Saturday, December 27, 2008








HOMBRE MUERTO






Cuando se estrenó Appaloosa, se dijo que se trataba del mejor western rodado desde Sin perdón. Se habla con frecuencia en esos términos por qué la mayoría de varones de más de treinta años vivimos a la espera de que el cine del Oeste regrese con toda la fuerza con la que entró en nuestras vidas cuando éramos críos. Según mi madre, yo llevaba a todas partes un sombrero de vaquero con el que incluso dormía, y creo recordar haber sufrido entonces una crisis de identidad, pues cuando me abrí la cabeza el médico que me puso los puntos, advertido de que yo era un pistolero de la pradera, me recordó que cuando le curaban de un flechazo comanche ningún héroe a caballo que se preciara podía quejarse, con lo que el tío cabrón pudo coserme el cráneo a placer sin que le rechistara. Superé aquella crisis y me quité el sombrero, y creo que es de la sanación -el regreso a esa mierda que llamo mi "yo auténtico"- el mal del que verdaderamente aún no me he repuesto.







Supone además otras dos injusticias. La primera es que para buscarle parangón al film de Clint Eastwood habría que ser algo más exigente de lo que algunos están dispuestos a ser con Appaloosa, un film respetable por su elenco de actores y por algunos hallazgos fotográficos y olvidable por todo lo demás. La segunda es que queda sistemáticamente relegada al olvido Dead man (1995) de Jim Jarmusch. Este film es un western a todos los efectos, excepto que no lo parece. La mirada del narrador sobre el tiempo salvaje de la conquista del Oeste es profundamente deconstructiva, ya que presenta todos los elementos del imaginario tradicional -desde los bandidos a las putas, desde los indios hasta el duelo a pistola-, pero los revuelve de manera tan irónica que al final nada llega a ser lo que pretendidamente es.



Hay un detalle del film que ya no podrá olvidárseme. Un consumo de peyote por parte del indio denominado Nadie que acompaña al protagonista (Johnnie Depp) en su particular excursión a los infiernos, le revelará que ese misterioso forastero llegado en tren desde el Este es en realidad un trasunto del poeta William Blake... y que su destino no es otro que la muerte. El protagonista -también llamado casualmente William Blake- en realidad está muerto, y "no se debe caminar con un hombre muerto". Nadie -llamado así por su origen mestizo, ni indio ni blanco, a medio camino de todo y condenado por ello a vagar en solitario por el purgatorio de la identidad negada- desoirá el sabio proverbio y terminará hallando la muerte junto al cadáver metafórico del hombre al que acompaña. Explican los antropólogos que en las tribus primitivas es común apreciar la muerte -como el nacimiento- en tanto que fenómeno puramente simbólico. No existe pues eso a lo que nosotros llamamos la "realidad biológica": soy miembro de la tribu y existo significativamente solo en tanto he pasado por el ritual a través del cual la tribu viene desde muchas lunas atrás integrando a los nuevos en el ciclo simbólico que constituye su cultura. Lo demás no tiene valor, ni siquiera la muerte tiene el valor de fatalidad biológica que nosotros le otorgamos... La fuerza de los muertos no se obtiene por el hecho irrelevante de expirar, sino por el poder que se le confiere al extinto a través de los rituales funerarios. Nadie como el muerto puede ya a partir de entonces influir en la vida de la tribu, tomar presencia en los ritos y comparecer en los sueños.


Me interesa ese valor metafórico de la muerte. El cine de terror lo ha explotado convirtiendo en fatal maldición la incapacidad para morir, como en los relatos de zombis o vampiros, o jugando con fantasmas, como en esos relatos donde uno deambula inútilmente de aquí para allá sin saber que él es el muerto. Pero no es exactamente esa dimensión siniestra la que me interesa. Ni siquiera aquello que me dijo un viejo de que muchas personas que aún vivían y a las que él conocía habían muerto ya, llevaban muertas casi desde hacía medio siglo, ya no actuaban como actúan las personas con vida... En realidad, lo que me pregunto es si ya estoy muerto... si, de alguna manera, el indio descubriría en mí los rasgos de quien ya ha pasado a formar parte de los ciclos rituales de intercambio simbólico en calidad de muerto.






Ayer volvió a mi mente la película de Jarmusch. Pasé por la escuela donde trabajé durante años. Mañana invernal de sábado en un pueblo entre montañas. Las calles vacías, la gente escondida en sus casas, la escuela obviamente cerrada. La rodeé caminando, conozco las interioridades de aquel lugar como las cicatrices de mi cuerpo... Recuerdo perfectamente el día en que trasladamos toda suerte de enseres junto a los alumnos desde el viejo instituto, aquel que amenazaba con desmoronarse si no huíamos pronto. Ayer vinieron tantas cosas a mi mente que tuve que acelerar el paso para no echarme a llorar. Me dejé muchos jirones de piel allí, pero el día en que fui trasladado de destino decidí marcharme sin despedirme. Como si nada, por la puerta de atrás, con la más absoluta de las discreciones... ¿Por qué? Quizá porque entre nosotros, al contrario que entre los primitivos, la muerte no significa absolutamente nada, como tampoco el recuerdo. Nadie cree en el valor de esos rituales de despedida que llevamos a cabo con desgana y un poco para alegrarle el día al que se marcha. Lo que uno se ha dejado en los años de pelea, y lo que le debe al lugar donde ha peleado, no puede pagarse con una comida en el bar y un aplauso, no hay contra-don capaz de intercambiar todo esa mundo vivido.


Aprendí eso el día en que mi ex-mujer, después de haberme pasado una década tractorando palmo a palmo para labrar el yermo del amor, intentó abrazarme a modo de ritual de despedida y agradecimiento por los servicios prestados... Y yo me negué. Me gusta la imagen de ese entrenador que, habiendo sido despedido después de años de ganar ligas y copas, abandona el estadio por el tunel, en solitario, con la cabeza alta y en silencio... El arte de la desaparición, la elegancia de salir por la puerta del foro cuando uno descubre que su papel en el escenario ha concluido. Me seduce mucho más esa imagen que la de un gilipollas aplaudiéndote unos segundos antes de ponerte pingando porque en el fondo te detesta. Así es en las despedidas de compañeros de trabajo, como en las bodas, como en los premios literarios...








Mientras paseaba alrededor del instituto me preguntaba si quedaba algo de mí en él, algo por lo que, de alguna manera, mereciera la pena recordarme. En cualquier caso, sé lo que queda en mí, que no sospechaba que algún día cuando regresara lo haría como ayer, como una sombra del pasado, sin ser visto por nadie, dado que ni siquiera quienes se me cruzaron diariamente durante ocho años me reconocen ya, puesto que no esperan mi visita. Fue como si en realidad fuera el futuro, como si, cuando yo aún vivía allí, el fantasma de las Navidades Venideras me hubiera llevado al futuro y, mostrándome la desolación del lugar donde ya apenas me recordaban, me hiciera desfilar por aquel mundo al que yo ya no pertenecía.


Pero el mensaje de ese viaje en el tiempo no es el de portarme bien con mis alumnos o mis compañeros para dejar un buen recuerdo: el olvido de las demás personas es algo que no solo no me asusta sino que, en cierto modo, incluso me relaja. El verdadero mensaje es el de que debemos vivir cada segundo como si fuera el último, intensamente, sin pensar que estamos labrando para el porvenir ni que seremos recordados.
Algunos de los esfuerzos más intensos y entregados de mi vida han quedado en la cuneta, no he obtenido ningún fruto de ellos, solo la gelidez del olvido y del desagradecimiento. ¿Merecieron la pena? Sí, porque incluso cuando yo me convencía de que estaba labrando para algún tipo de gloria venidera, lo que en verdad me complacía tanto era la mirada cómplice de quienes me acompañaron. Mi esfuerzo sincero y mi buen humor, las burlas en torno a la cena de los días laborales -esos que según Gil de Biedma son los "que tienen la razón"- eso es lo único que realmente hizo grandioso cada uno de aquellos momentos... la luz que entraba desde la ladera de la montaña por los ventanales del aula, el suspenso perdonado al pobre chaval que pasará la Navidad cogiendo oliva, la carcajada obtenida por el chiste en el momento oportuno... Todos esos recuerdos -como dice el replicante de Blade runner- se perderán para siempre con mi muerte.


Piensen en aquel cuento de Borges... unos hombres que, tras beber del río de la inmortalidad, pasan siglos vagabundeando en busca del mismo río que les permita retornar a la condición mortal. Esos hombres, como los dioses o los ángeles, nos envidian, pues tenemos la capacidad de gozar o sufrir de cada instante como si fuera el último. No pasa un solo segundo sin que lo tenga presente, me aterra y, sin embargo, me otorga la fuerza de un cíclope.







No puedo pensar como los héroes griegos o como los guerreros normandos que mi objetivo es la gloria... No aspiro a ser memorable ni a que cuelguen mi camiseta en lo alto del pabellón, eso en todo caso queda en mi alma y en la de los pocos para los que de alguna manera fui realmente importante. Lo que en realidad me interesa es este instante, uno de los últimos de este año 2008 que ahora termina y que he vivido con toda la intensidad que he sido capaz.

No sé cuál es el sentido de la vida, pero creo que los alienígenas a los que pregunta Woody Allen en Recuerdos de una estrella tienen razón: "la vida no tiene sentido, pero sí puedes hacer algo por el mundo: cuenta mejores chistes"

No vuelvan demasiado a donde fueron felices. Feliz 2009, idiotas.

7 comments:

Alejandro Lillo said...

Es curioso, David, que precisamente a donde constantemente queremos volver es a donde fuimos felices. La clave para seguir avanzando creo que está en aceptar que esos momentos nunca más volverán pero que en el futuro podremos crearnos otros que se les parezcan.

Sabes donde encontrarme. Es un lugar tranquilo y lleno de libros, un espacio calmo, a salvo del incesante tráfico, en el que uno puede abandonarse a otras vidas, a otras experiencias. Ya sabes que los libros tienen el don de hacerte ver la vida desde otra perspectiva. No se a tí, pero para mí, cuanto más duro es el momento, más los necesito. Y cuanto más los necesito, más me reconfortan.

Un abrazo.

David P.Montesinos said...

Otro para ti, Alejandro, tu generosidad conmigo es inmensa. Y sí, sé donde encontrarte, y espero que estés allí mucho tiempo porque sospecho que te hace feliz, pese a lo magro que sospecho que es el sueldo. Te deseo a ti y a quien ya sabes un hermoso 2009 y -creo que tiene que ver con lo que dices- te recuerdo cierto aforismo de Montaigne: "hay que vivir para disfrutar de los placeres, pero saber que son transitorios".

Pdta: andas cada día más certero en las intervenciones en el blog de Serna. Gracias por pasarte por el mío de vez en cuando, por cierto.

Anonymous said...

Por un momento me he puesto a contar los años que lleva el instituto actual abierto y me he asustado al pensar que el tiempo habia pasado demasiado deprisa, tánto que en vez de cinco años y medio habían pasado dos más. Y también me ha desconcertado pensar por un momento que ya no seguías en el instituto en el que nos enseñaste, si no a pensar por nosotros mismos, a intentar ver las cosas desde otro punto de vista aunque luego odiasemos a un filósofo determinado...

Cierto lo que dices pero, quieras o no, los profesores dejais una huella en nosotros (los alumnos, entre los que me incluyo), bien sea por una rareza, por un momento gracioso, o por una enseñanza que nos queda grabada en la mente para siempre, aunque solo sea una frase.

Appaloosa... Sin comentarios. La rebautizamos nada más salir del cine.

Patricia.

David P.Montesinos said...

No, no, Patricia, me refería al instituto en el que trabajé en Alicante, tiene una década pero a mí me parece perdido en el más recóndito de los pasados, pura cuestión de experiencia vital. No sé como rebautizasteis a Appaloosa pero yo salí algo doblado por la decepción,pues los actores me parecen magníficos. Un placer verte por aquí.

Alejandro Lillo said...

David, felicidades y salud, que falta nos va ha hacer. Alejandro y Isa

David P.Montesinos said...

Gracias a ambos, démonos un segundo año de amistad.

Alejandro Lillo said...

Joder, sólo me ha faltado poner David con "b". :-)