Tuesday, July 15, 2008








CONTRA SEXO EN NUEVA YORK
POR QUÉ YO NO QUIERO SER COMO CARRIE BRADSHAW (II)

¿No tienen a veces la sensación de que, en contra de los juicios fatalistas al uso, la Revolución Prometida ya se ha realizado? Otra cosa es que no haya sido exactamente como la imaginaron los insurgentes sesentayochistas, muchos de los cuales, por cierto, han mejorado sustancialmente su calidad de vida incorporándose al stablishment de sus opulentas naciones. No echaron a De Gaulle ni juzgaron por crímenes de guerra a Nixon, la estructura patriarcal no dejó su sitio a una sexualidad abierta y orgiástica, y las relaciones entre los seres humanos no se han dedicado a fluir poéticamente sin violencias ni abusos… de acuerdo, pero algo de aquellas consignas libertarias de la contracultura sí han ido extendiéndose por capilaridad, silenciosamente, entre las gentes. Por eso hoy en la tele podemos ver series como Will y Grace, donde se nos presentan las formas aceptables y las viscosas de la cultura gay, en las playas las chicas van en top-less, y mi vecino –el tío guarro- sale a sacar la basura en calzoncillos. Las empresas siguen explotando a los trabajadores, los maridos pegan a las mujeres y si eres pobre follas menos… una mierda de revolución, sí, pero ¿qué se pensaban, idiotas? Sex and the city sólo puede tener sentido en este contexto post-revolucionario, que no es lo mismo que contra-revolucionario, como a veces se insinúa, porque los muros que se pretendían derribar sí que han caído, pero no han sido sustituidos por valores nuevos, sino por un simulacro de emancipación. Eso son Carrie y sus amigas.
Sarah Jessica Parker empezó como simple actriz de lo que se presentaba inicialmente como un relato más coral y menos centrado en su personaje… tendencia que se invirtió después cuando pasó a convertirse en productora ejecutiva. La condición de posibilidad de la serie fue el éxito de la novela original, inscrita en la misma lógica del Bridget Jones diary, un producto literario de consumo fácil para un perfil de lector asociado a mujeres de treintena sobrepasada, clase media con estudios superiores, solteras y con una ideología no demasiado sobrecargada de puritanismo.

El producto televisivo resultante es de una factura impecable. No es extraño que la estrella hispánica de la simpar serie Ana y los siete, un bodrio cuyo éxito obliga a cuestionarse seriamente el poder ilustrador de la democracia de masas, se obsesionara con imitar a Parker hasta el punto de lanzarse a la producción de una serie a la manera de en una televisión nacional. Carrie es una megalómana y en ocasiones su delirante vestuario le hace parecer una ridícula paseándose con cara de niña ingenua por las calles de Manhattan…sí, pero lo que ha conseguido es sumamente serio, mientras que lo de Obregón no pasa del esperpento.




Es falso que Sex and the city narre las aventuras de un grupo de amigas. Es más bien el diario de Carrie, a través de la cual se filtra siempre todo lo que tiene que ver con las otras tres compañeras de fatigas. Cada una de ellas es en realidad la cristalización de alguno de los demonios personales de la protagonista. Así, siguiendo el esquema freudiano, Charlotte sería el super-yo, es decir, la joroba de valores impuestos por la sociedad con los que fastidiosamente nos hacen cargar, Samantha sería el ello, es decir, el foco torrencial de los deseos cuyo único designio es la satisfacción sin compromisos…¿Y Miranda? Es el personaje más oscuro y resbaladizo del guión. Su papel es el de alter ego de Carrie, algo así como la novia-hermana-madre que la ama sin condiciones, salta siempre en su defensa y llora y se enfurruña como un novio ninguneado cuando Carrie no se junta con el hombre adecuado o anuncia que se marcha de Manhattan. Se trata de un personaje poco arquetípico y algo arriesgado, pues en todo momento se nos sugiere la impresión de que es mejor que Carrie… quizá por ello es tan insistentemente castigada por los guionistas… Es ella quien sufre las experiencias sexuales y amorosas más estrambóticas y menos glamourosas, ella quien se queda embarazada, provocando con frecuencia insolidarias reacciones en sus compañeras, ella quien se casa con el tipo más gris, pobre, con gafas, falto de un testículo, con madre y unos centímetros más bajo que Miranda.


Samantha es una ninfómana hecha a la medida de la neoyorkina feria de las vanidades. Solo piensa en tirarse al tipo guapo o no guapo que se le cruce por delante. Su destino cotidiano está marcado –como en House el dolor físico, en Carpanta el hambre o en Haddock el alcoholismo- por la volcánica incontención de su deseo, lingüísticamente expresado de forma obscena para agrandar el efecto cómico. Se trata de un personaje irreal, no tanto porque no existan mujeres sexualmente hiperactivas y promiscuas, sino porque su adicción al sexo, proporcional a la fobia al compromiso amoroso y al envejecimiento, es el producto de una debilidad semejante a la del alcohólico o el tragón. Samantha es pues la encarnación en la serie del más recurrente personaje de la historia de la comedia: el “gracioso”. En la última parte de la serie halla por fin la horma de su zapato: el “absolut cachas”, un chico guapo como un ángel, joven, encantador, bondadoso, que la ama de verdad. A Samantha le cuesta asumir que, sin buscarlo, ha encontrado por fin al hombre ideal… el guión le envía entonces un cáncer de mama y acaba calva y sudorosa, aunque por fin con novio. (Parece que Kim Catrall y S.J.Parker se han odiado desde el inicio de la serie)
Finalmente, Charlotte es el estereotipo de la histérica hiperfeminizada y educada para vivir como mujer. Obsesionada con casarse y tener hijos, no duda en convertirse a cualquier religión –mejor cuanto más ritual sea- la judaica o las fiestas de los clanes escoceses, siempre y cuando le garanticen un anillo conyugal y la vida segura y hacendada de una mujer burguesa casada con un hombre rico. Lo peculiar –y lo interesante- del personaje es que sabe perfectamente que todos esos valores que defiende devotamente entre sus compañeras de desayuno son solo un medio para un fin, una serie de imposturas sin más valor que el de permitir a una mujer elegir libremente la posibilidad de convertirse en lo que siempre ha sido: una hermosa esclava del patriarcado. También lleva su castigo: el judío con el que finalmente se casa es el abogado sudoroso, calvo y feo con el que decide llevar sus trámites de divorcio simplemente porque el guapo estupendo que le toca en un principio le va a impedir –precisamente por ser tan deseable- mostrarse como una zorra avariciosa con su ex.
Todas son pues duramente reprendidas por sus insuficiencias. Carrie no, porque Carrie es perfecta. Compartirá durante muchos capítulos su vida con el novio ideal, Aidan, nombre no casual porque se trata de un adánico joven, guapo, generoso y sinceramente enamorado, que jamás hará sufrir a Carrie porque lo que desea es casarse con ella. Carrie termina ahuyentándolo por su aversión al matrimonio –los trajes de novia presuntamente la asfixian-. Pero el sexto sentido que le hace dudar de ese anillo de compromiso que Aidan le coloca no la está engañando. Carrie no le ama. Aidan no es como Big, el verdadero hombre de su vida, rico, dominador, galante pero no amoroso ni desprendido… Aidan quiere a Carrie sin más, Big la quiere a veces y a veces no, a veces mucho y a veces poco. Aparece en los momentos más oportunos para sacar a Carrie de algún mal entuerto –es eso lo que hacen los príncipes azules, ¿no?-, pero luego se va unos meses con una más joven o desaparece en medio de la noche con gesto de suficiencia para no resultar tan fácil como Aidan y obligar a Carrie a correr tras él. Aidan es bueno, no domina el juego de los signos, no sabe entrar y salir –solo quedarse o irse, es adánico, ama o no ama, no sabe jugar a la hipocresía del equívoco-… por eso fracasa y termina desapareciendo con una mala despedida… Es un perdedor, un perdedor en la selva de New York, donde los depredadores como Big triunfan. Al final se trata de casarse con un rico, o mejor, con los signos de la opulencia y la distinción que arrastra un tipo como Big. Cualquier otra solución es para fracasados. No para Carrie Bradshaw, columnista del New Yorker Star...

ÚLTIMO Y TERCER CAPÍTULO EN BREVE PARA PELAR A LA PARKER.

6 comments:

David P.Montesinos said...

Recuerda que si quieres dejar un comentario, la manera más fácil es tickar en anonimus, en cuyo caso puedes sìmplemente firmar tu comentario y santas pascuas. Me parece un buen consejo que leas el post anterior antes de éste, por razones obvias. Gracias por leer y por escribir. David.

Anonymous said...

Ana C. said...
Gracias, David, por tu aclaración, y mis disculpas, porque ahora he visto que si se "subió" el comentario, sólo que se retrasó algo (el comentario de "Ana" y el de Ana C. son mios: no regresé, aparecí después de leerte desde hace tiempo). Saludos cordiales
Ana C.

2:00 PM

Anonymous said...

El debate es fascinante, podéis leerlo en el post anterior, intentad continuarlo si os apetece en este, david.

Ana C. said...

A ver, estimada anónima, la percibo y leo contradictoria ante la situación laboral nefasta que usted ha vivido, protagonizada por jefas mujeres que bien podrían hacer la versión cutre de su serie favorita, esa que, sin embargo, le resulta placentera y la narcotiza… Aborrece y censura el estilo de vida de ellas: su residencia - viven en la “la gran manzana” de su ciudad - y detestan, “chata”, cualquier atisbo de movimiento mental (el pélvico intensivo agota mucho). ¿Qué hacer con su discurso feminista ante esta situación, se pregunta? El que estas señoras sean unas explotadoras, planas mentales para más INRI, no eleva a categoría el que cualquier empresa llevada por mujeres funcione de esta manera (no creo que usted lo piense así, no la creo capaz de semejante argumentación, calificable de machista y retrógrada). Señora, usted se ha topado con la peor cara del capitalismo, y es sólo un azar que éste tenga facciones de mujer.
Lo que me pregunto yo, sin embargo, ante sus comentarios, es cómo concilia usted las gratas sensaciones que le proporciona la serie “porque la estética es bonita, porque me gustan las escenas diurnas y exteriores, porque me mantiene desconectada, porque lo bello me resulta placentero, narcótico”, con la realidad que ha conocido al otro lado de la pantalla… No es un azar la comprensión de algunos de sus amigos varones ante sus valoraciones, no es su género el que protagoniza semejante exaltación de lo fatuo.
Verdaderamente a esta serie hay que reconocerle un poder –otro- alienante incuestionable, incluso para las mujeres como usted que han visto
la trastienda de todo ello. ¿Qué hacer con su discurso feminista, pues?, revisar tal calificación, primeramente, y, después, tirarlo a cualquier basurero de Manhattan, a alguno de los que Carrie arroja con desdén el resto de su perrito (caliente… claro).
Mis saludos cordiales para todos, y mi deseo de que, en este blog, la discrepancia no se contemple como acritud, en ningún caso.
Ana C.
P.S. Don David, con todos los respetos, después de todas las extrapolaciones sociológicas que usted ha traído a colación en sus dos post a partir de la serie, ¿cree que la pandilla de amigas merece aún un tercer post suyo? Uhmm... ¡póngase a resguardo de estas chicas !
Otro P.S. Me resisto a encabezar mi comentario como anónima, a ver si cuela esta vez...

Anonymous said...

Sí has salido con tu nombre, Ana C. Siento que te empiece a "cargar" el tema, pero aceptame un último y pequeño post porque necesito completar el asunto, más que nada porque creo que el film recién estrenado nos da algunas pistas. David.

resumiendo said...

Ana, yo, más que percibirme como contradictoria diría que lo que soy es muy cínica... en cualquier caso, puede que esté equivocada. Como me gustaría que se me entendiera correctamente, quiero hacer constar que, esta intervención, carece de esta carga ácida tan propia de mí; te ruego, así la interpretes.

Lo que yo te planteaba (porque como mujer feminista te identificaste) en la primera parte de mi intervención es una duda que, considero, no has resuelto. La conclusión que extraigo de mi trayectoria vital es que, por un lado, el discurso feminista tradicional -o su materialización- ha fracasado en algunos puntos como, por ejemplo, en el hecho de asumir inocentemente que, en el momento en el que las mujeres alcanzaran ciertas cotas de poder, se comportarían de modo más solidario con sus congéneres en ciertas cuestiones -la maternidad de sus subordinadas…-. Después de leerte, sigo con la misma duda: ¿tan absurda es mi pregunta? Por otro lado, como discurso generador de conciencia de genero, a mi, ya no sirve; considero que mis miedos, problemas, inquietudes,... me acercan a la persona que se sienta a mi lado en una ong (con independencia de su sexo) más de lo que, a priori, me une mi condición de hembra con las de mi género. En mi pueblo, ser mujer u hombre hace 60 años suponía una serie de experiencias comunes y, ahí, el discurso “machismo/feminismo” tenía sentido, pero hoy, en este contexto sociocultural, me parece una simplificación muy grande y a penas me ayuda a entender la complejidad del mundo. Así que, repito mis preguntas: ¿es posible el fracaso de este discurso?; ¿es posible un nuevo espacio en el que mujeres preparadas y autoconscientes decidan utilizar su condición de objetos para realizarse y ejercer poder?... Mi duda era sincera, ¿cómo me puede ayudar el discurso feminista y cómo lo puedo integrar en mi experiencia?... No sé si te ha ofendido pero no era mi intención… pensaba que el feminismo era lo suficientemente consistente como para soportar dudas: lo que necesita fe ciega para sobrevivir no es un discurso político sino un credo más propio de las religiones que de las emancipaciones, y estas lo que necesitan son creyentes.

A mi, no me importa el lugar en el que viven mis jefas. Lo que intentaba explicar –sin éxito- es que no puedes decirle a un empleado de 500 mensuales que no le puedes hacer un contrato y luego vivir en una casa que necesita 15.000 euros al mes en mantenimiento. No he dicho que me gusten las zonas residenciales, ni que codicie las cosas caras… he dicho que me gustan las cosas bellas y que me gusta ver en la tele la ciudad de Nueva York… ¿Dónde está mi contradicción?

Recuerdo que fuiste tú la que te utilizaste términos como mujer y feminista para dotar de autoridad tu opinión. Si, al final, la respuesta que obtengo es que el sufrimiento que me han infringido es típico del capitalismo salvaje pero que es anecdótico que las responsables sean mujeres, entonces tendrás que permitirme que yo te diga que Sexo en Nueva York es una serie que trata del capitalismo salvaje y que el hecho de que las protagonista sean mujeres es anecdótico, por lo tanto, si opinas que la serie es una porquería, lo acepto, pero no utilices “mujer, feminista” para fundamentarlo porque, según tú, esa información aporta lo mismo que si yo digo que, como bajita conquense, me gusta la serie.

En cuanto a la serie, lo repito una vez más: no aguanta ningún análisis serio que le queramos hacer. Es una conservadora, patriarcal, fascista, ridícula, maniquea, está llena de clichés y, ¿quién ha dicho que sea una serie feminista que lucha por los derechos de las mujeres? Y, a pesar eso, a mi gusta. Para mi es una burla hacia los “signos” más superfluos y banales de la feminidad, y me hace sentir bien porque me río; con esos ojos la veo. No me parecen personajes dignos de admiración pero yo tampoco busco modelos. Cuando me preguntas por esta gran incoherencia me parece que ignoras un pequeño detalle: yo distingo perfectamente entre la realidad y la ficción. ¿No pueden admirarse en la ficción cosas que se desprecian en la vida real?, ¿qué hay del valor catártico del arte?... Esa asociación que tú haces, que parece apuntar hacia que me merezco lo que me pase porque me gusta la serie, es muy arriesgada, injusta y peligrosa: si me gusta como relato de ficción Hamlet pero me quejo de que han intentado envenenarme, ¿es también una contradicción?; si leo una novela sobre un psicópata y me gusta, ¿quiere decir eso que comparto su amoralidad? (¿las mujeres maltratadas se lo merecen por ir con esos hombres?) Si las pulsiones humanas más oscuras, o la crueldad, no pueden manifestarse en la ficción del cine o la tele, ¿no es eso mucha represión para el ser humano?... ¿Tan ridículo es lo que planteo? En fin, la seriedad me agota. Un beso.