Thursday, November 04, 2021

INHABILITADO

 



Si cedo a mis primeros impulsos voy a empezar a decir burradas en relación a la inhabilitación del congresista Alberto Rodríguez, de manera que mejor les pongo en manos de dos tipos tan documentados como Ximo Bosch, portavoz de Jueces para la Democracia, y del ex-juez Martín Pallín. 

Espero que al menos a ellos no los acusará el Juez Marchena de "ignorantes", como suele hacer cuando se le discute. Debe ser mi analfabetismo jurídico el que me invita a sospechar que este togado tan pistonudo es un pit bull del PP en el Tribunal Supremo. ¿Es tendenciosa su actitud en este asunto? No tengo ninguna duda. Tanto como lo fue en el caso Garzón, cuya destrucción profesional ha sido el mayor éxito que se ha apuntado el personaje. En cuanto a la Presidenta de la Cámara Baja... Lo siento por mis amigos socialistas, cuyo cariño hacia mí voy a poner a prueba una vez más, pero una cosa es la prudencia que se exige en un cargo como el que ella desempeña y otra es la cobardía. Una Presidenta debe defender a sus congresistas, no contra cualquier cosa, obviamente, pero sí contra la injusticia. Muy a menudo, y en relación a la separación de poderes, reclaman los conservadores que los políticos -siempre tan sospechosos de autoritarismo a sus ojos- no intercedan en el poder judicial. Yo empiezo a preguntarme si ese peligro no viene en la dirección contraria, pues el apremio de Marchena a Batet, instándole a "ejecutar" su sentencia, tiene poco de homenaje a Montesquieu. Como ha dicho Gabriel Rufián, acabamos de elegir al Juez Marchena nuevo Presidente del Congreso de los Diputados. 




Es imaginable el recorrido futuro de la ridícula sentencia que ha desembocado en la inhabilitación de Alberto Rodríguez. Pasará como con la que expulsó de la judicatura a Baltasar Garzón, que ya ha sido condenada por arbitraria por el Tribunal de Derechos Humanos de la ONU. Lamentablemente, eso será dentro de mucho, y acaso ni siquiera sirva para que en este país hagamos una reflexión profunda sobre la calidad democrática de nuestros tribunales superiores. Por mi parte, yo tendré que intentar explicarle a mis alumnos por qué un político que no ha hecho nada sale del Congreso y caballeros infinitamente más tóxicos salen de la cárcel al poco o no llegan siquiera a entrar en ella.  

Por supuesto reaparecen las sombras de la persecución a la izquierda, más en concreto a Podemos. Honra al diario El País el editorial del otro día, en el que denuncia de forma concluyente un proceso que huele mal, muy mal. Acaso se han dado cuenta de que este ataque viene de la derecha y que, además, no hace sino reforzar la credibilidad de Podemos como partido perseguido por el stablishment. No quiero ser mezquino, en la dirección de El País sido justos y ya está,  pero conviene no olvidar que el grupo Prisa ha sido durante años especialmente feroz a la hora de cargar contra la organización morada. 


Lo he dicho muchas veces, el gran pecado de Podemos ha sido su éxito. La singularidad de esta organización, nacida al socaire de una monumental crisis de legitimidad del régimen democrático, ha dejado de parecerme el asunto central de lo que yo bauticé hace tiempo como "el Caso Podemos". Lo que de verdad despierta mi interés como sociólogo es el rechazo a Podemos. No solo ha sido un tema de fachas rancios y poseídos por un atávico miedo a qué sé yo... el comunismo, la colectivización de la tierra y los bancos, la reapertura de las checas, la importación del modelo bolivariano. Lo que de verdad me ha sorprendido es la cantidad de personas a las que respeto y con una buena formación intelectual y moral que han cargado insistentemente y de forma inmisericorde contra el intento más serio que yo he conocido de transformar significativamente las estructuras del país. Creo que en la experiencia Podemos hay, con opciones de éxito o sin ellas, un propósito real de lesionar la confortable seguridad en la cual viven los amos del país, seguros de que mientras gobierne la izquierda del Psoe, no se irá mucho más lejos de casar a los gays o pacificar a los catalanes insurrectos. No diga que sea poca cosa, pero a veces me gusta creer que puedo ilusionarme con la política. 


Me pasó en su momento con Podemos, cuyo gran pecado -lo diré una y mil veces- ha sido su éxito. Me está pasando ahora, por cierto, con Yolanda Díaz, a la que me gusta imaginar como futura Presidenta del Gobierno de España. Pero parece que pensar así te expone a muchos riesgos. Es, a fin de cuentas, lo que le ha pasado a Alberto Rodríguez, aunque a lo mejor es solo por las rastas. 

Tuesday, October 19, 2021

SOBRE EL JUEGO DEL CALAMAR



Despierta inquietud la propagación por los patios escolares de los siniestros procedimientos de "El juego del calamar". Es razonable, pero no veo gran novedad ni motivo de escándalo: desde tiempos remotos la tele o el cine han fecundado la imaginación infantil para perpetrar barbaridades... puedo jurarlo. En cualquier caso para maltratar a los débiles, cumplimentar venganzas o sacudirle al mariquita de la clase nunca hicieron falta inspiraciones ajenas, nos bastábamos con nuestra propia barbarie. 

¿Les parece atroz lo del calamar? Bien, pero es que la televisión que yo veía de crío también estaba llena de violencia, machismo y crueldad. Se veía menos sexo, sí, pero se presentía por todas partes sin llegar a hacerse explícito porque la mojigatería reinante vigilaba escrupulosamente. No sé si nuestros chicos consumen más o menos violencia mediática, pero puedo asegurarles que no son más crueles ni mas acosadores ni mas violentos que éramos nosotros. De otro lado, no estaría mal recordar a los padres que son ellos quienes deciden qué pueden y qué no pueden ver sus vástagos en la tele o en internet. 

A grandes rasgos y por si forman parte de la minoría que aún no ha visto la serie...

Seong Gi-hun es un paria social por méritos propios. Ludópata y, a menudo, borracho y pendenciero, las deudas le están devorando. Es un milagro que su madre le deje aún vivir en su casa o su ex-mujer todavía le permita ver a su hija, con la que Seong actúa como el más incompetente de los padres. En plena desesperación, topa con un caballero que representa a una misteriosa firma que organiza juegos con grandes premios en metálico. La pesadilla empieza en ese momento. Seong entra junto a varios centenares de desdichados como él en un escenario infernal de juegos con apariencia infantil donde perder supone la muerte. 

Asistimos desde entonces a una sucesión de competiciones, cada una de las cuales es más siniestra que la anterior. El chirriante colorido de las estancias, similar al de una simpática guardería, y el tono falsamente afable de la voz en off que se dirige a los participantes, es lo único que nos aleja de Auschwitz. La muerte es igualmente calculada, el terror de ser el siguiente se convierte en parte esencial de la lógica en que se instalan los "jugadores". La crueldad no encuentra límites, la vida pasa a no valer nada o, en todo caso, a valer la entrada que unos cuantos desalmados pagan por contemplar el espectáculo. Se me ocurre que al menos los nazis tenían algún motivo contra los judíos. En el Calamar no mueres porque nadie tenga nada contra ti, eres tan solo una pieza cuyo destino es ser "eliminada" como parte de una diversión macabra. 

Los jugadores no son obligados a participar, deciden voluntariamente seguir en la isla porque, pese a que solo uno de entre varios cientos habrá de sobrevivir, la codicia de obtener la gigantesca bolsa de millones reservada al ganador les empuja a resistir. El mismo Seong, perfectamente consciente de la locura en la que han ingresado, decide resistir porque encuentra en la isla la única posibilidad que vislumbra de abandonar el pozo de fracaso y ruindad al que se ha abocado su vida. 
 

No les cuento más. Les recomiendo el visionado de la serie desde una contradicción: no me gusta El juego del calamar. Creo que es un producto astuto, es decir, efectista y destinado a no dejar una huella demasiado profunda... Está muy lejos de lo que considero una teleserie importante y peligrosamente cerca de otras tan tramposas como La casa de papel, a la que recuerda en algunos aspectos. Brilla en su poder adictivo e incluso consigue algunos personajes luminosos, pero poco más. 

Y pese a todo... Verán, llevo días preguntándome si no hay algo de verdad en lo que imagina el guionista de esta serie. Ya nos hemos acostumbrado a la pornografía emocional del reality, donde los protagonistas se pelean, follan y odian "de verdad", como nos enseñó Gran Hermano, en un camino que después se ha hecho sistémico en la televisión del siglo XXI. ¿Por qué no llevar hasta sus últimos extremos la lógica del reality, convirtiendo el terror y los asesinatos en la parte esencial del espectáculo? Como explica Byung Chul Han -por cierto filósofo de origen coreano- el capitalismo contemporáneo tiene la misión de "extenuarnos". Convencidos de que somos responsables de nuestra mediocridad y nuestro fracaso, nos auto-obligamos, como los jugadores del calamar, a obedecer sin rechistar hasta morir por agotamiento y ansiedad. En la serie te pegan un tiro en la cabeza cuando pierdes. No es una pequeña diferencia, pero acaso el paisaje de la precariedad hacia el que nos encaminamos tiene algo que ver con el de la dichosa isla. 

Creo que harán bien viendo la serie. Pero sin niños, of course.  

Thursday, October 14, 2021

FIERAS CORRUPIAS






No es probable que la posteridad otorgue su gloria a Fernando Sánchez-Dragó por la valía de su ingente obra literaria, pero hay que reconocer que sus programas televisivos nos brindaron algunos episodios impagables. Muchos de ustedes recuerdan la borrachera de Arrabal, seguro que sí. Pero, ya ven, a mí me mola más aquel en el cual Manuel García Viñó lidió violentamente con Vicente Molina-Foix, concluyendo la contienda fuera de cámara con un bofetón de aquél a éste.

Viñó ya murió hace tiempo y ni siquiera el libelo que él dirigía, “La fiera literaria”, continúa publicándose. En cuanto a Molina-Foix, ha comentado en alguna ocasión que aquel fue un episodio penoso y que no es buena cosa que a menudo, cuando se habla de él, se le recuerde por este trance y no por sus textos.

Miren el video, tiene su enjundia. Un anciano con signos evidentes de enfermedad mental escarnece sin motivo aparente al contertulio… Le grita, le insulta, trata de convencerle de que es un mal escritor y, lo más llamativo, dice que puede “demostrarlo”. Lo de acabar con una hostia es casi lo de menos: si se pudiera matar con las palabras, Molina-Foix no habría sobrevivido al “coloquio”. Tuvo razón el escritor en su respuesta: García Viñó se comportó como lo que probablemente era, un fascista. El motivo fundamental por el que sospecho que Dragó le convocó es que tanto en La fiera como en diarios muy de derechas se dedicaba a defenestrar insistentemente a los novelistas más celebrados del país.

A quienes conocían La fiera literaria no debieron sorprenderles tales maneras. El objetivo principal de esta publicación era demostrar que Javier Marías era el peor escritor de la historia. Desataban también largas secuencias de insultos y desafíos a Elvira Lindo, Antonio Muñoz-Molina, Almudena Grandes o Juan José Millàs. No me olvido de Arturo Pérez Reverte, otra de sus fobias declaradas. Claro que don Manuel no se limitaba a los escritores en nómina de Prisa: también cargaba sin piedad contra el star system de otros gigantes editoriales, de ahí sus feroces diatribas contra Eduardo Mendoza o Carlos Ruiz-Zafón. Las malas lenguas interpretan que la final caída en desgracia de Viñó tiene que ver con que molestó a ciertos prebostes del mundillo mediático, y no me refiero a Prisa.




A través de Wikipedia he sabido que el tal Viñó fue también un prolífico literato, con largas incursiones en materias dispares como la poesía, la novela o el ensayo. Solo los títulos de sus obras ya prometen un aburrimiento sin fin, pero creo que no emplearé mis próximos años de vida en comprobarlo. Mi conclusión es imaginable: un escritor fracasado que se hace célebre insultando a colegas con éxito es, por encima de todo, un envidioso.

Su mayor invención como crítico es, por lo visto, la” lectura acompasada”, que consiste en copiar fragmentos de escritores muy leídos para demostrar que hacen un uso incorrecto del castellano. Así se entiende lo que en el video -pueden comprobarlo ustedes- le dijo en un tono muy aseverativo a Molina-Foix: “puedo demostrar que usted es un mal escritor”.

Bien. He consultado algunos de esos pasajes en La Fiera. A veces son hasta divertidos. Y no es que no tenga razón ocasionalmente: supongo que a veces Javier Marías cae en ciertos usos lingüísticos discutibles. El problema es que si yo no adoro al autor de “Berta Isla” no es porque Viñó y otros fanáticos del rigor académico me hayan “demostrado” que es un mal escritor... El problema es más bien que nunca consigo entusiasmarme con sus tramas, con sus personajes, con su sentido estético, con su ámbito de preocupaciones, con su visión del mundo… Marías me deja frío, más o menos igual que algunos de los autores a los que odiaba Viñó. Sin embargo, discrepo radicalmente en otras fobias, por ejemplo la que toma como diana a Eduardo Mendoza, quien a mi entender alcanza cimas literarias con novelas como “La verdad sobre el caso Savolta” o “La ciudad de los prodigios”. Podría hablar de los demás citados, de mis impresiones respecto a cada uno de ellos, pero yo, al contrario que el señor Viñó, no me considero un experto literario.

Desconfío de la posibilidad de “demostrar” que X o Y son malos escritores. Yo he oído aseverar de forma concluyente que Hemingway es un escritor nefasto, pero, qué quieren, a mí me encantan “Por quién doblan las campanas” o “El viejo y el mar”. He leído incluso críticas hacia el manejo del castellano supuestamente descuidado de Cervantes en el Quijote, pero a mí don Miguel consigue cautivarme en cada página.
















¿Algo más? Sí, ha de haber algo más. De lo contrario no tendría sentido referirse a un personaje y una publicación cuya difusión solo es explicable por el morbo de ver cómo se insulta a celebridades y, sobre todo, por esa obsesión por desacreditar al Grupo Prisa que la derecha española arrastra desde hace más de treinta años. A mí la causticidad de un viejo resentido puede no decirme gran cosa. Pero, verán, con independencia de si nos gusta más o menos Javier Marías, la cuestión es si realmente hay algo de verdad en la opinión central de Viñó, según el cual el mercado literario ha convertido la novelística española de los últimos cincuenta o sesenta años -se dice pronto- en una absoluta impostura. De entrada no creo que sea malo que haya un mercado literario, me parece inevitable. ¿Legiones de autores injustamente postergados? Seguro que sí, aunque si leen la singular la lista que hizo La fiera de las mejores novelas españolas del siglo XX, igual les pasa como a mí, que me invita a pensar que en el mundo hay mucho flipao y mucho imbécil empeñado en parecer original y profundo.

… Y aun así, la pregunta tiene sentido: ¿cuanto de impostura hay en lo que con gran esfuerzo inversor promocionan Planeta o Prisa? A los espabilaos de La Fiera les pone enfermos Marías. A mí me parece un bluff Ruiz Zafón. (A Marías les parecemos imbéciles todos, dicho sea de paso). No sé, una vez me dijo un músico que los Rolling Stones eran unos “músicos mediocres”.  Pues será así, pero a mí, que no sé ni solfeo, me parecen geniales. Lo que intento decir es que la celebridad, dentro y fuera de la literatura, es siempre sospechosa o, como dijo Rilke, “una suma de malentendidos”. Y sí, la industria literaria nos ha dado a truhanes como Fabio Coelho o Pío Moa. Pero también nos ha dado a Luis Landero, no lo olvidemos.

Friday, October 08, 2021

PAGAR IMPUESTOS

 


No debería hacer falta explicar a la gente por qué pagamos impuestos. Entiendo que, de entrada, la palabra nos ponga a todos a la defensiva. “Imponer” implica coaccionar, tomar algo a la fuerza que no se concedería de buen grado. Esta precisión semántica invita a pensar en la famosa definición de estado como “aquel al que se atribuye el monopolio de la fuerza”, que debemos al imprescindible Max Weber. Existen sin embargo sinónimos que no arrastran las mismas connotaciones, como “tributar”, o el medieval “diezmo”. En uno u otro caso, entendemos que hay una administración que recauda en capital o especies de sus súbditos, y que es perfectamente humano desear que al jinete uniformado y su séquito se les olvide este año pasar por nuestra hacienda y llevarse una parte, que siempre nos parece excesiva, del grano que hemos obtenido agachando el lomo como mulas de carga.

Ahora bien, desde que el mundo es mundo, o mejor dicho, desde que existe la civilización, siempre ha hecho falta sufragar una administración. Con el tesoro público resultante se financian cosas tan buenas como la construcción de caminos, escuelas y torres de vigilancia, o tan malas como mazmorras, cañones o patíbulos. Supongo que un anarquista profundo recordará aquello de “no le deseo un estado a nadie” y contestará que las grandes estructuras burocráticas se crearon no para liberar a los ciudadanos sino más bien para garantizar su esclavitud. Sugerente principio, pero hay un pequeño problema: sin instituciones no podríamos vivir, y, como dice Tony Judt, “de momento no hemos inventado nada mejor que los estados”.

Hablando del monopolio de la fuerza y de las atribuciones de la res pública, recuerdo de la universidad a un radical que afirmaba de forma concluyente la necesidad de acabar con el ejército. Yo simpatizaba con su convicción pacifista, pero cuando una anciana le preguntó lo típico en estos casos -“y si no hay soldados, ¿qué hacemos si nos invade el Rey de Marruecos?-, yo no terminé de ver clara su respuesta, aunque me eché unas risas:

“Pues que entren las tropas de Hassan II... a mí me la sopla”

 




Supongo que ven por donde voy. No me gustan demasiado las fuerzas armadas, de hecho hice en su momento lo que pude por librarme de la mili, pero lo que no soy es gilipollas. Hablando de radicales, también recuerdo el caso de un pequeño terrateniente para el que trabajé en una ocasión, y al cual yo definiría como un “anarquista reaccionario”. Era un activo defraudador fiscal. Decía que si venían “los moros, yo los espero en mi casa con la escopeta cargada”. Alguien podría pensar que si todos actuáramos así no harían falta ejércitos, pero yo más bien creo que harían falta legiones armadas hasta los dientes para evitar que nos matáramos unos a otros.

 

Siento haberme hecho mayor y, por consiguiente, escéptico en relación a ciertos excesos pueriles del radicalismo. Pero, verán, a menudo me malicio que a los amos del mundo les encanta oír que lo público no funciona y que el Estado nos oprime, pues lo que desean es justamente eso, debilitar hasta sus últimos extremos su poder garante de la justicia y el derecho para que triunfe de una vez por todas y sin trabas la ley del más fuerte.

A ver. El País, al que por primera vez en mucho tiempo estoy dispuesto a elogiar, ha sacado a luz una trama de empresas off shore en paraísos fiscales que, lejos del caso puntual, parecen corresponder a un problema sistémico. No voy a explicar qué es un paraíso fiscal ni cuáles son las monstruosas dimensiones del fraude que propician, pero tengo claro desde hace mucho que constituyen uno de los grandes cánceres de la comunidad planetaria y que deben ser perseguidos porque ocasionan desigualdad, injusticia, violencia terrorista, criminalidad… ¿No hablaba Bush jr, de “El eje del Mal”? Pues ahí lo tienes, majadero, por ejemplo en unas islitas a unas pocas millas de tus costas.

Un neoliberal me dijo que lo que hay que hacer con los paraísos fiscales es “competir con ellos”. Supongo que el odioso dumping fiscal que con respecto a otras comunidades españolas ejerce actualmente Madrid debe parecerle estupendo. Lo que a mí me parece es que a los tramposos hay que sancionarlos, pues jugar dopado es jugar sucio. El problema no es solo nacional, obviamente. A lo mejor soy un racista, pero no creo que haya en el mundo un país más odioso que Suiza, aunque en el pack podríamos meter a otros, y no solo a los ya reconocidos como Luxemburgo, Mónaco o Liechtenstein, que parecen haber sido creados para que los amos del viejo continente custodien sus tesoros de la supuesta codicia de los burócratas.

Las autojustificaciones son conocidas. Enumero, algunas son muy divertidas.

 

1.     Mis impuestos sufragan a funcionarios vagos y políticos corruptos.

2.     Todo lo que se gestiona desde la administración pública y no desde las leyes del mercado es ineficaz.

3.     No es ilegal buscar salidas menos gravosas para mis bienes.

Podríamos seguir. Hasta llegar a declarar que la fiscalidad es un robo y que viviríamos mejor sin impuestos no va demasiado trecho. A mí, que soy malicioso, todos estos mantras de los think tanks liberales me huelen un poco a chamusquina. Yo también me desgravo mis cosillas, e incluso he llegado a acceder a los deseos del fontanero que me arregló el wc y me dijo que no me haría recibo. No soy un santo. Pero la realidad es que pago unos impuestos bestiales al consumo, a través de las facturas de agua o luz y, por supuesto, a través del IRPF, que me resta un tanto por cien altísimo de mi sueldo bruto. Me ponen enfermo la corrupción y las puertas giratorias, pero sospecho que quienes más hacen por untar a los políticos o meterlos en sus consejos consultivos cuando salen de los partidos son precisamente los amos financieros del país.

Si por ellos fuera, el papel del estado no sería otro que el de hacer de policía vigilante de sus negocios y sus propiedades. Por fortuna no estamos en el Antiguo Egipto, no pagamos impuestos para construirle mausoleos a cuatro magnates. Hay Estado porque necesitamos hospitales, carreteras, escuelas, policía… existen las instituciones porque si lo dejáramos todo en manos de los “emprendedores”, los usureros, el Ibex y demás próceres del mal llamado “mercado libre”, entonces viviríamos en un mundo hobbesiano, una especie de selva donde toda sombra de justicia se asfixiaría bajo los gruñidos de los depredadores.

 

Wednesday, September 29, 2021

DEVUÉLVANME LA DOCENCIA















Hará un par de décadas leí un artículo de un compañero titulado “Devuélvanme mi cero”. No he sido capaz de encontrarlo en internet, pese a que he rastreado con ganas, pero recuerdo que ya entonces llamó mi atención. En aquel tiempo, y a modo de coletazo de la célebre logse, el gobierno del psoe había transmitido a escuelas e institutos la ordenanza de eliminar de los currícula la calificación mínima vigente hasta entonces, el cero. Podrían ustedes maliciarse que aquel caballero era un fanático de los ceros y que le encantaba arruinar las ilusiones académicas de sus tiernos pupilos a golpe de suspensos. Yo, personalmente, no creo que fueran por ahí los tiros. No hará falta que yo les explique que hay una diferencia entre un examen en el que el examinando contesta correctamente una pregunta de diez -un “uno”- y otro que deja en blanco o contesta inventándose todas sus respuestas, que también lo hay.
Se supone que el cero resultaba humillante y podía hundir la autoestima del alumno… algo así como un acto de violencia del docente opresor. Se me ocurre pensar que acaso el uno también constituía una agresión, más si pasaba a figurar como la peor nota posible. Y eso sin olvidarnos del dos, que en mi tiempo era un “muy deficiente”, o el tres y el cuatro –“insuficiente”- que también jodían bastante, entre otras cosas porque suponían que tenías que hacer recuperaciones. Imagínense el Auschwitz en que se convertían los exámenes de septiembre.
Pues bien, a aquel señor no le devolvieron su cero, es más, vamos camino de que a los docentes no nos otorguen ni tan siquiera la posibilidad de decidir que un alumno es apto para aprobar una asignatura y, por lo tanto, pasar de curso.
Me explico.
Cuando debuté en esta profesión -concretamente en La Mancha, en lo que entonces denominaban Territorio MEC- una compañera veterana, ante mis dudas, me dijo algo claro como el agua y que he comprobado durante décadas: “Si no suspendes, no puedes trabajar”
Les cuento otra. En cierta localidad alicantina donde trabajé y habité, felizmente, durante casi una década, la directora planteó un día al claustro la necesidad de “reflexionar seriamente sobre la gran cantidad de suspensos que registramos en la ESO”. Un compañero de Ciencias algo silvestre le contestó que la solución era fácil, “les pongo a todos un 10, como hace el de Religión, y asunto solucionado”. La intervención generó una carcajada masiva en el claustro. Hoy ya no tiene ninguna gracia, pues ya no es una broma: las directrices, o si ustedes lo prefieren, los aires que nos van viniendo cada vez con más fuerza -y el Gobierno ha terminado convirtiéndolos en ley- se resumen en una consigna: “apruébelos a todos”. O, si ustedes lo prefieren: “si te atreves a poner suspensos, atente a las consecuencias”
No voy a aburrirles citando todo el andamiaje legal que nos va cayendo encima, normalmente con mucha verborrea tecno-pedagógica orientada a eliminar el fracaso escolar por la vía del café para todos. Habrán oído hablar de los “ámbitos”, que consisten básicamente en acabar con las asignaturas y con la enseñanza por especialistas, más o menos lo que siempre se ha hecho en primaria y se ha implantado ya en la secundaria. También sabrán algo respecto a la convicción de los expertos del gobierno de que la repetición de curso no da resultado, ante lo cual tienen una solución, que es eliminarla. Lo que en la práctica eso supone es que nuestros alumnos empiezan cada curso sabiendo que sin estudiar ni atender en clase, simplemente no ausentándose por sistema ni arrancándole la cabeza al compañero, pasarán holgadamente al siguiente nivel.
¿Y los padres de los niños que podrían suspender? Pues por lo general, contentos, pues el instituto termina siendo como El Corte Inglés, cuyo objetivo es la satisfacción del cliente. ¿Y los niños que, por algún milagro, tienen vocación de estudio? ¿y sus padres? Bueno, alguno se plantea si sirve para algo el esfuerzo de lograr un título que se puede lograr también tocándose los huevos en clase, pero si se le ocurre decirlo igual se convierte en el friki de la clase y le cae alguna que otra hostia.
 
 

 









Soy algo viejuno, sí, hablo como un viejo profe autoritario y todo eso. Pero, permítanme. A medida que avanzo en mi madurez profesional, me voy convenciendo más que la idea con la que María Ángeles, Ricardo, Jordi o yo vamos al aula -que los alumnos aprendan algo de Geografía, Literatura, Latín o Filosofía y Ética- es una manía absurda y una ridiculez obsoleta. No me pagan para que los alumnos aprendan mi materia, sino para cuidar niños unas horas al día, a ser posible evitando que los más insumisos se conviertan en delincuentes o, si ya lo son, vayan por la calle cometiendo fechorías. No sé a ustedes, pero me pregunto si a mí me enseñaron a Kant para esto.
Les lanzo una pregunta. Si yo envío alumnos prácticamente analfabetos, acostumbrados a no exigirse esfuerzos ni a pasar momentos de estrés, ¿confiarán en ellos cuando tengan que trasplantarles un hígado en un quirófano? Si un chico llega a la carrera de Arquitectura sin saber ni quién fue Brunelleschi, ¿soy inocente de que después se le hundan los puentes que construya?
Voy a ser concluyente y sórdido, pero realista, porque a mi edad ya no me está permitido vivir en los mundos de Yuppi. Este es un planeta inhóspito como la puta madre que lo parió. En nuestro querido estado del bienestar, si eres un niño, tienes un tercio de posibilidades de ser pobre y, por tanto, víctima de toda suerte de abusos, desigualdades y exclusiones. Conseguir un puesto de trabajo es poco menos que un milagro, pues el capitalismo crea más precariedad laboral que nunca. Nunca a lo largo de los últimos setenta años, ha habido tan poca movilidad social como ahora, lo cual significa que si uno nace pobre, al contrario de lo que sucedía en los años gloriosos de la social-democracia, es casi imposible que mueras siendo otra cosa que pobre. Puedo hablarles de la catástrofe eco-climática que les dejamos a nuestros herederos o de las perspectivas sanitarias, que empiezan a no ser tan halagüeñas como hace décadas, cuando no sabíamos demasiado ni de pandemias ni de redes de salud privatizadas.
¿Ven a donde voy a parar? Cabe preguntarse si esta supuesta blandura investida de tecnocracia pedagógica por la que, no dejándonos calificar libremente, no viene ocultamente asociada a una trama más perversa que la de proteger a los chicos del sadismo docente. Yo mas bien creo que detrás hay un propósito de degradación de la enseñanza pública que se asocia a la lógica de la mercantilización general de los servicios educativos. O lo que es lo mismo, si se deteriora y abarata la calidad de la escuela pública, quien quiera realmente consumir servicios educativos que le sitúen favorablemente en el mercado laboral, tendrá que invertir dinero, mucho dinero, lo que hará ricos a unos cuantos españoles avispados. Si un título se regala y si no hace falta saber multiplicar para aprobar la ESO, entonces el título no vale nada, lo que evidentemente perjudica a quienes sí se han esforzado en conseguirlo. Con ello, lo que se logra además es extender la especie de lo que pasa en un aula no vale para nada y que lo mejor que podríamos hacer en ellas es dejarles jugar con el móvil. Para finalizar, todo esto epercute además en la autoridad intelectual y ética del profesor, que pasa a ser una especie de guía, un poquito animador cultural y un poquito carcelero.


Bien pensado, yo no quiero que me devuelvan mi cero. Me conformaría con que me devolvieran mi cuatro. O la posibilidad de hacer lo que me gusta, que es enseñar filosofía. Claro que esa, la de enseñar cosas e invitar a los alumnos a esforzarse en pos del conocimiento, parece cada vez más una manía funesta de profesores viejunos y con mentalidad de inquisidores. Menos mal que en unos cuantos años me jubilan.









Thursday, September 23, 2021

MARICONES PERDIDOS

 


De acuerdo, lo de los neonazis en Chueca del otro día no es para reírse. Pero, reconózcanmelo, el caso del manifestante homófobo que aparece orgulloso en twitter y es identificado por el chico con el que se había acostado anteriormente resulta cómico. La conversación privada entre ambos, que el gay reconocido decidió hacer pública, no tiene desperdicio. De esta guisa…:

-“Pero si tú eres al que se la chupé hace poco”

El nazi le contesta en privado lo que el interlocutor terminará haciendo público:

-“Lo que yo haga en mi vida privada no importa, haz el favor de no publicarlo que me hundes”


Y sí, seguro que al tipo lo han hundido, al menos ante los demás cabezas rapadas, unos señores encantadores que tienen el cuajo suficiente para acudir a Chueca en pleno siglo XXI para manifestarse contra los homosexuales. Si detrás de la decisión por parte del político correspondiente de tolerar dicha movilización hay mala fe o solo negligencia, no soy capaz de discernirlo. Lo que sí sé con certeza es que después de tales ejercicios de supuesta libertad de opinión vienen la violencia, el abuso, el miedo… En suma, todos los ingredientes del coctel del fascismo, cuyo objetivo esencial siempre es aplastar la diversidad desde el ejercicio de la intimidación. Y eso por no hablar del mal gusto y la incultura de quien corea eslóganes como “Fuera sidosos de nuestros barrios” (Yo también podría hablar sobre la gente que me gustaría echar de mi barrio, empezando por los macarras ultratatuados que van con perros con instintos criminales).

 


Por acabar con el protagonista de esta historia tan de vodevil... Bueno, se me ocurre que además de no pasarse próximamente por el club de reuniones de rapados ni por la sede de Vox, debería hacer un esfuerzo por aclararse. Por cierto, no es el único. Yo puedo entender que haya personas reticentes a admitir en público su orientación sexual, pues ni siquiera hoy, pese a los avances propiciados por la democracia, implica riesgo cero ir por el mundo besando morros “inadecuados”. Lo que sí me cuesta mucho más entender es la cantidad de maricas y boyeras fachas que van por el mundo, algunos ocupando incluso cargos relevantes. Yo no digo que porque a uno le gusten los de su sexo haya de abrazar la fe marxista-leninista; puede ser neoliberal e incluso devoto de la Semana Santa. Lo que no me cuadra es que apoye al PP, que se ha opuesto históricamente a todas las reformas políticas ideadas para hace a la gente más libre -empezando por el matrimonio homosexual-, y que además pacta con un partido tan declaradamente homófobo como Vox.



A mi parecer cada persona puede chupar, morder o hurgar lo que le apetezca y le dejen. Mi felicitación a quien mejor se lo pase. Como cantaba el Titi, “si estás vivo y no estás muerto, a darle gusto a tu cuerpo”. Bastante jodido es aguantar a ciertos vecinos, que tus padres enfermen, que barruntes que ese dolor persistente sea cáncer o que el mundo esté repleto de miseria y dolor para que encima tengamos que seguir haciéndole caso a los inquisidores. Nunca tan tristes y oscuros personajes que he encontrado en las sacristías -pero también, mucho ojo, en ciertas militancias de izquierda- han terminado de aclararme por qué les molestan tanto el sexo y el erotismo, que a mí me parecen dimensiones esenciales del bienestar y la paz de espíritu y cuerpo. Supongo que al niño Jesús le hacen llorar los orgasmos. Pero no estoy muy seguro, pues también me dijeron que salían pelos verdes en las manos si te hacías pajas… y a mí nunca me salieron, ya ven.


Hace un par de días descubrí que habían abierto un club “de ambiente” por un lugar por el que paso casi a diario. Salieron del garito tres tipos con la cerveza en la mano y franca camaradería masculina. Eran voluminosos, barbudos… . Me recordaban a mí y a mis amigotes cuando quedábamos para beber y ver jugar al Valencia… La única diferencia es que ellos quedan para follar. Sin dramatismos, sin laberintos emocionales ni todos esos juegos de equívoco y elusión a los que tan acostumbrados estamos en el mundo hetero.



Lo diré de una vez. Yo creo que los gays -y me refiero, sí, a los hombres homosexuales- han sido muy listos. Hay que tener en cuenta la negra y larga noche de la que vienen. Hasta el año 75 aún les pegaban palizas los de la Brigada Social o los de Cristo Rey. Decir que la batalla está ganada es precipitado, pero sería una jeremiada negar que el camino ha ido normalizándose.  Y sí, hay tipejos que se atreven a protagonizar un esperpento como el del otro día en Chueca. Pero ya sabemos cómo funciona el alma reaccionaria: cada vez que una minoría injustamente oprimida se instala en la normalidad, exhibiéndolo incluso con orgullo, el rencor aparece en formas violentas. Esto lo saben los negros, las feministas y, si nos remontamos en el tiempo, los siervos o los esclavos libertos. Nunca las luchas más justas se ganaron plácidamente.


¿Qué se puede aprender de ellos? Ya me he referido a la salud mental que demuestran por dresdramatizar las relaciones sexuales. Pero hay otra cosa, y tiene que ver con lo del tuit del que he empezado hablando. Generalizando mucho -pero es que si no generalizo no escribo- yo diría que su éxito se basa en un dominio magistral del terreno de la ironía.


Me explico.



Sigo habitualmente los videos de cocina de Mikel López Iturriaga, francamente divertidos y desenfadados. Alguien le mandó un tuit con evidentes ganas de fastidiar: “A mí me pareces más maricón que cocinero”. Lejos de enojarse, Mikel dijo que estaba pensando en titular así a su sección en El País: “Más maricón que cocinero”. Ahí va otra, ésta tomada del mundo de la ficción. En un antiguo episodio de Los Simpsons, Homer empieza a preocuparse porque su esposa ha hecho amistad con un gay. “Lo que más me molesta de vosotros es que uséis con todo desparpajo las palabras que nosotros hemos inventado para insultaros”.

 

No sé si ven dónde quiero ir a parar. La cultura gay ha usado con brillantez la estrategia del judoka. Cuanto mayor es la agresividad del hostil, peor es el revolcón que se pega, pues el gay, en vez de responder con idéntica violencia, esquiva la colisión y le deja estrellarse contra el muro de su propia ceguera. Es por todo ello que no comparto ciertas críticas a la Fiesta del Orgullo o, qué sé yo, la obra y la filosofía de Andy Warhol, el cine de Almodóvar o incluso algunas intervenciones de personajes más o menos diletantes como Boris Izaguirre o Bob Pop.

 

Aprendamos de ellos, pues.  

 

Friday, September 10, 2021

HAN VUELTO

 


No sabemos qué está pasando en Afganistán. No es extraño, pues, a fin de cuentas, tampoco entendimos en su momento una guerra europea: la de los Balcanes. Cuando, por ejemplo, el siniestro Rey de Bélgica, mandaba asesinar a millones de indígenas en el Congo porque le importunaban, los europeos vivíamos confortablemente, convencidos de que el continente negro necesitaba nuestra presencia para “civilizarse”. Nada se nos contaba sobre las carnicerías que allí se perpetraban. Hoy sí creemos saber lo que pasa. La hipertrofia informativa alimenta la sensación de que el drama se nos está
transmitiendo en directo, pero, cómo tantas veces, lo que nos llega es un relato, un relato sesgado y accesible a nuestras mentes, tan perfectamente formateadas en la lógica demo-liberal.

 

Creemos saber, pero no entendemos. No podemos imaginar en qué mundo viven los habitantes de Afganistán. No sabemos por qué los pastunes parecen desear el regreso talibán, no sabemos cómo le ha ido a la mayoría de las mujeres durante la dominación extranjera… solo sabemos que con los bárbaros volverán a ser martirizadas, excluidas, anuladas… La disidencia será perseguida… claro, como en tantos otros sitios.

 

En cualquier caso ese noticiario que en los últimos días empieza a remitir -al hilo de la DANA, el frustrado fichaje de M´Bappe o las ridículas críticas del líder del PP- forma parte de un horror show que encuentra su momento ideal en el verano. Los mismos que se sienten impulsores de la revolución feminista apoyando la causa de Rociíto, nos exhortan a hacer algo para salvar a las mujeres afganas del terror talibán. Sorprende que la estructura de las tertulias “serias” sea análoga a la de los programas de telebasura a los que nos ha acostumbrado Telecinco.

Si realmente creemos saber, deberíamos estar en condiciones de contestar a ciertas preguntas.


Para empezar, y pese a que buscamos a los talibanes en las tinieblas de la prehistoria -y ciertamente sus prácticas y sus gestos parecen medievales, casi asirios-, nos cuesta entender que en su origen está la CIA. ¿Qué responsabilidad tiene el gobierno norteamericano en la emergencia histórica de los fanáticos? En la lógica de la Guerra Fría, los halcones de Washington entendieron que aquella plaza en el centro del mundo no se podía conceder a los soviéticos… Entonces se inventaron a los barbudos. Y como sucede en las películas, cuando alimentas al monstruo antes o después se vuelve contra ti.

“Geoestrategia”, lo llaman. La OTAN nos lanzó a invadir Afganistán y se alegaron motivos humanitarios. Veinte años después abandonamos el fortín porque el ejército regular afgano “nos ha decepcionado”. Ese problema no lo tienen en Arabia Saudí. Allá los sátrapas controlan el petróleo, la sharía se impone igualmente y la obscena riqueza de algunos coexiste con la infame pobreza de los esclavos, como si una y otra cosa no tuvieran nada que ver. Pero Afganistán es más fea porque toda ella es pobre y en vez de jeques mandan los señores de la guerra.

Ah, claro, y está el Islam, esa cosa tan peculiar a la que aquí nos referimos como sabiendo de qué hablamos. Miramos el mundo musulmán como un fracaso histórico sin remedio. Como siempre, aplicamos fórmulas simplistas para concluir que una cultura desconectada del progreso bloquea el acceso al bienestar y la democracia. Pero no pensamos que los fanáticos siempre han triunfado en todo el planeta allá donde se escampaban la ignorancia, el hambre y la violencia. También fue así en Europa, sede de las mayores degollinas hasta no hace mucho.

No dudo de la brutalidad talibán, sé qué tipo de sujeto es un fanático. Y sé también por qué la gente desesperada se une a ellos. ¿Quién de entre nosotros no desearía un destino menos infame para los ciudadanos de Afganistán, especialmente para las mujeres, amenazadas por el burka, cuando no algo peor? Ahora bien, cuando identificamos con los derechos humanos y la democracia eso a lo que llamamos pomposamente los “valores occidentales”, se nos olvidan dos cosas.

La primera es que, antes que progreso y libertades, lo que los occidentales han exportado al mundo son ejércitos, armas, esclavitud y corrupción. Cuando, no sé si por una candidez angélica o un cinismo atroz, los liberales hablan de la necesidad de más globalización”, me pregunto si el verdadero problema con algunas sociedades, especialmente con la árabe, no radica en que son refractarias a la mercantilización generalizada que impone el capitalismo contemporáneo. “Integrismo blanco”, así llamaba Baudrillard a la gran lógica de la mundialización cuyo designio es someter a la ferocidad de la rentabilidad corporativa cualquier lugar de la Tierra con posibilidades extractivas. Tras ese integrismo soft, repleto de buenas palabras, se oculta un plan siniestro: asfixiar todas las formas de singularidad comunitaria y cultural, toda práctica generadora de cohesión social que de una u otra forma se resista a la plantilla única de la globalización, esa que solo puede expresarse a través del dinero y la especulación.


La otra cosa que se nos olvida, seguramente por un patético paternalismo, es que en esas sociedades a las que enviamos a los ejércitos para salvarles de sí mismos, existen personas y colectivos llenos de coraje que pelean por sacar a sus comunidades adelante. Grupos de médicos, maestros y líderes de barrio en las favelas; colectivos indigenistas que protegen las selvas de una criminal deforestación; pastores nómadas que en el Sahel plantan cara a los yihadistas; cooperativas de pequeños propietarios que resisten la presión de la agricultura intensiva y los monocultivos; estudiantes e investigadores que trabajan por encontrar en bosques y montañas nuevos remedios frente a la depredación de las farmacéuticas… La lista, por fortuna, es interminable. La expresión enferma y odiosa de esa resistencia son los terroristas y los fanáticos, pero vamos por mal camino si no entendemos que el mundo no está esperando que le salvemos con nuestros ejércitos, que solo son la prueba de que no entendemos nada.