Friday, November 27, 2015



MADRUGADA


Últimamente, y como consecuencia de mi incapacidad para gestionar el estrés, suelo despertarme a esas horas matinales que, sobre todo en invierno, se hacen especialmente inhóspitas. Como estoy viviendo temporalmente junto a un gran nudo de entrada y salida de esa inmensa colmena que es una gran ciudad, con una densidad de vehículos digna de una pesadilla, puedo percibir nítidamente ese in crescendo del ruido de motores que va intensificándose hasta alcanzar su cénit hacia las siete y media u ocho de la mañana. Subo la persiana  y aún entre las últimas sombras nocturnas diviso un horizonte de faros de coches que se desplazan como legiones de hormigas, a un lado y otro del bypass, incorporándose desde la avenida de cuatro carriles a los ramales de aceleración que conectan con las grandes arterias. 

... Llegan los primeros atascos de la mañana. Desde el sopor insomne de la ventana de mi habitación prestada se diría que todo el mundo parece tener muy claro a dónde va y qué pretende hacer con su vida. 

Nos hemos acostumbrado a la idea de que lo normal es que la gran maquinaria funcione sin mayores contratiempos. Entramados de dimensiones colosales -una urbe, un Estado, una comunidad de Estados-, monstruos que parecen funcionar sólos, como si fueran sistemas perfectamente automáticos y no decisiones de personas los que les hacen sobrevivir y agigantarse. El problema es que cuanto más complejo y sofisticado es un organismo, más delicado y vulnerable resulta. Antes, y cuando digo antes me refiero a menos de medio siglo, éramos una carreta de caballos a los que arreábamos cuando remoloneaban en un pedregal, ahora somos un tren de alta velocidad al que un pequeño sabotaje en la vía puede hacer descarrilar. 

No sabemos cómo reaccionar a los atentados de París. Nos parece insoportable la idea de un imprevisto que haga colapsar todo el sistema. El estado de excepción en el que vive estos días Bruselas es un síntoma de lo que un acto terrorista puede hacer con nuestra normalidad. Hay algo en lo que los fanáticos nos ganan: conocen perfectamente la lógica del odio y la venganza, habitan ese lenguaje y son completamente incapaces de salir de él. Tienen el poder de sacrificarse por unas verdades que repiten histéricamente no fuera que se les olvidaran un sólo instante. No podemos entenderlo. Decimos que son el Mal, y sin duda lo son, pero no sabemos cómo traducir a nuestros códigos la cultura del sacrificio, la venganza y la cólera de los dioses. Es como si nos hablaran unos iluminados llegados directamente desde el Medioevo. 

Y como en aquellos tiempos tenebrosos, vuelven los santones y los místicos, las sectas de iluminados, las procesiones penitentes, las imprecaciones de arrepentimiento, las piras para los infieles, el fin del mundo visto como una promesa de liberación. Es tan erróneo afirmar que Occidente está en guerra con el Islam como creer que es posible entrar en algún tipo de diálogo con alguien que es capaz de hacerse volar en pedazos y destruir de una tacada cientos de vidas inocentes. 

Podemos sucumbir a la tentación de pedir sangre por sangre. Son situaciones en las que las soflamas de los machotes parecen más seductoras que nunca. Si los cuatreros o los pieles rojas amenazan con destruirnos, llamemos a los rangers de Texas para que nos salven, pues llegados a este punto no hay otro camino que el de las pistolas.

Ya, el problema es que hacemos entre tanto quienes no volteamos los revólveres. Miren, si analizan detenidamente la naturaleza de los atentados de París quizá detecten el inmenso resentimiento de quienes confunden con perversidad y corrupción moral lo que en realidad es su propio sentimiento de fracaso, la profunda frustración que les produce su incapacidad para entender que las mujeres ya no nos obedecen, que los jóvenes no van a bailar y escuchar rock porque le han vendido el alma al diablo, que la gente intenta pasárselo bien porque incluso sin terroristas ya hay bastante sufrimiento en esta vida para ir por ahí avinagrándose, que ir a un estadio de fútbol de vez en cuando es incluso saludable... Y si sólo fuéramos los infieles, pero resulta que son cada vez más los jóvenes árabes que no desean vivir en el siglo XVII. 

No tengo recetas contra los atentados suicidas, pero sí sé algo: voy a seguir ejerciendo mi libertad sexual como me dé la gana, beberé vino y disfrutaré con él impúdicamente, seguiré leyendo a Conrad y a Nietzsche, dibujaré los rostros de mis seres queridos, cogeré el metro, escribiré poemas en los aeropuertos, seguiré intentando enseñar a mis alumnos a convertirse en librepensadores...

Matennos a todos, nos lo vamos a seguir mereciéndono.  

Friday, November 20, 2015

LUNES. Cuando un acontecimiento de gran impacto concita todas las atenciones nos sentimos impelidos a adoptar algún tipo de actitud más o menos visible. Más allá de las voces de indignación, más allá de los clamores de venganza, tan arraigados en lo profundo del alma de la comunidad desde sus mismos orígenes, las redes sociales propician un moralismo soft (“ética indolora”, lo llamaría Lipovetsky), que pasa por convertir las sonrisas y postureos, habituales hasta el hastío en los fines de semana, en selfies con banderas francesas de trasfondo para exhibir sentimientos de solidaridad con las víctimas. Esta es la manera posmoderna de asumir el deber de la participación ciudadana, enfrentándose con ello a las acusaciones de indiferencia e idiotismo que a menudo lanzan las élites intelectuales. Mi posición ha sido en estos días la del silencio, ese silencio lúcido y en ningún caso hueco al que invita en ocasiones la lectura del Tractatus de Wittgenstein. Sólo desde la distancia, lejos del fragor de los cuchillos largos se hace posible la reflexión, que es precisamente de lo que intentan privarnos los fanáticos. Tengamos el valor de callar durante algunos días, alarguemos el minuto de silencio.

MARTES. Está muy explicado en “El agente secreto” por Joseph Conrad, donde empezamos a descifrar en sus orígenes la naturaleza de un fenómeno tan contemporáneo como el terrorismo: en una sociedad racionalizada como la que habitamos nos gusta creer que todo está bajo control y que la inseguridad es lo anómalo, casi lo escandaloso. Cuando descubrimos con horror que Lucifer armado con Kalaschnikov puede convertir sin despeinarse un discoteca o un café en un infierno la realidad se nos cae encima: no vivimos en la pax romana... Tras las fronteras, a poco que uno aguce el oído, se presiente el estrépito de cientos de batallas. Necesitamos que se definan ante nuestros ojos algunas de las consecuencias de la guerra, por ejemplo los refugiados sirios, para que nos estremezcamos.

MIÉRCOLES. “Yo soy francés”. Si supiéramos asumir en todas sus consecuencias el sentido de esta aserción creo que la venderíamos menos barata. La Francia que amamos es volteriana, también es de Monet, Piaff, Sartre o Truffaut... No es en ningún caso lepeniana, porque para Le Pen no hacen falta siglos gloriosos, cualquier país de cabreros puede permitirse semejante mamarracho. Sin embargo la Francia actual es también lo segundo, una Francia tan ridículamente chauvinista, provinciana y glotona como la que encontramos en Asterix, una nación que después de tanta revolución burguesa y tanta gauche divine resulta albergar los mismos miedos y salta con los mismos resortes asociados al rural y atrasado vecino del sur, ése que tanto sufrió la incomprensión francesa ante el terrorismo local en tiempos aún cercanos. Nada es más admirable que los valores de la Republique, y no tengo duda de que son esos valores los que los bárbaros intentan destruir, pues encarnan justo lo contrario del paraíso que ellos se prometen a sí mismos. La pregunta es si el país sigue de verdad creyendo en ellos.

JUEVES. Deberíamos ser más indulgentes con la inconsecuencia de la gente que llora su solidaridad hacia el vecino “al que siempre hemos admirado tanto”. Es como cuando han entrado a robar en nuestro bloque de viviendas, uno hace entonces piña con los vecinos -incluso con los que odia- porque se ve expuesto a que le pase lo mismo. Y sí, lo sé, es conveniente documentarse mejor, entender que los muertos de París no valen más que los de Beirut o Alepo, recelar de la hipocresía de las élites, descifrar los intereses de quienes arman hasta los dientes a los fanáticos y después se lamentan cuando silban las balas...Pero nos equivocamos cuando culpamos a Occidente. Los asesinos del viernes no creían en lo que gritaban mientras accionaban rabiosos el gatillo: "Esto es por lo que hacéis en Siria". Una cosa es que la política de las potencias de Europa o Norteamérica en Oriente Medio sea sumamente criticable, y otra es creer que la prosperidad y las libertades es culpable por definición y merece ser castigada. Eso es justamente lo que los fanáticos quieren que pensemos.

VIERNES. Las portadas no paran de insistir en que estamos en guerra. Quizá, pero creo que es sano cuestionarse si no estamos abusando de un concepto con el que difícilmente podemos capturar el sentido de una lógica que no tiene nada que ver con la que dio lugar a la idea de lo bélico. Antes de bombardear y declarar la conflagración -y no digo que tales cosas no hayan de hacerse- habríamos de preguntarnos qué es lo que más teme el enemigo. ¿Por qué nos odian? ¿Qué es lo que tanto les irrita de nuestra conducta? Y sobre todo, ¿qué es lo que temen que imiten sus correligionarios?

Thursday, November 12, 2015

JOSÉ ANTONIO MARINA Y EL PP




José Antonio Marina es un profesor de filosofía con muchos años de experiencia en enseñanza secundaria. En esto no se diferencia de mí, pero a él se le reconoce como autoridad intelectual por los ensayos que ha publicado con notable éxito de ventas y por sus frecuentes apariciones en los medios. Nunca logró interesarme demasiado, no vi en qué medida podían ser algo más que un catálogo de trivialidades sus investigaciones sobre la inteligencia, sus descripciones de la posmodernidad o sus diagnósticos sobre los males de la educación en España. Presentí cierto tufo reaccionario en lo que se presentaba ante el entrevistador de turno como un tipo reflexivo y mesurado... ese toque acartonado de los "hombres de orden", esos que formaron su mapa moral a golpe de sacristía y desfile de flechas y pelayos. 

Esta introducción no es en verdad más que la exposición de mis irrelevantes manías, pero al menos me sirve para explicar por qué a mí me ha sorprendido menos que a otros ver a Marina convertido en asesor educativo del PP en los trascendentales momentos previos a las elecciones que podrían otorgar a Rajoy el segundo mandato consecutivo. "Mejor un intelectual de prestigio que un matarife como Wert", me dirá alguno... "mejor un profesor de instituto que un tecnócrata", podría añadir...

Veamos. Lo primero que debemos preguntarnos es por qué el PP aparenta estar preocupado por un departamento al que hasta ahora se ha dedicado a machacar sin piedad. La respuesta es obvia: vienen elecciones. Si las ganan insistirán en su ideario neoliberal, es decir, partiendo del principio de que la educación es antes una mercancía que un servicio social reforzarán los resortes que tienden a estrangular la escuela pública, propiciando asimismo el despegue de la privada, que seguirá siendo financiada tan generosamente como hasta ahora. Con ello mantendrán satisfecho a su gran aliado clerical, líder en nuestro país entre el empresariado educativo gracias a los conciertos que pagamos todos... más satisfecho aún por el delirante tratamiento que los nuevos currículum deparan a la asignatura de Religión. Si el resultado de este planteamiento es que la escuela, lejos del rol de compensadora de desigualdades, va a servir para el agrandamiento de la brecha socioeconómica, quedando así los establecimientos públicos destinados a la pura beneficencia, eso es algo que sólo sorprenderá a aquellos electores de la derecha que ignoren cómo definió aquel presidente oligofrénico de los USA, Ronald Reagan, el ideario conservador: "los ricos no son suficientemente ricos ni los pobres suficientemente pobres". 

¿Qué pinta Marina en todo esto? Se trata de maquillar en las postrimerías de la legislatura -"minutos de la basura", los ha llamado alguien- un marcador rotundamente negativo: el trabajo del ministerio en los años Wert ha logrado lo imposible, poner de acuerdo a tirios y troyanos en que para la educación ha sido un "destroyer". 

Ahora bien, ese maquillaje toma tonos muy sombríos, conviene observarlos con atención, pues no comparto la especie escuchada en los últimos días de que estamos ante simples bombas de humo, propuestas sin ningún recorrido futuro. Yo creo que tras algunas de esas propuestas se prefigura un modelo de actuación que, si no lo impedimos, puede marcar el futuro. Y resulta muy inquietante, la verdad. 

Seré conciso, voy a referirme a cuatro malentendidos que han generado las últimas intervenciones del profesor Marina y que, a mi entender, responden a un intento perverso de manipular a una opinión pública que, me temo, anda especialmente despistada en estos días. 

En primer lugar debemos resistirnos a la panoplia de que al fin, y en cumplimiento de una vieja reivindicación del gremio respecto a la manufactura de las leyes educativas, un gobierno ha decidido que sean los profesores los que decidan qué normas quieren. José Antonio Marina no representa a nadie más que a sí mismo, no ha sido elegido por ningún colectivo profesional y que haya abierto una web para que los profesores efectúen sugerencias no implica nada. Esto no es consultar a los profesores, esto es sentar en las cocinas del poder a un profesional docente ideológicamente afín. Si el Ministro Méndez de Vigo supiera lo que en estos momentos se dice en los claustros de las propuestas de su nuevo asesor los oídos le estallarían. 

Segunda cuestión. A estas alturas que alguien con poder diga que que el problema de la gestión educativa es la ideología, y que hay que "desideologizarla" me da mucha risa. Como si existiera una gestión neutra, como si fuera posible administrar la institución sin principios ni valores que determinen qué queremos conseguir cuando entramos en un aula. Nada es más ideológico que negar que uno actúa ideológicamente, y es por cierto una inclinación muy acentuada en el pensamiento liberal, al cual me parece que se adscribe el grueso de las propuestas que ha emitido Marina.

Tercera. En sus últimas declaraciones Marina ha sido aparentemente crítico con la labor del ministro Wert. Lo que no entiendo es por qué no empieza entonces por proponer la derogación de su ley, la cual ya han anunciado los distintos partidos que suprimirán urgentemente en cuanto lleguen al poder. Dice Marina cosas muy confusas supuestamente en favor del laicismo, pero no ha cuestionado la nueva situación de la asignatura de Religión. Tampoco le hemos oído decir nada sobre los privilegios de la escuela concertada, ni sobre las abusivas ratios de alumnos por aula que padecemos, ni sobre el incremento de las horas de docencia directa que no hacen sino dificultar la capacidad de atención al alumnado... Sólo vaguedades, la Ley Wert está a buen recaudo con Marina, quien hace piruetas dialécticas para hacer ver que no le gusta y al tiempo no mover un dedo en contra de su aplicación. Qué cosas. 

Cuarta y última. El tema del salario diferenciado. "¿Por qué han de cobrar lo mismo los buenos y los malos profesores?", pregunta Marina. En primer lugar no es cierto que cobremos lo mismo, lo novedoso es que ahora se pueda determinar el salario en función del "éxito académico" y otros factores como la influencia benéfica de la docencia en los alumnos o su obtención del éxito profesional. Los riesgos de medir el éxito académico se han comentado sobradamente en estos días. Pero les diré algo: nunca me siento más eficaz y realizado en mi trabajo que cuando tengo "malos alumnos", sí, de esos que luego no obtienen brillantes calificaciones pero son capaces de remontar sus circunstancias desfavorables y superar sus limitaciones. Tenemos una materia prima, y su diversidad es enorme, ¿cómo piensa Marina mensurar cuestiones tan complejas a la hora de establecer diferenciaciones salariales? Y eso en cuanto al factor de las calificaciones, el más "aritmético", porque no quiero ni pensar cómo valorará Marina factores tan abstractos como los que antes he referido. 

Miren, yo creo que todo esto del salario es una falacia que encubre algo mucho peor que la intención de premiar a quienes trabajan bien. Sospecho que la derecha planea otorgar un enorme poder a los directores de los centros para que sean ellos quienes seleccionen a las plantillas con las que quieren trabajar. Pronto les explicó por qué tal posibilidad, que por cierto ya ha empezado a aplicarse en Catalunya, nos aboca a riesgos colosales, riesgos incluso contra el más esencial de los principios de la democracia en educación, la libertad de cátedra. Pronto se lo explico, pero perdónenme una maldad. Dice Marina que los profesores deberíamos de alguna forma denunciar a los malos compañeros. Joder, compañero Marina, ahora promueves la delación. ¿Ya eras un acusica en el cole? 



Friday, November 06, 2015

LUNES

La procesión de los refugiados sirios, extendidos como una serpiente a lo largo de una carretera. Unos pocos policías motorizados conducen la triste comitiva que no sabe a dónde va. Me recuerdan a los zombis que deambulan sin rumbo en The walking dead, ejército desarrapado que se arrastra a duras penas buscando alguna esperanza a la que aferrarse. Alguien me dijo que se negaba a ver esa serie televisiva: "Se parece demasiado a la realidad, prefiero la ficción". Entretanto, y mientras se acerca el invierno, siguen errabundos por el interior de Europa. Estamos presenciando escenas propias de la Segunda Guerra Mundial, pero las vemos en color, en la tontuna del telediario mientras esperamos el resumen del reality o las últimas majaderías de Halloween... Todas las imágenes parecen formar parte del mismo engrudo, la misma hipnosis que, extrañamente, nos hace presentir que nada es auténticamente real, que todo de alguna forma es parte de un guión.

MARTES

 Asisto al estreno de "Truman". Compruebo que presenciar la interpretación que Ricardo Darín hace de un moribundo con un misterioso sentido del humor es darse un homenaje como el que uno se da en un restaurante de lujo. Se diría que la lágrima que en algún momento asoma en los ojos de Javier Cámara, magnífico acompañante del maestro, transmiten la emoción de trabajar con semejante genio antes que la simple ejecución del papel del viejo amigo que acude a despedirse.

"Qué rápido se han pasado estos cuatro días", dice éste, cuando sus ocupaciones en Canadá le obligan a coger el avión y despedirse, ahora ya sí, definitivamente. Parece un chiste: "la vida son cuatro días", nos dijeron. Cuán estúpidos se nos antojan tras ver "Truman" los remilgos con que algunos se siguen negando a aceptar el concepto de la muerte digna.

Y se me ocurre otra cosa. Hace algunos años, tras una sesión de estreno del film de Alex de la Iglesia "Balada triste de trompeta", un joven particularmente ruidoso  expresó a voz en grito su opinión sobre el mismo, aseverando que jamás volvería a ver una película española. No seré yo quien trate de convencer a semejante cantamañanas de que hay abundante cine español que merece muchísimo la pena... Bien pensado es mejor que se quede en otra sala viendo películas de Steven Segal.

MIÉRCOLES

La secesión es un simulacro, que es algo distinto a una mentira. Se ha lanzado con una fuerza mareante hasta para los catalanes que simpatizan con la idea porque tiene una utilidad esencial para las fuerzas políticas: hacer creer a la ciudadanía -y creérselo ellos mismos- que todavía es posible la gobernanza. El objetivo inmediato de los partidos que con mayor asertividad reclaman que España es una unidad de destino en lo universal es el mismo a corto plazo que el de los más irredentos secesionistas: ganar las próximas elecciones...y probablemente lo consigan. Pero hay algo más: el miedo a la quiebra de la nación otorga a quienes se apoderan del discurso tanto poder como seducción ejercen quienes ilusionan a sus paisanos con la utopía de una patria libre al fin de sus viejos opresores. Así, la ciudadanía olvida durante algún tiempo que las riendas de la socioeconomía están completamente fuera de alcance de los profesionales de la política, que Merkel transmite instrucciones directas a Moncloa y que nadie sabe que hacer para resolver los problemas cotidianos de la gente. 

JUEVES

Halloween es una gigantesca gilipollez con la que Norteamérica nos ha colonizado a través del simplismo de las teleseries y el cine de masas... esto en realidad lo sabemos todos.  Y, sin embargo, viendo a mi vástago tan feliz disfrazado de brujita, me viene a la cabeza lo que mi madre me contaba como rutina anual del día de Todos los Santos. Mi abuela se vestía de negro y la acompañaba hasta el cementerio del pueblo. Era una mujer con una aprensión patológica hacia gérmenes, microbios y miasmas de todo tipo, de manera que a unos doscientos metros del lugar se detenía. Tras dar una larga serie de instrucciones a mi madre sobre lo que tenía que hacer con las flores, esperaba a que ésta regresara. Una vez en casa le obligaba a cambiarse los zapatos y a explicarle lo que había hecho con las flores y la lápida para asegurarse de que había cumplido estrictamente sus disposiciones. Mi abuela era una fanática religiosa, y -como casi todos los fanáticos, por paradójico que parezca- estaba obsesionada por que los demás supieran lo devota que era, de ahí su insistencia en que el lugar donde reposaban sus muertos estuviera en perfectas condiciones y nadie le criticara por dejada y poco observante.

Creo que prefiero la idiotez de los niños maquillados de zombis pidiendo caramelos.

VIERNES

Este domingo se celebra en el circuito de Cheste uno de esos acontecimientos deportivos que supuestamente pasan a la historia. A la emoción por la disputa de un campeonato del mundo de motociclismo se añade la hemorragia emocional que se ha desencadenado con el derribo del que Marc Márquez fue objeto por Valentino Rossi en el último Gran Premio.

Me la sopla quien gane, la verdad, pero sé una cosa. El lugar donde actualmente vivo es especialmente propicio para que algunos moteros desaprensivos hagan ostentación de lo larga que la tienen, haciendo rugir sus tubos de escape para impresionar a las chatis -que las debe haber muy tontas- y para que, desde mi ventana, yo les desee todos los tormentos del infierno. Además, como son un colectivo bastante mimético, es posible que imiten la agresividad que últimamente exhiben sus ídolos y les dé por comportarse con peor educación y más agresividad de lo habitual. Ya lo verán, será un espectáculo muy edificante el que montarán en las afueras del circuito... A lo mejor no ganan los nuestros, pero lo que sí es seguro es que ganará la barbarie. 


Friday, October 30, 2015

LA CASTA

En el hábil y sugerente reportaje de "Salvados" sobre los antiguos alumnos de El Pilar, Juan Luis Cebrián reconoce formar parte de "eso a lo que podríamos llamar la Casta", pero no pierde oportunidad de, mirando a Jordi Évole a la cara, hacerle ver que él también ha pasado a formar parte de La Casta, categorización que hace extensiva, por supuesto, a Pablo Iglesias. A Évole le toca ser Casta por preguntar y porque la gente ve su programa de los domingos en la Sexta, al líder de Podemos por ser el inventor y difusor del apelativo. 

Entendemos que, según esta consideración, "casta" es cualquiera que tenga poder, lo cual, además de a los miembros del stablishment financiero o mediático, puede aplicarse a un político que ha conseguido sin apenas respaldo económico considerables adhesiones ciudadanas o un periodista cuyo espacio televisivo genera una amplia expectación. 

Pero Cebrián -como buen oligarca, y más si ese oligarca lleva medio siglo instalado cómodamente entre los cuadros de mando de una gran comunidad como es España- manipula cínicamente, pues él sabe perfectamente que lo que dice, al menos en el caso de su interlocutor, es falso. A Cebrián se le entrevista porque hace toda la vida que forma parte de un cenáculo de elegidos, su poder es enorme, un "poder fáctico", de esos a los que hay que saltarse o camelarse según convenga cuando alguien trata de moverse con éxito entre los bastidores de la fortuna. Évole, por contra, sólo es un periodista ocurrente y simpático que ha conseguido elaborar un programa televisivo brillante. Cebrián salió de El Pilar donde, inmediatamente después de Luis María Ansón, ya dirigió la revista del colegio hace cincuenta años, un colegio del que, como demostró el reportaje, han salido muchos, muchísimos de los actuales líderes del país; Évole estudió en una escuela pública de Cornellà, no compartió pupitre ni patio con Garrigues Walker, Aznar, Rupérez, Rubalcaba, Solana, Wert, Marchesi...

Con esa autoindulgencia con la que los poderosos asienten cuando se les recuerda lo afortunado de las cartas que les deparó el destino, los entrevistados reconocen haber crecido rodeados de los futuros miembros de la élite, pero la mayoría al final suelen no encontrar razones sólidas para tanta coincidencia. Incluso cuestionan la especie de que El Pilar fuera sumiso con el Régimen. La hipótesis que alguno formula tiene su gracia: "en El Pilar se criaba la élite, leíamos y decíamos lo que nos apetecía, es en Vallecas donde resultaba peligroso que la gente pudiera leer a Baroja". Repite una y otra vez un ex ministro que todo es una especulación sin fundamento... "azar, puro azar", dice respecto a la misteriosa coincidencia cuya repercusión en la historia reciente de este país es tan colosal. Y hablando de cosas graciosas, no se lo pierdan: El Pilar es actualmente un centro concertado, es decir, lo pagamos todos. Debe ser por la gran obra social que lleva a cabo preparando a los dirigentes que tendremos.

Volviendo a la Casta, ahora que Podemos parece un soufflé a punto de desmoronarse, no viene mal otorgarle cuanto menos el mérito de haber popularizado el uso de un término que, a mi entender, dice mucho si es adecuadamente aplicado, respecto a la salud de nuestra democracia. Seamos precisos: no hay casta porque haya dirigentes. Toda sociedad crea estructuras jerárquicas. Cuando esas estructuras cristalizan en tramas donde el acceso al poder queda estrangulado de tal manera que los cuadros de mando se reparten de forma recurrente entre allegados, entonces empezamos a tener una casta. 

Pero vivimos en democracia... Claro, pero en la medida en que el sistema vive sometido a los designios de una minoría privilegiada, en la medida en que la verticalidad del sistema de transmisión de instrucciones no se contrapesa adecuadamente con mecanismos de acción ciudadana, lo que tenemos
es una oligarquía. 





 
Claro que a lo mejor mi problema es que yo también soy casta, no sé si Pablo Iglesias me consideraría tal cosa, pero Cebrián seguro que sí.     

SOBRE EL RECHAZO


Toda autobiografía posible se halla atravesada por los múltiples rechazos que hemos sufrido.  Y digo bien, "los que hemos sufrido", pues no contabilizamos aquellos que nosotros infringimos... otros los sufrieron, pudimos permitirnos el lujo de restarles trascendencia. En cualquier caso, y por más motivos que busquemos, por más que terminemos hallando justificaciones razonables, jamás podremos perdonar el rechazo. 

No soy una víctima, no comparto el placer que muchos otros experimentan por serlo; lo que digo es que las exclusiones que hemos padecido dejan una traza tan profunda en el centro del alma que, a poco que uno cargue más de la cuenta el café de la mañana, sus cicatrices tirarán de la piel para que no olvidemos el daño que ya hicieron en el pasado. 

A este respecto advierte Cioran que la única manera de no sucumbir a la rabia consiste en renunciar a escarbar en la memoria. Tiene razón, pero el pensamiento de Cioran es por definición suicida, y sabe que es inútil esforzarse en olvidar, pues la memoria tiene vida propia y regresa siempre que le place para cobrarnos sus facturas, más onerosas a menudo de lo que hubiéramos podido imaginar. Y hace bien: como mamíferos, sólo sabemos quiénes somos en la medida en que recordamos cuántas veces nos vimos obligados a huir, cuántas hubimos de comernos el orgullo y asumir que no nos querían, no al menos aquellos por los que más deseábamos ser queridos. En realidad no somos otra cosa: el poder para sobrevivir a los rechazos sufridos. 

Los periodistas que hablan de mobbing escolar saben poco en realidad del dolor que experimenta un niño ante el rechazo de sus compañeros. Los críos son naturales, y eso les hace fascinantes, pero también son depredadores y hasta obscenos en su crueldad. Debemos perseguir el acoso pero, en última instancia, el acosado sabe muy bien que los golpes son sólo la última estación de un proceso muy largo que empezó el día en que alguien se percató de que aquel niño, por alguna razón, tenía algo que lo hacía diferente y, en consecuencia, sospechoso. 

Si supiera hacer ver a ese niño que el rechazo no hace sino fortalecerle yo sería el mejor maestro del mundo, pero esa verdad, acaso la única importante, no puede transmitirse. El niño acosado sólo siente dolor porque, equivocadamente, presiente en el desprecio ajeno el estigma del fracaso propio.  Nosotros, adultos, no hemos dejado con el tiempo de ser vulnerables, pero ya no lo somos de la misma manera, a la intemperie, y hemos aprendido a intuir que tras cada nuevo rechazo sólo existe el plan oculto del destino para hacernos más grandes y más fuertes. 

Cada vez que a lo largo de mi vida he abandonado, un contexto donde sospechaba que no estaba mi lugar, he experimentado en el trasfondo de la frustración un misterioso placer que asocio al vértigo del vacío de hogar característico del nomadismo. No nos quieren, prefirieron escoger a otro o simplemente dejamos de gustarles. Me tienta decir aquello de "ellos se lo pierden", pero no, prefiero pensar que soy yo el que sale ganando al poder escapar de un lugar donde no se me aceptaba o, en todo caso, sólo si accedía a vender barata mi dignidad. Quizá después de todo acertaron al despedirnos, fue lo mejor para todos. 


Se me ocurre pensar que tienen razón los pueblos que, como los judíos o los gitanos -acaso más estos últimos, puesto que nunca cayeron en la tentación de soñar con una patria perdida- se sienten elegidos por los dioses. Nadie como ellos ha construido su historia desde el sentimiento de haber sido excluidos, nadie como quienes han sido expulsados de todas partes puede saberse miembro de una casta con ínfulas aristocráticas. 

Friday, October 16, 2015

IMBECILARIO

1. No voy a sorprenderme a estas alturas por declaraciones como las que esta semana ha realizado Monseñor Cañizares, actual arzobispo de Valencia. Su perfil ideológico es extremista y su intención cuando opina públicamente, antes que adoctrinar a sus fieles, es hacer sentir al Partido Popular que a la Iglesia la va a tener siempre de su lado. Cañizares insiste obsesivamente en la perversidad moral del aborto, le viene bien para esquivar cualquier pregunta sobre los casos de pederastia en la organización de la que forma parte o sobre la corrupción del partido político al que con tanta lealtad apoya. Monseñor avergüenza tanto cuando opina como cuando aparece con el traje de cola kilométrica sujeto por monaguillos, produce en ambos casos la misma sensación de extemporaneidad. 

El viento de la historia borrará a majaderos de este calibre, de acuerdo, es cuestión de tiempo que la sala de máquinas de la institución jubile a un tipo cuyas intervenciones sólo suman desprestigio para ella cuando el trono de Pedro es ocupado por un moderado  como Bergoglio. Pero, cuidado, no nos dejemos engañar por la cosmética. Afirmar hoy que muchos refugiados "no son trigo limpio", que no hay tanta pobreza en España como se dice o que el mal no son la peredastia o la corrupción sino el aborto pone a Cañizares a la altura de los peores líderes populistas de Europa y, lo que es peor, a años luz de cualquier cosa que recuerde al mensaje evangélico... De acuerdo, pero Cañizares no es simplemente una presencia más o menos incómoda y a duras penas tolerada, Monseñor es desde hace mucho un líder de la institución sacra porque su conducta encarna los valores que han sostenido a la misma desde hace muchísimo. 

Digámoslo de una vez, la Iglesia Católica española, o para ser más exacto, quienes la dirigen, ha estado siempre del lado de la oligarquía del país. Que el mensaje evangélico sea incompatible con la ideología de derechas conduciría a la contradicción sólo si la misión de la organización fuera esencialmente ética, pero es que no lo es: lo que persigue la Iglesia es el poder, así de fácil. Esto Cañizares lo ha entendido siempre a la perfección, por eso es tan fuerte. No tengo ningún interés en que le jubilen o en que ahora simulen otros jerarcas católicos -como ya están haciendo- no compartir sus teorías, lo que toca es convencernos de una vez por todas de que debemos  acabar con el Concordato del estado español con el Vaticano y suprimir los antidemocráticos privilegios con los que cuenta la Iglesia Católica, esa cuyos máximos prebostes acusarían a Cristo de no ser "trigo limpio" si se lo toparan entre los refugiados que llegan de Siria. Bien pensado me da igual lo que diga un pobre hombre decrépito, lo intolerable -y lo profundamente antidemocrático- es que yo sufrague la maquinaria que lidera.

2. Dice el President del Parlament de Catalunya que "España debería pedir perdón por el asesinato de Companys". Aquello fue una atrocidad más de tantas como cometió el franquismo, especialmente en los años inmediatamente posteriores a la Guerra, en los cuales se perpetró una operación de exterminio de todas las formas de disensión frente al Régimen, incluyendo obviamente a quienes cuestionaban la sacrosanta "Unidad Nacional". Lo que sonroja es el simplismo desde el que Ernest Benach presenta su comprensión del asunto como consecuencia de la guerra de España contra Catalunya. Pues mire, no. El franquismo, por fortuna, no es España; por más que el nacionalismo catalán ande muy interesado en que lo parezca, el integrismo de Franco y sus actuales herederos sólo es una forma de entender la realidad del Estado -o habría que decir del Imperio, supongo-. ¿Forma triunfante? Desde luego, y aquí es donde cada quien habría de hacer memoria y preguntarse cuál fue el papel de sus correligionarios en la lucha contra el fascismo. Yo pienso mucho en el esfuerzo del anarcosindicalismo catalán que protagonizó la Semana Trágica y defendió después a la República o el heroísmo de los brigadistas internacionales que defendieron la libertad de Catalunya durante la Guerra... No eran "secesionistas", claro, debe ser ese el problema.

3. Un allegado, ante la lacrimógena escena dispuesta ante el Tribunal Superior de Catalunya para alentar a la supuesta reencarnación de Lluís Companys, dice algo que me interesa: "Todo esos tipos tienen un buen trabajo, viven en buenos barrios y tienen casas mejores que la mía... Míralos, se abrazan y lloriquean como si Mas fuera Jesucristo y Catalunya fuera Palestina. Qué bonito es sentirse así, como parte de un colectivo-víctima, qué bonito poder identificar al opresor, causante de todas las desdichas." 

Llevar a Mas a los tribunales me parece una estupidez que no hará sino agravar el problema... Pero, qué quieren que les diga, no me creo el martirologio. Entre tanto, sigo sin saber qué pretende hacer el actual gobierno catalán para solucionar los problemas de la gente. Eso sí, ellos se sienten jóvenes y eufóricos, como estudiantes universitarios en reuniones clandestinas y a punto de correr siempre delante de los Grises. 

4. Una mujer llega moribunda al hospital y es milagrosamente resucitada en la UCI tras un valiente tratamiento de choque. Los médicos reaccionan de forma fulminante pese a que la paciente se halla mucho peor de lo que les habían dicho. Le anuncian que el proceso de recuperación será duro, pero que llevará al éxito si tiene el mismo coraje que sus médicos. 

Importa poco que el spot electoral del PP sea una burda copia de uno idéntico que se hizo años atrás para unas elecciones en algún país hispanoamericano, es lo que tiene contratar a enchufados, que hacen chapuzas y además te engañan. Se trata de un relato, es el modus operandi característico del marketing: presentar la realidad en forma narrativa, encajar astutamente una serie de piezas para generar una comprensión global favorable. 

¿Nos creemos el relato que hace el PP de sus cuatro años de poder? Yo podría integrar otras piezas, recuperar documentos de personas desahuciadas, conversaciones telefónicas repugnantes entre corruptos, testimonios de cientos de miles de personas que han atravesado el umbral de la pobreza, trabajadores sociales que conocen bien la realidad de la exclusión... Podríamos hablar de paraísos fiscales, de la obsesión por la represión policial, del comadreo con los privilegios de la Iglesia, de la miseria moral de la Ley Wert o de las privatizaciones de hospitales en favor de los amigachos. 

Hace poco oí a una vecina decir que estábamos "siendo gobernados por bandidos". Quizá sea exagerado e injusto, pero todos podemos construir un relato...