
Vuelvo a ver Una historia de violencia, de David Cronenberg. La veo con mis alumnos, creo que les ha cautivado el relato, pero no estoy seguro de que entiendan por qué estoy tan interesado en que la vean. Tom Stalls es un tranquilo barman en una pequeña localidad del Medio Oeste por la que ha sido amistosamente acogido. Al iniciar la película hace el amor con su esposa en medio de una pequeña fantasía erótica: ella ha recuperado su traje de animadora del Instituto del pueblo. Este inocente juego de rol adquirirá después un valor siniestro. Una noche, unos desalmados entran en el bar y se disponen a asesinar a la camarera. La reacción de Tom es inimaginablemente feroz y eficaz: los dos maleantes resultan muertos y Tom Stalls es aclamado como un local hero. En contra de sus deseos se convierte en protagonista mediático durante unos días. De inmediato empiezan a merodear su casa un grupo de mafiosos que dicen conocerle, identificándolo como Joey Cusack, un asesino de Filadelfia que había desaparecido repentinamente unos años antes. La insistencia de los gangsters en reclamar el regreso del supuesto Joey a Filadelfia desestabiliza a la familia Stalls. Pese a que Tom rechaza reiteradamente cualquier vínculo con estos individuos, su esposa empieza a dudar, sobretodo la mañana en que Tom hace frente a los mafiosos en su pequeña granja y los fríe a tiros con ayuda de su hijo.
No destriparé lo demás, vean el film, es un buen consejo. Pero no puedo dejar de referirme a esos momentos, los de mayor carga dramática del relato, en el que la esposa de Stalls tiene que afrontar la perspectiva de que el hombre de su vida, al que cree conocer perfectamente, no es quien dice ser. Y ese otro cuya sombra terrorífica emerge oscuramente tras el pacífico pueblerino no es cualquier otro, es el peor y el más sádico de los criminales.

No sé si recuerdan aquel bellísimo film, El hombre de Alcatraz. El prisionero de la isla está condenado a cadena perpetua, de lo que inferimos que ha cometido el peor de los crímenes, pero de éste nada iremos sabiendo a lo largo de la narración. Un día un gorrión se posa en el ventanuco de su celda, le da de comer y lo cuida, después tendrá más gorriones, y terminará convirtiéndose en una eminencia en ornitología, descubriendo fármacos preciosos para curar enfermedades. Sigue siendo un preso y envejecerá en la prisión, pero hay un momento en que sólo deseamos su libertad, pues entendemos que el hombre de Alcatraz ya no es el enloquecido criminal que un día fue a dar con sus huesos en la cárcel. En el anciano que cuida amorosamente de los pájaros ya no queda nada de aquel malvado.

No se pierdan la última escena del film de Cronenberg, que por cierto, y pese a lo que da a entender astutamente su título, no es una historia de violencia, es más bien la tragedia de un hombre enfrentado al desgarramiento de su propia conciencia, el único tribunal insobornable en cuya justicia debemos confiar. Y no se pierdan, por favor, la escena final. Esos rostros de Viggo Mortensen y Maria Bello, acompañados en la mesa por sus hijos durante una oscura cena... La idea de "familia" que nos deparaban los Stalls al inicio del film ya no tiene nada que ver con lo que ahora encontramos, y sin embargo, esa unidad espiritual que sobrevive a todas las adversidades imaginables tiene más valor del que tuvo nunca. Fíjense en ese final: el silencio se corta en medio del dolor de esa mirada mutua.

El perdón, el arrepentimiento, la culpa, la incapacidad para objetivar la intención ética... son conceptos con un recorrido demasiado largo en la historia de las civilizaciones como para dejar que se sigan apropiando de ellos los hipócritas y los fanáticos.
2 comments:
Ojalá, David, los idiotas y los fanáticos hicieran uso del perdón y del arrepentimiento; quizás así empezarían a dejar de serlo. Por otra parte, te felicito por las reformas en la Cueva. Los présbitas, en particular, nos sentimos sumamente agradecidos.
Me sumo al desideratum, aunque desconocía lo de tu presbicia. Entiendo que es una afección real y no metafórica.
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