Friday, February 14, 2014

MÁS TIEMPO




Alguien regala una persona a la que quiere una pequeña cajita como las que enviaban los masones para no ser descubiertos. La caja, formado por varias láminas superpuestas, requiere una clave de apertura que sólo puede descifrar el receptor. Al abrirla, éste descubre un papel en el que figura una inscripción: "Tiempo". El autor del obsequio no regala en realidad, más bien solicita, le sugiere al obsequiado que le conceda más tiempo, que se detenga para hablarle, para besarle, para compartir con él algunas de sus horas. 

En escenarios mucho más prosaicos la gente también pide tiempo. Me lo piden mis alumnos cuando completan un examen, lo pedimos nosotros cuando nos cuentan los beneficios de un nuevo contrato con una compañía de telefonía con internet más televisión. La marujas en el Mercadona dicen llevar prisa, lo digo yo -aunque es una excusa- para librarme de un pelmazo que prepara algún truco para conseguir mi dinero, se lo digo a mis alumnos cuando se encantan con el vuelo de una mosca porque el temario debe cumplirse y vamos retrasados. 

Un salvaje llamado Tuiavii visitó Nueva York -como Tarzán-  con la compañía del antropólogo que antes le estudió a él en su tribu. Contó que los papalagi, es decir, nosotros los civilizados, se refieren al tiempo como si fuera una materia tangible. Por eso lo ganamos, lo perdemos, lo aprovechamos, lo recuperamos... Deambulamos según Tuiavii dominados por ese tirano inexorable que nos maltrata sin piedad y al que hemos vendido el alma para obtener un bienestar que nunca nos satisface, pues el tiempo nos gana siempre. Quizá el tiempo sea un tesoro, pero sometido a la infección luterana de las naciones eficaces se convierte en la clave de la prosperidad y también en una enfermedad con la que nos torturamos. 

Síntoma de esta neurosis de la que todos estamos aquejados, como cautivos en una cárcel móvil de la que ya no sabemos como escapar, requerimos la ayuda de psicoanalistas, sanadores y quiromantes de toda especie para que nos expliquen porque nos sentimos tan mal. Lo primero que nos dicen es que "no estás enfermo", pero lo estamos todos. Fíjense por ejemplo en lo que ocurre en una ciudad los viernes por la tarde. Es el momento para escapar a las obligaciones laborales, pero la gente tiene más prisa y está más irritable que nunca, con esa carga de violencia tan misteriosa que electriza a quienes se suben a un automóvil creyendo que su vehículo le permite pisotear al hatajo de perdedores que caminan e infestan con su exasperante lentitud los pasos de cebra. 

¿No han notado que nuestras aceras se están alemanizando? Pueblo exitoso como pocos, los alemanes pasan como panzers por la acera y te empujan sin contemplaciones si un centímetro de tu cuerpo se interpone en su camino. En España, donde las aceras eran reductos de la poca vida social que todavía nos queda, es cada vez más frecuente que, si te detienes un segundo a mirar la luna o a saludar a un vecino, o simplemente no te desplazas a la velocidad correcta, algún imbécil te meta el codo. Lleva prisa, claro. Pronto pondrán señales de velocidad para los viandantes.  

Veo la última entrevista de Ana Pastor en La Sexta. Lo siento, no soporto a esta chica, es un problema que tengo. Vive instalada en una aceleración enfurecida en la que sólo se siente cómoda ella porque está enferma, enferma de prisa, de ambición, de intolerancia. Acosa al infortunado entrevistado porque parece creer que éste siempre oculta algo que sólo revelará si es sometido a la presión adecuada. Interrumpe continuamente porque cree que nosotros se lo pedimos. Tiene uno que respetar muy poco a los que entrevista para no dejarles ni un instante de respiro, como si instalados en su apremio hubiéramos todos de exhibir nuestra mentira, nuestra corrupción y nuestras contradicciones. Pero por debajo de las evasivas del entrevistado sólo queda el hastío, la sensación de que uno es víctima de un interrogatorio policial. "La gente quiere saber", cree Pastor; se equivoca, la gente quiere escuchar. Qué lejos quedan los enigmáticos silencios de Jesús Quintero.  

Sunday, February 09, 2014

¿QUIÉN TEME A NAOMI KLEIN?


La revista Pasajes de pensamiento contemporáneo ha sido nuevamente generosa conmigo, y me ha publicado un artículo del que estoy orgulloso: Globalización, consumo y resistencia. Me gustaría decirles que merece la pena pagar los diez euros por mi escrito, pero sería deshonesto e inexacto. 

Siempre merece la pena, pero el número de este cuatrimestre de la revista que dirigen Pedro Ruiz y Gustau Muñoz para el Servei de Publicacions de la Universitat de València es excelente. Además de una reseña de mi amigo Paco Fuster, encontramos un semimonográfico sobre las causas y los procedimientos de la corrupción en España que considero de imprescindible lectura, con trabajos de gente muy valiosa y que no escribe a gritos ni desde un vacuo partidismo. Les recomiendo en este sentido la entrevista con el político socialista Ángel Luna, que tanto protagonismo -seguramente para su desgracia- obtuvo durante años con sus denuncias en solitario de una corrupción que, en pleno apogeo del Consell de Francisco Camps,  parecía convertirle en una especie de leproso. Imprescindible también el artículo del filósofo Roger Chartrier sobre el problema de la representación, o el de Darlei Dall´Agnoll en contestación al prestigioso profesor Vicente Sanfélix, experto como su interlocutor en una figura tan decisiva para la filosofía contemporánea como Ludwig Wittgenstein. 

Mi artículo iba inicialmente a publicarse con el título ¿Quién teme a Naomi Klein?, que nos pone sobre la pista de su propósito: defender la vigencia y la solidez de las propuestas de análisis crítico del capitalismo contemporáneo que convirtieron a la autora del ya mítico No logo. El libro negro de las marcas en inspiradora -e instigadora- de los movimientos alterglobalización que empezaron con las protestas de Seattle hace quince años y encontraron en España uno de sus ecos más relevantes con el movimiento de los Indignados del 15-M. 

En el trabajo que presento trato de desmontar algunos de los prejuicios desde los que se ha intentado extender el descrédito e incluso el escarnio o la burla sobre las bases intelectuales y morales de los llamados movimientos anti-sistema. En concreto examino la propuesta de un ensayo muy leído hace una década, Rebelarse vende, de los canadienses Heath y Potter, donde se denuncia la impostura de la insurgencia nacida de Seattle por la vía de asociar escritos como los de Klein con las modas del consumo hedonista nacidas de la contracultura de los sesenta. 

Para Heath y Potter, Naomi Klein no parece ser mucho más que una pija de izquierdas incapaz de entender que la estandarización de la producción en las sociedades de masas es la condición para que el bienestar se abarate y resulte asequible a la mayoría de la gente. La gente como Klein -supuestamente adicta a las medicinas naturistas, las filosofías orientalizantes y la hipocresía de las empresas éticas- es según estos autores responsable de haber banalizado y aburguesado los parámetros de la causa proletaria tradicional, convirtiendo la izquierda en la forma que los jóvenes burgueses adoptar hoy para distanciarse del vulgo. Lo que Klein no entendería  entonces es que el mecanismo por excelencia que activa permanentemente el consumo es el deseo de ser especial, de distinguirse de la masa y presentarse como cool ante nuestros congéneres. 

Esta visión es falsa, oportunista y demagógica, y lo es porque estrecha y parodia los planteamientos de No logo y los nuevos movimientos sociales, maniobra que conviene desenmascarar y desactivar, pues su fin es evitar que textos tan esenciales como éste sean leído y desencadenen tomas de conciencia incómodas para las élite económicas y políticas que dominan el mundo. 

Mi argumento principal consiste en que la pavorosa recesión económica que sobrevino en Occidente poco después de la publicación del libro de Heath y Potter refuerza las posiciones de los que iniciaron el ciclo de protestas contra el Foro Mundial y otras instituciones responsables del actual stablishment global. Lejos del romanticismo utópico e intransitivo en que convierten No logo, el texto se nos revela ahora como una serie muy bien fundamentada de advertencias respecto al riesgo de precarización laboral y corrosión del espacio de lo público que se cernía sobre nuestras sociedades como consecuencia de la interpretación neoliberal hegemónica en el modelo de globalización que sufrimos.

Con la publicación en 2007 de La doctrina del shock, ya al borde del crack financiero que sacudió al mundo capitalista desde los EEUU,  Klein confirma y desarrolla muchas de las intuiciones reveladas en su primer texto. Precarización, abismo social, destrucción de los tejidos productivos locales, claudicación de la política ante la macroeconomía, corrosión del estado social... Conocemos sobradamente todos estos síntomas, pero el estudio de Klein los pone certeramente sobre la mesa inmediatamente antes de la catástrofe. Klein denuncia en el modelo de globalización impuesto la influencia de ideologías neoliberales que, bajo la aureola intelectual de Milton Friedman, y con el reagan-thatcherismo de los ochenta como causa efectiva, terminarían desencadenando la tragedia de la que ahora nos lamentamos, cuando hemos entendido demasiado tarde que el ideal del mercado libre como motor de la democracia y el bienestar es sólo una panoplia para justificar las grandes fortunas y el poder omnímodo de la banca y las multinacionales. 
 
La doctrina del shock es a mi entender uno de los textos más imprescindibles de las últimas décadas si lo que pretendemos es entender las causas profundas de los males que nos aquejan. Nada más lejos de los sarcasmos de Heath y Potter, de los que se diría que su pretensión es que no leamos a Naomi Klein. Es más bien su texto, exitoso en inicio, el que parece haber quedado obsoleto y destinado al olvido.  

Friday, January 31, 2014

ALGO SUCIO




1.Hay algo sucio en la obsesión de la derecha nacional-católica con el aborto. Cuando alguien define el aborto como un asesinato se arriesga a traspasar los límites de una preocupación tan razonable como la de los derechos del no-nato, pues está llamando asesinas a millones de mujeres a las que sólo un fanático asociaría con el mal y la delincuencia. Cuando se pronuncian palabras como "holocausto" para definir las prácticas abortistas, entonces debemos detectar y denunciar la venenosa estrategia de los expertos en demagogia y manipulación. 

Encuentro rastros de esa falta de higiene en la reprobación más o menos silenciosa que se hace de la libertad de las mujeres, algo que siempre ha costado mucho de digerir, especialmente si se trata de libertad sexual. ¿Por qué la Ley de Gallardón admite el supuesto de la violación? En otros términos, ¿podría don Alberto, o en su defecto, los sectores ultracatólicos que gobiernan el mapa moral y las decisiones de este simpar ministro explicarme cuál es, a efectos de los "derechos del no nacido", la diferencia entre un hijo concebido por una relación forzada y otro producto de un caso de mala fortuna o falta de la adecuada precaución? El hecho de que en un caso haya una agresión, sin duda terrible, y en el otro solo una imprudencia, no cambia la cuestión fundamental: son los derechos de la mujer a gestar los que están en juego. En la violada prima ese derecho, en la "equivocada" no. ¿Qué culpa tiene el hijo de una violación si de lo que se trata a toda costa es de proteger el derecho a la vida? Yo sé muy bien por qué la mujer forzada debe ser libre para interrumpir su embarazo, tanto como la que consintió la relación sexual. Esto es lo que los partidarios de la nueva ley, que ha puesto a España en la cabeza de las naciones sospechosas de regresión antidemocrática, no parecen saber: simplemente se castiga a la mujer por su libertad sexual. 

2. Veo en la 2 la emisión de Arrugas, film de animación basado en la novela-cómic de Paco Roca, a quien se reconoce como uno de los grandes talentos creativos de este país en plena crisis. La tensión dramática del relato, el terrible destino del protagonista y quienes le acompañan se presiente a cada momento como en una respiración lenta y tortuosa cuyo final es la negrura absoluta del olvido. La frialdad de los familiares, el centro donde son arrinconados para librarse de la molestia que los viejos suponen, la mentira de la piscina cerrada y que nunca se usa, los siniestros escalones que conducen al piso donde viven los desahuciados, la lucidez que va fugándose día a día a través del agujero del Alzheimer. Pero sólo es un tebeo, claro, no hay por qué alarmarse, nada de esto nos pasará a nosotros cuando seamos viejos. 

3. El arquitecto Santiago Calatrava denuncia a EU por una web donde se veja su obra y se insinúan su incompetencia y las tramas corruptas que rodea su historia con distintas administraciones, empezando por la de su Valencia natal, donde los sobrecostes de sus colosos son históricos. Jamás la obra de un artista tan prolífico me dejó tan frío, pero, como se burlaba el otro día Elvira Lindo, el que a los legos en materias arquitectónicas nos parezcan horrendas las creaciones de este genio no es trascendente: nosotros no entendemos. Eso sí, somos nosotros quienes en nuestras ciudades las sufrimos y, sobre todo, quienes las pagamos. Más allá de cuestiones estéticas, creo que el calatravismo pasará a la historia como uno de los símbolos de una época donde la gigantomaquia de la arquitectura-espectáculo se hizo bandera de un estilo de gestión de la polis. Con los espectaculares resultados que todos conocemos...y padecemos. 

4. Pedro J.Ramírez deja El Mundo. Desconozco las razones profundas, aunque podrían irónicamente ser objeto de una de esas investigaciones de película que hicieron famoso al diario. Desoiré por tanto las sospechas conspiranoicas al respecto, aunque no deja de tener su gracia que Ramírez haya caído justo cuando la derecha gobernaba con mayoría absoluta. Yo creo que este caballero vivió siempre obsesionado con el asunto del Washington Post y el Watergate. Soñó con ser Bernstein o Woodward (mejor éste último, con la cara de Robert Redford), y seguro que a algunos de sus confidentes los llamó "Garganta profunda". Pero se equivocaba en una cosa fundamental: el Post no sólo pretendía vender periódicos, Woodward y Bernstein no sólo fueron héroes por ser intrépidos, simplemente creían todavía que la función de la prensa es defender a los ciudadanos frente a la tiranía. Tenían escrúpulos, justo lo que jamás tuvo Ramírez.

5. Un informe de la ONG Save the children nos advierte que un tercio de los niños españoles, cerca de tres millones de entre los ocho y medio que tenemos, se encuentra en situación de pobreza o al borde de ella. Estos informes han encontrado versiones anteriores en la prestigiosa Intermon Oxfam. Naciones Unidas, a través de alguno de sus más reconocidos comités de expertos, ha denunciado la política de austeridad del Gabinete Rajoy, que amenaza con estrangular derechos ciudadanos ya consolidados y que se asocian indefectiblemente con la democracia. No les crean: son tres organizaciones radicales y que se dedican a quemar contenedores y provocar a la policía en algaradas callejeras. Y todavía hay quien dice que la izquierda no tiene discurso. 

6. Muere el poeta Félix Grande. El nombre dice poco a los nuevos -y sospecho que escasos- lectores de poesía, pero hubo un tiempo en que la energía necesaria para transformar la lírica española se remitía al autor de Blanco Spirituals. Lejos del acartonamiento académico o el intimismo relamido, Grande trasladó el lenguaje de la poesía hacia un quejido de esclavos del algodón que podría muy bien sonar a flamenco cuando prestaba oídos a la melodía de las calles y el poder de indignación de la gente. Sus versos "gritaban" sin disciplina ni respeto, con ese sentido del ritmo tan alejado de los lenguajes refinados,  juraban su amor a Paca e insultaban a los dictadores y a los que construían a la carrera misiles nucleares. Yo leí Blanco Spirituals en aquella edición de color negro del premio Casa de las Américas que mi padre compraría, como tantos otros libros no permitidos, en la trastienda de alguna librería. "Lo leímos con la fe con que leíamos entonces", dice Juan Cruz. Lo triste no es perder al poeta, es perder aquella fe con la que lo leímos. 

Friday, January 24, 2014

ADULTOS



Durante una relajada conversación con un alumno me percato de que ser mayor es un handicap de partida si lo que uno pretende es resultar interesante. "¿Hasta qué edad se es joven?", me pregunta, como queriendo saber cuando se le escapará la coartada para seguir viviendo en esa dulce irresponsabilidad que asociamos con la inmadurez. Le contesto que hoy se evalúa el fin de la condición juvenil al entrar en la treintena, lo cual es fiarlo muy largo, pero dada la situación de precariedad e inutilidad a la que estamos condenando a nuestros jóvenes, mejor que, puesto a ser pobre,  uno pueda darse excusas a sí mismo durante más tiempo.

¿Por qué los adultos resultamos tan plomizos? ¿Por qué nos convertimos en presencias ingratas y viscosas hasta el punto de no desatar más sensación positiva que la del alivio cuando desaparecemos de la escena? Sí, lo sé, no siempre y no todos provocamos ese hastío entre los jóvenes, pero temo que sólo tendemos a atraer cuando nuestro comportamiento parece desnortado y espontáneo, es decir, cuando nos comportamos como lo que no somos, como jóvenes.

La primera razón por la que aburrimos es que se nos asocia al mundo de las normas. Como a nosotros nos toca hacerlas cumplir -lo cual implica ser los primeros en cumplirlas o en esconder escrupulosamente nuestras faltas- se extiende la creencia de que amamos las normas, especialmente las prohibiciones. No creo que nadie, ni los que son padres ni tan siquiera los que trabajan en las fuerzas del orden, sepan tanto de esto como los docentes, que estudiaron para enseñar ciencia pero sienten que su papel es mucho más afín al de un carcelero que al de un auténtico maestro, en el sentido más estricto que contiene tan noble palabra.    

La segunda es que no somos divertidos, o mejor, nuestras vidas, lo que de ellas se conoce y lo que se oculta, tiene pinta de ser una plasta rutinaria y repleta de renuncias y hastíos. Acaso ello no sea del todo cierto, pero -reconozcamoslo- tiene mucho de verdad. 

Para empezar no somos personas, somos padres de familia, lo cual supone que vivimos repletos de obligaciones y que aparentemente no tenemos deseos propios, pues la urgencia de satisfacer las de nuestros vástagos ahoga los trazos más contundentes de cualquier personalidad, es decir, aquellos que aluden a lo que uno prefiere, a lo que detesta, a lo que le apetece hacer o decir. Se detecta igualmente en nosotros una tediosa tendencia a institucionalizar relaciones humanas tan poco burocráticas como el amor, por eso formamos matrimonios y caemos en mezquindades tan colosales como las de firmar separaciones de bienes o acuerdos de divorcio. Vivimos permanentemente pendiente del reloj, esa máquina siniestra inventada por algún calvinista y que se encarga de destrozar las almas y convertirnos en máquinas esclavizadas por el sistema productivo. Para colmo, cuando te incluyen en el grupo de la mediana edad resulta que no solo tus hijos son demasiado inmaduros para cuidar de sí mismos, sino que además tus padres se encuentran también en edad de requerir tus atenciones. 

Ser mayor es una horrísona putada. Cuando lees alguna atrocidad en el periódico, que está llena de ellas, sabes que de alguna manera va a afectar a tu vida, pues supone que te van a subir la luz, te van a echar del trabajo o vas a tener que buscar un refugio porque van a llover obuses sobre el frágil tejado de tu casa. Ser mayor es saber que vas a morir, que el mundo ya construido al que llegaste resulta ser en realidad mucho más feble y precario de lo que creíste en la candidez de tu infancia, cuando todo parecía tener sentido y estar en orden, como si fuera a durar para siempre. Lo peor es que eres tú quien va a tener que cargárselo a las espaldas para que no termine de desmoronarse. 

No soy joven, no quiero caer en el error de quienes quieren aparentar una invulnerabilidad al paso del tiempo que jamás existió más que en la fantasía y los mitos religiosos. ¿Como librarme de la carga de resultarle un plasta a mis alumnos o a mis hijos? No lo sé, quizá sea una batalla perdida, pero me viene a la memoria una de las frases más celebradas de Alexandr Pushkin: "Feliz aquél que fue joven en su juventud, feliz aquél que supo madurar a tiempo."

Saturday, January 18, 2014



VIOLENCIA EN GAMONAL

Cualquier titubeo en la consideración que uno efectúe sobre la violencia le convertirá automáticamente en sospechoso de toda suerte de cosas horribles. Desfilarán por esta escena culpable las sombras más siniestras, desde los nazis o los etarras hasta los maridos maltratadores o los tipejos tatuados que van por la calle intimidando con sus pit-bulls, a los cuales se parecen como si fueran sus hijos. Y sí, la violencia es odiosa, pero sospecho que como muchos no saben definirla, tampoco saben dónde ubicarla. 

Hay una profunda candidez en este supuesto pacifismo que se horroriza cuando arden tres contenedores en las calles o unos encapuchados lanzan un cóctel molotov, pero que elude condenar esa violencia cotidiana de los desahucios, los despidos injustificables o los recortes en escuelas u hospitales. Esta violencia se cobra su tributo en forma de vidas destrozadas, pero prefiere ser ignorada. Y no es sólo candidez, no lo es desde luego en nuestros gobernantes, cuando dicen no poder hacer otra cosa, o aquello tan siniestro de "es por vuestro bien". Por el camino de esta crisis, que produjeron los mismos cuyas empresas se benefician del desastre, se van por el desagüe el futuro, la salud y los derechos de millones de españoles. 


Cuando un ciudadano al que, como a la mayoría, le van mal las cosas, descubre que sus impuestos han financiado la corrupción, los negocios de la Iglesia Católica o los obscenos beneficios de la Banca, lo que le entra es una mala hostia que Rajoy y compañía no comprenden porque carecen la fibra moral que genera la solidaridad, entre otras cosas porque jamás han tenido un problema como no saber si vas a tener techo mañana o atender una planta entera de urgencias sin el personal sanitario suficiente.

Hace años que vengo esperando brotes de violencia como el que en estos días ha estallado en el barrio burgalés de Gamonal. ¿Es justificable? Quizá no si sólo sabemos que unos pocos miles de personas van a perder las facilidades de aparcamiento de las que disfrutaban. Si sabes que muchos han perdido su trabajo, que han desaparecido las guarderías de la zona, que los mismos corruptos ya reconocidos se llevan la concesión de las obras, entonces quizá entiendas algo mejor las protestas. No es el conjunto del vecindario, incluyendo a sus abuelitos, claro, el que se enfrenta a la policía, pero tampoco son, como pretende el gobierno, un grupo de radicales anti-sistema que, como una marea negra, aparecen aquí y allá para hacer el mal. No son tantos los violentos vocacionales, no tienen el don de la ubicuidad, es fundamentalmente gente de Gamonal quien ha decidido que la insumisión era el único camino. 



De entrada tienen razón en una cosa. Si no la hubieran liado parda no habrían aparecido en todas partes, incluyendo la prensa de países cuya opinión pública se extraña que en España no sean masivos estos estallidos, sin olvidarnos de cómo olvida la prensa patria las reivindicaciones pacíficas y dedica portadas estupendas a quien le da por montar la mundial por las calles. Corrupción sistémica en los partidos políticos, la hija y yerno del Rey en los tribunales, impuestos que suben despiadadamente, cifras de paro de pesadilla, los jóvenes huyendo de un país colapsado, una ley del aborto propia de una dictadura, otra de educación destinada a destruir lo que justamente debería proteger, una reforma laboral hecha para convertir la pobreza y la precariedad en las claves de la rentabilidad del capital, leyes de seguridad ciudadana orientadas a la represión y a silenciar la disconformidad... ¿De verdad nos sorprendemos? 


Lo peor es que quizá esto sólo sean las primeras ratas de la peste que está a punto de estallar por todas partes. No me alegraré cuando ello suceda, pero hace tanto tiempo que vengo oyendo hablar del final de la crisis que no me extraña que la gente se enfurezca cuando, mientras las pasa canutas, comprueba que sus gobernantes no son otra cosa que los lacayos de la oligarquía económica. Para colmo, el gobierno, e incluyo a los autonómicos, entrega instrucciones a las fuerzas del orden para que repartan estopa sin contemplaciones. 

Ah, pero los violentos ¿no eran los encapuchados del cóctel molotov?

Friday, January 10, 2014

EL REY LEAR




1. Desde que descubrí siendo niño que Chespir y Shakespeare eran el mismo, creo que no he dejado nunca de presentir una grandeza colosal en aquel cómico británico que parecía escribir directamente inspirado por los dioses. Asisto a la representación de una de sus tragedias inmortales, El Rey Lear. La primera vez que la leí, en una de aquellas ediciones de la entonces omnipresente Austral, sufrí una ligera decepción: frente a la solemnidad de las angustias del Príncipe Hamlet o la locura del usurpador Macbeth, aquello se me antojaba como un cuento infantil. Ya saben, un viejo rey tenía tres hijas y decidió repartir su reino. El paso del tiempo ha agrandado a mis ojos este escrito de tal manera, que por momentos llego a pensar si no estamos ante una de esas poquísimas obras de arte donde uno, si ajusta bien la mirada, encuentra todas las respuestas. 

Lear encarna el drama de la herencia malversada, una herencia espiritual que, convertida en despojos por dos hijas mezquinas, termina desatando la maldición sobre el reino. Sólo Cordelia se atreve a amar al padre como es debido, es decir, diciéndole la verdad, intentando inútilmente hacerle ver que premiar a quienes nos dicen lo que queremos oír nos deja a desnudos y a merced de las tormentas. Pero no es tan sencillo, los demonios no se escampan por el reino de Lear cuando las desagradecidas Regania y Gonerila lo envían con su bufón a vagar por estepas heladas, sino cuando anteriormente es precisamente él quien envenena su propio legado entregándolo a quien nada ha hecho para merecerlo. 

Llevo años sospechando que el mal de nuestro tiempo consiste en que las nuevas generaciones no terminan de asumir la herencia de sus padres -como si hubieran de vivir en un limbo perpetuo de adolescencia-, pero no son ellas las auténticas culpables, sino más bien los legatarios, en la medida en que nunca terminaron de desarrollar en sus herederos el sentido de lo que supone ser libre y adulto. El destino de este colapso del tránsito generacional puede ser la catástrofe. 



No me gustó demasiado la representación, dicho sea de paso. Ante un texto cualquiera, y más ante un clásico, uno está obligado a hacer una propuesta escénica, y no es fácil representar el proceso que conduce a Lear a la locura sin hacer el ridículo. Sin embargo, me pasa como a Borges. El argentino dice haber acudido en un suburbio de Buenos Aires a una representación shakespeareana: le pareció infame, sin embargo "salí henchido de pasión trágica, Shakespeare se había abierto camino a pesar de todo".

2. Cuando encuentro mi localidad en el teatro me preocupo un poco porque veo entrar a varias docenas de chavales de 4º de la ESO. Empieza la obra, su comportamiento es exquisito de principio a fin, a pesar de que la representación justifica el hastío. Quienes consiguen amargármela son el grupo de ancianos que tengo al lado, cuyas burlas, comentarios estúpidos, risas y otras mamarrachadas por el estilo me dan a pensar si es justo que yo pague 18 euros para aguantar a tanto deficiente mental que debería estar en casa tomando sopitas y buen vino o jugándose la pensión en el bingo. 

3. "Daría el mundo entero y todo Shakespeare por una brizna de ataraxia". Para Cioran, el más atormentado, el nihilista patológico, el más hastiado de la vida y maldecidor de la fortuna que le ha deparado ser hombre y no cardo o coliflor, es capaz de "cualquier cosa" con tal de alcanzar un instante de esa paz interior de la que llevan milenios hablando los místicos. Y junto al "mundo entero" pone a Shakespeare... Imagino el terrible esfuerzo que le supuso cometer esta traición, caer en semejante blasfemia, porque nada, ni el mundo entero mismo podía ser tan amado para el rumano como los textos de aquel genio que acaso no merezcamos. 


Saturday, January 04, 2014




REGRESO A TROYA 

Concluyo la lectura de Homero, Iliada, visita de regreso a la aventura troyana que nos propone Alessandro Baricco, autor de la hipnótica novela Seda o de un ensayo tan importante como Los bárbaros. Baricco, además de un certero manejador de palabras, es un astuto profesional de la literatura. Como conoce perfectamente el texto fuente y sus circunstancias, ha entendido que una aproximación contemporánea a la epopeya homérica requiere soltar bastante lastre, en especial la intervención insistente de los dioses -que ahora apenas aparecen como un vago rumor- y las continuas repeticiones de loas y epítetos a los innumerables héroes de ambos bandos, elementos que tienen un sentido dentro de la cultura oral en que se gesta la Iliada, pero que pueden volver farragosa una lectura masiva actual. Esto no significa en ningún caso que nos encontremos ante alguna suerte de edición didáctica o divulgativa; muy al contrario la sangre, el dolor y la interminable conflagración que Homero relata página a página orienta en todo momento la pluma de Baricco. Se puede afirmar sin ambages que estamos ante la Iliada, sin las comodidades tranquilizadoras de las versiones para niños o de las grandes producciones de Hollywood. 

¿Y qué nos dice hoy esta Iliada que Alessandro Baricco cree necesario rescatar? Debe decirnos algo, porque lo que nos encontramos en la fundación de la cultura europea es esta recitación de atrocidades, rapiñas y venganzas que convierten los veinticuatro cantos en un reguero de sangre. La Iliada, conviene no olvidarlo, es una apología del belicismo, su lógica es la de los héroes, vistos como despiadados matadores que no vacilan en reconocer que cruzaron el Egeo y permanecieron doce años terribles en las playas de Troya porque buscaban oro, bellas esclavas, honor y venganza. Y, sobre todo, pretendían permanecer para siempre en la memoria de los pueblos, erigiéndose en protagonistas de una épica que apunta a la eternidad. 

Releyendo al viejo Heráclito, la afirmación del polemós como causa de todo lo que tenemos, podríamos convenir en que el fuego bélico ha configurado el alma de los pueblos y está en el origen de las instituciones. 

Baricco cree no obstante que  la epopeya homérica sigue siendo valiosa porque es algo más que un escenario bélico. Ciertamente cuando irrumpen en el campo de batalla los héroes se comportan como máquinas ciegas de destripar y degollar, pero en los largos interludios sus parlamentos, sus negociaciones, sus alianzas o sus vaivenes pasionales parecen atemperar la sed de sangre, hasta el punto, según Baricco, que se intuye la presencia de una tentación -humana, demasiado humana- a posponer un combate cuya llegada temen todos en el fondo, incluso el temible Aquiles, quien en algún momento nos sorprende lamentándose ante la certeza de que la muerte que le aguarda en Troya es un viaje del que nunca se regresa. 



Esa ambigüedad de sentimientos, que se refuerza en la tenaz resistencia de las mujeres hacia la omnipresencia de los combates, da a pensar que la Iliada contiene, bajo el fragor de las batallas, los primeros trazos de una civilización que fue capaz de convertir la muerte en poesía y las querellas entre los dioses y los hombres en instituciones tan milagrosas como la democracia.

Yo, les voy a ser sincero, siempre preferí las sinuosidades de Ulises y sus tribulaciones en el mar entre brujas, dioses y gigantes, a la descripción de lanzas atravesando mandíbulas o la cólera semidivina del pélida; siempre, en suma, fui más de la Odisea. Pero ésa, claro, es otra historia.