Saturday, February 28, 2009







HE FRACASADO


He dejado la cafeína y, debo decirlo, me siento como un ex yonqui. Me entran ganas de acudir a una reunión y decir, “me llamo David y tomé varios cafés diarios, algunos muy cargados, durante décadas… Soy la prueba viviente de que es posible dejarlo”. Y los asistentes a la reunión de Cafeinómanos Anónimos me vitorean a rabiar e incluso algunos me besan y abrazan paternalmente. No se deja gratis una droga, ya lo saben ustedes. A la previsible consecuencia de los primeros días, un tenaz dolor de cabeza, se une la sensación de que uno es algo más lento y desmemoriado, como si no encendieran tantas luces en el cerebro como cuando te drogabas… vamos, que soy más tonto, pero o me he acostumbrado a mi estupidez sobrevenida o, como el dolor de cabeza, tan solo fue un efecto fugaz del síndrome de abstinencia.

De los otros vicios he optado, al menos de momento, por no quitarme. Excepto uno, el peor de todos, el delirio por excelencia, la megalomanía…Lo diré de una vez por todas: superada la barrera mágica de los cuarenta, creo que he conseguido por fin, el mayor de los éxitos, el más paradójico, el de reconocer al fin que soy un fracasado. Fue Cioran quien declaró haber llegado a sentir una perplejidad única al comprobar, tras haber dejado una adicción compulsiva al tabaco, que seguía habiendo personas que adoraban a ese cigarrillo que había sido su Dios durante su vida. La condición de ex yonqui de cualquier cosa la imagino exactamente como Cioran: un tipo sentado en el jardín de un sanatorio como el de “La montaña mágica”, de Thomas Mann, observando a la gente, maravillándose de que los jóvenes corran ansiosos en busca de no se sabe qué… Un hombre dañado y con cicatrices en la mirada pero libre al fin de la odiosa obligación de tener qué hacer toda esa serie de cosas que vienen en los manuales sobre cómo ser un triunfador.

Yo me lo he dejado. Ya no quiero ser el tipo con el que soñé ser, no es que me haya resignado a no serlo, es que –permítanme esta pequeña victoria- es que no estoy dispuesto a perderme un solo atardecer más por el estrés de querer “ser alguien”. (¿y qué significa “ser alguien”?, buena pregunta). Una de las cosas que he ido descubriendo es que el talento es la primera palabra que deberíamos borrar de nuestro diccionario del uso cotidiano. No hay peor manera de equivocarse con respecto a uno mismo que creerse “persona de talento”. Los ejemplos son innumerables. Recuerdo el caso de un alumno al que un psicólogo había catalogado como “superdotado”. Sigan mi consejo, no crean nunca a quien les diga de sus hijos que son unos superdotados, salvo que tengan un pene como el de Rocco Sifredi, en cuyo caso podrán acreditar su talento en el cine. (“Pa to hay que valer”, decía mi abuela) Aquel niño fue el mayor de los cretinos que se ha sentado delante de mí en un pupitre, un pobre diablo que jamás hará nada en la vida pero que pudo permitirse el lujo gracias a un astuto comecocos de poder mirar por encima del hombro a los demás. O lean a Landero. Piensen en el Faroni de la imprescindible “Juegos de la edad tardía” o el Tomás Montejo de la reciente “Hoy, Júpiter”. Pobres infortunados con la cabeza llena de delirios que esperan su golpe de suerte, su agente descubridor. Quien como Faroni enloquece es capaz de terminar viendo gigantes donde solo hay molinos e inventarse un mundo delirante donde se cumple su destino de hombre excepcional. Otros muchos pasan el resto de sus días maldiciendo a su mala suerte, la impostura de los enchufados de la literatura o la corrupción de los negocios editoriales que no tienen agallas para promocionar más que a los escritores facilones y consagrados. Qué mala suerte, sí.

No se engañen, un escritor no es Almudena Grandes ni Muñoz Molina, la literatura tiene todo un ejército de infantería de tipos que usted se encuentra diariamente en el metro, empleados de banco, maestros de escuela o simples cesantes que se presentan a todo tipo de juegos florales de no sé qué pueblo de la serranía y no llegan ni a ganar el Premio de la Combatividad, pese a que, por su insistencia, es el que realmente merecerían.

Yo creo estar algo más vacunado que otros contra el fracaso porque, aparte de que empecé a sufrir revolcones académicos a la tierna edad de seis años (siete suspensos con la Señorita Nati ), experimenté el primer sentimiento realmente insoportable de dolor del alma la tarde en que no fui seleccionado para formar parte del equipo del colegio. Sigo creyendo que aquello fue una injusticia y que pusieron a algún que otro enchufado. Claro que eso ya lo había barruntado de alguna forma en cuerpo ajeno una mañana en el aula algún tiempo antes. Entró en clase de la Señorita Nati el director del colegio y nos preguntó qué deseábamos ser de mayores. Molano, un tipo excelente que se sentaba a mi lado, había insistido desde que lo conocíamos en que sería portero de fútbol, todo un gesto heroico ante nuestras fruslerías de “abogado, médico, oficinista…” y similares. Una vez tuvo incluso los cojones de declararlo ante la mismísima Señorita Nati… Pero aquella mañana se arrugó como una pasa. Mientras todos nos sometíamos a la corrección política y contestábamos lo que aquel sátrapa quería oír, le llegó el turno a Molano… Allí estábamos todos expectantes. Nunca olvidaré como bajó la vista antes de contestar, derrotado, y apenas se le escuchó decir: “¿yo?... empleado de banco, como mi padre”

Abandonadas mis esperanzas como profesional del fútbol tomé dos resoluciones. La primera fue no perder la ocasión de asar a patadas en los recreos a todos los que habían seleccionado injustamente en mi lugar. (¿Vengativo? No, no, justiciero más bien). La segunda fue concentrarme en mi futura fulgurante carrera novelística. Pensé en los títulos que irían jalonando mi trayectoria, en los premios, en los escándalos generados por los rumores de llevar una vida de vicio y perversión al estilo de Rimbaud, en mi agria polémica con cierto magnate de la prensa… Como Woody Allen en “Sueños de un seductor”, he tramado mi vida viendo reflejada en el espejo la cara de Bogart quien –mientras se enciende con aire de tipo duro un cigarrillo- me recuerda que a la chica solo te la llevas si le das un bofetón y luego la besas… todo ello con el mismo gesto interpérrito de jugador de póker y sin apagar el cigarrillo ni derramar la copa de whisky.

Pero ya lo ven, tiro más bien a tontito, de manera que he rebajado el nivel de mis expectativas. ¿Y saben?, no me siento peor por ello, eso es lo que más despierta mi curiosidad. Veo la cantidad de horas, de frustraciones, de ejercicios de repugnante reparto de jabón y comidas de culo, de síes y de noes, de “la cosa va mejor”, de toda esa sarta de inútiles patrañas entre las que se va tejiendo el día a día de alguno de mis conocidos con esperanzas de triunfar que me deja la conciencia muy tranquila estar lejos de tales delirios. Todos tenemos –ustedes también- un enano dentro que nos invita a creer que somos seres excepcionales. En realidad lo somos, cada uno de nosotros es único y singular. A ustedes no se lo parece, pero mi experiencia de mirar la Plaza de San Marcos mientras descargaba una tormenta sobre la laguna de Venecia es irrepetible, es solo mía, aunque usted también vaya al mismo lugar y consiga que llueva. Y hay algo todavía más interesante. El chico del aula en que menos se fija nadie guarda entre las cejas tesoros inigualables, el vecino que parece tener la vida más anónima es el que ha vivido las aventuras más excepcionales, los sucesos más irrepetibles... Es solo que no pensamos en ellos, que esas personas tienen la elegante discreción de abandonar el foro del gran teatro del mundo por las puertas laterales, sin hacer ruido, sin pretender absurdamente ser el centro de atención de todos.

Son momentos como aquel de San Marcos los que dirigen hoy todas mis ensoñaciones. Una vieja amiga me contó que entendió de qué iba esto de la vida una tarde, mientras tomaba café en la terraza de un bar ante la playa con su madre. Aquel día, su madre no estaba más pesada que de costumbre y no recordó sus múltiples dolencias ni el error “Rosita, de que no te hayas casado”. Rosa miró al mar mientras acariciaba al perro y pensó que estaba relajada como nunca lo había estado. “Entonces descubrí que ya había abandonado hacía mucho la pretensión de salvar al mundo, que ya no quería dejar huella, que ya ni siquiera me importaba que la gente admirara mis esfuerzos…”

Creo, como Falstaff, que el día en que deje de soñar será el de mi muerte… Pero también creo que no hay bien más preciado –junto al de la libertad- que el de la lucidez. Sentado sobre la terraza del sanatorio con los demás convalecientes del delirio de grandeza descubro que solo tienen auténtico sabor los atardeceres cuando uno escapa a la obsesión de estar destinado a “ser alguien”. Aún resuenan en mi recuerdo los vítores de los aficionados el día en que debuté con la Selección o en que me dieron el Nobel. Pero, la verdad, ahora mismo me conformo con hacer reír de vez en cuando a mis alumnos, que ninguna llamada de teléfono me estropee el atardecer en el balcón, que no se averíen ni la nevera ni la lavadora, que mis padres no enfermen y que ella se quede conmigo también esta noche.

Voy a acabarme la taza de té.

14 comments:

Amanda said...

El "fracaso" del que tú hablas no me parece malo en absoluto, significa simplemente que no tienes la mismas aspiraciones que tiene la gran masa, y que no esperas, ni tienes la intención, de ser lo que los demás creen que podrías ser.
Supongo que todos sabemos ya que el verdadero éxito no lo encontraremos en conseguir los halagos y alabanzas de la gran masa insaciable (que por mucho que hagamos siempre esperará más de nosotros) sino en llevar una vida plena y enriquecedora, y que tengamos lo justo para ser felices, y con algo de suerte tal vez un poco más.
Yo me di cuenta de que quería ser una "fracasada" un día en tercero de ESO cuando decidí la carrera que quería estudiar. Incluso mis padres intentaron insistirme en que estudiara algo que requeriera un poco más... algo como medicina, me decían, que me daría un buen trabajo y donde tal vez pudiera destacar. Empecé a descubrir que mis aspiraciones en la vida no eran descubrir la cura contra el cancer o el sida, sino llevar una vida tranquila y que las parsonas que me importan estén bien y pueda mantenerlas cerca de mi el máximo tiempo posible. No me hace falta ganar un premio nobel, ni salir en una enciclopedia, ni siquiera escribir un libro... con lo que me gusta la literatura... ahora mismo mis únicas aspiraciones son acabar la carrera (que por muy fácil que parezca, no lo es, aunque no sea medicina), conseguir un trabajo el día que acabe de estudiar y poder formar una familia.
Puede que sea una fracasada, pero seré feliz.
Saludos

David P.Montesinos said...

...o al menos lo intentarás, hermoso comentario, gracias por reaparecer de vez en cuando, Amanda.

Paco Fuster said...

No voy a hablar de los fracasos de mi vida. Me ahorro el esfuerzo de recordarlos todos. Hay algunos que casi tengo olvidados; otros -otro, mejor dicho- que dudo poder olvidar algun día.

Lo que sí voy a hacer es recomendaros un película que, supongo ya habreis visto. No pasa nada, la volveis a ver. To le habré visto como unas seis veces. La película es "Pequeña Miss Sunshine", una comedia amarga, ácida e irónica, que es quizá la mejor película que he visto en los últimos cinco años. La película es la historia de una familia de clase media americana. Es la prueba de que el "sueño americano" es muchas veces eso, un sueño. En una escena de la película, el hijo de la família hace un repaso de todos sus miembros: todos, sin excepción, son unos fracasados. Todos tienen proyectos que no terminan de cumplir, sueños que no acaban de cumplirse. Sinceramente me parece un film extraordinario y soberbio, un retrato fiel de la sociedad americana y, por qué no, de nuestra propia sociedad.

Amanda: eso de que los demás te aconsejen determinadas carreras (las que tienen más salida) me suena de algo. De eso y de otras cosas hablé hace unos días en una clase en el instituto de David. Si te sirve de algo, te digo que has hecho bien estudiando lo que te gustaba. Yo lo hice y, aún así, la carrera se me hizo larga, muy larga...

Isabel Zarzuela said...

Desde luego nunca hay que dejar de soñar, David, porque como tú dices, si eso se produce será porque estaremos muertos o sumidos en una profunda depresión. No obstante, y siempre con los pies en la tierra, está bien saber de nuestras posibilidades y de nuestras capacidades, y saber que lamentablemente, las unas y las otras no van cogidas de la mano siempre.

David, haber aprobado una oposición de profesor de filosofía no es moco de pavo (ahí está mi hermana y su pareja estudiando para ello y no lo consiguen); y escribir un libro, de calidad (esto subrayado) y que además te lo publiquen… vamos … Te queda tener un hijo y plantar un árbol :-). Ahora en serio, creo que has conseguido cosas que otros no conseguirán. Cosas que se consiguen con esfuerzo y valía (aunque ya sabemos que otros las consiguen sin ese esfuerzo, vale, pero no valoran lo que tienen). Pero no hay que quedarse ahí, hay que ponerse metas. (Y ahí estoy yo dando consejos, que al mínimo empujón me derrumbo… ja, ja)

Fíjate, yo ayer reclamando tu atención en el blog de nuestro amigo Justo para que nos hablaras del existencialismo y Sartre, y ahí me quedé, esperando. Y tú, mientras tanto, sentado en la terraza del sanatorio…

Un abrazo

Elisabet said...

Un Ex Presidente acuñó”Estamos condenados al éxito”,
Como si tuviéramos la sagrada misión o el nefasto deber, de ser exitosos para encajar en las construcciones, que el otro hace con respecto a nosotros, y que lo lleva a recordarnos, que derrochamos nuestra vida, cuando cejamos en el intento de seguir fracasando en lo que él considera que es “nuestro talento”.

Nunca tuve grandes aspiraciones, y tal vez por eso pensé que había eludido al fracaso.
Pero el día, que no pude convencer a mi padre, de que no se operara, y mientras lo intentaba, usé, todo el arsenal de técnicas argumentativas y conversacionales y no logré nada, me dí cuenta de que no solo lo perdería a él, sino que además se caía el velo de la ilusión, la fascinación por la palabra, la ilusa creencia de que por ella podemos salvar a alguien.
Fracasé, pero comprendí la real dimensión de mi misma: aceptando como pude mis limitaciones y además que “nadie se muere en las vísperas”.

Isabel Zarzuela said...

Pues yo no sé por qué narices tuve que estudiar derecho. Nadie me obligó a hacerlo. El estudio de la carrera me resultó interesante (para nada vocacional), pero su salida profesional...no me gusta nada. Todavía no sé que salida profesional me satisfará. Mientras tanto, seguiré como el padre de Molano :-).

Amigo Paco, me da alegría leerte por aquí. También te eché de menos en el último post de Justo. Sé que últimamente las intervenciones por allí han estado muy alteradas, pero seguro que también tendrías cosas interesantes que contarnos, sobre todo en lo referente al Castor, que sé por Alejandro, que la has estudiado a fondo.

Besos.

David P.Montesinos said...

Hola, Paco, comparto la fascinación por el film al que te refieres. Cuando acabó la película en la sala donde la ví por vez primera prorrumpí en aplausos, unos minutos después de haberme carcajeado sonoramente -raro en mí, que soy discreto en público- durante la famosa escena del baile final en el concurso. Algunos de los asistentes me miraron como si estuviera loco. No sé si se advierte fácilmente la inmensa carga de mala uva que tiene esta tan corrosiva película. Hubo un momento -después de haber pensado que aquella familia era un hatajo de locos- cuando empiezan a darles instrucciones sobre qué hacer con el cadáver, que empecé a darme cuenta de que lo verdaderamente corrompido y absurdo era todo lo que les rodeaba. La médica, el agente literario, los organizadores del repugnante festival de niñas guapas. Cualquiera de los freakys de la película es infinitamente más normal que toda esta trama enloquecida de sociedad americana.

David P.Montesinos said...

Tengo en primer lugar Isabel que agradecerte la amabilidad con la que siempre me tratas, tanto en el blog de Justo como en este. No siempre puedo leer todas las intervenciones de este último, y, concretamente, en los últimos días me ha sido imposible. Normalmente leo las intervenciones de las personas con más enjundia -y debo decir que Alejandro y tú andáis últimamente especialmente prolijos y certeros-. A veces entro, veo que hay un cierto lío, como el último entre Pumby -"Don Pumby", como tú le decías- y otro contertulio y hube de leer toda la historia efectual del problema para empezar a entender de qué iba el tema y por qué la cosa se calentaba. Si hubiera podido leer tu sugerencia a mi intervención -y más siendo tuya- no tengas duda de que habría intervenido. Te pido disculpas en cualquier caso por la omisión.Si te interesa el tema Sartre, en cualquier caso, tengo un amigo filósofo al que considero especialmente versado en el asunto, por si quieres un asesoramiento más especializado en tan influyente autor. Gracias de nuevo por vuestra generosidad. (pdta: me pongo al día de inmediato en el blog de Justo)

David P.Montesinos said...

Hola, de nuevo, Elisabet. Cuando te leo ando todavía impactado por la aparición televisiva de anoche de Mario Conde, quien fue durante la década de los ochenta y parte de la de los noventa la representación más concluyente de la fama, el éxito y el dinero fácil en España. Me viene a la mente por aquella frase de "estamos condenados al éxito".

De tu intervención me siento especialmente cercano en lo que dices sobre la decepción del lenguaje. Experimento últimamente la misma sensación. A veces intento convencer a otras personas aparentemente muy seguras de sí mismas de que quizá su visión de las cosas no es redonda ni perfecta. He fracasado tanto en esto últimamente que creo que la reclusión en el silencio va a terminar siendo una medida terapéutica. No pienses que intento que los demás hagan lo que yo quiera... Lo mío es más modesto, trato de hacerles ver que pueden hacer daño y desencadenar tempestades que, en vez de llevarse a las brujas malas van a terminar por arrasar las cosechas de los inocentes. Parecen tan seguros, parecen tenerlo tan claro, que a veces, cuando me acuesto por la noche pienso: "¿y por qué si ellos lo tienen tan claro y soy yo el que duda, sigo pensando que no me convencen y que lo que proponen me resulta irrespirable? He fracasado, sí.

Paco Fuster said...

Amigo Montesinos, en el texto hablas de Cioran y ahora hablas de Mario Conde (también vi ayer la entrevista). En el debate posterior (esos debates tan agradables que nos ofrece "La noria" con M.A. Iglesias dando gritos para que no nos durmamos) un contertulio reprodujo una cita de Cioran citada, precisamente en el blog de Mario Conde (vaya conexión más extraña, ¿no?). La cita, ciertamente, es de la que invitan a reflexionar:

"Decía Cioran que la historia es la negación de la utopía, y que cuando contemplas el surco del hombre sobre la historia, sientes la tentacion de dimitir de la condición de humano"

(Fuente: Blog de Mario Conde)

Amiga Isabel, también a mi me alegra leerte por aquí. ¿Intervenciones alteradas en el blog de Justo? Es verdad que las hubo, pero no por mi parte. Para lo poco que yo dije (en verdad, creo que no dije nada) se me reprocharon bastantes cosas y una persona me faltó al respeto (cosa que yo he hecho nunca allí), como tú bien sabes. De todas formas, eso ya está zanjado.

Pronto vuelvo a intervenir en el blog, aunque ya advierto que me he metido (y me meteré) en una serie de proyectos (jaleos, iba a decir) que se suman a los trabajos (ahora llevo cuatro en marcha) del Master que tengo que hacer y que me quitarán mucho tiempo. Aunque no intervenga o no intervenga mucho, os leo a diario.

Elisabet said...

Lo importante es quizás estar en la palabra pero no enredarse en ella, ni pensar que tiene el poder de levantar a Lázaro.
Pero las palabras no tienen la culpa, son mero instrumento de nuestro pensamiento, la cuestión es acertar con la oportuna, en el momento justo, y solo en esa circunstancia es potente.
Creo que a veces, lo que nos pasa con ellas es que, cuando aconsejamos y no somos escuchados siquiera, nos sobreviene la impotencia.
Ahora, luego de muchos años de pensar en el hecho que me hiciste recordar, creo que existen imponderables, que solo el que los está atravesando, puede y/o debe resolver.
Y por lo que decís ,creo que a veces también muchos prefieren la vía recta y las digestiones rápidas ,y están en su derecho .En esos casos el silencio cobra un peso increíble y se ajusta perfectamente a la situación .Los blancos comunicativos(callarse),ayudan paradójicamente a reinstaurar el buen ritmo de la conversación ,considerando a ésta como un segmento, en que los participantes se comunican y escuchan mutuamente y reflexionan.Así que, si tenés ganas de guardar silencio ,hacelo...pero creo que no fracasas ni fracasastes,tal vez es el otro en definitiva el que se está perdiendo la posibilidad de ampliar la mirada.


La frase:
Fue dicha por el ex Presidente Eduardo Duhalde ,que llegó al “éxito “político porque alcanzó el escalafón máximo, y, va a pasar a la historia, no por sus obras, sino por ésta “reflexión”,un tanto obscurita,inexplicable,paradojal,desesperada,pero que logró, el efecto contrario : enardeció al pueblo dos segundos antes de dejar el mando, para que comience el tiempo “K”

Anonymous said...

¿Cioran y Landero? David P. Montesinos, yo también dejé el café y me pasé al té. Rojo, etcétera. Me congratulo de tenerlo conmigo. No se lamente como un ex...

Volveré.

Justo Serna

David P.Montesinos said...

Y yo de que usted me tenga, caballero.Sospecho que mañana nos veremos en la Casa del Libro

imperfecto said...

Espero que no sea imprescindible dejar la cafeina para congraciarme con mis fracasos. Y es que ese brebaje amargo me recuerda cada mañana que no siempre el negro tiene porque ser la representación sensorial de la frustración que provoca la expectativa truncada. Y es que hay que ser muy lerdo, o un genio, para proyectar nuestras presuntas aptitudes al futuro y pretender ir de la mano con ellas hasta el éxito...

cre que eres un genio, David, seguirías tomando café, si no, consuela pensar que también vosotros compartís breves desalientos con los que vivimos sumergidos constantemente en ellos, los lerdos cafeinomanos...

un abrazo, amigo.