza tormenta. Yo le aconsejaría a Montoro que revisara sus presupuestos ideológicos y se hiciera leninista, pues sólo entonces podría obligar a los mercados a regresar al camino de la razón.
Sin obviar la desorientación del Gobierno español, que transmite una impotencia angustiosa, nos invade la intuición de que esta catástrofe nos ha venido impuesta desde fuera. Algo así como que en Alemania han decidido que para que ellos sigan siendo ricos los del sur hemos de volver a ser pobres, o que para las grandes corporaciones hemos dejado de ser rentables y han decidido exterminarnos... no lo sé, porque por más que leo no acabo de entender los mecanismos profundos de la economía.
Sin duda hemos hecho muchas cosas mal, empezando por la imprudencia de creer que ciertas cosas a nosotros no podían pasarnos, que los corralitos son cosa de los argentinos, los cuales pasan los días riéndole las gracias a la señora Kirchner y a Maradona; o de los asiáticos, que por lo visto trabajan como esclavos porque no saben hacer otra cosa. Pero de eso y de sentirnos como la California del Mediterráneo a pensar que somos el epicentro de la vagancia y la ineficiencia mundial y que por tanto aún nos pasa poco, qué quieren que les diga, yo creo que va un abismo.
En los últimos días pienso mucho en algunos temas habituales en el discurso de cualquier profesional de la Psicología. Por ejemplo en el shock y en la depresión. La doctrina del shock, como explicó Naomi Klein, se basa en un principio de psicología social muy simple y demoledoramente eficaz cuando se aplica con astucia: ciertos acontecimientos como una guerra, una catástrofe natural, un virus o una cadena de atentados terroristas desencadenan un estado de ánimo entre las masas que allana el camino a reformas, las cuales, en situaciones de razonable bienestar, serían impopulares, pero que, con el miedo generalizado, consiguen presentarse como necesarias e incluso inevitables. No hay más que ver un telediario o acudir a la portada de cualquier periódico para que resulte casi imposible no sucumbir a ese estado de miedo permanente en que quedamos paralizados y a merced de oligarquías que, a partir de ahí, son pueden poner en suspenso la democracia sin grandes resistencias.
En cuanto a la depresión, es otra forma de parálisis que corresponde a una estación más avanzada que el miedo. Perdidos ya ciertos derechos y las certezas que nos permitían esperar un día mejor, nos convertimos en zombis entristecidos y pasivos, pues los políticos han conseguido transmitirnos el virus de la impotencia. "No podemos hacer otra cosa", "esto nos lo han impuesto desde fuera", "no hay otro remedio"... El actual presidente del gobierno está construyendo su liderazgo como estadista desde estas premisas, ante lo cual le asalta a uno la duda de si el señor Rajoy se pregunta por las noches por qué tenía tanta ilusión en llegar a la Moncloa y, aún más, si le ve todavía algún sentido a aquello de la vocación política.
Estamos en medio de una guerra cuyos contornos van definiéndose diariamente ante nuestros ojos, y, como en toda guerra, hay una batalla psicológica que debemos saber afrontar. No podemos no tener miedo, pero vivir paralizados por él y reducidos a la consiguiente impotencia, eso es lo que el enemigo más desea encontrar en nosotros. Saturday, July 21, 2012
.jpg)
RESCÁTENME
Las horas en que saltó a los teletipos la noticia de que la Comunitat Valenciana había pedido el rescate al Gobierno central pasaron unas cuantas cosas en mi vida, por ejemplo que vi Las nieves del Kilimanjaro, de Guediguian. Un trabajador de los astilleros de Marsella y veterano sindicalista extrae a suertes los nombres de los compañeros que van a ser despedidos como consecuencia de la exigencia de la empresa de reducir personal. Él puede quedarse fuera, pero decide incluir motu proprio su nombre entre los infortunados, con la consiguiente indignación de su mejor amigo, Raoul, quien no entiende el sentido de tal sacrificio. En cualquier caso Michel aborda su condición de prejubilado junto a su esposa, Marie Claire, en una situación económica bastante desahogada. Una noche en que cenan con Raoul y su esposa son asaltados, golpeados y robados en su casa. Michel no tardará en descubrir que uno de los agresores es el joven Christophe, uno de los empleados cuyo nombre ha aparecido para ser despedido de la empresa de astilleros.
Todo la peripecia posterior se desenvuelve con el trasfondo de un dilema moral, dicho sea en el sentido más clásico y socrático de la expresión. ¿Podemos conformarnos con odiar a quienes directamente nos dañan? ¿Es admisible la venganza? Cuando nos toca vivir en nuestras carnes el dolor y la humillación, ¿tenemos entonces derecho a actuar con la brutalidad que desde la comodidad de nuestro sofá reprochamos a la policía o al fascismo? Pero hay preguntas mucho menos abstractas y que nos apelan de manera aún más directa: cuando uno forma parte de las clases media europeas, esas que fueron forjándose con el Estado del Bienestar, ¿le basta con disfrutar de su café en el balcón bajo el supuesto de que tiene lo que se ha ganado a lo largo de su vida? ¿Qué pasa con las nuevas generaciones que van entrando a sustituirte cuando te prejubilan con una indemnización envidiable? Su inseguridad, su angustiosa precariedad, la falta de colchones de protección que los anteriores disfrutan y que a ellos les ha robado el neoliberalismo y la globalización, ¿nos conformamos con echarle la culpa de todo a los especuladores, los políticos corruptos y los banqueros? Este film trata sobre la necesidad moral de ser consecuente con todo aquel mapa de valores con el que forjamos lo que siempre creímos que era una vida digna. Y esa consecuencia no se agota con la vejez: es preciso seguir actuando en favor de la justicia, incluso cuando ya ni nuestros propios amigos ni, lo que es peor, nuestros hijos, nos entienden.
Pues bien, esa misma noche, mientras reflexiono sobre lo que acabo de ver, un poco con el mismo ceño fruncido que Michel en su balcón de Marsella, escucho unos gritos que vienen de la calle. Un agente de la policía, pistola en mano, detiene tras una persecución a un hombre con acento extranjero que, por lo visto, acaba de intentar reventar el cajero de un banco. Recuerdo que sólo unas horas antes, tras escuchar lo de que la Comunitat Valenciana ha pedido el rescate, he terminado de asumir que este asunto de la crisis no tiene solución, no al menos de la manera que hasta hace unos meses pensábamos. Aunque se diga dentro de unos años que hemos vuelto a crecer, ya habremos perdido para siempre algunas prerrogativas del bienestar y la prosperidad. Es un poco como en los incendios de las últimas semanas. Intuimos en medio de la debacle infernal que en amplios territorios antes arbolados donde se escuchaba a los pájaros ahora ya sólo habrá desierto, seguramente para siempre. Como en la conmovedora novela de McCarthy, La carretera, habremos de acostumbrarnos a deambular con el olor permanente de las cenizas, las cuales serán el recuerdo de algo que tuvimos y que acaso no supimos proteger.

Se me ocurre, mientras el ladrón es conducido a comisaría y el incidente callejero concluye, que si hemos de ser pobres, al menos que no nos pase como en esos países donde la delincuencia organizada o desorganizada se enseñorea de las calles y tomarse una cerveza en una terraza es un acto temerario. Pienso en que se puede tolerar el fin de la prosperidad si su resultado no son unas ciudades atravesadas por la violencia, los sicarios, las mafias, la brutalidad policial o, en definitiva, la ley del más fuerte que rige en tantas y tantas sociedades de lo que llamábamos el Tercer Mundo.
Por lo demás, creo que debemos asumir sin histerias la cruda realidad: vamos a volver a ser pobres o, por lo menos, vamos a ver escaparse para siempre el imaginario de que íbamos a ser ricos, en el cual se ha ido hinchando la célebre burbuja en medio de la cual hemos vivido. Pueden repetirnos una y otra vez aquello de "nosotros no somos Grecia", ni, seguramente, tampoco somos rumanos, pero Frau Merkel, los bancos alemanes, el FMI o el sumsum corda ya han decidido que la preservación del bienestar de algunos países y, sobre todo, de las grandes fortunas europeas, supone que los pueblos del sur de Europa van a tener que despedirse de su sueño de nuevos ricos. A partir de aquí, la evidencia de que los ajustes del Gobierno español nos van a conducir al mismo destino que los no ajustes, es decir, a la estrangulación de la actividad económica y, por tanto, a la quiebra económica, se impone con una claridad que no hace falta ser asiduo de las páginas salmón de El País para entenderlo. Basta ver el vaivén de declaraciones de los agregados a Presidencia o la cara que pone el propio Rajoy en sus escasas apariciones para darse cuenta de que sólo saldremos de esta ratonera irreversiblemente dañados. Llámenme cenizo, pero prefiero no perder la lucidez que pasarme el día mirando los telediarios y escuchando cómo me dicen que sube aún más la prima de riesgo, esa de la que nunca antes nos habíamos preocupado.
Y no, desde luego que yo no tengo la culpa. No soy un santo, pero, desde luego, tampoco un especulador ni un despilfarrador. Que esta crisis tiene culpables a los que podemos identificar es algo de lo que no me cabe la menor duda. Peguen una mirada al ejército de quienes han gobernado, por ejemplo, el País Valenciano en los últimos quince años, y encontrarán el paisaje de la ineptitud, la soberbia, la inmoralidad y la irresponsabilidad. Da terror cuando uno piensa que seguimos estando en manos de esta gente a los que uno mira con la misma cara que a algunos personajes de Los Simpsons o de las películas de Berlanga: sería para morirse de la risa de no ser porque es para llorar.
Ahora bien, debemos atender a lo que dice Michel hacia el final de Las nieves: "Sí, los culpables siempre son los otros...". Algún día habré de decir a mi hija la verdad: el mundo, querida, está lleno de hijos de puta. Es una de las conclusiones que ya no habrán de abandonarme mientras viva, pero, cuidado, no es la única verdad, no es la estación terminal en la que desemboca el tren de cualquier ilusión de un mundo más digno y habitable. No podemos conformarnos con identificar a los culpables. Hay millones de españoles que han vivido tres lustros convencidos de que el dinero era fácil y que la decencia de la que nos hablaron nuestros padres podía ser confortablemente disuelta en el valor de los pisos o las acciones del Forum Filatélico que la gente compraba para luego venderlas por el triple de su valor.

Quizá, después de todo, haya alguna oportunidad en esta debacle; quizá tengamos que recordar que la cooperación, la solidaridad o la deliberación pacífica son las únicas armas de las que dispondremos para defendernos de los tiburones. Porque dinero... de eso creo que ya no tendremos mucho.
Subscribe to:
Posts (Atom)














