Saturday, June 10, 2023

EL PASTOR

 


Charlo relajadamente a la puerta del Instituto con unos alumnos a los que, concluidos los últimos exámenes, se les va quitando la mueca de fastidio ante la presión académica –según ellos feroz- a la que les sometemos. Nacieron con el siglo ya muy encaminado, bastante después del 11-S, lo cual, teniendo en cuenta que cuando yo nací Lennon y Macrtney aún no se habían peleado, me invita a pensar en lo viejo que soy.

En ese momento aparece un anciano que conduce un carro con dos de sus nietos. Bien pensado no es tan anciano, con 74 años y encontrándose en aparente buena forma física… quizá eso de la decrepitud le calza mejor a otras personas. Apenas intercambiamos palabras de cortesía y recuerdos para la familia, pero en el pasado, cuando en el parque yo criaba a mi hija y él a su primer nieto, tuvimos largas conversaciones.

Lo único que delata la procedencia del viejo es su acento manchego. Llegó en los setenta con su mujer de la España vacía y una mano delante y otra detrás. Trabajó de albañil “en la obra” y ayudó a convertir Valencia en una ciudad moderna… como tantos otros, muchos de ellos andaluces, aragoneses o, como él, manchegos. “Yo, en realidad, no quería venirme del pueblo”. Me reveló un suceso sobrecogedor. Él era pastor de ovejas y cabras. Un buen día encontró a su mejor amigo: un perro infalible, el único de los que había tenido que nunca habría de fallarle para proteger al rebaño y recuperar a los descarriados. Una tarde, cuando intentaba precisamente reconducir a alguna cabra rezagada, el perro fue atropellado por un conductor que corría demasiado. Cuando vio cómo se abalanzaba hacia él, el conductor salió escopetado. “Cómo me vería que creyó que iba a matarle, y sí, era lo que probablemente iba a hacer. Hizo bien en salir de allí”. Cogió en sus brazos el perro agonizante. Cuando exhaló su último suspiro decidió que ya no volvería a ser pastor y que, como otros del pueblo, se iría a la ciudad.

Mientras le veía alejarse con sus nietos, una alumna me hablaba de la última maravilla de Apple, unas gafas con las que, al parecer, la empresa tecnológica creada por Steve Jobbs se va a adelantar al futuro. Estas lentes mágicas te permiten ver un montón de pantallas a la vez con las que puedes interactuar simplemente moviendo la mano. Así, al tiempo que tienes delante un videojuego, una entrevista con Mourinho o una bella joven haciendo una mamada, puedes también videollamar a algún amigo, aunque, como tú estás con las gafas dichosas, lo que el ínclito ve de ti es una imagen virtual que, supongo, parpadea y mueve los labios. Si llegas a casa y te encuentras a tu hijo en el sofá con el artefacto y la mano extendida hacia la nada, puedes llevarte una impresión algo inquietante, pero es cuestión de tiempo que te acostumbres. No sé si entre las pantallas que tienes delante hay también una de la realidad. Claro que, ¿a quién le importa la realidad?

¿Saben? Creo que tenemos un problema. Una vida no es mucho tiempo para la Historia, ni siquiera la de un anciano. En apenas un par de generaciones hemos pasado del neolítico a la posmodernidad, en muchos casos para bien, pero conviene saber lo que nos vamos dejando por el camino, lo que hemos perdido, la desorientación que nos acucia.

Soy padre y profesor. No estoy seguro de poder transmitir a mis alumnos lo cerca que estamos del campo, el hambre, los caciques. Entre el anciano que lloró a su perro y estos chavales parece haber distancias insalvables. No hemos acabado con el horror, faltaría más, pero los jóvenes no dispondrán de recursos para afrontar los nuevos peligros si no reconocen algo suyo en los que afrontaron sus abuelos. Y, sobre todo, conviene que sepan lo esencial: queremos poder comer todos los días, tener una casa a resguardo de las tempestades, ser respetados por la comunidad y queridos por unas cuantas personas… Si no conseguimos todo eso sin las gafas de Apple tampoco lo conseguiremos con ellas, solo viviremos más entretenidos y más aislados, además de adoptar un aire ridículo del que nuestros prójimos harán bien en reírse

Saturday, May 13, 2023

EGOS






Se lo he advertido ya en diferentes ocasiones, pero ustedes no escarmientan: la culpa de la mayoría de mis problemas la tienen ustedes. Sí, ustedes, mis prójimos, los demás, los otros. Yo solo pretendo que me quieran, pero resulta que tengo que hacer unos esfuerzos colosales para recoger dos aplausos desganados, mientras al espabilado de turno le basta guiñar un ojo para que el mundo se postre a sus pies. Reconozcan al menos que no es justo. Si respondiera a mis primeros instintos, les diría lo que pienso de ustedes, manada de simios, y al menos ya tendrían motivos sólidos para detestarme.  

Sí, ya lo sé, ahora me contestarán que "tú, pedazo de cabrón, en general tampoco nos dedicas demasiadas atenciones". Podría decir que ustedes no suelen hacerse acreedores a ellas... Y es aquí cuando mi discurso se pega la vuelta, pues con la edad me he ido convenciendo de que tienen razón. Es más, no solo no hay grandes motivos para adorarme, sino que he descubierto por distintos sucesos biográficos que no vienen a cuento que estoy incluso por debajo de la media... Vamos, que soy imbécil, emocionalmente débil, perezoso, previsible y además me tiro unos pedos espantosos cuando como legumbres. 


Bien, esto me lleva a una reflexión que quiero compartir con ustedes: los seres humanos, muchos de ellos, tenemos un problema muy serio con el ego. 


No es extraño que la espiritualidad asiática haya pasado miles de años diseñando técnicas para no dejarnos llevar por el ego. No se trata de llegar al Nirvana ni cuentos por el estilo, se trata de asumir que el puto mundo no gira en torno a ti, cosa que por lo visto cuesta de entender. 


Conozco personas en los círculos de la excelencia intelectual que se agitan como anguilas en el lodo para alcanzar celebridad y reconocimiento. Puedo entender que alguien se busque la vida para alcanzar, por ejemplo, una plaza de profesor en la Universidad. Lo que me cuesta más entender es a aquellos que pasan las horas conectados a internet para comerle el culo a cualquier pope de no sé qué centro neoyorkino de investigaciones para ver qué le sacas. Hay tipos a los que te encuentras en todas las conferencias, en todas las comidillas editoriales. Cuando no tienen una comunicación que hacer en Valencia es porque están en Madrid en un círculo de no sé qué debate sobre Martha Nussbaum y su puta madre. 


Hay quien es capaz de vender a su madre por adquirir influencia y notoriedad en todos los cenáculos donde puedes codearte con lo que llaman la élite. Suelen decir que son amigos de Vargas Llosa, ante el que doblan la cerviz mientras babean. Es lógico que alguien quiera vivir de lo que investiga y escribe, y puedo entender que uno desee reconocimiento... Nadie estamos libres de tan humanos anhelos. Lo que me tiene a mucha distancia es ese demonio que algunos tienen dentro y que les mueve sin el más mínimo remordimiento a explotar y estafar a cualquier cándido que se les acerque, convirtiéndole en simple instrumento de sus ambiciones 



Son tipos detestables que me provocan un tedio espantoso. En algún momento de mi vida he tenido la sensación de que si apretaba un  poco y me dejaba caer en el momento oportuno por según qué cenáculo podía llegar a satisfacer ese ansia de aplauso que todos tenemos. Acaso me lo impidió mi falta de talento, pero, no estoy seguro de que ese sea el problema, pues, por increíble que parezca, hay muchos tipos peores que yo que reciben legiones de seguidores en la feria del libro o en youtube. No, mi vulgaridad no es el problema: el problema, lo que de verdad va a determinar que envejezca y muera en el anonimato, es que he llegado a la conclusión de que desarrollar grandes esfuerzos y malgastar tu vida para que el mundo te quiera es propio de personas con muy mal gusto. 

Además, soy nieto de Arturo Montes. Jódanse. 




Monday, April 24, 2023

BOAVENTURA DE SOUSA SANTOS DENUNCIADO

 




Se hace difícil sospechar que la abrumadora serie de denuncias por acoso sexual contra Boaventura de Sousa Santos respondan a alguna suerte de complot urdido por poderosos reaccionarios para destruir a uno de los más luminosos críticos del capitalismo. Que de Sousa tiene enemigos… No me cabe duda. Que habrá quien quiera desacreditarle por sus diatribas contra las nuevas formas de dominación… Segurísimo. Que algunos le despreciarán por ser un europeo que ha tomado decididamente partido por los oprimidos del Sur del planeta, lo que se advierte por su difusión en toda Iberoamérica, especialmente Brasil… Pueden apostarlo.
He leído mucho a Boaventura, sobre todo a raíz de la pandemia. Y aunque no coincido en todo lo que dice respecto a las “epistemologías del Sur”, la potencia argumental y documental de su extenso trabajo se me antoja deslumbrante. No creo aún así que la circunstancia exija de mí sacar la cara por el ya octogenario pensador portugués tras las últimas informaciones aparecidas. Estaríamos según las mismas ante un personaje repugnante, un sátrapa del mundo universitario que habría aprovechado durante décadas su poder y su prestigio para obligar –presuntamente- a numerosas mujeres a concederle favores sexuales.
Muy al contrario, sospecho que las acusaciones son ciertas y, probablemente, asomen como la punta de iceberg de un asunto que aún se abre paso a duras penas entre las sombras de la omertà. “Todas sabemos”, se lee en una pintada relacionada con el asunto en la Universidad de Coimbra… Me niego a caer en los peros habituales para estos casos. “¿Por qué denuncian ahora y no cuando sucedió?” “Cedieron voluntariamente para obtener prebendas” “Intentan ahora obtener notoriedad con acusaciones que no pueden probarse”…
En fin, ya sabemos cómo funciona esto. Podemos cuestionar algunos excesos asociados al Me Too. Es el caso de Woody Allen, en el cual se viola de forma flagrante la presunción de inocencia. Respecto a Boaventura vale igualmente, faltaría más, y tendrán que ser los jueces de Portugal y Brasil los que diriman si hay pruebas de acción criminal tras los indicios. Ahora bien, el ciudadano, sobre todo si se preocupa de documentarse, tiene derecho a considerar si un personaje como de Sousa Santos puede seguir teniendo autoridad moral como defensor de los oprimidos del planeta cuando, tras sus bellos escritos a favor de la emancipación, nos encontramos prácticas de violencia, sometimiento y autoritarismo… presuntamente.
Bien, permítanme un par de reflexiones.
Hay un enanito dentro de mí que desea que todo sea un infundio. No solo Boaventura me parece un gran investigador, es que creo que hace falta ser valeroso para enfrentarse a los oligarcas del mundo con argumentos y con la convicción que él demuestra. Lo pienso de él, de Naomi Klein, de Noam Chomsky, o, ¿por qué no?, de Julian Assange, quien por cierto también está acusado de acoso sexual. No sé gran cosa sobre la vida personal de estos personajes, pero todos ellos me han dado algo. Y, desde luego, me lo ha dado Sousa. ¿Es un indeseable? Pues puede que sí, hay razones para pensarlo. Y, entonces, ¿cómo entender tal esquizofrenia? Nadie es un santo, pero hay una gran diferencia entre comprarse una casa con piscina en Galapagar y defender la causa de los parias del planeta mientras estás intentando obligar a que te la chupe una becaria que teme quedarse sin trabajo si no cede a tus deseos. Lo primero es discutible, lo segundo te sitúa al nivel de los malvados a los que fustigas… y la conclusión es que corres el riesgo de invalidar tu discurso.
Verán, yo me considero de izquierdas, ya tengo edad para decirlo sin tener que pedir excusas. He pasado por muchas organizaciones cuyo etiquetaje era fuertemente progresista… Lo siento, no quiero amargarle la tarde a ningún cándido, pero la verdad es que algunos de los mayores hijos de perra que han ensombrecido mis días los he encontrado en tales lugares. Hay auténticos farsantes, robaperas y hasta psicópatas en partidos de izquierda, en sindicatos, en emisoras anarquistas, en espacios académicos feministas… Si yo les contara.
¿Tiene algún valor todo esto? “Bueno, en todas partes hay cabrones”, podrían contestarme. Sí, pero reconózcanme que detectar en las listas de Compromís o CCOO a algún tipo del que sabes positivamente que es una víbora resulta cuanto menos inquietante.
“El ciego me sacó de mi natural ingenuidad”, dice el Lazarillo. A mí, de mi juvenil candidez, esa que creía que proclamar ciertas ideas y besar ciertas banderas te otorga automáticamente alguna suerte de superioridad moral, me sacaron hace ya tanto tiempo que creo que ni lo recuerdo. Pero fue así. Y sigo siendo de izquierdas, ya ven.
Por cierto, lean algún ensayo de Boaventura de Sousa Santos. Quizá se lo haya escrito una becaria. Quizá por eso sea merezca la pena.

Sunday, February 12, 2023

SEÑORAS (Y SEÑORES)

 


El envejecimiento causa estragos de todo tipo, no les descubro nada. A medida que te acercas a la sesentena vas escuchando el silbido de los tiros que pasan cada vez más cerca.

Hay cosas no digo que peores, pero sí bastante menos dignas que morirse. Por ejemplo, ¿no han notado que algunos varones otrora muy viriles y muy machos se transforman en señoras? El caso Paul Macrtney es paradigmático. No se ha hecho trans ni nada de eso, simplemente ha pasado de ser un rockero a parecer una de las protagonistas de “Las chicas de oro”. Y podrían, por cierto, acompañarlo con Robert Redford, Axl Rose o Mick Jagger, todos ellos devenidos abuelitas sin pretenderlo. Tiene su gracia teniendo en cuenta la cantidad de damas que sucumbieron a sus testosterónicos furores durante sus largas y fértiles biografías.
No es solo asunto de celebridades: en mi círculo hay egregios caballeros que votan al PP y odian a los maricones y que, curiosamente, empiezan a parecer más indicados para tomar el té con mi madre que para acudir al rodeo o a la whiskería. (“whiskerías”, siempre me fascinó que se llamara así a los burdeles)
Claro que sospecho que hay desperfectos mucho peores. Podría referirme a los injertos de pelo en Turquía, las horas de musculación para ponerse a tono, la manía de agujerear la capa de ozono con toneladas de Grecian 2000, el horroroso chándal de los domingos, la manía de dar instrucciones que no se le han pedido, las loas a Bertin Osborne o Pablo Motos (por Dios)…
En fin.
Pero hay uno que se repite tanto que he decidido tomármelo un poco a chufla: los viejos que se hacen fachas. Creerán que me estoy refiriendo al inevitable Federico, pero no: éste solo se infiltró en la izquierda para follar. Lo que pasa es que una hippie le dio calabazas por ser enano y cabezón y le pasó como a Darth Vader, que juró pasar la eternidad vengándose. Pensarán que tengo en la cabeza a antiguos rojos como Felipe González, Juan Luis Cebrián, Fernando Savater, Alfonso Guerra u otros tantos que nos alegran las mañanas sugiriendo que Pedro Sánchez es un bolchevique irresponsable y que le faltan dos telediarios para colectivizar hasta mi camisa a cuadros. Dejo el debate para otro momento, pero sí, alguno de los nombrados fue siempre un reaccionario oportunista y disfrazado, algún otro se ha vuelto loco... en fin.
Quienes en realidad inspiran este escrito son algunos allegados –ustedes no les conocen, qué pena- a los que cumplir años les está sentando fatal. Se atribuye a Churchill la sentencia según la cual un joven que no es de izquierdas no tiene corazón y un viejo si no es de derechas no tiene cerebro.
No está mal pensado, y ya sabemos que Winston era bastante listo y bastante cabrón. Ya ven, yo –mi padre ya me lo insinúo- he sido siempre gilipollas, pues lejos de mesurar mis impulsos revolucionarios, los estoy intensificando día tras día. Antes que a tanto viejuno cabreado con las mujeres, con los gays o con los jóvenes, yo prefiero ir pareciéndome a esos señores encantadores –“yayoflautas”, les llamaban- que se lanzaron sin el más mínimo recato en apoyo de los campamentos y se convirtieron en fuente de inspiración para el 15M.
No es presunción. A mi edad creo que me he ganado el derecho a decir que soy rojo si me sale de los ovarios. A ustedes les consiento contestar que solo soy uno de tantos pequeños burgueses que vota a Podemos y dobla la cerviz ante la pestilencia de la corrección política por pura hipocresía.
Y a lo mejor tienen razón. Quizá la verdadera ventaja de hacerse mayor es que uno experimenta la tentación de sucumbir al cinismo y decidir que la humanidad no tiene remedio, lo cual me parece una postura bastante más lúcida que la de los neofachas de mi entorno. Quizá, sí, pero, de momento, dejen de intentar convencerme de las siguientes mierdas:
-El feminismo es un problema de corrección política.
-El mal de este país es que ni las leyes ni los políticos castigan con la debida severidad la delincuencia.
-El virus del nacionalismo periférico se cura a base de palos.
-El colectivo LGTBI pretende dominar el mundo y adoctrinarnos a todos para volvernos gays y trans.
-La riqueza de este país la crean grandes filántropos como Juan Roig y Amancio Ortega. Sus empleados deberían estarles agradecidos.
-Los inmigrantes vienen a robarnos el trabajo… Los españoles primero.
-Vox dice a la cara las verdades que todos callamos. (Tiene cojones la cosa)
Se me ocurren otras lindezas que alguno de mis envejecidos ex-amigos insisten en trasladarme. Pierden el tiempo, les aseguro que lo pierden.



Wednesday, November 23, 2022

DE POCAS VENGO

 



“De pocas vengo”, decía sistemáticamente mi abuela cuando llegaba a casa con la intención de monopolizar las atenciones de mi madre. La frase invitaba a pensar que le había asaltado la mafia rusa o perseguido un tigre de dientes de sable. Pero no, solía ser una pijada, pero le gustaba hacerte creer que el mundo entero conspiraba contra ella. Me ha venido últimamente la frase a la cabeza porque en mi caso es plenamente aplicable: “de pocas vengo” o, para ser más exacto, “de pocas dejo de contarme entre los vivos”. Pues sí, como se lo digo, que estoy vivo por los pelos. ¿Qué? ¿A que se han quedado con el culo torcido?


La cosa es más o menos así. En agosto empecé a notar una misteriosa disnea –falta de oxígeno- que achaqué al intenso calor o un contagio por covid. El tema, lejos de debilitarse, como yo esperaba, se fue haciendo más grande hasta que, incapaz de llevar a mi hija al colegio sin tener que parar cada diez pasos, opté por acudir a urgencias. Empieza entonces un bonito ciclo de exploraciones cardio-pulmonares y analíticas sanguíneas hasta que, por fortuna, un angiotac detectó la presencia de un trombo en mis pulmones. El bicho en cuestión, surgido de Dios sabe dónde, obstruía mis conductos pulmonares, generando un estrés cardiaco que amenazaba con planes tan lindos como hacer abdicar a mi corazón o provocarme un ictus cerebral. ¿Chulo, eh?


Tres días en la UCI y otros tantos en planta. Al comprobar que mi corazón respondía bien, se me dio el alta con tratamiento de heparina como forma de prevención contra coágulos en la sangre. A día de hoy los galenos siguen sin saber con certeza por qué cojones se produjo en mi cuerpo serrano la afección que figura en el diagnóstico de ingreso: “Trombosis pulmonar masiva”, encoge las gónadas sólo de oírlo.


Estoy bien, voy deshaciendo el simpático bichito gracias a los anticoagulantes y he decidido no reclamar baja laboral, aunque me la recomendaron.  Yo soy así de imbécil. Parece que no voy a morir. De momento al menos… jódanse los que me detestan. Creo que me he tomado con bastante naturalidad la proximidad de la pálida dama. No sé el motivo. Dado que no creo en Dios, siempre he tenido claro que solo tenemos una vida…  Pero, ya ven, algo me dice que el mundo puede pasarse bien sin mí. Además, aunque viviera treinta años más, las perspectivas de volver a ver al Valencia ganar la liga en las próximas décadas son escasas, con lo que tampoco me pierdo gran cosa. Bueno, sí, me pierdo algunas, pero al menos, muriéndome, me libraba del próximo disco de Rosalía, de oír que Pablo Iglesias tiene la culpa de todo o de las mamarrachadas de la señora Ayuso.


De pocas vengo, pero de momento aquí estoy. En la UCI me dio tiempo a pensar, anoté algunas conclusiones (nunca mejor dicho lo de conclusiones). Espero que les sirvan, yo he decidido tomarlas muy en serio.


-La diferencia entre la vida y la muerte no la marca una carta del tarot, ni está escrita por el destino ni tiene que ver con rezos y contriciones. Está en los ojos de un médico que descubre algo muy serio en un angiotac. Gracias señores Galileo, Newton o Curie, gracias a doctores y enfermeras, les debo la vida. No me parece poca cosa.

-La vida no se debe tomar ni demasiado en serio ni demasiado en broma. El barquero nos aguarda a todos, nuestros desvelos acabarán en nada, se perderán como lágrimas en la lluvia. “Esto” es todo lo que tenemos, pasénselo lo mejor que puedan, sin culpabilidad ni dramatismo.

-He explicado a mi hija que he de morir. Me contestó: “Pero vivirás para siempre en mi memoria”. Después de todo, resulta que sí hay una forma de vida más allá de la muerte. Está en el alma de quienes amamos. No sé a ustedes, pero a mí me sirve.

-No quiero morir, pero, cuando lo pienso detenidamente, me pregunto si no sería espantoso un mundo donde la vida no tuviese final. Iríamos, como aquellos inmortales de Borges, buscando la laguna de la mortalidad para poder terminar con nuestras vidas, que se habrían convertido en el auténtico infierno. Quizá, en vez de lloriquear ante la perspectiva de la extinción, deberíamos hacernos una pregunta: ¿merezco vivir más?

-Necesitamos la prosa… y necesitamos la poesía. La prosa consiste en horrendas y pesadísimas logísticas burocráticas que te instalan en un hastío infame, pero construye hospitales. La poesía pone a una joven enfermera consolando a las cuatro de la madrugada a una joven infartada a la que los médicos ya han hecho saber que el resto de su vida será muy dura. La pretensión de vivir sin una o sin la otra es el error.

-No seremos felices, pero nada debe quitarnos la alegría, que es una cosa muy diferente a la felicidad, como bien saben en el sur del mundo. Entendamos que la vida no merece la pena por el placer del coito, sino por la luz de media tarde que se cuela tras él entre las hojas de la persiana. Que no importa la comida, sino la conversación de después. Que Hojas de hierba no es hermoso solo por sus poemas, sino por ese misterio del volumen que tocamos y olemos desde hace cuarenta años. Que no amamos a Hergè, a Bob Dylan o a John Ford, sino esa atmósfera que rodea sus creaciones y que ya vive instalada para siempre en nuestra memoria, que es, después de todo, su verdadero talento.

 

¿Saben? Mientras moría, pensé mucho en todas las cosas buenas que la vida me ha deparado. Lo hice sin esfuerzo, y no me acordé ni por un momento de todo aquello que me abate, me aburre y me enoja. No esperen a tener un trombo masivo para pensarlo.

…De pocas vengo.

 

Wednesday, July 27, 2022

LA ROSALÍA






Rosalía amenaza con conseguir que una vez más, las dos Españas asomen para hacer lo que mejor se les ha dado siempre, que es pelearse. Frente a quienes afirman que es un bluff, yo le reconozco poder de seducción y talento artístico… Diré más, creo que Rosalía es un ciclón, lo supe desde la primera vez que la vi. Claro que también están sus acríticos adoradores, aquellos que declaran genial el primer gargarismo que hace en el aseo por las mañanas y que la diva cuelga en instagram. También hay quienes la coronan como ejemplo supremo de fémina empoderada y dueña de su arte. A ellos les contestaría que Rosalía es un producto de masas perfectamente calculado, un mainstream diseñado hasta el detalle en los laboratorios del art business.

Cuando apareció “Malamente”, no era difícil aventurar que había nacido una estrella. Mas allá de la canción, que adapta con habilidad peculiaridades culturales como las de la Catalunya andaluza, el videoclip que lanzó acierta a conectar magistralmente con la experiencia teenager. Sé de qué hablo. Cierta agresividad cani muy de suburbio, objetualización del cuerpo femenino, culto a una especie de machismo obsoleto y desacreditado pero extrañamente superviviente entre nuestros adolescentes… Quienes diseñaron aquel clip entendían a la perfección que cierto chonismo de barrio y chandal fosforescente, de maquillaje barato pero muy visible, tacones altos y uñas imposibles conecta hoy con millones de jóvenes, la mayoría nada identificados con una cultura adulta que solo les inyecta pesimismo e incertidumbre.








El problema es lo que vino después, cuando se dieron cuenta que tenían un diamante para el mercado planetario. A muchos adultos les fascinó la noche en que apareció en los Goya demostrando que podía cantar como los ángeles, cosa que ya sabían quienes la habían seguido desde que como niña prodigio destacaba en una rumba mestiza enredada en hip hop. Pero no estaba ahí el mainstream que había que vender al mundo, pues cantantes buenas hay muchas. El producto "Rosalía" debía ser otra cosa.

Dijo Shakira que se convirtió en estrella global cuando pasó por Miami. Ubicado, conviene no olvidarlo, en EEUU, Miami es algo así como el Toledo medieval, es decir, un centro mundial de encuentro y traducción, y lo es además desde hace mucho. La misión de los laboratorios del entertainment en Florida es hacer accesible al mundo latino la cultura yanqui y viceversa. Sucede lo mismo para el mundo árabe con El Cairo o para el asiático con Hong Kong. Son los centros desde los que se adapta la diversidad cultural para convertirla en mainstream y hacerla digerible para cientos de millones de consumidores.

Quizá recuerden que Rosalía pasó el periodo pandémico en Miami. No es casualidad. Allí se terminó de domesticar el producto, lo cual incluye también presentarla como lo que ya no es, es decir, una singularidad local, una gitana salvaje e insolente dispuesta a comerse el mundo. Aquí empieza de verdad el producto de masas, aunque su frescura y la supuesta originalidad de sus gestos, sus danzas y sus palabros inventados invite a los ingenuos a pensar en una artista poco menos que revolucionaria. Pero no, Rosalía va camino de ser lo mismo que espantajos como Lady Ga Ga o Madonna. 


“Yo me transformo”, dice nuestra choni. Hace décadas que los artistas globales no hacen otra cosa que imitar a Bowie. Obviamente ninguno se arrima ni soñando a su talento visionario. Pero hay algo más trascendente: el monstruo interior que hace girar la vida de un ser humano no se cocina en microondas y se vende a bajo precio a la hipervelocidad a la que se hace mutar un producto como Rosalía. Demasiado joven para transformarte, querida, demasiada insistencia en decir que te transformas para que sea verdad. Ya no hay mestizaje sino caos, ya no diversidad sino confusión. Por eso las actuaciones en directo generan a la vez sensación de cierta genialidad y de absoluta cutrez. Los movimientos de Rosalía son como los de Beyoncé, lascivos antes que seductores. La letra de sus canciones no se entiende porque lejos de un lenguaje supuestamente alternativo, lo que arrastra es puro efectismo.







Rosalía es un artista de tik tok. Por eso no hay músicos en sus actuaciones... ¿Para qué?: que lleve músicos Springsteen. Por eso un idiota disfrazado perturba continuamente la visión del escenario mientras graba a la nueva reina. Convertida en fetiche pop universal, puede decir “Saoko” y parecer genial, puede hacernos creer que “Motomami” es en realidad el producto de una densa herencia cultural. Si se tirara un eructo al día siguiente aparecerían sus apologetas en la prensa espetándonos que no entendemos la genialidad contracultural de la diva. Pero no, Rosalía no es contracultura, es un producto de la cultura de masas, y por tanto lo contrario de la cultura antagónica, que surge precisamente como denuncia de la uniformidad que impone la cultura barata, construida a la medida del modelo del soft power norteamericano.

Rosalía no es, como no lo fue Shakira -aunque ambas lo pretendan- un ejemplo de la diversificación enriquecedora del pop, que habría apostado por lo latino frente a la hegemonía anglosajona. Como McDonald´s, que vende tex mex o adapta sus franquicias de comida chatarra a las peculiaridades hindúes en Bombay, el pop ofrece una imagen de diversidad cultural adecuada al gusto global. Ya no solo hay un star system de blancos y protestantes como el del Hollywood clásico. Pero es que designio esencial del system es ampliar los nichos de mercado. En cualquier caso, la supuesta singularidad cultural solo esconde un dispositivo de uniformización global o, como dijo Baudrillard, un secreto “integrismo blanco” cuyo plan consiste en acabar con las verdaderas singularidades, con todo aquello que, desde su peculiaridad, irreductible, cuestiona la mundialización del capital.

Lo siento, no creo en Rosalía por la misma razón que no creo en Madonna, quien lleva demasiado tiempo intentando escandalizarme con su supuesta provocación como para tomármela en serio. No, Rosalía no va a liberar a las mujeres ni va a recuperar el elemento hispano para el mundo. Es un mainstream, un bonito mainstream, pero solo eso.



Tuesday, July 19, 2022

UN CALOR DE MUERTE


 




A efectos de higiene de debate quizá no sea lo más presentable aprovechar este espantoso calor para recordar a los amigos que estamos en medio de un proceso devastador conocido como “cambio climático”. Vale, soy un oportunista, pero debo recordarles que fue el líder mundial de los negacionistas, Donald Trump, quien aprovechó una intensa nevada sobre Washington para aseverar que la “existencia del invierno es una prueba definitiva en contra del cambio climático”.


Hace ya mucho que entendí que sostener la polémica con gente así no merecía la pena. Un experto en lógica definiría el negacionismo climático como un rotundo caso de la falacia “ad baculum”, consistente en negar una afirmación porque las consecuencias de que sea verdadera resultan insoportables. Yo, por ejemplo, puedo considerar que un gobierno con la ultraderecha es algo demasiado horroroso como para que ocurra, pero la realidad es que ya tenemos gobiernos autonómicos de coalición con Vox, y es muy posible que obtengan el mismo éxito con el gobierno central. Que sea pavoroso no lo hace menos factible.


La perspectiva del cambio climático dibuja escenarios que están entre lo inquietante y lo apocalíptico. En el mejor de los casos, vamos a tener que cambiar drásticamente nuestra forma de vida, renunciando a muchos elementos que asociamos con el bienestar; en el peor, estamos ante una catástrofe irreversible y es cuestión de tiempo que volvamos el planeta inhabitable… Quizá es cuestión de menos tiempo del que pensábamos.


La respuesta negacionista es irresponsable y pueril. Cuando escuchaba a un líder con tantos seguidores como Esperanza Aguirre cuestionar a Manuela Carmena por su “fobia a los automóviles”, lo que yo me preguntaba es si la ciudadanía está preparada para entender las dimensiones del problema en el que nos hallamos y del cual no hemos más que empezado a percibir las consecuencias. Cuando la señora Ayuso habla de “socialismo o libertad”, se está refiriendo a los procedimientos estalinistas por las cuales se afea a la gente que abuse del transporte privado o se le demanda que haga un uso responsable del aire acondicionado. También piensa en medidas tan bolivarianas y propias del Gulag marxista como cargar de gravámenes fiscales a las empresas que contaminan, en especial a las de los combustibles fósiles.


Más allá de demagogos y espantajos de la política, mucho me temo que hay otros agente más poderosos interesados en acariciar los oídos de tantos y tantos millones de ciudadanos a los que no les gusta que se les diga que vamos al desastre por nuestra propia culpa. El fenómeno de las puertas giratorias -asociado en España sobre todo a las eléctricas - así como la problemática de la financiación de los grandes partidos, explican por qué la posibilidad de crear tejido legislativo capaz de entrar de verdad en el problema es ahora mismo sumamente precaria. Una de las razones por las que he apoyado la inclusión de UP en el gobierno Sánchez es la sensibilidad hacia la cuestión climática -y la ecológica en general- que arrastran las fuerzas políticas asentadas a la izquierda del PSOE. Temo que los resultados a día de hoy sean decepcionantes, incluso a pesar de la creación de un ministerio para la transición ecológica. Ahora bien, al margen de que el poder de España no es el de un país central en Europa, por lo que difícilmente va a arrastrar a grandes potencias, tampoco podemos esperar que un gobernante adopte medidas poco populares si sus votantes no les empujamos a tomarlas.


Ya ven, una vez más el asunto gramsciano por excelencia: la hegemonía. No hay otra, debemos trabajar duro para instalar en las multitudes la convicción de que necesitamos una transición energética eficaz, rápida y concluyente. Hay que convertir el cambio climático en una prioridad, la gran prioridad global. Es cierto que la descongelación del escenario de la Guerra Fría operado por Putin “diversifica” las amenazas sobre el planeta. Al peligro nuclear reactivado por la invasión de Ucrania, añadimos el riesgo de horrorosas hambrunas provocado por las nuevas dificultades sobrevenidas sobre la gestión global de los alimentos. Y, sin embargo, el tema ruso, antes que la inflamación armamentística o la independencia energética, lo que a mí me sugiere es la necesidad de imponer pautas de austeridad en el consumo tanto como la de acelerar la activación de las energías renovables.


Esto no va a ser fácil. La política tiende a ser lo contrario de lo que debería ser, es decir, cortoplacista. Hablando de largos plazos, podemos preguntarnos por qué queremos tener hijos si no estamos dispuestos a legarles un espacio habitable. El problema, no sé si lo han notado, es que los efectos del cambio climático son ya altamente perceptibles, de manera que, incluso por puro egoísmo, deberíamos preguntarnos si vamos por el camino correcto. Como el ex-Presidente Aznar, podemos también decirle a Greta Thunberg que debe volver al aula y deponer su desobediente actitud. O, como Rajoy, argüir aquello de su primo el meteorólogo: “¿quién sabe qué tiempo hará pasado mañana?” Cada uno debe elegir a quién quiere parecerse.


Hace dos años presenté un libro sobre la periodista canadiense Naomi Klein, quien encuentra una secuencia lógica entre sobreexplotación capitalista, desigualdad y desastre climático. En “Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima”, Klein plantea la necesidad de un “Green New Deal”, es decir, algo así como un Plan Marshall sobre el planeta que una las voluntades de todo el planeta para detener el desastre y hacer posible el futuro del hábitat y, por tanto, de la especie. Sería grato esperar que los gestores se encargaran de hacer el trabajo, pero, como tantas veces ha sucedido en la historia, las transformaciones más profundas y decisivas tendrán que venir de abajo. Será, pues, una vez más, la movilización de la gente lo que posibilite una transformación de las dimensiones que precisamos en este momento crítico de la historia de la civilización. Dice Naomi Klein:


“En Occidente, los precedentes más habituales que se invocan para mostrar la capacidad real de los movimientos sociales para actuar como fuerza histórica transformadora son las célebres movilizaciones por los derechos humanos que tuvieron lugar a lo largo de todo el siglo pasado, y entre las que destacan las de los derechos civiles, de las mujeres y de las personas homosexuales. Y todos esos movimientos lograron incuestionablemente cambiar el rostro y la textura de la cultura dominante. Pero el desafío que tiene ante sí el movimiento climático solo podrá superarse por medio de una transformación económica profunda y radical, y no hay que olvidar que todos esos movimientos del siglo XX se impusieron más claramente en las batallas legales y culturales que libraron que en las económicas. “


Sí, estamos hablando de abolir o, en todo caso, de hacer mutar drásticamente el capitalismo. La incertidumbre es máxima, pero estamos ante la mayor batalla por la supervivencia de la historia. Y la estamos librando ahora.