Wednesday, July 30, 2008







EL AMOR Y SU PROSA




“El amor requiere trabajo”. Escucho varias veces esta frase durante un debate nocturno sobre el amor, la pareja y, especialmente, sobre el romance.

En el film Los amigos de Peter encontramos tres versiones de la dificultad para tramar la propia biografía en los términos en que las personas que peinamos ya alguna cana fuimos enseñados a hacerlo. La protagonista, tierna y sensible, expresa su amor a Peter, el único hombre en el que ha confiado durante años, un verdadero amigo en toda la extensión de la palabra… “¿por qué no casarme contigo si eres el único al que puedo decir que quiero y el único que nunca me ha hecho daño?” Quizá justamente por eso, porque nunca te hice daño… A continuación Peter confiesa en tono de disculpa no estar “demasiado interesado en asuntos vaginales”, es decir, que su homosexualidad inconfesa durante años le impide atender la demanda de su mejor amiga. En segundo lugar hay una joven que acostumbra a cambiar de novio como de bragas, de manera que
su vida parece ser una ciclotímica sucesión de situaciones sexualmente tórridas y excitantes con otras absolutamente depresivas de amantes fugitivos que desaparecen en la noche, reproduciéndose una vez tras otra su situación de soledad. Finalmente, hay una pareja “estable” –curiosamente es el primer papel que recuerdo a Hugh Laurie, Doctor House para mí y para ustedes-. Invitados por Peter a su casa durante un fin de semana, ella no para de llamar por teléfono para preguntar por su hijo, ya que en un presunto descuido, unos meses atrás, ha muerto el otro crío que tenían…Quiere a su marido, pero no puede dejar de echarle la culpa, o de echársela a ella misma por la tragedia sobrevenida. “Tenemos que sobreponernos”, dice él, “tenemos que volver a vivir”. El amor está saltando por los aires entre ellos, el trabajo para restañar la herida se antoja hercúleo en dos corazones destrozados por la peor de las desgracias…



Es evidente que el personaje encarnado por Emma Thompson confunde amor con amistad. El de la joven fogosa ve resueltas algunas de las incertidumbres en torno a su vida el día que Peter le da la clave: “no eres adicta al sexo, eres adicta al romance”. Finalmente, entre la pareja, la historia parece lanzar un rayo de esperanza cuando, después de un par de situaciones imprevistas y estrambóticas –suele ocurrir así- vuelven después de mucho tiempo una tarde a relacionarse sexualmente, lo que les permite creer siquiera por unas horas que hay vida para la pareja más allá de la tragedia.

El amor es ciertamente algo por lo que hay que esforzarse, si es que uno cree realmente que merece la pena. ¿Lo creemos?

Las personas recién enamoradas –acaso sea una redundancia, acaso todo enamorado lo pueda estar sólo “recientemente”- suelen expresarse con una convicción que les hace ganar a nuestros ojos un prestigio que, sinceramente, creo que no merecen. “He visto la luz, Él es lo que buscaba”, me dijo hace veinte años una amiga que acababa de enamorarse locamente de tonto del bote que hablaba de sus proyectos de vida como quien tiene mucha tierra en La Habana. La joven Julieta me pidió quince mil pesetas de por aquel entonces para ayudar a su amado a sacar adelante sus visionarios proyectos… ¿se las ha devuelto a ustedes? A mí tampoco. Cuando de verdad aprecias a la persona enamorada y le adviertes sobre los riesgos de echar su vida a rodar y confiar demasiado ciegamente en una pasión de dudosa consistencia, suele mirarnos con cierto desprecio y acusarnos de “materialista”… como si alguna relación amorosa que merezca ser así denominada no requiriera ser gestionada, como si las hipotecas o los alquileres se pagaran solos, como si los niños no fueran indiferentes a los desórdenes amorosos de sus padres.

No pienso aceptar que se me confunda con quienes desprecian de entrada la posibilidad de enamorarse, como si se tratara de una especie de sarampión adolescente que se pasa una vez y si, por fortuna, ha creado los anticuerpos adecuados, ya no vuelve a incordiar. Ni por ser adicta al romance ni por serlo a la lujuria asomará en mí una sola censura contra la segunda protagonista del film al que me he referido. Es más, acaso en mi opinión sea el amor lo único que justifica la presencia en la Tierra de tanto hocico humano devorando los bosques, y acaso sea la lujuria el único de los vicios capitales por los que un súbdito de Dios habría de ser convertido en santo antes que en demonio.

No, pero es bueno recordar ante los ojos inflamados de pasión del enamorado que toda conversión a una nueva fe incorpora riesgos. Soy el primero en desconfiar del pliego de virtudes que el pensamiento reaccionario le supone al matrimonio y la familia. No tengo duda de que algunos que se permiten el lujo de despreciar a quienes libremente han optado por mantener su soltería y no tener hijos no solo son unos fascistas que han desplazado su dogmatismo e intolerancia desde los espacios de la política hacia los de la cotidianeidad y la convivencia. De lo que no estoy tan convencido –y les aseguro que sé de qué estoy hablando- es de que todo arrobo amoroso pueda investirse del aura de inviolabilidad que suele pretender ese que “ha visto la luz” y le sablea tres mil duros al tonto que, como yo, vive su vida prosaicamente.

¿Encubre el lirismo de lo que hoy denominamos amor romántico lo que no es sino el simple adiestramiento del consumidor? Mi temor actual no es el hastío de una relación larga ni las implicaciones del compromiso. Mi temor es más bien lo contrario: la incapacidad para comprometerse. Formados desde la cuna en la categoría de consumidor, hemos olvidado que no todo es fungible. Enseñamos a nuestros hijos y sobrinos que cualquier cosa puede comprarse, es decir, que todo es una mercancía. Quizá el campesino que veía como de forma tan lenta y penosa terminaba germinando el cereal no pudiera aplicar esa lógica de la paciencia a su vida amorosa, quizá ni siquiera las fuerzas ni las formas le acompañaran para jugar al amor, pero no es fácil que una persona instruida en la costumbre de no tener que demorar la satisfacción de sus demandas pueda soportar el lento paso de las horas en la sala de espera de la pareja sin impacientarse y terminar por levantarse de la silla e irse a su casa.

Soy firme partidario de las leyes del divorcio, también de las del divorcio rápido que tanto molestan a los obispos, empeñados por lo visto en oponerse por sistema a todo aquello que ponga en manos de los sujetos la decisión en torno a qué hacer con sus vidas. Creo que la gran oportunidad que tiene esta sociedad donde las personas ya pueden unirse sin una división estricta de roles sexuales es que la pareja puede convertirse en una hermosa aventura cuyo único objetivo, como en toda aventura que se precie, es pasárselo bien juntos. Sin embargo, corremos el riesgo de olvidar que la demora en alcanzar muchos de los premios que el amor ofrece –cuando uno se acostumbra a observar dónde está la puerta de salida a la primera decepción- no es una anécdota del amor mismo, sino probablemente su condición de posibilidad, lo cual no puede estar más lejos del carácter irresponsable y caprichoso que el adiestramiento que -como consumidores- nos suministra por ejemplo la publicidad, pretende implantar en cada uno de nosotros, eficaces compradores en la medida en que transitamos a gran velocidad de la euforia al hastío. “Lo quiero todo y lo quiero ahora”, dice cierta publicidad. Debería añadir lo que queda fuera del anuncio: “y quiero no tener que cuidar a mis padres cuando enfermen, no guardar fidelidad a mi mujer cuando me quiera tirar a la vecina pero poder volver con ella cuando yo quiera, tener compañía cuando esté solo pero no encontrar el water ocupado por las mañanas…” etc. Siento ser prosaico, pero acaso la prosa es aquella escritura que tiene la suficiente discreción como para mantener oculta la poesía que la inspira.

Mil años de oración, es la última película de Wayne Wang. Conocemos el tópico de la “paciencia oriental”. No sé si los chinos son unos pelmazos capaces de esperar a que Dios envíe la solución a los problemas que uno ha de buscarse por sí mismo, pero sí entiendo perfectamente la frase con la que la protagonista despide al tipo que la pretende: “No me iré contigo, no hemos rezado juntos mil años de oración.” El amor no es ese temblor adolescente que sobreviene cuando intercambiamos palabras en la distancia antes del encuentro soñado. Muy al contrario, el amor es lo que hay cuando todo va mal. (Les aseguro que esto no me lo enseñó un cura sino la vida; los curas que conocí de amor sabían bien poco...del laberinto de la pareja sabían menos que nada)

Nuestros padres se desvelaron por la noche cuando llorábamos y nos pusieron gafas cuando el oculista nos detectó miopía. Entre bronca y bronca, se ataron al timón cuando la tormenta amenazaba con enviarnos al abismo… Hay amantes que dan de comer a sus parejas durante años a fondo perdido, aunque luego se les olvide besarlas románticamente bajo la lluvia cuando rompen las nubes, hay quien un día tras otro acompaña en silencio el dolor de su amado que teme el fracaso, el envejecimiento y la muerte… Joder, todo esto es amor ¿no?

Dice Zygmunt Bauman:

“…si hablamos compulsivamente de redes e intentamos obsesivamente invocarlas (o al menos sus fantasmas), mediante contactos rápidos y el arte mágico de los mensajes enviados por teléfono móvil, es porque echamos dolorosamente de menos las redes de seguridad que los auténticos canales de familiares, amigos y compañeros con el mismo destino solían proporcionarnos ...” (Comunidad, pp.199)






Creo haberles hablado de mi predilección por este pensador. En una ocasión estaba prevista su venida a mi ciudad, Valencia, para dar una conferencia. Asistí con cierta expectación por encontrarme físicamente cerca de un intelectual admirable. No pudo acudir. En su mensaje de disculpa al auditorio habló de la precaria salud de su esposa que le retuvo en Manchester… él, que tantas veces escribió a favor de la capacidad del hombre para sostener el compromiso. Acaso, como él dice, toda forma de compañerismo, de amor, de convivencia, supone una cierta pérdida de esa independencia que decimos querer por encima de todo. Quizá, pero prefiero ver a Bauman y a su mujer caminando cogidos del brazo entre la niebla inglesa que a esos tipos autistas pegados al móvil o a un ipod que se agitan como zombis por los aeropuertos.

Soy un poco reaccionario, ya lo saben.
*La fotografía final corresponde a Zymunt Bauman y su mujer Janina junto a dos jóvenes admiradores en una estación sueca camino de casa. El trayecto de más de sesenta años de esa historia de amor hace palidecer, se lo aseguro, el más romántico de los relatos amorosos de cualquier Madame Bovary postmoderna de esas que salen en la tele. Pero lo elegante acaso sea no contarlo.

6 comments:

Ana C. said...

Ay, David, el eterno tema... No creo que haya otro que le supere en ríos de tinta, ni que nos ocupe tanto espacio mental o visceral. He de tener algo de tiempo para poder comentar, pero, por lo pronto, es imposible no apreciar algunas de las fotografías que ilustran el post (por cierto, sueles tener muy buen gusto en escogerlas):la simbólica pareja pareja enamorada, velados ambos, y la estremecedora novia atravesando un estremecedor paisaje. Lo que si te pediría es que intentases poner la autoría de las fotos (no se si la plantilla del blog te lo permite), los fotógrafos se quejan, con razón, de
ello.
Hasta pronto, pues.
Saludos calurosos
Ana C.

Anonymous said...

Seguiré el consejo respecto a las fotos, Ana, gracias por el consejo. Es complicado como tú dices por la plantilla, pero incorporaré la información aunque sea en los comentarios o en notas al final del post. En cualquier caso son fotos que están al alcance de cualquiera en webs promocionales.

Anonymous said...

¿Tanto rencor guarda usted porque no le devolvieron 15.000 pesetas? Resulta muy triste que lo que subyace en este artículo sea un poso de materialismo económico egoísta como sustituto del amor.
Usted comete un error fatal juzgando a los demás. Debería para ello juzgarse a sí mismo y pensar si a estas alturas de su vida es feliz o si piensa serlo. Posiblemente de esa manera es posible que algún día usted vea la luz.

David P.Montesinos said...

Gracias amigo por su comentario y por su crítica, que podría ser algo más constructiva, todo sea dicho, si se explicara algo más y firmara su intervención.Le animo a volver al blog cuando guste.

Su intervención es algo airada.Creo que con todo respeto que usted no ha entendido el sentido del artículo. Lo que me ha quedado de aquella amistad no es la frustración por las quince mil pesetas, sino que aquella persona aprovechó la excusa de la amistad y mi generosidad para obtener ese dinero. El materialista no es el generoso, sino el que pide y no devuelve. Por cierto, fue esa persona la que se alejó de mi vida, y no a la inversa. Fue esa amiga quien le puso un precio -bastante bajo por cierto- a nuestra relación, ella fue la materialista.
Por otra parte, no pienso insistir con la palabreja de marras porque me parece desacertada. ¿Materialista? Materialistas eran mis padres, que volvían a las diez del tajo para pagarnos a mí y a mis hermanos la comida, la ropa y la escuela. No sé qué complejo católico hace que sospechemos por sistema del dinero. El dinero es muchas veces una costosa inversión afectiva que a veces supone enormes esfuerzos. Hay personas encantadoras y afables que en cuanto llega el momento de la generosidad huyen como ratas.Así cualquiera es padre, amigo o novio. Detesto a la gente que pega "sablazos" y luego va por ahí mofándose del tonto que, tan generosamente, le entregó aquello que tanto esfuerzo le había costado.

No hablo de mi felicidad, respecto a la cual usted tampoco sabe nada, por cierto... pero si tengo la desfachatez de juzgar condutas ajenas es porque empiezo por mí mismo. ¿Por qué no juzgar conductas ajenas? Admiro y perdono precisamente porque juzgo, y en ocasiones, censuro.

Por cierto, ya es tarde para devolverme aquel dinero, ya es tarde para muchas cosas. Y usted no va desencaminado en una cosa:como dijo Cioran, "si no quieres sucumbir a la rabia renuncia a escarbar en tu memoria"
David

Ana C. said...

“El amor requiere trabajo”… Como casi todo lo que merece la pena, apropiada frase hecha de nuestro idioma: viene de “merece penar”, merece sufrir por él, vamos. La cuestión, opino, es que el hedonismo en su acepción más banal suele ser ahora la máxima para casi todo y aquello que cueste un esfuerzo, ay!... salvo en el caso de que nos reporte reconocimiento social, no estamos por penar nada. Y ese reconocimiento que se da en la intimidad, pues no motiva mucho al personal, no. Pienso que, tal vez, se esgrima el menoscabo de independencia que cualquier relación de compromiso conlleva –ojo, en todos los ámbitos, no sólo en el de pareja- para convencerse a uno mismo de la inutilidad del esfuerzo.

En cuanto a las formas de amar que nos han enseñado, las que señalas en relación a la película “Los amigos de Peter”, visto desde mi prisma, el femenino, claro, pienso que la que menos se da en la mujer es la que confunde amor y amistad, desgraciadamente, y es una pena, porque estimo que sería una buena base, la mejor, dónde construir un amor.
La segunda, la que sitúa el amor -y la autoestima- entre las piernas, creo que se da en ambos géneros – o en todos los que haya- . A ciertas alturas de la vida ya sabemos lo que dura, y sabemos que no es amor. Parafraseando, más o menos, el título de la película homónima: ¿porqué le llaman amor cuando sólo quieren decir sexo?
La tercera, la de la pareja estable empeñada en “seguir ¿viviendo?”, a pesar de su tragedia, quizás, en el fondo, ilustra esa definición de amor de la que hablas: “el amor es lo que hay cuando todo va mal”, incluso cuando va mal la pareja, añadiría de mi cosecha. Quizás –una vez más- es lo que explica algunos casos de persistencia de parejas; parejas a las que les ha pasado por encima la vida y, con ella, inevitables tragedias en mayor o menor grado o pequeñas tragedias cotidianas, y, de su mano, rutina, aburrimiento, apatía, cansancio… que se llevaron todo rastro de temblor de aquellos primeros tiempos, las medias, tacones y lencería sexi , el rostro recién afeitado, los pequeños detalles y sorpresas, las velas, las cenas románticas, las dulces palabras… se llevaron, en fin, las veladuras del inicio, aquellas que motivaron la apuesta inconsciente, la entrega de un cheque en blanco. Cierto que, en muchos casos, la conveniencia económica o social, el miedo a lo desconocido, a volver a empezar, puede también explicar que muchas parejas sigan juntas, pero después de leer tu post, David, he pensado sobre la posibilidad de que otras muchas parejas lo estén, aún sin saberlo ellas, porque han construido juntos, porque ya no conciben su vida sin el otro, porque el tiempo se llevó el enamoramiento y trajo semillas de amor. El problema es que no las reconocen, porque toda una batería educacional, apoyada en pelis y libros románticones, les dijo que el amor era otra cosa. Y eso, a todos, nos está haciendo mucho, mucho, daño.
Saludos calurosos
Ana C.

P.S. Tu cita y comentario sobre Zygmunt Barman me ha hecho investigar por ahí sobre él. Interesante lo del “tiempo líquido”, voy a intentar leer este verano sobre él.
Para terminar: generosidad debe ser, también, el responder con bastantes líneas a cuatro que no aportan más acidez.

Ana C. said...

Perdón, en el P.S. anterior me comí una conjunción. Quise decir: "generosidad debe ser, también, el responder con bastantes líneas a cuatro que no aportan más que acidez."
Ana C.