Thursday, June 20, 2019

KOBA, EL TEMIBLE (Y II)

Recientemente, y con motivo de los cien años de la Revolución de Octubre, tuve el honor de participar en el número de la revista Saetabis que dirigió Justo Serna. Dos historiadores que me merecen confianza, Julián Casanova, entrevistado por Alejandro Lillo, y José Antonio Vidal Castaño, se pronunciaron en ese número de la revista sobre la experiencia soviética. Me he inspirado en sus palabras para efectuar algunas consideraciones que me parecen oportunas, mucho más después de leer "Koba, el temible", el estremecedor pero, en mi opinión, discutible libro de Martin Amis sobre Iosif Stalin.

1. La trascendencia de la Revolución Rusa es inmensa, incluso si damos por hecho que la Caída del Muro es el síntoma definitivo de un fracaso histórico gigantesco. Podemos pensar que la puesta en práctica del marxismo en la versión bolchevique en aquellos días "que conmovieron al mundo" no es más que un error, una impostura y una desdicha para el mundo. Limitarse a esta consideración, que tiende a explicarlo todo desde la maldad de ciertos personajes y el ADN criminal del comunismo, me parece tan zafio como aquella ridícula teoría de los noventa según la cual el final de la URSS demostraba la condición incuestionable del capitalismo demoliberal. 

2. Amis, y otros como él, tienen razón cuando acusan a la intelectualidad europea de izquierdas de haber guardado un vergonzoso silencio respecto a los crímenes del estalinismo, a pesar de que las informaciones sobre el Gulag y la institucionalización del terror llegaron a ser en los años sesenta lo suficientemente abundantes como para considerarlas simples efectos propagandísticos de la Guerra Fría. No puede extrañarnos que el crédito intelectual y ético de un gran sector del marxismo del siglo XX haya quedado seriamente malparado por aquella infamia. 

3. El zar pretendía ser un rey absoluto a la vieja usanza, de ahí que sintiera como una amenaza el inaplazable proceso de modernización del país. Así, Nicolás Romanov se refugió en valores tan obsoletos como la autocracia y la aureola cuasi religiosa del trono y la dinastía. El apoyo de la iglesia ortodoxa y la oligarquía terrateniente se volvió insuficiente ante el malestar de la población, en especial los campesinos. Como afirma Vidal Castaño, "La pobreza y miseria existentes, las hambrunas, las muertes provocados por epidemias infecto-contagiosas, etc... estaban presentes en las temáticas literarias de escritores como Gogol, Tolstoi, Chejov, Dostoievsky, Gorki..." Antes del estallido de 1917, conviene no olvidarlo, estuvo el de 1905.

4. El sistema no se desploma sólo por la agitación social interna. Además de acabar con el imperio prusiano y el austro-húngaro, la Gran Guerra castigó seriamente al imperio ruso y favoreció el descrédito de la democracia burguesa y el surgimiento de los totalitarismos. En los cuatro años del conflicto mundial Rusia movilizó cerca de quince millones de soldados, de los cuales perecieron o quedaron lisiados o heridos casi la mitad.   

5. Los gobiernos provisionales del Príncipe Lvov o del menchevique Kerenski fracasaron porque ya era demasiado tarde para su plan: sacrificar la monarquía para, a cambio de algunas reformas, mantener la guerra y aquietar la agitación revolucionaria. El conflicto entre pobres y ricos en toda Rusia era una herida que ya no podía suturarse, los soldados estaban agotados de la guerra... El país se encaminaba a una guerra civil y la venganza de los siervos, después de siglos de brutalidad y esclavitud, dejaba de parecer una utopía. El problema del proyecto reformista de importar de la Europa Occidental el modelo burgués parlamentario no se vino abajo por ser éticamente inferior a los soviets proletarios y campesinos que proponían los revolucionarios, sino porque el país no estaba estructuralmente en condiciones de asumirlo. 

6. En una situación tan extremadamente inflamable, los bolcheviques ofrecían soluciones, de ahí que se presentaran ante las masas como la alternativa más plausible. No puede extrañarnos que las promesas de colectivizar la propiedad agrícola, entregar a los soviets obreros la gestión de las industrias y poner fin a la guerra generaran tantas adhesiones y que el exiliado Lenin fuera recibido como un mesías al bajarse del tren en la Estación de Finlandia. 

7. En el origen del Estado bolchevique diseñado por Lenin encontramos el aparato de seguridad y coerción que alcanza su máximo desarrollo con Stalin. El liderazgo omnímodo de Koba y la aniquilación de todas las formas de democracia popular asociadas al periodo revolucionario desaparecen definitivamente para dar lugar al terror totalitario. La disidencia y la libertad de prensa son sustituidos por el partido único y una aplastante burocratización, lo que inclina a pensar que el componente más autoritario y liberticida del bolchevismo es el que a todos los efectos impuso su modelo. La persecución sistemática de los protagonistas de la revolución, empezando por Trotsky, es una de sus consecuencias. De ahí provienen los desplazamientos masivos de población, el exterminio de los kulaks, el Gulag, el KGB o la Stasi, la lógica de la Guerra Fría y el Telón de Acero, la corrupción de los nuevos oligarcas del apparatchik... 


Concluyo con dos preguntas: aún admitiendo que el modelo estalinista está de alguna forma contenido en germen en el programa de Lenin, ¿debemos entender el Terror como una desviación o es más bien el cumplimiento irremediable de las condiciones de desarrollo del Estado bolchevique tal y como lo concibió Lenin? 

Y la más importante, la única que verdaderamente me preocupa y que me ha animado a escribir este artículo: ¿demuestra el desdichado experimento soviético que el marxismo fracasa como teoría de la emancipación?

No es fácil contestar, lo sé, pero creo que esa es la gran pregunta.

Wednesday, June 19, 2019

KOBA, EL TEMIBLE (I)

Concluyo "Koba, el temible" con la sensación de haber asistido a un largo catálogo de horrores. Iosif Stalin es, para su autor, Martin Amis, la encarnación del mal, un monstruo sin entrañas, un psicópata que, para desgracia de la humanidad, alcanzó un poder colosal. Su misión fue convertir el aparato institucional creado por la Revolución Bolchevique del 17 en una gigantesca maquinaria dedicada al asesinato masivo, la tortura, el adoctrinamiento y el terror. El estalinismo es el nombre del proyecto de deshumanización totalitaria más infernal de la historia moderna, superando -siempre según Amis, que se esfuerza mucho en recalcarlo una y otra vez- la brutalidad del nazismo. 

Confieso haber experimentado una mezcla de fascinación y horror mientras leía "Koba el temible. La risa y los veinte millones", publicado en 2002 y que recogió muchos lectores, pero también duras críticas desde el ámbito de la historiografía académica. En contra de algunas de esas críticas, he de pensar que algo de virtuoso ha de tener la prosa de Amis, pues ha conseguido atraparme hasta la última página, a pesar de que arranqué el libro del estante de una biblioteca pública sin más motivo que una tibia curiosidad. 

No soy sospechoso de simpatizar con Stalin, obviamente, ni siquiera he experimentado nunca una rendida admiración por los héroes de la Revolución Bolchevique, aunque siempre he guardado cierta benevolencia hacia la figura de Leon Trotsky, quizá por el miedo y la inquina que siempre le profesó su viejo camarada Stalin. Pero mis preferencias personales, teniendo en cuenta que no soy experto en el tema, tienen bien poca relevancia. Lo que sí observo, como lector, es que el Amis ensayista es un manipulador de manual. Su acercamiento a la condición de historiador no resiste un análisis serio. Pese a su habilidad retórica, su crónica está repleta de imprecisiones, opiniones mal fundadas y datos malevolamente seleccionados de cuyas fuentes a menudo no se nos informa. Amis parece saber lo que en cada momento pensaba Stalin, lo que decía en sus conversaciones privadas, y se precia de poder bucear sin escrúpulos en su patológico inconsciente. Incluso incorpora fotografías en las que, como en una que acompaña con la leyenda de "canibalismo en Ucrania durante la hambruna", debemos creer al modo de acto de fe que corresponde a lo que el autor denuncia.

De acuerdo con Amis en lo evidente; Stalin fue un monstruo, un asesino implacable que fabricó una infernal maquinaria de terror para destruir a enemigos, rivales y disidentes, llegando incluso a practicar el hambre y el exterminio masivo de inocentes como estrategia de poder. El largo y sangriento episodio de las purgas o la criminal hambruna creada para acabar con los kulaks, que generó millones de muertes, son sólo los momentos paroxísticos de un uso despiadado del aparato del Estado soviético. El famoso "hombre nuevo" pretendido por el marxismo soviético termina despedazado en la atrocidad del Gulag. Pero no es ésta la cuestión, ni siquiera lo es si, como pretende el autor,  Koba fue el heredero directo de un proyecto infernal ya contenido en el proceso revolucionario que triunfó en el 17 bajo el liderazgo de Lenin. La cuestión es si todos los interrogantes que aún hoy, ya superado el siglo de los totalitarismos, las guerras mundiales y la Guerra Fría, debemos plantearnos, pueden ser resueltos por una crónica como la de Amis. Y la respuesta sólo puede ser negativa.   

(continuará)

Wednesday, June 12, 2019

AFORISMOS PARA FASTIDIAR




1. Sólo consigues que te importe un rábano lo que los demás piensen de ti cuando eres anciano y ya es demasiado tarde para todo. Si haces que ocurra antes dominarás el mundo. 

2. Nadie me quiere por aquello por lo cual "merezco" ser querido. 

3. En una aldea de la meseta castellana donde hice la vendimia me topé con un hombre que arrastraba sin remedio la condición de excluido social. Me dijo, sin que yo le diera motivo para entablar conversación, que jamás había podido soportar que la gente hiciera sufrir a los perros. Le seguí con la mirada en la noche de una carretera por la que desapareció como quien no va a ninguna parte. Esa imagen habita para siempre el centro de mi memoria, de ahí que me asalte casi a diario. Por razones que no acierto a explicar, intuyo que en ella están todas las respuestas a las preguntas de mi vida. Lo demás son puntos suspensivos...


4. El amor, esa ficción devastadora. 

5. "Si fuera rico me hincharía a comer hígado encebollado", dice un mendigo en Los Simpson. Este chiste genial abre una fisura endemoniada en la lógica de la civilización. Se supone que nos movemos por codicia, pero si escarbamos un poco descubriremos que no sabemos el porqué. 

6. El romanticismo, esa estupidez de quienes como yo, todavía creen que sólo se puede amar sin condiciones. 

7. Sin los escrúpulos morales ya nos habríamos extinguido. Y saber que, pese a ello, son perfectamente capaces de destruirnos. 

8. "Senténcienme, sigamos cada cuál con nuestras vidas y no me hagan perder más el tiempo", dice un personaje de Coetzee que está a punto de ser expulsado de la Universidad. Si yo hubiera tenido el coraje de pronunciar esa frase tantas veces como lo he deseado...

9. A lo largo de la historia nada ha sido tan admirable como ser judío. Los guetos iluminaron y dinamizaron los núcleos urbanos que, sin los hijos de la diáspora, se habrían esclerotizado en un tedio insufrible. Si siempre los han perseguido fanáticos y sátrapas es porque su presencia invitaba a la gnosis, al intercambio, al viaje de descubrimiento, al intercambio, al mestizaje...La fundación de Israel es por ello una desdicha. Como afirman los anarquistas, "No le deseo un Estado a nadie". 

10. Los reaccionarios españoles son aficionados a la Historia por la misma razón por la que un hooligan ve una y otra vez repetidos los partidos que sabe que su equipo terminó ganando. España es como Rusia, pero con menos invierno, un desierto donde los heterodoxos y los librepensadores han sido sistemáticamente aplastados por los inquisidores y los mandarines.  

Tuesday, June 04, 2019

ESTOY UN POQUITO HARTO, SÍ.

Algunos allegados comenzaron ya en los noventa a desconfiar de la izquierda, cuando tanto hacía el felipismo por convencernos de que no debíamos ilusionarnos demasiado con la política. Eran los tiempos en que El Muro caía con todo su peso simbólico sobre las esperanzas de los cándidos que aún creían en el "comunismo real", el maoísmo era un fantasma del pasado y la revolución latinoamericana se había vuelto confusa. El paisaje invitaba a creer que el neoliberalismo no tenía alternativa y que lo mejor que uno podía hacer era adaptarse y abandonar horizontes utópicos. Como decía la canción de Gabinete Caligari, "¿A qué tranvía esperas tú? No hay nada que esperar/ porque ha salido ya/ el último tranvía." Ningún reproche. Uno construye su biografía como puede... Y bastante tienes con sobrevivir y, si eres lo bastante imprudente, crear una familia y darle comida y techo, que no es poca aventura. 

Yo también sucumbí durante un tiempo a aquella inercia plastosa que se llamó "fin de las ideologías" y "pensamiento único". Ya conocen la siniestra consigna thatcheriana "There is not alternative" (TINA). Ciertas peripecias personales que no voy a detallar aquí me enfrentaron a sindicatos y administración socialista. Ello me permitió descubrir en carne propia que la intolerancia y el más mezquino sectarismo pueden encontrar un hábitat confortable en la izquierda con la misma facilidad que en la derecha, donde yo siempre supe que los indeseables abundaban. 

Décadas después, la vida me ha llevado por derroteros que me han convencido de que las cuestiones que vuelven inhóspito el mundo son las mismas que me preocupaban en mi juventud, cuando creía que militar en la izquierda era poco menos que una exigencia ética. No sé si soy de izquierdas, en cierto modo creo que soy bastante conservador, pero al menos me he ganado algún derecho. Por ejemplo el de pensar que aquella "pax hispana" que pasó del felipismo a la aznaridad era un ídolo de barro, y que -como reivindicaba el 15M- el régimen democrático se estaba deslegitimando a sí mismo y la Recesión era en realidad una estafa gigantesca. 

Leo incansablemente en los últimos años sobre posibles soluciones a los problemas del mundo que vamos a legar a nuestros hijos. No soy optimista, pero creo que puedo llegar a distinguir las líneas esperanzadoras de aquellas que sólo están destinadas a introducir más miseria, más violencia y más contaminación en el planeta. No pretendo iluminar a nadie, pero al menos concédanme la venia de poner la coraza frente a ciertas balas que me pasan cerca. Trato con ello de contestar a aquellos que, a fuerza de culpar de todo a los "progres" o a Podemos, consiguen sacar de quicio los grandes debates de nuestro tiempo. Lo peor -al menos para ellos- es que cada día se parecen más a esos tipos gordos con aire de Pantunflo Zapatilla o Manolo Fraga a los que tanto detestábamos cuando éramos jóvenes. Lo siento por ellos.

Ofrezco a continuación un pequeño pliego de aclaraciones respecto a ciertas opiniones que leo y escucho a menudo. No pretendo convencer a quienes ya decidieron hace mucho que sus ídolos eran Paco Marhuenda, Federico o Arcadi -estos ya no tienen remedio, pobres-. Trato más bien de suministrar armas defensivas a quienes siguen pensando que la primera exigencia ética con la que cargamos es la de ponernos del lado de los débiles, incluso cuando, como decía Cioran, "uno sabe que están hechos de la misma pasta que sus opresores". 

1. La palabra "progre", que acaso tuviera algún sentido hace cuarenta años, con el tardofranquismo y la Transición, no designa nada en la actualidad. Se es verdaderamente de izquierdas o se es un hipócrita. Lo que no tiene sentido es que un día te llamen "izquierda feng shui" para al día siguiente recordarte los crímenes del estalinismo, como si tú tuvieras la culpa. Yo no sé si hay votantes de izquierda que creen que llevar a sus hijos a guarderías de pedagogía alternativa o cultivar en el balcón té orgánico les hace ser mejores que los adocenados obreros que llevan a sus hijos a MacDonald´s. Lo qué sé es que se está produciendo un traslado intensivo de riqueza desde las clases bajas y medias hacia las élites, que la precariedad laboral se ha vuelto sistémica, que no estamos construyendo un futuro digno para nuestros jóvenes y que lo del cambio climático va completamente en serio. (Ahora llámame progre en la cara y yo te diré lo que pienso de ti) 


2. Empiezo a hartarme de ver a Podemos como perejil de todas las salsas envenenadas. No me gustan nada ni Iglesias ni Montero, y aún menos el ínclito Monedero. Dicho lo cual, el propósito de escorar hacia la izquierda las políticas del PSOE en distintos espacios de gestión, empezando por el gobierno central, me parece perfectamente razonable. Teniendo en cuenta el hundimiento progresivo que han experimentado en toda Europa los viejos partidos comunistas -aquí Izquierda Unida- es comprensible que mucha gente se ilusionara con un partido político surgido de una experiencia colectiva tan relevante como fue el 15M. Si son malos por ser de izquierdas, entonces, estoy con los malos; si son malos por no ser verdadera izquierda, entonces sólo cabe lamentarse y trabajar para que se reactiven o esperar a que surja cuanto antes algo mejor. Dejen de dar la murga: puede que Podemos sea malo, pero no es el problema de este país. 

3. Los "peros" con los que la izquierda seria contesta a las afirmaciones maximalistas son un signo de madurez y responsabilidad, subrayan la inclinación a formar parte de las soluciones y no de los problemas. Son otros los que se acomodan a planteamientos simplistas porque cautivan a los sectores sociales menos preparados. Uno puede no simpatizar con el chavismo, pero ello no supone ignorar que el caso Venezuela está imbricado en una trama geoestratégica que sonroja cuando vemos las lágrimas de cocodrilo que los hipócritas sueltan por la desdicha del pueblo venezolano. Uno puede no desear la secesión de Catalunya, pero ello no le exime de entender que el conflicto no se soluciona haciendo como que no existe o negando a unos conciudadanos la legitimidad para sentir que no quieren ser españoles. Uno puede creer que Amancio Ortega hace muy bien en donar el dinero para tecnología clínica que podría gastarse en sugus de limón, pero ello no nos exime de pensar que en España hay un problema muy serio de justicia fiscal y que las grandes fortunas lo son en gran parte porque se escaquean de sus obligaciones, cosa que otros muchos, aún siendo infinitamente más pobres, no hacemos...

No sigo, creo que se me entiende.   

Tuesday, May 28, 2019

POR QUÉ NO AMO JUEGO DE TRONOS

No perderé ni un instante en cuestionar la evidencia: "Game of thrones" es una gran serie, o mejor, es un magnífico producto televisivo. Su manufactura es impecable, hay cine de alto nivel hasta en sus episodios más anodinos... No es extraño que algunas de sus consignas más célebres -como la ya mítica "winter is coming"- se hayan convertido en mantras del Occidente globalizado. 

Pese a la extensa literatura analítica que ya ha desencadenado, y la que está por venir, no deja de parecerme un divertimento ligero. No tengo nada contra los divertimentos ligeros, sobre todo cuando, como creo que es el caso, son auténticamente divertidos. Para que te atrape con más intensidad de lo que me ha atrapado a mí, que me ha entretenido sin llegar a conmoverme, hace falta, supongo, ser admirador del universo Tolkien o haberse criado con "Dragones y mazmorras"... Quizá incluso con "Star Wars", que huele a Medioevo trasladado a las galaxias. Yo soy hijo del Capitán Trueno y los personajes de Charlton Heston,  y mi Edad Media es la de Harold Foster o la de Umberto Eco, qué vamos a hacerle, son cuestiones generacionales. 


De entre las muchas tramas esparcidas a lo ancho de Westeros desde la indudable competencia narrativa de George R.R.Martin, alcanza el máximo vigor la construcción de un doble héroe, Jon Snow y Arya Stark, que desde mi perspectiva vienen a ser uno sólo. Jon es un bastardo y su destino no es regio pero, como sucede en todo relato inteligente con los bastardos, son ellos quienes en realidad guardan lo más noble de la esencia del linaje... En ello consiste su tragedia. En cuanto a Arya, su condición femenina y el hecho de empezar la serie siendo una niña le convierte en el gran tapado del relato, que consiste en gran medida en una larga venganza por parte de la familia Stark. A Arya le toca hacer el trabajo sucio... 

El contrapunto de Jon-Arya es la reina Targaryan, Daenerys de la Tormenta. Su historia de amor con Snow está condenada porque, tras superar toda serie de adversidades, llegará a un punto sin retorno en el cual interiorizará la especie de que el poder lo justifica todo, lo cual le terminará convirtiendo en una loca y despiadada genocida... eso que tanto a enfurecido a los fans y que a mí me parece perfectamente lógico dada la trayectoria biográfica del personaje. Está en toda la historia de la literatura desde los relatos bíblicos: la inestabilidad que desencadena el drama sólo será superada con el sacrificio de un hermano enloquecido. 


Entiendo que molestase a muchos la muerte de la Madre de Dragones, pero estaban avisados desde la primera temporada, cuando Ned Stark es asesinado por el niñato Rey Joffrey. El juego no perdona -"ganar o morir"-... y a fin de cuentas nunca he dicho que Game of Thrones fuera Disney. Ahora bien, no por alejarse de la hipócrita beatería de Disney se arrima uno a Shakespeare, como pretenden los acérrimos de la saga. No cuestiono la brillantez de algunos diálogos, pero no fastidiemos: yo veo a Dickens y a Kafka en "The Wire", veo a Conan Doyle en "House", a Shakespeare en "Breaking bad" y a toda la mejor literatura en que queramos pensar en "Los Soprano", en la primera entrega de "True Detective" y  en "Mad Men"... En Juego de Tronos, lo siento, lo que veo es a Tolkien. 

Les diré de una vez por qué no amo la serie. Por más que Poniente sea un reino inventado, lo cual es por cierto muy tramposo, el escenario que dibuja es inequívocamente medieval. Las espadas, el vasallaje y los códigos de honor no faltan, pero hay algo imprescindible que nos es escamoteado: la religión. ¿Dónde está el Dios omnipotente sin el cual es imposible entender el alma medieval? No hay sombra de los templos, no encontramos la cultura del monacato. Ni siquiera presentimos el temor de Dios que otorga al Medioevo esa oscuridad que con tanta maestría lo penetraba todo en "El nombre de la rosa", de Umberto Eco, o en los mejores textos de Amin Maloouf. No me puedo creer la Edad Media sin Dios... Sin apologetas de lo sagrado ni Santos ni profetas apocalípticos ni procesiones penitentes la presencia de lo mágico se vuelve arbitraria y pueril. No hay un gran criterio con pretensión universal que distinga el Bien y el Mal, la virtud del pecado... No hay fundamento moral en Poniente, por eso a veces los buenos se vuelven malos y viceversa sin que subsistan más motivos dramáticos que la ambición y la venganza. 


Esa falta de un aire espiritualmente denso arrastra todas las demás debilidades del relato. Khalessi se hace poderosa como criadora de dragones, pero, ¿por qué dragones? ¿y por qué escupen fuego como quien lanza bombas atómicas? ¿Puede legitimarse en el Trono de Hierro una señora cuyo poder se basa en que a la voz de "Dakarys" nos puede chamuscar a todos? Me pasa lo mismo que con los zombis, Caminantes Blancos o como demonios se llamen. En una de esas ocurrencias de sobreinterpretación que están tan de moda se nos indica que son una metáfora del cambio climático. Seguro que hay una explicación intrínseca a la narración misma, pero, qué quieren, a mí me parecen un deus ex machina como una catedral. Tan ridículo como que el tipo ese tan feo, el Rey de la Noche, que los va a congelar a todos y que levanta a los muertos termina en nada -derretido, como toda su hueste infernal- porque Arya le apuñala con acero valyrio. Venga, hombre, vamos a ser serios. 


Un par de últimos detalles, y no pienso bromear con lo que viene a continuación ni quiero ponerme mojigato. Puestos a hablar de divertimentos ligeros me gustan más "Vikingos" o "Walking dead", pero, de igual manera que he criticado la propensión al sadismo de estas teleficciones, debo decir que no me seduce nada la banalización de la violencia que se impone en Thrones. El espectáculo de la sangre y las secuencias interminables de torturas y violaciones termina echándome atrás. Si por algo me molestó la masacre perpetrada por Daenerys en el penúltimo capítulo fue por esto: cientos de miles de personas inocentes son destruidas por una loca enfurecida. Qué barata es a veces la muerte. La violencia y la guerra forman parte de la vida, no soy ingenuo, pero cuando el derramamiento de sangre se vuelve incontinente, como si las vidas inocentes no valieran nada, no me acuerdo de Shakespeare, más bien me entran ganas de apagar la tele.   

... Debe ser que me hago viejo. 

Wednesday, May 22, 2019

FINAL

Tenía la intención de escribir hoy sobre "Juego de tronos", básicamente para vituperarla y fastidiar así un poco a su multitudinaria legión de adeptos, pero lo dejo para próximas fechas. Ha surgido en los últimos días un asunto que desata mi curiosidad: a estas horas debe acercarse ya al millón el número de firmantes de la petición recogida por change.org para obligar a HBO a rehacer el final de la serie. Por lo visto es toda la temporada séptima -última de la serie- la que los indignados consideran que debe invalidarse. Sospecho que si habláramos de Telecinco no se lo pensarían, sería un negociazo... Tratándose de HBO, que no se ha ganado el prestigio en una tómbola, supongo que la petición está abocada al fracaso. Será como cuando un crío le dice a su madre que las chuches que le ha comprado no le gustan y que quiere otras, a lo que la madre contesta, muy razonablemente, con un rotundo "¡No!"

Tengo entendido que en el ámbito procesal existe la figura del "error judicial", que en situaciones excepcionales puede obligar a repetir un juicio. En territorio menos serio, el fútbol, sabemos de partidos que hubieron de repetirse por distintas causas. Incluso la Iglesia Católica es capaz, si uno tiene paciencia y bastante pasta, de anular un matrimonio. Ahora bien, en series televisivas, una propuesta de capítulo o temporada invalidada, con la consiguiente exigencia de repetición... joder, esto sí es novedoso. 

En el Londres del siglo XVII el público recibió con gran pesar la muerte de John Falstaff en "Enrique V". Era tal la atracción por aquel personaje, que hacía llorar de risa a las masas agolpadas en el Teatro del Globo, que Shakespeare se vio prácticamente obligado a resucitarlo, convirtiéndole en protagonista de una comedia posterior y satisfaciendo con ello a sus desconsolados fans. Lo que no creo es que nadie se atreviera a decirle al de Stratford que se había equivocado con el desenlace de la obra; simplemente añoraban a Sir John y le suplicaron que le volviese a dar vida. Sin salir de la literatura, es notorio que la historia de la novela está repleta de finales discutibles. No puede ser de otra manera, porque el final de un relato es como la entrada a matar de un torero, puede arruinar una faena formidable. 

En la crónica del horror a los finales amargos cobra especial significación el caso del cine clásico americano. El célebre Código Hays, que vigiló la "corrección moral" de las películas durante tres décadas, obligaba indirectamente a los autores a encaminar la peripecia hacia el "happy ending". Tratándose de un medio de masas tan influyente, la derrota de "los buenos" podía esparcir el desaliento y la disolución de las costumbres. Hasta qué punto aquellas restricciones perjudicaron al cine de la época es debatible; lo que hay que entender es que se trataba de una imposición autoritaria surgida de unas instituciones que, con la Depresión y los totalitarismos, velaban por la unidad de una nación cuya supervivencia veían seriamente amenazada.

Lo de ahora, obviamente, es otra cosa. Se ha vuelto tan frecuente que teleficciones "maelstrom" desencadenen oleadas de quejas que lo difícil es encontrar una gran serie que haya dejado satisfechos a sus seguidores con el desenlace. Acuérdense del final de "Perdidos" -que a algunos en España comparan con el esperpéntico cierre de  "Los Serrano"-, del abrupto fundido en negro final de "Los Soprano" o de la muerte fingida del protagonista en "House". 

Ya saben que me gusta llevar la contraria. Para empezar, me pregunto por qué en vez de pasar el tiempo enfadándonos por finales que nos disgustan no nos dedicamos a elogiar pequeñas maravillas como el sublime cierre de "A dos metros bajo tierra" o el igualmente magistral último instante de "Mad Men"... lo digo por aquello del vaso medio lleno. Además, qué quieren, ni me pareció mal acabada "Los Soprano" ni era ya posible otro cierre para "Perdidos". En cuanto a "Juego de tronos"... pues ya ven, yo creo que han hecho lo que tocaba. 

En cualquier caso no es el final de Poniente lo que me trae aquí, es más bien el fenómeno sociológico tan fascinante que ha desencadenado en estos siete años y que alcanza ahora el paroxismo con las reacciones a la clausura de la serie.

Sabemos desde McLuhan que un medio es siempre algo más que un medio. Internet no hace más rápido o mejor lo que ya hacíamos, internet hace otra cosa. La repercusión que obtienen iniciativas tan ridículas como la de change.org no se entendería sin la Red... es más no sería siquiera posible sin ella. Y lo inquietante es el estado de ánimo que revela. 

¿Entendemos lo que significa democracia? Hay series que ya han tratado abiertamente de construir finales a la medida de los gustos de los telespectadores. Por aquello de la confusión entre la realidad y la ficción, que es lo que caracteriza a los esquizofrénicos, podríamos también exigir que nuestras historias de amor terminaran bien, que la oposición a Cátedras en la que participo se resolviera en mi favor o que mi abuelo hubiera superado la enfermedad que le llevó a la tumba. Ya puestos, y como me temo que el Valencia va a perder la final del sábado contra Leo Messi, podríamos exigir a la Federación que sólo contemplara un final posible, es decir, el que a mí me molaría. El pequeño problema es que mi felicidad supone a menudo la desdicha de otros, lo cual, además de poco cristiano, parece poco democrático. Además, si todo hubiera de salir tal y como queremos, la vida sería un infierno de aburrimiento y creo que no tardaríamos en suicidarnos. 

Podemos considerar que el final de "Juego de tronos" es equivocado, y de igual manera los acérrimos de la serie deberían aceptar que algunos la consideremos un producto sobrevalorado. Lo que no cabe es decirle a los guionistas del relato qué deben escribir, pues en ese caso lo que yo sugeriría a los firmantes de la petición es que se dedicarán al noble oficio de guionista televisivo. Además, no estoy nada seguro de que el cabreo sobrevenga porque sea un mal final, sino porque ese final destruye a algún favorito del público. Vamos, que lo se reclama es un happy ending. Pero, ya ven, y sin entrar en spoilers, es la coherencia del relato lo que deben proteger los autores, no las preferencias de los admiradores de tal o cual personaje. 


... ¿Por qué sigo con esta sensación de que el Valencia pierde el sábado la final de la Copa? Por favor, Arya Stark, acaba con Messi.   

Saturday, May 18, 2019

ASSANGE Y LA VERDAD

De aquello hará como un cuarto de siglo. Por inimaginable que ahora nos resulte, Internet aún no estaba entre nosotros. Un grupo de universitarios discutíamos sobre la apasionante incertidumbre de aquel tiempo, cuando, con la difusión masiva de la informática de consumo, se adivinaban transformaciones de alcance revolucionario. El más osado de entre nosotros, mientras sostenía una pipa de hachís y el fondo musical era Police, prometía una "Arcadia cibernética". Sostenía la posibilidad de que la ciudadanía aprovechara el nuevo potencial tecnológico para democratizar la difusión y el acceso a la información hasta niveles dignos de una eufórica utopía. Otro, más escéptico, le apuntaba que, pese a todo, vivimos entre relaciones de poder, y que corporaciones feudalizadas secuestrarían la información. Por más que la tecnología cibernética creara ciclópeas autopistas comunicativas, decía, habría élites que controlarían el saber, y por tanto la riqueza, en una sociedad del conocimiento como es la tardoindustrial. 

El caso de Daniel Assange me recuerda aquella controversia de mi juventud. Les confieso una inquietud: ¿por qué no ha desatado mi indignación? Si yo fuera un adulto insider y con sentido de la responsabilidad, me limitaría a afirmar que Assange en un hacker peligroso y que los Estados hacen bien en poner a salvo sus secretos de semejante incontrolado, entre otras cosas porque la vulnerabilidad de ciertas informaciones afecta a la seguridad de todos. Queda uno mejor si adopta la postura crítica de tipos como Zizek, quien presenta la persecución al creador de wikileaks como un ejemplo del despotismo liberticida de los amos del mundo. El Caso Assange sería, para quienes así piensan, una versión actual, y por tanto adaptada a la Galaxia Internet, de otros como el Watergate o los Papeles del Pentágono, en los cuales colisionaron directamente el establishment político y la prensa libre, convertida entonces en genuina defensora de los valores democráticos. 

Toca entonar el mea culpa y reconocer con Zizek que nuestro silencio en torno a lo ocurrido en la embajada donde se refugió durante años Daniel Assange es bochornoso. 

¿Seguro? 

... A ver. Yo no tengo ninguna duda que el asunto de wikileaks y sus filtraciones, y todo lo ocurrido posteriormente con su creador pone en cuestión la calidad democrática de los gestores de las grandes naciones, empezando por los norteamericanos. Es cierto que las filtraciones han sacado a la luz documentos y conversaciones secretas que evidencian comportamientos indecorosos, corruptos e incluso criminales por parte de Estados con un enorme peso en el orden mundial. Habrá quien me recuerde las sombras de Assange, su condición de supuesto abusador sexual, la irresponsabilidad de muchas de sus revelaciones -que le definen antes como un hacker y un gamberro que como un defensor de las libertades-... Me recordarán también el papel que jugó en las elecciones norteamericanas, con las revelaciones de los mails que arruinaron la campaña a Hillary Clinton...

No estoy nada seguro que las revelaciones sean tan escandalosas, salvo que pensemos que los Estados y las megacorporaciones están siempre del lado de la legalidad, lo que nos delataría como deficientes mentales. Muchas de ellas podrían acabar con gobiernos y enviar a prisión a significados mandarines. En un primer nivel de análisis uno se ve tentado a converger con Zizek: la democracia está en peligro porque las élites nos manipulan, nos mienten y nos vigilan... Assange es nuestro héroe, el francotirador que, junto a otros partisanos y outsiders, nos está defendiendo mientras consentimos que lo saquen a rastras de la embajada para encarcelarlo, silenciarlo y, si lo permitimos, asesinarlo. 

¿Por qué no termino de creerme lo que digo? O mejor, ¿no será que el de la información y la transparencia es el último gran mito? Yo no estoy nada seguro de que acceder a ciertos secretos, como pretenden quienes han convertido a Assange en héroe de la contestación global, sea lo que necesitamos para derrocar a los malos. No estimula demasiado mi confianza que Putin y en algún momento Trump -no ahora, obviamente- hayan expresado sus simpatías por el personaje. 

¿Recuerdan "La carta robada", aquel inolvidable relato de Poe? Un espía ha robado una carta a un ministro. La policía localiza la casa donde vive el espía y se le ordena que encuentre la carta, de lo cual depende la seguridad del Estado. Tras una investigación sofisticada y minuciosa hasta el delirio la carta no aparece, a pesar de que todo indica que se halla en la casa. El detective Dupin termina encontrándola. Simplemente no estaba escondida, era un papel con pinta de insignificante que se hallaba a la vista de todos... Nadie en la procelosa investigación había reparado en él, nadie pensó que tan avezado espía lo hubiera puesto tan fácil... pero ese fue su acierto. 

¿Ven dónde voy a parar? ¿De verdad necesitamos a Assange? A mí todo este asunto me suena muy a Ferreras y Pastor, muy a Club Bildenberg, muy a reality show... La información convertida en espectáculo de sí misma, los media más agresivos convenciéndonos, mientras tomamos el café en el sofá, de que gracias a ellos lo vamos a saber todo, especialmente aquello que nos quieren ocultar. Hollywood va a hacer pelis superdivertidas con este asunto, no me cabe duda... Y acuérdense de darle un papel a Tom Hanks y otro a Meryl Streep.

Nos gusta pensar que nos mienten, y sin duda lo hacen. Pero, verán, yo he visto en un diario tan stablishment como El País informes sobre cosas que suceden en África que resultan estremecedores. No hace falta wikileaks para saber que en regiones ricas en coltán y otros materiales estratégicos las naciones más poderosas fomentan guerras terribles, sin olvidar de las armas que les vendemos, por ejemplo, desde empresas españolas. Yo no necesito a Assange para saber que la precarización laboral está recuperando condiciones laborales propias del siglo XIX, que los gobiernos impiden a las ONG luchar para que no se ahoguen miles de inmigrantes en el Mediterráneo, que no hemos cumplido lo pactado sobre los refugiados de Siria, que Guantánamo es el sumidero por el que se desliza la legitimidad de la democracia, que el caso palestino o el saharahui nos desacreditan a todos o que el asunto climático va totalmente en serio. 


Dijo Cristo que "la verdad os hará libres". Se equivocaba. En una sociedad ultraindividualizada como la nuestra, la verdadera dictadura no es la de los secretos, sino la de la indiferencia, y su consecuencia es la impotencia política ciudadana. Ya había suficiente verdad antes de Assange. No es él quien va a venir a salvarnos.