Saturday, February 07, 2009










CONVIVENCIA





Viví durante año y medio con una individua cuyo solo recuerdo me trae de inmediato a la mente la asociación con aquel primer plano soberbio de Marlon Brando en penumbra, sudoroso y con el cráneo pelado, que reduce a una palabra su conclusión sobre la Guerra del Vietnam: "El Horror, El Horror...". No detallaré el catálogo de espantos y humillaciones al que fui sometido por aquella deficiente mental a la que cometí el error una y otra vez de intentar civilizar y tratar como a un ser humano, afecto como soy a la idea de que los mamíferos de carácter duro y maneras hoscas terminan convirtiéndose en amigos altamente fiables si uno tiene paciencia. Pero no, aquella individua albergaba tanta mezquindad en sus entresijos como en la epidermis, era un saco de mierda... y no voy a admitirles objeción alguna a mi maledicencia porque yo tuve que tragármela día tras día y ustedes no.





¿Por qué aguantaste tanto, entonces, tío? Sí, buena pregunta. Seguramente porque -debido a haber tratado demasiado con alguien tan excepcional como mi madre- he desarrollado inconscientemente la idea de que en una mujer -incluso en las más dañadas- subsiste siempre un poso de dulzura, un instinto maternal, un principio casi genético de ternura que les inclina a contenerse cuando están dañando de verdad a un congénere. Error sexista... Ustedes, señoras, son diferentes o iguales a nosotros, pero en ningún caso mejores o peores. Si, como dijo creo que Maruja Torres, solo hubiera mujeres en el mundo, tendríamos en el mejor de los casos menos ejércitos y menos violencia física, pero los mismos abusos. Yo añadiría algo: por formación o por naturaleza, el hombre siente antes dentro la necesidad de dañar físicamente a quien tiene delante si se siente amenazado -sé muy bien de lo que estoy hablando-... Eso da lugar a alguna que otra consecuencia positiva, pero, sobre todo, a una larga suerte de tragedias y crímenes. En las mujeres la propensión al choque físico de la testosterona es con misteriosa facilidad reconvertida en interminables guerrillas de trinchera donde se puede llegar a destilar la hostilidad gota a gota en sus peores consecuencias sin que ninguna de las contendientes llegue, ni por un momento, a sacar del cinto el cuchillo y gritar como Alatriste: "acerca tu garganta al filo de mi espada, hijo de una perra rabiosa". En los últimos años, observando algunas conductas de las niñas de mi escuela o de algunas mujeres conductoras, advierto que incluso en esa cuestión nos vamos asemejando, de manera que pronto será inútil hacer este tipo de diferencias y todos seremos -sin distinción sexual- igual de macarras e igual de hijos de puta. (Tengo alguna esperanza con los gays, pero es débil, qué vamos a hacerle)





Uno de los rasgos distintivos por excelencia de los incapacitados para la convivencia es la intolerancia. Ya sé, ya sé, con algunas conductas la tolerancia debe ser igual a cero. Pero a partir de ahí, la indulgencia me parece una virtud. "¡ y para eso estamos, joder, para aguantarnos cosas los unos a los otros!" Esa frase me viene al recuerdo con frecuencia: se la escuché con tono desesperado una vez a una compañera en medio de una bronca fenomenal en una asamblea de profesores que compartían la misma escuela. Me hubiera gustado espetársela a mi ex-compañera de alquiler cuando era capaz de abroncarme furibudamente por haber dejado durante un par de horas abiertas las ventanas del comedor, perversa costumbre mía debida a mi aún más culpable afición a que las casas cerradas se ventilen. Olvidé en mañanas así que por las ventanas abiertas se cuela el Maligno y nos ven los vecinos (Que no miren si no quieren verme en pelotas, demonio). Yo hubiera podido expresar mi disconformidad con los asquerosos programas de pornografía rosa que ella veía en la tele, con la odiosa manía de separar neuróticamente en la nevera o en la lavadora "lo tuyo de lo mío para que no haya malos entendidos", o con la de gastar toda la energía eléctrica de la Presa de Assuan para "caldear" el comedor hasta alcanzar una temperatura veraniega en pleno enero. Creo que lo hice, pero es igual, hablaba para una sorda.
He tenido que aprender a vivir con la falta de indulgencia de quienes me acompañan porque no me ha tocado jamás el orgullo asumir lo profundamente falible que soy. Confundo fechas, olvido cosas a las que acabo de asentir, no recuerdo un regalo de Reyes que acaban de hacerme, tropiezo con los vecinos por la escalera, hago mucho ruido al fregar los platos y mezclo la ropa blanca y de color en la lavadora. Para colmo no soy guapo -aunque dicen que mejoro con los años- y me ayuda poco mi historial afectivo. Lo que, en el caso de la ex-compañera que les he relatado, me condujo a la "solución final" protocolaria en los pisos compartidos -recoger valijas y salir a toda hostia- fue el empeño de El Horror, El Horror en que yo la respaldara en su cruzada contra otra chica a la que tuvimos la imprudencia de alquilar habitación en aquel círculo del infierno en que terminó convirtiéndose el piso. Yo nunca llegué a saber demasiado bien en qué consistían las fechorías de la nueva, salvo que me saludaba amistosamente al irse a dormir y que le gustaba cenar un sandwich. Pero El Horror, El Horror había decidido que la intrusa era la encarnación del Mal y que mi indolencia hacia ella -por lo visto debía denunciarla a la policía o envenenarla con arsénico por comer sandwiches- era profundamente culpable. También insinuaba que era una depredadora sexual, pero yo, la verdad, nunca lo noté, y en cualquier caso tampoco estaba demasiado dispuesto a considerarlo un motivo para entrar en su habitación y seccionarle el clítoris, como supongo que El Horror, El Horror pretendía exigirme.







Me marché de allí el día en que entendí que mis esfuerzos para evitar que el odio envenenara el aire de aquel apartamento eran completamente estériles. Volvería a hacerlo: si uno se deja la piel por suturar las heridas de la convivencia y fracasa, la huida no es cobardía, es la manera de poner a salvo su honor y su salud mental. No sé qué hay en mí que hace que la gente se sorprenda de la contundencia con la que en determinados momentos de mi vida he abandonado en seco un lugar y una compañía... pero cuando tal cosa ocurre es irreversible y soy capaz de cortar para siempre una relación -o cuatro a la vez- sin que el horizonte de soledad que se abre desde ese momento me produzca la más mínima sombra de inquietud.
Cuando a uno le están bombardeando su casa cuesta poco reconocer como amigo al que esconde la cabeza entre los escombros junto a ti, y como enemigo a quien te lanza fuego desde las alturas. Creo sin embargo que en tiempos de paz nos confundimos con frecuencia de enemigos. Debemos ser exigentes con los gobiernos y con nuestros vecinos, debemos elevar quejas a quien corresponda si no se cumplen nuestros derechos, no debemos conformarnos, no podemos dejar tranquilamente que se pisotee a los débiles porque nosotros no seamos débiles. Pero también creo que olvidamos algunas veces que quien discrepa de nosotros, defiende intereses no coincidentes con los nuestros, o apunta a preocupaciones por las que no nos habíamos sentido afectados, debe ser escuchado antes que destruido.
Tardo mucho, mucho tiempo -ya me decían en el cole que era lento- en decidir que alguien es irrespirable y que debo huir de él o destruirle. He visto a personas que me parecían malvadas llorar amargamente en sus casas después de haber sufrido un escarnio público que a todos parecía merecido. Y eso me ha hecho recordar que cuando juzgamos a otras personas juzgamos material sensible y vulnerable. Creo que hay momentos en que constituye poco menos que una necesidad ir a la guerra, pero también demuestra la experiencia que la mayoría de guerras han traído más dolor del que han evitado y que se hubieran podido evitar si se hubiera sido más indulgente con la "perversidad" del enemigo.




Más allá de esta convicción solo veo la Franja de Gaza, los días en que aún creía que pegarle cuatro hostias a alguien proporcionaba soluciones... Más allá solo veo a El Horror. Me marché una noche de aquella casa envenenada. Y ahora -quiera que lo sepas, tonta del culo- abro las ventanas todas las mañanas en tu honor y las vecinas ven mi cuerpo desnudo y libre.








7 comments:

Anonymous said...

¡Glup! Me había prometido escribir en su blog sobre 'La clase' y sobre la historia y, ya ve, sigo sin hacerlo: una descortesía que sólo se justifica por el mucho trabajo que he tenido estas dos últimas semanas.

Ahora veo que habla de la convivencia, del dolor que frecuentemente nos ocasiona lo cotidiano, de la dificultad de oponer resistencia a quien nos daña. Usted se desnuda y con furia se expresa. Se atreve a ser políticamente incorrecto y a vilipendiar a quien tantas heridas le infligió. Qué quieren, podemos ser desastrosos o calamitosos (¿quién no lo es en algún aspecto?), pero no nos merecemos la humillación o el ultraje.

Sr. Montesinos, yo he tenido con usted un trato ocasional. Es una persona amable y cáustica, irónica y tierna. Me felicito por haberle conocido. Aunque sea superficialmente. Ese hecho --ese trato ocasional-- siempre me confirma que usted es un tipo complejo y atractivo, alguien a quien siempre deseo escuchar.

¿Qué puedo decirle? No sé quién es la persona que tanto daño le ocasionó. Ni siquiera sé si su versión de los hechos es la correcta, pero eso no es ahora lo que importa: deseo que rompa con el espectro de esa persona. Me encanta tener a David P. Montesinos como un amigo virtual, intermitente, ocasional. Algunos individuos nos hacen daño físico, pero sobre todo nos producen daño moral. En esa circunstancia hay que alejarse, en efecto, pero sobre todo hay que alejarse del objeto interno: distanciarse de ese ser que hemos alojado en nuestro interior. Perdone este psicoanálisis salvaje.

¿Duelo, amputación? David, reciba un abrazo. Fdo.: Justo Serna.

Amanda said...

La convivencia siempre es difícil... no solo hace falta tolerancia sino saber que probablemente habremos de aguantar lo mismo que a nosotros nos aguantan.

Todos tenemos manías y neurosis, y en una convivencia parece que todo eso se multiplica hasta niveles casi insoportables (también depende de que manías), por eso es necesaria también mucha paciencia.

Y nuestro peor compañero es el rencor... que no nos deja perdonar los roces que siempre surgen y que en cada discusión sacamos a relucir. Es como tener un saco que poco a poco se llena hasta que llega un momento que ya no puedes cargarlo... mejor dejemos apartado ese rencor, hagamos un agujero en el saco, de forma que a a vez que entren cosas también salgan...

Nadie dijo que convivir fuera fácil, pero el ser humano tampoco está hecho para estar solo.

paco fuster said...

La lectura de tu excelente reflexión, amigo David, me reconcilia con su natural inclinación a evitar esa institución universitaria por antonomasia que es el "piso compartido" o el "piso de estudiantes".

Durante los siete años que llevo yendo y viniendo diariamente de mi casa a Valencia y viceversa (dos horas y media al día en medios de transporte), han varias las ocasiones en las que se me ha planteado la disyuntiva. Amigos de clase y varios camareros me han ofrecido muy amablemente la posibilidad de incorporarme a sus vidas, de compartir con ellos el gozo de vivir "en tu casa". La tentación no ha podido conmigo nunca. Reconozco que mi carácter no es el más propicio, no soy la quintaesencia de la simpatía y admito ser bastante maniático (no de la limpieza, tampoco nos pasemos) o metódico.

Siempre he temido que mi forma de chocara con otros caracteres; eso que dicen los del Gran Hermano: es que la convivencia es muy difícil... Sé que es prejuicio mío y que hay gente que se organiza de maravilla y hacen de la vida estudiantil común una experiencia vital inolbidable. Lo sé y les envidio por ello, pero también conozco casos a la inversa, de gente que fue con toda la ilusión del mundo a la aventura y se topó con tipos o tipas como la que tu retratas en el texto.

PS: El viernes adquirí un ejemplar de "La juventud domesticada" (es una regalo que le prometí a un profesor del CAP muy interesado en los temas que tratas) en la "Casa del Libro". Para mi sorpresa, de forma unlateral y sin ningun motivo, esta librería había subido el precio del libro en tres euros (de los 12 que marca la web de la editorial y la propia web de Casa del Libro, lo habían subido a los 15'12 que pagué). Ignoro si fue un error, pero tampoco entrar en disputas con la cajera. La cuestión es que la semana que viene le daré el libro a este hombre y quedaré un día con él para comentar sus impresiones y poder trasladártelas luego.

David P.Montesinos said...

Cuando leo este mensaje estoy a punto de vivir una de las situaciones más humillantes y desagradables que puede experimentar un docente. Voy a ser "inspeccionado", visitado por un inspector. He llegado hoy a mi escuela con la firme decisión de mantener mi dignidad ante este trance tan desagradable y del que nuestro común amigo Paco Fuster está informado.

Leerle hoy, perdone que me ponga cursi, me llena de vigor para acudir al despacho en que seré interrogado en apenas unos minutos.

Su amistad es un honor, Justo.

Miranda said...

Virgensanta! Como me identifico, que nervios se me han puesto recordando.

Que no, que no todos tenemos las mismas manías, que no. Que precisamente la diferencia está en que siendo todo el mundo carne de defecto, hay un grupo de personas que se comen los de los demás en una esperanza ilusoria. Esos cuentos que marcan para toda la vida, eso de que se puede cambiar, mezclado con un "lo notará, seguro que se da cuenta y cambia".

No, no cambiará salvo que tope con otra fiera similar o peor y se transforme en el cordero del portal de belen.
Eso es lo peor de todo. Cuando se da uno cuenta de que los hay que imponen sus reales y consiguen en horas lo que por educación no hemos podido hacer en siglos.

Y una puntualización más. La gama horror espantoso le pertenece con toda gloria al género femenino. Lo han conseguido, ya tienen el record del bisho para siempre.

No relato casos ni ejemplos porque estoy algo flojatis y en cuanto me acuerdo de bisheríos me duele el coco o algo peor.

Beso.

M.

Pd.- El sistema de "fiscalización" establecido en la ensañanza es cultivo de trepas y miserias que ha conseguido en tiempo record ningunear a los buenos, potenciar a los inútiles y (permítaseme la cosa, no encuentro eufemismo apropiado) sublimar a los cabrones.
Así va todo...

David P.Montesinos said...

Gracias, Paco. Recibiré las apostillas al libro con todo placer. La casa del libro subió el precio creo que por un error de coordinación entre la sucursal de Madrid y la de Valencia que no han sabido solucionar. Yo les insistí en su momento porque creo que doce euros es el precio justo y porque tengo entendido que es la editorial la que debe fijarlo, y lo fijó justamente en doce. En la web confundieron incialmente mi libro con otro que valía quince, y ya no hubo manera de que lo rectificaran, de manera que algunos aparecen a doce y otros a quince, en fin... Gracias como siempre.

De lo que dice Amanda me quedo con la idea del rencor. Guardo rencor a algunas personas que han pasado por mi vida, es cierto, pero nunca he pasado duermevelas pensando en como destruir a alguien. Cuando una persona me resulta irrespirable me interno en la niebla y desaparezco. Algunas personas son difíciles es cierto, pero cuando alguien es difícil y además no tiene ni gracia ni talento, entonces cada minuto que pasamos con ella es un grave error.

Carles Esquembre said...

Hola David!

Espero que haya ido bien lo de la inspección aquella que comentabas. Como sabes, en Barcelona vivo en un piso de estudiantes. Una chica estudiante de medicina, un chico que estudia aeronáutica, y yo, que hago dibujitos. He tenido suerte, puesto que se trata de unos chavales con los que he convivido 4 años, y (a pesar de que, como es normal, tenemos momentos de todo tipo) no tengo más que buenas palabras para ellos.

Curiosamente mi problema de convivencia llegó cuando se mudaron al edificio de al lado unas jóvenes argentinas muy guapas. Cuando digo el edificio de al lado me refiero a la pared que separa mi habitación de su salón comedor, que no pertenece a la misma construcción en la que yo vivo.

Durante el día no notaba que allí se hubiera mudado nadie. No había ningún tipo de ruido o sonido relacionado con lo cotidiano, ni pasos, ni voces, ni cosas que caen al suelo…También es cierto que durante el día, o bien no estás en casa, o si estás es normal estar realizando algún tipo de actividad, (estudiando, con el ordenador, escuchando música…) pero claro, cuando llega la noche, el silencio parece amplificar cualquier sonido, por mínimo que resulte. Y ahí empezó mi calvario.

Estas chicas argentinas (que por cierto, joder, las muy cabronas encima estaban buenísimas) les dio por empezar una extraña vida nocturna que solía iniciarse los martes o miércoles por la noche. Cualquiera pensará que lo normal si los vecinos ponen la música alta o están de juerga a horas imprudentes lo que hay que hacer es avisarles primero de forma educada “Por favor, ¿podríais bajar un poco la música?” (y de paso si son tías buenas como éstas al menos esperas que te inviten a unirte a la fiesta) y si se trata de gente civilizada y educada la cosa no suele llegar a más, ya que algunos seres humanos disponemos de eso que se llama “empatía”. Mi problema era que todavía no podía llegar a ese punto, me explico:
Yo me acostaba sobre las 00:30/01:00 de la madrugada. Mientras estaba dando vueltas intentando dormir fue cuando empezaba a escuchar sus voces. Solían estar hablando, riendo, seguramente comentando que tal les había ido el día o lo que fuera. Y esas voces se metían en mi habitación como si estuvieran allí mismo conmigo. ¡Y solamente estaban hablando! El hecho de que las vecinas estuvieran en el salón comedor de su piso hablando de forma normal y corriente hacía que me fuera imposible conciliar el sueño. ¿Qué podía hacer yo? Tocar a su puerta (que por cierto al pertenecer a otro edificio no sé de qué puerta se trataba) y decirles “perdonad, ¿podéis no hablar ni reír en vuestra propia casa?”.

Me compré unos tapones y acepté que ante algo así no podía hacer nada. Entonces empezaron a montar fiestas en su piso. Llamaban a unos 20 amigos pijos argentinos con jerseys atados al cuello y se reunían todos allí a escuchar “música” a todo volumen, beber, gritar y todo eso. Al principio opté por tirarles papelitos a su balcón con mensajes cordiales y educados pidiéndoles que por favor redujeran el volumen. Hicieron caso los 2 o 3 primeros días. Luego cada semana aquel piso era un ir y venir de argentinos gritando y haciendo el gilipollas. Otros vecinos llamaron a la policía, que desalojó el piso enseguida. Y en Junio más o menos se fueron de allí.

El caso es que el estrés que me causó el hecho de levantarme cada día habiéndome costado una eternidad dormir tranquilo, y con el pensamiento continuo de “a qué hora me podré dormir hoy” hizo que un odio y un rencor inmenso creciera dentro de mi.

Logré quitarme esos sentimientos negativos, mediante una temporada de vecinos ausentes, y pude disfrutar de la paz y el silencio de la noche que invita a dormir y descansar de forma tan agradable…hasta hace unas semanas.
Han vuelto. No sé si se trata de las mismas vecinas que el año pasado. Pero sean quienes sean también son una pandilla de hijos de puta escandalosos. Y me parece que esta vez no me voy a limitar a tirar papelitos en su balcón. Me apetece tirar cosas un poco más sólidas. ¿Qué se puede hacer cuando convive uno con gente así?

Siempre es un placer leerte.

Un abrazo David!

P.S: Perdóname por la gran extensión de mi comentario. Me he sentido muy identificado con tu post.