Saturday, August 04, 2012







ORSON WEST, DE FRAN RUVIRA


Asisto con una emoción que me cuesta disimular al estreno de Orson west. Estamos en el auditorio de El Pinós (Les Valls del Vinalopó, Alicante), pueblo natal del director, el joven Fran Ruvira.

Comparecen junto a él algunos de los protagonistas, entre ellos Sonia Almarcha, actriz nacida en la localidad y a la que recordamos por su difícil interpretación en La soledad, de Jaime Rosales, uno de los mejores films que se han rodado en este país en muchos años. 
El acto tiene algo que recuerda a la comedia de costumbres: el hecho de que los exteriores del film correspondan enteramente al territorio local, y que entre los actores de reparto y los extras aparezcan personas muy conocidas en el lugar, hace que la gente se complazca con la emoción del reconocimiento, como si por primera vez algo tan usualmente lejano e inalcanzable como el cine hablara de ellos y de los lugares donde nacieron. Esto vale incluso para un tiempo como el actual, en que cualquiera recoge imágenes con su móvil, pero producir y estrenar en las salas una verdadera película es acaso más difícil de lo que ha sido nunca. Me consta que éste es el caso de Orson west: ha costado muchísimo hacerla y, sobre todo, lanzarla a las salas, y sospecho que sólo la épica tenacidad de su autor lo ha hecho posible.


Los profesores sucumbimos a menudo al mismo vicio de soberbia que los padres: cuando quien ha sido nuestro alumno durante mucho tiempo y desde niño hace algo que nos parece hermoso, sentimos un orgullo que acaso no merecemos. Fran Ruvira es una esponja, ha aprendido muchísimo de sus maestros en las escuelas de cine en las que ha estado, cosa que se advierte bien a las claras en su film, pero lo esencial -unas finísimas dotes de observador y una voluntad de hierro- lo llevaba dentro desde siempre, y quienes le hemos visto crecer lo sabemos mejor que nadie. 

En algún momento del film aparece un libro de Montaigne. No es gratuito, a este pensador francés se le atribuye la invención del ensayo en la literatura moderna. Si en un tratado se cierra la exposición de un tema dando cuenta de éste en su supuesta totalidad, lo que encontramos en el ensayo es más bien un juego de  aperturas, interrogantes que se nos lanzan sin ser necesariamente contestados, caminos cuyo inicio se nos muestra pero de cuyo final nada sabemos... El ensayo es una tentativa, y se nos invita a ser completada con nuestra lectura del texto, no hay posibilidad de ser pasivos espectadores ante él, si no entramos en diálogo con el autor no hemos entendido nada. 


Orson west es la historia de una tentativa llamada The survivors, una tentativa que quedó abortada y que, con el peso del tiempo y las tormentas de polvo sobre las que parece quedar enterrada en los páramos fronterizos donde se ideó, llega a adquirir tintes de leyenda. Hace medio siglo, un cíclope, Orson Welles, pensó en rodar un western en España. De los muchos itinerarios que recorrió buscando localizaciones para Campanadas a medianoche y Don Quijote, uno de ellos fue esa árida y misteriosa tierra fronteriza entre Alicante y Murcia que, cuando uno la descubre, le hace pensar de inmediato en el hechizo del western clásico. Podría entenderse que Ruvira ha intentado hacer una película "de tesis", es decir, demostrar en un film a medio camino entre la ficción y el documental que aquello sí ocurrió, que Welles llegó a tomar imágenes de aquellos parajes y que albergó el firme propósito de rodar un largometraje en aquellos territorios. Si el Quijote quedó inconcluso, ésta, simplemente, no llegó ni a ser comenzada. 

Y, sin embargo, aquello existió, existió al menos al modo de tentativa, y existe sobre todo como pretexto -los expertos lo llaman macguffin- para guiar el principal de los distintos planos narrativos en los que se fractura la película. A partir de aquí, lo que encontramos es un cruce de caminos cuyo denominador común es la incapacidad para deslindar en el alma humana los territorios de la realidad y los de la ficción. El paisaje se convierte en símbolo, las ausencias y los regresos obtienen la condición de recorrido espiritual, la historia se hace leyenda... 

Todo es verdad y todo es ficcional. Diríase que la caravana de producción que se divisa desde las colinas del Carche rumbo al centro de rodaje corresponde a una de aquellas caravanas que atravesaban los desiertos para conquistar el Oeste... Diríase que los relatos sobre bandoleros de la zona de un anciano a los niños capturan alguno de los motivos cinematográficos más recurrentes en la mitología de la frontera... O esa imagen magistral de una procesión que nos hipnotiza por las mismas razones por las que el atavismo de lo ibérico hizo de Welles decidiera quedarse entre nosotros... O el cartel promocional de la película, que recoge el eco de aquella historia terrible sobre el trauma del abandono de la infancia que es Mystic River. 


Pero si hay algo que me hace de verdad sentirme cerca de la mirada de Fran Ruvira son esos momentos en los que la cámara se demora entre las ruinas del interior de una casa donde, con él, adivinamos el largo tiempo de esfuerzos e ilusiones que acabaron por sucumbir a las tempestades, la amargura de la soledad y el empuje de la modernidad. Orson West se nos revela entonces como lo que es: una historia de fantasmas, el homenaje del cronista al trabajo gigantesco que durante generaciones realizaron sus ancestros para civilizar una tierra indómita y agreste. Como en El hombre que mató a Liberty Valance, entre la realidad y la leyenda elegimos la leyenda; como en cualquier western de John Ford nos vemos obligados a deambular entre los muertos preguntándonos qué nos queda del pasado. No es un ejercicio de nostalgia sino una propuesta de reflexión. La casa vacía y expuesta a los vientos y a las bestias es el símbolo de un mundo de valientes a los que estúpidamente preferimos olvidar. La tenacidad con la que Fran Ruvira ha sacado adelante este Orson West es la misma con la que nos reclama un ejercicio tan primitivo como es el de honrar a quienes nos precedieron.

Esta advertencia y la conclusión de que solo dominamos el territorio de nuestros sueños me hacen abandonar la sala con la esperanza de que Orson West sea el inicio de una fecunda carrera cinematográfica.

(Nos vemos en septiembre)



Friday, July 27, 2012






EL SHOCK



Algo va mal, así tituló Tony Judt su ensayo póstumo, en el cual expuso con meridiana claridad las claves de la tempestad que se nos ha echado encima y que amenaza seriamente con enviarnos al fondo del océano. Judt no dice nada que no sepamos o intuyamos quienes hemos mantenido la mirada un poquito atenta a la evolución de las finanzas globales y, muy en especial, a la de las europeas. 

El supuesto regreso del viejo liberalismo durante los años de Thatcher y Reagan, que encubre el entreguismo de los gobiernos a las tiburones del mercado financiero, ha dejado a las naciones europeas desprovistas de lo único por lo que un Estado tiene sentido, la iniciativa política, lo cual ha generado la actual sensación generalizada de que los ciudadanos hemos quedado abandonados a nuestra suerte ante la inagotable voracidad del capital, expuestos sin remedio a la liquidación de las garantías del bienestar, al paro, al trabajo precario, a la descapitalización de las pensiones. Lo que va mal es un sistema de capitalismo sin contrapesos, con una economía productiva deteriorada, sobrevolada por un sector financiero hipertrofiado en el que todo parece devenir sin control, como si nuestros destinos hubieran pasado a ser gobernados por la pura irracionalidad de un hatajo de irresponsables entregados a un pillaje al que la debilidad de las instituciones deja en situación impune.




A medida que el conjunto de la ciudadanía del sur de Europa va comprobando cómo sus condiciones de vida van empeorando a una velocidad más propia de los tiempos de las grandes guerras -acaso estemos en una, pero no nos hayamos dado cuenta-, hace menos falta ser un indignado, un antisistema o siquiera un socialdemócrata como Judt para darse cuenta de que son las oligarquías las que han roto el pacto que garantizó durante más de medio siglo la paz social en Occidente, esto ahora lo presiente -escúchenle- hasta el célebre taxista que pone la radio de los obispos. 

 A partir de aquí, y en la medida en que las cosas sólo parece que puedan empeorar, esperar que la conflictividad social siga manifestándose de forma civilizada -como se vio en el 15M- es cosa de ilusos. Tan ilusos como el gobierno conservador español, que parece creer que incrementando la dureza de la acción policial -hasta unos límites que en algunas situaciones, hasta hoy por fortuna esporádicas, han recordado a la noche oscura del franquismo- va a acabar con la conflictividad social. Con tales amenazas, es posible que despierten inquietud en gente como yo, que ni con policías ni sin ellos tengo intención de quemar contenedores; por contra, en quienes sí pueden llevar a tan inadecuados extremos su indignación, a esos es posible que la represión desmedida sólo les anime a más vandalismo. El día que los jóvenes con quienes trato cotidianamente descubran bien a las claras que el futuro que se les está preparando no tiene nada que ver con las promesas de la prosperidad en las que han crecido, es posible que mi voz suene mucho más leve y menos convincente cuando, como ya me sucedió el año pasado al hilo de la carga policial contra los manifestantes del IES Lluís Vives, les recuerde que la única vía para resolver problemas es la pacífica, y que en nuestra sociedad sigue habiendo muchas cosas que merece la pena proteger. 

"No merecemos esto". He escuchado ya alguna vez esta frase en las últimas semanas. La prima de riesgo española está al nivel de la de Tanganica, lo cual, teniendo en cuenta que a lo mejor no somos Alemania pero que, demonio, tampoco somos Tanganica, arrastra un eco de humillación internacional que a uno le crispa a poco que lo piensa. Claro que, después, oye uno al supuestamente ultraliberal ministro Montoro decir que "los mercados se están portando de forma irracional" y le da la risa, pues, que yo sepa, eso a lo que llaman los mercados no ha tenido nunca otro designio que poner la pasta donde  se intuye crecimiento de activos y levantarla a escape de allá donde peligra o amenaza tormenta. Yo le aconsejaría a Montoro que revisara sus presupuestos ideológicos y se hiciera leninista, pues sólo entonces podría obligar a los mercados a regresar al camino de la razón.


Sin obviar la desorientación del Gobierno español, que transmite una  impotencia angustiosa, nos invade la intuición de que esta catástrofe nos ha venido impuesta desde fuera. Algo así como que en Alemania han decidido que para que ellos sigan siendo ricos los del sur hemos de volver a ser pobres, o que para las grandes corporaciones hemos dejado de ser rentables y han decidido exterminarnos... no lo sé, porque por más que leo no acabo de entender los mecanismos profundos de la economía.


Sin duda hemos hecho muchas cosas mal, empezando por la imprudencia de creer que ciertas cosas a nosotros no podían pasarnos, que los corralitos son cosa de los argentinos, los cuales pasan los días riéndole las gracias a la señora Kirchner y a Maradona; o de los asiáticos, que por lo visto trabajan como esclavos porque no saben hacer otra cosa. Pero de eso y de sentirnos como la California del Mediterráneo a pensar que somos el epicentro de la vagancia y la ineficiencia mundial y que por tanto aún nos pasa poco, qué quieren que les diga, yo creo que va un abismo. 



En los últimos días pienso mucho en algunos temas habituales en el discurso de cualquier profesional de la Psicología. Por ejemplo en el shock y en la depresión. La doctrina del shock, como explicó Naomi Klein, se basa en un principio de psicología social muy simple y demoledoramente eficaz cuando se aplica con astucia: ciertos acontecimientos como una guerra, una catástrofe natural, un virus o una cadena de atentados terroristas desencadenan un estado de ánimo entre las masas que allana el camino a reformas, las cuales, en situaciones de razonable bienestar, serían impopulares, pero que, con el miedo generalizado, consiguen presentarse como necesarias e incluso inevitables. No hay más que ver un telediario o acudir a la portada de cualquier periódico para que resulte casi imposible no sucumbir a ese estado de miedo permanente en que quedamos paralizados y a merced de oligarquías que, a partir de ahí, son pueden poner en suspenso la democracia sin grandes resistencias. 

En cuanto a la depresión, es otra forma de parálisis que corresponde a una estación más avanzada que el miedo. Perdidos ya ciertos derechos y las certezas que nos permitían esperar un día mejor, nos convertimos en zombis entristecidos y pasivos, pues los políticos han conseguido transmitirnos el virus de la impotencia. "No podemos hacer otra cosa", "esto nos lo han impuesto desde fuera", "no hay otro remedio"... El actual presidente del gobierno está construyendo su liderazgo como estadista desde estas premisas, ante lo cual le asalta a uno la duda de si el señor Rajoy se pregunta por las noches por qué tenía tanta ilusión en llegar a la Moncloa y, aún más, si le ve todavía algún sentido a aquello de la vocación política. 

Estamos en medio de una guerra cuyos contornos van definiéndose diariamente ante nuestros ojos, y, como en toda guerra, hay una batalla psicológica que debemos saber afrontar. No podemos no tener miedo, pero vivir paralizados por él y reducidos a la consiguiente impotencia, eso es lo que el enemigo más desea encontrar en nosotros.  




Saturday, July 21, 2012






RESCÁTENME


Las horas en que saltó a los teletipos la noticia de que la Comunitat Valenciana había pedido el rescate al Gobierno central pasaron unas cuantas cosas en mi vida, por ejemplo que vi Las nieves del Kilimanjaro, de Guediguian. Un trabajador de los astilleros de Marsella y veterano sindicalista extrae a suertes los nombres de los compañeros que van a ser despedidos como consecuencia de la exigencia de la empresa de reducir personal. Él puede quedarse fuera, pero decide incluir motu proprio su nombre entre los infortunados, con la consiguiente indignación de su mejor amigo, Raoul, quien no entiende el sentido de tal sacrificio. En cualquier caso Michel aborda su condición de prejubilado junto a su esposa, Marie Claire, en una situación económica bastante desahogada. Una noche en que cenan con Raoul y su esposa son asaltados, golpeados y robados en su casa. Michel no tardará en descubrir que uno de los agresores es el joven Christophe, uno de los empleados cuyo nombre ha aparecido para ser despedido de la empresa de astilleros.


Todo la peripecia posterior se desenvuelve con el trasfondo de un dilema moral, dicho sea en el sentido más clásico y socrático de la expresión. ¿Podemos conformarnos con odiar a quienes directamente nos dañan? ¿Es admisible la venganza? Cuando nos toca vivir en nuestras carnes el dolor y la humillación, ¿tenemos entonces derecho a actuar con la brutalidad que desde la comodidad de nuestro sofá reprochamos a la policía o al fascismo? Pero hay preguntas mucho menos abstractas y que nos apelan de manera aún más directa: cuando uno forma parte de las clases media europeas, esas que fueron forjándose con el Estado del Bienestar, ¿le basta con disfrutar de su café en el balcón bajo el supuesto de que tiene lo que se ha ganado a lo largo de su vida? ¿Qué pasa con las nuevas generaciones que van entrando a sustituirte cuando te prejubilan con una indemnización envidiable? Su inseguridad, su angustiosa precariedad, la falta de colchones de protección que los anteriores disfrutan y que a ellos les ha robado el neoliberalismo  y la globalización, ¿nos conformamos con echarle la culpa de todo a los especuladores, los políticos corruptos y los banqueros? Este film trata sobre la necesidad moral de ser consecuente con todo aquel mapa de valores con el que forjamos lo que siempre creímos que era una vida digna. Y esa consecuencia no se agota con la vejez: es preciso seguir actuando en favor de la justicia, incluso cuando ya ni nuestros propios amigos ni, lo que es peor, nuestros hijos, nos entienden.


Pues bien, esa misma noche, mientras reflexiono sobre lo que acabo de ver, un poco con el mismo ceño fruncido que Michel en su balcón de Marsella, escucho unos gritos que vienen de la calle. Un agente de la policía, pistola en mano, detiene tras una persecución a un hombre con acento extranjero que, por lo visto, acaba de intentar reventar el cajero de un banco. Recuerdo que sólo unas horas antes, tras escuchar lo de que la Comunitat Valenciana ha pedido el rescate, he terminado de asumir que este asunto de la crisis no tiene solución, no al menos de la manera que hasta hace unos meses pensábamos.  Aunque se diga dentro de unos años que hemos vuelto a crecer, ya habremos perdido para siempre algunas prerrogativas del bienestar y la prosperidad. 


Es un poco como en los incendios de las últimas semanas. Intuimos en medio de la debacle infernal que en amplios territorios antes arbolados donde se escuchaba a los pájaros ahora ya sólo habrá desierto, seguramente para siempre. Como en la conmovedora novela de McCarthy, La carretera, habremos de acostumbrarnos a deambular con el olor permanente de las cenizas, las cuales serán el recuerdo de algo que tuvimos y que acaso no supimos proteger.





Se me ocurre, mientras el ladrón es conducido a comisaría y el incidente callejero concluye, que si hemos de ser pobres, al menos que no nos pase como en esos países donde la delincuencia organizada o desorganizada se enseñorea de las calles y tomarse una cerveza en una terraza es un acto temerario. Pienso en que se puede tolerar el fin de la prosperidad si su resultado no son unas ciudades atravesadas por la violencia, los sicarios, las mafias, la brutalidad policial o, en definitiva, la ley del más fuerte que rige en tantas y tantas sociedades de lo que llamábamos el Tercer Mundo.


Por lo demás, creo que debemos asumir sin histerias la cruda realidad: vamos a volver a ser pobres o, por lo menos, vamos a ver escaparse para siempre el imaginario de que íbamos a ser ricos, en el cual se ha ido hinchando la célebre burbuja en medio de la cual hemos vivido. Pueden repetirnos una y otra vez aquello de "nosotros no somos Grecia", ni, seguramente, tampoco somos rumanos, pero Frau Merkel, los bancos alemanes, el FMI o el sumsum corda ya han decidido que la preservación del bienestar de algunos países y, sobre todo, de las grandes fortunas europeas, supone que los pueblos del sur de Europa van a tener que despedirse de su sueño de nuevos ricos. A partir de aquí, la evidencia de que los ajustes del Gobierno español nos van a conducir al mismo destino que los no ajustes, es decir, a la estrangulación de la actividad económica y, por tanto, a la quiebra económica, se impone con una claridad que no hace falta ser asiduo de las páginas salmón de El País para entenderlo. Basta ver el vaivén de declaraciones de los agregados a Presidencia o la cara que pone el propio Rajoy en sus escasas apariciones para darse cuenta de que sólo saldremos de esta ratonera irreversiblemente dañados. Llámenme cenizo, pero prefiero no perder la lucidez que pasarme el día mirando los telediarios y escuchando cómo me dicen que sube aún más la prima de riesgo, esa de la que nunca antes nos habíamos preocupado.


Y no, desde luego que yo no tengo la culpa. No soy un santo, pero, desde luego, tampoco un especulador ni un despilfarrador. Que esta crisis tiene culpables a los que podemos identificar es algo de lo que no me cabe la menor duda. Peguen una mirada al ejército de quienes han gobernado, por ejemplo, el País Valenciano en los últimos quince años, y encontrarán el paisaje de la ineptitud, la soberbia, la inmoralidad y la irresponsabilidad. Da terror cuando uno piensa que seguimos estando en manos de esta gente a los que uno mira con la misma cara que a algunos personajes de Los Simpsons o de las películas de Berlanga: sería para morirse de la risa de no ser porque es para llorar.


Ahora bien, debemos atender a lo que dice Michel hacia el final de Las nieves: "Sí, los culpables siempre son los otros...". Algún día habré de decir a mi hija la verdad: el mundo, querida, está lleno de hijos de puta. Es una de las conclusiones que ya no habrán de abandonarme mientras viva, pero, cuidado, no es la única verdad, no es la estación terminal en la que desemboca el tren de cualquier ilusión de un mundo más digno y habitable. No podemos conformarnos con identificar a los culpables. Hay millones de españoles que han vivido tres lustros convencidos de que el dinero era fácil y que la decencia de la que nos hablaron nuestros padres podía ser confortablemente disuelta en el valor de los pisos o las acciones del Forum Filatélico que la gente compraba para luego venderlas por el triple de su valor.




Quizá, después de todo, haya alguna oportunidad en esta debacle; quizá tengamos que recordar que la cooperación, la solidaridad o la deliberación pacífica son las únicas armas de las que dispondremos para defendernos de los tiburones. Porque dinero... de eso creo que ya no tendremos mucho. 







Wednesday, July 11, 2012


 

MAD MEN. A PROPÓSITO DE LA QUINTA TEMPORADA.

El director de la revista Ojos de papel me ha hecho el honor de publicarme un pequeño estudio al hilo de la quinta y hasta ahora última temporada de la serie Mad Men. Lo he dicho varias veces, jamás he visto un trabajo de teleficción tan redondo, complejo y seductor como éste, e incluyo joyas como Los Soprano o The wire. La edición de este mes, entre otras muchas cosas, contiene una entrevista de Alejandro Lillo a Justo Serna, que acaba de publicar su último ensayo, sobre el que os remito a su blog. Respecto a mi artículo, aquí tenéis el enlace:
http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=4470

Friday, June 29, 2012



TREINTA AÑOS
CON BLADE RUNNER



¿Por qué nos gustó tanto Blade runner? ¿Por qué caló tan hondo en el imaginario con el que nos hicimos adultos todos aquellos baby boomers nacidos en la segunda mitad de los sesenta? No soy capaz, pensando en su autor, Ridley Scott, sin recurrir a esa otra joya llamada Alien, el octavo pasajero. Curiosamente, de la mente de este caballero han salido dos de las heroínas del feminismo tardío, Rachel, la replicante de la que se enamora Deckard, y Ripley, aquella teniente valerosa y un poco bestia que sostiene hasta el final la terrible batalla con el bichejo mortífero que se les ha infiltrado en la nave Nostromo. Lo sorprendente es que el citado autor se haya dedicado después a trabajos francamente medianejos, a veces contando con presupuestos estratosféricos, sin olvidarnos de algunos productos particularmente fraudulentos, incluso con algún toque fascista. Sea como sea, en Blade runner se encontró con las cima de su talento, quizá incluso saltó por encima de sus propios límites, eso es lo único que importa.

Cierto crítico de cine, el estrafalario Carlos Pumares,  caracterizado por desentenderse de cualquier película que no sea americana y tenga como mínimo medio siglo de antigüedad, decía detestar Blade runner precisamente por lo a menudo que la gente de mi quinta le preguntaba por ella. Yo creo que dijo tantas veces lo poco que le gustaba Blade runner como lo mucho que le enamoraba Casablanca. El problema de aquellos preguntadores, coetáneos míos la mayoría, es que pinchaban en hueso, preguntaban al experto inadecuado: el universo estético y moral dentro del cual se formó la generación de nuestros padres daba para entender Casablanca, pero requería un giro demasiado brusco para entender Blade runner. Y ello a pesar de que, pese a que muchos de sus planteamientos -sobre todo visuales- eran en aquel tiempo novedosos y sorprendentes, las claves esenciales de la narración se encuadran confortablemente en la tradición de la novela de detectives, incluyendo el trasunto amoroso que se va haciendo más y más poderoso a medida que las pesquisas del protagonista se encaminan hacia el desenlace.


Será seguramente pretencioso decir que Blade runner fue la primera película posmoderna, pero sí puedo aseverar que a nosotros nos lo pareció. Da igual que Wim Wenders, Alan Rudolph o Jim Jarmusch no hicieran ciencia-ficción, empezamos a entender su lenguaje cuando ya habíamos decodificado el relato de Ridley Scott. Pensamos la modernidad en muchos sentidos, pero, en tanto que proyecto de organización racional de una sociedad de multitudes, lo que supone es la capacidad para nombrar y enumerar singularidades, haciéndolas formar parte de tipologías preestablecidas y perfectamente identificadas y cifradas. La catástrofe de este modelo es como el descarrilamiento de un enorme tren de alta velocidad, tras él quedan restos que reconocemos como partes de un sistema dentro del cual tenían función y sentido. Cuando el sistema deja de saber hacia dónde se dirige, las personas quedan desorientadas y el entorno se llena de kippel, es decir, utensilios que ya no tienen función y que se acumulan absurdamente, una vez el sistema ya es incapaz de deshacerse de ellos. Si modernidad significa capacidad para controlar la entropía, posmodernidad es el momento en que se produce más entropía de la que se puede ordenar, estamos en un ciclo distinto y que es producto del sistema, pero que no estaba en su hoja de ruta.

Ahora empezamos a saber qué era aquello del "fin de la historia". La civilización es incapaz de dar muerte y reciclar lo que ha ido produciendo, las clasificaciones que nos permiten habérnoslas con nuestro pasado han saltado por los aires, no disponemos ya de criterios de ordenación. No es que hayamos perdido la memoria, es que ya no sabemos qué uso darle, ya no somos capaces de reconocer los trazos de nuestra experiencia en la mirada histórica. Intuimos un pasado en Rick Deckard, exactamente igual que en el Rick de Casablanca, pero en el papel interpretado por Harrison Ford el personaje no es capaz de reconocerse en ese pasado, no hay una ausencia, un dolor y una traición ajena en la que identificarse como figura dramática, en Deckard ya sólo hallamos los pecios de un naufragio personal, unos pecios en los que apenas reconocemos las huellas de una biografía entrecortada y sin sentido.

Éste parece ser el destino de toda la especie en el 2019, año en que la novela original de Phillip K.Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) sitúa la acción: una civilización que ha olvidado su proyecto, una identidad colectiva que ya no es identidad, pues no hay manera de reconocerse en ella. Todo es incertidumbre bajo la ininterrumpida lluvia que cae sobre la ciudad mientras la imagen de una joven asiática en una enorme pantalla nos dice -sin que nadie la escuche ni la mire- que bebamos cocacola. Nada queda de aquel futuro límpido y aséptico con el que nos ilusionaban los autores de ciencia-ficción que creían en la felicidad futura de una sociedad científica y libre, o nos amenazaban los especialistas en distopías, empezando por Orwell o Huxley. No es el orden de una sociedad perfectamente matematizada y vigilada, expurgada del dolor y el conflicto, lo que nos muestra la máquina del tiempo: es el reino de la entropía, la incapacidad de las sociedades para controlar las ciclópeas fuerzas que ella misma ha puesto en funcionamiento. Nunca como ahora se revela que el triunfo final de la Razón en la Historia, como nos hizo creer Hegel, es en realidad un aborto colosal.

¿Y los replicantes? En un mundo donde las claves suministradoras de identidad se han vuelto inoperantes, saber si el vecino es un humano o su copia -suponiendo que yo sepa lo que soy- puede convertirse en la paranoia de los tiempos. Deckard, cazador de recompensas, es contratado por la Tyrrell -fabricante de androides que replican con precisión a los humanos- para que "retire" a un grupo de replicantes que se han rebelado y lanzado a cometer robos y asesinatos. La sangrienta búsqueda de Deckard irá convergiendo hasta encontrarse con la que, a la inversa, lleva Roy, el líder del grupo rebelde. Roy terminará por encontrar a su creador en la Tyrrell. Lo que pretende es escandoloso: quiere vivir, ha decidido no resignarse a la fecha de caducidad indicada por el programa, quiere más tiempo. Así se lo pide al ingeniero, pero la contestación del ingeniero es la sentencia definitiva de muerte para Roy:

-"Eres magnífico, Roy, pero no puedo hacer nada para que vivas más. Disfruta del tiempo que te queda"


 Y Roy, tras besarle en medio del llanto del hijo traicionado, comete el crimen edípico por excelencia: mata al Padre.

No podemos olvidar la escena final del film. Roy salva extrañamente la vida de Deckard, el hombre que viene a destruirle. Ese último acto de piedad revela su condición humana. Roy no es una máquina. En todo caso, es una máquina fallida, no estaba previsto que se negara a aceptar el programa. Su alocución final, una de las más estremecedoras de la historia del cine, nos muestran el camino de la recuperación de la memoria como única clave posible para la construcción de una identidad individual y colectiva... curiosamente, es una máquina quien ha de enseñárnoslo: "He visto cosas que no imagináis, naves ardiendo más allá de Orión... Todos esos recuerdos se perderán, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir"

Somos nuestra experiencia, o mejor, el recuerdo de todo lo que hemos hecho, lo que hemos leído, los héroes que se han enseñoreado de nuestros sueños, los cantos de sirena a los que hemos atendido, las fortalezas que hemos construido para proteger las vidas de los que amamos... Quienes descreemos de esa ridiculez llorona de la vida ultraterrena sabemos muy bien que todo acaba aquí, ya matamos a Dios hace tiempo cuando nos reveló que no podemos salirnos del programa. Somos caducos, algún día también diremos que es hora de morir, y nuestros recuerdos, como lágrimas en la lluvia, se perderán para siempre. O acaso seguirán viviendo de alguna forma en el alma de quienes sigan guardándonos en su memoria.

¿Y Rachel? ¿No era ella también una replicante? El happy end tramposo que, por otro supuesto error del software de la Tyrrell, extiende su vida indefinidamente, hace que Deckard pueda escapar con la mujer -o mejor con la replicante- a la que ama por lugares muy lejanos del kippel y de la lluvia ácida de un Los Angeles más agobiante e inhóspito que nunca. Ella no vivirá para siempre, es cierto, pero tampoco lo hará ninguno de nosotros.




Friday, June 22, 2012





TODO EL MUNDO MUERE




Todos los que durante estos ocho años hemos amado,  cada uno a nuestra manera, al Doctor House, nos estábamos preparando para asistir a la muerte del personaje más logrado y carismático de la historia de la ficción televisiva. El final de la saga estuvo a la altura de su leyenda. Gregory House, un poco como aquel personaje de El tío Goriot de Balzac, es un "Burlalamuerte", un embaucador que tima sistemáticamente a quienes le rodean por unas patatas fritas o veinte dólares, pero que tampoco tiene inconveniente en reírse ante fenómenos extremos, es decir, la enfermedad, la pasión amorosa, la amistad, el dolor o incluso la muerte. House tenía que burlar a la pálida dama, con la que tanto coqueteó esta autodestructiva criatura, y con ella se mofó también de quienes esperábamos ver pasar su ataúd mientras sus allegados lloraban. Sólo su viejo amigo, Wilson, enfermo de cáncer y con seis meses de vida por delante, escapará al trampantojo. Pudiendo morir, deseando el suicidio, House hará algo por el único que, seguramente de forma equivocada, le fue fiel hasta el final: sobrevivirá a su deseo de perecer porque ha decidido estar con él y divertirle hasta que llegue el momento final. 


-"House, cuando lo del cáncer se ponga feo, quiero que..."
-"El cáncer es aburrido, Wilson. ¿Cómo quieres pasar tus últimos seis meses?"


... Y dos motocicletas arrancan hacia cualquier parte de América mientras las demás criaturas de la serie, todas las que creen que aún es posible vivir dignamente y ser felices, continúan en el hospital cumpliendo sus deberes con la sociedad e intentando sanar enfermos.


¿Por qué llorar por House? A fin de cuentas era un narcisista cruel  y rastrero que jamás pensó más que en sí mismo. Si no entendemos que los momentos finales de la serie son, una vez más, un chiste del Doctor ante el juego de la muerte, entonces es que no hemos entendido nada de estos ocho años.


Tengo un vínculo emocional especial con la serie House. Me fascina el actor Hugh Laurie, por cierto, no sólo un magnífico intérprete shakespeareano, sino también un notable músico y novelista, y lamento por tanto su desaparición de la cotidianeidad televisiva. Pero, sobre todo, House modificó drásticamente mi manera de ver televisión. Nunca la he visto menos ni con menor atención que ahora, pero nunca me he interesado tanto por algunos productos de ficción televisiva como desde que, gracias a ella, entendí que era posible hacer verdadero arte de la teleficción. Recuerdo que el estreno de la serie en la cadena Cuatro coincidió con el tiempo feliz del regreso a mi casa después de tantos años de destierro por razones profesionales. Sentarme acompañado en el sofá para verla los martes, luego los jueves, mirar ese opening tan hipnótico que ninguna serie "de médicos" ha podido superar, reírme con las baladronadas del Doctor... Todo quedará para siempre en el recuerdo, todo pasará a formar parte de mí, quizá sin saber a ciencia cierta hasta qué punto... Como el Capitán Trueno, como Tarzán, como Marlon Brando, como Jack London, como John Silver. Muy especialmente como éste último, porque House es malo, no lo olvidemos, los demás no le importamos; si nos salvaba la vida era porque nuestro cuerpo contenía un enigma que, como a Sherlock Holmes -en quien sin duda se inspiró su personaje, como Wilson en el de Watson- le fascinaba desentrañar.


Nunca olvidaré aquel episodio en que pactó con un paciente terminal aceptar darle muerte activamente si antes le consentía una última prueba para descubrir cuál era exactamente la afección de la que estaba muriéndose. Allí apareció en la noche de la habitación para cumplir su parte, erguido ante la cama, observando al paciente como el ángel de la muerte. O aquél en que consiguió lo imposible, entender el lenguaje de un autista profundo y comunicarse con él. O los enemigos que le persiguieron tan implacablemente, como enviados por el tribunal inquisidor de nuestra moral, incapaces de soportar que nuestro héroe fuera un cabrón impresentable.


Ha habido series mejores después de House, sin duda, pero nadie, ni siquiera con Tony Soprano o Don Draper, ha conseguido construir un personaje tan potente. (Aunque antes estuvo Homer Simpson, claro)


Invitado por todas sus criaturas que, al estilo de Bergman, Fellini o Woody Allen, acuden a visitarle en el crepúsculo de su vida, el Doctor House reflexiona sobre el valor de la vida, sobre la medicina, sobre lo que hubiéramos debido hacer y no hicimos, sobre la legitimidad del suicidio, sobre el amor, sobre Dios...Pero la pregunta final no es metafísica. Y es la que deberíamos hacernos ahora mismo y sin perder un segundo: ¿cómo queremos pasar el tiempo que nos queda?


Friday, June 15, 2012






IN VINO VERITAS

A Pepa, por su aniversario


Un análisis de sangre ha detectado en mis arterias una atroz cantidad de triglicéridos. Esto significa que, a pesar de mi peso más que razonable, voy a caer en las garras de una dieta hipocalórica... Sí, ya ven, de esas que no sabes si van a salvarte la vida pero que pueden conseguir que se te haga muy larga. No es la renuncia a los dulces, el pan o las carnes rojas lo que me ha dejado cariacontecido; ¿lo adivinan? Es mi adiós al alcohol, parece que terminante y definitivo, lo que me está costando reencajar en el alma. No se crean, no soy un borracho, mi relación con las bebidas espirituosas, esas que se definen por contener un mínimo etílico del quince por cien, ha sido más bien discreta a lo largo de mi vida. Respecto a la cerveza, bueno, quizá no sea el fin del mundo, por más que en verano apetece especialmente. No, lo que de verdad desata mis lacrimales es tener que despedirme de una bebida que reverencio tanto como el vino. 





In vino veritas, dijo Plinio el Viejo. El proverbio añade que, además, la salud está en el agua. Esta segunda parte de la frase suele obviarse. Un anciano que conocí vendimiando, hace más de veinte años, ofrecía una versión muy personal del asunto cuando alguien le preguntaba si, además de arrimarse a menudo a la bota, no le apetecía de vez en cuando echar mano al botijo: "yo bebo vino, el agua es para las ranas". Esto explica por qué a las ranas no les salen triglicéridos altos en los análisis, aunque también por qué viven en sus charcas tan lejos de la verdad. 


Otro sabio antiguo, Omar Khayyam -con más mérito que Plinio, pues ya se sabe que el Islam prohíbe la fermentación de la uva- dijo en su legendario Rubaiyat que Dios habitaba el fondo de un vaso de vino. Algún mezquino interpretará que sólo borracho han sido mis pasos capaces de presentir el temor de la Divinidad, pero no es cierto: lo que intento decir es que el espíritu  sólo puede habitar entre las cosas sencillas, esas que, como el vino, el aceite de oliva o la sonrisa limpia de los niños, nos comunican sin mediaciones ni mentiras el más puro e inocente de los sentimientos: la alegría de vivir y la esperanza del nuevo día que se acerca. (Porque eso es Dios, ¿qué se pensaban?) 


El vino captura con una maestría criada entre barricas durante milenios el alma profunda de los pueblos. Sus densidades transmiten al bebedor apasionado matices que no están al alcance de los más sesudos textos de la metafísica. (Lean unas páginas de Ser y tiempo y entenderán por qué creo que Heidegger jamás entendió de vinos) 
Tampoco es preciso "entender", basta saber gozar de la conversación de un buen bodeguero. No es preciso hacer caso de los cánones ni los cursos de cata, basta comprar un vino del Penedés porque sus viñedos te hicieron decir un día de excursión que aquella comarca parecía un vergel. El vino que bebimos deja en nosotros trazas de los lugares en los que estuvimos y las gentes que nos hicieron reír. Por eso, degustar otra vez el vinho verde nos permite recuperar la dulce tristeza de aquel fado cantado por una mujer mozambiqueña en el Chiado de Lisboa. Por eso el Jerez o la manzanilla te recuerdan que lo que en realidad has deseado siempre, secretamente, es vivir en Granada. 


No puedo seguir, no me gustan las despedidas, al menos las de aquellos a los que amo. Si te dicen que tu salud peligra y, a continuación, te prohíben el vino, entonces te lo han quitado casi todo, pues ya ni siquiera tienes la posibilidad de olvidar durante la noche que estás bien jodido. El efecto de no dejarse emborronar la mente por las nieblas del alcohol es que, como sucede durante el día, ves el mundo con absoluta lucidez. Esa luz sin el contrapeso de sus sombras puede llegar a resultar espantosa. El sentido del humor te abandona y no te quedan ganas de reírte de que ha vuelto a subir la prima de riesgo. 


No se hagan un análisis. Les puede pasar de todo.